Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta última cena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta última cena. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de mayo de 2024

Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 


Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Seguramente habremos escuchado más de una vez de parte de una persona que nos tenía en gran aprecio que nos decía, ‘yo rezo por ti’. Cualesquiera que fuera la circunstancia por la que estuviéramos pasando o el momento en que nos dijeran tal cosa, seguramente sentimos una hermosa emoción interior, al ser consciente de que alguien pensara en ti y te tuviera presente en su oración delante del Señor. Es un gozo grande el que sentimos en nosotros, una gratitud espontánea se desprende del alma, nos sentimos unidos de una manera especial con personas así y seguramente será un impulso espiritual grande el que sentimos dentro de nosotros, sea cuales fuera, como decíamos, la situación o el estado de nuestro animo en esos momentos. Y si además sentíamos que se avecinaban momentos difíciles más profundo sería la esperanza que se despertaba dentro de nosotros y grande sería la fuerza espiritual que sentiríamos.

Es lo que contemplamos y escuchamos en estos textos del evangelio de Juan que se nos van a proclamar en estos días. Fue al final de la cena pascual, después de todas las emociones vividas, después de las palabras de recomendación y despedida de Jesús, tras los anuncios que se habían ido haciendo que barruntaban momentos difíciles. Y Jesús les dice que ora por ellos al Padre, es más, le contemplamos y escuchamos en esa oración que Jesús dirige al Padre.

La llamamos oración sacerdotal, porque era de alguna manera el momento en que el Pontífice estaba haciendo su ofrenda en el comienzo y consumación del sacrificio; comenzará ahora está oración que se prolongará a través de toda la pasión y entrega que se va a desarrollar y culminará con aquel ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

En esa oración ofrenda no podían estar ausentes aquellos que con El habían estado y cuya misión de El habían de recibir. Es consciente Jesús del momento supremo y solemne que van a vivir, pero es consciente también de lo difícil de aquel momento. La cruz y la pasión siempre asustan y aunque pongamos todo nuestro amor lágrimas no nos faltarán. Es inmensa la tarea que han de realizar y es importante la unidad que han de manifestar. No va a ser fácil.

El mismo Jesús querrá que pase de él aquel dolor y aquella pasión aunque llegará el momento de la obediencia filial y final donde todo lo deja en las manos del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, como enseñándonos a decir nosotros aquello que ya nos había enseñado para nuestra oración, ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’.

Podemos tener la tentación de la huida y del escondernos, como incluso les pasaría a aquellos discípulos más fieles. Tantas veces en la vida frente a las dificultades con que tenemos que enfrentarnos queremos escondernos, queremos irnos a otra parte, pensamos que en otro lugar lo tendríamos mejor; nos sucede en muchas circunstancias de la vida.

Pero tenemos que saber cuál es nuestro momento y cual el lugar que hemos de ocupar en ese momento; aunque sea duro y doloroso, aunque nos parezca difícil superarlo. Pero con nosotros está la oración de Jesús que estamos escuchando y contemplando. Y con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, porque Dios está con nosotros. Seamos también signo para los demás.

Y a pesar de todos los pesares queremos seguir adelante, asumimos en nuestras manos y en nuestro corazón la tarea que se nos va a confiar. Queremos caminar al paso de Jesús. Y de Jesús aprenderemos también a rezar por los demás.


domingo, 5 de mayo de 2024

No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

 


No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Vivimos en un mundo de méritos; nos lo hemos ganado, decimos; nos creemos merecedores de todo porque tengamos unos títulos, porque hayamos hecho un recorrido en la vida, porque hayamos acumulado unos méritos. No digo que no tengamos que tener en cuenta esas cosas, y está por medio nuestra preparación, el desarrollo de cualidades y valores, la buena ejecución de aquello que se nos haya encomendado; es una forma de valorarnos y de estimularnos, es una forma de que otros también se sientan impulsados a crecer. Pero la vida es más.

No son unos méritos o unos títulos los que nos ganan el corazón de las personas; no es con una carrera con la que vamos a presentarnos ante alguien para exigirle que nos acepte y nos meta en su vida; no es lo que tengamos acumulado en nuestras ganancias lo que en verdad nos hace grandes como personas; es otra cosa que tenemos que sentir en el corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, donde vamos a manifestar lo que es la verdadera realidad de nuestra vida y nuestra grandeza.

¿Qué es lo que verdaderamente dará grandeza a nuestra vida? ¿Qué es el fondo lo que nos puede producir mejor y más honda felicidad? Todos andamos buscando esa grandeza, esa dignidad que también tenemos que saber reconocer en los demás, esa felicidad que nos llenará de las satisfacciones más hondas. ¿Dónde encontrarlo?

Sentimos así la necesidad de amar y de sentirnos amados. Es esa relación de comunión que queremos establecer con las personas, con las personas que amamos y de las que nos sentimos amadas. Es el camino que tenemos que aprender a descubrir. Es de lo que hoy Jesús nos está hablando en el evangelio.

Como bien sabemos, estos textos que estamos escuchando estos domingos, aunque también en las lecturas de pascua en medio de la semana, están tomadas en gran parte del evangelio de san Juan y en especial de la cena pascual antes del comienzo de la pasión. Momentos de emociones fuertes, momentos de desahogo y de despedida, momentos de últimas recomendaciones. Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón. Los discípulos amaban a Jesús y por eso su emoción y hasta su tristeza porque realmente aún terminaban de comprender todo lo que iba a suceder, por eso les veremos luego despistados, desparramados, que huyen y se esconden. Pero allí Jesús les va dejando todas las señales de su amor, que tendría que ser en verdad en lo que ellos tendrían que apoyarse para no sentirse tan escandalizados por lo que luego sucedería.

Y les dice una cosa muy bonita. Hay como una corriente de amor que parte del Padre y que a través de Jesús les llega a ellos también. De manera que si entran en esa corriente de amor algo nuevo habrán de sentir en sus corazones para que su vida fuera distinta. Pero aunque Jesús les habla claramente ellos andan como aturdidos y terminan de saborear hondamente las palabras de Jesús. Será después de la resurrección, cuando se llenen del Espíritu, cuando lo comprenderán todo y comenzarán a vivirlo intensamente.

Jesús les está diciendo que no los mira como siervos, no los mira como alguien ajeno a su corazón, para El son sus amigos, los amados, los que también se están llenando de ese amor de Dios. Porque no es lo que ellos realmente por si mismos hayan hecho como merecimientos en el tiempo que han estado con Jesús. Es Dios quien ha tomado la iniciativa.

‘A vosotros os llamo amigos’, les dice, porque ya conocéis todo lo que es el amor de Dios que se nos ha manifestado. Conocer, bien sabemos, en el sentido bíblico es algo más que tener conocimiento de algo, un conocimiento intelectual, o como quien conoce una noticia que le comunican; conocer es experimentar en si mismo, es algo mucho más hondo. Cuando María dice que no ha conocido hombre está queriendo decir que no ha tenido experiencia de lo que es el amor de un hombre, recordamos. Es ahora lo que les está diciendo Jesús. Ellos han experimentado en sí mismo lo que es ese amor y esa elección de Dios. ‘Yo os he elegido’, les dice Jesús. Les ha elegido porque les ama; en esa elección de Jesús están experimentando en sí mismos el amor que Jesús les tiene.

Todo es iniciativa de Dios. ¿Qué sucedió en el texto que hemos escuchado en la primera lectura cuando Pedro es llamado a ir a visitar la casa de aquel gentil y de repente siente que el Espíritu Santo ha inundado aquella casa llenándolos a todos del Espíritu Santo? No eran judíos, no estaban bautizados, llamaron a Pedro porque estaba en un camino de búsqueda de conocer el evangelio de Jesús, pero el Espíritu del Señor tomó la iniciativa, y por eso dirá Pedro como podrán negarles entonces el bautismo de Jesús.

Es lo que nos viene a decir también san Juan en la segunda lectura. Repito, la iniciativa es de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios primero nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es que Dios es amor, y todo va a ser una derivación de ese amor que es Dios, de ese amor con Dios nos ama y nos entrega a su Hijo. Es mucho más que un amor de amistad, aunque Jesús empleará esa palabra para referirse a sus discípulos. Es el amor que es entrega. Por eso no hay amor más grande que el de quien da su vida por los que ama, del que se entrega por los que ama. No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama.

¿Seremos capaces de amar con un amor así? Es el amor que Jesús nos pide, porque nos pide que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Y no es poca cosa.


martes, 26 de marzo de 2024

Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

 


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Hay momentos en que afloran las emociones y nos sentimos incapaces de controlarlas. Hasta la persona más fría del mundo, la que nos parece que nunca se inmuta, aquel que parece que se ha cubierto con una coraza para no dejar entrever cuales son sus sentimientos también tiene un momento en el que el control desaparece y afloran todas sus emociones.

Algunas veces parece que tenemos que mostrarnos duros e insensibles, no queremos dejar trasparentar lo que llevamos por dentro, porque nos parece quizás una falta de dominio de nosotros mismos, o porque queremos aparentar una fortaleza que quizás en el fondo no tenemos tanto como queremos insinuar; pero nos hace falta dejar trasparentar nuestras emociones para ser más humanos, eso forma parte de nuestra vida, de lo que somos, porque todo no es un fría cabeza sino que están los sentimientos que se desprender del corazón, y eso es también vida nuestra. Cuidado que esas insensibilidades aparentes sean orgullos ocultos, pero que son muy reales en nuestra vida y que por otra parte tanto daño nos puede hacer.

El evangelio que se nos ofrece en este martes santo es un evangelio donde afloran las emociones. Sí, podemos decir, Jesús está emocionado por el momento. Démonos cuenta que este episodio que ahora se nos narra está enmarcado en aquella última cena, la cena pascual que Jesús quiso hacer con sus discípulos como un anticipo o como un principio de lo que iba a ser su Pascua. En dos momentos de esta noche expresará Jesús la tristeza de su espíritu y cuanto ha deseado comer aquella pascua con sus discípulos. Al comienzo de la cena, y luego lo repetirá en su entrada en Getsemaní.

Parece como si en su emoción por el momento se le escapara lo que iba a suceder precisamente a partir de las actitudes de ellos. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Pero al mismo tiempo es su entrega, como así lo había manifestado, nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Pero por medio anda quien lo va a traicionar, o quienes lo van a traicionar. Pensamos siempre en Judas, a quien le da un poco de pan untado en aquella salsa que preparaban para comer el cordero pascual, pero a él le dice que lo que tiene que hacer que lo haga pronto. No entenderá el resto, que piensa en algún encargo de Jesús a quien era encargado de llevar la bolsa común. Pero cuando salió Judas ‘era de noche’, la oscuridad de la noche lo envolvía.

Allá queda el resto con sus buenos deseos, porque no terminaban comprender lo de la traición y la entrega, estarán dispuestos a todo por Jesús como se adelantará a decir Pedro. Siempre adelantándose sin darse cuenta que el espíritu puede estar pronto pero la carne es débil. Luego se dejará dormir en el huerto cuando Jesús les pide que oren en aquella hora tan importante. Pero Pedro siempre porfiando va a recibir el anuncio más terrible que pudiera escuchar, aunque siga sin comprender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Así a suceder antes que el gallo cante en esa noche. Sigue estando presente la noche.

Pero hay uno de quien tenemos que aprender que se ha recostado sobre el pecho de Jesús. Por algo será el discípulo amado, como tantas veces va a ser reconocido así y no por su nombre en el evangelio. Podía sentir el palpitar del corazón de Cristo. Podía él palpitar también al mismo ritmo y con el mismo amor. Suyas pueden hacer sus emociones y su sensibilidad, con Jesús podrá subir a una altura espiritual que quizás otros no podrán alcanzar.

¿Quién será el mejor que nos habla de la luz que quiere ser anulada por las tinieblas pero que será quien nos ilumine el camino, de la vida que tiene la última palabra sobre la muerte porque habrá resurrección, de la verdad porque en el espíritu de Jesús vamos a encontrar la verdadera sabiduría, del amor y de la intensidad con que hemos de vivirlo, del camino para seguir a Jesús que es Jesús mismo? Todo su evangelio estará lleno de estas imágenes que por si mismas nos están hablando de lo más profundo de Jesús.


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón, y aunque muchas hayan sido nuestras traiciones y negaciones, mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón.

viernes, 12 de mayo de 2023

Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

 


Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

Hechos 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay cosas que nos llegan al alma. Agradecemos y valoramos a los demás y lo que los otros hacen por ti, somos capaces de admirar las cosas buenas que vemos en los demás, mantenemos una relación amistosa y de respeto con los que nos vamos encontrando en la vida o tenemos que hacer algún tipo de convivencia, pero hay momentos en que suena una palabra en nuestros oídos que rebota con un gozo inmenso en el corazón. ‘Tú eres mi amigo, te considero un amigo del alma’, escuchamos de alguien por quien sentimos cierto aprecio pero cuando escuchamos de sus labios una palabra así es algo que nos llega al alma.

Ya sé que utilizamos la palabra amigo de forma muy genérica; ¿qué quiero decir? A todos llamamos amigos, simplemente por el hecho de que nos conocemos, tenemos que compartir, por ejemplo, unas relaciones de trabajo, o viven en una cierta cercanía de nuestra vida, ya los llamamos amigos. Pero aún así, sabemos distinguir, esos que de una forma genérica, como decíamos, llamamos amigos, de aquellos por los que sentimos algo más, cuyas palabras nos suenan a música en el alma, por quienes tenemos un verdadero y hondo aprecio, en quienes nos confiamos totalmente y de la misma manera ellos confían en nosotros, a quien no guardamos un secreto porque siempre sabemos que podemos contar con ellos. Son, como comenzábamos diciendo, los que nos llegan al alma.

Pues hoy esa palabra la escuchamos en labios de Jesús y refiriéndose a nosotros. ‘A vosotros os llamo amigos…’ nos dice Jesús como les decía a los discípulos en la noche de la última cena. Aquella noche se había desbordado el corazón de Cristo. Los signos y señales se habían multiplicado desde el momento que comenzaron la cena, con el gesto de lavarles los pies. ‘Si no te lavo no tienes parte conmigo’, le había dicho a Pedro a consecuencia de sus reticencias. Jesús quería que tuvieran parte con El. Y les había dejado un signo nuevo de su presencia y de su pascua, en el pan y vino que les había repartido que era para ellos ya para siempre el cuerpo entregado y la sangre derramada en el cáliz de la nueva Alianza.

Pero en las palabras que les había ido diciendo en aquella noche se había ido derramando toda su ternura y su amor. Por eso les pide que lo que tienen ahora que hacer es amar con un amor como el que El les tiene. ‘Amaos, como yo os he amado’, les dice. Y es que ‘sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’. Necesariamente sintiendo cómo se ha derramado el amor de Dios en nosotros no podemos menos que amar de la misma manera. Si nos sentimos así amados por Jesús, que nos llama amigos, es el amor que nosotros también hemos de vivir. Es su mandamiento.

Jesús nos está tocando el corazón con su amor. Se ha entregado por nosotros en la mayor prueba de amor que se nos pueda ofrecer. Es su entrega hasta la muerte y la muerte en cruz, pero es la entrega que le vemos realizar cada día con su cercanía, con su presencia, con sus múltiples gestos de amor. Recorramos las páginas del evangelio y estaremos contemplando esa entrega de Jesús.

Repasemos nuestra vida con ojos de fe y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, por eso nos llama amigos. Es el día a día de nuestra vida tocado por el amor de Dios que nos ha mantenido en pie, que nos ha mantenido en la lucha cuando nos parecía que estábamos vencidos, que nos ha hecho superarnos en tantas cosas cuando nos parecía que no éramos capaces, que nos ha hecho sentir de nuevo la luz cuando tantas sombras nos iban envolviendo, que ha mantenido la paz en nuestro corazón a pesar de las turbulencias por las que hemos pasado. Tenemos tanto que agradecer al amor de Dios, que no nos queda otra que responder con un amor igual.

 

jueves, 6 de abril de 2023

Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

 


Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Las comidas familiares, las comidas de amigos, las comidas en las que conmemoramos o celebramos algo, como el recuerdo de un acontecimiento, un cumpleaños, etc. son algo que está presente en nuestra vida y en nuestras conveniencias sociales. ¿A qué vamos a esas comidas? Podríamos decirlo en una palabra, a estar; no importa tanto lo que comamos sino el disfrutar de estar, porque estamos con la familia, con nuestros padres, con nuestros amigos, con aquellas personas que apreciamos y nuestra presencia allí lo quiere decir todo, y no es necesaria otra cosa sino simplemente hacernos presente, estar.

Y claro, surgirán recuerdos, comentaremos una y otra vez el hecho que nos ha reunido, traeremos a colación anécdotas que nos vienen al recuerdo, y es como si estuviéramos reviviendo aquellos momentos pasados, los estamos, vamos a decirlo así, regurgitando y volviendo a saborearlos, rumiándolos decimos tomando la imagen de lo que hacen dichos animales con el alimento. Aquello que vivimos fue el alimento de nuestra vida, lo que nos hizo ser lo que somos, y ahora lo estamos volviendo a vivir. Qué renovamos salimos de esos encuentros cuando los hemos vivido en autentica paz y amor.

¿Qué nos está diciendo hoy Jesús cuando culminan todos los actos y hechos acontecidos en aquella cena pascual? ‘Haced esto en conmemoración mía, en memoria mía’. Es lo que venimos a hacer en este día. Vamos a estar en el Señor, vamos a estar con el Señor, vamos a celebrar la cena pascual, vamos a vivir con toda intensidad todo eso que ha sido nuestra vida, todo el misterio de Cristo.

Podríamos decir que para esto nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma, para vivir y celebrar el triduo pascual, para vivir y celebrar todo el misterio pascual de Cristo. Era importante el camino que hemos venido haciendo, la Palabra de Dios que hemos ido escuchando y meditando, porque abría nuestro corazón, porque nos preparaba cuando dejándonos conducir por la Palabra de Dios íbamos queriendo dar respuesta. Ahora, hoy, no se nos pide que tengamos que hacer nada, porque suponemos que todo esta bien preparado, ahora se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, del misterio pascual de Cristo. Es lo que vamos a vivir, contemplar, celebrar en estos días del triduo pascual.

Y vamos a disfrutar de este encuentro, vamos a gozarnos en el Señor. Claro que recordaremos aquellos momentos y lo hacemos con intensidad, y tienen que aflorar todas las vivencias que llevamos en el alma; vamos a emocionarnos cuando contemplamos tantos gestos de amor de Dios en nuestra vida. No es simplemente como si hubiéramos estado allí, sino que allí y ahora nos vamos a sentir presentes, vamos a ocupar nuestro lugar en esa cena, vamos a revivir en lo más hondo de nosotros mismos ese lavatorio de Jesús; éramos uno y somos uno de los que estaban y ahora estamos sentados a su mesa. Y Jesús viene y se acerca a nosotros para lavarnos los pies. Quizá podamos sentir algún rubor o vergüenza como Pedro que no quería que el Maestro le lavara los pies, pero vamos a sentir que Jesús ahora lo está haciendo con nosotros, aunque no nos sintamos dignos.

Eso tiene que ser nuestra celebración de hoy como tienen que ser todas las celebraciones. No son solo recuerdos, sino algo que vivimos; no es algo que contemplamos como un espectáculo o como una película que pasa delante de nuestros ojos, sino algo en lo que nosotros estamos. Tenemos nuestro lugar, ocupemos nuestro sitio, vivamos así lo que celebramos. Surgirán las emociones y brotarán los compromisos, pero será algo que nunca más vamos a olvidar, así tiene que quedar grabada en el alma. 

Aquí sí es importante, sin embargo, lo que comemos, porque estamos comiendo a Cristo. No es decir, esto nos recuerda lo que Cristo hizo y les dio en la última cena, sino es seguir sintiendo que es Cristo mismo quien nos dice ‘esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por muchos… tomad y comed, tomad y bebed…’ y se nos da para que le comamos, para que tengamos vida, es su cuerpo, es su sangre, es Cristo mismo quien se nos da. Por eso afirmamos con tanto vigor y firmeza la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía. No lo olvidemos, repito, somos los que estamos ahora y aquí alrededor de Jesús en la cena pascual.

Como lo seguiremos viviendo mañana, como seguiremos estando en su pasión y en su muerte en la cruz, y como lo viviremos el primer día de la semana cuando Cristo resucitado también nos salga al encuentro. Es importante. Es necesario que sepamos estar.

Y luego tendrá que venir que esto no lo podemos olvidar y tenemos que seguir haciéndolo; y luego vendrá que aprenderemos en la vida a quitarnos el manto para ceñirnos y ponernos manos a la obra a amar con toda intensidad lavando los pies, abriendo las puertas del corazón, repartiendo amor, sintiendo en todo momento que no podemos hacer otra cosa que amar. Se lo hemos escuchado directamente con nuestros oídos de labios de Jesús, pero es que además es algo que hemos palpado, algo que hemos sentido, algo que hemos vivido cuando Jesús nos ha lavado los pies, cuando nos ha regalado su amor.

Necesariamente tenemos que decir, qué renovamos tenemos que salir hoy, en esta pascua, de haber estado con el Señor. Vivámoslo así.

jueves, 1 de abril de 2021

Tres detalles como grandes signos de lo que es la entrega y el amor de Jesús por nosotros, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido

 


Tres detalles como grandes signos de lo que es la entrega y el amor de Jesús por nosotros, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’.

Así comienza el evangelista Juan el relato de cuanto sucedió aquella tarde y aquella noche durante la cena de Pascua. Ha llegado la hora del amor más supremo; no es la hora de la muerte sino de la vida, es la hora del amor. ‘Los amó hasta el extremo’.

Los discípulos habían preparado con todo esmero y amor todo lo necesario para la cena pascual según las indicaciones que Jesús les había dado. Y el evangelista ahora se pone trascendente, podíamos decir, nos deja relucir toda su altura teológica en lo que nos va a relatar. Pero Juan no nos relata lo que los otros evangelistas nos han relatado de la Institución de la Eucaristía, como tampoco los otros evangelistas nos relatan este episodio que nos trae Juan, el lavatorio de los pies.

Es todo un signo y un gesto profético el que Jesús realiza, que va más allá de lo que ritualmente tenía que estar previsto que era ofrecer agua para las abluciones y purificaciones previas, el gesto del dueño de la casa que ofrece agua a sus huéspedes como ya vemos en otras ocasiones del evangelio en donde se hace mención a ello. Este gesto de Jesús tiene un valor simbólico muy grande, a la manera de aquellos signos proféticos que vemos en el Antiguo Testamento que realizaban los profetas y que el mismo gesto se convertía en un mensaje.

En pocas palabras nos lo trasmite el evangelista. ‘Estaban cenando… y Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’. Tres detalles que nos pueden pasar desapercibidos porque pareciera que todo se centra en el hecho de que Jesús realizara la labor de un sirviente, de un esclavo lavando los pies de los discípulos; pero en torno a ello están esos tres detalles como grandes signos de lo que es su entrega y su amor, se quita el manto… se ciñe una toalla… y seca los pies con la toalla que se había ceñido.

Un desprenderse primero de lo que ahora no necesita, va a emprender una tarea y nada puede constreñirlo para que no pueda realizarla debidamente; pero como va a emprender una tarea se ciñe, como el trabajador que va a realizar un trabajo, como el soldado que va a emprender una batalla. Me vais a permitir un recuerdo familiar, mi abuelo usaba un ceñidor muy lago que todas las mañanas antes de salir al campo a sus tareas se ceñía y lo hacía con todo cuidado y esmero; yo como niño no entendía lo de aquel ceñidor y el esmero con que mi abuelo se lo ceñía. Con el paso de los años lo he llegado a entender.

Es un gesto muy importante el que Jesús está realizando; comienza el momento de su entrega, llegó la hora del amor, decíamos antes; va a emprender una tarea y una batalla porque es la lucha de la vida sobre la muerte, del amor para vencer al odio y al pecado. Una imagen de su entrega, de su sangre derramada, de su cuerpo entregado que veremos por otra parte cuando los otros evangelistas nos hablan de la institución de la Eucaristía que hoy también estamos celebrando. Y con aquella toalla ceñida completa toda la obra de su servicio; ha lavado los pies de los discípulos y se los seca con la toalla que se había ceñido.

Luego nos dirá que si El, ‘el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros’. Pero tenemos que copiar todo su gesto primero porque no podemos ir darnos por los demás si no somos desprendidos; como Jesús que se quitó el manto, de cuantas cosas tenemos que despojarnos. Pero como Jesús hemos de ceñirnos para la tarea y para la batalla. Es la lucha contra el mal, contra el odio, contra el desamor y la insolidaridad, contra todas esas actitudes que se meten en el corazón del hombre y que nos llenan de maldad, que nos vuelven discriminatorios y racistas, que envuelven nuestro mundo de sombras.

Pero en esa batalla la victoria está de nuestra parte, no podemos ir de antemano ya como derrotados sino que creemos en la fuerza del amor y sabemos que podremos lograr un mundo mejor, un mundo en paz, un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos, un mundo en que nos amemos todos y porque nos amamos de verdad no hacemos distinciones de a quien le ofrecemos nuestro amor.

Nos ceñimos para la lucha y para la victoria e iremos lavando los pies y secándolos con la toalla que nos hemos ceñido, como Jesús, porque será nuestro corazón lleno de amor el que va a hacer aflorar una vida nueva en aquellos que se sienten amados. Fíjate en la sonrisa que aflora en el rostro de quien descubre en un momento determinando que es amado por alguien y tenido en cuenta. Es lo que tenemos que hacer surgir con nuestra toalla ceñida.

Porque creemos en Jesús y nos sentimos amados de Jesús nuestra tarea ha de ser siempre ir sembrando esperanzas, encendiendo luces, suscitando actitudes nuevas en el corazón de los demás. Aunque los que nos rodean no se lo crean, porque hay gente que cuando ve la situación de pobreza, de dolor, de desesperanza, de angustias y de odios que hay en nuestro mundo parece como que ya se sienten derrotados e incapaces de intentar algo nuevo y mejor en bien de los demás.

Se ha envenenado su corazón de tal manera que ya no creen posible construir un mundo nuevo y así se llenan de amarguras y de violencias interiores. Hoy una persona me rechazó ese mensaje de optimismo y esperanza que como semilla envío cada día a mis amigos en las redes sociales. Pero no importa, sigo creyendo que con Jesús tenemos asegurada la victoria de que podemos hacer cada día el mundo un poquito mejor.

En la Eucaristía tenemos nuestra fuerza. Para eso en un día como este quiso Jesús instituir el Sacramento de la Eucaristía. Hoy la celebramos con fuerza, con ganas, con mucha fe, esta Eucaristía que se va a prolongar a través de todo el triduo pascual, porque la celebración de mañana viernes en la pasión y la muerte de Jesús es como una prolongación de este día y que tendrá su culminación el día de la Pascua al celebrar la Resurrección del Señor.

Hoy nos queremos quedar – lo haremos al menos virtualmente ya que en las circunstancias en que estamos no todo lo podremos hacer presencialmente – junto a Jesús en la Eucaristía para caldear nuestro corazón en su amor, y así aprendamos a despojarnos, pero también sobre todo a ceñirnos en esa tarea tan hermosa que tenemos entre manos, llevar su amor a nuestro mundo para hacerlo mejor. ‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’, termina diciéndonos Jesús.

jueves, 18 de abril de 2019

Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor



Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido’ nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Mientras en la lectura del Éxodo escuchábamos ‘porque es la Pascua, el paso del Señor’.  Y Jesús en el evangelio nos dice que ‘ha llegado la hora, la hora de pasar de este mundo al Padre’.
Tres expresiones podríamos decir que nos están manifestando la grandeza del momento. No es un momento cualquiera al que hacen referencia las lecturas de la Palabra hoy proclamadas en la liturgia, como no es un momento cualquiera el que ahora nosotros estamos viviendo. Es el hoy de nuestra salvación; es el hoy del paso de Dios por nuestra vida; es el hoy de la Pascua. Y ese hoy no es simplemente recordar tiempos pasados o circunstancias que hayamos podido vivir en otros momentos. Es el hoy que nosotros tenemos que vivir, en esas circunstancias concretas de nuestra vida, como de la vida de nuestro mundo. Porque es el hoy en que Dios llega a nuestra vida.
Cuando celebramos jueves santo es una simplemente repetición de otros momentos o de otros hechos. San Pablo nos dice que ha recibido una tradición que al mismo tiempo nos trasmite. Es cierto que hacemos memoria, pero la palabra que mejor lo expresa es memorial, porque no solo es recuerdo sino que es presencia en el hoy de nuestra vida. Es el paso del Señor en el hoy de nuestra vida, tal como somos, tal como vivimos, en el mundo concreto en que estamos, con aquellas cosas que suceden en el hoy de nuestro mundo.
Esto nos tiene que dar la intensidad con que nosotros queremos vivir hoy jueves santo, como la intensidad que le daremos mañana al Viernes Santo, pero será la intensidad de la Pascua que viviremos cuando lleguemos en el amanecer del domingo a la celebración de la resurrección. No lo podemos vivir de una forma cualquiera. Es nuestra vida que se abre a la presencia de Dios en nosotros.
Contemplemos y revivamos cuanto hoy celebramos. Sí, contemplar, quedarnos como extasiados ante el cuadro que nos presenta el evangelio. Allí están en aquella sala grande en el piso de arriba que aquella familia ha facilitado a Jesús para celebrar la cena pascual. Allí está todo preparado, como ayer escuchábamos que hacían los discípulos a las indicaciones de Jesús. Allí está sintiendo Jesús la grandeza de aquel momento. ‘Había llegado la hora…’ Y se rompen los protocolos.
Es Jesús el que se levanta de la mesa y se despoja del manto, ciñéndose una toalla a la cintura. Normal era que se ofreciera agua al huésped que llegara a casa para que se purificara, pero ahora es Jesús el que va postrándose a los pies de los apóstoles para ser El quien les lavara los pies. Asombro, desconcierto, lo contemplamos en los rostros de los apóstoles; reticencias como la de Pedro que no quiere permitirlo, pero insistencia de Jesús. ‘No tendrás parte conmigo’ y en su amor por Jesús ya Pedro está dispuesto para no separarse de Jesús que no solo sean los pies sino todo. ‘Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos’.
Este gesto de Jesús es bien significativo. Quien se quita el manto y se ciñe bien es el que se dispone a trabajar, a servir. Es lo que está realizando Jesús. Porque es el signo de su entrega. El es el Maestro y el Señor, pero es quien ha venido a servir, a dar su vida en rescate por muchos. Es el signo de su entrega con el amor más grande que nadie habría podido imaginar. Es el amor del que da su vida por los ama. Es el amor con el que el Señor nos ama a nosotros.
Ahí está el paso del Señor, entonces y ahora. Es el Señor que nos ama, que me ama a mi, que me ama tal como soy, que me ama aunque sea pecador, que me ama y sigue amándome por toda la eternidad para dar su vida por mi. Y es lo que ahora tengo que sentir y tengo que vivir. No podemos cansarnos de considerar lo que es el amor que Dios nos tiene y que así se nos manifiesta en Jesús.
Por eso a partir de entonces vamos a sentir que cada vez que comemos del Pan que Jesús nos da y bebemos de su copa vamos a sentir que está con nosotros, que por nosotros está dándosenos, que nos está amando y podemos y tenemos que sentir su presencia de la misma manera que la sintieron los apóstoles en aquella cena pascual.
Parte el pan y nos lo reparte para que lo comamos, es su cuerpo; por eso cada vez que comemos de ese pan hacemos memoria del Señor – ‘haced esto en memoria mía’ nos ha dicho – y ya no es un pan cualquiera que comemos, sino que estamos comiendo al mismo Señor. Aquel Pan de vida que prometió allá en la sinagoga de Cafarnaún y que nos dijo que era su carne, y que quien comiera su carne y bebiera su sangre tendría viva para siempre, nos resucitaría en el último día.
Los discípulos no terminaron de comprender totalmente las palabras de Jesús allá en la sinagoga; ahora en la cena pascual lo están entendiendo. Como nosotros que parece que no siempre entendemos y creemos en total fidelidad las palabras de Jesús, pero que ahora tenemos que sentir de una manera especial dentro de nosotros. Porque ahora tenemos que comprender y tenemos que comprender que es el paso del Señor, es la Pascua.
Un paso del Señor que nos transforma, que nos pone en nuevo camino, que nos impulsa a vivir su misma entrega, que nos llena de su Espíritu para que vivamos su mismo amor. Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que tenemos que amarnos y no con amor cualquiera sino con un amor como el suyo. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. Y entenderemos todo aquello que a lo largo del evangelio nos ha dicho de cómo tiene que ser nuestro amor, para amar a todos, para rezar por todos, para sentirnos en comunión con todos, para con todos tener un corazón abierto al perdón y a la verdadera comunión.
Es la pascua, es el paso del Señor, es la hora del amor, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor.

viernes, 27 de abril de 2018

No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El


No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama y nos está señalando cómo no hemos de separarnos nunca de El, sino permanecer siempre unidos a El

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

Los momentos de las despedidas suelen ser muy emotivos y fácilmente afloran todos los sentimientos y se convierten en lugar propicio para confidencias, para manifestaciones de afectos, para promesas de futuro en un recuerdo que no va a borrarse y en donde surge y resplandece lo más hermoso que llevamos en nuestro interior sobre todo hacia aquellos seres a los que más amamos.
Será en la partida hacia un viaje en que las distancias pondrán tentarnos por otra parte al olvido que no deseamos; será el momento en que nos desprendemos de los seres que amamos, como los hijos, porque van a emprender su propio camino; será el momento doloroso de la despedida final porque la vida del ser amado se acaba y quisiéramos expresarle ahora como en un torrente todo aquello que a lo largo de la vida no supimos o no tuvimos la ocasión de expresar.
Es lo que palpamos en lo que solemos llamar la última cena como nombre de lo que significo aquel momento de despedida de Jesús antes de su pasión, antes de su pascua. Era la cena pascual, pero que se estaba convirtiendo en anticipo de lo que sería la pascua definitiva. Los discípulos por su parte están perturbados porque presienten lo que todo aquello puede significa y porque tampoco terminan de entender los signos y gestos que Jesús está realizando.
Pero es el momento en que Jesús derrama sobre sus discípulos amados todo lo que se está desbordando de su corazón. Jesús marcha, pero les dice que seguirá con ellos; Jesús marcha pero les anuncia que quiere tenerlos para siempre junto a El; Jesús les habla de que les prepara sitio, aunque también les hace comprender que ellos también han de prepararse para todo lo nuevo que va a comenzar.
Es la ternura de un corazón que quiere quedarse junto a los suyos y que en la inventiva del amor sabrá encontrar modo para que le siga sintiendo para siempre junto a ellos. Es despertar en ellos también el deseo de emprender un camino que será camino de vida en plenitud; un camino donde hallarán la verdadera sabiduría de la vida, un camino que no puede ser sino vivir su misma vida, seguir sus mismos pasos, hacer su mismo camino, alimentarse de su verdad que les llenara de vida porque les llevará siempre a la plenitud de Dios.
Por eso les invita a poner toda su confianza en Dios, a creer plenamente en su Palabra. Se los asegura, Dios no les fallará. ‘Os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’, les dice. Y cuando le preguntan y se interrogan como hacerlo, les dice ‘yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre sino por mi’ No quiere desprenderse Jesús de aquellos a los que ama. Y les está señalando como ellos no han de desprenderse nunca de El, sino a El siempre han de permanecer unidos.
Se han de acabar para siempre los temores. La esperanza siempre tendrá que resplandecer en la vida, a pesar de tantas sombras que podamos encontrar. No nos faltará su luz, no nos faltará su vida, no nos faltará su gracia y su presencia. ¿Será así cómo verdaderamente nos encontramos y nos sentimos quienes creemos en Jesús y queremos seguir su camino? Nos podrán entrar tentaciones de duda y hasta alguna vez de desconfianza, porque somos así.
 Pero hemos de aprender a poner toda nuestra confianza en Jesús. Nos está descorriendo los velos que podrían ocultar todo el amor que encierra en su corazón. Su ternura de amor se está derramando sobre nosotros. Fundamentemos ahí toda la espiritualidad de nuestra vida.

miércoles, 12 de abril de 2017

Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar sintiendo esa presencia maravillosa del Señor en nosotros tal como El quiere llegar a nuestra vida

Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar sintiendo esa presencia maravillosa del Señor en nosotros tal como El quiere llegar a nuestra vida

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?... Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua…’ Es la pregunta que también nos hacemos en este miércoles santo, vísperas ya de comenzar a celebrar el triduo pascual.
‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ ¿Cómo tenemos que prepararnos para la celebración de la Pascua? Una pregunta importante para hacernos y para que actuemos no dejándonos arrastrar por el ambiente que nos rodea. ¿Dónde vas a ir en Semana Santa? ¿Qué vas a hacer en Semana Santa? Es una pregunta socorrida que hemos escuchado a muchos en estos días; incluso en los medios de comunicación, en las redes sociales tan en boga hoy son comentarios, anuncios, publicidad que se repite. Pase una buena semana santa en… y nos dan oportunidad de muchas cosas, de muchos lugares a visitar, de muchas cosas en las que podemos pasar unas vacaciones. Ojala se sepa encontrar también en medio de esas jornadas de descanso tiempo para una reflexión mas profunda sobre la vida.
Respetamos el pensamiento y el actuar de muchos, de la sociedad en la que estamos inmersos y esa es la realidad. Pero también en un ambiente religioso y eclesial se nos pueden ofrecer muchas posibilidades. Y nos hablan de semanas santas famosas, de interés turístico incluso a nivel nacional o internacional. Y se nos ofrecen imágenes de todo tipo desde un ámbito religioso y costumbrista. Es una tradición que no se puede perder, es una frase que también escuchamos y quizás nos podemos quedar en eso, una tradición.
Dios puede llegar y llega a muchos corazones también a través de esos medios y signos externos, pero es cierto que tendríamos que estar muy atentos a ese paso de Dios por nuestras vidas a través quizás de esas imágenes que tendrían que ser una verdadera catequesis, un verdadero kerigma como anuncio de una verdad de salvación. No siempre, sin embargo, sintonizamos debidamente y nos quedamos en lo externo y a la larga se nos puede quedar en algo superficial, como una semilla caída sobre un terreno duro y repisado o sobre abrojos o zarzales que impiden que pueda dar verdadero fruto.
Por eso la pregunta sigue estando presente. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ ¿Cómo tenemos que prepararnos para la celebración de la Pascua? también en nuestros templos en estos días hay un ajetreo tremendo de preparación de cosas para que todo salga bien, para que todo este en su punto, para que las celebraciones sean hermosas, para que nuestro monumento al Santísimo en el Jueves Santo sea el mas hermoso. ¿Son solo esos los preparativos que hemos de hacer? Porque entretenidos en todas esas cosas puede pasar el Señor por nuestro lado y no nos demos cuenta, se nos pase desapercibido y al final no haya pascua en nosotros.
Es ahí, pues, donde hemos de detenernos. Los preparativos no se nos pueden quedar en cosas externas. Todo eso nos ha de ayudar, pero es algo más profundo en lo que hemos de detenernos. Es ahí en el fondo del corazón donde hemos de preparar el lugar para la cena de Pascua, es nuestro corazón el que hemos de preparar.
Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar. Pensemos en ello. Sintamos esa presencia maravillosa del Señor en nosotros, en nuestro corazón, en tantas cosas o personas a través de las cuales quiere llegar a nuestra vida. Es importante que llegue el Señor a nuestra vida para que nos purifique, para que nos revitalice, para que haga surgir con toda fuerza de nuevo el amor en nosotros, para que aprendamos a caminar sus caminos, para que sepamos también abrirnos mejor a los demás. Así habrá verdadera pascua en nosotros.

martes, 27 de diciembre de 2016

Con el evangelista Juan aprendamos a buscar a Jesús queriendo conocerle más y más para entrar en la intimidad de su vida que nos llena de vida para siempre

Con el evangelista Juan aprendamos a buscar a Jesús queriendo conocerle más y más para entrar en la intimidad de su vida que nos llena de vida para siempre

1Jn 1,1-4; Sal 96; Juan 20,2-8
‘Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó… para que nuestra alegría sea completa…’ Así nos dice Juan en el principio de su carta. Es lo que fue su vida en torno a Jesús y lo que fue su anuncio desde entonces.
‘Vio y creyó…’ nos dice el evangelio de Juan cuando entró en el sepulcro vacío después de la resurrección. Vio, creyó y nos lo anunció. Ya desde el principio del evangelio se nos habla de sus deseos de ver, de conocer, de saber. El Bautista había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y allá se fueron tras Jesús Andrés y Juan. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ Querían conocer por si mismos, querían saber de su vida, querían estar con Jesús. Era la forma mejor de conocerle. Ya al día siguiente saldrán haciendo el anuncio.
Celebramos hoy en este marco de la Navidad de Jesús a Juan, el evangelista, el hijo de Zebedeo, el hermano de Santiago, el que quería estar cerca de Jesús; el que quería conocer los secretos de su corazón. Le veremos en la cena pascual casi recostado sobre el pecho de Jesús y preguntándole en secreto que Jesús le revelara de quien se estaba refiriendo cuando Jesús anunciaba la traición de uno de los discípulos.
Pero le veremos siempre caminando tras Jesús, queriendo conocer lo más secreto y lo más hondo del corazón de  Cristo. Subirá con Jesús al Tabor y allí será testigo silencio de la transfiguración; estará con Jesús en la alcoba de la hija de Jairo cuando Jesús la resucita; será de los que se adentrarán con Jesús en el Huerto de Getsemaní para ser testigo de su oración y de la agonía del corazón de Cristo; podrá estar cerca de Jesús en los comienzos de su pasión porque podrá entrar incluso al patio del sanedrín donde se juzga a Jesús, y será el único de los apóstoles que llegará a estar al pie de la cruz recibiendo a María como a su madre.
Luego tras la resurrección correrá hasta el sepulcro tras la noticia de la Magdalena de que se han robado el cuerpo de Jesús y aunque llega el primero dejará paso a Pedro aunque cuando entre y vea las vendas por el suelo en el evangelio se nos dirá que ‘vio y creyó’. Y será el que le reconocerá entre las nieblas del amanecer allá en la orilla del lago cuando Jesús se les manifiesta y realicen una nueva pesca milagrosa; ‘es el Señor’, le dirá a Pedro aunque éste en su ímpetu sea el que se lance al agua para llegar pronto a los pies de Jesús.
Quería ver, quería saber, quería conocer a Jesús, quería entrar en la intimidad de su alma, por eso  nos hablará con gran profundidad teológica de Jesús en su evangelio. Vislumbra bien que Jesús es la luz y es la vida, es la resurrección y es el camino, es la verdad de nuestra vida y lo será todo para nosotros porque sin El nada podemos hacer. Es hermoso y profundo su evangelio, la buena noticia que nos trae.
Como nos dice hoy en la carta, lo que había visto, lo que había oído, lo que había palpado incluso con sus manos no lo podía callar. Ya responderían a los sumos sacerdotes que no podían callar lo que habían visto y oído. Ahora nos lo trasmite en el evangelio y nos deja las joyas preciosas de sus cartas con la profundidad escatológica de su Apocalipsis que nos llena de esperanza en ese cielo nuevo y en esa tierra nueva donde ya no habrá ni luto ni llanto ni dolor, porque todo será vida, que es lo que nos ha dado Jesús porque quien cree en El tendrá vida para siempre.
Esta festividad de san Juan evangelista nos está invitando a que nazca ese deseo en nuestro corazón, de conocer a Jesús, de entrar en esa intimidad de vida con Jesús. Busquemos su evangelio, escuchemos esa buena noticia, empapémonos del Espíritu de Jesús y nos llenaremos de vida para siempre. Nuestra alegría será completa.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Jesús quiere venir a nuestra casa, que es nuestra vida y nuestro mundo, con sus luces y con sus sombras, para celebrar la pascua con nosotros

Jesús quiere venir a nuestra casa, que es nuestra vida y nuestro mundo, con sus luces y con sus sombras,  para celebrar la pascua con nosotros

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25

‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’ es el recado que Jesús envía a quien en Jerusalén le va a facilitar un lugar para celebrar la pascua que tan especial iba a ser. Los discípulos, estando en Jerusalén y viendo que aun no se había decidido donde celebrar la pascua, le habían preguntado a Jesús ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’
Era algo  habitual en aquellos días en Jerusalén que se veía atestada de judíos que subían de todas partes para celebrar la Pascua. La hospitalidad judía brillaba en todo su esplendor y era normal que los habitantes de Jerusalén facilitaran a los parientes venidos de otros lugares un sitio para que pudieran preparar y celebrar la cena pascual. Es lo que sucede entonces con Jesús y sus discípulos que siguiendo las instrucciones muy precisas de Jesús encuentran la hospitalidad de aquel individuo del que no se nos da nombre para tenerlo todo preparado para la pascua.
Es el hecho que nos narra el evangelio en esta víspera de iniciar el triduo pascual con los detalles que se suceden antes y en el entorno de aquella cena de la que saldrá Judas a cumplir sus propósitos.  Pero no nos quedamos en contemplar lo que entonces sucedió sino cómo traer eso a nuestra propia vida en estos momentos precisos en que estamos por un lado siguiendo el ritmo de la liturgia y en las circunstancias concomitantes que vive nuestra sociedad.
Nos haremos la pregunta de los discípulos o escucharemos la solicitud de Jesús. Nos preguntaremos cómo vamos a celebrar esta pascua, mientras al mismo tiempo escuchamos que Jesús quiere venir a nuestra casa, a nuestra vida para hacer pascua en nosotros. Un día que también había sido día de salvación se había auto invitado a la casa de Zaqueo porque quería comer en su casa. Hoy quiere llegar a nosotros, a nuestra vida para que celebremos de manera autentica la pascua sintiendo ese paso salvador de Dios por nosotros.
¿Cómo estaremos dispuestos a prepararnos? ¿Cómo estaremos dispuestos nosotros a celebrar auténticamente la pascua para que no se quede en algo anecdótico o superficial como quizá muchas veces nos ha sucedido? Podemos recordar lo que un día les dijera a aquellos dos discípulos que se habían atrevido a pedirle los primeros puestos, uno a su derecha y otro a su izquierda. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
¿Podemos beber el mismo cáliz del Señor? ¿Seremos capaces de realizar esa pascua en nosotros? Aquella pascua judía suponía un sacrificio, el sacrificio del cordero pascual que luego había de ser compartido en la cena pascual. ¿Cuál es el sacrificio, la ofrenda que nosotros hemos de realizar?
Miremos nuestra vida y veamos esas cosas concretas a las que tenemos que morir. La Pascua tiene el primer paso del morir, del sacrificio, de la entrega. Ahí tenemos que poner nuestra vida con sus limitaciones, con sus debilidades, con las negruras que tantas veces nos aparecen en el corazón, con los sufrimientos y los problemas, con las angustias propias o con las angustias y sufrimientos de cuantos nos rodean, con las negruras de nuestro mundo y las desesperanzas de muchos, con tantas muertes inocentes en guerras o en atentados como se están viviendo en estos mismos días en nuestro mundo, o con tantas personas que caminan sin rumbo en la vida y llenos de sufrimientos en desplazamientos obligados, en rechazos insolidarios, en hambre, miseria y dolor de tantos que injustamente pierden su vida.
Ahí tenemos una lista muy grande de momentos de pasión, de sufrimiento, a los que tendríamos que ser capaces de dar vida. Porque la pascua no se queda en la muerte sino que ha de hacernos renacer a nueva vida. La pascua ha de realizar esa transformación para hacer un mundo nuevo. Y es ahí donde tenemos que poner nuestra pascua, es ahí y así como tenemos que celebrar la Pascua de Jesús en nosotros. Nos va a costar, no llegaremos a mucho quizá, pero tengamos la certeza de que el Señor va con nosotros y con su gracia podemos sentirnos transformados.
El Señor quiere celebrar la pascua en nuestra cada, en nuestra vida, en ese mundo concreto en que vivimos.

miércoles, 1 de abril de 2015

La Pascua no es algo ajeno a lo que estemos viviendo o que está sucediendo en nuestro mundo sino forma parte de nuestra vida

La Pascua no es algo ajeno a lo que estemos viviendo o que está sucediendo en nuestro mundo sino forma parte de nuestra vida

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
Fuerte contraste entre los discípulos de Jesús que podría mostrar también el contraste en nuestra postura o en nuestra manera de ir a celebrar la Pascua. Mientras uno, Judas Iscariote, andaba buscando ocasión propicia para entregarlo, desde que se había presentado a los sumos sacerdotes proponiéndoles ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’, por otra parte aunque andaban desconcertados ante las palabras de Jesús de que uno entre ellos lo iba a entregar, sin embargo Pedro se adelantará valientemente para decirle  ‘Señor, daré mi vida por ti’. Por otra parte andaban preocupados porque no sabían donde iban a prepararle la cena de Pascua. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’, le preguntan.
Pero Jesús tenia otros planes, porque ni le iban a arrebatar la vida, sino que El la entregaría libremente, como libremente había subido a Jerusalén para aquella Pascua, y porque además ya había pensado donde celebrar la cena pascual en Jerusalén. Envía a sus discípulos a alguien bien conocido, aunque el evangelista lo llame con el nombre genérico de fulano, porque allí en su casa quiere celebrar la cena pascual. Ha llegado su momento. ‘Decidle: El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. En aquella casa encontrarán el lugar apropiado de manera que luego se va a convertir en punto de encuentro para muchos momentos después de la resurrección y para el principio de la vida de la Iglesia. Aquel lugar se llamará para siempre ‘el cenáculo’.
Contrastes y posturas, decíamos al principio, que reflejan también nuestras posturas o nuestra manera de celebrar la Pascua. No entramos aquí ni en los que se toman esos días como unas vacaciones, o en los que se quedan en unas manifestaciones religioso-artísticas muy externas ante las que son meros espectadores. Pensamos en quienes queremos darle un más hondo sentido. Con entusiasmo quizá también hemos comenzado esta semana de Pasión y el fervor de nuestro corazón hará muchas propuestas de seguir y de estar con Jesús como Pedro; pero también nos puede suceder que no nos estemos entregando con nosotros con Jesús sino que entreguemos a Jesús desde nuestro pecado, o nuestra frialdad, o nuestros intereses o manera de ver las cosas, no llegando a vivir de verdad la pascua.
Pero, ¿por qué no escuchamos la Palabra de Jesús que a nosotros también nos dice: ‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa…’ en tu vida, en tu corazón?
¿Cómo tenemos que celebrar la Pascua? No es lo que tenemos que preparar. No son cosas sino nosotros mismos. No es algo hecho desde fuera, sino algo que tenemos que vivir en lo más profundo de nosotros mismos en lo que es nuestra vida concreta y en este momento concreto que estamos viviendo. Cada uno sabe su situación, sus problemas, sus sufrimientos o sus angustias, lo que está sucediendo en si mismo o lo que está sucediendo en su entorno, en su familia, en sus amigos, o en ese mundo concreto en el que vivimos.
La Pascua del Señor no es ajena a todo eso que estemos viviendo o que está sucediendo en nuestro mundo. Eso hemos de vivirlo como Pascua, porque en esa situación concreta en que nos encontremos hemos de saber ver el paso salvador del Señor por nuestra vida. Todo lo que nos sucede está en orden a nuestra salvación; todo es gracia y es presencia del Señor, aunque haya momentos dolorosos en nosotros. Detengámonos un poquito y abramos los ojos de la fe para ver la presencia del Señor. Aunque sea duro lo que no esté pasando sintamos que el Señor tiene para nosotros una palabra de vida, de aliento, de esperanza, de gracia.
Es el momento de la gracia del Señor que nos manifiesta todo su amor. Celebremos, pues, con hondo sentido la Pascua que el Señor quiere realizar en nuestra propia vida.