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miércoles, 26 de agosto de 2026

Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

 


Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18;Salmo 127; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí… habremos dicho en alguna ocasión cuando vemos desde la distancia alguna situación que no brilla precisamente por la rectitud, por la honradez, por el saber estar y el buen hacer de los que presenciaron aquella situación y quizás no hicieron nada; y venimos nosotros, como redentores por decirlo de alguna manera y decimos que nosotros hubiéramos actuado de otra manera, que no hubiéramos permitido las cosas que sucedieron y mil cosas más; pero nosotros no estuvimos allí, de verdad ¿qué hubiéramos hecho? ¿ir a la contra quizás de lo que todos hacían por inercia? Es fácil mirar desde la distancia y también somos tendenciosos para culpabilizar y quitarnos culpas a nosotros mismos de encima.

Es como cuando hay un accidente y en aquel momento de urgencia los que estaban presentes y pudieron ayudar con buena voluntad hicieron todo lo que estaba de su parte o sabían hacer, pero luego vendrá el sabio de turno para decir lo que no tenían que haber hecho, lo que él hubiera decidido si hubiera estado allí, pero no estaba y los que estaban hicieron lo que les dictó su saber en aquel momento. Otra cosa es decir que tenemos que estar más preparados para situaciones así, que tendríamos que tener claros unos protocolos y demás cosas de preservación.

Jesús sigue hablando fuerte contra los escribas y fariseos, como hemos venido escuchando estos días. Les habla de su hipocresía y doblez de corazón, de la incongruencia con que se actúa tantas veces cuando no hay una concordancia con lo que decimos o con lo que queremos imponer a los demás, mientras nosotros hacemos lo contrario. Hablaba Jesús contra quienes se consideraban dirigentes del pueblo o de quienes considerándose en un estadio superior en que incluso se consideraban más perfectos luego trataban de cargar a la gente sencilla de normas y preceptos que ellos en lo interior de sus corazones lo tenía muy lejos. Hoy les llama sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero bien sabemos lo que hay en su interior, pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de la maldad que ellos llevan en su interior, hipocresía y crueldad, les dice.

Pero volvemos a repetirnos, ‘si hubiéramos estado allí…’ nosotros no hubiéramos sido como ellos, porque nosotros – desde la distancia – nos damos cuenta muy bien de la incongruencia en que vivían. ‘Si hubiéramos estado allí…’ nos decimos; pero más tenemos que plantearnos y nosotros, ahora y aquí, ¿qué es lo que hacemos? ¿No nos podrá suceder que nos parecemos demasiado a aquellos escribas y fariseos contra los que habla Jesús?

Es hora de revisarnos con sinceridad; hora de revisar nuestras actitudes y posturas en muchas cosas; hora de revisar nuestra manera de actuar. ¿No estaremos siendo también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios, con nuestras criticas a todo el que no ve las cosas como nosotros las vemos o quienes tienen unas posturas o unos principios distintos a los nuestros?

Pensemos, por ejemplo, en la crispación en que vive hoy nuestra sociedad y qué mal ejemplo nos dan nuestros dirigentes, sean del color que sean, pero quienes nos decimos cristianos y hemos optado por el seguimiento del Jesús que nos da como único y principal mandamiento el del amor, veamos cómo reaccionamos con quienes tienen otra opinión, otra manera de ver las cosas y unas actuaciones que quizás no nos gusta. ¿Qué epítetos usamos habitualmente para catalogar a esas personas? ¿Cuáles son los deseos que albergamos en nuestro corazón, que no siempre se queda en lo secreto porque muchas veces lo proclamamos bien alto, contra esas personas a las que quisiéramos quitar de en medio y no nos importaría incluso la violencia? ¿Esa tendría que ser la actuación, el lenguaje, los deseos de uno que se dice seguidor de Jesús el que incluso desde la cruz estaba diciendo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’?

El evangelio siempre tiene que ser un interrogante que se abre ante nuestra vida y nuestra manera de actuar; no hemos de tener miedo que nos produzca inquietud y desazón porque puede significar muy bien que nos está tocando nuestras heridas que tenemos que saber curar.


martes, 25 de noviembre de 2025

De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

 


De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

Daniel 2,31-45; Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11

La vanidad se disuelve como el humo. ¿A qué viene esto que estoy diciendo? La vanidad es humo. Así serán las cosas que hacemos por vanidad, nos quedamos en la apariencia pero dentro están vacías de contenido. Demasiado vamos en la vida con ese sentido. ¿Hacemos las cosas para que nos vean? ¿Por quedar bien? ¿Para que piensen de nosotros cosas bonitas? ¿Y de todo eso qué es lo que queda?

Me estaba acordando ahora de la casa aquella que tenía dos cocinas, una muy bonita, muy arreglada, siempre limpia y pulcra, con buenas vajillas en las alacenas y muchos utensilios de lujo. Pero no se utilizaba para nada, ni en los días de fiesta, era para decir que se tenía buena cocina e incluso enseñársela llenos de orgullo a las visitas; para hacer la comida, para encender el fogón sin miedo a los humos se tenía otra en el patio, donde los humos no se metieran dentro de la casa; esa no importaba como estuviera, era la de todos los días.

¿No andaremos en la vida en muchos aspectos, en muchas de las cosas que hacemos o tenemos con esos criterios de duplicidad? Apariencias, pero vacíos; mucha buena presencia por fuera, pero sin humanidad por dentro; locuras y carreras de la vida para tener muchas cosas de apariencia, pero luego una vida vacía, sin ilusión ni entusiasmo, sin ganas de hacer de verdad algo útil y que deje huella. Vanidad de vanidades y todo es vanidad, como decían los libros sapienciales del Antiguo Testamento.

Y eso puede ser pauta de la vida social, de lo que se hace y se vive en nuestra sociedad muchas veces tan llena de hipocresía, pero eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y lo que en verdad tendría que ser nuestra vida cristiana. Sabemos muchas cosas, pero pocas cosas vivimos; nos sabemos el evangelio de memoria, pero los valores del evangelio están lejos de nuestra vida; no gloriamos de que tenemos una hermosa iglesia, y con eso nos estamos refiriendo a nuestros templos que podremos incluso tener bien cuidados, pero poco se siente el sentido de comunión, el sentido de comunidad y familia en nuestras parroquias; podemos hacer unas celebraciones muy suntuosas y bonitas, que se quedan como un adorno, porque es la Palabra de Dios a la que menos se le da importancia.

Mucho podríamos seguir abundando en este sentido en nuestra reflexión. Si viene alguien de fuera y le vamos a enseñar nuestra iglesia, hablaremos de si historia y de su arte, recordaremos las hermosas y artísticas imágenes que tenemos e incluso parece que hiciéramos una lucha entre una imagen y otra, entre un santo y una virgen para decir quien es más milagroso y tiene más devotos; pero ¿le hablaríamos de la intensidad de vida de aquella comunidad, hablaríamos de los grupos de apostolado o de formación que tenemos, hablaríamos del interés que la gente pone no en adornar la iglesia para que esté muy bonita sino en el anuncio del evangelio queriendo llegar a todos, buscando siempre nuevos cauces de evangelización?

La pantalla que ponemos delante con nuestras vanidades no nos deja ver ni encontrar lo profundo que tendríamos que llevar en el corazón. El humo de la vanidad que se disuelve y del que no queda ni el rescoldo que mantiene caliente el corazón.

Hoy el evangelio comienza diciéndonos las ponderaciones que se hacían algunos de la belleza y grandiosidad del templo de Jerusalén. Pero pareciera que Jesús les arroja un jarro de agua fría frente a todas aquellas alabanzas. Ya en otra ocasión defenderá la pureza del templo que en verdad tenía que se casa de oración pero como les decía entonces la habían convertido en cueva de ladrones, pues más parecía un mercado que un lugar sagrado para el encuentro con Dios.

También nos enseñaba cómo habíamos de ser templos de la gloria de Dios por la santidad de nuestra vida y por eso quiere hipocresías sino autenticidad; justo alababa también a quien era capaz de darlo todo, aunque no tuviera ni para comer como aquella viuda que recientemente hemos contemplado, porque en realidad buscaba siempre primero la gloria de Dios, ‘primero buscad el reino de Dios y su justicia, nos decía, que lo demás se os dará por añadidura’.

Pero hoy cuando se hacen tantas ponderaciones de la belleza del templo les anuncia que todo aquello que están contemplando no quedará piedra sobre piedra. No es que Jesús quisiera que se destruyera el templo, pero era profeta de la historia y sabía en qué había de quedar todo aquello.

Pero ¿no será profeta también de nuestra vida y nos está diciendo que solo nos quedamos en la vanidad y en la apariencia mientras estamos vacíos por dentro todo se va a quedar en nada? Un interrogante para lo que hacemos de nuestra vida, para lo que hacemos de nuestra iglesia ¿estaremos vacíos por dentro y todo se nos queda en vanidad exterior? Creo que tenemos que preguntárnoslo seriamente como tiene que preguntárselo también la Iglesia.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

 


El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

1Tesalonicenses 2, 9-13; Salmo 138; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí, nos decimos tantas veces, haciendo comparación quizás entre los que nos parece que son las actitudes de algunos de los que nos habla el evangelio y lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Las comparaciones, como siempre solemos decir, son odiosas, pero quizás algunas veces nos tendríamos que poner como a trasluz de esas personas o citaciones que allí se nos mencionan con lo que somos o con lo que hacemos nosotros. ¿Seremos iguales o parecidos? Hoy que vemos que Jesús está cargando contra aquellos dirigentes que no es precisamente buen testimonio y ejemplo para nosotros. Pero acaso nosotros nos parecemos en mucho y también arrastramos posturas y actitudes negativas bien lejanas de lo que son los valores del evangelio.

Jesús vuelve a incidir en la autenticidad o la falsedad de aquellas vidas, en las apariencias que nos vuelven hipócritas y la autenticidad que debería de brillar en un seguidor de los valores del evangelio. Por eso cuando escuchamos estas palabras de Jesús, que incluso nos suenan fuertes y airadas, no es solo aquellas actitudes de entonces las que Jesús está denunciando sino que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque quizás muchas de esas cosas, de manera sutil, también están brillando de por demás en nosotros.

La fachada de buenos no queremos quitárnosla. No es algo fácil de transformar; al menos muchas veces se nos atraganta, porque algo siempre queremos dejar a nuestro favor, buscamos apoyos que nos sostengan y si no hemos cimentado bien nuestra vida no encontramos nada en nuestro interior que nos sirve de apoyo en esa carrera que hemos de emprender. Seguimos con nuestros apegos y nuestras apariencias, seguimos con una vida llena de fantasías que demuestra nuestra superficialidad; por eso nos cansamos tan fácilmente, nos aburrimos, se nos marchita nuestra vida. No hemos echado raíces profundas y no nos llega la humedad que necesitamos.

Tenemos que saber drenar nuestra vida, para quitar todo lo que sea superficial, todo lo que se va convertir en hojarasca que solo nos valdrá para prenderle fuego, podar esas ramas que solo dan apariencia, como dicen los agricultores, son chupones que la restan vitalidad a los frutos que de ese árbol podamos obtener. Es un trabajo que algunas veces nos puede resultar costoso y doloroso, pero que es necesario y por eso mismo se convierte en trabajo hermoso por los frutos que podemos obtener.

Tenemos que analizar bien nuestra vida, tenemos que darnos cuenta de esas rémoras que no nos dejan avanzar para desprendernos de ellas, darnos cuenta de esas malas costumbres o rutinas que se han metido en nuestra vida y nos impiden alcanzar los buenos objetivos que nos proponemos. Tarea de reflexión, tarea de ahondar en nuestra espiritualidad, tarea de ir escardando nuestro corazón para quitar esos apegos que no le dejan moverse con flexibilidad, tarea de oración y de escucha para dejar que esa semilla de la Palabra de Dios quede bien plantada y abonada en nosotros.

Es la manera de superar esa superficialidad a la que nos sentimos tentados cuando todo nos parece igual y nos parece bueno, cuando simplemente nos dejamos llevar porque decimos que siempre se ha hecho así, cuando comenzamos a hacer las cosas casi como una rutina sin darle sentido hondo ni a lo que decimos en nuestras oraciones ni las prácticas que realizamos en nuestra vida, cuando hacemos las cosas por mimetismo porque sin preguntarnos el por qué y el sentido de las cosas hacemos lo que otros hacen.

Una escucha atenta del evangelio siempre tiene que ser una revolución para el corazón porque nos hace descubrir en nosotros aquello de lo que ni nos habíamos dado cuenta, pero también porque nos hace emprender nuevos caminos, arriesgándonos a buscar con sinceridad esos caminos de vida. Al final será también para nosotros un remanso de paz porque nos sentiremos más llenos de Dios.

sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

‘Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

viernes, 13 de junio de 2025

Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

 


Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

2Corintios 4, 7-15; Salmo 115; Mateo 5, 27-32

Más de una vez habremos escuchado o nos lo hemos reflexionado por nosotros mismos que lo importante no es parecer sino ser. Si le damos importancia a lo de parecer lo de menos es lo que nosotros seamos porque estaremos haciéndonos como un disfraz para aparentar lo que no se es. Esto está muy relacionado con lo de la hipocresía; sabemos que esta palabra proviene de la forma del teatro griego que en las representaciones utilizaban una máscara para representar al personaje que correspondiera. Así andamos muchas veces por la vida bien por un lado juzgando a la gente por las apariencias que muchas veces puede ser también algo subjetivo nuestro porque según lo que pensamos es también lo que imaginamos de aquella persona, pero también es cuando nosotros nos disfrazamos con esas apariencias porque queremos dejar traslucir todo lo que llevamos dentro. Aquí tendríamos que hablar de la autenticidad en la vida.

Es lo que Jesús quiere enseñarnos en el evangelio. Que cuidemos nuestro interior, porque además por mucho esfuerzo que hagamos por aparentar, al final se nos saldrá de forma espontánea lo que llevamos dentro. Es necesario que nos manifestemos en todas las cosas con toda rectitud, y por supuesto las obras que realicemos sean buenas, pero cuidemos nuestro interior, cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos esos juicios que podemos hacernos de los demás, cuidemos de las malas intenciones que a la callada llevamos dentro y que en un momento determinado se desbordarán.

Habla Jesús de forma concreta del adulterio, pero que nos dice que lo somos no solo cuando externamente caigamos en esos lazos, sino cuando desde nuestro interior estamos deseando a la mujer de nuestro prójimo. Hoy quizás la gente se ría de nosotros si les hablamos de malos pensamientos y nos ponemos nuestras rebajas diciendo que si consentimos o no consentimos, si llegamos a hacer realidad lo que estamos pensado o solo se queda en los pensamientos. Pues eso es lo que hay que cuidar, en nuestro pensamiento estaremos deseando hacer el mal, aunque luego aparentemente por nuestros respetos humanos o por nuestros miedos no lleguemos a realizarlo, pero la podredumbre la tenemos dentro y nos está corroyendo por dentro.

¿No recordamos lo que nos dice Jesús en otro momento de que lo que nos hace impuros no es lo que entra por la boca sino lo que sale de nuestro corazón, porque de ahí salen los malos propósitos y deseos, de ahí salen nuestros orgullos o nuestras violencias incontroladas, desde ahí buscamos esa vanidad de la vida y esas apariencias?

Por eso ese mal deseo es el que tenemos que arrancar de cuajo, desde la raíz. Jesús nos dice que si tu ojo te hace pecar, sácatelo, o si tu mano te hace caer, córtala, que más vale entrar ciego o manco en el reino de los cielos que con todo quedarnos fuera. Esas miradas nuestras tantas veces llenas de maldad, esas miradas que traslucen la envidia que llevamos en el corazón, esas miradas nuestras que parece que están desconsoladas por los oros que brillan, por las riquezas y la posesión de las cosas que nos hace ambiciosos, esas miradas turbias para desconfiar, para querer ver siempre el lado oscuro de las personas, o nos hacen sospechar de todo y de todos, esa mirada que enturbia el corazón y nos hace perder la paz y la serenidad de la vida; no hacemos pero estamos dispuestos a hacer lo que sea por aquello que ambicionamos. Así podríamos seguir pensamos en muchas más cosas que como decíamos nos enturbian el corazón, y eso turbio que llevamos dentro un día va a rebosar de nosotros y todo lo manchará a su paso.

Busquemos esa rectitud de nuestra vida, esa pureza del corazón, esos buenos deseos que buscan siempre lo bueno, esas miradas luminosas que llenan de luz la vida. Habrá autenticidad en la vida a pesar de lo débiles que podamos ser y los tropiezos en los que podamos caer. Nos decía san Pablo que llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero la fuerza nos viene de Dios.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

 


Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

Alguna vez habremos visto en algún trabajo cómo un encargado de obra exigente trata de hacer llevar a un trabajador un peso que supera sus fuerzas, pero que además dicho encargado no es capaz de echar una mano para ayudar cuando ni él mismo es capaz de llevar tremendo peso o realizar dicho trabajo que quiere imponer a su subordinado. Lo consideramos injusto e inhumano, no lo soportaríamos quedándonos callados ante tal situación.

No serán pesos materiales o trabajos injustos de este tipo – que también los hay – pero si somos conscientes cuando nos detenemos a pensar un poco de situaciones en que nos volvemos exigentes con los demás cuando a nosotros mismos nos lo perdonamos todo; son, por ejemplo, nuestras habituales criticas a lo que hacen los demás, los prejuicios con que vamos tantas veces por la vida, o el juicio tan a la ligera que hacemos sobre la vida de los demás, sin ser capaces de ponernos en su lugar, para ver realmente lo que nosotros seríamos capaces de hacer. De qué manera tan fácil caemos por esas pendientes de prejuicios, de condenas, de críticas sin mirarnos primero a nosotros mismos.

Hoy contemplamos a Jesús que habla palabras duras contra ciertos sectores de la sociedad de su tiempo y sobre todo de aquellos que se consideraban dirigentes y desde unas opciones radicales se volvían exigentes con los demás. Pero sobre todo Jesús está haciendo hincapié en el vacío con que esas personas, sin embargo, vivían sus vidas cuando tanto les exigían a los demás. Un vacío interior o una podredumbre que les llenaba de malicias.

El camino de la vida tiene que ser de otra manera; nuestras actitudes para con los demás tienen que estar más llenas de autenticidad; hemos de saber ir a lo que verdaderamente es fundamental y no quedarnos en superficialidades y apariencias. Son cosas con las que fácilmente solemos tropezar cuando no hay verdadera profundidad en nuestras vidas. Tenemos que ahondar en nuestro espíritu, pero no para buscarnos a nosotros mismos sino para llenarnos de verdad del Espíritu de Dios que tiene que ser el que verdaderamente nos guíe. Será ahí cómo tendremos una verdadera espiritualidad que no se queda en cumplimientos o en apariencias. Esa sigue siendo una gran tentación en nuestra vida y una piedra de tropezar.

Tenemos que saber buscar ese crecimiento interior. Por eso necesitamos mucho también el mirarnos a nosotros mismos para conocer nuestra realidad y no quedarnos entonces en apariencias; cuando nos conocemos de verdad no entraremos en comparaciones con nadie, ni en juicios de condena para con los demás, sino que aprenderemos a ser en verdad comprensivos. Al darnos cuenta de nuestra realidad reconocemos nuestra debilidad, y cuanto nos cuesta a nosotros ese crecimiento, esa superación de mi vida en la que tengo que trabajar todos los días. No andaremos buscando justificaciones para nosotros y nuestra mirada a los demás será bien distinta.

Una tarea de ascesis, de crecimiento, de superación; una mirada de comprensión que se tiene que convertir en una mano tendida para ayudar a caminar juntos y a sabernos levantar mutuamente en nuestros errores y caídas; un comenzar a creer en la persona y en las posibilidades que tiene en la vida porque siempre seremos capaces de recomenzar lo que tantas veces hemos errado buscando el hacerlo mejor. Y eso nos hace comprensivos, y como hemos alcanzado nosotros misericordia con la misma generosidad queremos ofrecerla también a los demás.

lunes, 26 de agosto de 2024

Un desafío a la autenticidad de nuestra vida y de nuestra fe, a centrarnos en lo verdaderamente importante y con responsabilidad dar ese buen testimonio para los demás

 


Un desafío a la autenticidad de nuestra vida y de nuestra fe, a centrarnos en lo verdaderamente importante y con responsabilidad dar ese buen testimonio para los demás

2Tesalonicenses 1,1-5.11b-12; Salmo 95; Mateo 23,13-22

Los caminos no siempre son llanos y rectos, carecen en ocasiones de buen firme o fácilmente nos encontramos obstáculos que nos lo dificultan; pueden ser los accidentes del propio terreno, pueden ser cosas ocasionados por la propia climatología que lo pueden invadir con escorrentías o quebradas y en ello tenemos que poner nuestro esfuerzo y nuestro ingenio para superar esas dificultades. Pero bien sabemos cómo también pueden aparecer esos obstáculos por el uso que deteriora ese camino, pero también desde quienes quieren hacernos perder el rumbo y unas veces de forma un tanto inconsciente pero otras de forma maliciosa nos pueden entorpecer nuestro tránsito por ese camino.

Claro que como comprenderéis no me quiero referir a esos sendas por las que podemos transitar de un lugar a otro, sino quiero pensar en la vida misma que también es un camino. Un camino que no siempre es fácil, aunque lo quisiéramos placentero, pero desde nosotros mismos por el desorden o descontrol de nuestras propias pasiones, por la forma egoísta con que queremos vivir la vida, por la superficialidad con que vamos haciendo las cosas hará que muchas veces seas dificultoso. Es ahí donde tiene que aparecer la seriedad con que nos tomamos la vida, ese espíritu de superación que siempre tiene que haber en nosotros, esas ganas de avanzar buscando una plenitud de nuestra existencia.

Lo terrible sería que no solo nosotros no alcancemos a recorrer ese camino de la vida de la forma mejor, sino que incluso algunas veces nos podamos convertir en obstáculo para los demás por esa superficialidad con que nosotros hacemos el recorrido, por esos contra testimonios que nosotros podamos ofrecerle a los demás, o por esas desviaciones que nos apartan de esa senda de superación, pero que pueden convertirse en piedra de tropezar para los demás.

Hoy Jesús nos está haciendo recapacitar, pero al mismo tiempo está denunciando las actitudes y posturas de aquellos que teniéndose por dirigentes del pueblo sin embargo viven una vida de vanidad y superficialidad. Son las diatribas de Jesús contra algunos de aquellos grupos de dirigentes sociales y religiosos como puedan ser los fariseos, los escribas y maestros de la ley o hasta los mismos dirigentes religiosos como podían ser los sumos sacerdotes.

Hoy vemos como Jesús denuncia su hipocresía que les hace vivir una vida doble, por un lado mucha apariencia y vanidad, pero por otra superficialidad para olvidar lo que verdaderamente tiene que ser importante. Hipócritas, los llama recordando aquella máscara que se ponían los actores en el teatro para representar un personaje que realmente ellos no eran. Con la máscara nos cubrimos con una apariencia y es la vanidad con que vivimos la vida tantas veces.

Pero cuando hoy nosotros leemos este pasaje del evangelio que para nosotros tiene que ser buena noticia, no nos podemos contentar en considerar la hipocresía de aquellos fariseos y maestros de la ley en aquellos tiempos; esas palabras tienen que ser un espejo en el que nos miremos nosotros por si acaso realmente nosotros nos podamos ver reflejados en ellas.

La palabra de Dios nos interroga por dentro, nos tiene que llevar a hacernos también muchas preguntas a nosotros mismos por si acaso nosotros no seamos también esa piedra de tropiezo en el camino de los demás. Este pasaje es un desafío para nosotros, para la autenticidad de nuestra vida y de nuestra fe, para que nos centremos en lo que verdaderamente importa y para que seamos responsables y lleguemos a dar ese buen testimonio para los demás.

Ya en otro momento nos pedirá que seamos luz y que seamos sal para nuestro mundo y nuestra tierra, pero no podemos dar una luz que no tenemos, no podemos contagiar un sabor del que nosotros carecemos, lo que tiene que llevarnos a una autenticidad de nuestra vida no desde las apariencias sino desde nuestra responsabilidad pero también desde la ternura y la misericordia con la que inundemos nuestro corazón.

viernes, 15 de diciembre de 2023

Busquemos la autenticidad del Evangelio, dejémonos conducir por el Espíritu Santo que nos da la verdadera sabiduría

 


Busquemos la autenticidad del Evangelio, dejémonos conducir por el Espíritu Santo que nos da la verdadera sabiduría

Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

¿Esperaban un Mesías? ¿Cuál era el ansia más profunda que tenía en aquellos momentos el pueblo de Israel? Desde sus sentimientos religiosos, alimentados con la lectura de la Ley y los profetas cada semana en la Sinagoga se mantenía vivo el deseo y la esperanza de la pronta llegada del Mesías. Pero al mismo tiempo en aquellos momentos vivían una situación difícil dominados por el poder y el imperio de los romanos lo que hacía que estuviera muy latente en ellos ese deseo de liberación, que significaba la libertad frente al dominio y la opresión de un pueblo extranjero, que era el mismo tiempo el deseo de volver a los tiempos de esplendor que habían vivido en muchos momentos a lo largo de la historia.

Se juntaban ambos deseos y esperanzas por lo que en cierto modo la figura del Mesías prometido se convertía en la búsqueda de ese líder que hiciera de ellos un pueblo grande; de ahí la imagen en cierto modo política que se habían hecho del Mesías. ¿Cuáles eran los deseos y esperanzas que podían vivir en aquellos momentos? En cierto modo se creaba una confusión en sus mentes y de alguna manera no sabían qué aceptar.

Había aparecido la figura de Juan en el desierto a las orillas del Jordán. Se sintieron atraídos por aquella voz que surgía en el desierto que les recordaban antiguas profecías y fueron muchos los que peregrinaron hasta el Jordán para escuchar a Juan y para realizar los signos que Juan les pedía como señal de conversión y preparación para la pronta venida del Mesías.

Ahora había surgido este profeta en Galilea en la persona de Jesús y también eran muchos los que sentían atraídos por sus enseñanzas y el despertar de esperanzas en su corazón. Pero ni uno ni otro del todo convencían a muchos. A Juan le preguntaba si él era un profeta o acaso el mismo Mesías. De Jesús se preguntaban quien era cuando con tanta seguridad se presentaba anunciando el Reino de Dios y realizando tantos signos y milagros. Pero no todos en ambos casos se sentían convencidos. Duras las parecían a algunos las exigencias de Juan para un camino de conversión y su austera figura con sus ayunos y penitencias no atraían a muchos y desconfiaban.

La figura de Jesús se presentaba de otra manera, les llamaban la atención las palabras de esperanza que Jesús pronunciaba de un Reino Nuevo y los signos que realizaba como señal de lo que había de ser ese Reino nuevo, pero las exigencias de cambio radical en sus vidas para su seguimiento se enfrentaba de alguna manera a los que hasta entonces se habían constituido en guías del pueblo aunque Jesús ahora denunciaba la falsedad y la hipocresía de sus vidas.

Como decía Jesús ¿eran como los niños de la plaza que no se ponían de acuerdo en sus cantos y en sus juegos porque mientras unos pedían una cosa, otros ofrecían hacer quizá lo contrario? ¿Dónde encontrar esa sabiduría para poder discernir en cada momento lo que habría que hacer?

Pero no nos quedemos en el análisis del hecho concreto que nos ofrece hoy el evangelio sino que con él hagamos una lectura de lo que es hoy nuestra vida y de lo que son también los derroteros del mundo y de la Iglesia. ¿Andaremos también nadando entre dos aguas sin saber a qué quedarnos? ¿Cuáles son los caminos de nuestro mundo que mientras por un lado parece que surge un coro intenso pidiendo un mundo nuevo, un mundo de paz y de armonía entre todos y con la misma naturaleza por otra parte seguimos con la tentación de la vanidad y de la ostentación, de la superficialidad y el alimentos de nuestros orgullos y nuestros deseos de grandeza a costa de lo que sea? ¿Por qué camino nos hemos de decidir?

¿No nos sucederá de manera semejante en el ámbito de nuestra Iglesia? Peligro tenemos de dejarnos encantar por los cantos de sirena de nuestro mundo que todo lo quiere reformar, que todo hay que cambiarlo para adaptarnos, dicen, a los tiempos en que vivimos, en que los criterios morales tendrán que ser otros porque dicen que el mundo no nos entiende, y por otra nos encontramos con radicalismos tradicionalistas que realmente no nos dejan percibir el auténtico perfume del evangelio.

¿A dónde nos tenemos que dirigir? ¿Cuál es la sabiduría que tenemos que buscar? ¿Cuál es la respuesta que tenemos que dar a los retos del mundo de hoy? Busquemos la autenticidad del Evangelio, dejémonos conducir por el Espíritu Santo que es el que ha conducido a la Iglesia a través de los siglos, vivamos de manera auténtica nuestra fe en Jesús.


viernes, 20 de octubre de 2023

Los cristianos tenemos que ser levadura en medio de la masa, porque nos diluyamos en medio del mundo contagiando de los valores que nos dan la verdadera grandeza

 


Los cristianos tenemos que ser levadura en medio de la masa, porque nos diluyamos en medio del mundo contagiando de los valores que nos dan la verdadera grandeza

 Romanos 4,1-8; Sal 31; Lucas 12,1-7

La levadura es ese fermento que se emplea para provocar ese proceso de fermentación que nos va a dar esas diversas sustancias y nutrientes importantes para la alimentación del cuerpo humano. Es lo que se utiliza en la masa de harina con la que elaboramos el pan, por ejemplo, lo mismo que en la repostería. Algo que se diluye en la masa de manera sutil, podríamos decir, que no se necesita en grandes cantidades, casi imperceptible pero necesaria para la manipulación de la masa para hacerla fermentar.

Pero lo podemos tomar como imagen de lo que podríamos llamar también manipulación de las personas y de las masas. Deja correr un bulo y veremos como se va difundiendo de manera sutil y al final todo el mundo se lo cree como si fuera una verdad, una cosa real. Queremos que la opinión de la masa vaya en un sentido, déjalo caer casi como una noticia imperceptible, y poco a poco a poco todo el mundo se lo terminará creyendo y actuando según aquello que se pretendía. Hoy nuestra sociedad es muy manipulada desde las distintas ideologías y quienes tienen el poder de la comunicación en sus manos van a influir, muchas veces de manera muy decisiva, incluso en la marcha de la sociedad.

Es necesario tener criterios firmes y convincentes; es necesario que formemos debidamente nuestra conciencia desde unos principios y desde unos valores para tener la seguridad de por donde caminamos, sin dejarnos arrastrar por esas distintas influencias que se van dando por distintos caminos en nuestra sociedad. Y en esto los cristianos tenemos que fundamentarnos debidamente para mantener la firmeza de nuestra fe, para caminar con pie seguro en esa construcción de nuestro mundo que queremos realizar desde los ideales y los valores del Reino de Dios. Y tenemos que preguntarnos si en esto no estaremos fallando por una falta de firmeza en nuestra vida.

Con lo que escuchamos hoy en el evangelio vemos cómo Jesús quiere prevenirnos, como quería entonces prevenir a los discípulos con la levadura de los fariseos. Jesús les habla de la hipocresía, de la falsedad de sus vidas. Hipócrita es el que tiene dos caras, tomando la palabra de aquellas caretas que se utilizaban en las obras teatrales para que el actor diera el aspecto de aquel papel que representaba; el actor no se representaba a si mismo, sino que con la careta tenía que hacer de otro personaje.

Jesús les echa en cara a los fariseos que como maestros enseñaban muchas cosas que luego ellos en su propia vida no realizaban. Aparentar con las palabras una cosa que estaba muy distante de lo que realmente era su vida. La hipocresía es una falsedad, una mentira, una apariencia que oculta lo que en verdad es la propia vida; es una vanidad y una ostentación; es una falta de autenticidad en la vida y de congruencia entre lo que son las palabras y las obras que luego realizamos; es una sutileza muy bien camuflada para manipular y por llevar a los demás por caminos de nuestra conveniencia; una manipulación de los que son débiles desde la malicia que reina en el corazón.

Cuidado con esas falsas levaduras llenas de maldad. Pero no olvidemos, por otra parte, que Jesús quiere que nosotros los cristianos seamos en verdad levadura en la masa; no porque manipulemos de mala manera a los demás o tratemos de imponer las cosas, sino porque nos diluyamos en medio del mundo que nos rodea para contagiar de esos valores del evangelio que tanta grandeza dan a nuestra vida.

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

miércoles, 8 de febrero de 2023

Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

 


Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Los cambios de perspectivas nos hacen ver en muchas ocasiones las cosas con ojos nuevos; podemos estar acostumbrados a ver un paisaje siempre desde el mismo lugar, pero por las circunstancias que sea un día nos trasladamos al lado contrario, que quizás no frecuentábamos descubrimos aquella panorámica, aquel paisaje que estábamos acostumbrados a verlo siempre del mismo sitio, ahora de forma distinta, haciéndonos observar detalles o lugares en los que nunca nos habíamos fijado. Nos parecen nuevas las cosas, son para nosotros como un lugar distinto.

En la vida no nos podemos encerrar en una idea, en una costumbre, en aquello que siempre decimos es que esto se ha hecho siempre así, sino que hemos de estar abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer, por supuesto haciéndonos también nuestro juicio crítico para no tragarnos todo lo que se nos presente como nuevo como algo bueno, pero siempre dando paso a esa perspectiva nueva.

Es la mirada nueva que Jesús quiere que hagamos, es la novedad de su anuncio del Reino de Dios, es esa buena noticia, pero que además como noticia siempre es nueva, que nos ofrece cuando comienza su predicación. Las palabras de Jesús, es cierto, que dejaban descolados a muchos, para quienes la vida y la religión habían entrado en un camino de rutina y ya no se planteaban lo nuevo que Jesús nos pudiera ofrecer. Era, es cierto, un pueblo de tradiciones, pero si observamos la trayectoria de los profetas aparte de mantener con toda su fidelidad al Dios de la Alianza, siempre sin embargo estaban ofreciendo caminos nuevos para vivir esa fidelidad a Dios en las circunstancias concretas que en cada momento vivían.

Han venido a Jesús con el problema de la impureza o no de comer o no comer sin haberse lavado antes y Jesús quiere centrarlos en lo que verdaderamente es principal. El evangelio de hoy es continuación cierta del ayer escuchado. Y Jesús nos viene a hablar hoy de donde está la verdadera pureza o impureza de lo que hacemos. No es algo que podemos observarlo desde lo exterior, como si fueran las cosas las que nos hacen impuros.

Y nos viene a decir Jesús que la verdadera maldad del hombre, la mayor impureza, arranca del corazón del hombre. es ahí donde se anidan los malos deseos, es ahí donde tenemos el caldo de cultivo de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, es ahí donde nace el egoísmo que nos hace insolidario, las envidias que nos llevan a las malquerencias hacia los demás, los resentimientos y los odios que terminan destruyéndonos a nosotros mismos.

‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

Ahí tenemos las palabras de Jesús que no necesitan muchos comentarios. Es la nueva visión que Jesús quiere ofrecernos de cómo no tenemos que preocuparnos tanto de lavar los platos o las ollas por fuera, sino que es el interior del corazón del hombre lo que tenemos que purificar. Es la nueva perspectiva que Jesús quiere ofrecernos para que encontremos la verdadera autenticidad de la persona.

martes, 23 de agosto de 2022

Rectitud de nuestro corazón, misericordia y compasión de las que hemos de rebosar, armonía y paz interior desde la fidelidad al camino recto

 


Rectitud de nuestro corazón, misericordia y compasión de las que hemos de rebosar, armonía y paz interior desde la fidelidad al camino recto

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Sal 95; Mateo 23, 23-26

Mantener el equilibrio no es fácil; podríamos llegar a decir que es todo un arte; difícil es que con fuerzas opuestas que tiran o empujan de nosotros de un lado o de otro podamos mantenernos en ese equilibrio. El equilibrista, el que se lo toma como un arte y una exhibición tendrá que entrenar mucho no solo físicamente sino mentalmente para lograrlo.

Pero no quiero ahora hablar de esos artistas que vemos en la calle haciendo sus exhibiciones, o en un circo, sino de esos equilibrios que muchas veces nos vemos forzados a ir haciendo en la vida. Será el mantenernos firmes y con serenidad ante los embates de la vida que muchas veces son fuertes, y nos cuesta mantener esa serenidad interior para mantener la paz, para sentirnos seguros en lo que hacemos, para mantener el ritmo de la vida, para no cansarnos y tirar la toalla porque los momentos sean difíciles. Ahí buscamos siempre la rectitud, el actuar bien y en conciencia sin dejarnos influir o arrastrar por muchos cantos de sirena que pretenden atraernos.

Pero hay otros equilibrios, y no sé si llamarlos falsos, que vemos haciendo a muchos, o acaso nosotros nos hayamos visto envueltos en ellos también, porque está lo que sabemos que es justo y es recto, pero quizás queremos mantener una apariencia, cuando en el fondo hemos sido débiles y no hemos actuado conforme a aquella rectitud de conciencia que deberíamos de haber tenido. Y vienen las apariencias y las vanidades, viene el querer mantener la imagen cuando en el fondo sabemos que no somos tan buenos porque muchas hemos hecho lo que no es correcto; y muchas veces cuando estamos actuando desde esa apariencia y vanidad hasta, como una reacción, nos volvemos incluso exigentes con los demás. ¿Podemos llamar a eso equilibrio o será la vanidad de la doble caras que queremos poner?

Qué importante es la autenticidad con que vivamos la vida, incluso sabiendo que somos débiles y muchas veces vamos tropezando en muchas cosas que no hacemos del todo bien. Nos cuesta incluso ser sinceros con nosotros mismos, y entonces tampoco seremos sinceros con los demás, no mostraremos la autenticidad de nuestra vida; pensamos quizá que perdemos puntos si los que están a nuestro lado ven nuestra debilidad. Qué difícil es vivir momentos y situaciones así.

Me estoy haciendo esta reflexión que os estoy ofreciendo desde una lectura del evangelio donde Jesús pide esa autenticidad en la vida. en este caso, son las diatribas que mantienes con los fariseos, a los que precisamente llama hipócritas; hipócrita es el que no usa una cara auténtica, no dejando ver su cara propia, sino expresando cosa distinta a lo que es él por dentro. La palabra viene de aquellas caretas que se utilizaban en el teatro griego para caracterizar a los personajes de la comedia.

Cuantas veces nosotros también, tal como nos dice hoy el evangelio en lo que Jesús echa en cara a los fariseos, nosotros estamos dándole importancia a cosas nimias que pareciera que las convertimos en esenciales, y no olvidamos, como nos dice Jesús, de la justicia, la misericordia, la fidelidad y la compasión.

Habla de colar un mosquito y tragarse un camello; habla de pagar el diezmo por el comino y la hierbabuena, mientras no somos capaces de tener misericordia en el corazón en el trato con los demás; habla de limpiar mucho la copa por fuera, pero por dentro está llena de miseria y suciedad. No mantengamos esa imagen externa como para mantener un prestigio, sino que limpiemos y purifiquemos nuestro corazón de toda maldad. Ya nos dirá en otro momento que la maldad no nos entra por la boca, sino que sale de nuestro corazón cuando lo tenemos maleado.

¿Equilibrios, como decíamos al principio? La rectitud de nuestro corazón, la misericordia y la compasión de las que hemos de rebosar, la armonía y la paz que logramos en nuestro interior cuando nos mantenemos fieles y actuamos en todo momento con rectitud porque muchos que sean los embates que recibamos.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Camino de superación y de esfuerzo para vivir con autenticidad nuestra vida poniendo rectitud en el corazón

 


Camino de superación y de esfuerzo para vivir con autenticidad nuestra vida poniendo rectitud en el corazón

 Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46

Ojalá fuéramos con nosotros mismos al menos la mitad de lo exigentes que somos con los demás. A nosotros mismos nos lo perdonamos todo, o al menos siempre queremos encontrar siempre una disculpa que nos justifique de lo que hacemos, pero qué duros nos volvemos en el juicio que hacemos de los demás; no dejamos pasar ni la media.

Me vais a decir que me estoy pasando en mis apreciaciones, pero si no, miremos lo que son nuestras críticas y murmuraciones habituales que hacemos de los demás; siempre estamos con el juicio pronto y la condena, pero cómo nos duele que nos critiquen los demás, que alguien se atreva a decir algo de nosotros, porque además siempre nos creemos que lo hacemos todo bien, y si en un momento determinado nos cogen en algo que no  hicimos de una forma tan correcta, siempre tenemos a punto nuestras disculpas y nuestras justificaciones.

Cuando hoy escuchamos en el evangelio la condena que Jesús hace de los fariseos y de los maestros de la ley porque actúan con doble cara o doble moral, nos parece que eso a nosotros casi no nos toca; pero tenemos que tener la humildad suficiente para darnos cuenta cómo nosotros andamos también con esa doble moral tantas veces en nuestra vida, cómo queremos aparentar unas cosas que realmente en lo más hondo de nosotros mismos no hacemos, cómo hay esa doble cara – y eso se llama hipocresía -, por una parte la apariencia que queremos dar, y realmente lo que en nuestro corazón ocultamos quizás con tantas malicias y tantos malos deseos. Una es la regla que queremos imponer a los demás y otras son las cosas que nos permitimos allá en lo secreto de nuestro corazón olvidándonos también tantas veces de lo que es la verdadera ley del Señor.

Vivir una vida de rectitud, manteniendo nuestra fidelidad es algo que muchas veces nos cuesta porque nos sentimos tentados por muchos lados; no es fácil, nos cuesta; esa corrupción que tanto está afectando a nuestra sociedad en tantos aspectos es algo que sutilmente nos tienta también; muchas veces podemos olvidar esos principios de rectitud, de una auténtica ética y moralidad que tendrían que ser los que tendrían que primar en nuestra vida y nos dejamos conquistar por ese irse deslizando por aquello de que todos los hacen, que al final podemos terminar haciéndolo nosotros también.

Es aquí donde tenemos que pensar el testimonio claro y valiente que tenemos que dar frente al mundo que nos rodea los que nos decimos que creemos en Jesús y le seguimos. Siempre hemos de estar en camino de superación y de crecimiento, de vigilancia interior y de revisión contínua de nuestras actitudes y de nuestros comportamientos; como decíamos antes, tenemos el peligro de contagiarnos fácilmente del ambiente corrupto que nos rodea. Siempre hemos de vivir una vida en ascensión, aunque nos cueste, aunque la pendiente de la vida nos lo ponga difícil, una vida de crecimiento.

Es la victoria de cada día para superar nuestro yo egoísta, para no dejarnos envolver por la vanidad, para ser auténticos en lo que hacemos y vivimos, para que haya una verdadera sinceridad en nuestra vida, para que nos sintamos fuertes frente a los vendavales que nos puedan azotar para distraernos y alejarnos del verdadero camino. No lo damos ya por hecho y conseguido, sino que sabemos que a cada instante tenemos que superarnos de nuevo porque nuevo puede ser el obstáculo que podamos encontrar.

Tenemos una cosa cierta, que nunca nos faltará el Espíritu del Señor que nos llena de fortaleza y nos hace sentir la verdadera alegría cristiana en nuestro corazón cuando logramos superar todas esas tentaciones.

miércoles, 25 de agosto de 2021

El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

 


El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

1Tesalonicenses 2, 9-13; Sal 138; Mateo 23, 27-32

Todos queremos conservar intacta nuestra imagen; bueno, la imagen que nos hemos creado de nosotros mismos, donde siempre queremos presentar el lado bonito, pero que no se vean los claroscuros que pudiera haber. Como anécdota recuerdo siempre a un hombre, que no era muy agraciado en su cara hay que reconocerlo, pero que él decía de sí mismo que era bonito y cuando se hacía una fotografía se ponía de perfil de tal forma que no se vieran las partes de su rostro que no eran tan agraciadas.

Pues un poco así somos aunque no lo queramos decir en voz alta. Quizás lo que más nos duele de algún error que hayamos cometido en la vida, no es el error en sí, sino lo que los otros podrán pensar de él cuando se enteren, la desilusión que se van a llevar porque siempre nos tuvieron por buenos y nosotros nos aprovechamos de ello presentando solo ese lado bueno y de evitar esos otros lados oscuros de la propia vida. Es lo que llamamos el prestigio que tenemos que salvar, el buen nombre que podríamos tener y por eso quizás damos una apariencia que no refleja lo que en verdad somos.

Así vamos por la vida llenos de vanidades, con muchas apariencias que no reflejan la auténtica realidad. Nos manifestamos grandilocuentes cuando no sabemos decir dos palabras seguidas, por decirlo de alguna manera; nos queremos presentar fuertes y poderosos, cuando sentimos tanta debilidad en nuestro interior y tantos miedos que en el fondo vamos acobardados; ocultamos la timidez que llevamos dentro dando apariencias de seguridades que no tenemos pero con nuestra prepotencia y con nuestra autosuficiencia tratamos de disimularlo; queremos presentarnos como personas muy religiosas y haciendo muchas recomendaciones a los demás de cómo tiene que ser su religiosidad, cuando nosotros estamos vacíos por dentro y sin ninguna espiritualidad que merezca la pena.

Y de esto nos encontramos en todas las facetas de la vida y de la sociedad; y es triste reconocerlo, pero muchas veces nos encontramos así entre gentes de iglesia y hasta en quienes tienen que ser dirigentes o formadores de la comunidad cristiana. Cuanto vacío nos encontramos tantas veces, cuanta palabrería, cuanta fanfarria, cuantas suntuosidades, pero donde falta algo profundo. Y no nos queremos dar cuenta o tratamos de buscar disimulos o disculpas.

Hoy Jesús llama sepulcros blanqueados a aquellos fariseos y maestros de la ley que se quedaban en las apariencias y en la hipocresía y nada tenían en su interior. Cuando leemos este evangelio nos damos gusto cargando contra aquellos y hasta nos frotamos las manos, pero no somos valientes para hacer una lectura donde nosotros nos veamos reflejados en aquellos personajes y aquellas actitudes que Jesús denuncia en el evangelio. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos que nos vemos bien reflejados en esas páginas del evangelio y en esas palabras de Jesús.

Tenemos que examinar la autenticidad de nuestras vidas y la sinceridad de nuestro vivir. No nos cueste reconocer nuestras debilidades, nuestras inseguridades, nuestra superficialidad, porque puede ser el punto de arranque para que siendo conscientes de nuestra condición nos pongamos en serio a cambiar, a buscar la manera de encontrar esa espiritualidad profunda que dé sentido a nuestras vidas.

El evangelio tiene que ser un interrogante para nosotros al que no hemos de tenerle miedo. Con la sinceridad reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nuestra vida nos haremos más creíbles para los demás, seremos más auténticos.