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jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

domingo, 5 de abril de 2026

Alegría, hermanos, es la Pascua, gritémoslo fuerte para que todos vean las señales, que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado

 


Alegría, hermanos, es la Pascua, gritémoslo fuerte para que todos vean las señales,  que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado

Mateo 28, 1-10

Un grito glamoroso resuena en el silencio que nos había acompañado desde la tarde del viernes, ¡Ha resucitado! Un grito que se va a repetir con tonalidades de fiesta y que nos va a envolver de alegría porque nuestras esperanzas se han cumplido, se han realizado. Es la Pascua, ha sido el paso del Señor, es el paso salvador que nos llena de vida disipando para siempre las tinieblas de la muerte. Lo vivimos con gozo en esta noche de Pascua pero es el gozo nuevo que va alimentar nuestra vida de alegría, de la mejor de las alegrías.

Es cierto que en la vida buscamos la alegría y la fiesta y parece que no la vamos a encontrar de manera definitiva; pronto nuestras alegrías se diluyen, nuestras fiestas se apagan y nos parece que todo vuelve como al principio o lo que es peor dejándonos un vacío peor en el alma. Ahora llegamos a la plenitud de la fiesta que es anticipo de la fiesta eterna que viviremos en los cielos. Con esta fiesta y alegría nuestras gargantas no se quedarán resecas porque ahora hemos encontrado el amor verdadero.

Pero todo no se nos queda en palabras que nos puedan dejar en la añoranza de lo que quiso ser y no fue. No es una alegría que se nos imponga desde el exterior o que busquemos en sucedáneos que siempre nos van a dejar con hambre de más. Es una cosa cierta aunque sea una cosa que solo desde la fe podemos entenderlo; para esto no necesitamos pruebas científicas ni razonamientos humanos, es un hecho que podemos vivir y de hecho vivimos cuando lo celebramos de verdad en lo más hondo de nosotros mismos.

Con pesadumbre habíamos hecho el camino del calvario y de la cruz y con angustias de soledades habíamos llegado a la puerta del sepulcro. Fue duro pero tremendamente hermoso cuando aprendimos a saborear de verdad lo que íbamos contemplando sintiendo al mismo tiempo como  nos afectaba a nuestra vida. Humanamente se nos podía hacer insoportable pero contemplando el coraje de Jesús al tomar la cruz y caminar hacia el calvario a pesar de los tropezones y caídas nos hacía tender la mirada más allá de lo que podían ver los ojos porque estábamos contemplando el amor más puro y más grande, el amor de quien lo daba todo, de quien se daba a sí mismo por nosotros, por esa humanidad rota y llena de muerte que a través del filtro de la pasión de Cristo estábamos contemplando.

Sí mirábamos el sufrimiento de la humanidad con tantos tintes negros y crespones oscuros como la vemos tantas veces en esa violencia y en esas guerras con todas esas luchas que no son solo las de las bombas o los misiles en medio de las cuales vivimos, en esa insolidaridad que llenaba de frialdad nuestro mundo porque nos hacía perder la sensibilidad de la humanidad, en esa forma de vivir arrastrándonos buscando solo placeres o convirtiendo las cosas materiales en ídolos de nuestra vida, en esa vanidad con la que nos inflamos para subirnos a los pedestales del orgullo o del poder queriendo manipular todo cuanto nos rodea. Con ese peso con Jesús atravesamos la calle de la amargura y subíamos arrastrándonos bajo ese peso hasta el Gólgota sintiendo luego el vacío del silencio de la soledad mientras caminábamos hasta el sepulcro del huerto.

Pero veíamos caminando delante de nosotros a Jesús con toda la entereza y la fortaleza del Espíritu que ponía paños de lágrimas a nuestros ojos enrojecidos por el dolor pero aliviando nuestro espíritu poniendo esperanza de algo nuevo y distinto con sus Palabras en la cruz.

Era posible algo nuevo porque El nos estaba regalando perdón, nos estaba inundando con su amor porque no faltaba la confianza en el Padre cuya voluntad estaba siempre dispuesto a cumplir como había dicho ya desde el principio de la pasión. Se acabarían las soledades aunque solo estuviera colgado del madero de la cruz porque desde allí nos tendía puentes de acogida cuando ofrecía el paraíso para aquella misma tarde al que mostraba arrepentimiento a su lado pero además nos regalaba la acogida de una madre y de un hermano al confiar su madre al discípulo amado.

Y todo eso lo vemos realizado en plenitud cuando El no se ha quedado encerrado en las sombras de una tumba sino que ha resucitado glorioso para estar siempre con nosotros con la fuerza de su Espíritu y comencemos a realizar ya todas esas señales de ese mundo nuevo que es el Reino de Dios.  En plenitud ya lo tenemos en nuestro corazón, en plenitud podemos vivir ya para siempre esa alegría pascual porque ha sido el paso de Dios, que nos salva y que nos pone en camino de esa vida nueva.

Es la alegría de la Pascua, es la alegría de poder proclamar con toda nuestra vida y nuestra existencia que es verdad, que Cristo ha resucitado. Lo sentimos en nosotros, sentimos que es posible ese mundo nuevo, que se disipan las sombras y que vamos a estar llenos de luz para siempre, que tienen que acabarse esa guerras y esas violencias porque ya no va a ser norma de nuestra vida ni la vanidad ni el orgullo, porque va a nacer un nuevo mundo de solidaridad, porque ha nacido una familia donde todos somos hermanos y ya más nunca habrá soledad.

Es lo que creemos y lo que proclamamos, es lo que estamos dispuestos a vivir, son las señales que vamos a comenzar a dar, son los pasos que iremos dando para hacer esa humanidad nueva que es posible, porque Cristo ha resucitado y nos ha llenado de nueva vida.

Alegría, hermanos, que si hoy nos queremos es que Cristo ha resucitado.


miércoles, 18 de marzo de 2026

Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación para transformar nuestro mundo haciendo crecer una nueva humanidad

 


Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación para transformar nuestro mundo haciendo crecer una nueva humanidad

Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

Estoy muerto de cansancio habremos dicho o escuchado alguna vez cuando nos sentimos agobiados por los trabajos, por los malos momentos que podamos pasar, por las dificultades que nos vamos encontrando en el camino de la vida, cuando nos invade el desaliento porque quizás no conseguimos aquello que mucho anhelamos; pero hablar de muerte o de vida, hablar de luz o de tinieblas, hablar de noches oscuras o de días luminosos es algo más que unas imágenes bonitas que puedan darle un sentido poético a nuestras palabras. Es hablar de unas realidades de la vida como es hablar también de lo que Jesús nos ofrece con la Buena Noticia del Evangelio.

Hoy nos hablaba el profeta de una invitación a ir a la luz, como también de salir de una situación de opresión y falta de libertad para ir a la vida. ‘En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado… para decir a los cautivos: Salid, a los que están en tinieblas: Venid a la luz…’

¿No es lo que realmente necesitamos? Ya no son solo los agobios que antes mencionábamos por los trabajos o las situaciones malas por las que estemos pasando, es la falta de esperanza de la que estamos rodeados y de la que también nos contagiamos, es ese mundo sin rumbo en el que a veces nos encontramos porque todo nos parece confuso, por esa sinrazón por la que nos matamos los unos a los otros, y pensamos en un mundo de violencia que nos envuelve, nos llama la atención y nos preocupa la misma situación de un mundo en guerras que no sabemos a donde vamos a parar, pero que no son solo esos cañones o no sé qué armas se usan que causan tanta destrucción sino que eso lo sentimos en la acritud con que nos tratamos, la violencia en las palabras y los gestos en todos los foros de la sociedad, esa deshumanización a la que estamos llegando aunque hablemos de mucho progreso y no sé cuántas cosas más pero en la que seguimos creando abismos entre unos y otros. ¿No es eso un mundo de muerte? ¿No es eso una oscuridad que nos está envolviendo?

‘Venid a la luz’, nos dice el Señor por medio del profeta y nos promete un mundo nuevo; bellas son las imágenes de unos campos que florecen con nuevos frutos; y nos habla de una nueva libertad porque en verdad aprenderemos a respetarnos y a tratarnos bien, a sentirnos más cercanos y más humanos. ¿No es ese el camino que intentamos restaurar en nuestras vidas mientras vamos haciendo este recorrido cuaresmal que nos prepara a la Pascua?

Vamos a celebrar la Pascua, vamos a celebrar cómo renace la vida a pesar de tanta muerte que nos ha ido envolviendo. No es simplemente, como decíamos al principio, una imagen poética, sino algo que tenemos que hacer realidad en nosotros. Algo nuevo tenemos que comenzar a vivir.

Y vivimos con esa esperanza porque ponemos toda nuestra fe en Jesús, en el evangelio que nos proclama, en la buena noticia del Reino de Dios. ‘En verdad, en verdad os digo, nos dice hoy Jesús en el evangelio, quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’.

El texto del evangelio ahora ya en este final de la Cuaresma nos irá presentando aquella controversia de los judíos con Jesús que no querían aceptar sus palabras y no querían reconocer el mensaje de salvación que Jesús venía a ofrecernos.

Pero Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación. Solamente tenemos que escuchar a Jesús, escuchar su Palabra, poner toda nuestra fe en Él. Si escuchamos y ponemos de nuestra parte todo lo posible por vivir ese sentido de vida que Jesús nos ofrece iremos en verdad transformando nuestro mundo, porque necesariamente tenemos que trabajar más por la paz, buscar el entendimiento entre todos, desprendernos de tantas vanidades que nos hacen orgullosos y crean distanciamientos.

No olvidemos que tenemos que ser levadura, y de la buena, en medio de nuestro mundo, y aunque nos pueda parecer insignificante lo que hacemos en medio de la magnitud de maldad que nos rodea, esa levadura tiene la capacidad de hacer fermentar la masa, hará germinar la buena semilla y un día podremos ir recogiendo los frutos de un mundo mejor. Pero, repito, no nos podemos cruzar de brazos, tenemos que comprometernos y comprometernos de verdad. 

No seremos ya los que nos sintamos muertos por nuestros cansancios porque hemos revitalizado nuestra vida en el evangelio de Jesús.


jueves, 11 de diciembre de 2025

Es tarea de nuestro adviento hoy hacer florecer ese surco reseco de la vida con flores que pongan esperanza en nuestro mundo

 

Es tarea de
nuestro adviento hoy hacer florecer ese surco reseco de la vida con flores que pongan esperanza en nuestro mundo

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Hace unos días un amigo me manifestaba que se encontraba hecho una piltrafa, que no valía para nada, que estaba solo y nadie lo tenía en cuenta ni le echaba una mano, que por nada se enfermaba, y andaba poco menos que desesperado; total que poco menos que una depresión porque se encontraba con una malestar que a mi me parecía que eran síntomas de gripe; pero él no estaba muy acostumbrado a estar enfermo y ya sabemos cómo el malestar de una gripe nos deja desmadejados y por el piso.

Yo pensaba por poca cosa se siente mi amigo hundido, aunque es de comprender su soledad – cuánta gente se siente así sola en la vida, que no saben a quién acudir, ni cómo salir de sus situaciones – aquel muchacho, me parecía a mi por poca cosa se sentía tan mal; y pensaba yo en tantos que no por una simple gripe, pero si por otros muchos problemas que se agolpan sobre su vida se encuentran también mal y desesperanzados; como decíamos, muchas soledades, pero también mucha gente que se ve agobiada y quizás no encuentra un sentido o un valor para sus vidas, gentes que caminan sin metas ni esperanzas, que se sienten vacíos e impotentes quizás por la superficialidad de sus vidas, gentes que necesitan un norte, un por qué para vivir, un algo que les dé valor a sí mismos, una compañía quizás que les acompañe en ese caminar pesaroso por la vida.

¿Cómo encontrar una luz que les dé sentido a sus vidas? ¿Cómo levantarse de ese caminar rastrero envueltos por esas materialidades de la vida? ¿Dónde encontrar fuerza que les haga superar sus cansancios y sus desencantos?

Estamos en el Adviento y vamos escuchando a los profetas que acompañaban al pueblo de Israel y que trataban de despertar esperanzas en aquel pueblo que se veía tan machado a través de la historia. Como dice el profeta hoy ‘los pobres y los indigentes buscan agua, y no la encuentran; su lengua está reseca por la sed’. Es una imagen de la situación de desánimo en que se encuentra el pueblo. Pero el profeta les anuncia que todo cambiará y hablará de los desiertos que se convierten en un vergel haciendo brotar ríos y manantiales en montañas y valles, que hasta en los lugares más yermos aparecerán fuentes de agua.

Nos hará el profeta una bonita y hasta poética descripción. ‘Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos, y olivares; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y alerces, para que vean y sepan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado’. Nos habla de los tiempos nuevos del Mesías, que no es la materialidad de la frondosidad de esos bosques, sino la señal de vida que nos dará para nuestro mundo.

¿Andaremos quizás con la boca reseca por nuestra situación persona, por nuestros errores o por el estilo de vida que envuelve nuestro mundo? Vendrá un tiempo nuevo. Es lo que tenemos que sentir, es la esperanza que tiene que animar nuestra vida, son los pasos que hemos de dar para hacer que nuestro mundo sea mejor, empezando por ser mejores nosotros mismos. Es un cambio y una transformación que tiene que darse en nuestra vida, de la que tenemos que dar señales; y daremos señales con una forma nueva de celebrar la navidad; no nos podemos dejar arrastrar por la inercia de nuestro mundo en el que cada va a sus intereses. Como creyentes en Jesús algo nuevo tenemos que poner.

¿No tendremos que pensar con sinceridad qué cosas hay resecas en mi vida que necesitan un agua nueva? ¿Dónde tenemos que llevar esa agua que nos ofrece Jesús en ese mundo concreto en que vivimos donde como antes reflexionábamos vemos tantos sequedales? Un surco que hagamos florecer es un comienzo de un mundo nuevo que estamos haciendo en nuestro campo de la vida. Que no pase la navidad sin que hagamos florecer una nueva flor que ponga una alegría nueva en nuestra vida.

Para terminar no dejemos de lado lo que nos dice el evangelio cuando Jesús nos habla de Juan Bautista, porque no ha nacido de mujer nadie mayor que él. Pero si hacemos florecer ese surco del que hablábamos seremos incluso mayores que Juan. No lo digo yo, nos lo dice Jesús en el evangelio.


domingo, 7 de diciembre de 2025

Desde nuestra fe no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida, por eso escuchamos a los profetas

 


Desde nuestra fe no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida, por eso escuchamos a los profetas

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12

¿Estaremos ya también nosotros de vuelta cansados de profetismos y de promesas? Parece que ya no nos queremos creer nada. En la situación en que vivimos hoy en nuestro mundo con tantas calamidades, sufrimientos, miserias, violencias, guerras ya no nos creemos cuando nos anuncian una cercana paz, un término pronto de las guerras, nos hablan de diálogos y conferencias para encontrar soluciones, y ya algunas veces parece que nos quieren dar fechas de la terminación de esos conflictos. Pero no lo vemos porque los tambores de guerra siguen sonando, la gente continúa sufriendo y muriendo y por muchos movimientos de reivindicaciones que hagamos pareciera que todo se queda en espectáculo, pero no vemos ese final feliz.

Tenemos la tentación y el peligro de vivir en la desesperanza. Los nubarrones negros siguen envolviéndonos. ¿Habrá alguna manera de despertar esa esperanza? Los cristianos, seguidores de Jesús podemos dejándonos envolver por ese desencanto. Lo que celebramos y queremos vivir – porque también hay el peligro de hacer celebraciones pero que eso no se convierta en vida – tiene que despertar en nosotros unas nuevas esperanzas. ¿Terminaremos por fiarnos de la Palabra de Dios?

Estamos haciendo este camino de Adviento, aunque desgraciadamente todos no le dan la misma hondura a lo que significa este camino y se quedan en demasiadas superficialidades, este camino, digo, precisamente es una invitación a despertar esa esperanza. Por aquello que nos preparamos para celebrar el nacimiento de Cristo en la próxima navidad queremos empaparnos de aquel espíritu que nos trasmiten los profetas en la preparación de la venida del Mesías para nosotros hacer y sentir que la celebración de la navidad que vamos a tener nos lleva a trabajar y crear ese mundo nuevo que tanto necesitamos.

Una auténtica celebración de lo que queremos vivir en estos días tendría que realizar una transformación profunda de nuestras vidas que tendría que notarse en algo nuevo en nuestras comunidades y en consecuencia en nuestra sociedad. No es solo un recuerdo que ponga aires de fiesta en nuestro ambiente pero que luego pronto se apaga. Nosotros decimos que nuestras celebración no son sólo memoria sino memorial, porque significa hacer vida en el hoy de nuestra vida aquello que estamos celebrando, es sentir que en verdad Jesús viene y está en nosotros y con nosotros para realizar ese mundo nuevo que se nos anuncia.

Si cuando pase la navidad no queda nada de eso nuevo reconozcamos que fue pobre aquella celebración, que en ella no pusimos toda nuestra vida. Y tendrá que notarse en nuestras actitudes y comportamientos, en la manera nueva de afrontar la vida y los problemas que en ella nos van surgiendo, en la manera cómo superamos tristezas y sufrimientos con un nuevo rostro de una alegría esperanzada, en esos gestos nuevos con los que vamos manifestando que estamos queriendo vivir algo nuevo y distinto, en ese ambiente distinto que vamos a tener en nuestras familias y en nuestras comunidades, en ese despertar de nuestra generosidad y nuestro compromiso para salirnos de nuestras rutinas y de esa vida en que parece que vamos arrastrándonos.

Las palabras que escuchamos en la Palabra de Dios, de los profetas o del evangelio no son palabras huecas y vacías, son palabras que nos tienen que impulsar a comenzar a hacer ese camino nuevo. Eso que nos anunciaban los profetas o esas palabras que le escuchamos a Juan Bautista cuando ya inmediatamente está preparando los caminos del Señor tenemos que tomárnoslo muy en serio. No temamos esa hacha que viene para destruir sino para podar y quitar tantas ramas secas de nuestra vida, no temamos ese fuego renovador y purificador del espíritu que nos hace quemar todo eso viejo que aún permanece en nosotros y que es como un renuente que nos impide avanzar, no temamos ese bieldo que levanta el trigo en la era para que el viento se lleve la paja y la parva y quede limpio el grano como fruto que sea verdadero alimento para nuestra vida. Cuántas cosas que podar y quemar, cuantas cosas que tenemos que dejar que se las lleve el viento.

La figura del profeta con su austeridad en el desierto nos hará relativizar muchas cosas que nos parecían primordiales e importantes pero que no lo son tanto; su figura y sus palabras nos invitan a la conversión, a esa transformación de nuestra vida desde esa nueva esperanza que tiene que reinar en nuestros corazones.

Si cada uno de nosotros ponemos nuestro paso en ese camino de renovación al final tendrá que notarse algo nuevo que mejora nuestro mundo y vuelve a despertar la esperanza. Recojamos también el buen sentir de tantos, aunque no siempre sean motivados por la fe, que trabajan comprometidos en sus movilizaciones por ese mundo nuevo y mejor; también a través de ellos nos puede llegar la voz de Dios a nuestros corazones, porque sabemos que en eso bueno que queremos emprender está Dios.

Nosotros, desde nuestra fe, no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida. Por eso escuchamos con atención la palabra profética que llega a nuestra vida.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

 


Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Cada día nos llegan noticias desgarradoras e imágenes que nos ponen los pelos de punta, como se suele decir, cuando aun nos queda algo de sensibilidad en el corazón, de los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas atravesando mares no siempre apacibles y que hagan fácil la navegación. Creo que fue ayer mismo cuando escuchamos que habían encontrado un cayuco a muchos kilómetros de la costa de nuestras islas a los que se le había acabado la gasolina pero también la comida. Nos es difícil imaginar la angustia y sufrimiento de esas personas que lo veían todo perdido mientras en el horizonte se divisaba una costa a la que no podían llegar, como quizás habrá sucedido a tantos. Fueron recogidos y atendidos ofreciéndoles agua y comida y toda la atención que necesitaban.

¿Cuál sería el ansia con que al final pudieron alimentarse al alcanzar finalmente la costa? ¿Qué significaba ese momento para ellos? Muchas consideraciones podemos hacernos porque además podría traer muchas consecuencias para el sentido de nuestras vidas. Una comida y un alimento es cierto, pero que significaría mucho más para sus vidas. Un posible horizonte de esperanza se abría para sus vidas, que no era solamente aquel alimento que en aquellos momentos estaban recibiendo.

¿Qué significa para nosotros una comida a la que hemos sido invitados, por ejemplo, en una fiesta, o en una boda o cualquier otro tipo de celebración? Esa comida es mucho más que unos alimentos que pueden ser exquisitos que nos llevamos a la boca. ¿Vamos a un banquete de ese tipo solamente por las exquisiteces que vamos a comer?

Creo que si nos ponemos a pensar un poco nos daremos cuenta que lo exquisito es el encuentro, con la familia, con los viejos amigos, con personas que podemos conocer y con quien vamos a compartir; es la conversación, son los lazos de amistad, es el disfrutar del encuentro, son los sueños que nos pueden hacer comenzar nuevos caminos y nuevos planes. ¡Cuántos proyectos comienzan a ser realizables después del encuentro de una comida! Como aquellos inmigrantes que mencionábamos que llegan hasta nosotros no solo por un plato de comida sino en la búsqueda de un futuro mejor, de unos nuevos horizontes para su vida.

De eso se nos está hablando en la Palabra de Dios que hoy se nos proclama en este camino de Adviento. Es el festín de manjares suculentos, del que nos habla el profeta, que suscitará una nueva alegría y esperanza para aquel pueblo; es significativo que al describirnos lo que es ese festín nos dirá que ‘arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos’, y seguirá diciéndonos que ‘aniquilará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo…’ Está hablándonos de un mundo nuevo, de una vida nueva, de una nueva esperanza. ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara’, termina diciéndonos el profeta.

¿Y no es eso lo que Jesús nos quiere expresar en el signo que le vemos realizar en el evangelio? También habrá una comida para una multitud hambrienta y que Jesús no quiere dejar ir a sus casas sin haberlos alimentado. Nos hablaba el evangelio de aquella multitud que Jesús se encontró al llegar a aquel lugar, ‘mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies’; allí estaban con sus sufrimientos y con sus ansias de algo nuevo porque la palabra de Jesús suscitaba esperanza en sus corazones. Y Jesús no los podía defraudar.

Está la compasión y la misericordia de Jesús que para todos tenía una palabra y un gesto de vida y salvación, pero está el sentido nuevo y el compromiso que tiene que surgir en los discípulos de Jesús. Pusieron a disposición lo poco que tenía, cinco panes y dos peces y algo nuevo comenzó a suceder, porque todos pudieron comer hasta hartarse. Hablamos del milagro de la multiplicación de los panes, pero tendríamos que hablar del milagro del amor, de los milagros que podemos hacer cuando entramos en la órbita del amor, es el compartir, es el desprendimiento, es el ponernos a servir en disposición de servicio para todos.

Allí ya se diferenciaba nadie unos de otros porque todos compartieron aquel mismo pan; sí, es el pan que tenemos que compartir, que es nuestra vida, que son nuestros gestos, que es nuestra cercanía, que es el encuentro y la armonía que vamos construyendo, es ese pensar que sí podemos hacer algo grande aunque nos parezca que nuestros medios son pocos y son pobres, que es posible que los sueños se hagan realidad. Pero eso cuando sabemos encontrarnos y nos alimentamos no solo de un pan material que llevamos a nuestra boca sino que nos alimentamos de la ilusión y los sueños de aquellos que caminan a nuestro lado y que juntos podemos hacer realizables.

¿Será algo de eso lo que vamos a lograr en la navidad que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando? Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida para sentir que ‘aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara’.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

 


Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

Daniel 7, 15-27; Dn 3,82-87; Lucas 21, 34-36

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo. No podemos ser catastrofistas a la hora de contemplar la realidad de la vida por muchas que sean las sombras que contemplamos. Son los cambios de los tiempos que van mucho más allá de lo que ahora llamamos cambio climático, porque a veces parece que la naturaleza nos azota sin piedad, temporales e inundaciones por una parte mientras por otro lado parece que el desierto avanza con la subida de las temperaturas, incendios o volcanes, la naturaleza parece que revuelve sus tripas.

Pero no nos quedamos ahí. Son muchos los aspectos de la vida que algunas veces nos llenan de pesadumbre y que pudieran hacernos desembocar en la amargura, sentimos inquietud dentro de nosotros en la transformación que contemplamos en nuestra sociedad que algunas veces nos puede costar comprender. Lo que algunos llaman avance para otro puede parecer destrucción, nos cuesta acercarnos y entendernos, muchos valores espirituales parece que se van perdiendo y por la forma como vemos a muchos a nuestro alrededor nos preguntamos si realmente saben a donde van o cuales son los valores de su vida. Cada día atentamos más contra la paz, y son las guerras candentes que por distintos lugares del mundo producen muerte y destrucción pero es la violencia que vivimos en nuestras relaciones más cercanas que nos impide el entendimiento o simplemente nos sentemos a dialogar, es la falta de respeto y de valoración de lo que hacen los demás porque siempre lo hace mal aquel que consideramos oponente a nuestras ideas.

Una primera pregunta sería dónde estamos los cristianos en medio de esta barahúnda que contemplamos en nuestro mundo. Pero también tendríamos que preguntarnos qué tendríamos o podríamos hacer. ¿Decir que es el destino de la vida ante el que no podemos hacer nada y aguantarnos a ver cómo pasamos el temporal? La actitud más humana que tendríamos que afrontar no pasa por el derrotismo o el cruzarnos de brazos. Siempre decimos que tenemos que sentirnos comprometidos y ante esa realidad tenemos que actuar. Por eso hablamos de esperanza y del optimismo con que hemos de afrontar la vida a pesar de las oscuridades y dificultades.

Es algo que tenemos que tener muy claro. Claro que optimismo no es simplemente ponernos a cantar como si nada estuviera pasando; optimismo no es tomarnos la vida a la ligera como si nada pasara pensando que por sí mismo todo se solucionará con el paso del tiempo. Optimismo es algo más profundo, algo también más comprometido porque las cosas no las podemos tomar a la ligera y tenemos que ser conscientes de la realidad.

Nuestro optimismo nace de la esperanza que anima nuestra vida.  Desde nuestra tenemos clara cuáles son nuestras metas y en nuestras metas está esa transformación de nuestro mundo. ¿La Buena Nueva de Jesús no nos hablaba de algo nuevo que tenia que surgir a lo que llamábamos el Reino de Dios? Es clara y necesaria esa transformación que parte de nosotros mismos para poder transformar nuestro mundo y nuestra sociedad, parte de que nosotros vivamos esos valores que nos enseña el evangelio, que aprendemos en Jesús; que vayamos sembrando esa semilla que hará surgir esa planta nueva pero en un terreno que tenemos que cultivar.

Y en esa esperanza sabemos quién está con nosotros, quien es nuestra fuerza y nuestra vida. Jesús nos ha prometido la presencia de su Espíritu para ser nuestra fortaleza y con Él será posible la transformación de nuestro mundo. Por eso nuestro optimismo nace de nuestra esperanza. A esto tenemos que ponernos en camino, ese es el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea, ese es nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.

Concluimos hoy un ciclo litúrgico para mañana comenzar con el Adviento el nuevo año litúrgico donde de nuevo iremos haciendo ese recorrido por toda la historia de la salvación. Terminamos hoy teniendo muy presente esa palabra de esperanza y con esa misma esperanza comenzamos el tiempo de Adviento. Es una característica muy fundamental en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.


jueves, 27 de noviembre de 2025

Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

 


Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

Daniel 6, 12-28; Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28

Nos conviene recordar experiencias por las que hemos pasado, quizás muchas veces difíciles o dolorosas, porque seguramente desde una lectura serena de lo que hemos vivido siempre podemos sacar una lección, siempre podemos recordar un rayo de luz que en aquellos momentos mantuvo viva nuestra esperanza y nos ayudó a atravesar aquel mar de confusiones. La historia, no solo en los grandes acontecimientos, sino quizás en esas pequeñas historias de cada día que nos ha tocado vivir es una gran maestra para nuestra vida.

Hace unos años, y podemos decir que en el mundo entero, pasamos por una situación difícil como fue la pandemia del COVID con todas sus consecuencias de confinamientos y restricciones; aunque teníamos que estar confinados y los movimientos que podíamos realizar eran pocos sin embargo aparecieron muchos signos de solidaridad y aun con la lejanía física sin embargo de cercanía entre unos y otros que nos ayudó a atravesar aquel vendaval. Aquellos aplausos de todas las tardes desde nuestros balcones y ventanas, aquellas canciones espontáneas que escuchábamos cada uno desde su estancia, eran señales de que no nos dábamos por vencidos y había una esperanza de salir con bien de aquella situación.

En muchas ocasiones difíciles de la vida ante catástrofes naturales o provocadas quizás por nuestras violencias, siempre surgen almas solidarias que se dan y se sacrifican, que despiertan la conciencia de los demás y de la sociedad en tantos movimientos solidarios que de una forma o de otra van surgiendo y reclamando algo nuevo y mejor, que hacen que no perdamos la esperanza; siempre sacaremos a flote lo mejor de nosotros mismos que muchas veces llevamos demasiado oculto para mitigar dolores y sufrimientos, para compartir allí donde nada tienen. Son semillas bonitas de humanidad que no dejamos de sembrar, y aunque nos parezcan gestos demasiado pequeños o sencillos, tendríamos que aprender a valorarlos más.

Ahí nosotros los cristianos, los que nos decimos seguidores del evangelio de Jesús, quienes queremos construir en nuestro mundo el Reino de Dios porque eso es lo que pretendemos con el anuncio del evangelio, tendríamos que ser ejemplares y ser los primeros que demos esas muestras de esperanza. No nos podemos sentir derrotados cuando contemplamos la realidad de nuestro mundo en el que aparecen demasiadas sombras, algo podemos hacer, una semilla podemos sembrar, un compromiso tendría que haber en nuestra vida.

No podemos permitir ese camino de decadencia que algunas veces observamos a nuestro alrededor, no nos podemos quedar en lamentaciones por lo mal que están las cosas. Tenemos que poner mano a la obra. Tenemos que ser sembradores de esperanza en medio del mundo que nos rodea. Por mucha que sea la tarea que tenemos entre manos y las responsabilidades de las que tenemos que dar cuenta, siempre tiene que haber ese momento en que sembremos de verdad esperanza por nuestros gestos.

El evangelio nos inspira y nos impulsa. Nos pone en camino. Hemos de saber escuchar la voz de Jesús que así nos habla y quiere sembrar esa buena semilla en nuestro corazón. El evangelio de hoy nos pudiera parecer excesivamente apocalíptico por las destrucciones que nos anuncia y por los malos momentos que se nos dice que podemos pasar; pero el verdadero sentido apocalíptico no es al anuncio de lo malo, sino la esperanza que quiere suscitar en nuestros corazones.

Por una parte nos dice que se acercan días terribles, pero al mismo tiempo casi nos dice que levantemos nuestra cabeza que se acerca la liberación.  ¿Dónde están esas señales de liberación? Tratemos de mirar con ojos luminosos nuestro entorno y veremos a mucha gente que hace muchas cosas buenas, a mucha gente que ora al Señor ante esas situaciones, pero orar al Señor es dejarnos iluminar por El, orar al Señor es ser conscientes de esa realidad dura que está a nuestro alrededor, pero orar al Señor nos lleva al compromiso, a que nosotros comencemos a sembrar esas pequeñas semillas que nos van a hacer florecer en un mundo nuevo y mejor.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Un mundo nuevo en que brille la alegría y el amor un mundo nuevo de fraternidad y de comunión, no rompamos la red de amor que nos alimenta

 


Un mundo nuevo en que brille la alegría y el amor un mundo nuevo de fraternidad y de comunión, no rompamos la red de amor que nos alimenta

Hechos 1, 15-17. 20-26; Salmo 112;  Juan 15, 9-17

Sabemos que la energía - o si queremos decir la electricidad – necesita unos cauces de comunicación, un transporte, unas redes de la forma que sea para que pueda llegar a todas partes y podamos utilizarla, esté donde esté su fuente. Si se cortan esas redes de comunicación, esas líneas de comunicación no podremos, por ejemplo, tener luz, no podrán funcionar muchas cosas que necesitan de esa energía para poder realizar su función. Sin entrar en cómo fue o cómo no fue hace unos días el territorio peninsular español y portugués se quedó sin energía y todo quedó por así decirlo paralizado. Hay que conservar y cuidar esas redes de distribución para que no nos fallen y llegando a todas partes pueda alegrarse la vida de nuestra sociedad, vamos a decirlo así por expresarlo de alguna manera.

Hoy nos habla Jesús de otras redes de comunicación o de comunión que van a producirnos la verdadera energía que transforme nuestra vida y nuestro mundo y sin la cual no habría vida, todo sería tristeza y muerte. Hoy nos habla Jesús del amor. Tenemos una fuente de ese amor, porque parte de Dios. Ya se nos dirá en otro momento que ‘Dios es amor’. Hoy nos lo expresa Jesús de una forma muy hermosa. En este esto que hoy se nos ha ofrecido que es todo un compendio, comienza diciéndosenos  ‘como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Ahí está como en un resumen esa cadena del amor. El amor del Padre, el amor de Jesús y nuestro amor.

Ya nos dirá san Juan que el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que primero nos amó Dios a nosotros. Es la fuente del amor que en Jesús se va a derramar sobre nosotros y que entonces nos hará amar de la misma manera. Por eso es toda la insistencia de Jesús en hablarnos primero de la compasión y de la misericordia de Dios para que así nosotros seamos compasivos y misericordiosos. Es nuestro modelo, es lo que tenemos que plasmar en nuestra vida. Por eso cuando nos habla del mandamiento del amor es El mismo quien se nos pone como modelo. No es ya solo amar como nos amamos a nosotros mismos, lo cual ya sería una hermosa señal de la madurez de nuestro amor, sino amar como El nos amó. Es su mandamiento ‘que os améis los unos a los otros como yo os he amado’.

No es una medida cualquiera. Es la medida más sublime. Es la medida que usa Dios que tanto nos amó que nos envió y nos entregó a su propio Hijo. Es la medida que vemos reflejada en Jesús. Porque ‘nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y es lo que hizo Jesús, mostrarnos la medida más grande del amor, la que El vivió y la que nos está enseñando a que vivamos nosotros. No podemos andar con mezquindad en nuestro amor poniendo medidas y poniendo límites, haciendo distinciones o esperando a que nos amen para nosotros amar. Es lo tan hermoso que nos dice san Pablo en la carta a los Corintios que tantas veces habremos escuchado y reflexionado. De ahí nace toda esa exquisitez y delicadeza del amor, esa cercanía y ese presencia, esa generosidad y hasta esa radicalidad con que nos vamos a mostrar en nuestro amor.

De ahí en consecuencia también cómo nos vamos a sentir cuando amamos así. Como nos dice hoy nos habla de todo esto para que nuestra alegría sea grande, ‘mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’, que nos dice. Pero aun nos sentimos distintos en nuestra relación con Dios; no podrá ser la relación distante del que se siente pequeño ante el poderoso, sino que es el gusto y el gozo de sentirse amados y entonces hijos y amigos. ‘Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos’, nos dirá. Pero todo eso se va a traducir además en nuestros frutos, en la forma cómo nos mostramos, en ese nuevo sentido de vida y de relación que va a haber entre todos; nacerá una nueva comunión, un nuevo sentido de vida; nacerá un mundo de fraternidad y de paz, un mundo donde iremos haciendo desaparecer el sufrimiento y todo aquello que nos pudiera distanciar los unos de los otros.

‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’, terminará diciéndonos. ¿Llegaremos entonces a un mundo nuevo? Es el fruto de la energía del amor, no rompamos de ninguna manera esa red que nos une y que nos hace crecer en el amor. No siempre es fácil, pero tenemos que lograrlo. Permanezcamos en su amor y busquemos hacer siempre lo que es su voluntad.

domingo, 19 de enero de 2025

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

 


A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… nos está faltando a los cristianos beber el vino nuevo del evangelio para contagiar la alegría de nuestra fe

Isaías 62, 1-5; Salmo 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esta fiesta le falta algo, anda, pon un vaso de vino… algo así, expresado de una forma muy espontánea aunque nos parezca lenguaje de cantina o de bodega, nos habrá sucedido más de una vez; estamos de fiesta pero no hay alegría, la cosa parece que está muerta, no hay entusiasmo, y como decimos en esas situaciones de la vida, anda pon un vaso de vino a ver si viene la alegría.

Entendemos que no es el vaso de vino el que da la alegría, sino que eso tiene que nacer de algo más hondo que lleve la persona en sí, pero somos las personas y parece que en muchas ocasiones es la sociedad; no sé si andamos cansados, ya todos venimos de vuelta de la vida aburridos quizás de ver que las cosas no marchan como nosotros quisiéramos, no sé si nos sentimos medio fracasados en nuestros intentos, pero parece muchas veces que vamos arrastrándonos por la vida, nos falta entusiasmo, nos falta ilusión, parece que ya no somos capaces de soñar, en una palabra, nos falta saborear la alegría de la vida; pero hay que encontrarla.

Sucede en muchos aspectos de la sociedad y así nos encontramos pueblos aburridos que están como muertos, instituciones u organizaciones sociales que han perdido la iniciativa y la creatividad, comunidades que se van envejeciendo y no solo porque parece que solo quedamos los mayores sino porque incluso a los jóvenes les falta ese impulso verdaderamente juvenil que ponga vida allí donde están o fácilmente dan un paso atrás o a un lado y se van por otra parte. ¿Nos estará sucediendo así también en la Iglesia, en nuestras comunidades eclesiales? Algo de eso se vislumbra también que sucede. ¿Cómo andan nuestras parroquias? Cada uno que analice allí donde está. A mi me preocupa. Parece que también tenemos que decir como en el evangelio hoy ‘no tienen vino’ y la fiesta se acaba.

Es lo que nos relata el evangelio hoy en este domingo ya del tiempo ordinario, una vez acabada la navidad. Casi  esta celebración de hoy es como una continuación de la fiesta de la Epifanía que hemos venido celebrando, porque también con este evangelio también hay una epifanía, una manifestación o presentación de Jesús a su pueblo en este primer signo del evangelio de san Juan. Y creo que tiene que ser una fuerte epifanía que venga a decirnos Jesús, a través de las palabras de María, ‘no tienen vino’.

La fiesta podía ser un fracaso y sería una vergüenza enorme para los novios, no haber tenido las necesarias previsiones para tener vino abundante para la fiesta, sabido es que esas fiestas solían además durar varios días. Nos da el detalle el evangelista de que Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la fiesta, y allí está también la madre de Jesús. Es significativo además y por lo que tendríamos que hacernos muchos interrogantes para nuestra forma de vivir como cristianos que esa primera aparición publica de Jesús en el evangelio de Juan en el comienzo de su predicación sea precisamente en algo tan humano como la fiesta de una boda. Es el Emmanuel, el Dios que viene a estar con nosotros, y se hace presente allí donde está la vida del hombre. Lo contemplaremos a lo largo del evangelio allí donde está el sufrimiento y el dolor, irá a la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga o querrá ir a la casa del centurión a pesar de ser un pagano, se detendrá junto al ciego en las calles de Jerusalén o bajará hasta Betesda en el ultimo rincón donde hay un paralítico al que nadie ayuda, se detendrá junto al camino dejándose encontrar por el leproso o llamará al ciego que grita a su paso, se detendrá ante la higuera porque sabe que allí está alguien que quiere verlo, Zaqueo, o se dejará tocar ya sea por la mujer pecadora o por la hemorroísa que quiere al menos tocar el borde de su manto, se detiene junto a la orilla del lago subiéndose a la barca para hablar desde allí a la multitud, o irá a comer a casa de Simón, aunque sabe que es fariseo. Es el Dios que viene a estar con nosotros porque quiere darnos vida.

Hoy nos está diciendo a través del texto del evangelio de las bodas de Caná, que ya no nos vale el vino que tenemos o que está aguado y necesitamos no solo unos odres nuevos sino sobre todo un vino nuevo que es el que El quiere ofrecernos. No terminamos de aceptar ese vino nuevo del evangelio y por eso seguimos con nuestros cansancios, nuestro aburrimiento, nuestra falta de ilusión y esperanza, y con esa alegría enferma si acaso no muerta. ¿Nos estaremos muriendo de tristeza los cristianos? ¿Dónde estamos cantando con la vida de verdad esa alegría de la fe? ¿Qué es lo que está pasando en nuestras comunidades? ¿Qué pasa con nuestras celebraciones que siguen siendo aburridas y con falta de alegría y de ese entusiasmo que tendríamos que tener desde nuestra fe?

Tenemos que dejar que Jesús transforme el agua de las vasijas de nuestra vida en ese vino nuevo que solo en Jesús podemos encontrar. Es el vino nuevo que necesitamos para que recobremos esa alegría y entusiasmo de nuestra fe. Pero no olvidemos que tenemos que comenzar por ser nosotros vasijas nuevas, odres nuevos, porque en hombre viejo no podemos poner esa vida nueva, se derramará y se perderá el vino, y eso es lo que nos está pasando.

Vivamos y cantemos esa alegría de nuestra fe y conquistaremos el mundo. No necesita nuestro mundo contagio de tristezas y pesimismos, sino contagios de alegría y de vida nueva.

domingo, 12 de enero de 2025

Una tarea, una misión, un compromiso desde nuestro bautismo de seguir anudando los lazos del amor y la amistad, de mantener encendida la luz de la vida y la esperanza

 


Una tarea, una misión, un compromiso desde nuestro bautismo de seguir anudando los lazos del amor y la amistad, de mantener encendida la luz de la vida y la esperanza

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos de los Apóstoles 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22

Donde hay un pequeño rescoldo tenemos que avivarlo para que crezca la llama y se encienda una luz, donde hay una pequeña señal de cercanía, de entendimiento o de encuentro tenemos que poner un lazo que una y acerque las partes para que no se produzca un roto mayor que produzca un desgarro, donde aflore tímidamente una sonrisa tenemos que hacer soplar vientos de alegría que haya comenzar el sentido de fiesta, donde comience a sonar aunque sea tímidamente una canción hemos de prestar prontamente nuestras voces y los instrumentos musicales que sean necesarios para provocar un encuentro coral, los rayos de esperanza no los podemos nublar, la suave luz que nos llegue de cualquier horizonte no la hemos de cubrir con oscuras cortinas.

Suenan muy bonitas estas palabras pero ¿será eso realmente lo que vamos haciendo en la vida? Nuestro mundo está roto y parece que nos empeñamos cada vez más en aumentar los abismos que nos dividen y nos separan; contemplemos los rostros de los que encontramos en el camino o incluso de aquellos que nos hablan prometiéndonos mil cosas y nos daremos cuenta que aparece demasiado rápido la crispación y la falsedad de quien tiene intereses ocultos y solo va buscando su lucimiento personal; muchas veces sentimos la tentación del desaliento porque los mejores brotes que puedan hacer florecer la armonía y el entendimiento que nos llevan a una convivencia de paz pareciera que quienes están empeñados en quemarlos y destruirlos. Nos contentamos con luces parpadeantes e ilusorias y no terminamos de dejarnos iluminar por la luz que es verdadera salvación para nuestro mundo.

Claro que no quiero con pesimismo y negatividad ser quien apague ese pequeño rescoldo que aún quede o ese sueño de esperanza que aún permanezca en nuestros corazones. No puede ser nunca esa la manera de actuar del que es seguidor de Jesús. Es la invitación que quiero escuchar, que nos va a ofrecer la celebración de esto domingo, ultimo día de la Navidad, en el Bautismo de Jesús en el Jordán.

Es a lo que nos ha invitado el profeta Isaías en el texto hoy escuchado. ‘Mirad a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará...’

 Contemplaremos en el evangelio a ese elegido de Dios en quien se complace y que viene lleno del Espíritu del Señor. Juan bautizaba en el Jordán, allí estaba él queriendo hacer que aquellas tierras yermas de desierto un día pudieran florecer; preparaba para el Señor que venía un pueblo bien dispuesto, como había sido anunciado; era él ahora la Voz que venía dar paso a la Palabra que plantaría su tienda entre nosotros para hacer de nosotros ese hombre nuevo, ese mundo nuevo.

Y allí a ese desierto, a ese mundo roto y dividido por el pecado que crea los peores abismos en los corazones había llegado también Jesús. Nos podría parecer que Dios tendría que quedarse en lo alto de los cielos para recibir gloria o tras las cortinas de humo de los inciensos de las ofrendas de los templos. Pero el Dios que ha venido a nosotros es Emmanuel, es Dios con nosotros, es Dios que planta su tienda entre nosotros, Dios que camina allí donde está el dolor y el sufrimiento, allí donde están los corazones rotos por los desánimos y desesperanzas, pero allí donde aún atisban unos buenos deseos de algo mejor. Allí está Jesús en la fila de quienes se sienten pecadores y quieren recibir como una señal de algo nuevo aquel bautismo de Juan.

Y estando Jesús en oración allí junto al agua del Jordán el cielo se abrió. Como nos dirá Juan en otro momento, él lo vio, vio bajar al Espíritu de Dios desde el cielo y todos pudieron escuchar aquellas palabras que lo señalaban como el Hijo amado, elegido y preferido del Padre del cielo. Se nos estaba señalando al que venía como alianza de los pueblos, como luz de las naciones, el que venía a tender esos lazos que nos unirían fuertemente en el amor, el que venía a avivar esos rescoldos que aun quedaban en nuestros corazón para encender la luz que iluminará a todas las naciones.

Es lo que nosotros en esta fiesta y celebración del Bautismo del Señor tenemos también que experimentar en nosotros. También percibiremos esa presencia del Espíritu Santo que viene sobre nosotros y escuchamos esa voz del cielo que en el día de nuestro bautismo también a nosotros nos hablo y nos señaló una misión, la misma misión de Jesús, se alianza y ser luz de las naciones y de los pueblos, ser alianza y ser luz allí donde estemos, en la familia, en el trabajo, con los vecinos con los que convivimos, con las demás personas que conformamos esta sociedad en la que estamos. Estamos llamados a ser esos lazos de unión, esa luz encendida para iluminar el camino de los otros, porque somos luz del mundo, porque somos sal de la tierra, como escucharemos a lo largo del evangelio.

No nos vale quejarnos de que el mundo está roto porque estamos llamados a recomponerlo; no podemos dejarnos envolver por la acritud y la violencia porque estamos llamados a ser instrumentos de paz; nos podemos dejarnos ensordecer por los tambores de la violencia y la acritud porque tenemos que hacer sonar la música maravillosa del amor; no podemos seguir arrastrándonos con nuestros desánimos y cansancios porque tenemos el Espíritu de fortaleza que nos impulsa cada día a poner signos de esperanza en nuestro mundo.

Es nuestra tarea, es nuestra misión de la que no podemos desentendernos, es un compromiso de vida nacido de nuestra fe en Jesús.