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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


domingo, 6 de julio de 2025

‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

 


‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

Isaías 66, 10-14c; Salmo 65; Gálatas 6, 14-18;  Lucas 10, 1-12. 17-20

Aquello que llevamos en el corazón es lo que vamos a expresar con nuestras palabras, con nuestros gestos y con nuestras actitudes. ¿Cuáles son las conversaciones más espontáneas que nos salen cuando nos encontramos con los demás? Aquello, por ejemplo, que son nuestras preocupaciones. Decimos muchas veces que enseguida cogemos el socorrido tema del tiempo, pero ¿por qué lo hacemos? Porque queremos estar bien, nos molesta el calor o el viento, tenemos miedo de un temporal que se nos pueda venir encima o ansiamos las lluvias para nuestros campos, porque la necesitamos.

Son quizás nuestras preocupaciones más elementales y por eso comenzamos por eso más fácil; pero pronto nos damos cuenta que van a ir surgiendo otros temas de nuestras preocupaciones o de nuestros anhelos, de las cosas dichosas que llenan nuestra vida o de aquellas cosas que nos hacen sufrir. Es la vida, es lo que somos, es lo que llevamos dentro que va a brotar casi de forma espontánea por nuestra boca o por nuestras actitudes.

Cuando entramos en otro ámbito de la vida con mayor profundidad, cuando la fe significa no sólo algo sino una cosa muy importante para nuestra existencia, porque ella encontramos sentido y encontramos valor, hace trascender nuestra vida y lo que hacemos, y eleva nuestro espíritu, nos hace sentir la presencia de Dios y su amor de salvación para nosotros, cuando llevamos de verdad eso en el corazón también tiene que brotar de forma como espontánea en nuestras palabras y en nuestras actitudes y manera de actuar en la vida. Será algo que no podemos callar. Como le decían los apóstoles a los mandatarios de Jerusalén que les prohibían mencionar el nombre de Jesús, hablar de Jesús, no podían callar, tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Eso es lo que tendríamos que hacer en nuestra vida cristiana, eso es lo que tendría que definir de alguna manera nuestra vida cristiana, aquello que llevamos en lo más hondo de nuestra vida tenemos que transmitirlo, tenemos que darlo a conocer, tiene que ser motivo de nuestras conversaciones, de nuestras palabras, de nuestra comunicación con los demás. Pero ¿qué hacemos? ¿En verdad ha sido una experiencia importante para nuestra vida nuestra fe, nuestro encuentro con el Señor, el sentirnos amados de Dios, la vivencia de nuestras celebraciones? ¿Habrá algo que nos está fallando? Es algo que tenemos que plantearnos con toda seriedad.

El evangelio de hoy nos habla del envío por parte de Jesús de aquellos setenta y dos discípulos que habían de ir por aquellas aldeas y pueblos por donde habría de ir luego también Jesús, haciendo el anuncio del Reino de Dios. Es importante que nos fijemos bien en este evangelio.

No es el envío de los doce apóstoles, es el envío de aquel grupo grande de los que comenzaban a ser sus discípulos para que fueran a transmitir aquello que ellos ya estaban viviendo. No han de hacer grandes cosas; Jesús habla sencillamente de que se sientan acogidos por aquellas casas donde los reciban y con ellos hagan una vida por así decirlo familiar. ‘Quedáos en la casa donde entréis… comed lo que os pongan…’ y su saludo sería siempre un saludo de paz; con esa presencia y esa acogida simplemente tenían que decirles que allí estaba llegando el Reino de Dios. Sí, no era solo el anuncio que tenían que hacer, sino cómo habían de sentirse ellos en aquellos hogares, acogidos y partícipes de lo que aquella gente compartía con ellos, su hospitalidad y su acogida. ¿No son esos signos del Reino de Dios? ¿No estaban viviendo una nueva armonía en aquella acogida y en aquel compartir?

¿Le estará faltando a la Iglesia de hoy esa manera de hacer presente el reino de Dios en nuestro mundo? Pastores que dediquen su tiempo a estar con la gente, a convivir con el pueblo, a sentirse uno con las gentes que les rodean. ¿No tendría que ser eso lo que también resplandeciera en la pastoral de nuestras parroquias y comunidades?

A la vuelta contaron a Jesús cómo los habían recibido y acogido, y venían contentos de la misión que habían realizado. No había habido cosas extraordinarias, pero sin embargo Jesús les dirá que Él veía cómo los espíritus malignos eran arrojados de aquellos lugares. ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo, les dice Jesús. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno’. Donde había aquella acogida y aquel compartir reinaba la paz, la armonía y la convivencia, el espíritu maligno allí no tenía nada que hacer.

¿Será eso lo que nosotros transmitimos a los que nos rodean? ¿Será eso lo que en verdad estamos construyendo en nuestros hogares y familias? ¿Seremos en verdad esos instrumentos de paz y de armonía, trabajando por la buena convivencia en nuestros hogares, entre nuestros vecinos y con aquellos con los que convivimos, o en nuestros lugares de trabajo? En nuestras familias cristianas ¿estará faltando algo de esto tan sencillo de lo que nos habla hoy el evangelio? ¿Se notará en verdad en esos lugares por esa buena sensación de armonía que allí se respira que está la presencia de un cristiano que con sus actitudes está así dando señales del reino de Dios?

No serán necesarias quizás grandes palabras, pero si son importantes nuestras actitudes, esas sensaciones buenas que provocamos con nuestra presencia. Mucho tenemos que hacer. De lo que llevamos en el corazón hablara nuestra vida y será lo que despertemos en los demás.


miércoles, 1 de enero de 2025

Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

 


Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Días de bendiciones, de felicitaciones, de regalos, de alegría… son algunas de las características de estos días. Son las palabras y deseos que decimos y repetimos en estos días. Palabras que decimos, porque es navidad; cosas que decimos, porque es año nuevo y expresamos tantos buenos deseos para nosotros mismos y para todos; palabras que decimos, porque todos tenemos ansias de alegría y de fiesta, porque de algunas manera estamos como obstinados por tantas oscuridades que nos van apareciendo en la vida, problemas, violencias, luchas, vacíos… que queremos algo distinto, algo que nos traiga alegría, algo que nos haga disfrutar mejor de la vida, que nos haga olvidar esos momentos oscuros y duros.

¿Serán deseos de trascender nuestra vida más allá de lo caduco que cada día vamos encontrando y no nos llena, nos deja vacíos, para buscar algo más permanente y nos alcance una mayor plenitud?

Seguimos celebrando Navidad y queremos hacerlo con la misma solemnidad y con el mismo fervor. Es la octava de la Navidad. Y la Iglesia nos invita hoy a mirar a María en su maternidad divina; es la madre de Jesús que por eso mismo para nosotros se convierte en la madre de Dios, porque en Jesús estamos viendo, así lo confiesa nuestra fe, al Hijo de Dios que tomando nuestra carne se ha encarnado para hacerse hombre como nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros. Y así, pues, contemplamos a María, la Madre de Dios.

Decíamos que son días de bendiciones y así nos aparece en la primera lectura esa bendición que Moisés propone a Aarón como fórmula con la que bendeciría al pueblo. ¿Y qué es la bendición de Dios sino que Dios vuelva su rostro compasivo sobre nosotros mostrándonos así su amor?  ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nuestro mundo y nos ha dado a Jesús. Es lo que estamos celebrando precisamente en Navidad. Eso es precisamente lo que significa el nombre que le imponen al Niño, como nos dice el evangelista, como lo había llamado el ángel antes de su nacimiento. Dios es mi Salvador, viene a ser su significado.

El nombre de Jesús, pues, viene ya en sí mismo a ser una bendición para nosotros. ¿No decíamos que desde los vacíos de nuestra vida pretendemos trascendernos para encontrar aquello que nos llene en plenitud? En Jesús venimos a encontrarnos con esa paz que nos salva. Es el que viene a traernos la paz, como se nos dice en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura, porque viene a inundarnos del amor de Dios.

La paz en su sentido más profundo es mucho más que la carencia de violencia o de guerra; la paz nos está hablando de la integridad de nuestra vida, nos está hablando de la mejor realización de nosotros mismos, nos está señalando esa serenidad interior que nos sana por dentro alejando de nosotros todo tipo de malicia y maldad, nos está poniendo por encima de desconfianzas y recelos para encontrar esa armonía en nuestro espíritu pero también en nuestra relación con los demás, nos habla de rectitud y honradez, de lealtad y generosidad de espíritu, de comprensión y misericordia porque quien no sabe perdonar no sabrá nunca lo que es la paz, nos hace caminar sendas de humildad y sencillez para sentirnos siempre cercanos a los demás, nos abre a lo gratuito y desinteresado y al mismo tiempo nos hace agradecidos.

Hoy para nosotros es el día de la paz, la jornada que la Iglesia nos ha propuesto ya hace muchos años para celebrar y para pedir por la paz. Pedimos por ese mundo nuestro tan necesitado de paz, y pensamos en tantas guerras que afligen nuestro mundo en tantos lugares; pero pedimos y queremos construir la paz allí donde estamos, con los más cercanos, porque tenemos que comenzar por nuestras familias y por los que nos rodean en el día a día; cuánto nos cuesta, cuántas barreras nos interponemos, cuántas distancias mantenemos disimuladamente pero muy reales.

Pedimos la paz para nosotros mismos; tenemos que construirla, tenemos que sacar a flote esos valores que nos hacen encontrar la paz, en todo aquello que antes veníamos reflexionando. Una tarea ingente, porque algunas veces ahí dentro de nosotros mismos es donde más nos cuesta conseguir esa paz, que no puede ser una cosa ficticia, que no se puede quedar en apariencias, que tiene que nacer del corazón, que tenemos que vivir allá en lo más hondo de nosotros mismos sanando nuestro corazón de tantas heridas que lo van dañando.

Es una bendición que recibimos y que compartimos. Hoy también de manos de María. Quiero mirar el rostro de María en este momento en que los pastores llegan al portal buscando aquello que les había anunciado Dios por medio del ángel. Ojos de sorpresa, quizás, cuando todo se llenaba de luz con la presencia de los ángeles, con la presencia de aquellos pastores; qué lazos de afecto y gratitud se crearían en aquellos momentos entre María y los pastores, quien había visto cerrarse las puertas de las posadas a su llegada a Belén ahora era acogida por los pobres que poco tenían pero que tanto estaban ofreciendo con su presencia a los pies del niño. ¿Cómo sería entonces la mirada de la madre?

Que esa misma mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios. Su mirada es bendición de Dios para nosotros hoy.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

No solo digamos feliz navidad sino que hagamos una feliz navidad porque en Jesús nosotros y nuestro mundo encontramos una nueva salvación

 


No solo digamos feliz navidad sino que hagamos una feliz navidad porque en Jesús nosotros y nuestro mundo encontramos una nueva salvación

Isaías 52, 7-10; Salmo 97; Hebreos 1, 1-6; Juan 1, 1-18

Con palabras nos comunicamos, expresamos lo que queremos y deseamos, expresamos lo que somos, nuestros pensamientos o nuestros recuerdos, lo que buscamos y lo que es la sabiduría de nuestra vida. Hay palabras que recibimos y que son grito de atención, se convierten en luz de nuestro camino, nos dan respuesta a nuestras ansias, nos hacen entrar en nosotros mismos y nos dan un sentido a lo que somos y lo que hacemos, nos hacen entrar en relación con los demás o son como escalera que nos llevan en continua ascensión; pero también hay silencios que se convierten en palabras que nos hablan dentro, que nos hacen rumiar nuestro saber o lo que nos haya sucedido, nos hacen trascendernos a nosotros mismos o se convierten en camino de plenitud.

Estamos hablando de las palabras que nos hacen entrar en comunicación con el otro o que nos trascienden hasta Dios, pero podemos pensar en la Palabra que nos viene de Dios, o en Dios que se hace Palabra y viene a nosotros y nos quiere hacer entrar en caminos de plenitud. Me atrevo a decir que es lo que hoy estamos celebrando, me atrevo a decir que eso es Navidad. Es revelación de Dios, es como nos dice hoy el evangelio ‘Palabra que se hace carne y planta su tienda entre nosotros’. Es el Misterio de la Navidad. Es la Palabra que no solo hemos de oír sino plantar en lo más hondo de nosotros mismos, es la Palabra de vida, es la Palabra que es Luz, es la Palabra que es Salvación.

Es el misterio de Dios que contemplamos hoy en Belén. No nos quedamos en un pesebre ni solo en unos pastores, no nos quedamos en esa escena aunque con atención y devoción contemplamos. Es una contemplación que hoy tenemos que hacer para no quedarnos ni en la anécdota ni en lo accidental. Para que nuestra alegría sea completa, para que no nos empañe ninguna tristeza ni añoranza, para que el ruido de la fiesta – que también tenemos que hacer – no nos ensordezca ni nos distraiga de lo que tiene que ser lo principal de la Navidad.

Estamos sintiendo que Dios llega a nosotros, es Palabra que se nos revela para que descubramos todo el misterio de Dios, pero es Palabra que nos revela también el sentido y el valor de nuestra vida; es Palabra que nos trae descanso y esperanza en medio de nuestras fatigas y nuestras luchas y se convierte en luz para nuestro camino; es Palabra que nos hace encontrarnos mejor a nosotros mismos, pero que nos abre de manera distinta a los demás, que pone una nueva claridad en nuestros ojos para mirar de manera distinta, para comprender mejor el valor de cada persona, para entender el sentido de la vida y de lo que tenemos que hacer.

Hoy es día de salvación. ‘En la ciudad de Belén nos ha nacido un Salvador’, como anunciaban los ángeles a los pastores. Y ese es el motivo de nuestra alegría porque con el que nos ha nacido en Belén toda nuestra vida tiene un sentido nuevo, tiene un valor nuevo; a partir de quien ha nacido en Belén nosotros tenemos que ser distintos porque alejamos de nuestro corazón toda amargura y porque nuestras relaciones con los demás van a ser distintas. Es la salvación que el que ha nacido en Belén nos ha venido a traer.

Navidad tiene que ser para nosotros un momento único e irrepetible, un arranque para algo distinto, un comienzo de algo nuevo en nuestra vida. No podemos decir que celebramos navidad con toda intensidad y luego sigamos siendo los mismos con nuestras rencillas y nuestras violencias, con nuestros orgullos y vanidades, manteniendo las mismas distancias y discriminaciones con los demás, la misma insensibilidad ante los problemas de los demás o del mundo que nos rodea, conservando el odio y el rencor en el corazón, siguiendo encerrados en nuestro egoísmo.

Si sucediera así, por mucho que hayamos cantado en navidad, porque muchas palabras bonitas que nos hayamos dicho, por muchas comidas y fiestas de navidad que hayamos celebrado, no habría habido navidad en nuestra vida. Es triste decirlo, pero todo ha sido una superficialidad y una vanidad. Por eso no podemos celebrar navidad de cualquier manera. Navidad es mucho más que una cena familiar que celebremos algunas veces por compromiso o solo por tradición si luego no seguimos siendo familia de verdad cada día y en cada circunstancia. Tenemos que hacer que esa Palabra de verdad plante su tienda en nosotros, y con esa Palabra plantada en nuestro corazón entonces nuestra vida sería distinta, habría habido de verdad navidad en nosotros.

‘Y la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Que se note en nuestra vida, que se note en nuestro mundo que ha habido unos cristianos han celebrado de verdad navidad, porque a partir de hoy nosotros, nuestro mundo será distinto y mejor. No es solo decir ‘Feliz Navidad’, sino que es muy importante hacer Navidad para que entonces el mundo sea más feliz y con una felicidad duradera. Es la salvación que nos trae la Navidad.

sábado, 8 de junio de 2024

Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

 


Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

2 Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Lucas 2, 41-51

A todos nos hace aflorar una inmensa ternura y los más emocionados sentimientos el contemplar como un niño se acurruca junto al corazón de su madre y pronto se siente calmado en sus llantos y en sus lagrimas, porque allí encuentra el deseado calor del cariño de la madre que le hace sentirse seguro frente a cualquiera de los peligros que pudieran aparecer. Lo hemos contemplado muchas veces; y es más tenemos que decir que también nosotros, aunque mayores, iríamos a refugiarnos en el regazo de la madre cuando nos sentimos atormentados por los problemas de la vida, por las soledades que tanto nos hieren, por tantas angustias que nos va deparando con demasiada frecuencia la vida.

¿No es hermoso que hoy podamos celebrar precisamente la memoria y la fiesta litúrgica del Sagrado corazón de María? ¿Qué mejor imagen podemos encontrar para expresar lo que María es y sigue siendo para la Iglesia y para los cristianos de todos los tiempos?

Del corazón agonizante de Cristo salió aquella entrega que en ese momento cumbre quiso hacernos cuando nos confió a la madre y cuando confió a su madre para que fuera la madre de todos los que creyéramos en El. ‘He ahí a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo amado en quien todos estábamos representados. ‘He ahí a tu madre’, le confía a Juan en aquel momento y Juan se la llevó a su casa.

Hoy contemplamos su corazón, hoy contemplamos nuestro mejor refugio, hoy queremos ser como el niño que se refugia en los brazos de su madre que lo acuna junto a su corazón, hoy nosotros ponemos nuestro oído junto a su pecho para sentir sus latidos y para aprender a latir con ese mismo ritmo que solo las madres saben tener.

María, la que nos dice el evangelio que guardaba todo en su corazón. Nos lo repite el evangelista cuando nos habla de los acontecimientos de la infancia de Jesús. Vienen los pastores de forma inesperada tras el anuncio del ángel a aquel humilde portal donde había nacido el Hijo de Dios, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Vienen los magos de Oriente a ofrecer sus dones entre la admiración de los transeúntes ante tal inesperada caravana en los caminos de Belén, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Será aquello que parecía travesura del niño quedándose en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encuentran en medio de los doctores y maestros de la ley y ante las respuestas de Jesús que había de ocuparse de las cosas del Padre, María mira y contempla, María guarda cuanto ha sucedido en su corazón.

Es lo que hacen las madres que desde que llevan al hijo en sus entrañas están guardando los latidos y los movimientos del niño en su propio seno y lo van guardando en su corazón; como serán los primeros pasos, los primeros balbuceos, los primeros intentos de crecer y de ser mayor, que la madre lo irá recordando todo porque lo va guardando en su corazón. Cuántas veces escuchamos a las madres como nos van contando la historia de sus hijos desde los primeros instantes que lo llevan en sus entrañas, porque todo lo van guardando en su corazón, como sucederá a lo largo de la vida en largos silencios muchas veces, porque contemplan y dejan hacer, porque contemplan y quizás sufren en su corazón, porque viven sus alegrías y las mantendrán siempre vivas en lo hondo del corazón.

Es lo que hoy estamos celebrando de María, la que guardó todo lo referente a la vida de Jesús en su corazón - ¿Quién pudo contar al evangelista los momentos de la infancia de Jesús si no fue su propia madre? – pero ella también nos ha puesto, desde el momento en que Jesús en el Calvario le confió la misión de ser madre de todos los creyentes, en lo más hondo de su corazón. Miramos hoy el corazón de María y miramos el corazón de madre. Junto a su corazón también queremos acurrucarnos, de su corazón queremos aprender los latidos del amor para hacerlos ritmos de nuestra vida. En ello nos gozamos, con ella aprendemos lo que es el amor, a la manera de ella queremos también poner en nuestro corazón a cuantos amamos.

domingo, 21 de abril de 2024

Tenemos que ir hasta Jesús, encontrarnos con Jesús, alimentarnos de El y dejarnos conducir por su Espíritu, es la Puerta y es el Camino, El es el Pastor de nuestras vidas

 


Tenemos que ir hasta Jesús, encontrarnos con Jesús, alimentarnos de El y dejarnos conducir por su Espíritu, es la Puerta y es el Camino, El es el Pastor de nuestras vidas

Hechos de los Apóstoles 4, 8-12; Sal. 117; 1 Juan 3, 1-2; 10, 11-18

Cuando queremos construir un edificio que sea seguro y en el que podamos edificar todas las plantas que queramos tenemos que tener unos sólidos cimientos sobre el que se va a asentar y nos da va a dar seguridad de que no se nos venga abajo; si queremos una buena dirección para nuestra sociedad para que se puedan afrontar y resolver todos los problemas que se puedan presentar ya sea en la convivencia de los miembros de esa sociedad y para lograr las mejores formas de vida, hemos de tener unos líderes, unos dirigentes capaces y entregados al servicio de esa comunidad; si queremos entrar en un lugar y no tengamos problemas para su acceso o se nos pueda rechazar hemos de buscar la puerta porque no nos vale estar asaltando murallas o violentando sus limites o fronteras.

Son cosas necesarias de la vida, en nuestro nivel personal pero también como esa sociedad o comunidad que constituimos donde estamos mutuamente interrelacionados y dependemos en cierto modo los unos de los otros. Y he pensado en ese cimiento que tiene que ser profundo y con fuertes garantías frente a tanta superficialidad con que andamos por la vida, que al final no sabemos ni a donde vamos, ni de donde venimos ni tampoco lo que queremos, porque simplemente vamos a lo que salte. Es lo que realmente da sentido a nuestra existencia, nos hace descubrir lo que somos y lo que verdaderamente nos engrandece, lo que nos hará mantenernos con serenidad incluso en los más duros embates que podamos tener. Qué bueno es sentir a alguien seguro así a nuestro lado.

Y de todo esto nos está hablando el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Este cuarto domingo de Pascua que normalmente llamamos del Buen Pastor, por las imágenes con que se nos presenta Jesús en el evangelio. Nos habla del pastor que guía a su rebaño llevándolo con seguridad por caminos, valles y montañas, que lo defiende de peligros, del lobo que acecha o del ladrón que salta por encima de la puerta para robar y que entrega por sus ovejas curando los heridas o buscándolas donde se hayan perdido, que lo conduce con seguridad por los caminos de la vida, que lo resguarda en el redil desde el que lo sacará para conducirlo a los mejores pastos. 

¿Qué es lo que contemplamos de Jesús en el evangelio? No se queda en el templo o sentado en su cátedra, digamos de la sinagoga, sino que saldrá a los caminos para ir al encuentro de aquellos que le necesitan de una forma o de otra; saldrá a sembrar la semilla en los campos de la vida, enseñando ya sea desde la barca a las orillas del lago, o encontrándose con las multitudes hasta en los lugares descampados para enseñar y para curar y sanar cuerpos y corazones heridos, pero para alimentar sus cuerpos extenuados o sus espíritus ansiosos de esperanza.

Por eso esas dos imágenes que nos aparecen hoy también en la Palabra de Dios. Nos dirá Pedro que Cristo es la piedra fundamental que habían desechado los arquitectos, pero en quien encontramos esa fortaleza para nuestra vida, ese cimiento de nuestra existencia, esa luz y ese sentido de nuestro caminar y de nuestro vivir. En ningún otro nombre podremos encontrar la salvación, esa luz nueva que dará sentido a nuestra vida y que nos hará a nosotros también repartidores de luz en medio de un mundo tan ensombrecido. ¡Qué seguridad tenemos cuando lo  hacemos al paso de Jesús! Por eso en otro momento se nos presentará como el Camino, y la Verdad, y la vida, porque nadie va al Padre sino por Jesús.

Pero hoy cuando se nos está hablando del Pastor también se nos hablará de la puerta por la que hemos de entrar. El ladrón que va a robar y hacer estragos entrará por cualquier parte, saltando la tapia o rompiendo lo que encuentre a su paso y le impida la entrada. Pero Jesús nos dice que El es la puerta de las ovejas por las que entran y salen del redil guiadas por su pastor. Es Jesús por quien nosotros hemos de entrar porque solo por El conoceremos al Padre – ‘quien me ha visto a mi ha visto al Padre’, nos dirá en otro momento – y El es el único camino que nos lleva a Dios – ya recordábamos que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida – porque es la Palabra que se hizo vida y da luz a los hombres. Así tenemos que ir a Jesús, encontrarnos con Jesús, alimentarnos de El y dejarnos conducir por su Espíritu. 

Pero en este domingo y desde estas consideraciones que nos hacemos contemplando a Jesús, Buen Pastor, nuestra mente y nuestro corazón se vuelve a quienes en nombre de Jesús están siendo pastores de nuestra vida en medio de la Iglesia. Con sus limitaciones humanas están queriendo realizar esa misión de Jesús desde la llamada que también un día sintieron con Jesús tocó sus corazones llamándolos también por su nombre. No es tarea fácil y no siempre somos conscientes de los dramas y sufrimientos que puede haber en sus corazones, pero que los cristianos tenemos que saber valorar y apoyar, estando al lado de nuestros pastores y sobre todo con nuestra oración.

Y es también el momento de orar al dueño de la mies, porque mucha es la mies y pocos los obreros, para que el Señor siga llamando y moviendo los corazones para que nunca falten a nuestra Iglesia esos pastores que en nombre de Jesús sigan alimentando nuestra vida y nuestra fe. Que sean muchos los llamados, y que sean muchos también los que con generosidad de corazón respondan a esa llamada del Señor. La Iglesia necesita muchos sacerdotes, el mundo necesita muchos pastores y testigos del evangelio de Jesús.

domingo, 7 de enero de 2024

El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

 


El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

En la hay momentos, en que por algo que nos sucede, una palabra escuchada, un testimonio recibido, nos marcan de alguna manera la vida, porque comenzamos a ver las cosas de otra manera, descubrimos cual es nuestra propia identidad y lo que algunos llaman su destino, nos hace dar una vuelta a nuestros planteamientos, pone interrogantes en nuestro interior que nos hacen cuestionarnos lo que hacemos o lo que podemos hacer. Son hitos de nuestra vida, momentos cruciales, arranque de nuevos caminos o de nuevas oportunidades, ocasión también de darnos a conocer y lo que podemos realizar. Y esto lo podemos en un amplio campo de nuestra vida, aunque para ello también hemos de tener una capacidad de reflexionar para saber leer esos acontecimientos, o eso que nos haya podido suceder, para descubrir esa luz que dé un nuevo giro en la vida. Una capacidad de reflexión, decimos, pero también un saber estar atentos a esos signos de vida que pueden aparecer en nuestra existencia.

Estamos en un momento de la vida de Jesús que diríamos que es crucial para el conocimiento que podamos tener de El y el plantearnos también por qué queremos seguirle. Aquel niño nacido en Belén, que hemos venido celebrando en este tiempo de Navidad, en un momento determinado se nos dice cómo en Nazaret crecía en estatura, sabiduría y gracia ante de Dios y los hombres. Una vida oculta durante largos años, como tantos momentos también de silencio que todos necesitamos en la vida.

Juan predicaba en la orilla del Jordán anunciando el tiempo inminente de la aparición del Mesías y cómo había que preparar los caminos del Señor, como incluso nosotros hemos contemplado sobre todo en el Adviento. En torno a Juan se reúne la gente para escuchar aquella Palabra nueva que anuncia la venida del Mesías, se hacen bautizar por Juan como un signo de conversión y de preparar sus corazones, hay ya un grupo de discípulos que estarán más cercanos a Juan, y Jesús desde Galilea bajó también a la orilla del Jordán junto a Juan.

Es el momento que hoy contemplamos y que casi parece como si el mismo Juan nos estuviera contando. Ante los interrogantes que le plantean a Juan sobre lo que hacía y si él era el Mesías o un profeta, responde, ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo’. Sigue el anuncio de Juan de aquel que vendrá no para bautizar con agua sino con la fuerza del Espíritu Santo.

Y es ahora cuando el evangelista con toda sencillez nos narra lo acontecido. ‘Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’.

Todos comprendemos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de purificación. Quien había venido a hacer hombre para ser Dios con nosotros y que cargará con nuestro pecado y nuestra muerte para así redimirnos, solidariamente se pone en la fila de los pecadores que se acercan al bautismo de Juan. Y aquí está la Epifanía, la manifestación de quién era Jesús con aquellos signos que acompañan aquel momento. El Espíritu Santo que se manifiesta sobre Jesús con la voz del cielo que lo proclama como el Hijo amado de Dios, en quien Dios se complace.

A los pastores se les había anunciado el nacimiento de un Salvador; los Magos de Oriente contemplan la luz de la estrella que les hace camino para encontrarse con Jesús al que en su ofrenda reconocerán como rey, como hombre y como Dios; el anciano Simeón proclamará que ya puede morir en paz porque sus ojos han visto a quien viene como luz de las naciones  y gloria de su pueblo Israel; Juan nos había anunciado que venía quien nos bautizaría en el Espíritu pero es ahora la voz del cielo quien le señala como el Hijo de Dios a quien hemos de escuchar y a quien hemos de seguir. Más tarde lo veremos en las bodas de Caná dándonos ese vino nuevo, signo de la vida nueva que en El vamos a recibir.

Es el sentido de la fiesta de la Epifanía, manifestación de la gloria de Dios; momento crucial donde ya podemos conocer quién es Jesús a quien hemos de escuchar; momento a partir del cual Jesús comenzará a realizar su misión del anuncio del Nuevo Reino de Dios.

Pero momento importante también para nosotros. Este acontecimiento que estamos contemplando y celebrando como culminación de todas las fiestas de la Navidad no nos puede dejar en la rutina de siempre. Tentación tenemos que pasado el fervor y entusiasmo que hemos vivido en estas fiestas volvamos a la rutina de siempre, volvamos a lo mismo como si nada hubiera significado todo lo que estos días hemos celebrado. Sería algo en vano, entonces.

Tenemos que despertar de esos letargos en los que podemos caer, no podemos decir como era en el principio. Por eso contemplar el Bautismo de Jesús nos hace mirar a nuestro bautismo, en el que también un día vino el don del Espíritu Santo sobre nosotros para marcarnos con una vida nueva, con una dignidad nueva, porque también desde ese día hemos escuchado que somos los hijos amados de Dios. Es reavivar nuestro bautismo, es reavivar esa vida de hijos de Dios, es reavivar esa misión que también nosotros hemos de cumplir. Esta celebración también tiene que ser un momento crucial para nuestra vida, algo que no podemos olvidar, que nos hace ser conscientes de nuestra dignidad y de nuestra misión. Vivamos en consecuencia.

lunes, 1 de enero de 2024

Navidad, María, paz, tres palabras que se encadenan y nos comprometen con un anuncio para el hoy de nuestro mundo, Dios vuelve su rostro sobre nosotros para darnos la paz

 


Navidad, María, paz, tres palabras que se encadenan y nos comprometen con un anuncio para el hoy de nuestro mundo, Dios vuelve su rostro sobre nosotros para darnos la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Navidad, María, paz, tres palabras que como en cadena vienen a situarnos en la celebración de este día. Junto a ello no podemos ignorar el momento presente con el inicio de un nuevo año, que nos hará aterrizar también en la vida concreta de cada día y en las circunstancias concretas que vivimos en nuestro mundo.

Sí, seguimos celebrando la navidad, hoy es su octava, que además seguimos queriendo vivir con la misma solemnidad; así nos lo ofrece la liturgia para nuestra celebración y en consecuencia para nuestra vida. Es el misterio del Emmanuel, porque no podemos dejar de llamarlo misterio, porque es algo que en mente humana, con nuestros racionalismos, parece que no cabe, que Dios haya querido hacerse uno como nosotros y así lo hemos contemplado en su nacimiento en Belén, que venimos celebrando, queriendo seguir viéndonos envueltos por esa presencia y por ese amor.

Pero no podemos celebrar el misterio de la Navidad sin contemplar a María; es la madre que quiso tener Dios para encarnarse, para hacerse hombre, ‘nacido de una mujer’, como nos recuerda san Pablo. Esa mujer llena de gracia, como la llama el ángel, que se siente mirada y escogida por Dios, envuelta y poseída por Dios para ser la agraciada del Señor que encima Dios nos quiso regalar como madre. Es la Madre de Dios, y no terminamos de contemplar las maravillas que Dios realiza en ella y admirarnos con ella que es sentir el impulso de ponernos también a cantar la gloria de Dios, como lo hizo María. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, que ha realizado obras grandes…’

Escuchamos hoy en relato del evangelio, completando lo escuchado en la noche de la Navidad que el ángel del Señor llevó la buena noticia a unos pastores que guardaban sus ganados en los campos de Belén. ‘Os anuncio una gran alegría, os ha nacido un Salvador…’ No es el anuncio de algo hipotético, no es un anuncio como las profecías que hacían los profetas que eran siempre para un tiempo futuro, es el anuncio de un hoy, de un ahora, de un momento presente. ‘Hoy, en la ciudad de David…’ les anuncia de forma concreta el ángel. Allí está el Salvador, no para otros tiempos, no para un tiempo futuro. Es el anuncio concreto que nosotros también recibimos en el hoy de nuestra vida. ‘Hoy nos ha nacido un Salvador’.

Y los ángeles comienzan a cantar la gloria del Señor, no podría ser de otra manera. Allí, en el hoy concreto de sus vidas, en el hoy concreto de nuestra vida recibimos nosotros también ese anuncio. Es la gloria del Señor que nos viene a traer la paz. Paz a los hombres de buena voluntad, paz a los hombres porque nos ama Dios. Es el regalo de Dios. Es el gran signo de la Navidad. Es el anuncio que escuchamos para el hoy de nuestra vida. Qué importante es la paz, la paz que tenemos que aprender a sentir en el corazón, la paz que vamos a vivir en nuestras relaciones humanas para que verdaderamente sean humanas, la paz que tenemos que construir en nuestro mundo, sordo quizás a ese anuncio de paz.

La paz que tiene que hacer que callen las armas y los cañones, la paz que destierre violencias y enfrentamientos, la paz que nos tiene que llevar al encuentro y al entendimiento, la paz que tiene que poner serenidad en el corazón para mantenernos en caminos de rectitud buscando siempre el bien y la justicia, la paz que nos tiene que hacer sentirnos bien con nosotros mismos, la paz que hará resaltar los mejores sentimientos, los mejores deseos que llevamos en el corazón, la paz que nos hará sentir el palpitar de la vida allá en lo más hondo, la paz que nos mantiene en la integridad para realizarnos como personas, la paz que nos hace sentir la armonía de la vida en nosotros, con los otros y con la naturaleza que nos rodea, la paz que nos hará caminar caminos de plenitud.

Es la paz que nos trae el Salvador. Así lo cantaron los Ángeles y así queremos nosotros cantarlo con nuestra vida en el hoy de nuestra historia. No todos parece que hayamos escuchado esa Buena Noticia que hoy sigue anunciándosenos. Seguimos resistiéndonos y no terminamos de dejar que esa Buena Nueva sea para todos hoy porque siguen sufriendo la falta de esa paz. Y ese es el compromiso de los que creemos en Jesús, de los que celebramos la Navidad; mientras no hagamos realidad ese compromiso no hemos terminado de celebrar de verdad la navidad, tenemos que reconocerlo aunque nos resulte dure.

Dejemos que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos llene y nos inunde de su paz. Comencemos nosotros también a volver nuestro rostro sobre los que están a nuestro lado para ir despertando en todos esos deseos de paz y todos comencemos a comprometernos más por lograrla para nuestro mundo. Sintamos también a nuestro lado a María, como Madre y reina de la paz.

domingo, 30 de abril de 2023

Sepamos agradecer el amor que Dios nos tiene y nos pone los signos y las señales del Buen Pastor para que sepamos encontrar los pastos de vida eterna que El nos ofrece

 


Sepamos agradecer el amor que Dios nos tiene y nos pone los signos y las señales del Buen Pastor para que sepamos encontrar los pastos de vida eterna que El nos ofrece

 Hechos 2, 14a. 36-41; Sal 22; 1Pedro 2, 20-25; Juan 10, 1-10

La imagen del pastor que cuida su rebaño, que camina con sus ovejas en búsqueda de pastos, que las conoce por su nombre porque a cada una le ha puesto un nombre, que se desvive por la oveja perdida o enferma, que las guarda en su redil por la noche precaviéndolas de todo peligro, a los que hoy somos más urbanos que vivimos en las ciudades alejados de la vida campestre, nos puede parecer algo bucólico, muy hermoso y muy poético, casi como una novela pastoril, pero sin embargo no todos somos tan ajenos a esta realidad, porque ya viene siendo frecuente que aun en un ambiente urbano queramos tener un animalito aunque sea de compañía; y ya sabemos los lazos que se crean entre unos y otros, y no vamos a entrar en muchos detalles, y cómo se llega al sufrimiento incluso en la enfermedad de la mascota preferida y no digamos si nos llega a faltar.

De una forma o de otra en nuestro recuerdo o imaginación nos vale para comprender el sentido de este domingo pascual en el que Jesús vendrá a decirnos que El es el Buen Pastor, pero también nos habla de la puerta por donde se entra y se sale del redil. Terminará diciéndonos que lo que El quiere para nosotros es vida y vida en abundancia.

Como el pastor que cuida de su rebaño, con todas aquellas características que ya antes mencionamos y muchas más que podríamos traer a colación. Nos alimenta y cuida de nosotros, es el Buen Pastor que va delante nosotros señalándonos el camino, pero será el Buen Pastor que será capaz de dar su vida por nosotros. Sentía lástima Jesús, lo hemos escuchado muchas veces en el evangelio, cuando contemplaba aquellas multitudes que le buscaban, que eran capaces de seguirle incluso a los descampados, o esperarle a la orilla de la playa por donde fuera a desembarcar, pero, como El nos dice, eran como ovejas sin pastor; y a unos ovejas sin pastor no solo por si mismas no van a encontrar los pastos que necesitan, sino que estarán ante los peligros de ladrones que nos asalten y nos roben.

Es Jesús la puerta, por donde se entra y por donde se sale; solo podrá atravesar esa puerta el que es verdadero pastor de esas ovejas, el ladrón buscará el asalto por otros medios con los que pueda sorprender. Pero Jesús estará a nuestro lado con ojo avizor, como el pastor que cuida de sus ovejas para fortalecernos y podemos estar atentos al acecho del ladrón, al acecho de la tentación que por otros caminos nos podría arrastrar.

Pero esta imagen aparece ante nosotros en este camino pascual que vamos realizando para que sepamos agradecer ese cuidado que Dios nos tiene y a nuestro lado nos pondrá los signos y las señales de Jesús para que andemos por su mismo camino, para que sepamos encontrar esos pastos de vida eterna que El nos ofrece, pero también para que caigamos en la cuenta cómo la pascua nos hace entrar en la órbita del servicio al estilo y a la manera de Jesús.

Aunque luego podamos llevar esa imagen del Pastor a otros aspectos y a otras funciones que en medio de la comunidad cristiana se han de realizar, sin embargo el mensaje del evangelio hoy es para todos, para todos los que nos llamamos seguidores de Jesús, porque en todos tiene que resplandecer esa imagen del servidor, del que se pone en servicio de los hermanos para continuar la misma obra de Jesús.

Todos estamos llamados al servicio porque todos por nuestra fe en Jesús entramos en la órbita del amor. Por su nombre hemos de conocer también a los hermanos que nos rodean, que significa mucho más que tener un nombre en nuestra mente por el que recordarle y llamarle porque toda persona merece y tiene el derecho de tener un nombre que es en cierto modo como reconocer y valorar su dignidad. Cuántas cosas se derivarían de este pensamiento para nuestra relación y nuestro trato con los demás.

Esta imagen aparece también en este domingo para hacernos recordar a aquellos que en nombre del Buen Pastor ejercen esa función de pastores del pueblo de Dios desde una vocación y una llamada especial. Es día de oración en la Iglesia por los pastores del pueblo de Dios, por todos los que ejercen desde una llamada especial del Buen Pastor alguna función pastoral en la Iglesia.

Por eso se convierte también en el día de las vocaciones, que no son solo al sacerdocio – aun con la urgencia que vivimos en nuestros tiempos por la escasez de sacerdotes -, sino a la vida religiosa de especial consagración y a todas esas funciones pastorales que un cristiano puede y tiene que ejercer en medio del pueblo de Dios. Tenemos que orar al dueño de la mies que envíe operarios a su mies para que suscite personas que con valentía respondan a esa especial llamada del Señor.

 


domingo, 1 de enero de 2023

Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

 



Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Pensemos en todo lo que nos puede decir una mirada cuando llega a nosotros en el momento que más lo necesitamos; nos sentimos solos en nuestra lucha, parece que nadie nos tiene en cuenta ni valora el esfuerzo que estamos realizando para salir adelante, el dolor nos oprime y el sufrimiento nos llena de angustia y hasta nos quita la paz del corazón, y cuando nos parece que más desesperados estábamos una mirada se vuelve sobre nosotros, nos está dando su asentimiento sin apenas movimiento perceptible, sentimos calor en aquellos ojos que parece que nos están diciendo que nos levantemos, que sigamos luchando, que está teniendo en cuenta todo aquel esfuerzo que estamos haciendo para salir adelante.

Es una verdadera mirada de bendición. Qué aliento sentimos en el corazón, que nuevos ánimos surgen en lo más profundo de nosotros y no tiraremos la toalla, seguiremos adelante cueste lo que cueste. Cuánto nos decía aquella mirada.

Hoy estamos celebrando esa mirada de Dios para nosotros que se convierte en bendición para nuestra vida. Recordamos cómo Dios le dice a Moisés allá en el Horeb que ha escuchado el clamor de su pueblo y responde enviándole a él. El nacimiento de Jesús es esa mirada de amor de Dios a la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único… que nos dirá el evangelio. Dios que vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede su paz, como decía la bendición del Libro de los Números que hoy escuchamos en la primera lectura.

Es la mirada de la ternura de Dios; es la mirada de la piedad y se vuelve compasión; es la mirada de la misericordia y nos inunda con su amor. Lo podemos sentir, lo podemos palpar, lo saboreamos en esa mirada de Dios, nos gozamos con su bendición y nos llenamos de una alegría que nadie nos podrá jamás quitar.

Como nos quiere explicar el evangelio, se asomó Dios al mundo y vio a aquellos pastores de Belén que pasaban la noche al raso cuidando de sus rebaños, y les envió el ángel de Dios que les anunciara que en los campos de Belén había nacido una flor, que iban a encontrar a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre y era su Salvador. Y cuando los pastores sintieron sobre sí esa mirada de Dios en los ángeles que cantaban la gloria de Dios, en el ángel que les anunciaba lo ocurrido en Belén, se pusieron camino y encontraron tal como se les había anunciado.

Tenemos que aprender que hemos de ponernos en camino cuando sentimos esa mirada de Dios sobre nosotros. Son tantos los momentos en que Dios vuelve su rostro sobre nosotros, pero aunque andemos angustiados estamos distraídos y no sabemos leer las señales de Dios. Hemos de estar atentos para descubrir ese semblante que tanto nos puede decir. Nos está dando muchas señales el Señor y andamos preocupados de otras cosas y olvidamos lo principal. Queremos pasarlo bien y hacemos todo lo posible, pero nos olvidamos de la paz que hemos de llevar en el corazón. Podremos poner muchas pantallas de risas y de cánticos, de banderas que hablen de fiesta y de felicidad, pero nuestro corazón se ha adormecido y no terminamos de captar esas señales de Dios.

Despertemos y no dejemos de soñar, aunque nos parezca como un contrasentido. Despertemos de todas esos sucedáneos que nos adormecen para que no nos enteremos de lo que realmente nos pasa  - cuántos sucedáneos como drogas vamos metiendo en la vida para entretenernos – pero soñemos al mismo tiempo en algo bonito y hermoso, soñemos en lo maravilloso que podríamos hacer nuestro mundo si cambiaran un poquito esas actitudes negativas y de pasividad que nos envuelven en la vida, soñemos en esa felicidad y hermandad para todos porque eso no es un imposible, soñemos en que las sombras y las angustias no nos vencerán, porque detrás de todo estamos contemplando una mirada que nos levanta el ánimo, una mirada que se convierte en mano tendida, una mirada que nos hace sonreír en el alma, una mirada que nos está diciendo que Dios sigue confiando en el hombre, sigue confiando en nosotros para que hagamos que las cosas cambien.

Y nos ponemos en camino como los pastores de Belén, y confesaremos que Jesús es el Señor porque es el Salvador, el único salvador de nuestra vida y de nuestro mundo; nos ponemos en camino e iremos dando señales de ese mundo nuevo, de ese Reino de Dios porque Jesús es nuestro único Señor, la vida de nuestra vida. y nos ponemos camino para nosotros comenzar a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, para comenzar a mirar con mirada nueva a los que caminan en medio del dolor a nuestro lado, y en nuestra vida mirada sentirán el estímulo para ellos levantarse también, para ellos comenzar a caminar también. 

En esa mirada descubrirán la mirada y la bendición de Dios. Seamos para los demás esa mirada de Dios.

martes, 27 de diciembre de 2022

Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

 


Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

Hay días que son de especiales carreras. Y no quiero referirme ahora aquí a esos días llenos de agobios que tenemos que hacer muchas cosas y parece que el tiempo no nos da para nada y se nos va escurriendo entre los dedos como agua que queremos abarcar con nuestras manos. Podríamos referirnos a ello pero me refiero más a esos días que son de encuentro; buscamos algo con mucha ansia e ilusión, sabemos donde podemos encontrarlo y allá corremos antes de que llegue nadie para poder recogerlo para nosotros; son esos momentos en que estamos esperando a alguien que significa mucho para nosotros y salimos a su encuentro y parece que acercándonos por el camino más pronto lo encontraremos y correremos a sus brazos tan pronto vemos como se acerca; me vais a permitir no solo pensar en las personas, sino en el animalito que tenemos en casa como mascota y compañía y que está ansioso esperando a que lleguemos y sale a nuestro encuentro y se tira a nuestros brazos, aunque sea poco el tiempo en que hayamos estado ausentes, y no digamos cuando la tardanza ha sido mucha.

Corremos a buscar, corremos al encuentro, deseamos estar con quien es un regalo para nuestra vida, nos cuesta la lejanía o la ausencia de aquella persona a la que tenemos especial aprecio y amamos, salimos a la búsqueda o corremos al encuentro. Experiencias hermosas, momentos emotivos, búsquedas ansiosas y llenas de curiosidad por aquello que nos anuncian como algo hermoso para nuestra vida, ráfagas de luz y de esperanza que nos hacen estar atentos y vigilantes, deseos de lo mejor en ese encuentro que preparamos con ilusión y con mucha esperanza.

No hace mucho hemos escuchado en el evangelio hablarnos de las carreras de los pastores de Belén ansiosos de encontrarse con quien les había anunciado el ángel; para ellos no hubo dificultad en la oscuridad de la noche, o el desconocimiento exacto del lugar donde encontrarían aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre que les había anunciado el ángel. Tuvieron la intuición de encontrar pronto el camino y allí los contemplaremos en la presencia de aquel recién nacido contando todo cuanto les habían anunciado y contemplado. Estaban llenos de alegría, nos dirá el evangelista, dando gloria a Dios.

Hoy el evangelio nos habla de otras carreras. Otras eran las circunstancias que habían llegado de inquietud y hasta de angustia a los discípulos de Jesús, que tres días antes había sufrido la pasión y había sido crucificado. En el sepulcro habían depositado su cuerpo y en la espera, en cierto modo angustiosa, estaban por lo sucedido y por lo que podría suceder. Habían vuelto las mujeres que temprano habían ido al sepulcro con los buenos deseos de embalsamar el cuerpo difunto de Jesús, pero se habían encontrado la piedra corrida, no estaba el cuerpo de Jesús allí y una aparición de ángeles les habían dicho que había resucitado.

Ante las noticias que llegan serán dos de los discípulos los que saldrán disparados en carrera hasta el sepulcro. Aquel discípulo que era más joven había llegado primero pero había tenido la deferencia de esperar a que llegara Pedro y entrara primero para inspeccionar el sepulcro. Estaba vacío como habían dicho las mujeres, las vendas tendidas por doquier pero el sudario bien envuelto estaba en un lugar aparte. Juan también había entrado, y nos dice él mismo en el evangelio que ‘vio y creyó’. Había sido también una carrera porque era necesario encontrar a Jesús, y aunque allí ya no estaba sin embargo la fe se había despertado en su corazón. Seguro que a la vuelta de nuevo hasta el cenáculo una alegría nueva llevaba en el corazón.

Los pastores cuando vieron lo anunciado por los ángeles creyeron; Juan cuando contempla el sepulcro vacío también creyó. El corazón de los pastores pobres y desprendidos de todo estaba dispuesto para creer en los misterios grandes de Dios que solo se revelan a los sencillos. El corazón de Juan que se había vaciado de si mismo porque solo se había llenado de la música del amor era capaz de sintonizar con el corazón de Cristo, sobre el que se había incluso recostado en la última cena y ahora sintonizaba con el misterio que se le revelaba en hechos que podían parecer incomprensibles, pero que solo desde la sintonía del amor podemos llegar a comprender y creer.

¿Seremos capaces nosotros de correr así al encuentro de Cristo, al encuentro de Dios que viene a nosotros? Pero ya sabemos cual es la sintonía que hemos de tener disponible en nuestro corazón, la de la sencillez de los pastores, la de la disponibilidad de Juan, a quien hoy estamos celebrando, la del amor verdadero que podría sintonizar con lo que es el amor de Dios.

domingo, 25 de diciembre de 2022

Es Navidad, son días de alegría y de esperanza de las que queremos contagiar al mundo, porque ha nacido Jesús en Belén, porque ha nacido Dios en nuestro corazón

 


Es Navidad, son días de alegría y de esperanza de las que queremos contagiar al mundo, porque ha nacido Jesús en Belén, porque ha nacido Dios en nuestro corazón

Isaías 9, 1-6; Sal 95; Tito 2, 11-1; Lucas 2, 1-14

Qué paz más bonita sentimos en el corazón cuando vemos cumplidos nuestros anhelos y esperanzas; es como si un rayo de luz nos envolviera haciéndonos salir de las sombras del desaliento, del temor, de la angustia. Todo parece nuevo, todo nos parece lleno de luz, todo nos impulsa a la vida, una alegría inmensa inunda nuestro corazón y se vuelve contagiosa con los que están a nuestro lado. Sentimos un ansia grande de que todo se llene también de luz y pronto nos pondremos manos a la obra para que otros también se llenen de la misma paz y de la misma alegría.

Es lo que hoy vivimos los que hemos puesto nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús cuando celebramos su nacimiento. No son alegrías pasajeras y superficiales las que sentimos. Algo nuevo comienza a surgir en nuestro corazón. No decimos navidad simplemente porque todo el mundo dice navidad, sino porque sentimos que hay navidad en nuestro corazón.

Ese corazón nuestro tantas veces apenado porque le cuesta caminar y tantas veces las sombras lo invaden; ese corazón nuestro que sufre solidariamente con tantas penas que envuelven nuestro mundo y la vida de tantos que nos rodean; ese corazón nuestro que se siente turbado cuando oye palpitar los sonidos de la guerra y de la violencia.

Hay ocasiones en que nos parece que nos envuelve la desesperanza y perdemos la ilusión, todo parece marchar mal, la sociedad la encontramos tan revuelta y tan confusa, la acritud se ha ido apoderando de las mutuas relaciones porque las ansias de poder nos subyugan, porque queremos imponernos los unos a los otros, porque las ambiciones son muchas y enturbian los corazones y las relaciones entre unos y otros, porque nos dejamos dominar por la vanidad y la soberbia. Sentimos que son muchas las sombras y nos cuesta encontrar caminos de luz.

Pero hoy sentimos que sí hay un camino de salida, que los deseos de que las cosas cambien a mejor no los tenemos que dejar por imposibles, porque sí hay una luz que pueda disipar todas esas tinieblas. En medio de la noche de Belén brilló una luz y el cielo y la tierra se vieron envueltos por su resplandor. Una nueva buena noticia comenzaba a circular por el mundo. Hoy nos ha nacido un Salvador.

Los profetas habían ido anunciando esa luz a aquel pueblo que caminaba en tinieblas, las hachas de la guerra un día serían enterradas y de las espadas se forjarían arados, eran los signos y señales de que llegaría la paz, los signos y señales de ese mundo que también nosotros hemos de descubrir. No vendría un rey con ejércitos poderosos para imponer la paz; no son esos los caminos que llevan a la paz. Un niño que había de nacer entre la pobreza de los más pobres sería la señal.


Hoy lo estamos contemplando. Es la señal que se da a los pastores de Belén que en la noche cuidan sus rebaños. No fue a los poderosos y entendidos a los que se le dio esa noticia, porque estarían muy entretenidos en sus cosas y en sus propios ‘saberes’. Cuando un día llegue la noticia a Jerusalén, los maestros de la ley y los sacerdotes rebuscarán entre las Escrituras y aunque encuentran la respuesta no se ponen en camino. Estaban en sus cosas. Fue a los pequeños y a los pobres a quienes llegaron los Ángeles con esa Buena Nueva. Y ellos comprendieron y aceptaron, y se pusieron en camino, y encontraron aquel niño envuelto en pañales y recostado entre las pajas de un pesebre. Y allí se manifestó la gloria del Señor.

Hoy lo estamos celebrando. Hoy lo queremos vivir. Hoy queremos sentir cómo renace la vida en nuestro corazón y nos llenamos de esperanza. Tengamos la ilusión y la esperanza de los pequeños y de los pobres. Es el camino para abrir bien los ojos. Es posible ese mundo mejor. En ello tenemos que sentirnos comprometidos. No podemos dejarnos envolver por la desesperanza. Ante el mundo tenemos que dar testimonio de que en verdad Cristo ha nacido para ser nuestra salvación. El mundo que nos rodea necesita escuchar con claridad ese anuncio que puede pasar desapercibido para muchos porque simplemente están en sus cosas y no son capaces de esperar algo nuevo.

Que en medio de todo ese bullicio con que celebramos estas fiestas en un momento dado resuene fuerte esa buena noticia; que seamos capaces de hacer saber que el importante de verdad en medio de todo este ajetreo que nos montamos es el Niño que nace en Belén, que es Dios con nosotros. Que no nos aturdan los ruidos de la fiesta de manera que no seamos capaces de escuchar en el silencio del corazón esa presencia de Dios.

Tenemos que dar señales de ello. No son necesarias cosas grandes, sintamos la paz en el corazón y vivamos con esa paz los unos con los otros, que brille la paz en nuestras familias, que sepamos tener gestos sencillos de paz y amor con los que están a nuestro lado, que hagamos crecer la amistad entre todos para que lleguemos en verdad a sentirnos hermanos.

Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que llega a nosotros. Sepamos descubrir sus señales. Hagamos saber al mundo que nos rodea, porque en verdad nosotros estemos convencidos y lo vivamos, que es posible ese mundo nuevo porque ha llegado la salvación, el Salvador de nuestro mundo. Hagámoslo presente en el Belén de nuestra vida, en el pesebre de nuestra pobreza y nuestra pequeñez, en las pequeñas cosas de cada día, porque así se manifiesta el Señor.

Es Navidad, son días de alegría y de esperanza de las que queremos contagiar al mundo, porque ha nacido Jesús en Belén, porque ha nacido Dios en nuestro corazón. Vivamos con intensidad esa dicha y esa felicidad.