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martes, 21 de julio de 2026

Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en El han puesto su fe, ‘creen en su nombre’

 


Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en El han puesto su fe, ‘creen en su nombre’

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 84; Mateo 12, 46-50

Siempre me llamó la atención y me gusto un texto de uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento que aunque sea muy breve de alguna manera es como una alabanza a una amistad verdadera pero que de alguna manera nos está hablando de la nueva relación que tiene que haber entre todos, una relación tan hermosa como la relación familiar, cuando hay amor verdadero. ‘Hay amigos que son más afectos que un hermano’, nos dice el referido texto. Se suele decir que los amigos son la familia que uno escoge, no porque no tenga importancia esa familia a la que nos unen lazos de sangre, sino porque cuando hay amistad verdadero y eso es decir amor verdadero los lazos que se crean es hacernos como una nueva familia.

Creo que esto nos puede dar pauta para comprender el texto que hoy se nos ofrece en el evangelio. La familia de Jesús, ‘su madre y sus hermanos’ como dice el texto sagrado entendiendo en esta palabra de hermano el sentido de la relación familiar pues para el sentir hebreo los que son de una familia son como hermanos, están queriendo hablar con Jesús. A María, la madre de Jesús, la vemos aparecer contadas veces en el evangelio en la vida pública de Jesús, salvo en esta ocasión la veremos luego en el momento supremo de la cruz. ¿Se quedó María en Nazaret rodeada del resto de la familia? Aunque en la visitas de Jesús a Nazaret no se hace mención de María, pues la única referencia es decir que era el hijo del carpintero y que allí estaban sus hermanos y parientes, es probable que allí estuviera y desde allí siguiera las andanzas de Jesús en su predicación.

En esta ocasión la vemos que se acerca a Jesús, quiere hablar con Él, aunque luego el evangelio no nos dé ninguna otra referencia a ese encuentro. Pero valdrá esta presencia para Jesús hablarnos de algo importante. ‘¿Quienes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús y extendiendo su mirada por todos los presentes y en ellos seguramente todos los que le seguían y ponían su fe en El les dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. No es un rechazo ni una minusvaloración de la familia formada por aquellos a los que nos unen los lazos de la sangre. Pero Jesús está ampliando su mirada.

Ya al principio del evangelio de Juan se nos habla de una nueva filiación nacida desde la fe que hemos puesto en Jesús. ‘A cuantos le recibieron, le dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. No son, por así decirlo, títulos humanos, razones humanas, sino que están en la voluntad de Dios. Y ahora nos está diciendo Jesús que su madre y sus hermanos, quienes han de considerarse en verdad su familia son aquellos que hagan la voluntad de Dios. Nace una nueva familia, la familia de los que hacen la voluntad de Dios, aquellos que han nacido de Dios porque en Él han puesto su fe, ‘creen en su nombre’.

Y creer no es solo una palabra, creer es una vida, una nueva forma de vivir, una nueva relación no solo con Dios sino con todos los que son hijos de Dios de quienes tenemos que sentirnos hermanos. Una nueva humanidad, porque es una nueva manera de ver y de sentir nuestra relación con los demás. Y ahora sí tenemos que decir que somos más afectos que un hermano, porque es así como tenemos que vernos y relacionarnos.

Todo esto muy bonito y mucho tendría que hacernos pensar. Tendría que hacernos pensar para examinar si en verdad, nosotros que nos llamamos cristianos y decimos que hemos puesto nuestra fe en El es así como vivimos. ¿Nos queremos de verdad los cristianos? ¿Los que venimos a la Eucaristía cada semana en verdad nos sentimos una comunidad, nos sentimos verdadera familia? Llega el momento de la paz y entusiasmados - ¿o algunas veces quizás con miradas que ponen distancias? – nos damos la paz con todos los que están a nuestro alrededor, pero cuando salimos de la Iglesia ¿seguimos manteniendo el mismo afecto o acaso aquello de que si te vi no me acuerdo? Desde que salimos de la puerta, comenzamos a mantener de nuevo las distancias. Pero ¿no nos decía Jesús que teníamos que ser su familia porque hacemos la voluntad de Dios? Alguna incongruencia se nos está escapando por ahí.


lunes, 19 de febrero de 2024

Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

 


Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

No siempre vemos las cosas de la misma manera, ni aunque tengamos delante de los ojos las mismas cosas no todos lo vemos de la misma manera, por medio pueden estar muchas cosas, desde las perspectivas desde donde lo veamos, la cercanía o la lejanía en que estemos, el estado de ánimo en que nos encontremos, o el cristal que tengamos delante de los ojos.

Variemos la perspectiva, más allá o más acá, desde un ángulo o desde otro, acerquémonos para ver los detalles, quedémonos en la distancia, o mirémoslo en su conjunto, limpiemos o no el cristal de nuestras lentes y estaremos viendo las cosas de distinta manera. Hagamos vibrar las fibras de nuestro corazón, o desprendámonos de  aquellas cosas que nos crean disonancias y comenzaremos a sentir de manera distinta. Es lo que nos está enseñando hoy Jesús.

¿Cómo miramos al que está a nuestro lado? ¿Por qué con unos nos sonreímos y sacamos la mejor expresión de nuestro rostro y pronto la conversación se hace amena y agradable, mientras que con otros nos mostramos adustos y ni a la fuerza somos capaces de sacar una sonrisa, y lo más que saldrá de nuestros labios son monosílabos entrecortados? Lo que decíamos, ¿cómo miramos al que está a nuestro lado?

No se trata solo de lo que no debemos hacer, en nombre del respeto que deberíamos tener a toda persona, simplemente por eso, por su dignidad que respetamos, sino lo que tendríamos que ser capaces de hacer cuando tenemos el corazón caldeado con el amor. Quizás solo desde el respeto evitaremos hacerle daño pero nuestras relaciones son frías y pueden quedarse en la distancia porque la fibra que tendría que vibrar no la hemos afinado lo suficiente desde el amor; es por donde tenemos que ir.

Si el que está a tu lado lo sientes como amigo seguro que esa fibra vibrará de una forma distinta; si aquel que está lejos, aunque no lo veamos claramente a causa de la distancia sabemos que es el amigo que viene a nosotros para con nosotros compartir el más pequeño detalle nos será reconocible y en la esperanza del encuentro nuestro corazón comenzará a destilar nuevos y bonitos sentimientos. Nadie será ya indiferente para mi vida.

Hoy Jesús en el evangelio, cuando está hablándoles a los discípulos, aquellos que siempre estaban con El y que incluso estaban dispuestos a todo por Jesús porque lo amaban, para decirles que su amor tiene que tener una cobertura más universal les dice que todo lo que le hagan a los demás es como si se lo estuvieran haciendo a El a quien tanto amaban. Les está haciendo cambiar la perspectiva de la mirada que han de tener con los demás, han de tener con todos. Si en el otro están viendo a Jesús estarán viendo a quien tanto les ama, y de ese amor de Jesús ellos se sienten bien seguros, y entonces como si dieran respuesta a ese amor de Jesús han de amar a los demás.

En el otro ya no vemos, no podemos estar mirando desde esas categorías humanas con las que nos catalogamos, con las que nos hacemos nuestros distingos y nuestras separaciones, en el otro estaremos viendo a Jesús, que nos llama amigos porque nos ama, que nos hace sentirnos hermanos porque comenzamos a ser una nueva familia, que nos hace vernos a nosotros mismos también de una forma distinta porque nos dice que somos hijos de Dios porque somos amados de Dios.

Otra es entonces la pauta, la medida, el estilo, el sentido que le damos al amor a los demás. Y lo que le pasa a los demás lo sentimos ya incluso como si nos pasara a nosotros mismos porque entramos en otras ondas de solidaridad.


lunes, 2 de marzo de 2020

Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales



Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46
San Juan de la Cruz resumiendo en bellas y sabias palabras el evangelio de hoy nos decía que ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Al escuchar este mensaje ya de entrada me pregunto para mi mismo ¿pasaré yo ese examen?
Nos hace falta delicadeza de espíritu, sensibilidad en el alma, apertura del corazón. Aunque hemos sido creados para el amor, porque somos seres siempre abiertos a la relación con los demás, pronto pueden aparecer sombras en nuestro espíritu que nos apaguen la sensibilidad y la delicadeza. Algo que no podemos perder, tenemos que cultivar, porque la más bella flor la podemos plantar en un hermoso jardín si no la cuidamos y cultivamos debidamente pronto pueden aparecer las malas hierbas que se coman su belleza, pronto puede estar llena de virus y malas plagas que la contaminen y le hagan perder su lozanía y belleza. Nos puede pasar en nuestro espíritu.
Es verdad que ante lo bello nuestra sensibilidad parece que se despierta con facilidad y allí donde vemos la belleza del amor parece que nos sentimos especialmente atraídos y surgen los cuidados y los mimos, pero la sensibilidad de nuestro espíritu tiene que llegar más allá, pues tras esos rostros demudados y aparentemente llenos de amargura y pareciera que hubieran hasta malos sentimientos, tenemos que descubrir lo que hay detrás, porque puede esconder cosas bellas que no hemos sabido resaltar, aunque podemos descubrir tantos sufrimientos y angustias que son las que le amargan el alma. ¿Y no vamos a ser sensibles ante esos sufrimientos, ante esas angustias por las que pueden estar pasando quienes caminan a nuestro lado y quizá se nos presentan con un rostro no demasiado amable?
Hoy Jesús en el evangelio cuando nos está hablando de ese amor del que seremos examinados en la tarde de la vida no quiere que solamente seamos capaces de acoger a aquellos que parecen más agradables y nos hayan podido ofrecer amor, sino que nos está enseñando como tenemos que acoger a cuantos llevan sufrimiento en el alma y también tormentos y dolores en su cuerpo. Nos habla de los hambrientos y sedientos, nos habla de los enfermos y de los que sufren, nos hablan de los que se debaten en la soledad y la amargura porque se sienten unos desconocidos o porque han perdido su libertad a causa quizá de haberla vendido en un mal momento por unos malos deseos, nos habla de los que van por la vida atormentados y con falta de paz en el corazón o de los que se sienten despreciados y marginados o incluso vituperados y perseguidos por los demás.
Esos son los que principalmente tenemos que acoger y mostrar nuestro amor. Y para que nos demos cuenta de lo sublime que es esa acogida, nos está diciendo que cuanto hagamos a esos hermanos que sufren es como si a El mismo se lo estuviéramos haciendo. ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’.
Si nos faltara ese sensibilidad humana para descubrir el valor de todo ser humano que camina a nuestro lado y tratarlo con humanidad y con un corazón rebosante de solidaridad, ahora nos está diciendo Jesús que aprendamos a verle en el hermano, porque todo ser humano ha de ser para nosotros presencia del Dios vivo a quien hemos de amar.  Si alguna vez nos costara mantener esa sensibilidad de la humanidad añadámosle el toque de la gracia, de lo sobrenatural para descubrir en el hermano el rostro de Jesús.  Se embellecerá aun más el jardín de nuestra vida con resplandores celestiales.


domingo, 31 de marzo de 2019

El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos


El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Dolor de un padre o de una madre es contemplar como un hijo marcha por malos caminos dejándose arrastrar por el vicio o la maldad que terminará hundiéndolo en la más penosa miseria; pero, no sé si decir más aun es el dolor del padre o de la madre que ve como el hijo se marcha lejos del amor y del calor de la casa del padre, o cuando contempla el enfrentamiento de los hermanos que los alejan entre sí y que al mismo tiempo rompen esa unidad y ese calor del hogar. Será el dolor callado en el silencio de las lágrimas amargas y el desgarro angustioso del corazón cuando ve que ya no reina el amor en aquello que tendría que ser un hogar que tendría que ser ese punto de encuentro que caldease los corazones para mantener el fuego del amor entre todos.
Hoy el evangelio nos propone la parábola que habitualmente llamamos del hijo pródigo, como si fuera uno solo de los hijos el que rompiese esa estabilidad del hogar. Siempre en nuestros comentarios nos fijamos en el hijo menor, el que se marchó lejos para gastar de mala manera la herencia del padre, y casi no nos fijamos en aquel que aun permaneciendo físicamente en el seno del hogar su corazón estaba bien lejos y en su orgullo y resentimiento se había también distanciado de lo que tenia que ser aquel amor de hogar.
Dolorosa tenía que haber sido la marcha del hijo menor del que nada sabía de sus andanzas y en eso casi siempre hemos abundado mucho en los comentarios, pero doloroso tenia que ser aquel distanciamiento silencioso lleno de desconfianza y resentimiento de quien tenia a su lado pero cuyo corazón se había alejado.
Pero era un corazón de padre que en su amor siempre estaba esperando el momento oportuno para ir al encuentro del hijo, del que volvía arrepentido, o del que estando allí tan cerca sin embargo no era capaz de sentir la alegría que su padre podía sentir en la vuelta del hermano pródigo.
Cuando el hijo mejor, postrado en la miseria no solo de quien no tiene que comer sino lo que es peor en la desconfianza de lo que podía ser el amor del padre y se atreve a iniciar el camino de regreso para al menos poder estar cerca y ser admitido aunque solo fuera como un jornalero más, es el padre el que acorta el camino del regreso, porque sale lleno de alegría a su encuentro queriendo hacer fiesta para que todos participen de la alegría del regreso del hijo que estaba perdido y fue encontrado, del  hijo que estaba muerto pero que ahora volvía a la vida.
Pero la fiesta no era completa. El hijo cumplidor, el que permanecía en sus tareas aunque solo fuera de una manera formal, aun no participaba de aquella alegría ni quería en ella participar. Cuando oye los alborotos de la música y de la fiesta y le dicen que su hermano ha regresado se niega a entrar y participar. No quería ni considerarlo como un hermano, sino que tal era la distancia que ya lo consideraba como un extraño al que despreciaba por su vida viciosa.
Afloran los viejos resentimientos en su corazón que siguen produciendo una honda división y distanciamiento. No es solo contra el hermano que se había marchado sino que era también contra el padre del que le parecía a él que no le atendía lo suficiente. Ante la insistencia del padre que viene también a su encuentro buscándole para que participe de aquella alegría y de aquella fiesta. No quiere entrar, no quiere participar de aquella alegría, en su orgullo quiere poner distancias y ya no es solo el distanciamiento con su hermano al que desprecia y al que ni siquiera llama así – ese hijo tuyo que se ha gastado todo en malas mujeres, le dice al padre -, sino es la distancia que quiere poner también con su padre.
Un retrato el de estos dos hijos que nos habla y describe bien muchas situaciones que nosotros vivimos en la vida en el desarrollo de nuestra vida personal tan llena de miserias y en nuestra relación con los demás.
Miserias que vivimos cuando queremos escoger nuestro camino a nuestra manera no importándonos tantas veces de las rupturas y de las distancias que ponemos en nuestra relación con los que convivimos cada día; miserias de nuestra vida cuando nos llenamos de desconfianzas y hasta desconfiamos del amor de quienes nos rodean y de la capacidad de comprensión que pueden tener los demás; miserias de nuestra vida en esos resentimientos orgullosos que tantas veces guardamos en el corazón y que van ahondando las distancias entre unos y otros, terminando quizás muchas veces enfrentados los unos con los otros; miserias cuando olvidamos lo que es el amor que Dios nos tiene que nunca nos fallará y siempre está como un padre bueno esperando nuestro regreso, o esperando nuestra decisión de reencontrarnos también con los demás hermanos.
Pero el retrato importante de la parábola es el retrato del padre, es el retrato de Dios. Cuánto podríamos decir. Es el Padre bueno que nos ama, que nos espera y que nos busca, como nos enseñará también Jesús en otras parábolas; el Padre bueno que sale a nuestro encuentro porque siempre tiene los brazos abiertos para la misericordia y para el perdón; el Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos.
Como  nos decía san Pablo hoy en su carta ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ El es quien pone en nuestro corazón el reconocimiento de lo que son nuestros males y el arrepentimiento, es quien mueve nuestro corazón para que volvamos a su encuentro con la esperanza cierta de que en El siempre vamos a encontrar ese abrazo de amor. Pero como seguía diciendo el apóstol ‘nos ha confiado el mensaje de la reconciliación’.
Estamos llamados a seguir anunciando entre los hombres el mensaje de la fiesta de la vida, el mensaje de la reconciliación siendo capaces de llenarnos nosotros también de misericordia para acoger a nuestros hermanos, como nos decía el apóstol, ‘sin pedirle cuenta de sus pecados’. Hemos de saber quitar esas honduras que nos distancian y esas barreras que nos separan. Es lo que no hizo el hermano mayor con su hermano y lo que nos sentimos tentados nosotros de hacer tantas veces con los demás a los que siempre les estaremos recordando  sus errores y pecados.
Quienes nos gozamos en la alegría del perdón, así hemos de llenar de misericordia nuestro corazón.

martes, 22 de octubre de 2013

La cintura ceñida y las lámparas encendidas para acoger al Señor y El nos irá sirviendo 

Rom. 5, 12-15.17-21; Sal. 39; Lc. 12, 35-38
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. Se ciñe el que está dispuesto a caminar o a servir. Se enciende la lámpara para iluminar la estancia o para alumbrar el camino que hemos de recorrer o el camino del que llega.
Hoy nuestras calles y caminos están siempre iluminados como consecuencia del mundo en el que vivimos. Pero no siempre ha sido así y nos conviene comprenderlo para entender bien el sentido de lo que Jesús nos quiere decir. Quizá nosotros los mayores vivimos otras experiencias de oscuridad o de falta de luz en nuestros caminos y senderos. Hoy mismo si falla la luz pública que ilumina nuestras calles, encendemos algún tipo de luz que saquemos de nuestras casas o pongamos a la puerta para que el que pasa o el que llegue pueda orientarse y saber el camino.
El evangelio con esas imágenes del que se ciñe o del que tiene encendida la lámpara nos está hablando de la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida. Claro que buscamos la luz de Cristo y no queremos que nos falle la luz de la fe. Pero hemos de estar atentos para que no se nos apague y nos quedemos en la peor de las tinieblas. Pero esa vigilancia, como comprendemos por las palabras de Jesús no es una espera pasiva, porque nos dice que nos ciñamos como el que va a partir a realizar un trabajo o el que está dispuesto a servir. Es vigilancia activa porque se ha de estar atento a que no se apague la luz, sino que se mantenga encendida.
Y nos es necesaria esa vigilancia para nosotros mismos, para que no perdamos ni el rumbo ni el sentido de nuestra vida y también para que estemos dispuestos a recibir al que llega. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’, repetimos en el salmo. ¿Cuál es esa voluntad del Señor? ¿En qué se  nos va a manifestar? Hacer la voluntad del Señor es tener ceñida nuestra cintura y encendidas nuestras lámparas siempre dispuestos al amor y al servicio, siempre dispuestos a acoger al Señor que llega.
Y llega el Señor a nuestra vida y hemos de estar dispuestos a acogerle. Que no nos suceda como a las vírgenes necias que no tuvieron aceite y se les apagaron las lámparas. Es necesario que estemos atentos para acoger al Señor que llega a nuestra vida y no nos confundamos y pueda pasar de largo junto a nosotros y no lo reconozcamos.
Llega el Señor a nosotros en su Palabra y en la gracia de sus sacramentos. Pero bien sabemos que llega el Señor a nosotros en el hermano, en el prójimo que está a nuestro lado o se acerca de alguna manera a nosotros. Y Jesús está detrás del rostro de ese hermano, de ese prójimo, de ese pobre que nos tiende la mano o está esperando de nosotros una sonrisa o una palabra de ánimo. Jesús está detrás de ese rostro del hermano que sufre, o que nos puede parecer una piltrafa por la apariencia con que se nos pudiera presentar en su pobreza o en la miseria de su vida marcada por muchas llagas. Tengamos encendidas nuestras lámparas para iluminar los rostros de nuestros hermanos con nuestro amor y nuestro servicio.
‘Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela… porque están siempre dispuestos para abrirle apenas venga y llame… si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos’. Pero fijémonos en lo que nos dice el Señor, cuál es la dicha que vamos a tener. ‘Os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo’.
Si estamos vigilantes, ceñidos y dispuestos para servir, con las lámparas encendidas para reconocer al Señor sea cual sea la hora en que llegue o la apariencia con que venga a nosotros, será el Señor el que nos siente a la mesa y nos irá sirviendo. Es hermoso. Cuando estemos de verdad dispuestos a servir, será el Señor el que nos sirva a nosotros, porque nos regala su gracia, porque nos hace participar de su reino, porque nos hará herederos de su gloria. 

¡Qué dicha más grande podemos alcanzar! ¿No sentimos un gozo especial en el corazón cuando escuchamos estas consoladoras palabras de Jesús? Creo que nos tenemos que sentir más impulsados a vivir esa vigilancia y esa esperanza. Será el Señor el que nos va a servir a nosotros.