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viernes, 13 de mayo de 2022

Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

 


Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

A veces parece que nos caen en tromba las noticias, los acontecimientos, los sucesos que nos pueden afectar de alguna manera a nuestra vida y terminamos quedándonos como descolocados porque nos cuesta asumir las diversas cosas que nos han contando, nos cuesta comprender porque están pasando las cosas que tanto daño nos hacen o nos podemos referir a los mismos acontecimientos de la sociedad en que parece que hay momentos que son especialmente negros.

Podemos pensar en lo que nos ha tocando enfrentar en estos últimos tiempos en nuestra sociedad, pandemias, crisis económicas, desorganización de la vida que os obligan a nuevos protocolos de forma de vivir, y para colmo nos encontramos en tiempos de guerra en las puertas de Europa que no está tan lejana de nosotros y que no terminamos de ver el rumbo que van a tomar las cosas. Nos cuesta tomar decisiones que nos puedan afectar en un futuro, algunas veces nos cuesta entender las cosas más elementales, porque no hacemos sino pensar en esas oscuridades y turbulencias de la vida, y nos cuesta hasta lanzarnos con arrojo a emprender cosas en la vida. Decimos que no queremos perder la paz, pero dentro de nosotros nos corroen el pensamiento muchas cosas.

Aquella noche de la cena de Pascua de los discípulos con Jesús fue de esos momentos en los que se van sucediendo tantas cosas, se tienen presentimientos de lo que va a suceder aunque no saben por donde va a salir todo, en que tenían que estar produciéndose en su corazón una fuerte revoltura de la que no sabían como salir. Eran las palabras de Jesús con sus anuncios, fueron aquellos gestos con los que Jesús quiso comenzar la cena, estaban aquellas palabras que para ellos resultaban enigmáticas que le había dirigido a Judas de que lo que tenia que hacer que lo hiciera pronto, estaba la desenvoltura de Pedro que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús, pero que éste le había hecho anuncio de negaciones y traiciones, ahora hablaba Jesús de vuelta al Padre, de preparar unas estancias, de una nueva venida para buscarles, pero todo se les hacía incomprensible.

Por allá sale uno diciendo que no entiende de caminos, que no saben cual es el camino y que definitivamente Jesús se los enseñe. No terminan de entender las Palabras de Jesús. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’, les señala tajantemente Jesús a ver si por fin comprenden. Viendo el estado de ánimo, en cierto modo revuelto, en que se encuentran Jesús ha comenzado invitándoles a no perder la paz, a sentirse seguros, a confiar en El y en su Palabra. Pero les resulta difícil. Son muchas las cosas que se están sucediendo y tenemos el peligro de perder la paz en el c corazón.


Es lo que necesitamos escuchar nosotros. En el mundo revuelto en que vivimos, en medio de tantas cosas que se van sucediendo, con la misma situación que vemos en la Iglesia, o el desánimo de tantos cristianos a nuestro alrededor que abandonan el barco, como se suele decir, que van dejando de lado valores religiosos, principios cristianos, dejándose influir por tantas cosas que vemos en nuestro entorno en la sociedad. Y podemos perder los ánimos, podemos perder la paz. Tenemos que aprender a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús.

Se nos abren caminos delante de nosotros y podemos tener la esperanza de una renovación de tantas cosas; tenemos delante a Jesús que nos está señalando el camino porque no nos está pidiendo otra cosa sino que hagamos como El, porque se puede despertar una esperanza, porque el final podemos ver luz si nos llenamos de la vida de Jesús, que para eso es el camino y la verdad y la vida.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’, nos dice Jesús. No nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz, comenzamos a encontrar el camino, se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen y todo es vida para nosotros

 


Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz, comenzamos a encontrar el camino, se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen y todo es vida para nosotros

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Sal 66; Juan 12, 44-50

Triste, duro, peligroso es caminar en una noche oscura sin ninguna luz. No sé si les habrá pasado en alguna ocasión que caminando en la noche por lugares apartados, de repente el coche se haya quedado sin luz. Qué abismos se nos abren ante nosotros en la oscuridad, aunque quizá el camino esté bien cerca; nos encontramos perdidos, desorientados, ante los posibles peligros no sabemos hacia donde dirigirnos. En esas oscuridades de caminos oscuros podemos tener algunos sucedáneos que momentáneamente nos puedan resolver algo, pero necesitamos la seguridad de una luz que no nos falle.

Pero no he comenzado esta reflexión por ahí simplemente para que contemos anécdotas, sino que puede ser una buena imagen de cómo podamos encontrarnos en la vida. Necesitamos un norte, como decimos en nuestras latitudes, necesitamos algo que nos dé sentido, necesitamos encontrar caminos seguros y hay muchos sucedáneos a nuestro alrededor, muchas luces que quisieran ser señeras y que nos atraen y nos pueden confundir.

Siempre el hombre se ha preguntado por si mismo y por el sentido de su vida, y aunque algunos digan que no creen en nada sino que lo que quieren es vivir la vida, en el fondo están encontrando un sentido, algo que dé valor, algo que nos haga sentirnos seguros en lo que hacemos. Podremos disimular falsa felicidad o podemos querer dar apariencia de que tenemos tranquilidad, pero en el fondo nos preguntamos por algo, en el fondo estamos necesitando de alguna luz. Y cada uno tenemos nuestros por qué, nuestras razones, nuestro sentido, nuestro camino o la apariencia de alguna luz; y nos vamos influyendo los unos a los otros, pero seguimos buscando en nuestro interior.

Hoy Jesús nos deja dicha una cosa importante. Algo que se nos repetirá a lo largo de todo el evangelio, pero de manera especial en este evangelio de Juan. Es el tema de la luz repetido en diversas imágenes, en diversos signos, en palabras concretas de Jesús como las que hoy escuchamos.

Son significativas en el evangelio las curaciones de los ciegos. Lo habían anunciado los profetas. Eran las señales del Reino. Encontrar la luz. La luz que quería brillar entre los hombres, pero las tinieblas, los que andaban en tinieblas la rechazaron. Pero es continua esa imagen que se repite a lo largo de todo el Evangelio. Es que la Buena Noticia de Jesús nos trae la luz, quiere disipar las tinieblas de nuestro mundo, viene a ayudarnos a encontrar el sentido y el camino de nuestra vida. El camino de la piscina de Siloé – el enviado - es bien significativo para que el ciego de nacimiento recobre la luz de sus ojos. Nos encontramos con el enviado del Padre como hoy mismo nos está diciendo Jesús.

‘El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’.

Creemos en Jesús que es creer en quien le ha enviado. Creemos en Jesús y en El encontramos la Luz. Creemos en Jesús y comenzamos a encontrar el camino. Creemos en Jesús y se disiparán las tinieblas que tantas veces nos oprimen. Creemos en Jesús y todo es vida para nosotros, porque la vida adquiere un nuevo sentido. Pongamos nuestra fe en Jesús y nunca nos veremos defraudados. El ha venido al mundo como luz para que no queremos en tinieblas. Es la luz que es vida y que es salvación, es la luz que nos arranca de las tinieblas y en la que vamos a encontrar el perdón. No rechacemos la luz.

viernes, 29 de abril de 2022

Dejémonos acoger por Jesús, su corazón siempre está abierto para nosotros, lleno de mansedumbre, de esa mansedumbre y paz nos contagiará para ser nuestro descanso

 


Dejémonos acoger por Jesús, su corazón siempre está abierto para nosotros, lleno de mansedumbre, de esa mansedumbre y paz nos contagiará para ser nuestro descanso

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

¡Qué cansado estoy! Escuchamos decir con mucha frecuencia a gente a nuestro lado, o acaso nosotros también en muchas ocasiones tenemos esa sensación de cansancio. Es la tarea y el ritmo de la vida que nos exige, que nos responsabiliza, que nos hace estar emprendiendo tareas continuamente; muchas veces puede ser ese cansancio físico por el mucho trabajo porque tenemos que estar pendientes de muchos trabajos, porque las cuentas no nos salen; o es el cansancio de los que se aburren de buscar y no encuentran y la vida se les echa encima con responsabilidades y cosas que atender y no podemos sacar bien las cosas.

Pero no nos podemos quedar ahí, porque ese cansancio puede ser un estado anímico producto de la tensión en que vivimos, los problemas que se nos presentan, los roces que podemos tener con los que están a nuestro lado y no sabemos liberarnos de esos agobios para encontrar paz, no terminamos de curar heridas que se nos producen en nuestro interior, y todo eso nos crea una tensión que nos merma fuerzas no solo en lo físico sino anímicamente.

Es el cansancio de quien se siente desorientado en la vida y tiene que luchar y luchar pero sin saber por qué, porque no tiene un sentido, no tiene unos valores transcendentes por los que luchar, porque no hay un sentido para su vida. Se pregunta por qué y para qué, pero tiene que seguir luchando porque la vida se lo exige sin saber a dónde va, sino simplemente dejándose llevar por lo que la vida le va dando o presentando en cada momento.

Hoy escuchamos a Jesús decirnos en el evangelio, ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’. Palabras consoladoras son las de Jesús. Buscamos un descanso y Jesús nos lo ofrece. Algunos quizás no lo entenderán, quizá porque no saben bien ni lo que buscan en la vida, tan desorientados pueden estar; algunos no lo entenderán como nunca entienden las palabras de Jesús porque quizá queremos ponernos en un grado superior, nos sentimos tan autosuficientes que no somos capaces de reconocer que alguien nos puede dar una luz, alguien puede ofrecernos un nuevo camino que nos dé un sentido y un valor a la vida y a lo que hacemos.

Necesitamos algo para poder entender las palabras de Jesús. Tener ese espíritu humilde de los pequeños y de los sencillos, porque serán los que estarán siempre abiertos a algo nuevo que pueda llenar sus vidas; no han llenado sus vida en sus autosuficiencias, no han llenado sus vidas dejándose arrastrar simplemente por lo material, por el afán de tener, por unas riquezas que al final son unos oropeles engañosos. Serán los que en verdad se abren a Dios y Dios se les revela en su corazón.

Es lo que nos dice hoy Jesús. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien’. Son los que van a entender las palabras de Jesús, son los que reciben con corazón abierto esa buena noticia del Evangelio. Eso que nos cuesta tanto aceptar en muchas ocasiones. Ya habremos escuchado a muchos decir a nuestro lado que el evangelio a ellos no les dice nada, pero son los que van desde su autosuficiencia con ese ojo crítico y con falta de humildad.

Sí, ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice Jesús. Vayamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios, vayamos con esa desorientación con que andamos en la vida y vayamos con esas heridas que tanto daño nos hacen en el alma y de las que tantas veces no sabemos liberarnos, no sabemos curarnos, vayamos con nuestra pobreza, Jesús es nuestro alivio y nuestro descanso.

Porque Jesús es la luz que nos da sentido a nuestra vida, porque en Jesús aprenderemos a relativizar tantas cosas que no son tan importantes aunque nosotros muchas veces las convirtamos en primordiales, porque Jesús nos ayuda a encontrar esa paz en nuestro espíritu que tanto necesitamos, porque Jesús es el que nos va a sanar por dentro porque nos ayudará a arrancar esos resentimientos, esos orgullos que no terminamos de curar, esos sentimientos heridos por los desaires que vamos sufriendo en la vida, porque Jesús nos hará encontrarnos con nosotros mismos para descubrir cual es la verdadera riqueza por la que tendríamos que luchar.

Dejémonos acoger por Jesús. Su corazón siempre está abierto para nosotros. Su corazón está lleno de mansedumbre y de esa mansedumbre y de esa paz nos contagiará. En El encontraremos de verdad nuestro descanso.

 

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.

martes, 7 de enero de 2020

Cuando se reciben influencias desde distintas corrientes hay desconcierto y desorientación, ni se sabe el camino ni se sabe la meta hacia la que se quiere caminar


Cuando se reciben influencias desde distintas corrientes hay  desconcierto y desorientación, ni se sabe el camino ni se sabe la meta hacia la que se quiere caminar

1Juan 3, 22–4, 6; Sal 2; Mateo 4, 12-17. 23-25
Aunque cuando iniciemos el tiempo ordinario la próxima semana comencemos a hacer una lectura continuada del evangelio y los primero que contemplemos sea el inicio de la predicación de Jesús en Galilea, en estos días que nos restan del tiempo de la Navidad después de la Epifanía del Señor que celebrábamos ayer contemplaremos también diversos momentos de ese inicio de la predicación de Jesús.
Es bien significativo que los inicios se sitúen en Galilea, en los alrededores del lago de Tiberíades, pero ya lo había anunciado el profeta como hoy mismo escuchamos. Y es significativo por el impacto que representa la predicación de Jesús en aquellos pueblos, ya en los límites geográficos de Palestina y muy en contacto también con otros pueblos y otras religiones. Por eso el profeta la llama ‘Galilea de los Gentiles’, no en vano no están lejos de aquellas ciudades de la Decápolis muy helenizadas y con fuertes influencias paganas. Es en las cercanías de Siria y recordamos lo que significó el poder del rey Antíoco y los Seléucidas en el intento de helenización también de todo el territorio de Israel que tantos mártires y tantas luchas originó.
¿Una región que andaba en tinieblas? Esas influencias externas hacían también más liberales a los galileos, aunque allí también se formaron aquellos grupos que luchaban contra el poder del extranjero como fueron los zelotes, al que en su origen pertenecieron quienes luego serían discípulos de Jesús y del grupo de los doce apóstoles. Cuando se reciben influencias desde distintas corrientes muchas veces se produce el desconcierto y la desorientación y quien anda desorientado es como si caminara en tinieblas porque ni sabe el camino ni sabe la meta hacia la que quiere caminar. Cuántas veces en la vida andamos de esa manera. Cuántos interrogantes se nos producen en nuestro interior que si no encontramos respuesta es como si andáramos ciegos por la vida.
Y allí, situando el centro de su predicación en Cafarnaún por la importancia que este lugar tenia junto a la orilla del lago pero como cruce de caminos y de culturas comenzó el actuar de Jesús. ‘Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo’.
El anuncio del Reino que para creer en él es necesario darle la vuelta al corazón. Es algo nuevo, algo distinto, un sentido nuevo de la vida, de las cosas, de la religión, de la relación con los demás. Lo irá explicando enseñando en las sinagogas, nos dice, aprovechando el encuentro de los sábados de todos para escuchar la ley y para la oración. Pero no se quedaba ahí, sino que donde tenia ocasión hacía el anuncio, ‘recorría toda Galilea’.
Pero un anuncio que iba acompañado de las obras, de los signos de ese Reino de Dios, ‘curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo’. Porque si vivimos en el Reino de Dios no puede seguir dominándonos el mal, tiene que desaparecer todo aquello que nos hace sufrir. Por eso aquellas obras que hacia cuando curaba a los enfermos eran los signos de la vida nueva, del Reino nuevo.
Escuchemos nosotros también el anuncio y el mensaje. Lo necesitamos aunque nos creamos convertidos, porque hemos de reconocer que sigue habiendo tinieblas y oscuridad en la vida. Decimos que andamos influenciados desde lo externo, desde lo que el mundo nos ofrece, es cierto, pero también en nosotros hay falta de voluntad y de constancia. Vivimos en ocasiones a impulsos y aquello que ahora nos impulse con más fuerza sin nosotros tenemos que poner mucho de nuestra parte, es lo que nos lleva y nos arrastra. Despertemos ante este anuncio profético de Jesús.


miércoles, 18 de septiembre de 2019

Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser


Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35
A veces no hay quien nos entienda, o quizás no nos entendemos ni nosotros mismos. Así andamos sin saber lo que buscamos, lo que queremos, lo que son en verdad nuestras aspiraciones. Estamos a lo que salta y andamos como veletas según el viento que nos toque. Nos sucede por falta de personalidad, porque no hemos llegado quizá a tomarnos las cosas en serio y no hemos llegado a madurar, o quizá por muchos miedos interiores que nos impiden tomar una decisión, dar una orientación a la vida. Hemos vivido cómodamente así y así queremos seguir, porque ¿para que esforzarnos?
Decimos que tenemos las cosas claras pero somos los más inseguros del mundo; llega el momento de una decisión y damos vueltas y vueltas, y no es porque estemos seriamente reflexionando para buscar lo mejor, sino por miedo a no acertar, a poder equivocarnos, a lo que puedan pensar los demás, a no querer tomar una opinión clara y firme porque puede contradecir a los demás. No es fácil vivir así, aunque lo hacemos por comodidad pensando que así es mejor, pero al final nos encontraremos perdidos porque nadie nos entiende ni nosotros, como decíamos, nos entendemos a nosotros mismos. Al final somos como niños indecisos.
Nos pasa en muchos aspectos de la vida con lo que nos manifestaremos irresponsables y realmente no se nos puede confiar una responsabilidad. Y vamos pasando por una vida gris y sin brillo, nos sentiremos frustrados porque no terminamos de llegar a ninguna meta o es que realmente no la tenemos. Nos sentimos a la larga insatisfechos de nosotros mismos. Todo eso se nos puede volver en contra en nuestra desorientación.
Hoy en el evangelio vemos a  Jesús que no termina humanamente de comprender lo que le sucede a la gente que no quiere aceptar sus palabras, que tan pronto están entusiasmados quizá por los milagros que ven que hace,  o por otro lado se dejan influir por los dirigentes en algún sentido de aquella sociedad o por los que más influencias tienen como los escribas, los fariseos, los saduceos. Jesús en un como suspiro de incomprensión les dice que son como niños en la plaza que no terminan de ponerse de acuerdo en sus juegos y andan discutiendo todo el tiempo.
¿Qué puede pensar Jesús de nosotros? ¿Qué puede pensar de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades? Porque así podemos andar tambaleantes en lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Queremos ser buenos y hasta vamos a Misa pero seguimos con las mismas rutinas de siempre, parece que no hace mella en nosotros la Palabra de Dios que escuchamos, nos nuestras indecisiones y cobardías, nuestra falta de arrojo para lanzarnos un paso adelante y vivir un mayor compromiso, o arrancarnos de esas rutinas, o dar el cambio que sabemos que tendríamos que dar y seguimos dando largas para otro momento que nunca llega.
Y así aparecen nuestras comunidades con tanta tibieza que no terminamos de dar el testimonio que necesita nuestro mundo. Tenemos en nuestras manos el evangelio de salvación y no terminamos de anunciarlo. Solo queremos poner parches, que todos estemos contentos pero esa palabra profética no se llega a pronunciar,  esos profetas no aparecen en nuestro mundo. Para decir esa palabra profética, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser.
Que el Espíritu del Señor nos despierte.

martes, 9 de julio de 2019

Necesitamos hoy hacer un nuevo anuncio del evangelio porque nuestro mundo sigue estando desorientado y perdido como ovejas que no tienen pastor



Necesitamos hoy hacer un nuevo anuncio del evangelio porque nuestro mundo sigue estando desorientado y perdido como ovejas que no tienen pastor

Génesis 32, 22-32; Sal 16; Mateo 9,32-38
Los que ya viven una vida urbana en medio de las ciudades con poco o nulo contacto con el campo, el mundo de la agricultura o de la ganadería las imágenes de un rebaño con su pastor poco le dicen salvo por lo que hayan aprendido de oídas o lo hayan leído en libros. Quienes todavía viven en un ámbito rural pueden estar mas familiarizados con estas imágenes, que quizá ya cada día vemos menos, porque incluso el cuidado del los animales también va cambiando en la forma y cada vez menos se ve es trashumancia con el traslado de rebaños o manadas de ovejas o de cabras de un lugar para otro.
Sin embargo es difícil imaginar un rebaño que no sea conducido por su pastor; no es lo normal ver a los ganados sin sus pastores o sus cuidadores. Incluso aquellas ovejas que podamos ver sesteando en un prado en el campo, por algún lugar ha de estar sus pastores con sus perros guardianes vigilantes y cuidado de sus ovejas o sus ganados.
Sin embargo esta es la imagen que nos ofrece Jesús en el evangelio para hablarnos de la situación en la que se encontraban las gentes de su tiempo. A pesar de que en el pueblo de Israel se cuidaba mucho la religiosidad de las gentes, la atención a través de los maestros o doctores de la ley que la explicaban cada sábado en la sinagoga y todos los días en las explanadas de templo Jesús dicen que están como ovejas extenuadas y abandonadas porque no tienen pastor.
El evangelio nos ha venido hablando del endemoniado que era mudo y al que Jesús curó; la reacción de las gentes admiradas ante el hecho proclamando que nunca han visto cosa igual, mientras por otra parte aquellos que se consideraban dirigentes en medio del pueblo, en este caso los fariseos, atribuyen el milagro de Jesús al poder de los demonios.
Todo esto crea confusión entre las gentes, pero Jesús recorría pueblos y ciudades, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todo tipo de enfermedades. Las gentes acudían ansiosas a Jesús, querían escuchar su Palabra, tenían hambre de Dios, se sentían pobres y necesitados y acudían a Jesús con sus problemas y necesidades expresadas en el hecho de llevar a sus enfermos para que Jesús los curase. Es cuando Jesús nos expresa la necesidad y la confusión de aquellas gentes con la mencionada imagen, pero nos dice que los obreros son pocos, que roguemos al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies.
Si también nosotros fuéramos capaces de tener la visión de Dios, la visión que Jesús tenia del mundo, lo mismo constataríamos de nuestro mundo y nuestra sociedad. Podemos hoy tener muchas cosas y el nivel de vida de nuestra sociedad haya cambiando al menos en nuestro entorno, aunque todavía descubrimos muchas necesidades y problemas, pero quizás tendríamos que saber constatar esa angustia, esa desorientación, esas confusiones que podemos descubrir en nuestro mundo moderno.
En la mayoría de nuestra sociedad percibimos una pérdida del sentido de Dios y vemos que aunque en momentos podamos ver a muchos en los que afloran unos sentimientos religiosos ante determinados acontecimientos, sin embargo se va desterrando de nuestra sociedad lo que suene a religioso y a cristiano.
En una sociedad que en principio llamábamos de cristiandad la luz del evangelio no es ya la que brilla en ella y los verdaderos valores de evangelio van siendo desterrados de nuestro mundo, queriendo incluso en ocasiones quererlos sustituirlos por otros, como si fueran ya cosa caducada; rescatamos viejos ritos ancestrales ajenos al cristianismo y cuando hemos desterrado los ritos religiosos de sentido cristiano resucitamos otras creencias, otros ritos, que casi como una nueva superstición se van apoderando de nuestra sociedad.
Personas que fueron educadas en la fe cristiana, que un día se prepararon para una primera comunión o incluso la confirmación, vemos como han dejado a un lado todo eso olvidándose de su fe cristiana y dejándose mecer por otros ritos o sortilegios de más sentido pagano, como si nunca el evangelio hubiera pasado por sus vidas. Escuchan solo lo que les puede interesar o que les haga fácil la vida dejándose arrastrar por caprichos o cosas que nos satisfagan nuestros apetitos y así vamos andando por la vida.
Nuestra sociedad descarriada, extenuada, como ovejas abandonadas que no tienen pastor que les guíe y les conduzca a las verdaderas fuentes de la vida que solo en Cristo podemos encontrar. Es el grito de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio y que tendría que despertarnos a aquellos que queremos vivir de verdad y con todo sentido nuestra fe cristiana. Es el grito que tendría que sensibilizarnos para que en verdad vivamos de una forma comprometida nuestra fe, y sintamos la urgencia del anuncio de nuevo del Evangelio.
Se nos habla hoy con urgencia de una nueva evangelización y tenemos que comprenderlo, sentirlo de verdad como una urgencia en el corazón, que el Evangelio sea de nuevo proclamado con valentía para que sea la sal y la luz de la tierra y del mundo.

martes, 2 de abril de 2019

A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino


A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Nos ponemos enfermos un par de día con la gripe y nos ponemos incómodos y hasta insoportables, porque no nos gusta estar enfermos y en cama, sentirnos imposibilitados, imaginemos lo que puede sentir un hombre que lleva postrado 38 años sin poder valerse por si mismo. A nuestro lado en la vida nos encontramos personas postradas en cama en larga enfermedad, personas que vemos discapacitados sin poder valerse por si mismos y los que nos decimos sanos nos interrogamos como pueden sentirse esas personas y nos preguntamos quizá si nosotros tuviéramos la paciencia para soportar un estado así.
Muchas veces no solo es la enfermedad, el dolor físico lo que se padece, sino que la imposibilidad nos hace sentirnos quizá inútiles, el vernos en una situación así que se prolonga nos hace sentirnos solos y es la soledad una de las cosas que más dañan por dentro. Triste es verse solo y sin valernos por nosotros mismos, nos humilla quizás el tener que recurrir a quien nos pueda ayudar y pedirlo, y terrible es llegar a la situación en que nadie se acerca a nosotros no solo para interesarse por nosotros sino además para prestarnos una ayuda cuando lo necesitamos.
Muchas más cosas podríamos pensar de situaciones de este tipo, de las que en nuestro entorno podemos conocer muchas y quizá somos nosotros también quienes no nos acercamos al que sufre para hacerle compañía o para tender una mano de ayuda. Me ha surgido toda esta reflexión, que podría llevarnos por demás a muchas conclusiones y también a muchos compromisos, desde lo que nos cuenta hoy el evangelio.
Nos habla de aquella piscina cercana a la puerta de las ovejas del templo – llamada así porque era por allí por donde se llevaban al templo los animales para los sacrificios que nos podría dar también alguna otra pista de reflexión – alrededor de la cual se arremolinaban muchos enfermos, impedidos, discapacitados de todo tipo, porque tenían la esperanza de que un ángel del Señor removía aquellas aguas y el primero que entrara quedaba curado. Nunca faltaba la esperanza.
Allí estaba un hombre que llevaba 38 años en aquella situación de sufrimiento, de impotencia y de soledad. Hasta El se acerca Jesús. ‘¿Quieres quedar sano?... Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, ya otro se me ha adelantado’. Es escueto el diálogo, pero se manifiestan muchas cosas. Aquel hombre seguía manteniendo la esperanza, a pesar de su impotencia y su soledad; no podía, pero lo intentaba. Nadie le ayudaba, otros se le adelantaban. Las soledades y las carreras locas de la vida en la que cada uno por sí mismo quiere llegar más allá.  
Todo esto nos puede decir muchas cosas de cara a las actitudes que tenemos en la vida, de las luchas que queremos hacer, de cansancios y de impotencias, de soledades y de lágrimas derramadas por dentro, de egoísmos y de insolidaridades, de las ganas de tirar la toalla o de las veces que una vez queremos intentarlo aunque nos parezca que no vamos a llegar; cosas positivas y cosas negativas como es la vida misma, queremos tener esperanza pero en ocasiones todo se nos nubla y se nos llena de tinieblas otra vez la vida. ¿No habrá mucho de todo eso por dentro de nosotros?
Allí está Jesús que le dice que tome la camilla y se vaya a su casa. El paralítico no sabe a ciencia cierta con quien está hablando, pero cree en la palabra de aquel que se lo dice. Y puede tomar la camilla y cargar con ella y marcharse a su casa aunque sea sábado y ese trabajo no le está permitido. Mas tarde se encontrará con Jesús que ya sí lo reconocerá y de nuevo Jesús tiene palabras de paz y de fortaleza para aquel  hombre. No olvides lo que Dios ha hecho por ti, en cierto modo le dice Jesús, y mantente fiel, no olvides la fidelidad a quien te ama y te ha regenerado la vida, no vayas a perder de nuevo el sentido de todo. Algo así podemos traducir las palabras que Jesús le dice. Y ahora sí puede decir que fue Jesús el que le había sanado.
Jesús también llega a nuestro lado, aunque en lo nublado que vivimos la vida no siempre lo reconozcamos. Dejémonos encontrar por Jesús, que El toma la iniciativa tantas veces de venir a nosotros. Descubramos que a pesar de las negruras que puede haber en la vida, a pesar de la desorientación en que tantas veces andamos, Dios es fiel en su amor por nosotros, Dios nos ama. Tratemos de responder con fidelidad en el amor para que nunca más volvamos a perder el rumbo y sentido de la vida. Y desde esas soledades en que nosotros quizás hayamos vivido veamos cómo tenemos que hacernos solidarios de tantos que sufren a nuestro lado en los caminos de la vida.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor


Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
Betsaida era donde habían nacido Simón Pedro y Andrés, probablemente también Felipe y quizá alguno más de los apóstoles, aunque ahora estuvieran establecidos más en Cafarnaún por ser pescadores. Era una de aquellas aldeas que iba recorriendo Jesús por toda Galilea anunciando el Reino de Dios. Ahora le traen a un ciego para que le imponga las manos y lo cure.
Es muy significativo este episodio situado precisamente en Betsaida, un hombre ciego. Es cierto que era algo muy habitual en la antigüedad y más en aquellas regiones tan soleadas y de tan resplandeciente luz. Pensemos hoy en la cantidad de personas que tenemos que utilizar lentes o gafas para poder ver, gracias a los adelantos médicos y de oftalmología; cuando no se tenia, como entonces, este remedio era muy normal que la gente se quedara sin visión con mucha facilidad; si hoy no tuviéramos estos recursos muchos seriamos los que sin visión camináramos por la vida.
Caminar sin visión por la vida es, sin embargo, algo muy frecuente también hoy y ya no me refiero solamente a los ojos corporales como podemos entender. Desorientación anímica y espiritual, desorientación en un caminar sin sentido en la vida, desorientación y confusión ante tantas cosas que se nos ofrecen desde las distintas ideologías o maneras de pensar, desorientación ante la misma confusión que es la vida misma con sus luchas y violencias, con los orgullos ambiciosos de tantos y las envidias y resentimientos que nos corroen por dentro, desorientación y ceguera que nos imponemos muchas veces por la superficialidad y ligereza con que nos tomamos la vida, son algunos aspectos que nos podemos encontrar en nuestro caminar o en lo que nosotros mismos podemos caer.
Tan ciegos vamos que no sabemos encontrar la verdad, no sabemos descubrir los signos que nos llevan a lo bueno y nos dejamos contagiar por tantas cosas de nuestro mundo confuso; y el materialismo y la sensualidad nos pueden y nos dominan, y perdemos el sentido espiritual y trascendente de la vida, y en nuestra confusión no sabemos mirar a los que están a nuestro lado y lo bueno que en ellos podemos descubrir y surgen los enfrentamientos y violencias desde nuestras ambiciones o desde nuestra insolidaridad egoísta.
Tan encerrados en nosotros mismos vivimos tantas veces que no sabemos ver la mano que se nos tiende con buena voluntad en deseo de ayudarnos a encontrar la luz y preferimos en tantas ocasiones caminar solos y desentendiéndonos de los demás. Quien va ciego por el camino de la vida y rehúsa la mano que le ofrece ayuda pronto va a tropezar en la primera piedra u obstáculo que encuentro y se irá de narices en la vida. Pero obcecados en nuestro egoísmo persistimos en ese encerrarnos en nuestro yo creyendo falsamente que solos lo podremos lograr.
El evangelio sin embargo hoy nos habla de que aquel ciego se dejó guiar. Hubo unas buenas personas que lo trajeron hasta Jesús; luego se dejará conducir por Jesús a un lugar apartado del bullicio de la gente para que pudiera encontrar la luz; poco a poco se le van abriendo los ojos y Jesús lo va guiando, llevando de la mano podríamos decir, hasta que encontrará la claridad para sus ojos y descubriera toda la verdad.
Todo un proceso que nosotros también tenemos que hacer, dejándonos guiar para encontrar a Jesús y dejándonos luego guiar por Jesús y su Palabra que nos hará encontrar la Verdad. Todo un proceso que también nosotros tenemos que realizar para ayudar a los demás para que se encuentren con Jesús, para que se encuentren con la Verdad, con quien puede darles el verdadero sentido de su vida. Porque igual que podemos tener actitudes cerradas en que no nos dejemos guiar, también podemos tener actitudes insolidarias en que no seamos capaces de ofrecer nuestra ayuda a tantos que ciegos caminan a nuestro lado por la vida.
Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero quiere también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor.

domingo, 20 de enero de 2019

Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida, la verdad del hombre para el hombre, la luz que disipa todas nuestras tinieblas, el camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena


Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida, la verdad del hombre para el hombre, la luz que disipa todas nuestras tinieblas, el camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena

Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1 Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-12

Aunque ya estamos desde el domingo pasado en el tiempo ordinario de alguna manera en la tradición de la Iglesia este domingo sigue siendo como una prolongación de la Epifanía del Señor que celebramos el pasado 6 de enero. Es como una trilogía, que ya incluso las antífonas del día de la Epifanía resaltan, de esa Epifanía, manifestación del Señor como en tres pasos, primero fueron los magos de Oriente, luego fue el Bautismo del Señor en el Jordán y finalmente este momento de las bodas de Caná. De esa manera siempre en el domingo siguiente a la fiesta de la Epifanía celebramos el Bautismo de Jesús en el Jordán, y en este ya segundo domingo del tiempo Ordinario tradicionalmente también las bodas de Caná.
Normalmente cuando escuchamos este evangelio prontamente hacemos referencia al matrimonio en un sentido cristiano - en muchísimas ocasiones se utiliza este texto en la celebración del sacramento del Matrimonio -, y por otra parte vemos un sentido mariano por la presencia de María, intercesora ante Jesús por la dedicación situación en que se veían los novios al faltarles el vino para la boda. Sin descartar estos aspectos creo que tiene también otro sentido muy profundo en cuanto manifestación de Jesús como el que viene a darnos el verdadero sentido a nuestra existencia con su salvación siendo esa luz que llena tantos vacíos del hombre de todos los tiempos.
El evangelio nos presenta esa situación de un banquete, una fiesta de bodas; no hay mayores referencias a los esposos de ese matrimonio, sino que solamente nos habla de esa situación en la que se ven envueltos por la falta del vino. una situación en la que nos vemos envueltos todos, en la que podemos hacer una lectura de lo que también puede ser nuestra vida y Jesús viene a significar en ella.
Las vasijas del vino tocaron fondo, como suele decirse cuando se quiere sacar de ellas y ya en ellas no hay nada. De tantas maneras y en tantas ocasiones tocamos fondo nosotros en la vida, nos sentimos vacíos, no tenemos nada que ofrecer, la vida se nos puede volver un sin sentido. Desorientación en tantos casos en que nos vemos perdidos y no sabemos qué camino tomar, qué es lo mejor que podemos o tenemos que hacer, túneles oscuros por los problemas,  situaciones familiares difíciles, desencuentros con la propia familia o con aquellos con los que convivimos, amistades que se rompen o gente que tenemos enfrente como si fueran enemigos, enfermedades, contratiempos que nos van apareciendo en la vida.
¿Qué hacer o cómo reaccionar? ¿Qué respuesta dar a esas situaciones? Buscamos quizás en nosotros mismos y nos sentimos vacíos por dentro porque nos sentimos tan limitados, con tantas deficiencias en nosotros, con tantas debilidades también en nuestra vida. Queremos cerrar los ojos o escondemos en lo más profundo pero tampoco ahí encontramos respuesta. Nos falta el vino.
El vino es la alegría de la fiesta; ya dice también la Escritura que el vino alegra el corazón del hombre. Podríamos pensar en el vino como un estimulante, pero sabemos que es algo más. no es solo la condición del vino en el sentido de una bebida con una serie de efectos que se pueden producir en nuestro cuerpo por su consumo, sino que sabemos como tiene también el efecto diríamos psicológico del encuentro, de la cercanía, del diálogo y conversación que se puede crear en torno a un vaso de vino que estemos compartiendo. Por eso la imagen del vino puede tener también una gran riqueza de cara a nuestras relaciones humanas y a nuestra convivencia.
Decíamos antes cómo en la vida nos encontramos tantas veces como vacíos y desorientados y decíamos que nos faltaba el vino. ese vacío y esa desorientación que están en relación con un sentido de la vida, con unos valores sobre los que construir nuestra existencia y en consecuencia también nuestro mundo y nuestra sociedad. Es el vino viejo que se nos agota y que nos deja vacíos.
Tenemos que decir hoy a partir de este texto del evangelio que Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida. Cristo es la verdad del hombre para el hombre; Cristo es la luz de nuestra vida y de nuestro mundo que disipa todas nuestras tinieblas; Cristo es ese camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena; Cristo es en quien vamos a encontrar esa respuesta a todas nuestras inquietudes e interrogantes.
Allí estaban aquellas vasijas que debían contener el agua de las purificaciones, pero también estaban vacías; Jesús les manda que las llenen de agua, pero lo que de allí va a salir no es ya un agua para las purificaciones, sino ese vino nuevo y mejor que nos dará sentido a nuestra fiesta, que dará sentido a nuestra vida. Es lo que Cristo viene a ofrecernos.
No vamos a olvidar las palabras de María a los sirvientes, ‘haced lo que Él os diga’. Tenemos que hacer lo que Cristo nos dice, tenemos que escucharle y ponerlo por obra, porque los que plantan la Palabra en el corazón serán los que entiendan del Reino de Dios, los que podrán vivir el Reino de Dios. Que María nos ayude a plantar esa Palabra en nuestro corazón que a ella la hizo dichosa y bienaventurada y que será también una bienaventuranza para nosotros.
Cristo  hoy se nos está manifestando en todo lo que es el sentido de nuestra vida. Es la salvación que nos ofrece, porque no es solo arrancarnos de nuestro vacío interior, de la oscuridad de nuestro caminar sin sentido, sino que nos da algo nuevo para vivir, el vino nuevo del Reino de Dios. Por eso, como decíamos al principio, aunque estemos en tiempo Ordinario de alguna manera sigue siendo Epifanía, en esa trilogía que nos ofrece la liturgia y que hoy completamos.




martes, 12 de diciembre de 2017

Aprendamos a tener ese gesto sencillo, esa mano tendida, ese acercamiento sincero para con el otro dando siempre esa segunda oportunidad como el Buen Pastor hace con nosotros

Aprendamos a tener ese gesto sencillo, esa mano tendida, ese acercamiento sincero para con el otro dando siempre esa segunda oportunidad como el Buen Pastor hace con nosotros

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

‘¡Qué se le va a hacer! El se lo ha buscado, ha escogido su camino y así anda…’ cosas así pensamos algunas veces cuando vemos a una persona que ha tomado caminos no buenos y negativamente nos quedamos en una pasividad, lamentándonos quizá, pero sin hacer algo positivo por ayudar a aquella persona. Demasiado nos desatendemos unos de otros en la vida. Que cada uno se las arregle como pueda, pensamos, porque ya nosotros tenemos nuestros problemas.
¿Es esto humano? ¿Es justo que dejemos marchar a uno por caminos del mal, sin haber tenido una palabra, un gesto de acercamiento, de tenderle una mano para ayudarle? Decimos que respetamos su libertad, y eso está bien, pero tenemos que saber sentirnos de alguna manera responsables unos de otros, y al menos sentir en nuestro interior la inquietud de lo que podríamos hacer.
Es, si, el que escoge el camino del mal, pero son también tantos los que vamos excluyendo de nuestra vida, y poca preocupación sentimos por los que se sienten solos, por los que vemos quizá atormentados por sufrimientos o por enfermedades, los que se sienten débiles quizá por el paso de los años sin tener a su lado alguien que les anime, les acompañe.
Son tantos también los que se sienten desplazados en la vida porque en su desorientación no han sabido o no han podido encontrar un camino, a los que no hemos sabido dar una segunda oportunidad; lo intentaron quizá, no supieron hacerlo en aquel primer momento, y ya los dimos por perdidos, no creímos en sus posibilidades, no damos una segunda oportunidad.
Tantas veces decimos o pensamos que queremos un mundo mejor y quizás soñamos con grandes realizaciones que se tendrían que hacer para que las cosas marchen mejor, pero quizá muchas veces lo hace falta es un gesto pequeño de atención, una palabra de ánimo, una compañía para una soledad aunque solo fuera en silencio, darles esa segunda oportunidad o tercera o lo que haga falta.
Hoy Jesús nos está enseñando cómo debemos buscar siempre al otro, aunque él por si mismo haya escogido esos caminos de perdición. Nos habla del buen pastor que busca la oveja perdida. Pensamos siempre cuando escuchamos esta pequeña parábola en el pecador a quien Jesús siempre busca. Es cierto. Pero creo que tendríamos que pensar en algo más; tendríamos que pensar en lo que yo hago o en lo que yo podría hacer por los demás, en esa mano siempre tendida que tendría que saber ofrecer al otro una y otra vez para ayudarle, para caminar con él, para hacerle encontrar esa orientación que necesita, esa segunda oportunidad.
De la misma manera que el Señor siempre espera nuestra vuelta desde nuestras negruras y nuestros pecados, así tenemos que aprender a hacer nosotros por los demás. Es toda esa ayuda humana que tenemos que saber ofrecer en todo momento al otro; es ese anuncio nuevo del evangelio que tengo que realizar no solo con mis palabras, sino con mis actitudes, con mis gestos, con mi compromiso por los demás.
No nos valen pasividades; no podemos quedarnos cruzados de brazos; no podemos de ninguna manera llegar a la condena del que haya podido errar en la vida, que nosotros también cometemos muchos errores. Son las actitudes y valores nuevos del evangelio que he de vivir.

lunes, 20 de noviembre de 2017

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Muchas veces decimos que la vida es un camino. Caminamos buscando metas; caminamos queriendo llegar a ser algo; caminamos buscando muchas veces no sabemos bien lo que buscamos; caminamos porque tenemos unos objetivos en la vida que queremos conseguir, unos planes que realizar para nosotros mismos o para aquellos que nos interesan, serán los hijos, será la familia, serán aquellas personas allegadas a nosotros por quienes sentimos como algo especial; caminamos pretendiendo darle un valor, una trascendencia a aquello que hacemos; no queremos quedarnos fuera del camino que nos da un rumbo, que nos da un sentido, que le da un valor a nuestra vida.
Pero bien nos encontramos a tantos que van sin rumbo, que quizá no tienen altas metas, que no saben por lo que luchar, y quizá se arrinconan a un lado porque quizá no ven un sentido, no ven por que hacer un camino. Claro que nos encontramos a quienes, quizá en nuestras prisas o en nuestra ambición por pensar solo en nosotros mismos o a lo mas en aquellos que más nos interesan, vamos dejando al borde del camino y no queremos pensar en ellos, no queremos que nos importunen o pudieran convertirse en una traba para nuestro propio camino o nuestras ansiadas metas personales. Aislamos, despreciamos quizá, discriminamos porque los vemos que andan a oscuras y no somos quizá capaces de ofrecerles un poco de luz, tan interesados como estamos en nuestras propias cosas.
Hoy nos habla el evangelio de Bartimeo, el ciego que estaba al borde del camino. Su vida estaba en sombras, sus ojos se habían cegado y la pobreza envolvía su existencia. No podía hacer camino si alguien no le ayudaba, y todos seguían su paso por el camino. Pero viene alguien que se va a detener junto a él. Bartimeo escucha el barullo del grupo que se acerca y pregunta qué es lo que pasa, quién es el que pasa. Cuando le dicen que es Jesús de Nazaret se pone a gritar, tanto que a algunos les molestan aquellos gritos y quieren hacerlo callar. Cuántas veces pasa algo así en la vida, nos pasa a nosotros.
Pero Jesús se detiene, piden que lo traigan. Ahora alguien le ayudará a llegar hasta Jesús. De un salto, despojándose de su manto, es llevado ante Jesús. ‘El Maestro te llama’, le dicen. Y se establece el diálogo. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que pueda ver...’ Y el milagro se produce. Sus ojos se llenarán de luz, pero  no serán solo sus ojos. Su vida ha comenzado a cambiar, da saltos de alegría alabando a Dios y ahora quiere ponerse a caminar también en pos de Jesús.
Estaba a oscuras y supo escuchar, supo descubrir que Jesús pasaba por su lado y la oportunidad había que aprovecharla. Aunque algunos quieren hacerlo callar sin embargo habrá otros que le ayuden, le dirán que es Jesús el que pasa, le trasmitirán el mensaje de Jesús que quiere que llegue hasta El, le ayudarán a dar esos pasos necesarios para acercarse a Jesús. Cuántas sugerencias para lo que podemos hacer en la vida.
Por supuesto que no podemos ser obstáculo, pero es que podemos hacer algo más. Saber descubrir a quienes están al borde del camino en la vida, hacer un anuncio; llegar lejos a tantos que andan desorientados sin saber qué camino hacer; llegar a las periferias, como nos está repitiendo continuamente el Papa; ponernos en camino de salido para ir al encuentro de los demás con el mensaje, como nos está pidiendo ahora la Iglesia.
De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús. No podemos seguir dejándolos al borde del camino.

jueves, 26 de enero de 2017

No rehusemos la luz que se nos ofrece en nuestra espiritualidad cristiana para ir a beber de otras fuentes que no nos ofrecerán la vida verdadera

No rehusemos la luz que se nos ofrece en nuestra espiritualidad cristiana para ir a beber de otras fuentes que no nos ofrecerán la vida verdadera

Hebreos, 10, 19-25; Sal. 23; Mc. 4, 21-25
La luz no se enciende para ocultarla; cuando hay oscuridad en la casa buscamos como sea una luz que encender; si vamos por un camino en una noche oscura sin luna trataremos de llevar algún tipo de luz sea un farol, sea una linterna para iluminar el camino y no tropezar con los obstáculos o dificultades que podamos encontrar.
Podéis decirme que en el mundo en el que vivimos no hay esas carencias de luz porque disponemos en todo momento de luz artificial que alumbre nuestras estancias o ilumine nuestros caminos. Pero bien sabemos que hay oscuridades en la vida, que hay luces que nos confunden o nos desorientan, que no siempre tenemos claros los caminos de la vida por donde andamos porque nos falta un norte, nos falta un faro seguro que nos oriente, porque necesitamos un sentido para lo que hacemos o una razón para lo que vivimos. Muchas cosas nos desorientan en nuestra vida.
Por eso buscamos, siempre buscamos, siempre queremos profundizar en el sentido que le hemos dado a nuestra vida, nos sentimos muchas veces insatisfechos, parece que no terminamos de encontrar porque lo que quizá en un determinado momento nos parecía muy bueno y satisfactorio pronto nos cansó y nos sentimos hastiados y vacíos.
Queremos algo espiritual que nos llene y nos eleve pero algunas veces tenemos miedo de encontrarlo o buscarlo con sinceridad porque tememos que eso nos comprometa; andamos como mariposas de flor en flor y corremos allá donde nos dicen que hay algo nuevo, alguna manera de pensar o de vivir que nos viene de lejanos sitios, pero quizá olvidamos la espiritualidad que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos y no hemos sabido apreciar. Cuantos se dejan seducir por espiritualidades que llamamos orientales o no sé como decirle venidas quizá de otras culturas, pero no han sabido descubrir el pozo profundo y rico que han tenido siempre junto a si en el evangelio.
Es una lástima que los cristianos muchas veces ocultemos y desechemos la luz que tenemos desde siempre a nuestro lado para buscar otras luces. Cuantos nos dicen que ahora han encontrado la verdad de su vida porque se fueron tras otros modos de vivir la religión y nos vienen hablando de que la Biblia nos dice esto o aquello, cuando como cristianos siempre hemos tenido al alcance de nuestras manos la Biblia y no habíamos sido capaces de abrirla y meditar lo que en ella se nos trasmite; nos dicen que en tal o cual sitio o religión nos enseñan la palabra de la verdad, y cada domingo y cada día en nuestros templos se nos ha proclamado la Palabra del Señor y se nos ha ofrecido su enseñanza y hemos rehusado escucharla.
Busquemos esa espiritualidad de nuestra vida que nos hará grandes de verdad en esa Palabra de Dios que la Iglesia continuamente nos ofrece y se enriquecerá nuestra vida. Tratemos de ahondar en esa espiritualidad que se nos ha trasmitido a lo largo de los siglos y que tantas glorias de sabiduría y de santidad ha generado en el seno de la Iglesia para bien de nuestro mundo. Tenemos la fuente a nuestro alcance, no nos vayamos a buscar otras fuentes que aquí tenemos toda la riqueza de gracia que el Señor nos ofrece.