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lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


jueves, 9 de abril de 2026

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

 


Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

¿Estaremos viendo fantasmas? ¿Serán solo ilusiones y sueños lo que nos están motivando en la vida? Algunas veces nos puede parecer esto o también nos encontramos que muchos solo quieren manejar su vida desde esos parámetros, o que los sueños que tenemos de aquello que tanto deseamos parece que se nos convirtieran en realidad y al final nos sentimos tan confundidos que realmente no sabemos donde estamos, lo que queremos o lo que es en realidad la vida.

¿Sería así cómo se sentían confundidos los discípulos de Jesús cuando tanto ansiaban estar con El y ahora se habían roto todas las esperanzas porque había muerto? Alguna vez habían tenido esa sensación en algún momento en que se habían sentido solos como cuando atravesaban el lago con el viento en contra sin poder avanzar pero Jesús no estaba con ellos para liberarles de aquella situación como había hecho en la ocasión de aquella tormenta en que casi se hundían; habían visto venir hacia ellos caminando sobre las aguas y habían pensado y gritado de miedo porque pensaban en un fantasma; Jesús les había dicho que era El para quitarles sus miedos y hacer que volvieran a la realidad y encontraran la paz, aunque alguna había querido comprobarlo por sí mismo pero los miedos no le dejaban dejarse conducir por la fe y terminaba hundiéndose por sus dudas; solo la mano de Jesús le había salvado

¿Andaremos nosotros en una misma confusión y todo lo que decimos y predicamos de la resurrección y de la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro será algo fantasmagórico también y fruto de nuestra imaginación o nuestros deseos? Muchos también podrían echarnos en cara cosas así pero para entrar en esta órbita de la pascua necesitamos algo más que sueños irreales o buenos deseos, algo más que unas comprobaciones científicas o de lo que de alguna manera llamamos racionales; sólo desde el ámbito de la fe podemos entrar en esa nueva órbita que nos lleva al reconocimiento de Cristo resucitado en medio nuestro. De lo contrario andaremos en un mundo de muchas confusiones.

Ahora mientras andaban los discípulos confundidos en aquel primer día de la semana con noticias que les llegaban que les parecían contradictorias, mientras los discípulos de Emaús les están haciendo también su relato de cómo había caminado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan, Jesús se presenta en medio de ellos que igualmente no saben si quedarse en el temor o hacer que aparezca la alegría porque Jesús está en medio de ellos. Jesús tendrá también que reconfortarles y hacerles ver que no tienen motivos de alarma porque es El en persona. Podrán ver y palpar sus manos y sus pies con el signo de las heridas, comerá un trozo de pez asado que le ofrecen, pero ellos seguían atónitos y sin terminar de creer.

Y Jesús les explica, y les abre el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y lo que estaba anunciado por los profetas de lo que había de sufrir el Siervo de Yahvé. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

Ellos tiene que ser testigos, pero solo podemos ser testigos de aquello que vivimos y experimentamos en nosotros; no podemos ser testigos ni de fantasías ni de imaginaciones, tenemos que ser testigos de una vivencia y de una vivencia profunda de fe que nos haga sentir en medio nuestro, en lo más hondo de nuestro corazón, de esa presencia de Jesús. Es lo que nos transformará nuestra vida, es lo que nos puede convertir en testigos, como nos está diciendo Jesús.

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de mayor confusión y dejémonos envolver por la fe; solo así podremos sentir la presencia del resucitado y solo así podremos llegar a ser sus testigos.


martes, 2 de agosto de 2022

Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

 


Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Hay ocasiones en que nos hacemos nuestros planes, y nos parece que todo va a salir bien tal como nos lo habíamos planeado, pero en un momento determinado por unas circunstancias, que no podemos decir siempre que sean malas, los planes se nos cambian, no podemos hacer aquello tal como lo habíamos planeado y pueden ir surgiéndonos al paso muchas cosas, incluso muy positivas que tenemos que saber aprovechar; nos suele pasar que cuando nuestros planes se nos trastruecan nos ponemos de mal humor porque no conseguimos las metas que habíamos previsto, y no sabemos sacar provecho de lo nuevo que nos acontece que también nos puede llenar de mucha riqueza humana y espiritual; quizás en otro momento podemos retomar aquellos proyectos, y vamos a ver si acaso no nos van a salir de alguna manera enriquecidos.

Siguiendo el hilo del evangelio de estos días, Jesús al enterarse de que a Juan Herodes lo había mandado decapitar había querido irse con los discípulos más cercanos a un lugar apartado; pero las cosas también se le torcieron, allá se encontró con una multitud que lo esperaba, muchos enfermos que curó, la multitud hambrienta a la que tuvo que alimentar. Mucha bendición de Dios se fue repartiendo en aquellos momentos aunque pareciera que salieron otros planes.

Llega el momento en que todo termina, y después de haber multiplicado el pan milagrosamente para toda aquella gente apremia a los discípulos para que se vayan a la otra orilla en barca; mientras El se retira solo a la montaña para orar, apartándose incluso de aquella multitud que allí se había congregado. Había buscado aquellos momentos de paz, y ahora marcha solo a la montaña para orar pasando casi toda la noche en oración.

Mientras los discípulos que van en la barca se ven en una prueba. La barca no avanza, da la impresión que tienen el viento en contra, todo se les está haciendo cuesta arriba, y encima están solos, porque Jesús se quedó en la orilla. Esa prueba de la dureza de la travesía puede ser también para ellos un signo. Algo les faltaba. Les faltaba Jesús, pero era algo más, les faltaba confianza, les faltaba fe para afrontar la dificultad. Lo que al principio cuando venían con Jesús parecía que iban a ser momentos de paz y de descanso todo se trastocó. Y ahora están solos en la dificultad de enfrentarse a aquel lago cuya travesía se les está haciendo dura.  Cuántas veces la travesía se nos hace dura, y también nos encontramos con dificultades, con el viento en contra. Cómo tendría que hacernos pensar.

Como decíamos les faltaba fe para afrontar aquella dificultad, porque ahora hasta les parece ver fantasmas. Algo viene caminando sobre el agua. Se llenan de temor. Cuántos fantasmas nos creamos en nuestra mente cuando estamos pasando por un momento duro, cuantas noches de insomnio donde todo se nos revuelve en la mente y hasta nos parece todo mucho más difícil. Estaban llenos de temor.

Será Jesús el que se les adelante a decirles que no teman porque es El quien viene hasta ellos, pero les cuesta creer. Y como sucede tantas veces allí están, el primero Pedro, pidiendo pruebas. ‘Que yo pueda ir hasta ti caminando sobre el agua también’. Y Jesús le invita a acercarse. Pero Pedro no las tiene todas consigo, y teme aunque intenta caminar, pero ante la más pequeña ola comienza a dudar y a hundirse. Con qué facilidad nos hundimos. Tenemos a Jesús a nuestro lado que pronto nos tenderá la mano, pero nuestro espíritu sigue lleno de dudas y de miedos. Tendremos que aprender a orar y gritarle que nos hundimos para que tienda su mano sobre nosotros y nos salve.

Luego ya podrán decir cuando Jesús está con ellos en la barca, Pedro ha sido rescatado de su hundimiento, y el viento se ha calmado, que realmente era el Hijo de Dios. Pero el paso por la prueba había sido duro. Les faltaba aprender a estar con Jesús aunque no lo vieran con los ojos de la cara. Más tarde terminarán aprendiéndolo sobre todo después de la resurrección, aunque entonces también pasarán por momentos difíciles y delicados, hasta darse cuenta de que Jesús para siempre estaría con ellos, aunque los ojos de la cara no lo vieran, pero la presencia de Jesús ya es otra cosa.

Es lo que nosotros tenemos que vivir, lo que nosotros tenemos que aprender, lo que nosotros tenemos que saber hacer irnos a estar con Jesús, como los que se fueron al monte alto con El, como los que ahora sentían su presencia en la barca, como lo van a sentir después de la venida del Espíritu Santo, como la Iglesia sigue sintiéndolo hoy. No son fantasmas, ni sueños, ni imaginaciones, es la presencia del Espíritu de Jesús que siempre estará con nosotros.

sábado, 30 de abril de 2022

Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

 


Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Estar solo, la soledad ¿será un valor que habría que buscar o será algo de lo que tenemos que huir? Como valor de principio tendríamos que decir que por naturaleza es la comunión y la relación con los demás; no estamos hechos para estar solos; hay quien realmente le tiene miedo a sentirse solo; le da quizás inseguridad, aparecen los temores ante lo que tenemos que enfrentarnos, parece que nadie nos apoya ni nos valora cuando nos dejan solos, muchas cosas podríamos pensar.

Aunque hay quien busca la soledad, o habrá momentos en que también necesitemos de la soledad y el silencio, para apartarnos de tantos ruidos, para no dejarnos encandilar por las cosas y las materialidades de la vida, para encontrarnos con nosotros mismos, puede ser también un valor sin renunciar a lo que sea estar en relación con los demás.

Hoy el evangelio nos habla del grupo de los discípulos que al anochecer embarcan allá en aquellos descampados donde se habían desarrollado varios hechos, como la multiplicación de los panes, y ahora van solo en la barca rumbo a Cafarnaún. Jesús no estaba con ellos y se sienten solos porque les parece incluso que la barca no avanza. Pero si ellos están con sus temores y sus soledades no deseadas atravesando el lago, Jesús ha querido quedarse solo en la montaña aquella noche, porque al despedir a los discípulos en la barca evita el estar con aquellos que en sus entusiasmos por el pan comido milagrosamente en el desierto ahora quieren hacerle rey. No busca Jesús el éxito y el clamor de los reinos de este mundo. Jesús se va solo a la montaña, como tantas veces le veremos hacer en el evangelio que se retira a solas en la noche o en la madrugada para orar.

Una búsqueda de soledad por parte de Jesús mientras los discípulos atraviesan el lago en una soledad no deseada. Pero Jesús está con ellos, o mejor, Jesús viene a su encuentro para estar con ellos. En medio de la noche, con todos los fantasmas que nos hace ver la oscuridad, ellos descubren que alguien camina sobre el agua y viene hacia ellos. El evangelista Juan no entra en muchos detalles pero los otros evangelistas que nos narran este hecho nos hablarán de los miedos que se despiertan en los discípulos porque creen ver un fantasma. Las oscuridades que llevan por dentro con sus miedos les impiden reconocer a Jesús. ¿Tendríamos que pensar en eso también?

‘Soy yo, no temáis’, escuchan la voz del Maestro. Tras su sorpresa con alegría quieren recogerlo, pero pronto se dan cuenta de que ya están llegando a su destino. Con Jesús a su lado parece que la barca tuviera alas para hacer más rápido el camino.

Necesitaban los discípulos pasar por aquella soledad en medio del lago, aunque les pareciera que el trayecto se hacía interminable. Nos viene bien tener esos momentos de soledad, en que nos sentimos vacíos e impotentes; las pruebas de las noches oscuras aunque a veces nos parezcan insoportables nos son necesarias para que aprendamos a buscar donde realmente tenemos la luz; sentirnos incapaces en ocasiones nos viene bien para vencer nuestras autosuficiencias y ver la necesidad del otro que está a nuestro lado y al que no habíamos prestado atención, pero que nos está ofreciendo una mano que mejor nos capacita; vernos solos y en silencio es bueno para salir de ese aturdimiento de los ruidos y de tantas cosas que nos gritan a nuestro alrededor y poder comenzar a escuchar lo que verdaderamente es importante, o para descubrirnos a nosotros mismos con nuestros valores y capacidades que a veces tenemos como ocultas.

Tenemos que aprender a aceptar y valorar esas soledades que a veces nos llegan en la vida, porque pueden ser una gran lección, como tenemos también que saber buscar esa soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente, que nos abre el corazón a Dios. No estamos solos porque Dios está siempre con nosotros.

jueves, 21 de abril de 2022

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor y comenzaremos a caminar los caminos de la fe convirtiéndonos en testigos

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor y comenzaremos a caminar los caminos de la fe convirtiéndonos en testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

No siempre nos creemos todo lo que nos cuentan; si es algo asombroso sin querer negar claramente la veracidad del que nos lo está contando, nos quedamos en nuestro interior con ciertas reservas, como si lo creyéramos pero al mismo tiempo no lo creyéramos, y de alguna manera indagamos para ver si desde otra fuente nos vienen a corroborar lo que los primeros informadores nos han contado, nos quedamos con la sospecha de la exageración de quien por algo se ha sentido impresionado y ahora cuando nos lo cuenta añade detalles, añade cosas que le pueden dar mayor espectacularidad pero que puede ser producto de sus ensoñaciones, de su fantasía a la hora de contar, o de lo que quizá quiera impresionarnos.

¿Qué pasaba con los anuncios que unos a otros se hacían en aquel momento del hecho de la resurrección de Jesús? Cuando las mujeres vinieron contando lo del sepulcro vacío y la aparición de Ángeles, lo echaron a fantasías de mujeres que no podían ser realidad. Con ese pensamiento incluso se habían marchado los discípulos de Emaús, pero cuando ahora ellos vienen contando que le han visto en el camino, que le reconocieron a la hora de partir el pan, seguían queriendo creer pero no estaban todavía tan convencidos.

Y el evangelio nos dice que mientras los de Emaús contaban Jesús mismo en persona, apareció entre ellos, sin que se abrieran las puertas. Sorpresa, susto, miedos y temores, posibilidades de fantasmas, incredulidad de nuevo. Y allí estaba Jesús mismo en medio de ellos. Y es Jesús el que quiere ofrecerles pruebas mostrando sus manos y la llaga del costado; más aún les pide que si tienen algo que comer que le traigan, que comerá ante ellos para que se convenzan que no es un fantasma. Y así lo hacen. Pero sus mentes seguían cerradas y el miedo seguía atenazándoles de manera que les impedía creer de verdad.

Y Jesús pacientemente, como había hecho con los discípulos en el camino, les explica las Escrituras y todo lo que estaba anunciado acerca de El que se ha cumplido. ‘Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. Y a continuación nos dice el evangelista que ‘les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras’.

Solo cuando nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor, el Espíritu de Sabiduría, comenzaremos en verdad a caminar los caminos de la fe. No es cuestión solo de razonamientos, de pruebas que podamos palpar con nuestras manos. Cuántas veces nos buscamos esos razonamientos, cuántas veces queremos solo a base de explicaciones llegar a meternos de verdad en el misterio de Dios. Es cierto que tenemos que dar razón de nuestra fe y tenemos que buscar de la mejor manera formarnos para profundizar en todo ese misterio de Dios.

Pero lo importante es que nos dejemos inundar por ese misterio, dejemos que sea el Espíritu divino el que nos vaya conduciendo. Es lo que llamamos la obediencia de la fe. Algo que tiene que llegarnos al corazón, algo que tenemos que experimentar dentro de nosotros mismos, algo que solo puede ser una experiencia de vida. Y desde ahí nos sentiremos transformados, desde ahí comenzarán a aparecer una actitudes nuevas en nuestra vida, desde ahí comenzarán a aparecer unas vivencias distintas. Es algo que tenemos que vivir desde lo más hondo de nosotros mismos.

Allí ahora los discípulos con la presencia de Jesús comenzaron a vivir algo; por eso comenzaron a ser testigos. Todo aquello que habían vivido no era solo el fruto de las maquinaciones de los sumos sacerdotes y de los dirigentes del pueblo, ni el fruto de una sentencia del procurador romano. Allí había habido un actuar de Dios, un paso de Dios en aquella pasión y muerte de Jesús, por lo que ahora no se quedaban en un crucificado que había muerto y había sido enterrado, sino que era el Señor que vive, porque a Jesús lo contemplaban vivo y resucitado.

Estaba escrito: ‘el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Era lo que habían vivido y ahora lo comprendían y sentían y era de lo que ahora eran testigos. ‘Vosotros sois testigos de esto’.

¿Seremos nosotros también testigos de esto ante el mundo que nos rodea? ¿Cómo vamos a dar ese testimonio?

jueves, 9 de enero de 2020

‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces


‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces!

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52
Hay ocasiones en que se nos mete el miedo en el cuerpo, como solemos decir, aunque bien sabemos que es algo mucho más hondo. Físicamente hasta nuestro cuerpo se sienten aturdidos y los temores nos hacen ver más densas las sombras. Pudiera ser incluso después de experiencias muy intensas y reconfortantes pero cuando todo aquello pasa nos viene un vació y una soledad que nos llena de temores. ¿Sería todo un sueño? ¿Sucedió en realidad? ¿Por qué ahora nos sentimos solos? Porque esa soledad la sentimos incluso aunque físicamente haya personas cerca, porque es algo que llevamos o sentimos por dentro.
El miedo y el temor nos hacen sentirnos cada vez más desorientados y sin rumbo y nuestra imaginación se nos llena de fantasías que no son en la mayoría de las ocasiones nada estimulantes sino todo lo contrario. El miedo nos hace barruntar siempre lo peor y ya nos vemos envueltos en no sé cuantas catástrofes y calamidades. Al final aquello que pudiera ser un rayo de luz también nos confunde y hace que nuestros temores aumenten.
Un problema que un día nos apareció y nos sentíamos acosados por todas partes; el miedo a no saber enfrentarnos hace que nos encerremos más en nosotros mismos y no contemos con nadie; las posibles soluciones nos parecen imposibles aunque parezca un contrasentido pero es que la oscuridad de nuestra mente lo revuelve y lo confunde todo. Seguramente en alguna ocasión nos habremos visto envueltos en situaciones así sin saber darle salida.
No era quizá un problema tan existencial el que podían estar pasando los discípulos en aquella travesía del lago que se les estaba haciendo tan costosa. Para ellos sin embargo ahora era un problema el que tenían.  Se mezclaban muchas cosas. El viento en contra les impedía avanzar y las sombras de la noche lo envuelven y lo confunden todo. Pero ellos que siempre habían estado con el Maestro, ahora El se había querido quedar en tierra donde lo de la multiplicación de los panes e iban solos en la barca hacia la otra orilla. Es cierto que le tenían miedo al lado, aunque allí iban avezados pescadores, pero de todos eran conocidas las tormentas que con facilidad se desataban sobre el lago. Y esos peligros aumentaban sus miedos. Ahora hasta les parecía ver fantasmas.
Jesús se había quedado en la orilla para despedir a la gente y luego se había metido monte arriba buscando la soledad para la oracion. Pasada media noche sabiendo lo que les estaba pasando a los que iban en la barca decidió ir a su encuentro andando sobre el agua. Era el fantasma que ellos creían ver. ‘Animo, soy yo, no temáis’, fueron las palabras de Jesús. El estaba con ellos ya en la barca y la calma volvió por todas partes, en el viento del lago que cesó pero cuanto más en el corazón de los discípulos que se sentían solos y con tantos miedos dentro de ellos. Y es que ‘ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada’. Eran muchas las cosas que se iban sucediendo y aun no terminaban de comprenderlo todo.
‘Animo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz se puede sentir dentro del corazón! Pensemos de nuevo en esas situaciones de miedos y temores como comenzábamos recordando, pero que en medio de ese torbellino escuchemos la voz de Jesús. Como un día María Magdalena a la entrada del sepulcro vacío. Como los apóstoles en el cenáculo la tarde de aquel primer día de la semana que era como la tarde del primer día de la nueva creación.
‘Soy yo, no temáis’, y sentiremos la mano de Jesús sobre nuestro hombro cuando nos sentimos hundidos, o vemos la mano tendida de Jesús que nos quiere levantar después de nuestras caídas, o le veremos caminar a nuestro lado queriendo hacer arder de nuevo nuestro corazón cuando nos sentimos desilusionados y desesperanzados, tantas veces que Jesús vendrá a nuestro encuentro y hemos de saber verle, sentir su presencia junto a nosotros caldeando de nuevo nuestro corazón con su amor.