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miércoles, 15 de mayo de 2024

Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 


Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Seguramente habremos escuchado más de una vez de parte de una persona que nos tenía en gran aprecio que nos decía, ‘yo rezo por ti’. Cualesquiera que fuera la circunstancia por la que estuviéramos pasando o el momento en que nos dijeran tal cosa, seguramente sentimos una hermosa emoción interior, al ser consciente de que alguien pensara en ti y te tuviera presente en su oración delante del Señor. Es un gozo grande el que sentimos en nosotros, una gratitud espontánea se desprende del alma, nos sentimos unidos de una manera especial con personas así y seguramente será un impulso espiritual grande el que sentimos dentro de nosotros, sea cuales fuera, como decíamos, la situación o el estado de nuestro animo en esos momentos. Y si además sentíamos que se avecinaban momentos difíciles más profundo sería la esperanza que se despertaba dentro de nosotros y grande sería la fuerza espiritual que sentiríamos.

Es lo que contemplamos y escuchamos en estos textos del evangelio de Juan que se nos van a proclamar en estos días. Fue al final de la cena pascual, después de todas las emociones vividas, después de las palabras de recomendación y despedida de Jesús, tras los anuncios que se habían ido haciendo que barruntaban momentos difíciles. Y Jesús les dice que ora por ellos al Padre, es más, le contemplamos y escuchamos en esa oración que Jesús dirige al Padre.

La llamamos oración sacerdotal, porque era de alguna manera el momento en que el Pontífice estaba haciendo su ofrenda en el comienzo y consumación del sacrificio; comenzará ahora está oración que se prolongará a través de toda la pasión y entrega que se va a desarrollar y culminará con aquel ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

En esa oración ofrenda no podían estar ausentes aquellos que con El habían estado y cuya misión de El habían de recibir. Es consciente Jesús del momento supremo y solemne que van a vivir, pero es consciente también de lo difícil de aquel momento. La cruz y la pasión siempre asustan y aunque pongamos todo nuestro amor lágrimas no nos faltarán. Es inmensa la tarea que han de realizar y es importante la unidad que han de manifestar. No va a ser fácil.

El mismo Jesús querrá que pase de él aquel dolor y aquella pasión aunque llegará el momento de la obediencia filial y final donde todo lo deja en las manos del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, como enseñándonos a decir nosotros aquello que ya nos había enseñado para nuestra oración, ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’.

Podemos tener la tentación de la huida y del escondernos, como incluso les pasaría a aquellos discípulos más fieles. Tantas veces en la vida frente a las dificultades con que tenemos que enfrentarnos queremos escondernos, queremos irnos a otra parte, pensamos que en otro lugar lo tendríamos mejor; nos sucede en muchas circunstancias de la vida.

Pero tenemos que saber cuál es nuestro momento y cual el lugar que hemos de ocupar en ese momento; aunque sea duro y doloroso, aunque nos parezca difícil superarlo. Pero con nosotros está la oración de Jesús que estamos escuchando y contemplando. Y con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, porque Dios está con nosotros. Seamos también signo para los demás.

Y a pesar de todos los pesares queremos seguir adelante, asumimos en nuestras manos y en nuestro corazón la tarea que se nos va a confiar. Queremos caminar al paso de Jesús. Y de Jesús aprenderemos también a rezar por los demás.


viernes, 10 de mayo de 2024

Hagamos que el aliento del Espíritu sople sobre ese pabilo vacilante para que se reavive su luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo

 


Hagamos que el aliento del Espíritu sople sobre ese pabilo vacilante para que se reavive su luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

‘Cuando más te necesitaba, más me habías dejado solo’, es quizás la queja al amigo que en momentos difíciles no supimos ver a nuestro lado con lo que sufrimos una soledad peor. Nos pasa en ocasiones en la vida, nos vienen la dificultades y nos vemos solos, aquellos en los que confiábamos no estuvieron a nuestro lado, o al menos, nosotros en nuestras angustias no supimos ver las señales que nos mandaban. Porque eso nos sucede también, nos es fácil culpar al otro, pero quizás a nosotros nos faltó sensibilidad, o nos encerramos tanto en nosotros que no supimos ver las señales que nos estaban dando.

Quiero comenzar mi reflexión de hoy sacando a flote quizás experiencias negativas por las que alguna vez hemos pasado; son los problemas cotidianos de la vida, o son las noches oscuras de nuestro espíritu. Nos aparecen las dudas, nos entran los desánimos, se nos mete la depresión en el alma y no somos capaces de ver nada. Es lo que nos pasa muchas veces en nuestro camino de fe, parece que nada ya nos satisface, nos desanima la poca acogida que encontramos al mensaje que queremos trasmitir, parece que el mundo nos come, a la gente ya no le importa nada la religión ni la iglesia, ni nada que suene a cristiano, veamos la indiferencia con que la gente camina en este aspecto, y eso a nosotros nos desalienta. Y quizás también comenzamos a hacernos preguntas.

No tengamos miedo de afrontar esa realidad. Como dice la gente tantas veces para tantas cosas, es lo que hay. Pero no podemos perder la serenidad de nuestro espíritu para que no deje de iluminarnos la luz; no le pongamos vallas a la luz que siempre puede llegar a nosotros para levantarnos de esos momentos depresivos y tristes en lo que nos podamos encontrar. Necesitamos escuchar con atención estas palabras de Jesús que hoy nos ofrece el evangelio.

Jesús estaba preparando a los discípulos para aquella noche oscura que iba a significar la pasión en sus vidas. Podían llegar momentos de dispersión y abandono. Pero Jesús les está animando a que se mantengan firmes, que aunque vengan esos momentos oscuros como va a significar todo el recorrido de la pasión, Jesús volverá a estar con ellos. Pasarán por esos momentos de agobios, de tristezas, de huidas pero volverá a renacer la alegría en sus corazones. Es todo lo que va a suceder desde Getsemaní, no entenderán aquella angustia de Jesús, pero cuando llegue el momento del prendimiento todos van a huir y dispersarse; vendrán momentos de miedo y de cobardías, hasta Pedro va a negar que conocía a Jesús. Ahora después de la pascua lo comprendemos todo. Entendemos esa alegría que Jesús dice que nadie ya nos podrá arrebatar.

Es lo que tiene que fortalecer nuestra vida para que no nos entren esos desánimos. Siempre podremos encontrar a nuestro lado muchas señales de esa presencia de Jesús. No nos quedemos mirando los nubarrones negros, sino seamos capaces de descubrir esos destellos de luz, aunque nos parezcan pequeños, que brillan también en torno nuestro. Hay mucha gente que a pesar de todo mantiene su fe, hay gente que sabe sentir y guardar en su corazón esa presencia de Jesús, hay gente que sigue amando y entregándose aunque lo haga en silencio, pero ahí están.

Sepamos descubrir el lado bueno de muchas cosas que aparentemente nos pueden parecer turbias, pero en las que en el fondo sigue brillando una luz. Ese pabilo vacilante y aun humeante no lo podemos descartar, no lo podemos apagar. Hagamos el aliente del Espíritu sople sobre ellos para que se reavive esa luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo. Nos toca avivar también esa luz y ese fuego de nuestro corazón.

viernes, 22 de abril de 2022

Aquel amanecer en el lago había sido distinto, había sido un nuevo amanecer, solo nos estará pidiendo amor para que tengamos una nueva visión y una nueva mirada

 


Aquel amanecer en el lago había sido distinto, había sido un nuevo amanecer, solo nos estará pidiendo amor para que tengamos una nueva visión y una nueva mirada

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Es la vida misma de cada día, trabajo, luchas por sacar adelante nuestras responsabilidades, esfuerzos en los que en ocasiones no vemos el fruto del trabajo, contratiempos que hace que las cosas no salen como quisiéramos, momentos de satisfacción por lo hecho y lo conseguido, momentos de luz y momentos oscuros, éxitos y fracasos, reconocimiento por parte de otros de lo que hemos hecho o indiferencia u oposición; no siempre nos sentimos bien y satisfechos. Pero aun así no queremos tirar la toalla, queremos seguir adelante.

En esta ocasión aquellos pescadores no vieron el fruto del trabajo realizado durante la noche; aquella noche se les estaba prolongando, porque detrás venían de otros malos momentos que habían sonado a fracasos; aunque algunos decían que comenzaba algo nuevo, no lo terminaban de ver. Por eso aquel amanecer en el lago de Tiberíades tuvo un significado especial.

Estamos haciendo referencia a ese momento en que los apóstoles aún no lo tenían todo claro; algunos  hablaban de que Jesús había resucitado, que lo habían visto, que había estado con ellos; ahora este grupo está de nuevo en Galilea a donde al final han tenido que venirse, pero es que a través de los mensajes que les llegaban les decían que fueran a Galilea que allí lo verían. La tarde anterior aburridos de no hacer nada se decidieron a salir aquella noche a pescar. Pero había sido una noche infructuosa. ¿Estaban acostumbrados a que eso les sucediera los pescadores del lago? Realmente es la vida misma, como decíamos al principio, a todos los pescadores les pasa más de una vez en la vida. Una noche sin coger nada.

Pero aquel amanecer en el lago de Tiberíades tenía un significado especial. En la orilla alguien preguntaba si habían cogido nada, y ante la respuesta negativa les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. No distinguían quien era en la distancia y en la neblina del amanecer, pero al parecer el que estaba en la orilla veía el cardume de peces, la redada fue grande y en el esfuerzo estaban de sacar las redes cargadas de peces. Uno de ellos por lo bajo le sugiere a Pedro quien es el que está en la orilla. ‘¡Es el Señor!’

Fue suficiente para que Pedro se lanzara al agua para llegar pronto a los pies de Jesús. ‘Se ató la túnica y se echó al agua mientras los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan’. Jesús les pide ahora que trajeran de los peces que han cogido y realizada la tarea les dice: ‘Vamos, almorzad’.

Ya no era necesario preguntarse nada porque todos sabían que era el Señor. Aquel amanecer en el lago había sido un nuevo amanecer; se disipaban las tinieblas y volvía de nuevo la luz; se terminaban las sombras de muerte y reaparecía la vida; atrás quedaban las dudas y las cobardías, los miedos y las huidas; ahora todos querían venir corriendo para estar a los pies de Jesús. Solo les estaba pidiendo su amor; solo les estaba pidiendo que escucharan la voz que sentían en su corazón; solo quería que se dejaran conducir; solo les pedía que dejaran caer aquellas escamas que velaban sus para que pudieran ver y descubrir quien siempre está al lado en la orilla de la vida; solo quería que fueran capaces de decir también al que está al lado, ‘¡es el Señor!’.

El trabajo se nos puede hacer duro, la tarea que como testigos tenemos que realizar no siempre será fácil, muchas veces parecerá que vamos adelante y atrás al mismo tiempo porque no avanzamos como queremos; pero siempre Jesús está a nuestro lado, siempre Jesús despertará amor en nuestro corazón para que podamos tener una visión nueva y distinta, siempre Jesús con la fuerza de su Espíritu nos estará enseñando el camino señalando que miremos por el otro lado de la barca, siempre Jesús estará abriéndonos a un nuevo día y a nuevos horizontes. ‘¡Es el Señor!’, El está con nosotros y nos está invitando a sentarnos a su mesa. ‘Vamos, almorzad’.

martes, 4 de enero de 2022

Preguntas que responden a inquietudes, respuestas que nos pueden comprometer, dos discípulos valientes que se atreven y se ponen en camino

 


Preguntas que responden a inquietudes, respuestas que nos pueden comprometer, dos discípulos valientes que se atreven y se ponen en camino

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Habían escuchado la voz de Juan que lo señalaba. ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Y se habían ido tras Jesús con sus preguntas y sus búsquedas, con sus inquietudes y con unas esperanzas que parecía que comenzaban a renovarse en muchos, al menos ellos estaban llenos de esperanza. Por eso habían escuchado con atención.

Algunas veces oímos, pero no escuchamos. Oímos una palabra que pudiera inquietarnos, pero no la queremos escuchar dentro de nosotros mismos. ¿Tenemos miedo a que nos comprometa? Pues igual, sí. Y preferimos hacernos oídos sordos, o decir que eso ya lo sabíamos, pero aunque lo supiéramos no prestamos atención y aquello duró poco dentro de nosotros. es una palabra amiga, es un testimonio que se nos ofrece, es una amistad que llega a nuestro corazón, pero parece que no queremos prestar atención, no queremos darnos cuenta de que lo hemos oído, y por eso terminamos no escuchando, no atendiendo, no poniéndonos en camino, alejándonos de toda búsqueda y no nos importan los silencios que se produzcan en los oídos o en el corazón, no nos importa quedarnos con nuestra rutina, porque lo otro, lo de escuchar, nos podría comprometer. Es en tantas cosas de la vida que andamos así, muchas veces parece que vamos a la huida, para no enterarnos, para no complicarnos.

Pero aquellos dos discípulos del Bautista, prestaron atención. Con interés habían venido desde la lejana Galilea hasta la orillas del Jordán, allá en las cercanías de los desiertos de Judea, porque eran hombres inquietos, porque había interrogantes en sus vidas, porque tenían esperanzas de algo nuevo que pudiera suceder, porque lo que se oía de Juan parecía nuevo e interesante; parecía que un nuevo profeta había aparecido de nuevo en aquellas tierras, mejor en aquellos desiertos. Y habían quizá comenzado a aprender a escuchar con el Bautista, por eso ahora dan un paso al frente, un paso adelante y se van detrás de aquel del que les han dicho que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

¿Y si era en verdad el Mesías que todos estaban esperando? Lo mejor era seguir sus pasos, ponerse ellos también a indagar para conocer, saber dónde vivía y cómo era su vida para entender si sus palabras eran ciertas y veraces. Por eso se fueron parecía primero espiando, pero luego preguntando. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’

‘Venid y lo veréis’, y se fueron con El. Ver dónde vivía Jesús era mucho más que buscar un lugar. La pregunta entraña algo más profundo, como tantas preguntas que en lo hondo del corazón seguimos muchas veces arrastrando porque no nos atrevemos a decir en voz alta.

Hay cosas que nos parecen indescifrables y a veces nos quedamos sin preguntar, por miedo quizá a que no vayamos a entender. Hay preguntas que resultan comprometedoras porque pueden manifestar una inquietud que hay en el corazón y hasta nos da vergüenza manifestarlo delante de los demás. Hay preguntas a las que les tenemos miedo porque pueden desenmascarar nuestra ignorancia y eso no queremos dar a entender cuando tantas veces nos hemos querido manifestar como muy seguros. Hay preguntas que nos callamos quizá porque sabemos que sus respuestas nos van a comprometer, porque después de saber la respuesta alguna nueva señal tendríamos que dar.

¡No tengamos miedo a las preguntas que llevemos dentro! No tengamos miedo a las posibles respuestas. No tengamos miedo a que unas y otras nos hagan movernos, ponernos en camino, cambiar muchas cosas en nuestro interior, dar una nueva imagen de nosotros mismos. Preguntemos y escuchemos. Jesús es la Palabra de la Verdad y es la Palabra de la Vida.

martes, 28 de diciembre de 2021

Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

 


Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Hay ocasiones en que aunque nos vaya mal preferimos seguir como estamos antes que el esfuerzo de despertar y levantarnos para tratar de encontrar un camino mejor. Muchas veces vamos de pasivos en la vida, nos da pereza tener que esforzarnos para cambiar y fácilmente caemos en una rutina que nos adormece. Solo los que son capaces de mirar alto distinto y con mayor altura, solo los capaces de esforzarse por levantarse y cambiar podrán lograr algo. Y en muchas cosas de la vida nos pasa; tratamos de hacer nuestros arreglos, nuestros apaños, pero no ponemos toda la voluntad que necesitamos para tratar de ver algo distinto. En cierto modo necesitamos ser soñadores, porque aunque sea en sueños podemos vislumbrar que las cosas pueden ser distintas, que se pueden hacer de otra manera, y seremos capaces de levantarnos para ponernos en camino.

En este día en que la liturgia conmemora a los santos inocentes de Belén, que por otra parte popularmente tratamos de llenar de humor con nuestras inocentadas, a pesar del drama que significa lo que conmemoramos, necesitamos adentrarnos un poco más en el evangelio, que como siempre quiere abrirnos nuevos caminos.

El texto ha partido del episodio de los magos de Oriente que porque fueron capaces de levantar la mirada a lo alto descubrieron una nueva estrella que les iba a conducir a Belén. Fue un levantar la mirada a lo alto y escuchar una voz en su interior que los hacía ponerse en camino porque lo que estaban contemplando tenía un significado hondo aunque ellos quizá en principio no fueran capaces de ver todo su alcance. Pero habían levantado la mirada a lo alto para soñar con algo nuevo y distinto.

Pero el episodio se centrará luego en el sueño de José que le hace levantarse también y marchar con el Niño y su madre a Egipto. ¿Eran sueños? Era algo más que sueños que puedan llenarnos de pesadillas en la noche. En el sueño vislumbraba algo distinto y era capaz de escuchar la voz de Dios que en un ángel se le manifestaba. Alguien podría hablar de supersticiones y fantochadas, pero hay unos hechos que se cumplieron y la vida del Niño pudo salvarse aunque fuera tras un arduo camino de huida a Egipto. José era un hombre creyente y estaba dispuesto a escuchar la voz de Dios aunque llegara a él a través de sueños.

Mucho nos están enseñando estos episodios. ‘Levántate…’ le decía la voz del ángel a José, como un día una voz semejante había hecho levantarse a aquellos magos de Oriente para ponerse en camino.

‘Levántate…’ podemos estar sintiendo que se nos dice también, levántate y sueña con algo distinto, levántate y sé capaz de descubrir nuevos caminos, levántate y descubre el mundo de sombras que puede haber a tu alrededor, levántate y mira la crueldad del sufrimiento de muchos en tu entorno… no podemos quedarnos adormecidos, no podemos quedarnos insensibles ante las violencias de nuestro mundo que sufren niños, que sufren mayores, que sufren las mujeres, no podemos cruzarnos de brazos ante tantas soledades de personas mayores o de tantos que no tienen una voz que los defienda, una mano amiga que les ayude a caminar, un corazón ardiente que les llene de nuevo de ilusión y de esperanza.

Son los santos inocentes del mundo de hoy. Tratemos de descubrirlos porque ahí a nuestro lado están. Nosotros no podemos refugiarnos en la huida, nosotros tenemos que ponernos manos a la obra para que las cosas cambien. Escuchamos el llanto y los gritos ¿y vamos a cerrar nuestros oídos?

domingo, 4 de abril de 2021

No importan los miedos ni las dudas, pongámonos en camino que el Señor resucitado nos saldrá a nuestro encuentro

 


No importan los miedos ni las dudas, pongámonos en camino que el Señor resucitado nos saldrá a nuestro encuentro

 Domingo Resurrección

 Hechos 10, 34a. 37-43; Sal 117; Colosenses 3, 1-4; Juan 20, 1-9

Es la Pascua. El Señor resucitó. Alegría porque la muerte ha sido vencida. Aleluya que celebramos la resurrección y ha comenzado una vida nueva, un mundo nuevo. Es la Pascua. Nuestras esperanzas han sido colmadas. Es posible la vida. Es posible la victoria del amor. Es un día grande. Para nosotros el más importante. Resucitó el Señor. Nos alegramos, hacemos fiesta grande en la resurrección del Señor.

Esta mañana de aquel primer día de la semana que se ha convertido para nosotros en el día de la Pascua la llamo yo la mañana de las carreras, de las sorpresas, de las perplejidades y también las dudas, pero al final será el día en que amanece la fe grande que nadie podrá ya echar abajo.

Primero la perplejidad de que el sepulcro está vacío y el cuerpo del Señor Jesús no está allí. Se han robado el cuerpo del Señor y no sabemos donde está. Es muy significativo y daría mucho que pensar. Claro que las mujeres han ido a buscar a un crucificado, un cuerpo muerto y ya no está allí. María Magdalena no termina de escuchar bien lo que les dice el ángel. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí...’ pero María Magdalena en su decepción ha salido corriendo del sepulcro para llevar la noticia a los que están refugiados en el cenáculo. Lo único que puede decir es que no han encontrado el cuerpo del Señor. ¿Se lo han robado? ¿Se ha perdido? Más tarde aún María Magdalena estará pendiente del jardinero para que le diga donde lo han puesto para ir a buscarlo.


Provoca nuevas carreras, porque ahora son Juan y Pedro los que corren por las calles de Jerusalén, parece a ver quien llega primero. Ha llegado Juan pero ha querido dar la preferencia a Pedro. El sepulcro está vacío, las vendas por el suelo, el sudario doblado aparte, pero allí no está a quien buscan. Siguen buscando a un crucificado muerto pero allí no lo pueden encontrar. Pero cuando Juan entró también al sepulcro supo hacer una lectura de las palabras de Jesús y cuanto había sucedido y sucedía ante sus ojos, por eso nos dirá que ‘vio y creyó’.

Las perplejidades y las dudas, las sorpresas y los interrogantes que se planteaban encontraban la respuesta. Era verdad lo que había dicho el Señor. En el sepulcro no lo podrían encontrar, de ahora en adelante tendrían que saber descubrirle y encontrarle porque el Señor resucitado se iba a manifestar de forma distinta.

Cuando estuvieran reunidos o cuando se pusieran en camino. No importaban los miedos y las dudas que poco a poco se irían disipando el Señor siempre les saldría al paso, era El quien vendría a su encuentro. El evangelio nos dará algunos testimonios pero que serán inicio de esa nueva forma de encontrarnos con el Señor.

No importará que estén medio escondidos por el miedo con las puertas cerradas porque allí en medio de ellos lo van a encontrar resucitado. No importará que algunos se hayan puesto en camino y emprendan la huida con sus tristezas y sus desencantos porque El irá caminando con ellos en el camino y al final terminarán por darse cuenta que El está con ellos. No importará que se hayan vuelto al mar de Galilea y hayan intentado ponerse de nuevo a pescar porque El seguirá siendo el que guíe su barca o sus redes porque a la orilla de su vida estará siempre presente como un rayo de luz en el amanecer. Se sorprenderán las mujeres que han ido a buscarle al sepulcro cuando les salga al paso pero sentirán que El las envía como mensajeras, como misioneras, como anunciadoras de buena nueva para decirle a los hermanos que El está vivo, que ha resucitado.

Son algunos testimonios que nos ofrece el evangelio pero que son principio del camino nuevo que hemos de emprender. No nos han robado el cuerpo del Señor Jesús ni lo hemos perdido, sino que será otra forma nueva y distinta, más vital cómo lo hemos de encontrar. Por otra parte la certeza de que el Señor ha resucitado no terminará de quitarnos algunos miedos y dudas que seguirán presentes en nuestra vida, pero cuando aprendamos a compartir con nuestros hermanos también esas perplejidades que llevamos en el corazón hemos de tener la seguridad de que El está presente a nuestro lado iluminando nuestro camino, ayudándonos a que vayamos al encuentro con los demás porque en ellos también hemos de saber verle, descubrirle, encontrarle.

Es que ahora tenemos una nueva mirada que arranca de nuestro corazón y vamos a descubrir cosas nuevas, como vamos a descubrir también el valor de los demás porque en todo hombre o mujer que es mi hermano y mi hermana vamos a ver al Señor. Con esa presencia de Cristo resucitado en nuestro corazón vamos a aprender a tener unas actitudes nuevas, unos comportamientos nuevos, una nueva manera de ver nuestra relación con los demás.

Aprenderemos que ya en la vida no hemos de ir compitiendo a ver quien es el primero que llega sino que incluso seremos capaces de ceder el paso a los otros porque nos respetamos y nos queremos, porque nos valoramos y nos tenemos en cuenta, porque hemos aprendido aquello que tanto nos enseñó en el evangelio que nuestra grandeza no está en ocupar lugares importantes sino en saber hacernos servidores los unos de los otros.

No es solo porque hoy cantemos aleluya con mucha alegría por lo que estemos manifestando al mundo que el Señor ha resucitado. Es mundo necesita escuchar esa buena noticia, porque además andamos ansiosos de buenas noticias que nos llenen de paz o que nos saquen de tantas incertidumbres y angustias con las que nos hemos rodeado en la vida; muchas negruras nos envuelven, muchas angustias nos quitan la esperanza, muchos sufrimientos nos están haciendo que vayamos caminando como unos derrotados. Necesitamos levantarnos, iluminarnos por algo nuevo y distinto que ponga más ilusión en lo que hacemos y más esperanza en el camino de la vida. La victoria está asegurada.

Cuando nosotros los que creemos en Jesús, muerto y resucitado, vayamos dando testimonio de que con El sabemos irnos encontrando en los caminos de la vida, nuestro anuncio será más creíble y la Buena Nueva del Evangelio tendrá un sabor nuevo en nuestros labios y un colorido distinto desde el testimonio que damos con nuestra vida. Y es que como verdaderos creyentes vamos sintiéndole y viviéndole en todo momento, vamos encontrándonos con El en los demás y en la comunidad y lo haremos presente con nuestro amor.

Ese es el gran canto del Aleluya que tenemos que entonar viviendo ya para siempre la alegría de la resurrección.

sábado, 11 de mayo de 2019

Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar



Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
El contemplar a nuestro alrededor respuestas y actitudes negativas algunas veces nos puede llenar también de desaliento y perder el ánimo en aquella tarea que hemos emprendido, pero de la que quizás vemos como muchos desertan. Las actitudes de los demás nos contagian y necesitamos una gran fortaleza interior para no dejarnos influenciar por lo negativo y mantener firme el ritmo en nuestra línea de actuación.
Nos sucede con la visión pesimista que palpamos en muchos acerca de la vida o de los acontecimientos de nuestra sociedad. Hay gente que lo ve siempre todo negro y eso nos puede contagiar. Ante los problemas que se nos van presentando en la vida hay quien pronto quiere escaparse y huir y no tiene la fuerza de voluntad para ver lo positivo que podemos encontrar en medio de tantas sombras o lo positivo que nosotros podemos poner de nuestra parte. Es el conjunto de la vida social y política, por ejemplo, que nos rodea y de donde tenemos la tentación de huir, y nos falta la clarividencia necesaria para tener iniciativas positivas de creación de lo bueno y de construcción en positivo.
Nos sucede en nuestro ámbito eclesial también donde hay quien quiere resaltar siempre las sombras, pero quienes resaltan las sombras no son capaces de poner luz, poner coraje y empeño por su parte dejándose guiar por la fuerza del Espíritu para que también nuestra Iglesia sea mejor. No es con visiones negativas, no es con condenas, sino desde el amor y la misericordia como tenemos que construir y como tenemos que trasmitir nuestra fe.
Me surge toda esta reflexión en la que quiero también encontrar luz para esas cosas que vivimos, que suceden en nuestro entorno, que nos señalan situaciones muy concretas de nuestra vida, a partir de lo que hoy escuchamos en el evangelio en este final del discurso, por llamarlo de alguna manera, de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún cuando les habla de comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna. La gente reacciona negativamente ante las palabras de Jesús porque no terminan de entenderle. Jesús es consciente de ello y de lo que puede influir en los discípulos más cercanos. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Se notaba quizá el desaliento cuanto tanto amaban a Jesús; se notaba la desazón al ver como la gente que ayer le aclamaba en el descampado porque les había dado pan en abundancia, ahora lo abandonan y ya no quieren seguir a Jesús.
El desaliento que quizá nos entra muchas veces a las personas de Iglesia, a los que estamos más implicados en la tarea pastoral de la Iglesia, cuando vemos que quizá nuestros esfuerzos parece que no dan fruto. Cuantas veces nos entran dudas en nuestro interior sobre si lo que estamos haciendo merece la pena o es lo más adecuado. Nos cuesta aceptar y respetar la libertad de los demás y esto nos llena por otra parte de desánimo. Como los padres que no ven en los hijos el fruto de tantos esfuerzos y de tantas luchas. Pero creo que tiene que encenderse necesariamente dentro de nosotros la luz de la esperanza.
Nos queda una respuesta, la de Pedro, cuando todos dudaban. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. Reafirmamos nuestra fe en Jesús. Sí, es nuestro alimento y nuestra sabiduría, es nuestra vida, lo es todo para nosotros. Y manifestamos nuestra fe, y nos mantenemos firmes en ella a pesar de los desánimos que puedan producir los demás en nosotros.

domingo, 31 de marzo de 2019

El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos


El retrato del Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos y nosotros no debimos separarnos

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Dolor de un padre o de una madre es contemplar como un hijo marcha por malos caminos dejándose arrastrar por el vicio o la maldad que terminará hundiéndolo en la más penosa miseria; pero, no sé si decir más aun es el dolor del padre o de la madre que ve como el hijo se marcha lejos del amor y del calor de la casa del padre, o cuando contempla el enfrentamiento de los hermanos que los alejan entre sí y que al mismo tiempo rompen esa unidad y ese calor del hogar. Será el dolor callado en el silencio de las lágrimas amargas y el desgarro angustioso del corazón cuando ve que ya no reina el amor en aquello que tendría que ser un hogar que tendría que ser ese punto de encuentro que caldease los corazones para mantener el fuego del amor entre todos.
Hoy el evangelio nos propone la parábola que habitualmente llamamos del hijo pródigo, como si fuera uno solo de los hijos el que rompiese esa estabilidad del hogar. Siempre en nuestros comentarios nos fijamos en el hijo menor, el que se marchó lejos para gastar de mala manera la herencia del padre, y casi no nos fijamos en aquel que aun permaneciendo físicamente en el seno del hogar su corazón estaba bien lejos y en su orgullo y resentimiento se había también distanciado de lo que tenia que ser aquel amor de hogar.
Dolorosa tenía que haber sido la marcha del hijo menor del que nada sabía de sus andanzas y en eso casi siempre hemos abundado mucho en los comentarios, pero doloroso tenia que ser aquel distanciamiento silencioso lleno de desconfianza y resentimiento de quien tenia a su lado pero cuyo corazón se había alejado.
Pero era un corazón de padre que en su amor siempre estaba esperando el momento oportuno para ir al encuentro del hijo, del que volvía arrepentido, o del que estando allí tan cerca sin embargo no era capaz de sentir la alegría que su padre podía sentir en la vuelta del hermano pródigo.
Cuando el hijo mejor, postrado en la miseria no solo de quien no tiene que comer sino lo que es peor en la desconfianza de lo que podía ser el amor del padre y se atreve a iniciar el camino de regreso para al menos poder estar cerca y ser admitido aunque solo fuera como un jornalero más, es el padre el que acorta el camino del regreso, porque sale lleno de alegría a su encuentro queriendo hacer fiesta para que todos participen de la alegría del regreso del hijo que estaba perdido y fue encontrado, del  hijo que estaba muerto pero que ahora volvía a la vida.
Pero la fiesta no era completa. El hijo cumplidor, el que permanecía en sus tareas aunque solo fuera de una manera formal, aun no participaba de aquella alegría ni quería en ella participar. Cuando oye los alborotos de la música y de la fiesta y le dicen que su hermano ha regresado se niega a entrar y participar. No quería ni considerarlo como un hermano, sino que tal era la distancia que ya lo consideraba como un extraño al que despreciaba por su vida viciosa.
Afloran los viejos resentimientos en su corazón que siguen produciendo una honda división y distanciamiento. No es solo contra el hermano que se había marchado sino que era también contra el padre del que le parecía a él que no le atendía lo suficiente. Ante la insistencia del padre que viene también a su encuentro buscándole para que participe de aquella alegría y de aquella fiesta. No quiere entrar, no quiere participar de aquella alegría, en su orgullo quiere poner distancias y ya no es solo el distanciamiento con su hermano al que desprecia y al que ni siquiera llama así – ese hijo tuyo que se ha gastado todo en malas mujeres, le dice al padre -, sino es la distancia que quiere poner también con su padre.
Un retrato el de estos dos hijos que nos habla y describe bien muchas situaciones que nosotros vivimos en la vida en el desarrollo de nuestra vida personal tan llena de miserias y en nuestra relación con los demás.
Miserias que vivimos cuando queremos escoger nuestro camino a nuestra manera no importándonos tantas veces de las rupturas y de las distancias que ponemos en nuestra relación con los que convivimos cada día; miserias de nuestra vida cuando nos llenamos de desconfianzas y hasta desconfiamos del amor de quienes nos rodean y de la capacidad de comprensión que pueden tener los demás; miserias de nuestra vida en esos resentimientos orgullosos que tantas veces guardamos en el corazón y que van ahondando las distancias entre unos y otros, terminando quizás muchas veces enfrentados los unos con los otros; miserias cuando olvidamos lo que es el amor que Dios nos tiene que nunca nos fallará y siempre está como un padre bueno esperando nuestro regreso, o esperando nuestra decisión de reencontrarnos también con los demás hermanos.
Pero el retrato importante de la parábola es el retrato del padre, es el retrato de Dios. Cuánto podríamos decir. Es el Padre bueno que nos ama, que nos espera y que nos busca, como nos enseñará también Jesús en otras parábolas; el Padre bueno que sale a nuestro encuentro porque siempre tiene los brazos abiertos para la misericordia y para el perdón; el Padre bueno que nos acoge y nos introduce de nuevo en la familia de los hijos, de los que El nunca quiso apartarnos.
Como  nos decía san Pablo hoy en su carta ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ El es quien pone en nuestro corazón el reconocimiento de lo que son nuestros males y el arrepentimiento, es quien mueve nuestro corazón para que volvamos a su encuentro con la esperanza cierta de que en El siempre vamos a encontrar ese abrazo de amor. Pero como seguía diciendo el apóstol ‘nos ha confiado el mensaje de la reconciliación’.
Estamos llamados a seguir anunciando entre los hombres el mensaje de la fiesta de la vida, el mensaje de la reconciliación siendo capaces de llenarnos nosotros también de misericordia para acoger a nuestros hermanos, como nos decía el apóstol, ‘sin pedirle cuenta de sus pecados’. Hemos de saber quitar esas honduras que nos distancian y esas barreras que nos separan. Es lo que no hizo el hermano mayor con su hermano y lo que nos sentimos tentados nosotros de hacer tantas veces con los demás a los que siempre les estaremos recordando  sus errores y pecados.
Quienes nos gozamos en la alegría del perdón, así hemos de llenar de misericordia nuestro corazón.

sábado, 8 de diciembre de 2018

En este camino de Adviento la figura de María Inmaculada es para nosotros un rayo de esperanza y un faro de luz que nos conduce a la salvación



En este camino de Adviento la figura de María Inmaculada es para nosotros un rayo de esperanza y un faro de luz que nos conduce a la salvación

 Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estás? Él contestó: Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí’. Es la reacción del hombre, de la humanidad en el paraíso que escuchamos en el Génesis.
Miedo y  nos escondemos; miedo y huimos; miedo a lo que nos parecen sombras, porque no nos gusta la oscuridad aunque sea el camino que tantas veces escogemos; miedo porque reconocemos nuestra indignidad; miedo porque sentimos que la soledad  nos atenaza y nos aísla más y más; miedo ante el misterio y ante lo desconocido. Huimos, nos escondemos, escurrimos el bulto, nos cuesta reconocer lo que hemos hecho, queremos echarnos la culpa de encima y culpabilizamos al que sea incluso al que tenemos más cerca de nosotros en la vida, no gustaría apartarnos de la oscuridad pero sin saber cómo hacer nos hundimos más y más en ella. Nos sentimos desnudos, que no es solo físicamente el cubrir la desnudez de nuestro cuerpo, sino que hay una desnudez más profunda de nuestro ser en sombras o en soledad.
Nuestros miedo, huidas, desnudez pueden significar muchas cosas; nuestros miedo y huidas pueden representar nuestra situación que no la vemos clara pero que no sabemos cómo salir de ella; nuestros miedos y huidas pueden significar nuestra soledad porque nuestra situación nos aísla, porque rechazamos incluso a quien pueda estar a nuestro lado y nos haga reconocer lo que somos o como estamos. Y en esa oscuridad de nuestros miedos y soledades nos cuesta encontrar una luz.
Me he detenido en estas descripciones a partir de esas palabras del Génesis porque esta fiesta que hoy estamos celebrando lo hacemos en medio del camino del Adviento. Y el camino del Adviento quiere llevarnos al encuentro de una luz, la luz que brillará en Belén, la luz que nos anuncia la salvación. Salir de esos miedos, oscuridades, desnudeces, soledades, aislamientos es encontrar la salvación. Por eso son momentos de esperanza los que vivimos, es la esperanza la que tenemos que despertar en nuestro corazón.
¿Quién mejor puede despertar esa esperanza en nosotros que María de Nazaret, la que aunque tuviera temores en su corazón cuando le costaba entender las palabras del ángel sin embargo supo poner totalmente su vida en las manos de Dios? Es lo maravilloso que descubrimos hoy en el evangelio. Podríamos pensar que María aquel día en Nazaret que se sentía deslumbrada por la presencia y las palabras del ángel se sintiera tentada en sus temores y al sentir su pequeñez en echarse para atrás y encerrarse en si misma y en la soledad que pudiera estar sintiendo en aquel momento.
María preguntó, es cierto, porque no terminaba de comprender todo lo maravilloso que el ángel del Señor le estaba manifestando, pero se confió. Más tarde reconocería que el Señor hizo en ella cosas grandes, que el Señor se había fijado en su pequeñez y en su pobreza, pero sintiéndose pequeña, sintiéndose la última y la esclava del Señor supo decir Si, supo ponerse en las manos de Dios, supo dejar que Dios actuara en ella con la fuerza de su Espíritu.
Es un contraste el que estamos viendo, en el paraíso el hombre huyó y se escondió porque se sentía desnudo, ahora en Nazaret María se queda contemplando el misterio de Dios que se le revela y aunque se siente pequeña se deja encontrar por Dios, se deja llenar del Espíritu de Dios, nada menos que para que el Hijo de Dios se encarnase en sus entrañas.
María hoy nos enseña a mirar nuestra realidad, nuestra pequeñez, nuestras sombras y soledades, nuestros temores y la posibilidad de encerrarnos en nosotros mismos, pero no para que nos quedemos en el temor y en la angustia, en la incertidumbre, sino para que despertemos la esperanza, para que sepamos abrirnos al misterio de Dios aunque nos supere, para que nos pongamos en la manos de Dios dejando que El actué en nosotros y realice maravillas que luego hemos de saber reconocer cantando un cántico nuevo porque el Señor ha hecho maravillas en nosotros.
Es cierto que contemplándola a Ella toda pura y sin pecado, llena de fe y confianza en Dios, tan dispuesta siempre a darse y a ponerse en la actitud humilde de los siervos para el servicio, vemos las sombras de nuestros pecados, de nuestros miedos y de nuestras insolidaridades, de nuestras cobardías y de tantas veces como cerramos los ojos y los oídos a Dios y a los demás. Pero contemplándola a Ella, sabemos que Dios quiere seguir confiando en nosotros, que El viene con su salvación que renueva nuestra vida y nos pondrá siempre en camino de cosas nuevas, como en ella se realizó y como ella estuvo dispuesta.
Y en este camino de Adviento que estamos haciendo la figura de María, que volverá a aparecer en otros momentos de nuestro camino, es para nosotros un rayo de esperanza, un faro que nos guía a encontrar la verdadera luz y a llenarnos de la salvación de Dios que Jesús viene a ofrecernos. ‘En Cristo, sabemos que hemos sido bendecidos con toda clase de bienes espirituales y celestiales, como nos decía san Pablo, y hemos sido elegidos para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor’.
Con María caminando a nuestro lado nuestras oscuridades se volverán luz, las sombras de la desnudez de nuestro pecado se transformarán en gracia que nos revestirán de la luz de Dios, y no sentiremos el azote de los miedos de nuestras cobardías porque si María supo hacer ese camino de abrirse a Dios con generosidad y voluntad firme, es el camino que también nosotros podremos recorrer revistiéndonos de su misma generosidad y santidad.

martes, 4 de septiembre de 2018

Nos molesta lo bueno que podemos descubrir en los demás porque no somos valientes para dar la cara por el evangelio



Nos molesta lo bueno que podemos descubrir en los demás porque no somos valientes para dar la cara por el evangelio

1Corintios 2,10b-16; Sal 144; Lucas 4,31-37

Hay personas cuya sola presencia producen rechazo en los demás. Y no quiero hablar en sentido negativo en referencia a aquellas personas que por sus actitudes o comportamientos no nos caen bien y no nos agrada su presencia. En este caso quiero pensar distinto, aquellas personas que pueden ser un signo para nosotros que levante ampollas en nuestra vida, bien porque estamos viendo en esas personas algo que nosotros no somos capaces de alcanzar, o se conviertan en denuncia de nuestra vida errada.
Nos molesta porque nos recuerda muchas cosas; nos molesta porque nos sentimos impotentes o incapaces, nos molesta porque nos damos cuenta de cómo tendríamos que ser y no lo somos. No las queremos mirar, las queremos quitar de en medio, queremos seguir nuestro camino como si esas personas no existiesen, endurecidos en nosotros mismos no queremos levantarnos de nuestra situación y nos buscamos mil disculpas para no cambiar. Un rechazo en nuestra vida porque son un signo para nosotros que tendría que despertarnos. El mal siempre querrá rechazar las obras del bien.
Proféticamente ya el anciano Simeón había dicho de aquel niño que iba a ser signo de contradicción. Y eso estaba siendo Jesús en la vida. Ante su presencia había que decantarse; no todos estaban por seguir los caminos que Jesús señalaba; a no todos agradaban las palabras y las obras de Jesús porque denunciaba lo que llevábamos dentro. Ayer mismo vimos como hasta en su propia pueblo era rechazado; a lo largo del evangelio veremos como van surgiendo contrincantes que se van a considerar enemigos de Jesús y serán las fuerzas del mal queriendo luchar contra la bondad de Dios que se manifestaba en Jesús.
Al volver de Nazaret y tras el episodio de la sinagoga, vuelve Jesús a las orillas de Tiberíades y se establece en Cafarnaún; allí los sábados hará el anuncio del Reino en la sinagoga, pero será por todas partes en cualquier lugar donde veremos a Jesús rodeado siempre de la gente haciendo el anuncio de la Buena Noticia del Reino. En general las gentes le escuchan y muchos le siguen; pronto se irá formando en torno a Jesús el grupo de los discípulos, de los que son más fieles y no solo lo escuchan sino que quieren poner por obra sus palabras.
En el episodio que nos narra hoy el evangelio le vemos como al llegar a la sinagoga alguien poseído por el espíritu del mal se pone a gritar contra Jesús. Pero sus gritos con los que quiere rechazarlo son de alguna manera un reconocimiento del poder de Jesús. Es el mal que rechaza el bien, es el maligno que se opone a Jesús, es quien se siente vencido que hasta el último momento querrá seguir rebelándose y oponiéndose. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? Sabemos quien eres’.
Pero se manifiesta la victoria de Jesús, la victoria del bien porque aquel espíritu maligno es arrancado del corazón de aquel hombre. Y la gente se admira de su autoridad, de la fuerza de sus palabras, de la vida nueva que surge en la medida en que escuchamos y seguimos a Jesús. Pero ¿seguirá siendo a si en nosotros?
Con nuestro pecado tantas veces estamos haciendo también un rechazo de Jesús. Nuestro pecado es decir no, preferir nuestras obras a las obras de Jesús, preferir lo que nos satisfaga a nosotros y a nuestros caprichos que seguir el mandamiento de Dios. Pero también es una forma de decir no la indiferencia con que nos mostramos muchas veces, la tibieza de nuestra vida donde no terminamos de aclararnos de qué lado estamos; y son las posturas cobardes con que ante muchas cosas nos manifestamos, los disimulos con que vivimos nuestro ser cristianos, los ocultamientos que hacemos para no dar testimonio por temor quizá al qué dirán o a un ambiente no propicio que encontramos a nuestro alrededor. Podríamos hacer una lista muy grande de nuestras tibiezas y cobardías, donde no terminamos de decantarnos claramente para optar por unos principios y unos valores cristianos.
¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué más tendría que hacer? ¿Qué es lo que puedo hacer? ¿Hasta donde tiene que llegar mi compromiso? Son preguntas que quizás hacemos o nos hacemos para escurrir el bulto y no terminar de dar la cara.


sábado, 21 de abril de 2018

Aunque aparezcan las dudas y las debilidades tenemos que ser capaces de confesar que solo Jesús tiene para nosotros palabras de vida eterna


Aunque aparezcan las dudas y las debilidades tenemos que ser capaces de confesar que solo Jesús tiene para nosotros palabras de vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Es una tentación fácil, la huida. Queremos vivir en un mundo de comodidades y cuando no lo podemos conseguir nos sentimos inquietos y hasta molestos. Queremos que las cosas sean como nosotros nos las imaginamos o las planteamos y cuando en el devenir de la vida encontramos dificultades, oposición con otra manera de ver las cosas, ya no sabemos qué hacer. Nos cuesta pensar, profundizar en las cosas, queremos vivir a lo fácil y sin muchas complicaciones intelectuales, y cuando se nos acerca alguien con una conversación y unas ideas que nos hacen pensar, nos echamos para detrás.
Pero nos sucede en nuestra vida cristiana en que no queremos salir del cascarón, de lo que siempre hemos hecho y a eso lo llamamos tradiciones, nos cuesta plantearnos nuevos compromisos, se nos hace difícil llegar, como nos está pidiendo hoy el Papa, a las periferias, a los lugares difíciles, ser misioneros de verdad en un mundo cambiante o en un mundo en el que ya todos no piensan como nosotros o vienen de vuelta de todo tipo de referencia religiosa. Y ya no sabemos qué hacer, porque no queremos complicarnos la vida.
Muchas más cosas así podríamos pensar desde lo que nos sugiere el evangelio nos presenta la liturgia. Era algo en verdad novedoso lo que Jesús les estaba planteando allí en la sinagoga de Cafarnaún. Se toman como inmasticables las palabras de Jesús que les hablaba de comer su carne y beber su sangre. Intentar profundizar para comprender todo lo que significaría ese vivir unidos a Jesús para hacerse una cosa con El les parecía de todo punto imposible.
Realmente era mucho la exigencia que Jesús les planteaba. Ya en otro momento dirá Jesús que no hay que andar con paños calientes, con remiendos, con odres viejos para el vino nuevo. Era una Buena Nueva, era una Novedad grande lo que Jesús les estaba planteando cuando les decía que había que creer en El y dejarse transformar plenamente el corazón y la vida. La conversión no era un adorno a la vida, sino algo que había que tomarse muy en serio porque había que darle la vuelta a la vida, a la manera de pensar, a la manera de actuar, a las actitudes profundas del alma de una forma total y radical.
Y muchos se marchan, ya no querrán ir más con Jesús. Se sienten defraudados porque no era lo que ellos pensaban sino que las exigencias eran mayores y no estaban dispuestos a eso. La disculpa era lo de comer la carne de Cristo. No se sentían con fuerzas para aceptar plenamente lo que Jesús les decía que El era el verdadero Pan bajado del cielo. Y eso significaba mucho.
Los discípulos cercanos a Jesús también dudan. Jesús lo nota. Por eso les pregunta que si ellos también quieren irse, si ellos también se sienten defraudados y van a abandonar. Pero por allá está Pedro siempre el primero en saltar y hablar. Era mucho el amor que sentía por Jesús. No sé si El realmente estaría entendiendo plenamente lo que Jesús les estaba planteando, pero allí estaba su amor. El amor que tantas veces le salvaría, a pesar de que en momentos más tarde se presentara débil. ‘Señor, ¿a quien vamos a acudir si Tú tienes palabras de vida eterna?’
¿Seríamos capaces nosotros de decir con toda intensidad esas mismas palabras de Jesús? creo que es un planteamiento serio que nos hace el evangelio. Nos cuesta. Pero no podemos andar con más tibiezas en el camino del seguimiento de Jesús. Sabemos todo lo que implica el que creamos en Jesús y vivamos unidos a El. Es algo muy serio que vayamos a comer a Jesús, a comulgar, porque en verdad queremos vivir su vida con todas sus consecuencias a pesar de nuestras debilidades.

martes, 4 de abril de 2017

También nosotros nos hacemos preguntas sobre Jesús pero pongamos a Cristo en los pasos de nuestra vida porque en El encontremos el verdadero sentido de nuestra vida

También nosotros nos hacemos preguntas sobre Jesús pero pongamos a Cristo en los pasos de nuestra vida porque en El encontremos el verdadero sentido de nuestra vida

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30
‘¿Quién eres tu?’ le preguntan los judíos a Jesús. No entendían de lo que Jesús les hablaba. No terminaban de vislumbrar el misterio de Jesús. Jesús les hablaba de vida y de muerte, de salvación y de condenación, pero Jesús les hablaba sobre todo de creer en El. Era lo que les costaba, poner su fe en Jesús.
¿Qué veían en Jesús? Si se quedaban solo en lo exterior, un hombre como los demás. Ya lo decían, de Nazaret, allí estaban sus parientes, allí se había criado junto a José, el artesano. Algunas veces descubrían en Jesús algo especial, en la forma de hablar, en lo que les planteaba, en las cosas que les enseñaba, en los signos que realizaba que no terminaban de entenderlo porque se quedaban en el taumaturgo que curaba y que hacia milagros pero no llegaban a leer las señales que eso significaba.
Las exigencias que planteaba Jesús de seguirle con radicalidad, la nueva manera de ver y entender las cosas que les hacia cambiar muchos esquemas y planteamientos, la cierta ruptura que se vislumbraba en relación a lo que enseñaban los maestros de su tiempo, la autoridad con que se manifestaba hacia que sintieran admiración, pero no eran capaces de dar un paso mas; seguirle les comprometía, la muestra estaba  en aquellos pescadores que lo habían dejado todo olvidándose de su pesca o de sus ocupaciones habituales los que no eran pescadores. Eso en cierto modo  les asustaba, les hacia quedarse atrás, un poco a la expectativa sin decidirse del todo a seguirle. ‘¿Quién eres tu?’ Preguntaban, y se preguntaban a si mismos.
¿No nos sucederá a nosotros de manera parecida en muchas ocasiones? Nos asusta darle un si total y radical a Jesús. ¿Y si nos equivocamos? Y nos entran dudas, y pensamos que lo que quizás tengamos que dejar atrás, los cambios que tenemos que realizar en nuestra vida. Y ponemos nuestras pegas, nuestras condiciones, y nos hacemos preguntan, y no terminamos de caminar libremente en pos de Jesús.
Muchos otros también se hacen la misma pregunta porque la presencia y la figura de Jesús no deja insensible a nadie, aunque sea como sucede en tantas ocasiones para combatirle. Si con sinceridad miramos nuestro interior nos damos cuenta que nos inquieta, aunque busquemos subterfugios para la huida, para tratar de desentendernos, para no querer escuchar, para que no nos comprometa.
Creo que como creyentes que ahora estamos haciendo este camino cuaresmal que nos prepara para la pascua tenemos que hacernos la pregunta y sin miedos. Busquemos a Jesús, tratemos de conocerle de verdad para ahondar en el misterio de su vida, porque nos va a revelar el misterio de nuestra propia vida. Cristo le revela al hombre la verdad del hombre; Cristo viene a nosotros para que nos conozcamos a nosotros mismos de verdad y encontremos el verdadero sentido de nuestra vida. No temamos poner nuestra fe en El, toda nuestra confianza, toda la apertura de nuestro corazón. Dejémonos transformar por Cristo en esta Pascua que vamos a vivir para que haya de verdad pascua en nosotros.
No se trata solamente de hacer cosas sino que es nuestra vida la que tiene que implicarse. No se trata de hacer actos bonitos vistosos porque ahora es semana santa y vamos a hacer bonitas procesiones. Tenemos que caminar, desde lo más hondo de nosotros mismos, el mismo camino de Jesús. Y hacer el camino de Jesús no es solamente poner flores o mantos preciosos que adornen nuestros pasos procesionales, sino poner a Cristo en los pasos de nuestra vida.