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viernes, 13 de junio de 2025

Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

 


Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

2Corintios 4, 7-15; Salmo 115; Mateo 5, 27-32

Más de una vez habremos escuchado o nos lo hemos reflexionado por nosotros mismos que lo importante no es parecer sino ser. Si le damos importancia a lo de parecer lo de menos es lo que nosotros seamos porque estaremos haciéndonos como un disfraz para aparentar lo que no se es. Esto está muy relacionado con lo de la hipocresía; sabemos que esta palabra proviene de la forma del teatro griego que en las representaciones utilizaban una máscara para representar al personaje que correspondiera. Así andamos muchas veces por la vida bien por un lado juzgando a la gente por las apariencias que muchas veces puede ser también algo subjetivo nuestro porque según lo que pensamos es también lo que imaginamos de aquella persona, pero también es cuando nosotros nos disfrazamos con esas apariencias porque queremos dejar traslucir todo lo que llevamos dentro. Aquí tendríamos que hablar de la autenticidad en la vida.

Es lo que Jesús quiere enseñarnos en el evangelio. Que cuidemos nuestro interior, porque además por mucho esfuerzo que hagamos por aparentar, al final se nos saldrá de forma espontánea lo que llevamos dentro. Es necesario que nos manifestemos en todas las cosas con toda rectitud, y por supuesto las obras que realicemos sean buenas, pero cuidemos nuestro interior, cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos esos juicios que podemos hacernos de los demás, cuidemos de las malas intenciones que a la callada llevamos dentro y que en un momento determinado se desbordarán.

Habla Jesús de forma concreta del adulterio, pero que nos dice que lo somos no solo cuando externamente caigamos en esos lazos, sino cuando desde nuestro interior estamos deseando a la mujer de nuestro prójimo. Hoy quizás la gente se ría de nosotros si les hablamos de malos pensamientos y nos ponemos nuestras rebajas diciendo que si consentimos o no consentimos, si llegamos a hacer realidad lo que estamos pensado o solo se queda en los pensamientos. Pues eso es lo que hay que cuidar, en nuestro pensamiento estaremos deseando hacer el mal, aunque luego aparentemente por nuestros respetos humanos o por nuestros miedos no lleguemos a realizarlo, pero la podredumbre la tenemos dentro y nos está corroyendo por dentro.

¿No recordamos lo que nos dice Jesús en otro momento de que lo que nos hace impuros no es lo que entra por la boca sino lo que sale de nuestro corazón, porque de ahí salen los malos propósitos y deseos, de ahí salen nuestros orgullos o nuestras violencias incontroladas, desde ahí buscamos esa vanidad de la vida y esas apariencias?

Por eso ese mal deseo es el que tenemos que arrancar de cuajo, desde la raíz. Jesús nos dice que si tu ojo te hace pecar, sácatelo, o si tu mano te hace caer, córtala, que más vale entrar ciego o manco en el reino de los cielos que con todo quedarnos fuera. Esas miradas nuestras tantas veces llenas de maldad, esas miradas que traslucen la envidia que llevamos en el corazón, esas miradas nuestras que parece que están desconsoladas por los oros que brillan, por las riquezas y la posesión de las cosas que nos hace ambiciosos, esas miradas turbias para desconfiar, para querer ver siempre el lado oscuro de las personas, o nos hacen sospechar de todo y de todos, esa mirada que enturbia el corazón y nos hace perder la paz y la serenidad de la vida; no hacemos pero estamos dispuestos a hacer lo que sea por aquello que ambicionamos. Así podríamos seguir pensamos en muchas más cosas que como decíamos nos enturbian el corazón, y eso turbio que llevamos dentro un día va a rebosar de nosotros y todo lo manchará a su paso.

Busquemos esa rectitud de nuestra vida, esa pureza del corazón, esos buenos deseos que buscan siempre lo bueno, esas miradas luminosas que llenan de luz la vida. Habrá autenticidad en la vida a pesar de lo débiles que podamos ser y los tropiezos en los que podamos caer. Nos decía san Pablo que llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero la fuerza nos viene de Dios.

miércoles, 31 de julio de 2024

Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

 


Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

Jeremías 15,10.16-21; Salmo 58; Mateo 13,44-46

Hoy queremos estar a la última; nos enteramos que salió un móvil - celular dicen en otros sitios – de última generación, o cualquier otro aparato electrónico o de informática con no sé cuantas aplicaciones y mejoras – yo ya me he quedado obsoleto en estas cosas – y corriendo vamos a conseguirlo, cueste lo que cueste, porque no nos podemos quedar atrás, porque no podemos ser menos que el amigo que ya lo tiene y va luciéndose por todas partes. Cuánto interés ponemos en estas cosas, cómo somos capaces de gastarnos lo que no tenemos con tal de estar a lo último.

Se me ha ocurrido poner esto tan propio de nuestros días, porque de alguna manera es una traducción de las parábolas que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el tesoro encontrado en el campo, o la perla preciosa que hemos descubierto; en fin de cuentas tenemos hoy todos esos ‘aparatejos’ electrónicos como un gran tesoro para nuestra vida en virtud de cuantas cosas nos ofrecen y de las utilidades que tienen en la vida de hoy. Aquellos de la parábola eran capaces, como nos dice Jesús, de vender cuanto tenían con tal de conseguir aquel tesoro. Claro que hoy no solo es todo eso de la tecnología, de la que hemos venido hablando, sino también pensemos que, como se suele decir, vendemos el alma al diablo por algunas satisfacciones, por cosas que decimos que nos hacen felices, o muchas veces por dar esa apariencia de poder y de grandeza que manifestamos en tantas cosas de la vida.

Pero Jesús nos está diciendo que quien encuentra un sentido para su vida es como quien está encontrando un tesoro; nos habla del reino de Dios, del reino de los cielos. Es el gran mensaje que Jesús nos está presentando desde el inicio de su predicación. Y ya nos decía desde el principio cómo tendríamos que desprendernos de muchas cosas para poder creer y aceptar esa buena noticia que El nos estaba presentando. Convertíos, nos decía, para creer en la Buena Noticia.

Y esa Buena Noticia era hablarnos del Reino de Dios; no era hablar de un reino nuevo que había de establecerse en Israel para recuperar su soberanía; era la imagen que los confundía, y cuando comprendían que Jesús no iba precisamente por ese camino muchos le rechazaron. Ese Reino de Dios que Jesús les anunciaba era algo mucho más hondo porque era algo que había de realizarse en lo más hondo de la vida; era descubrir un sentido nuevo de la vida donde el único Señor de nuestra vida sería Dios, por eso lo llamaba reino de Dios.

Pero es que cuando se descubría esto, se estaba descubriendo un sentido más grandioso de la persona, se estaba queriendo recuperar la verdadera dignidad y grandeza de la persona que no podía quedarse en apariencias ni vanidades, ni en ritos ni en cumplimientos. Por eso nos está hablando de que ese sentido tiene su raíz en el amor; desde el amor que Dios nos tiene y desde el amor que en consecuencia hemos de tenernos los unos a los otros. Y amarnos es respetarnos, y valorarnos, y buscar el bien de la persona y respetar siempre su dignidad, es engrandecernos por dentro desde la generosidad con que vivamos la vida y nuestras relaciones con los demás, es buscar la verdadera felicidad, la que nos llena de satisfacciones por dentro y que nos conducen a una plenitud.

Descubrir todo esto es en verdad descubrir un tesoro, y quien encuentra el tesoro lo querrá tener consigo siempre. Por él lo daríamos todo. Ojalá tuviéramos tanto interés por encontrar ese sentido de la vida, como tenemos interés por estar al día en las últimas tecnologías o las últimas cosas que se lleven en el momento presente, ya sean las modas, ya sea las músicas, ya sean las últimas cosas que nos salgan en las redes sociales.

¿Aprenderemos algún día a valorar en todo su sentido el evangelio? ¿Pondremos todo el interés del mundo por escuchar el mensaje de la palabra de Dios igual que estamos al tanto de la última canción o del último concierto que nos da el artista del momento? ¿Prestaremos la misma atención al mensaje de la palabra de Dios como el interés que mostramos por escuchar y seguir al último ‘influencer’, o como se diga, del momento?

viernes, 21 de junio de 2024

Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

 


Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

Cuando andamos muy preocupados por sacar el brillo a los metales preciosos que podamos poseer, no tendremos tiempo para encontrar lo que verdaderamente nos puede hacer felices, porque ni tenemos tiempo para mirarnos interiormente a nosotros mismos, ni sabremos disfrutar de la sonrisa de un niño ni el calor de una mirada agradecida de aquel a cuyo lado nos ponemos, ni el gozo que podamos sentir en el corazón por la satisfacción de lo que nos desprendemos para compartir con los demás.

Cuántas cosas efímeras nos entretienen en la vida que son como barreras que nos impiden acercarnos allí donde está la verdadera riqueza de la persona que es su corazón. Le damos más valor a una joya que solo es un adorno que ponemos por encima de nosotros y que fácilmente se nos puede caer y la perdemos, y no somos capaces de descubrir las joyas de un corazón lleno de valores de generosidad y de ternura que son los que verdaderamente hacen florecer la vida y el mundo. 

Hoy Jesús quiere ayudarnos a descubrir cuales son los verdaderos tesoros de nuestra vida. Vivimos obsesionados por lo que tenemos o podemos poseer, desde esa posesión de cosas materiales queremos garantizarnos la seguridad de un futuro que deseamos que sea mejor, y nos parece muchas veces que la petición más importante del padrenuestro es que se nos garantice ese pan de cada día.

Es cierto que tenemos unas necesidades materiales, porque queremos tener el alimento de cada día o el techo que nos cobije cada noche; es cierto que tenemos que realizar unos trabajos que nos den unos rendimientos para tener lo necesario para una vida digna y si es posible también cada día mejor. No podemos sin embargo dar la espalda a lo que son nuestras responsabilidades como persona y como miembros de una familia, y tampoco podemos olvidar que Dios ha puesto el mundo en nuestras manos y tenemos una responsabilidad en su desarrollo y en hacerlo cada día mejor. No actuaríamos con responsabilidad si no desarrollamos al máximo nuestras capacidades, nuestras cualidades y valores con nuestro trabajo de cada día, porque estamos contribuyendo también a la grandeza de ese mundo, repito, que Dios ha puesto en nuestras manos.

Pero como personas somos algo más. Todo no lo podemos reducir a un trabajo para obtener unas ganancias si al mismo tiempo no le damos, vamos a decirlo así, humanidad a la vida, a nuestras relaciones, a nuestro estar en el mundo, al mismo trabajo que hacemos. No somos unas máquinas para producir. Somos unas personas para vivir. Y vivir es el encuentro, y vivir es una conversación amable para compartir con los demás, y vivir es saborear el momento y también el descanso, y vivir es darle alegría a la vida, y vivir es mantener la paz en el corazón porque va a ser verdaderamente generadora de la buena convivencia y armonía que mantengamos con los demás.

Y es ahí donde vamos poniendo lo mejor de nosotros mismos para sentir las más hondas satisfacciones; y es ahí donde vamos haciendo florecer el mundo con el colorido y calor de la amistad y del amor; y es ahí donde iremos trabajando para lograr una autentica felicidad desde esa armonía que vamos poniendo, desde ese compartir donde mutuamente nos vamos enriqueciendo; y es ahí donde iremos construyendo un mundo mejor donde florecerán los mejores valores que nos harán felices a todos. Qué hermoso cuando contemplamos a tantas personas que se gastan por los demás sin preocuparse de sacar brillo a sus tesoros, porque han comprendido que el verdadero tesoro lo van a encontrar en el corazón cuando hacen más felices a los que están a su lado.

Pero para lograr eso no podemos estar muy entretenidos en sacar brillo a nuestros oropeles que llamamos equivocadamente tesoros; son otros los tesoros que tenemos que buscar y hacer brillar, saquemos lo mejor que llevamos dentro del corazón.

martes, 5 de septiembre de 2023

Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción



 Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Estamos cansados de palabras y más palabras; todo el mundo tiene algo que decir, algo que proponer, promesas que hacer; pero muchas veces palabras que se lleva el viento; palabras que son como cantinelas repetidas en labios de uno y en labios de otro; palabras muchas veces huecas, vacías, que parecen como repetidoras de algo que está mandado decir y que se dice porque está mandado así, pero que notamos que están vacías de contenido, que no tienen alma; aunque a veces veamos que se pone mucho énfasis, sin embargo notamos que en el fondo son palabras como repetidas de memoria y sin contenido que salga del corazón de quienes las pronuncian; palabras, por otra parte, que podrían decir algo, pero que son dichas con tan poca fuerza de vida que al final tampoco nos convencen.

Nos cuesta encontrar palabras hondas, palabras que de verdad salgan del corazón, que tengan autoridad en sí mismas, que nos planteen un interrogante o que nos den una respuesta, palabras que ayuden a vivir y palabras que estén llenas de vida. Pasa hoy y ha pasado en todos los tiempos y lugares. Encontrar quien nos diga una palabra clara que nos llegue al corazón es como encontrar un tesoro.

Cuando Jesús comenzó a hablar a las gentes sentían que había algo distinto. Sus palabras llegaban al corazón y llegaban a la vida, aunque no todos las recibieran de la misma manera. Pero había quien entraba en sintonía con la palabra de Jesús, quienes poco a poco iban abriendo su corazón a aquellas palabras y sentían que algo se iba renovando en su interior. Eran palabras dichas con autoridad. Así comienzan a reconocerlo algunos, muchos, aunque también porque tenían su corazón muy encerrado en una coraza reaccionaban también de forma negativa diciéndole a Jesús qué tenía que ver con ellos.

Pero sí tenía que ver con ellos, sí tiene que ver con nosotros; El no quiere desentenderse de nosotros, quiere estar a nuestro lado allí donde estamos con nuestros problemas, y allí siempre tiene para nosotros una palabra de vida, una palabra de salvación. Nosotros le interesamos a Jesus y nos manifiesta su cercanía, su caminar a nuestro lado, el tendernos la mano una y otra vez allí donde estamos, aunque nos parezca que estamos hundidos, para levantarnos, para ponernos en camino de nueva vida.

Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. La gente reconoce que Jesús habla con autoridad. Su palabra no es una dulce melodía que nos adormezca sino que será un grito fuerte en el corazón que nos despierte, que nos ponga en camino de liberación, de poder comenzar una senda nueva. Nos cuesta a veces escucharle y también le ofrecemos nuestras resistencias como aquel poseído del espíritu maligno del que nos habla el evangelio; no queremos en ocasiones que esa palabra de Jesús nos inquiete, preferimos una dulzaina que nos adormezca, por no hacer el esfuerzo de levantarnos y cambiar. Abramos sin temor nuestro corazón a la palabra de Jesús.

Pero esto nos enseña también cómo nosotros hemos de transmitir esa palabra, cómo nosotros también tenemos que hacer el anuncio. Tenemos que saber ir con la autoridad de Jesús, con el convencimiento claro de nuestro corazón, con la firmeza al tiempo que con la seguridad y la alegría de quien ha experimentado en sí mismo esa salvación que nos ofrece Jesús y que nosotros queremos transmitir a los demás.

Qué lástima que muchas veces no parecemos convencidos, no damos la impresión de que lo que queremos transmitir es lo que lo nosotros ya experimentamos y ahora vivimos. Es la firmeza y la autoridad con que tiene que mostrarse la Iglesia, pero no una autoridad de imposición, que eso sería muy fácil, sino la autoridad de lo que es su vida. Es un cuidado muy meticuloso que tenemos que mostrar quienes de una manera o de otra hacemos anuncio de la Palabra de Dios, ya porque seamos los lectores que la proclamamos en la celebración, ya porque sean los que con la autoridad de la Iglesia tratan de hacerla llegar al pueblo de Dios y al mundo que nos rodea. Cuidado con los recitativos de nuestra entonación a la hora de la proclamación que se pueden convertir en música cansina que al final no interese ni llame la atención.

¿Será por eso por lo que el mundo de nuestro tiempo no muestra ningun interés por el anuncio del Evangelio? ¿Nos estarán diciendo también como aquel hombre del evangelio y eso qué tiene que ver conmigo y con mi vida? Y el mundo nos da la espalda y se va a sus cosas, y no termina de mostrar algun interés por la Palabra que proclamamos. Es algo muy serio que los cristianos tendriamos que plantearnos.


miércoles, 2 de agosto de 2023

Tenemos que darlo todo para comprar aquel campo que contiene el tesoro escondido, tenemos que darlo todo para vivir la alegría más honda de nuestra vida

 


Tenemos que darlo todo para comprar aquel campo que contiene el tesoro escondido, tenemos que darlo todo para vivir la alegría más honda de nuestra vida

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

Siempre en la vida nos encontramos con cosas, con momentos, con acontecimientos, con personas que nos dan alegría.  Un acontecimiento inesperado que nos sorprende y que puede ser motivo de nuevas cosas para mi vida, nos llena de alegría; una buena noticia de algo que le ha sucedido a alguien y le ha dado mucha alegría, nos llena a nosotros de alegría también; la solución de unos problemas que teníamos enconados en la vida y que parecía que no tenían salida, nos da alegría; una buena cosecha, la consecución del fruto de unos trabajos y de unos esfuerzos, el alcanzar unas metas que nos habíamos propuesto, nos llena de alegría; el contemplar a alguien que es muy feliz y se siente realizada con lo que hace y con lo que ha conseguido, nos llena de alegría también… así podíamos seguir haciendo una lista grande de cosas que nos motivan, nos llenan de alegría, e incluso nos sentimos como impulsados a compartirlo con los demás para que participen también de esa misma alegría.

Hoy nos habla Jesús en la parábola del hombre que trabajando el campo de pronto se ha encontrado un tesoro escondido en él; se llena de alegría, nos dice el relato de la parábola, y va a conseguir los medios necesarios para adquirir aquel campo y con ello conseguir para sí el tesoro en él escondido. Jesús hace la comparación con esta parábola de lo que es el Reino de los cielos; en cierto modo nos está hablando de la alegría de encontrar el tesoro de la fe, el tesoro del evangelio, en una palabra, del encuentro con Jesús y su salvación.

Descubrir el mensaje del evangelio, tener un encuentro vivo con Jesús es algo profundo que sucede en nuestra vida y nos vamos a sentir totalmente transformados por ese encuentro y ese mensaje. Es encontrar luz para la vida; por eso el evangelio nos hace la comparación, incluso con palabras del profeta, que la aparición de Jesús de Nazaret por los pueblos y aldeas de Galilea fue como el aparecer una luz grande que iluminó aquellas tinieblas en que vivían. Con la presencia de Jesús algo nuevo se estaba sintiendo en aquellos lugares, en aquellas personas; querían seguir a Jesús, querían estar con El, querían escuchar su Palabra, se iban conviviendo en sus discípulos. Su vida se transformaba; Jesús había pedido conversión para creer y para aceptar aquella buena noticia que les estaba llegando.

¿Será en verdad para nosotros el encuentro con el evangelio y con Jesús algo semejante? ¿Sentiremos que en verdad hay una luz nueva que nos está iluminando y entonces haciéndonos ver las cosas de forma distinta – la luz nos hace descubrir lo más bello de la realidad – y trasformando nuestra vida que ya no será distinta?

Tenemos que redescubrir la alegría que produce en nosotros nuestra fe. Tenemos que despertar nuestra fe para que en verdad produzca esa alegría en nuestra vida. No podemos ser cristianos tristes; tenemos que ser los que creemos en Jesús los que vivimos la más intensa y profunda alegría. Yo tengo un gozo en el alma, recuerdo un canto que hacíamos hace unos años en la catequesis y en las celebraciones. Sí, tenemos un gozo en el alma, el gozo y la alegría que despierta en nosotros nuestra fe, nuestro encuentro vivo con Jesús; es la alegría de ser cristiano que llevamos con el mayor orgullo del mundo, y aquí el orgullo sí que no es pecado.

Tenemos que darlo todo para comprar aquel campo que contiene el tesoro escondido; tenemos que darlo todo para vivir la alegría más honda de nuestra vida; tenemos que darlo todo para vivir con alegría y con gallardía nuestra fe, dando testimonio valiente, contagiando de nuestra alegría a los demás.

martes, 11 de julio de 2023

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida


 

Dejarlo todo por seguir a Jesús es algo más que desprendernos de algunas cosas porque busquemos esa profunda espiritualidad que necesita nuestra vida

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’,  una pregunta que parece interesada, una pregunta hecho según los parámetros de nuestro mundo, donde lo que hacemos tiene una retribución, porque el trabajo que realizamos aunque en sí mismo sea una realización de la propia persona, sin embargo lo hacemos porque con lo que alcancemos por ese trabajo, las retribuciones que recibamos van a contribuir a nuestra propia vida para vivir dignamente. En fin de cuentas es un intercambio desde lo que nosotros ofrecemos con nuestro trabajo con lo que recibimos por lo realizado para bien nuestro y de los nuestros. Lo cual también es digno y entra en juego la justicia en nuestras mutuas relaciones.

Claro que esa pregunta tiene un contexto, cuando hoy la escuchamos en el evangelio en esta fiesta de san Benito, pero también por el momento mismo en que fue expresada y por quien fue expresada. En los momentos previos a este episodio Jesús les había estado hablando a los discípulos cómo tenían que liberarse de todo tipo de codicia, había acaecido el hecho del joven que quería alcanzar la vida eterna y quería seguir a Jesús, pero cuando Jesús le pide que tiene que despojarse de todo buscando el tesoro del cielo, lo abandona y no sigue a Jesús porque era muy rico. Y es en este contexto donde Pedro se pregunta qué es lo que van a recibir ellos que ya lo habían dejado todo por seguir a Jesús.

Nos está haciendo recapacitar Jesús sobre el desprendimiento con que hemos de vivir nuestra vida. Cuando hablamos de desprendimiento fácilmente lo relacionamos a riquezas, a posesiones, a cosas de nuestro entorno que si seguimos apegadas a ellas van a ser una rémora que nos frene el seguimiento de Jesús. Primero que nada tenemos que hacernos una escala de valores en todo eso que es nuestra vida, en esas cosas que poseemos o en esas riquezas que atesoramos. ¿Somos más felices porque estemos rodeados o apoyados en tantas cosas? No pueden ser nunca lo primero de nuestra vida, porque además serán como un imán al que apegamos el corazón; cuando nos sentimos arrastrados por un imán perdemos hasta la libertad porque será lo que nos arrastre y nos domine. No pueden ser, pues, nuestro tesoro por el que lo demos todo.

Pero, ¿son solo esos bienes materiales, esas riquezas o esas posesiones de lo único que tenemos que desprendernos? Hay ocasiones que tenemos otros apegos en el corazón que nos hacen más daño. Y tenemos que pensar en tantas rutinas de nuestra vida que nos llevan a hacer las cosas sin razón ni motivación; tantos descontroles que hay en nosotros donde no tenemos la fuerza de voluntad para superarnos, o para arrancarnos de esas cosas que se han convertido en vicios de nuestra vida; tenemos que pensar en ese amor propio y orgullo que nos domina y que nos ciega, que nos vuelve exigentes con cuanto nos rodea y hasta nos llena de violencias; tenemos que pensar en esas inseguridades que tenemos en el corazón porque no somos capaces de forjar nuestra voluntad, esas desganas con que vivimos la vida, esa falta de ilusión y de alegría que nos vuelve amargos e insufribles para los que están a nuestro lado. Así podríamos pensar en muchas cosas y cada uno sabe cual es su piedra de tropezar.

¿No tendríamos que comenzar por ahí? Es necesario que logremos esa madurez de nuestra vida, que sepamos darle profundidad a lo que vivimos y a lo que hacemos arrancándonos de tantas superficialidades que nos llenan de vanidad. Sepamos buscar esa verdadera sabiduría de nuestra vida. En verdad lo habremos dejado todo por seguir a Jesús cuando busquemos esa profunda espiritualidad que El quiere que tengamos en nuestra vida. Mucho nos hace pensar.

viernes, 23 de junio de 2023

Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

 


Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23

Hazte un seguro de vida porque no sabemos lo que el mañana nos deparará y mejor es tener asegurado algo, habremos escuchado más de una vez, habremos recibido visitas de corredores de seguros, o quizás nos lo hemos pensado en alguna ocasión. Buscamos seguridades, queremos tener asegurada una pensión para el futuro y que cubra todas nuestras necesidades. Así andamos en la vida, así nos manejamos, así necesitamos esas seguridades.

Pero de esto y de esta manera no es de lo que nos habla el evangelio. Asegurarnos un tesoro en el cielo… y quizás hemos ido acumulando rezos y penitencias, sumamos las veces que hemos ido a Misa, o las cofradías o hermandades a las que pertenecemos, como aquel que me decía un día que él había hecho los nueve primeros viernes muchas veces cuando chico, y que ahora ya lo tenía asegurado todo en referencia a la salvación, ahora, me decía, ya no necesitaba ir a Misa, que las llevaba por adelantado.

¿Es de eso de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio? Muchas veces cogemos sus palabras tan demasiado a lo textual que le queremos hacer decir lo que El no nos ha dicho. Ya sé que en varias ocasiones nos ha hablado de vender todo lo que tenemos para dar nuestro dinero a los pobres y así tengamos un tesoro en el cielo. Porque un día tuviste un pronto de generosidad y repartiste tus cosas con los necesitados, ¿ya lo tenemos todo hecho? ¿Cuál es realmente ese tesoro de nuestra vida? ¿Nos quedaremos en cosas que hagamos y cuyos méritos vamos acumulando?

Creo que Jesús nos quiere decir mucho más que todo eso, aunque nos parezca que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar tranquilos, porque seguimos con nuestros parámetros y nuestras medidas humanas. Nuestro tesoro no son cosas acumuladas, nuestro verdadero tesoro es el Señor, la fe es la que nos hará descubrir esa verdadera riqueza de nuestra vida. Nuestro apoyo y nuestra fortaleza es el Señor, es su amor que cuando nos dejamos envolver y empapar por ese amor de Dios entonces nuestra vida sí estará llena de vida y de esplendor, es la gloria del Señor que envuelve nuestra vida.

Envueltos en esa gloria del Señor, inmersos en Dios y envueltos de su presencia nuestra vida se llenará de luz, porque se llenará del amor de Dios; nuestra mirada será luminosa para descubrir la belleza de esa vida misma que Dios nos ha regalado y que entonces viviremos con un sentido nuevo y distinto, pero para descubrir también el valor y la riqueza de cada persona, a quienes valoraremos de una manera especial, a quienes regalaremos nuestro amor.

Actitudes nuevas aparecen en nuestra vida, una responsabilidad grande sentimos que tenemos en nuestro propio vivir porque todo cuanto hagamos se llena de una trascendencia distinta, comienza a haber una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros, un nuevo sentido de comunión se abrirá en nuestros corazones que se hacen generosos y desprendidos.

Vamos llenos de Dios y en ese Dios nos sentimos en comunión con los demás, ¿cómo podremos dejarlos en su sufrimiento, en sus carencias, en su propia debilidad? Todo tiene que ser distinto. Seremos capaces de despojarnos de nuestro yo egoísta y por eso surge aquello que nos dice Jesús que vendamos lo que tenemos para repartirlo con los pobres. No son las cosas que poseemos nuestra riqueza sino que nuestro verdadero tesoro será una vida llena de amor, llena de Dios.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Descubramos cuál es nuestra verdadera riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos y que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar

 


Descubramos cuál es nuestra verdadera riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos y que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

¿Seremos nosotros capaces de tener tanta confianza en alguien como para confiarle a su cuidado los bienes más preciosos que tengamos? Andamos llenos de temores siempre y asoma fácilmente la desconfianza. ¿Será capaz de cuidarlos? ¿Sabrá obtener beneficio de algo que va a estar en sus manos para su cuidado? Estaremos quizá con ojo avizor.

Jesús hoy nos propone una parábola donde precisamente se manifiesta esa confianza. Aquel hombre noble que tenía sus buenas ambiciones de ser rey y quiere ir a buscar ese título, mientras marcha confía sus bienes más preciados, con los que querrá contar cuando vuelva con su título de rey, a una serie de personas de su confianza. ¿Quizá como una prueba para ver hasta donde son capaces para luego confiarles las ciudades de su reino? A la vuelta verá quien ha respondido con fidelidad a esa confianza.

Ya conocemos el desarrollo de la parábola. No todos respondieron de la misma manera. Alguno temeroso no solo no negoció aquellos valores que habían puesto en sus manos, sino que con miedo a perderlo lo que hizo fue enterrarlo para evitar que de alguna manera pudiera desaparecer. Y ya conocemos la reacción de aquel nuevo rey.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Precisamente en su subida a Jerusalén algunos andaban pensando si era el momento ya de manifestarse el Reino que Jesús tanto había anunciado. Pero parecía que andaban en otra honda.  Seguían con sus ambiciones nacionalistas y no eran capaces de salirse de esos planteamientos tan materialistas y tan guerreros. Es algo distinto lo que Jesús nos ofrece, es algo bien distinto ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

De alguna manera estaría preguntándoles ¿en ustedes se puede confiar como para poner en vuestras manos la constitución de ese Reino? Y Jesús quiere confiar en nosotros, poner en nuestras manos su tesoro más precioso, pero tenemos que saber entender y valorar lo que está en nuestras manos.

¿Seremos capaces de valorar ese tesoro de la vida que desde que Dios nos ha creado ha puesto en nuestras manos? ¿Cómo vamos a entender ese tesoro de la vida? Pensemos en la riqueza grande que hay en nosotros; no miremos los bolsillos, ni las cuentas corrientes, ni nuestras propiedades materiales por muy valiosas que sean. Esa no es la verdadera riqueza de la vida.

Está en lo que somos, está en lo que tenemos en el corazón, está en lo que somos capaces de hacer cuando nos proponemos hacer el bien, está en nuestra capacidad de amar y crear unas nuevas relaciones entre todos nosotros, está ese deseo de la paz y de la justicia, está la autenticidad y sinceridad con que tenemos que mostrarnos. Esa es nuestra verdadera riqueza que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar.

¿Qué estamos haciendo con todas esas capacidades? ¿Estaremos desarrollando todos esos valores? ¿En verdad estaremos haciendo el mundo más bello, más humano, más justo, más lleno de paz? ¿O acaso estaremos enterrando esos talentos porque nos dejamos comer por la guerra, por la violencia, por los odios, por la vanidad y la falsedad de la vida, por nuestras envidias que nos envenenan, por nuestros orgullos que nos endiosan?

Dios quiere poner su confianza en nosotros para que en verdad construyamos el reino de Dios, ¿qué respuesta estamos dando?

sábado, 5 de noviembre de 2022

Vivamos con rectitud, vivamos nuestros valores, conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón

 


Vivamos con rectitud, vivamos nuestros valores, conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón

Filipenses 4, 10-19; Sal 111; Lucas 16, 9-15

¿Qué cosas son las que consideramos como un tesoro en la vida? Allí donde hemos depositado esos tesoros, allí estará nuestro corazón. Si es un tesoro, significa que es valioso para nosotros; si lo consideramos valioso ya andaremos preocupados por no perderlo, o porque no nos lo roben; andaremos afanamos en su entorno, lo queremos cuidar, no queremos que nos lo roben, muchas veces en lugar de ser motivo de felicidad será motivo de preocupación, una preocupación que nos impedirá disfrutar de las cosas más sencillas que pueda haber cerca de nosotros; lo convertiremos en centro de nuestra vida, en él sin querer, o queriendo, hemos puesto nuestro corazón. De alguna manera hemos puesto como esclavo de ese tesoro a nuestro propio corazón.

¿Cuáles son las cosas que verdaderamente han de ser tesoros de nuestra vida? volvemos a la pregunta del principio porque en su respuesta encontraremos un camino de sentido, de búsqueda de los verdaderos valores. Esta tendría que ser la verdadera pregunta que tuviéramos que hacernos;  cuando encontremos esos verdaderos valores entonces habremos encontrado el tesoro que merece de verdad la pena. Y ya sabemos cómo andamos en la vida encandilados por tantos oropeles, tantos brillos que nos encandilan y nos distraen del verdadero camino.

Es cierto que tenemos que echar mano de bienes materiales, que necesitamos de cosas materiales que tienen un valor económico y que nos van a valer para ese intercambio, que llamamos comercio, con lo que podremos adquirir unos bienes que contribuyan a una vida mejor y más digna. No podríamos adquirir eso que necesitamos si no contáramos con esos bienes económicos y materiales. Claro que siempre consideraremos que no solo en la posesión, uso y disfrute de esas cosas es donde vamos a encontrar la verdadera felicidad. No podemos perder la perspectiva de su finalidad para que no los convirtamos en tesoros de nuestra vida que al final terminarán esclavizándonos.

Es ahí donde tienen que aparecer los verdaderos valores de nuestra vida y la madurez con que iremos usando esos bienes materiales que tenemos o que necesitamos. Como nos dice hoy Jesús después de la parábola del administrador injusto que escuchábamos ayer, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Sepamos administrar esos bienes con toda fidelidad porque ‘el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto’. Ahí tenemos que saber ser fieles, ahí tenemos que saber encontrarle su verdadero sentido, ahí se irá mostrando la rectitud de nuestra vida, y así descubriremos lo que son las verdaderas metas de nuestra existencia, ahí sabremos actuar con verdadera libertad para no dejarnos esclavizar, para no convertirnos en dependientes de esos bienes materiales como si fueran lo único importante de la vida y del mundo.

Por eso nos dirá Jesús que no podemos servir a dos señores. ¿Cuál es el verdadero señor de nuestra vida? no dejemos que nada ni nadie se enseñoree de nuestra vida, de nuestra voluntad. Nos dirá Jesús que ‘no podemos servir a Dios y al dinero’. ¿No nos está hablando Jesús continuamente del Reino de Dios? Cuando  hablamos del Reino de Dios es porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida, nada ni nadie puede ser señor de nuestra vida, y desde ahí entonces comenzaremos a actuar con nuevos valores que nos llenen de plenitud.

‘Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él’, nos dice el evangelista. ¿No nos sucederá de manera parecida cuando hoy queremos hablar de estas cosas y de ese verdadero sentido que tendrían que tener las cosas materiales? No nos importe, vivamos nuestra rectitud, vivamos nuestros valores, no nos vamos a dar de justos, pero sí queremos vivir conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón.

 

lunes, 25 de julio de 2022

Más allá del marco sucio y feo de mi vida hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, manifestando la grandeza de su amor en mi vida

 


Más allá del marco sucio y feo de mi vida hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, manifestando la grandeza de su amor en mi vida

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Si tenemos una joya ya procuraremos guardarla donde no la podamos perder o nos la puedan robar; si queremos resaltar esa joya para que además pueda ser admirada, ya procuramos engarzarla en materiales preciosos que le hagan dar un mayor brillo y esplendor, rodeándola no solo de materiales de gran riqueza sino que buscaríamos un orfebre que le pudiera hacer un artístico marco. Es normal que cuidemos nuestras joyas, pero quizá hay una a la que en ese orden no damos tanta importancia y muchas veces la descuidamos y no la hacemos resaltar como deberíamos. Será la vida misma, serán esos valores de los que todo estamos dotados, será esa maravilla de nuestra vida interior y espiritual, será el mismo don de la fe. Pero esas cosas que no son del orden material no le damos tanta importancia, y muchas veces pasan desapercibidas cuando tendríamos que resaltarlas como lo más valioso de nuestro ser.

Quizás nos parece que el marco en que están engarzadas, que es nuestro propio yo tan lleno de defectos y debilidades pudiera parecernos que le quitan esplendor. Pero ¿qué será lo importante, el marco en que está engarzada o la joya misma?


Hoy nos recuerda algo muy importante la carta del apóstol. ‘Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ Y nos habla de nuestras tribulaciones, de nuestras debilidades… pero ahí se manifiesta la maravilla de Dios, la fuerza de la gracia divina. ‘Para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal’, continua diciéndonos.

Así quiere Dios contar con nosotros con nuestras tribulaciones y con nuestras debilidades. Es cierto que queremos ser mejores, aspiramos a superarnos día a día y el listón que nos propone el Señor está bien alto, pues nos quiere perfectos como nuestro Padre del cielo es perfecto; y así nos quiere compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso. Pero Dios cuenta con nosotros, no porque seamos ya perfectos, sino porque queremos avanzar y crecer.

No escogió Jesús a los hombres más perfectos que pudiera haber en todo el territorio de Israel o de Palestina. A aquellos que fue llamando para seguirle, a aquellos que comenzaron a ser sus discípulos, a aquellos a los que de manera especial los llamó para ser sus apóstoles, no eran precisamente ni los mejor dotados y preparados, ni los hombres más perfectos; unos rudos pescadores de Galilea, una gente sencilla sacada de aquellos pueblos y de aquellos campos, con sus ambiciones y con sus sueños, con sus debilidades y apegos en el corazón, pero El los llamó, los eligió, los llevó consigo porque era grande la misión que les iba a confiar.

A Pedro le veremos con sus impulsos al mismo tiempo que sus miedos y cobardías, pero con un corazón muy lleno de amor por Jesús; a Santiago y Juan lo vemos con sus ambiciones y sus sueños que se valen de la influencia familiar en el deseo de alcanzar primeros puestos; a todos los vemos con sus aspiraciones  y sus luchas internas por saber quien iba a ser el principal o quien iba a ocupar el primer puesto en aquel grupo que se había formado alrededor de Jesús. Y Jesús cuenta con ellos.


Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago, aquel que tuvo especiales privilegios de Jesús para subir con El al Tabor, para ser testigo de la resurrección de la hija de Jairo, para estar cerca de Jesús en su agonía en Getsemaní, pero como vemos hoy también en el evangelio está con la ambición de los primeros puestos, a la derecha o a la izquierda de Jesús. Es la petición que la madre en nombre de los hijos presentará a Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o bautizados en el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Inocentemente quizás, o desde los impulsos de su corazón le responden a Jesús que pueden. ‘Podemos’, responden. Y Jesús les dice que eso de los primeros puestos es otra canción, pero que sí van a beber ese cáliz. Hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles nos hablará del martirio de Santiago, mandado a decapitar por Herodes.

Esta reflexión que me estoy haciendo, no es solo contemplar lo que fue la figura del Apóstol Santiago a quien hoy celebramos. Es sentir como un rayo de luz y de esperanza en mi propia vida, porque me está diciendo cómo el Señor sigue confiando en mí a pesar de que también mi corazón está muchas veces turbio en apetencias, en apegos, en orgullos mal curados, en amor propio, en egoísmos que me encierran. Dios me conoce y sabe como soy y sigue confiando en mí. Será impulso para crecer y para ser mejor cada día, pero es un rayo de esperanza que me lleva a caminar siempre con alegría el camino de Jesús.

Pero encima o dentro del marco de lo que es mi vida, hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, y que manifiesta la grandeza de lo que es el amor de Dios en mi vida.

viernes, 17 de junio de 2022

Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

 


Busquemos esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, verdadero tesoro con valor de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Hoy hablamos muchos de valores cuando estamos tratando de aquello que verdaderamente es importante para la persona, cuando pensamos en nosotros mismos y en la riqueza de la persona, o cuando quienes tienen una misión educadora dentro de la sociedad hablan de esos valores que hemos de cultivar que realmente hacen grande a la persona. Pero hemos de reconocer que la palabra puede resultar confusa; cuando les hablan de valores algunos no piensan sino en la bolsa, en lo bursátil, en esas ganancias que se pueden tener según los negocios que emprendamos, las empresas a las que nos dediquemos; no todos piensan en esos valores bursátiles, porque la verdad que es una cosa bien compleja aunque muchos se dediquen a ello, sino que otros piensan en la bolsa de su bolsillo o los dineros que tengamos acumulados en el banco.

Sé que me vas a decir que esas cosas se diferencian, y que cuando  hablamos de valores, sabemos bien de lo que estamos hablando; pero no quiero pensar en teorías, sino que nos fijemos a qué realmente nos dedicamos con todo ahínco en la vida; pensemos si es verdad o no que lo de las cuentas bancarias sí que lo tenemos bien en cuenta, que todas las cosas las valoramos en la realidad por lo económico que nos puedan costar, y como tenemos la tentación de acumular cosas, riquezas, dineros, joyas o lo que queramos decir pensando en esa riqueza material que podamos acumular, pensemos en las cuentas que nos estamos haciendo siempre o en las ganancias o beneficios que pretendemos sacarle a todo. Seamos en verdad sinceros y veamos que es lo que nos está rondando siempre por la cabeza.

Hoy Jesús quiere hacernos pensar en lo realmente tiene que ser importante en nuestra vida. Y ya nos previene para que no andemos agobiados por el dinero o por estas riquezas materiales. Hay algo más importante que tenemos que buscar, que no está en esas cosas externas y materiales que nos llevan a la vanidad y al vacío, donde todo un día de una forma o de otra se nos consumirá y nos quedaremos con las manos vacías. Como decíamos, otros tienen que ser los valores por los que nos esforcemos, que busquemos, que le den verdadero brillo y valor a nuestra vida.

Tajantemente nos dice: ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’.

Busquemos lo que en verdad sea permanente, llenemos nuestra vida de eso que va a merecer en verdad la confianza de los demás y que será lo que hará brillar en verdad nuestra vida. Es cierto que tenemos que manejarnos en este mundo con cosas materiales en las manos, pero que no falte la rectitud y la responsabilidad también en esos asuntos. Como nos dirá en otro momento ‘quien no es de fiar en el vil dinero, tampoco en las cosas importantes será de fiar’. Es el justo valor que tenemos que darle a las cosas, es la responsabilidad con que desarrollemos lo que tengamos en nuestras manos; recordemos que nos pide que no enterremos el talento, sino que lo pongamos a generar riqueza. Pero que eso no sea la riqueza de nuestro corazón. Que más importante es esa responsabilidad, esa rectitud con la que actuamos; que más importante es el buen corazón que tengamos hacia los demás que se refleje en nuestro trato, en nuestro respeto, en la valoración que hacemos de la persona, en el bien que buscamos para todos actuando siempre en la verdad y en la justicia.

Ahí están esos valores que en verdad nos hacen grandes y nos llenan de dignidad, que nos harán merecer todo respeto, pero con lo que en verdad estamos atesorando ese tesoro en el cielo, como nos dice hoy el evangelio. Que haya verdadera luz en nuestros ojos, que haya verdadera vida en lo que hacemos, que resplandezcamos por esa rectitud y por esa responsabilidad que nos tomamos la vida, pensando no solo en nosotros mismos, sino en el bien que siempre podemos y tenemos que hacer a cuantos nos rodean.

viernes, 18 de junio de 2021

Cuántas oscuridades llegamos a disipar para que haya verdadera luz en mi vida si no atesoramos tesoros que llenarían de oscuridad el corazón

 


Cuántas oscuridades llegamos a disipar para que haya verdadera luz en mi vida si no atesoramos tesoros que llenarían de oscuridad el corazón

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33;  Mateo 6,19-23

‘Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ Una sentencia de Jesús de gran sabiduría con la que termina el pasaje del evangelio de hoy. Puede parecer algo contradictorio, ¿cómo puede la luz estar oscura? Si se entenebrece nuestra mirada que tendría que ser luz, si se entenebrece nuestro corazón, ¡cuánta será la oscuridad!

‘Lámpara del cuerpo es el ojo’, nos ha dicho antes Jesús pero nuestros ojos se pueden enturbiar según lo que llevemos dentro de nosotros. Son las cegueras del alma, las cegueras del espíritu. Nuestros ojos físicos pueden estar sanos o puede que hayan aparecido las limitaciones que nos pueden provocar cegueras, y aunque es importante que nuestros ojos tengan luz, que podamos ver claramente con nuestros ojos, hay otra visión que nace del interior de nosotros que se puede perturbar, que se puede oscurecer.

Son muchos los filtros oscuros que ponemos en nuestro corazón.  Cómo nos cegamos cuando el orgullo se mete dentro de nosotros porque hemos recibido un mal gesto de los demás y cómo ya no veremos a esa persona de la misma manera; cómo nos dejamos influir por un comentario malicioso que nos hayan hecho de alguien y ya le tendremos inquina a esa persona de la que yo no pensamos bien y a la que ya no podremos tragar. La lista de situaciones en ese sentido en que nos llenamos de oscuridad sería grande.

Pero en el texto del evangelio de hoy Jesús nos ha estado hablado de los tesoros que metemos en el corazón, o a los que apegamos el corazón y que también llenarían de oscuridad nuestra vida. Es la codicia de las riquezas, de los afanes de grandezas y de poder, es la avaricia de querer acumular por acumular, son tantos apegos a lo material, a lo económico, a la riqueza, es la vanidad y los deseos de ostentación que aparecen tantas veces en nuestro corazón. Son esas oscuridades de las que nos quiere hoy hablar Jesús, esos tesoros a los que se nos apega el corazón.

Somos conscientes de cómo por ese afán de poseer, esa avaricia o esa codicia del dinero o de la posesión de riquezas nos puede llevar a obcecarnos tanto que ya no nos importe la vida de nadie. Y no es solo el ladrón que puntualmente llega y nos arrebata una posesión nuestra, sino que sabemos cuantas operaciones, cuantas planificaciones se realizan para justificar en unas ganancias lo que es arrebatarle a los demás aquello a lo que tienen derecho. Oscuridades de la vida, oscuridades del alma que nos ciegan.

Jesús claramente nos lo dice. ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón’.

Es otro el desprendimiento con que hemos de vivir en la vida; es otra la generosidad que tiene que haber en nuestro corazón; es un sentido nuevo que he de darle a la posesión de esos bienes materiales que honradamente con mi trabajo me he ganado para mi sustento y el de los míos, para lograr vivir con mayor dignidad lejos de la penuria de la pobreza y de la miseria; pero es también la responsabilidad con que he desarrollar mis talentos (y aquí entrarían también esos bienes materiales que poseemos) que son también una riqueza para la vida de los demás.

Lo que Dios ha puesto en tus manos cuando te ha dotado de unos valores no es solo para ti mismo, sino también está en función del desarrollo de nuestro mundo. Ni me encierro en mí mismo ni me encierro en la posesión de mis cosas, sino que he de tener una apertura nueva en mi corazón para beneficiar también a cuantos me rodean. Entonces habrás disipado muchas oscuridades para que haya verdadera luz en tu vida.

lunes, 19 de octubre de 2020

Queremos seguridades en la vida que nos lleven por caminos de felicidad, busquemos aquellos valores permanentes que pueden llenar de plenitud nuestro corazón

 


Queremos seguridades en la vida que nos lleven por caminos de felicidad, busquemos aquellos valores permanentes que pueden llenar de plenitud nuestro corazón

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

Queremos tener seguridades en la vida; trabajamos y nos afanamos por tener unos medios, unos recursos con los que hacer frente a las necesidades de cada día buscando vivir con la mayor y mejor dignidad; pero no queremos quedarnos en la seguridad del hoy sino que queremos también la seguridad del mañana, por ello intensificamos nuestros trabajos para obtener más beneficios, para recabar unos ahorros con los que enfrentarnos a las contingencias del día de mañana. Los proyectos que nos vamos elaborando quieren una vida mejor, un estado de bienestar como suelen decirnos ahora, que no se queda en la solución de las necesidades perentorias sino que buscamos una mayor amplitud de mejoras en nuestro vivir.

Pero es aquí donde tenemos que plantearnos prioridades o también lo que es verdaderamente importante en la vida. ¿Esa seguridad y esa felicidad de la vida la vamos a conseguir solamente porque tengamos muchos recursos o muchos medios económicos, por ejemplo? ¿Esa dignidad del vivir solo la obtenemos desde unos medios materiales? ¿Cuál es el sentido y el valor de todo eso? Porque en esa búsqueda de esas seguridades, de ese bienestar, o de esa felicidad nos podemos hacer codiciosos y caer por unas pendientes que nos lleven a la avaricia y a un materialismo tan acentuado que olvidemos lo que verdaderamente nos lleve a esa dignidad de vida y también a esa felicidad y dicha disfrutando de lo que tenemos y de lo que es la vida misma.

El evangelio quiere iluminarnos. El evangelio de Jesús siempre es luz que nos ayuda a encontrar sentido, que nos abre a otros horizontes, que nos ayuda a repensar muchos de nuestros planteamientos y de nuestras maneras de actuar. Es la Palabra de Jesús que siempre es Palabra de vida que nos hará encontrar la verdadera plenitud del hombre en su vivir. Por eso hemos de abrir con sinceridad nuestro corazón a esa Palabra de Jesús, hemos de dejar que impacte en nosotros, en nuestra vida ese mensaje de Jesús que nos despierte de ese adormilamiento en que estamos tantas veces.

Todo parte hoy en el evangelio cuando alguien le viene a decir a Jesús que haga de intermediario con su hermano por unos problemas de herencias en que andan metidos. Cuántos problemas dan las herencias… ‘¿Quién me ha nombrado juez de vuestros asuntos?’, se pregunta Jesús. Pero nos deja una hermosa sentencia. ‘Guardaos de toda clase de codicia’.

Esos afanes por el dinero en que andamos tantas veces. Y no digamos que no, porque bien que estamos buscando la suerte en los juegos de azar como loterías y demás cosas que como en cadena se suceden unos a otros y cada día nos están vendiendo de una forma o de otra la suerte. Y soñamos que ya todos nuestros problemas se resolverían, y soñamos en tantas cosas fantásticas que se quedan en eso, en fantasías y sueños. Aquí mucho tendríamos que decir por las esclavitudes a que nos vemos sometidos con todos esos juegos con consecuencias tantas veces nefastas para el jugador y para sus familias.

Y Jesús nos propone una pequeña parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha de manera que tuvo que ampliar almacenes y bodegas para guardar todo lo que había conseguido y ya se pensaba que podía vivir tranquilamente sin preocuparse de nada porque tenía de todo lo que podía desear; cómo se parece a nuestros sueños y fantasías.

Pero aquella noche le pidieron cuentas de su vida, aquella noche murió, ¿de qué le sirvió cuanto había acumulado? ¿Dónde se quedan nuestros tesoros? O mejor podríamos preguntarnos, ¿dónde ponemos nuestros tesoros? Es cierto que en la vida necesitamos de esos medios materiales, de esos medios económicos que nos van a ayudar a adquirir lo que necesitamos para nuestra vida. Aquello que reflexionábamos al principio, pero no los podemos convertir en un absoluto de nuestra vida. Hay otras cosas que necesitamos para esa felicidad y bienestar que tanto ansiamos y que muchas veces descuidamos. Hay algo que necesitamos como persona que no son simplemente cosas materiales; tenemos que buscar aquello que de verdad nos llene por dentro para no quedarnos en la superficie, en la apariencia, en el oro refulgente por fuera pero que nada nos vale para alcanzar la verdadera felicidad.

Cuantas veces, por ejemplo, en ese afán de tener todo lo que decimos necesario para una vida digna quizá olvidamos otras cosas que son fundamentales, como son las relaciones humanas, las relaciones familiares, el encuentro con las personas, lo que desde dentro nos va a ayudar a ser más felices, a darle más plenitud a la vida. Hay una serie de valores que muchas veces olvidamos encandilados por el relumbrón del brillo de unas cosas materiales, pero ese brillo no nos dará luz por dentro.

Como termina diciéndonos hoy Jesús en la parábola ‘así es el que atesora para sí pero no es rico ante Dios’. Ya en otro lugar nos dirá que ‘atesoremos allí donde el ladrón no puede robar ni la polilla puede corroer’, que ‘donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón’.

jueves, 25 de julio de 2019

Nos gozamos en la fiesta del Apóstol Santiago por tantos santos que siguiendo el camino del Apóstol se han desparramado por el mundo como misioneros del evangelio



Nos gozamos en la fiesta del Apóstol Santiago por tantos santos que siguiendo el camino del Apóstol se han desparramado por el mundo como misioneros del evangelio

 Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15;  Mateo 20, 20-28
En alguna ocasión lo hemos reflexionado. Si tuviéramos que guardar un tesoro o llevarlo de un lugar para otro seguramente que buscaremos medios en consonancia con el valor del tesoro que en él vamos a depositar. Primero la seguridad del cofre o la vasija donde lo llevemos, no utilizaríamos una cosa frágil que pudiera romperse fácilmente y desparramarse o perderse aquello que queremos conservar; y si es algo de mucho valor, un objeto artístico, o algo que apreciamos mucho ya buscaríamos además de la seguridad de no perderle algo en consonancia con su valor, su arte o el aprecio que le tengamos. Un cuadro valioso le damos un marco en consonancia que haga resaltar su belleza, una perla preciosa la engarzaríamos en un valioso y bello collar donde se destaque la calidad y el valor de dicha perla, y así en cualquier cosa valiosa.
Pues de algo así nos habla el apóstol en su carta que hoy en esta fiesta del apóstol santiago se nos propone. Pero nos dice que ese tesoro hermoso del que somos portadores lo llevamos en vasijas de barro, frágiles y todo como son. Y es que el valor de lo que portamos no está en el contenedor, sino en el contenido. Nos quiere hablar del tesoro del ministerio que ejercemos, como en el fondo nos está hablando del tesoro de nuestra fe, el tesoro del mensaje cristiano, del anuncio del Reino de Dios que tenemos que hacer. Y de ese mensaje somos portavoces nosotros con nuestras debilidades y también con nuestros pecados, con la pobreza de nuestra vida y con esa realidad frágil de lo que somos.
Es cierto que tenemos que hacernos dignos de ser portadores y portavoces de ese mensaje del evangelio que hemos de llevar a nuestro mundo; la dignidad con que vivamos y lo anunciemos es cierto que puede ayudar a hacer más creíble el mensaje porque es el testimonio que nosotros damos. Pero el valor y la grandeza, el tesoro está en el mensaje en sí mismo porque es la Palabra de Dios lo que queremos y tenemos que anunciar y transmitir.
Este texto de la Palabra de Dios se nos está ofreciendo cuando celebramos la fiesta del Apóstol Santiago en su martirio que también para nosotros los españoles, por cierto, tiene gran significado. Y aquí podríamos decir que Jesús ha querido confiar el ministerio, la misión del anuncio del mensaje del evangelio a unos hombres, los apóstoles, llenos de dudas, negaciones, ambiciones y debilidades.
Hoy el evangelio nos presenta lo que eran las ambiciones de aquellos dos hermanos y que era también la ambición de una madre que quería lo mejor para sus hijos. A pesar de cuanto Jesús les había querido enseñar una y otra vez que seguirle a El para ser luego sus testigos había de pasar por el camino del servicio y del amor, aquí se presentan osados buscando grandezas y poderes, avalando también la madre esos deseos. Querían los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Cómo somos los hombres para despertar ambiciones de grandezas y poder en nuestro corazón y luchar por ello. Sigue siendo la tónica de todos los tiempos. Cómo lo camuflamos diciendo aquello de que reinar es servir y todas esas frases que se convierten en rimbombantes, que si queremos el bien del pueblo, que si alcanzamos aquella cota de poder es para servir a los que menos tienen, pero que pronto nos vemos inflados por ese poder, buscando ganancias e intereses, queriendo estar por encima de los demás y convertirnos en manipuladores de lo que pueden ser los buenos deseos de los más sencillos.
En el evangelio vemos como Jesús les explica una vez más que ser grande e importante entre ellos no es ocupar primeros puestos de poder, sino ser capaces de hacerse los últimos y los servidores de todos. No será entre vosotros como entre los grandes de este mundo, les viene a decir Jesús.
Pero lo que ahora queremos destacar es cómo en aquellos hombres débiles, con sus ambiciones y con sus dudas como los veremos en otros momentos, Jesús sigue confiando a ellos les confía el tesoro del anuncio del evangelio. Pedro un día negaría conocer a Jesús pero Jesús sigue confiando en él. Tesoros llevados en vasijas de barro, como lo somos nosotros también hoy y tenemos en nosotros ese tesoro de la fe, ese tesoro de la misión que a nosotros también nos confía el anuncio del Evangelio.
Tesoros en vasijas de barro como lo es también la Iglesia con la misión que Jesús le confía en medio del mundo. Algunas veces nos podemos sentir escandalizados con las cosas que vemos en la Iglesia y que no nos gustan; no olvidemos que la Iglesia está formada por humanos, también con sus debilidades, también con las ambiciones que aparecen también muchas veces en sus miembros incluso los más destacados, con sus tropiezos y pecados que parece que tantas veces la ensombrecen, pero el que sigue a Jesús sabe bien quién es el que guía a la Iglesia a través de esas vasijas de barro que somos los hombres.
Es el Espíritu del Señor quien nos guía, quien cuenta con nosotros y nos da su fortaleza. No es nuestra sabiduría ni nuestra fuerza, sino que es la obra de Dios que se manifiesta grande también a través de nuestras debilidades. Por eso creemos en la Iglesia, porque creemos en el Espíritu del Señor que está en ella a pesar de que somos esas vasijas de barro. No es el marco valioso lo que nosotros hemos de admirar sino el tesoro maravilloso de nuestra fe que nos ha transmitido Jesús y que vivimos en el seno de la Iglesia.
Hoy la Iglesia de España se goza en esta fiesta del Apóstol Santiago que estamos celebrando, dando gloria al Señor y alabándole y dándole gracias porque a pesar de todas las sombras y debilidades que hayamos podido quizá acumular a lo largo de la historia  nos gozamos en la gloria de tantos santos como han florecido en la Iglesia de España a lo largo de los siglos y tantos hijos de nuestra Iglesia que se han desparramado por el mundo llevando ese tesoro de nuestra fe y el evangelio de Jesús.