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sábado, 24 de mayo de 2025

¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

 


¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

 Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

En ocasiones nos sucede que no entendemos las cosas que nos suceden, las reacciones de personas que en principio se habían mostrado muy amigables y parecía que prometía una hermosa amistad, pero que en determinado momento cuando fueron conociendo nuestros criterios, nuestra manera de entender las cosas  muy diferente de lo que son sus planes de vida, aunque nosotros nos mostráramos dialogantes y amigables fueron como olvidándose de nosotros, haciendo un aparte y alejándose; nos rechazan porque no somos como ellos, nos rechazan porque nosotros otro sentido de la vida, les resultamos incómodos porque quizás nuestras posturas y actitudes son como una denuncia en su conciencia de que tendrían que ser de otra manera. Y todo queda bien cuando nos abandonan pero no se convierten en nuestros enemigos encarnizados.

He hablado de generalidades de la vida, pero tiene una aplicación muy concreta cuando andamos en los caminos de la fe, de la vida cristiana y de nuestra concepción del mundo y de la vida desde el evangelio, desde el seguimiento de Cristo. Es de lo que Jesús nos quiere hablar hoy en este evangelio que se nos ofrece. Claramente nos dice ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’.

Y ¿por qué nos va a odiar el mundo? Somos del mundo y en el mundo estamos pero no podemos vivir a la manera del mundo. Es el testimonio claro que tiene que dar todo cristiano. Aunque nos rechacen, aunque vayan contra nosotros, aunque esto pueda significar luego que nosotros nos podemos sentir incómodos en medio del mundo. Son las persecuciones de las que nos habla la historia del cristianismo. Fue la historia de Jesús, como El mismo nos dice.

Es la responsabilidad con que tenemos que vivir nuestra fe. No queremos simplemente realizar unos actos bonitos que entretenga a la gente, que encandile y nos haga vivir en sueños alejándonos de lo que es la realidad de la vida, que nos llene de fantasías que vengan como encubrir brillos de poder y de dominio. El seguimiento de Jesús nos exige despojarnos de mantos y atarnos bien la cintura con la toalla con la que vamos a lavar los pies de los demás, con la que vamos a enjugar las lagrimas del sufrimiento que se derraman de muchos corazones, el seguimiento de Jesús nos hace bajarnos de nuestros caballos para ceder nuestro lugar a los heridos que encontramos por el camino, embarrarnos en los lodos del camino porque queremos ir tendiendo manos que levanten, que lleven a la piscina de la purificación, que ayuden a hacer el camino de los que se van arrastrando por la vida.

Un estilo de vida así choca, llama la atención, despierta sensibilidades que no todos están dispuestos a despertar, provoca a los que se sienten cómodos en sus rutinas de las que no quieren salir, molesta a los que quieren seguir envueltos en sus algodones o en sus vanidades porque les duele tener que ponerse el delantal del servicio, resulta incomodo porque nos recuerda el sonido de las monedas de nuestros bolsillos de las que no queremos desprendernos para compartirlas con los que menos tienen.

Por eso un verdadero cristiano va a resultar incomodo en medio de este mundo de vanidades y de orgullos, de individualismo y de insolidaridad. Pero lo peor está en que seamos los cristianos los que nos acomodemos al estilo del mundo, porque a ellos queremos parecernos. Hacen falta testimonios valientes, cristianos decididos dispuestos a dar la cara por nuestra fe, aunque nos rechacen o aunque quieran quitarnos de en medio, como está resultando hoy en nuestra sociedad en la que se quiere ningunear a la Iglesia, a la que se quiere achacar todos los defectos, a la que se quiere encerrar en las sacristías y no quieren que se palabra resulte fuerte en medio de la sociedad, que necesita también escuchar esa voz.

¿Seremos capaces de una vez por todas los cristianos de dar la cara valientemente por nuestra fe en medio del mundo?

martes, 18 de junio de 2024

Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

 


Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Ya de antemano os digo lo que me vais a decir, que es una utopía, un sueño que no es realizable. Pero aún así os lo planteo. Imaginemos el más inhóspito desierto, con calores insoportable, con vientos que todo lo arrasan, donde parece que ha desaparecido cualquier vena de agua que pudiera quedar en las entrañas de la tierra, donde parece que no puede haber ningún tipo de vida, ni vegetal ni animal; pero en medio de ese lugar tan inhabitable, en un rincón cualquiera bajo una roca aparece una fuente de agua cristalina que intenta abrirse paso entre rocas y piedras frente a todo ese sequedal y esos vientos calientes que parece que todo lo evaporan, con dificultad el riachuelo se va abriendo paso y parece que todo lo intenta transformar aflorando las primeras hierbas que intentan cubrir y transformar con su manto aquel lugar tan inhóspito. ¿Podremos ver que algún día aquel desierto se transformará en un vergel?

Pues, mirad, es lo que nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Sí, pensémoslo bien. En lo que parece ser ese desierto de la vida donde parece imposible que aflore el amor, Jesús nos está diciendo que hagamos aflorar ese riachuelo de amor, que nos puede parecer tímido frente a tanta inclemencia para que nuestro mundo se transforme.

¿Qué nos está diciendo Jesús? En un mundo que pudiera parecer que el amor solo es para unos pocos y que se va quedar reducido a un amarse solo los que se aman entre sí, Jesús viene a romper moldes y nos dice que no solo hemos de amar a los que nos aman sino que nuestro amor tiene que ser más universal, porque nuestro amor tiene que abarcar a aquellos que se llaman nuestros enemigos y nunca nos han amado.

Sí, puede parecer una paradoja y una utopía, como aquel chorro de agua en medio del sediento desierto. Tenemos que ser ese chorro, tenemos que romper esas espirales de desamor en que nos quiere envolver la vida, tenemos que hacer de nuestro mundo algo distinto, no podemos dejarlo en la sequedad del desamor y del odio. No podemos esperar a que nos amen para nosotros comenzar a amar, sino que nosotros somos los que tenemos que tomar la iniciativa aunque no nos amen o aunque nos odien y nos hagan daño.

Es cierto que es difícil lo que nos pide Jesús, porque bien sabemos cuales son las primeras reacciones espontáneas que pueden surgir de nuestro corazón. Pero Jesús nos está diciendo que cambiemos esas reacciones para que no sean de desamor sino todo lo contrario. Algo que nos sigue costando entender y realizar, algo en lo que nos seguimos dejando llevar por la tendencia que parece más natural de amar solo a los que nos aman.

Aquí tendríamos que recordar aquello que nos dirá san Juan en sus cartas. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama; tajantemente nos dice Juan que Dios nos amó primero, y eso es lo que nosotros tenemos que hacer. 

Cuando Jesús nos deja el mandamiento del amor nos dice que amemos a los demás como El nos ama. Es el modelo, es el ideal, es el prototipo, es el camino que nosotros hemos de seguir, es el amor con que nosotros hemos de amar.

Y es que como nos dice Jesús a continuación, ¿en que nos vamos a diferenciar de los gentiles, en que nos vamos a diferenciar de los demás? Si ayudamos solo a los que nos ayudan, nos dice Jesús que eso lo hace cualquiera; si saludamos a los que nos saludan, eso es lo que habitualmente hace todo el mundo. En algo tenemos que diferenciarnos, en algo tenemos que mostrar lo que es la sublimidad del amor cristiano.

Te voy a proponer una cosa, sal a la calle y comienza a darle los buenos días a todo el mundo, lo conozcas o no lo conozcas, te responda o no te responda. Sigue haciéndolo un día y otro aunque sigas encontrando la callada por respuesta; verás que un día alguien comenzará a responderte, alguien comenzará a hacer lo mismo con los demás, comenzarán a aparecer sonrisas en los rostros, te darás cuenta que la gente comienza a ser más feliz; sigue con tu tarea, eres el río de agua cristalina en medio de ese desierto, pero pronto la humedad de tu amor hará brotar las primeras plantas e irán apareciendo las primeras flores, y ese desierto de la vida poco a poco se irá pareciendo a un bello vergel. No te desanimes que lo lograrás.

sábado, 4 de mayo de 2024

Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

 


Nos convertimos como Jesús, en signos de contradicción en medio del mundo, normal es que no todos nos entiendan, nosotros sabemos cuales son nuestras metas y caminos

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Si lo que yo quiero es bueno, no quiero hacer daño a nadie sino que más gasto mi tiempo en los demás, ¿por qué me quieren tan mal? ¿Por qué esas envidias y zancadillas que me voy encontrando por todas partes?

Son cosas que algunas veces piensan las personas que trabajan por los demás, que viven, por ejemplo, un compromiso social intenso y lo que tratan siempre es de arreglar las cosas, que todo vaya mejor; pero siempre hay quien quiere meter la zancadilla, siempre habrá personas que desconfían de todo y ya están pensando de esa persona que hace por los demás que algunos intereses ocultos tendrá, que alguna tajada se sacará de todo eso.

Es el frente de la malicia que siempre va a la contra de la bondad; es el rechazo que tenemos ante todo lo que nos venga del otro, y nos cuesta aceptar su buena voluntad, sus trabajos desinteresados. Claro que quien está sufriendo ese acoso después de lo que intenta hacer por los demás sienten que se le socavan los cimientos y parece que se siente solo y sin fuerzas. Cuántas veces que después de unos años dedicándose así a los demás terminan quemados, y al final arrojan también la toalla y no quieren seguir metidos en conflictos.

Es necesario tener una gran fortaleza interior, estar preparado para cuando nos puede sobrevenir, sentir los apoyos necesarios, quizás empezando por la familia – que algunas veces se vuelve también detractora de lo que hacemos -, apoyo de quienes le rodean, o de quien le ha confiado la misión que se ha puesto en sus manos. Sentimos a veces esa debilidad interior.

Jesús nos está hoy preparando, como iba preparando al grupo de los discípulos que tenía más cerca de sí, con ese tenerles a su lado, con esas enseñanzas que de manera especial tenía para ellos, con esos momentos en que los llevaba solos a algún lugar. ¿Unas vacaciones espirituales? ¿Unos retiros espirituales? Jesús vemos que los practicaba con ellos, aunque entonces no les dieran esos nombres, que con el paso del tiempo nosotros nos hemos dado a esas situaciones. Jesús también habla para todos los que quieran seguirle, para que comprendan que el camino no es de rosas, porque en medio nos podemos encontrar muchas espinas.

Y Jesús les dice que miren lo que han hecho con El, y que ‘el discípulo no es mayor que su maestro’. No hay mejor preparación que tener claro el camino que vamos a emprender, las dificultades y obstáculos que podemos encontrar, las persecuciones incluso que se desatarán contra nosotros. ¿Qué estoy haciendo de malo? Nos preguntábamos al principio cuando nos plateábamos el tema, y veíamos que queríamos hacer lo bueno y lo que íbamos a encontrar era oposición.

‘Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, les dice Jesús.  Y es que el seguidor de Jesús, que vive en medio del mundo, en medio de diversas situaciones, en medio de gente muy variada, sin embargo ha de reflejar algo distinto. No somos iguales. Ni nos consideramos mejores ni superiores.

Pero tenemos nuestras metas, tenemos nuestros ideales, tenemos un camino que nos señala el evangelio y eso nos hace tener unas actitudes distintas hacia los demás, unos comportamientos en los que tiene que reflejarse siempre la rectitud y el buen hacer, y hay algo especial que tiene que resplandecer en nosotros que es el amor; y eso tiene sus consecuencias en la vida y en nuestra manera de actuar; en nuestro corazón siempre tendrá que brillar la misericordia y la compasión, siempre tenemos que ir con la mano tendida por delante porque buscamos paz, buscamos la reconciliación, buscamos algo nuevo para nuestro mundo, siempre tienen que estar presentes las actitudes del perdón.

Y eso choca al mundo que nos rodea. Nos convertimos como Jesús, como había anunciado el anciano Simeón, en signos de contradicción en medio del mundo. Normal es que no todos nos entiendan. Pero nosotros sí tenemos que entendernos a nosotros mismos y cuales son nuestras metas y nuestros caminos.

domingo, 30 de enero de 2022

La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

 


La Iglesia no puede olvidar su misión profética para proclamar la palabra de vida y de salvación aunque no sea lo políticamente correcto para parte de la sociedad

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Corintios 12, 31 - 13, 13; Lucas 4, 21-30

Los cambios de humor, vamos a llamarlo así, son frecuentes en las reacciones de las personas y de los grupos. En un momento sentimos simpatía y antipatía; en un momentos parece que estamos de acuerdo y que nos gusta lo que nos dicen, y al momento siguiente cambiamos de opinión y aquella persona ya no nos parece tan buena; basta que sintamos un desaire, que se diga una palabra que no cae bien o que se malinterpreta, que no se haga lo que quiere todo el mundo sino que se quiera actuar desde unos principios de rectitud y ética, que nos lleven la contraria a lo que son nuestros intereses y que parecía que aquella persona iba a responder a esos planteamientos nuestros pero vemos que hay otra cosa en su planteamiento u otras exigencias, para que cambiemos, para que el amor y simpatía que sentíamos al principio lo cambiemos por odio y hasta por afanes de destrucción. 

Cuántas veces lo habremos podido sufrir, o cuántas veces hemos visto esas reacciones en nuestro entorno; cuántos que antes parecían muy amigos, de la noche a la mañana en uno todo se transformó en odio.

Es lo que pasó aquella mañana en la sinagoga de Nazaret, pero sigue pasando en la Iglesia cuando se quiere ser fiel de verdad a los valores del evangelio, es lo que sigue pasando en nuestra sociedad por ejemplo contra la Iglesia porque sigue predicando y enseñando según sus principios y según el evangelio.

Pero recordemos primero lo que hoy nos ha narrado el evangelio que es continuación exacta del proclamado el pasado domingo. Jesús estaba en su pueblo Nazaret, había ido el sábado a la sinagoga y había hecho la lectura del profeta. Su comentario había sido – con él hemos comenzado hoy la proclamación del evangelio de este domingo – ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Y nos dice el evangelista que manifestaban su aprobación y admiración ante las palabras de Jesús. Estaba allí su orgullo de pueblo, porque era uno de los suyos, allí había vivido, era el hijo del carpintero, y por allí quedaban algunos parientes.

Pero quizá por ahí, por esos orgullos y en el fondo los deseos que podían tener de sacar provecho, es por donde anda todo. Pronto verán que Jesús no está por su labor. Porque sea su pueblo allí no va a haber preferencias. Ya había manifestado con la lectura del profeta que las preferencias estaban en los pobres que serían evangelizados y los oprimidos que serían liberados. Pero no era una liberación como ellos pensaban. Jesús había hablado del ‘año de gracia del Señor’, para significar como comenzaba algo nuevo y distinto.

En los anuncios de Jesús no había nada de aquellas revanchas y venganzas que podían estar anidándose en su corazón para verse liberados de la opresión de los romanos. Es más Jesús está anunciando una preferencia porque esa gracia del Señor llegue a todos y por eso recuerda los episodios de Elías y Eliseo donde dos extranjeros serán los que se ven agraciados, la viuda de Sarepta y Naamán el sirio.

Y es entonces la reacción de las gentes de la sinagoga de Nazaret. Jesús les recuerda que un profeta nunca es bien mirado en su tierra. La admiración del principio se transforma como tantas veces sucede. Querrán despeñarlo desde la colina por un barranco, aunque Jesús pasa en medio de ellos sin que pudieran hacer nada.

Recordamos lo que escuchábamos al profeta Jeremías sobre su propia vocación. ‘Te consagré: te constituí profeta de las naciones. Tú cíñete los lomos: prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo…. Desde ahora te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro y muralla de bronce, frente a todo el país…’

Es la misión y es la tarea de todo profeta. Es la misión y es la tarea profética que la Iglesia tiene que realizar en medio del mundo. No siempre es fácil. Hay el peligro de comenzar a medir las palabras para decir lo políticamente correcto, como se dice ahora. Estamos cuidando demasiado lo que la Iglesia tiene que hacer o tiene que decir para no disgustar a ciertos sectores de la sociedad que luego dirán y manipularán, que luego querrán arrimar el ascua a su sardina, pero si la Iglesia no se deja manejar, van a caer sobre ella. Y esto está pasando.

No son los criterios del mundo, aunque ahora se hable tanto de mayorías, los que tienen que guiar la actuación de la Iglesia. Porque la mayoría de la gente dice, porque la mayoría de la gente opina, escuchamos decir, pero no es ese el criterio de fidelidad a la Palabra de Dios y al mensaje del evangelio por lo que la Iglesia tiene que conducirse. Y en medio de todo eso estamos con el testimonio valiente que hay que dar, aunque no les guste a algunos. Es duro y es difícil, pero la misión profética que tenemos como cristianos y como Iglesia no la podemos ignorar ni dejar a un lado.

‘Tú cíñete los lomos… no les tengas miedo… Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’ que nos dice el profeta.  ‘Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino’.

jueves, 12 de agosto de 2021

Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

 


Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuántos dolores y sufrimientos que se acumulan, cuántas heridas que llevamos en el corazón que parece que no tienen cura sino que cada vez se agrandan más produciendo mayor desasosiego y sufrimiento, cuántas barreras que interponemos o zanjas que cada vez se ahondan más para que sea imposible el paso… tantos resentimientos, tanta malquerencia y tantos deseos de mal y de venganza contra los otros, tanta gente que no se dirige la palabra, tan vecinos mal llevados que por cualquier causa y en cualquier momento hacen surgir de nuevo el conflicto, tantas familias rotas por viejos resentimientos que no se olvidan, cuantos orgullos guardados en el corazón que nos endurecen y al final nos amargan.

Todo por no saber perdonar. Y nos hacemos de la vida un infierno. Porque aunque decimos que se fastidie pero yo eso no lo voy a olvidar nunca ni lo voy a perdonar, al final los fastidiados somos nosotros, porque aunque lo ocultemos o lo disimulemos los que lo estamos pasando mal somos nosotros porque no nos faltará esa amargura y ese resquemor en el corazón que tanto daño nos hace. Quizás a lo más decimos yo ya te lo perdoné una vez, pero volviste a fastidiarme, a hacerme daño, y yo no voy a estar para aguantar. Y esta es nuestra historia, es la historia de la humanidad, la historia de cosas pequeñas que surgen entre los más cercanos, pero que son también los orgullos que nos llevan a enfrentamientos mayores y hasta guerras.

Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús. El estaba entendiendo lo que Jesús les estaba enseñando de ese nuevo sentido y estilo de vivir del Reino de Dios donde el amor tenia que estar en el centro de todo y eso en verdad nos iba a hacer más humanos. Estaba entiendo, quizás, pero había cosas en su corazón o conocía bien lo que sucedía en su entorno, todas esas situaciones de resentimientos y de malquerencias porque eso de perdonar costaba mucho. Por eso la pregunta a Jesús ‘¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’


Y ya sabemos nosotros también la respuesta de Jesús que no solo nos la deja como una sentencia, sino que además nos pone un ejemplo muy claro de lo que sucede y de lo que no tendría que suceder. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Pero luego le habla de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus seguidores y con sus deudores. Allí había alguien que le debía mucho y al que le exige el pago de su deuda, pero aquel hombre no puede atender a la petición de su señor. Pero aquel rey de corazón generoso le perdona toda su deuda.

Hasta aquí parece todo normal, lo que viene a continuación entra en una gran contradicción. Aquel que había sido perdonado de su gran deuda, se encuentro con un compañero que le debe una pequeña cantidad, pero en lugar de ser generoso como habían sido generosos con él, le exige hasta meterlo en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debe. Tanta es la consternación que produce este hecho que sus propios compañeros le contarán al rey lo que ha sucedido. ‘Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’

Está claro el mensaje de Jesús pero cuánto nos cuesta no solo entenderlo sino llegar a vivirlo. Ahí está esa experiencia de la vida como reflexionábamos al principio. ¿No será que no hemos sido capaces de saborear de verdad el perdón que recibimos? Quizás nos creemos merecedores de todo y por eso damos por supuesto que tienen que perdonarnos, pero luego nosotros no actuamos de la misma manera con los demás.

Tenemos que aprender a ser agradecidos porque constatamos cuanto recibimos sin nosotros merecerlo; y eso nos hará humildes, y eso pondrá generosidad en nuestro corazón, eso nos hará tener una mirada distinta, eso nos hará romper todas esas barreras que nos interponemos, y en lugar de barreras aprenderemos a tender puentes.

Qué felices podemos sentirnos cuando aprendemos a aceptarnos, a comprender nuestras debilidades porque todos tenemos debilidades, y cuando somos capaces de poner generosidad en nuestro corazón.

viernes, 11 de junio de 2021

Cuando el amor de Cristo es nuestra raíz y nuestro cimiento estaremos venciendo las sombras de violencia y de odio para hacer que todo sea una historia de amor

 


Cuando el amor de Cristo es nuestra raíz y nuestro cimiento estaremos venciendo las sombras de violencia y de odio para hacer que todo sea una historia de amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Sal: Is 12; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37

Todo es una historia de amor. Y cuando digo todo estoy queriéndome referir a todas las situaciones en que se encuentra el hombre y en las que se encuentra la humanidad.

Miremos en sentido positivo lo que ha sido el camino del  hombre y el camino de la humanidad; es cierto que hay demasiadas sombras tanto en uno como en otro lado, porque son fuertes las sombras de odio y de violencia que se han metido en los entresijos de nuestra historia tanto a nivel personal como en lo que ha sido el transcurrir de la humanidad. Pero si hemos sido capaces de llegar a donde estamos no es desde la destrucción del odio y de la violencia sino porque siempre ha esta presente en el hombre el amor que ha sido motor de lo mejor de nuestro caminar. Si no hubiera habido hombres y mujeres que amaban intensamente es cierto que estaríamos destruidos, pero hemos sobrevivido gracias al amor siempre presente de alguna manera en la vida de nuestro mundo.

Todo es una historia de amor, repito, y ahora quiero referirme a lo que es la historia de amor de Dios a la humanidad. La llamamos historia de la salvación, y es que ese amor de Dios nos ha arrancado – salvado – de ese mundo de violencia y de odio cuando hemos sentido la presencia de Dios en medio de nosotros. No creemos en un Dios lejano, que situamos allá en lo arcano de los cielos, sino que creemos en el Dios que se hace presente e interviene en la historia del hombre y de la humanidad. Muchas veces ha sido tan fuerte la influencia de ese odio y violencia que quería arrasar el mundo que al estar mezclado Dios en la historia de los hombres, nos hicimos también una imagen de Dios cargado de esa violencia que llegó a poner confusión en muchos corazones.


Pero si recorremos la historia de la salvación en las páginas de la Biblia veremos cómo es Dios siempre el que se acerca a buscar al hombre regalándole con su amor. Hoy hemos escuchado un hermoso texto del profeta Oseas que nos habla de ese amor y de esa búsqueda de Dios. ‘Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo… Con lazos humanos los atraje con vínculos de amor’. ¿Qué otra cosa es, por ejemplo, la liberación de la esclavitud de Egipto y el camino de desierto para llegar a la tierra prometida? Los profetas irán luego recordando al pueblo la Alianza como signo de ese amor y de esa presencia de Dios en medio de su pueblo. Será duro el camino, porque aparecen con demasiada frecuencia esas sombras de infidelidad a ese amor por parte del pueblo, pero Dios permanece fiel a su promesa.

La culminación la tenemos en Jesús. ¿Qué es la vida de Cristo sino la manifestación del rostro amoroso de Dios? ¿Qué es lo que nos enseña Jesús? A vivir en el amor, a que resplandezca en la vida del hombre y de la humanidad ese amor que será el camino que nos conduzca a la verdadera felicidad y a la más grande plenitud. ¿Qué es lo que hará Jesús? Entregar su vida por amor para ponernos en ese camino renovado de amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su hijo para que tuviéramos vida y vida en plenitud’.

Y eso es lo que hoy estamos celebrando cuando celebramos esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Como manera de expresarnos en el corazón ponemos nuestra capacidad de amor. Por eso cuando estamos queriendo celebrar ese amor de Dios nos fijamos en el corazón de Cristo El que nos ha dicho que los que estamos cansado y agobiados vayamos a El porque es manso y humilde de corazón y en su corazón encontraremos nuestro descanso.

Como nos dice hoy san Pablo en la carta a los Efesios ‘que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.

El amor nuestra raíz y nuestro cimiento… comprendiendo el amor de Cristo.  Cuando así lo hacemos haremos una corrección importante en la historia del amor del hombre y de la humanidad. Es nuestra vocación y es el mandato de Cristo cuando nos envía a hacer el anuncio de la Buena Nueva de la salvación a todos los hombres.

Y es que cuando el amor de Cristo es nuestra raíz y nuestro cimiento estaremos venciendo esas sombras de violencia y de odio que tanto daño nos han hecho a lo largo de nuestra historia personal como de la historia de la humanidad. Y es que decimos que con el amor de Cristo eso es posible, podemos hacer esa mejora, para que de verdad todo sea historia de amor, del amor del verdadero.

sábado, 16 de mayo de 2020

Cuidado con las proclamas que nos dicen que tenemos que modernizarnos porque es una forma sutil de embaucarnos para hacer rebajas en el espíritu del Evangelio


Cuidado con las proclamas que nos dicen que tenemos que modernizarnos porque es una forma sutil de embaucarnos para hacer rebajas en el espíritu del Evangelio

Hechos 16, 1-10; Sal 99;  Juan 15, 18-21
Sin querer llegar a sincretismos estériles donde todo nos pueda parecer igual de bueno haciendo una mezcolanza imposible de lo bueno y de lo malo, sin embargo tendríamos que saber vivir en una sociedad plural en que por encima de todos nos respetemos y el hemos de que pensemos de forma distinta incluso sobre algo tan fundamental como el sentido de la vida sin embargo no tratemos de destruirnos unos a otros en razón de nuestro pensamiento o incluso nuestra manera de presentar el sentido de la sociedad.
Hay que reconocer que es difícil porque cada uno se siente seguro de su verdad y tratará de imponerla a los demás, cuando lo que tendría que haber simplemente es una oferta generosa en que respetándonos sepamos caminar juntos a pesar incluso de nuestras diferencias. Y la historia está llena de estas intransigencias que nos hacen la vida imposible en verdadera paz y donde seguimos tratando de destruirnos unos a otros.
Y no son cosas del pasado, sino cosas que día a día estamos viendo en nuestra sociedad en que empezamos por desprestigiarnos por pensar de manera distinta pero que muchas veces se llega a una autentica dictadura aun en tiempos que decimos de democracia, y no me meto solo en el sentido de lo político, sino en todo lo que hace referencia a la sociedad sus valores.
Hoy en el evangelio que me ha dado pie a esta reflexión inicial sobre algo que seguimos viviendo en nuestra sociedad, y no hace falta poner nombres que todos conocemos, Jesús quiere prevenir a sus discípulos, a los que le siguen de las dificultades que en este orden van a tener que sufrir como así ha sido a lo largo de los tiempos.
‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’.
No temamos. Pero tampoco nos camuflemos. Tenemos con nosotros la fortaleza del Espíritu. Es cierto que algunas veces nos va a costar. Y no hablo solamente de las grandes persecuciones como a lo largo de la historia hasta nuestros tiempos han sufrido los cristianos, ha sufrido la Iglesia. Hablo del día a día de nuestra vida donde nos cuesta dar testimonio, donde somos rechazados y se querrá evitar que en nuestra sociedad resalten los valores cristianos, donde se busca el desprestigio, la burla, la ridiculización de lo que suene a espiritual o religioso. Y eso se hace en muchas ocasiones de forma sutil, con la manipulación de medios, con el engaño de los más sencillos e ingenuos. Con la verborrea sofista de los que tratan de imponer sus ideas.
Y algunas veces los cristianos tratamos de disimular, no damos valientemente la cara, queremos en ocasiones acomodarnos, incluso llegamos a imponernos normas para contentar a la sociedad que nos rodea. Nos falta coraje a los cristianos, creer más en lo que es nuestra fe, presentar con claridad nuestro mensaje aunque no sea comprendido por muchos desde sus intereses o incluso sea rechazado. Nos hablan de que tenemos que modernizarnos y queremos cambiar nuestra moral y nuestros principios. Son tentaciones que sufrimos que son mayores que las propias persecuciones de que seamos objeto.
‘Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra’. Seamos valientes en proclamar con todo respeto a los demás lo que son nuestros principios y lo que es nuestra fe. Con nosotros, no lo olvidemos, está la fuerza del espíritu del Señor.

martes, 19 de junio de 2018

Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente


Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Esa persona me cae mal, no la aguanto, cuando la veo se me revuelven las tripas (¡!), con todo lo que me hizo, lo que habló de mi, el daño que me hizo; por eso, si puedo, la evito, ella por su camino que yo voy por el mío y que no se tropiece conmigo.
Cosas así escuchamos demasiadas veces en nuestro entorno; cosas así podemos en algún momento nosotros sentir por dentro. Podríamos pensar en muchas cosas concretas en ese sentido; y nos encontramos con vecinos que aunque viviendo puerta con puerta no se hablan, personas que pasan indiferentes ante aquellos que un día les hicieron algo – aunque no se si tan indiferentes o con muchos sentimientos encontrados en su interior -, familiares que se han dejado de hablar porque en un momento determinado tuvieron sus diferencias, cosas que no se olvidan y se recuerdan aunque pasen los años.
Pero hemos de reconocer que todo eso produce muchas amarguras en tantos corazones, porque aunque se diga que cada uno viva su vida y cada cual aguante el palo de su vela, sin embargo en el interior no nos sentimos quizá con tanta paz. Y es triste que vivamos con los corazones rotos, que se hayan roto tantas relaciones familiares o de amistad o vecindad que en un momento quizá fueron maravillosas, porque seguimos con nuestros orgullos en nuestro interior. Y hay quien se pregunta que puede hacer, cómo resolverlo, cómo olvidar, cómo restaurar cariños o amistades perdidas. Es difícil.
Hoy Jesús nos propone tres acciones a la hora de situarnos frente a situaciones así. Jesús nos habla de cosas muy concretas; Jesús tiene en cuenta eso que son nuestros dramas interiores y lo que quiere es que encontremos la paz. Son cosas muy sencillas las que Jesús nos propone, aunque nos puedan parecer difíciles. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, rezad por quienes os persiguen’. Tres acciones derivadas lógicamente del estilo del amor que quiere para nuestras vidas.
¿Son enemigos? ¿Por qué razón? ¿Por qué piensan distinto, tienen otra manera de concebir las cosas? ¿Porque quizá luchan contra nosotros y en esas luchas podrían hacernos daño? ¿O los consideramos enemigos porque un día hicieron algo que no nos agradó o contra nosotros o contra lo nuestro?
Pues Jesús nos dice que pongamos amor. Sí, es difícil, pero nos está pidiendo que seamos capaces de ponerlos en nuestro corazón. Y una forma de ponerlos en nuestro corazón es rezando por ellos. Simplemente desde nuestro corazón ponerlos en la presencia de Dios en nuestra oración. Y cuando seamos capaces de rezar por ellos – que es una forma ya de hacerles el bien – seguro que seguirlos haciendo el bien a esas personas en muchas cosas, estaremos poniéndolas en nuestro amor.
Cuando seamos capaces de hacer eso por quienes nos hayan dañado, nos hayan perseguido, por aquellos a los consideramos o ellos se consideran nuestros enemigos, estaremos comenzando a alejar de nuestro corazón el odio, el rencor, los resentimientos, la ira, la violencia, los deseos de venganza. Era la reacción primaria a cuanto pudieran habernos hecho, pero lo estamos transformando por la fuerza del amor, y podremos comenzar a tener paz en nuestro corazón, y se estarán alejando las amarguras que tanto daño nos hacían, y estaremos comenzando a olvidar y a perdonar.
Y Jesús nos da unas razones y motivaciones. Somos hijos de nuestro Padre del cielo, el Padre del cielo que a todos ama. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios diciendo que esas personas no merecen ser amadas de Dios? Si nos decimos que somos hijos de Dios y creemos en El, ¿en que nos vamos a diferenciar de los demás? Amar a los que los aman o hacer el bien a quien te haya hecho el bien, eso lo hace cualquiera. Pero un hijo de Dios que ha experimentado su amor en su vida en algo tendrá que diferenciarse. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo’, nos dice Jesús.

miércoles, 16 de mayo de 2018

No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio


No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio

 Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Qué ganas tengo de que se acabe esta vida es una frase que hayamos escuchado alguna vez o quizá hasta nosotros mismos hemos pensado o dicho. Puede ser por una parte en un deseo piadoso de querer vivir con Dios para siempre como expresaba tan maravillosamente santa Teresa en sus arrobos místicos pero puede sucedernos también quizás mas habitualmente desde el agobio con que vivimos la vida con sus problemas, sus luchas, sus oscuridades en lo que ya nos sentimos cansados y con el deseo de que todo termine.
Son cosas que surgen espontáneas del corazón desde uno u otro sentido y que de alguna manera quieren hacernos huir de la situación en la que vivimos en un deseo de algo mejor. Pero la realidad es la que es y tenemos que vivir el momento presente y vivirlo con toda intensidad, aunque sea con deseos de tener un día algo mejor. La lucha y el esfuerzo en ocasiones se nos hace doloroso porque estamos sometidos a la tentación, porque no llegamos a encontrar en este mundo y en esta vida lo que mejor deseamos en lo más hondo de nosotros mismos, porque lo adverso que encontramos en nuestro entorno nos hace dudar muchas veces, o porque quisiéramos una vida sin luchas deseando un cierto conformismo pero que al final tampoco nos satisface.
Estamos escuchando y meditando en estos días, como hemos dicho anteriormente, la oración sacerdotal de Jesús en la última cena. Oración de acción de gracias y glorificación al Padre en el momento cumbre de su entrega – es la ofrenda del sacerdote ante el sacrificio, de ahí el nombre de oración sacerdotal – pero es el momento en que Jesús pide por los suyos, por aquellos que han creído en su nombre.
Pero fijémonos bien en la parte de la oración que hoy estamos meditando. Jesús ruega por los suyos pero no pide al Padre que los saque de este mundo, sino que los libre del mal. ‘Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad’.
El mundo nos odiará porque no somos del mundo aunque vivimos en el mundo. No somos del mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo. Por eso el mundo es un peligro para nosotros y nuestro testimonio en medio de ese mundo de una vida distinta, nos hará sentir en nuestra carne ese odio y ese rechazo del mundo. Son las luchas, las dificultades, los problemas, la tensión y el esfuerzo que hemos de mantener, como veníamos reflexionando. Pero ahí en medio del mundo hemos de estar, porque es ahí donde es necesario ese testimonio que se convierte en anuncio.
Queríamos que todo se acabara, desearíamos una vida mejor, tenemos ansias de poder llegar al cielo, pero mientras hemos de seguir haciendo este camino aunque cueste esfuerzo, lucha, lagrimas, sangre. Pero tenemos el apoyo de la oración de Jesús que pide al Padre que nos dé la fuerza de su Espíritu para que no nos venza el mal. No olvidemos que somos los enviados de Jesús y vamos siempre con la fuerza y la asistencia de su Espíritu.

sábado, 9 de mayo de 2015

Un camino de cruz y de pascua que hemos de aprender a recorrer con tantos cristianos que sufren hoy persecución por el nombre de Jesús

Un camino de cruz y de pascua que hemos de aprender a recorrer con tantos cristianos que sufren hoy persecución por el nombre de Jesús

Hechos,  16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’. Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio vienen a iluminar situaciones por los que personalmente podemos pasar en muchas ocasiones, pero también situaciones que viven muchos cristianos y por las que está pasando la Iglesia en muchos lugares.
Odios, rechazos, contratiempos, desaires son situaciones a las que tenemos que enfrentarnos en muchas ocasiones; quisiéramos vivir en un mundo en paz y nuestro empeño es ir transformando nuestro mundo según las medidas, los parámetros del Reino de Dios para que todos podamos convivir en paz, nos respetemos y amemos mutuamente a pesar de las diferencias que pudiera haber. Pero no siempre es fácil; no siempre lo conseguimos, y muchas veces tenemos que sufrir en nuestra carne situaciones así.
Eso en el ámbito humano de nuestras relaciones sociales donde muchas veces nos puede ser difícil la convivencia, pero también yendo a algo más concreto a la hora de manifestar nuestra fe, expresar nuestros principios cristianos y nuestros valores No siempre los que nos rodean, el mundo en el que vivimos, la sociedad en su conjunto nos entiende. Es más, nos encontraremos con una oposición muy enfrentada como si les molestase nuestra manera de vivir o nuestra manera de entender como hemos de construir nuestra sociedad.
Pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’. Y Jesús nos asegura que El será nuestra fuerza, que nos da su Espíritu para que con su gracia podamos vivir esas situaciones, para poner palabras en nuestros labios para lo que tengamos que decir. Es el camino del Maestro que nosotros hemos de seguir. Para Jesús se convirtió en Cruz y en Calvario, pero El supo hacer una ofrenda de amor en su camino de pascua, en su camino de pasión. ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’, nos sigue diciendo Jesús.
Es el camino de Cruz que es camino de Pascua, porque es camino de ofrenda de amor el que nosotros hemos de aprender a recorrer. Pensemos que ese sufrimiento por el que tenemos que pasar en situaciones así se puede, se tiene que convertir en semilla fecunda que germine nueva vida. Es la ofrenda de nosotros mismos que hemos de aprender a hacer. Y hacerlo con la alegría y la fuerza del Espíritu, aunque nos cueste, pero el Señor está con nosotros.
Como decíamos es la situación de tantos cristianos a lo largo del mundo que hoy, en este siglo XXI, están sufriendo persecución por la fe que tienen en Jesús. No son noticias que salten a la primera plana de los telediarios que aunque algunas veces se habla de esas muertes, sin embargo el hecho de que sean por ser cristianos muchas veces se difumina. El Papa, la Iglesia, nos está pidiendo que oremos por estos cristianos perseguidos y en nuestras diócesis y en nuestras parroquias en la semana entre la Ascensión y Pentecostés se van a elevar especiales oraciones al Señor en este sentido, pidiendo por los hermanos perseguidos. Que así se eleve hoy y siempre nuestra oración al Señor.

martes, 21 de octubre de 2014

Atentos y vigilantes al Señor que llega a nuestra vida para que amando de verdad seamos capaces de reconocerle

Atentos y vigilantes al Señor que llega a nuestra vida para que amando de verdad seamos capaces de reconocerle

Ef. 2, 12-22; Sal. 84; Lc. 12, 35-38
El centinela tiene que estar vigilante en su atalaya pendiente de lo que pueda pasar; el controlador aéreo tiene que estar atento en la torre de control para vigilar y ordenar el tráfico de los aviones; el que tiene una responsabilidad tiene que prestar atención a lo que hace para desempeñar su cargo con toda fidelidad; el capitán del barco tiene que prestar atención a todo lo que sucede en su embarcación para que funcione adecuadamente además de vigilar lo que se pueda encontrar en medio de las aguas para llevar sin incidencias a los pasajeros o las mercancías a puerto; y el cristiano ¿qué tiene que hacer? ¿simplemente se ha de dejar llevar a lo que salga o tendrá que hacer algo más?
Hoy Jesús nos da la respuesta en el evangelio; nos habla de la vigilancia en la que hemos de estar. Y Jesús nos pone el ejemplo del sirviente que atiende la puerta de la casa y ha de estar atento y vigilante ‘para cuando regrese el amo de la boda para abrirle, apenas venga y llame’. Pero además Jesús nos asegura una recompensa por esa vigilancia, porque va a ser reconocido por su amo, que será el que lo siente a la mesa y le sirva.
¿A qué se refiere esa vigilancia de la que nos habla Jesús y que hemos de tener? En varias ocasiones nos hablará de ello Jesús. Hoy con san Lucas nos habla de la vuelta del amo que viene de la boda, y con san Mateo nos hablará en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias, del esposo que viene a la boda y al que hay que alumbrar el camino con las lámparas encendidas y luego acompañarle también con esas luces a la sala del banquete que así se verá debidamente iluminada.
Es el Señor que viene. Cada día llega a nosotros en la misma vida que vivimos que es un regalo del Señor; pero cada día, por ejemplo, nosotros que venimos a la celebración viene a nosotros en su Palabra, con su Palabra además de querer alimentarnos con su vida misma en la Eucaristía en la que podemos comerle. ¿Estaremos atentos a esa llegada del Señor para escucharle y para llenarnos de su vida? ¿Prestamos atención de verdad a su Palabra? Porque estar podemos estar, pero quizá entretenidos en nuestras cosas o en nuestros pensamientos y la Palabra aunque en sus sonidos penetre en nuestros oídos sin embargo no llegue a nuestro corazón porque no la estamos atendiendo y entendiendo.
El Señor viene y nos sale al encuentro en los demás; hemos de estar atentos a esa presencia del Señor, porque la acogida llena de amor y humildad que nosotros hagamos a los demás es la acogida que le estamos haciendo al Señor. Pero podemos estar distraídos, no atentos, porque quizá nos fijamos más en los defectos o debilidades de los demás, que en esa atención de amor que hemos de prestarles sabiendo que cuanto hagamos al hermano es como si se lo hiciéramos al Señor. Recordemos aquello del juicio final,  ‘porque tuve hambre, estaba desnudo o desamparado y tu me diste de comer, me vestiste o me ayudaste’.
Viene el Señor que es nuestra paz, como escuchábamos en la carta a los Efesios de san Pablo; viene el Señor y quiere derribar los muros que nos separan con nuestros odios o con nuestros rencores, con nuestros orgullos o con nuestros celos y envidias. Viene el Señor a traer la paz, a los de lejos y a los de cerca, pero quizá no estamos atentos y nuestros muros siguen levantados separándonos y aislándonos; quizá no estamos atentos y seguimos poniendo obstáculos a esa paz y a esa convivencia porque seguimos con nuestras maldades o nuestras desconfianzas en nuestro interior, con nuestras violencias y con nuestro desamor.
Es necesario estar vigilantes, como todos aquellos que como ejemplo poníamos al principio, porque quizá venimos a nuestra celebración y escuchamos su Palabra pero luego cuando salimos de aquí seguimos con nuestras mismas cosas, con nuestros mismos enfrentamientos. Si seguimos así, ¿en verdad nos habremos encontrado con el Señor? ¿Cómo es que comulgamos a Cristo sacramentalmente pero luego no comulgamos con el hermano porque en él no ponemos amor? ¿No será un contrasentido?

sábado, 28 de mayo de 2011

No es el siervo más que su amo


Hechos, 16, 1-10;

Sal. 99;

Jn. 15, 18-21

‘Recordad lo que os dije: no es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’. Es duro lo que nos dice Jesús. Aun resuenan en nuestros oídos las palabras llenas de ternura que ayer escuchábamos cuando Jesús nos pedía amarnos los unos a los otros como un amor semejante al que Jesús nos tiene. Pero ahora nos dice que aún cuando nosotros pongamos todo el amor del mundo, sin embargo el mundo no nos va a comprender, sino más bien a rechazar. Quiere prepararnos Jesús trazándonos la cruda realidad de lo que vamos a encontrar.

Las tinieblas rechazan la luz; el que realiza las obras de las tinieblas no quiere verse iluminado por la luz, sino que prefiere la oscuridad. El que sostiene como norma de su vida la prepotencia y el orgullo rechazará lo que suene a humildad y a servicio. El que tiene un sentido de vida distinto no podrá soportar que nosotros podamos proponer un mundo basado en el amor, en el servicio y en el bien. Al avaro le molesta la presencia del que es desprendido y generoso. El violento se sentirá incómodo ante el que busca la paz. El injusto querrá acallar de la forma que sea al que obra la justicia.

De una u otra forma aparece en el evangelio esa lucha de las tinieblas contra la luz. Ya al principio del evangelio nos lo decía Juan: ‘la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Y es el rechazo contínuo que veremos a Jesús a lo largo del evangelio por parte de los principales del pueblo, sumos sacerdotes, letrados, fariseos, saduceos. Le llevarían a la cruz queriendo apagar esa luz de salvación. Y aún veremos como a los apóstoles les quieren prohibir el enseñar en el nombre de Jesús.

Y hoy Jesús nos dirá: ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros… no sois del mundo… por eso el mundo os odia…’ Bien conocemos la historia de las persecuciones que han sufrido los cristianos a lo largo de los tiempos. El innumerable ejército de los mártires glorifica al Señor.

Recordamos aquella multitud innumerable de los vestidos de blanco y con palmas en sus manos de quienes nos habla el libro de la Apocalipsis. ‘¿Quiénes son y de dónde han venido? Esos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y purificado sus túnicas en la sangre del Cordero’.

No siempre el mundo nos va a entender. No siempre se va a entender la obra de la Iglesia. Bien sabemos cómo de una forma o de otra se la quiere desprestigiar. Se quiere ver ocultas intenciones en lo que hacen los cristianos y ante la más mínima debilidad que podamos tener enseguida se nos acusará con las más duras acusaciones porque sería una forma de desprestigiar, obscurecer lo bueno que haga la Iglesia. No se es capaz de ver cómo la Iglesia aunque compuesta por hombres con todas sus debilidades humanas, es algo divino porque quien guía y conduce a la Iglesia es el Espíritu del Señor. Como nos dice Jesús: ‘Todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió’.

Cuando no se quieren abrir los ojos a la fe, fácilmente se pueden ver las cosas de manera turbia. Y todo eso nos duele y nos hace difícil nuestra tarea. Pero ya vemos por una parte cómo fue lo que hicieron con Jesús y por otra parte nosotros sentiremos siempre la asistencia, la fuerza y la gracia del Espíritu del Señor que estará siempre con nosotros.

Que no nos sintamos nunca debilitados en nuestra fe; que no se nos apague la esperanza; que sintamos siempre la fortaleza del Señor. Es la gran tribulación pero será el modo cómo nosotros nos unimos a la obra de Jesús y como ponemos nuestro sufrimiento junto al dolor y sufrimiento de la pasión de Jesús y todo eso se puede convertir en algo redentor. El Señor estará siempre con nosotros.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 12-22;
Sal. 84;
Lc. 12, 35-38

‘Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Confieso que cualquiera de los párrafos o renglones de este texto de la carta de los Efesios podría valernos para iniciar nuestro comentario y reflexión porque por sí mismo nos da un hermoso mensaje.
Pablo está dirigiendo su carta a la comunidad de Efeso que en gran parte provenía del mundo pagano y que han aceptado a Jesús como su salvador. Hay en la comunidad también creyentes provenientes del judaísmo, y es por lo que les dice que ya nadie se puede considera ni extranjero ni forastero. Todos son ciudadanos ya del nuevo pueblo que ha nacido desde la salvación de Jesús, todos forman parte de esa nueva familia de los hijos de Dios.
‘Ahora estáis en Cristo Jesús. Por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos… El ha hecho de los dos pueblos una sola cosa… reconcilió con Dios a los pueblos reuniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz…’
Es hermoso. La Sangre de Cristo nos une, la sangre de Cristo nos reconcilia con Dios, la sangre de Cristo nos hace sentirnos un solo cuerpo. Cristo ha venido a traernos la paz. La paz que es el perdón y la gracia que nos concede. La paz que es nuestra unión con Dios. La paz que nos reconcilia entre nosotros, hace que nos reencontremos de verdad. Cristo ha derribado el muro que nos separaba y dividía, el pecado que nos rompía por dentro, nos apartaba de Dios, pero que también nos separaba de los demás. Por eso como nos dice ‘unos y otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Pero el mensaje no es sólo para los efesios que tienen que llenarse de gozo en su corazón y alabar a Dios por esa vida nueva que en Cristo ahora tienen. El mensaje es también para nosotros que igualmente tenemos que llenarnos de gozo cuando nos sentimos redimidos por la Sangre de Cristo. También tenemos que alabar a Dios por las maravillas que hace en nosotros. Pero todo esto nos tiene que llevar a considera cómo es nuestra vida, si todo esto es algo que vivimos nosotros, si todo esto nos lleva a ese encuentro profundo con los demás.
Ese pensamiento con el que comenzábamos de que ahora somos miembros de la familia de Dios tendría que hacer reflexionar y revisar el nivel de comunión, de cercanía, de verdadero amor fraterno que vivimos entre nosotros en el día a día de nuestra vida. Mal podemos sentir que somos esa familia de Dios si aún no hemos desterrado de nosotros esas cosas que nos enfrentan y nos dividen, nos alejan unos de otros o crean tensiones en nuestra relación.
El apóstol nos decía que Cristo con su sangre ha derribado el muro que nos separaba, el odio, pero quizá todavía no hemos puesto en nuestro corazón todo ese amor que tiene que acercarnos a los demás; quizá quedan dentro de nosotros resentimientos, envidias y no sé cuantas cosas que nos distancias; quizá puedan quedar dentro de nuestro corazón las desconfianzas que no nos hacen ser sinceros unos con otros. Todo eso tendría que cambiar. Como nos dice el apóstol Cristo ha venido ‘para hacer las paces y para crear un hombre nuevo’.
Es la tarea que nos queda ir realizando día a día, porque sabemos que nos cuesta. Pesa en nosotros como una rémora que nos arrastra hacia atrás nuestro egoísmo y nuestro amor propio. Pero con Cristo tenemos que saber de una vez por todas amar y perdonar.
Pidamos que nos inunde el Espíritu de la unidad y de la concordia.

domingo, 19 de julio de 2009

Muros que nos dividen y separan… Cristo vino a traernos la paz


Jer. 23, 1-6;

Sal. 22;

Ef. 2, 13-18;

Mc. 6, 30-34


A la Palabra de Dios tenemos que acercarnos siempre con sinceridad y corazón abierto para poder escuchar mejor lo que el Señor quiere decir a cada uno en particular para iluminar su vida; pero también somos una comunidad peregrina y orante, una comunidad creyente reunida en asamblea a la que como tal comunidad el Señor quiere dirigir una Palabra viva que aliente y dé ánimos al pueblo creyente y peregrino.
Cada uno escucha en su interior esa Palabra que el Señor nos dirige. Y el sacerdote con su comentario y reflexión quiere ayudar a que todos nos podamos acercar, entender y llevar a la vida esa Palabra proclamada en la celebración litúrgica. El sacerdote quiere ser ese pastor bueno, del que nos habla el profeta, al que el Señor ha confiado esta parte de su rebaño y al que tiene que llevar por buenas sendas y alimentar con el mejor alimento de la Palabra. Quiero ahora fijarme en algunos aspectos que a mi me sugiere la Palabra hoy proclamada.
Nos habla el profeta Jeremías de ovejas dispersas por todas partes. Nos habla el evangelio de una multitud que corre en búsqueda de Jesús desde todas partes y que andaban como ovejas sin pastor. Y nos describe tras el mensaje que quiere trasmitirnos una situación que Cristo viene a remediar con su sangre y con su muerte en la cruz; nos habla de gentes y de pueblos divididos por el odio y por la falta de paz.
Contraponiéndolo a esa descripción el profeta, por ejemplo, anuncia que el Señor reunirá a las ovejas dispersas y, como nos dice Pablo, Cristo viene a derribar ese muro que nos separa para que tengamos paz. Y en el evangelio descubrimos que, aunque se habían ido a un lugar tranquilo y apartado a descansar, Jesús al ver la multitud sintió lástima de aquellas gentes hambrientas de Dios y de su Palabra y se puso a enseñarles pacientemente.
Jesús nos sale al encuentro y viene a nosotros con su Palabra, con su gracia, con su vida. ¿Estaremos nosotros desorientados también como ovejas sin pastor? ¿Seremos como aquellas ovejas dispersas por todas partes de las que nos habla el profeta? Miremos la realidad de nuestra vida y nuestro mundo y sabremos dar respuesta. ¿Hay hambre de Dios? ¿Hay dispersión, desorientación o falta de paz en los corazones y en nuestro mundo? ¿Hay muros que nos dividen y separan? Quiero recoger simplemente las imágenes que nos ofrecen los textos de la Palabra de Dios hoy proclamada.
¡Cuánta gente acude en ocasiones fervorosa ante una imagen de la Virgen, un santuario de devoción especial o en la fiesta que celebremos al patrono de nuestro pueblo y sólo quizá se quedan en eso! Pero ¡cuántos pasan indiferentes ante ese hecho religioso y viven con una vida al margen de la fe y de toda experiencia religiosa! Pero ¡cuántos también, tenemos que reconocer, que luego no llegan hasta un compromiso de la vida con la fe, viven situaciones en su vida, en su trabajo, en sus relaciones familiares o con los demás difíciles de compaginar con una fe cristiana comprometida, o cuántos viven con el corazón roto por el rencor, el odio, la envidia, los resentimientos y actitudes negativas semejantes! ¿No es eso una manifestación de esa desorientación y dispersión?
Sí, conocemos la realidad de ese mundo dividido y roto, de la falta de unidad para saber caminar juntos en la vida – ¡cuánto cuesta a veces un sentido de comunidad! -; no sabemos a veces colaborar juntos para luchar unidos por una sociedad mejor, o nos cuesta ser solidarios en momentos de crisis o de las malas situaciones por las que pasemos.
A la gente le cuesta entenderse y arrimar el hombro para cada uno poner su granito de arena en la solución de los problemas comunes. Y suceden estas cosas a nivel político o social y a veces nos sucede también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas y de nuestra Iglesia, aunque sea duro hay que reconocerlo. Somos desconfiados de los demás, nos encerramos en nuestras ideas o ideologías, nos enfrentamos por cualquier cosa, nos volvemos insolidarios y egoístas.
No quiero cargar las tintas en negruras, porque sabemos que no todos son así, pero si echo esta mirada cruda a la realidad en esta reflexión es porque pienso que Cristo viene con su Palabra a iluminar todas las situaciones de nuestra vida. No podemos espiritualizar tanto la salvación que Jesús nos ofrece que nos olvidemos del hombre en su situación y problemática humana concreta al que Cristo quiere salvar, para el que Cristo quiere ser su Salvador. Es el Salvador de todos los hombres y de todo hombre en todos y cada uno de los diferentes aspectos de su vida.
Como escuchamos en el Evangelio a Cristo le dio lástima aquellas personas concretas que estaban ante El con la problemática concreta que tuvieran en su vida. Y san Pablo nos habla de que Cristo vino a derribar los muros que nos separaban, vino a derribar el odio y vino a traer la paz. Y esas actitudes de las que hemos hablado anteriormente, ¿no serán muros que nos dividen y separan? Cristo quiere derribarlos, para eso ha derramado su Sangre.
Cristo vino para que ‘hiciéramos las paces, nos dice san Pablo, para hacer en El un solo hombre nuevo’. Ese hombre nuevo del entendimiento, de la unión y la colaboración; ese hombre nuevo comprometido por hacer un mundo mejor; ese hombre nuevo del amor y de la paz. ‘Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Todo eso tenemos que vivirlo ahí en ese mundo, en ese lugar concreto donde estamos: en la familia, con nuestros vecinos, con la gente con la que convivimos a diario, con aquellos con los que compartimos un mismo trabajo. Ahí, el que cree en Cristo, tiene que dar su testimonio. Ahí el creyente en Jesús tiene que llevar esa Buena Noticia de la paz.