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jueves, 29 de enero de 2026

No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

 


No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

2 Samuel 7, 18-19. 24-29; Salmo 131; Marcos 4, 21-25

Solemos decir que aquel que acapara lo que tiene, bien porque lo haya ganado o porque lo haya recibido, solo para si mismo olvidándose y prescindiendo de los que están a su lado es un terrible e insolidario egoísta. Es mío, me lo gané yo, son mis cosas, hago lo que quiero… suele repetir para justificarse.

Pensamos en bienes materiales o riquezas y podemos decir no sé cuantas maravillas de justicia distributiva, de justicia social y de la insolidaridad injusta de quienes se creer ricos y absolutos poseedores de lo que tienen. Pero podemos darle una amplitud mayor, porque no es solo lo material, sino lo que soy, lo que son mis dones o mis cualidades, lo que llamamos nuestra riqueza espiritual que si mal la usamos terminaremos en la peor pobreza del espíritu. La riqueza de la vida, y quiero pensar en lo más profundo de la vida de cada uno, no es para acapararla solo para nosotros mismos.

Podemos decir que son nuestros esfuerzos o nuestras propias cualidades innatas, y es importante que sintamos toda esa riqueza espiritual que tenemos, reconozcamos nuestros valores y nuestras capacidades y nosotros mejoremos también nuestra vida. Pero ¿en qué consiste esa mejora? ¿En encerrarnos en nosotros mismos? ¿En poner una valla a nuestro alrededor para salvar lo que somos? ¿Y de qué te vale lo que eres si con ello no enriqueces también la vida de los demás? ¿No te das cuenta que aunque recibas muchas reverencias y adulaciones al final te vas a sentir muy solo?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla debajo de un cajón sino para ponerla en alto e ilumine a los demás. Esa luz que tú tienes no es solo para ti – es cierto que esa luz te ha ayudado a descubrir tu valor y el sentido de las cosas y de la vida – pero precisamente por eso con esa luz tienes que iluminar a los demás. Esa luz te ha ayudado a crecer por dentro porque te ha dado un sentido a tu ser y a lo que tienes, pero si la llegas a encerrar significa que no has entendido aun el sentido de esa luz.

‘No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz’, nos continúa diciendo hoy Jesús en el evangelio. Unos valores que tú tienes y que has de desarrollar, pero que necesariamente te han de llevar a abrirte a los demás. No podemos cruzarnos de brazos mientras vemos que hay oscuridades que podemos iluminar; no podemos quedarnos insensibles porque ya nosotros tenemos, ya nosotros sabemos, que los otros busquen, que los otros trabajen, como decimos tantas veces. La insensibilidad nos aleja bastante de esa madurez humana que hemos de alcanzar.

Todo esto nos lo está diciendo Jesús para el desarrollo de todos esos valores humanos con los que tenemos que contribuir al bien y la mejora de nuestra sociedad. Son un regalo y una responsabilidad, es un don y es una tarea. No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos de nuestra soberbia y autosuficiencia que los anularía, los apagaría y dejaría sin sentido.

Y aquí, claro, tenemos que plantearnos qué estamos haciendo con nuestra fe. Es una luz que ilumina nuestra vida, pero es una luz que la que tenemos que iluminar a nuestro mundo. No podemos ocultar nuestra fe, ni podemos acomodarnos tanto a la sociedad que nos rodea por aquello de que no le dan importancia a la fe, porque entonces les estaríamos haciendo perder todo el sentido a esa fe que tenemos. Si consideramos que es una luz para nuestra vida, esa luz no nos la podemos quedar para nosotros mismos sino que con ella, aunque sea con todo respeto, tenemos que iluminar a los demás. Es el testimonio que en todo momento tenemos que dar.

Como nos dirá Jesús en otro momento ‘alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’. ¿De verdad estaremos convencidos de estas palabras de Jesús? Entonces, ¿por qué no somos más misioneros en el mundo que nos rodea?

lunes, 22 de septiembre de 2025

Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

 


Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

Esdras 1,1-6; Salmo 125; Lucas 8,16-18

La luz, qué necesaria es. Cómo nos ponemos de incómodos cuando nos falta la energía y nos quedamos a oscuras de noche en la casa. Pronto buscamos sustitutos de esas lámparas que no iluminan por la falta de energía, y en consecuencia vendrás las reclamaciones, ha significado quizás una pérdida de beneficios o simplemente no soportamos que no haya luz; lo mismo nos sucede cuando tenemos que enfrentarnos a un camino oscuro y tenebroso en la noche que no tiene unas luminarias que nos ayuden a encontrar el camino. Cada vez que hay un apagón cuantas son las protestas de todo tipo que se levantan.

Pero, ¿es solo esa luz la que nos importa? Creo que en ocasiones andamos un tanto desorientados en ese tema de la luz, porque de las únicas luces de las que nos preocupamos es de la que nos pueda dar una lámpara encendida en nuestra casa o en nuestros caminos. Sin embargo, en muchas cosas andamos a oscuras, no nos importa la falta de luz, nos buscamos nuestros sustitutos para esas carencias pero siempre serán luces que nos puedan llevar al engaño y pudieran incluso desestabilizar nuestra vida.

¿Tenemos claros los caminos que hemos de andar en la vida? ¿Buscamos un verdadero sentido a lo que hacemos para que nos lleve a una plenitud de vida? ¿Nos dejaremos en ocasiones envolver por tinieblas porque no ponemos el empeño necesario para encontrar ese sentido de nuestra vida? Algunas veces parece que los fuegos fatuos son los que nos llaman la atención desde la superficialidad con que vivimos la vida. Andamos a oscuras en la vida porque aquellas luces que nos van apareciendo junto a nuestro camino tratamos quizás de cubrirlas con nuestras vanidades y apariencias, con nuestro orgullo que nos hace creernos que estamos por encima de quien nos puede dar la verdadera luz, con nuestros entretenimientos superficiales que nos distraen y nos confunden, o con ese materialismo de la vida que nos impide levantar nuestra mirada a otros niveles que nos den mayor plenitud a nuestra existencia.

Pero quizás en esas cosas no queremos pensar, nos hemos acostumbrado a nuestras sombras que nos parece que no necesitamos otra luz, o nos dejamos arrastrar por la primera luz que aparezca aunque esté llena de confusiones; los oropeles de la vida nos confunden con sus brillos fatuos y ni queremos pensar donde podemos encontrar esa verdadera luz.

En esto nos quiere hacer pensar Jesús. Y mira que nos dice que nos pensemos bien las cosas, que analicemos bien lo que escuchamos o las distintas propuestas que de un lado o de otro de la vida vamos recibiendo. ‘Mirad, pues, cómo oís’, nos está diciendo. Porque suenan sonidos en nuestro entorno y no llegamos ver cual es el autentico. Nos está invitando Jesús a abrir bien nuestros oídos para que sepamos de quien en verdad nos podemos confiar. Hemos de saber buscar lo que de verdadera plenitud y sentido a nuestra vida. No son remiendos lo que necesitamos; de nada nos ayuden las luces que pronto se agotarán por falta de verdadero combustible, de nada nos vale tener una luz pero tenerla escondida. Hemos de calibrar bien nuestros oídos para escuchar lo que el Señor tiene que decirnos, aunque no nos gusta en ocasiones porque nos pone el dedo en la llaga, y eso no gusta, porque nos duele, porque tenemos que reconocer nuestras oscuridades y nuestros errores.

Claramente nos dirá que El es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorársela. A El tenemos que saber acudir, de El nos tenemos que dejar alumbrar, en El vamos a encontrar ese aceite que nos mantenga para siempre la lámpara encendida. Es lo que tenemos que buscar, es lo importante para nuestra vida. Sepamos encontrarlo. Y además nos está diciendo Jesús que nuestra luz tiene que estar bien colocada para que todos los que entren puedan estar iluminados, encontrar esa luz.

viernes, 8 de agosto de 2025

El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

 


El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Los que nos traen buenas noticias son siempre bien recibidos, es más, serán agasajados con mucho entusiasmo y alegría. Hoy tenemos muchos medios de comunicación, de trasmitir noticias que en otros tiempos no teníamos; en mi infancia pasé por esas lagunas difíciles de las consecuencias de la emigración, pues mis hermanos y mi padre se tuvieron que ir a América; recuerdo siempre la alegría y emoción con que mi madre recibía sus cartas, pero más aún cuando alguien regresaba de Venezuela al pueblo acudíamos, como quien espera aguas de Mayo, a visitarle para saber de forma directa las noticias que nos podían traer de nuestra familia; cómo si nos visitaban esas personas para darnos noticia dentro de nuestra pobreza le ofrecíamos lo mejor como reconocimiento de las noticias ‘frescas’ que nos podían traer.

En todos los aspectos de la vida deseamos y necesitamos recibir cosas buenas de los demás, palabras que pongan esperanza y renovada ilusión en nuestras vidas; hay personas que se regodean en traernos noticias de cosas calamitosas, que nos están hablando con un tremendismo que al final lo que hace es poner miedo y temor en el alma, personas que parece que son adictas para hablarnos de cosas que nos quiten el sosiego y la paz, todo lo ven a lo tremendo, todo parece que va a tener un final catastrófico y en lugar de poner luz parece que van llenando el mundo de sombras.

Como decíamos al principio los que nos traen buenas noticias son bien recibidos, estamos deseosos de escuchar palabras de ánimo, que nos llenen de esperanza, que nos abran horizontes, que pongan una nueva luz en nuestra vida y en nuestro mundo. Y esto tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros. Es ‘evangelio’, o sea, buena noticia. Y las buenas noticias ponen gozo en el alma, por una buena noticia somos capaces de caminar lo que sea para ir a su encuentro.

Eso fue la vida de Jesús. Ese ha sido su mandato, esa es la misión que nos ha confiado, llevar una buena noticia a nuestro mundo. Esto tiene que ser siempre el evangelio en nuestra vida. Esa es la esperanza que tiene que suscitar siempre en nuestros corazones. Eso es lo que tiene que ser siempre un impacto para nuestra vida, porque las noticias nos sorprenden, pero si son buenas noticias no solo nos sorprenden sino que nos alegran el alma. Eso es lo que nosotros tenemos que anunciar.

Dicho así parece que resulta todo muy bonito, pero es aquí donde quizás tenemos que preguntarnos muchas cosas sobre el espíritu con que nosotros acogemos esa buena noticia. No podemos decir nunca eso ya me lo sé, eso ya lo he escuchado muchas veces. Para nosotros el evangelio tiene que ser siempre noticia para nosotros, y la noticia no nos cuenta cosas viejas, las noticias queremos que sean siempre nuevas para que realmente sean noticias. Pero ante el evangelio depende de la actitud con que nosotros vayamos a él, con la actitud con que nosotros lo escuchemos.

Es siempre algo nuevo que llega a nuestra vida. Y por muy monótona o de rutina que hayamos hecho nuestra vida, nuestra vida va continuamente cambiando; no vivimos hoy lo mismo que vivimos ayer, cada momento tiene sus circunstancias, cada momento en la vida tiene su novedad, en cada momento podemos descubrir algo nuevo, un nuevo matiz; y el evangelio viene a iluminar nuestra vida hoy, en el aquí y en el ahora, en lo que son ahora mis circunstancias y en lo que hoy estoy realizando. Y ahí tenemos que sentir esa novedad del evangelio, esa luz nueva que nos va ofreciendo el evangelio en todo momento.

Pero eso es lo que tenemos que ser nosotros para los demás. Somos, tenemos que ser portadores del evangelio, evangelizadores, decimos. Y como buena noticia se lo ofrecemos al mundo; de la autenticidad con que nosotros los anunciemos va a depender en cierto modo que como tal lo reciban quienes nos escuchan, como buena noticia para sus vidas. Pero es que tienen que notar que eso ha sido para nosotros y es por eso por lo que se lo trasmitimos. Lo triste sería que nosotros no transmitiéramos buena noticia, porque lo hemos convertido en una rutina en nuestra vida, porque no lo estamos reflejando en nosotros en una vida distinta.

Hoy nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Que no podemos ocultar la luz, como no se puede ocultar una ciudad edificado en lo alto de un monte, ni podemos hacer que nuestra vida no sea sal, porque hayamos perdido el sabor. La sal que no da sabor ya no sirve para nada. ¿Nos estará pasando a nosotros? ¿Qué sabor desde el evangelio le estamos queriendo trasmitir a nuestro mundo? La tenemos que recibir con alegría y con alegría tenemos que transmitirla.

martes, 30 de julio de 2024

Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

 


Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’, termina diciéndonos hoy Jesús al concluir la explicación de la parábola, tal como le piden sus discípulos. ¿Qué nos quiere decir? Puede parecer una frase innecesaria o una frase enigmática y a la larga nos puede parecer hasta contradictoria. Claro que el que tiene oídos es para oír. Pero no siempre oímos, no siempre escuchamos, no siempre comprendemos.

Cuanto nos cuesta muchas veces entender; y no es siempre porque no esté claro lo que se nos trata de trasmitir; todos habremos tenido la experiencia de estar en un sitio escuchando algo, o en medio de una conversación, y de pronto alguien nos pregunta ¿qué es lo que dijeron?, y no podemos contestar porque aunque allí estábamos nuestra mente en ese momento estaba, por así decirlo, a kilómetros de distancia absortos en nuestros pensamientos o nuestras elucubraciones.

No cuesta entender porque no prestamos atención, escuchamos lo que nos interesa, andamos por las superficialidades de la vida y vamos cogiendo aquí y allá lo que nos gusta o apetece pero sin que nos signifique mucho esfuerzo, nos molesta lo que nos están diciendo, recibimos tantas influencias externas como cantos de sirena que quieren llevarnos por sus caminos o quieren apartarnos de nuestros valores… tantas distracciones, tantas disculpas que nos ponemos, tanta cerrazón de nuestra mente que nos oscurece la vida.

Por eso nos dice hoy Jesús que el que tiene oídos, que oiga, que estemos atentos, que prestemos atención, que confrontemos nuestra vida, que nos dejemos iluminar por la verdadera luz, que no nos confundan luces efímeras, que abramos bien los oídos de nuestro corazón.

Había propuesto Jesús una parábola que hablaba de buena semilla sembrada en el campo, pero en el que también el enemigo sembró cizaña; ahora la cosecha se veía malograda, ¿cómo salir adelante?

Un retrato de la realidad de la vida, un retrato de la inmensa tarea que la Iglesia tiene en medio de nuestro mundo, un retrato de nuestra tarea y nuestro compromiso. ¡Qué bello sería el campo donde vemos florecer la buena cosecha! ¡Qué bellos nuestros campos en el reverdecer de la primavera cuando todo se llena de colorido, contemplamos nuestros árboles frutales florecidos como anuncio de una buena cosecha de frutos en el verano! Pero es triste cruzar en medio de campos mal cultivados, en los que las yerbas y matorrales lo inundan todo mermando la capacidad de producir de aquello que allí hemos sembrado y queremos cultivar.

Pero ese es el campo de la vida. Queremos sembrar y sembramos de hecho buenas semillas, pero contemplamos al mismo tiempo que no prosperan esas plantas, esos valores que queremos cultivar. Hay una continua confrontación que muchas veces nos puede llevar a todos a la confusión. Pero es donde tiene que florecer la firmeza y la madurez que tiene que haber en nuestra vida para no dejarnos confundir, para no dejarnos arrastrar por otros planteamientos que pudieran hacernos, para dar un testimonio claro de esos valores del Reino de Dios por el que nosotros hemos optado.

No se trata de arrasar nosotros a los contrarios como tantas veces vemos que sucede donde todo el que no piense como nosotros es un adversario peligroso al que tenemos que hacer desaparecer; es un estilo que se está imponiendo en nuestra sociedad donde cada vez nos cuesta más dialogar para aunar esfuerzos en lo bueno. Dice aquel buen hombre de la parábola que habrá que dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, que solo al final se decantarán por lo que es bueno. Es el camino que hemos de hacer en la vida, pero sin dejar que la maldad nos malee.

Es una invitación a la esperanza y al compromiso lo que nos está haciendo Jesús con esta parábola. No todo está perdido por mucha cizaña que veamos en nuestro mundo, porque es ahí donde tenemos que dar nuestro testimonio. Y los corazones si los podemos transformar, sí podemos hacer que se dejen iluminar, si podemos lograr ese mundo nuevo empapado de los valores del Reino de Dios. ‘El que tenga oídos, que oiga’.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

 


Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

¿Será la muerte una mala jugada que nos hace la vida? Llega un momento en que tenemos que poner punto final a lo que hacemos o a lo que vivimos; unas veces de forma inesperada, una muerte repentina, un accidente, siempre sin que realmente lo deseemos, por muy abrumados que nos veamos en la vida siempre queremos seguir viviendo, otras veces tras dolorosa enfermedad llena de sufrimientos; pero no solo para quien sufre la muerte, por así decirlo, sino también para cuantos rodean a quien ha fallecido, se trastocan los planes, cambian muchas cosas en ese mismo ritmo de vivir, es el desconsuelo, el dolor de la separación, las incertidumbres que se producen en el interior, las preguntas que parece que no tienen respuesta. Pero esa es la realidad.

Pero, ¿podemos seguir manteniendo lo de la mala jugada con que comenzamos la reflexión? ¿No habrá ninguna respuesta? ¿Todo se queda en incertidumbre y en dolor? ¿Llegaremos a pesar que la vida es algo más que eso que vivimos – valga la redundancia – los días que nos toque vivir?

La fe viene a darnos respuestas; la fe viene a poner esperanza en el corazón; la fe es un rayo de luz que nos puede hacer ver las cosas con una nueva claridad. La fe nos hace mirar a Jesús quien nos dijo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. La fe nos hace volvernos también a Jesús con nuestras preguntas, con nuestros dolores, con nuestros vacíos, con nuestro dolor.

Aquellas mujeres de Letanía habían puesto su fe en Jesús, e incluso cuando su hermano Lázaro enfermó, le mandaron recado a Jesús. Pero Jesús no había venido; llegó cuando Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Es la queja de Marta y la queja también de María después. ‘Si hubieras estado aquí…’ Como nuestras quejas y nuestras lágrimas. ¿Qué podemos hacer si tú no estás con nosotros? Como tantas otras preguntas que nos hacemos desde ese vacío que sentimos por dentro. ¿Tendremos que ponernos de nuevo a los pies de Jesús como María de Letanía para escucharle?

Y Jesús habla de vida y de resurrección; Jesús les habla de fe y de la esperanza que no puede faltar en el corazón. Como más tarde les dirá a los discípulos reunidos en el cenáculo que El se va para prepararnos sitio, porque quiere que estemos con El siempre, que donde esté El también estemos nosotros. Como nos había dicho un día que teníamos que comerle a El para tener vida para siempre, porque quien come su Carne y bebe su Sangre El lo resucitará en el último día. Como nos hablaba de un banquete de bodas sin fin al que estamos invitados, donde ya no habrá luto, ni llanto, ni dolor, sino que todo será vida sin fin.

Sí, creemos que El es la resurrección y la vida y que creyendo en El no moriremos para siempre. Nuestro cuerpo un día se consumirá, pero nosotros somos algo más que un cuerpo material. Hay espíritu en nosotros y cuando nos dejamos inundar plenamente por el espíritu de Dios, nos llenaremos de la vida de Dios, viviremos en Dios, y estaremos participando de ese banquete eterno del Reino de los cielos. Decimos reino de los cielos, porque en nuestro modo humano de hablar tenemos que emplear un lenguaje, pero es decir que estamos en Dios y en Dios para siempre.

Cuando nos dejamos iluminar por la fe, cuando somos capaces de sentarnos a los pies de Jesús para escucharle como María de Betania, todo adquiere otro sentido y aunque nos queden los desgarros humanos en la separación por la muerte de los seres queridos, nuestro pensamiento se llena de esperanza y en esa esperanza comenzamos a tener un gozo nuevo, porque si están con Dios, que es infinito en su misericordia, ¿por qué vamos a llorar desconsolados? ¿Por qué nos vamos a dejar embargar por la tristeza? Si nuestra fe nos hace sentirnos unidos a Dios, nos sentiremos unidos también a esos seres queridos que están en Dios, y eso nos llena de esperanza y aparece una nueva alegría en nuestro corazón.

Es el sentido con que hemos de vivir el recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, y el sentido que le hemos de dar a esta conmemoración que en este día celebramos. No es para la tristeza sino para que se abra ante nosotros un camino de esperanza, un camino que nos hará vivir también con un sentido nuevo nuestra vida, porque un día también deseamos estar en Dios para siempre.

No es una mala jugada sino una manera nueva de enfrentar la vida sabiendo de la realidad de la muerte, porque siempre esperamos una vida sin fin.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

 


Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Los contrastes de luz pudieran hacernos conocer mejor la belleza de un cuadro, porque nos haría fijarnos en todos sus matices, pero también nos sucede que si pasamos de un lugar luminoso a un lugar oscuro el contraste producido de alguna manera nos puede dificultar la visión del interior de aquel lugar oscuro, como también de lo contrario si pasamos de un lugar oscuro a un sitio muy luminoso en principio nos cegaríamos con ese contraste de luz en un primer instante sin dejarnos percibir la riqueza de la luminosidad.

La vida también está llena de contrastes que algunas veces no sabemos percibir o también nos cegamos en ocasiones y no somos capaces de ver toda la realidad de la vida; quienes viven en la abundancia no son capaces de percibir las sombras de la pobreza que quizá están muy cercanas; o las opiniones contrastadas de maneras de pensar o de ideologías nos pueden encerrar en alguno de sus aspectos, pero nos ciegan para ver las cosas buenas que también pudieran haber en el otro lado del pensamiento o del actuar de las personas.

Creo que nos hace falta una luminosidad interior para ver crudamente la realidad, pero también para percibir toda la belleza que tiene la vida incluso con esos contrastes y diferencias de matices. Vamos muchas veces demasiado cegados con nuestros pareceres, nuestras opiniones, nuestras particulares visiones que pudieran ser nacidas de algunas circunstancias concretas y no terminar de ver la riqueza que tiene la vida en esa variedad de colores y de luces.

Es difícil muchas veces salirnos de nuestra manera de pensar para apreciar lo bueno que también hay en el pensamiento del otro, y es por eso por lo que tantas veces vamos enfrentados por la vida y no llegamos a aquello de que la unión hace la fuerza, porque cada uno estamos tirando para nuestro lado. Estos pensamientos que estoy ofreciendo quizá necesitaríamos rumiarlos un poquito más en nuestro corazón para abrir más la mente.

En el evangelio y en la vida de Jesús nos aparecen también esos como claroscuros que nos pueden parecer contrastes que nos pueda costar interpretar. Esta página que hoy se nos ofrece está llena de contrastes. Primero la actitud valiente y profética de Jesús que quiere que el templo sea en verdad una casa de oración y no que parezca como un mercado. Pero a partir de este hecho de Jesús aparecen dos luminosidades distintas. Por una parte la reacción de los sacerdotes templo, pero también de aquellos que se consideraban principales en la escala social, fariseos, levitas, maestros de la ley que no entienden la acción de Jesús y quieren quitarlo de en medio, pero al mismo tiempo la gente sencilla – aquellos para los que se revela de manera especial el Reino de Dios como en otras partes aparece – escuchan con paz y esperanza las palabras de Jesús.

Había unas costumbres, unas rutinas en el funcionamiento del templo; por aquello de los sacrificios de animales y ofrendas que allí habían de ofrecerse como culto a Dios, aparecen pronto los comerciantes alrededor del templo de manera que se habían incluso adueñado de los atrios del templo; aquellos lugares propicios para la oración y la escucha de la palabra pronto se hicieron inservibles para la función que habían de desempeñar. Pero era algo establecido – algo que siempre se ha hecho así, como tantas veces decimos para muchas costumbres y rutinas que se nos meten también en nuestra iglesia – y así surge la reacción contra Jesús.

Pero había quien deseaba en verdad el encuentro con el Señor, escuchar con paz y tranquilidad la Palabra, la lectura de la ley y los profetas, incluso a los maestros de la ley que allí las enseñaran, por eso ahora escuchan con gusto a Jesús; lo escuchan llenos de esperanza porque en los gestos de Jesús como en sus palabras algo nuevo se les enseñaba, era la Buena Nueva, la Buena Noticia, el Evangelio que llegaba a aquellos corazones.

Y nosotros ¿qué?, tenemos que preguntarnos. ¿En verdad queremos quitar de nosotros esos obstáculos que no solo en nuestros oídos, sino en nuestro corazón tenemos tan arraigados que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio? ¿Nos cegaremos acaso con los contrastes o tendremos luminosidad suficiente en un corazón limpio como para poder saborear toda la riqueza de la Palabra de Dios que se nos proclama? Mucho más, como decíamos antes, tenemos que rumiar este mensaje de luz y salvación que se nos ofrece.

domingo, 9 de febrero de 2020

Necesitamos nuevas posturas y actitudes que poner en la vida para poder brillar en las tiniebla como una luz


Necesitamos nuevas posturas y actitudes que poner en la vida para poder brillar en las tiniebla como una luz

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16
¿Para qué queremos la sal si ya no nos vale ni para dar sabor a la comida ni para conservar aquello que se puede estropear? ¿Para qué queremos una luz que no ilumine por lo escondida que está en el lugar que la hemos colocado? Ha de tener su sitio adecuado para que con su luz podamos ver; hemos de poner la sal necesaria para que resalte debidamente el sabor de la comida.
Son las imágenes y comparaciones que hoy nos pone Jesús en el evangelio. Y no hay que darle más vueltas ni hacerle decir lo que no nos quiere decir. Pero es que Jesús nos está diciendo que nosotros tenemos que ser sal, que nosotros tenemos que ser luz. ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo… no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte…’ Porque además no se trata de ser candeleros bien adornados y que llamen la atención; lo importante es la luz, pero la luz no es nuestra, la luz con la que nosotros tenemos que alumbrar es con la luz de Jesús. No se tienen que fijar en nosotros, sino que el mundo tiene que dejarse iluminar por la luz.
Tantas veces nos quejamos de las oscuridades de nuestro mundo; tanto decimos del sin sentido, como a la loco, que viven tantos en nuestro entorno. Nos parecen desorientados, nos parece que nuestro mundo camina sin rumbo, nos parece que hay un sin sentido en tanta superficialidad y tanta insolidaridad, en tanta corrupción y en tanta violencia, en tantas manipulaciones de los que se sienten poderosos de alguna manera y de tanto borreguismo en los que vemos que caminan sin sentido dejándose influir y dejándose arrastrar por banalidades o sueños que otros les meten en la cabeza.
Contemplamos todo eso, hacemos análisis de la realidad, manifestamos quizá nuestra insatisfacción pero de ahí o pasamos cuando nosotros tenemos en nuestras manos esa sal y esa luz que de sentido y sabor y que ilumine con un nuevo sentido el devenir de la humanidad y de la historia. ¿No estaremos siendo nosotros esa luz que se oculta o esa sal que se corrompe y ya no da sabor ni libera de la corrupción? Nos quedamos en palabras y no llegamos al ser. Podemos decir cosas hermosas y tener maravillosas ideas en la cabeza pero quizá nuestro corazón está frío y en total oscuridad.
Los cristianos que llevamos veinte siglos con el evangelio en nuestras manos no hemos terminado de meterlo en la vida y en el corazón para convertirlo a través de nuestras vidas en esa sal de nuestro mundo, en esa luz que ilumina la vida de los hombres. Y es que cada vez que hemos encerrado nuestro corazón en la insolidaridad o en la insensibilidad ante los problemas de los que nos rodean y pasamos indiferentes ante los sufrimientos de los otro, hemos ocultado la luz. Cada vez que nos hemos dejado envolver por la violencia y gritan nuestras palabras llenas de ira, gritan nuestros gestos envueltos en maldad, gritan  nuestros actos y nuestras actitudes injustas haciendo daño a los demás, estamos ocultando la luz y echando a perder la sal.
Por eso nos decía el profeta hoy ‘parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora…’ y continuaba luego insistiendo una vez más ‘cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’.
Ahí tenemos la forma concreta de cómo tenemos que ser luz, de cómo tenemos que llevar esa sal que libere de la corrupción nuestro mundo. Y cuidado no seamos nosotros culpables porque nos creíamos muy seguros de nosotros mismos pero nada concreto hicimos quedándonos solo en buenas palabras. Porque tantas veces vamos muy deprisa por la vida, quizás por llevar temprano al templo, pero pasamos de largo por aquel que estaba caído en la vera del camino.
Nos hemos preocupado mucho de embellecer y adornar nuestros templos, porque decimos que son para el culto al Señor, pero pasamos de largo por ese templo vivo de Dios que vemos a nuestro lado en el camino de la vida, desnudo o en solitario, con el sufrimiento de su corazón reflejado en sus rostros o con la mano tendida esperando no solo la limosna de una ayuda material sino la mano tendida de la atención y de la escucha, la mirada que tantas veces bajamos al suelo para no enfrentarnos con las lágrimas de su angustia o de su soledad.
Unas nuevas actitudes y posturas de vida tenemos que saber poner en nuestra vida para que podamos brillar en las tinieblas como una luz. ¿Qué haremos este domingo con los que nos crucemos en la puerta de la Iglesia?

martes, 9 de agosto de 2016

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Hay personas en la vida que saben ser previsoras y están pendientes y vigilantes ante lo que pueda suceder o los imprevistos que en la vida nos puedan aparecer. Personas que saben planificar bien su vida, que sin ser avariciosos saber guardar para estar preparados ante lo que pueda suceder, que saben controlarse que porque hoy tengan mucho puedan pensar que ya todo está resuelto para siempre y saben hacer entonces sus ahorros, tener sus previsiones; bien sabemos de cuantos siempre viven al día y casi lo tienen como filosofía de su vida y tanto tienen tanto gastan viviendo alegremente.
Ya digo no es necesario ser avariciosos para acaparar para tener por tener sin saber disfrutar de lo que se tiene, pero creo que sí es importante que sepamos planificarnos nuestra vida, tengamos objetivos por los que vayamos a luchar y trabajar y seamos capaces de ver las posibilidades que tenemos y hacer los acopios necesarios para poder llegar a cabo la tarea; es señal de un buen administrador y en fin de cuentas eso somos de nuestra vida, unos administradores de esa vida que se ha puesto en nuestras manos; más lo podemos decir cuando vivimos con trascendencia nuestra vida, que tampoco tiene su meta y su fin en los días que en este mundo vivamos.
Podíamos decir que en este sentido quiere hacernos reflexionar hoy Jesús con su parábola. Habla de una boda, de la llegada del novio que todos esperan con la ilusión de la fiesta y los preparativos necesarios, de unas jóvenes encargadas de iluminar el camino y con sus lámparas iluminar también luego la fiesta. Pero no todas las jóvenes fueron lo suficientemente previsoras; la mitad de ellas se contentó con llevar el aceite para que en aquel momento las lámparas iluminaran, no previeron que el novio podía tardar, como luego la fiesta se podía alargar y era necesario tener suficiente aceite para que las lámparas se mantuvieran encendidas. Cuando llegó el novio después de la tardanza ya sus lámparas no iluminaban, no tenían aceite para recebar la lámpara. No pudieron entrar a la fiesta porque mientras fueron a comprar la reserva ya la puerta de la fiesta se cerró.
Tiene, por supuesto, la parábola un sentido escatológico que nos hace pensar en el final de los tiempos, en la vida futura que nos espera, y en el momento en que hemos de presentarnos delante del Señor con nuestra lámpara encendida. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Se mantendrá encendida hasta ese momento final esa lámpara de nuestra vida? ¿Habremos mantenido y alimentado suficientemente nuestra fe? ¿Cuáles son las obras de nuestro amor, qué hemos hecho de nuestra vida? son preguntas que surgen al hilo de la parábola.
Claro que también tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida, de la vigilancia y de la responsabilidad con que hemos de vivir cada momento, de la seriedad con que nos vamos tomando cada una de nuestras responsabilidades y obligaciones, y del desarrollo que hemos de hacer de nuestra talentos, de nuestros valores.
Estamos llamados a iluminar desde ese sentido profundo de la vida que tenemos por nuestra fe en Jesús y esa luz no se puede apagar; pero esa luz no se mantendrá encendida para iluminarnos no solo nosotros sino a los demás si no la alimentamos. Es ese espíritu nuestro que tenemos que entrenar y fortalecer, es la espiritualidad con que hemos de dotar nuestra vida, es esa unión con la gracia del Señor que significará tanto una escucha de su Palabra como un fortalecimiento con los sacramentos, es la oración con que diariamente alimentamos y fortalecemos nuestro espíritu.
Mantengamos encendidas nuestras lámparas porque tenemos que iluminar nuestro mundo.

martes, 7 de junio de 2016

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

1Reyes 17,7-16; Sal.  4; Mateo 5,13-16
Cuando descubrimos algo que es importante en la vida no solo nos enriquecemos nosotros de ese bien que hemos encontrado sino que en un sentido verdaderamente humano de nuestro existir eso tratamos de comunicarlo o de compartirlo con los demás. Lo contrario seria una actitud egoísta en la que pretenderíamos hacernos dueños absolutas de ese bien descubierto lo cual le quitaría verdadera humanidad a nuestra relación con los demás.
En el anuncio que Jesús nos va haciendo del Reino de Dios ayer escuchábamos que nos quería dichosos y felices, ayudándonos a encontrar ese sentido y valor de lo que vivimos aunque fuera en la dureza de las dificultades, pobrezas o sufrimientos. Descubrir ese camino de felicidad que Jesús nos propone es encontrar ese tesoro escondido por el que merece la pena sacrificarlo todo pero que además no tendríamos que quedarnos de forma egoísta con él sino que tendríamos que ayudar a los demás a que también encuentren ese hermoso sentido de la vida.
Por eso nos dice hoy Jesús que hemos de ser sal; hemos encontrado el sabor de nuestra existencia porque encontrar ese sentido de vida que nos ayuda a ser felices de verdad nos ayuda a saborear nuestro ser y nuestro vivir; es la sabiduría de Dios que Jesús quiere trasmitirnos. Pero nos dice que tenemos que ser sal, que dar sabor no solo a nuestra vida sino de cuantos nos rodean. No podemos ser sal que no da sabor, porque eso no tendría sentido; la sal que pierde sus cualidades para nada vale e incluso allá donde la tiráramos estaríamos haciendo daño a la vida. Tenemos el buen sabor de Cristo que ese sí que tenemos que trasmitirlo a los demás. ‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?’
En este mismo sentido nos propone otra imagen, la luz. La luz no es para ocultarla; es para iluminarnos pero también para iluminar a los demás. Quien está envuelto de luz no se puede ocultar; se convierte en luz para los demás también. ‘Vosotros sois la luz del mundo, nos dice Jesús. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa’.
Cuando encontramos a Cristo encontramos la luz; pero encontrarse con la luz no es encontrarse con algo que se queda al margen o fuera de nosotros, sino que cuando nos encontramos con la luz nos envolvemos de ella, nos llenamos de luz, y esa luz nos iluminará el camino; pero envueltos de luz, como decíamos, nosotros seremos también luz. El mensaje del evangelio que encontramos no nos lo podemos quedar para nosotros, no lo podemos encerrar ni ocultar, sino que necesariamente hemos de iluminar a los demás con su luz.
¿Cómo se manifiesta que nosotros hemos encontrado esa luz? Es que cuando estamos iluminados por la luz de Cristo ya nuestra vida no es igual, nuestras obras son distintas, nuestro actuar es de otra manera, nuestro vivir es otro. Por eso terminará diciéndonos Jesús hoy cómo tenemos que iluminar con nuestras obras, con nuestra vida. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Nuestra vida siempre tiene que buscar la gloria del Señor. Encontrarnos con ese sabor de Cristo, ese nuevo sentido de nuestro vivir nos tiene que llevar a dar siempre gloria al Señor.

miércoles, 6 de febrero de 2013


Tenemos que revisar y fortalecer nuestra fe

Hebreos, 12, 4-7. 11-15; Sal. 102; Mc. 6, 1-6
‘Desconfiaban de él… se extrañó de su falta de fe…’ nos dice repetidamente el evangelista. Hoy estamos escuchando a san Marcos y estos domingos pasados hemos escuchado el relato de esta visita a Nazaret que nos hace san Lucas y le hemos dedicado grandes comentarios.
Pero siempre hay un mensaje de vida en la Palabra del Señor cada vez que la escuchemos; siempre hay algo que nos puede ayudar en nuestra fe, en el camino de nuestra vida cristiana; siempre hay algo que nos ayuda a revisar nuestra vida; siempre hay algo que enriquece nuestro corazón.
Ya hemos comentado las reacciones primero de admiración, después de interrogantes y desconfianzas y finalmente de rechazo porque como nos relataba san Lucas hasta quisieron despeñarlo por un barranco que había junto al pueblo. San Marcos no entra en esos detalles, pero sí nos habla de la extrañeza por la falta de fe. Se admiraban de lo que Jesús y hacía pero al mismo tiempo había una desconfianza en su corazón porque lo habían conocido de siempre, conocían su familia y lo que había vivido allí con ellos en su pueblo, y aun no terminaban de entender todo el misterio de Dios que se manifestaba en Jesús.
¿Qué buscaban en Jesús o por qué lo buscaban? ¿Podrían llegar a descubrir ese misterio de Dios que en Jesús se les revelaba? Es necesario desprenderse quizá de ideas preconcebidas; es necesario una apertura y una disponibilidad del corazón; es necesario ser capaz de confiar en Jesús y en su palabra para comenzar a caminar los caminos de la fe. Como tantas veces hemos dicho es necesario caminar caminos de humildad, porque solo desde esa humildad de corazón podemos llegar hasta Dios. El Papa el pasado domingo en este sentido nos decía: ‘Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto con el que Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret’.
Es nuestro camino, el camino que nosotros hemos de hacer también para crecer en nuestra fe. Porque tampoco nos vale decir es que yo he creído de siempre, a mi no hay quien me cambie, yo ya estas cosas de la religión y de Dios ya me las sé. Hemos de descabalgarnos de estas actitudes autosuficientes y dejarnos conducir. El Señor nos habla al corazón, pero también pone a nuestro lado quienes en su nombre nos ayuden a recorrer esos caminos.
A la gente de Nazaret le costaba llegar a reconocer las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús por su falta de fe. Tenemos que pedirle al Señor que nos  haga crecer más y más en nuestra fe. Es un don de Dios, es una gracia de Dios, es un don sobrenatural, pero nosotros hemos de responder a esa gracia de Dios, colaborar dejándonos conducir por su Espíritu, queriendo conocer más y más nuestra fe y dejándonos enseñar.
Este año de la fe al que nos ha convocado el Papa y que vamos recorriendo a eso tiene que llevarnos. Como nos decía el Papa en su convocatoria es ‘exigencia de la misma fe que profesamos el redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo’. La fe que para nosotros no ha de ser nunca una carga pesada, sino algo que hemos de vivir siempre con entusiasmo y alegría.
Esa fe que tenemos que hacer vida nuestra, porque es la que moverá y dará sentido profundo a nuestra existencia. Así nos dice el Papa: ‘Gracias a la fe, esta vida nueva de Jesús plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre’.
Que crezca así la fe en nuestro corazón. Aceptemos a Cristo y a su evangelio y dejémonos conducir por el Espíritu del Señor.