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viernes, 2 de septiembre de 2011

En El quiso Dios que residiera toda la plenitud


Col. 1, 15-20;

Sal. 99;

Lc. 5, 33-39

En el evangelio mientras se nos va relatando la vida de Jesús, sus palabras y enseñanzas, sus obras y milagros, su amor y su entrega hasta la muerte y su resurrección se nos va revelando todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús.

No nos quedamos en contemplar la vida de un hombre, por así decirlo, ejemplar; si nos quedáramos sólo en eso sería muy pobre el conocimiento que tuviéramos de Jesús y a poca vivencia de fe podríamos llegar; a quien estamos verdaderamente contemplando cuando vemos a Jesús, cuando lo escuchamos y vemos sus obras es al Hijo de Dios que se ha encarnado; por eso contemplamos a Jesús verdadero Dios, - es el Hijo de Dios - y verdadero hombre. En Jesús se nos revela Dios.

No por nosotros mismos sino por la fuerza del Espíritu que El nos ha dado podemos ir descubriendo todo ese misterio que se nos manifiesta en Jesús y podemos comprender sus palabras en su más hondo sentido y revelación, podemos entender sus obras, podemos descubrir el Reino de Dios que se nos hace presente en Jesús. Tenemos, sí, que invocar al Espíritu Santo que nos llene de su ciencia y de su sabiduría para conocer más plenamente a Jesús.

Por eso, además, la lectura que hacemos de los evangelios no es como la lectura de un libro cualquiera por muy interesante que nos pudiera parecer, sino que ha de ser realmente una lectura en oración, una lectura orante, porque realmente es Dios mismo quien nos va hablando y se nos va revelando. De Santo Tomás de Aquino se decía que estudiaba la teología de rodillas para expresar así la veneración y adoración con que se acercaba al misterio de Dios para mejor comprenderlo y mejor explicarnoslo a nosotros, que es la función de los teólogos.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión? Porque es sublime lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios sobre todo en el texto que hemos escuchado de la carta a los Colosenses. Nos encontramos aquí uno de los pasajes cristológicos más importantes y sublimes de las cartas de san Pablo. Cristo, imagen de Dios, centro de toda la creación, cabeza de la Iglesia y plenitud de la divinidad. Todo el misterio de Dios escondido desde todos los siglos se nos revela en Jesús. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’, nos ha dicho en el evangelio cuando los discípulos le piden que les enseñe, les dé a conocer al Padre. ‘Yo y el Padre somos uno’, nos dirá en otra ocasión manifestándosenos así la Divinidad de Jesús.

Ahora nos dice el apóstol que ‘en El quiso Dios que residiera toda la plenitud, porque El es el principio, el primogenito de entre los muertos y así es el primero en todo’. Efectivamente cuando contemplamos la resurrección de Jesús lo estamos contemplando a El como primicia, como principio de esa resurrección, de esa vida de la que todos hemos de participar. Es Cristo, pues, quien nos revela el misterio del hombre, como nos enseñaba el Beato Juan Pablo II. Y es que en Cristo es donde el hombre va a encontrar todo el sentido de su vida y toda su plenitud.

‘El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia’, se nos dice resonando aquí lo que san Pablo nos dirá en la carta a los Corintios del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos como miembros pero cuya cabeza es Cristo. Se significa así esa misma vida de Cristo que hay en nosotros de la que El por la fuerza del Espíritu nos hace partícipes, pero que nos hace necesario que siempre vivamos unidos a El como el sarmiento a la vid, como los miembros unidos formando un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Y termina este texto diciéndonos algo hermoso. ‘Y por El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz’. Cristo, nuestra reconciliación y nuestra paz. Para eso derramó su sangre, para traernos el perdón de los pecados – por vosotros y por todos los hombres, como decimos con las palabras de la consagración – y al darnos el perdón reconciliarnos, unirnos, hacernos vivir en una nueva comunión con Dios y con los hermanos.

No tiene sentido que los que seguimos a Jesús andemos divididos y enfrentados, que entre nosotros no haya comunión verdadera cuando Cristo ya nos ha reconciliado en su sangre. Cuánto tendría esto que hacernos pensar para superar todas esas piedrecillas del camino que nos hacen tropezar tantas veces en el desamor y el egoísmo, para buscar siempre esos caminos de reconciliación y de comunión, de amor y de paz.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios


Col. 1, 1-8;

Sal. 51;

Lc. 4, 38-44

Vamos a fijarnos de manera especial en este inicio de la Carta de San Pablo a los cristianos de Colosas, ‘el pueblo santo que vive en Colosas’, como señala Pablo que dice de sí mismo ‘apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.

Pablo no fue el que evangelizó Colosas y es probable que nunca estuviera allí. Ciudad de Frigia, cercana a Hiérápolis y Licaonia, fue evangelizada por Epafras, un colaborador de Pablo, problablemente cuando él estaba en Efeso. Pero se manifiesta también el respeto y el cariño que aquella comunidad siente por Pablo, como se lo comunicará el mismo Epafras en la visita que le hace a Roma y que motivará esta carta. De Colosas era también Filemón a quien, como sabemos dirige una breve carta cuando le reenvía a Onésimo que habia sido esclavo de Filemón del que se había escapado, pero que ahora volverá ya como cristiano, evangelizado y bautizado por Pablo.

Se llama a sí mismo apóstol, pero fijémonos que dice ‘por designio de Dios’. Nadie se ha arrogado este honor, sino que todo ha de partir siempre de la llamada del Señor. No soy apóstol simplemente porque yo quiera, sino porque el Señor me ha elegido y me ha llamado. Una vocación a la que he de responder desde mi libertad, pero también desde la generosidad del corazón fortalecido siempre con la gracia del Señor. Por eso, por ejemplo, oramos por las vocaciones, para que sean muchos los que el Señor elija y llame, y los llamados se sientan fortalecidos con la gracia para dar respuesta a esa invitación que nos hace el Señor.

Lo llama pueblo santo que es una fórmula que emplea Pablo para dirigirse a los cristianos. Y en verdad tenemos que ser pueblo santo, como santos hemos de ser nosotros, que hemos sido consagrados en el bautismo y llamados estamos a glorificar al Señor con nuestra vida santa. Una consecuencia de nuestro bautismo y una exigencia para nuestra vida. Tenemos que ser santos. Con nuestra vida santa hemos de glorificar al Señor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

Pero fijémonos en lo que viene a ser como el centro del mensaje de este texto hoy proclamado. Pablo da gracias a Dios por la vivencia y por la respuesta que están dando al mensaje de salvación. ‘En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todo el pueblo santo’. Da gracias por la fe y por el amor que se manifiestan en aquella comunidad. ‘Vuestra fe en Cristo Jesús y vuestro amor a todo el pueblo santo’.

Pero da gracias por la fe y por el amor pero también por su esperanza. ‘Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos’, les dice. Viven intensamente su fe desde que recibieron el mensaje de la salvación, ‘desde que conocísteis la Buena Noticia, el mensaje de la verdad’. Acogieron ese mensaje de la verdad y su vida se llenó de fe y de esperanza.

‘Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’. El amor generoso de Dios que derrama su gracia sobre nosotros. Cuando nos sentimos inundados del amor de Dios, ese amor generoso, gratuito, porque es así como nos ama el Señor, damos la respuesta de la fe, la respuesta de la esperanza, nos sentimos impulsados a amar de verdad a los demás.

No me canso yo de repetir una y otra vez, de considerar una y otra vez lo bueno que es Dios con nosotros; cuánto nos ama el Señor; con qué generosidad nos ofrece su amor y su perdón confiando siempre en nosotros. ¡Cómo no vamos nosotros a poner en El toda nuestra esperanza! Tenemos que responder con nuestra fe y nuestro amor. Y sabemos lo que nos espera en el cielo si somos fieles, la gloria del Señor.

Mucho tendría que hacernos mirar nuestra vida y nuestra fe todo esto que estamos considerando. Mucho tendríamos que desgastarnos en el amor. Mucha fe y mucha confianza hemos de poner en el Señor. Mucha esperanza tiene que llenar nuestra vida.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado

Col. 3, 12-17
Sal. 150
Lc. 6, 27-38


Tenemos que comenzar por decir que pueblo no es sólo una determinada demarcación geográfica, ni sólo un conglomerado de personas que viven en un lugar determinado. Quizá muchas veces cuando nos referimos a un pueblo nos quedemos en esa primaria idea de lo que es un pueblo, pero si nos paramos a pensar nos damos cuenta que es algo más.
Las personas que conforman un pueblo normalmente y se sienten de verdad miembros de ese pueblo o comunidad tienen unas características que les son comunes. Es lo que llamamos idiosincrasia o la manera de ser de las personas de un lugar y que de alguna manera las caracterizan y definen. Eso lo notamos claramente sobre todo de algunos pueblos fijándonos en sus costumbres, su manera de actuar y, si queremos, comparando pueblos vecinos y descifrando las características propias de cada pueblo.
¿Por qué decimos todo esto? San Pablo hoy en su carta a los Colosenses nos habla de un pueblo, al que llama ‘elegido de Dios, pueblo sacro (sagrado) y amado…’ Está refiriéndose, como todos podemos comprender, a la Iglesia, a la comunidad de los que creemos en Jesús.
Y nos habla de un uniforme. Y ya sabemos que el uniforme es el vestuario que define a un determinado grupo, porque en él todos llevan el mismo vestido y apariencia.
Pero Pablo nos está hablando del uniforme del cristiano que no puede quedarse reducido a un vestido externo, sino que está haciendo referencia a algo mucho más hondo. Nuestra idiosincrasia, por emplear la palabra que mencionábamos anteriormente, nuestra manera de ser, aquello que nos distingue como pueblo de Dios.
¿Cuál es ese uniforme? En una palabra, es el amor. Ya nos lo dejó dicho Jesús que sería por lo que nos distinguirían. Claro que el amor tiene como su raíz más profunda la fe y la esperanza. Ese amor va a nacer en esa fe que tenemos en Dios, que primero El nos ha amado y elegido. Porque desde esa fe en Dios encontramos el modelo y la fuerza para vestirnos de él.
¿Qué características nos propone el apóstol? ‘La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión…’ No amamos simplemente porque no hagamos daño al otro, o formalmente seamos buenos y respetuosos con él. Es algo más hondo y más lleno de matices. Nos habla de un amor entrañable, luego tiene que nacer de lo más hondo de nuestras entrañas, o de nuestro corazón. Pero nos habla también de los detalles en los que se ha de manifestar ese amor, porque está lleno de dulzura, de comprensión, de bondad, de humildad. Y cuántas cosas se encierran en estas palabras.
Eso nos llevará, por ejemplo, a aceptarnos y sobrellevarnos, que no es simplemente aguantarnos, sino que es aceptarnos desde una relación de amor. Amor que tendrá que traducirse en perdón. ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro…’, que nos dice el apóstol. Precisamente hoy en el Evangelio Jesús nos ha hablado del perdón. Perdón a todos, también a los enemigos; perdón que se hace oración también por aquellos a los que nos cuesta amar. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…’ Porque en algo tenemos que diferenciarnos los que seguimos a Jesús.
Nos habla de amor como ceñidor y de paz como árbitro. Todo envuelto en el amor, buscando siempre la paz. Y ante cualquier dificultad o conflicto, la paz que nace del amor es lo que tiene siempre que primar. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto, pero no queremos alargarnos.
Y como termina diciéndonos hoy el apóstol, todo siempre para la gloria de Dios. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de El’.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Un valor y significado para nuestros trabajos y dolores

Col. 1,24-2, 3
Sal. 61
Lc. 6, 6-11


San Pablo nos habla hoy de sus luchas y trabajos para anunciar a todos el evangelio de Jesús. ‘Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros el mensaje completo….’ Y quiere que el anuncio llegue a todos y es lo que quiere hacer. ‘Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos con todos los recursos de la sabiduría…’
Por eso les dice que quiere que tengan ‘noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente… tarea en la que lucho denodadamente con la fuerza poderosa que El me da’.
Pero esta lucha y este esfuerzo le hace sufrir. Es el celo del apóstol que a todos quiere llegar y que busca la manera de mejor hacerlo y no siempre obtiene la respuesta deseada. Pero este sufrimiento no es para él un tormento sino una alegría. ‘Me alegro de sufrir por vosotros’, les dice. Podría parecer incomprensible que sufra y al mismo tiempo esté alegre. Pero hay un motivo, que además nos descubre un mensaje bien hermoso.
Y este mensaje es el descubrir el valor del sufrimiento. Algo que nos vale para motivarnos a nosotros cuando también tenemos que enfrentarnos al dolor y al sufrimiento que padecemos muchas veces en nuestra propia carne, allá en lo más hondo de la persona. ‘Me alegro de sufrir por vosotros, les dice, así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia’.
¿Significa esto, acaso, que la pasión de Cristo no está completa? No es eso lo que nos quiere decir el apóstol. Los dolores y sufrimientos de Cristo en su entrega por nosotros que le hizo padecer la pasión y la muerte, son de un valor infinito. Por amor Cristo se entregó por nosotros dándole valor y sentido al sufrimiento para así hacernos llegar la vida y la redención.
Cuando el apóstol habla de completar es una manera de decirnos que él con sus sufrimiento se une a los sufrimientos y la pasión de Cristo. Es querer ponernos al lado de Cristo sufriente, de Cristo en el amor de su pasión y su cruz. Nos está enseñando a darle un valor y un sentido a nuestro propio dolor y sufrimiento, cuando seamos capaces de hacer una ofrenda de amor en El, para unirnos al amor de Cristo en su entrega por nosotros.
Es Cristo quien nos ha redimido, nos ha salvado. Nosotros queremos recibir su salvación, su vida, su gracia, su perdón. Pero tenemos la oportunidad de unirnos a El en su sacrificio con nuestro sacrificio y nuestra vida, con nuestro dolor y con nuestro amor. Y así nuestro sufrimiento en ese amor y en esa unión con Cristo adquiere un nuevo valor y un nuevo sentido. No es lo mismo sufrir resignadamente que poner amor en nuestro dolor. Y cuando por amor nos unimos a Cristo El no nos va a dejar solos; si queremos nosotros ser sus cireneos que le ayudemos a llevar la Cruz, es El quien se convierte en nuestro Cirineo estando a nuestro lado y ayudándonos a llevar nuestra cruz.
Les decía a mis ancianitos y ancianitas esta mañana cuando les comentaba este texto: No penséis que porque sois mayores, llenos de achaques y debilidades, con muchas enfermedades en vuestros cuerpos, ya sois unas personas para arrinconar y que no valéis nada. Tenéis un valor grande, no solo en esa riqueza inmensa que atesora vuestra vida con tanta sabiduría que habéis adquirido con el paso de los años, sino que tenéis el potencial de vuestras debilidades, de vuestros achaques, de vuestros sufrimientos, si sabéis ofrecerlos al Señor.
Tienen ustedes una palanca muy poderosa en vuestras manos para pedir al Señor. Os acordáis mucho, por ejemplo, de vuestros hijos y de vuestros familiares y aunque estéis aquí dentro os sigue preocupando su futuro, su prosperidad, su vida. Pues desde aquí podéis hacer mucho para ayudarles ofreciendo vuestra vida, vuestros dolores, vuestras debilidades al Señor.
Una palanca poderosa para pedir por la Iglesia y por el mundo, para pedir por la paz y para que cambien muchas cosas a mejor: el ofrecimiento de vuestra vida. Y lo digo a todos los que comparten esta reflexión. Todos tenemos muchas cosas que ofrecer al Señor desde la debilidad que de una manera u otra aparece continuamente en nuestra vida. Completamos, si, en nuestra carne, los dolores de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia, por nuestro mundo, por tantas cosas que queremos pedirle al Señor.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Cimentados y estables en la fe, inamovibles en la esperanza

Col. 1, 21-23
Sal. 53
Lc. 6, 1-5


Cuando leemos las cartas de san Pablo a las diversas comunidades a las que escribe podemos tener la tendencia a pensar que dichas comunidades abarcan quizá toda la población donde están asentadas porque todos hayan abrazado la fe. Normalmente no son comunidades grandes aunque sí lo sean de gran vitalidad, pero viven en medio de una población que en su mayoría no han abrazado la fe en Jesús y no siempre les es fácil el testimonio en medio de un mundo pagano adverso o incluso en medio de comunidades judías que aún no han aceptado a Jesús que Mesías Salvador.
Estas cartas del apóstol, aunque en ocasiones tratan de corregir y orientar en problemas concretos a los que se enfrentan aquellas comunidades en su propio seno, una de los principales fines es alentarles en la fe, animarles mantenerse firme en medio de las adversidades en que se puedan encontrar y hacerles llegar el mensaje del Evangelio en el que han de ir profundizando más y más.
Este puede ser el caso de la carta a los Colosenses que estamos escuchando en estos días y que comentamos. ‘La condición es, les dice, que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Importante el mensaje de aliento que trata de trasmitirles. ‘Cimentados y estables en la fe… inamovibles en la esperanza’. Esa fe que recibieron al escuchar el Evangelio y adherirse a Jesús confesándolo como su Salvador.
Si estamos situados en un lugar inestable y en continuo movimiento, lo normal es que perdamos el equilibrio y tengamos el peligro de caernos, así como se caen las cosas que estén en ese lugar y no firmemente sujetas. Lo mismo un edificio si no está suficientemente cimentado ante cualquier movimiento telúrico fácilmente se nos viene abajo. Pero eso que sucede en la materialidad de las cosas, nos sucede también a las personas. Una persona madura decimos es una persona segura, con convicciones fuertes, que sabe lo que quiere y hacia lo que va. Podrán venirle situaciones difíciles pero se sentirá segura y firme para no dejarse arrastrar por ese torbellino de los problemas.
Pero todo eso también tenemos que decirlo en el orden de la fe y de la vida cristiana. ¿Seremos en verdad personas maduras en la fe? ¿Nuestras convicciones son firmes? ¿Sabremos hacer frente a los peligros que como vientos huracanados vienen contra nuestra fe y nuestra vida cristiana desde diversos frentes? ¿O andaremos titubeantes y dejándonos llevar como veletas por la primera opinión en contrario que llegue a nosotros?
Creo que tenemos que preocuparnos de tener una fe madura y bien formada. Como solemos decir, no nos vale simplemente la fe del carbonero. No nos vale decir esto siempre ha sido así o así me lo enseñaron aunque yo ahora no sepa dar razón de ello. Hemos de preocuparnos de formarnos, de ahondar en nuestra fe, de crecer en el conocimiento del Evangelio. Hemos de saber aprovechar todo medio bueno que esté a nuestro alcance para ese crecimiento de nuestra fe.
Pero cuánto le cuesta a la mayoría de los cristianos acudir a una charla de formación, enrolarse en un grupo cristiano de profundización en la fe, o en un catecumenado o catequesis de adultos. Nuestro conocimiento de nuestra fe, y a la larga las manifestaciones de la misma en nuestra vida, se nos ha quedado en la catequesis que de niño recibimos para la primera comunión. Hemos madurado en otras cosas pero no hemos madurado en nuestra fe.
Y como decíamos muchos vientos tenemos en contra ante los cuales tendríamos que saber sentirnos seguros. Vientos de tentaciones de todo tipo, que nos pueden llevar al pecado o que nos pueden hacer poner en duda nuestra fe. Vientos que provienen a veces de nosotros mismos que queremos hacer una fe a nuestro gusto o nuestro capricho. Vientos que recibimos del ambiente que nos rodea, del materialismo con que se vive la vida, dejando de lado todo lo que suene a espiritual o religioso.
Vientos de un sincretismo donde lo mezclamos todo o todo nos parece igual de bueno; nos dicen todas las religiones son iguales, ¿por qué tengo que ir a enseñar a otros mi fe cristiana? ¿por qué no los dejamos en sus creencias? Lo que significaría que no estamos tan seguros y tan bien cimentados en la fe en Jesús como nuestro único Salvador, Dios con nosotros que nos manifiesta todo el amor del Padre que nos hace hijos de Dios.
Vientos de la rutina y del costumbrismo, en que caemos luego en una frialdad y una indiferencia que poco a poco nos puede llevar a abandonar la fe. Vientos de un ateismo circundante práctico donde se prescinde de Dios en la vida y el hecho religioso se trata de ocultar o reducir a ámbitos meramente privados.
Todo esto nos está pidiendo esa buena cimentación de nuestra fe que les pedía el apóstol a los cristianos colosenses. ‘La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Que así sea nuestra fe y nuestra esperanza.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Colosas una comunidad estimulada por la carta del apóstol

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


La carta a los Colosenses que hemos comenzado a escuchar desde ayer en la lectura continuada de la liturgia es un texto muy alentador y muy lleno de esperanza. Cuando el apóstol escribe a aquellas comunidades donde él ha anunciado el evangelio, aunque en ocasiones tenga que corregir y llamar la atención sobre cosas que hay que mejorar en la comunidad, sin embargo lo que pretende es dar ánimos valorando todas las cosas buenas de aquella comunidad, como su acogida de la Palabra de Dios que hicieron cuando se les anunció.
Da gracias el Apóstol al Señor por la fe, el amor y la esperanza que anima a aquella comunidad. ‘Damos gracias a Dios Padre… desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo y del amor que tenéis a todo el pueblo santo… os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos… desde el día en que escuchasteis y comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’.
Por eso pide el que cada día vayan creciendo más y en el conocimiento de Dios y sus designios: ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’. Es el conocimiento del Evangelio, el conocimiento de Cristo, que se traducirá luego en una conducta agradable al Señor y en los frutos de buenas obras. ‘De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas…’ Siempre el conocimiento de Dios, de su voluntad, de lo que nos dice el evangelio ha de reflejarse en la vida, en la conducta.
Y eso se expresa además mediante las buenas obras. Nunca podremos separar nuestra fe del conjunto de nuestra vida. Esa fe que tenemos en Dios no es sólo un acto religioso que realicemos en unos momentos determinados, sino que se va manifestando en todo lo que es nuestra vida; de ahí nuestra conducta y de ahí el compromiso de nuestras obras de amor.
Pero además esto nos dará fuerza para enfrentarnos a las dificultades que vamos encontrando en nuestra vida. Son como pruebas que tenemos que superar. Muchas veces pueden ser incluso cosas molestas, sacrificadas. Pero ahí tiene que verse nuestra paciencia. Como dice el apóstol: ‘El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad’. No es un soportarlo porque no quede más remedio. Es que esos sufrimientos se han de vivir de una forma distinta, ‘con alegría dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’.
¿Cómo no vivirlo con alegría sabiendo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sabiendo lo que significa la redención que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros? Nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a la luz; nos ha sacado del reino de la esclavitud y del pecado, para conducirnos a la vida y a la salvación. ‘El nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
Esto que les decía san Pablo a los cristianos de Colosas, admirando su fe, su entrega, la buena respuesta que dieron al evangelio que les anunció, nos lo dice a nosotros también. Es nuestra tarea ese crecimiento de nuestra fe, de nuestro conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Es en algo en lo que tenemos que estar empeñados siempre tengamos la edad que tengamos, porque ese es un conocimiento que no se agota.
Es nuestra tarea el crecimiento de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza. Queremos vivir en su Reino. Escuchamos su Palabra cada día porque cada día queremos mejorar la pertenencia a su Reino. Y tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud. Es la esperanza de la vida eterna, es la esperanza del cielo con la que vivimos, nos esforzamos, luchamos superándonos cada día más y mejor. Es la fuerza que recibimos para aceptar pacientemente sufrimientos, luchas, problemas, dificultades. La meta a la que aspiramos, el cielo que deseamos bien merece la pena pasarlo todo. Porque eso en nuestra esperanza hemos de estar también alegres en el Señor.