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sábado, 25 de julio de 2026

Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

 


Que nuestros sueños de vivir en el Reino de Dios se plasmen en nuestro espíritu de servicio a la manera de Jesús para ser signo de Dios en medio del mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Sueños todos tenemos; y no quiero referirme a esos sueños que a la hora del descanso nuestra mente y nuestra imaginación, como la loca de la casa como alguien la ha llamado, nos hace hacer viajes inimaginables que bien pudieran ser en ocasiones reflejos de recuerdos o de parte de nuestro subconsciente que hace aflorar mil cosas en nuestra imaginación o en los que pudiéramos leer también aspiraciones y deseos que llevamos ocultos y que en una vida de consciencia no nos atrevemos quizás a manifestar.

Pero no me refiero a esos sueños, sino en los que en estado de vigilia vienen también a nuestra mente e imaginación pero quizás como construcciones previas que nos hacemos de nuestro futuro. Nos vemos en situaciones que en el fondo son nuestras aspiraciones, nos hacemos proyectos llenos de imaginación que quizás luego no siempre nos atrevemos a plasmar, aparecen los deseos de cómo nos gustaría que fuese nuestra vida o quizás también la sociedad en la que vivimos, los cambios que nosotros haríamos para hacer que las cosas marchen mejor, o también a aquellas posiciones que nos gustaría alcanzar y por las que quizás nos pusiéramos a trabajar por conseguir.

Sueños, aspiraciones, proyectos, deseos de algo nuevo o que nosotros consideramos mejor que lo que hacemos o tenemos. ¿A donde nos pueden llevar? ¿Aflorará quizás la vanidad? ¿Nos quedaremos ensimismados en los sueños que nos parecen realidad pero que en el fondo no llegamos a realizar? ¿O serán un acicate para comenzar nuestras luchas que algunas veces pueden cegarnos? Pero sueños todos tenemos en nuestra mente porque además son signos de que estamos vivos y queremos vivir.

¿Por qué nos extraña que los hijos de Zebedeo también tuvieran sus sueños? La presencia y la palabra de Jesús había despertado esperanzas en el pueblo, podían estar comenzando a pensar que Jesús bien podía ser el Mesías anunciado por los profetas y que ellos con tantas ansias también esperaban; de Juan sabemos que incluso había sido discípulo del Bautista, aquel profeta que había surgido en el desierto en las orillas del Jordán; conocido era también el ardor con que vivían sus esperanza de manera que incluso les llamaran los ‘hijos del trueno’ y con las esperanzas de una futura restauración de la sobraría de Israel con la llegada del Mesías, siendo además parientes de Jesús es normal que soñaran con alcanzar algún lugar de influencia o de poder en ese Reino que anunciaba Jesús.

Es la petición que a través de su madre le hacen a Jesús. ¿Sabían lo que pedían? Al menos sabían lo que eran sus sueños que esperaban a alcanzar. Por eso ante la pregunta de Jesús no sé si con mucha conciencia del sentido con que Jesús les había la pregunta habían respondido que si y que no les importaba beber de la misma copa de Jesús. No solían haber muchas copas distintas para servir las bebidas en los banquetes donde casi todos bebían de las mismas copas. Claro que su conciencia no iba más allá de sus ambiciones terrenas aunque responden afirmativamente a Jesús.

Pronto surgirán los comentarios desconfiados de los otros que quizás también tenían las misma aspiraciones, pero que Juan y Santiago se les habían adelantado. Pero Jesús tiene la lección por de todo y en todo siempre El nos ofrece su enseñanza. ¿Sentarse a mi derecha o a mi izquierda? No me toca a mi concederlo, en los planes del Reino de Dios que es lo que quiere el Padre otros son los caminos. Por eso ante los reclamos soterrados de los demás El les explica que ser los primeros significa primero hacerse los últimos, que solo por el camino del servicio, de hacerse servidor de todos es por donde se alcanzarán las verdaderas grandeza.

‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo…’ Son los nuevos parámetros que nos ofrece Jesús; no vamos a ir copiando e imitando lo que son los poderes de este mundo, porque sabemos siempre como acaba todo, en la vanidad, en la soberbia, en los pedestales, en no buscar sino los propios intereses; lo estamos viendo continuamente, son noticias que nos salen todos los días en las primeras paginas de los noticiarios, aunque siempre se presentan con mucha sagacidad y disimulo, con bonitas palabras, pero con la doble cara de la falsedad y de la hipocresía.

Nosotros tenemos a quien imitar. ‘Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. No tenemos otro modelo que Jesús. Pasó haciendo el bien, lo definirá más tarde san Pedro. Lo contemplaremos tomando la jarra del agua y ciñéndose la toalla para ponerse a lavar los pies de los discípulos. Y es así como tenemos parte con El, porque el nos lava los pies, pero porque nos dice que si el Maestro y el Señor nos ha lavado los pies, así tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros.

Y aquí sí tenemos que responderle al Señor que sabemos lo que pedimos y lo que queremos, porque bien que nos lo ha explicado y bien que ha ido delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso comenzaremos a amarnos, pero no con un amor cualquiera sino como El nos ha amado y se ha entregado por nosotros.

Cuando hoy celebramos el día del Apóstol Santiago y además lo proclamamos patrono de España porque según la tradición a nuestras tierras del fin de la tierra vino a anunciar el Evangelio, ¿será esa la imagen que nosotros demos ante el mundo que nos rodean? ¿será es nuestra forma de evangelizar? ¿será esa la imagen de la Iglesia que damos ante el mundo que nos rodea? ¿serán esos nuestros sueños de cómo hemos de anunciar el Evangelio?


sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

domingo, 20 de octubre de 2024

¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

 


¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Estaban queriendo preparar el terreno por lo que había de venir, por las ventajas que podrían alcanzar, porque no querían que nadie se les adelantase... No nos ha de extrañar. ¿No lo hacemos nosotros también? En la vida también vamos con astucia, buscamos nuestros apoyos, alguien que medie por nosotros, vamos presentando nuestra cara bonita, queremos hacer méritos. En las cosas que queremos conseguir en la vida, en los puestos que queremos alcanzar, en las influencias que podamos luego tener desde posiciones de relevancia, para las ganancias de la vida. Y vemos como se echan zancadillas, cómo queremos llegar los primeros sea como sea, cómo nos lo permitimos todo – aunque algunas veces parezca que perdemos – con tal de conseguir lo que nos proponemos. Y no digamos nada de las guerras entre unos y otros, declaradas o solapadas, que hay detrás de todo eso.

Por eso es acercan aquellos dos discípulos a Jesús, en fin de cuentas eran parientes y habían estado además desde el principio con el maestro, porque con lo que Jesús anunciaba parecía que el momento estaba cerca – aunque no terminaran aún de entender lo que significaba aquel momento anunciado por Jesús, y le piden unos lugares de honor en ese Reino ya tan inminente. Detrás estaba el concepto de Mesianismo que tenían, no solo ellos, sino en la forma de pensar del pueblo alentado también desde ciertos intereses. ‘Uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.

Nos puede parecer sorprendente, después de lo que hoy ya nosotros comprendemos del sentido de Jesús. ¿Le sorprendería a Jesús aquella petición de aquellos dos discípulos? Jesús conocía bien el corazón del hombre, conocía bien las ambiciones que merodeaban entre ellos, porque además será alto que se repite. Pero la respuesta de Jesús es directa con una pregunta. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’

La respuesta, en la ambición que ellos tenían, está pronta. ‘Podemos’. No dice nada expresamente el evangelista, pero yo pongo imaginación y quiero ver la mirada de Jesús ante la respuesta tan ingenua de los discípulos. Lo que les dice a continuación está en cierto modo describiendo esa mirada, como tantas otras que le vemos a Jesús en distintas páginas del evangelio. ‘No sabéis lo que pedís… El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado’.

Beberían el cáliz y serían bautizados con aquel bautismo, pero en la hora de la pasión estaban ausentes, solo Juan se había atrevido a estar con María al pie de la cruz. Pero a la derecha e izquierda de la cruz, del momento de la gloria aunque costara entenderlo, eran otros dos los que estaban, unos malhechores colgados también de un madero como Jesús. ¿Lo indescifrable de los caminos de Dios? ¿O el camino que nos estaba enseñando Jesús que tendría que ser el camino de la Iglesia? Nos daría para pensar.

Las palabras de Jesús no se quedan ahí. Volverá a repetirnos lo que otras ocasiones volvería a decirnos. ¿Cuál es la grandeza? ¿Cuál es la influencia y el poder? ¿Cuáles son en verdad los primeros puestos por los que tenemos que aspirar? Tiene que quedar claro de una vez para siempre. No puede ser a la manera de los poderes de este mundo.

Tenemos que convencernos, porque han pasado ya muchos siglos y todavía seguimos ansiando poderes, y lugares de honor, y reverencias y reconocimientos, y nos seguimos revistiendo de los ropajes del poder y de las grandezas humanas.  ¿Cuándo llegaremos a comprender estas palabras de Jesús para despojarnos de todos esos ropajes mundanos de los que nos seguimos revistiendo en la Iglesia?

Tenemos que aprender de una vez por todas que nuestro camino ha de ser el del servicio, el de la humildad y de la sencillez, lejos de nosotros las vanidades del corazón, no siguiendo en la búsqueda de méritos con aquellas cosas incluso buenas que hacemos, dejando ya a un lado la tabla de las reivindicaciones para que tengamos nuestro lugar, y a estar dispuestos a amar de verdad a la manera como nos enseña Jesús.

‘El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir, a dar su vida en rescate por todos’, termina diciéndonos Jesús. Y todavía nos cuesta ceñirnos la toalla para ir a lavar los pies; todavía seguimos mirando con cierta indiferencia a los que no son como nosotros, porque tienen otro color de piel o porque vienen de otros lugares, todavía mantenemos la desconfianza en el corazón ante cualquiera que nos parezca distinto y no conozcamos manteniendo las distancias.

¿Dónde está el amor a la manera del amor de Jesús que El nos ha enseñado a tener? ¿Seguiremos todavía preparando el terreno para nuestros intereses?

 

 

domingo, 29 de septiembre de 2024

No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

 


No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Si no son como yo o piensan igual que yo, no serán capaces de hacer nada bueno. Puede parecer una exageración esto que estoy diciendo, pero miremos alrededor, muchas de las cosas que estamos contemplando en la sociedad de hoy tan llena de acritudes y enfrentamientos a causa de la manera de pensar, de las ideologías o de la forma de plantearse el rumbo de la sociedad y nos daremos cuenta de los exclusivismos en que vivimos, del querer imponer nuestra línea de pensamiento para que todo el mundo lo acepte y si no lo aceptan están equivocados y no hacen nada bien; demasiados dogmatismos seguimos contemplando en el mundo en el que vivimos; qué mal nos llevamos los que no pensamos lo mismo, cuantas descalificaciones, cómo destruimos todo lo que haya hecho el otro porque ya por si mismo lo consideramos malo. Y está siendo algo pegajoso de lo que todos podemos contagiarnos.

Hoy el evangelio nos da luz en este sentido, que además hemos de tener también muy en cuenta en nuestro ámbito eclesial o en el camino y vivencia de nuestra fe. Hoy vemos claramente un paralelismo entre lo que se nos narra en la lectura del Antiguo Testamento, el libro de los Números, y el episodio del evangelio. Moisés ha elegido a cuarenta ancianos para que participen con él en la misión del gobierno del pueblo, y todos se llenan del Espíritu del Señor y comienzan a profetizar; pero dos de los elegidos no participan en la asamblea, sin embargo ellos también reciben ese don de profetizar en medio del pueblo; el joven Josué le pide a Moisés que les impida el ejercitar ese don porque no habían participado en aquella asamblea, pero Moisés le dice que ojalá todo el pueblo recibiera también ese don del Espíritu del Señor.

En el evangelio sucede algo semejante. Juan se encuentra con algunos que sin ser del grupo de los discípulos de Jesús en su nombre también expulsan demonios. Se lo ha querido impedir y es lo que viene a plantear a Jesús. No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. ‘No se lo impidáis, les viene a decir Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y nos estará enseñando Jesús cómo tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’, porque la mecha humeante que decían los profetas no se puede apagar, más bien, siempre tenemos que avivarla. Por eso nos dirá Jesús que hasta lo más insignificante que podamos hacer siempre tendrá su recompensa; y nos habla de quien es capaz de dar un vaso de agua en su nombre.

No podemos andar con exclusivismos; no podemos pensar que solo nosotros sabemos hacer cosas buenas; no podemos descartar lo bueno que hagan los demás; no podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad. El reino de Dios se hace presente también en los buenos valores que podemos descubrir en los otros; el reino de Dios lo vamos construyendo desde esas cosas pequeñas y sencillas que nos pueden parecen insignificantes, pero que están manifestándonos también lo que es el amor de Dios que se reparte en todos los corazones.

Y de la misma manera, nos viene a decir Jesús a continuación, también hemos de cuidar esos gestos negativos, esas sombras que pueden aparecer alguna vez en nosotros porque de la misma manera también hace un daño grande a los demás. Cuidamos lo bueno que llevamos en el corazón, pero tenemos que manifestarlo por nuestras buenas acciones, como nos dirá en otro momento, para que así los hombres den gloria a Dios, pero de la misma manera tenemos que cuidar esas cosas negativas, que por nuestra debilidad, algunas veces puedan aparecer en nosotros, para que nunca hagamos daño a nadie, seamos obstáculo para que otros puedan hacer el bien o se encuentren con Dios.

Ojalá todo el pueblo se llenara del Espíritu de Dios, decía Moisés, podríamos decir, de una forma profética. Ungidos hemos sido en nuestro bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu de Dios también anida en nuestros corazones y es quien nos inspira lo bueno que tenemos que hacer. Profetas tenemos que ser los cristianos en medio del mundo, y no porque nos creamos mejores que los demás ni pensemos que es una cosa exclusiva nuestra el hacer el bien, el repartir esas semillas del Reino de Dios por nuestro mundo, sino porque para nosotros es como una obligación, es una misión que hemos recibido que no podemos rehuir; es una tarea que tenemos encomendada y es el testimonio que tenemos que dar.

Tenemos que presentar ante el mundo esos valores que aprendemos del Evangelio, pero precisamente en nombre de ese mismo evangelio tenemos que aprender a descubrir, a respetar y valorar también los buenos valores que tienen los demás. Nos sentimos más obligados por la fuerza del Espíritu que anida en nuestros corazones, somos morada de Dios que habita en nosotros como nos ha enseñado Jesus y templos de su Espíritu.

 

 

miércoles, 27 de diciembre de 2023

La buena noticia de Jesús es su Pascua, el paso de Dios entre nosotros, haciéndose Emmanuel, para traernos su salvación

 


La buena noticia de Jesús es su Pascua, el paso de Dios entre nosotros, haciéndose Emmanuel, para traernos su salvación

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

‘Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’ nos dice hoy san Juan casi al principio de su carta, ‘lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida’.

Todo son anuncios de gozo en estos días para que la tierra se llene de alegría. Había sido el ángel el que le anunciaba a María el Misterio de Dios que en ella había de realizarse. Luego fueron los ángeles en la noche de Belén los que anunciaron a los pastores que ‘en la ciudad de David les había nacido un Salvador’. Es el anuncio repetido a través de los siglos siguiendo el mandato de Jesús para que todos los hombres conociesen y alcanzasen la salvación. Son los anuncios llenos de música que en estos días resuenan en nuestras casas, en nuestros templos y en nuestros hogares con los villancicos que nos anuncian el Nacimiento de Dios hecho hombre en Belén. Pero es el anuncio que nosotros también hemos de seguir haciendo, porque lo que hemos visto y oído, lo que hemos palpado con lo más hondo de nuestro corazón no se puede quedar en el olvido y todos han de ser participes de esa salvación.

Pero ¿qué es lo que tenemos que anunciar? No nos podemos quedar solo con parte de lo que en realidad tiene que ser ese anuncio. Tenemos el peligro de infantilizar todo este misterio del Emmanuel, del Dios con nosotros, que es lo que realmente estamos celebrando. Nos detenemos, es cierto, a contemplar en estos días esa escena de Belén con el nacimiento del Hijo de Dios y aquellas circunstancias que rodearon ese momento. Es san Lucas el que más entra en detalles de ese momento, porque será el que más en concreto nos hablará de ese lugar y de las circunstancias de ese momento. Los demás evangelistas son parcos en la descripción del nacimiento de Jesús porque el evangelio  nos quiere presentar es esa Buena Noticia de Jesús que nos trae la salvación.

Es muy significativo que a dos días del nacimiento de Jesús, celebrando hoy a aquel discípulo tan amado de Jesús, como para reposar su cabeza en su costado en la hora de la cena pascual, el evangelio hoy nos trasporte, por así decirlo, al momento de la Pascua, al momento de la resurrección del Señor. En aquellas circunstancias de las mujeres que viene al sepulcro y se lo encuentran vacío, las carreras de aquellas buenas mujeres para ir a anunciar a los discípulos escondidos en el cenáculo el vacío del sepulcro que se habían encontrado, vemos como Pedro y Juan corren también al sepulcro para encontrarse las mismas circunstancias del sepulcro vacío. Pero allí, en lo que parecía un vacío porque no veían la presencia física del cuerpo de Jesús, en aquellas vendas y sudario doblados en distintos lugares del sepulcro, vieron y creyeron. Juan tras Pedro también entró al sepulcro vacío, pero nos dice el evangelista que vio y creyó.

Es el que luego nos dirá que aquello que vieron sus ojos y palparon sus manos no podían callarlo y tienen que anunciarlo. El evangelio de Jesús no se queda en Belén, aun con todo lo que allí aprendemos, la Buena Noticia de Jesús es su Pascua, es ese paso de Dios en medio de nosotros, es Emmanuel, Dios con nosotros, para traernos la salvación. Y es lo que tenemos que anunciar, es a donde tenemos que llegar, es lo que hondamente tenemos que vivir. Es lo que en verdad va a centrar toda nuestra vida.

No nos quedamos en la infancia de Jesús sino que tenemos que contemplar todo el misterio de Cristo en su conjunto, porque en consecuencia nos hagamos una religiosidad demasiado infantil y excesivamente sentimental. Tenemos que dar el paso más allá para abarcar todo el evangelio porque centramos nuestra vida en el misterio pascual de Cristo y es lo que en verdad celebramos. No nos quedamos en lo que puede parecer la anécdota más llamativa y más sentimental para comprender todo lo que es el Evangelio.

viernes, 15 de septiembre de 2023

María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad



María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal. 15; Juan 19,25-27

Una responsabilidad que es un regalo. No sé cómo expresarlo mejor, un regalo que se convierte en toda una responsabilidad. Cuando recibimos un regalo nos sentimos obligados hacia quien nos hizo el regalo; es lo que queremos expresar cuando decimos gracias, cuando mostramos nuestra gratitud. Es curioso como en el lenguaje portugués para manifestar su gratitud hacia aquel de quien se ha recibido algo, se emplea la expresión, obrigado, se sienten obligados.

Si ese regalo es un don (ya lo expresa la palabra regalo) que se nos confía, al recibirlo estamos aceptando una responsabilidad, de la que de alguna manera estamos llamados a dar cuenta. No podemos aceptar ese don que en cierto modo es una misión que se nos confía de manera irresponsable, lo asumimos, por así decirlo, todas sus consecuencias.

Hoy queremos hablar de un regalo, y muy preciado. Es el que Jesús le hizo a la Iglesia que estaba naciendo de su costado con su muerte en la cruz. De su costado, con la lanza del soldado que lo atravesó para confirmar la muerte del reo, brotó sangre y agua. Entendemos que fueron los últimos borbotones de sangre de un corazón que acababa de apagarse y pensamos también en esos últimos humores que brotaron de sus pulmones, al verse rasgados por la lanza del soldado. Pero son todo un signo de la entrega hasta el final de Jesus dando hasta lo último de su ser; era la vida nueva que brotaba de aquella muerte, era el renacer de nuevo en la resurrección y que se hace realidad en nosotros por el agua y el Espíritu como un día anunciara a Nicodemo, era la expresión suprema del amor más grande de quien nos amaba como nadie hasta entonces nos había amado, pero parece que aún le quedaba algo a Jesús que quería también regalarnos, su madre.

Al pie de la cruz estaba el discípulo amado, junto con su madre y la hermana de su madre y María Magdalena. Allí está la madre sola que perdía a su Hijo en momento supremo de amor, pero allí estaba quien de alguna manera nos representaba, beneficiario el primero de los efectos salvadores de aquella muerte, por algo lo llamamos el discípulo amado y como signo de todos los que también habían de beneficiarse de aquella muerte redentora. Y es a él a quien confía el cuidado de la madre que ya desde ahora va a ser también su madre. 'Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre', les dice a ambos. 'Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa', la tuvo siempre consigo. La tradición incluso nos hablará de una casa de María allá junto a Efeso porque allí se sitúan también los últimos días de la vida de Juan, el evangelista, expresándose así la responsabilidad de quien desde aquel momento supremo de la cruz la tuvo siempre consigo en su casa.

Cuando este día conmemoramos y celebramos los Dolores de María al pie de la cruz de Jesús y hemos contemplado este regalo que Jesús nos hace, sentimos la alegría en el corazón y la responsabilidad de tenerla como madre. Nos sentimos obligados a recibirla en nuestra casa, en nuestro corazón. Es cierto que la presencia de María como madre siempre se ha hecho sentir en el seno de la Iglesia y de ahí tantos nombres como piropos con que queremos invocarla en cualquiera de los rincones de todo el orbe católico.

Será la madre cuya presencia podemos sentir en cada momento o circunstancia de la vida, en nuestros dolores y en nuestras alegrías, cuando caminamos agobiados por nuestras preocupaciones y problemas a ella siempre acudimos porque sabemos como madre estará a nuestro lado haciendo lo que hacen todas las madres, hacernos sentir la paz y la seguridad en el corazón, animando y fortaleciendo nuestro espíritu porque solo es suficiente la mano de una madre que se posa sobre nuestros hombros para sentir todo ese vigor interior que estamos necesitando para enfrentarnos a esos problemas de la vida.

A ella la invocamos, con ella caminamos, a ella queremos sentirla siempre en lo más hondo del corazón como los hijos saben llevar siempre a la madre; ella será faro de luz en nuestras oscuridades, rayo de esperanza en nuestras flaquezas, ojos que nos alientan posando su mirada en lo hondo de nuestros corazones, mano que nos lleva de camino para que siempre vayamos al encuentro de los hermanos, voz que nos susurra continuamente cómo tenemos que escuchar a su Hijo y hacer lo que Él nos diga.

No nos desprendamos de María, convirtamosla en reina de nuestros corazones, disfrutemos del gozo de su presencia, y preparemos para ella el mejor altar y el mejor nido de amor para que ella siempre derrame sobre nosotros las gracias del Señor. Es el regalo que Jesús nos ha dado desde la Cruz, es la señal de una senda nueva que tenemos que asumir con responsabilidad.


martes, 27 de diciembre de 2022

Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

 


Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

Hay días que son de especiales carreras. Y no quiero referirme ahora aquí a esos días llenos de agobios que tenemos que hacer muchas cosas y parece que el tiempo no nos da para nada y se nos va escurriendo entre los dedos como agua que queremos abarcar con nuestras manos. Podríamos referirnos a ello pero me refiero más a esos días que son de encuentro; buscamos algo con mucha ansia e ilusión, sabemos donde podemos encontrarlo y allá corremos antes de que llegue nadie para poder recogerlo para nosotros; son esos momentos en que estamos esperando a alguien que significa mucho para nosotros y salimos a su encuentro y parece que acercándonos por el camino más pronto lo encontraremos y correremos a sus brazos tan pronto vemos como se acerca; me vais a permitir no solo pensar en las personas, sino en el animalito que tenemos en casa como mascota y compañía y que está ansioso esperando a que lleguemos y sale a nuestro encuentro y se tira a nuestros brazos, aunque sea poco el tiempo en que hayamos estado ausentes, y no digamos cuando la tardanza ha sido mucha.

Corremos a buscar, corremos al encuentro, deseamos estar con quien es un regalo para nuestra vida, nos cuesta la lejanía o la ausencia de aquella persona a la que tenemos especial aprecio y amamos, salimos a la búsqueda o corremos al encuentro. Experiencias hermosas, momentos emotivos, búsquedas ansiosas y llenas de curiosidad por aquello que nos anuncian como algo hermoso para nuestra vida, ráfagas de luz y de esperanza que nos hacen estar atentos y vigilantes, deseos de lo mejor en ese encuentro que preparamos con ilusión y con mucha esperanza.

No hace mucho hemos escuchado en el evangelio hablarnos de las carreras de los pastores de Belén ansiosos de encontrarse con quien les había anunciado el ángel; para ellos no hubo dificultad en la oscuridad de la noche, o el desconocimiento exacto del lugar donde encontrarían aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre que les había anunciado el ángel. Tuvieron la intuición de encontrar pronto el camino y allí los contemplaremos en la presencia de aquel recién nacido contando todo cuanto les habían anunciado y contemplado. Estaban llenos de alegría, nos dirá el evangelista, dando gloria a Dios.

Hoy el evangelio nos habla de otras carreras. Otras eran las circunstancias que habían llegado de inquietud y hasta de angustia a los discípulos de Jesús, que tres días antes había sufrido la pasión y había sido crucificado. En el sepulcro habían depositado su cuerpo y en la espera, en cierto modo angustiosa, estaban por lo sucedido y por lo que podría suceder. Habían vuelto las mujeres que temprano habían ido al sepulcro con los buenos deseos de embalsamar el cuerpo difunto de Jesús, pero se habían encontrado la piedra corrida, no estaba el cuerpo de Jesús allí y una aparición de ángeles les habían dicho que había resucitado.

Ante las noticias que llegan serán dos de los discípulos los que saldrán disparados en carrera hasta el sepulcro. Aquel discípulo que era más joven había llegado primero pero había tenido la deferencia de esperar a que llegara Pedro y entrara primero para inspeccionar el sepulcro. Estaba vacío como habían dicho las mujeres, las vendas tendidas por doquier pero el sudario bien envuelto estaba en un lugar aparte. Juan también había entrado, y nos dice él mismo en el evangelio que ‘vio y creyó’. Había sido también una carrera porque era necesario encontrar a Jesús, y aunque allí ya no estaba sin embargo la fe se había despertado en su corazón. Seguro que a la vuelta de nuevo hasta el cenáculo una alegría nueva llevaba en el corazón.

Los pastores cuando vieron lo anunciado por los ángeles creyeron; Juan cuando contempla el sepulcro vacío también creyó. El corazón de los pastores pobres y desprendidos de todo estaba dispuesto para creer en los misterios grandes de Dios que solo se revelan a los sencillos. El corazón de Juan que se había vaciado de si mismo porque solo se había llenado de la música del amor era capaz de sintonizar con el corazón de Cristo, sobre el que se había incluso recostado en la última cena y ahora sintonizaba con el misterio que se le revelaba en hechos que podían parecer incomprensibles, pero que solo desde la sintonía del amor podemos llegar a comprender y creer.

¿Seremos capaces nosotros de correr así al encuentro de Cristo, al encuentro de Dios que viene a nosotros? Pero ya sabemos cual es la sintonía que hemos de tener disponible en nuestro corazón, la de la sencillez de los pastores, la de la disponibilidad de Juan, a quien hoy estamos celebrando, la del amor verdadero que podría sintonizar con lo que es el amor de Dios.

jueves, 8 de septiembre de 2022

Hoy nos toca regalar a María en su cumpleaños, acogerla en nuestro corazón y regalarle la flor de nuestra disponibilidad para que se plante siempre en nosotros la Palabra de Dios

 



Hoy nos toca regalar a María en su cumpleaños, acogerla en nuestro corazón y regalarle la flor de nuestra disponibilidad para que se plante siempre en nosotros la Palabra de Dios

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Podíamos decir que es de hijo bien nacido el celebrar el cumpleaños de la madre. Lo llevamos en la sangre. Lo vemos en cualquier casa y más hoy que somos tan dados a celebraciones y fiestas. Por muy humilde que se sea y escasos sean los recursos siempre hay para una flor, para un detalle que los hijos ofrecen con amor a su madre; cuando nos falta, y a todos nos llegan esos momentos, vienen los recuerdos, las añoranzas, los sentimientos porque quizá no siempre la festejamos como se merecía, nunca supimos corresponder al amor de una madre.

Hoy es el día de nuestra madre, la que nos regaló Jesús en la cruz, la que era la madre de Dios pero Jesús quiso que también fuera nuestra madre. ‘Ahí tienes a tu madre’, le decía Jesús a Juan desde la cruz en la hora suprema de la muerte; fue algo hermoso que nos dejó como herencia, el regalo de una madre. Hoy 8 de septiembre celebramos la natividad de la Virgen María.

En la devoción popular muchos con los nombres diversos con que la llamamos y festejamos en este día según sean los pueblos y lugares. Recordando brevemente en el entorno más cercano a donde vivo, la llamamos la Virgen de la Luz o la Virgen de los Remedios como advocaciones muy comunes en muchos de nuestros pueblos, pero la llamamos también Nuestra Señor del Socorro que es como una réplica de la Virgen de Candelaria pues se celebra en aquellos lugares donde fue encontrada su imagen o la Virgen del Pino como la celebran en una de nuestras islas o también Virgen de la Natividad recordando su nacimiento.

El evangelio nada nos dice del nacimiento de María, pues todo girará siempre en torno a Jesús; pero los evangelios apócrifos nos hablarán del lugar del nacimiento de María en las cercanías del templo de Jerusalén donde hoy se levanta una basílica en su honor. Lo que sí podemos considerar como algo muy especial su nacimiento, pues recordamos que hace nueve meses celebramos su Inmaculada Concepción para contemplar cómo ella, en virtud de los merecimientos de Cristo Jesús, ya que iba a ser su madre, fue preservada de todo pecado, siempre inmaculada desde el primer instante de su concepción y posterior nacimiento.

Si la Escritura pone en labios de Jesús, en su entrada en el mundo, aquellas palabras proféticamente señaladas en la oración de los salmos ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, ¿qué podríamos decir de ese nacimiento de María que un día llegaría a proclamar que era la esclava del Señor y que se cumpliera en ella según su palabra?

Podríamos atrevernos a decir que así se sentía ella desde que tuvo conocimiento de sí misma, para buscar siempre y en todo lo que era la voluntad del Señor para su vida. De ahí la disponibilidad y la generosidad de su corazón, disponible para la voluntad de Dios, disponible siempre para el servicio a los demás. Podríamos decir que fue como el lema de su vida, en todo siempre y por encima de todo la voluntad de Dios, que se realizara en ella lo que era la Palabra de Dios.

Cuando hacemos un regalo a alguien a quien queremos y más cuando queremos hacer un regalo a la madre, buscaremos lo que más le agrade, lo que más le haga feliz. Hoy nos toca regalar a María, cuando tantos regalos de ella hemos recibido en forma de gracia a lo largo de nuestra vida. José le hizo el regalo de su confianza para aceptar lo que en ella venía de Dios y la acogió en su casa. Juan la recibió en la cruz como madre y la acogió en su casa. Nosotros que la tenemos como madre también queremos acogerla en la casa de nuestra vida pero además queremos ofrecerle una flor.

La flor que le ofrezcamos hoy a María sea el de nuestra disponibilidad para que también nosotros se realice siempre lo que es la voluntad de Dios. Como lo hizo ella. Ya ella también nos enseñó a hacerlo, aunque como sucede siempre tantas veces hemos olvidado. A nosotros nos decía, como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’. Hoy le decimos a María que así queremos hacer siempre lo que nos dice el Señor, así queremos nosotros también plantar en nuestro corazón la Palabra de Dios. No dejemos marchitar esa flor.

sábado, 4 de junio de 2022

Es en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu

 


Es en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Una especie de anécdota o curiosidad, un testimonio y una hipérbole vienen a poner punto final al evangelio de Juan que hemos venido escuchando en estos momentos en que llegamos a la conclusión de la pascua.

Es la curiosidad de Pedro ante todo lo que le estaba anunciando Jesús pero sobre lo que le pudiera suceder, qué anuncios tendría Jesús reservados para aquel discípulo amado que ahora tan cerca de ellos estaba. Algo así como querer corresponder como un favor porque había sido precisamente Juan el que desde la barca lo había reconocido y solamente a Pedro se lo había contado. Pero Jesús, podríamos decirlo así, corta las preguntas y curiosidades de Pedro diciéndole poco menos que se preocupara solo de sus asuntos. Se queda todo en la interpretación que haría el resto de los discípulos de las palabras de Jesús – ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?’ – de que aquel discípulo no iba a morir.

Es, sí, el discípulo que va a dar un hermoso testimonio de Jesús, cuando nos deja reflejado en este texto la Buena Noticia de Jesús. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. Como se nos dirá en otro momento todo esto se ha escrito para creamos y creyendo tengamos vida en el nombre de Jesús.

Como el mismo Juan nos dirá en sus cartas, lo que ha visto y lo que ha oído no lo puede callar; lo que ha visto y lo que ha oído, lo que ha experimentado con su propia vida, tiene que trasmitírnoslo. Ese es su testimonio, esa es su verdad, esa es la vida que nos quiere transmitir.

Y es que quienes conocemos a Jesús, quienes creemos en Jesús como nuestra Salvación tenemos que convertirnos en testigos. Es lo que ha venido a ser la historia de la Iglesia a lo largo de los tiempos, un testigo que trasmite lo que ha vivido. Es así como se ha transmitido la fe, contagiándonos de unos a otros. No son las explicaciones las que nos convencen para que creamos, sino el testimonio de una vida, el testimonio de un creyente. No vamos a enseñar filosofías ni ideologías, no son simplemente doctrinas lo que queremos trasmitir sino que Jesús es en verdad nuestra verdadera y única sabiduría porque al encontrar en El la salvación encontramos la vida, encontramos el sentido más hondo para nuestro vivir.

Y como decíamos termina con una hipérbole. Algo que nos puede parecer una exageración pero que lo que quiere es manifestarnos la grandiosidad del mensaje de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

Es cierto que la Biblia es el libro más editado en el mundo y que prácticamente se ha traducido a todas las lenguas conocidas del mundo; tenemos que reconocer también que inmensa biblioteca podríamos formar y nos preguntaríamos donde podríamos ponerla, si juntamos todos los libros que en el mundo y en la historia se han escrito que nos hablen de Jesús. Fue, es cierto, una hipérbole la que quiso expresar el evangelista aún sin saber cuánto a lo largo de la historia se escribiría sobre Jesús.

Pero quiere decirnos algo más, y es que el mensaje de Jesús no son solo las palabras que como historias nos han dejado los cuatro evangelistas, sino que el mensaje de Jesús va mucho más allá de esas palabras porque llegará a lo que llevamos en el corazón con la fe que en El tenemos. Y es ahí en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu que nos lo revelará todo.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Ojalá nuestras celebraciones sean mucho más que uno ritos litúrgicos que realizamos para que se conviertan en verdaderas experiencias de fe que transmitamos luego a los demás

 


Ojalá nuestras celebraciones sean mucho más que uno ritos litúrgicos que realizamos para que se conviertan en verdaderas experiencias de fe que transmitamos luego a los demás

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó…’

cuando andamos en los caminos de la fe no nos valen altas reflexiones teológica, aunque también tengamos luego que hacérnoslas para profundizar debidamente en lo que es el misterio de Dios sino que lo importante es que transmitamos la experiencia de lo vivido, el testimonio de lo que hay en lo más profundo dentro de nosotros. Como nos dice hoy san Juan ‘lo que hemos oído… visto con nuestros propios ojos… palpado con nuestras manos…’ o sea la experiencia que tenemos en la propia vida. Es lo que realmente va a convencer, es lo que vamos a transmitir con mayor intensidad, aunque no entremos en demasiados razonamientos filosóficos o teológicos. Es lo que en verdad va a convencer, aunque luego al rumiarlo nos hagamos nuestras propias reflexiones.

Es lo que nos está transmitiendo hoy tanto el inicio de la carta de san Juan por una parte, como luego el evangelio. Precisamente en este día en que celebramos a san Juan el evangelista. De ahí la referencia a él en el evangelio. El que tuvo la dicha de recostar su cabeza sobre el pecho del maestro pudiendo sentir con más fuerza el latido de su corazón, ahora nos dice en la carta que lo que nos está transmitiendo es lo que palparon sus manos, lo que oyó con sus oídos y lo que vio con sus propios ojos, no solo los que llevamos en la cara, sino los que tenemos en el alma, en el corazón, que son los que verdaderamente nos hacen más sensibles al sentir de Dios.

Lo había palpado el evangelista Juan. Se nos hace referencia a él como el discípulo amado del Señor, por quien Jesús parecía que tenía sus preferencias. Es la cercanía a Jesús, pero también los momentos especiales en los que es testigo del actuar de Jesús. Son varias las ocasiones que nos dice el evangelio que Jesús se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan; sería cuando la resurrección de la hija de Jairo como será en las alturas del Tabor donde tuvo esa experiencia especial de Dios en la transfiguración; pero sería el que acompañaría a Jesús a lo más hondo del huerto de los Olivos para ser testigo de aquella oración casi agónica de Jesús en los momentos previos al prendimiento y el inicio de la pasión. Entonces Pedro, Santiago y Juan se caían de sueño y no fueron capaces de permanecer alertas en oración como Jesús les pedía.

Hoy en el evangelio se nos narra otra experiencia de fe de Juan. Nos trasporta el evangelio a la mañana de pascua, a la mañana de la resurrección de Jesús. Pronto corren las noticias llevadas por las mujeres que habían ido al sepulcro con el deseo de embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús de que la tumba estaba vacía y el cuerpo del Señor Jesús no estaba allí. María Magdalena será una de las que vaya con este comunicado a los apóstoles aún escondidos en el cenáculo.

Corren Juan y Pedro por las calles de Jerusalén para llegar al sepulcro de Jesús y comprobar lo que las mujeres les han comunicado. Juan, más joven corre más que Pedro y llega antes, pero deja que sea Simón el que primero entre al sepulcro vacío. Luego entrará él también comprobando lo que las mujeres les habían dicho, los sudarios doblados por un sitio y aparte las sábanas con que habían envuelto el cuerpo de Jesús, pero allí no estaba Jesús, y sin embargo nos dirá el evangelista que Juan entró y creyó, lo que Jesús había anunciado y estaba también previsto en las Escrituras. Será de lo que Juan dará luego testimonio al escribir el evangelio. ‘Vio y creyó’.

¿Cuál es el testimonio que nosotros damos? ¿Serán solo palabras o el testimonio de la experiencia de lo que hemos vivido? ¿Habremos llegado nosotros alguna vez a entrar allí donde se nos manifiesta la experiencia de Dios y también se habrá fortalecido la fe para creer sin ninguna duda y para ofrecer luego ese testimonio a los demás? Me atrevo a plantearos, a plantearme yo mismo, si en estas celebraciones que hemos venido teniendo de Navidad habremos llegado a ese momento ‘de entrar, de ver, y de creer’ porque así ha sido lo que intensamente hemos vivido y experimentado en algún momento estos días.

 

lunes, 24 de mayo de 2021

Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

 


Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Cuando celebrábamos ayer Pentecostés llegábamos a la culminación del tiempo pascual. Hoy litúrgicamente retomamos el tiempo ordinario en su octava semana, sin embargo este lunes posterior a Pentecostés tiene una especial fiesta de María como Madre de la Iglesia.

Fue el Papa Pablo VI quien la proclamó así al finalizar una de las sesiones del Concilio y en muchas partes y en algunas congregaciones religiosas dedicadas a María tenían la fiesta de María, Madre de la Iglesia en este día. Ha sido el Papa Francisco el que ha instituido litúrgicamente esta fiesta en esta Advocación de María en este día, lunes siguiente a Pentecostés.

Justo en los Hechos de los Apóstoles, cuando los vemos reunidos en el Cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviar su Espíritu, vemos a los apóstoles reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús. María ha pasado en cierto modo desapercibida en el Evangelio; san Lucas en los relatos del nacimiento y de la infancia de Jesús es el que más ampliamente nos la presenta y será Juan el que de manera especial nos la hace presente, por una parte en las bodas de Caná como intercesora ante la carencia de vino para la boda y luego al pie de la cruz donde la recibirá como Madre.

El relato de la presencia de María junto a la cruz de Jesús es breve pero bien significativo. Primero se hace constancia de la firmeza de María en aquellos momentos de dolor al pie de la cruz de su Hijo, pero están también las palabras de Jesús. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús a María señalándole a Juan, ‘ahí tienes a tu madre’ le dice a Juan entregándole a su madre. ‘Y el discípulo desde aquella hora la recibió en su casa’.

Se nos está hablando de esta nueva maternidad de María; no solo es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios y por tanto la Madre de Dios, sino que desde ese momento al pie de la cruz se convierte en la madre de todos los creyentes, por eso con razón podemos decir, Madre de la Iglesia. En Juan, el discípulo amado, estábamos representados todos, porque todos somos los amados de Jesús. En Juan estamos viendo a la Iglesia que la acoge como Madre y la tendrá siempre junto a sí. Ya no podremos imaginar la presencia y el actuar evangelizador de Juan sin María a su lado; Éfeso guarda la tradición de que allí estuvo y predicó el Apóstol Juan y precisamente en sus montañas, en medio del bosque aparece la casa de María, como ese lugar donde María estaba junto a Juan; María estaba junto a la comunidad cristiana que se iba extendiendo por todas partes, junto a la Iglesia como madre.

Y así la ha tenido la Iglesia a lo largo de los tiempos; ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María; no hay un lugar donde se haya predicado el evangelio de Jesús y haya nacido la Iglesia donde no haya un templo dedicado a María, con sus distintas y variadas advocaciones según el lugar o según la devoción del pueblo cristiano, pero siempre presente María para conducirnos hasta Jesús.

María, Madre de la Iglesia; María, madre junto a nosotros en todo lo que hace una madre con sus hijos, camina a nuestro lado y es estimulo de amor y de santidad para sus hijos; camina a nuestro lado como el más amoroso paño de lágrimas porque es a la madre a la que siempre acudimos desde nuestras cuitas y nuestras penas, desde nuestros sufrimientos o nuestros problemas, desde los agobios o los cansancios de la vida porque en su regazo de madre como hijos podemos siempre reclinar nuestra cabeza y depositar en ella nuestras penas.

Es la madre que nos alienta, pero que también nos estimula en nuestra entrega, nos hace creer en nuestras posibilidades y nos hace sentir la gracia del Señor que nos fortalece para que sigamos haciendo el camino con valentía; es la madre de los que nos sentimos pobres pero con la confianza de que en ella y con ella nunca nos sentiremos abandonados; es la madre que nos pone en camino para que seamos en todo momento heraldos y testigos del evangelio despertándonos de nuestras rutinas y comodidades; es la madre que nos enseña a tener los ojos bien abiertos y con limpieza de espíritu en nuestro corazón para tengamos esa mirada nueva del amor para los hermanos que sufren en el camino a nuestro lado.

Que María como madre remueva y despierte nuestros corazones para con inquietud y valentía sepamos llegar a todos, hasta los más lejanos, para anunciar el nombre de Jesús que es nuestro único salvador.

sábado, 30 de mayo de 2020

Lo importante es estar dispuesto a seguirle, aunque muchas preguntas se agolpen en la cabeza y muchos temores haya en el corazón, no nos faltará la fuerza de su Espíritu


Lo importante es estar dispuesto a seguirle, aunque muchas preguntas se agolpen en la cabeza y muchos temores haya en el corazón, no nos faltará la fuerza de su Espíritu

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
Al amigo lo apreciamos, queremos contar con El y al tiempo queremos hacernos presente en su vida como un buen compañero que comparte camino, sentimos como propias sus preocupaciones y al mismo tiempo queremos ser estímulo en su camino pero siempre dejándolo ser él. La confianza de la amistad no nos da derecho a entrar irrespetuosamente en su vida e influir de tal manera que queramos hacerlo tan semejante a nosotros que de alguna manera le robemos su propia identidad. Por eso es tan importante el respeto para dejar caminar libremente al amigo en sus propias decisiones  y realizando su propio camino en el que no tenemos por qué entrometernos.
No podemos ser influencia que coarte, no podemos ser causa de merma de su propia autoestima, sino con todo respeto ser aliciente y estímulo para que realice su propio camino. Ya sé que nuestro pecado es muchas veces querer meternos en todo restándole o mermándole hasta su propia intimidad, sus propias decisiones y su propio camino. Tenemos que dejar caminar mientras nosotros hacemos también nuestro propio camino en el que no queremos que nadie se nos entrometa. Aunque algunas veces lo hagamos con la mejor buena voluntad, con la mejor intención.
Me viene a la mente toda esta reflexión con que he introducido el tema de hoy contemplando el evangelio que hoy se nos propone. Nos damos cuenta que ya es el final del evangelio de Juan y que es una continuación de la pesca milagrosa en el mar de Galilea después de la resurrección y de la confesión de amor de Pedro a Jesús cuando llega a sus pies, como ya ayer comentábamos. Ha habido un diálogo de una intimidad grande de Pedro con Jesús y éste le ha seguido confiando la misión de pastorear a sus ovejas como un día le había prometido de hacerlo piedra sobre la que se fundamente su Iglesia. Las malas experiencias de Pedro a la hora de la pasión de Jesús con sus dudas y negaciones no han sido razón para que Jesús no siga confiando en él.
Cuando la conversación va tocando a su fin Pedro se da cuenta de que por allí cerca está el llamado discípulo amado. Se nos recuerda en el texto incluso el hecho de que estuviera recostado sobre el costado de Jesús en la cena pascual y por eso le hiciera la pregunta de quién era el que lo iba a traicionar. Pedro que se siente sobrecogido por lo que le ha dicho Jesús ve como un escape de su emoción el interesarse por su amigo y compañero, Juan, que tantas cosas han compartido juntos con el Maestro. Si para mí me tienes reservado todo esto, parece decirle Pedro a Jesús, y para éste, refiriéndose a Juan, ¿qué?
Y es la frase de Jesús que sería mal interpretada por los discípulos ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme’. Elude Jesús la pregunta de Pedro pero le dice que para él ahora es importante seguirle. ¿Qué llegará un momento que ni podrás ceñirte por tí mismo o no podrás ir a donde quieras? Otro te ceñirá, otro guiará tus pasos, pero para tí lo importante es seguirme, parece decirle Jesús.
Seguirle, aunque el camino se haga oscuro en ocasiones; seguirle, aunque signifique también hay que beber de su mismo cáliz; seguirle, aunque no sea comprendido por los demás que lo verán como una locura; seguirle, dejando que se abran caminos nuevos, amplios horizontes que nos hagan salirnos de la rutina de siempre, nuevos campos de trabajo no siempre fáciles pero en los que hay que labrar bien el terreno para sembrar la semilla, un mundo diverso y que algunas veces nos pueda parecer sofisticado que nos cueste entender pero que es donde tenemos que sembrar y pastorear. Lo importante es estar dispuesto a seguirle, aunque muchas preguntas se agolpen en la cabeza y muchos temores haya en el corazón. Seguirle, porque por El hemos de estar dispuestos hasta a dar la vida, como el mismo Pedro prometiera un día. Seguirle porque El nos quiere hacer pescadores de otros mares y en El hemos puesto toda nuestra confianza. No nos faltará la fuerza de su Espíritu.


viernes, 27 de diciembre de 2019

Navidad ha tenido que ser para nosotros un descubrir y palpar la presencia del Emmanuel en medio de nosotros que nos haga crecer en la fe y anunciarlo


Navidad ha tenido que ser para nosotros un descubrir y palpar la presencia del Emmanuel en medio de nosotros que nos haga crecer en la fe y anunciarlo

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 2-8
‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida…  Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’
Así comienza la primera carta de Juan. No puede callar lo que ha visto y oído. Es su anuncio. Es su testimonio. Es, podríamos decir, la motivación de su evangelio, del anuncio de la Buena Nueva que no puede menos que hacer, la motivación de su vida, del testimonio que con palabras y con su propia vida nos ofrece.
En esta cercanía de la navidad, dentro de la misma solemnidad de la octava de la navidad donde podría parecer que no cabrían otras fiestas, sin embargo la liturgia nos ofrece como ayer lo hiciera con Esteban y mañana con los santos Inocentes, hoy la fiesta de san Juan Evangelista. El discípulo amado de Jesús que tan cerca estuvo siempre de Jesús, pues recostó su pecho sobre su costado en la cena pascual, pero más aun estuvo al pie de la cruz para recibir como herencia a su madre que iba a ser la madre de todos los creyentes.
Pero hoy en el evangelio veremos que será el primero de los discípulos, de los apóstoles que llegara al sepulcro vacío de Jesús en la mañana de la resurrección. Tras el anuncio de María Magdalena y de las demás mujeres que habían sido las primeras que habían acudido al sepulcro con el deseo de embalsamar el cuerpo de Jesús, Pedro y Juan corren por las calles de Jerusalén para comprobar por sí mismos lo que les habían anunciado las mujeres. Juan llega primero, pero por deferencia hacia Simón Pedro lo deja entrar antes, pero como nos dirá en el propio evangelio, entró, vio y creyó. El sepulcro estaba vacío, las vendas y el sudario doblados cada uno por su parte, y allí no estaba el cuerpo de Jesús. ‘Vio y creyó’, es la conclusión final. Y como nos dice hoy en la carta ‘eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’
Creo que no es necesario darle más vueltas para sacar conclusiones de todo esto para nuestra vida. ¿Estaremos haciendo como Juan? Claro que necesitaremos su fe y su amor. Necesitaremos abrir bien los ojos para descubrir con claridad el misterio que estamos celebrando. Como tantas veces hemos reflexionado hay muchas cosas que nos pueden distraer, aun con la mejor de las intenciones. Es lo que Juan supo descubrir cuando aquella mañana fue al sepulcro. No se quedó en lo superficial o en las posibles consideraciones que otros pudieran hacer. ‘Vio y creyó’. ¿Hemos llegado a ver de verdad el misterio de Dios que celebramos en la navidad? ¿Hemos llegado a ver, a descubrir, a sentir la presencia del Emmanuel o todo se ha quedado en lo superficial?
Si no hemos llegado a descubrir y sentir en nosotros la presencia del Emmanuel es que no hemos ido por buen camino en nuestra celebración de la navidad; algo nos ha faltado o algo nos ha sobrado, el hecho es que hemos andado distraídos. ¿Qué es entonces lo que vamos a anunciar? Puede ser el gran fallo que hemos tenido tantas veces y por eso el anuncio que hacemos algunas veces parece que no tiene valor y no es tan efectivo como tendría que ser. Porque si anunciamos la Palabra viva siempre será vida para nosotros y para los demás.