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jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


martes, 14 de julio de 2026

Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

 


Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

Isaías 7, 1-9; Salmo 47; Mateo 11, 20-24

La falta de confianza nos hace incrédulos, cerrados de mente y corazón y crea en torno nuestro una costra que nos hace duros e intratables. Nos sucede en muchos aspectos de nuestras relaciones con los demás, lo que es nuestra vida misma en ese crecimiento y maduración como personas, en aquello que pretendemos emprender que al final por falta de confianza incluso en nosotros mismos no llegaremos a realizar pero que en el mal estado de ánimo que se nos crea en nuestro interior estaremos como a la defensiva de todo llevándonos a culpabilizar incluso a los demás de lo que son nuestros fracasos.

Tenemos confianza con el amigo y lo escucharemos y nos sentiremos a gusto con él, confiamos en los demás y nos volvemos colaboradores, comenzamos a tener confianza en nosotros mismos y comenzaremos a avanzar por la vida. Hemos unido de alguna manera la confianza y la fe, en un plano humano, de nuestras relaciones con los demás o de nuestra participación en esa sociedad en la que vivimos y con la que nos ponemos a colaborar, pero en ese sentido tenemos que ir en nuestra vida espiritual y todo lo que atañe a lo que ha de ser nuestra vida cristiana.

Nos puede suceder incluso que vivimos y participamos incluso en celebraciones de nuestra comunidad cristiana, y sin embargo no vemos que vayamos avanzando en lo que tendría que ser nuestra vida cristiana sino que nos quedamos en unos cumplimientos, en unos ritos, en las mismas rutinas de siempre. ¿Qué nos puede estar sucediendo? ¿Por qué nos quedamos en esa frialdad y en esa atonía espiritual? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por el Señor y por esa Palabra que escuchamos en cada celebración? ¿Tendremos en verdad confianza en la Palabra que se nos anuncia para llegar a dejarnos inundar por esa riqueza de vida que se nos quiere trasmitir?

Pudiera ser que ya viniéramos predispuestos, porque decimos que vamos a escuchar lo mismo una y otra vez, porque decimos que en fin de cuentas son siempre los mismos textos del evangelio; podríamos estar interiormente poniendo distancias en lo que se nos trasmite porque al final decimos son interpretaciones personales de quien nos habla y nosotros también tenemos nuestras interpretaciones particulares. Estamos poniendo una barrera de desconfianza, que nos llevará a que allí no encontremos un alimento para nuestra fe. Estamos escuchando pero no confiamos, no se despierta la fe en nosotros.

En el evangelio de hoy escuchamos las recriminaciones que Jesús les hace a aquellas ciudades donde ha realizado muchos signos y donde se ha hecho un trabajo intenso de anuncio de la buena noticia de Reino de Dios. En varias ocasiones escuchamos al evangelista decirnos que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea anunciando el Reino de Dios y realizando muchos signos entre ellos. Hoy nos habla de aquellos lugares cercanos al lago que fueron de especial predilección de Jesús para su predicación, Betsaida, Corozaín y la misma Cafarnaún. Si en otros lugares se hubieran realizado tantos signos como allí se realizaron seguro que habrían creído, y les compara con Sodoma y Gomorra, o con las ciudades paganas Tiro y Sidón, ya en las márgenes de Galilea.

Pero no queremos quedarnos en la reacción y respuesta de aquellos lugares sino que hemos de sentir las palabras de Jesús como dichas a nosotros hoy. Cuánto de gracia nos ha ofrecido el Señor, cada uno tendría que revisar su historia pero sobre todo la historia de amor de Dios en su vida. A nuestro alcance tenemos la Iglesia a la que pertenecemos, con sus parroquias y con sus templos, con su catequesis y su predicación, con sus celebraciones y con toda la celebración del misterio de Cristo a través de todo el año. ¿Cómo sentimos que en verdad nuestra vida espiritual está creciendo, nuestro compromiso cristiano desde nuestra fe es cada vez más intenso? ¿Qué nos recriminaría el Señor por nuestra respuesta o por nuestra falta de respuesta?

Tendríamos que pensar también en la confianza que ponemos en el Señor. ¿Cómo nos sentimos en ese sentido cuando pasamos por momentos de dificultad, cuando nos vienen las noches oscuras a nuestro espíritu? Despertemos nuestra confianza en el Señor para que pueda en verdad resplandecer nuestra fe.