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jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

domingo, 8 de febrero de 2026

No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

 


No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

Isaías 58, 7-10; Salmo 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16

Muchas veces los problemas del día a día de la vida nos agobian, nos parece sentirnos desorientados y sin saber que hacer; son nuestros problemas personas, los interrogantes que se nos plantean ante lo que sucede o lo que vemos, calamidades de todo tipo en la propia naturaleza, problemas que afectan a las personas de nuestro entorno que también nos producen desgarro en el corazón, situación de la sociedad y del mundo en general que algunas veces no sabemos ni por donde vamos o a donde vamos a llegar… cuando tenemos una cierta sensibilidad en nuestro espíritu todo esto nos hace sufrir, nos preguntamos qué podemos hacer, cuál es el sentido de todo esto que sucede, hasta donde llegaría nuestro compromiso y todo eso nos hace sentirnos como a oscuras porque en cierto modo nos sentimos impotentes.

Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos proclama en este domingo nos habla de luz y de sal; dos imágenes que nos han dado hermosas reflexiones y que cuando con sinceridad las escuchamos y las reflexionamos pueden ser también un interrogante para el compromiso de nuestra vida y de lo que cristianos podemos y tenemos que hacer en este mundo tan complejo en el que vivimos. No nos podemos quedar en bonitas palabras y esa es una tentación frecuente; lo podemos convertir en poesía pero si no lo convertimos en vida de poco nos vale.

Porque lo que Jesús nos está diciendo es que nosotros desde nuestra fe en El y habiendo escuchado su Buena Noticia del Evangelio tenemos que convertirnos en esa luz y en sal para nuestro mundo, para ese mundo concreto en el que vivimos con sus sufrimientos, con sus vaivenes que le hacen ir de un lado para otro parece que sin rumbo, o al menos no es el rumbo que a nosotros nos gustaría que tomara.

Creo que lo que nos está pidiendo hoy el evangelio es que echemos pie a tierra, nos metamos de verdad en medio de esos hombres y mujeres que sufren por tan diversos motivos, no los miremos como espectadores que se ponen en frente, sino como quienes nos mezclamos con esas personas que sufren para hacer nuestros sus sufrimientos, sus carencias, sus angustias. Misericordia de verdad es poner el corazón allí donde está la miseria, allí donde está el sufrimiento, donde está ese mal o esa carencia que hace sufrir a tantos y si ponemos el corazón pronto nos pondremos al unísono, pero es precisamente entonces cuando contagiamos de lo que llevamos en nuestro corazón.

El profeta nos decía que compartiéramos nuestro pan con el indigente; compartir no es dar una migaja de lo que nos sobra sino que eso que tenemos lo partimos y entonces lo compartimos, por eso seguía diciéndonos que al que está sin techo le demos hospedaje, al que ves desnudo le cubres su desnudez, y al que está afligido le ofreces tu consuelo llorando con sus mismas lágrimas. Y continuaba diciéndonos el profeta que entonces es cuando brillará tu luz como una aurora, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

Fijémonos en una cosa hermosa, seremos nosotros los primeros iluminados, para nosotros ya no habrá oscuridad. Hemos compartido la luz, hemos querido iluminar a los demás, a nuestro mundo, y nosotros somos los primeros iluminados. ¿No decíamos en nuestra reflexión del principio que ante todo ese agobio que nos produce todo eso que contemplamos alrededor a nosotros mismos nos parecía que estábamos a oscuras sin saber que hacer o qué camino tomar?

Nunca podemos tener palabras de desánimo ni de condena ante lo que podamos contemplar. Es una tentación fácil en la que caemos tantas veces, porque de alguna manera queremos quitarnos de encima la culpa de lo que no hayamos hecho bien y lo fácil es culpar al otro. Nuestra palabra siempre tiene que ser una invitación a la vida, un ayudar a encontrar ese camino de luz. Cuando hemos descubierto el camino buscando ser esa sal y esa luz para los demás, somos nosotros los primeros iluminados, ‘tu oscuridad se volverá mediodía’, que decía el profeta.

Por algo nos decía Jesús en el evangelio que brillen nuestras buenas obras ante los hombres para que todos glorifiquen al Padre del cielo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Estaremos como cristianos y miembros de la Iglesia siendo eso para nuestro mundo de hoy? ¿Cómo tenemos que ser luz, como tenemos que ser sal para nuestra tierra?

viernes, 8 de agosto de 2025

El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

 


El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Los que nos traen buenas noticias son siempre bien recibidos, es más, serán agasajados con mucho entusiasmo y alegría. Hoy tenemos muchos medios de comunicación, de trasmitir noticias que en otros tiempos no teníamos; en mi infancia pasé por esas lagunas difíciles de las consecuencias de la emigración, pues mis hermanos y mi padre se tuvieron que ir a América; recuerdo siempre la alegría y emoción con que mi madre recibía sus cartas, pero más aún cuando alguien regresaba de Venezuela al pueblo acudíamos, como quien espera aguas de Mayo, a visitarle para saber de forma directa las noticias que nos podían traer de nuestra familia; cómo si nos visitaban esas personas para darnos noticia dentro de nuestra pobreza le ofrecíamos lo mejor como reconocimiento de las noticias ‘frescas’ que nos podían traer.

En todos los aspectos de la vida deseamos y necesitamos recibir cosas buenas de los demás, palabras que pongan esperanza y renovada ilusión en nuestras vidas; hay personas que se regodean en traernos noticias de cosas calamitosas, que nos están hablando con un tremendismo que al final lo que hace es poner miedo y temor en el alma, personas que parece que son adictas para hablarnos de cosas que nos quiten el sosiego y la paz, todo lo ven a lo tremendo, todo parece que va a tener un final catastrófico y en lugar de poner luz parece que van llenando el mundo de sombras.

Como decíamos al principio los que nos traen buenas noticias son bien recibidos, estamos deseosos de escuchar palabras de ánimo, que nos llenen de esperanza, que nos abran horizontes, que pongan una nueva luz en nuestra vida y en nuestro mundo. Y esto tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros. Es ‘evangelio’, o sea, buena noticia. Y las buenas noticias ponen gozo en el alma, por una buena noticia somos capaces de caminar lo que sea para ir a su encuentro.

Eso fue la vida de Jesús. Ese ha sido su mandato, esa es la misión que nos ha confiado, llevar una buena noticia a nuestro mundo. Esto tiene que ser siempre el evangelio en nuestra vida. Esa es la esperanza que tiene que suscitar siempre en nuestros corazones. Eso es lo que tiene que ser siempre un impacto para nuestra vida, porque las noticias nos sorprenden, pero si son buenas noticias no solo nos sorprenden sino que nos alegran el alma. Eso es lo que nosotros tenemos que anunciar.

Dicho así parece que resulta todo muy bonito, pero es aquí donde quizás tenemos que preguntarnos muchas cosas sobre el espíritu con que nosotros acogemos esa buena noticia. No podemos decir nunca eso ya me lo sé, eso ya lo he escuchado muchas veces. Para nosotros el evangelio tiene que ser siempre noticia para nosotros, y la noticia no nos cuenta cosas viejas, las noticias queremos que sean siempre nuevas para que realmente sean noticias. Pero ante el evangelio depende de la actitud con que nosotros vayamos a él, con la actitud con que nosotros lo escuchemos.

Es siempre algo nuevo que llega a nuestra vida. Y por muy monótona o de rutina que hayamos hecho nuestra vida, nuestra vida va continuamente cambiando; no vivimos hoy lo mismo que vivimos ayer, cada momento tiene sus circunstancias, cada momento en la vida tiene su novedad, en cada momento podemos descubrir algo nuevo, un nuevo matiz; y el evangelio viene a iluminar nuestra vida hoy, en el aquí y en el ahora, en lo que son ahora mis circunstancias y en lo que hoy estoy realizando. Y ahí tenemos que sentir esa novedad del evangelio, esa luz nueva que nos va ofreciendo el evangelio en todo momento.

Pero eso es lo que tenemos que ser nosotros para los demás. Somos, tenemos que ser portadores del evangelio, evangelizadores, decimos. Y como buena noticia se lo ofrecemos al mundo; de la autenticidad con que nosotros los anunciemos va a depender en cierto modo que como tal lo reciban quienes nos escuchan, como buena noticia para sus vidas. Pero es que tienen que notar que eso ha sido para nosotros y es por eso por lo que se lo trasmitimos. Lo triste sería que nosotros no transmitiéramos buena noticia, porque lo hemos convertido en una rutina en nuestra vida, porque no lo estamos reflejando en nosotros en una vida distinta.

Hoy nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Que no podemos ocultar la luz, como no se puede ocultar una ciudad edificado en lo alto de un monte, ni podemos hacer que nuestra vida no sea sal, porque hayamos perdido el sabor. La sal que no da sabor ya no sirve para nada. ¿Nos estará pasando a nosotros? ¿Qué sabor desde el evangelio le estamos queriendo trasmitir a nuestro mundo? La tenemos que recibir con alegría y con alegría tenemos que transmitirla.

martes, 10 de junio de 2025

No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

 


No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118;  Mateo 5, 13-16

¿Puede la sal dejar de dar sabor? Parece algo imposible, pero si así sucediera se convierte en una arena, por decirlo de alguna manera, inservible. Para que la pisotee la gente, para echarla en nuestras carreteras en las heladas y después ni a la tierra de cultivo podríamos echarla porque llenaría la tierra de una salinidad que la haría improductiva.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando nos dice que quien le sigue, quien ha asumido el evangelio como opción de su vida tiene que ser sal que dé sabor a la vida; es la sabiduría del evangelio del que nos hemos empapado para luego ser sabiduría para los demás. No es una cuestión baladí la que Jesús nos está planteando con estas imágenes que se nos ofrecen en este texto de hoy. Y ya nos tendría que llevar a preguntarnos ¿qué sabor le estamos dando los cristianos a nuestro mundo, a nuestra sociedad?

Hoy el evangelio está lleno de imágenes. Jesús las hablaba a las gentes con imágenes para que captaran el hondo sentido de sus palabras. Porque son cosas que vemos en la vida de cada día; tenemos la sal para nuestras comidas, tenemos la luz para iluminarnos. Por eso hoy está diciendo que no encendemos la luz para ocultarla. Como nos dice, si queremos que ilumine no la podemos esconder debajo de un celemín, sino ponerla en alto. Sabemos que el celemín es como una medida por ejemplo para nuestros cereales, un cajón con un determinado tamaño que nos da una cantidad, el celemín aunque sean medidas que hoy no son usadas habitualmente. Y Jesús nos está diciendo que la luz tenemos que ponerla en alto, en un lugar estratégico para que sus rayos luminosos puedan abarcar el mayor espacio posible y todos nos podamos beneficiar.

La imagen de la luz se nos repite en el evangelio de muchas maneras; desde las que tienen que salir con las lámparas encendidas para iluminar el camino del novio que viene al encuentro con su esposa, como luego colocadas estratégicamente en la sala del banquete para que podemos disfrutar de la comida y de la fiesta. Pero será imagen que se utiliza al principio del evangelio de san Juan para de alguna manera describirnos lo que era la misión de Jesús y lo que tiene que significar nuestra fe. Luz va repartiendo Jesús en todos aquellos a los que saca de su ceguera, que se convierte en imagen de lo que significa encontrarnos con Jesús y su evangelio, porque quien le encuentra no andará en tinieblas. Gritará Jesús en un momento determinado para que vayamos a El y en El encontremos luz.

Pero hoy la imagen de la luz va en el camino de lo que somos nosotros con nuestra fe y lo que tenemos que ser con nuestra vida. Es el testimonio de luz que tenemos que dar. ‘Sois la luz del mundo’, nos dirá y no podemos ocultar esa luz, no podemos ocultar esa fe que ha iluminado nuestra vida. Tenemos que resplandecer quienes estamos llenos de luz. Y nos dice que igual que la luz no se oculta bajo el celemín, nos dice que la ciudad puesta en lo alto de la montaña no se puede ocultar. Y somos nosotros esa ciudad que tenemos que convertirnos en medio del mundo en ese faro que ilumine y que oriente - ¿qué hace el faro en la orilla del mar sino iluminar, orientar, decir lo cerca que estamos de puerto seguro, o prevenirnos de los peligros de las rocas que podamos encontrar en medio del mar? -, es lo que nosotros tenemos que ser.

Terminará diciéndonos Jesús que así ilumine nuestra luz la vida de los hombres para que todos puedan dar gloria a Dios. Todo se convierte en un interrogante, en una pregunta seria que tenemos que hacernos en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Seremos esa luz? ¿Seremos esa sal? ¿Habremos ido perdiendo esa luminosidad y ese sabor de evangelio que tiene que desprenderse de nuestras vidas? A pesar de que somos tantos los que nos decimos cristianos, ¿cómo es que aun no hemos contagiado de ese sabor al mundo que nos rodea? ¿Estaremos los cristianos confundiendo a los demás porque no sabemos estar en el sitio y el momento adecuado para dar testimonio de esa luz?

martes, 11 de junio de 2024

Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

 


Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

Hechos de los apóstoles 11, 21-26; 13 1-3; Salmo 97; Mateo 5, 13-16

¿De qué me vale tener una tonelada de sal guardada en la bodega si luego la comida está insípida y sin sabor o se me echan a perder los alimentos por no guardarlos debidamente con la sal que poseo? ¿De qué me vale tener muchas baterías acumuladas de energía pero bien guardada si no las utilizo para alumbrar allí donde estoy y vivo en total oscuridad?

Parecería un absurdo. Pero ¿no será lo absurdo en que de alguna manera vivimos los cristianos que teniendo la riqueza del evangelio no llenan de luz y de sabor nuestro mundo porque no somos capaces de difundir el mensaje del evangelio?

Tenemos una fe, hemos recibido la gracia del bautismo, en nuestras manos está el conocimiento de Jesucristo y el conocimiento de Dios, tenemos con nosotros el evangelio de Jesús ¿y qué es lo que vivimos? ¿Qué es lo que trasmitimos a ese mundo que nos rodea?

Estamos luego muy prontos para hablar y para quejarnos, para denunciar muchas situaciones que no nos gustan y para decir lo mal que andan las cosas y toda la problemática de nuestro mundo tan envuelto en tinieblas de ignorancia, de violencia, de desenfreno en muchas cosas; nos quejamos de la oscuridad pero no somos capaces de encender la luz. Es lo que estamos haciendo los cristianos porque tenemos la semilla en nuestras manos y no somos capaces de sembrarla.

Hoy nos está diciendo Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Y ya no solo es que nosotros nos dejemos iluminar por esa luz del evangelio tratando de vivir lo que nos enseña Jesús como sentido de nuestra vida, sino que además no somos capaces de llevar esa luz a los demás. Tenemos que ser sal nos dice Jesús, repito, no solo porque nosotros hayamos encontrado ese sabor de Cristo para nuestra vida dándole un sentido y un valor a lo que somos, a lo que vivimos, a lo que hacemos, sino que esa sal tenemos que llevarla también nuestro mundo.

Como nos dice Jesús no se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte. Y eso tenemos que ser nosotros; es el testimonio que tenemos que dar, es por lo que tienen que reconocernos, son los valores que nosotros hemos de vivir y que han de ser reflejo para el mundo que nos rodea. No nos podemos ocultar. Pero muchas veces nos da miedo dar ese testimonio, dar la cara por aquello que son nuestros principios, los valores por los que nosotros vivimos, y parece que vamos de vergonzosos por la vida, porque nos da miedo dar la cara por la verdad, por la justicia, por el bien, por el amor.

La luz hay que ponerla donde ilumine. Es lo que tenemos que ser nosotros. Y vivimos nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, y no nos da miedo decir que lo hacemos desde el compromiso de nuestra fe; y trabajamos para que la gente viva en sana convivencia, en armonía siendo siempre instrumentos de paz, y lo hacemos porque desde Jesús nos sentimos comprometidos. No solo tienen que repicar las campanas de nuestras iglesias para decir que allí hay una comunidad cristiana, sino que tiene que notarse nuestra presencia en el mundo con nuestros valores por los que luchas para hacer que nuestro mundo sea mejor.

Tenemos que ser sal, nos dice Jesús. Y la sal se mezcla con los alimentos porque así es como les da sabor y así es como pueden conservarse sanos. ¿Estaremos en verdad mezclados los cristianos que creemos en Jesús con ese mundo que nos rodea, pero para desde dentro irle dando ese nuevo sabor a nuestro mundo porque trabajamos para hacer que todo tenga un nuevo sentido desde los valores del evangelio? Parece que los cristianos rehuimos estar ahí en medio de todo lo que es el entramado social para ser sal, y al final nos dejamos contagiar y no hacemos valor lo que son nuestros valores y nuestros principios. Una sal que no vale para sazonar aquello con lo que se mezcla no es buena sal, se ha echado a perder, se ha corrompido, ¿será eso lo que nos pasa a los cristianos que no estamos logrando que en nuestra sociedad brillen esos valores que nos trasmite el evangelio y es por eso la pendiente resbaladiza por la que se va deslizando nuestro mundo?

Es serio lo que nos plantea hoy Jesús de ser luz y de ser sal. A ver cuándo nos lo tomamos en serio.

viernes, 26 de abril de 2024

Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida, no ocultemos el evangelio que es una luz que tiene que iluminar

 


Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida, no ocultemos el evangelio que es una luz que tiene que iluminar

1Corintios 2, 1-10; Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Se me ocurre pensar que la luz no es para si misma, sino que tiene la función de alumbrar a los demás, o iluminar el entorno que la rodea. La luz en si misma no la podemos guardar, meter en un armario para luego utilizarla cuando queramos; podremos guardar la energía, o aquellas cosas que nos puedan producir luz, pero no la luz en si misma. Allí donde hay luz todo se ilumina, allí donde hay luz nosotros podremos movernos y caminar, como podremos contemplar cuanto nos rodea y en consecuencia la belleza de nuestro entorno. La luz, entonces, nos hace vivir, nos ayuda a vivir.

Se me ocurren estos pensamientos previos ante el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla de la luz y de la luz que tiene que iluminar, de la luz que nosotros hemos de ser con la que tenemos que iluminar. Será una luz que se enciende en nosotros, pero es una luz que nosotros recibimos. En fin de cuentas se nos está hablando del evangelio, de nuestro encuentro con Jesús y de cómo en El nos sentimos iluminados para nosotros transformarnos en luz, convertirnos en luz con la que tenemos que seguir iluminando a los demás.

A lo largo del evangelio es una imagen que se repite. Jesús es esa luz que viene a iluminar el mundo, por eso cuando Jesús comenzó a predicar, anunciando la llegada del Reino de Dios, por Galilea, el evangelista recordará aquel pasaje de los profetas que nos habla de que el pueblo que habitaba en tinieblas y en sombras de muerte se iluminó con una luz nueva. Es lo que significó la presencia de Jesús; es lo que con signos Jesús nos va expresando cuando va devolviendo la vista a los ciegos y despertando a una nueva vida y a una nueva esperanza a aquel pueblo que habitaba en tinieblas. Es lo que significa nuestro encuentro con Jesús; es lo que significa esa fe que ponemos en El.

Con Jesús la vida adquiere un nuevo sentido y valor; es una nueva sabiduría que inunda nuestra vida, es una nueva forma de vivir y de actuar. No nos faltarán los problemas y las dificultades, seguiremos con nuestras dudas y nuestros tropiezos, los problemas del mundo que nos rodea son los mismos, pero tenemos una nueva forma de afrontarlos, una nueva forma de caminar, una fuerza para superar obstáculos y dificultades, para vencer el mal que nos tienta, para caminar en una nueva rectitud, para comenzar a tener una mirada distinta a cuantos nos rodean, para caminar con la fuerza del amor.

Pero, como decíamos, esa luz no es para guardarla para nosotros sino esa luz es para repartirla. Es lo que nos está pidiendo Jesús cuando nos dice que somos luz del mundo y sal de la tierra. Y nos dice que la luz no es para guardarla metida en un cajón, sino para ponerla en alto e ilumine todo alrededor. Nos dice que somos sal, pero la sal es para preservar y para dar sabor; no nos vale tener guardada la sal en el armario si no la utilizamos para darle sabor a la comida o para preservar de la podredumbre lo que queramos guardar.

‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente’. Como nos seguirá diciendo también, ‘vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos’.

Ahí está nuestra tarea y nuestra misión. No podemos ocultar la luz, no podemos dejar que se eche a perder la sal. Tienen que cumplir su función. Tenemos que cumplir nuestra función, de la que no podemos escaquearnos. ‘No podemos ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte’. Y eso tenemos que ser nosotros. Es la acogida, y de ahí la imagen de la ciudad, pero es también la salida de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás llevando nuestra luz.

¿Qué estaremos haciendo con nuestra luz? ¿Qué estamos haciendo con esa fe que decimos que tenemos en Jesús? ¿Qué estamos haciendo con el Evangelio, la buena noticia que tenemos que llevar a los demás?  Hacen falta testigos. No nos quejemos de lo mal que anda la vida, de lo mal que anda nuestro mundo. Eso es una cosa fácil de hacer, quejarnos. Pensemos qué luz le estamos llevando nosotros desde nuestra fe al mundo que nos rodea. No nos escondamos. Salgamos a la periferia de nuestro mundo a llevar el evangelio. Es el testimonio de nuestra vida de creyentes que con valentía tenemos que ofrecer a los que nos rodean y que no siempre hacemos. Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida.

 

 

martes, 13 de junio de 2023

Nuestra tarea y compromiso convertirnos en testigos de luz para ayudar a que no nos confundamos con esas luces parpadeantes que como señuelos nos quieren atrapar


Nuestra tarea y compromiso convertirnos en testigos de luz para ayudar a que no nos confundamos con esas luces parpadeantes que como señuelos nos quieren atrapar

 2Corintios 1, 18-22: Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Queremos llegar a un determinado lugar y en medio de la noche tenemos que atravesar carreteras, calles y avenidas que están parpadeando de luces todas partes que nos hacen guiños como para atraer nuestra atención; las publicidades comerciales que nos anuncian lugares, productos, cosas que intentan que nos interesemos por ellas y en ellas nos quedemos; pero no es esa luz como meta de nuestra vida la que vamos buscando y tenemos que no dejarnos cautivar por sus ilusorias llamadas para que al final podamos alcanzar nuestro objetivo, nuestra meta.

Es imagen de la vida, con sus cosas atractivas, con sus guiños y sus llamadas, con tantas cosas que nos tientan y nos quieren embaucar; tantas cosas que nos dicen que son las que nos dan la felicidad al instante; tantas llamadas que nos prometen riquezas y abundancias, prestigios o influencias, grandezas y vanidades como si en ellas estuviera el verdadero sentido de la vida. Tenemos que buscar la luz que da verdadero sentido a nuestra vida, que nos puede conducir por camino cierto, que puede poner esperanza en la vida que a veces nos vuelve tan tormentosa, aquello que dé verdadero sabor a nuestra existencia, aquello que nos conduzca a la verdadera plenitud.

Sabemos donde está esa luz, sabemos quien es esa luz para nosotros. Por eso buscamos a Cristo y queremos dejarnos iluminar por su luz. Es la luz que nos da vida y que llena de la verdadera vida a nuestro mundo, es la luz que es nuestra salvación, es la luz que nos llena de verdadera esperanza y con quien nos sentimos seguros de que hay algo mejor, que podemos hacer las cosas de manera distinta, que podremos encontrar esa felicidad que llene hondamente nuestro corazón.

Pero encontrarnos con esa luz, llenarnos de esa luz nos compromete. Nos compromete a que tenemos que ser testigos con nuestra vida de esa luz; nos compromete porque nos convierte en portadores de luz y tenemos que llevar esa luz a los demás, esa luz a nuestro mundo para que en verdad encuentre el verdadero rumbo que lleva a la plenitud.

No podemos ocultar esa luz, no podemos disimularla, no podemos dejar que se mezcle y se confunda con esas otras luces que parpadean como si fuera una luz más. Para nosotros es la autentica, estamos convencidos porque lo palpamos en nuestra propia vida cuando nos dejamos iluminar, y por eso tenemos que llevarla con entusiasmo a los demás.

¿Qué estaremos haciendo de esa luz? ¿La estaremos ocultando debajo del celemín en lugar de poner en el alto candelero para que alumbre a todos los de la casa? ¿Qué sincretismos estaremos haciendo en la vida en donde todo lo mezclamos y todo nos parece igualmente bueno? ¿Será que hemos perdido el combustible que alimenta esa lámpara y ya todo nos da igual y se nos ha debilitado nuestra luz?

Recordemos que las doncellas que tenían que salir a iluminar el camino para el esposo que llegaba tenían que llevar suficiente aceite en sus alcuzas para que las lámparas no se apagaran. Hemos dejado debilitar nuestra ve, hemos bajado el listón de nuestras exigencias a nivel personal, de nuestro crecimiento y superación personal, de las metas que nos habíamos de haber puesto en el camino de nuestra vida cristiana, se nos ha enfriado nuestra espiritualidad y nos hemos contagiado del materialismo de la vida.

Termina hoy diciéndonos Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. Muchos a nuestro alrededor se pueden dejar engañar por esas luces parpadeantes que apartan del verdadero camino, pero ahí tenemos que estar nosotros para señalar desde el testimonio de nuestra vida que se convierte en luz para enseñar el camino que nos lleva a la verdadera luz, que nos lleva a Jesús.


miércoles, 26 de abril de 2023

La luz del evangelio no se puede ocultar, hay que ponerla allí donde más se necesita y mejor pueda iluminar nuestro mundo, es nuestra tarea como seguidores de Jesús

 


La luz del evangelio no se puede ocultar, hay que ponerla allí donde más se necesita y mejor pueda iluminar nuestro mundo, es nuestra tarea como seguidores de Jesús

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Al organismo o a la persona que le corresponde suministrar la luz para una población, si no cumple debidamente su cometido, porque hay cortes de energía muy frecuentes y además sobre todo en que la población, ya sea por sus trabajos, o también porque llegan las horas de la noche y la necesita para hacer su vida familiar o incluso su vida de ocio más necesita de esa energía le falla, probablemente se verá asediado de quejas, de recriminaciones, de exigencias de responsabilidad. Tiene que cumplir su función, tiene que suministrarnos esa energía para que podamos tener luz en los momentos que la necesitamos o se puedan desarrollar todas las actividades que conforman la vida de un pueblo o una sociedad.

Pues bien, habiendo escuchado el evangelio que en esta fiesta se nos propone, me pregunta si no tendrán que reclamarnos a los cristianos, no tendrá incluso que reclamársele a la Iglesia que no se está siendo esa luz que el mundo el mundo necesita y que tenemos la obligación de proporcionarle.

Está claro lo que nos dice Jesús, que la luz no se puede ocultar, que la luz hay que ponerla allí donde más se necesita y mejor pueda iluminar; y nos está diciendo Jesús a los que creemos en El y queremos seguirle que somos luz del mundo y sal de la tierra. ¿Estaremos de verdad iluminando a nuestro mundo? ¿Estaremos por el testimonio de nuestra vida siendo esa luz para los  hombres de hoy? ¿Por qué sigue habiendo tanta oscuridad si decimos que somos tantos los cristianos que creemos en Jesús?

Todos con mucha facilidad nos quejamos de que el mundo anda mal; nos sentimos sobrecogidos ante tanto mal que reina en nuestro mundo, injusticias, pobreza, falta de paz, corrupción a todos los niveles, hipocresía y falta de autenticidad, y así podríamos seguir haciendo una lista interminable. Es el mal que le duele a nuestro mundo, es el mal que nos llena de tanto sufrimiento, es el mal que nos hace un mundo enfermo y un mundo de muerte. Pero Jesús nos envió a curar a ese mundo, a iluminar a ese mundo, a hacer un anuncio de evangelio que transforme ese mundo.

Y como hemos escuchado recientemente nos dio poder para curar, para sanar, para resucitar y llenar de nueva vida, para expulsar demonios, para expulsar ese mal de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho? ¿Dónde por nuestro testimonio y nuestra palabra se están haciendo reverdecer de nuevo los signos del Reino de Dios? ¿No habremos ocultado la luz en lugar de ponerla en lugar bien visible para que alumbre a todos los de la casa?

Yo me miro a mí mismo caminando en medio de la gente que me rodea, familias, amigos, vecinos y me pregunto en qué medida yo soy luz para esas personas, qué anuncio estoy haciendo del evangelio de Jesús, cómo atraer a esas personas que hoy vemos tan indiferentes por ejemplo al hecho religioso, a una vida cristiana, a una cercanía de la Iglesia para que descubran que hay una luz que nos ilumina y nos da un nuevo sentido, y eso lo puedan palpar en mi vida. Algunas veces siento que soy uno de tantos que de igual manera va caminando sin luz que reflejar en medio de ese mundo a oscuras. Me inquieta eso en el corazón.

Y sí, tenemos que preguntarnos seriamente, si la Iglesia hoy está dando verdadero testimonio de esa luz con lo que hace que algunas veces da la impresión que solo sabemos mantener unos fuegos sagrados, pero que no terminan de ser esa luz que ilumine y que atraiga desde una tarea de verdadera evangelización. Nos conservamos muchas veces con unas celebraciones muy pías para dentro, para los de siempre, pero no se es capaz de despertar a algo nuevo como tiene que ser siempre el evangelio de Jesús.

domingo, 5 de febrero de 2023

Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

 


Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

Hoy es uno de esos momentos cuando escucha uno el evangelio dice ‘¡ay, qué bonito!’ La imagen de la luz y de la sal que emplea Jesús en el evangelio es muy socorrida, la hemos escuchado muchas veces y en distintos momentos y muchas son las explicaciones que se nos han dado de tal manera que tiene el peligro  de que la sal se nos vuelva sosa. Ya nos lo sabemos, decimos, y nos ponemos a dar explicaciones fáciles. Pero, ojo, todo se nos puede quedar en palabrería, en palabras bonitas, porque la imagen nos da pie a ello, pero terminemos detrás de toda esa palabrería metiendo la luz debajo del cajón, ocultándola bajo el celemín y ya no nos dará luz. El peligro de sabernos las cosas y no dejarnos sorprender.

Porque lo tenemos claro, Jesús nos está diciendo que tenemos que ser luz, que tenemos que iluminar. ¿Y cómo se hace eso? Fácilmente respondemos porque demos ejemplo con nuestras obras, con nuestra vida, que se note que creemos en Jesús, que somos cristianos, seguidores de Jesús. Y sigo preguntándome, y eso, ¿cómo se hace? ¿Nos vamos a poner en la calle a gritar delante de todo el mundo que somos cristianos y creemos en Jesús? A lo mejor está bien hacerlo, ¿pero seríamos capaces? ¿Y a la gente le impactarían esos gritos? ¿Serán, acaso, otros los gritos?

La propia palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos lo está diciendo. El profeta nos has dicho claramente cuando nuestra vida se volverá luz. Y no es que nos tengamos que poner una aureola luminosa alrededor de nuestro cuerpo. Y no está muy lejos de lo que nos decía Jesús en el pasado domingo sobre las bienaventuranzas. Estos textos y otros que escucharemos en los domingos siguientes antes de comenzar la Cuaresma forman en su conjunto el llamado sermón del monte.

Nos hablaban las bienaventuranzas de pobres y de hambrientos, nos hablaba de gente que lloraba y sufría y de quienes eran perseguidos, nos hablaba de violencias que hemos de transformar en paz y de la rectitud de nuestro corazón frente a tantas villanías que podemos encontrar a nuestro alrededor. Y hablaba Jesús de dicha y de caminos de felicidad, nos hablaba que así nos llenaríamos de Dios porque es la única manera de ver a Dios. Y hoy, como una continuación de aquel texto, se nos habla de resplandecer de luz y de llenar de sabor nuevo nuestro mundo. Unamos ambas cosas.

El profeta nos decía que cuando partimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre que no tiene techo o vestimos al que está desnudo, y no te desentiendes de aquellos que tienes que mirar como cosa tuya, como si te estuvieras mirando a ti mismo, entonces surgirá tu luz como una aurora, es el momento en que comienza a brillar una nueva luz, como cada aurora al amanecer que vence las tinieblas de la noche. 

Y continuaba diciéndonos de cuántas cosas tenemos que apartarnos para que no nos dejemos envolver por esas sombras y tinieblas, la opresión, la maledicencia, las envidias y los recelos, los orgullos y las desconfianzas, las acusaciones y las condenas con que de manera tan ligera juzgamos lo que hacen los demás. Cuando seas capaz de desprenderte de lo tuyo para saciar el hambre de los demás, entonces comenzará a brillar tu luz.

Por eso terminaba diciéndonos hoy Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

Ya sabemos cómo. No nos quedamos en decir que es un texto bonito. Estas palabras del evangelio tienen que herirnos por dentro. Sí, porque tenemos que sentirnos interpelados, porque no terminamos de hacer eso que nos está diciendo Jesús, porque edulcoramos tanto el evangelio que le quitamos el sabor a la sal con que tenemos que dar sabor, primero que nada, a nuestra propia vida, para que podamos dar ese sabor nuevo a ese mundo, porque lleguemos de verdad a contagiar a los demás de ese espíritu del evangelio.

Vayamos poniendo sal, vayamos encendiendo la luz; son muchas las oportunidades que tenemos, porque ese listado que nos ofrecían las bienaventuranzas el pasado domingo sigue estando presente en nuestro entorno. Necesitamos abrir los ojos y los oídos, porque muchas veces los tenemos delante de nuestras propias narices, pero nos hemos quedado mirándonos la punta de nuestra nariz y no hemos sido capaces de mirar más allá, un más allá que está muy cercano a nosotros. Dichosos los que saben hacerlo, porque también hemos de reconocer que hay gente que se sacrifica y se da por los demás, en ellos se cumple la bienaventuranza del evangelio.

Tenemos muy presentes muchas obras piadosas, muchos signos religiosos que quizás también muchos quisieran hacer desaparecer – y eso parece que sí nos duele -, pero no terminamos de dar el testimonio del evangelio porque no llegamos a ver ese mundo de sufrimiento – y ese sí que tendría que dolernos de verdad – donde tenemos que poner nuestra luz, o sea, poner nuestra vida concreta y nuestros gestos y compromisos de amor.

martes, 7 de junio de 2022

No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

 


No seamos cristianos para el arrastre, nuestro testimonio haga que la sal de nuestros valores vaya impregnando cuanto nos rodea para que encuentre su verdadero sabor

1Reyes 17, 7-16; Sal 4; Mateo 5, 13-16

La sal para dar sabor o para evitar la corrupción, y la luz para colocarla en el sitio más oportuno para que ilumine. Como se suele decir, cuando una cosa está muy clara, no es que hayan descubierto el mediterráneo. Pero sí, una cosa tan elemental y tan sencilla parece, sin embargo, que es algo que falta mucho. ¿Habremos encontrado el verdadero sabor? ¿Nos habremos librado de corrupción y de muerte? ¿Todos nos iluminamos con la misma luz?

Jesús hoy nos hace algunas consideraciones, así como de pasada, como se dice, sin mala intención. ¿Y si la sal pierde el sabor? ¿Y si la luz no la hemos colocado en el lugar más adecuado, sino que más bien se nos ha ocurrido ocultarla debajo del cajón? ¿A quien se le ocurre? Podríamos comentar, pero miremos si algo así no nos está pasando.

Porque Jesús nos está diciendo a los que creemos en El y queremos seguirle que es eso lo que nosotros tenemos que ser, sal y luz, sal que dé sabor y preserve de la muerte y luz que ilumine y nos haga encontrar el sentido de verdad. Primero tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos, descubrir si hemos encontrado ese sabor, si en verdad estamos iluminados por su luz.

A veces los cristianos no terminamos de darnos cuenta en qué tenemos que diferenciarnos de los demás; todo nos puede parecer bueno, nos conformamos con lo que otros hacen desde sus propios planteamientos y parece que nosotros no tenemos nada que decir, no hay algo nuevo que tenemos que matizar, nos da igual lo que otros digan y no somos capaces de ver las diferencias.

No hemos encontrado la sal, no hemos encontrado el sabor que desde nuestra fe tiene que tener nuestra vida; y vamos mezclándolo todo, y andamos en unas tremendas confusiones, y no somos capaces de mantener unos principios, o a la hora de una elección decantarnos por lo que hayamos descubierto desde el evangelio que tiene que ser nuestra vida. Hemos ido dejando por otra parte que la corrupción se vaya adueñando de nuestro mundo. Y donde hay corrupción sabemos que fácilmente nos podemos contagiar; una manzana podrida lleva la corrupción a todo el cesto de manzanas. No hemos encontrado esa luz que nos ilumina y con la que nosotros tenemos que iluminar a los demás.

Es triste pero parece que somos cristianos del arrastre, nos vamos arrastrando detrás de cualquier cosa sin hacer notar lo que en verdad son los valores que aprendemos desde Jesús y su evangelio. Parece que no tenemos una palabra que decir; parece que no tenemos una luz con la que iluminar; parece que poco nos importa el camino que nos ha trazado Jesús y que hemos de seguir. ¡Qué poca influencia estamos teniendo los cristianos en el mundo a pesar de que decimos que somos tantos! No hacemos oír nuestra voz.

Qué necesario es que nos impregnemos de verdad cada vez más del evangelio. como la sal que se impregna en el alimento de tal manera que al final no sabemos donde está la sal, pero si sabremos que aquel alimento tiene un nuevo sabor, así necesitamos impregnarnos bien, empaparnos bien del evangelio. Es impregnarnos de Dios, es sumergirnos en su Espíritu, es sentirnos iluminados por su luz de manera que resplandezcamos, que nuestra vida se presente así como se faro de luz que todo lo inunda, que nos hace encontrar la verdad de nuestra vida, que nos permite dejarnos conducir por el Señor.


Es el testimonio que tenemos que dar. Porque aunque muchas veces digamos que en el mundo hay un rechazo a lo que tenga el sabor cristiano, sin embargo hoy está nuestro mundo, están nuestras gentes en un camino de búsqueda, aunque muchas veces no sepan a donde dirigir sus pasos, de alguna manera están buscando una luz, un sentido, algo que les dé valor a sus vidas. 

Es el testimonio que tenemos que dar, si de verdad hemos plasmado en nuestras vidas el sentido del evangelio; nuestros valores resplandecerán, nuestra sal impregnará a ese mundo que nos rodea para que pueda encontrar el verdadero sabor para sus vidas.

martes, 26 de abril de 2022

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

 


Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

De lo que llevamos en el corazón hablan nuestros labios, se suele decir; y no es solo que hablen nuestros labios sino que lo expresamos con el conjunto o la totalidad de nuestra vida. Es la congruencia de un hombre maduro que actúa como piensa, vive según sean sus principios, y no estará nunca lejano su actuar de la vida de lo que piensa y lleva en el corazón. Eso lo podemos llamar madurez, como lo podemos llamar congruencia. Algo importante en la vida, aunque también en ello manifestemos muchas veces nuestra debilidad.

Es lo que nos pide Jesús en el evangelio de diferentes maneras. En el texto que hemos escuchado hoy se nos habla de la sal y de la luz. La sal con que hemos de impregnar nuestro mundo para darle un nuevo sabor. Ya sabemos cómo la sal no solo preserva de la corrupción o de que nuestros alimentos se vuelvan malos, sino que viene a darle el sabor justo a nuestra comida, a nuestro alimento. Resalta el sabor para hacerlo más agradable y apetitoso.

Y Jesús nos dice que somos como la sal en medio de ese mundo que nos rodea. Y es que aquello que por la fe llevamos en el corazón, como decíamos antes lo reflejan nuestros labios, lo refleja nuestra vida, y es de lo que tenemos que contagiar al mundo, con lo que tenemos que darle el sabor de Cristo a nuestro mundo.

¿Qué pasará con nuestra sal? ¿Se habrá vuelto sosa? ¿O acaso será que somos nosotros los que no terminamos de dejarnos impregnar por ese sabor de Cristo? Es una interpelación muy fuerte.


Vivimos en un mundo que siempre hemos dicho que es cristiano, hay toda una cultura manifestada en tantas y tantas obras que son fruto de esa cultura cristiana que incluso de forma maravillosamente extraordinaria se expresa en el arte que hemos heredado de siglos, pero estamos viendo, sin embargo, que nuestra sociedad es cada vez menos cristiana, que a nuestra sociedad le importa cada vez menos la religión, el evangelio, Cristo o los cristianos. Es más, nos encontramos cada vez más en un mundo adverso a todo lo que suene a cristianismo, religión, iglesia, etc.…

¿Qué habrá sucedido? ¿Nos habremos dormido en viejos laureles pero no nos habremos preocupado en verdad de empaparnos de ese sentido cristiano y así Cristo está cada vez más lejos de nuestra sociedad y de nuestro mundo? ¿Habrá perdido sabor nuestra sal? ¿Ya no somos esa sal en medio del mundo que nos rodea? Es una realidad que tenemos que reconocer y que nos tiene que interpelar a los cristianos que tan poco influimos ya en nuestra sociedad. A mí realmente me preocupa aunque reconozco que no sé ni cómo expresarlo bien.


Precisamente estos textos del evangelio que nos han servido de pauta para nuestra reflexión, aunque mira por donde vamos ya, nos los ofrece la liturgia porque estamos hoy celebrando a un santo además español, San Isidoro de Sevilla, que en sí mismo fue toda una enciclopedia en su vida, en su saber y en sus escritos con una influencia muy grande en la España de su época. De él no se apartó nunca su sentido de Cristo y de cristiano y eso lo insufló en todo el saber de la época a través de sus escritos. Fue un santo Obispo de Sevilla, pero fue todo un sabio de su tiempo.

Es lo que necesitamos hoy. Que en verdad los cristianos nos hagamos muy presentes en el mundo de hoy y también en su cultura; en diálogo por supuesto con las corrientes de pensamiento distintas que se van generando con el paso de los tiempos y que también afloran en la cultura actual, pero sin dejar en la sombra nuestro pensamiento desde el sentido cristiano de la vida que tanto  ha contribuido a través de la historia a la construcción de nuestra sociedad y que puede y tiene que seguir contribuyendo hoy.

Eso es también ser sal de la tierra y luz del mundo, como hoy nos pide Jesús en el evangelio. No nos podemos ocultar los cristianos con nuestros miedos al mundo de hoy, encerrándonos en nuestros cenáculos y no siendo capaces de salir a las plazas de la vida y de la cultura de hoy para presentar también nuestro mensaje. En nuestras manos podemos tener poderosos altavoces desde donde pregonemos nuestro mensaje, los púlpitos de la vida moderna, que tenemos también que saber aprovechar.

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que en Cristo podemos encontrar.

 

martes, 8 de junio de 2021

Con el sabor del evangelio ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo

 


Con el sabor del evangelio ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Esta comida no tiene sal, no tiene sabor, nos quejamos cuando nos presentan un alimento sin haberlo condimentado debidamente. No tiene sabor, no sabe a nada. Por prescripciones médicas en algunas circunstancias nos obligan a comer sin sal, y que difícil se hace; nos hemos acostumbrado al buen sabor que cuando nos falta, cuando la comida es insípida, no la pasamos.

Y hoy nos habla Jesús de la sal en el evangelio, y nos habla también de la luz. Y nos dice que nosotros tenemos que ser la sal de la tierra. Nos confía una misión, dar sabor al mundo. Y es que quien se ha encontrado con Cristo ha encontrado el sabor de su vida y la vida del cristiano no puede ser insípida.

Todos queremos encontrarle un sentido a la vida. ¿Por qué y para qué vivimos? ¿Qué hacemos en este mundo? ¿Qué es lo que podemos hacer de nuestra vida para encontrar un valor a lo que hacemos? Es como el norte de nuestra existencia, queremos encontrarlo porque queremos saber a dónde vamos y cómo podemos llegar. Y eso el cristiano lo encuentra en Cristo. Porque no somos cristianos simplemente porque admiremos la historia y recordemos a un personaje. Jesús es mucho más que un personaje de la historia; si nos ponemos a analizar mucho alguien podría preguntarse qué es lo que realmente hizo Jesús; aparentemente a la manera de concebir las cosas en las carreras locas de nuestro mundo, podría decirse incluso que fue un fracasado; siendo aún joven su vida se ve truncada y termina muriendo en una cruz como un malhechor.

Quienes miran los hechos así solo desde un lado humano y desde los logros que los triunfadores del mundo quieren conseguir, la vida de Jesús se vio truncada en una muerte violenta. Ni fue un general victorioso al frente de unos ejércitos, ni un caudillo que se llevara las masas detrás de él para crear una revolución, ni nada importante según los parámetros con que se miden los triunfos en este mundo.

Claro que para quien pone su fe y su esperanza en Jesús en la vida de Jesús ve mucho más allá de esas maneras humanas de ver las cosas. Ahí está su palabra y ahí está el sentido de su vida, con lo que incluso su muerte adquiere un sentido y un valor. No era una revolución de las masas lo que Jesús quería realizar ni buscaba ejércitos victoriosos con los que ganar batallas.

Era otro el estilo y el sentido de Jesús. Y su palabra y los signos que iba realizando despertaban de verdad las esperanzas de un mundo nuevo. Y efectivamente a partir de su muerte comenzó a surgir algo nuevo, porque El seguía vivo, seguía presente con la fuerza de su Espíritu en medio de aquellos que creían en El. Su vida no se acabó en una muerte en una cruz, porque el salió del sepulcro y lo proclamamos resucitado de entre los muertos. Y Jesús sigue vivo en medio de nosotros. Y ese Reino nuevo que El anunciaba comenzó a realizarse en aquellos que creían en El, y la vida de todos imitando su vida comenzó a adquirir un nuevo sentido y un nuevo valor. En Cristo se encontraba un nuevo sabor.

Algo nuevo comenzó con Jesús y su Espíritu impregna de verdad el corazón de los fieles, de los que creen en El. Con El encontramos ese nuevo sentido, ese nuevo valor para nuestra existencia encontrando respuesta para todas esas hondas preguntas sobre el sentido de la vida. Una vida desde el amor como fue la vida y la muerte de Jesús es lo que ahora nos da sentido y sabor a nosotros. Por eso decimos que el evangelio es sal del mundo, y que los que queremos vivir el Evangelio de Jesús nos convertimos también en sal y en luz para nuestro mundo. Ya nuestra vida no será insípida porque tiene el sabor de Cristo, ese sabor del que queremos impregnar también nuestro mundo. ¿No estará nuestro mundo esperando encontrar ese nuevo sabor?

Es lo que Jesús nos está pidiendo, lo que con el evangelio de hoy nos está ayudando a descubrir; es el sabor nuevo que le damos a nuestra vida pero que queremos darle también a nuestro mundo.