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viernes, 24 de julio de 2026

Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 


Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

¿Dónde encontrar una tierra buena, una tierra perfecta, donde no se encuentre en su extensión pedruscos que rompan la uniformidad de su llanura, hierbas o zarzas que puedan surgir en medio de los sembrados, rincones más secanos que mermen la intensidad de vida de las plantas allí sembradas? Una tierra buena no es la que está totalmente exenta de cosas que impidan su cultivo, sino aquella tierra que se cultiva, que se labra, que se abona, que podríamos decir abre sus fauces para recibir la lluvia o cualquier humedad que ayude a su fecundidad. Es el agricultor el que prepara esa tierra para que sea buena, para que en ella podamos sembrar con la esperanza de alcanzar buenos frutos un día.

Hoy escuchamos el comentario y explicación que Jesús hace a petición de sus discípulos más cercanos de la parábola con que había hablado a la multitud. Y nos habla, sí, de esa tierra buena, pero no está dejando entrever que es una tierra que tenemos que preparar para que no se quede en un sequedal ni en una tierra infértil, para que no se deje envolver por esos abrojos ni ocultar por esos pedregales. Necesitará esfuerzo y trabajo, necesitará cuidado y preparación, necesitará una atención constante para evitar esos peligros que la puedan acechar.

Pero como bien nos da a entender Jesús en la explicación de la parábola está hablándonos de esas actitudes necesarias en nuestra vida como de esa apertura del corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que se siembra en nosotros. Es la tarea que nos queda por delante, es la tarea que tenemos que emprender; no es cuestión de destinos ni de cosas irremediables que suceden porque sí como si todo dependiera de una fatalidad. Está nuestra decisión tomada con libertad que dará nobleza a lo que hacemos, porque en ello ponemos nuestra voluntad para enfrentarnos a esas situaciones desagradables y encontrar soluciones a los imponderables que nos vayan apareciendo.

Pensamos, pues, en la tierra de nuestra vida y en la tierra de nuestro mundo, con lo que somos y con lo que hacemos, con lo que nos sentimos tentados a tomar caminos fáciles de simplemente dejarnos arrastrar o donde con voluntad firme emprendemos ese camino de esfuerzo y de superación. Muchas veces nos aparece también un mar de dudas, nos sentimos inseguros, creemos que no sabemos encontrar soluciones, nos sentimos turbados por tantas cosas dispares que suceden en nuestro entorno; malas hierbas que nos ahogan, que nos pueden quitar la voluntad, pedregales que nos hacen daño bajo nuestros pies pues queremos las cosas fáciles aunque no tengan raíces, aunque les falte sentido profundo a lo que hacemos y al final tenemos el peligro de quedarnos las manos vacías porque esos no eran los caminos que teníamos que escoger.

Tenemos que labrar bien la tierra de nuestra vida dándonos cuenta de qué es lo fundamental y lo esencial para no quedarnos en superficialidades, para no dejarnos encantar por esos cantos de sirena que nos ofrecen músicas placenteras pero que nos desviarán de nuestras metas y de los caminos auténticos que nos pueden llevar a alcanzarlas. Arrancamos rutinas y comodidades que no nos dejan salir del estar haciendo siempre lo mismo, arrancamos dudas y miedos que nos hacen sentirnos inseguros, arrancamos caprichos que nos hacen individualistas e insolidarios, arrancamos desconfianzas que nos impiden trabajar al unísono con los demás que quieren alcanzar las mismas metas que nosotros, arrancamos todos esos nubarrones que oscurecen la vida y nos hacen ver de forma turbia a los demás y cuanto nos rodea, arrancamos esas luces que nos parecen brillantes pero que al final son opacas de nuestros orgullos y de nuestro amor propio.

Es una buena tarea la que tenemos que realizar para preparar esa tierra buena, pero es la manera en que puedan florecer un día los frutos donde aparecerá más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan, más don de sí. Se van a generar más espacios de vida alrededor porque se construye comunidad, se contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.

¿Cómo cultivar nuestro corazón para que sea fértil? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios, meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella, arrancando abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro, preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios, y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.


sábado, 20 de septiembre de 2025

Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios

 


Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios

1 Timoteo 6,13-16; Salmo 99; Lucas 8, 4-15

No soy campesino, porque a eso no he dedicado mi vida, pero sí hijo de campesinos; mi vida ha transcurrido podríamos decir en ambientes campesinos y ahora mismo vivo en una ciudad campo, así la han querido definir, y las casas habitualmente están rodeadas de campos de cultivo. Me duele en el alma por todo eso el contemplar cómo se van abandonando nuestras tierras y donde había en otros momentos excelentes producciones agrícolas ahora se han convertido en eriales o se han transformado para ser terrenos para edificar en ellos. Es triste ver en muchas ocasiones como una cosecha se malogra, bien porque se ha cultivado con la suficiente intensidad y a causa muchas veces de ese abandono vienen la sequía y las plagas y donde podía esperarse una buena cosecha nos encontramos con la ruina, por así decirlo.

Recuerdo todo esto desde la escucha de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, pero pensando en nuestra tarea de agricultor que hemos de cuidar donde arrojar esa simiente o del cultivo que hemos de hacer luego de esas plantas que germinan para que nos den buena cosecha, mirando nuestro propio campo de cultivo o mirando lo que sucede en nuestro entorno.

¿Cuál es la cosecha que se está produciendo en nuestra vida? O más bien tendríamos que preguntar, ¿qué tipo de cultivo estamos nosotros realizando con esa semilla sembrada en nosotros para que en verdad lleguemos a dar frutos?

Al explicar Jesús la parábola a los discípulos más cercanos que le pidieron una explicación, habla de la semilla de la Palabra de Dios, de esa semilla de todos esos dones que Dios ha puesto en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Pensamos, sí, en ese regalo de Dios de su Palabra que hemos de saber escuchar. Pero esa Palabra viene para hacernos fructificar nuestra vida, con todo lo que somos, con nuestros valores y nuestras cualidades, con todas esas posibilidades que hay en nosotros si desarrollamos cuanto somos y con toda esa riqueza que con la vida vamos acumulando en nosotros.

No arruinemos nuestra vida, no dejemos que se metan en nosotros esas malas yerbas que al final solo producirán en nosotros abrojos que para nada nos sirve; sepamos pues limpiar esa tierra de nuestra vida de cuantos pedruscos van a entorpecer el cultivo de nuestro campo; abrojos y pedruscos de nuestras pasiones descontroladas, abrojos y pedruscos cuando solo pensamos de forma egoísta en nosotros mismos y con nuestra cerrazón se van creando aristas en nuestra vida que hieren a los demás; abrojos y pedruscos de nuestras vanidades y nuestros orgullos, que hacen crecer esas malas hierbas de nuestro amor propio, de nuestras ambiciones que endurecen nuestro corazón, de esas aristas de nuestros recelos y nuestras envidias que tanto daño hacen y que pueden convertirse en plagas que nos dañen desde lo más hondo y hagan inservible lo que podamos ir produciendo;  abrojos y pedruscos que nos hacen superficiales, donde no le damos importancia a la semilla dejando que sea pisoteada por cualquiera o por falta de profundidad en nuestra vida no lleguemos a captar lo que verdaderamente es importante.

Valoremos pues esa semilla que recibimos, escuchamos y acojamos la semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cuidemos nuestro campo, cuidemos nuestra vida, sepamos realizar ese trabajo silencioso del agricultor que prepara la tierra, arrancando abrojos, separando de verdad los caminos de los campos de cultivo para que en verdad sean aprovechables buscando pues lo que es verdaderamente importante en nuestra vida y para nuestra vida, arrancando de esa tierra de nuestro corazón todo lo que pueda impedir que esa semilla arraigue de verdad en nosotros para que al final podamos recoger una buena cosecha al ciento por uno, abriendo en verdad los oídos de nuestro corazón buscando todos los correctores que sean necesarios para que llegue clara y diáfana esa Palabra a nosotros.

¡Cuántas superficialidades tenemos que superar! ¡Cuánto tenemos que saber ahondar en esa tierra de nuestro corazón dejándola regar con la gracia del Señor para que pueda germinar esa semilla!

Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios.


viernes, 26 de julio de 2024

Que la semilla haga surgir un brote nuevo que nos llene de esperanza, sea comienzo de un jardín florido y de un huerto de la vida lleno de hermosos frutos

 


Que la semilla haga surgir un brote nuevo que nos llene de esperanza, sea comienzo de un jardín florido y de un huerto de la vida lleno de hermosos frutos

Jeremías 3, 14-17; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

Hace una semanas en la terraza de mi casa, porque no tengo huerto donde hacerlo, en una maceta en la que ya había otra planta sembré unas cuantas semillas; pasó un tiempo que podríamos llamar de silencio en que parecía que nada brotaba y podía ser infructuoso aquel sembrado, pero pasados unos días comenzaron a romper la tierra unos brotes de algunas de aquellas semillas que habían germinado, otras parece que no lo lograron, y ahora poco a poco aquellas plantitas, aun minúsculas, van creciendo y tomando forma hasta que en su momento trasplante aquellas plantas que ya tengan fortaleza en sus raíces para que puedan desarrollarse y darme los frutos que deseo.

Una minúscula semilla de la que brotará una planta que con su desarrollo posterior va alegrarme con sus flores y en su día con sus frutos el patio de mi casa. Cuanta virtualidad de vida posee en sí misma una semilla si le damos la oportunidad de germinar y con los cuidados correspondientes luego desarrollarse y crecer. De eso nos está hablando Jesús cuando nos propuso, como escuchamos hace unos días, la parábola de la semilla que el sembrador sembró en los diferentes campos. Hoy los discípulos cercanos a Jesús le han preguntado por el sentido de la parábola pidiéndole que se las explique para poder aplicar su mensaje a la vida.

No es simplemente una historia bonita y ejemplar, pero sí es una imagen que nos lleva a interrogarnos por dentro sobre lo que nosotros hacemos con la semilla. Algunas veces no germina, otras ni siquiera le damos la oportunidad de quedar enterrada en el suelo porque el viento se la lleva o los pajarillos se la comen, otras veces aunque germine no podrá prosperar porque no encuentra ni el terreno adecuado y los necesarios cuidados. Cada día humedecía yo la tierra de la maceta porque que la semilla tuviera la necesaria humedad para germinar, pero he dejado de seguir humedeciendo la tierra para que los calores del estío no seque sus raíces y sus hojas y pueda seguir manteniéndose con vida, a su tiempo cuidaré de escardar los yerbajos que puedan nacer a su alrededor para que no la ahoguen y la abonaré para que pueda crecer con fortaleza para que un día me de sus flores y sus frutos.

Nos dice Jesús hoy que la semilla es la Palabra, esa Palabra que Dios nos regala, esa Palabra que sale del corazón de Dios pero que tiene que encontrar un corazón en el que germine y eche raíces para que pueda en verdad transformar nuestra vida. ¿Habremos puesto una coraza alrededor del corazón para que no pueda penetrar en él esa semilla, o acaso lo habremos endurecido tanto que no encontrará esa tierra buena en la que ahondar con sus raíces?

La semilla en sí tiene su virtualidad de vida; la Palabra que sale del corazón de Dios también está llena de vida y lo que Dios quiere es que produzca fruto en nosotros. De nosotros, entonces, depende ahora el fruto que produzca en nuestra vida. Dios respeta siempre nuestra libertad y somos nosotros los que hemos de dar respuesta, somos nosotros lo que hemos de preparar esa tierra buena de nuestro corazón quitando esos abrojos de nuestras rutinas, de nuestras viejas costumbres, de nuestra frialdad que termina por endurecer nuestro corazón, de tantos apegos que ocupan todo nuestro corazón sin dejar lugar para que esa semilla se enraicé en nosotros para que pueda brotar una nueva vida. Es lo que nos está explicando Jesús de la parábola cuando los discípulos le preguntan.

Ese brote nuevo que puede surgir a lo más mínimo en nuestro corazón nos llena de alegría y esperanza. Es señal de vida, es comienzo de una nueva belleza para nuestra vida, es anticipo de un jardín florido y de un huerto lleno de hermosos frutos.

sábado, 16 de septiembre de 2023

Árbol bueno, abonado en la gracia del Espíritu, que produce buenos frutos, edificio cimentado en la roca firme de la fe fortaleza frente a los temporales de la tentación



 Árbol bueno, abonado en la gracia del Espíritu, que produce buenos frutos, edificio cimentado en la roca firme de la fe fortaleza frente a los temporales de la tentación

1 Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

Queremos tener buenas frutas que poner en la mesa, queremos tener hermosas y olorosas manzanas que poder ofrecer a quienes llegan a nosotros, plantemos un árbol frutal, plantemos un manzano y cuidémoslo debidamente; nos podrá dar al final buenos frutos y hemos cuidado con esmero nuestro manzano. Lo habremos de plantar en buena tierra, atender a su cuidado y su poda todos los años, hemos de abonar a su tiempo para que sus raíces puedan extraer sus nutrientes de aquella tierra bien cuidada y abonada, para al final recoger una abundante cosecha. Esas raíces están hundidas en una tierra abonada quizás con el estiércol que hayamos conseguido por otra parte en el cuidado de los animales, y aunque el estiércol pudiera parecernos apestoso y desagradable, sin embargo de la tierra abonada con ese estiércol el manzano extraerá sus nutrientes que nos darán hermoso y oloroso fruto.

¿Sabremos dar fruto con nuestra vida? ¿Seremos ese árbol bueno que produce buenos frutos como nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio? Creo que nos estaremos dando cuenta de cómo hemos de cultivar el árbol de nuestra vida, enraizarlo debidamente en buena tierra, pero también darle los abonos necesarios y convenientes para que tenga esos nutrientes que nos lleven a dar esos frutos que tenemos que ofrecer. Seremos malos o buenos, quizás también reconocemos que hay cosas desagradables en nuestra vida por nuestra condición de pecadores, pero ahi está la tarea se superacion, de crecimiento espiritual, de maduración que hemos de realizar en nosotros, purificando, es cierto, esas cosas que muchas veces nos pueden desviar de nuestras metas con una poda tan necesaria que hemos de realizar continuamente en nosotros.

En esa tierra que somos nosotros, también con nuestros defectos y debilidades, con nuestros errores y tropiezos, porque esa es nuestra condición humana iremos avanzando en la vida porque sabemos buscar la fuente que alimenta nuestro espíritu, toda nuestra vida. No podemos descuidar esa tarea de ascesis que continuamente hemos de ir realizando en nuestra vida; es la forma de nuestro verdadero enraizamiento en la fuerza del Espíritu y de nuestro crecimiento espiritual para que un día esos frutos puedan madurar.

Hoy nos habla también el evangelio con otra imagen de cómo hemos de saber cimentar bien nuestra casa para que no se derrumbe ante el primer temporal que aparezca; y bien sabemos que serán muchos los temporales a los que tendremos que enfrentarnos a lo largo de la vida. Contratiempos y desviaciones del camino, cantos de sirena que nos atraen con muchas cosas pero que lo que pretenden es alejarnos de nuestra meta, malas tendencias e inclinaciones esclavizantes que pueden surgir de unas pasiones descontroladas, influencias que podemos recibir que nos invitan a una vida cómoda y a un dejarnos llevar y arrastrar por lo primero que nos salga al paso, orgullo y amor propio que nos tientan desde nuestro mismo interior, el materialismo de la vida y la vanidad que tan fácilmente nos ciega y nos esclaviza... muchos temporales a los que estamos sometidos continuamente.

Por eso nos está hablando Jesús de esa buena cimentación, no sobre una arena movediza de nuestros caprichos y vanidades, sino en la roca firme que fortalece nuestra fe y nos anima a caminar con paso firme. Desde esa casa bien cimentada y llena de fortaleza interior podremos incluso ser corazón de acogida para cuantos están a nuestro lado y ven como tantas veces se les derrumba su vida por no haberla bien fundamentado.

'El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien... porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca', nos dice hoy Jesus. ¿Cuál es ese buen tesoro que llevamos en el corazón?


miércoles, 10 de mayo de 2023

Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

 


Necesitamos hacer crecer ese amor de hijos empapándonos del amor Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza cultivando esa viña de Dios en nosotros

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

En los alrededores de donde yo vivo son campos de cultivo de la vid en otros tiempos muy abundantes; hoy cuando salgo en mis paseos por el campo igual me encuentro un terreno cuidadosamente cultivado donde a través del año es muy frecuente encontrarme al agricultor que en cada época realiza los trabajos propios del cultivo de la viña, igualmente me encuentro también en sus cercanía otros campos que no han sido cuidados y hoy sus viñas se encuentran abandonadas a su suerte y presentan una imagen poco menos que selvática.

Es hermoso ver en esta época el crecimiento de la planta ofreciéndonos en ciernes ya lo que serán los futuros frutos de hermosos racimos para producirnos generoso vino; pero, como decíamos, ahí está el trabajo del agricultor cuidando su vida a través de todo el año en las diferente atención que esas plantas necesitan, la poda, el escardar la tierra para evitar hierbajos y la lluvia la pueda empapar generosamente, el levantamiento de la viña en esta época para disponer su ramaje de manera que ni el excesivo sol, ni las corrientes de viento dañen el futuro fruto, y así muchas otras tareas, que no es necesario detallar aquí, pero que serán promesa de abundantes frutos.

Hoy Jesús en el evangelio nos propone una alegoría partiendo de esta imagen de la viña; nos habla de la poda para eliminar los sarmientos inútiles, como nos habla de la necesidad de que el sarmiento no se desgaje y separe de la vida para que pueda dar fruto; y terminará diciéndonos que así nosotros, como el sarmiento a la vida, tenemos que estar unidos a El porque El es la vid verdadera y el Padre es el viñador.

Una imagen muy hermosa que nos describe lo que ha de ser verdaderamente lo que llamamos la vida cristiana. Porque desde la fe nos unimos a El en el Bautismo comenzamos a disfrutar de la vida de los hijos de Dios, porque por la fuerza del Espíritu participamos de su misma vida. Pero no es solo la plantación, sino que necesitamos el cultivo. No solo basta que un día hayamos recibido el Bautismo, o en otros momentos determinados de la vida hayamos recibido algunos sacramentos que nos vinculan a la vida cristiana. Esa vida cristiana hemos de vivirla en el día a día, y no la podremos vivir si no estamos verdaderamente unidos a Jesús. ‘Sin mí, no podéis hacer nada’, ha venido hoy a decirnos.

Y es lo que descuidamos demasiado a lo largo de la vida. Esa unión con Jesús que parte de la escucha de la Palabra y de la oración. Esa unión con Jesús que mantenemos viva con la vivencia de los sacramentos. Como nuestro alimento diario, como el agua de lluvia que riega nuestros campos para hacerlos verdaderamente fecundos, como esa atención que prestamos a lo largo del año a nuestras plantas, en este caso estamos hablando de la vida, para mantener esa planta viva, fértil, fecunda capaz de darnos no solo hermosas flores sino también generosos y abundantes frutos.

¿Cómo podríamos mantener la amistad si no nos relacionamos con el amigo? ¿Cómo podemos renovar e intensificar el amor de hijo si no entramos en relación con el padre y con la madre para escucharle y para contarle, para mantener vivo el cariño, la relación y la confianza, para hacer que sea intenso ese amor familiar que verdaderamente nos hará crecer y madurar como personas? ¿No es en ese trato donde se mantiene y se hace crecer la relación y el amor porque hará que sepamos que siempre podemos contar con ese amor de padre que estará a nuestro lado en las buenas y en las malas?

¿No necesitamos hacer crecer ese amor de hijos hacia Dios que es nuestro Padre que tanta seguridad y fortaleza nos va a dar en nuestra vida? Por eso esa sintonía de corazones que hemos de mantener con Dios, a quien escuchamos y con quien contamos. Es nuestra oración que es más que un rezo porque será verdaderamente un encuentro donde nos alimentamos de su amor, donde nos llenamos de su vida, donde nos sentiremos empapados de Dios descubriendo siempre lo que Dios quiere para nosotros, por eso nuestra oración será siempre además escucha de Dios.  

Cultivemos bien esa viña de Dios en nosotros. No lo abandonemos.

 

sábado, 23 de julio de 2022

Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

 


Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Lo contemplo todos los días en mis paseos mañaneros o de la tarde. Vivo rodeado de campos de cultivo en especial dedicados al cultivo de la vid. Aparte de haberlo mamado de lo que contemplaba hacer a mi padre, con el que tantas veces tuve que colaborar en los cultivos, ahora veo una vez más el mimo con que el agricultor cuida su viña; que no es solo en una época del año que pensaríamos cuando ya las vides están cargadas de racimos próximos a la vendimia, sino todo el año siempre hay algo que hacer, aunque muchas veces nos pudieran parecer plantas muertas; será la poda, será el prevenir de las plagas, será la atención de sus ramajes en la medida en que van creciendo y ofreciendo sus frutos, muchas cosas que día a día hay que ir realizando para poder obtener unos buenos frutos que nos den ricos mostos y generosos vinos.

Hoy Jesús nos habla de la vida, de los sarmientos, de los frutos; nos habla del cuidado de la vid o de su poda para poder obtener los mejores frutos; pero nos habla de la fortaleza de su ramaje, de sus sarmientos bien unidos a la cepa para recibir la regeneradora savia; nos habla de los sarmientos que no dan fruto o que se han desgajado del tronco del que ya no recibirán la savia de la vida; y nos habla Jesús de nuestra vida, que como los sarmientos tenemos que estar unidos a la vid para que podamos dar fruto. Sin El nada somos y ningún fruto bueno podrá aparecer en nuestra vida.

Tenemos la imagen muy clara delante de nuestros ojos y qué pronto olvidamos su mensaje. Seguimos con nuestras tendencias individualistas e insolidarias; seguimos pagados de nuestra autosuficiencia en que nos creemos que por nosotros mismos lo podemos todo; seguimos con el orgullo que nos seca el corazón y no sabemos reconocer nuestra debilidad en que si no buscamos el agua viva pronto nos iremos debilitando y perdiendo vigor para terminar con las ramas secas de nuestra vida que como los sarmientos inservibles solo valemos para el fuego. Lo sabemos, pero ¿qué hacemos?

Cuánto nos cuesta cultivar nuestro espíritu. Tenemos que enraizar profundamente nuestra vida. cuando el árbol está fuertemente enraizado podrán venir los temporales fuertes, que aunque dañen superficialmente sus ramas, sin embargo no los pueden arrancar; aunque la tierra parezca áspera y reseca alrededor, sus raíces sabrán buscar en las profundidades de la tierra allí donde haya humedad para poder obtener los necesario nutrientes; bien enraizado y con la humedad necesaria para darle los nutrientes, las hojas vueltas hacia la luz del sol sabrán catalizar toda la energía que viene de esa luz del sol para darle verdadero esplendor a su ramaje y hacer que las flores que surjan un día nos puedan dar la semilla de su fruto.

Es la vida espiritual que necesitamos, esa profunda espiritualidad en nuestra vida que nos llene de la seguridad y fortaleza del espíritu que inunde nuestros corazones. Surgirán así comunidades vivas, habrá verdaderos apóstoles comprometidos en el anuncio de la buena nueva del Evangelio y en ir construyendo ese Reino de Dios en medio nuestro. Es en lo que en verdad tendríamos que preocuparnos los cristianos, será lo que dará verdadera vitalidad a nuestra Iglesia, es lo que hará presente en nuestro mundo los frutos del Reino de Dios.

¿Estaremos haciendo un buen cultivo de esa viña que el Señor ha puesto en nuestras manos?

sábado, 18 de septiembre de 2021

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

 


Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

La semilla no es solo para guardarla en el almacén. Esa semilla por una parte como fruto de una cosecha ya realizada estará destinada a la elaboración de nuestros alimentos cumpliendo así su función, pero parte de esa semilla será para siembra de nuevos terrenos que un día germinarán para darnos en el futuro también cosechas de nuevos frutos.

Hay una parte que entra en el misterio de todo ser vivo y es como esa semilla con las humedades y condiciones apropiadas germinará para hacer nuevas plantas de las que un día esperamos recoger una cosecha; es el misterio de la vida en si misma, podríamos decir; pero bien sabemos que no solo habremos de proporcionarle las condiciones idóneas para esa germinación, sino que luego habremos de cuidar esas plantas germinadas para que un día puedan llegar a darnos esos frutos; es el trabajo del agricultor en cualquiera de sus facetas que cuida de la tierra y sabrá aportar en cada momento el cuidado que esas nuevas plantas han de tener para producir esos frutos.

La imagen de la semilla es algo repetido en el evangelio y que nos quiere ofrecer variados mensajes para el provecho de nuestra vida cristiana. Es la semilla esparcida por el sembrador como hoy nos habla la parábola en distintas tierras y en distintas condiciones que nos pueden producir los más variados frutos; es la semilla de la que se nos hablará en otros momentos que sembrada en tierra se nos queda en el misterio de cómo germina para hacer brotar los tallos de nuevas plantas que un día nos ofrezcan sus frutos; es el grano de trigo que nos dirá Jesús en otra ocasión que ha de ser enterrado para que pudriéndose en la tierra pueda hacer germinar una nueva vida; o será la semilla buena que es sembrada mientras el enemigo al mismo tiempo sembrará la mala semilla haciendo que crezcan juntos el trigo y la cizaña como señal también de esa fortaleza conseguida en la lucha contra el mal.

Hoy se nos ha hablado de ese campo de la vida, con distintos terrenos y distintos cultivos, con personas de las más variadas que darán diferentes respuestas según sean sus propias actitudes y miramos el mundo que nos rodea en su diversidad y complejidad pero donde ha de seguir sembrándose esa semilla de la Palabra de Dios; y nos vemos a nosotros mismos en medio de ese campo, donde igualmente nos veremos influenciados por tan distintas cosas que nos llaman la atención y que nos atraen donde tenemos el peligro de perdernos o de no saber encontrar el sentido de esa semilla que de una forma o de otra va llegando a nosotros.

¿Sabremos discernir de verdad entre esas variadas semillas que llegan a nuestra vida cuál es el trigo bueno que hemos de acoger, bien sembrar y cultivar? Somos los agricultores de ese campo de la vida, y el buen agricultor estudia detenidamente la tierra que ha de cultivar para saber cómo mejor prepararla, pero también busca la semilla más apropiada que pueda ser cultivada en esa tierra para aprovechar las mejores condiciones.

Es la atención con que hemos de vivir la vida, es la atención que hemos de prestar a lo que llega a nosotros para discernir lo bueno y lo mejor. Y es que Dios nos habla, como lo ha hecho a través de todos los tiempos, y nos hace llegar su palabra por diversos caminos algunas veces insospechados; y hemos de saber estar atentos a ese momento en que Dios siempre su Palabra en nuestro corazón desde la Palabra solemnemente proclamada, pero también desde los hechos, la vida, los gestos, las cosas que suceden en nuestro entorno, que se pueden convertir en señales de Dios para nuestra vida.

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás porque así estamos llamados a ser sembradores de esperanza y de vida en medio del mundo que nos rodea.

miércoles, 21 de julio de 2021

Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

 


Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15: Sal 77; Mateo 13, 1-9

Reconocemos que la vida es bien compleja. No todo es un camino o un jardín de rosas, y es que, aunque lo fuera, las rosas también tienen espinas. Es mucho lo que encierra el vivir, porque por una parte vivimos en convivencia con los demás, lo que ya de por sí significará una diversidad grande, porque no todos somos iguales, no todos pensamos ni queremos lo mismo; son muchas las cosas que nos van afectando continuamente en el camino de la vida, nos van influyendo, pueden ir marcando nuestros pasos, pueden incluso ser obstáculo para que alcancemos aquellas metas que nos hemos propuesto no solo a nivel individual sino también en lo que vivimos en comunión con los demás. Y ahí está saber descubrir la verdadera sabiduría de la vida, aquello que nos da sentido a lo que hacemos y vivimos y por lo que luchamos.

Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos habla en parábolas, comparaciones que va tomando de la vida misma, de lo que son las costumbres o de lo que contempla alrededor en el día a día. Hoy nos habla de una semilla y de un campo que es bien diverso; como la vida misma. Salió el sembrador a sembrar y no es que se haya vuelto loco para irse a lanzar la semilla por lugares inverosímiles, sino que ha caminado en medio del campo que tiene delante. Un campo con su diversidad, sus yerbas y abrojos, sus lugares que han sido más pisoteados por los que antes han cruzado por el mismo, las orillas siempre más escarpadas y propensas a matorrales, o lugares que en anteriores cosechas quizás fueron más cuidados. Y la semilla se va repartiendo por todo aquel campo. Así será diverso luego el fruto.

Jesús cuando propone las parábolas quiere hacer pensar a la gente; es la forma de tratar de leer el mensaje para no quedarnos solo en lo superficial; es la forma de que lleguemos a unas conclusiones para la propia vida de cada uno. Porque nos damos cuenta de que nuestra vida es compleja así, como se describe a aquel campo.

No siempre es un buen campo de cultivo, porque muchas veces lo hemos convertido en un campo de batalla; no todo es fácil para realizar porque tenemos nuestras pasiones interiores y tenemos también las múltiples influencias que recibimos de los demás, o de la sociedad en la que vivimos que es tan compleja por otra parte. Muchas cosas se nos vuelven cuesta arriba, porque aunque lo veamos claro, sin embargo las dificultades que se nos presentan muchas veces son grandes.

No andamos buscando culpabilidades, estamos tratando de reflexionar pero ver lo que somos o lo que tendríamos que ser, el camino que estamos haciendo o los caminos que tendríamos que tomar. No es fácil, como decíamos, porque son muchas las cosas que están incidiendo en nuestra vida y aunque quisiéramos y nos diéramos cuenta del valor de la semilla que se nos planta, muchas veces no sabemos cómo hacer. Por eso tenemos que detenernos a pensar con cuidado, a hacer una honda reflexión, a hacer una análisis de nuestra vida, pero también a buscar donde en verdad podemos encontrar ayuda para labrar bien ese campo de nuestra vida.

Por eso termina diciéndonos hoy Jesús ‘el que tenga oídos que oiga’. ¿Tendremos oídos para escuchar o nos habrán entrado sorderas? No hay peor sordo que el que no quiere escuchar.

sábado, 17 de julio de 2021

No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

 


No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21

Vamos a decirlo así, pero en las rutinas de la vida está el que por cualquier motivo nos hagamos la guerra los unos a los otros. Bueno, es lo que vemos con facilidad en nuestro entorno y acaso nosotros podamos caer en esas espirales de violencia que nos creamos algunas veces por verdaderas minucias.

Una palabra dicha en un mal momento es suficiente para que el otro se lo tome a mal como una gran ofensa y ya comencemos con nuestras rencillas, resentimientos que poco a poco van en crecida y de lo que hacemos luego un mundo de guerras y batallas. Cuántos vecinos andan a la greña los unos con los otros por un mal entendido en un momento determinado que no se supo perdonar, sino que eso motivó que luego el ya ahora contrincante le haga algo peor.

Cuántas veces en reuniones vecinales que tendrían que llevar a la concordia y a querer trabajar juntos en una misma dirección para resolver problemas de la comunidad, como el otro opina distinto a lo que yo opino, porque se tomó en un momento determinado una dirección que no era lo que yo desde mis ideas o mis intereses quería, terminan por hacerse la guerra los unos a los otros terminando por convertir lo que tenía que ser un intercambio de ideas en un campo de batalla.

Claro que también hay gente pacífica, que busca el entendimiento, que quiere dialogar y confrontar ideas pero con el deseo de llegar a un acuerdo, gente que sabe perder en un  momento determinado para que no se pierda la paz, gente que da un paso a un lado para dejar que las ideas de los otros caminen y son capaces de poner todos sus deseos de colaboración. Es cierto. No todo es negativo. No siempre son campos de batalla.

Es el mensaje que hoy se nos quiere transmitir en el evangelio. El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús había creado malestar en ciertos sectores de los judíos que estaban a la contra. Hoy vemos en el evangelio que ya hay grupos que estaban buscando la manera de quitar de en medio a Jesús. Pero Jesús en estos momentos no entra al trapo, como se suele decir. Da un paso a un lado y se va por otros lugares para seguir haciendo el anuncio del evangelio. Es cierto que aquellos que lo quieren quitar de en medio lo lograrán un día llevándole a la muerte de cruz, aunque bien sabemos, porque es parte de nuestra fe, que la victoria está de parte de Jesús a quien contemplaremos resucitado de entre los muertos.


Ahora el evangelista al hacernos el relato recuerdo textos de los profetas que hablaban del siervo de Yahvé. ‘Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

Es Jesús, es cierto, el elegido de Dios, el amado en quien el Padre se complace, como escucharemos en el relato de la transfiguración. Como el mismo Jesús había recordado en la sinagoga de Nazaret es aquel sobre quien está el Espíritu del Señor que le ha consagrado y enviado para anunciar la liberación y el año de gracia del Señor. Pero será el que fue anunciado en su nacimiento como el Príncipe de la paz; su misión no es gritar desde la violencia, su camino es el del servicio siendo capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Será el que viene a avivar los rescoldos de esperanza y buena voluntad que quedan en los corazones y el que sabe contar con todos aún con aquellos que son los más despreciados de los hombres.

¿Qué es lo que le vemos realizar en el evangelio? Comerá incluso con los publicanos y los pecadores, porque por encima de su posible pecado El será capaz de apreciar el más mínimo rescoldo de amor. Se le perdonan sus muchos pecados porque amó mucho, dirá cuando la mujer pecadora llore a sus pies y derrame perfumes que llenen con su fragancia toda la casa. Cuenta con todos porque aquellas mujeres pecadoras serán las que lo acompañen incluso hasta el pie de la cruz – allí estaba Magdalena – y un publicano o alguno procedente del grupo de los zelotes formarán parte del grupo de los apóstoles por El especialmente llamados.

¿Aprenderemos nosotros a no convertir en campo de batalla el campo que entre todos hemos de saber cultivar? Creo que el mensaje de Jesús está claro. Si nos dejáramos empapar por este espíritu del evangelio qué distintas serían nuestras relaciones, cuánta colaboración seríamos capaces de poner entre todos.

sábado, 26 de enero de 2019

Sembremos cada día en el campo de la vida la semilla del Evangelio con la esperanza de que un día dará fruto


Sembremos cada día en el campo de la vida la semilla del Evangelio con la esperanza de que un día dará fruto

2 Timoteo 1, 1-8; Sal 95;Marcos 4,26-34

En mis paseos por los campos en los alrededores de donde vivo me suelo encontrar muchas veces a los agricultores afanados en sus tareas de siembra, de cultivo, de cuidado de sus tierras y lo que en ella tienen sembrado. Una tarea ardua pero silenciosa y con esperanza de fruto siempre, en muchas ocasiones en solitario o en otras acompañado de otros jornaleros que les ayudan en sus tareas; muchas veces los veo silenciosos contemplando la tierra en la que han sembrado su semilla esperando verla brotar, el crecimiento de sus plantas y con la esperanza siempre de una buena cosecha.
No siempre quizá germina la semilla como ellos quisieran, en ocasiones por las inclemencias del tiempo se malogran las plantas que han surgido, no siempre la cosecha es la deseada pero allì están ellos siempre con esperanza realizando una y otra vez la siembra. Cuanto nos enseñan todas estas cosas.
Hoy Jesús cuando nos habla del Reino de Dios utiliza estas imágenes del campo, de la siembra y de la siega. Hay que echar la semilla a la tierra y esperar a que germine y un dia llegue a dar fruto. Todo un misterio, un misterio de vida. y nos dice jesus que asi es el Reino de Dios; también hemos de realizar una siembra, pero hemos de tener la paciencia necesario para poder un dia recoger la cosecha. Algo misterioso que se realiza en el corazón del hombre que es el que da respuesta a esa llamada e invitación. Es la obra de a gracia.
Y por ahí anda nuestra tarea de sembradores, porque todos hemos de ser sembradores en este campo del Reino de Dios. Es nuestra tarea, sembramos y cultivamos, sembramos y nos llenamos de esperanza, sembramos y nos confiamos en la gracia del Señor que es el que mueve los corazones.
Algunas veces parece que queremos precipitarnos, queremos recoger el fruto enseguida cuando eso no es lo que a nosotros corresponde. Sentimos desaliento quizás porque no siempre vemos la respuesta o vemos el campo demasiado lleno de cizaña. Tenemos que dejar el actuar de Dios, pero por nuestra parte no nos podemos cansar de sembrar y en la medida en que está en nuestra manos ir cultivando. Como el agricultor que cultiva la tierra, y en pequeños detalles va facilitando que la semilla germine y la nueva planta pueda dar fruto un dia.
Será nuestra palabra, pero será nuestro testimonio, será el consejo bueno que sepamos dar en su momento, o el ejemplo de nosotros ir delante abriendo caminos para aquellos que nos acompañan en este peregrinar. Nunca podemos ser obstáculo, siempre tenemos que ser ayuda, cauce, personas que abramos camino.
No tengamos miedo de que lo que hacemos pueda parecer pequeño e insignificante. El grano de mostaza del que nos habla Jesús en la parábola es un semilla insignificante, pero en ella está la vida de una nueva planta que pueda surgir. Por eso en esas cosas pequeñas y sencillas que cada dia hacemos está la semilla de la vida que queremos transmitir a los demás, ahí se manifiesta la fortaleza de Dios. No dejemos de hacer algo bueno aunque nos pueda parecer pequeño porque eso puede ser una gracia de Dios no solo para nosotros sino también para los demás. Así desde esas pequeñas cosas también construimos el Reino de Dios.