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martes, 18 de junio de 2024

Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

 


Con tu forma especial de vivir el amor te puedes convertir en un río de agua cristalina que transformará el inhóspito desierto de la vida en un precioso vergel de amor

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Ya de antemano os digo lo que me vais a decir, que es una utopía, un sueño que no es realizable. Pero aún así os lo planteo. Imaginemos el más inhóspito desierto, con calores insoportable, con vientos que todo lo arrasan, donde parece que ha desaparecido cualquier vena de agua que pudiera quedar en las entrañas de la tierra, donde parece que no puede haber ningún tipo de vida, ni vegetal ni animal; pero en medio de ese lugar tan inhabitable, en un rincón cualquiera bajo una roca aparece una fuente de agua cristalina que intenta abrirse paso entre rocas y piedras frente a todo ese sequedal y esos vientos calientes que parece que todo lo evaporan, con dificultad el riachuelo se va abriendo paso y parece que todo lo intenta transformar aflorando las primeras hierbas que intentan cubrir y transformar con su manto aquel lugar tan inhóspito. ¿Podremos ver que algún día aquel desierto se transformará en un vergel?

Pues, mirad, es lo que nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Sí, pensémoslo bien. En lo que parece ser ese desierto de la vida donde parece imposible que aflore el amor, Jesús nos está diciendo que hagamos aflorar ese riachuelo de amor, que nos puede parecer tímido frente a tanta inclemencia para que nuestro mundo se transforme.

¿Qué nos está diciendo Jesús? En un mundo que pudiera parecer que el amor solo es para unos pocos y que se va quedar reducido a un amarse solo los que se aman entre sí, Jesús viene a romper moldes y nos dice que no solo hemos de amar a los que nos aman sino que nuestro amor tiene que ser más universal, porque nuestro amor tiene que abarcar a aquellos que se llaman nuestros enemigos y nunca nos han amado.

Sí, puede parecer una paradoja y una utopía, como aquel chorro de agua en medio del sediento desierto. Tenemos que ser ese chorro, tenemos que romper esas espirales de desamor en que nos quiere envolver la vida, tenemos que hacer de nuestro mundo algo distinto, no podemos dejarlo en la sequedad del desamor y del odio. No podemos esperar a que nos amen para nosotros comenzar a amar, sino que nosotros somos los que tenemos que tomar la iniciativa aunque no nos amen o aunque nos odien y nos hagan daño.

Es cierto que es difícil lo que nos pide Jesús, porque bien sabemos cuales son las primeras reacciones espontáneas que pueden surgir de nuestro corazón. Pero Jesús nos está diciendo que cambiemos esas reacciones para que no sean de desamor sino todo lo contrario. Algo que nos sigue costando entender y realizar, algo en lo que nos seguimos dejando llevar por la tendencia que parece más natural de amar solo a los que nos aman.

Aquí tendríamos que recordar aquello que nos dirá san Juan en sus cartas. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama; tajantemente nos dice Juan que Dios nos amó primero, y eso es lo que nosotros tenemos que hacer. 

Cuando Jesús nos deja el mandamiento del amor nos dice que amemos a los demás como El nos ama. Es el modelo, es el ideal, es el prototipo, es el camino que nosotros hemos de seguir, es el amor con que nosotros hemos de amar.

Y es que como nos dice Jesús a continuación, ¿en que nos vamos a diferenciar de los gentiles, en que nos vamos a diferenciar de los demás? Si ayudamos solo a los que nos ayudan, nos dice Jesús que eso lo hace cualquiera; si saludamos a los que nos saludan, eso es lo que habitualmente hace todo el mundo. En algo tenemos que diferenciarnos, en algo tenemos que mostrar lo que es la sublimidad del amor cristiano.

Te voy a proponer una cosa, sal a la calle y comienza a darle los buenos días a todo el mundo, lo conozcas o no lo conozcas, te responda o no te responda. Sigue haciéndolo un día y otro aunque sigas encontrando la callada por respuesta; verás que un día alguien comenzará a responderte, alguien comenzará a hacer lo mismo con los demás, comenzarán a aparecer sonrisas en los rostros, te darás cuenta que la gente comienza a ser más feliz; sigue con tu tarea, eres el río de agua cristalina en medio de ese desierto, pero pronto la humedad de tu amor hará brotar las primeras plantas e irán apareciendo las primeras flores, y ese desierto de la vida poco a poco se irá pareciendo a un bello vergel. No te desanimes que lo lograrás.

lunes, 2 de marzo de 2020

Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales



Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46
San Juan de la Cruz resumiendo en bellas y sabias palabras el evangelio de hoy nos decía que ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Al escuchar este mensaje ya de entrada me pregunto para mi mismo ¿pasaré yo ese examen?
Nos hace falta delicadeza de espíritu, sensibilidad en el alma, apertura del corazón. Aunque hemos sido creados para el amor, porque somos seres siempre abiertos a la relación con los demás, pronto pueden aparecer sombras en nuestro espíritu que nos apaguen la sensibilidad y la delicadeza. Algo que no podemos perder, tenemos que cultivar, porque la más bella flor la podemos plantar en un hermoso jardín si no la cuidamos y cultivamos debidamente pronto pueden aparecer las malas hierbas que se coman su belleza, pronto puede estar llena de virus y malas plagas que la contaminen y le hagan perder su lozanía y belleza. Nos puede pasar en nuestro espíritu.
Es verdad que ante lo bello nuestra sensibilidad parece que se despierta con facilidad y allí donde vemos la belleza del amor parece que nos sentimos especialmente atraídos y surgen los cuidados y los mimos, pero la sensibilidad de nuestro espíritu tiene que llegar más allá, pues tras esos rostros demudados y aparentemente llenos de amargura y pareciera que hubieran hasta malos sentimientos, tenemos que descubrir lo que hay detrás, porque puede esconder cosas bellas que no hemos sabido resaltar, aunque podemos descubrir tantos sufrimientos y angustias que son las que le amargan el alma. ¿Y no vamos a ser sensibles ante esos sufrimientos, ante esas angustias por las que pueden estar pasando quienes caminan a nuestro lado y quizá se nos presentan con un rostro no demasiado amable?
Hoy Jesús en el evangelio cuando nos está hablando de ese amor del que seremos examinados en la tarde de la vida no quiere que solamente seamos capaces de acoger a aquellos que parecen más agradables y nos hayan podido ofrecer amor, sino que nos está enseñando como tenemos que acoger a cuantos llevan sufrimiento en el alma y también tormentos y dolores en su cuerpo. Nos habla de los hambrientos y sedientos, nos habla de los enfermos y de los que sufren, nos hablan de los que se debaten en la soledad y la amargura porque se sienten unos desconocidos o porque han perdido su libertad a causa quizá de haberla vendido en un mal momento por unos malos deseos, nos habla de los que van por la vida atormentados y con falta de paz en el corazón o de los que se sienten despreciados y marginados o incluso vituperados y perseguidos por los demás.
Esos son los que principalmente tenemos que acoger y mostrar nuestro amor. Y para que nos demos cuenta de lo sublime que es esa acogida, nos está diciendo que cuanto hagamos a esos hermanos que sufren es como si a El mismo se lo estuviéramos haciendo. ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’.
Si nos faltara ese sensibilidad humana para descubrir el valor de todo ser humano que camina a nuestro lado y tratarlo con humanidad y con un corazón rebosante de solidaridad, ahora nos está diciendo Jesús que aprendamos a verle en el hermano, porque todo ser humano ha de ser para nosotros presencia del Dios vivo a quien hemos de amar.  Si alguna vez nos costara mantener esa sensibilidad de la humanidad añadámosle el toque de la gracia, de lo sobrenatural para descubrir en el hermano el rostro de Jesús.  Se embellecerá aun más el jardín de nuestra vida con resplandores celestiales.