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jueves, 9 de abril de 2026

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

 


Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

¿Estaremos viendo fantasmas? ¿Serán solo ilusiones y sueños lo que nos están motivando en la vida? Algunas veces nos puede parecer esto o también nos encontramos que muchos solo quieren manejar su vida desde esos parámetros, o que los sueños que tenemos de aquello que tanto deseamos parece que se nos convirtieran en realidad y al final nos sentimos tan confundidos que realmente no sabemos donde estamos, lo que queremos o lo que es en realidad la vida.

¿Sería así cómo se sentían confundidos los discípulos de Jesús cuando tanto ansiaban estar con El y ahora se habían roto todas las esperanzas porque había muerto? Alguna vez habían tenido esa sensación en algún momento en que se habían sentido solos como cuando atravesaban el lago con el viento en contra sin poder avanzar pero Jesús no estaba con ellos para liberarles de aquella situación como había hecho en la ocasión de aquella tormenta en que casi se hundían; habían visto venir hacia ellos caminando sobre las aguas y habían pensado y gritado de miedo porque pensaban en un fantasma; Jesús les había dicho que era El para quitarles sus miedos y hacer que volvieran a la realidad y encontraran la paz, aunque alguna había querido comprobarlo por sí mismo pero los miedos no le dejaban dejarse conducir por la fe y terminaba hundiéndose por sus dudas; solo la mano de Jesús le había salvado

¿Andaremos nosotros en una misma confusión y todo lo que decimos y predicamos de la resurrección y de la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro será algo fantasmagórico también y fruto de nuestra imaginación o nuestros deseos? Muchos también podrían echarnos en cara cosas así pero para entrar en esta órbita de la pascua necesitamos algo más que sueños irreales o buenos deseos, algo más que unas comprobaciones científicas o de lo que de alguna manera llamamos racionales; sólo desde el ámbito de la fe podemos entrar en esa nueva órbita que nos lleva al reconocimiento de Cristo resucitado en medio nuestro. De lo contrario andaremos en un mundo de muchas confusiones.

Ahora mientras andaban los discípulos confundidos en aquel primer día de la semana con noticias que les llegaban que les parecían contradictorias, mientras los discípulos de Emaús les están haciendo también su relato de cómo había caminado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan, Jesús se presenta en medio de ellos que igualmente no saben si quedarse en el temor o hacer que aparezca la alegría porque Jesús está en medio de ellos. Jesús tendrá también que reconfortarles y hacerles ver que no tienen motivos de alarma porque es El en persona. Podrán ver y palpar sus manos y sus pies con el signo de las heridas, comerá un trozo de pez asado que le ofrecen, pero ellos seguían atónitos y sin terminar de creer.

Y Jesús les explica, y les abre el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y lo que estaba anunciado por los profetas de lo que había de sufrir el Siervo de Yahvé. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

Ellos tiene que ser testigos, pero solo podemos ser testigos de aquello que vivimos y experimentamos en nosotros; no podemos ser testigos ni de fantasías ni de imaginaciones, tenemos que ser testigos de una vivencia y de una vivencia profunda de fe que nos haga sentir en medio nuestro, en lo más hondo de nuestro corazón, de esa presencia de Jesús. Es lo que nos transformará nuestra vida, es lo que nos puede convertir en testigos, como nos está diciendo Jesús.

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de mayor confusión y dejémonos envolver por la fe; solo así podremos sentir la presencia del resucitado y solo así podremos llegar a ser sus testigos.


jueves, 19 de marzo de 2026

Necesitamos ser ese hombre bueno de la fe, como san José, para sentir que Dios está en nuestra vida, sea cual sea nuestra situación, y tiene para nosotros una misión

 




Necesitamos ser ese hombre bueno de la fe, como san José, para sentir que Dios está en nuestra vida, sea cual sea nuestra situación, y tiene para nosotros una misión

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16: Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Llegar a descubrir y sentir que, sea como sea nuestra vida, en las mas diversas y hasta contradictorias situaciones que vivamos, Dios está en nuestra vida y quiere contar con nosotros es una maravilla y un gozo que solo podemos alcanzar por la fe. la vida en ocasiones se nos vuelve ininteligible incluso para nosotros mismos, nos podemos ver confundidos por las situaciones que se nos presentan que en principio no sabemos a donde nos van a llevar, tendremos incluso conflictos en nuestro interior sin saber qué hacer, lo que pueda ser mejor, lo que nos puede dañar o no o a aquellos que pueden estar cerca de nosotros, pero si no perdemos el norte de la fe una luz nos va a iluminar para sentir que Dios anda detrás de todo eso y de alguna manera nos está hablando a nuestro corazón.

¿Era la situación en que se encontraba José con lo que estaba sucediendo en su vida, que de alguna manera le complicaba y ante lo que no sabía qué hacer o cómo actuar? Pero mostró una madurez humana muy grande porque él se sentía envuelto por el amor y cuando hay amor de verdad en nuestra vida no queremos hacer daño a nadie y tenemos la paciencia para esperar y un día poder llegar a comprender. Esperas y paciencia que algunas veces se nos pueden volver callejones oscuros pero tenemos por la fe la confianza de que una luz nos iluminará.

Es lo que contemplamos en este pasaje evangélico en la vida de san José a quien hoy estamos celebrando. ‘Era bueno’, nos dice el evangelista y con ello nos quiere significar mucho; era alguien que había ido madurando su vida en la fe y en el amor; ahora en nombre de ese amor no quería hacer daño a la mujer a quien amaba y con quien estaba desposado, aunque hubiera cosas que no comprendiera y fueran para él callejones oscuros.

Pero  san José sabía captar la sintonía de Dios, aunque en las turbaciones por las que estaba pasando se le podía hacer difícil. El evangelista en la forma de hablar propia de aquellas épocas habla de unos sueños en los que les habla el ángel de Dios. Será también en otros momentos donde volverán a aparecer esos sueños y esa voz de Dios a través de ellos. Pero solo quien tiene la sintonía de la fe, como decíamos antes, es capaz de ver a Dios presente en su vida aunque las situaciones y circunstancias sean difíciles de entender.

Y José desde su fe se deja guiar por esa voz de Dios que de esa manera llega a su vida. Y siente no solo que Dios está con El y Dios está en esas situaciones sino que Dios quiere contar con él. En el plan de Dios hay un lugar para José, el esposo de María, que le va a dar un hijo al que él como padre ha de imponer el nombre de Jesús. Es su función de padre, es el lugar que Dios le está reservando en el misterio de nuestra salvación, es la misión que ha de realizar aunque sea grande el misterio y no siempre las cosas aparezcan con la claridad necesaria. Hoy para nosotros cuando contemplamos estos hechos, lo que nos relata el evangelio, podría parecernos muy claro todo cuanto le está sucediendo a José.

Esto nos tiene además que hacer reflexionar para lo que es también nuestra vida. Jóvenes o mayores quienes nos estamos haciendo esta reflexión habremos tenido o habremos pasado también por situaciones muy diversas en nuestra vida; muchas veces también nos habremos visto perdidos, habrá habido cosas que nos han hecho sufrir, momentos en que también quizás nos hemos visto atormentados por la duda, cosas que no comprendemos y comenzamos a echarle la culpa a quien sea o nos culpabilizamos a nosotros mismos sintiéndonos a la vez confundidos, momentos también en los que habremos podido vivir la vida a la ligera sin preocuparnos ni preguntarnos por nada sino que simplemente nos hemos dejado llevar, cada uno conoce sus situaciones y sus circunstancias, pero quizás  tendríamos que preguntarnos si en esas cosas por las que hemos pasado habremos sabido descubrir la presencia de Dios en nuestra vida.

Aunque hayamos estado cegados Dios ha estado ahí, Dios nos ha ido conduciendo, de alguna manera nos ha estado diciendo que cuenta con nosotros porque tenemos nuestro lugar en el corazón de Dios, nos ha estado abriendo caminos, ampliando horizontes, señalándonos también una misión que tenemos que realizar.

Necesitamos ser ese hombre bueno de la fe como José, para que se manifieste nuestra madurez humana y cristiana para afrontar nuestra vida con un nuevo sentido que es el que le va a dar verdadera profundidad a nuestra vida. ¿Qué querrá Dios de mí? ¿Cuál será la misión que Dios aun sigue confiándonos en la altura que estemos de nuestra vida? Abramos nuestro corazón a Dios como lo hizo san José y dejémonos conducir por la acción de su Espíritu, que no nos hablará en sueños, pero si nos habla en lo más profundo del corazón.

lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


jueves, 18 de diciembre de 2025

En medio de las turbulencias por las que pasamos por la vida hoy se nos anuncia el nacimiento de quien viene como Salvador y nos trae la paz

 


En medio de las turbulencias por las que pasamos por la vida hoy se nos anuncia el nacimiento de quien viene como Salvador y nos trae la paz

Jeremías 23, 5-8; Salmo 71; Mateo 1, 18-24

Algunas veces hay que pasar por momentos oscuros para llegar a saber bien lo que significa la luz; después de la tormenta disfrutaremos mejor de lo que es la tranquilidad y la paz. Podrían parecer afirmaciones contradictorias o difíciles de entender. Pero creo que tenemos la experiencia de que desde los momentos más dificultosos o tormentosos, y ya no me refiero a la meteorología, han podido surgir cosas maravillosas y extraordinarias para la vida.

Me hago de entrada esta reflexión ante los textos de la Palabra de Dios que hoy nos ofrece la liturgia. Por una parte eran difíciles los momentos que vivía el pueblo judío en los tiempos de la cautividad de Babilonia tras los momentos tumultuosos que habían tenido en su historia que le habían llevado a la destrucción de Jerusalén y a la cautividad, y es cuando el profeta anuncia unos tiempos nuevos de liberación con la aparición de un vástago de David que será el monarca que dará la salvación a Judá e Israel; palabras escuchadas con el sentido profético que mantienen la esperanza en un Mesías liberador que Dios les concederá. Lo escuchamos nosotros hoy como referencia a Jesús nuestro Salvador en la próxima celebración de su nacimiento en la Navidad.

Pero si nos fijamos en el evangelio veremos una situación semejante; son grandes las turbulencias que pasan por el espíritu de san José ante el conocimiento del embarazo de María; cosas que le llenan de dudas, cosas que le cuesta comprender, pero José es un creyente de una fe profunda y se deja conducir por Dios; aunque no lo entiende algo le está pidiendo Dios; sabrá discernir en aquellos sueños la voz de Dios que le pide aceptar aquel misterio que se está obrando ante sus ojos; ha de poner el nombre de Jesús a aquel niño que va a nacer, lo que significa aceptar una paternidad aunque él no lo haya engendrado, pero son los caminos de Dios, porque aquel niño llamado Jesús va a ser la salvación para todos los hombres.

Recuerda el evangelista lo anunciado por los profetas, porque siempre de todo hemos de saber hacer una lectura de fe. ‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Es el anuncio que a nosotros también nos llena de esperanza y que dará un sentido luminoso a las próximas celebraciones de la Navidad. No luminoso porque adornemos nuestras casas y nuestras calles con muchas luces de colores. Lo de luminoso es como nosotros hemos de sentirlo en nuestra vida; nuestra vida con sus problemas y sus luchas, son sus turbulencias y sus preocupaciones porque son muchas las cosas que nos quitan la paz o nos pueden llenar de dudas en nuestro interior, muchas penitas quizás llevamos en el alma aunque a veces nos cueste reconocerlas, nuestra vida en la situación en que vive hoy nuestra sociedad donde ponemos esperanzas en cosas pero nos olvidamos de una esperanza llena de trascendencia.

Por eso tenemos que darle un verdadero sentido a nuestra navidad, no quedarnos en lo superficial o las luces de colores con todas esas connotaciones sociales en que hemos envuelto estas celebraciones. Para esas preocupaciones, para esas turbulencias de nuestra vida en Jesús encontramos una esperanza de algo nuevo y distinto, de una paz profunda que podamos vivir en nuestro interior a pesar de todos los pesares; para esas dudas e inquietudes que tenemos en nuestro interior encontraremos una respuesta en quien viene a nosotros como Palabra de Salvación.

Como José tenemos que saber discernir para entre todas esas voces que nos chillan a nuestro alrededor escuchemos serenamente esa Palabra de Dios que nos llena de paz, que nos hace sentir nuevos, que pone una esperanza en nuestra vida y nos abre nuevos caminos. Algunas veces no sabemos ni como son ni lo que vamos a encontrar, pero Dios nos tiene reservado algo; tenemos que aprender a entrar en su sintonía.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

 


Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Cada día nos llegan noticias desgarradoras e imágenes que nos ponen los pelos de punta, como se suele decir, cuando aun nos queda algo de sensibilidad en el corazón, de los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas atravesando mares no siempre apacibles y que hagan fácil la navegación. Creo que fue ayer mismo cuando escuchamos que habían encontrado un cayuco a muchos kilómetros de la costa de nuestras islas a los que se le había acabado la gasolina pero también la comida. Nos es difícil imaginar la angustia y sufrimiento de esas personas que lo veían todo perdido mientras en el horizonte se divisaba una costa a la que no podían llegar, como quizás habrá sucedido a tantos. Fueron recogidos y atendidos ofreciéndoles agua y comida y toda la atención que necesitaban.

¿Cuál sería el ansia con que al final pudieron alimentarse al alcanzar finalmente la costa? ¿Qué significaba ese momento para ellos? Muchas consideraciones podemos hacernos porque además podría traer muchas consecuencias para el sentido de nuestras vidas. Una comida y un alimento es cierto, pero que significaría mucho más para sus vidas. Un posible horizonte de esperanza se abría para sus vidas, que no era solamente aquel alimento que en aquellos momentos estaban recibiendo.

¿Qué significa para nosotros una comida a la que hemos sido invitados, por ejemplo, en una fiesta, o en una boda o cualquier otro tipo de celebración? Esa comida es mucho más que unos alimentos que pueden ser exquisitos que nos llevamos a la boca. ¿Vamos a un banquete de ese tipo solamente por las exquisiteces que vamos a comer?

Creo que si nos ponemos a pensar un poco nos daremos cuenta que lo exquisito es el encuentro, con la familia, con los viejos amigos, con personas que podemos conocer y con quien vamos a compartir; es la conversación, son los lazos de amistad, es el disfrutar del encuentro, son los sueños que nos pueden hacer comenzar nuevos caminos y nuevos planes. ¡Cuántos proyectos comienzan a ser realizables después del encuentro de una comida! Como aquellos inmigrantes que mencionábamos que llegan hasta nosotros no solo por un plato de comida sino en la búsqueda de un futuro mejor, de unos nuevos horizontes para su vida.

De eso se nos está hablando en la Palabra de Dios que hoy se nos proclama en este camino de Adviento. Es el festín de manjares suculentos, del que nos habla el profeta, que suscitará una nueva alegría y esperanza para aquel pueblo; es significativo que al describirnos lo que es ese festín nos dirá que ‘arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos’, y seguirá diciéndonos que ‘aniquilará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo…’ Está hablándonos de un mundo nuevo, de una vida nueva, de una nueva esperanza. ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara’, termina diciéndonos el profeta.

¿Y no es eso lo que Jesús nos quiere expresar en el signo que le vemos realizar en el evangelio? También habrá una comida para una multitud hambrienta y que Jesús no quiere dejar ir a sus casas sin haberlos alimentado. Nos hablaba el evangelio de aquella multitud que Jesús se encontró al llegar a aquel lugar, ‘mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies’; allí estaban con sus sufrimientos y con sus ansias de algo nuevo porque la palabra de Jesús suscitaba esperanza en sus corazones. Y Jesús no los podía defraudar.

Está la compasión y la misericordia de Jesús que para todos tenía una palabra y un gesto de vida y salvación, pero está el sentido nuevo y el compromiso que tiene que surgir en los discípulos de Jesús. Pusieron a disposición lo poco que tenía, cinco panes y dos peces y algo nuevo comenzó a suceder, porque todos pudieron comer hasta hartarse. Hablamos del milagro de la multiplicación de los panes, pero tendríamos que hablar del milagro del amor, de los milagros que podemos hacer cuando entramos en la órbita del amor, es el compartir, es el desprendimiento, es el ponernos a servir en disposición de servicio para todos.

Allí ya se diferenciaba nadie unos de otros porque todos compartieron aquel mismo pan; sí, es el pan que tenemos que compartir, que es nuestra vida, que son nuestros gestos, que es nuestra cercanía, que es el encuentro y la armonía que vamos construyendo, es ese pensar que sí podemos hacer algo grande aunque nos parezca que nuestros medios son pocos y son pobres, que es posible que los sueños se hagan realidad. Pero eso cuando sabemos encontrarnos y nos alimentamos no solo de un pan material que llevamos a nuestra boca sino que nos alimentamos de la ilusión y los sueños de aquellos que caminan a nuestro lado y que juntos podemos hacer realizables.

¿Será algo de eso lo que vamos a lograr en la navidad que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando? Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida para sentir que ‘aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara’.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aun en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

 


Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aún en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21

La fe ni es refugio conformista ni es pasividad, la fe no siempre nos aclara las dudas e interrogantes a la primera ni nos libera de tensiones en el espíritu para adormecernos en ante los problemas; la fe es camino que se abre ante nosotros dando firmeza a nuestros pasos, la fe nos da seguridad incluso cuando parece que hayamos perdido toda esperanza y dando trascendencia a lo que hacemos o vivimos llena de sentido nuestra vida; la fe es búsqueda pero también apertura del corazón para encontrar respuestas. No siempre es fácil mantenernos en la fe que profesamos, pero nos hace sentir que más allá de las soledades en que nos encontremos en la vida hay un Dios que siempre está a nuestro lado caminando con nosotros.

Hoy miramos a un hombre íntegro y maduro en su fe que a pesar de su silencio mucho tiene que enseñarnos y que es para nosotros modelo de ese camino de silencio que tantas veces tendremos que hacer en nuestra vida, sin aspavientos y sin llamar la atención pero con la conciencia de una gran misión. Estamos celebrando a san José, el esposo de María, el padre de Jesús porque esa fue la misión que se le confió sobre la tierra.

Comencemos por observar su silencio. No hay palabras de José en el evangelio. Sin embargo es mucho lo que nos está hablando con su silencio. En silencio, y algunas veces pareciera que en soledad, va afrontando los diferentes problemas que le van apareciendo en la vida. No hace aspavientos con los problemas sino que en silencio va rumiándolos en su corazón. Son oscuridades llenas de sueños, porque sueños tenemos todos en la vida en nuestras aspiraciones y deseos. Pero en san José pareciera que todo se va truncando porque ni entiende lo que pasa con María y de entrada encuentra pocas respuestas; prefiere que todo se quede en silencio porque a nadie quiere hacer daño. Pero no son los sueños de lo que El desee sino un nuevo sueño venido del cielo el que hable a su corazón.

No se ha cerrado a la presencia ni a la voz de Dios que ahora maravillosamente se le manifiesta. El misterio se le revela pero es para él ponerse en camino; un camino en el que luego le irán apareciendo nuevos tramos pero que El está dispuesto a asumir. Primero recoge a María, su mujer, en su casa, aunque le cuesta entender el misterio, pero se fía de la revelación de Dios. Era el designio de Dios que él obedece y que le compromete.

El camino seguirá en dirección a Belén, como posteriormente será el destierro en Egipto. Poco a poco parece que se va diluyendo la figura de José, y aunque a El no se le ha anunciado una espada que le atraviese el alma, como a María, tendrá el sufrimiento de los caminos en silencio, como lo será el silencio de su vida en Nazaret. Alguien un día mencionará que aquel nuevo profeta de Galilea es el hijo del carpintero, así sin nombre y sin ningún otro reconocimiento. Grande fe el camino recorrido como compromiso de su fe.

El también en silencio buscaba a Dios, aunque pareciera que había perdido a Dios con la pérdida de Jesús; pudiera parece que se pierden las esperanzas pero será constante en su búsqueda contra toda esperanza,  como un día buscaría al niño perdido hasta encontrarlo en el templo en medio de los doctores. ‘¿No sabías que tu padre y yo te andábamos buscando?’, no serán sus palabras sino las de María pero que reflejan bien lo que la fe fue búsqueda también para José.

¿Estaremos viendo nuestros recorridos por la vida con sus oscuridades y con sus sueños, con nuestras esperanzas perdidas en ocasiones y con nuestras dudas, con nuestros problemas y con nuestros tormentos, con esos momentos de soledad y silencio cuando nos parece que ni de la tierra ni del cielo nos llega ninguna señal, o cuando se abren ante nosotros caminos inciertos en los que no sabemos qué calvario vamos a encontrar?

Aprendamos del camino de José, aprendamos de su fe que también va creciendo y madurando para encontrar esa fortaleza del espíritu, no le hace cruzarse de brazos desde la pasividad ni ser conformista esperando que otros le den soluciones, sino que tenemos que aprender a ir poniéndonos en camino de búsqueda abriendo nuestro corazón para sentir a Dios que siempre estará a nuestro lado.

 

lunes, 10 de febrero de 2025

Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

 


Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan para despertarnos a la misericordia hacia el mundo de dolor que nos rodea

Génesis 1,1-19; Salmo 103; Marcos 6,53-56

Hace unos años en un viaje que hice a un país donde no había estado cuando ya nos acercábamos al punto de destino desde la altura podíamos contemplar los paisajes que se extendían a nuestros pies de una gran belleza y recuerdo me llamó la atención unas tierra cultivadas que ofrecían también gran belleza pero que no podía distinguir realmente lo que se cultivaba allí, haciendo mil cavilaciones en mi cabeza sobre lo que podía ser; fue necesario descender por supuesto para el aterrizaje y pisar tierra para poder distinguir y saber realmente lo que estaba viendo en la altura.

Digo esto como ejemplo de la necesidad que tenemos en la vida de aterrizar, no quedarnos cómodamente en la cabina de nuestro viaje, de nuestras ideas y pensamientos sobre cómo tendrían que ser las cosas, sino que necesitamos a pie de tierra conocer bien la realidad. Será cómo se pueden despertar en nosotros los mejores sentimientos, donde nuestro compromiso tendría que manifestarse con mayor rotundidad, y hacer que aflore en nosotros lo mejor de nuestro amor, lo mejor de nosotros mismos para llegar a esa realidad con la que nos encontramos. ¿No andaremos demasiado en la placidez del viaje de nuestros sueños y por eso de alguna manera nos desentendemos de cuanto a nuestro alrededor?

Nos habla hoy el evangelio de que tras aquella travesía por el lago, donde habían vivido, es cierto, hermosas experiencias de la presencia de Cristo, desembarcaron al llegar a Genesaret, ‘apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas…’ Y nos detalla el evangelista cómo Jesús se desenvuelve en medio de aquel mundo de dolor, donde todos querían tocar al menos la orla de su manto y quienes lo lograban se sentían curados.

¿Qué es lo que podemos contemplar en Jesús? Su misericordia. Ante el dolor, amor y vida. Es la medicina que Jesús va repartiendo. Es lo que irá transformando aquel mundo de sufrimiento en un mundo de vida y de esperanza. Son las señales del Reino de Dios que así se manifiesta.

Cuando vamos llenos de Dios nuestra mirada se transforma; cuando hemos puesto de verdad a Dios en el centro de nuestra vida - ¿no decimos que creemos en el Reino de Dios, que es Dios el que tiene que reinar en nuestra vida, en la vida del hombre, en nuestro mundo? – nuestra mirada será ya distinta porque tienen necesariamente que aflorar los ojos de la misericordia. Porque Dios es el centro de nuestra vida comienza ya a ser también el centro al que se dirigen nuestras miradas, el centro de nuestro corazón, el hombre, la persona en esa realidad en la que vive, y sobre todo nuestro corazón se decantará por aquellos que se sienten atormentados por el sufrimiento y el dolor, sean quienes sean, sea cual sea su dolor y sufrimiento.

Es lo que vemos hacer a Jesús. La misión que nos confiará a nosotros también cuando nos envíe. Recordamos que cuando envió a sus apóstoles les dio autoridad sobre todo espíritu inmundo, y ellos fueron curando a cuantos sufrían a su alrededor. Salgamos ya de nuestras cabinas de confort que nos aíslan e insensibilizan. Y es que todavía queda mucho de nuestro ego apegado al corazón y no le hemos dado lugar a esa presencia de Dios que nos centra de verdad. Nos cuesta y nos duele quizás que el viento nos llegue a la cara y por eso rehusamos salir de nuestros refugios, mientras tantos a nuestro lado siguen navegando en ese mar de sufrimiento.

Quizás seamos nosotros los primeros que tenemos que acercarnos a Jesús para tocar la orla de su manto y nos cure de nuestras cegueras o de nuestros inmovilismos. Pero tenemos que querer, tenemos que dejar que la sombra de Jesús se pose sobre nosotros para que nos podamos llenar de luz.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

El Señor llega a nosotros de mil maneras, pero nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, alimentar nuestra fe en la humildad y rectitud de vida

 


El Señor llega a nosotros de mil maneras, pero nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, alimentar nuestra fe en la humildad y rectitud de vida

Jeremías 23, 5-8; Salmo 71; Mateo 1, 18-24

En la vida tenemos a veces hermosos sueños, pero que en ocasiones parece que se truncan luego en lo que es la realidad de nuestro caminar y pueden producirnos desilusiones o incluso sensación de fracaso. Cuando digo sueños estoy pensando en deseos, en proyectos que nos hacemos donde en la descripción que nos hacemos de los mismos lo vemos todo maravilloso y en cierto modo idílico. Pero como decíamos cuando bajamos al caminar de la vida ordinaria las cosas nos salen de distinta manera y pueden surgir muchas dudas e interrogantes en nuestro interior.

El evangelio comienzo a hablarnos de una pareja, que solo en ese momento están prometidas, que también tienen sus sueños y sus ilusiones. Pero las cosas parece que comienzan a hacer otro camino. Resultó que María esperaba un hijo y a José le sentó fatal como todos podemos comprender; quería repudiarla, pero era de tal bondad en su corazón que no quería hacer daño a nadie, y menos a María a quien seguía amando; por eso, nos dice el evangelista, decide repudiarla en secreto. ¿Los fracasos de la vida? ¿Un anuncio en cierto modo profético de lo que más tarde diría Simeón de que aquel niño era todo un signo de contradicción?

Pero eran las cosas de Dios. Y José siente esa presencia de Dios en su vida; era un hombre de fe que sabía hablar y escuchar a Dios en su corazón. Nos hablará el texto evangelizo de un ángel y que se aparece en sueños, que era una forma de hablar y expresar cosas que eran difíciles de expresar en palabras humanas. José llegará a comprender el misterio de Dios que se realiza en María. Al menos en su fe, que no se resiente, acepta desde lo hondo de su corazón lo que son los planes de Dios. ‘la recibió en su casa’, nos dice el evangelista.

Los planes de Dios que tantas veces nos cuesta descubrir y aceptar. El verdadero creyente confiesa que su vida está en las manos de Dios. Planes de Dios que en ocasiones nos cuesta, como decíamos, descubrir, se nos hacen inescrutables. Es necesaria una sensibilidad especial que desde la fe hemos de saber despertar en el alma. La sintonía de Dios que nos suena de formas diversas, que nos suena donde menos lo esperamos, que nos suena en esos acontecimientos de la vida que no tienen que ser extraordinarios sino quizás en eso pequeño que vivimos o que nos sucede. Hay peligro, es cierto, de confusiones, que nos veamos perdidos, que comencemos a tomar decisiones que más bien provocan en nosotros peores interrogantes porque nos llenan de dudas. 

¿Llegaremos a sentir la presencia del ángel del Señor en nuestra vida que se nos revela, que nos descubre ese misterio de Dios? El Señor puede llegar a nosotros de mil maneras, pero también nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, cuidar y alimentar nuestra fe, tener una apertura en la vida, que haya también una bondad y una rectitud en nuestro corazón para no querer nunca lo malo ni el hacer daño a nadie,  y para eso es necesario también mucha humildad para dejarnos conducir.

Lo estamos hoy viendo hoy en la figura de José. Era un hombre bueno, nos dice el evangelista. Algo que nos habla de la bondad de su corazón, pero también de su espíritu de fe y de su humildad. Será el hombre que pasará en silencio por las páginas del evangelio pero en quien vemos resplandor su fe y su bondad. ¿Seremos capaces de imitarle?

Es lo que hoy nos está planteando el evangelio para nuestra vida. Solo así podremos descubrir el misterio de Dios en nosotros, los planes que Dios tiene para nosotros y llegar a aceptarlos. Sepamos leer los acontecimientos de nuestra vida aunque nos puedan parecer en ocasiones llenos de sombras, como le pasaba a José. Pero él se encontró con la luz, llego a sentir la presencia del Emmanuel en su vida, al que llamaría Jesús porque era en verdad la salvación. Intensifiquemos todo esto en estos pasos que nos quedan del adviento.

martes, 29 de octubre de 2024

Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

 


Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Cuando soñamos con un proyecto en nuestra imaginación, pero también fruto de nuestros deseos, aspiramos a realizar algo grande e importante; ya nos estamos viendo en medio de la grandiosidad de lo que hemos soñado y cuando pensamos que lo tenemos realizado llenos de orgullo por aquello que hemos logrado y que pudiera ser quizás beneficio para tantos. Pero quizás nos olvidamos de una cosa, de los pasos que hemos de dar para lograrlo, de cómo tienen que ser sus comienzos y nos olvidamos de aquellos primeros granos de arena de aquellos primeros trazos que hicimos y que fue el cimiento de lo conseguido al final. Tenemos que aprender a valorar esas pequeñas cosas que nos podrían parecer insignificantes, pero que nos hicieron soñar cuando humildemente pusimos aquellos sencillos cimientos.

Creo que es pensamiento que nos puede ayudar mucho en la vida, empezando por ser humildes y valorar esas pequeñas cosas que vamos realizando en la vida, o que vemos realizar a los demás. No lo podemos realizar sin esos pequeños granos de arena, que tan insignificantes son que se los puede llevar el viento.

Hoy Jesús se pregunta en su diálogo con la gente con que puede comparar el Reino de Dios que está anunciando y queriendo construir, con qué puede ser semejante. Había salido Jesús por aquellos caminos y aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios; en las gentes se despertaba la esperanza, porque además en la idea que tenían del Mesías ese Reino parecía que tenía que ser algo muy material, porque sería reconstruir la soberanía de Israel frente al dominio que estaban sufriendo de pueblos extranjeros, en este caso de Roma. Quizás la gente que en principio parecía tan entusiasmada con el anuncio de Jesús podía desinflarse, porque no veían cumplir sus esperanzas como ellos soñaban. Lo mismo le podía suceder a aquel grupo de discípulos más cercanos que siempre estaban con Jesús y a los que nos faltaban también sus ambiciones, a pesar de todo lo que Jesús les iba enseñando.

Y ahora nos dice que la semejanza está en ese pequeño arbusto que podría pasar desapercibido incluso entre árboles más grandes a su alrededor, la mostaza en la insignificancia de su semilla, y en la humildad de su planta. Pero Jesús les dice que será algo grande, porque los pájaros del cielo vendrán a anidarse en ella. Entre los sueños de grandeza que se habían ido elaborando en sus cabezas, parece que aquella imagen no terminaba de convencerles.

Pero habla también Jesús de la levadura. Un polvillo que podría deslizarse entre los dedos y hasta perderse llevado por el viento. Pero Jesús les habla de lo importante de la levadura; sin ella no puede fermentar la masa, es así cómo podrán elaborar el pan que los alimente, haciéndolo fermentar y crecer para darnos unas hermosas y jugosas hogazas de pan para el alimento de cada día. Pero qué hace la levadura, tiene que mezclarse bien entre la masa, hasta de alguna manera desaparecer o confundirse con la masa; pero tendrá su efectividad.

Y nos está diciendo Jesús cómo tenemos que ser esa planta, que aunque nos parece pequeña tiene que ser acogedora, o ser como esa levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Algo que nos parece humilde, pequeño, incluso insignificante, pero que no es nada insignificante porque nos va a producir unos grandes efectos.

Y es aquí cuando en nuestra reflexión tenemos que preguntarnos, por ejemplo, en qué medida estamos nosotros siendo esa levadura en medio de nuestro mundo. Es el paso importante que tenemos que dar en lo que es nuestra vida cristiana; no somos cristianos para nosotros mismos, como la levadura no es para sí misma. Tenemos que ser cristianos para los demás, tenemos que ser cristianos en medio de los demás, tenemos que ser cristianos que seamos en verdad levadura en medio del mundo.

¿Lo estaremos siendo? ¿Se nota la presencia de los cristianos en medio de la sociedad influyendo desde nuestros valores, desde nuestros principios, o acaso nos hemos diluido tanto que más bien hemos sido absorbidos por la masa de ese mundo? No quiero ser pesimista ni derrotista, pero algunas veces tendríamos que pensar si en nuestra sociedad somos tantos los cristianos ¿cómo es que no influimos en los valores de esa sociedad que por otra parte vemos como se van perdiendo principios y valores cristianos, cada vez es una sociedad más descristianizada, se ha ido perdiendo el sentido de Dios y de lo religioso?

Tenemos que despertar los cristianos. Y no es que tengamos que hacer ostentosas representaciones del hecho religioso, no es que tengamos que presentar a los ojos del mundo unas liturgias muy solemnes y esplendorosas, no es que tengamos que cargar a nuestras imágenes religiosas de tanta ostentación y rodearlas de tantos oropeles, sino que cada uno de los cristianos tiene que ser un testigo en medio del mundo de esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio, de lo que de verdad es el Reino de Dios.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Pensemos en lo que soñamos de cómo nos gustaría la presencia de la Iglesia en medio del mundo, muchas veces más pensando en prestigios y vanidades humanas, y si está en consonancia con lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

jueves, 15 de agosto de 2024

María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

 


María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Tener una señal que nos garantice que aquello por lo que luchamos lo podemos conseguir será siempre algo que nos da esperanza en nuestro esfuerzo por lo que merece la pena, aunque sea duro el camino, seguir en nuestros deseos de superación y de alcanzar esa meta. ¿Estamos seguros que este camino nos llegará al final que pretendemos? ¿Merecen en verdad esos esfuerzos que algunas veces parece que se nos hace oscuro el camino por todas las cosas que nos vamos encontrando y que parecen que quieren distraernos de nuestra meta? Y confiamos, y esperamos, y mantenemos la tensión del esfuerzo, y somos capaces de pasar todos los sacrificios que sean necesarios porque nos sentimos seguros del final que buscamos.

No se trata ya de los caminos geográficos que tenemos que recorrer si queremos llegar a un lugar hermoso donde nos anuncian que vamos a disfrutar mucho. Podríamos estar haciendo referencia también a la situación que vivimos en nuestro mundo que en medio de tantas violencias y tanto egoísmo insolidario pudiera parecer que nos hace perder la esperanza. Sin dejarnos envolver por el pesimismo bien sabemos que la realidad es cruda, guerras que no se terminan sino que más bien parece que surgen con más fuerza cada día con el peligro incluso de que se abran nuevos frentes, y aun seguimos soñando con la paz aunque nos flaqueen las esperanzas.

Un mundo duro y cruel de tantos que tienen que dejar su tierra y lugar de origen arriesgando sus vidas es búsqueda de algo mejor, pero como contrapartida esos resabios de racismo que aparecen en algunos lugares, esos brotes insolidarios que nos hacen pensar primero en nosotros sin querer mirar las tragedias pero también los sueños que hay detrás de cada uno de esos emigrantes; y nos vemos envueltos en ese torbellino y sentimos la tentación de dejarnos arrastrar por esas negruras que pueden aparecer en nuestro corazón. ¿Necesitará nuestro mundo, necesitaremos nosotros un faro de esperanza que nos anime a seguir en pie?

Es mucho lo que está en juego y esta fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un rayo de esperanza que nos llena de esas certezas y seguridades el corazón. Era turbulento también aquel momento de la historia del mundo en que apareció la Buena Noticia del Evangelio. Desde la Palabra de Jesús comenzó a brillar una nueva luz que llenaba de esperanza aquel mundo. Recordamos que los evangelios nos hablarán de que en aquel mundo que andaba en tinieblas, recordando a los profetas, allá por Galilea comenzó a brillar una nueva luz con el anuncio del evangelio de Jesús. Será la lectura que irán aprendiendo a hacer de la vida y de la historia aquellos que creían en Jesús, aquellos que seguían a Jesús. Cada hecho, cada momento comenzaba a tener una nueva lectura que seguía despertando esperanzas en los corazones.

Es lo que hoy también nosotros queremos sentir cuando celebramos esta fiesta de la Asunción de la Virgen que la queremos celebrar también en el contexto de nuestro mundo, con nuestras problemáticas sociales y también con nuestras problemáticas personales, porque a todos en algún momento no nos faltan esas oscuridades que pidieran entenebrecer también nuestras vidas. Pero no nos puede faltar la esperanza.

Es posible un mundo nuevo por el que luchamos y nos esforzamos, es posible que los corazones vayan cambiando y tengamos una nueva mirada  que nos llene de esperanza, es posible hacer un mundo mejor porque hay muchos corazones generosos que ya lo están trabajando.

Tenemos que estar atentos a esas buenas señales que nos pueden ir apareciendo y no podemos dejar que pasen desapercibidas. No todo son deseos de guerra y de violencia y hay un fuerte clamor por la paz en nuestro mundo; no todo es encerrarnos en nuestros egoísmos, racismos y discriminaciones, porque también nos encontramos con muchas personas de buena voluntad que trabajan por mejorar la situación de quienes llegan ansiosos de algo nuevo a nuestras costas; no siempre avanzamos todo lo que queremos, pero hay señales en el camino que tenemos que saber descubrir para no dejarnos embotar por cosas negras que se magnifican en exceso.

Hoy escuchamos el canto de María que se siente engrandecida en el Señor, porque siente que en ella Dios está realizando maravillas, pero porque siente también que por ella Dios está haciendo maravillas para nuestro mundo. ‘Los poderosos van a ser derribados de sus tronos y los humildes van a ser enaltecidos, los hambrientos van a ser saciados, pero aquellos que se creen satisfechos de todo van a sentir el peor de los vacíos en su corazones’. Es la imagen que en María contemplamos de esa transformación de nuestro mundo.

Algo nuevo tiene que surgir, algo nuevo ya está surgiendo, en eso nuevo tenemos que sentirnos implicados, a ese carro de transformación nosotros tenemos que apuntarnos. Dejémonos de catastrofismos que llenan de oscuridad los corazones – cuidado con las noticias que algunas veces difundamos que parece que lo que queremos es escachar la cabeza de los que no piensan como nosotros – y resaltemos los puntos de luz que vayamos encontrando que si abrimos los ojos los descubriremos.

Nosotros, los canarios, hoy invocamos a María con la hermosa advocación de Candelaria. Es la portadora de la luz, así un día la puso con su imagen en las playas de nuestra isla, pero quiere seguir siendo esa portadora de luz para nuestra tierra hoy pero nos está pidiendo que es lo que nosotros tenemos que ser en medio de este mundo que  nos ha tocado vivir. Dejémonos iluminar e iluminemos con esa luz del evangelio de Jesús que ella también nos ha venido a traer.

sábado, 27 de julio de 2024

Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

 


Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

Jeremías 7,1-11; Salmo 83;  Mateo 13,24-30

Cada mañana cuando despierto me gusta quedarme soñando, sí, sueño con lo que quisiera que fuera mi día, es de alguna manera la oración que elevo a Dios pidiendo por la bondad de ese día y cómo podría yo vivirlo con intensidad; es también el deseo que expresaré luego en mi saludo a mis amigos a través de las redes sociales; mis sueños quieren ver un mundo maravilloso, donde todos podamos ser felices, donde nos entendamos y nos mantengamos unidos, donde todos trabajemos por la paz y por el desarrollo de ese mundo; un mundo de utopía pueden decirme algunos, pero necesitamos soñar, necesitamos creemos que en verdad podamos vivir en un mundo mejor y todos podemos poner nuestro granito de arena para que eso sea posible.

Pero bien sabemos que luego la realidad es distinta, porque aparecerán las sombras, porque aparecen nuestras maldades y nuestros egoísmos, porque aparecen las ambiciones que nos llenan de violencias para conseguirlas. Y no es que eso nos venga de fuera, nos venga de otros – que también vendrá – sino que todo eso está naciendo también en nuestro corazón cuando lo dejamos llenar de sombras y de muerte.

¿Qué hacer? ¿Destruirlo todo porque se ha llenado de maldad? O como pensamos tantas veces cuando nos quejamos de las injusticias que vemos en el mundo y que hacen sufrir a tantas personas, ¿por qué no los quitamos de en medio y todo ese mal desaparecerá?  Pero es que no podemos pensar solo en el mal que podamos ver hacer a los demás, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que también nos dejamos muchas veces arrastrar por ese mal. Paciencia tiene Dios con nosotros que siempre está esperando que demos ese paso bueno que nos haga mejores.

De esto nos está hablando Jesús hoy en la parábola. El buen hombre soñaba también en poder recoger una buena cosecha y con esos buenos deseos sembró su tierra con buena semilla. Pero pronto apareció la cizaña que todo lo llenaba de maleza y maleaba aquella posible buena cosecha. Por allá andan aquellos buenos criados de buena voluntad, que quieren ir a arrancar la cizaña planta a planta para liberar a la buena semilla allí plantada. Pero el amo les decía que dejara que crecieran juntas, que a la hora de la cosecha ya se encargaría de que separaran una de otra para quemar las malas hierbas, pero la buena cosecha guardarla en el granero. Es la paciencia de Dios.

Así andamos en la vida, queremos ser buenos, queremos hacer las cosas bien, también soñamos en cuantas cosas buenas podríamos hacer, soñamos cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean más vivas, que nuestro mundo sea mejor, que desaparezcan tantas violencias y enemistades, pero nos encontramos envueltos en un mundo de violencias, de egoísmos, de rencores y gente que no se perdona, de tantas insolidaridades que nos encierran en nosotros mismos y enturbian nuestra mirada.

Y es ahí donde tenemos que estar; es ahí donde tenemos que manifestar que nosotros tenemos otras metas y otros ideales, que otros son nuestros principios, que creemos de verdad que si ponemos un poco más de amor y de comprensión las cosas marcharían mejor, que no nos podemos cegar pensando solo en nosotros mismos, en nuestros beneficios, sino que tenemos que abrir nuestra mirada y nuestro corazón a ese mundo que necesita de nuestra mano de amor.

No siempre los cristianos estamos llevando a término nuestro compromiso, y también nos echamos para detrás, también nos dejamos envolver por esas maneras de pensar, y ya es hora que despertemos, que demos ese testimonio que el mundo necesita. Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor que se tienen que traducir en muchos gestos y en muchas cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

miércoles, 28 de febrero de 2024

En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

 


En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

Nos cuesta escuchar lo que no nos interesa, lo que nos parece que nos hace daño o no va según nuestras conveniencias. Y es que a veces da la impresión que andamos como perdidos en la vida; y no se trata de que nos hayamos ido a las montañas o al bosque y perdimos el camino y ahora no sabemos donde estamos y cómo salir de ese atolladero; no se trata de que nos hayamos metido en la gran ciudad que no conocíamos y caminando entre calles y calles entretenidos en todo lo que va apareciendo a nuestros, ahora no sabemos donde estamos y cómo podemos volver por nuestro camino.

Es otra cosa; vamos haciendo un camino en la vida porque nos entusiasmamos por algo que nos parecía que nos podía interesar, encontramos a alguien con carisma y nos atrajo, pero cuando nos va dando las verdaderos motivaciones nosotros andamos como soñando con otras cosas y al final ni prestamos atención a aquello que se nos dice o que se nos propone. Seguimos tras aquella persona, porque quizás nos atrae su simpatía, su alegría, pero cuando nos habla de algunas exigencias, eso ni lo escuchamos.

¿Les estaría pasando a los discípulos así? Estaban entusiasmados por Jesús, escuchaban sus enseñanzas y se quedaban encantados con sus parábolas, los milagros que hacía despertaban un interés pero les parecía que aquella era un camino que les llevaría a triunfos y a que ellos pudieran alcanzar también esas glorias humanas que podían ver en otros. Ahora marchaban a Jerusalén, y les parecía que aquello iba a ser un camino victorioso. En Galilea la gente andaba entusiasmada por Jesús y las multitudes le seguían por todas partes; su fama llegaría también a Jerusalén y allí no iba a ser menos, pensaban ellos.

Por eso cuando ahora habla Jesús de su sentido de la subida a Jerusalén donde el Hijo del Hombre iba a ser entregado incluso en manos de los gentiles, no lo entendían. Ellos seguían con sus mismos pensamientos. Estaban como obcecados.

Por eso se adelante la madre de aquellos dos hermanos, los Zebedeos, y se postra ante Jesús porque quiere hacer una petición para sus hijos. ‘¿Qué deseas? ¿Qué pides?’ le pregunta Jesús. ¿Era un camino de triunfo y de gloria el que iban haciendo, al menos así lo pensaban ellos? Pues participar de esa gloria; y por aquello de que eran parientes de Jesús, que ocuparan los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, de ese poder que vislumbraban para Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. Respuesta que se convierte en pregunta. Había hablado Jesús poco menos que de un bautismo de sangre, porque había hablado de entrega que llevaría al sufrimiento y a la muerte, ¿estarían ellos dispuestos a ese bautismo de sangre? ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y en el entusiasmo de sus sueños dicen que están dispuestos.

Están dispuestos y, como les dice Jesús, lo beberán. Pero en el Reino de Dios las cosas no son como nosotros a nuestra manera humana soñamos o imaginamos. Hay algo distinto que tenemos que hacer y que tendremos que llegar a vivir. No podemos andar a la manera de los reinos de este mundo. Bien lo sabemos; cómo la gente aspira al poder y es aspirar a riquezas y a dominio sobre los demás, es buscar honores y reconocimientos. Así andamos, así lo estamos viendo todos los días, como la corrupción va entrando en los corazones, el egoísmo y el orgullo es lo que impera, y surge todo lo que surge que lo estamos viendo en las noticias de todos los días.

En el camino de Jesús otros son los parámetros, otro es el estilo y la manera de hacer las cosas. Es el espíritu de servicio el que tiene que imperar en el corazón; y eso nos tiene que hacer humildes, ser capaces de hacernos los últimos para mejor servir a los demás, dejar de pensar en nosotros mismos para buscar el bien y lo bueno que tenemos que hacer. Y eso no es fácil, porque son muchas las cosas que de un lado y de otro estarán tirando de nosotros, nos atraerán y nos tentarán. De muchos orgullos y pedestales tenemos que bajarnos; otros caminos con los pies descalzos tenemos que hacer.

Estamos subiendo a Jerusalén, porque estamos haciendo el camino que nos lleva a la pascua en esta cuaresma. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino a la manera de Jesús? ¿Cuáles serán en verdad nuestras aspiraciones? ¿Andaremos también a la manera de los hijos del Zebedeo?

Mirad que no andemos también perdidos, porque no sepamos escuchar con corazón abierto a Jesús.