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miércoles, 11 de marzo de 2026

Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

 


Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

No sé por qué siempre tenemos en nuestra cabeza la idea de que nosotros hacemos las cosas mejor que los demás, que nuestra manera de hacer las cosas es mejor y estamos más acertados, y viene como consecuencia que en nuestro orgullo llegamos a ponernos por encima de toda norma o regla que nos impone la sociedad, por eso al final terminamos saltándonos todo mandato o mandamiento porque lo vemos obsoleto, una imposición que nos viene de atrás y nosotros lo haríamos mejor. Somos rebeldes y terminamos actuando de una forma anárquica y sin sentido.

Olvidamos el sentido, el valor y la sabiduría contenida en los mandamientos. Ahí, a pesar de esos devaneos medio anarquistas que nos aparecen algunas veces, en lo más hondo de nosotros mismos llevamos grabado lo que llamamos la ley natural que nos hace descubrir verdaderamente lo que es lo bueno y lo que es lo malo, a diferenciar el bien y el mal, a buscar la autenticidad de la vida y lo que nos conduce por caminos de rectitud. Nos podemos sentir influidos por el mal como una tentación, pero en la sinceridad de nuestro corazón sabemos cual es el verdadero camino, donde está la auténtica sabiduría de nuestra vida. Una sabiduría que se ve enriquecida en ese camino que juntos emprendemos y donde aportamos la sabiduría que cada uno llevamos en el corazón.

Sintiendo la revelación del misterio de Dios en nuestra vida llegamos entonces a descubrir lo que es la ley de Dios para nosotros y que no podemos descartar de ninguna manera ni por cualquier motivo, porque tiene una validez eterna y porque ahí se nos manifiesta lo que el Creador ha querido poner en nosotros para engrandecer nuestra dignidad.

Qué hermoso lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios y en primer lugar quiero fijarme en lo que nos dice el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño…  esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…  dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación…’ Nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, nos dice. Qué hermoso y qué orgulloso tendríamos que estar. Por eso terminaba diciéndonos: ‘ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas’.

Por eso Jesús nos dirá en el evangelio que ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley… es lo que nos hará grandes en el Reino de los cielos’.

Corazón agradecido es lo que hemos de manifestar porque Dios así nos hace partícipes de su sabiduría divina que viene a engrandecer el corazón del hombre, nos hace encontrar y respetar nuestra verdadera dignidad. Es el camino de la auténtica felicidad del hombre, porque desde lo más hondo del corazón sentimos cómo hemos de amarnos  y respetarnos.

Es lo que buscan los mandamientos, trazarnos las sendas de la verdadera felicidad en ese respeto mutuo, en esa búsqueda del bien común, en ese saber valorarnos y en ese saber colaborar. Son sendas que nos hacen solidarios, caminos de humanidad, principios de una auténtica justicia, parámetros que nos hacen auténticos y sinceros, que nos alejan de la falsedad y del engaño, que evitan todo lo que pueda ser daño de la dignidad de toda persona, donde ponemos como centro y motivo el amor porque aprendemos del amor de Dios.

Arranquemos de nosotros esa autosuficiencia y ese orgullo que destruye la auténtica sabiduría de nuestro corazón. Tengamos la humildad de dejarnos guiar y conducir caminando por esas sendas iluminadas con la luz del Espíritu divino. Mucho tenemos que revisar en este camino cuaresmal y una cosa importante sería el ver cual es la valoración que nosotros hacemos en nuestra vida de los mandamientos del Señor. Tenemos que mirarnos con sinceridad para darnos cuenta de esa dejadez y superficialidad de la que tantas veces nos envolvemos. Pidamos al Espíritu divino que nos ilumine para saber valorar y llevar a la práctica de nuestra vida la sabiduría de los mandamientos del Señor.


miércoles, 17 de mayo de 2023

Será el Espíritu por el que hemos de dejarnos conducir, que anide en nuestros corazones y nos abra el entendimiento para comprender e interpretar las Escrituras

 


Será el Espíritu por el que hemos de dejarnos conducir, que anide en nuestros corazones y nos abra el entendimiento para comprender e interpretar las Escrituras

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

De alguna manera a todos nos sucede, en ocasiones estamos saturados de noticias, son tantas las cosas que se nos cuentan en cualquier noticiero de radio o de televisión, que conocemos a través de Internet, de cosas que suceden en cualquier lugar del mundo y que al momento podemos tener en nuestras manos, que algunas veces quisiéramos apagar todos los medios de comunicación y quedarnos sin enterarnos de nada, un poco como para desintoxicarnos de todo y poder luego con calma comenzar a asimilar cuanto hemos oído.

Sucede con las noticias, sucede con los estudios que realizamos, las distintas materias a las que hemos de meter mano para poder sacar, por ejemplo, una carrera adelante; una pausa, un repasar con calma las cosas, un poner un poco de orden en la información o los conocimientos que recibimos. Nos sentimos a veces como apabullados.

¿Qué les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús? Mucho nuevo les había sorprendido en aquellos cortos años que llevaban siguiendo a Jesús; su entusiasmo por El les hacía mantenerse fieles y leales, pero les costaba asimilar bien cuanto iban recibiendo; por eso en ocasiones parece que reculan, les vemos ir para adelante y para detrás en aquellas cosas que Jesús les iba proponiendo del sentido del Reino nuevo que les anunciaba. Cuánto les costaba por ejemplo entender lo del servicio y lo de hacerse los últimos.

Ahora en aquellos días próximos a la Pascua habían vivido con intensidad muchas cosas que incluso les costaba comprender. Seguían a Jesús y lo amaban, se habían decantado por El en momentos difíciles y sin comprender del todo lo que Jesús les anunciaba, pero sentían que era la Verdad que no podían negar, el camino que habían de seguir, la vida eterna que deseaban alcanzar. ¿A quien iba a acudir? Solo Jesús tenía palabras de vida eterna.

Y ahora Jesús, en aquella cena pascual, donde tantas cosas estaban sucediendo, tantos signos se iban realizando, tantas promesas Jesús iba haciendo, aun les dice que les queda muchas cosas que decirles y enseñarles. ¿Se sentirán saturados? Pero Jesús al mismo tiempo les está haciendo una promesa que les aclarará muchas cosas.

‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir…’

‘Cuando venga El, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Solo con la fuerza del Espíritu podían llegar a entender cuanto Jesús les estaba enseñando. Aquí sí tenemos que decir que hay cosas que nos superan y que por nosotros mismos no podremos llegar a alcanzar. ¿Además cómo recordar todo cuanto Jesús les había ido enseñando?  Por eso podemos tener con tanta fiabilidad las palabras de Jesús, por la inspiración del Espíritu Santo. Será el Espíritu por el que hemos de dejarnos conducir, el Espíritu que anide en nuestros corazones y nos dé todo el impulso que necesitamos, el Espíritu que nos abrirá el entendimiento y el corazón para que podamos comprender e interpretar las Escrituras.

El Espíritu que seguimos necesitando hoy, lo necesita la Iglesia y lo necesitamos cada uno de nosotros, en nuestras luchas, en nuestro camino, en el testimonio que tenemos que dar, en el anuncio que tenemos que hacer al mundo. Será quien nos conduzca y nos ilumine, será nuestra sabiduría y el que nos llenará de la santidad de Dios, será el que llenándonos de la vida de Dios nos hará hijos de Dios, hará en nosotros un nuevo nacimiento para ser ese hombre nuevo del Reino nuevo de Dios.

miércoles, 23 de marzo de 2022

Nos envolvemos del amor de Dios y nos daremos cuenta de la sabiduría profunda que es cumplir con la ley del Señor

 


Nos envolvemos del amor de Dios y nos daremos cuenta de la sabiduría profunda que es cumplir con la ley del Señor

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147; Mateo 5, 17-19

‘Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…’

¿Cuál es nuestra sabiduría y nuestra inteligencia? ¿En qué basamos nuestra sabiduría?  Y andaremos tras los filósofos y pensadores de todos los tiempos, decimos, para beber su sabiduría; y escucharemos a quien nos ofrece ideas y pensamientos, cosas que nos hagan reflexionar y pensar tratando de descubrir el sentido de lo que hacemos, el sentido de la vida; nos preguntamos allá en lo más hondo de nuestra vida qué es lo que merece la pena, y vamos recogiendo de aquí y de allá ideas y pensamientos, cosas que nos hagan pensar y cosas por las que pensamos que merece la pena incluso dar la vida. ¿Dónde encontramos esa sabiduría?

Es bueno escuchar el pensamientos de hombres y mujeres que han estado buscando una plenitud y un sentido para su vida; es bueno escuchar lo que otros nos puedan ofrecer y vamos haciendo nuestra criba interior para escoger aquello que me pueda ayudar, o desechar aquello que no entendemos o que no nos hace entender la vida según quizás unas presupuestos que nos hayamos creado o a los que queramos someternos. Es bueno pensar, reflexionar, rumiar en nuestro interior aquello que nos sucede o aquello que vemos que sucede a los demás con sus diferentes reacciones, con las diferentes maneras de pensar que vamos encontrando, incluso con aquellas que pretenden darnos respuestas, o aquellas que nos dirigen en un sentido determinado.

Algunas veces se nos produce una acumulación tan grande de cosas o de ideas en nuestra mente que nos cuesta saber a qué atenernos, y tenemos que hacer una criba, tenemos que aprender a discernir lo que tiene verdadero valor y lo que será importante para mi, lo que dará sentido a mi vida.

Y en medio de toda esta reflexión que nos venimos haciendo en nuestra búsqueda de sabiduría, en nuestra búsqueda de lo que nos haga encontrar el verdadero y profundo sentido de nuestra vida y nos lleve a la mayor plenitud de felicidad, escuchamos lo que nos dice hoy la Palabra de Dios. La frase que ha dado pie a nuestra búsqueda y reflexión fue pronunciada por Moisés en sus exhortaciones al pueblo de Dios. Allí les ha dejado plasmados los mandamientos del Señor en la llamada ley mosaica, que viene a ser como ese camino, ese cauce por donde dirigir nuestra vida para alcanzar esa plenitud y felicidad.

¿Mandamientos? En seguida puede surgir en nosotros ese brote de rebeldía porque no queremos aceptar que nada ni nadie pueda imponernos cosas; queremos nuestra autonomía, queremos buscar por nosotros mismos ese cauce de nuestra vida y nos olvidamos que el Sumo Hacedor que nos ha creado es el que puede decirnos para qué nos ha creado, cual es el verdadero sentido y valor que ocupamos en la vida.

Los mandamientos vienen a reflejar ese cauce de vida que nos va a dar mayor sentido y plenitud. Aquello que nos va a hacer verdaderamente grandes porque será el desarrollo pleno de lo que es nuestro vivir. No es nada que nos coarte ni nos limite sino que nos dará la mayor libertad y la mayor felicidad; será lo que en verdad nos hará crecer desde lo más profundo de nosotros mismos liberándonos de todo apego o de todo lo que pueda producir esclavitud en nosotros; será lo hará grande al hombre, porque en la medida que nos ayudamos mutuamente a darle mayor plenitud y sentido a la vida más grandes nos hará.

Sabiduría es el saber vivir, sabiduría es lo que va a dar sabor a nuestro vivir y esa sabiduría, ese sabor, ese sentido lo vamos a encontrar en lo que nos refleja la voluntad del Dios que nos ha creado. Busquemos ese sabor, busquemos esa sabiduría, busquemos esa plenitud para nuestro ser. Nos hará grandes de verdad.

Y Jesús terminará diciéndonos que El no viene a abolir la ley sino a darle plenitud. ¿Qué es lo que va haciendo Jesús a lo largo del todo el evangelio? Irnos concretando para cada una de las situaciones de nuestra vida lo que en la ley del Señor encontramos para darle en verdad plenitud a nuestra existencia. Y no es otra cosa que envolvernos del amor de Dios. Nos envolvemos del amor de Dios y nos daremos cuenta de la sabiduría profunda que es cumplir con la ley del Señor.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida


Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
‘Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…’ ¿Cuántos podemos decir con toda sinceridad esto mismo acerca de los mandamientos de Dios? Claro que no se trata solo de decirlo de palabra, sino decirlo porque esa es también nuestra manera de actuar, respetando y cumpliendo la ley del Señor.
Tenemos la tendencia a quitarnos de encima todo lo que signifique un mandato o una obligación. O al menos intentamos hacernos rebajas, o decirnos que bueno está bien, pero que no todo  hay que tomárselo al pie de la letra, que tenemos que interpretarlo con el devenir de los tiempos, que eso estaba bien para otra época y cosas así.
Pero esto es que es una tendencia en todo lo que signifique una ley, una norma, una obligación legal, y así en la vida estamos siempre a ver como escapamos de aquella obligación, a ver como nos birlamos la ley o como nos escapamos de determinadas obligaciones, ya sea en nuestras normas de conducta más elementales, ya sea en obligaciones fiscales, y nos buscamos mil y un subterfugio para ver cómo escapamos y no cumplimos para hacer lo que nos da la gana, como se suele decir vulgarmente.
Quizá en el momento en que aparece Jesús como un nuevo profeta en medio del pueblo de Israel, con los sueños y esperanzas del Mesías que todos tenían y sentían como algo ya inminente, cansados de tantas normas y preceptos que se habían inventado en la interpretación de la ley de Moisés, o de las imposiciones que sectores más rigurosos y muy poderosos en medio del pueblo, como serian los fariseos y saduceos, ahora pensaban que el nuevo profeta iba a abolir todo aquello.
Pero no es eso lo que nos viene a decir Jesús. No ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento, a darle plenitud. ¿Significa eso que tienen que seguir sujetos a toda aquella multitud de preceptos que se habían multiplicado de tal manera que hacia olvidar o dejar en segundo plano lo que era realmente la ley de Moisés?
No era ese el camino de Jesús. El dar plenitud había de pasar por ir de verdad a lo que era la ley del Señor, sabiduría e inteligencia verdadera del pueblo de Dios, para no quedarse en cumplimientos formales, sino para llegar al fondo del corazón. No quería el Señor que su pueblo le honrara con los labios mientras su corazón estaba lejos de El. Y era eso lo que les estaba pasando.
Todo tenia que centrarse en una vuelta de verdad desde lo hondo del corazón a Dios. Tenia que ser en verdad el centro de todo. Por eso Jesús anunciaba el Reino de Dios. Decir el Reino de Dios era decir que en verdad Dios era el único centro de la vida y del hombre. Y desde ahí todo había de ramificarse en un nuevo sentido de las cosas, en un nuevo sentido de las relaciones entre unos y otros, en un nuevo sentido de vivir. Y ese sentido estaba en el amor. Ahí es donde habíamos de encontrar la plenitud de todo.
Ahí encontramos de verdad nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, como nos decía la Escritura santa en el libro del Deuteronomio. Es el camino de Jesús. Es el amor que lo resume todo. Es el amor que vivimos como respuesta al amor que Dios nos tiene. Es el amor que hemos de vivir en el estilo de Jesús, en el estilo de Dios. No será un amor cualquiera; no serán cosas que hagamos para contentarnos y por cumplir. Es la profundidad que hemos darle a nuestra vida. Es lo que va a dar verdadera razón y sentido a nuestra existencia. Es como en verdad construiremos el Reino de Dios.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Saber leer lo que la vida misma nos enseña es una gran sabiduría y aprender lecciones de cuanto nos sucede nos hace verdaderamente más sabios porque nos hace también más humanos

Saber leer lo que la vida misma nos enseña es una gran sabiduría y aprender lecciones de cuanto nos sucede nos hace verdaderamente más sabios porque nos hace también más humanos

Daniel 7,2-14; Sal.: Dn 3,75.76.77.78.79.80.81; Lucas 21,29-33

Saber leer lo que la vida misma nos enseña es una gran sabiduría; aprender lecciones de cuanto nos sucede nos hace verdaderamente más sabios. Sin embargo muchas veces vamos ciegos por la vida, absortos en el día a día, muy preocupados por lo inmediato, atentos quizá solo en resolver los problemas del momento que no sabemos sacar lecciones de cuanto nos va pasando o de lo que vemos que le sucede a los demás. Se suele decir que no escarmentamos en cabeza ajena, pero es que muchas veces ni en lo que cae sobre nuestra cabeza sabemos aprender, sacar lecciones.
Hay quien lo hace, quien sabe hacerlo, y se hace reflexivo, y a aprende a limar asperezas de su vida y se previene ante cuanto pueda suceder, y de lo que le va sucediendo va sacando lecciones para en otras ocasiones tomar decisiones más acertadas, para evitar que vuelva a suceder lo mismo, va madurando porque va adquiriendo una hermosa sabiduría. Ya se dice que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y es por eso porque muchas veces somos irreflexivos cuanto tenemos una inteligencia que nos pudiera ayudar.
El hombre creyente no solo reconoce que esa inteligencia es un don de Dios, que le ha creado a su imagen y semejanza, como nos dice la primera página de la Biblia, sino que es providente porque descubre también el actuar de Dios a través de esos hechos y acontecimientos. No quiere Dios lo malo para el hombre cuando nos ha creado para ponernos en un paraíso, es la imagen también de la Biblia, pero quiere que de eso que nos sucede, también lo malo, los problemas o los contratiempos aprendamos, descubramos los caminos de Dios, caminos que nos llevan a Dios, pero caminos también para la felicidad del propio hombre.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que sabemos leer algunos signos de la naturaleza pero sin embargo  no sabemos leer los verdaderos signos de los tiempos, en los acontecimientos que nos suceden. Interpretamos las palabras de Jesús como si fuera exclusivamente una referencia a los últimos tiempos, pero creo que Jesús quiere hacer referencia a los tiempos que vivimos en cada momento.
Algunos, es cierto, leen de una forma excesivamente negativa las catástrofes que se suceden en nuestro mundo viendo un castigo apocalíptico de Dios a causa de la maldad de los hombres, pero no saben quizá descubrir la llamada que Dios nos está haciendo para que aprendamos a tener actitudes nuevas que nos lleven a una verdadera paz y a una solidaridad autentica en nuestras relaciones humanas.
Se suceden, es cierto, muchas cosas que hacen sufrir a los hombres, pero busquemos la raíz en el propio mal que hay en nuestro corazón, en tantos que hacen daño, que no cuidan la vida y la naturaleza, que actuan de una forma egoísta e insolidaria pensando solo en si mismos;  y tenemos que descubrir que otras tienen que ser las actitudes y posturas, otra la forma de actuar en ese mundo en que vivimos para no destruirlo, pero también para que cuando surgen esas rupturas de la naturaleza sepamos estar allí con corazón solidario para evitar sufrimientos, para resolver problemas, para poner una nueva esperanza en cuantos sufren porque con nuestras acciones y actitudes hagamos que nuestro mundo sea un poquito mejor. Son las semillitas que siempre tenemos que estar dispuestos a sembrar.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Una fe y una esperanza de vida eterna desde la confianza en la Palabra de Jesús

                                     1Mac. 6, 1-13; Sal. 9; Lc. 20, 27-40
Por supuesto Dios nos ha dado una inteligencia y una capacidad de razonar y decidir como dones, podríamos decir, fundamentales del ser humano y que nos han de ayudar a ese conocimiento de las cosas y de las ideas y como camino de crecimiento en nuestro ser de personas.
A imagen y semejanza de Dios, nos dice la Escritura que hemos sido creados y es precisamente en esos dones donde se ha de manifestar nuestra grandeza y nuestra dignidad. Como creyentes que nos consideramos criaturas de Dios y a quienes Dios ha enriquecido con sus dones hemos de saber utilizar precisamente esa inteligencia y esa capacidad de crecimiento también para acercarnos a Dios, llegar a conocer lo que El nos manifiesta de si mismo y hacerla una ofrenda de nuestra vida también con el obsequio de la fe.
El misterio de Dios, sin embargo, nos sobrepasa y es ahí, también con nuestra inteligencia y nuestra voluntad, donde hemos de saber dejarnos conducir por la fe, que es un dejarnos conducir por el Espíritu divino dándole el sí de nuestra voluntad y la obediencia de nuestra fe. Muchas cosas que podemos conocer del misterio de Dios no las conocemos solamente desde nuestros razonamientos humanos, sino principalmente desde lo que El ha querido revelarnos de sí mismo.
No nos podemos quedar, pues, en racionalismos y razonamientos humanos sino que con espíritu humilde hemos de abrirnos a ese misterio de Dios que se nos revela y que de manera especial se nos manifiesta en Jesús. Contemplamos su vida, escuchamos su Palabra, nos dejamos conducir por su Espíritu que allá en lo más profundo de nosotros mismos se nos revela y le damos el sí de nuestra fe.
Hoy nos encontramos en el evangelio con quienes, aun queriendo ser profundamente religiosos sin embargo no aceptan todo el misterio de Dios que se nos revela. Desde sus razonamientos humanos cerrando su corazón al misterio de Dios quieren negar la resurrección y la vida eterna como todo lo que se espiritual. Ponen pegas a Jesús queriendo basarse incluso en textos o leyes de la Escritura interpretados a su manera. Son los saduceos que niegan la resurrección como niegan también la existencia de los ángeles, espíritus puros que están junto a Dios y nos acompañan también en el camino de nuestra vida para inspirarnos lo bueno por donde hemos de caminar.
Vienen ahora poniendo pegas a Jesús, - textos que ya hemos comentando en alguna ocasión partiendo de lo que era la ley del levirato - porque se cierran en sus razonamientos humanos. Y Jesús habla de vida eterna; y nos dice que en la vida eterna no vamos a actuar a la manera de este mundo y no nos valen los criterios o razonamientos de este mundo; y nos afirma rotundamente que Dios es un Dios de vivos, porque para nosotros quiere la vida y la vida eterna. ‘Los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de los muertos, no se casarán, pues ya no pueden morir, son como ángeles: son hijos de Dios porque participan de la resurrección’.
Ahí tenemos la Palabra de Jesús que nos revela el misterio de Dios al que estamos llamados, porque estamos llamados a participar de su vida, estamos llamados a la vida eterna. Pero contemplamos también la vida de Jesús en quien creemos no solo como el que murió sino también como el que resucitó de entre los muertos. La propia resurrección de Jesús nos viene a confirmar esta afirmación y esta fe que tiene que animar nuestra vida y darnos la trascendencia de vida eterna a la que estamos llamados.
Dios quiere que vivamos junto a El, que vivamos en El para siempre. Hemos de poner toda nuestra fe. Recordemos que El nos ha dicho que El es la resurrección y la vida y el que cree en El no morirá para siempre, que nos resucitará en el último día.
Todo esto ha de tener muchas consecuencias para nuestra manera de vivir y de expresar nuestra fe. Primero porque vivamos con intensidad esa fe y conforme a esa fe, lo que ha de traducirse en nuestra manera de vivir cumpliendo el mandamiento del Señor. ‘¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?’ le preguntaban a Jesús y El respondía: ‘Cumple los mandamientos’. Pues con una vida recta y santa, cumpliendo la voluntad de Dios estamos haciendo el camino que nos lleva a esa vida eterna, a ese estar junto a Dios. Lo que va a dar un valor y un sentido nuevo a todo lo que hacemos, a todo lo que es nuestra vida.

Pero eso nos hará pensar de una forma distinta de aquellos que han muerto. Siempre decimos los muertos, los difuntos, pero ¿no tendríamos que decir lo que viven ya para siempre en Dios? Pensamos no en la muerte como un acabarse todo y sin sentido, sino que pensamos en ese paso de la muerte terrena a la vida eterna, a la vida junto a Dios. Y cuando oramos por ellos, oramos por aquellos que queremos que vivan en Dios; oramos para que el Señor les purifique de toda mancha y secuela del pecado, para que ya puedan vivir para siempre en Dios. Eso nos da una nueva esperanza, nos da también un nuevo consuelo ante la suerte de los que han muerto que deseamos y rezamos para que estén para siempre junto a Dios.

domingo, 2 de septiembre de 2012


La sabiduría y la inteligencia de un corazón lleno de autenticidad y verdad
Deut. 4, 1-2.6.8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18.21-22.27; Mc. 7, 1-8.14-15.21-23

‘Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos’. Hermosa exhortación que nos hace el apóstol Santiago en su carta. La Palabra que es capaz de salvarnos; la Palabra que sido plantada en nosotros que para dar fruto hemos de llevarla a la práctica de nuestra vida. 

Cuántas veces, hemos de reconocer, ni bien la escuchamos. Oímos cómo se proclama en nuestra celebración pero se queda en palabras que vuelan alrededor de nuestros oídos pero no penetra dentro de nosotros, no la escuchamos. No dará fruto en nuestra vida, como la semilla sembrada al borde del camino, entre pedruscos o en medio de zarzales. Y sin embargo ahí tenemos nuestra sabiduría y nuestra inteligencia. ‘Así viviréis… nos decía el Deuteronomio, ponedlos por obra porque son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia’, que causarán admiración a todos los pueblos.

Pero la ley del Señor, la Palabra del Señor ha de ser algo que hemos de llevar en el corazón. Lo tenemos que expresar con toda nuestra vida y se reflejará en las obras externas que hagamos, en nuestros comportamientos y en nuestras actitudes, pero tiene que nacer desde lo más hondo de nosotros mismos. 
Escuchamos en el evangelio cómo vienen algunos a Jesús muy preocupados porque los discípulos de Jesús no realizan algunos actos rituales a los que los fariseos les daban una gran importancia. ‘Se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén… y le preguntaron a Jesús: ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?’ 

El evangelista que está escribiendo el evangelio para cristianos que no provenían del judaísmo explica con detalle las tradiciones de los judíos que los fariseos cumplían con tanta rigidez sobre las purificaciones rituales que habían de hacer antes de las comidas y en otros momentos. Ya lo hemos escuchado en la proclamación del evangelio y en distintos momentos lo hemos comentado. Claro que tendremos que preguntarnos si no nos queda algo de eso a nosotros aún.

Esto dará pie a Jesús por una parte para denunciar la hipocresía de los fariseos pero para hacernos reflexionar a todos sobre donde hemos de buscar la auténtica santidad: en la rectitud y pureza del corazón para no quedarnos en ritualidades vacías y en superficialidad, sólo en palabras o cosas externas. 

Cuando hay vacío interior todo se vuelve falsedad e hipocresía, buscamos la apariencia  lo que nos pueda halagar, no importándonos el daño que podamos hacer a los demás. Recuerda lo dicho por el profeta: ‘este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mi; el culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. 

Todo tiene que arrancar de un corazón puro y sin malicia, un corazón libre de malas intenciones y un corazón con la profundidad del amor, que será entonces un corazón verdaderamente santo. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro, lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’. Podemos llevar las manos muy limpias pero nuestro corazón estar lleno de maldad; podemos contentarnos con cumplir exteriormente con toda fidelidad pero allá en nuestro corazón estar pensando cómo podemos fastidiar a éste o al otro porque quizá no me cae bien o porque no ha sido todo lo bueno conmigo. 

Muchas situaciones semejantes podemos recordar donde quizá queremos aparecer como buenos y cumplidores pero el corazón estar vacío. Tenemos también la tentación de quedarnos en bonitas palabras pero que luego no se reflejan realmente en las actitudes de nuestra vida. Cuántas veces nos sucede.

Podemos hablar mucho de justicia, de paz, de solidaridad, de que queremos que nuestro mundo sea mejor, que tenemos que ser hermanos pero luego eso no se refleja en nuestros comportamientos porque en el día a día nos tratamos mal, nos somos capaces de aceptarnos y perdonarnos, siguen habiendo brotes de violencia o de egoísmo insolidario pensando primero en mi mismo que en los demás. Incongruencias y vacíos que aparecen muchas veces en la vida. Qué fácil es hablar tantas veces diciendo cosas hermosas y qué poco es lo que hacemos.

Es en el corazón donde están las malas intenciones, la malicia y la envidia, el orgullo y la ambición, la malquerencia y la mentira, los deseos de venganza que algunas veces queremos disfrazar de justicia y lo que puede hacer daño al hombre, a nosotros mismos y a los demás. Y eso sí que nos llena de pecado; eso sí que hace daño a los demás, eso sí que nos lleva a actuar mal y a ser injustos con los otros. Nos cubrimos con la máscara de la apariencia mientras el corazón está lleno de podredumbre y pecado.

Purifiquemos nuestro corazón de toda esa maldad y llenémoslo de lo que verdaderamente puede conducirnos a la mayor plenitud; pongamos buenos deseos y pongamos el amor que nos conduce a plenitud; despertemos en nosotros deseos y aspiraciones a cosas nobles y grandes pero alejemos de nosotros todo tipo de orgullo y de soberbia; démosle profundidad espiritual centrando de verdad nuestro corazón en Dios; empapémoslo de los valores del evangelio y busquemos primero que nada el Reino de Dios y su justicia y entonces caminaremos por los mejores caminos de dicha y de felicidad al estilo de las bienaventuranzas que nos proclamó Jesús. Comprenderemos entonces donde está nuestra verdadera sabiduría e inteligencia, como nos decía el Deuteronomio.

No será entonces un corazón vacío y superficial el que haga sentir sus latidos dentro de nosotros, sino que será en verdad el motor que anime y dé profundidad a todo aquello que vamos realizando; llenos así de Dios sentiremos la fuerza de su gracia para hacer siempre el bien, para buscar siempre lo bueno y lo justo, para caminar en la verdad y en la autenticidad, para ir construyendo día a día el Reino de Dios, y para hacer que entonces siempre busquemos por encima de todo la gloria del Señor.

Purificación y autenticidad de vida que hemos de reflejar cada uno de nosotros los que nos decimos seguidores de Jesús a nivel individual y personal y también en nuestros grupos e instituciones cristianas y apostólicas, también como Iglesia de Jesús. Reconozcamos que no siempre damos el ejemplo necesario y conveniente en este sentido, porque somos débiles y pecadores, y la Iglesia está formada y compuesta por miembros que somos pecadores. 

Autenticidad y verdad que hará más creíble el evangelio a los ojos del mundo que nos rodea, porque el mundo, nuestra sociedad necesita testigos y testigos auténticos. Vamos a anunciar la Palabra de Dios, pero hemos de proclamarla desde la autenticidad de nuestra vida.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Colosas una comunidad estimulada por la carta del apóstol

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


La carta a los Colosenses que hemos comenzado a escuchar desde ayer en la lectura continuada de la liturgia es un texto muy alentador y muy lleno de esperanza. Cuando el apóstol escribe a aquellas comunidades donde él ha anunciado el evangelio, aunque en ocasiones tenga que corregir y llamar la atención sobre cosas que hay que mejorar en la comunidad, sin embargo lo que pretende es dar ánimos valorando todas las cosas buenas de aquella comunidad, como su acogida de la Palabra de Dios que hicieron cuando se les anunció.
Da gracias el Apóstol al Señor por la fe, el amor y la esperanza que anima a aquella comunidad. ‘Damos gracias a Dios Padre… desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo y del amor que tenéis a todo el pueblo santo… os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos… desde el día en que escuchasteis y comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’.
Por eso pide el que cada día vayan creciendo más y en el conocimiento de Dios y sus designios: ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’. Es el conocimiento del Evangelio, el conocimiento de Cristo, que se traducirá luego en una conducta agradable al Señor y en los frutos de buenas obras. ‘De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas…’ Siempre el conocimiento de Dios, de su voluntad, de lo que nos dice el evangelio ha de reflejarse en la vida, en la conducta.
Y eso se expresa además mediante las buenas obras. Nunca podremos separar nuestra fe del conjunto de nuestra vida. Esa fe que tenemos en Dios no es sólo un acto religioso que realicemos en unos momentos determinados, sino que se va manifestando en todo lo que es nuestra vida; de ahí nuestra conducta y de ahí el compromiso de nuestras obras de amor.
Pero además esto nos dará fuerza para enfrentarnos a las dificultades que vamos encontrando en nuestra vida. Son como pruebas que tenemos que superar. Muchas veces pueden ser incluso cosas molestas, sacrificadas. Pero ahí tiene que verse nuestra paciencia. Como dice el apóstol: ‘El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad’. No es un soportarlo porque no quede más remedio. Es que esos sufrimientos se han de vivir de una forma distinta, ‘con alegría dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’.
¿Cómo no vivirlo con alegría sabiendo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sabiendo lo que significa la redención que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros? Nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a la luz; nos ha sacado del reino de la esclavitud y del pecado, para conducirnos a la vida y a la salvación. ‘El nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
Esto que les decía san Pablo a los cristianos de Colosas, admirando su fe, su entrega, la buena respuesta que dieron al evangelio que les anunció, nos lo dice a nosotros también. Es nuestra tarea ese crecimiento de nuestra fe, de nuestro conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Es en algo en lo que tenemos que estar empeñados siempre tengamos la edad que tengamos, porque ese es un conocimiento que no se agota.
Es nuestra tarea el crecimiento de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza. Queremos vivir en su Reino. Escuchamos su Palabra cada día porque cada día queremos mejorar la pertenencia a su Reino. Y tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud. Es la esperanza de la vida eterna, es la esperanza del cielo con la que vivimos, nos esforzamos, luchamos superándonos cada día más y mejor. Es la fuerza que recibimos para aceptar pacientemente sufrimientos, luchas, problemas, dificultades. La meta a la que aspiramos, el cielo que deseamos bien merece la pena pasarlo todo. Porque eso en nuestra esperanza hemos de estar también alegres en el Señor.

sábado, 11 de julio de 2009

Es el Señor quien da la Sabiduría para mirar con los ojos de Dios

Prov. 2, 1-9
Sal. 33
Mt. 19, 27-29


‘Es el Señor quien da la Sabiduría, de su boca procede la prudencia y la inteligencia’. Así nos dice el libro de los Proverbios, un libro del Antiguo Testamento del conjunto de los Sapienciales. La liturgia nos ofrece este texto en la fiesta de san Benito Abad que hoy estamos celebrando. Fundador de los Benedictinos nos enseña a buscar y llenarnos del misterio de Dios en el silencio del monasterio, en la oración y en el trabajo que es su lema.
Buscar la sabiduría, desear ser sabios puede ser una noble aspiración. Sabio no es simplemente tener muchos conocimientos, sino haber aprendido a saber saborear esos conocimientos que en la vida hemos ido adquiriendo para de ellos saber deducir un buen hacer. Conocimientos acumulados están en los libros que llenan los estantes de una biblioteca o es el contenido de una enciclopedia, pero no es sabia la biblioteca ni la enciclopedia sino el hombre que ha rumiado y madurado esos conocimientos.
El hombre sabio es el hombre reflexivo, el hombre que sabe pasar una y otra vez por lo más hondo de su vida, su inteligencia y su corazón aquellos conocimientos que va adquiriendo. Es como el rumiante, como se suele decir, que dos veces mastica el alimento para saber sacarle todo su provecho. Así el hombre sabio es el que rumia, reflexiona, ahonda lo que ve, lo que siente, lo que conoce, lo que recibe y de todo eso va sacando el jugo más profundo. Por eso decimos que es un hombre reflexivo, prudente, paciente, pacífico porque ya va viendo todo con una nueva visión.
Pero nosotros somos creyentes que confesamos que todo viene de Dios y en Dios se centra para bien del hombre y para la misma gloria de Dios. Pues el creyente toda esa reflexión la hace en Dios. ¿Cómo? Es la oración. La oración en la que no sólo nos contentamos con decirle cosas a Dios, sino que intentamos llenarnos de su presencia, dejarnos inundar de Dios mismo. Dejarnos inundar de Dios para mirar con su mirada. Veremos entonces la vida, lo que nos sucede, a nosotros mismos o a los demás, el mundo que nos rodea y todo lo que vamos recibiendo con los ojos de Dios.
El creyente pide la Sabiduría de Dios. No olvidemos que uno de los dones del Espíritu Santo es el don de la Sabiduría, junto con el don de la ciencia o el don del conocimiento de Dios y del temor de Dios. Que nos llene e inunde, pues, el Espíritu de Sabiduría y así tendremos esa mirada de Dios. Eso significa dejarnos conducir por Dios. Algo que nos cuesta en nuestro orgullo porque queremos ser grandes, porque nos queremos aceptar que alguien nos diga o nos señale lo que hacemos o vivimos. De ahí, esa humildad para dejar a Dios introducirse en nuestra vida, escuchar su Palabra y hacer que nos ilumine, nos señale caminos o nos dé el verdadero sentido de las cosas.
Escuchar a Dios allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que necesitaremos un silencio interior, recogimiento, decimos. Los ruidos nos distraen. Pero no son ya solamente los ruidos externos, sino los ruidos que podamos tener en nuestro interior. Si ya es necesario que externamente nada nos distraiga, cuánto más en nuestro interior donde nuestra mente, nuestra imaginación nos distrae con tantas cosas. Ruidos interiores que nos distraen con aquellas cosas que nos han entrado por los sentidos, - lo que hemos visto, lo que hemos escuchado, aquello por lo que nos sentimos atraídos -; ruidos interiores que son nuestras preocupaciones o nuestros sueños, o nuestras propias pasiones. Un dominio de los sentidos para lograr ese silencio, ese serenidad, esa paz interior.
Sólo así podremos escuchar a Dios. Sólo así podremos ir adquiriendo esa sabiduría de Dios. Sólo así tendremos esa nueva mirada de nuestra vida, del mundo que nos rodea, o de las personas con las que convivimos, que es la mirada con los ojos de Dios.
Busquemos esa Sabiduría que nos viene de Dios como el más hermoso tesoro. Entonces, como nos decía el libro de los Proverbios, ‘comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios… comprenderás verdaderamente la justicia y el derecho, la rectitud y toda obra buena’.