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lunes, 27 de julio de 2026

Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

 


Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

Jeremías 13, 1-11; Salmo : Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 13, 31-35

¿Tú crees que con esa mezquindad o esa menudencia vas a poder conseguir algo que sea verdaderamente importante? Le decimos a quien viene con ilusión por hacer algo pero los medios de los que dispone parecen ridículos porque consideramos que con esos medios no va a poder llegar a ninguna parte. O es lo que pensamos de nosotros mismos cuando nos confían una misión que parece que se sale de nuestras posibilidades porque nos sentimos pobres de medios y pequeños, porque quizás pensamos que para eso no valemos y que entonces no merece la pena ni intentarlo. Pensamos que para hacer algo importante nosotros tenemos que considerarnos unos genios, pero vemos que no lo somos, o que necesitamos grandes medios para lograrlo. Así nos descartamos a nosotros mismos, porque no nos valoramos, como comenzamos también a descartar a otros o descartar proyectos que nos parece que no valen la pena.

¿Es así cómo tenemos que pensar o es la manera de actuar en lo que tenemos entre manos? Somos tan insignificantes, pensamos, que ni quisiera nos atrevemos a imaginar las posibilidades que tendríamos de llevar adelante cosas que realmente merezcan la pena. Pero hoy Jesús en el evangelio nos da una lección.

Sigue hablándonos Jesús en parábolas para que entendamos lo que es el Reino de Dios pero también para que lleguemos a comprender lo que de nuestra parte podemos hacer pero al mismo tiempo otro misterio de gracia para poder realizarlo. Vayamos por partes. Nos habla Jesús por un lado de una semilla tan insignificante como la mostaza, o de ese pequeño puñado de levadura que mezclamos con la masa y que se va a diluir de tal manera que al final ni lo vemos pero que va a fermentar la masa. La insignificante semilla de la mostaza que nos puede dar una planta bien frondosa y con gran diferencia entre el tamaño de la semilla y de la planta que luego va a surgir. Como dice Jesús hasta los pájaros podrán anidar entre sus ramas. ¿Tenemos que descarta esa semilla por lo insignificante? Cualquier semilla que vayamos a sembrar siempre será algo menudo que se nos escurre entre los dedos pero que tiene la virtualidad de que al germinar nos puede dar una hermosa planta en la que se multiplicarán los frutos.

Creo que el mensaje que nos quiere dar Jesús es bien significativo de cara a nuestra propia vida y lo que nosotros nos valoramos a nosotros mismos o en referencia a las obras que hemos de emprender que siempre comenzarán por lo pequeño, muchas veces ocultándolas como cimientos bajo tierra que los ojos no verán pero de donde podremos conseguir obras maravillosas y de gran valor. ¿Podemos decir entonces que nosotros no valemos, que somos poca cosa y en consecuencia que no nos atrevemos a comprometernos a algo nuevo y distinto? Tu pequeño grano de arena se puede convertir en un elemento fuerte que dé cimiento a lo que hemos de emprender.

Pero hablábamos también de enterrar como se entierra un cimiento o como se entierra una simiente, una semilla; allí en lo oculto va a germinar sin que nosotros sepamos como ni veamos quizás ese proceso. Allí en lo secreto de la masa con la que se ha mezclado la levadura surgirá la fermentación necesaria en ese proceso de darnos un buen pan. Misterio, podíamos decir, de lo secreto y de lo escondido, que ya no depende del sembrador o de quien amasa la harina. Es su proceso de germinación o de fermentación que no depende ni del sembrador ni de quien realiza el amasijo.

¿No podemos pensar en ese actuar del Espíritu divino que va a dar consistencia a aquello que emprendemos y con admiración muchas veces de nuestra parte porque no nos creíamos capaces de ello van a surgir obras maravillosas? Como creyentes que somos hemos de saber reconocer ese actuar de Dios y dejarnos conducir por El; está es cierto nuestra responsabilidad que manifestaremos en nuestra disposición y en nuestro arrojo y valentía para aceptar una responsabilidad que nos confían, para emprender una tarea que vemos con esperanza cuanto bien va a producir. No nos queremos apoyar en nuestro orgullo personal, aunque aceptamos nuestra responsabilidad y ponemos de nuestra parte nuestra disponibilidad; dejemos que la gracia de Dios actúe en nosotros y se manifieste en aquello que intentamos hacer.

Y un proceso y otro se va realizando en lo oculto y en el silencio. No es necesario hacer ruido para realizarlo, solo al final va a sonar la melodía armoniosa de los frutos obtenidos; no tiene que gritar nuestro amor propio que se convierte en orgullo, sino que en el silencio de la humildad haremos que fructifiquen nuestras obras, porque a quien único tenemos que dar gloria es a Dios que nos confía tales tareas y pone tantas posibilidades en nuestras manos.

viernes, 24 de julio de 2026

Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 


Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

¿Dónde encontrar una tierra buena, una tierra perfecta, donde no se encuentre en su extensión pedruscos que rompan la uniformidad de su llanura, hierbas o zarzas que puedan surgir en medio de los sembrados, rincones más secanos que mermen la intensidad de vida de las plantas allí sembradas? Una tierra buena no es la que está totalmente exenta de cosas que impidan su cultivo, sino aquella tierra que se cultiva, que se labra, que se abona, que podríamos decir abre sus fauces para recibir la lluvia o cualquier humedad que ayude a su fecundidad. Es el agricultor el que prepara esa tierra para que sea buena, para que en ella podamos sembrar con la esperanza de alcanzar buenos frutos un día.

Hoy escuchamos el comentario y explicación que Jesús hace a petición de sus discípulos más cercanos de la parábola con que había hablado a la multitud. Y nos habla, sí, de esa tierra buena, pero no está dejando entrever que es una tierra que tenemos que preparar para que no se quede en un sequedal ni en una tierra infértil, para que no se deje envolver por esos abrojos ni ocultar por esos pedregales. Necesitará esfuerzo y trabajo, necesitará cuidado y preparación, necesitará una atención constante para evitar esos peligros que la puedan acechar.

Pero como bien nos da a entender Jesús en la explicación de la parábola está hablándonos de esas actitudes necesarias en nuestra vida como de esa apertura del corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que se siembra en nosotros. Es la tarea que nos queda por delante, es la tarea que tenemos que emprender; no es cuestión de destinos ni de cosas irremediables que suceden porque sí como si todo dependiera de una fatalidad. Está nuestra decisión tomada con libertad que dará nobleza a lo que hacemos, porque en ello ponemos nuestra voluntad para enfrentarnos a esas situaciones desagradables y encontrar soluciones a los imponderables que nos vayan apareciendo.

Pensamos, pues, en la tierra de nuestra vida y en la tierra de nuestro mundo, con lo que somos y con lo que hacemos, con lo que nos sentimos tentados a tomar caminos fáciles de simplemente dejarnos arrastrar o donde con voluntad firme emprendemos ese camino de esfuerzo y de superación. Muchas veces nos aparece también un mar de dudas, nos sentimos inseguros, creemos que no sabemos encontrar soluciones, nos sentimos turbados por tantas cosas dispares que suceden en nuestro entorno; malas hierbas que nos ahogan, que nos pueden quitar la voluntad, pedregales que nos hacen daño bajo nuestros pies pues queremos las cosas fáciles aunque no tengan raíces, aunque les falte sentido profundo a lo que hacemos y al final tenemos el peligro de quedarnos las manos vacías porque esos no eran los caminos que teníamos que escoger.

Tenemos que labrar bien la tierra de nuestra vida dándonos cuenta de qué es lo fundamental y lo esencial para no quedarnos en superficialidades, para no dejarnos encantar por esos cantos de sirena que nos ofrecen músicas placenteras pero que nos desviarán de nuestras metas y de los caminos auténticos que nos pueden llevar a alcanzarlas. Arrancamos rutinas y comodidades que no nos dejan salir del estar haciendo siempre lo mismo, arrancamos dudas y miedos que nos hacen sentirnos inseguros, arrancamos caprichos que nos hacen individualistas e insolidarios, arrancamos desconfianzas que nos impiden trabajar al unísono con los demás que quieren alcanzar las mismas metas que nosotros, arrancamos todos esos nubarrones que oscurecen la vida y nos hacen ver de forma turbia a los demás y cuanto nos rodea, arrancamos esas luces que nos parecen brillantes pero que al final son opacas de nuestros orgullos y de nuestro amor propio.

Es una buena tarea la que tenemos que realizar para preparar esa tierra buena, pero es la manera en que puedan florecer un día los frutos donde aparecerá más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan, más don de sí. Se van a generar más espacios de vida alrededor porque se construye comunidad, se contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.

¿Cómo cultivar nuestro corazón para que sea fértil? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios, meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella, arrancando abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro, preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios, y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.


domingo, 22 de febrero de 2026

Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

 


Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

¿Será posible que después de lo que sabemos o de lo que hemos vivido, de la experiencia de la misma realidad sigamos dejándonos convencer por la misma mentira?

Es múltiple la experiencia en este sentido que vamos teniendo de la vida misma, de lo que somos y de lo que hacemos, de las cosas que cada día nos suceden que tantas veces nos han hecho tropezar y a pesar de tantas promesas nos han llevado a tantos vacíos, de lo que palpamos en la misma sociedad en la que vivimos tan llena de mentiras y de engaños que al final terminan engatusándonos y seguimos confundiéndonos en las opciones que tendríamos que hacer para que las cosas sean mejor, o lo que es en la interioridad de nosotros mismos con nuestras ansiedades y con nuestras ambiciones, con nuestros sueños de grandeza o de poder, con lo que es la verdad de nosotros mismos y el sentido que le hemos de dar a nuestra vida en el que al final lo que queremos es endiosarnos. Y volvemos a reincidir una y otra vez, parece que nos hemos cegado. Es la realidad que estamos viviendo con sus amagos y sus tentaciones.

Necesitamos sabernos detener, necesitamos hacer desierto en nuestra vida para despojarnos de esas vanidades en las que nos dejamos envolver y paso a paso nos vayamos haciendo planteamientos serios de nuestra vida. Es lo que la Iglesia nos está ofreciendo en este tiempo de Cuaresma. Decimos que la cuaresma es prepararnos para la semana santa y la pascua, pero cuidado nos dejemos arrastrar por un ambiente no siempre muy evangélico y nos estamos preocupando de preparar muchas cosas materiales. ¿Solo toca preparar tronos procesionales o celebraciones muy solemnes, o toda la suntuosidad material, digámoslo así, con muchas profusión de objetos valiosos y suntuosidades? Lo que podría ser una ayuda si lo hacemos bien al final nos damos cuenta de que nos ha desenfocado de lo que realmente es importante; llegará la Pascua, porque será el tiempo pascual, pero no ha habido verdadera pascua en nosotros.

En este primer domingo toda la liturgia de la Palabra nos está hablando de tentaciones, nos recuerda la primera lectura la tentación de Adán y Eva en el paraíso y nos recordará el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero no las miremos como quien contempla un cuadro muy hermoso que nos describe algo pasado en el tiempo. Nosotros tenemos que meternos en ese cuadro; ya lo estamos haciendo con lo que previamente hemos reflexionado en lo que hemos convertido nuestra preparación y nuestro camino cuaresmal.

¿En qué ponemos el valor de la vida, de lo que tenemos que ser y de lo que tenemos que hacer? Lo material nos absorbe, las cosas que tenemos que hacer nos absorben y nos olvidamos de donde está su sentido; y de ahí nos surge un activismo del hacer por hacer, claro que detrás está todo aquello que queremos obtener para lograr una vida mejor, como solemos decir; pero ¿de qué estamos disfrutando de la vida? No sabemos saborearla de verdad porque vivimos nuestros agobios por nuestras ganancias, decimos porque necesitamos un pan para comer.

Pero ¿el disfrute de la vida está solamente en que llenemos nuestro estómago? ¿No habrá algo más que hemos de buscar en ese vivir que nos lleve a una plenitud de nuestro ser? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Qué es lo que nos ciega?

Por ese camino tendríamos que seguir preguntándonos por muchas cosas. Cuidado que nos queramos convertir en el centro de todo. Nos desconsuela estar encima del pedestal para ser reconocidos. No es que se nos tengan en cuenta nos valores o nuestras capacidades para contribuir con los demás a la mejora de ese mundo en el que vivimos.

No es el espíritu de servicio al que queremos darle importancia. Para nosotros muchas veces el que nos valoren es que nos pongan por encima de todo y los únicos, queremos sobresalir y queremos imponernos porque ya al final nos parece que lo único válido es lo nuestro, queremos ser admirados porque poco menos que nos hemos convertido en los salvadores de la humanidad, que nuestro poder y prestigio nos ponga por encima de todos. Nos endiosamos haciéndonos al mismo tiempo esclavos y adoradores de tantas vanidades de la vida.

¿Dónde hemos puesto a Dios en todos estos planteamientos de la vida? Jesús tuvo su momento, por así decirlo crítico, en el comienzo de la realización de su misión. Es este momento del que nos habla el evangelio de que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El relato de los evangelistas nos lo sitúan en este comienzo de su actividad apostólica aunque si nos fijamos bien en el evangelio aparecen otros momentos de tentación para Jesús. Hoy nos centramos en este momento de desierto y veremos al Jesús que conducido por el Espíritu va respondiendo a esa triple tentación.

¿Es solo de pan de lo que vive el hombre?, también nos preguntábamos nosotros. Y tenemos que dejarnos envolver por el Espíritu nosotros también para sentir cómo Dios es el que guía nuestra vida, cómo solo en El vamos a encontrar el valor y el sentido no solo de lo que hacemos sino de nuestro ser. No nos dejaremos, pues, seducir por ninguna propuesta que nos parezca que nos da la mejor solución. Descubramos el engaño, la mentira, la vanidad, el orgullo que nos quiere envolver, tras lo cual nos vamos a sentir vacíos. Dios nos llevará sobre las palmas de sus manos para que no caigamos en la tentación y la mentira del orgullo, Dios es el único Señor de nuestra vida que nos da el verdadero sentido de nuestro ser y a quien hemos de adorar.

sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.

domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


martes, 9 de diciembre de 2025

Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

 


Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

Isaías 40, 1-11; Salmo 95; Mateo 18, 12-14

En este mundo de hoy en que vivimos en que tantos medios de comunicarnos tenemos a nuestras manos, donde se multiplican las redes sociales que podríamos decir que lo que buscan es precisamente esa comunión y esa relación entre unos y otros que aunque lejos físicamente sin embargo siempre encontraremos alguien con quien comunicarnos, me atrevo a decir que es un mundo donde reina mucho la soledad; quizás algunas veces esas redes sociales nos sirvan de refugio para encontrar a alguien con quien hablar o desahogarnos cuando quizás no somos capaces de comunicarnos seriamente con el que tenemos al lado; pero al final esas relaciones en la lejanía pasan y se difuminan y nos seguimos quedando en la misma soledad. Es en cierto modo el grito desesperado de quien se siente solo y nada le llena.

Pero también en nuestra cercanía nos encontramos esas soledades porque tenemos la tendencia muchas veces de encerrarnos en nuestras cosas, en nuestro trabajo pero tras el cual no quedan relaciones de verdadera amistad con los compañeros de trabajo, estamos demasiado detrás de las puertas cerradas escogiendo demasiado a quien abrir la puerta y al final nos seguimos sintiendo en la misma soledad. ¿Cómo rompemos esa espiral que lo mismo que por un lado se abre a la lejanía en el punto más cercano lo que hace es encerrarse más?

Cuántos vemos pasar a nuestro lado desconsolados porque les falta esa palabra de consuelo; siguen habiendo muchas lágrimas de soledad que nadie ve, pero que tampoco buscamos donde limpiarlas para encontrar ese consuelo. ¿Seríamos capaces de ser ese paño de consuelo, escuchando, deteniéndonos junto a la persona que quizás vemos anhelante a nuestro lado aunque no sabe cómo expresarse, mirando más de frente a las personas con las que nos encontramos para saber leer en sus ojos lo que quizás llevan por dentro y les produce desazón o les hace sufrir?

Hoy en la Palabra que se nos proclama en este camino de Adviento se nos habla de ofrecimiento de consuelo que el Señor tiene para nosotros. porque nos habla de redención y de redención gratuita, porque así de generoso es el amor del Señor, se nos habla de caminos nuevos que se pueden abrir en los desiertos de la vida, se nos habla de que aunque los jardines y los prados se desequen y pierdan su verdor la Palabra del Señor permanece fiel para nosotros. Y nos habla del Pastor que nos busca y nos pastorea, que nos sana y nos ofrece los mejores pastos, que nos busca si andamos perdidos y que cura las angustias de nuestras soledades.

Y esto lo estamos escuchando en el Adviento, este camino con el que pretendemos prepararnos para la Navidad que tiene que ser una hermosa realidad hoy en nuestra vida y nuestro mundo. Pero hacer una hermosa navidad no es poner signos externos de luces y de fiesta, es poner más luz en los corazones de los hombres para que encuentren lo que les va a dar verdadera alegría. Son las señales que tenemos que dar. Es como mostraremos esa verdadera Navidad porque Dios vaya naciendo en el corazón de los hombres de nuestro tiempo.

No es tarea fácil, pero tiene que ser nuestro compromiso. Hablábamos antes de las soledades del hombre de hoy y muchas más cosas podríamos decir. ¿Podremos ofrecer sinceramente esta palabra de consuelo que nos ofrece el profeta hoy? ¿Qué soledad vamos a compartir, qué lágrimas vamos a enjugar, que palabras de consuelo y de ánimo vamos a ofrecer a esos cercanos a nosotros pero que muchas veces tenemos tan lejos? ¿No conoces a nadie a tu lado que sufre esa soledad?

Es para tomarse en serio esta Palabra de Dios hoy para nuestra vida.


domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


sábado, 12 de julio de 2025

‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

 


‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

Génesis 49,29-32; 50,15-26ª; Salmo 104;  Mateo 10,24-33

Algunas veces andamos por la vida acobardados y llenos de miedos; unos miedos que nos coartan a la hora de tomar decisiones, siempre andamos en la duda, la desconfianza, el pensar en el qué dirán, la inseguridad en nosotros mismos; algunas veces muchos actos de valentía aparente que manifestamos quizás hasta llenos de violencia son seguramente fruto de esa inseguridad interior y de esos miedos que persisten en nosotros pero que no queremos reconocer o no queremos que se hagan manifiestos; quizás nuestra inmadurez, la falta de haber fortalecido bien nuestra personalidad nos vuelva tímidos e inseguros, y reflotan nuestros miedos; hay que pensar las cosas y buscar un razonamiento, pero muchas veces las queremos pensar tanto que al final no tomamos ninguna indecisión, precisamente por ese miedo interior que mantenemos.

Hemos venido hablando en un plano meramente humano, pero tendríamos que plantearnos también estas preguntas en nuestra espiritualidad, en el campo de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano. ¿Qué tal somos? ¿Nos habrá faltado una profunda experiencia de índole religiosa, en el campo de nuestra fe y eso también nos vuelve inseguros, indecisos y cobardes? Hemos de masticar bien esas buenas experiencias de índole religiosa que hayamos tenido en la vida, pero que luego no nos sucede que como los discípulos en Getsemaní huyamos también y nos escondamos.

Por tres veces escuchamos en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece que no tengamos miedo. Ante la tarea que tenemos ante nosotros con lo que Jesús nos ha confiado nos llenamos de miedos. ¿Seremos capaces de enfrentarnos a ese mundo hostil que nos rodea? ¿Tendremos palabras para responder a sus cuestionamientos que muchas veces se puedan convertir en enfrentamientos? Y si como nos dice Jesús que el discípulo no es más que su maestro, y si al maestro le hicieron lo que le hicieron ¿no tendremos miedo también a la cruz que también a nosotros se nos va a ofrecer?

‘No tengáis miedo’, nos dice Jesús. Tendremos palabras y tendremos fortaleza porque El nos ha garantizado que el Espíritu de Dios estará con nosotros y nunca nos dejará solos. No tengamos miedo a lo que nos puedan decir o a la oposición que podamos encontrar. No tengamos miedo porque Dios no nos deja de su mano, que valemos mucho más que los pajarillos que vuelan en los cielos y Dios cuida con detalle de ellos.

No tengamos miedo a obrar el bien y la justicia, no tengamos miedo a la verdad y mostrémonos con autenticidad y congruencia, no tengamos miedo a la entrega y al compromiso por una causa buena, no tengamos miedo a hablar del amor gratuito y generosos de Dios que hemos experimentado en nuestra y cuya experiencia hemos de saber compartir con los demás.

El mundo quizás nos está gritando de desconfianzas porque son muchas las incongruencias que encontramos, la vanidad y la falsedad con que se llenan las vidas, donde parece que ya no podemos creer en nadie, pero ante ese mundo nos mostramos con valentía porque tenemos que ser testimonio ante ese mundo de lo que es la verdad, de lo que es el verdadero amor, de lo que vale la sinceridad y la congruencia en la vida. Sin miedos, con valentía tenemos que dar nuestro testimonio, porque no hablamos de oídas, sino de lo que nosotros mismos hemos experimentado en nuestras vidas.

Pero no tengamos miedo a otras cosas que necesitamos y que algunas veces olvidamos en la vida. No tengamos miedo al silencio que nos hace bucear en nuestro interior, no tengamos miedo a esos momentos de soledad porque hacemos silencio de los ruidos que nos rodean pero porque queremos sintonizar con Dios para escucharle interiormente y para sentir y experimentar su fuerza; no tengamos miedo de ir a encontrarnos con su Palabra con la mente bien abierta, como abierto llevamos el corazón para escuchar lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios quiera confiarnos. No tengamos miedo de sentirnos débiles ante Dios porque en El es en quien vamos a encontrar nuestra fortaleza, y le diremos que no nos deje caer en la tentación, que nos libre de todo mal, pero que nos libere también de nuestras autosuficiencias y vanidades, de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, pero dejarnos purificar el corazón.

‘No tengáis miedo’, nos dice el Señor. ‘Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’. Confiemos.

sábado, 19 de abril de 2025

Un día de silencio que en la esperanza se convierte en germen de pascua al inundarnos con la alegría de la resurrección

 


Un día de silencio que en la esperanza se convierte en germen de pascua al inundarnos con la alegría de la resurrección

 

La tarde se quedó en silencio, los alborotos y los gritos de los que habían contemplado lo que para ellos parecía un espectáculo se fueron acallando poco a poco, las sombras de la oscuridad se fueron adueñando de los últimos resplandores de la tarde la pequeña comitiva pronto había acabado sus tareas porque comenzaba el sábado y aunque aquel sábado era muy especial para otros fue de un silencio intenso.

Jesús había muerto en la cruz y parecía que para muchos las esperanzas también se apagaban, por eso aquel sábado, en el que nada podían hacer, el silencio llegaba a lo más hondo de cada uno de ellos.

Nosotros, la iglesia toda está viviendo hoy ese silencio, la tumba está sellada y hasta le han puesto una guardia que la custodie, pero los que creemos en Jesús, a pesar del silencio que de alguna manera parece oscuridad, no hemos perdido la esperanza; es un día para pensar, para meternos dentro de nosotros mismos, para volver a rumiar cuanto hemos contemplado, cuanto hemos recibido, cuanto hemos escuchado, en el corazón hay cosas que no podemos olvidar; fueron buena noticia para nuestra vida, cosas que nos impulsaban a algo nuevo y, aunque en este silencio parece que todo se detiene, sabemos que nosotros tenemos que seguir al camino y no nos faltará la luz, tenemos la certeza de un nuevo amanecer porque así él nos lo prometió, solo queda esperar manteniendo suficiente aceite en las alcuzas de nuestra vida para que con vigor encendamos la luz de nuevo a su llegada.

Es la espera de este sábado que también llamamos Santo, porque pregustamos incluso en este silencio las mieles del gozo de la resurrección, momentos para mantener la vigilancia, para estar atentos, para estar a la escucha, para estar como vigías que están esperando el momento.

Es silencio pero en el corazón podemos y tenemos que seguir escuchando su voz, en el corazón seguimos preparando ese momento definitivo de la Pascua.

Que no se apague la lámpara de nuestra fe para mantener esa vigilancia en la vida, porque el Señor llega en cualquier momento y donde menos lo esperamos, no vamos a buscar en un sepulcro vacío porque él se sentará en nuestra mesa, nos saldrá al paso en el camino, nos sorprenderá cuando menos lo esperemos.

No es un silencio que nos cae encima como una loza fría, es un silencio que vivimos con intensidad en el corazón, es el germen de vida que comienza a brotar como la semilla sembrada en tierra, es el amor que ponemos para que florezcan las nuevas flores que llenarán de encanto la vida, es el silencio de Pascua que lo transformará todo con la alegría de la resurrección.

lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aun en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

 


Aprendamos del silencio de san José que es aprender de su fe para abrir nuestro corazón a Dios y aún en medio de la oscuridad sentirlo siempre a nuestro lado

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21

La fe ni es refugio conformista ni es pasividad, la fe no siempre nos aclara las dudas e interrogantes a la primera ni nos libera de tensiones en el espíritu para adormecernos en ante los problemas; la fe es camino que se abre ante nosotros dando firmeza a nuestros pasos, la fe nos da seguridad incluso cuando parece que hayamos perdido toda esperanza y dando trascendencia a lo que hacemos o vivimos llena de sentido nuestra vida; la fe es búsqueda pero también apertura del corazón para encontrar respuestas. No siempre es fácil mantenernos en la fe que profesamos, pero nos hace sentir que más allá de las soledades en que nos encontremos en la vida hay un Dios que siempre está a nuestro lado caminando con nosotros.

Hoy miramos a un hombre íntegro y maduro en su fe que a pesar de su silencio mucho tiene que enseñarnos y que es para nosotros modelo de ese camino de silencio que tantas veces tendremos que hacer en nuestra vida, sin aspavientos y sin llamar la atención pero con la conciencia de una gran misión. Estamos celebrando a san José, el esposo de María, el padre de Jesús porque esa fue la misión que se le confió sobre la tierra.

Comencemos por observar su silencio. No hay palabras de José en el evangelio. Sin embargo es mucho lo que nos está hablando con su silencio. En silencio, y algunas veces pareciera que en soledad, va afrontando los diferentes problemas que le van apareciendo en la vida. No hace aspavientos con los problemas sino que en silencio va rumiándolos en su corazón. Son oscuridades llenas de sueños, porque sueños tenemos todos en la vida en nuestras aspiraciones y deseos. Pero en san José pareciera que todo se va truncando porque ni entiende lo que pasa con María y de entrada encuentra pocas respuestas; prefiere que todo se quede en silencio porque a nadie quiere hacer daño. Pero no son los sueños de lo que El desee sino un nuevo sueño venido del cielo el que hable a su corazón.

No se ha cerrado a la presencia ni a la voz de Dios que ahora maravillosamente se le manifiesta. El misterio se le revela pero es para él ponerse en camino; un camino en el que luego le irán apareciendo nuevos tramos pero que El está dispuesto a asumir. Primero recoge a María, su mujer, en su casa, aunque le cuesta entender el misterio, pero se fía de la revelación de Dios. Era el designio de Dios que él obedece y que le compromete.

El camino seguirá en dirección a Belén, como posteriormente será el destierro en Egipto. Poco a poco parece que se va diluyendo la figura de José, y aunque a El no se le ha anunciado una espada que le atraviese el alma, como a María, tendrá el sufrimiento de los caminos en silencio, como lo será el silencio de su vida en Nazaret. Alguien un día mencionará que aquel nuevo profeta de Galilea es el hijo del carpintero, así sin nombre y sin ningún otro reconocimiento. Grande fe el camino recorrido como compromiso de su fe.

El también en silencio buscaba a Dios, aunque pareciera que había perdido a Dios con la pérdida de Jesús; pudiera parece que se pierden las esperanzas pero será constante en su búsqueda contra toda esperanza,  como un día buscaría al niño perdido hasta encontrarlo en el templo en medio de los doctores. ‘¿No sabías que tu padre y yo te andábamos buscando?’, no serán sus palabras sino las de María pero que reflejan bien lo que la fe fue búsqueda también para José.

¿Estaremos viendo nuestros recorridos por la vida con sus oscuridades y con sus sueños, con nuestras esperanzas perdidas en ocasiones y con nuestras dudas, con nuestros problemas y con nuestros tormentos, con esos momentos de soledad y silencio cuando nos parece que ni de la tierra ni del cielo nos llega ninguna señal, o cuando se abren ante nosotros caminos inciertos en los que no sabemos qué calvario vamos a encontrar?

Aprendamos del camino de José, aprendamos de su fe que también va creciendo y madurando para encontrar esa fortaleza del espíritu, no le hace cruzarse de brazos desde la pasividad ni ser conformista esperando que otros le den soluciones, sino que tenemos que aprender a ir poniéndonos en camino de búsqueda abriendo nuestro corazón para sentir a Dios que siempre estará a nuestro lado.

 

sábado, 15 de febrero de 2025

Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

 


Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

Génesis 3,9-24; Salmo 89; Marcos 8,1-10

En medio de esta algarabía de la vida necesitamos sentarnos. ¿Cómo es que digo que necesitamos sentarnos cuando hay tantas cosas que hacer? Precisamente por eso. Sentarse es comenzar a tomarse las cosas con calma; cuando estamos en nuestras carreras de acá para allá porque hay mucho que hacer al final nos damos cuenta que quizás no estamos haciendo nada sino dando vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Sentarse es detenerse a reflexionar, a pensar con serenidad, a ordenar muchas cosas en nuestra cabeza, dentro de nosotros mismos; el desorden no ayuda a encontrar salidas sino que nos iremos tropezando con una cosa y otra y estaremos en el mismo sitio; hoy como nunca tenemos tanta información accesible, tantas noticias o tantos acontecimientos, tantos pensamientos o ideologías que están al alcance de la mano, que ya no sabemos en qué creer, como reaccionar, qué es lo verdaderamente importante y primordial y nos podemos perder en lo accesorio.

Sentarse es ponerse a contemplar las cosas con cierta distancia, buscando perspectivas nuevas y distintas, porque cuando lo tenemos todo en la punta de la nariz se disturba, se difumina, se llena de confusión, y hemos de tener claridad de visión.

Allí estaba toda aquella multitud y ya eran conscientes de que estaban hambrientos; llevaban quizás varios días con Jesús desde que salieron de sus casas, venían con sus necesidades, con sus ansias de algo nuevo, con sus desesperanzas buscando una nueva esperanza para sus vidas que parecía que la Palabra de Jesús les podía dar, pero podían añadirse problemas nuevos, ahora que además de la pobreza con que vivían habitualmente por llevar varios días siguiendo a Jesús no tenían ya ni provisiones para el camino.

Y Jesús les manda sentarse. Pero quizá ya Jesús lo está haciendo con sus discípulos más cercanos, se forma como un consejo alrededor de Jesús, se están preguntando qué es lo que tenían que hacer, cómo alimentar a aquella multitud; y pueden surgir diferentes soluciones, no tienen donde comprar pan para tanta gente, quizás no cuentan con medios, pero quizás la gente está esperando algo más. ¿Qué esperaríamos nosotros en esa situación?

Y surge por medio la solución del amor. Alguien tiene unos pocos panes, luego aparecerá quien tiene también algo de pescado, y se pone a los pies de Jesús. Nos sentamos para escuchar, para escucharnos a nosotros mismos y ver nuestras posibilidades; nos sentamos para pensar qué es lo que puedo hacer con lo poco que tengo si lo pongo a disposición; nos sentamos para despertar nuevos y buenos sentimientos porque quizás podemos comenzar a ver las cosas de distinta manera.

Necesitamos sentarnos en la vida, pero quizás no solo nosotros solos, que también nos viene bien porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Pero necesitamos sentarnos, en este caso tenemos que decir, con Jesús. Su presencia y su Palabra será luz para nosotros, su presencia y su palabra nos interroga por dentro y nos hace plantearnos las cosas de distinta manera, su presencia y su Palabra nos abre caminos despertando en nosotros una nueva disponibilidad. Sentarnos con Jesús y hacer silencio, no necesitamos decirle muchas cosas, El nos conoce y nos comprende mejor que nadie, pero eso silencio nuestro es entrar en sintonía y nos es difícil conectar con esa sintonía de Dios si estamos con demasiados ruidos dentro de nosotros.

¿Qué podemos encontrar cuando nos sentemos y lo hagamos con Jesús como nos está diciendo hoy el evangelio? Aquel día la multitud comió y hasta sobró comida. ¿Qué nos sucederá a nosotros ahora? ¿Sabremos como Iglesia también sentarnos y hacerlo en silencio para entrar en esa sintonía de Dios? ¿Temeremos quizás ese descampado, ese desierto, al que nos ha llevado Jesús para que nos sentemos en silencio? Cuidado cuales fueran nuestros intereses, incluso como Iglesia, para actuar según la sintonía de Dios porque si nos hemos sabido sentar como nos pide Jesús, podemos seguir con nuestras confusiones que no nos harían en verdad signos de Dios y de su Reino en medio del mundo. ¿Quizá tendremos luego que ir a otra parte como hicieron entonces Jesús y los discípulos?

sábado, 8 de febrero de 2025

Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 


Ojalá sepamos estar con Jesús, aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús

 Hebreos 13,15-17.20-21; Salmo 22; Marcos 6,30-34

Nos gusta volver a encontrarnos con los amigos, con aquellas personas que nos aprecian y nos aman; es la alegría que sentimos cuando volvemos a encontrarnos con el amigo que hace tiempo no veíamos, es el bonito reencuentro de las familias que muchas veces a causa de trabajos y ocupaciones estamos lejos, pero deseamos volver a encontrarnos con ellos; y en nuestro reencuentro recordamos cosas y compartimos lo que ha sido nuestra vida en la ausencia, nos contamos lo que hacemos o lo que son nuestros proyectos, contamos cómo nos va y lo que quizás ansiábamos volver a encontrarnos. Aun cuando estemos cercanos y casi nos veamos todos los días siempre buscamos el momento para estar con el amigo, con la persona que apreciamos, siempre tenemos tiempo para ellos.

Hoy nos dice el evangelio que ‘los discípulos volvieron a encontrarse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. Recordamos que en la lectura del evangelio en días anteriores vimos cómo Jesús los había elegido y dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos los había enviado a hacer un anuncio del la Buena Nueva del Reino de Dios. Ahora es la vuelta, el reencuentro después de la tarea. Y Jesús busca la manera de querer llevarlos a un lugar apartado para estar a solas con ellos y que descansaran. ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco… Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer’.

Estar a solas con Jesús. Tenemos que aprender a estar a solas con Jesús, simplemente para eso, para estar con El. Como dos amigos que se sientan juntos y quizás no necesitan decirse muchas cosas, sino simplemente estar con el amigo. Irá surgiendo la conversación de forma espontánea, habrá momentos de silencio en que solo con la mirada o con sentir la respiración del otro nos es suficiente.

Ya me diréis que eso lo hacemos en la oración, cuando vamos a rezar. Pero, con sinceridad preguntémonos, ¿sabemos estar en silencio con Jesús? Seguro que cuando vamos a rezar ya llevamos nuestras oraciones preparadas, seguro que ya llevamos una lista de cosas de las que queremos hablarle a Dios, o mejor, cosas que queremos pedir, y será por nosotros o será por nuestros seres queridos, o será por la situación que vemos en el mundo. Eso está bien, pero hagamos silencio, dejemos a un lado todas esas cosas por las que vamos a pedir y hagamos silencio para escuchar, para sentir su presencia, para disfrutar de estar con el Señor.

Seguro que nos sentiremos mejor, porque nos sentiremos más llenos de Dios. Con nuestros rezos muchas veces lo que queremos es que Dios haga las cosas como nosotros las vemos, pero tenemos que aprender a ver nosotros las cosas como las ve Dios.Y para eso necesitamos silencio, escuchar, estar. Y allí en nuestro corazón comenzaremos a sentir algo nuevo y distinto. Como decían los discípulos de Emaús que recordaban que cuando Jesús les hablaba comenzaron a sentir arder su corazón.

Fijémonos en un detalle más de lo que nos narra hoy el evangelio. Cuando llegaron al lugar, cuando estuvieron con Jesús comenzaron a ver algo distinto, porque se encontraron que allí había mucha gente con sus preocupaciones, con sus ansias de estar con Jesús también, con sus enfermedades y con las cosas que les atormentaba en el corazón. Y nos dice el evangelio que Jesús se puso a escucharles y a hablarles, porque estaban como ovejas sin pastor.

Muchas veces interpretamos que lo que Jesús había planeado con los discípulos se había venido abajo y no pudieron tener ese descanso programado. Creo que aquel estar con Jesús les hizo ver las cosas de manera distinta; en la continuación del evangelio veremos que los discípulos serán los que se preocuparan de que no tienen que comer y que hay que hacer algo. Y es a lo que los impulsa Jesús; buscarán los recursos aunque no los tengan y todos saldrán de aquel momento con algo nuevo en sus vidas.

Ojalá sepamos estar con Jesús. Aprenderíamos de verdad a ver las cosas con los ojos de Jesús, aprenderíamos a hacer las cosas como nos enseña Jesús.