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sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

miércoles, 15 de abril de 2026

Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

 


Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

Hechos 5, 17-26; Salmo 33; Juan 3, 16-21

A nadie le gusta que se conozcan nuestros errores; sean los que sean, nos equivocamos en nuestras apreciaciones ya buscaremos la forma de disimularlo, de justificarnos, de buscar causas culpables por otro lado que nos hayan podido llevar a ese error, pero nunca será por culpa nuestra; tenemos un tropiezo o cometemos un error en decisiones que habíamos de tomar y quizás hasta alguien pudo haber resultado perjudicado, ya buscaremos la forma de que eso se no se sepa, que no trascienda para no perder nosotros nuestro prestigio; y así en multitud de situaciones de nuestra vida donde huimos de la luz que pueda poner al descubierto nuestras cosas y nuestros fallos, dejando que se oscurezca la luz y sigan imponiéndose las tinieblas. ¿Qué es lo que realmente nosotros deseamos o buscamos? Tendríamos que analizar muchas cosas.

Pero hoy el evangelio nos está diciendo algo verdaderamente hermoso, que no tendríamos que olvidar nunca, y que desde esa confianza que se despierta en nuestro corazón tendríamos que reconocer mejor nuestros errores o nuestras tinieblas porque bien sabemos quien es el que nos puede sanar. No olvidemos que las páginas del evangelio no se cansan de repetirnos esos momentos en que Jesús va sanando a la gente. No es el milagrerismo lo que tenemos que buscar (vaya palabra me he inventado, pero que creo que nos entendemos) sino el amor de Dios que nos sana y que nos salva, que son los signos que Jesús va realizando.

‘Dios amó al mundo’, nos viene a decir el evangelio. Y tanto fue su amor que no paró hasta darnos, hasta entregarnos a su Hijo único. Aquí, podríamos decir, está la clave de nuestra fe como está la clave de todo el evangelio. Si es una buena noticia para nosotros es porque nos está diciendo cuánto es el amor que Dios nos tiene. Pero pareciera que no estamos muy convencidos, porque seguimos con nuestras dudas y con nuestra fe renqueante, porque seguimos sin terminar de entrar nosotros en esa onda de amor, y aunque decimos que amamos muchas veces nuestro amor es pobre y mezquino porque le ponemos tantas limitaciones, tantas condiciones que terminará de dejar de ser un amor como el que Dios nos tiene.

Por eso seguimos prefiriendo las tinieblas donde podemos hacerle esas trampas al amor; y no somos sinceros con nosotros mismos, ni somos leales con los demás. Esa sinceridad de nuestra vida que nos tendría que llevar a ser humildes, porque así reconocemos nuestra debilidad y nuestra torpeza, así tendremos que ver con claridad esos errores que tratamos de ocultar, pero así nos manifestaremos tal como somos delante de los demás, pero siempre reconociendo lo que ha hecho el amor de Dios en nosotros.

Es el amor que nos ha transformado, es el amor que nos hace entrar en ese mundo de verdad y de autenticidad, es el amor el que nos da fuerzas para levantarnos y a pesar de nuestras debilidades y hasta de la pobreza de nuestro espíritu comenzaremos a darnos por los demás, estaremos poniendo de verdad el amor en nuestras vidas. Entonces habrá luz, entonces no dejaremos reinar a las tinieblas, entonces nos sentiremos ese hombre nuevo que ha sabido renacer.

Y lo hermoso y lo grandioso es que Dios cuando nos ama así no ha venido al mundo para condenar al mundo; si nos ha entregado a su Hijo único es para que el mundo se salve por El, para que nosotros vivamos por El. Nos acercamos entonces sin temor a la luz para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios, según los planes de Dios porque entramos en la órbita de Jesús, en la orbita del Evangelio que será siempre para nosotros una buena nueva de amor.

Con temblor y con cierto temor vamos nosotros tantas veces por la vida, pero cuando así nos sentimos amados de Dios se acabaron los temores, desaparecen para siempre esos temblores de nuestros miedos, porque con la fuerza del Espíritu de Jesús nos sentiremos siempre fuertes. Es lo que hemos visto en la primera lectura en la actitud y en las obras que realizaban aquellos primeros discípulos y los apóstoles que no podían callar ni obedecer ningún mandato humano porque tenían que proclamar la Buena Nueva de Jesús.

domingo, 15 de marzo de 2026

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

 


No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

¿Cuál es la reacción más espontánea que algunas veces nos surge cuando tenemos que enfrentarnos a una enfermedad o a algún tipo de limitación que no esperábamos? ¿Cuál es el juicio que quizás inconscientemente nos hacemos cuando vemos a alguien atormentado por una grave enfermedad cuando antes lo veíamos sano y fuerte? Hay reacciones que nos surgen espontáneas.

¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo? Buscamos culpas que decimos que no tenemos, pero que sin embargo nos rebelamos como si fuera un castigo. De aquel que sin esperarlo lo vemos de pronto en una grave enfermedad quizás sin decirlo pensamos qué mala vida ha tenido que ahora le han venido esas consecuencias, pensando en algún desorden quizás oculto, pero que de alguna manera andamos con culpabilizaciones. Quizás luego nos ponemos a razonar y quitamos esas sospechas de nuestra mente echando quizás la culpa al destino que no podrá quejarse (¡!).

¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Porque dentro de la mentalidad de la época y en aquel ambiente religioso del mundo judío fueron los discípulos cercanos a Jesús los primeros que comenzaron a preguntar algo que no entendían y querían que Jesús les aclarase del por qué aquel hombre que se encontraron en las calles de Jerusalén había nacido ciego, cual era el pecado, de él o de sus padres, para tener tal castigo. Nuestras miradas humanas.

Pero la mirada de Jesús es distinta, no responde directamente a la pregunta, pero sí nos da una respuesta superior. En lugar de plantearse interrogantes Jesús se detiene y se agacha hasta el suelo para coger un poco de tierra y hacer con su saliva un poco de barro que poner en los ojos del ciego. Es el Dios que ha bajado a la tierra, se ha hecho como nosotros porque se ha hecho  hombre, se mezcla con nuestro barro. ¿Querrá decirnos algo este signo de Jesús?

Luego lo mandará a la piscina de Siloé, el enviado, para que allí lave sus ojos. Jesús lo cura pero lo pone en camino. Tenemos que poner nuestra parte, porque no es algo mágico lo que sucede, es la disponibilidad para buscar un camino, para un encuentro con algo distinto, para poder llegar hasta la luz, que la luz ilumine su vida. Aquel hombre no sabe ni quien es el que le ha dicho que fuera a lavarse a Siloé como responde a los que le preguntan cuando se monta el revuelo de su curación y las distintas reacciones que van surgiendo.

Su camino no fue solo ir a Siloé sino que luego tendrá que seguir haciéndolo hasta encontrarse de verdad con quien ha sido su salvación. Es su propia lucha también contra las reacciones que van surgiendo queriendo él también encontrar una respuesta. Solo un hombre de Dios ha podido realizar lo que allí ha sucedido. El se ha encontrado con la luz mientras en su alrededor siguen las tinieblas que incluso quieren envolverle. Le recordarán que empecatado nació y de alguna manera le están culpabilizando de su ceguera, pero en él hay una certeza interior. Llegarán incluso a expulsarle de la sinagoga porque las tinieblas no quieren aceptar a la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio. ‘La tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Pero Jesús le sale al encuentro cuando se entera de que lo han expulsado de la sinagoga. Podría parecer que toda aquella lucha la estaba haciendo aquel hombre en solitario porque todos en su entorno se ponen en contra, que hasta su misma familia de alguna manera quiere ignorarlo por temor a ser ellos expulsados también de la sinagoga. Son nuestros esquinazos, las veces que queremos irnos por otra esquina para evitar complicaciones, las veces en que tratamos de disimular o no damos la cara con valentía. Teniendo la luz también queremos ocultarla, porque sabemos que puede ser rechaza, porque no es lo políticamente correcto en la sociedad en la que vivimos, porque quizás alguien se pueda sentir molesto u ofendido porque nosotros mostramos nuestra fe; son cosas que están sucediendo en nuestro sociedad porque a algunos le molestan los signos cristianos y aunque resalten otros lo cristiano hay que ocultarlo.

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que decir y proclamar, no ocultemos el testimonio que tenemos que dar, no metamos la luz debajo del celemín sino sigamos poniéndola muy alta para que pueda iluminar a todos. Es un camino que tenemos que hacer con decisión y valentía al que nos ayuda este camino cuaresmal, no olvidemos nunca que somos unos testigos aunque de alguna manera tengamos que ser también mártires, que en fin de cuentas ese es el significado de la palabra.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas

 


Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

Parece como si algunas veces olvidáramos las palabras que nos dice Jesús en el evangelio, o quizás olvidamos el verdadero sentido de esa palabra, evangelio; es una nueva noticia y una noticia buena, pero una noticia transformadora, que nos inquieta, que nos lleva a descubrir algo siempre nuevo; nos hemos acostumbrado a decir evangelio y ya no gustamos de su sentido, de lo que nos ofrece, de aquello a que nos llama.

Por algo Jesús desde el principio nos pide un cambio profundo dentro de nosotros para poder creer en esa buena noticia que nos ofrece y que nos está hablando del Reino de Dios; la palabra que se emplea y que medio hemos endulzado es conversión; y conversión es una vuelta total del corazón. De lo contrario no podríamos llegar a entender páginas como las que se nos ofrecen hoy, y me refiero tanto al evangelio como también al profeta.

Parece que se sale de todos los limites el que Jesús llame precisamente para que le siga como discípulo a un publicano; eran personas muy minusvaloradas en la sociedad judía de entonces, en consecuencia no tendría el prestigio – cuanto hablamos hoy también de los prestigios incluso dentro de la Iglesia – para formar parte de aquellos más cercanos a Jesús que El un día constituiría como el grupo de los apóstoles, el fundamento, podríamos decir, de aquella nueva comunidad.

Pero otra cosa que podría parecer discordante para aquella sociedad es que precisamente Jesús se siente a la mesa con todas esas personas que son despreciadas por su entorno, publicanos y pecadores. ¿Podría quitar eso el brillo de la santidad y rectitud de quien se presentaba como profeta en medio de ellos? Pero esa es la voz del profeta que solo quiere transmitir lo que es el mensaje de Dios, es la garantía precisamente de que Jesús es aquel que había anunciado el profeta como lleno del Espíritu de Dios que venía a traer una buena noticia a los pobres, a los oprimidos, como se había proclamado un día allá en la sinagoga de Nazaret. Es el estilo de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. En ese sentido iban las palabras del profeta.

Hermosas las palabras del profeta. ‘Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’. Así Jesús se convierte en luz de nuestra vida en medio de tantas tinieblas y oscuridad. Claro que como nos dice el evangelio de Juan al principio la luz vino a iluminar las tinieblas pero las tinieblas rechazaron la luz.

Pero la palabra del profeta es aliento para nuestra vida, un impulso para que seamos siempre luz con la luz de Jesús. ‘Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país’. ¿No será eso lo que nosotros también tenemos que ser? Como dice el  profeta ‘reparador de brechas… restaurador de senderos…’ Cuántos corazones rotos hemos de sanar, cuántas soledades que acompañar, cuántas manos que tender, cuántos caminos de hacer junto a los demás. ‘Brillará tu luz en las tinieblas…’ No olvidemos lo que dice Jesús que ‘no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es el camino que se abre ante nosotros en esta cuaresma que estamos comenzando a vivir. Es el ayuno y la penitencia que el Señor nos pide. Son esas actitudes nuevas que han de brillar en nuestra vida. Son los signos de vida nueva que han de ser evangelio también para los demás. Es la misión que Jesús a nosotros también nos ha confiado.

 

domingo, 8 de febrero de 2026

No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

 


No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

Isaías 58, 7-10; Salmo 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16

Muchas veces los problemas del día a día de la vida nos agobian, nos parece sentirnos desorientados y sin saber que hacer; son nuestros problemas personas, los interrogantes que se nos plantean ante lo que sucede o lo que vemos, calamidades de todo tipo en la propia naturaleza, problemas que afectan a las personas de nuestro entorno que también nos producen desgarro en el corazón, situación de la sociedad y del mundo en general que algunas veces no sabemos ni por donde vamos o a donde vamos a llegar… cuando tenemos una cierta sensibilidad en nuestro espíritu todo esto nos hace sufrir, nos preguntamos qué podemos hacer, cuál es el sentido de todo esto que sucede, hasta donde llegaría nuestro compromiso y todo eso nos hace sentirnos como a oscuras porque en cierto modo nos sentimos impotentes.

Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos proclama en este domingo nos habla de luz y de sal; dos imágenes que nos han dado hermosas reflexiones y que cuando con sinceridad las escuchamos y las reflexionamos pueden ser también un interrogante para el compromiso de nuestra vida y de lo que cristianos podemos y tenemos que hacer en este mundo tan complejo en el que vivimos. No nos podemos quedar en bonitas palabras y esa es una tentación frecuente; lo podemos convertir en poesía pero si no lo convertimos en vida de poco nos vale.

Porque lo que Jesús nos está diciendo es que nosotros desde nuestra fe en El y habiendo escuchado su Buena Noticia del Evangelio tenemos que convertirnos en esa luz y en sal para nuestro mundo, para ese mundo concreto en el que vivimos con sus sufrimientos, con sus vaivenes que le hacen ir de un lado para otro parece que sin rumbo, o al menos no es el rumbo que a nosotros nos gustaría que tomara.

Creo que lo que nos está pidiendo hoy el evangelio es que echemos pie a tierra, nos metamos de verdad en medio de esos hombres y mujeres que sufren por tan diversos motivos, no los miremos como espectadores que se ponen en frente, sino como quienes nos mezclamos con esas personas que sufren para hacer nuestros sus sufrimientos, sus carencias, sus angustias. Misericordia de verdad es poner el corazón allí donde está la miseria, allí donde está el sufrimiento, donde está ese mal o esa carencia que hace sufrir a tantos y si ponemos el corazón pronto nos pondremos al unísono, pero es precisamente entonces cuando contagiamos de lo que llevamos en nuestro corazón.

El profeta nos decía que compartiéramos nuestro pan con el indigente; compartir no es dar una migaja de lo que nos sobra sino que eso que tenemos lo partimos y entonces lo compartimos, por eso seguía diciéndonos que al que está sin techo le demos hospedaje, al que ves desnudo le cubres su desnudez, y al que está afligido le ofreces tu consuelo llorando con sus mismas lágrimas. Y continuaba diciéndonos el profeta que entonces es cuando brillará tu luz como una aurora, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

Fijémonos en una cosa hermosa, seremos nosotros los primeros iluminados, para nosotros ya no habrá oscuridad. Hemos compartido la luz, hemos querido iluminar a los demás, a nuestro mundo, y nosotros somos los primeros iluminados. ¿No decíamos en nuestra reflexión del principio que ante todo ese agobio que nos produce todo eso que contemplamos alrededor a nosotros mismos nos parecía que estábamos a oscuras sin saber que hacer o qué camino tomar?

Nunca podemos tener palabras de desánimo ni de condena ante lo que podamos contemplar. Es una tentación fácil en la que caemos tantas veces, porque de alguna manera queremos quitarnos de encima la culpa de lo que no hayamos hecho bien y lo fácil es culpar al otro. Nuestra palabra siempre tiene que ser una invitación a la vida, un ayudar a encontrar ese camino de luz. Cuando hemos descubierto el camino buscando ser esa sal y esa luz para los demás, somos nosotros los primeros iluminados, ‘tu oscuridad se volverá mediodía’, que decía el profeta.

Por algo nos decía Jesús en el evangelio que brillen nuestras buenas obras ante los hombres para que todos glorifiquen al Padre del cielo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Estaremos como cristianos y miembros de la Iglesia siendo eso para nuestro mundo de hoy? ¿Cómo tenemos que ser luz, como tenemos que ser sal para nuestra tierra?

lunes, 29 de diciembre de 2025

No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

 


No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

1Juan 2,3-11; Salmo 95; Lucas 2, 22-35

Todo lo vivido en estos días es mucho más que un juego de luces de colores que con el brillo de sus parpadeos nos llaman la atención aunque sabemos que pronto se difuminarán y se apagarán. Nuestras calles y nuestras casas, nuestros lugares de reunión y de convivencia social se han llenado de parpadeantes luces de colores con sus diversas intensidades – y todo nos parece tan bonito – pero que tienen fecha de caducidad y pronto dejarán de parpadear hasta otra ocasión. Algunos han puesto en ello toda su navidad que así pasará como un soplo por la vida sin dejar ningún rastro.

Pero, como decíamos desde el principio, la luz que encontramos en la navidad es mucho más que todo eso y mucho más hondo. El resplandor de la navidad verdadera no tiene por qué difuminarse hasta apagarse sino que si lo hemos vivido con toda la intensidad del mundo será una luz que nos va a iluminar para siempre. Por algo los profetas hablaban de un pueblo que caminaba en tinieblas pera al que una luz le brilló para renacer a algo nuevo y más vivo.

Hoy contemplamos en el evangelio a un anciano que canta y da gracias a Dios porque sus ojos han podido contemplar ya para siempre luz que nos ilumina. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

No tenía él que conocer cuanto había sucedido en torno a este niño desde su nacimiento. Ahora guiado por el Espíritu Santo lo ha reconocido entre tantos que probablemente en aquellos momentos eran presentados al Señor en el templo y siente que ya puede morir en paz, porque todas las promesas y las esperanzas se han cumplido. No sabía él de los pastores a los que se les iluminó la noche de Belén con el coro de ángeles que cantaba la gloria del Señor; no tenía que saber de unos magos venidos de Oriente que guiados por una estrella llegaron a adorar al Niño en Belén. Pero sí tiene certeza de la luz, no de una luz que parpadea y se difumina, sino de la luz que va a iluminar a la humanidad para siempre.

Es lo que nosotros seguimos viviendo y seguimos celebrando. Pero vivirlo y celebrarlo nos compromete. No son luces que pasan y luego dejan de nuevo todo en tiniebla. Es una luz que va a prender en nosotros para convertirnos en luz, una luz que hará brillar nuestros ojos con un resplandor especial, como le estaba sucediendo al anciano Simeón. Dentro de nosotros hay una alegría especial desde que nos encontramos con la luz, desde que nos encontramos con Jesús y en El hemos puesto toda nuestra vida y eso se va a manifestar en el resplandor de nuestro rostro, como a Moisés cuando bajaba de la montaña de contemplar a Dios, y se tiene que reflejar en el brillo de nuestros ojos. ¿No nos hemos fijado en el brillo de unos ojos cuando hay pureza en el corazón y cuando hay alegría en el alma?

Somos ahora nosotros los que tenemos que ir dejando a nuestro paso destellos de luz con esa alegría que nace de lo más hondo de nosotros mismos, pero con esos gestos de cercanía, de amistad que vamos dejando como rastro de nuestro paso al que ya le daremos una alegría y un entusiasmo especial. El testimonio de nuestras vidas, el testimonio de nuestra entrega y amor van a ser faros que iluminen y que hagan orientar el rumbo de los que están a nuestro lado. Cuánto necesita nuestro mundo envuelto en tan tormentosas nubes de esos faros de luz para que nuestra vida no encalle en cualquier bajío, o no se despeñe por cualquier barranco.

Es el testigo de luz que recibimos en nuestra navidad, un testigo de luz que tenemos que ir pasando para que todos se sientan iluminados. Cuánto coraje tenemos que poner para enfrentarnos a esas sombras, pero es el testimonio valiente que los cristianos tenemos que dar.

Es hora de despertarnos, de hacernos verdaderos misioneros y evangelizadores, no nos podemos dejar comer por el ambiente de cansancio de aburrimiento que nos rodea; cuánta desgana, cuánta acomodación, cuánta comodidad, cuánta falta de inquietud encontramos en muchos cristianos a nuestro alrededor que tendrían que ser guías que impulsen nuevas iniciativas; tenemos que ser comunidades más vivas que hagan brotar mil iniciativas para ser verdaderos misioneros en medio del mundo.

 

lunes, 22 de septiembre de 2025

Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

 


Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

Esdras 1,1-6; Salmo 125; Lucas 8,16-18

La luz, qué necesaria es. Cómo nos ponemos de incómodos cuando nos falta la energía y nos quedamos a oscuras de noche en la casa. Pronto buscamos sustitutos de esas lámparas que no iluminan por la falta de energía, y en consecuencia vendrás las reclamaciones, ha significado quizás una pérdida de beneficios o simplemente no soportamos que no haya luz; lo mismo nos sucede cuando tenemos que enfrentarnos a un camino oscuro y tenebroso en la noche que no tiene unas luminarias que nos ayuden a encontrar el camino. Cada vez que hay un apagón cuantas son las protestas de todo tipo que se levantan.

Pero, ¿es solo esa luz la que nos importa? Creo que en ocasiones andamos un tanto desorientados en ese tema de la luz, porque de las únicas luces de las que nos preocupamos es de la que nos pueda dar una lámpara encendida en nuestra casa o en nuestros caminos. Sin embargo, en muchas cosas andamos a oscuras, no nos importa la falta de luz, nos buscamos nuestros sustitutos para esas carencias pero siempre serán luces que nos puedan llevar al engaño y pudieran incluso desestabilizar nuestra vida.

¿Tenemos claros los caminos que hemos de andar en la vida? ¿Buscamos un verdadero sentido a lo que hacemos para que nos lleve a una plenitud de vida? ¿Nos dejaremos en ocasiones envolver por tinieblas porque no ponemos el empeño necesario para encontrar ese sentido de nuestra vida? Algunas veces parece que los fuegos fatuos son los que nos llaman la atención desde la superficialidad con que vivimos la vida. Andamos a oscuras en la vida porque aquellas luces que nos van apareciendo junto a nuestro camino tratamos quizás de cubrirlas con nuestras vanidades y apariencias, con nuestro orgullo que nos hace creernos que estamos por encima de quien nos puede dar la verdadera luz, con nuestros entretenimientos superficiales que nos distraen y nos confunden, o con ese materialismo de la vida que nos impide levantar nuestra mirada a otros niveles que nos den mayor plenitud a nuestra existencia.

Pero quizás en esas cosas no queremos pensar, nos hemos acostumbrado a nuestras sombras que nos parece que no necesitamos otra luz, o nos dejamos arrastrar por la primera luz que aparezca aunque esté llena de confusiones; los oropeles de la vida nos confunden con sus brillos fatuos y ni queremos pensar donde podemos encontrar esa verdadera luz.

En esto nos quiere hacer pensar Jesús. Y mira que nos dice que nos pensemos bien las cosas, que analicemos bien lo que escuchamos o las distintas propuestas que de un lado o de otro de la vida vamos recibiendo. ‘Mirad, pues, cómo oís’, nos está diciendo. Porque suenan sonidos en nuestro entorno y no llegamos ver cual es el autentico. Nos está invitando Jesús a abrir bien nuestros oídos para que sepamos de quien en verdad nos podemos confiar. Hemos de saber buscar lo que de verdadera plenitud y sentido a nuestra vida. No son remiendos lo que necesitamos; de nada nos ayuden las luces que pronto se agotarán por falta de verdadero combustible, de nada nos vale tener una luz pero tenerla escondida. Hemos de calibrar bien nuestros oídos para escuchar lo que el Señor tiene que decirnos, aunque no nos gusta en ocasiones porque nos pone el dedo en la llaga, y eso no gusta, porque nos duele, porque tenemos que reconocer nuestras oscuridades y nuestros errores.

Claramente nos dirá que El es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorársela. A El tenemos que saber acudir, de El nos tenemos que dejar alumbrar, en El vamos a encontrar ese aceite que nos mantenga para siempre la lámpara encendida. Es lo que tenemos que buscar, es lo importante para nuestra vida. Sepamos encontrarlo. Y además nos está diciendo Jesús que nuestra luz tiene que estar bien colocada para que todos los que entren puedan estar iluminados, encontrar esa luz.

martes, 7 de enero de 2025

Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras, que tras la celebración de la navidad no haya un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades

 


Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras, que tras la celebración de la navidad no haya un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades

1Juan 3, 22 – 4, 6; Salmo 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, puso su tienda entre nosotros…’ hemos escuchado repetidamente estos días en que venimos celebrando el misterio de la Navidad. Aunque aun estamos dentro del ciclo de la Navidad hasta el próximo domingo en que celebraremos el Bautismo del Señor, ya en el evangelio nos van apareciendo esos primeros momentos de la predicación de Jesús. Hoy nos habla de que Jesús se estableció en Galilea, la tierra de Zabulón y Neptalí, haciendo referencia a las distintas regiones de Palestina donde se fueron estableciendo las distintas tribus que conformaban el estado de Israel.

Pero hay algo importante. Nos habla de que al establecerse Jesús en aquellos lugares fue como si una nueva luz maravillosa los iluminara. Recuerda el evangelista los anuncios de los profetas que hablaban de aquel pueblo que habitaban en tinieblas y sombras de muerte y una luz les brilló. El evangelista esta aplicando esa profecía al comienzo de la predicación de Jesús, al que acudían de todas partes, no solo en este caso de Galilea donde se estaba desarrollando la actividad de Jesús que se había establecido en Cafarnaún, sino que acudían de todos los lugares, multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania, que le traían a sus enfermos y a sus poseídos por espíritus inmundos, paralíticos y lunáticos, para que Jesús los curara.

Eso significaba la presencia de Jesús, esa luz que brillaba en la tiniebla, aunque muchas veces la tiniebla la rechazara, no quisiera recibirla, como ya nos decía el principio del Evangelio de Juan, pero que contemplaremos a lo largo de todo el evangelio.

¿Serán también momentos de luz los que nosotros los cristianos estamos viviendo en este momento con el anuncio del evangelio de Jesús? Es cierto que en la pasada Navidad todo se ha llenado de luces en nuestras vidas, en nuestros ambientes, en nuestros hogares, en nuestras calles, pero ¿habremos dejamos que la luz de Jesús haya iluminado de verdad nuestras vidas? ¿Serían solo luces parpadeantes que pronto perdieron su intensidad y dejaron de alumbrar? Se nos agotan las pilas y baterías, se agota la luz acumulada en las placas solares que quieren mantener encendidas nuestras luces y pronto se apagan. Lo habremos experimentado cuando hemos encendido las luces de nuestras ventanas y pronto dejaron de funcionar. ¿Será para nosotros como un ejemplo, como una parábola de lo que nos sucede y de lo que no tendría que sucedernos?

Los cristianos no podemos iluminarnos por luces parpadeantes que pronto pierden su energía, tenemos que buscar la luz verdadera, tenemos que dejarnos en verdad iluminar por esa luz de Jesús que nunca nos defraudará. Así tenemos que cuidar nuestra fe, así tenemos que saberla alimentar, así tenemos que dejarnos empapar por esa luz del Evangelio, así tenemos que cuidar nuestra escucha, nuestra atención, pero también la manera en que nosotros vamos a ser esos trasmisores de luz para los demás. Es lo que El nos ha confiado, es la luz que ha puesto en nuestras manos, que recibimos en el bautismo y que tenemos que mantener encendida para ir al encuentro con el Señor. No podemos permitir que las tinieblas ahoguen esa luz, ahoguen nuestra fe; es una tentación que continuamente sufrimos porque hay muchas falsas luces que nos hacen candilejas y nos confunden.

¡Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras! ¡Qué lástimas que tras la celebración cristiana de la navidad no hay un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades! ¡Qué lástima que en nuestras comunidades no veamos ese relevo generacional que normalmente tendría que haber para ver cómo otras manos jóvenes toman esa luz en sus manos para seguir iluminando nuestro mundo! ¿Qué es lo que estamos haciendo los cristianos? ¿Dónde está esa urgencia que tenemos que sentir en nuestro corazón para realizar una nueva evangelización de nuestro mundo?

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. 

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

viernes, 15 de marzo de 2024

No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

 


No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Forma parte de la naturaleza de la vida, podríamos decirlo así, hay personas o hay situaciones con las que o en las que nos sentimos cómodos, porque nos parece que hay una sintonía con nosotros, y otras personas que no nos caen bien, no nos sentimos bien a su lado, o situaciones por las que tenemos que pasar en las que no nos sentimos cómodos.

Y esto en distintos frentes. Porque nos puede ser agradable una persona porque quizás es amable con nosotros, nos entendemos cuando hablamos o compartimos cosas o momentos, pero quizá ha situaciones en las que repelemos a la persona precisamente porque es buena, porque es entregada, y es que está chocando con nuestra manera de ser, o con las posturas que nosotros vamos tomando en la vida. Quizás nos hacen ver los errores que cometemos, el desorden que hay en nuestra vida, o que hay otros valores mejores que los que nosotros vivimos, y esto se convierte en un repelente para nosotros, porque de alguna manera su rectitud está denunciando el mal que hay en nosotros.

Siempre ha sucedido que el que obra con rectitud se convierte en blanco de los demás, y al que siempre se le quiere sacar algo, o acumularle algo en su vida que está bien lejos de su comportamiento. La rectitud de sus vidas se convierte en denuncia de nuestro mal obrar y por eso con tanta maldad quizá se trata de denigrarlo de la forma que sea. ¿No es lo que le pasaba a los profetas?

Es lo que pasaba también con Jesús., Y Jesús lo sabía. El Reino nuevo de Dios que anunciaba se convertía en una denuncia de quienes querían vivir anquilosados en sus rutinas y viejas costumbres, pero que no estaban obrando con la debida rectitud ni con la necesaria apertura del corazón. Como los profetas habían sido rechazados, así ahora es rechazado Jesús. Bien nos lo explica Jesús en la parábola de los viñadores homicidas que no hace mucho hemos meditado, pero que no la podemos leer solamente mirando a lo que era la situación de entonces del pueblo judío y su historia, sino que también hemos de saberla leer en la realidad de nuestra vida.

Cuántas veces nosotros también cuando ha habido quien con visión verdaderamente profética nos ha presentado la Palabra de Dios habremos sentido ese mismo rechazo dentro de nosotros; acaso lo hemos querido disimular, porque miramos a otro lado y siempre queremos aplicar las cosas a los demás y no a nosotros mismos, o tratamos de hacernos nuestras rebajas, porque nos decimos que no hay que mirar las cosas con tanta radicalidad.

Pero, ¿aceptamos o no aceptamos a Jesús y su mensaje evangélico?  Hemos escuchado hoy que en principio Jesús no quiere dejarse ver por Jerusalén, porque aun no ha llegado su hora, donde sabe que va a tener una fuerte oposición. Sin embargo Jesús sube también a la ciudad santa para aquella fiesta, y los mismos judíos se sorprenden de su presencia, pues el pueblo notaba el vacío que las autoridades y gente principal querían hacerle a Jesús. Se preguntan si acaso ya habrán aceptado la misión profética o mesiánica de Jesús.

¿De donde viene Jesús? ¿Cuál es realmente su misión? ¿El hecho de ser galileo la resta posibilidad de que pueda ser el Mesías, como en otro momento le dirán los sumos sacerdotes a Nicodemo, que de Galilea nunca ha surgido un profeta?

Como hoy les dice Jesús ‘a mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado…’ Jesús se siente como el enviado del Padre. Nos recuerda lo que en otro momento del evangelio hemos escuchado. El amor que Dios nos tiene es tan grande que ‘nos ha enviado a su Hijo para que quien cree en El no perezca sino que tenga vida eterna’.

Es la maravilla y la grandeza de nuestra fe en Jesús. Así lo reconocemos. La Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. La Palabra que nos ilumina para arrancarnos de nuestras tinieblas y darnos vida. La Palabra que tenemos que escuchar. Podemos recordar muchos momentos del evangelio. No seamos la tiniebla que rechaza la luz. Dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga. No la rechacemos porque nos duela. La medicina nos arde en la herida pero nos sana. Veamos en todo siempre y por encima de todo el amor de Dios que  nos salva.

lunes, 20 de noviembre de 2023

Tengamos la valentía de reconocer que andamos en oscuridad y tinieblas para pedir que queremos recobrar la luz

 


Tengamos la valentía de reconocer que andamos en oscuridad y tinieblas para pedir que queremos recobrar la luz

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Dice el dicho popular que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Sin embargo nos podríamos preguntar ¿y quién es el que no quiere ver? Porque todos cuando tenemos la más mínima afección en los ojos enseguida acudimos el medico, al óptico, al oftalmólogo porque sería algo muy duro el quedarse ciego y no poder ver.  Qué grande es la alegría, por ejemplo, del que se opera de cataratas, que antes de la cirugía lo veía todo opaco, y después de la operación recobra y con qué fuerza la visión y con qué intensidad se ven de nuevo los colores.

Pero creo que entendemos que esto son solo imágenes de algo más hondo. Porque muchas cegueras nos aparecen en la vida, y muchas veces tenemos que decir que queridas o buscadas. No queremos ver sino lo que nos interesa, decimos en ocasiones; cerramos la mente en nuestras cosas, en nuestros intereses, y no vemos más allá de lo que queremos ver; cuantas diferencias tenemos entre unos y otros porque nos encerramos en nuestra visión, en la perspectiva que nosotros podamos tener y no queremos aceptar la luz o la verdad que puede tener el otro; diferencias que nos llevan a enfrentamientos y hasta violencias, diferencias que crean divisiones, diferencias que nos encierran en nosotros mismos y nos llevan a la descalificación y hasta si pudiéramos la destrucción del adversario.

Cegueras que se nos meten en la vida para quedarnos solo en lo material y en lo presente, en lo que pueda satisfacerme ahora pero sin darle más trascendencia a lo que hacemos o a lo que vivimos, cegueras que nos destierran del ámbito espiritual, o que nosotros voluntariamente hemos descartado, tan importante y necesario en lo que es la visión más completa de la persona y terminan por querer desterrar a Dios de nuestra vida, cegueras que nos aíslan y nos dejan al borde del camino metidos en nuestra rutinas o lo que siempre hemos hecho sin abrirnos a algo mejor y que va más allá de ese momento presente.

El evangelio nos habla hoy de un hombre que está al borde del camino. Las circunstancias de su ceguera allí lo han puesto sin dejarle abrirse a más amplios horizontes. Pedir limosna para poder subsistir es lo que único que sabe hacer. Estratégicamente está colocado en el camino que pasa por Jericó y que conduce a la ciudad santa, por lo que muchos serán los peregrinos que bajando por el Jordán desde Galilea hagan esa travesía en su camino a Jerusalén.

Sin embargo en el borde del camino siempre se pueden escuchar muchas cosas y quien tenga una sensibilidad especial mucho pueda aprender en las cosas que escucha. ¿Habrá oído hablar de aquel profeta de Galilea que hace signos y prodigios y a muchos ha curado también de su ceguera? Cuando escucha el murmullo de la gente que pasa tratará de enterarse bien de lo que sucede y es por lo que pronto clamará ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quizás aquellos muy devotos de escuchar al Maestro tratarán de hacerlo callar, para que sus gritos no les impidan escuchar a Jesús, como tantas veces también entre nosotros sucede. ¿Para qué escuchan a Jesús si no son capaces de escuchar, o dejar gritar a aquel pobre ciego que está al borde del camino pidiendo compasión?

Jesús quiere que lo traigan a su presencia y dando tumbos y saltando de alegría se acerca hasta Jesús. El sí lo va a escuchar. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Había pedido compasión, como la pedía a todos los caminantes esperando alcanzar algo que remediase su pobreza; pero ante Jesús no se contenta con eso. El quiere recobrar la vista. Será como devolverle su dignidad; con visión no tendrá que estar pendiente y a la expectativa de la compasión que alguien pueda sentir por él, podrá valerse por sí mismo como quizás tantas veces había deseado. ‘Señor, que recobre la vista’, fue su petición.

‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’, fue la respuesta de Jesús. No fue necesario nada más. Ahora sobraban los signos externos, porque grande era la fe de aquel hombre y sabía bien lo que pedía. Reconocía su impotencia y su ceguera. El mundo se había vuelto oscuro para él y quería la luz. Algunas veces pudiera sucedernos que no queremos la luz, ¿preferimos seguir en las tinieblas para que no se vean nuestras obras oscuras? ¿Preferimos seguir en lo que estábamos porque la luz pondría nuevas exigencias en nuestra vida? Algunas veces no queremos cambiar. Esto siempre ha sido así, se ha hecho así, nos decimos.

¿Tendré la valentía de decir que queremos recobrar la luz? ¿Tendremos suficiente fe que de nuevo nos llenará de luz?

sábado, 21 de octubre de 2023

Caminemos con fe, fortalezcamos nuestro espíritu, dejémonos conducir por el Espíritu de Dios que Jesús nos ha prometido, demos la cara por nuestra fe

 


Caminemos con fe, fortalezcamos nuestro espíritu, dejémonos conducir por el Espíritu de Dios que Jesús nos ha prometido, demos la cara por nuestra fe

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12

Dar la cara por el amigo es lo menos que se nos puede pedir. ¿Para que somos amigos, entonces? Somos amigos en las duras y en las maduras, no solo en los momentos de alegría y de fiesta cuando todo va bien, sino también cuando vengan los momentos difíciles, en las dificultades, cuando surgen los problemas, ahí está el amigo, dando la cara, prestando nuestra ayuda, no escondiéndonos y rehusando conocerle. No siempre es fácil. Algunas veces cuesta. Hay que poner algo más que una cara bonita o una sonrisa. Y no siempre lo hacemos; cuantas experiencias quizás podríamos contar de vernos solos; es duro para el que lo padece; es duro mostrarnos así con un corazón duro y uno no sabría qué pensar.

Jesús nos dice hoy que tenemos que estar de su parte; la luz no se puede ocultar, nos había dicho en otra ocasión, y si hemos encontrado la luz tenemos que hacer que brille, y que brille en nuestra vida. Es tan importante el testimonio, porque estará manifestando la congruencia de nuestra vida. Para llegar hasta el final.

Pero así como nos está diciendo que no nos podemos ocultar, que tenemos que dar testimonio, también nos está asegurando una cosa, con El nunca nos veremos solos. El es fiel. Su palabra es veraz. Nos prometerá que estará con nosotros hasta el final de los tiempos. Pero hoy nos asegura mucho más. Nosotros, si somos fieles a nuestra fe y a nuestra condición de ser sus seguidores, vamos a encontrar dificultades. Ya nos dirá que el discípulo no es mayor que su maestro, y si con el Maestro han hecho lo que han hecho, nosotros también no vamos a encontrar oposición y persecución. Nos llevarán también a los tribunales. Pero nos dice que no tengamos miedo, no nos estemos preocupando lo que hemos de decir o como hemos de defendernos, su Espíritu estará con nosotros y pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en el corazón. No hemos de dudar de El.

Es cierto que muchas veces nos aparecen nuestras debilidades y nuestras flaquezas y habrá momentos en que nos costará mantener la fidelidad, nos asaltarán dudas y tentaciones, habrá momentos que hasta sentiremos rebelión en el alma, que no quisiéramos pasar por lo que estamos pasando, que nos parece que se nos viene el mundo abajo y no tenemos donde apoyarnos, pero de una cosa no podremos dudar nunca, de la presencia de su Espíritu que está con nosotros, aunque no siempre lo veamos claro. Por eso nos dice solemnemente hoy que el peor pecado que podemos cometer es negar al Espíritu; andaríamos ya perdidos del todo. Y El quiere estar siempre con nosotros, y ser nuestra fuerza y nuestra sabiduría.

Algunas veces nos entran muchas dudas sobre todo esto cuando contemplamos el mundo que nos rodea que parece que todo está en contra nuestra. Vemos cómo se desdibuja todo el mundo de lo religioso, cómo tantos hacen sus interpretaciones o quieren manipularlo todo desde sus explicaciones, cómo crece una sequedad espiritual en nuestro entorno porque todo se ha materializado, cómo no se terminan de entender los valores que nosotros presentamos desde el evangelio, cómo se está queriendo hacer un mundo sin Dios, donde se quiere aparcar la fe solo al ámbito de lo privado y se quieren eliminar todos los signos que nos hablen de lo espiritual, que nos hablen de Dios.

Todo eso nos duele. No sabemos muchas veces como reaccionar. Nos sentimos acobardados y tenemos la tentación de escondernos. Es en ese momento donde tenemos que hacer resplandecer y brillar toda la firmeza de nuestra fe, de nuestra confianza en Dios, de la certeza de que el Espíritu del Señor está con nosotros y El nos irá guiando en medio de esos caminos que nos parecen muchas veces de tinieblas. No nos podemos acobardar, tenemos que sentir la fortaleza del Espíritu, la sabiduría del Espíritu que nos sostiene y que nos guía.

Caminemos con fe. Fortalezcamos nuestro espíritu. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios que Jesús nos ha prometido. Demos la cara por nuestra fe.

domingo, 5 de febrero de 2023

Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

 


Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

Hoy es uno de esos momentos cuando escucha uno el evangelio dice ‘¡ay, qué bonito!’ La imagen de la luz y de la sal que emplea Jesús en el evangelio es muy socorrida, la hemos escuchado muchas veces y en distintos momentos y muchas son las explicaciones que se nos han dado de tal manera que tiene el peligro  de que la sal se nos vuelva sosa. Ya nos lo sabemos, decimos, y nos ponemos a dar explicaciones fáciles. Pero, ojo, todo se nos puede quedar en palabrería, en palabras bonitas, porque la imagen nos da pie a ello, pero terminemos detrás de toda esa palabrería metiendo la luz debajo del cajón, ocultándola bajo el celemín y ya no nos dará luz. El peligro de sabernos las cosas y no dejarnos sorprender.

Porque lo tenemos claro, Jesús nos está diciendo que tenemos que ser luz, que tenemos que iluminar. ¿Y cómo se hace eso? Fácilmente respondemos porque demos ejemplo con nuestras obras, con nuestra vida, que se note que creemos en Jesús, que somos cristianos, seguidores de Jesús. Y sigo preguntándome, y eso, ¿cómo se hace? ¿Nos vamos a poner en la calle a gritar delante de todo el mundo que somos cristianos y creemos en Jesús? A lo mejor está bien hacerlo, ¿pero seríamos capaces? ¿Y a la gente le impactarían esos gritos? ¿Serán, acaso, otros los gritos?

La propia palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos lo está diciendo. El profeta nos has dicho claramente cuando nuestra vida se volverá luz. Y no es que nos tengamos que poner una aureola luminosa alrededor de nuestro cuerpo. Y no está muy lejos de lo que nos decía Jesús en el pasado domingo sobre las bienaventuranzas. Estos textos y otros que escucharemos en los domingos siguientes antes de comenzar la Cuaresma forman en su conjunto el llamado sermón del monte.

Nos hablaban las bienaventuranzas de pobres y de hambrientos, nos hablaba de gente que lloraba y sufría y de quienes eran perseguidos, nos hablaba de violencias que hemos de transformar en paz y de la rectitud de nuestro corazón frente a tantas villanías que podemos encontrar a nuestro alrededor. Y hablaba Jesús de dicha y de caminos de felicidad, nos hablaba que así nos llenaríamos de Dios porque es la única manera de ver a Dios. Y hoy, como una continuación de aquel texto, se nos habla de resplandecer de luz y de llenar de sabor nuevo nuestro mundo. Unamos ambas cosas.

El profeta nos decía que cuando partimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre que no tiene techo o vestimos al que está desnudo, y no te desentiendes de aquellos que tienes que mirar como cosa tuya, como si te estuvieras mirando a ti mismo, entonces surgirá tu luz como una aurora, es el momento en que comienza a brillar una nueva luz, como cada aurora al amanecer que vence las tinieblas de la noche. 

Y continuaba diciéndonos de cuántas cosas tenemos que apartarnos para que no nos dejemos envolver por esas sombras y tinieblas, la opresión, la maledicencia, las envidias y los recelos, los orgullos y las desconfianzas, las acusaciones y las condenas con que de manera tan ligera juzgamos lo que hacen los demás. Cuando seas capaz de desprenderte de lo tuyo para saciar el hambre de los demás, entonces comenzará a brillar tu luz.

Por eso terminaba diciéndonos hoy Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

Ya sabemos cómo. No nos quedamos en decir que es un texto bonito. Estas palabras del evangelio tienen que herirnos por dentro. Sí, porque tenemos que sentirnos interpelados, porque no terminamos de hacer eso que nos está diciendo Jesús, porque edulcoramos tanto el evangelio que le quitamos el sabor a la sal con que tenemos que dar sabor, primero que nada, a nuestra propia vida, para que podamos dar ese sabor nuevo a ese mundo, porque lleguemos de verdad a contagiar a los demás de ese espíritu del evangelio.

Vayamos poniendo sal, vayamos encendiendo la luz; son muchas las oportunidades que tenemos, porque ese listado que nos ofrecían las bienaventuranzas el pasado domingo sigue estando presente en nuestro entorno. Necesitamos abrir los ojos y los oídos, porque muchas veces los tenemos delante de nuestras propias narices, pero nos hemos quedado mirándonos la punta de nuestra nariz y no hemos sido capaces de mirar más allá, un más allá que está muy cercano a nosotros. Dichosos los que saben hacerlo, porque también hemos de reconocer que hay gente que se sacrifica y se da por los demás, en ellos se cumple la bienaventuranza del evangelio.

Tenemos muy presentes muchas obras piadosas, muchos signos religiosos que quizás también muchos quisieran hacer desaparecer – y eso parece que sí nos duele -, pero no terminamos de dar el testimonio del evangelio porque no llegamos a ver ese mundo de sufrimiento – y ese sí que tendría que dolernos de verdad – donde tenemos que poner nuestra luz, o sea, poner nuestra vida concreta y nuestros gestos y compromisos de amor.

domingo, 22 de enero de 2023

Hay una buena noticia que tenemos que anunciar, un evangelio que tenemos que llevar a nuestro mundo, que ponga luz en medio de tantas tinieblas

 


Hay una buena noticia que tenemos que anunciar, un evangelio que tenemos que llevar a nuestro mundo, que ponga luz en medio de tantas tinieblas

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23

¿A quien no le agrada recibir buenas noticias? Suelen correr como reguero de pólvora, a todos le alegran el alma, son consuelo y despiertan esperanza, llenan de alegría el corazón y a partir de las buenas noticias ya las cosas no pueden ser iguales.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús iba repartiendo buenas noticias por los caminos y las aldeas y pueblos de Galilea. Se nos está hablando del comienzo de la predicación de Jesús, que era un preparar los corazones para recibir buenas noticias, luego había que estar en disposición de creer en esas buenas noticias y era ese anuncio que se hacía de esa Buena Noticia. Llegaba el Reino de Dios. Es la buena noticia que tienen que creer, es el evangelio que se anuncia. Y para ello se realizan signos de que eso es verdad.

‘Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo’. Es el texto que hoy se nos ofrece. Y ese recorrido de Jesús por aquellos lugares era como ir encendiendo una luz que despertaba y sacaba de las tinieblas. Por eso el evangelista recuerda a los profetas. Lo que hoy hemos escuchado nosotros también en Isaías, que nos lo transcribe también Mateo.

‘Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’.

Ese fue el significado de aquellos primeros momentos. Esa era la alegría de aquel corazón y la esperanza que renacía en sus vidas. Recordaban los tiempos del profeta en que fueron pronunciadas estas palabras, en la situación concreta que entonces vivían, pero ahora con sentido mesiánico estaban leyéndolas en sus propias vidas. Como tenemos que hacerlo nosotros.

Miramos aquel momento del comienzo de la predicación de Jesús y miramos nuestro momento, que también tiene sus sombras, sus tinieblas que necesitan ser iluminadas. No es necesario sino mirar la situación de nuestro mundo, o mirar de cerca nuestro propio entorno, con la desazón en que vivimos, con las angustias que se generan en tantas personas, con el mundo de inseguridad en todos los sentidos en que estamos viviendo, porque no solo es la violencia que nos rodea también con la acritud con que nos tratamos o escuchamos todos los días a nuestros dirigentes en los medios de comunicación, sino es también una inseguridad ante el futuro, porque cuando vamos perdiendo los valores, perdemos cosas fundamentales para la construcción de nuestra sociedad.

También necesitamos buenas noticias, algo que nos levante, nos despierte, nos ponga en pie con nueva ilusión, que nos llene de esperanza. En todos los aspectos y situaciones de la vida, porque lo sufrimos en la familia que se desequilibra y que se rompe, lo sufrimos en las relaciones que mantenemos los unos con los otros, lo sufrimos en todo lo que es el tejido social de la sociedad. Nos dicen que son los comienzos de algo nuevo, que el mundo está cambiando, que el concepto de familia o de sociedad que viviremos en el futuro es distinto, pero ¿cuál es ese futuro? ¿Qué es lo que verdaderamente estamos construyendo?

Nosotros queremos mirar a Jesús y escucharle, sintonizar con su Palabra y descubrir la luz que quiere poner en nuestra vida. Y queremos sentir que Jesús tiene una Palabra de buena noticia para nosotros y para nuestro mundo de hoy. Tenemos también que disponer nuestro corazón, dispuestos a cambiar en lo más hondo de nosotros mismos para poder escucharle, para poder descubrir ese nuevo que quiere ofrecernos también hoy, también para el hombre y el mundo de hoy.

Como aquellas gentes de los pueblos y aldeas de Galilea, o como aquellos pescadores de Tiberíades nosotros estamos también con nuestras redes, en nuestra tarea de cada día y Jesús está pasando a nuestro lado e invitándonos a seguirle, a levantarnos y poner en camino. ‘Venid conmigo, venid en pos de mi…’ nos dice también a nosotros para que estemos con El, pero para que estemos dispuestos a ir a echar las redes, a pescar en los nuevos mares, en los nuevos mundos que nos quiere poner. Que haya en nosotros esa misma disponibilidad de Simón y de Andrés, de Santiago y Juan para escuchar a Jesús y para ir con El. ‘Venid conmigo, venid en pos de mi…’ nos dice.

Estamos los cristianos demasiado paralizados en nuestros pensamientos o en nuestras tareas. Miramos alrededor y hasta también somos capaces de detectar esa realidad que nos envuelve, pero quizás nos acobardamos, nos asustamos ante la situación, y nos quedamos paralizados ante la tarea que hay que realizar. Porque ahí en ese mundo, en esas tinieblas nosotros tenemos que llevar la luz, tenemos que hacer también el anuncio.

¿Nos estaremos quedando demasiado anquilosados dentro de nuestros templos y buscando bonitas celebraciones? Quizás muchas de esas cosas estemos resucitando demasiado y nos olvidamos que estamos con Jesús pero para salir a caminar, para ir a ese mundo de tinieblas que nos rodea.

Como nos repite tantas veces el Papa Francisco tenemos que ir a la periferia, pero esa periferia la tenemos al lado de nuestra casa cuando no también dentro de nuestro hogar, la tenemos en el lugar de trabajo o allí donde hacemos nuestra vida social, la tenemos en ese mundo cercano a nosotros y que contemplamos también tan descreído, la encontramos en tantos que van por la vida indiferentes a cuanto sucede y pensando solo en si mismos o en pasarlo bien de la manera que sea, quizás para olvidar esa realidad.

Hay una buena noticia que tenemos que anunciar, un evangelio que tenemos que llevar a nuestro mundo. No lo olvidemos.