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domingo, 6 de octubre de 2024

Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

 


Amor, comunicación y comunión, camino de plenitud no solo de un yo sino de un nosotros, que nos engrandece y dignifica, signo e imagen del amor de Cristo por su Iglesia

Génesis 2, 18-24; Sal. 127; Hebreos 2, 9-11; Marcos 10, 2-16

Hemos sido creados para ser felices alcanzando la plenitud de nuestro ser como personas. Una plenitud que fundamentamos en el pleno desarrollo de nuestro ser como personas, en la corporeidad de nuestra presencia pero también en lo más profundo que llevamos dentro de nosotros que nos eleva y nos lleva mas allá de ese cuerpo para sentir la fuerza del espíritu dentro de nosotros que nos hace ser nosotros mismos, para disfrutar todo lo que somos, todas las capacidades y posibilidades que tenemos en nosotros mismos; pero esa plenitud, tenemos que reconocer, no se encierra en el yo sino que siempre estará en relación con un tú que hace un nosotros. Ese es el camino que nos conduce a la mayor plenitud de nuestro ser.

Somos relación, no somos soledad aislada; estamos llamados a la relación y a la comunicación que nos lleva a una comunión que es la que nos va a dar esa verdadera plenitud, por eso decimos que somos seres sociales, y no podemos vivir aislados de todo y de todos. Pero nuestra relación no es solo una cosa material, entra nuestro ser espiritual que es por donde podemos alcanzar la mejor comunión. Y esa relación es con otros seres que son como nosotros, con la misma dignidad y también con los mismos deseos de plenitud; es una relación personal que nos hace entrar en una comunión de personas. Y el lazo más hermoso y profundo para ello es el amor. Estamos llamados al amor.

‘No está bien que el hombre esté solo’, decía el Génesis; ninguno de los otros seres de la creación podían llenar de satisfacción al hombre; pueden ser presencias a nuestro lado de las que nos valgamos para muchas cosas, pero esa comunión desde lo más hondo solo se podrá tener con quien sea carne de mi carne y hueso de mismos huesos, con quien tenga la misma dignidad humana.

Una comunión que porque todos nos amamos y respetamos nuestra dignidad vamos haciendo en la relación con todos los que son como nosotros, pero que va a encontrar su plenitud en esa comunión plena de amor que es el matrimonio. Un hermoso edificio a construir que nos llenaría de la felicidad más plena, pero que tenemos que saber fundamentar muy bien.

Pero aunque estamos llamados y hemos sido creados para esa comunión sin embargo no siempre será fácil. Cuando se introducen en nosotros elementos que nos hacen perder de vista esa grandeza y dignidad de toda persona se debilita esa comunión porque se debilita el amor como la donación más sublime que podemos hacer de nosotros mismos. Entraremos en un camino no de donación sino de dominio y de imposición, que es destruir desde la base, desde los cimientos ese edificio de comunión que nos llevaría a la plenitud de nuestro ser y nuestra vida. Se nos endurece el corazón. El egoísmo que nos quiere hacer dominadores nos destruye esa capacidad de un amor en plenitud.

En el evangelio hoy le plantean a Jesús una cuestión que tiene actualidad y se agudiza en todos los tiempos. Jesús reconociendo nuestra debilidad y la dureza que se nos introduce en el corazón nos lleva a considerar lo que está en el origen de la vida y del ser humano. Lo que Dios quiso para el hombre desde siempre, desde toda la eternidad podemos decir, creándonos con esa dignidad igual en todo ser humano y con esa capacidad para el amor y para la comunión.

Sigue siendo piedra de tropezar en todos los tiempos y hemos de considerar esas claves fundamentales que parten de la dignidad de toda persona humana. Cuando lo tenemos en cuenta nunca entraremos en caminos de imposición sino de comunión, por eso para realizar bien ese camino tenemos que saber despojarnos de nuestros orgullos y de esos resabios de egoísmo que nos encierran en nosotros mismos. El orgullo es mal compañero para un camino de comunión que necesariamente tenemos que saber hacer juntos.

Es saber ponernos al lado del otro que camina conmigo y con el que yo camino. Un camino en el que tenemos que saber ayudarnos mutuamente, comprendiendo las limitaciones que cada uno pueda tener. Es cuando nos sentiremos felices de lo logrado juntos, es la felicidad de un amor verdadero que siempre busca el darse porque ama, porque no pensando solo en si mismo quiere el bien del otro que también me hará feliz a mi.

Un camino de comunicación para que podamos llegar a esa comunión; un camino de búsqueda constante siempre de lo mejor que nos haga felices a todos; un camino de desprendimiento de si mismo que nos hace humildes, sencillos y cercanos; un camino que rehacemos y reemprendemos continuamente desde los errores cometidos porque a nadie culpabilizamos sino que en todo comprendemos; un camino que nos ayuda a crecer en todo aquello que nos lleve a esa plenitud del nosotros.

Por algo quiso Dios, como nos lo expresa san Pablo, que el amor de un hombre y una mujer es imagen del amor que Cristo tiene a su Iglesia. Un amor el del matrimonio que se desprende del amor que Dios nos tiene, pero que cuando lo vivimos en plenitud se convierte en signo e imagen del amor de Cristo a su Iglesia.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

 


Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

Cuando se acerca a nuestra puerta, nos cruzamos por la calle o nos encontramos en un lugar de convivencia pública con una persona extraña, reconozcamos que de alguna manera nos ponemos como en guardia, nos mostramos precavidos, no mostramos demasiada familiaridad o pretendemos guardar las distancias; es cierto que en la sociedad actual estamos disfrutando de una gran movilidad y nos es fácil encontrarnos con gente extranjera que viene a visitar nuestro lugar, vivimos en un mundo de mas intercambio intercultural incluso, sin embargo hay algo que tenemos que reconocer; quizás a aquel que miramos con ojos de turista, por decirlo de alguna manera, nos es más fácil aceptarlo, porque hasta vemos una fuente de ingresos para la economía del lugar, sin embargo, seamos sinceros, ante los que vemos o consideramos como inmigrantes ilegales – en nuestras islas en este momento es un problema acuciante – no los tratamos con el mismo espíritu de acogida; son aquellos a los que ponemos distancia, de los que desconfiamos y hasta la sociedad hace sus campañas que creo que están muy llenas de inhumanidad.

Creo que con cosas en las que tenemos que pensar, tienen que hacernos reflexionar, por razones de humanidad, pero también desde nuestro sentido cristiano de la vida tenemos que ver cual tiene que ser realmente nuestra reacción. Me ha dado pie a esta reflexión que me estoy haciendo y compartiendo precisamente el evangelio que hoy se nos ofrece.

En este caso es Jesús el que no está en los límites de la tierra de Israel, se ha salido, por decirlo así, por las regiones cananeas por el norte, donde ya precisamente no son los judíos los que predominan entre los habitantes del lugar. Dice el evangelio que Jesús se retiró por aquellos lugares, ¿sería probablemente en esos momentos en que quería estar más a solas con sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo? En territorios cercanos fue donde Jesús les hacia la gran pregunta sobre lo que la gente pensaba de El y ellos mismos también.

Es ahora una mujer cananea la que viene detrás de Jesús llorando y suplicando. Tiene una hija enferma y quizás habiendo oído hablar de los signos que Jesús hacía viene a pedirle por la salud de su hija. Parece que Jesús no le hace caso e incluso los mismos discípulos quieren que la atienda por quitársela de encima. ¿Haremos alguna vez nosotros algo por quitárnoslo de encima? Podría ser una buena pregunta que también nos hiciéramos.

Jesús le dice que no ha venido sino por las ovejas descarriadas de Israel, y en este caso no es una oveja descarriada de Israel, pues es una cananea. Pero la mujer no se acobarda en su súplica, y aunque Jesús le dice que no es bueno echar el pan de los hijos a los perros – aquí habría una consideración con esa palabra con la que los judíos se referían en ocasiones a los gentiles por no tener la fe judía – aquella mujer sigue creyendo y confiando, porque también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Conocemos la alabanza de Jesús de la fe aquella mujer. ‘Grande es tu fe’ y la niña se curará. Pero vamos a quedarnos en la actitud de aquella mujer que no siendo judía sin embargo acude con gran fe a Jesús. Y quiero mirar a esos inmigrantes, que nos viene de otras tierras pasando también grandes calamidades para poder llegar a nuestras costas – ¡cuántos se quedan tragados por el mar en tantos naufragios de los que no podemos tener ni siquiera el número! – y que ahora nos encontramos de aquí para allá porque están buscando una vida mejor, una oportunidad en la vida, una mano que los ayude a encontrar caminos nuevos.

Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, en nuestras plazas o en nuestros medios de transporte ¿nos habremos detenido a mirarles a los ojos para tratar de descubrir realmente lo que hay detrás de esas vidas? Los miramos de soslayo quizás y nos apartamos a un lado a su paso pero, ¿qué sabemos de sus vidas, de las familias que quedaron allá en sus lugares de origen esperando quizás una ayuda que ellos les puedan mandar desde esta tierra que ellos sueñan como tierra de promisión?

Me he querido fijar de manera especial en esta situación de los inmigrantes que de esa manera llegan a nuestras costas, pero lo mismo podríamos preguntarnos qué es lo que conocemos que se encierra detrás de esas manos y de esas miradas de quienes nos piden una ayuda.

Jesús se sentó a hablar con aquella mujer cananea ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo?

sábado, 4 de mayo de 2024

Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

 


Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Si lo que yo quiero es bueno, no quiero hacer daño a nadie sino que más gasto mi tiempo en los demás, ¿por qué me quieren tan mal? ¿Por qué esas envidias y zancadillas que me voy encontrando por todas partes?

Son cosas que algunas veces piensan las personas que trabajan por los demás, que viven, por ejemplo, un compromiso social intenso y lo que tratan siempre es de arreglar las cosas, que todo vaya mejor; pero siempre hay quien quiere meter la zancadilla, siempre habrá personas que desconfían de todo y ya están pensando de esa persona que hace por los demás que algunos intereses ocultos tendrá, que alguna tajada se sacará de todo eso.

Es el frente de la malicia que siempre va a la contra de la bondad; es el rechazo que tenemos ante todo lo que nos venga del otro, y nos cuesta aceptar su buena voluntad, sus trabajos desinteresados. Claro que quien está sufriendo ese acoso después de lo que intenta hacer por los demás sienten que se le socavan los cimientos y parece que se siente solo y sin fuerzas. Cuántas veces que después de unos años dedicándose así a los demás terminan quemados, y al final arrojan también la toalla y no quieren seguir metidos en conflictos.

Es necesario tener una gran fortaleza interior, estar preparado para cuando nos puede sobrevenir, sentir los apoyos necesarios, quizás empezando por la familia – que algunas veces se vuelve también detractora de lo que hacemos -, apoyo de quienes le rodean, o de quien le ha confiado la misión que se ha puesto en sus manos. Sentimos a veces esa debilidad interior.

Jesús nos está hoy preparando, como iba preparando al grupo de los discípulos que tenía más cerca de sí, con ese tenerles a su lado, con esas enseñanzas que de manera especial tenía para ellos, con esos momentos en que los llevaba solos a algún lugar. ¿Unas vacaciones espirituales? ¿Unos retiros espirituales? Jesús vemos que los practicaba con ellos, aunque entonces no les dieran esos nombres, que con el paso del tiempo nosotros nos hemos dado a esas situaciones. Jesús también habla para todos los que quieran seguirle, para que comprendan que el camino no es de rosas, porque en medio nos podemos encontrar muchas espinas.

Y Jesús les dice que miren lo que han hecho con El, y que ‘el discípulo no es mayor que su maestro’. No hay mejor preparación que tener claro el camino que vamos a emprender, las dificultades y obstáculos que podemos encontrar, las persecuciones incluso que se desatarán contra nosotros. ¿Qué estoy haciendo de malo? Nos preguntábamos al principio cuando nos plateábamos el tema, y veíamos que queríamos hacer lo bueno y lo que íbamos a encontrar era oposición.

‘Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, les dice Jesús.  Y es que el seguidor de Jesús, que vive en medio del mundo, en medio de diversas situaciones, en medio de gente muy variada, sin embargo ha de reflejar algo distinto. No somos iguales. Ni nos consideramos mejores ni superiores.

Pero tenemos nuestras metas, tenemos nuestros ideales, tenemos un camino que nos señala el evangelio y eso nos hace tener unas actitudes distintas hacia los demás, unos comportamientos en los que tiene que reflejarse siempre la rectitud y el buen hacer, y hay algo especial que tiene que resplandecer en nosotros que es el amor; y eso tiene sus consecuencias en la vida y en nuestra manera de actuar; en nuestro corazón siempre tendrá que brillar la misericordia y la compasión, siempre tenemos que ir con la mano tendida por delante porque buscamos paz, buscamos la reconciliación, buscamos algo nuevo para nuestro mundo, siempre tienen que estar presentes las actitudes del perdón.

Y eso choca al mundo que nos rodea. Nos convertimos como Jesús, como había anunciado el anciano Simeón, en signos de contradicción en medio del mundo. Normal es que no todos nos entiendan. Pero nosotros sí tenemos que entendernos a nosotros mismos y cuales son nuestras metas y nuestros caminos.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

 


Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

En la vida siempre hay quien lleva filtros en los ojos. Como esos que siempre llevan entintados los cristales de sus gafas; entonces todo lo que miran es con el color del cristal a través del cual están mirando. Lo pueden ver todo turbio o lo pueden ver con negruras, depende de la suciedad a través de la cual miran o de la oscuridad que llevan en la vida.

Cuando nos entra desconfianza en el corazón hacia alguien siempre veremos de manera turbia todo lo que haga esa persona; diremos que esa persona obra por mala intención sin darnos cuenta que quienes llevamos la mala intención en el corazón somos nosotros con nuestra desconfianza, o con nuestra malicia. Personas que siempre están al acecho, están detrás de las mirillas de sus ventanas observando, interpretando, juzgando… condenando, porque las cosas no son como a ellos les gustaría, porque con nuestra malicia interpretamos lo que hacen poniendo malicia o doble intención.

Nacen las criticas sin razón y siempre destructivas. Aparecen las discriminaciones y los rechazos. No somos capaces de ver lo bueno porque siempre tendremos ‘un pero’ que poner. Está detrás nuestra autosuficiencia y el desprecio. Son nuestras miradas puritanas pero que encierran una falsedad en nuestro corazón. Nos volveremos destructivos porque siempre queremos echar abajo lo que los otros realicen y a la menor oportunidad trataremos de rehacer a nuestra manera lo que los otros hayan realizado. No se soporta lo bueno que puedan hacer los demás sobre todo si consideramos que no son de los nuestros.

Lo estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad; somos tan partidistas que solo lo que hagan los nuestros será bueno; en nosotros no veremos nunca ningún defecto, ningún error, trataremos de ocultar los fallos que puedan tener los que son de nuestro bando, intentaremos salpicar de maldad todo lo que hacen los demás. No somos capaces de caminar en nuestra sociedad aunando esfuerzos; no queremos escuchar lo que nos puedan ofrecer los demás, aunque luego cuando ya no nos quede más remedios intentaremos hacerlo como si fueran ideas nuestras cuando antes siempre estábamos en contra. Problemas del día a día de nuestra vida social donde tampoco sabemos perder y reconocer el éxito que puedan lograr los demás.

¿Cuándo aprenderemos a buscar lo bueno y lo mejor entre todos en un armonioso diálogo? ¿Cuándo dejaremos a un lado esa acritud que tan fácilmente aparece en los diálogos o discusiones que podamos mantener para ofrecer cada cual las mejores ideas para el bien de todos? Lo malo es que estas actitudes de nuestros dirigentes van contagiando a todos, y las nuevas generaciones serán igualmente partidistas, poco dialogantes y violentas. Nos quejamos de esa violencia que cada vez más agravada en multitud de actos públicos, pero ¿a quien están imitando? ¿Qué se ve en los que se llaman dirigentes de nuestra sociedad?

Son aspectos humanos que tenemos que saber mejorar, son actitudes nuevas que tenemos que saber poner en juego en nuestra sociedad quienes nos decimos seguidores de Jesús. El padeció también esas violencias y rechazos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que en la sinagoga aquel sábado estaban al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Y el que pasó haciendo el bien no podía dejar que un ser humano siguiera sufriendo simplemente por la intransigencia de algunos.

Había allí un hombre con una mano paralizada, pero no querían permitir que Jesús lo curara, estaban al acecho; ya estaban apareciendo las desconfianzas contra Jesús y todo lo que hacia Jesús tenía que pasar por el filtro de aquellos ojos llenos de desconfianza y de maldad.

Y Jesús nos dice que siempre tenemos que hacer el bien, que no podemos permitir el sufrimiento de nadie si está en nuestras manos remediarlo; Jesús nos está pidiendo que vayamos por la vida con  mirada limpia sabiendo recoger todo lo bueno, venga de donde venga. Jesús nos pide que no andemos encorsetados con normas y preceptos que no ayudan al bien del hombre, al bien de la persona. Jesús nos está pidiendo que comencemos a hacer un mundo de mayor armonía y paz, que busquemos siempre el encuentro y el diálogo, que sepamos respetar y valor lo bueno del otro, que arranquemos de una vez para siempre las malicias y desconfianzas del corazón. Son los estilos del Reino de Dios.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor ha querido transmitirnos en nuestro encuentro con El

 


Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor ha querido transmitirnos en nuestro encuentro con El

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104;  Lucas 18,1-8

Normal es que cuando necesitamos urgentemente una cosa y sabemos que podemos obtenerla de alguien que la posee, le roguemos insistentemente a esa persona para conseguir lo que deseamos o lo que necesitamos; una insistencia a la que no pondría límites, aunque es cierto que cuando tenemos la negativa por respuesta poco a poco desistamos y lo demos por perdido.

Pero una cosa es pedir en nuestra necesidad y otra cosa es escuchar lo que se nos pide. O simplemente escuchar a alguien que viene contándonos sus problemas o cosas de su vida; al final aunque aparentemente quizá por educación o delicadeza parezca que estamos atentos, en el fondo estamos haciendo oídos sordos a aquello que nos cuentan o que nos piden. Pronto nos cansamos de escuchar.

Y todos tenemos necesidad de que ser escuchados, pero sabemos bien que muchas veces nos vamos encontrando un mundo de sordos, pero sordos interesados; escuchamos lo que nos apetece o lo que nos conviene. En un mundo en que se dan las comunicaciones hoy de forma instantánea de un lado a otro del mundo, quizá vivimos incomunicados con los que tenemos más cerca.

Cuánta necesidad tenemos de ser escuchados, cuanto se necesita saber escuchar para poder entrar en una buena relacion en la vida; ese no escucharnos puede crear tensiones como puede crear indiferencia e insolidaridad en nuestro corazón, o ser fruto de ello.


Hoy en el evangelio se nos dice que para enseñarnos Jesús cómo debemos orar con perseverancia sin desfallecer les propuso una parábola. Y habla de la viuda que pide insistentemente justicia a un juez que sus maneras no son precisamente las de un juez que obra con justicia, porque no quiere escuchar ni atender las peticiones de aquella mujer, pero que al final ante la insistencia de la viuda escuchó y atendió su petición. Normalmente la interpretación que hacemos de esta parábola es constatar la insistencia de aquella mujer, como modelo de nuestra insistencia en nuestras peticiones en la oración que al final siempre seremos escuchados. Pero ¿no nos querrá decir algo más la parábola?

Partimos muchas veces del concepto de oración como de petición; oramos porque vamos a pedir algo. Pero la oración es algo más. La oración tiene que ser encuentro; la oración es diálogo del hombre con Dios. No es que nosotros pidamos y Dios nos escuche, sino que en toda verdadera oración ha de estar por nuestra parte esa actitud de humilde escucha ante Dios. ¿Será algo que hacemos? ¿No tendríamos que abundar en este aspecto de una verdadera oración donde de verdad nosotros nos pongamos en actitud de escuchar a Dios?

Si antes hablábamos de esa necesidad de escucha que tenemos nosotros, de escuchar y de ser escuchados para que haya una verdadera y humana comunicación entre nosotros ¿no tendríamos que aplicar eso también a nuestra oración como escucha de Dios en nuestro corazón?

Eso tendría que ser así siempre en nuestra oración personal, pero esto es lo que tendría que ser siempre nuestra oración comunitaria. Realmente se nos ofrece, porque siempre se nos ofrece la Palabra de Dios que hemos de escuchar, pero pensemos si acaso cuando venimos a nuestras celebraciones no vendremos más preocupados por lo que hoy tenemos que pedirle a Dios, por aquellas personas o cosas por las que hemos de pedir, pero no estamos tan preocupados y atentos para abrir nuestro corazón y escuchar aquello que el Señor quiere comunicarnos.

Que cuando salgamos de nuestra oración, cuando salgamos de nuestras celebraciones llevemos muy claro qué es lo que el Señor hoy ha querido transmitirnos, decirnos allá en lo más hondo de nuestro corazón.

sábado, 17 de julio de 2021

No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

 


No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21

Vamos a decirlo así, pero en las rutinas de la vida está el que por cualquier motivo nos hagamos la guerra los unos a los otros. Bueno, es lo que vemos con facilidad en nuestro entorno y acaso nosotros podamos caer en esas espirales de violencia que nos creamos algunas veces por verdaderas minucias.

Una palabra dicha en un mal momento es suficiente para que el otro se lo tome a mal como una gran ofensa y ya comencemos con nuestras rencillas, resentimientos que poco a poco van en crecida y de lo que hacemos luego un mundo de guerras y batallas. Cuántos vecinos andan a la greña los unos con los otros por un mal entendido en un momento determinado que no se supo perdonar, sino que eso motivó que luego el ya ahora contrincante le haga algo peor.

Cuántas veces en reuniones vecinales que tendrían que llevar a la concordia y a querer trabajar juntos en una misma dirección para resolver problemas de la comunidad, como el otro opina distinto a lo que yo opino, porque se tomó en un momento determinado una dirección que no era lo que yo desde mis ideas o mis intereses quería, terminan por hacerse la guerra los unos a los otros terminando por convertir lo que tenía que ser un intercambio de ideas en un campo de batalla.

Claro que también hay gente pacífica, que busca el entendimiento, que quiere dialogar y confrontar ideas pero con el deseo de llegar a un acuerdo, gente que sabe perder en un  momento determinado para que no se pierda la paz, gente que da un paso a un lado para dejar que las ideas de los otros caminen y son capaces de poner todos sus deseos de colaboración. Es cierto. No todo es negativo. No siempre son campos de batalla.

Es el mensaje que hoy se nos quiere transmitir en el evangelio. El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús había creado malestar en ciertos sectores de los judíos que estaban a la contra. Hoy vemos en el evangelio que ya hay grupos que estaban buscando la manera de quitar de en medio a Jesús. Pero Jesús en estos momentos no entra al trapo, como se suele decir. Da un paso a un lado y se va por otros lugares para seguir haciendo el anuncio del evangelio. Es cierto que aquellos que lo quieren quitar de en medio lo lograrán un día llevándole a la muerte de cruz, aunque bien sabemos, porque es parte de nuestra fe, que la victoria está de parte de Jesús a quien contemplaremos resucitado de entre los muertos.


Ahora el evangelista al hacernos el relato recuerdo textos de los profetas que hablaban del siervo de Yahvé. ‘Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

Es Jesús, es cierto, el elegido de Dios, el amado en quien el Padre se complace, como escucharemos en el relato de la transfiguración. Como el mismo Jesús había recordado en la sinagoga de Nazaret es aquel sobre quien está el Espíritu del Señor que le ha consagrado y enviado para anunciar la liberación y el año de gracia del Señor. Pero será el que fue anunciado en su nacimiento como el Príncipe de la paz; su misión no es gritar desde la violencia, su camino es el del servicio siendo capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Será el que viene a avivar los rescoldos de esperanza y buena voluntad que quedan en los corazones y el que sabe contar con todos aún con aquellos que son los más despreciados de los hombres.

¿Qué es lo que le vemos realizar en el evangelio? Comerá incluso con los publicanos y los pecadores, porque por encima de su posible pecado El será capaz de apreciar el más mínimo rescoldo de amor. Se le perdonan sus muchos pecados porque amó mucho, dirá cuando la mujer pecadora llore a sus pies y derrame perfumes que llenen con su fragancia toda la casa. Cuenta con todos porque aquellas mujeres pecadoras serán las que lo acompañen incluso hasta el pie de la cruz – allí estaba Magdalena – y un publicano o alguno procedente del grupo de los zelotes formarán parte del grupo de los apóstoles por El especialmente llamados.

¿Aprenderemos nosotros a no convertir en campo de batalla el campo que entre todos hemos de saber cultivar? Creo que el mensaje de Jesús está claro. Si nos dejáramos empapar por este espíritu del evangelio qué distintas serían nuestras relaciones, cuánta colaboración seríamos capaces de poner entre todos.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

 


El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los valores que se intenta mantener en todo su esplendor en las fiestas de navidad es que son unas fiestas entrañablemente familiares como una de las cosas que nos ha dolido más en las circunstancias actuales de la celebración de la navidad de este año es precisamente el no poder vivir con la intensidad acostumbrada este sentido familiar de la Navidad. Es cierto que todo tiene sus excesos y en cierto modo limitaciones como todo lo humano y por otra parte el darle tanto valor a la cena familiar haya quizá mermado en cierto modo el sentido religioso de la navidad, pues quizá se restaba la posibilidad de una participación en la celebración litúrgica de la Misa del Gallo o Misa de Nochebuena.

Precisamente en este domingo siguiente al día de la Natividad del Señor la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret donde quiso Dios que se encarnase, naciese y creciese en lo humano el Hijo de Dios que se hizo  hombre. Una mirada a ese Hogar de Nazaret, escuela y semillero del amor más hermoso, como es el amor familiar. Y el niño crecía en edad, sabiduría y gracia en el seno de aquel hogar.

Vino Dios a hacerse uno como nosotros y será como niño en el seno de ese hogar donde aprenderá a hacerse hombre, a crecer en edad y en sabiduría, a crecer y a madurar en lo humano como toda persona que tiene en el hogar y en el seno de la familia ese semillero donde va a aprender y a desarrollar todos esos valores humanos de la persona que le llevarán por caminos de gracia y de plenitud.

La convivencia familiar es esa hermosa escuela donde aprendemos los mejores valores que nos hacen más humanos; es el encuentro y es el diálogo en común, es ese intercambio de experiencias pues lo vivido por unos miembros de la familia servirá de base y de modelo para lo que los otros han de vivir también, es la confianza que nos hace sentirnos mutuamente apoyados, es el caminar juntos afrontando dificultades y problemas que siempre en toda familia van a aparecer pero tratando siempre de sentirnos verdaderamente solidarios para juntos resolverlos y superarlos, es ese abrirme al otro y a lo otro porque nos damos cuenta que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es el aprender a levantar la mirada para ver horizontes más amplios que los caprichos particulares pero también para sabernos elevar a ideales y metas superiores dándole una mayor trascendencia a la vida, es el darnos cuenta que somos algo más que cuerpo y carne y que hay un espíritu dentro de nosotros que nos eleva y nos hace también trascender todas las cosas en Dios.

Es un camino que día a día vamos desbrozando, en el que tropezamos quizá muchas veces y hasta nos hacemos daño, pero sabemos que en el calor del amor del hogar y de la familia todas esas heridas se curan porque en quienes se aman de verdad siempre hay capacidad de perdón superando y olvidando aquellas cicatrices que nos hayan podido quedar de las luchas de la vida. Es lo que todos con mayor o menor perfección hemos vivido en la vida en el seno de nuestros hogares, que bien sabemos que no son perfectos porque limitados y llenos de debilidades somos cada uno de nosotros. Pero la convivencia nos enseña a amarnos, a comprendernos, a tendernos la mano, a perdonarnos una y otra vez, a saber comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es la realidad que hoy contemplamos también en aquel hogar de Nazaret donde nació y creció el Hijo de Dios al hacerse hombre. No faltaron dificultades a aquella familia que queremos llamar sagrada, porque ya el nacimiento del niño fue en extrañas e incómodas circunstancias lejos del hogar de Nazaret y sin tener ni siquiera posada que los acogiera en su obligatoria llegada a Belén. Pero será la huída a Egipto y como destierro huyendo de Herodes que quería atentar contra la vida del Niño y su camino itinerante hasta llegar de nuevo a Nazaret; será la vida de un pobre artesano que no destacaría por sus riquezas y posibilidades, pero que enseñaría muy bien que el Hijo del Hombre no tendrá ni donde reclinar su cabeza.

Pero es la vida de unos creyentes con su esperanza puesta en Dios a los que vemos subir al templo por una parte para cumplir los ritos de la presentación del primogénito al Señor o para la celebración de la Pascua. Como nos dirá más tarde san Lucas ‘como era su costumbre fue a la sinagoga el sábado’, que era el día del encuentro y de la escucha de la ley y los profetas como lo era del culto debido al Señor y ofrecido en la oración de la comunidad.

Fue la escuela del aprendizaje de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros miramos a aquel hogar y a aquella sagrada Familia de Nazaret porque también queremos que sea escuela de aprendizaje para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias. Hoy miramos a aquella Familia de Nazaret y pensamos en nuestras familias y pedimos por nuestras familias, pero queriendo hacer más amplia nuestra oración tenemos en cuenta y pedimos por las familias en dificultades, por las familias rotas, por las familias donde falta el calor del amor y de la buena convivencia.

Que encontremos un verdadero estímulo para nuestro camino y para el camino de las familias tan importante y esencial para hacer un mundo mejor. Con unas familias sanas tendremos un mundo sano; con unas familias llenas de amor tendremos un mundo mejor.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

La esperanza nos anima, la confianza en el Señor pone fortaleza en nuestros pasos, la asistencia del Espíritu pone incluso en la adversidad alegría en el corazón

 

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La esperanza nos anima, la confianza en el Señor pone fortaleza en nuestros pasos, la asistencia del Espíritu pone incluso en la adversidad alegría en el corazón

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Dar la cara a veces nos resulta costoso y difícil; y no digamos poner el otro lado de la cara como nos sugerirá Jesús en otro momento del evangelio. Pero a lo que me quiero referir es a dar la cara; nos vemos como acosados, rodeados de gente que tienen otras opiniones, otros planteamientos de la vida, y parece que nos encontramos solos, y nos cuesta enfrentarnos y responder, situaciones así las vivimos entre una discusión de amigos cuando hablamos acaloradamente de un tema que a todos nos interesa pero en el que hay divergencias, pero nos encontramos con otros aspectos en que nos pueden afectar a nuestra vida, nuestra relación con los demás, porque sentimos que esas divergencias que tendrían que llevarnos a un diálogo constructivo, pueden sin embargo terminar en enfrentamientos o en situaciones en que se ponga en peligro nuestra amistad.

Estamos hablando de cosas genéricas, pero al hilo del evangelio llegamos a los planteamientos que nos hace nuestra fe y la contrariedad de cuantos nos vamos a encontrar en contra (valga la redundancia). Es cuando en ocasiones parece que nos sentimos desnudos enfrente del mundo porque hablar de la religión y en contra de la Iglesia parece que es una moda o es algo en lo que se pueda ganar puntos en esta sociedad tan diversa y tan adversa para tantas cosas.

Sabemos que no es fácil dar la cara por nuestra fe, sabemos como tratarán de desprestigiarnos y quitarnos autoridad sacando todos los trapos sucios que sean con tal de achatarnos, sabemos como muchas veces nos encontramos con una fobia a todo lo que suene a religión, dios, fe, iglesia, ser cristiano y algunas veces hasta de personas cercanas a nosotros o de personas que algunos momentos de su vida participaron incluso intensamente en las actividades de la Iglesia o han recibido en su vida mucho de manos de la Iglesia.

Hoy Jesús en el evangelio frente a todas estas situaciones nos habla de perseverancia en nuestro testimonio, de la respuesta llena de paz y llena del Espíritu que tenemos que dar. Porque somos humanos y también nos sentimos heridos en lo más hondo de nosotros cuando se meten con nuestros principios o nuestra manera de vivir, y tenemos el peligro de una respuesta violenta. En el mundo escuchamos decir que la mejor defensa es un ataque, pero ese no puede ser de ninguna manera nuestro estilo. Nos recomemos por dentro y querríamos sacar también trapos sucios para nuestra defensa pero esa no es la manera de responder de un cristiano. Por eso Jesús nos dice que no nos preocupemos de nuestra defensa porque será el Espíritu Santo el que pondrá fuerza en nuestro corazón y palabras en nuestros labios para responder a todo esto.


Hoy precisamente estamos celebrando a una santa que resplandeció con esa sabiduría de sus palabras asistida por el Espíritu del Señor, porque eso incluso la proclamamos patrona de los filósofos. Santa Catalina de Alejandría que cuando estaba en medio de la fuerte persecución que sufría a causa de su fe, llegó a callar a los más sabios de su época con la sabiduría de sus palabras. El Espíritu del Señor estaba actuando en ella como nos había anunciado Jesús.

Por eso nuestra respuesta como decíamos pasa por el testimonio de fidelidad que manifestamos en nuestra vida frente a todas las persecuciones, la fortaleza del Espíritu que nunca nos faltara, pero finalmente Jesús nos habla también de perseverancia. Cuesta perseverar sobre todo en los momentos de dificultad y adversidad, cuesta mantenernos en ese camino de fidelidad que vemos que colateralmente nos trae momentos de sacrificio e incluso de sufrimiento. Pero Jesús termina diciendo ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. La esperanza nos anima, la confianza en el Señor pone fortaleza en nuestros pasos, la asistencia del Espíritu pone incluso en la adversidad alegría en el corazón.

martes, 7 de julio de 2020

Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer


Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38
Pudiera sucedernos que estuviéramos contemplando la misma cosa, el mismo hecho, pero no estuviéramos viendo lo mismo. La perspectiva desde donde lo miremos nos cambia el ángulo de visión y uno podrá estar viendo una lado que el otro no ve; esto que desde esa visión natural, desde esa perspectiva natural parece no tener mucha importancia sin embargo ante los acontecimientos de la vida, el actuar que los hombres vamos haciendo en la historia puede hacernos dar un cambio de visión mucho más radical.
Nuestras perspectivas pueden ser las ideologías, nuestra manera de pensar o de la forma que tenemos de ver las cosas, nuestros intereses particulares, los prejuicios que tengamos de antemano y de los que no nos liberamos tan fácilmente motivan esas diferentes maneras de ver la vida y hasta los enfrentamientos que podemos tener. No digamos nada cuando entran en juego nuestras opciones políticas, o cuando entran en juego nuestras expectativas económicas con todos los intereses asociados.
Hoy contemplamos en el evangelio como han llevado a un hombre poseído por un espíritu maligno que le impedía hablar. Jesús le libera de su mal y aquel hombre comienza a hablar; pero aquí vienen las distintas reacciones, mientras la gente sencilla que hay contemplado el hecho alaba y bendice al Señor por las maravillas que realiza Jesús, por su parte los fariseos llenos de malicia que no quieren admitir la obra de Dios en lo que Jesús realiza blasfeman diciendo que Jesús ha expulsado el espíritu maligno por obra del príncipe de los demonios. La gente sencilla que tiene el sentido de Dios sabe descubrir las maravillas del Señor, pero quienes tienen lleno su corazón de malicia y maldad todo lo verán desde la negrura de su espíritu.
Nos hace falta esa mirada limpia, necesitamos quitarnos esas lentes que nos ponemos en la vida y que nos distorsionan lo que vemos. Cuando nos pasa en nuestras relaciones con los demás, cómo nos cuesta aceptar lo bueno que hace el otro, siempre parece que tenemos que poner una objeción pero impulsados quizá por la malicia y la desconfianza que hay en el corazón. Son los enfrentamientos y las luchas que tenemos en la vida de cada día, es el que no querer respetar lo bueno de los otros, es el creemos tan engreídos que nosotros solos sabemos hacer las cosas y los demás no saben, es el espíritu desconfiado que nos lleva a la destrucción y a la ruptura, porque son las rupturas que nos creamos entre nosotros, los distanciamientos y la malicia que ponemos en nuestro corazón.
Y cuidado nos contagiemos de ese virus, porque vivimos en la sociedad en una continua tensión y las violencias se nos meten fácilmente en nuestras palabras y en nuestros gestos. Pareciera que tenemos que estar siempre airados y gritándonos unos a otros, no sabemos tener serenidad en nuestro espíritu para hacer las reclamaciones que quizá tenemos que hacer, porque es lógico que en la sociedad queramos las cosas mejor, pero seamos capaces de ver también los puntos de vista de los demás, busquemos el diálogo y el encuentro, pero desde la ira y la violencia difícilmente podremos llegar a ese necesario entendimiento que necesitamos en nuestra sociedad.
El evangelio de hoy nos daría para más consideraciones porque cuando Jesús ve aquella multitud que le busca y que le sigue, que se encuentran desorientados y como ovejas sin pastor nos está pidiendo que no nos podemos cruzar de brazos ni quedarnos solo en lamentaciones. Es nuestra tentación y la manera fácil que tenemos muchas veces de actuar, quedarnos en llantos y lamentaciones.
Nos enseña a rogar al dueño de la mies que envíe operarios a su mies, pero nos pide también que nos arremanguemos y nos pongamos manos a la obra, que seamos capaces de ir al encuentro de los demás con nuestro mensaje de paz y que busquemos ese entendimiento y esa armonía que tanto necesitamos para entre todos hacer que nuestro mundo sea mejor. Que vayamos encontrando esa perspectiva, como decíamos al principio, donde veamos lo bueno que podemos hacer, el respeto a la acción de los demás y la colaboración que a todos nos enriquece.

viernes, 6 de marzo de 2020

Caminemos por los caminos de la delicadeza porque son los pasos necesarios que nos llevan al encuentro para vivir un verdadero amor



Caminemos por los caminos de la delicadeza porque son los pasos necesarios que nos llevan al encuentro para vivir un verdadero amor

Ezequiel 18, 21-28: Sal 129; Mateo 5, 20-26
 ‘Yo no tengo pecados, yo no mato ni robo…’ lo habremos escuchado – y no sé si pensado – más de una vez. Solo nos faltaría añadir, como aquello del fariseo en el templo, no soy como esos…
Creo que cosas así tendrían que hacernos pensar. Aunque nos cueste, porque quien piensa así denota una pobreza grande de espíritu y un conformismo demasiado evidente en la vida. No queremos crecer, no queremos avanzar en la vida, no ansiamos de verdad lo mejor, nos conformamos con aquello del mínimo. Y en la cuestión del seguimiento de Jesús no podemos andar con mínimos. Aquello de a ver hasta donde puedo llegar sin pecar, porque eso de esforzarme…
Ya nos dice Jesús en el evangelio que no viene a abolir la ley ni los profetas, El quiere darnos plenitud. Y caminos de plenitud son todas las delicadezas del amor. Porque el ‘no matarás’ del quinto mandamiento no se queda reducido al hecho de quitar la vida en sí, sino que entraña todo lo que atañe al amor o a la falta de amor. Y el amor se hace delicadeza, el amor se desvive en los detalles, el amor se manifiesta en pequeños gestos y también en palabras amables, el amor compromete toda la vida, el amor nos hace tener una mirada distinta. Es lo que nos quiere enseñar Jesús hoy en el evangelio.
Por eso contrapone al no matarás todo lo que sea una falta de delicadeza en el amor para con el hermano. Y entra en el detalle tan simple, podríamos decir, de las palabras malsonantes que nos podamos decir los unos a los otros. ‘Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego’.
Nos puede parecer una cosa baladí, sobre todo hoy cuando escuchamos hablar a las generaciones jóvenes y no tan jóvenes. Se emplea demasiado un lenguaje soez, desagradable, insultante aunque pareciera que ya a nadie le importara porque están acostumbrados a hablar así. Creo que la confianza no nos permite un lenguaje así; la confianza nace del amor y la amistad, pero precisamente por eso tendríamos que ser más delicados con los demás en nuestras palabras o en nuestros gestos y detalles. Ser delicado con los demás, también en nuestras palabras, es decirle al otro que es un ser que nos importa y que lo respetamos, que deseamos lo mejor, que es el mejor camino para la amistad, son los primeros pasos que hemos de saber dar en el camino del amor.
Por eso Jesús nos invita a la reconciliación. No puede haber entre hermanos rupturas que nos separen y nos distancien; hemos de saber tener la humildad suficiente para reconocer nuestros errores y que en un momento determinado hayamos podido hacer algo que dañe al otro, y en consecuencia disculparnos, saber pedir perdón. Después de verdaderas reconciliaciones nacen amistades profundas, porque con nuestra humildad estamos manifestando al otro también la grandeza de nuestro espíritu, porque sabemos reconocer nuestro error.
Por eso nos dice que no busquemos el agradar a Dios si no hemos sabido agradar al hermano que camina a nuestro lado y si sabemos que alguien se ha podido sentir molesto con uno, antes de acercarnos a hacer nuestra ofrenda a Dios o a hacer nuestra oración vayamos primero a reconciliarnos con el  hermano. Aquello que decimos en el padrenuestro ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos al que nos ha ofendido’.
Tenemos que buscar siempre la paz, el encuentro, la reconciliación, siendo capaces de dialogar para escuchar al otro, llenar nuestro corazón de comprensión y de empatía con el otro para saber entenderle, para saber ponernos en su lugar, para tener esa delicadeza del amor que nos hace grandes y que crea verdadera amistad.

jueves, 13 de febrero de 2020

No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar


No es una convivencia meramente formal que se pueda quedar en apariencias sino es la acogida generosa de un corazón grande donde todos hemos de tener un lugar

1 Reyes 11, 4-13; Sal 105; Marcos 7, 24-30
En nuestras relaciones entre vecinos, aunque todos queramos llevarnos bien y tener una buena convivencia es muy humano que nos hagamos algunas distinciones y seamos más amigos de unos que de otros y hasta mantengamos ciertas reticencias unas veces por ser de la familia que son, o bien en ocasiones por su lugar de procedencia. Se marcan esas diferencias de manera notable cuando somos de pueblos vecinos entre los que siempre existe cierta rivalidad por progresos que podamos ver en el pueblo vecino o bien porque recordemos datos de historias pasadas; aquí en Canarias bien sabemos las diferencias que nos marcamos entre islas que van en ocasiones más allá de una rivalidad festiva que nos pueda hacer echar en cara cosas de un lugar o de otro.
Los judíos marcaban fuertemente esas diferencias, viviendo en un territorio en el que habitaban otras etnias o también incluso desde razones de religión porque al considerarse el pueblo elegido por Dios se sentían en otro nivel de los otros pueblos a los que consideraban como gentiles; eran marcadas las diferencias entre los de Judea y los de Galilea, mucho más las diferencias que tenían con los samaritanos con los que había también un cisma religioso y mucho más con los pueblos más allá de sus fronteras a los que consideraban paganos y para quienes tenían fuertes gestos de desprecio y discriminación.
Hoy Jesús anda por tierras de paganos; se había salido de los límites de Israel y andaba por la región fenicia, lo que hoy serian territorios del Líbano. Trata de pasar desapercibido, nos dice el evangelista, pero hasta allí había llegado su fama y pronto tras de El corre una mujer gritando que tenga piedad de su hija que está enferma. Ya decíamos que trata Jesús de pasar desapercibido y se hace oídos sordos a aquella petición aunque la mujer fenicia sigue con insistencia tras Jesús hasta introducirse en la casa y postrarse a los pies de Jesús.
Surge un diálogo que a nosotros nos puede parecer duro pero que era la forma como se trataban unos y otros. De ahí la imagen del perro al que no se le echa la comida de los hijos, pero en la fe y confianza de aquella mujer el perrito come las migajas que caen de la mesa de sus amos. Se sorprende Jesús de la fe y la confianza de aquella mujer y le dice que por esa fe ya su hija está curada. Se rompen las barreras porque la salvación que nos viene a traer Jesús no se va a quedar reducida solo a un pueblo determinado porque es una salvación con carácter universal.
Se rompen las barreras, porque todos somos hijos; se rompen las barreras porque lo que tiene que prevalecer es el amor; se rompen las barreras porque el sentido y el estilo que nos quiere ofrecer Jesús es bien nuevo, no caben las discriminaciones, no cabe que tengamos marcado con un sambenito a alguien para siempre porque en un determinado momento haya podido hacer algo o sea de tal o cual condición; se rompen las barreras porque Jesús nos ofrece un mundo nuevo, donde todos nos escuchemos, nunca seamos capaces de darle la espalda a alguien, ni vayamos con disimulos por la vida para no encontrarnos con este o con aquel que nos pueda caer mejor o peor.
Creo que el evangelio es una invitación a que vivamos el sentido de ese mundo nuevo donde todos hemos de caber y del que hemos de desterrar todo tipo de discriminación. Es un mundo nuevo de puertas abiertas, de corazones grandes y generosos para la acogida donde todos hemos de caber. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos proclama.

martes, 10 de septiembre de 2019

Una reflexión que se hace oración para sentirnos impulsados a ir al llano de la vida y encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás



Una reflexión que se hace oración para sentirnos impulsados a ir al llano de la vida y encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás

Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19
La persona madura es una persona reflexiva. No se toma las cosas a la ligera. No solo rumia en su interior una y otra vez lo que le va sucediendo, lo que va recibiendo de la vida, lo que puede aprender de los demás, sino que a la hora de tomar decisiones se lo toma con calma, como solemos decir, porque reflexiona hondamente sobre la decisión a tomar, la tarea a emprender, o simplemente al enfrentarse cada día a lo que ha de vivir. Sopesamos una y otra vez lo que tenemos que decidir para hacer la mejor opción viendo los ‘pros’ y los ‘contras’ cuidando siempre que sea lo mejor y que no podamos dañar a nadie con nuestras decisiones. Tenemos unos principios, unos valores, nos hemos trazado unas metas y ahora vamos planificando objetivos en el día a día desde una reflexión profunda.
Pero el creyente añade algo más a esta reflexión. Quiere que su reflexión no sea algo por si mismo desde nuestros pensamientos o desde nuestra fuerza de voluntad, sino que en todo momento queremos sentir la mano de Dios, el Espíritu de Sabiduría divina que nos inspire y nos ayude dándonos fuerza para lo que decidimos y para lo que tenemos que realizar. Por eso, nuestra reflexión se convierte en oración; nuestra reflexión nos la queremos hacer en la presencia del Señor, invocándole, sintiéndole presente, dejándonos iluminar. No es solo ya pensar por nosotros mismos sino dejarnos inspirar, escuchar allá en lo hondo del corazón la voz del Señor que nos habla también a través de muchos signos que se van realizando en nuestra vida.
Es la verdadera oración con la que llenamos de sentido y de fuerza sobrenatural la vida, es un diálogo de amor porque siempre nos sentimos amados y queremos responder de la mejor manera a ese amor con lo mejor de nuestra vida. Nunca emprenderemos una tarea sin sentir esa presencia de Dios en nosotros.
Es lo que hoy estamos contemplando en Jesús. ‘Subió Jesús a la montaña y pasó la noche orando a Dios’, nos dice el evangelista. Algo que veremos repetido muchas veces a lo largo del evangelio. Lo veremos en la sinagoga en el día de la oración y de la escucha de la Palabra como lo veremos en la montaña o en descampados; lo veremos en el templo de Jerusalén o cómo se retira al monte de los Olivos para orar. Por algo sabia Judas donde encontrar a Jesús; en lo alto del monte de los Olivos hoy se levanta también un templo, el templo del padrenuestro, allí donde la tradición nos recoge que Jesús lo enseñara a los discípulos cuando le piden que les enseñe a orar, después de verlo pasar largos ratos en oración.
Jesús ahora va tomar decisiones importantes. Se nos dice que al amanecer llamó a los discípulos y escogió aquellos Doce a los que iba a llamar apóstoles, enviados, y a los que les iba a confiar un misión especial como centro de aquel grupo que eran los discípulos que le seguían. Luego bajará al llano y se encontrará multitudes que le esperan y que cada uno viene con sus dolencias y su vida cargada de sufrimientos y frustraciones. Para todos tendrá Jesús un signo de vida, curando a los enfermos y despertando la ilusión y esperanza de algo nuevo para todos.
Seguro que tras esos momentos que no son solo reflexión sino también oración nos sentiremos impulsados a ir al llano de la vida para encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás. Ojalá seamos capaces de llevar siempre un signo de vida y de esperanza con nuestra presencia a todos esos que nos vamos a encontrar en el camino de la vida.

viernes, 12 de julio de 2019

Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas




Los valores del evangelio no los podemos dejar de testimoniar aunque su luz moleste a los que prefieren andar entre sombras y tinieblas

Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36;  Mateo 10,16-23
Cada uno vamos por la vida con nuestros valores y principios tratando de ser mejores nosotros mismos, pero también de poner nuestro grano de arena para que nuestro mundo sea mejor. Porque creemos en nuestros valores no nos apartamos de ellos, sino más bien tratamos de transmitirlos a los que están a nuestro lado, aunque no siempre es tarea fácil.
Lo normal sería un diálogo amigable donde queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, al tiempo que queremos descubrir también lo bueno que hay en los demás, aunque nuestros principios o el sentido de la vida sea muchas veces diverso, sin embargo en lugar de ello parece que hay una confrontación que en ocasiones se vuelve hasta violenta.
En caminos de intolerancia incluso quieren impedirnos lo que nosotros queremos vivir y no solo se cierran sino que se enfrentan a lo que nosotros queremos transmitir. Es el diálogo de sordos que muchas veces se vuelve hasta violento en palabras y hasta en gestos que contemplamos en tantos aspectos de nuestra sociedad.
No somos capaces de construir juntos, sino que más bien siempre queremos destruir lo de los que consideramos nuestros contrincantes. Es triste muchas veces el espectáculo que muestra sociedad en lo social y en lo político algo que vivimos muy intensamente en nuestra tierra. Parece que en lugar de constructores estemos llamados a ser siempre destructores de lo que hacen los demás. Parece como si molestara que alguien que no sea de los suyos pueda hacer algo bueno.
Y esto nos pasa en los caminos de la vivencia de nuestra fe. Llamamos sociedad plural pero solo quieren imponer sus ideas y molesta para muchos la fe de los que nos llamamos creyentes y cristianos. Pero esto es algo que a nosotros los cristianos no nos tendría que hacer perder el sueño. Jesús nos lo anunció y también nos prometió la fuerza que necesitamos para afrontar esas situaciones que se convierten en tantos momentos en persecución como ha sido a lo largo de la historia, pero que también se viven en estos tiempos.
‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, nos dice Jesús. Y nos habla de tribunales y de persecuciones, pero que en todo momento tenemos que seguir dando nuestro testimonio, pero nuestro testimonio tiene que ser siempre desde la paz. La paz que tenemos que llevar a los demás, a ese mundo que tanto lo necesita, pero la paz que no nos puede faltar en nuestro interior, por difíciles que se puedan poner las cosas. Por eso nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de decir en nuestra defensa, porque tenemos un Defensor, el Espíritu de la Verdad que está con nosotros y pondrá palabras de sabiduría en nuestros labios, y paz en nuestro corazón.
Nos vamos a encontrar a quien no le gusta nuestro mensaje o el testimonio que queremos dar con nuestra vida, y buscarán de todos modos acallarnos de la forma que sea. Es la intolerancia que se quiere imponer en nuestro mundo cuando tanto se habla de un mundo plural, pero donde no se respeta lo que puedan opinar los demás porque es distinto. Siempre la verdad es molesta, siempre el testimonio del bien hace escozor en los que tienen otros caminos en la vida. No nos debe extrañar, no hemos de perder el ánimo, con nosotros está el Señor y hemos de seguir dando ese testimonio.
Es un testimonio de luz el que nosotros queremos dar, y la luz a los que prefieren estar en tinieblas les molesta, porque les hace ver sus malas obras y las deja patentes también ante los demás. Mantengamos encendida nuestra luz que no es otra que la luz de Jesús y su evangelio que queremos llevar a nuestro mundo.