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miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


jueves, 3 de abril de 2025

Credibilidad fundamentada en el testimonio de las obras que son signos del actuar de Dios en Jesús que será la credibilidad que podamos ofrecer de nuestro testimonio de fe

 

Credibilidad fundamentada en el testimonio de las obras que son signos del actuar de Dios en Jesús que será la credibilidad que podamos ofrecer de nuestro testimonio de fe

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

¿Nos creemos los unos a los otros? Las relaciones humanas están basadas en nuestra mutua credibilidad, es lo que decimos, pero es también lo que hacemos, no solo en grandes momentos o en situaciones extraordinarias, sino también en esas pequeñas cosas de cada día que nos pueden parecer detalles pero que son las que le van dan color a la vida y a lo que hacemos; pero también mutuamente en lo que pensamos y en lo que nos decimos unos de otros encontramos ese testimonio de credibilidad; que alguien hable bien de ti, que recuerde a los demás el valor de lo que haces aunque parezca que pase desapercibido es algo que apuntala esa mutua credibilidad que nos ofrecemos y facilitará la mutua aceptación y valoración que o tenemos o que nos damos, hará mejores nuestras relaciones entre unos y otros, y nos impulsará a ese colaborar juntos en proyectos comunes o en las metas que nos propongamos.

Ya sabemos, por otra parte, que siempre nos vamos a encontrar quien quiere sembrar la cizaña de la desconfianza, de poner en duda la credibilidad u honorabilidad de una personas cuando se obra desde el orgullo, la envidia y toda esa serie de actitudes negativas que vienen a envenenar el corazón  de los demás. Los partidismos en este sentido también hacen mucho daño, porque solo queremos ver lo que nos interesa o lo que nos favorece y no aceptaremos que alguien con más valores venga a empañar nuestros brillos; olvidan quizás que las personas con más valores humanos nunca van a actuar para quitar el brillo de los demás, sino que sabrán siempre aprovechar cualquier destello de luz por pequeño que sea para hacer más luminoso nuestro mundo.

En las palabras que escuchamos hoy en el evangelio se nos refleja ese rechazo que algunos sectores de la sociedad de su tiempo tienen contra la enseñanza y el actuar de Jesús. No llegan a entender el mensaje del Reino de Dios que Jesús les está anunciando y sienten que una transformación del mundo según esos valores del Reino de Dios va a poder significar para ellos como una perdida de poder o de influencia en aquella sociedad que de alguna manera están manipulando.

Se oponen a la palabra de Jesús, no quieren aceptar la credibilidad de las palabras y de los hechos que Jesús realiza, no ven las señales de que Dios está actuando en Jesús y no lo quieren reconocer como el enviado de Dios. Es una historia que se repite porque eso fue en la continuidad de los tiempos el rechazo que siempre tuvieron de los profetas en su momento presente, aunque con el paso del tiempo sintieran la verdad de lo anunciado por los profetas. Ningún profeta es bien mirado en su tierra, que dijera Jesús un día allá en su pueblo de Nazaret como un preanuncio de todo lo que a Jesús le iba a suceder.

Habla Jesús del testimonio de Juan el Bautista que fue su precursor, como habla Jesús por una parte del testimonio de la misma Escritura en lo anunciado por Moisés y los profetas, como del testimonio de sus obras que son signos de que El es el enviado del Padre, ‘y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis’ nos dice Jesús.

A través de las obras que Jesús realiza se nos está ofreciendo el testimonio venido desde el cielo, convirtiéndose el Padre en el primer testigo de la obra de Jesús. ‘Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?’ Y aquí claro que nosotros podemos recordar aquella voz venida del cielo en lo alto del Tabor señalándolo como su Hijo amado al que debíamos escuchar.

Mantengamos viva nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio con nuestra vida, con nuestras obras; será lo que también dará credibilidad a nuestra fe a través de nuestro compromiso de amor. Es el camino de crecimiento espiritual que hemos de ir haciendo en nuestra cuaresma como camino hacia la Pascua.

lunes, 17 de febrero de 2025

Sepamos entrar en un diálogo de amor que no pide explicaciones ni lleva a la crispación, que buscar la sabiduría del Espíritu y nos conduce al entendimiento y la paz

 


Sepamos entrar en un diálogo de amor que no pide explicaciones ni lleva a la crispación, que buscar la sabiduría del Espíritu y nos conduce al entendimiento y la paz

Génesis 4,1-15.25; Salmo 49; Marcos 8, 11-13

Hay personas a las que por muchas explicaciones que les demos nunca escucharán lo que les decimos; y son los que mas explicaciones nos piden, pero no escuchan, no entran en razones porque solo tienen en la mente sus ideas. Cuánto en este sentido habremos visto en discusiones por cualquier cosa, cuanto vemos en la vida social cuando cada uno desde su ideología se cree poseedor de la verdad absoluta; así contemplamos la crispación que se va creando en nuestra sociedad, porque además quienes tendrían que darnos ejemplo de diálogo y de búsqueda de caminos más se aferran a sus ideas y no solo no escuchan sino que tratan de descalificar a los adversarios aumentando la tensión; y ya sabemos cómo.

Lo estamos contemplando en el evangelio, en la postura de los que no quieren aceptar el mensaje de Jesús; les resultaba molesto y andaban siempre buscando explicaciones que les pudieran favorecer, pidiendo continuamente pruebas cuando solamente tenían que contemplar el actuar de Jesús. Como Jesús mismo replicará cuando le piden explicaciones ante el tribunal del Sanedrín nos dirá que El siempre ha hablado y actuado en público, que pregunten a quienes han querido escucharle que les podrán dar todas las explicaciones.

Hemos venido viendo cómo Jesús les resulta incómodo porque está pidiendo nuevas actitudes sin las cuales es imposible acoger y aceptar el Reino de Dios; Jesús pide más autenticidad en la vida, que nos quitemos las caretas con las que pretendemos dar una cara que no es lo que realmente llevamos en el corazón, fuera las vanidades y las auto justificaciones y más sinceridad de vida para ser en verdad leales y fieles a lo que es la voluntad de Dios. Pero cuando hemos conseguido unos posicionamientos en medio de la sociedad, unas influencias que nos pueden beneficiar desnudarnos de esos mantos de vanidad nos cuesta más. Por eso andarán siempre buscando la forma de desprestigiar a Jesús.

Hoy la postura de Jesús es tajante. ¿Qué no quieren escuchar? ¿Qué no hacen sino pedir señales cuando las tienen delante de los ojos en lo que es la vida misma de Jesús y lo que hace? Jesús marcha a otra parte donde haya quien quiera escucharle. Porque no hay peor sordo que el que no quiere oír. Ha venido Jesús a abrir nuestros oídos – signo de ello son todas las curaciones que veremos en el evangelio de sordomudos a los que hace hablar – y es lo que Jesús quiere seguir realizando, pero en aquellos que en verdad quieren abrir sus oídos y sus ojos para escuchar y para ver las señales del Reino que Jesús está realizando. ‘Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla’, nos dice el evangelista.

Escuchemos este evangelio en nuestra vida. Tengamos esa sinceridad y esa autenticidad que nos pide Jesús. No temamos que tengamos que despojarnos de los mantos de las vanidades; son mantos de vacío interior, son ornamentos que no nos dan lo que es la verdad de nuestra vida; dejémonos curar por el Señor, que se realicen en nosotros esos signos que Jesús quiere realizar. No seamos sordos ni ciegos para ver las obras de Dios que nos acompañan en nuestra vida.

También muchas veces nos ofuscamos y nos llenamos de dudas; también habrá momentos que tengamos que decirle una vez más como hacían tantas veces los discípulos que querían ser fieles, ‘explicanos esta parábola’, danos la fuerza de tu Espíritu y su sabiduría para nuestro corazón se abra y podamos llevar la semilla a tierra buena en nuestra vida. Cuando con humildad, reconociendo nuestra ignorancia, acudimos al Señor para mejor escucharle y entenderle, El nos dará la fuerza de su Espíritu, nos llenará de la sabiduría del cielo.

Y aprendamos también para sabernos escuchar los unos a los otros, que tantas veces nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de ver lo bueno que nos quieren trasmitir. Que tengamos en la vida siempre un diálogo de amor con los demás.

domingo, 5 de febrero de 2023

Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

 


Nuestra vida concreta, nuestros gestos y compromisos de amor serán los que harán surgir tu luz como la aurora brillando tu luz en las tinieblas

Isaías 58, 7-10; Sal 111; 1Corintios 2, 1-5;  Mateo 5, 13-16

Hoy es uno de esos momentos cuando escucha uno el evangelio dice ‘¡ay, qué bonito!’ La imagen de la luz y de la sal que emplea Jesús en el evangelio es muy socorrida, la hemos escuchado muchas veces y en distintos momentos y muchas son las explicaciones que se nos han dado de tal manera que tiene el peligro  de que la sal se nos vuelva sosa. Ya nos lo sabemos, decimos, y nos ponemos a dar explicaciones fáciles. Pero, ojo, todo se nos puede quedar en palabrería, en palabras bonitas, porque la imagen nos da pie a ello, pero terminemos detrás de toda esa palabrería metiendo la luz debajo del cajón, ocultándola bajo el celemín y ya no nos dará luz. El peligro de sabernos las cosas y no dejarnos sorprender.

Porque lo tenemos claro, Jesús nos está diciendo que tenemos que ser luz, que tenemos que iluminar. ¿Y cómo se hace eso? Fácilmente respondemos porque demos ejemplo con nuestras obras, con nuestra vida, que se note que creemos en Jesús, que somos cristianos, seguidores de Jesús. Y sigo preguntándome, y eso, ¿cómo se hace? ¿Nos vamos a poner en la calle a gritar delante de todo el mundo que somos cristianos y creemos en Jesús? A lo mejor está bien hacerlo, ¿pero seríamos capaces? ¿Y a la gente le impactarían esos gritos? ¿Serán, acaso, otros los gritos?

La propia palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos lo está diciendo. El profeta nos has dicho claramente cuando nuestra vida se volverá luz. Y no es que nos tengamos que poner una aureola luminosa alrededor de nuestro cuerpo. Y no está muy lejos de lo que nos decía Jesús en el pasado domingo sobre las bienaventuranzas. Estos textos y otros que escucharemos en los domingos siguientes antes de comenzar la Cuaresma forman en su conjunto el llamado sermón del monte.

Nos hablaban las bienaventuranzas de pobres y de hambrientos, nos hablaba de gente que lloraba y sufría y de quienes eran perseguidos, nos hablaba de violencias que hemos de transformar en paz y de la rectitud de nuestro corazón frente a tantas villanías que podemos encontrar a nuestro alrededor. Y hablaba Jesús de dicha y de caminos de felicidad, nos hablaba que así nos llenaríamos de Dios porque es la única manera de ver a Dios. Y hoy, como una continuación de aquel texto, se nos habla de resplandecer de luz y de llenar de sabor nuevo nuestro mundo. Unamos ambas cosas.

El profeta nos decía que cuando partimos el pan con el hambriento, hospedamos al pobre que no tiene techo o vestimos al que está desnudo, y no te desentiendes de aquellos que tienes que mirar como cosa tuya, como si te estuvieras mirando a ti mismo, entonces surgirá tu luz como una aurora, es el momento en que comienza a brillar una nueva luz, como cada aurora al amanecer que vence las tinieblas de la noche. 

Y continuaba diciéndonos de cuántas cosas tenemos que apartarnos para que no nos dejemos envolver por esas sombras y tinieblas, la opresión, la maledicencia, las envidias y los recelos, los orgullos y las desconfianzas, las acusaciones y las condenas con que de manera tan ligera juzgamos lo que hacen los demás. Cuando seas capaz de desprenderte de lo tuyo para saciar el hambre de los demás, entonces comenzará a brillar tu luz.

Por eso terminaba diciéndonos hoy Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

Ya sabemos cómo. No nos quedamos en decir que es un texto bonito. Estas palabras del evangelio tienen que herirnos por dentro. Sí, porque tenemos que sentirnos interpelados, porque no terminamos de hacer eso que nos está diciendo Jesús, porque edulcoramos tanto el evangelio que le quitamos el sabor a la sal con que tenemos que dar sabor, primero que nada, a nuestra propia vida, para que podamos dar ese sabor nuevo a ese mundo, porque lleguemos de verdad a contagiar a los demás de ese espíritu del evangelio.

Vayamos poniendo sal, vayamos encendiendo la luz; son muchas las oportunidades que tenemos, porque ese listado que nos ofrecían las bienaventuranzas el pasado domingo sigue estando presente en nuestro entorno. Necesitamos abrir los ojos y los oídos, porque muchas veces los tenemos delante de nuestras propias narices, pero nos hemos quedado mirándonos la punta de nuestra nariz y no hemos sido capaces de mirar más allá, un más allá que está muy cercano a nosotros. Dichosos los que saben hacerlo, porque también hemos de reconocer que hay gente que se sacrifica y se da por los demás, en ellos se cumple la bienaventuranza del evangelio.

Tenemos muy presentes muchas obras piadosas, muchos signos religiosos que quizás también muchos quisieran hacer desaparecer – y eso parece que sí nos duele -, pero no terminamos de dar el testimonio del evangelio porque no llegamos a ver ese mundo de sufrimiento – y ese sí que tendría que dolernos de verdad – donde tenemos que poner nuestra luz, o sea, poner nuestra vida concreta y nuestros gestos y compromisos de amor.