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viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

domingo, 15 de febrero de 2026

La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

 


La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37

Los caminos, por supuesto, pretenden llevarnos a alguna parte, pero bien sabemos que algunos caminos se nos  hacen pesados, parece que estuvieran llenos de dificultades, detrás de cada curva pareciera que se nos presenta un nuevo obstáculo o dificultad; claro que si pensamos en caminos antiguos por una parte no estaban pensados para los vehículos o los medios de los que hoy podemos disponer, y también hay que tener en cuenta las circunstancias que podían tenerse en el momento de su construcción que de alguna manera condiciona trazados y no solventa siempre las dificultades que podamos encontrar. La visión de lo que ha de ser el trazado hoy de una vía nos da nuevas perspectivas y busca de alguna manera aliviar nuestro camino.

¿Estaremos esperando un ingeniera que echara abajo todo lo hecho para inventarse algo totalmente nuevo? Claro que en la materialidad de las vías y caminos para nuestro transito eso es posible, pero ahora cuando estamos hablando de caminos estamos refiriéndonos a algo más que una senda que cruza una geografía. Queremos ir a algo más hondo que la materialidad de un camino porque estamos queriendo hablar de la vida, de nuestra vida.

¿Era Jesús ese ingeniero esperado, y válganos la imagen y el ejemplo, que venía a echar abajo todo como si nada de lo vivido hasta entonces hubiera valido o no tuviera un sentido? La aparición de un profeta abría siempre la esperanza a nuevas perspectivas, y más en aquel pueblo que se sentía oprimido, y no era ya solo la opresión que pudiera ejercer sobre ellos un pueblo extranjero, los romanos, que dominaban aquellos territorios; eran también muchas las influencias que iban recibiendo de las culturas de los pueblos vecinos, y aquí podríamos pensar en todo lo relacionado con la filosofía griega referencia para la cultura de aquellos pueblos; pero era otra opresión o manipulación interior en las mismas corrientes que iban surgiendo en el judaísmo, cada uno en su momento pretendía imponer sus criterios y de ahí había surgido una cantidad de normas y preceptos que de alguna manera enturbiaban la autenticidad de la ley de Moisés y la predicación de los profetas.

¿Pensaban quizás que con la novedad que Jesús anunciaba como buena noticia del Reino de Dios todo aquello había de cambiar? Es por lo que Jesús es tan tajante en el Sermón del Monte. El no ha venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud. Lo que Jesús querrá purificar es la hojarasca en la que hemos envuelto la Ley de Dios y que de alguna manera en lugar de ayudarnos nos ha puesto más difícil el camino, para que vayamos a lo que es lo fundamental, lo esencial que tiene que estar en el amor y en consecuencia en el respeto y la valoración de la persona, de toda persona por encima de cualquier condición con que queramos revestirla. Jesús quiere ayudarnos a reencontrar el camino verdadero y auténtico que es lo que nos viene a ofrecer la novedad del evangelio.

Es lo que nos irá desgranando en toda esa seria de sentencias o principios que nos va proponiendo a lo largo del Sermón del Monte y que ha comenzado con la proclamación de las Bienaventuranzas. Se había congregado en su entorno una gran multitud nos detalla el evangelista con gente venida de todas partes. Quiero poner un poco de imaginación en mi mente y en mis palabras para ver cómo Jesús va desparramando su mirada sobre toda aquella gente y El que conoce bien el corazón de todos e irá viendo tras aquellos rostros esas diversas situaciones por las que cada uno está pasando y la palabra de Jesús va dando respuesta a esas angustias que van surgiendo de aquellos corazones.

Corazones desbordados en esperanzas fallidas, en violencias y contrariedades de todo tipo, por los mil problemas de la vida en las relaciones entre unos y otros, por las tormentas que van surgiendo en el interior de las personas cuando los conflictos no se resuelven y se van creando abismos de incomprensión y acaso muchas veces de odio, corazones heridos porque se sienten oprimidos y tratados injustamente y a los que les falta paz porque quizás no tienen seguridad para sus vidas, corazones envueltos quizás muchas veces por la vanidad y por la falta de autenticidad y de verdad en sus vidas… y la palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre cada una de aquellas personas porque va despertando nuevas esperanzas, porque es posible que se vayan abriendo caminos, porque sienten que es posible una nueva armonía si en verdad comenzamos a amarnos más los unos a los otros.

Es la Buena Nueva de Jesús, que no solo fue para aquella gente de su tiempo, sino que es Buena Nueva de Jesús para nosotros hoy que también estamos envueltos en nuestros problemas y en nuestros desencantos, que también nos vemos arrastrados por un materialismo que nos ahoga cada vez más y por una sensualidad de la vida que le hace perder la perspectiva de cosas grandes y más nobles. Entremos en la sensibilidad del Evangelio que es entrar en la sensibilidad del amor, pero un amor que nos eleva y que al mismo tiempo nos hace más espirituales. Escuchemos en lo hondo de nosotros mismos el verdadero sentido de las palabras de Jesús.

jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Una necesaria carga de humanidad en nuestras mutuas relaciones para que seamos en verdad una humanidad que camina en armonía y en amor

 


Una necesaria carga de humanidad en nuestras mutuas relaciones para que seamos en verdad una humanidad que camina en armonía y en amor

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112;  Mateo 18, 15-20

Hablamos de la humanidad, pero me atrevo a decir, nos falta poner humanidad a la vida. Decimos la humanidad y estamos haciendo referencia al conjunto de todos los seres humanos, hombres y mujeres que por esa nuestra condición de personas estamos conformando la humanidad.

Sin embargo somos conscientes que nuestras mutuas relaciones no siempre están cargadas de humanidad, algo nos falla porque en lugar de caminar juntos parece que lo que queremos es destruirnos; testigo de esto son esas innumerables guerras que a través de los siglos siempre hemos mantenido los unos contra los otros, ese mundo de violencia que impregna nuestras relaciones, esa desconfianza que nos tenemos o esas ambiciones que nos ciegan para no ser capaces de ver a quienes caminan a nuestro lado formando una misma humanidad.

Por eso decía nos falta poner humanidad a la vida, hacer que nuestras relaciones sean verdaderamente humanas desde el mutuo respeto a la dignidad de toda persona, pero también poniendo el calor del amor en nuestro trato para lograr esa armonía en nuestro camino.

Pero Dios ha querido seguir siempre contando con el hombre, con la humanidad. La muestra del amor que nos tiene está en Jesús, verdadero hijo de Dios que se ha encarnado en nuestra humanidad para nacer siendo hombre. Es la señal de que es posible la humanidad, es posible ese hombre nuevo y esas relaciones nuevas entre unos y otros llenas de humanidad. Nos hemos querido destruir con nuestra  maldad y nuestro pecado, y Jesús viene a decirnos que de eso El nos quiere regenerar. Nos ofrece su perdón, pero nos abre un camino nuevo. Es la Buena Nueva del Reino de Dios, como así quiere llamarlo, es el Evangelio que nos viene a transmitir.

En cada página del evangelio El nos va trazando el camino, nos va señalando las pautas de ese mundo nuevo que entre todos tenemos que construir, de ese nuevo de sabor de humanidad que tenemos que darle a nuestro mundo. Hoy nos habla de la delicadeza con que hemos de tratarnos para ayudarnos a ser ese hombre nuevo, nos habla del perdón que va a restaurar nuestra vida tan rota por el pecado, y nos habla de esa comunión para presentarnos de mejor manera ante Dios.

Una delicadeza que tiene que manifestarse de manera especial en esas aristas que van surgiendo en nuestro contacto de los unos con los otros; no es fácil, fácilmente chirrían nuestros contactos, porque cada uno somos como somos, con nuestras cosas buenas y nuestros aciertos, pero también con nuestros errores y tropiezos, con nuestro carácter y nuestra manera de ser, con nuestras miradas que tienen el peligro de hacerse torvas y oscuras, desde los sentimientos encontrados que aparecen en nuestro corazón por los que nos sentimos heridos o en las cosas que nos cuesta aceptar de los demás.

Pero somos unos hombres y mujeres que caminamos juntos pero no somos perfectos, y eso nos obliga a ser comprensivos, porque también nosotros cometemos errores, a ser capaces de ofrecer el abrazo del perdón, pero también la mano tendida que ayuda a levantarse al caído como también nosotros lo necesitamos. Por eso nos detalla Jesús la manera de realizar esa corrección fraterna que mutuamente siempre tenemos que estar dispuestos a realizar pero también a aceptar.

Qué importante esa delicadeza en nuestro trato mutuo nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio. Qué carga de humanidad tenemos que ir poniendo en todo lo que hacemos, que a la larga como nos seguirá enseñando Jesús es poner el calor del amor.

viernes, 21 de junio de 2024

Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

 


Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

Cuando andamos muy preocupados por sacar el brillo a los metales preciosos que podamos poseer, no tendremos tiempo para encontrar lo que verdaderamente nos puede hacer felices, porque ni tenemos tiempo para mirarnos interiormente a nosotros mismos, ni sabremos disfrutar de la sonrisa de un niño ni el calor de una mirada agradecida de aquel a cuyo lado nos ponemos, ni el gozo que podamos sentir en el corazón por la satisfacción de lo que nos desprendemos para compartir con los demás.

Cuántas cosas efímeras nos entretienen en la vida que son como barreras que nos impiden acercarnos allí donde está la verdadera riqueza de la persona que es su corazón. Le damos más valor a una joya que solo es un adorno que ponemos por encima de nosotros y que fácilmente se nos puede caer y la perdemos, y no somos capaces de descubrir las joyas de un corazón lleno de valores de generosidad y de ternura que son los que verdaderamente hacen florecer la vida y el mundo. 

Hoy Jesús quiere ayudarnos a descubrir cuales son los verdaderos tesoros de nuestra vida. Vivimos obsesionados por lo que tenemos o podemos poseer, desde esa posesión de cosas materiales queremos garantizarnos la seguridad de un futuro que deseamos que sea mejor, y nos parece muchas veces que la petición más importante del padrenuestro es que se nos garantice ese pan de cada día.

Es cierto que tenemos unas necesidades materiales, porque queremos tener el alimento de cada día o el techo que nos cobije cada noche; es cierto que tenemos que realizar unos trabajos que nos den unos rendimientos para tener lo necesario para una vida digna y si es posible también cada día mejor. No podemos sin embargo dar la espalda a lo que son nuestras responsabilidades como persona y como miembros de una familia, y tampoco podemos olvidar que Dios ha puesto el mundo en nuestras manos y tenemos una responsabilidad en su desarrollo y en hacerlo cada día mejor. No actuaríamos con responsabilidad si no desarrollamos al máximo nuestras capacidades, nuestras cualidades y valores con nuestro trabajo de cada día, porque estamos contribuyendo también a la grandeza de ese mundo, repito, que Dios ha puesto en nuestras manos.

Pero como personas somos algo más. Todo no lo podemos reducir a un trabajo para obtener unas ganancias si al mismo tiempo no le damos, vamos a decirlo así, humanidad a la vida, a nuestras relaciones, a nuestro estar en el mundo, al mismo trabajo que hacemos. No somos unas máquinas para producir. Somos unas personas para vivir. Y vivir es el encuentro, y vivir es una conversación amable para compartir con los demás, y vivir es saborear el momento y también el descanso, y vivir es darle alegría a la vida, y vivir es mantener la paz en el corazón porque va a ser verdaderamente generadora de la buena convivencia y armonía que mantengamos con los demás.

Y es ahí donde vamos poniendo lo mejor de nosotros mismos para sentir las más hondas satisfacciones; y es ahí donde vamos haciendo florecer el mundo con el colorido y calor de la amistad y del amor; y es ahí donde iremos trabajando para lograr una autentica felicidad desde esa armonía que vamos poniendo, desde ese compartir donde mutuamente nos vamos enriqueciendo; y es ahí donde iremos construyendo un mundo mejor donde florecerán los mejores valores que nos harán felices a todos. Qué hermoso cuando contemplamos a tantas personas que se gastan por los demás sin preocuparse de sacar brillo a sus tesoros, porque han comprendido que el verdadero tesoro lo van a encontrar en el corazón cuando hacen más felices a los que están a su lado.

Pero para lograr eso no podemos estar muy entretenidos en sacar brillo a nuestros oropeles que llamamos equivocadamente tesoros; son otros los tesoros que tenemos que buscar y hacer brillar, saquemos lo mejor que llevamos dentro del corazón.

jueves, 13 de junio de 2024

Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

 


Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

1Reyes 18, 41-46; Salmo 64; Mateo 5, 20-26

Si nos ponemos a hablar razonablemente seguramente todos estaremos de acuerdo en que lo más bonito en nuestras mutua relaciones es que lo hagamos con paz y armonía, con buen entendimiento y con diálogo, buscando siempre lo que nos acerque y evitando todo aquello que pudiera crear abismos entre unos y otros. Digo, si nos ponemos a hablar razonablemente, pero bien sabemos cómo pronto salta la chispa y aparece en la práctica todo lo contrario; se nos puede derivar pronto la conversación a buscar culpabilidades, a decir que el otro no es razonable, que si alguien me sale con algo que no me guste tendré que contestarle y poco a poco se va elevando el tono para caer en esa espiral en que fácilmente nos vemos envueltos en esta sociedad.

Hay demasiada acritud, aflora muy pronto el amor propio que se siente herido por cualquier cosa, vienen las malas interpretaciones, pronto aparecerán palabras que pueden ser insultantes o por las que alguien puede sentirse herido, y comenzamos a ir por una pendiente peligrosa en donde lo que tendría que ser delicadeza se convierto pronto en violencia y terminamos poniéndonos barreras entre unos y otros porque se rompe la sintonía del corazón, entra la discordia, y ya quien no piense como nosotros es un adversario que van en contra nuestra y un enemigo.

Lo podemos ver en la cercanía de los que están a nuestro lado, porque incluso en las familias no nos hemos librado de esas tensiones, pero es el ejemplo también que nos están dando nuestros dirigentes en que todo son descalificaciones, de ninguna manera se busca el encuentro y el entendimiento y aparecen tantas violencias. Somos fáciles a ir a una manifestación contra una guerra que nos parece injusta en cualquier lugar del mundo, pero no somos capaces de manifestarnos en contra de esa violencia hasta institucional que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.

Nos hemos preguntado en reflexiones anteriores sobre qué presencia estamos teniendo los cristianos en medio de nuestro mundo, en nuestra sociedad y en esos lugares donde se decide y se construye el futuro de nuestra sociedad. Tendríamos que preguntarnos también qué estamos haciendo por nuestra parte para hacer que nuestro mundo sea mejor, haya mayor armonía, y realmente nos convirtamos en instrumentos de paz en medio de la violencia que se está generando cada día en nuestra sociedad.

Me estoy haciendo esta reflexión desde lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. Seguimos con el llamado sermón del monte; ayer nos invitaba Jesús a que busquemos el sentido y el valor de los mandamientos que nos tienen que conducir a una mayor plenitud de vida. Hoy de una forma concreta comienza a hablarnos del amor que tiene que envolver nuestra vida. Tenemos que dar un paso más que un mero cumplimiento.

No es solo ya el arrancar de nosotros esa violencia explicita que nos puede conducir a romper la vida de los demás, sino también todas esas señales de violencia que envuelven nuestras palabras y nuestros gestos, que se vuelven insultantes o hirientes, que desprecian o discriminan por cualquier motivo. Nos disculpamos tantas veces en nuestro mal carácter para disimular el infantilismo de nuestra inmadurez y de la falta de rectitud que tendríamos que tener en el corazón.

Por eso nos habla claramente Jesús de reconciliación, que es encontrar la paz con el otro, pero que es también saber encontrar la paz en nuestro propio corazón. Es la paz que va a generar un corazón generoso y comprensivo, que busca siempre el encuentro y la armonía, que sabe entrar en sintonía para desde lo bueno de cada uno saber ser constructores de algo mejor.

Y de eso tenemos que dar testimonio claro y valiente los que creemos en Jesús. También podemos sentir la tentación de la violencia, también nos cuesta entendernos y perdonar, también muchas veces pueden florecer esos cardos de insolidaridad y egoísmo, pero tenemos que estar dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar esas malas hierbas que malearían el jardín de la vida, para podar aquellos ramajes que nos impedirían dar buen fruto, de abonar nuestra tierra en el amor de Dios para que demos esos buenos frutos.

viernes, 23 de febrero de 2024

Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

 


Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129;  Mateo 5, 20-26

Parece que lo más grande o lo más aparatoso es lo que cuenta y que lo pequeño, el detalle, porque nos aparece insignificante no tiene tanta importancia, o que eso es algo que hace todo el mundo y por eso tiene menos valor, ya sea en lo bueno como en lo malo; no terminamos de caer en la cuenta de que esos pequeños detalles algunas veces se nos hacen más difíciles de realizar. Entramos en un mundo de rutinas, en los que parece que como es lo de siempre o lo que todos pueden hacer, es menos importante, pero eso que decimos rutina, nos puede convertir en seres amorfos que viven de cualquier manera, o con nuestras rutinas que se convierten en vacíos existenciales muchas veces hacemos perder humanidad y grandeza a la vida.

Hoy Jesús en el evangelio viene a prevenirnos frente a esa vida insulsa en la que podemos caer. Y tal es así que podemos dejarnos arrastrar por la superficialidad donde cubrimos con apariencias el vacío que puede haber en nuestro interior. Están claros los mandamientos del Señor, pero nos quedamos con las cosas que nos pueden parecer más fuertes y no tenemos en cuenta la delicadeza que hemos de poner en la vida en nuestras relaciones con los demás, donde la falta de delicadeza precisamente puede dañar mucho nuestro trato con los otros y la convivencia en armonía.

Recordamos fácilmente el mandamiento de ‘no matarás’, pero nos olvidamos que la falta de delicadeza en nuestras palabras, la falta de buenos detalles en nuestras relaciones enfrían y dañan nuestra relación con los demás. Y no podemos decir que estamos acostumbrados y ya no importa, que es la forma de hablar de la gente o la forma de tratarse habitualmente los unos a los otros, pero esa violencia de nuestras palabras no solo daña lo que es el amor que tendríamos que tenernos los unos a los otros  sino que implica también una falta de respeto grande a la dignidad de la otra persona.

Somos demasiado violentos en nuestras palabras, demasiados bruscos en nuestros gestos, poco delicados en los detalles y eso quieras que no va produciendo distanciamientos que luego son muy difíciles de rellenar y las fosas que se crean entre unos y otros crean un mundo en tensión. El amor tiene que ser delicado siempre, la ternura del corazón tiene que salir a relucir con facilidad, creando lazos, tendiendo puentes, creando cadenas de solidaridad y de amor, que no son ataduras sino expresiones de la más hermosa libertad.

Hoy Jesús nos insiste en la reconciliación. Importante para reanudar esos lazos de la amistad porque cuando nos abajamos hasta la altura del otro es cuando más cerca están los corazones para que pueden entrar entonces en una hermosa sintonía. Qué hermoso el ser generoso para disculpar siempre y para perdonar, y de qué valor y grandeza nos llena el corazón la humildad para reconocer nuestros errores pero también para saber pedir perdón por ellos.

Y nos viene a decir Jesús que no cabe una buena relación con Dios si no sabemos mantener una buena relación con los demás. De nada nos valen los golpes de pecho que nos demos si antes no buscamos el reencuentro y la reconciliación con los hermanos de los que nos sintamos deudores. El mejor mantel blanco para presentar nuestra ofrenda al Señor tiene que ser el de un corazón reconciliado porque ha buscado la paz con el hermano. Y en eso tenemos que ser siempre nosotros los que nos adelantemos; no podemos estar esperando a que el otro dé el primer paso, el coraje de amor de un corazón que quiere sentir el amor nos dará valentía para dar ese primer paso, sea cual sea la respuesta que podamos encontrar en el otro.

domingo, 15 de octubre de 2023

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios


 

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿Habremos tenido alguna vez la experiencia de un desaire ante algo que habíamos preparado con mucho cariño y entusiasmo pero cuando lo ofrecimos a quien tanto apreciábamos – muestra de ello el esfuerzo que habíamos realizado en prepararlo – nos lo rechazaron, no lo quisieran aceptar, nos dejaron plantados, como suele decirse? En momentos así habrá que tener mucha fortaleza interior para no reaccionar de forma desagradable y hasta violenta contra quienes así nos hicieron tal desaire.

Sentimos quizás el impulso de desbaratar todo aquello que habíamos preparado y seguro que nos prometemos que eso no nos volverá a pasar con esas personas. Mucho sería ya que en un momento de lucidez y serenidad decidiéramos compartirlo con otras personas que sí lo merecieran más o acaso volver a intentarlo olvidando lo pasado. Cuidado no seamos nosotros los que en muchos aspectos realicemos esos desaires.

¿Se sentiría así aquel rey de la parábola que con tanto esmero había preparado el banquete de la boda de su hijo y que había llamado a todos sus amigos o personas cercanas para que participaran en la fiesta y al final no quisieron ir? Por ahí andan los tiros de la parábola que además Jesús nos la propone como imagen del banquete del Reino de los cielos al que todos estamos invitados. 

Es lo que había venido haciendo Jesús desde que comenzó haciendo el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Y nos estaba ofreciendo las mejores imágenes para que comprendiéramos el sentido del Reino de Dios, pero parece que no querían entender. El sentido de una fiesta, de un banquete de bodas, como expresión de alegría pero también de una nueva comunión entre todos y hermandad. ¿No es así como se sienten los que participan de una misma fiesta, de un mismo banquete? Es la alegría del encuentro y del compartir, es la armonía de la convivencia y la felicidad de estar todos juntos compartiendo, es el sentirse hermanados porque parece que tenemos un mismo sentir. ¿No es eso a lo que nos invita Jesús?

Y Jesús nos sigue mandando sus enviados para recordarnos una y otra vez que la fiesta está preparada. Que es necesario que nosotros participemos, que entremos en esa nueva honda de la vida, pero seguimos con lo nuestro, tenemos mejores cosas que hacer, o eso pensamos, y seguimos con nuestras cosas, con nuestras rutinas, con nuestros apegos, con nuestros intereses egoístas, con nuestros sueños de fantasía y con nuestras ambiciones con las que quizás pensamos que podemos manipular a los demás.

La parábola nos está hablando del hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho de ese banquete? ¿Qué es lo que estamos haciendo con nuestro mundo que lo seguimos rompiendo con nuestra manera de actuar, violenta, egoísta, donde vamos a la revancha y a la venganza, donde nos quedamos envueltos en tantas vanidades?

Veinte siglos sigue resonando el mensaje de Jesús invitándonos a algo nuevo y nuestro mundo no termina de escuchar y entrar en ese nuevo banquete. Miremos lo que sigue pasando a nuestro alrededor, miserias, hambre, violencias, guerras, no terminamos de encontrar la paz, porque nos falta también en nuestros corazones y no queremos buscarla donde sabemos que la podemos encontrar.

Y Dios nos sigue llamando, a todos, cualquiera que sea la condición, sean buenos o sean malos, porque la sala del banquete de ha de llenarse. Fueron los criados a las encrucijadas de los caminos y los trajeron a todos. En ese todos estoy yo y estamos nosotros, que tampoco es que seamos tan buenos, pero Dios nos sigue amando y nos sigue llamando. Demos alguna muestra de que escuchamos esa llamada del Señor. No desairemos el amor que Dios nos tiene. Solo necesitamos el traje de fiesta; no es un traje de lujo o de ropajes extraordinarios; es un traje que hemos de vestir desde dentro queriendo entrar en esa nueva sintonía que el Señor nos está ofreciendo. Busquemos esas nuevas actitudes, esos nuevos valores de los que tenemos que comenzar a revestirnos.

Leamos y releamos una y otra vez el evangelio para encontrar el sentido de ese traje de fiesta que nos pide el Señor. Mira tu propia vida y mira de qué es lo primero que tendrías que revestirte para estar a tono en ese banquete de vida que nos ofrece el Señor. Seguro que cada uno lo descubrimos en nuestro interior.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

 


Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día. Nos sentimos como en la gloria, decimos, y seguro que con entusiasmo quedamos para vernos otra vez y para volver a pasar unos ratos juntos. Son los encuentros de los amigos de siempre, con quienes hemos compartido la vida, caminado juntos en momentos felices como también en momentos tormentosos y difíciles, pero que seguimos queriendo encontrarnos y compartiendo.

En mis añoranzas de hombre mayor quizás, recuerdo como los vecinos a la fresca de la tarde salíamos a nuestros patios que se comunicaban unos con otros y allí a la puerta, sentados en cualquier sitio, pasábamos los ratos comentando las incidencias de la jornada, de los que nacían momentos gratos de ayuda y de colaboración para muchas cosas buenas. Momentos felices para el recuerdo, momentos ahora nos hacen valorar y revitalizar muchas cosas que parece que han quedado atrás, pero que han sido momentos de felicidad. Qué bien nos sentíamos y qué bien lo pasábamos.

He traído a la memoria estas que podríamos llamar añoranzas porque realmente nos pueden remitir a lo que Jesús nos está planteando hoy en el evangelio. Podríamos pensar que no nos está diciendo nada especial que nosotros no podamos hacer. Vivir juntos, vivir unidos, vivir compartiendo, vivir sintiendo preocupación los unos por los otros, vivir con corazón comprensivo para entender los errores de los demás pero también para ofrecer de nuestra parte lo que podamos hacer para que las cosas sean a mejor. Y viene terminando por decirnos Jesús, que cuando vivimos así, El está en medio de nosotros.

Seamos capaces de establecer buenas relaciones de amistad y de comprensión, sepamos vivir con un corazón del que hayamos alejado la malicia y la búsqueda de intereses egoístas, y todo saldrá bordado, como solemos decir, todo será armonía y paz; y nos ayudaremos a corregirnos y a crecer; y seremos comprensivos con los errores de los demás porque sabemos que también nosotros los podemos cometer; y seremos capaces de preocuparnos por los otros y no los dejaremos pasar necesidad porque el compartir generoso es la riqueza más hermosa que llevamos en nuestra vida.

Y por eso nos dice Jesús como hemos de saber corregirnos los unos a los otros llenos de humildad y de comprensión. La corrección no es hundir, un sacarle los colores a la cara, no es echar en cara, no es acusar para condenar; la corrección es tender una mano para ayudar a levantarse al caído; es decirle a la persona que seguimos confiando en ella a pesar de los tropiezos o de los errores; es ayudar a que se sienta capaz de reemprender de nuevo el camino enderezando lo que está torcido; es como dar un nuevo voto de confianza tantas cuantas veces sea necesario; es poner esperanza en el corazón que se ve hundido cuando reconoce sus tropiezos y ayudar para que no falte la ilusión y la alegría.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ y por eso podemos tener la confianza de que siempre seremos escuchados por Dios cuando somos capaces de ponernos de acuerdo para pedir algo al Padre en su nombre. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos'.

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día, decíamos al principio. Sepamos vivir en esa dicha y felicidad.

viernes, 21 de julio de 2023

Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

 


Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8

Es cierto que como seres humanos que somos, sujetos a nuestra libertad personal pero con las limitaciones que surgen de una vida dominada por muchas pasiones y en la que tendríamos la tendencia a querer imponernos los unos a los otros buscando el dominio y nuestra propia relevancia sobre los demás, necesitamos de unas normas de convivencia con las que busquemos siempre el bien común, seamos capaces de armonizar la libertad de cada uno con el bien y el respeto que hemos de tener hacia los demás. Son las leyes que con un sentido ético universal que sea aceptado y respetado por todos nos hemos ido imponiendo en la construcción de nuestra sociedad.

Pero a todo eso hemos de saber ponerle humanidad, porque no es un cumplimiento estricto, frío y formal lo que va a facilitar esa armonía y esa unidad de la comunidad, de la sociedad. Algo de esa humanidad que brota del corazón tendrá que darle color y calor a nuestras relaciones, porque además no somos unos autómatas ciegos para cumplir unas normas. En fin de cuentas lo que estamos buscando es el bien de todo ser humano.

Por eso siempre hemos de mirar a la persona y siempre hemos de tener una mirada de persona. No somos unas máquinas que funcionen automáticamente. Y cuidado que tenemos el peligro de cuadricular así nuestra vida y más ahora que con los avances y los medios de los que hoy disponemos tendemos a esa automatización de todo lo que hacemos. No podemos olvidar a la persona que vale mucho más que todo eso. No es una tecla o un botón que pulsemos para que se realicen las cosas.

Qué frialdad encontramos muchas veces en la tramitación de tantas cosas de la vida. Vamos a resolver algo a un departamento, necesitamos la atención para un problema, y enfrente de nosotros parece que no está una persona sino simplemente una máquina. Necesitamos algo más. Las personas no podemos convertirnos en máquinas y aunque dispongamos de muchos medios técnicos que tendrían que facilitarnos la vida, quizá por encima y más allá de todo eso necesitamos una sonrisa de calor humano, una mirada a los ojos que sean capaces de trasmitirnos un calor y una relación humana.

Hoy Jesús en el evangelio ante una situación que le plantean algunos fariseos desde sus rigorismos y el cumplimiento exigente de las leyes, terminará Jesús pidiendo que seamos capaces de poner humanidad en la vida. Vienen reclamando porque los discípulos se han atrevido a coger unas espigas mientras van de camino en medio de aquellos sembrados, pero además lo han hecho en sábado. Aquel gesto de coger unas espigas, estrujarlas para sacar unos granos que llevarse a la boda, quizás matando una fatiga en el cansancio del camino, se ha convertido en el trabajo de la siega que no podría realizarse porque había que guardar el descanso sabático. Un rigorismo que no mira a la persona, como tantas exigencias que muchas veces nos imponemos con nuestras normas y reglamentos. ¿Dónde está el corazón?

Jesús quiere hacerles comprender el sin sentido de lo que plantean apelando incluso a las Escrituras santas, pero Jesús lo que quiere es que sepamos poner corazón en la vida y en lo que hacemos. Conectando con lo que veníamos reflexionando podemos aplicar aquí esta sentencia de Jesús a esa falta de humanidad con que vivimos tantas veces.

Simplemente vamos tan preocupados por hacer nuestras cosas, por cumplir quizá con nuestras obligaciones, atentos a los protocolos que nos imponemos en la vida, que no somos capaces de mirarnos los unos a los otros, que nos lleva consigo a esa cerrazón del corazón con que tantas veces vivimos que no sabemos ver ni escuchar el clamor de muchos que sufren a nuestro lado. Muy preocupados ‘por llegar temprano al templo’, no miramos a los ojos a los que encontramos a su puerta o con los que nos cruzamos por la calle, y tantas veces en la vida pasamos de largo.

‘Misericordia quiero, y no sacrificios’, nos está diciendo hoy Jesús. Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

 


Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

En la vida siempre hay quien lleva filtros en los ojos. Como esos que siempre llevan entintados los cristales de sus gafas; entonces todo lo que miran es con el color del cristal a través del cual están mirando. Lo pueden ver todo turbio o lo pueden ver con negruras, depende de la suciedad a través de la cual miran o de la oscuridad que llevan en la vida.

Cuando nos entra desconfianza en el corazón hacia alguien siempre veremos de manera turbia todo lo que haga esa persona; diremos que esa persona obra por mala intención sin darnos cuenta que quienes llevamos la mala intención en el corazón somos nosotros con nuestra desconfianza, o con nuestra malicia. Personas que siempre están al acecho, están detrás de las mirillas de sus ventanas observando, interpretando, juzgando… condenando, porque las cosas no son como a ellos les gustaría, porque con nuestra malicia interpretamos lo que hacen poniendo malicia o doble intención.

Nacen las criticas sin razón y siempre destructivas. Aparecen las discriminaciones y los rechazos. No somos capaces de ver lo bueno porque siempre tendremos ‘un pero’ que poner. Está detrás nuestra autosuficiencia y el desprecio. Son nuestras miradas puritanas pero que encierran una falsedad en nuestro corazón. Nos volveremos destructivos porque siempre queremos echar abajo lo que los otros realicen y a la menor oportunidad trataremos de rehacer a nuestra manera lo que los otros hayan realizado. No se soporta lo bueno que puedan hacer los demás sobre todo si consideramos que no son de los nuestros.

Lo estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad; somos tan partidistas que solo lo que hagan los nuestros será bueno; en nosotros no veremos nunca ningún defecto, ningún error, trataremos de ocultar los fallos que puedan tener los que son de nuestro bando, intentaremos salpicar de maldad todo lo que hacen los demás. No somos capaces de caminar en nuestra sociedad aunando esfuerzos; no queremos escuchar lo que nos puedan ofrecer los demás, aunque luego cuando ya no nos quede más remedios intentaremos hacerlo como si fueran ideas nuestras cuando antes siempre estábamos en contra. Problemas del día a día de nuestra vida social donde tampoco sabemos perder y reconocer el éxito que puedan lograr los demás.

¿Cuándo aprenderemos a buscar lo bueno y lo mejor entre todos en un armonioso diálogo? ¿Cuándo dejaremos a un lado esa acritud que tan fácilmente aparece en los diálogos o discusiones que podamos mantener para ofrecer cada cual las mejores ideas para el bien de todos? Lo malo es que estas actitudes de nuestros dirigentes van contagiando a todos, y las nuevas generaciones serán igualmente partidistas, poco dialogantes y violentas. Nos quejamos de esa violencia que cada vez más agravada en multitud de actos públicos, pero ¿a quien están imitando? ¿Qué se ve en los que se llaman dirigentes de nuestra sociedad?

Son aspectos humanos que tenemos que saber mejorar, son actitudes nuevas que tenemos que saber poner en juego en nuestra sociedad quienes nos decimos seguidores de Jesús. El padeció también esas violencias y rechazos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que en la sinagoga aquel sábado estaban al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Y el que pasó haciendo el bien no podía dejar que un ser humano siguiera sufriendo simplemente por la intransigencia de algunos.

Había allí un hombre con una mano paralizada, pero no querían permitir que Jesús lo curara, estaban al acecho; ya estaban apareciendo las desconfianzas contra Jesús y todo lo que hacia Jesús tenía que pasar por el filtro de aquellos ojos llenos de desconfianza y de maldad.

Y Jesús nos dice que siempre tenemos que hacer el bien, que no podemos permitir el sufrimiento de nadie si está en nuestras manos remediarlo; Jesús nos está pidiendo que vayamos por la vida con  mirada limpia sabiendo recoger todo lo bueno, venga de donde venga. Jesús nos pide que no andemos encorsetados con normas y preceptos que no ayudan al bien del hombre, al bien de la persona. Jesús nos está pidiendo que comencemos a hacer un mundo de mayor armonía y paz, que busquemos siempre el encuentro y el diálogo, que sepamos respetar y valor lo bueno del otro, que arranquemos de una vez para siempre las malicias y desconfianzas del corazón. Son los estilos del Reino de Dios.

sábado, 3 de septiembre de 2022

El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

 


El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144;  Lucas 6, 1-5

La convivencia entre las personas nos exige tener en cuenta una serie de principios y valores que nos hagan respetarnos mutuamente salvaguardando siempre la libertad y la dignidad de todo ser humano. Por eso al vivir en sociedad nos damos unas normas, unas reglas, unas leyes que lo que tienen que buscar siempre es el bien de la persona; estará siempre en función de la persona, de sus valores, de su libertad, de su felicidad.

Aunque le damos esa fuerza de ley desde el común acuerdo que logramos entre todos, nunca han de servir para destrozar la dignidad de nadie, siempre tienen que buscar el bien de todos pero también de cada uno en particular para lograr esa armonía y es paz que haga que todos nos sintamos felices; malo es cuando las convertimos en imposición y nos podemos valer de ellas para el dominio de unos sobre otros. Es difícil lograr esa armonía, pero siempre tenemos que salvaguardar esa dignidad de toda persona.

Sin embargo, sabemos muy bien que somos muy dados a manipular, porque surgen dentro de nosotros actitudes y posturas egoístas que pretenden convertirse en dominio sobre los demás. Podemos convertir esas normas que han de ser cauces para nuestra convivencia en libertad en imposiciones y en manipulación incluso de las personas. Queremos mantener un control tan férreo de esas normas que se puedan convertir en un sin sentido que hay que cumplir porque sí, lo cual nos convertiría en esclavos de esas normas pensadas para salvaguardar la libertad y dignidad de cada persona.

El pueblo de Israel que vivía un profundo sentido religioso de la vida le daba a esas normas de convivencia un sentido como sagrado y religioso con lo que todo se convertía en ley de Dios. Lo cual hacía esas leyes, por así decirlo, intangibles; nada se podía modificar ni adaptar al momento o circunstancia que vivieran las personas o el mismo pueblo, porque eran la ley de Dios.

Normas de purificación o sobre el descanso que en fin de cuentas lo que pretendían era mantener la higiene y salud de quienes vivían en el desierto como trashumantes y en medio de sus ganados cuidando al mismo tiempo que no vivieran como esclavos del trabajo, se convertían en leyes tan sagradas que venían, poco menos que a definir la identidad del pueblo de Israel. Eran los preceptos del descanso sabático o de los animales que consideraban puros o impuros y podían o no podían comer. Recordemos, por otra parte, la tan controvertida o incomprensible ley hoy que les impedía comer la carne del cerdo.

Hoy le están planteando a Jesús el tema del descanso sabático tan sagrado para ellos, porque los discípulos al caminar entre los campos de cereales cogían algunas espigas para llevarse algunos granos a la boca. Ya se consideraba como un trabajo que no se podía hacer y es lo que vienen a echarle en cara a Jesús y sus discípulos.

Y Jesús les recuerda que los tiempos de las luchas de David contra Saúl llegaron a un lugar sagrado donde no había nada que comer, mientras aquellos hombres guerreros venían extenuados y hambrientos. Solo tenía el sacerdote los panes de las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes, pero que al final fueron ofrecidos a aquellos hombres para que saciaran su hambre. ¿No era más importante en aquel momento saciar a aquellos hombres hambrientos que mantener la norma de que solo los sacerdotes podían comer aquellos panes?

Y Jesús termina diciéndoles que ‘el Hijo del hombre es señor del sábado’. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? ¿Qué significa ese Reino de Dios que anuncia y que con su presencia viene a inaugurar? El único Señor es Dios – es el Reino de Dios – pero cuando Dios es el único Señor de nuestra vida, de nada podemos estar esclavizados, porque ese Dios nos ha dado la dignidad de hijos.

No somos siervos, Jesús nos dirá en otro momento que nos llama amigos, pero es como decirnos que nos llama hermanos, porque los amigos y los hermanos son los que se aman. Ahí descubrimos nuestra grandeza, ahí tenemos que descubrir nuestra manera de actuar, ahí reconocemos nuestra gran dignidad. Nada, pues, nos debe esclavizar.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Celebramos a los que antes que nosotros o ahora a nuestro lado han ido haciendo un mundo mejor lleno de amor, poniendo esperanza y trascendencia en nuestros corazones

 


Celebramos a los que antes que nosotros o ahora a nuestro lado han ido haciendo un mundo mejor lleno de amor, poniendo esperanza y trascendencia en nuestros corazones

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de Todos los Santos, y sin querer entrar en las confusiones que habitualmente se originan en muchas personas sencillas por la cercanía la Conmemoración de los Fieles Difuntos que celebraremos mañana, fácilmente en nuestra imaginación entran todos los santos que ya llevan ante si el epíteto de santo, porque hayan sido reconocidos como tales por la Iglesia, los santos canonizados; quizá podríamos pensar que como son tantos y no hay un día al año para cada uno, ahora los unimos todos en una sola fiesta, los conozcamos o no los conozcamos.

La celebración de este día va mucho más allá de esas imaginaciones nuestras porque queremos pensar en todos los que han recorrido la historia antes que nosotros con una vida de santidad, llena de fidelidad y de amor aunque oficialmente no se les haya reconocido en una canonización por parte de la Iglesia; y dándole un sentido profundo a esta celebración podremos pensar en los que al lado nuestro hacen también esos caminos de santidad.

No tenemos necesariamente que pensar en personas que hacen cosas maravillosas y portentosas acompañadas de milagros, sino en aquellos que la maravilla de su vida es que en la sencillez de la vida de cada día han vivido y viven de forma extraordinaria su fidelidad y su amor en el más puro sentido y estilo evangélico. Han sabido desprenderse de vanidades y de grandilocuencias para poner amor en cada una de esas cosas pequeñas que cada día les ha tocado vivir; son los padres que viven con una entrega grande y sacrificada la preocupación por los hijos y por la familia y se desviven en el trabajo de cada día para desarrollar su responsabilidad, para ser espejo en el que se miren sus hijos, para pacientemente ir sembrando cada día amor y bellos valores en todos los que están a su lado.

Son los que sienten la responsabilidad de la vida y del mundo en el que viven, allí donde desarrollan sus responsabilidades y donde conviven con los demás y se convierten en sembradores de paz con la mansedumbre de su corazón, buscando siempre el encuentro y el diálogo, fomentando una convivencia pacífica y llena de armonía, queriendo lograr la colaboración entre todos por hacer un mundo mejor y siendo capaces de sacrificarse por ese bien que quieren para cuantos están a su lado.

Son los que no pierden la alegría y la esperanza a pesar de las estrecheces y limitaciones por las que puedan pasar en la vida, los que arrancan todo tipo de amargura de su corazón, los que no se dejan malear por la malicia que puedan encontrar a su alrededor, los que se sobreponen a los problemas y dificultades haciendo que nunca falte la paz en sus corazones para poder contagiarla a los demás.

Son los que veremos siempre con un corazón limpio y puro, arrojando lejos de si toda malicia y toda desconfianza, alejando se sus corazones rivalidades y envidias, sabiendo contar con todo lo bueno que venga de los otros sean quienes sean, porque no serán capaces de hacer discriminaciones ni desprecios a quienes consideran siempre como unos hermanos con los que caminar juntos.

Qué a gusto nos sentimos a su lado, cómo se presencia se convierte en estímulo para nuestras luchas personales, cómo nos sentimos arrastrados por esa alegría que siempre se desprende de sus corazones llenos de esperanza.

Son aquellos que con un corazón lleno de misericordia y compasión son capaces de derramar una lágrima de compasión ante el dolor o la injusticia, los que están siempre dispuestos para el servicio, poniendo una mano allí donde haga falta, aquellos que saben sentir el dolor y el sufrimiento de los demás como algo propio, aquellos que nunca se quedan con los brazos cruzados allí donde hay una necesidad y surge un problema, aquellos que no hacen distinción entre amigos o conocidos porque todos, sean de la condición que sean, serán un ser humano que merecer vivir en humanidad y al que sentirán siempre como un hermano al que hay que amar.

Son aquellos que nunca pierden la esperanza porque saben bien en quien ponen el apoyo de su vida porque se confían totalmente de Dios a quien quieren escuchar en el silencio de su corazón; son los que no pierden la sonrisa que brota de su corazón porque se sienten amados de Dios y llenos de su Espíritu que es el que les da fuerza.

Son muchos así los que podemos encontrar haciendo camino a nuestro lado; muchas veces nos pasarán desapercibidos, pero también nuestra mirada limpia puede ser capaz de descubrirlos y aprender a valorarlos. Y hoy los queremos tener en cuenta, los que han caminado antes que nosotros o los que ahora caminan a nuestro lado y van haciendo un mundo mejor, más lleno de humanidad, haciendo que resplandezca el amor y sembrando así esperanza en nuestros corazones. Son los que han hecho vida en su vida el espíritu de las Bienaventuranzas de las que nos habla Jesús en el evangelio.

 Por eso esta fiesta de Todos los Santos es para nosotros una fiesta de esperanza y un aliciente para nuestro camino que tantas veces nos cuesta recorrer. Sintamos estimulados por su ejemplo; sintamos que se eleva nuestro espíritu en deseos de cielo y de eternidad gozosa junto al Señor; contemplamos y celebramos a esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, pero entre los que nosotros esperamos encontrarnos un día; damos gracia a Dios por esas personas que en su sencillez y en la pureza de su corazón nos siguen haciendo presente a Dios en nuestro mundo tan necesitado de Dios; con ellos queremos cantar para siempre, con esos coros celestiales, la gloria del Señor.

jueves, 10 de junio de 2021

Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

 


Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Si uno se pone a pensar un poquito y observa lo que vemos alrededor, pero en lo que caemos nosotros también con tanta facilidad, tenemos que reconocer la certeza de aquel aforismo antiguo, latino, que nos hablaba de que el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Es la acritud con que vamos por la vida, reconozco que me pasa muchas veces, la facilidad con que levantamos la voz cuando queremos imponernos, pero son también las expresiones hirientes que empleamos frecuentemente en nuestro trato con los demás.

Hago mención a estos aspectos porque es algo que tenemos muy claramente delante de los ojos, pero reconozcamos también cuántos distanciamientos se producen entre familiares o entre vecinos, cuánto cuesta el entendimiento cuando nos encontramos con opiniones enfrentadas y en nuestro orgullo perdemos la serenidad para el diálogo, y cuántas violencias se provocan en el día a día de nuestras relaciones con los demás.

Desgraciadamente entre los que están ahí como espejos en que mirarnos, en los dirigentes de la sociedad, contemplamos demasiada acritud, con unos partidismos que encierran a cada uno en su castillo y no es poco lo que escuchamos en la manera de tratarse los adversarios con descalificaciones tantas veces insultantes. Por aquello de la libertad de expresión parece que todo está permitido y la verdad tenemos que reconocer que poco contribuye a una educación para la paz en las generaciones más jóvenes.

Muchas veces nos atrevemos a hacer manifestaciones que decimos a favor de la paz pero llenas de violencia y acritud en sus gritos o en las expresiones con las que se trata de descalificar a los que no piensan igual. ¿Ese es el mundo que queremos? ¿Esa es la sociedad que pretendemos construir?

Hoy Jesús en el evangelio nos da la pauta de cómo han de ser nuestras relaciones en ese mundo de fraternidad que pretendemos construir. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y en el que se nos piden unas actitudes nuevas y nuevos gestos de cercanía, fraternidad y amor. Decir Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor y cuando reconocemos que Dios es nuestro único Señor necesariamente hemos de entrar en un estilo de relaciones mutuas donde han de prevalecer esos valores del Reino de Dios.

Dios es el único Señor de nuestra vida, pero es un Dios de amor que se nos manifiesta y se nos presenta como Padre. Así nos lo enseñó a llamar Jesús. Siendo, pues, hijos de Dios entraña que todos hemos de sentirnos hermanos, de ahí entonces esos gestos de amor que hemos de tenernos los unos con los otros porque somos hermanos. Y es lo que nos está señalando hoy Jesús en el evangelio subrayando algunos aspectos.

Un mundo de armonía y de paz manifestado en gestos de cercanía y comprensión y en palabras llenas de ternura y de respeto para con los otros; nunca nuestras palabras pueden herir u ofender al hermano; un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos tal como somos pero buscando siempre el encuentro que rompa las distancias o nos abaje de los pedestales del orgullo. Por eso nos dirá Jesús es tan importante la reconciliación y el perdón de manera que no tendría sentido que quisiéramos hacer ofrenda de amor a Dios mientras estamos distanciados del hermano.

Qué distinto sería nuestro mundo y que hermosas serían las relaciones que tendríamos los unos con los otros. Que la ternura y la delicadeza nos haga más humanos; que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

 


Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

1Corintios 8, 1b-7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Todos deseamos la paz y la armonía de la vida. Es una aspiración profunda de todos, una aspiración de la humanidad, reconocemos, no siempre conseguida. Cuando nos ponemos a hablar y razonar con serenidad todos andamos por esos deseos y añoramos que pudiéramos vivir así. Lo intentamos con buena voluntad al menos con aquellos que están más cerca de nosotros, familiares y amigos pero al mismo tiempo nos damos cuenta que vivimos en un mundo donde hay mucha acritud.

Desgraciadamente los dirigentes de nuestra sociedad no nos dan mucho ejemplo cuando solo actúan con visiones muy miopes y muy partidistas de manera que solo es bueno y solo son buenos los que son de su onda. Aquellos lugares donde la palabra y el diálogo tendrían que resplandecer muchas veces son una muestra pública, un escaparate donde solo vemos acritud en las palabras, en los gestos, en las actitudes, y solo sabemos echarnos en cara los unos a los otros si hiciste una cosa o si hiciste otra.

Y esa acritud se trasmite y se contagia de manera que en la vida de cada día estamos muy abocados a actitudes y posturas violentas. Ya no sabemos hacer ningún reclamo ni reivindicación a lo que tendríamos derecho si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Es una pena que vayamos construyendo una sociedad así, porque eso es además lo que estamos enseñando con nuestras actitudes y posturas a las generaciones más jóvenes que vienen detrás y en lugar de ayudarles a que encuentren serenidad en su vida, más bien provocamos esas actitudes violentas. ¿A dónde vamos a parar con una sociedad fundamentada en estas posturas y actitudes?

Todo esto tendría que hacernos pensar. Todo esto tendría que hacer que nosotros los cristianos supiéramos sacar a flote esos valores más profundos que nos enseña el evangelio y que tenemos que reflejar en nuestra vida aunque vayamos a contracorriente del mundo que nos rodea. Es la paradoja que nos ofrece hoy el evangelio. Y digo paradoja porque en verdad una primera lectura de lo que nos dice Jesús nos hace pensar que eso es imposible de realizar, que eso está en contra de lo que todos hacen.

¿Quién perdona a los que le ofenden o hacen daño? Lo normal es que guardemos rencor. ¿Quién es capaz de desprenderse de todo por los demás? Bueno, estaríamos dispuestos a dar hasta cierto punto, pero no a quedarme sin nada. ¿Quién es capaz de poner la otra mejilla? Es que se reirían de mí, pensamos, y pensarán que soy un cobarde. Y así podríamos seguir pensando en todo lo que nos dice hoy Jesús. Pero es el plan que El nos propone, son los parámetros en los que hemos de vivir los que queremos el Reino de Dios. Es la forma que tenemos para construir ese mundo mejor que todos deseamos. Es la forma positiva en que tenemos que enfrentar la vida.

Y Jesús nos dice que seamos misericordiosos. Y misericordia significa no juzgar ni condenar; y misericordia significa ser capaces de ser comprensivos con las debilidades de los demás hasta a llegar a perdonar; y misericordia significa ser capaz de no solo dar sino darme por los demás, porque siento como propio el dolor y el sufrimiento por el que puedan estar pasando los otros en sus necesidades o en sus problemas, y si lo siento como propio, como propio lo asumo y pongo todo de mí para darle solución. Como termina diciéndonos Jesús ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Qué distinta sería la vida, nuestras relaciones, la armonía que pondríamos en todo lo que hiciéramos; qué lejos estarían las violencias y las acritudes; qué paz resplandecería sobre nuestro mundo. Es nuestra tarea, es lo que asumimos cuando decimos que somos cristianos seguidores de Jesús. Emprendamos el camino aunque nos cueste.