Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta sabiduría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sabiduría. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


sábado, 12 de septiembre de 2026

Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

 


Cada árbol se conoce por su fruto, qué clase de árbol somos nosotros, dónde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida

1Corintios 10, 14-22; Salmo 115; Lucas 6, 43-49

Como siempre el evangelio siembra interrogantes dentro de nosotros y nos hace plantearnos muchas preguntas y nos deja con muchas inquietudes. Claro que depende también de la sinceridad con que vayamos a escucharlo, o si no ponemos corazas a nuestro alrededor que impidan que la Palabra de Dios, como espada de doble filo que se nos dice en otro lugar, pueda penetrar a lo más hondo del corazón y sembrar esa inquietud en nosotros; porque es cierto que somos capaces de ponernos filtros en nuestros oídos para escuchar solo lo que nos agrade o nos parezca que viene a ensalzar lo que podamos estar haciendo. Lejía de lavandero, fuego de fundidor son imágenes que escuchamos en la Escritura santa para hablarnos de la intensidad con que quiere llegar a nosotros la Palabra de Dios.

En estos pocos versículos, que parece que de forma desordenada se nos ofrecen hoy comienza haciendo que nos preguntemos qué clase de árbol somos en realidad nosotros sobre todo cuando somos capaces de reconocer que no siempre los frutos que damos son todo lo buenos que deberían ser; o preguntarnos también cuales son los cimientos de nuestras vidas porque somos conscientes de cómo nos tambaleamos fácilmente ante cualquier movimiento que nos deja llenos de inseguridad, o cómo fácilmente somos hoja que se lleva el viento cuando nos arrecian los temporales de la vida.

Sabemos que tenemos que ser buenos sembradores de las mejores semillas. Claro que las semillas que tenemos en nuestras manos salen de esos frutos que nosotros damos en la vida, y muchas veces más que hermosos frutales que nos den jugosas y sabrosas frutas, nos hemos maleado tanto que más bien parecemos zarzales con los que nos dañamos los unos a los otros. ¿Hasta dónde hemos llegado? ¿Nos quedamos en la apariencia de vistosos ropajes pero al final somos árboles infecundos que no producen fruto?

Las apariencias nos engañan, con nuestras apariencias y vanidades incluso con palabras bonitas pero vacías de contenido somos un engaño para los demás. Podemos hacer un discurso muy bello plagado de hermosas palabras y aparentemente sabios consejos, pero si dentro de nosotros mismos estamos vacíos porque en la vida no reflejamos nada de esos bonitos consejos, todo se quedará en apariencia, en exigencia que quizás presentamos para el otro, pero como no nos hemos exigido a nosotros mismos al final nuestra vida no llegará a dar fruto de verdad.

Hemos de saber reconocer nuestra debilidad y que también nosotros somos pecadores y entonces nuestra humildad y sinceridad serán buenas piedras que nos sirvan de cimiento para ese edificio de nuestra vida. Con nuestra humildad reconocemos donde está nuestra fortaleza y nuestra verdadera sabiduría, que ya no será cosa nuestra sino obra del Señor con la fuerza de su Espíritu. Será lo que en verdad hará fecunda nuestra vida y hará que nuestro testimonio pueda llevar al convencimiento de los demás. Se estará manifestando así nuestra congruencia, a pesar de nuestra debilidad, porque queremos cimentar bien nuestra vida en el Señor, en su Palabra y en la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Es lo que hoy también nos está interrogando desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuál es la verdadera fortaleza de nuestra vida? ¿Cuáles son los hondos y bien fundamentados cimientos sobre los que estamos edificando nuestra existencia? ¿Cuáles son las raíces profundas del árbol de nuestra vida para que se mantenga lozano pero también para que llegue a dar buenos frutos?

‘Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida’.

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, ya nos había dicho anteriormente. Por eso nos preguntamos qué clase de árbol somos nosotros, donde hundimos nuestras raíces para que pueda florecer la fecundidad de nuestra vida. ¡Cuidado con nuestros vacíos y con nuestra infecundidad! Cultivemos con intensidad nuestro espíritu, podamos los ramajes infecundos, como nos enseña en otro lugar del evangelio.


sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


viernes, 14 de agosto de 2026

Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

 


Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Hay ocasiones en que nos cuesta entender las cosas y no es que seamos más o menos inteligentes. En la vida nos sentimos condicionados por muchas cosas que no son solo las influencias externas que podamos recibir, y hemos de reconocer que son muchas, sino muchas veces es desde nuestro propio interior, desde nuestro propio yo que en ocasiones se puede encerrar en su mismo, que también nos vemos motivados o impulsados por nuestras propias pasiones, que premian unas costumbres o unas rutinas por encima de todo razonamiento, o que son también nuestros intereses particulares, las metas que nos proponemos, el camino que vamos realizando y pronto podemos encontrarnos con algo que va a la contra de todo ese revoltijo de cosas que llevamos en nuestro interior, y nos cuesta entender, y nos falta encontrar esa luz que necesitamos para descubrir eso nuevo que da sentido distinto a nuestra vida, que nos plantea las cosas de otra manera.

Es la resistencia que ponemos en tantas cosas de la vida que no queremos que nos cambien esa manera que hemos tenido siempre de entenderlo; incluso en lo que es el avance y progreso de nuestra sociedad muchas veces también nos cuesta entender; decimos quizás que son nuestros principios y a ellos tenemos que ser fieles pero muchas veces son concepciones muy particulares que nos hemos creado y donde necesitamos una luz nueva para ver lo distinto. Claro que luego todo esto se unirá a lo que encontramos a nuestro alrededor y las influencias y presiones que podamos recibir y se nos complica más.

Más, por así decirlo, se nos complican las cosas cuando entramos en el ámbito de nuestra fe y en esa fidelidad al evangelio que como cristianos tendríamos que mantener. Muchas veces la resistencia la encontramos cuando hemos de buscar la autenticidad del evangelio y la congruencia con que hemos de vivirlo, porque, es cierto que nos decimos cristianos de toda la vida, pero hemos llenado nuestra vida religiosa y cristiana de unas prácticas y unas tradiciones que muchas veces no parecen muy acordes con la autenticidad del evangelio y es cuando nos resistimos y escuchamos decir que si nos están cambiando la fe y la religiosidad y cosas por el estilo; pero una vida congruente con lo que es el evangelio más auténtico nos tendría que hacer revisar muchas cosas en nuestra vida y en lo que hacemos; hemos entrado en un camino de costumbres y rutinas con las que nos falta encontrar ese verdadero sentido de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Cristo y su evangelio.

Más nos cuesta entender todo ese misterio de nuestra fe, todo ese misterio de Dios y parece que todo no nos cabe en nuestro corazón, en nuestra vida por su inmensidad. Necesitamos abrirnos humildemente a ese misterio de Dios que se nos revela y que se nos manifiesta en Jesús porque hemos de sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos; ese misterio de Dios no es algo ajeno a nuestra vida sino que tiene que hacer que nuestra vida sea vivir en Dios.

Y todo eso tiene que traducirse en nuestra forma de vivir y de entender las cosas. Y aquí por una parte no nos podemos dejar influenciar ni por nuestras pasiones ni por nuestros intereses, ni tampoco por el sentido que pueda tener la sociedad de nuestro entorno de eso que nosotros queremos vivir según el sentido del evangelio. Será difícil en muchas ocasiones ir a contracorriente de esa sociedad que nos rodea, pero la autenticidad de lo que nosotros queremos vivir ha de ser una luz que ilumine ese mundo en medio del cual vivimos, aunque a ellos les cueste entender.

Muchos son los aspectos a los que podríamos referirnos, partiendo del mismo sentido de humanidad que nosotros tenemos en una visión cristiana de la vida y de la persona. Pero está también lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio y que es un planteamiento que sigue teniendo actualidad. Los fariseos le preguntan a Jesús sobre lo que Moisés había permitido acerca del divorcio y que seguía siendo motivo de diatriba y falta de entendimiento entre los distintos grupos de los judíos.

‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’, le preguntan a Jesús. Algo que también palpamos y es cuestionamiento en el mundo de hoy en que eso se ve con la mayor naturalidad y con la facilidad con que se llega a esas rupturas del matrimonio. Jesús no quiere entrar en casuísticas sino que quiere ir a lo más hondo y a lo que tiene que dar verdadero sentido al matrimonio, y que quizás sea una parte importante por lo que hoy tanto nos cuesta entender y aceptar.

Parte Jesús de lo que es plan de Dios para la vida y para la relación entre el hombre y la mujer y si llega a decir que ya no son dos sino una sola carne y en consecuencia lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, es porque el fundamento verdadero de todo es el amor, pero no un amor entendido de cualquier manera que se puede quedar en lo pasional o se puede volver egocéntrico, sino el amor en su sentido más profundo como descubrimos que es el amor que Dios nos tiene.

¿Cómo construimos el amor? Somos capaces de decir palabras bellas y románticas, pero no terminamos quizás de abrir nuestro corazón al amor verdadero. Es aquí donde tenemos una tarea inmensa que realizar porque esa construcción no se puede realizar de cualquier manera y a la carrera. Es donde tenemos que aprender de la escuela de Jesús, aprender del evangelio. No siempre es fácil, porque además nos entra la confusión por todas partes. Pero dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios.


jueves, 30 de julio de 2026

Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

 


Sepamos ser ese discípulo que se ha enamorado del evangelio para sacar en cada momento de su riqueza lo que va a ser la sabiduría de nuestra vida

Jeremías 18, 1-6; Salmo 145; Mateo 13, 47-53

Vivimos en la loca carrera de las prisas, porque todos queremos llegar lo más pronto posible a nuestras metas, no nos importa saltar etapas o darnos empujones los unos a los otros, que pueden terminar en atropellos. Como en la carretera que siempre queremos que no vaya nadie delante de nosotros y buscamos adelantar sea como sea, aunque pongamos en peligro muchas cosas. Hemos perdido la paciencia, no terminamos de darnos cuenta que el trabajo tiene que avanzar con tiento porque hay que cuidar mil detalles para que se pueda realizar bien.

Pero ya entendemos que con lo que estoy diciendo no nos queremos referir a las cosas materiales que vayamos haciendo sino que es la construcción de la propia vida, que tiene sus etapas y que hemos de cuidar con esmero. Está en juego lo que somos, que es mucho más importante que lo que tenemos. Muchas veces nuestra vida se puede parecer a esa red, de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio, que recoge toda clase de peces que luego habrá que discernir bien con lo que nos quedamos; así nuestra vida con sus valores, pero también con los tropiezos que podamos ir teniendo en nuestros propios errores o en las cosas que no siempre hacemos bien y que tenemos que saber reconocer y corregir.

Nos hablaba también el profeta de la vasija de barro en manos del alfarero que la modela; no podemos dejar a lo que salga, el alfarero con su saber hacer la va modelando para encontrarle su fortaleza y su belleza, y el barro se deja hacer, se deja manejar, por decirlo de alguna manera, por las manos expertas del alfarero. ¿Seremos alfareros de nuestra propia vida? ¿o dejaremos que el alfarero divino nos vaya modelando? Está la sabiduría y el poder de Dios con la fuerza de su Espíritu, pero el Señor al mismo tiempo nos ha concedido el don de la libertad con que nosotros hemos de responder; nuestra disponibilidad no es falta de libertad, es dejarnos conducir para con la fuerza del Espíritu divino podamos hacer relucir lo mejor de nosotros mismos.

Jesús nos habla en parábolas, precisamente con el texto de hoy concluimos este capítulo donde san Mateo nos ha condensado las principales parábolas de Jesús, y somos nosotros ahora los que nos tenemos que dejar enriquecer con las enseñanzas del evangelio que nos conducen a desarrollar en nosotros los mejores valores.

No es solo conocer las parábolas, quedarnos, por así decirlo, en el ejemplo que en ellas podamos encontrar sino dejarnos envolver por ese espíritu de sabiduría que nos va a hacer alcanzar una maravillosa riqueza espiritual como alimento de nuestra vida que nos va iluminando en cada situación. Tenemos que saber aplicar a la vida de cada día esa sabiduría que hemos ido acumulado en nuestro interior. Por eso nos habla del letrado que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos y en cada momento va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo según convenga.

Ojalá así tengamos presente la Palabra de Dios en nuestra vida, estemos tan empapados de esa sabiduría del evangelio que allá por donde vayamos dejemos el rastro y el perfume de lo que llevamos dentro y es la mejor riqueza de nuestra vida. Con qué facilidad recordamos una canción de moda o traemos a cuento una frase que un día nos llamó la atención porque la dijo un personaje de nuestros gustos o que está de moda, pero qué poco los cristianos citamos el evangelio o los textos sagrados de la Biblia; con qué facilidad nos sentimos encantados con maneras de pensar o de actuar que nos vienen de los países más exóticos y los queremos convertir en filosofía de nuestra vida, y qué pronto olvidamos toda la profundidad de los valores del evangelio que además han sido piedras fundamentales de nuestra cultura occidental. Nos vamos a hacer no sé qué experiencias que nos parecen exóticas y nos olvidamos del sentido de nuestra oración y meditación cristiana que pone verdaderos cimientos de nuestro crecimiento humano y espiritual.

¿No tendríamos los cristianos que rescatar con más entusiasmo toda la riqueza y sabiduría el Evangelio que verdaderamente nos humaniza y nos hace crecer espiritualmente?

domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


viernes, 5 de junio de 2026

En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

 


En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37

No temamos hacernos preguntas que nos cuestionen por dentro; es un deseo de avanzar, de encontrar razones, de abrirnos a nuevos horizontes, de fundamentar bien lo que ya llevamos por dentro. En la medida en que vamos avanzando por la vida seguramente nos aparecerán nuevas cuestiones que antes no nos habíamos planteado, pero eso significa el crecimiento que vamos experimentando y eso nos conduce a una madurez que nos hará sentirnos más seguros. No somos ciegos que simplemente ven por los ojos de los otros, sino que hemos de tener nuestra propia mirada, que se siente enriquecida por lo nuevo que va encontrando, pero también de lo que va recibiendo de los demás. No es una búsqueda que nos haga mirarnos solo a nosotros mismos, sino que nos hará rumiar y reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra vida para ir ahondando más y más.

Hoy es Jesús en el evangelio el que le hace preguntas a sus contrincantes; muchos habían ido planteándole cuestiones no siempre en una búsqueda sincera de algo mejor que Jesús pudiera ofrecerles, sino como muchas veces hemos visto querían cogerle en sus palabras para manifestar así su rechazo a lo que Jesús estaba significando. Ayer mismo escuchábamos al escriba que le preguntaba por el mandamiento principal de la ley, una pregunta que no tendría sentido en quien la hacía puesto que era un maestro de la Ley. Pero hoy es Jesús el que los cuestiona y los deja sin palabras. Si el Mesías era hijo de David, de la descendencia de David, ¿cómo es que le llame su Señor? No tienen respuesta; pero Jesús les está haciendo ver cual es su verdadero mesianismo y que El está por encima de la misma Ley, si es el Hijo de Dios como se está manifestando Jesús. El pueblo sencillo sí sabe reconocer la veracidad y autenticidad con que Jesús se manifiesta.

Lo de menos en nuestra reflexión en este caso es ese cuestionamiento. Hemos más bien saber responder a esos interrogantes que en nuestro interior se nos presentan también en el campo de nuestra fe y de la manera de expresar no solo nuestra religiosidad sino todo lo que significa el seguimiento de Jesús, es decir, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. ¿Dónde hemos de ir encontrando esas respuestas?

Hermoso el texto que se nos ofrece de la segunda carta de san Pablo a su discípulo Timoteo. Está recordando el apóstol lo que ha sido el recorrido de su vida que no siempre ha sido fácil. ‘¡Qué persecuciones soporté!’, recuerda el apóstol, ‘pero de todas me libró el Señor… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos’, nos viene a decir. Por eso nos invita a vivir en la fidelidad. Como le dice a su discípulo ‘tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús’.

Ahí tenemos nuestra sabiduría que nos hará saborear todo el sentido y el valor de la vida; es lo que nos hará crecer y madurar, es lo que nos va a dar verdadera profundidad a nuestra vida, es donde vamos a encontrar la fuerza para mantenernos en esa fidelidad, sintiendo que es el Señor nuestra fortaleza. Por eso concluye diciéndonos algo hermoso. ‘Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena’.

¿Qué valor le damos a la Biblia? ¿La saboreamos como lo que es, la Sabiduría de la Palabra de Dios? En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas ¿acudimos a la Sagrada Escritura para encontrar esa Sabiduría de Dios para nuestra vida?

martes, 26 de mayo de 2026

Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

 


Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

1 Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

Retomamos de nuevo el  tiempo ordinario una vez que hemos terminado el tiempo pascual y aunque ayer lunes de Pentecostés tuvimos una celebración muy especial de la Virgen María, sin embargo entraba ya en el ritmo del tiempo Ordenarlo. Hoy ya con los textos propios recomenzamos de nuevo a rumiar la riqueza de la Palabra de Dios que se nos va ofreciendo cada día.

Esa oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios para alimentar nuestro camino de fe, ir renovando nuestra vida dejándonos interrogar en lo hondo del corazón por los diversos temas que se nos van ofreciendo. Hemos de reconocer que es una riqueza inmensa que tenemos a mano y que va construyendo nuestra vida. Interrogantes a nuestra conciencia, nuevos planteamientos que nos van abriendo nuevos horizontes, un camino abierto para hacer juntos, compartiendo toda esa riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios.

Quizás nos hace ver las mismas tentaciones a las que nos vemos sometidos, porque en la rutina de cada día no siempre sabemos descubrir la sabiduría para la vida que nos ofrece la Palabra de Dios. Pensamos que son exigencias que nos obligan a dar pasos, y por supuesto hemos de estar atentos a lo que nos sorprende la misma Palabra de Dios. Nos parece quizás que todo son exigencias para nuestra vida y es lo que en ocasiones hace que nos sintamos incómodos con lo que nos pide la Palabra de Dios. Pero ¿habremos pensado en lo que nos ofrece?

Claro que cuando descubrirlos ese riqueza de amor Dios para con nosotros que se nos manifiesta de mil maneras y al mismo tiempo nos sentimos como transportados en la santidad con que Dios se nos manifiesta, necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos, como nos dice hoy san Pedro en su carta. ‘Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo’. Es la consecuencia del amor y de la santidad de Dios.

Pero como de alguna manera hemos dicho ya en nosotros puede estar la queda por lo que hacemos y por lo que nos parece que es poco lo que recibimos. Es el planteamiento que le hace Pedro a Jesús. ‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Ante esto a veces nos sentimos avergonzados porque nos parece que somos un poco mezquinos. Pero son los pensamientos humanos que surgen espontáneos en nuestro interior. Y Jesús no se hace sordo a aquella petición de Pedro. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

Las palabras son claras pero a veces parece que no sabemos interpretarlas, por el miedo quizás que llevamos dentro de aparecer interesados. Pero las palabras de Jesús están ahí, y tenemos que mirar nuestra vida, tenemos que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, tenemos que comenzar a hacer esa lista interminable de lo que cada día recibimos del Señor, de esa satisfacción interior que sentimos cuando hacemos el bien, cuando sembramos una buena semilla, esa alegría que llevamos en el corazón por lo que estamos haciendo, de las personas de nuestro entorno que nos quieren y nos aprecian, de los que en nuestras comunidades cantan con nosotros las alabanzas del Señor. ¿No estaremos recibiendo el ciento por uno?

miércoles, 29 de abril de 2026

Aprendamos la sabiduría de Dios aprendamos a saborear la mansedumbre y la humildad, aprendamos a poner nuestro apoyo siempre en Dios

 


Aprendamos la sabiduría de Dios aprendamos a saborear la mansedumbre y la humildad, aprendamos a poner nuestro apoyo siempre en Dios

1 Juan 1, 5 — 2, 2; Salmo 102; Mateo 11, 25-30

¿Iremos nosotros de sabios y entendidos por el mundo? Es una primera pregunta – quizás después puedan surgir muchas más preguntas – que me hago al comenzar a reflexionar sobre el evangelio que hoy se nos ofrece. Quizás nos decimos que no como una primera reacción, pero reconozcamos que fácilmente, aun con máscaras de humildad, tenemos el peligro de ponernos en otras alturas a la hora de relacionarnos de los demás; nos es muy fácil considerar a los otros ignorantes mientras nos decimos que nosotros sí sabemos dar respuestas, nos hacemos comparaciones con los demás y al menor atisbo ya nos estamos subiendo a los pedestales de nuestro saber. 

Pero ¿qué será nuestro saber, en qué pensamos que está nuestra sabiduría? ¿Porque hayamos leído o estudiado más? ¿Porque quizás nos adornemos con unos títulos y llenemos nuestras paredes de diplomas? ¿Porque destaquemos en algo? La autosuficiencia no es camino de sabiduría, porque la verdadera sabiduría se cultiva en el silencio que nos hace reflexivos, que nos invita a rumiar lo que pensamos o los acontecimientos que nos suceden, que pone calma y serenidad en el corazón, que nunca avasalla porque siempre reconoce que le queda mucho que aprender.

Jesús nos está diciendo  hoy en el evangelio donde tenemos que buscar y encontrar esa verdadera sabiduría que va a dar verdadera paz a nuestro corazón. Jesús nos está hablando también de lo que está contemplando a su alrededor; son los sencillos y los humildes los que abren de verdad su corazón; en su pobreza no poseen cosas en las que apoyar su vida por eso comprenderán mejor el valor de las personas que les rodean, y aunque cojos que se apoyan en otros cojos saben valorar a la persona en sus valores más nobles, sienten la cercanía de los que con el mismo sufrimiento están también intentando hacer camino, saben escucharse mutuamente con sencillez porque con esa misma sencillez comparten lo que son como personas, también con sus dudas y sus problemas, con sus sufrimientos pero también con los momentos de paz, y así mutuamente se ayudan a caminar aprendiendo los unos de los otros. Son los que saben captar la sintonía de Dios.

Por eso hoy escuchamos a Jesús decir que da gracias al Padre que se ha rebelado no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los pobres. Son  los que han encontrado la fuerza para su camino en Dios, son los que en verdad saborean las cosas de Dios y eso es sabiduría, saborear la verdad y la bondad, saborear interiormente la paz y lo que es el verdadero amor, por eso son dichosos los pobres de los que es el Reino de los cielos. Los sabios y entendidos ya les parece tener en qué apoyarse pero son los que finalmente se quedarán vacíos y sin nada, porque los poderosos serán derribados de los tronos y a los hambrientos los colma de bienes.

Por eso termina hoy diciéndonos Jesús que vayamos a El para en El disfrutar de la paz, una paz construida desde la mansedumbre y la humildad. No son los ricos ni los poderosos los que van a disfrutar de la paz, son muchos los agobios con que viven en la vida; algunas veces pensamos que agobios solo los padecen los que nada tienen y es cierto que tienen que luchar por una vida digna; son los que viven tras la fachada de la apariencia y del poder, sea cual sea, los que van a ir más preocupados por la vida para no perder lo que tienen, pero como piensan que solo en eso podrán alcanzar la felicidad no serán capaces de abrirse a otros valores, a otras cosas que les van a dar verdaderas satisfacciones a su vida, y se lo pierden.

Nos pide Jesús que aprendamos de El a vivir en esa mansedumbre y humildad y encontraremos, nos dice, nuestro descanso, encontraremos la verdadera paz del corazón. Podrán venir malos momentos, incomprensiones y desalientos, nos podremos encontrar con las guerrillas que forman en nuestro derredor, pero esa mansedumbre nos ha dado fortaleza interior, esa mansedumbre nos ha enseñado a reaccionar, esa humildad nos hará ser comprensivos y estar dispuestos a no dejar que nuestros corazones se dañen con rencores y resentimientos, a estar dispuestos también a perdonar. ¿Y puede haber algo más hermoso y satisfactorio que ofrecer un perdón generoso a quien ha querido dañarnos?

Es la sabiduría de los que saben llenarse de Dios.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

 


Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

No sé por qué siempre tenemos en nuestra cabeza la idea de que nosotros hacemos las cosas mejor que los demás, que nuestra manera de hacer las cosas es mejor y estamos más acertados, y viene como consecuencia que en nuestro orgullo llegamos a ponernos por encima de toda norma o regla que nos impone la sociedad, por eso al final terminamos saltándonos todo mandato o mandamiento porque lo vemos obsoleto, una imposición que nos viene de atrás y nosotros lo haríamos mejor. Somos rebeldes y terminamos actuando de una forma anárquica y sin sentido.

Olvidamos el sentido, el valor y la sabiduría contenida en los mandamientos. Ahí, a pesar de esos devaneos medio anarquistas que nos aparecen algunas veces, en lo más hondo de nosotros mismos llevamos grabado lo que llamamos la ley natural que nos hace descubrir verdaderamente lo que es lo bueno y lo que es lo malo, a diferenciar el bien y el mal, a buscar la autenticidad de la vida y lo que nos conduce por caminos de rectitud. Nos podemos sentir influidos por el mal como una tentación, pero en la sinceridad de nuestro corazón sabemos cual es el verdadero camino, donde está la auténtica sabiduría de nuestra vida. Una sabiduría que se ve enriquecida en ese camino que juntos emprendemos y donde aportamos la sabiduría que cada uno llevamos en el corazón.

Sintiendo la revelación del misterio de Dios en nuestra vida llegamos entonces a descubrir lo que es la ley de Dios para nosotros y que no podemos descartar de ninguna manera ni por cualquier motivo, porque tiene una validez eterna y porque ahí se nos manifiesta lo que el Creador ha querido poner en nosotros para engrandecer nuestra dignidad.

Qué hermoso lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios y en primer lugar quiero fijarme en lo que nos dice el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño…  esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…  dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación…’ Nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, nos dice. Qué hermoso y qué orgulloso tendríamos que estar. Por eso terminaba diciéndonos: ‘ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas’.

Por eso Jesús nos dirá en el evangelio que ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley… es lo que nos hará grandes en el Reino de los cielos’.

Corazón agradecido es lo que hemos de manifestar porque Dios así nos hace partícipes de su sabiduría divina que viene a engrandecer el corazón del hombre, nos hace encontrar y respetar nuestra verdadera dignidad. Es el camino de la auténtica felicidad del hombre, porque desde lo más hondo del corazón sentimos cómo hemos de amarnos  y respetarnos.

Es lo que buscan los mandamientos, trazarnos las sendas de la verdadera felicidad en ese respeto mutuo, en esa búsqueda del bien común, en ese saber valorarnos y en ese saber colaborar. Son sendas que nos hacen solidarios, caminos de humanidad, principios de una auténtica justicia, parámetros que nos hacen auténticos y sinceros, que nos alejan de la falsedad y del engaño, que evitan todo lo que pueda ser daño de la dignidad de toda persona, donde ponemos como centro y motivo el amor porque aprendemos del amor de Dios.

Arranquemos de nosotros esa autosuficiencia y ese orgullo que destruye la auténtica sabiduría de nuestro corazón. Tengamos la humildad de dejarnos guiar y conducir caminando por esas sendas iluminadas con la luz del Espíritu divino. Mucho tenemos que revisar en este camino cuaresmal y una cosa importante sería el ver cual es la valoración que nosotros hacemos en nuestra vida de los mandamientos del Señor. Tenemos que mirarnos con sinceridad para darnos cuenta de esa dejadez y superficialidad de la que tantas veces nos envolvemos. Pidamos al Espíritu divino que nos ilumine para saber valorar y llevar a la práctica de nuestra vida la sabiduría de los mandamientos del Señor.


miércoles, 28 de enero de 2026

La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

 


La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

2 Samuel 7, 4-17; Salmo 88; Marcos 4, 1-20

Pudiera parecer una escena de película con una escenografía bien preparada donde pareciera que cada detalle, cada movimiento está previamente dispuesto para dejarnos no sólo impresionar sino envolver por la dulzura y la paz que nos trasmiten sus escenas. Pero no se queda en eso lo que pretende transmitirnos hoy el evangelio. Es algo de suma importancia y algo maravilloso que se desarrolla con sencillez, tal como siempre se presenta Jesús, allá en Cafarnaún en las orillas del lago.

Poco a poco la gente había oído hablar de Jesús, escuchado por parte de muchos su mensaje que luego como pólvora se iba difundiendo en ese hermoso boca a boca como se transmiten las cosas buenas y ya no había momento en que Jesús no se encontrará rodeado de gente, no solo del lugar donde estuviera en ese momento sino venida de distintos lugares, que querían escucharle. Jesús camina entre la gente, va allí donde hacen su vida y su trabajo, como le vemos acudir también a donde la gente se reúne para orar y escuchar la Ley y los Profetas, las sinagogas. Un lugar propicio para reunirse la gente es allí donde van a comprar su pescado de los pescadores llegados del lago y donde la gente hace su convivencia y sus encuentros, ¿no sucede así en nuestros mercados que no solo se reducen a las compras que vamos a realizar sino a los saludos y a los encuentros, a las charlas y conversaciones?

Hoy es tanta la gente que se apretuja en torno a Jesús que decide subirse a una de aquellas barcas aun meciéndose en las olas del lago, para desde allí enseñar al pueblo que le escucha. No se presenta Jesús como un doctor de la ley o como aquellos escribas encargados de enseñar las Escrituras al pueblo con palabras doctas y en cierto modo repetitivas que no calen en la conciencia de los que escuchan. Ya dirán más tarde que Jesús no enseña como quien habla de palabras aprendidas de memoria, sino que se maravillan de su enseñanza, porque nadie ha enseñado como Él.

 Y sus palabras son sencillas porque les habla de lo que ven hacer o hacen ellos mismos en sus trabajos en el campo, les habla del sembrador que sale a sembrar a voleo la semilla en medio de sus campos. Una semilla sembrada así no toda caerá en la misma tierra con igual condiciones, semillas que caen en la tierra surcada y preparada pero semillas que se desbordan de los campos preparados por caminos endurecidos por el paso de personas y carruajes, en los pedregales que se forman alrededor o en medio de los zarzales y malas hierbas nacidas por doquier.

¿Desconcertará que el sembrador tenga aparentemente tan poco cuidado como que la semilla caiga en esos diferentes terrenos exponiéndose que no germinan debidamente, se seque la plata que surja por falta de raíces y humedad, o simplemente sirva de alimento a los pajarillos del cielo? Pero la intención de Jesús es clara. No niega la efectividad en sí misma que tiene la semilla, pero si nos pone en atención para que cuidemos ese terreno donde vamos a sembrarla.

Como les explicará luego a los discípulos más cercanos, aquel grupo que se había ido forjando en torno a Jesús, la semilla es el alimento de la Palabra de Dios, pero no siempre tenemos buen estómago para alimentarnos, no siempre tenemos oídos abiertos para escucharla ni tenemos las debidas disposiciones en nuestro interior para hacer que de fruto en nosotros. Nuestras preocupaciones y nuestros agobios, los afanes con que vivimos tan esclavizados por lo material que pone una coraza en nuestras vidas, la superficialidad con que vivimos que nos impide profundizar en lo que escuchamos, los intereses por los que luchamos que le están dando un sentido a nuestra vida influenciados por lo sensual, lo que me dé satisfacciones prontas aunque luego me dejan con mal sabor en la boca, las ínfulas de vanidad en las que nos envolvemos que nos hacen buscar brillos de oropeles olvidándonos donde están los verdaderos valores por los que tendríamos que luchar.

Dejemos que Jesús se siente en la barca en medio nuestro. Abramos nuestros oídos para no perder palabra, pero abramos nuestro corazón para que esa semilla de verdad se enraíce en nosotros y lleguemos a dar fruto. Cada uno sabemos las distracciones que tenemos en el corazón y hemos de saber evitarlas. Seamos campo bueno, seamos tierra buena. No es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida.