Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Epifanía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Epifanía. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2026

Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 


Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Ponernos en camino es imagen de la vida misma. Forma parte de nuestro mismo ser. ¿No podríamos decir que para eso tenemos dos piernas? Ya lamentamos quienes tienen atrofiados sus miembros de manera que no pueden moverse por sí mismos, no pueden caminar; les decimos de muchas formas aunque no todas son las más humanitarias, deficientes, inválidos, discapacitados, dependientes definiendo en cierta forma cómo se siente el que no puede ponerse en camino.

Desde que nacemos, podríamos decir, queremos caminar; qué alegría cuando un bebé llega a dar los primeros pasos iniciando así en cierto modo el camino de su vida. Ponernos en camino porque buscamos, queremos conocer, llegar a otros lugares o a otras personas, hacer la vida valiéndonos por nosotros mismos; ponernos en camino que desasirnos de muchas cosas para no sentirnos dependientes sino valernos por nosotros mismos; es una búsqueda y es un riesgo, abiertos a la sorpresa porque no sabemos bien lo que vamos a encontrar, pero con riesgo porque nos acechan los peligros; por eso hay quien tiene miedo, no quiere soltarse, quiere quedarse bajo la sombra de un paraguas que le proteja pero quizás porque no tiene metas, no se atreve a ir más allá de lo que tiene delante. Podríamos seguir diciendo muchas más cosas que a todos se nos pueden ocurrir, pero hoy se nos está diciendo que tenemos que ponernos en camino.

Aquellos Magos de Oriente, porque vieron una estrella se pusieron en camino, indagando lo que significaba, estudiando los anuncios antiguos, arriesgándose a un futuro incierto en ese camino que emprendían, sin temor a perderse. Pero para poder ver la estrella, no se quedaron solo mirando al suelo sino que se habían puesto a mirar a lo alto. Bien significativa la imagen. Buscaban el camino y la meta, pero miraban a lo alto para dejarse guiar por la estrella. Cuánto nos puede decir esta imagen.

Como nos dice el evangelio llegaron a Jerusalén y aquello fue una conmoción general. La sorpresa de la gente ante la comitiva que atravesaba la ciudad con aquella gente venida de lejos; Jerusalén fue siempre encrucijada porque la situación de Palestina entre el Oriente próximo y Egipto hacía que fuera un cruce de caminos, como lo vemos reflejado en la historia. Pero ahora era distinto porque preguntaban por un recién nacido rey de los judíos. Suspicacias en el palacio de Herodes que se creía grande y nadie le podía hacer sombra y la pregunta y búsqueda de aquellos Magos era inquietante. Sorpresa entre los Maestros de la Ley los Sumos Sacerdotes, porque les hizo revolver en las Escrituras para entender lo que podría suceder. Señalan el camino según las Escrituras, pero ellos se quedan a la expectativa de lo que pudiera ser.

Con el encargo – podríamos decir entrecomillas, como solemos expresarnos - de Herodes para que volvieran a decirle donde o como lo habían encontrado, de nuevo se ponen en camino. Y allí está la estrella que les guía y les conduce hasta donde está Jesús al que encontrarían como los pastores un día con María, su madre, pero ya no recostado en un pesebre. Le ofrecieron sus dones y cayendo de rodillas le adoraron. Era el reconocimiento de la luz que habían encontrado y que ahora se volverían a sus casas para llevar la noticia, como primeros portadores de evangelio, de buena nueva de salvación para todos.

Es nuestro ponernos en camino, el camino de nuestra vida y el camino de nuestra fe. ¿También tendremos que ponernos camino para buscar y para indagar, para encontrarnos con la luz y para llevar luego esa buena noticia a los demás? Es también nuestra tarea, es la búsqueda honda de nuestra vida; no podemos quedarnos encerrados siempre en lo mismo, no podemos estar como los que ya vienen de vuelta y no quieren saber nada, tenemos que arriesgarnos en nuestra búsqueda aunque ese ponernos en camino nos haga salir de allí donde estamos instalados, de lo que siempre se ha hecho porque siempre ha sido así como tantas veces decimos; tenemos que no temer lo que podamos encontrar porque siempre será una luz nueva para nuestra vida que nos pone en nuevo camino.

Nos hemos amodorrado en nuestra manera de vivir la fe y tratar de contentar a todos y a todo, pero no podemos quedarnos adormilados en el camino porque perderemos el rumbo y el sentido. Y eso nos está pasando a muchos cristianos que queremos seguir viendo en la comodidad de nuestras rutinas o viejas costumbres y ya el evangelio parece que ha dejado de ser novedad para nosotros; el evangelio siempre tiene que ser novedad porque es buena noticia, y las noticias son nuevas cada día.

Es una lástima que el árbol no nos permita ver el bosque; es lo que nos está sucediendo con esta fiesta de la Epifanía en la que tendríamos que contemplar ese gran regalo de Dios que se nos manifiesta – eso significa la palabra ‘epifanía’, manifestación – y la locura de los regalos que nos hacemos y creemos que tenemos que hacernos en este día nos hacen olvidar la grandeza y el sentido de esta fiesta y celebración.

¿Necesitaríamos arriesgarnos a ponernos en camino desde esta consideración? El profeta invita a Jerusalén a despertar para ver amanecer la gloria de Dios. ¿Nos postraremos también nosotros como todos esos pueblos para cantar la gloria del Señor?


lunes, 6 de enero de 2025

Una nueva Epifanía para saber hacernos los regalos de una generosa acogida también entre aquellos que no nos conocemos

 


Una nueva Epifanía para saber hacernos los regalos de una generosa acogida también entre aquellos que no nos conocemos

Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Aquella comitiva de tres extranjeros que se adentra por la calles de Jerusalén haciendo preguntas que para algunos resultan ignotas, mientras en otros producen cierta inquietud me hace pensar en situaciones semejantes que no sé si terminamos de acostumbrarnos pero que también de manera semejante se nos dan hoy en nuestras calles.

Es cierto que en el mundo globalizado en que nos encontramos ya no es extraño encontrarnos en nuestro entorno extranjeros que nos hablan idiomas para nosotros desconocidos, pero también algunos nos producen cierta inquietud y nos preguntamos a donde vamos a llegar, porque muchas veces nos parece poco menos que una invasión; en la tierra donde vivo, en nuestras islas, ya no nos es extraño encontrarnos gentes de otras razas y lugares, extranjeros que llegan a nuestras cosas desde diversos motivos que a muchos, es cierto, llenan de inquietud, a unos llamamos turistas, otros llamamos inmigrantes, algunos los consideramos incluso ilegales y es grande la presión que está sufriendo la demografía de nuestras tierras. Cuando nos cruzamos con ellos, ¿cómo nos sentimos? ¿Qué pensamos quizás que tenemos que hacer? ¿A dónde vamos a llegar?

Un revuelo semejante se armó aquellos días en Jerusalén con aquellos personajes que llegaron a Jerusalén y que no eran precisamente judíos provenientes de la diáspora, tampoco los podían considerar prosélitos, aunque unas preguntas inquietantes venían haciendo que tendrían que descifrar su significado y que les llevó incluso a la consulta de las autoridades religiosas para entender qué es lo que preguntaban. ¿Un recién nacido rey de los judíos? Pero no parecía que fueran cosas que sucedieran en el palacio de Herodes, aunque en las profecías fueron a buscar respuestas.

Conocemos bien el texto del evangelio que tantas veces hemos escuchado y meditado. A Belén se dirigieron y allí encontraron lo que buscaban en aquel niño envuelto en pañales en brazos de María a quien ofrecieron sus ofrendas. Con la resonancia de las profecías y de los salmos para nosotros se han quedado como los reyes magos, pues el evangelista ha hablado de unos magos venidos de oriente, con su especial significado.

Para nosotros este texto se ha convertido en evangelio, en buena noticia, porque nos está hablando del nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre en aquel hijo de María y de José que para nosotros será Jesús, porque será el Salvador de nuestras vidas.

Pero el evangelio hoy no se nos puede quedar para nosotros en un recuerdo de antiguos acontecimientos, sino que en eso que nos está sucediendo cada día hemos de saber leer el mensaje de este evangelio, en eso que cada día nos está sucediendo en nuestro entorno hemos de saber leer y encontrar una buena noticia de salvación para nosotros hoy.

¿Habrá evangelio, habrá buena noticia, habrá una llamada de Dios en lo que ahora mismo está sucediendo en nuestro mundo? Algo seguramente tiene Dios que decirnos. Y en aquel que por nosotros se hizo emigrante y hasta desterrado - ¿no habían venido sus padres desde la lejana Galilea hasta Judea y hasta Belén y allí nacería aquel niño?, ¿no lo contemplaremos luego poco menos que desterrado a Egipto en donde habrá de refugiarse en su huida de aquel rey Herodes que atentaba contra la vida del niño?  -, en aquel Niño, pero en esto que nos está sucediendo en nuestro entorno con emigrantes o desplazados, con turistas o con gentes que nos visitan Dios quizás tiene una Buena Noticia, una llamada para nosotros. Es en lo que tenemos que detenernos, lo que nos tiene que hacer pensar, lo que hemos de saber descubrir, aunque no sea fácil.

Para nosotros los creyentes las cosas no suceden porque sí, no son tampoco un destino fatal, no tienen que ser cosas que irremediablemente tienen que suceder, detrás podremos descubrir un plan de Dios, detrás podríamos o tendríamos que descubrir una buena noticia de salvación para nosotros.

Es lo que tenemos que llevar a nuestra oración, es lo que tenemos que saber escuchar en lo  hondo del corazón, es lo que tenemos que aprender a leer en los acontecimientos de la vida. ¿Nos estará todo esto pidiendo unas nuevas actitudes ante la gente nueva y desconocida que nos rodea? ¿Tendremos que aprender a acercarnos a ellos de otra manera haciendo que haya una acogida desde lo más profundo de nuestro corazón? ¿Cuántas veces nos hemos detenido ante esas personas, no simplemente para enseñarle una dirección de un monumento artístico, sino para interesarnos por su vida, por sus preocupaciones, por los sufrimientos que muchas veces podemos ver marcados en su rostro?

Aquí tiene que haber una nueva Epifanía del Señor para nuestra vida. No es solo una celebración que nos lleve a hacernos regalos entre los que nos queremos. ¿No tendría que ser una invitación en esa nueva Epifanía a hacernos el regalo de nuestra mejor acogida mutua también entre aquellos que no nos conocemos? Da que pensar.

domingo, 7 de enero de 2024

El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

 


El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

En la hay momentos, en que por algo que nos sucede, una palabra escuchada, un testimonio recibido, nos marcan de alguna manera la vida, porque comenzamos a ver las cosas de otra manera, descubrimos cual es nuestra propia identidad y lo que algunos llaman su destino, nos hace dar una vuelta a nuestros planteamientos, pone interrogantes en nuestro interior que nos hacen cuestionarnos lo que hacemos o lo que podemos hacer. Son hitos de nuestra vida, momentos cruciales, arranque de nuevos caminos o de nuevas oportunidades, ocasión también de darnos a conocer y lo que podemos realizar. Y esto lo podemos en un amplio campo de nuestra vida, aunque para ello también hemos de tener una capacidad de reflexionar para saber leer esos acontecimientos, o eso que nos haya podido suceder, para descubrir esa luz que dé un nuevo giro en la vida. Una capacidad de reflexión, decimos, pero también un saber estar atentos a esos signos de vida que pueden aparecer en nuestra existencia.

Estamos en un momento de la vida de Jesús que diríamos que es crucial para el conocimiento que podamos tener de El y el plantearnos también por qué queremos seguirle. Aquel niño nacido en Belén, que hemos venido celebrando en este tiempo de Navidad, en un momento determinado se nos dice cómo en Nazaret crecía en estatura, sabiduría y gracia ante de Dios y los hombres. Una vida oculta durante largos años, como tantos momentos también de silencio que todos necesitamos en la vida.

Juan predicaba en la orilla del Jordán anunciando el tiempo inminente de la aparición del Mesías y cómo había que preparar los caminos del Señor, como incluso nosotros hemos contemplado sobre todo en el Adviento. En torno a Juan se reúne la gente para escuchar aquella Palabra nueva que anuncia la venida del Mesías, se hacen bautizar por Juan como un signo de conversión y de preparar sus corazones, hay ya un grupo de discípulos que estarán más cercanos a Juan, y Jesús desde Galilea bajó también a la orilla del Jordán junto a Juan.

Es el momento que hoy contemplamos y que casi parece como si el mismo Juan nos estuviera contando. Ante los interrogantes que le plantean a Juan sobre lo que hacía y si él era el Mesías o un profeta, responde, ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo’. Sigue el anuncio de Juan de aquel que vendrá no para bautizar con agua sino con la fuerza del Espíritu Santo.

Y es ahora cuando el evangelista con toda sencillez nos narra lo acontecido. ‘Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’.

Todos comprendemos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de purificación. Quien había venido a hacer hombre para ser Dios con nosotros y que cargará con nuestro pecado y nuestra muerte para así redimirnos, solidariamente se pone en la fila de los pecadores que se acercan al bautismo de Juan. Y aquí está la Epifanía, la manifestación de quién era Jesús con aquellos signos que acompañan aquel momento. El Espíritu Santo que se manifiesta sobre Jesús con la voz del cielo que lo proclama como el Hijo amado de Dios, en quien Dios se complace.

A los pastores se les había anunciado el nacimiento de un Salvador; los Magos de Oriente contemplan la luz de la estrella que les hace camino para encontrarse con Jesús al que en su ofrenda reconocerán como rey, como hombre y como Dios; el anciano Simeón proclamará que ya puede morir en paz porque sus ojos han visto a quien viene como luz de las naciones  y gloria de su pueblo Israel; Juan nos había anunciado que venía quien nos bautizaría en el Espíritu pero es ahora la voz del cielo quien le señala como el Hijo de Dios a quien hemos de escuchar y a quien hemos de seguir. Más tarde lo veremos en las bodas de Caná dándonos ese vino nuevo, signo de la vida nueva que en El vamos a recibir.

Es el sentido de la fiesta de la Epifanía, manifestación de la gloria de Dios; momento crucial donde ya podemos conocer quién es Jesús a quien hemos de escuchar; momento a partir del cual Jesús comenzará a realizar su misión del anuncio del Nuevo Reino de Dios.

Pero momento importante también para nosotros. Este acontecimiento que estamos contemplando y celebrando como culminación de todas las fiestas de la Navidad no nos puede dejar en la rutina de siempre. Tentación tenemos que pasado el fervor y entusiasmo que hemos vivido en estas fiestas volvamos a la rutina de siempre, volvamos a lo mismo como si nada hubiera significado todo lo que estos días hemos celebrado. Sería algo en vano, entonces.

Tenemos que despertar de esos letargos en los que podemos caer, no podemos decir como era en el principio. Por eso contemplar el Bautismo de Jesús nos hace mirar a nuestro bautismo, en el que también un día vino el don del Espíritu Santo sobre nosotros para marcarnos con una vida nueva, con una dignidad nueva, porque también desde ese día hemos escuchado que somos los hijos amados de Dios. Es reavivar nuestro bautismo, es reavivar esa vida de hijos de Dios, es reavivar esa misión que también nosotros hemos de cumplir. Esta celebración también tiene que ser un momento crucial para nuestra vida, algo que no podemos olvidar, que nos hace ser conscientes de nuestra dignidad y de nuestra misión. Vivamos en consecuencia.

sábado, 6 de enero de 2024

La Epifanía es el regalo del amor de Dios lo que se nos ofrece en Jesús, pero ha de ser también la ofrenda y el regalo que nosotros en los demás queremos ofrecer a Dios

 


La Epifanía es el regalo del amor de Dios lo que se nos ofrece en Jesús, pero ha de ser también la ofrenda y el regalo que nosotros en los demás queremos ofrecer a Dios

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

¿Buscar siguiendo los rastros de una estrella? ¿Buscar un mundo desconocido más allá de las estrellas? ¿Buscar algo nuevo y distinto que nos dé nueva ilusión y esperanza? ¿Qué hay más allá? Quizás de niño nos preguntábamos que había más allá de las montañas que veíamos en horizonte, qué había después del mar tan inmenso que veíamos delante. No es cosa baladí. Siempre el hombre, la humanidad ha estado en búsqueda que no solo es lo que pueda haber tras las montañas, aunque eso haya despertado le entusiasmo de conquistadores o de buscadores de otros mundos.

Ahí tenemos la historia de la humanidad. Pero esa historia de la humanidad nos habla también de otras búsquedas, de nuevos pensamientos, de nuevas maneras de ver las cosas, de un sentido a lo que vemos, a lo que vivimos, a lo que nos sucede. Y surge una filosofía, una manera de entender las cosas, una cultura que se va forjando desde esa búsqueda que se hace belleza y arte, que se hace en ocasiones guerrera, que siempre abre a nuevos horizontes, que nos eleva también a estadios superiores, que se convierte en búsqueda espiritual.

¿Seguimos buscando? Tenemos que decir que sí, es el crecimiento de la vida, es la inquietud que siempre tenemos en el corazón, es el deseo de encuentros que nos hagan más felices, son los sueños que todos tenemos dentro y que a veces no sabemos cómo desarrollar, es esa lucha por la vida que en ocasiones se nos vuelve dura, son esos caminos que todos recorremos y que en ocasiones se vuelven enmarañados por los problemas, por las dificultades, por las ansias que tenemos de algo superior que no siempre encontramos, por esos deseos de felicidad que muchas veces no sabemos como realizarlos.

¿Seremos perseverantes en ese camino de búsqueda? ¿Sentiremos en ocasiones el desaliento y el desencanto porque no encontramos tan pronto lo que buscamos? ¿Nos aburre la vida por tanta lucha muchas veces, nos parece, sin resultados? ¿Dónde encontrar fuerza para seguir esa lucha y esa búsqueda? ¿Encontraremos en algún momento un rayo de luz que nos llene de esperanza? ¿Nos sucederá que algunas veces los que van a nuestro lado nos confunden, quizás o desde sus intereses, o desde su propia desorientación?

Muchas preguntas me estoy haciendo hoy por lo que es la vida, lo que es el camino que recorremos todos de una manera o de otra. Es en lo que me hace pensar el escenario que hoy contemplamos. Unos magos de oriente que han visto una nueva estrella en el firmamento, y sin saber bien lo que puede significar, sin embargo se ponen en camino. En la imagen geográfica incluso que podemos tener del relato del evangelio, el camino tenía que haber sido largo y dificultoso para atravesar desiertos y montañas hasta llegar a Jerusalén.

Por lo que ellos intuyen es el signo de un nuevo rey que ha nacido. En la antigüedad todos los grandes personajes de la historia tenían su estrella. Y en Jerusalén preguntan y se crea un sobresalto que moviliza a Herodes y a los sacerdotes y escribas del templo. Las respuestas que les van dando los dirigen a Belén, aunque el aviso por parte de algunos – Herodes en este caso – era bien interesado.

¿No puede ser imagen todo esto de lo que nos decíamos antes de nuestras vidas de búsquedas que también se hacían largas y dificultosas? ¿Nos estará queriendo decir algo para esa vida nuestra de cada día este episodio que hoy contemplamos en el Evangelio? Quizá tendríamos que preguntarnos también por nuestra perseverancia en esas búsquedas, por los medios en los que busquemos esas respuestas que queremos darle a nuestra vida.

Finalmente aquella estrella les condujo a Belén y allí encontraron a aquel niño al que ofrecieron sus dones de oro, incienso y mirra. Encontraron un niño con su madre, encontraron a Jesús, pero allí se estaban encontrando con un misterio inmenso, porque veían a un rey, pero veían a un Dios, y al mismo tiempo se habían encontrado con un hombre. Y ante el misterio se postraron y adoraron. Ellos eran unos sabios – es el sentido de la palabra ‘mago’ – pero tuvieron la humildad de postrarse ante lo nuevo que se les revelaba porque los estaba haciendo encontrarse con Dios.

¿Llegaremos nosotros también a encontrarnos con Dios en esa búsqueda que vamos haciendo en el recorrido de nuestra vida? Ojalá tuviéramos también la humildad para postrarnos y para adorar, para saber bajarnos de las alturas en que a veces nos queremos poner y encontrar en la pequeñez de un niño, encontrar en aquello que nos parece demasiado humilde y pequeño esa luz que necesitamos para nuestra vida.

Es encontrarnos con la Estrella, es encontrarnos con el Sol que nos viene de lo alto, es encontrarnos con la Luz porque en Jesús nos encontramos con Dios. Ahí está la verdadera sabiduría, ahí está la luz de nuestra vida que nos da profundo sentido, ahí está la verdadera riqueza de nuestra existencia cuando en lo pequeño del hermano que camino a nuestro lado nosotros somos capaces de ver a Dios. Dios quiere llegar de tantas maneras a nuestra vida, pero también nos ha dicho que cuanto hiciéramos al otro, al pobre, al hambriento, al enfermo o al que es menos considerado a El se lo estábamos haciendo. Ya sabemos pues donde tenemos que ir a adorar y a presentar nuestras ofrendas y regalos.

Es el regalo de Dios lo que se nos ofrece en Jesús que es todo un regalo de amor, pero será también la ofrenda y el regalo que nosotros en los demás queremos ofrecer a Dios. ¿A quien vas a hacer más feliz hoy por un gesto o un detalle especial de amor que vas a ofrecer? Puedes mirar cerca, a los tuyos, a los que están en tu entorno, o puedes dirigir la mirada un poco más donde están los que nunca reciben una sonrisa de nadie.

Sigamos en ese camino de búsqueda hasta que encontremos esa luz en los ojos de alguien que llene de dicha tu corazón.

domingo, 8 de enero de 2023

En la fiesta del Bautismo de Jesús revitalizamos nuestro bautismo y nos convertimos en signos de que el Reino de Dios es de los pobres, los humildes y sencillos

 


En la fiesta del Bautismo de Jesús revitalizamos nuestro bautismo y nos convertimos en signos de que el Reino de Dios es de los pobres, los humildes y sencillos

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Se nota donde nos sentimos a gusto. Y así manifestamos nuestras preferencias. Claro que no todos tenemos las mismas preferencias, las mismas prioridades en la vida, aquello que en verdad valoramos, que nos da sentido y fuerza para nuestro actuar. Para algunos las preferencias están en los poderes o las grandezas de este mundo, llenarán su vida de vanidad y apariencia, los veremos echarse la zancadilla unos a otros en lucha por los primeros puestos, lugares de influencia y de poder; son cosas apetitosas para endiosar nuestro ego y fácilmente se nos hacen golosas, apetecibles, tentadoras. Ahí los veremos cómo se sienten a gusto. Variadas son las apetencias en este sentido y muchos son los que encandilan con estas vanidades.

Claro que nos encontraremos también para quienes otras son sus opciones y preferencias, porque otro es el sentido que han descubierto para su vida. Son su verdadero tesoro, que sin embargo parece escondido y oculto para tantos. Son los caminos de la sencillez y del servicio, son los caminos de la cercanía y de la ternura, son los caminos humildes del que no quiere aparecer, pero sin embargo calladamente sabe servir, son los caminos de los que no les importa estar entre los últimos, porque es ahí con los sencillos y con los que nada aparentan donde se sienten a gusto.

Es lo que venimos contemplando en esta Navidad. Las preferencias de Dios, allí donde se siente a gusto. No habrá sitio para él en una posada pero tampoco tocará en la puerta de los grandes y poderosos para encontrar un lugar. No serán ni los sacerdotes ni los maestros de la ley de Jerusalén aunque conozcan bien las Escrituras, sino unos pobres pastores los que serán avisados que allí en los humildes campos de Belén ha nacido el Mesías Salvador que encontrarán en un humilde niño recién nacido y que no tiene otra cuna que las pajas de un pesebre. Nos dirá un día que no serán los sabios y entendidos, sino los pequeños, los pobres, los que nada tienen, los sencillos y humildes de corazón serán los primeros que conocerán a Dios, porque de ellos será el Reino de los cielos.

¿Dónde lo contemplamos hoy? Entre las filas de los que se sienten humildes pecadores y quieren ser bautizados, como señal de conversión y penitencia, en las aguas del Jordán. Es el médico que viene a estar con los enfermos, pero que viene a curar. Es el que luego sentirá más cercano de sí en el momento supremo de la cruz al ladrón que ahora se arrepiente y le pide que se acuerde de él en el paraíso. Es el que se ha puesto al nivel de los pecadores y de los malhechores no importándoles sentarse en una misma mesa con ellos, como morir mas tarde en ese suplicio de los que todos consideran los mayores malhechores. Es allí donde Jesús se manifiesta a gusto, porque para eso ha venido, para eso ha querido ser Emmanuel, Dios con nosotros.

Cuando el Bautista se enfrenta con él en aquella fila de pecadores le dirá que es él quien tiene que ser bautizado por Jesús aunque sea Jesús el que ahora pide recibir aquel Bautismo. Se hizo en todo semejante a nosotros, y aunque no tenía pecado vino a cargar con nuestro pecado, vino a llevar sobre sus hombros las cruz que nosotros merecimos, vino para abrirnos las puertas del cielo desde donde ahora veremos que se le señala como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Pero es Jesús el que abre para nosotros las puertas del cielo porque por la fuerza de su Espíritu nosotros también seremos hijos y aunque seguimos siendo pecadores nos dice que va a prepararnos sitio porque donde esté El quiere que nosotros estemos con El.

Hoy, como culminación a todas estas fiestas de Navidad, estamos celebrando el Bautismo de Jesús en las aguas del Jordán. Ya lo venimos expresando, el maravilloso misterio de la Epifanía de Dios. No era pecador, pero en las filas de los pecadores estaba quien luego sería señalado por Juan como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No necesitaba de aquel bautismo quien venía para bautizarnos a nosotros en el Espíritu. Así Juan lo había sentido que se le revelaba en su corazón. Aquel sobre quien veas bajar al Espíritu en forma de paloma es el que viene a bautizarnos en el Espíritu. Y así se manifestó la gloria de Dios en aquella teofanía del cielo. ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

 Celebrar hoy nosotros el bautismo de Jesús en el Jordán tiene que servirnos para revitalizar nuestro Bautismo, aquel que un día nosotros recibimos recién nacidos por la fe de nuestros padres. Es caer en la cuenta de nuestra grandeza y de nuestra dignidad, porque hemos sido ungidos en el mismo Espíritu para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Somos también los ungidos del Señor por la fuerza del Espíritu y otra tendría que ser nuestra vida.

Merecemos, es cierto, estar en las filas de los pecadores y así con humildad tenemos que manifestarnos para agradecer al mismo tiempo la grandeza y la dignidad nueva que desde nuestro bautismo hemos recibido. Pero es hacernos conscientes de donde está nuestro lugar, aquel en que en verdad tenemos que sentirnos a gusto, como decíamos al principio. No es otro el camino que seguir el mismo camino de Jesús. Es lo que tanto nos ha repetido a lo largo del evangelio. Es donde tenemos que encontrar nuestro lugar. Son las señales que tenemos que dar ante el mundo del valor de las Bienaventuranzas que precisamente comienzan diciéndonos que son los pobres, los humildes y los sencillos los que serán dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

viernes, 6 de enero de 2023

Epifanía nos habla del regalo de Dios que en Jesús recibimos, nos ilumina con nueva luz y caminar por nuevos caminos

 


Epifanía nos habla del regalo de Dios que en Jesús recibimos, nos ilumina con nueva luz y caminar por nuevos caminos

 Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Hoy es el día del regalo de Dios para toda la humanidad. Es cierto que, al menos en nuestro ambiente y con nuestras costumbres, es el día de los regalos. ‘Día de Reyes’, decimos, y es sinónimo de regalos. Y con lo fáciles que somos a la vanidad lo hemos convertido en una obsesión y en una fiesta consumista, demasiado materializada en los obsequios y regalos que nos hacemos los unos a los otros en este. Y tenemos que decir también que para muchos se convierte en una angustia enfermiza tanto si no reciben regalos como si no los pueden ofrecer.

No quiero mermar con esta reflexión que nos hacemos ni la ilusión y la alegría de manera especial de los más pequeños, que fue por donde nació esta manera de celebrar este día – necesitamos también algo de ilusión y mucho de alegría en el mundo en que vivimos, muy llenos de risas quizás pero falto de una verdadera alegría honda. Pero sí creo que tendríamos que ahondar en el verdadero sentido de esta fiesta, como decíamos al principio, día del regalo de Dios para toda la humanidad.

Hemos venido celebrando y estamos aun celebrando la Navidad que significa celebrar esa presencia de Dios en medio de nosotros, cuando contemplamos el nacimiento de Jesús en Belén con todo el misterio que en su entorno queremos vivir y celebrar. Hoy la liturgia de alguna manera nos quiere decir esa presencia de Jesús, esa presencia de Dios no es solo para un pueblo o una comunidad concreta, sino que es la manifestación de Dios para ser luz y salvación para toda la humanidad. Eso significa Epifanía que es el nombre de la fiesta que hoy celebramos.

Todas las imágenes y símbolos que hoy contemplamos eso vienen a decirnos. Ya la noche del nacimiento hizo que el cielo brillara con un nuevo resplandor sobre los campos de Belén para anunciar a los pastores – imagen del pueblo judío - con el cántico celestial y con la aparición de los ángeles que les había nacido un salvador.

Hoy contemplamos nuevos resplandores que en principio no reducen su brillo a los campos de Belén sino que brillará en lo alto de los cielos para que ese anuncio pudiera llegar a todos los hombres. Unos magos de Oriente, nos dice el evangelio que no habla de reyes, como estudiosos de lo que sucede en el firmamento y atentos también a las señales de Dios son los que descubren esa estrella que les hablará de un recién nacido rey. Guiados por la estrella, con humildad y fidelidad, se han puesto en camino para llegar a Jerusalén. Parecería que si se trata del nacimiento de un rey en palacios reales pudieran encontrarlo, para estupor de los dirigentes entonces del pueblo judío, empezando por Herodes.

Pero no es eso lo que quieren indicar las señales del cielo, pues consultadas las Escrituras señalarán que será Belén donde está ese recién nacido Rey y allá les vuelve a dirigir la estrella. Señales del cielo, signos que aparecen en la misma naturaleza, pero será también la Escritura santa los que se convertirán en evangelio, en palabra de Dios, en buena noticia para aquellos magos que terminarán postrándose ante Jesús para ofrecerle sus dones como un reconocimiento de lo que Dios les estaba revelando en su corazón.

Estrellas que nos hablan seguimos teniendo nosotros si nos llenamos del mismo espíritu de fe de los magos, de su humildad y disponibilidad para ponerse en camino, aunque el camino no les fuera fácil, de esa generosidad del corazón dejarse conducir para encontrar el sentido de las señales y también la ruta de los caminos que ante nosotros se abren. Cuantas cosas nos hablan de Dios en lo que nos sucede cada día, en los acontecimientos de la vida y de la historia que vivimos en el momento presente, o en las mismas personas con las que vamos haciendo ese camino de la vida.

Tenemos que aprender a hacer esa lectura creyente de la vida, a mirar cuanto nos sucede con ojos de fe para poder encontrar también esa fortaleza que necesitamos en los duros camino de la vida que nos ha tocado vivir. Dios nos pone estrellas que nos iluminen y que nos guíen pero hemos perdido esa sensibilidad espiritual para descubrir esas señales de Dios y tenemos que recuperarla.

Cuando los magos llegaron a Jerusalén y escucharon los textos de las Escrituras Sagradas, aunque les llegaran con interpretaciones interesadas como las que se hacía Herodes o encontraran el desinterés de los maestros de la Ley que despreocupados siguieron en sus intereses, ellos, sin embargo, supieron cambiar de camino para llegar a Belén, para llegar hasta Jesús. Necesitamos, sí, fortaleza para cambiar de camino aunque nos cueste cuando nos encontramos con la luz, antes que permanecer en la insensibilidad de preocuparnos solo de nuestras cosas.

‘Entraron en la casa, nos dice el evangelista, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino’.

Habían llegado hasta Jesús, habían encontrado a quien buscaban; la luz de Jesús, que ya no era una estrella sino el mismo Sol del cielo – yo soy la luz del mundo, nos dirá Jesús más tarde en el evangelio – había iluminado sus vidas que ya no podían ser la misma vida. Volvieron a su casa, sí, a su vida, pero con una nueva vida, con una nueva luz; su camino ya no sería el mismo camino, sus vidas ya no podían ser las mismas vidas. Es lo que se produce en nosotros cuando de verdad nos encontramos con la luz, cuando de verdad nos encontramos con el Evangelio de Jesús.

Ojalá todo este recorrido, este proceso que hemos hecho en estas fiestas de Navidad de tal manera nos haya iluminado que ‘volvamos por otro camino’, emprendamos un camino nuevo en la vida. Ese regalo de Dios que con Jesús hemos recibido nos llene de nueva vida

miércoles, 6 de enero de 2021

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

 


Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Navidad es Epifanía y Epifanía sigue siendo Navidad. No es un juego de palabras, es la realidad de lo que vivimos y celebramos porque todo es manifestación de la gloria y del amor del Señor. Se nos manifiesta en Belén aunque en aquel momento hablamos más de Navidad, de Natividad, de nacimiento de Dios hecho hombre, pero que no es otra cosa que manifestación de la gloria de Dios. ¿No es lo que los ángeles cantaron? ‘Ha aparecido la gracia de Dios’, escuchábamos en los textos de la Palabra de esa noche. Y se manifestó y se dio a conocer a unos humildes pastores que cuidaban sus rebaños en las afueras de Belén como un signo y señal para el pueblo de Dios.

Se nos manifiesta ahora en la fiesta de la Epifanía, y ese es el sentido y significado de la palabra. Es la manifestación de la gloria del Señor a todos los pueblos significados en aquellos Magos de Oriente de los que nos habla san Mateo; es la manifestación de que el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús es para todos los hombres, para todos los pueblos. Por eso decimos Epifanía que sigue siendo Navidad. Todavía el próximo domingo casi descolgándonos de la Navidad o culminando la Navidad sigue siendo Epifanía en la manifestación de la gloria de Dios en el Bautismo del Señor.

Las imágenes, los signos y los gestos que contemplamos en el relato que hoy nos ofrece el evangelio son de una gran riqueza y nos hablan de caminos y de recorridos que son caminos y recorridos de fe que todos vamos realizando o hemos de realizar en nuestra vida. Es el camino de fe, de búsqueda que realizaron aquellos magos a partir de que reciben la señal de lo alto en la estrella aparecida en los cielos pero que también a nosotros nos quiere hacer mirar hacia lo alto, aunque vayamos tropezándonos con tantas cosas que se nos atraviesan ante nuestros pies para que sepamos elevarnos, para que nos demos cuenta de que hay una luz a pesar de las oscuridades de la vida.

El camino no siempre es fácil; igual que aquellos magos tuvieron que atravesar desiertos y tortuosos caminos y también se encontraron en el camino quienes se les querían interponer poniéndoles trabas a su recorrido; es lo que nos sucede tantas veces en el camino de nuestra vida. No se dejaron confundir con falsas estrellas, y aunque hubo momentos de oscuridad en que ni siquiera veían la estrella supieron trascender por encima de aquellos obstáculos, encontraron la Palabra que les guiaba de verdad y de nuevo apareció la estrella que les guiaba hasta aquel recién nacido que era la luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo y que es luz para todos los pueblos y naciones.

Cuánto tenemos que aprender de ese camino siguiendo el rastro de la estrella de Belén. Es el camino de nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con sus luchas, frustraciones y también victorias, es el camino de un mundo enmarañado que se confunde y nos confunde, es el camino que el mundo nos quiere ofrecer como luces lo que no son más que oscuridades y que nos ofrece falsos señuelos que nos distraen de la meta que deberíamos alcanzar, es el camino lleno de problemas y dificultades que nos hace perder la esperanza porque nos sentimos como derrotados y nos parece que nunca podremos salir, son esos caminos del mundo que ponen a prueba nuestra fe y nos llenan de dudas y de interrogantes a los que nos cuesta encontrar respuesta.

Nosotros sabemos bien que la luz de la estrella que nos guía nunca dejará de brillar para nosotros. No nos puede fallar nuestra fe y nuestra esperanza. Esa luz está siempre con nosotros y por mucho que las tinieblas traten de ahogarla seguirá brillando con fuerza para nuestro mundo. Esa luz tiene que hacernos levantar cada día con una nueva ilusión, una gran fuerza interior para seguir en el camino, para seguir confiando, para seguir manteniendo la esperanza, para seguir poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que esa luz llegue a los demás. Hay muchas desesperanzas a nuestro alrededor, muchos pesimismos, mucha gente que se siente agobiada, muchos que han perdido la trascendencia de su vida cuando han dejado apagar la luz de la fe en sus corazones.

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar las conciencias, para hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza en tantos que van apagados por la vida. Tenemos que ser valientes para ponernos en camino, como hicieron aquellos magos. No podemos ser nosotros estrellas apagadas que no den luz allí donde estamos y aunque tengamos que mantener muchas luchas en nuestro interior para mantener encendida esa luz en nuestro corazón, tenemos que reflejarla para los demás, tenemos que ayudar a los demás. Codo con codo trabajamos con los que están a nuestro lado en esa búsqueda de salidas y soluciones a los problemas, en ir haciendo que encontremos la verdadera salud de nuestra vida que va más allá de las pandemias y situaciones lúgubres que se puedan vivir.

Es el compromiso que tenemos con nuestro mundo. Es un compromiso nacido de nuestra fe. Nosotros sabemos muy bien que nuestra luz y nuestra salvación están en el Señor. Con esa luz queremos iluminar nuestro mundo.

domingo, 20 de enero de 2019

Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida, la verdad del hombre para el hombre, la luz que disipa todas nuestras tinieblas, el camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena


Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida, la verdad del hombre para el hombre, la luz que disipa todas nuestras tinieblas, el camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena

Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1 Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-12

Aunque ya estamos desde el domingo pasado en el tiempo ordinario de alguna manera en la tradición de la Iglesia este domingo sigue siendo como una prolongación de la Epifanía del Señor que celebramos el pasado 6 de enero. Es como una trilogía, que ya incluso las antífonas del día de la Epifanía resaltan, de esa Epifanía, manifestación del Señor como en tres pasos, primero fueron los magos de Oriente, luego fue el Bautismo del Señor en el Jordán y finalmente este momento de las bodas de Caná. De esa manera siempre en el domingo siguiente a la fiesta de la Epifanía celebramos el Bautismo de Jesús en el Jordán, y en este ya segundo domingo del tiempo Ordinario tradicionalmente también las bodas de Caná.
Normalmente cuando escuchamos este evangelio prontamente hacemos referencia al matrimonio en un sentido cristiano - en muchísimas ocasiones se utiliza este texto en la celebración del sacramento del Matrimonio -, y por otra parte vemos un sentido mariano por la presencia de María, intercesora ante Jesús por la dedicación situación en que se veían los novios al faltarles el vino para la boda. Sin descartar estos aspectos creo que tiene también otro sentido muy profundo en cuanto manifestación de Jesús como el que viene a darnos el verdadero sentido a nuestra existencia con su salvación siendo esa luz que llena tantos vacíos del hombre de todos los tiempos.
El evangelio nos presenta esa situación de un banquete, una fiesta de bodas; no hay mayores referencias a los esposos de ese matrimonio, sino que solamente nos habla de esa situación en la que se ven envueltos por la falta del vino. una situación en la que nos vemos envueltos todos, en la que podemos hacer una lectura de lo que también puede ser nuestra vida y Jesús viene a significar en ella.
Las vasijas del vino tocaron fondo, como suele decirse cuando se quiere sacar de ellas y ya en ellas no hay nada. De tantas maneras y en tantas ocasiones tocamos fondo nosotros en la vida, nos sentimos vacíos, no tenemos nada que ofrecer, la vida se nos puede volver un sin sentido. Desorientación en tantos casos en que nos vemos perdidos y no sabemos qué camino tomar, qué es lo mejor que podemos o tenemos que hacer, túneles oscuros por los problemas,  situaciones familiares difíciles, desencuentros con la propia familia o con aquellos con los que convivimos, amistades que se rompen o gente que tenemos enfrente como si fueran enemigos, enfermedades, contratiempos que nos van apareciendo en la vida.
¿Qué hacer o cómo reaccionar? ¿Qué respuesta dar a esas situaciones? Buscamos quizás en nosotros mismos y nos sentimos vacíos por dentro porque nos sentimos tan limitados, con tantas deficiencias en nosotros, con tantas debilidades también en nuestra vida. Queremos cerrar los ojos o escondemos en lo más profundo pero tampoco ahí encontramos respuesta. Nos falta el vino.
El vino es la alegría de la fiesta; ya dice también la Escritura que el vino alegra el corazón del hombre. Podríamos pensar en el vino como un estimulante, pero sabemos que es algo más. no es solo la condición del vino en el sentido de una bebida con una serie de efectos que se pueden producir en nuestro cuerpo por su consumo, sino que sabemos como tiene también el efecto diríamos psicológico del encuentro, de la cercanía, del diálogo y conversación que se puede crear en torno a un vaso de vino que estemos compartiendo. Por eso la imagen del vino puede tener también una gran riqueza de cara a nuestras relaciones humanas y a nuestra convivencia.
Decíamos antes cómo en la vida nos encontramos tantas veces como vacíos y desorientados y decíamos que nos faltaba el vino. ese vacío y esa desorientación que están en relación con un sentido de la vida, con unos valores sobre los que construir nuestra existencia y en consecuencia también nuestro mundo y nuestra sociedad. Es el vino viejo que se nos agota y que nos deja vacíos.
Tenemos que decir hoy a partir de este texto del evangelio que Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida. Cristo es la verdad del hombre para el hombre; Cristo es la luz de nuestra vida y de nuestro mundo que disipa todas nuestras tinieblas; Cristo es ese camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena; Cristo es en quien vamos a encontrar esa respuesta a todas nuestras inquietudes e interrogantes.
Allí estaban aquellas vasijas que debían contener el agua de las purificaciones, pero también estaban vacías; Jesús les manda que las llenen de agua, pero lo que de allí va a salir no es ya un agua para las purificaciones, sino ese vino nuevo y mejor que nos dará sentido a nuestra fiesta, que dará sentido a nuestra vida. Es lo que Cristo viene a ofrecernos.
No vamos a olvidar las palabras de María a los sirvientes, ‘haced lo que Él os diga’. Tenemos que hacer lo que Cristo nos dice, tenemos que escucharle y ponerlo por obra, porque los que plantan la Palabra en el corazón serán los que entiendan del Reino de Dios, los que podrán vivir el Reino de Dios. Que María nos ayude a plantar esa Palabra en nuestro corazón que a ella la hizo dichosa y bienaventurada y que será también una bienaventuranza para nosotros.
Cristo  hoy se nos está manifestando en todo lo que es el sentido de nuestra vida. Es la salvación que nos ofrece, porque no es solo arrancarnos de nuestro vacío interior, de la oscuridad de nuestro caminar sin sentido, sino que nos da algo nuevo para vivir, el vino nuevo del Reino de Dios. Por eso, como decíamos al principio, aunque estemos en tiempo Ordinario de alguna manera sigue siendo Epifanía, en esa trilogía que nos ofrece la liturgia y que hoy completamos.




domingo, 13 de enero de 2019

Bautizado en el Espiritu es el Ungido del Señor para el anuncio del Evangelio a los pobres y la liberación a los oprimidos en el Año de Gracia del Señor


Bautizado en el Espíritu es el Ungido del Señor para el anuncio del Evangelio a los pobres y la liberación a los oprimidos en el Año de Gracia del Señor

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38;Lucas 3, 15-16. 21-22
Con este segundo domingo de enero cerramos el ciclo de la Navidad y de la Epifanía, comenzando a partir de ahora lo que llamamos litúrgicamente el tiempo Ordinario hasta que lleguemos a iniciar la Cuaresma el miércoles de ceniza. Y en este domingo con ese sentido de Epifanía vivido el pasado 6 de enero celebramos el Bautismo de Jesús en el Jordán. Epifanía, manifestacion que nos da a conocer plenamente quien es Jesús, ungido por el Espíritu como verdadero Hijo de Dios que se va a manifestar en la teofanía que se nos describe en el Evangelio.
Juan bautizaba en el Jordán anunciando la inminente llegada del Mesías esperado. La gente acudía desde todos los rincones de Israel a Juan escuchando su invitación a la conversión y se sumergían en las aguas del Jordán, como un signo de su penitencia y arrepentimiento para purificar los corazones en aquel preparar los caminos del Señor que proclamaba el Bautista. Y allí acudió Jesús. San Lucas es escueto en el relato pues no establece diálogos entre Juan y Jesús sino que no dice que al salir del agua y Jesús ponerse en oración se abrieron los cielos para que el Espíritu de Dios viniera sobre Jesús y escuchándose se la voz del cielo que le señalaba como el Hijo amado y predilecto del Padre. 'Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto'.
Cuando pensamos o hablamos del bautismo nos quedamos habitualmente con la imagen del agua, del sumergirse en agua del río, pero quizá por quedarnos con la imagen no llegamos a captar el más profundo sentido del bautismo de Jesús y en consecuencia también de nuestro propio bautismo. El agua, si queremos, es el signo. pero es algo más que el agua lo que produce en nosotros la gracia de Dios, la acción salvadora de Dios. Aquel bautismo en agua de Juan era simplemente un signo de la purificación y la penitencia, pero el sentido profundo del bautismo es mucho más.
Recordemos varios textos de la Palabra de Dios. Cuando Jesús le habla a Nicodemo de nacer de nuevo, cosa que no llega a entender aquel maestro de Israel y de ahí sus objeciones y preguntas, le explica que hay que nacer del agua y del Espíritu. Ahora cuando Juan nos está señalando al que ha de venir, dice que si él ha bautizado con agua 'el que va a venir bautizará con Espíritu Santo y fuego'. Y cuando jesus envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio a aquellos que crean los bautizarán en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Aquí está ante Juan, en aquel bautismo general de tantos en las aguas del Jordán el que el profeta anunció como 'el Ungido por el Espíritu enviado a anunciar el evangelio a los pobres, la liberación a los oprimidos y el año de gracia del Señor', como Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret. Ahora lo contemplamos en este momento del Bautismo cómo el Espíritu Santo baja sobre El y está siendo señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto de Dios. Ese es el bautismo de Jesus, la unción con el Espíritu. Y cómo nos dirá Pedro, en el texto de los Hechos que hemos escuchado hoy es 'Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él'.
Es esa la maravilla del nuevo Bautismo. No solo es una purificación sino un renacer, un volver a nacer. Es una nueva vida que nace en nosotros por la fuerza del Espíritu, porque también nosotros somos los ungidos por el Señor. Y si Jesús por naturaleza divina es verdadero hombre pero tambien verdadero Dios, a nosotros por esa unción del Espíritu en el Bautismo se nos hace también hijos de Dios, coherederos con Cristo. 'Es el Espíritu que clama en nosotros para hacernos hijos adoptivos de Dios', como nos enseñará san Pablo en sus cartas.
Estamos hoy, finalizando el tiempo de la Navidad y la Epifanía, como antes decíamos, celebrando la fiesta del Bautismo del Señor. Una fiesta y una celebración de hondo sentido que nos manifiesta lo que es la gloria del Señor. Una fiesta del Espíritu podemos decir también porque asi se nos manifiesta ungiendo a Jesús para que se nos manifieste verdaderamente como Hijo de Dios que nos trae la salvación abriéndonos a caminos de nueva vida. Una fiesta que al mismo tiempo nos remite a nuestro propio Bautismo que por la fuerza del Espíritu nos ha hecho comenzar a vivir nueva vida, al vida de los hijos de Dios.
Se abren ante nosotros caminos de nueva vida, porque el bautismo es un renacer, un nacer de nuevo 'por el agua y el Espíritu', como le decía Jesús a Nicodemo. Si Juan pedía conversión para preparar los caminos del Señor, si Jesús desde el principio del Evangelio nos pide conversión porque llega el Reino de Dios y hemos de creer en esa Buena Noticia, la conversión no es solo purificación, sino que es transformar nuestra vida, cambiar nuestra vida, porque ya desde el bautismo es una nueva vida la que hemos de vivir, son unos nuevos valores los que han de adornar nuestra vida, es un nuevo sentido y estilo de vivir lo que ha de marcar nuestra existencia que ha de estar envuelta toda ella por el amor, el amor de Dios que nos inunda con su Espíritu y el amor en nosotros que ha de ser nuestro distintivo.



sábado, 6 de enero de 2018

Buscamos a Dios pero es El quien viene a nosotros y nos regala a Jesús, nos queda dejarnos encontrar con El y por El

Buscamos a Dios pero es El quien viene a nosotros y nos regala a Jesús, nos queda dejarnos encontrar con El y por El

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesio 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

¿Dónde está? Es una pregunta, es una búsqueda… Todos preguntamos, todos buscamos muchas veces en la vida; preguntamos y buscamos cosas, pero en ocasiones esas preguntas y esas búsquedas son algo más. Nos interrogamos quizá por nosotros mismos, porque al final no sabemos donde estamos; nos interrogamos buscando un camino, una salida, algo que nos dé respuesta por dentro, porque las preguntas y las búsquedas están dentro de nosotros mismos.
Preguntamos o buscamos a alguien, porque quizá nos hablaron de él, porque intuíamos que detrás de aquellas cosas que veíamos había algo más, había alguien más. Es quizás quien nos puede responder, aclarar ideas y conceptos, abrirnos los ojos a un camino, hacernos mirar más allá de lo que vemos con los ojos de la cara, abrirnos a otras trascendencias, a otras metas, a no quedarnos a ras de tierra.  Ya no son cosas las que buscamos; es un sentido, una luz, un valor para la vida, para lo que hacemos, para nuestros sufrimientos quizás, para encontrar salida entre todas esas tortuosidades en las que nos encontramos llenos de dudas en nuestro interior, con muchas cosas y situaciones que parece que siempre están en contra, con mucha gente que no nos entiende porque quizá no se entienden a si misma.
La pregunta que escuchamos hoy en el evangelio es más concreta ante una situación concreta, pero puede de alguna manera reflejar esas preguntas concretas y complejas al mismo tiempo que nos hacemos tantas veces en la vida. Triste es el que no se hace preguntas, no porque lo tenga todo claro, sino porque quizás no se atreve y pretende seguir viviendo en a superficialidad. Vivir en la superficialidad es una tristeza porque es vivir en un vacío existencial que nos puede llevar por pendientes peligrosas o a un aburrimiento total. Hay tantos que van aburridos por la vida sin saber qué hacer, a donde ir, por qué vivir.
‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle’. Parece saber qué es lo que buscan porque han visto señales de su nacimiento, pero no saben donde encontrarle. Un largo camino han recorrido. Se nos habla de unos magos de Oriente y no ha sido fácil llegar hasta donde están, aunque las dificultades no desaparecen. Aunque consultando las Escrituras se les señalan ahora caminos concretos, sin embargo serán otras cosas, otras intenciones en alguno, los que van a poner dificultades a ese final de la búsqueda.
Como nos sucede tantas veces. Buscamos, nos enredamos en dificultades o en rémoras que pueden dificultar nuestro avance, habrá otras tendencias alrededor que también nos ofrecen ideas, quizás habrán superficialidades o rutinas que querrán atraernos por sus caminos que nos ofrecen fáciles para que olvidemos eso que pueda darnos la profundidad que necesitamos en la vida.
Aquellos magos encontraron desconocimiento en las calles de Jerusalén de lo grande que había sucedido, los maestros de la ley y los sacerdotes no estaban muy convencidos de aquello que les trasmitían como respuesta a sus preguntas, pero la maldad del corazón de Herodes comenzará ya a maquinar como quitar de en medio a quien le parecía que eran un contrincante que pusiera en peligro su trono. Cómo reflejan tantas situaciones en que nos vemos envueltos en la vida.
Pero la luz que estaba en lo alto, la estrella, seguía iluminando su camino y ellos se dejaban conducir y por eso pudieron llegar hasta Jesús. Hay una luz que Dios siempre pone en nuestra vida, la podemos ver en lo alto si sabemos mirar hacia arriba, la podemos encontrar reflejada en cosas de nuestro entorno que se convierten en signos esclarecedores para nuestra vida, o la podemos sentir allá en lo hondo del corazón cuando quitamos malicias de nuestra vida y somos capaces de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor.
Tenemos que aprender a mirar a lo alto para poder descubrir la estrella y no haya nada que nos la oculte. Muchas veces no nos es fácil porque nos dejamos engañar por luces efímeras que creemos que son permanentes y tarde quizás nos terminamos de dar cuenta de nuestra oscuridad. La luz del evangelio tiene que iluminar nuestra vida; con sinceridad de corazón tenemos que acercarnos a la Palabra del Señor.
Pero la fiesta que estamos celebrando es la Epifanía del Señor. ¿Qué quiero decir con esto? La Epifanía significa la manifestación del Señor. Y eso es lo maravilloso que hemos de tener en cuenta. Nosotros buscamos, es cierto, pero no es solo nuestra búsqueda, aunque ahí están esas preguntas fundamentales de nuestra vida. Lo maravilloso es que es el Señor el que viene a nuestro encuentro, es El quien se nos manifiesta; es El quien pone señales para que le encontremos, o para que nos dejemos encontrar por El. El nos busca y nos llama, nos habla y quiere hacerse presente en nuestra vida para llenarnos de su luz.
Cuidado que hoy muchas cosas nos distraigan, como nos han venido distrayendo en toda nuestra navidad. Le damos importancia a cosas que la tienen menos. Al ver las ofrendas de los magos al Niño recién nacido en Belén, nos distraemos demasiado con los regalos y nos olvidamos del regalo de Dios para nosotros y para nuestro mundo que es Jesús. Pongamos nosotros nuestro amor que se verá engrandecido con el Señor del Señor que se derrama en nuestros corazones.


viernes, 6 de enero de 2017

La estrella que guió a los Magos hasta Belén nos ayuda también a nosotros a tener un nuevo y verdadero encuentro con Jesús en los hermanos que sufren a nuestro lado

La estrella que guió a los Magos hasta Belén nos ayuda también a nosotros a tener un nuevo y verdadero encuentro con Jesús en los hermanos que sufren a nuestro lado

Isaías 60, 1-6; Sal 71;  Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12
Hoy es un día que suena a mucha ilusión y nuestros hogares se llenan de alegría en el compartir de regalos, como decimos en nuestras costumbres y en nuestra cultura, que nos traen los reyes. Pareciera que es solo la ilusión de los niños que esperan los regalos y tras de eso quizá nos parapetamos nosotros que no queremos reconocer que también nos llenamos de esas ilusiones que nos pueden parecer infantiles, pero que realmente también llevamos en el corazón.
Sin perder esa ilusión tan bonita que también necesitamos en la vida creo que no podemos empañar el sentido profundo y precioso que tiene esta fiesta de la Epifanía del Señor, tan importante que para la Iglesia oriental este día es algo así como la verdadera navidad.
Algunos podrán objetar que son ilusiones infantiles las que marcan el sentido de esta fiesta, otros quizá puedan poner en duda la historicidad de los hechos que nos narra el evangelio de Mateo, algunos querrán darnos complicadas explicaciones de que si son reyes o  no son o de lo que pueda significar esa palabra ‘magos de oriente’ de la que nos habla el evangelio.
Pero creo que no es necesario quedarnos en explicaciones para esas dudas ni en la confusión que hayamos podido tener en la interpretación del evangelio que nos habla de magos – algo así como astrólogos o quienes estudian el curso de las estrellas en el firmamento – pero que como en los salmos o los profetas se nos habla de los reyes que vienen a traer ofrendas al templo del Señor de ahí la mezcla de palabras que hemos hecho llamándolos los Reyes Magos.
Creo que hay una hermosa enseñanza que puede ser algo así como un itinerario que hagamos en el camino de nuestra fe y de nuestro encuentro con el Señor. Eso es lo importante. Una luz, una estrella que aparece en lo alto y que puede tener un hermoso significado en nuestra vida si sabemos interpretarla como lo hicieron aquellos magos.
Todos buscamos esa luz para nuestra existencia, miramos a lo alto que es decir algo así como que estamos buscando algo que nos supera, porque solo a ras de tierra quizá no sabemos encontrar. Hay preguntas, hay interrogantes, hay búsquedas en nuestra vida, porque algunas cosas nos parecen misteriosas y no sabemos encontrarle una significación. Pero habrá luces que como signos se levanten delante de nosotros y nos estarán invitando a ir más allá, a ponernos en camino, como hicieron aquellos magos.
No es fácil siempre seguir esos nuevos caminos que se abren ante nosotros en la vida; la luz, o los signos algunas veces puede parecernos que desaparecen y nos encontramos desorientados. Vamos quizá por un camino que creíamos que era allí donde encontraríamos respuestas, pero las cosas se nos pueden volver en contra de nosotros. Ahí está o debe estar nuestra perseverancia, nuestra constancia, el saber buscar también quien nos ayude a encontrarle el verdadero significado o sentido.
Los magos salieron de su propia tierra y se pusieron en camino, llegaron hasta Jerusalén porque allí estaba el rey y pensaban que en ese palacio podrían encontrar al recién nacido que iba a ser el verdadero rey. Ya sabemos la desconfianza que se origino en Jerusalén y en Herodes. Acudirán a los entendidos en la interpretación de las Escrituras y solo sabrán decir que será en Belén donde van a encontrarlo. Con recomendaciones no demasiado sinceras volvieron a ponerse en camino hasta que de nuevo la luz apareció hasta llegar a aquel humilde hogar donde encontrarían al niño con su madre. Allí será la ofrenda.
Como decíamos en nuestra búsqueda y en las desorientaciones en que nos vamos encontrando en el camino de la vida hay, sí, un lugar donde tendríamos que saber acudir y que son las Escrituras santas que a nosotros nos trasmiten la Palabra del Señor. Es el Vademécum que tendríamos que saber llevar con nosotros siempre porque será la Palabra del Señor la que nos va a hacer encontrar la verdadera luz que nos ilumina y nos trae la Salvación.
Nos queremos poner en camino como los Magos de Oriente porque queremos encontrarnos con el Señor. Pero vayamos atentos por ese camino porque tenemos que saber buscar y encontrar al Señor a pesar de las dificultades y contratiempos; vayamos atentos porque vamos a encontrar un nuevo rostro del Señor en esos hombres y mujeres con los que nos vayamos encontrando y fijémonos que si no nos encontramos con los demás en ese camino no nos vamos a encontrar de verdad con el Señor; estemos atentos porque esos que caminan a nuestro lado pueden ser, van a ser estrellas, luces que nos señalen el camino.
Sepamos leer las señales, descubrir los signos, descubrir al Señor en los que caminan con nosotros en este camino de la vida en medio de muchas dificultades y carencias. Es la manera nueva que nos enseña el Señor para que le encontremos a El, en el hermano que sufre, en el llanto de un niño, en el dolor de una madre que no tiene para dar de comer a su familia, en los que no tienen un techo donde cobijarse y los encontraremos quizá tirados en la acera o refugiados en la casa abandonada e inhabitable, en el refugiado que viene huyendo de las miserias de su país, o en aquel que nadie quiere y todos desprecian, en esos publicanos y pecadores quizá de nuestros tiempos por todos arrinconados, o en ese que toca a nuestra puerta pidiéndonos una limosna por amor de Dios.
Es el camino que siguieron aquellos magos para llegar hasta Jesús y hacerle sus ofrendas; es el camino que hemos de hacer haciéndole la ofrenda de nuestro amor en la atención que prestemos a los necesitados que encontramos en el camino de la vida.
La luz de lo alto nos señala el camino, ahora nosotros tenemos que ponernos de verdad en camino para llegar hasta Belén, para llegar hasta Jesús.