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lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


domingo, 27 de septiembre de 2026

En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

 


En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

Ezequiel 18, 25-28; Salmo 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Muchas veces en nuestras apreciaciones sobre la conducta de los demás cuando nos encontramos a alguien que nos resulta un tanto protestón, que no siempre de entrada parece estar de acuerdo con lo que se le dice o con las cosas que se le encomiendan con mucha facilidad decimos que es un rebelde; pero también en ocasiones hemos tenido que llegar a reconocer que aquel que nos parecía más protestón y más rebelde es el más comprometido, el que cuando llega el momento de la verdad está más disponible que aquellos que nos parecían tan sumisos y obedientes.

Es la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar al campo de su viña; allí está el rebelde y el protestón que incluso se enfrenta directamente con su padre diciéndole que él no va a trabajar a la viña; el otro hermano sumiso, el siempre bueno que en toda ocasión dice que sí pronto quizás se olvidará de lo prometido pero también de la encomienda de su padre y no llegará a hacer nada.

Está hablando Jesús rodeado de la gente que siempre le escucha, pero que a su lado están aquellos que siempre también están al acecho, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, que en esta expresión se engloban todos los que eran los dirigentes del pueblo en aquellos momentos, sacerdotes pertenecientes a los distintos grupos pero también los miembros del Sanedrín que era algo así como el parlamento religioso de Israel y sus gobernantes o los que tenían que cuidar la fidelidad del pueblo a la ley y a los profetas. Bien sabemos cómo se presentaban ante el pueblo casi como unos intocables, cumplidores de estrictas normas que habían ido imponiendo en las costumbres de Israel, pero en lo que no siempre se veía la necesaria congruencia.

Y Jesús emplea su pedagogía al hablar y expresarlo con aquella pequeña parábola, porque al final dejará una pregunta en el aire para que sean aquellos sumos sacerdotes y ancianos los que respondan. ‘¿Quien realmente cumplió con lo que pedía el padre a sus dos hijos?’ No pudieron menos que responder porque aparecía bien claro en el desarrollo de la propia parábola que aquel que aunque había dicho que no finalmente arrepentido había ido a cumplir con la voluntad del padre. Y es cuando Jesús les deja la sentencia. ‘En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

¿Quiénes son los rebeldes hoy que al final sin embargo nos estarán dando las mejores señales del Reino de Dios? Quizás podemos decir muchas cosas hermosas del evangelio, que podemos hacer hermosas explicaciones – y aquí yo me interrogo a mi mismo si acaso no sé sino decir palabras bonitas -, manifestar que nos sabemos el catecismo de memoria y hasta ser unos maravillosos catequistas y podemos expresarnos con el ‘tecnicismo’ de la más alta teología, pero dónde está la congruencia de nuestras obras.

Recordemos que Jesús en el juicio final no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho. Quizás lo que no sabían tanto se nos va a adelantar, quizás los que veíamos como rebeldes porque siempre están inconformes con lo que veían a su alrededor, quizás los que nos parecía que estaban llenos de imperfecciones porque como todos tenían tropiezos en su vida y que también podían cometer errores y nos parecía que andaban descarriados, en el fondo de su corazón había un amor que era el que despertaba esa inquietud y esa búsqueda a pesar de los errores y tropiezos, en el fondo de su corazón había una sintonía con los demás que otros desde las alturas de sus pedestales no podían mantener, eran los que en verdad sabían ser desprendidos cuando era necesario darlo todo por los demás, los que verdaderamente estaban dando aun con sus imperfecciones las señales del Reino de Dios que así se había presente entre nosotros.

¿Por donde andamos nosotros? ¿Nos seguiremos quedando en los cumplimientos y en los formalismos? ¿Estaremos quedándonos en las apariencias que nos llenan de vanidad? ¿Seremos de los que aun ponemos distancias porque con todos no nos conviene mezclarnos para que no nos confundan?

Es bonito lo que desde la ternura de su corazón le pide Pablo a los filipenses. ‘Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús…’

¿Será esa la manera en que nos comprometemos nosotros a trabajar en el campo de la viña del Señor? Muchas cosas tendríamos que decir, cada uno saque sus consecuencias desde lo que es su vida.


martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


miércoles, 9 de septiembre de 2026

No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

 


No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44;  Lucas 6, 20-26

Claro que todos queremos vivir una vida llena de armonía, donde tengamos una buena convivencia entre unos y otros, que nada nos haga sufrir y que las cosas vayan marchando bien, que podamos ser bien considerados y que también lleguemos a tener una buena sensibilidad como para sentir como nuestros los problemas de los que nos rodean y nos esforcemos por ayudarnos unos a otros a ser más felices encontrando solución a los problemas que vayamos encontrando.

Decía que todos queremos eso, y lo podríamos decir pensando en la buena voluntad de todos porque todos realmente ansiáramos siempre lo más justo. Pero sabemos bien que esa no es la realidad de la vida porque sigue reinando la injusticia y la insolidaridad, no todos tienen esos buenos sentimiento hacia los demás y mucho solo piensan en sí mismos, no siempre hay esa sensibilidad para buscar soluciones a los problemas y sufrimientos de los demás e incluso habrá quien no comprenda que nosotros podamos hacer las cosas desinteresadamente simplemente por el gozo de hacer bien a los demás.

Mientras vamos haciendo el bien y gastándonos los unos por los otros sentiremos un gozo en el alma que nadie nos podrá arrebatar, pero quizás llegará un momento que lo que hagamos moleste a los demás, nos vamos a encontrar quien vaya detrás de nosotros tratando de destruir y derruir aquello que nosotros hemos intentado construir. Son los que se sienten satisfechos en sí mismos, no por el bien que hacen, sino por el egoísmo en que viven que les hace creerse los reyes del mundo, pero que un día se van a encontrar que no hay nadie que seque sus lágrimas o dé consuelo a aquellas situaciones dolorosas con las que sin duda un día se encontrarán.

Es eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en esta página del evangelio. Son las bienaventuranzas tal como nos las relata el evangelista san Lucas, que en cosas fundamentales tienen una coincidencia con las que nos propone el evangelista san Mateo, pero que aquí nos da unos matices porque contrapone a la bienaventuranza lo que podríamos llamar la maldición de los que se han encerrado en sí mismos, rehusando a hacer el bien desinteresadamente y a obrar siempre desde unos intereses egoístas que manifiestan además la superficialidad de sus vidas.

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis… y seréis dichosos cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre… vuestra recompensa será grande en el cielo…’

Por contra nos dirá también ‘¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’

¿Queremos quizás que hablen bien de nosotros? Decíamos al principio que entre todas aquellas cosas que ansiábamos y deseábamos era el ser bien considerado por los demás. No es mal deseo. Pero, ¿por qué cosas queremos ser bien considerados por los demás? A los ojos del mundo parece que lo importante o lo que nos hace importantes son todas esas vanidades de las que nos rodeamos para aparentar algo que realmente no somos. Buscamos prestigios y buena consideración de aquellos que nos parecen importantes y poderosos, nos arrimamos decimos tantas veces a quienes nos den buena sombra porque se manifiestan muy exultantes en su arrogancia y rodeados de los lujos de la vida, de esos que parece que siempre están saciados en sus fantasías que a la larga nos manifiestan la pobreza de sus vidas aunque sean muchas las riquezas de las que dispongan.

Quienes queremos vivir según los parámetros del Reino de Dios vamos a resultar incómodos porque en la opinión de esos que se creen poderosos nosotros estaríamos fuera de lugar. Pero al final, ¿quién será feliz de verdad? No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios, ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida.


sábado, 5 de septiembre de 2026

Como seres humanos que somos ojalá sepamos poner más humanidad en nosotros y en nuestras relaciones creando así una sociedad verdaderamente humana

 


Como seres humanos que somos ojalá sepamos poner más humanidad en nosotros y en nuestras relaciones creando así una sociedad verdaderamente humana

1 Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No sé si lo podríamos decir así, pero estoy pensando que lo único que necesita el hombre para ser él mismo, para lograr lo mejor de su vida y, podríamos decir también, ser feliz él y el mundo que nos rodea es humanidad. Ahí lo entrañaríamos todo, porque ser humano y portarnos y tratarnos con dignidad podríamos decir que encerraría todo lo que es el ser del hombre, de la persona.

Sin embargo, quizás por nuestra propia debilidad, porque pronto nos aparecen los atisbos de insolidaridad y egoísmo, o la ambición de ser más y dominar lo que sea para alcanzar solo lo mío, necesitamos modos de organizarnos, establecer pautas de comportamiento para salvaguardar ese trato humano entre todos, y de ahí nace todo un conjunto de normas y leyes que quieren regularlo todo.

¿Qué es lo que tendría que ser lo importante? Yo diría que esa humanidad del ser humano, pero hemos llegado por contra a darle tanta importancia a esa organización o a esas normas que terminamos por hacerlas inhumanas porque parece que estuvieran por encima del hombre mismo y de su propia autonomía y libertad. Al final terminamos pensando más en ese cumplimiento de esas normas que nos hemos impuesto que en la humanidad que tenemos que tener los unos con los otros, dándole más importancia a la ley que a la misma persona a la que tendría que ayudar.

Y con eso nos encontramos en todos los ámbitos de la vida humana, con ello nos encontramos incluso en nuestras relaciones con Dios queriéndonos imponer una forma determinada de relación con Dios. Terminaremos transformando lo que tendría que ser una relación de amor en lo que decimos un respeto pero muchas veces no es otra cosa que un miedo porque incluso podríamos recibir castigo cuando nos salimos de esas normas o prácticas religiosas que buscarían más entonces un cumplimiento que un encuentro gozoso de amor.

Es en lo que Jesús quiere abrirnos unos horizontes nuevos porque ese reino de Dios que nos anuncia no es un reino de imposición sino de libertad, no un reino de cumplimientos para hacer méritos o escalar posiciones de privilegio que se pueden convertir en signos de poder sino un reino de amor que nos viene a ayudar a mantener esa humanidad entre nosotros estableciendo así un nuevo tipo de relaciones entre nosotros y con Dios.

Pero ante ese nuevo sentido que Jesús nos está proponiendo, y esa es la gran buena noticia del Evangelio, ese nuevo sentido de humanidad, hay quienes reaccionan porque no entienden o porque quizás ellos hayan alcanzado esas posiciones de privilegio que ahora les parece que podrían perder; se quieren entonces en afianzas en sus tradiciones que las hacen tan sagradas que nos las presentan como la voluntad de Dios. Cómo seguimos teniendo hoy esa misma tentación.

Es lo que le plantean a Jesús con sus pegas, como ya hemos escuchado, sobre el tema de los ayunos que parece que no estuvieran en la práctica de los discípulos de Jesús; es lo del tema del descanso sabático que hoy le vemos plantear desde el hecho que los discípulos al pasar por un sembrado cogen algunas espigas para echarse unos granos a la boca que le alivie o refresque el cansancio del camino, pero con la circunstancia que era sábado donde no estaba permitido ningún tipo de trabajo.

¿Qué parecía que tenía que ser lo importante? ¿La ley del descanso sabático que no se podía transgredir bajo ningún concepto o el calmar la fatiga de unos caminantes, aunque solo fueran con unos granos de trigo echados a la boca? Y Jesús les recuerda lo acontecido con David y los panes de la proposición que eran unos panes sagrados que habían formado parte de la ofrenda colocada sobre el altar y que solo podían comer los sacerdotes pero que se ofrecieron a aquel grupo de hombres que acompañaban a David. Terminará diciendo Jesús que el Hijo del Hombre es el señor del sábado.

¿Seremos en verdad señores de nuestra vida porque en ella ponemos toda la humanidad de nuestro ser? ¿Qué sería lo importante que tendríamos que buscar?


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

Supongamos que tenemos la buena suerte de recibir un regalo, que no esperábamos ni acaso habíamos soñado en tenerlo, algo sin embargo que nos hacía mucha ilusión y que va a significar algo maravilloso para nosotros; es normal que saltemos de alegría, que en el gozo de lo que hemos recibido hagamos fiesta en la que de alguna manera u otra poco menos que nos convertimos en protagonistas; probablemente se nos suba el ‘ego’ y ahora todo lo veremos maravilloso porque llegamos incluso a dar la impresión que nos lo habíamos ganado, que teníamos nuestros méritos y nos insuflamos tanto orgullo que poco menos que las alabanzas se vuelven para nosotros, y aunque muchas veces decimos que si nos sacamos la lotería o alguna de tantas cosas en las que no nos perdemos de jugar decíamos que lo íbamos a repartir y todas esas cosas de una generosidad orquestada, al final nos encerramos en nosotros mismos de una forma avara y codiciosa. ¿Qué estaríamos denotando de nuestros valores o de nuestro sentido de la vida? No digo que todos seamos así y así actuemos siempre, pero es cierto que es una tentación que sufrimos y nos puede hacer perder el rumbo de nuestra propia madurez humana.

Hay algo en el evangelio de hoy que nos puede pasar desapercibido y que tendría que ser pauta de lo que significa nuestro encuentro con Jesús y con la fe. Nos dice el evangelista que cuando salió Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón Pedro. Una indicación más o menos clara que sería la casa de Pedro en Cafarnaún el punto de encuentro o de arranque de toda la predicación de Jesús por Galilea. Ya en otro momento nos dirá cuando nos envía a predicar que en la casa donde entremos allí nos quedemos si nos reciben bien. Desde una casa, desde un hogar va a irradiar el anuncio del Reino que hemos de hacer por todas partes.

Pero en la casa de Simón le indican que la suegra de Simón está en cama con fiebre. Jesús, como no podía ser menos, se acerca a ella y tomándola de la mano la levanta, curándose de aquella fiebre. ¿Y cual es la reacción, y es en lo que quiero fijarme en estos momentos? No lo dice pero suponemos la alegría de todos por la recuperación, lo mismo que la suegra de Simón Pedro, pero aquella mujer no se queda en el momento festivo sino que se puso a servirlos.

Nuestro paso por el encuentro con el Señor siempre tendrá que derivar en el servicio, no hay mejor manera de celebrarlo ni de hacer fiesta por lo que significa ese encuentro. Y es que Jesús cuando nos sale al encuentro no es para que nos quedemos en nosotros, en lo que hemos recibido, los beneficios que significa para nosotros. Jesús siempre nos está poniendo en camino. No nos podemos quedar como quería Pedro extasiados en lo alto de la montaña porque allí se está bien, tenemos que bajar al llano, tenemos que volver a nuestros caminos aunque luego haya momentos en que nos resulten dificultosos y de nuevo oscuros. Es la bonita actitud que nos está enseñando hoy la suegra de Simón.

En las actitudes y en lo que hace el mismo Jesús estamos viendo el mismo detalle. Mucha gente se había aglomerado en aquella tarde noche a la puerta de la casa y a todos y a cada uno quiso acercarse Jesús. Nos habla de cómo imponía las manos a los que se acercaban y a todos les iba dando nueva vida. Pero Jesús no se queda ahí; desde el amanecer se había ido al descampado para su oración al Padre y cuando vienen de nuevo a buscarlo El les dice que tiene que llegar a otros lugares porque en esos otros sitios también había de anunciarse el Reino de Dios. Siempre en camino, siempre en actitud de servicio, siempre en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos porque a ellos también tiene que llegar la Buena Noticia.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Estaremos siempre en esa disponibilidad de servicio? ¿Será esa también nuestra manera de hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios en medio de nuestro mundo? ¿Pensaremos también en otros, de los que no están cerca o no vienen, a los que tenemos que hacer también el anuncio? No nos podemos contentar con los que ya estamos, los de siempre, los que también hayan dado una respuesta de fe, sino que como nos decía el Papa Francisco tenemos que ir a las periferias.

¿No nos estaremos encerrando mucho en nuestros templos, en nuestras celebraciones bonitas, en el rescate de nuestras novenas y devociones, en nuestras cofradías y hermandades, en nuestras fiestas tradicionales y nos falta ese impulso misionero? Algunas veces cuando contemplo algunos programas pastorales me entran esos miedos, me interrogo por esa inquietud misionera que ha de tener la Iglesia, y qué es lo que estamos haciendo.


domingo, 23 de agosto de 2026

A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

 




A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

Isaías 22, 19-23; Salmo 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

No siempre es fácil definirnos en la vida, porque las cosas son más complejas que lo que aparentemente se nos pueden ofrecer y nos entran nuestros miedos, nuestras personales consideraciones si lo que vamos a decir cae bien a todos, las influencias que recibimos de lo que nos rodea o de quienes dirigirnos en una dirección determinada según los intereses de cada uno. Decimos, es verdad, que somos libres y que cada uno tiene su opinión y se expresa como quiere, pero quizás no siempre actúa con esa auténtica libertad porque son muchas las presiones que puede también recibir en un sentido o en otro; también está nuestra propia debilidad o nuestra poca madurez para tener ideas claras, para hacer opciones que puedan comprometer nuestra vida. Definirnos sobre algo es bastante complejo en muchas ocasiones.

¿Será eso lo que de alguna manera les está planteando Jesús? Ya llevan un tiempo con él en una cercanía que otros no tienen, un día habían optado por seguir a Jesús, tras la invitación del propio Jesús o desde inquietudes que sentían en su corazón. Algo podían ellos ir sintiendo ya dentro de sí sobre lo que Jesús estaba significando en medio del pueblo y para sus propias vidas; veían también las respuestas diversas que se iban dando al mensaje de Jesús, desde quienes se entusiasmaban con sus palabras o con los signos que realizaba hasta lo que hacían oposición frontal al mensaje de Jesús desde sus distintas posiciones, en algunos casos muy interesadas. Y entonces surge la pregunta de Jesús.

Están ya un poco fuera del territorio palestino porque están en la región de Cesarea de Filipo, muy al norte, en el nacimiento del Jordán y en las fronteras con Fenicia. A Jesús les gustaba llevar a los discípulos más cercanos a lugares apartados donde no hubiera tanta presión de la gente que los seguía y no les daba tiempo ni para comer, como en algún momento se dice, y es ahí donde los cuestiona.

Primero que manifiesten lo que ellos escuchan que la gente piensa de Jesús. Una pregunta más fácil de responder porque se trata de hacer como se dice ahora una lluvia de ideas recogiendo las opiniones que conocían de la gente. ‘¿Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Un profeta como no lo ha habido nunca igual, vienen a decirle, porque recuerdan a los antiguos profetas, o recuerdan a Juan que recientemente había aparecido en las orillas del Jordán, del que algunos de ellos habían sido también discípulos.

Pero Jesús no se quiere quedar en esas generalidades y la pregunta va directa a lo que ellos puedan pensar. ‘Y vosotros, ¿quien pensáis que soy yo?’ La respuesta no surge ahora tan espontánea; podemos imaginar como se miran los unos a los otros a ver quien es el primero que se atreve a hablar. Y será Simón Pedro el que se adelantó tomando la iniciativa y poco menos que la representación del pensamiento de todos. ‘Tú eres el Mesías, el ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Una profunda afirmación de fe que incluso Jesús le dirá que no lo está diciendo por si mismo, sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Una profunda afirmación de fe que va a provocar una promesa de Jesús, porque ahí está la roca sobre la que se va a fundamentar la Iglesia, esa nueva familia de los hijos de Dios que se está constituyendo en la medida en que se va haciendo más presente el Reino de Dios. ‘Eres la roca sobre la que edificaré mi Iglesia y el poder del maligno no podrá contra ella… en tus manos están las llaves del Reino, en torno a esta roca se va a formar, se va a entrelazar una nueva unión, una nueva comunión…’

Son cosas muy importantes las que aquí escuchamos, es el comienzo de algo nuevo como nueva tiene que ser nuestra vida desde ese encuentro vivo con Jesús. Aquí estamos proclamando lo que es nuestra fe, pero también lo que tiene que ser nuestro camino de ahora en adelante. Aquí al proclamar nuestra fe nos estamos manifestando también con humildad porque solo desde la fuerza del Espíritu de Dios en nuestro corazón. podremos proclamarla y podremos vivirla.

Cambien tenemos nuestros miedos y nuestras dudas, también rebrotarán muchas veces nuestras cobardías y nuestros tropiezos, como Pedro a quien vemos hoy haciendo esta hermosa confesión de fe; pero es el Pedro que quería quitarle de la cabeza a Jesús la idea de su subida a Jerusalén con todo lo que allí podría suceder; es el Pedro que se siente pequeño y pecador cuando ve las maravillas de Dios que se realizan en Jesús como cuando la pesca milagrosa; es el Pedro que en un momento querrá utilizar las mismas armas del mundo para defender a Jesús como cuando sacó la espada de la violencia en el Huerto de los Olivos; el Pedro que se había quedado dormido cuando Jesús los invitaba a la vigilancia; el Pedro que se quedaba extasiado en los momentos de gloria, pero que recularía cuando alguien le dijera que él también era de los que estaban con Jesús.

Son también nuestros miedos y nuestras dudas, nuestras debilidades y nuestras tibiezas, pero los que tenemos que tenemos que seguir confiando en Jesús, dejándonos conducir por su Espíritu, poniendo todo nuestro empeño en seguir sembrando en los surcos de la vida esa nueva semilla del amor. Jesús quiere seguir confiando en nosotros, ¿qué respuesta le damos? ¿Llegaremos nosotros a definirnos por Jesús y por el evangelio?


jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?