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lunes, 31 de agosto de 2026

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

 

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Cuando nos cambian el ritmo de aquello a lo que estábamos acostumbrados y que hacíamos casi como una rutina se nos vienen abajo nuestros ritmos, nos sentimos desconcertados y nos cuesta entrar en la nueva dinámica. Son las pruebas psicotécnicas que se emplean en muchas ocasiones para, precisamente eso, ponernos a prueba en nuestra capacidad de respuesta, nuestra posible reacción y si somos capaces de asumir el nuevo ritmo, por ejemplo, que se nos presenta. Pero sin entrar en esas pruebas técnicas son muchas veces las pruebas que la misma vida nos presenta y ante lo que tenemos que saber reaccionar con madurez por una parte, pero también estando abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer y que mejoraría nuestra vida. Algunas veces nos cuesta aceptar esos cambios, nos ponemos incómodos y tenemos la tentación de ponernos en una actitud interna de rechazo ya sin saber bien por qué.

¿Será algo así lo que estamos viendo en este comienzo de la vida pública de Jesús en su presentación en Nazaret en el evangelio de san Lucas que ahora comenzamos a leer de forma continuada? Ya fue una sorpresa que al acudir Jesús aquel sábado a la sinagoga después de los primeros recorridos que ya había hecho por otros pueblos y aldeas de Galilea se haya ofrecido a hacer la lectura del profeta y su comentario. Era tarea del encargado de la sinagoga pero que él podía ofrecer a quien por allí se acercase y tuviera esa disponibilidad. Se ha escogido un texto del profeta Isaías; habla de la manifestación del Espíritu del Señor en aquel que había de venir en una clara referencia al Mesías esperado.

Ya conocemos el texto que hemos escuchado muchas veces. Habla de quien con la fuerza del Espíritu del Señor viene a iniciar un tiempo nuevo de liberación; habla de los enfermos e impedidos que recobraran vida y salud, pero habla también de otra liberación más profunda de todos aquellos que se sienten oprimidos y sin libertad; habla del tiempo nuevo del año de gracia del Señor. Claras referencias a los tiempos mesiánicos que todos estaban anhelando. Y es tajante el comentario de Jesús. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

¿Sorpresa? ¿Alegría y esperanza renovada? ¿Admiración por quien había pronunciado tales palabras? Ellos lo conocían bien, allí se había criado, era el hijo de José el carpintero, por allá andaban aun sus parientes… ¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ‘Todos expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca’.

Jesús no se queda en esas palabras porque El está hablando de un tiempo nuevo, de algo nuevo que no era lo de siempre. Ellos habían oído de las cosas maravillosas que Jesús había hecho en otros lugares, bien sabemos cómo vuelan las noticias y eso que entonces no había las redes sociales que hoy tenemos, pero ya estaban pensando en sentirse los primeros beneficiarios de aquel poder que parece que se manifestaba en uno que era de su pueblo. Pero Jesús viene a decir otra cosa, busca a aquellos que tienen que ser liberados de sus esclavitudes y de sus males, pero no tiene que ser en lo de siempre, en los de siempre, en los lugares de siempre. Les recuerda que el profeta Elías atendió a una viuda que precisamente no era judía, y que el profeta Eliseo curó de la lepra precisamente a quien se podía considerar un enemigo porque era sirio.

Aquí se cambian los ritmos y los esquemas. Un día alabará Jesús la fe de un centurión romano que era gentil y del que dice que no ha encontrado en nadie en Israel con tanta fe como él; curará a la hija de la mujer de Fenicia, a quienes los judíos consideraban como los perritos y lo hará precisamente por su fe; se dejará tocar por los leprosos o por quienes eran considerados impuros como la mujer de las hemorragias que toca la orla de su manto. Algo nuevo va a suceder, algo nuevo quiere realizar Jesús. La gente de Nazaret no lo soporta porque lo considera como un desplante y terminarán porque quieren arrojar a Jesús por un barranco.

Pero esto que estamos viendo en el evangelio ahora me hace pensar en situaciones que podemos estar pasando en estos días. Cuando hablamos de necesidades, de problemas o de carencias ¿en quienes estamos pensando habitualmente? ¿En los pobres de siempre, esos que aparecen todas las semanas por Cáritas, en esa gente de nuestro entorno que sabemos también que tienen problemas para llegar a final de mes, solo en esas personas cercanas a nosotros?

Creo que nuestra mirada tiene que ir más allá. ¿No habremos escuchado alguna vez que ahora los emigrantes que de una forma o de otra están llegando junto a nosotros nos van a quitar el trabajo o los beneficios sociales que necesitan los que son de aquí? Nos quejamos de que esos recursos tengamos que gastarlos en esos que nos han aparecido de la noche a la mañana y que no son precisamente de los nuestros porque además nos parece una invasión y aquí ponemos no sé cuantas características.

El evangelio que hoy hemos escuchado ¿no nos estará pidiendo o planteando ese cambio de chip, ese cambio de ritmo, esa mirada distinta porque es también una exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano? Son cosas que tenemos que pensar, que analizar, ante las que tenemos que abrirnos viendo nuevas perspectivas.

‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.


jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


lunes, 5 de enero de 2026

La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

 


La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

1 Juan 3,11-21; Salmo 99; Juan 1,43-51

Una mirada nos habla, una mirada puede decirnos muchas cosas; puede sorprendernos en el hecho de que alguien se fije en nosotros, puede ser una señal de oferta de amistad, de decirnos que sus puertas están abiertas, pudiera ser de reprobación o simplemente decirnos que no se está de acuerdo con nosotros o nuestra manera de actuar; algunas veces rehuimos la mirada aunque también hay quien mantiene la mirada en cierto modo desafiante porque no queremos sentirnos mirados, nos puede parecer que se están entrometiendo en nuestras cosas y queremos mantener nuestra reserva o porque la rechazamos sin más; siempre sin embargo habitualmente queremos mirar a los ojos de aquel con quien hablamos, porque más que sus palabras sus ojos pueden llegar a decirnos muchas cosas; muchas mas cosas podríamos decir y ya hemos recordado en estos días la mirada de Dios sobre nosotros que es siempre bendición.

Me ha surgido esta reflexión introductoria desde lo que ahora hemos escuchado en el evangelio. Son aquellos primeros momentos en el evangelio de Juan en que van surgiendo los primeros seguidores de Jesús que van a ser sus primeros discípulos. Tras aquella búsqueda de Andrés y Juan después de señalarles el Bautista a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pronto será Simón al que Jesús ya desde el principio llamará Pedro el que por la invitación de su hermano Andrés se acercará a Jesús.

Será Felipe el que es invitado por Jesús a seguirle pero que pronto se convierte en apóstol porque al encontrarse con Natanael hará todo lo posible por llevarlo también a Jesús. Hemos encontrado al Mesías, le decía Andrés a su hermano y ahora Felipe le dirá a Natanael que han encontrado aquel de quien hablan Moisés y los profetas. Aun con la resistencia de Natanael por ser de un pueblo vecino a Nazaret, llegará a los pies de Jesús. ‘Aquí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ le dirá Jesús y se sorprenderá porque sin conocerle – eso al menos piensa – hace esa afirmación de su rectitud. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’, le replicará Jesús y surgirá una hermosa confesión de fe que a todos nos sorprende. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Mayores cosas veréis termina diciéndole Jesús.

‘Cuando estabas debajo de la higuera, te vi’, muchas son las elucubraciones y las explicaciones que hemos querido darle a estas palabras de Jesús. Yo me quedo con esa mirada de Jesús. ‘Te vi’. La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros. Muchos serán los momentos del evangelio que nos hablen de esa mirada de Jesús. Siempre, como es la mirada de Dios, será una mirada de amor. Mirada que nos ve en lo más hondo de nosotros mismos, que se hace comprensión y regala perdón, que se convierte en aliento y en estímulo para el confiar y seguir caminando, que es mano tendida que nos levanta y nos invita a reiniciar una y otra vez el camino a pesar de los tropiezos e incluso de las caídas, es silencio que derrama lágrimas a nuestro lado mezclándose con nuestras lágrimas, pero es paño de consuelo que alivia nuestras angustias y desazones. Nos sentimos mirados porque nos sentimos amados y quien así nos mira querrá siempre lo mejor para nosotros.

¿Aprenderemos a que sean así también nuestras miradas? ¿Desterraremos para siempre las miradas airadas y con resentimientos? ¿Arrancaremos de cuajo las miradas envidiosas y las que siembran la cizaña de la desconfianza? ¿Pondremos colirio en nuestros ojos para que nuestras miradas sean siempre límpidas y sepamos siempre resaltar lo bueno de los demás? ¿Purificaremos las miradas de la pasión y de la ambición para caminar siempre con un corazón henchido de amor en nuestras manos?


lunes, 17 de noviembre de 2025

Ojalá nuestro paso por el camino se convierta en un signo del paso de Jesús porque hagamos oír en nuestra vida la sintonía del evangelio

 


Ojalá nuestro paso por el camino se convierta en un signo del paso de Jesús porque hagamos oír en nuestra vida la sintonía del evangelio

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Salmo 118; Lucas 18, 35-43

En este caso es el ciego el que intuye que algo distinto está pasando junto a él por el camino; pero creo que de alguna manera alguna vez hayamos tenido la experiencia, sin necesidad de ver nada especial, en que también hemos intuido que allí junto a nosotros hay algo o alguien que puede ser especial; es la sensación que nos da esa persona, pueden ser los gestos que como signos realiza de forma espontánea, una como vibración especial que si tenemos cierta sensibilidad podemos como sentir, no por los sentidos físicos, porque no es el oído ni los ojos de nuestro rostro los que van a escuchar o ver algo distinto, pero sí algo que nos contagia y quizás nos impulsa a que también nosotros hagamos algo distinto.

Muchas veces, sin embargo, vamos tan imbuidos en nuestros pensamientos y en nuestras locas carreras que no llegamos a entrar en esa sintonía. Y son sintonías que necesitamos, sintonías que nos despierten y nos hagan trascendernos, sintonía que nos haga escuchar esa palabra que puede ser tan maravillosa para nosotros, captar ese gesto que de alguna manera puede ser también profético para nosotros. Cuidemos de no perder esa sensibilidad, cuidemos de estar alertas porque muchas veces nos podemos perder cosas importantes, porque vamos más preocupados por nuestros intereses y en esa palabra caben muchas cosas.

Como comenzamos a decir, o como hemos escuchado en el evangelio, al borde del camino, en las afueras quizás de Jericó se encontraba un ciego con su pobreza esperando que quien pasara por el camino le hiciera alguna limosna. Quizás sentiría los pasos de tantos que pasaban de largo - ¿no es eso lo que hacemos tantas veces en la vida que nos hacemos los ciegos o cruzamos para otro lado para no encontrarnos con quien nos está tendiendo la mano? – pero en esta ocasión sintió que algo distinto lo que pasaba. No podía ver, no sabían quien pasaba por allí y por eso pregunta.

‘Pasa Jesús, el Nazareno’, le dicen. Es suficiente. Comienzan sus gritos y sus súplicas. ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mi’. Era tanta su euforia que los que iban con Jesús querían que se callase. ¿Les molestaban aquellos gritos? ¿Serían quizás gritos que les llegaban a ellos al alma? ¿Podían aquellos gritos impedir que ellos sí pudieran escuchar y disfrutar de la compañía de Jesús? Tantas veces que vamos enfrascados en lo nuestro que nos hacemos sordos a muchas cosas que puedan suceder a nuestro alrededor.

Pero Jesús no podía pasar de largo. Lo mandó llamar. Y ahora aquellos que antes querían que se callase se apresuran a llevar al ciego a la presencia de Jesús. ¿Haciendo méritos quizás?

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía querer? Recobrar su vista, aunque sería algo más lo que se estaba produciendo en el corazón de aquel hombre. Había tenido la sensibilidad de que pasaba Jesús y se había interesado por lo que pasaba por el camino. ‘Tu fe te ha sanado’, le dice Jesús cuando recobra la vista. Recobra la vista pero que la sensibilidad no la pierdas, parece que le está diciendo Jesús. Quería seguirle por el camino, nos dice el evangelista.

Cuántos detalles encontramos en este evangelio, cuántas cosas que nos pueden hablar al corazón, cuántas cosas que nos pueden abrir los ojos, cuántas cosas que nos pueden despertar la sensibilidad, cuántas cosas que nos hacen salir de nuestros encierros, cuántas cosas que nos pueden hacer ver lo que está a nuestro lado de una forma distinta, cuántas cosas que nos están impulsando a que nosotros vayamos dejando huella de nuestro paso.

Detengámonos en nuestro camino, miremos a nuestro lado, hagamos sentir nuestro paso y nuestra presencia a los que están a la vera del camino, seamos signos de algo nuevo para los que nos rodean, escuchemos esa llamada o seamos nosotros llamada para los demás. Ojalá nuestro paso se convierta en un signo del paso de Jesús por lo que hacemos y por lo que vivimos. El mundo necesita escuchar esa nueva sintonía.

sábado, 11 de octubre de 2025

Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

Joel 4,12-21; Salmo 96; Lucas 11,27-28

Una alabanza siempre es agradable; no es que la busquemos, pero el reconocimiento de lo bueno siempre puede ser un estímulo. Puede ser una señal de gratitud por parte de aquellos que se sienten beneficiados con lo bueno que reciben; es de nobleza de corazón el reconocerlo. Pero sin que esos reconocimientos y homenajes se conviertan en una razón para que hagamos las cosas bien, una palabra agradable que reconozca lo bueno que se hace se puede convertir en un estimulo interior para seguir haciendo lo bueno. Claro que sabremos actuar rectamente y hasta con generosidad aunque no recibamos esos reconocimientos, sin que nos rindan homenajes y canten alabanzas en nuestro honor. El bien que hacemos es nuestra más honda satisfacción.

Pero no se trata solamente de la satisfacción y el estimulo que sentimos en nuestro interior cuando hablan bien de nosotros, sino que por una parte hemos de sentir eso mismo en las alabanzas que prodiguen a los demás por lo bueno que realizan, y lejos de nosotros ha de estar todo atisbo de envidia o de celos porque a ellos se lo reconocen aunque de nosotros no digan nada – necesitamos también muchas veces esa cura de humildad para evitar orgullos y vanaglorias propias – sino que cuando está en referencia a seres a quienes tenemos especial aprecio como puede ser incluso a nuestros familiares, nuestro gozo tendría que ser mucho más hondo.

Podría parece que todo esto que voy reflexionando se viene abajo en el breve pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Podrían parecer cortantes las palabras de Jesús cuando alguien en medio de la multitud levanta su voz en alabanza a la propia madre de Jesús. Es una aclamación espontánea la que surge en medio de las gentes; también nosotros muchas veces nos lo decimos cuando nos encontramos con alguien que resalta por su bondad o por buen hacer, ‘¡qué orgullosa tiene que sentirse esa madre!’, pensamos nosotros. Es lo que viene a decir aquella mujer anónima en medio de la multitud. ‘¡Dichosos los pechos que te alimentaros y el vientre que te llevó!’, Dichosa la madre que te parió, diríamos nosotros en un lenguaje como más ordinario.

Pero Jesús quiere dirigir nuestros ojos a otra óptica. Está bien que miremos las cosas desde ese lado humano, y aquí rebosa humanidad el grito de aquella mujer, pero tenemos elevar nuestra mirada, tenemos que tener otra perspectiva. Bien sabemos cuando contemplamos un paisaje que depende del lugar desde donde miremos para apreciar diversos detalles, depende del encuadre que le hagamos y hasta el marco que ponemos alrededor para resaltar algo en lo que quizás no nos habíamos fijado; a mi me gusta cuando hago una fotografía, por ejemplo, a un paisaje encuadrar la imagen que quiero tomar en un marco, darle un primer plano que le de profundidad, o resaltar quizás una sombra que haga brillar de una forma distinta su colorido. Así tendríamos que aprender a mirar en la vida.

Jesús viene a ayudarnos a cambiar esas perspectivas, esos encuadres que hemos de hacer en la vida, esa forma de mirar las cosas y las personas, esa manera de leer los acontecimientos, para descubrir lo que de verdad nos quieren enseñar, para descubrir donde está el mensaje, para saber cual es el colorido que le hemos de dar a la vida. Es lo que significa la buena nueva del evangelio; por eso es buena nueva, por eso es siempre buena noticia para nosotros, por eso es la novedad que siempre ha de significar para nosotros la Palabra de Dios.

Es lo que con una simple frase como respuesta a la alabanza de aquella mujer dice Jesús y que no es quitarle valor a la alabanza que se hace de la madre de Jesús. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Escuchar la Palabra de Dios y plantarla en el corazón. Así, simplemente, alcanzaremos la dicha, nos dice Jesús. Es el filtro que hemos de ponerle a nuestra vida, es el cristal a través del cual hemos de mirar, es el color que tenemos que resaltar de la vida, es el encuadre que tenemos que hacer.

Desde la Palabra de Dios, escuchada y plantada en el corazón encontraremos para todo otro sentido, encontraremos la verdadera luz para nuestros ojos, descubriremos lo que es el verdadero valor de nuestra vida, se nos abrirán caminos de verdadera plenitud y felicidad. Pero tenemos que dejarnos sorprender por esa buena noticia que nos trae; como aquella mujer se sintió sorprendida por la presencia de Jesús y pensó en su madre, que para ella se convertía en un gozo y una felicidad de la que de alguna manera quería hacerse partícipe.

Es el camino que nosotros hemos de emprender, es donde encontraremos la verdadera alabanza para lo que luego vamos a hacer, es con lo que proclamaremos la gloria de Dios.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

domingo, 16 de febrero de 2025

Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

 


Las bienaventuranzas una Palabra de vida que pone esperanza en el corazón, nos hace crecer nuestra fe, hará sobreabundar el amor y de nuestro mundo haremos el Reino de Dios

Jeremías 17, 5-8; Salmo 1; 1Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

La luz no se ve, pero con la luz podemos ver. Sin embargo algunas veces teniendo la luz a nuestra disposición no terminamos de ver. ¿Es culpa de la luz? ¿Será culpa de nuestros ojos que se han cegado y no soportamos la luz? ¿O quizás ponemos tantos filtros que no terminamos de claramente lo que es la realidad? ¿No decimos que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos? O lo hemos oscurecido tanto, o le hemos puesto colores según nuestra conveniencia, o lo hemos dejado manchar tanto que hemos perdido la nitidez de la realidad.

Decíamos que poníamos colores a nuestra conveniencia, o podemos decir que vemos solamente aquello que queremos ver que son nuestras apetencias, nuestros intereses, nuestras ambiciones o las pasiones que nos puedan dominar; decimos, quizás, que en nombre de nuestra libertad, pero libertad no es poner nuestros condicionamientos según nos plazca, libertad es ver la realidad tal cual es.

Y eso nos puede pasar en la escucha del evangelio, que lo interpretamos a nuestra manera, que le hacemos decir lo que a nosotros nos gusta, que nos hemos acostumbrado tanto a él que ya no le prestamos atención, que nos decimos que nos lo sabemos y ya no es novedad – evangelio que eso significa – para nosotros, que ponemos por delante nuestros intereses y entonces no escuchamos aquello que pueda ir en nuestra contra. Cuántos filtros vamos poniendo que enturbian esa novedad del evangelio que tendría que ser siempre para nosotros.

Nos puede haber sucedido hoy cuando hemos escuchado el evangelio de este domingo. Ah, son las bienaventuranzas, ya nos la sabemos. Quizás hasta un día nos las aprendimos de memoria. Y ya no bajamos al llano con Jesús, como nos dice hoy san Lucas al hacernos este relato, y no escuchamos esa palabra de Jesús en ese llano de nuestra vida. Es allí en el llano donde nos dice san Lucas que las pronunció, aunque san Mateo cuando nos da el texto paralelo nos lo sitúe en la montaña. Pero vamos a pensar hoy que hemos escuchado el relato de san Lucas en el llano, ahí donde caminamos, donde hacemos nuestros trabajos, donde nos vamos encontrando con la gente, donde vamos contemplando desde la misma altura a quienes nos rodean en sus casas, en sus trabajos, en sus caminos o al borde de los caminos, en sus pobrezas o en sus sufrimientos; donde nos encontramos todos mezclados, porque al lado de los pobres o de los que tienen hambre, están los que se consideran poderosos y tienen de todo, donde están los que viven la vida con sus alegrías, pero donde están los que sufren con sus dolencias o sus carencias.

¿Nos habremos fijado mientras escuchábamos estas palabras de Jesús a los que están alrededor nuestro, en nuestra propia casa quizás o en esos caminos de la vida por donde vamos cruzando? Echemos una mirada en derredor nuestro y mirémonos también a nosotros mismos y escuchamos las palabras de Jesús. ¿Las estaremos viendo reflejadas en esos rostros que contemplamos? ¿Estaremos sintiendo que nos llegan de manera directa a nosotros mismos porque estamos en algunas de las situaciones de las que habla Jesús?

Es la forma cómo tenemos que leer el evangelio para que en verdad sea anuncio de vida y de esperanza como quiere ser siempre la buena noticia de Jesús. Es cómo Jesús nos está anunciando el Reino de Dios para nosotros hoy, con nuestra pobreza, con nuestros sufrimientos, con nuestros fracasos o nuestra falta de esperanza en tantas ocasiones, con los rechazos o las incomprensiones que algunas veces podamos sufrir, con esas angustias que se convierten muchas veces en el suelo que vamos pisando cada día. Y la Palabra de Jesús quiere ser un rayo de luz que nos llene de esperanza.

Con la Palabra de Jesús tendremos que comenzar a ver de manera diferente, es luz que ilumina. Veremos la realidad de manera diferente porque la veremos en toda su crudeza, pero al mismo tiempo con la posibilidad de que surja algo nuevo, que podamos hacer la vida de forma diferente porque comencemos a mejorarla, porque no nos dejaremos caer por la pendiente y el abismo del desconsuelo y la desesperación, porque sabemos que podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, porque todo lo iremos transformando y queriendo hacer desaparecer ese mundo de dolor y sufrimiento, porque buscaremos la alegría que de verdad llene nuestro corazón con algo permanente. Con Jesús todo puede cambiar, con Jesús está llegando el Reino de Dios, con la fe que ponemos en Jesús nosotros estaremos haciendo con unas nuevas actitudes y valores de nuestro mundo ese reino de Dios.

Es Palabra de vida, Palabra que pone esperanza en el corazón, Palabra que nos hace crecer nuestra fe, Palabra que hará sobreabundar el amor y entonces nuestro mundo en verdad será distinto.

martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


lunes, 6 de noviembre de 2023

Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

 


Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

Romanos 11,29-36; Sal 68; Lucas 14,12-14

Hoy por ti, mañana por mí, solemos decir muchas veces cuando nos echamos una mano para ayudarnos en algo. Está bien que tengamos esa disponibilidad y que nos ayudemos los unos a los otros; lo vemos en muchas situaciones de la vida, en nuestras tareas domésticas, en nuestros trabajos, entre vecinos o familiares. ¿Será como un pago que nos hacemos por la ayuda recibida ofreciendo también nuestra ayuda? Hay ese peligro de tomárnoslo como una compraventa de favores, donde no empleamos el dinero pero en nuestros intereses está muy presente lo que los otros nos hayan hecho positiva o negativamente. Casi como anécdota he escuchado a alguien que ha asistido a un entierro de un vecino, que está adelantando un día de trabajo para el día de mañana, como queriendo decir que ahora está asistiendo a ese funeral para que cuando le llegue su hora sean también muchos los que asistan.

Por eso, también habremos escuchado aquello de que a aquella persona nadie le ayuda, porque él realmente tampoco le ayuda a nadie; vive como un huraño, metido en sus cosas y se las resuelve por si mismo, ni pide ayuda, ni es capaz de ofrecer ayuda a alguien, se aísla.

Pero cuando nosotros estamos hablando del amor cristiano, el amor según el sentido de Cristo, no nos podemos quedar aquí. Es a lo que está haciendo referencia hoy en el evangelio. Y es que nuestro amor cristiano es amar con el amor de Cristo, con un amor como el de Cristo. Y ya sabemos lo generoso que es su amor. Y es también el paso que nos cuesta dar. Somos generosos hasta cierto punto; en nuestra generosidad tenemos el peligro y la tentación de poner medidas y contramedidas, pesos y contrapesos. Y algo que nos estaría fallando en la medida de ese amor.

Es cierto que amamos a Dios porque nos sentimos amados, y de qué manera, por El; de ahí arranca todo nuestro amor; queremos, por así decirlo, parecernos a Dios; a imagen suya hemos sido creados. Y cuando nos sentimos inundados por su amor parece que ya no nos queda otra, sino amar con un amor como el que El nos tiene. Así de generoso tiene que ser nuestro amor; así tendrá que ser el amor que le tengamos a los demás, porque además amamos a los que Dios ama.

Por eso en un ejercicio, por así decirlo, de un amor verdadero nosotros nos adelantamos como lo hace Dios con nosotros. Así es como tiene que ser el amor que le tengamos a los demás; no porque ellos nos amen, no porque ellos sean buenos con nosotros, no como un pago o una correspondencia al amor que nos tienen, lo que ya en sí sería muy hermoso. Es que en nuestro amor, a la manera del amor que el Señor nos tiene, nosotros nos adelantamos a todo el amor que podamos recibir. Es la generosidad que tiene que resplandecer en nuestro amor.

Y de esto nos habla hoy Jesús en el evangelio. Como recordamos Jesús estaba asistiendo a una comida a la que le había invitado uno de los principales de la ciudad. Y allí estaba Jesús rodeado de todos aquellos amigos del que lo había invitado. Parece lo normal, invitamos a una comida a nuestros amigos. Y así vamos correspondiéndonos los unos con los otros. Nos sentimos obligados a invitar a quien nos ha invitado. Y es ahí donde Jesús nos hace que nos detengamos.

‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Todo un cambio de perspectiva. Una mirada nueva al sentido del amor. Una dimensión que nos va a engrandecer. Es mucho más de lo de hoy por ti y mañana por mí, que solemos hacer. ¿No decimos que amamos sin esperar nada a cambio? ¿Seríamos capaces nosotros de hacerlo?

 

 

domingo, 1 de enero de 2023

Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

 



Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Pensemos en todo lo que nos puede decir una mirada cuando llega a nosotros en el momento que más lo necesitamos; nos sentimos solos en nuestra lucha, parece que nadie nos tiene en cuenta ni valora el esfuerzo que estamos realizando para salir adelante, el dolor nos oprime y el sufrimiento nos llena de angustia y hasta nos quita la paz del corazón, y cuando nos parece que más desesperados estábamos una mirada se vuelve sobre nosotros, nos está dando su asentimiento sin apenas movimiento perceptible, sentimos calor en aquellos ojos que parece que nos están diciendo que nos levantemos, que sigamos luchando, que está teniendo en cuenta todo aquel esfuerzo que estamos haciendo para salir adelante.

Es una verdadera mirada de bendición. Qué aliento sentimos en el corazón, que nuevos ánimos surgen en lo más profundo de nosotros y no tiraremos la toalla, seguiremos adelante cueste lo que cueste. Cuánto nos decía aquella mirada.

Hoy estamos celebrando esa mirada de Dios para nosotros que se convierte en bendición para nuestra vida. Recordamos cómo Dios le dice a Moisés allá en el Horeb que ha escuchado el clamor de su pueblo y responde enviándole a él. El nacimiento de Jesús es esa mirada de amor de Dios a la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único… que nos dirá el evangelio. Dios que vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede su paz, como decía la bendición del Libro de los Números que hoy escuchamos en la primera lectura.

Es la mirada de la ternura de Dios; es la mirada de la piedad y se vuelve compasión; es la mirada de la misericordia y nos inunda con su amor. Lo podemos sentir, lo podemos palpar, lo saboreamos en esa mirada de Dios, nos gozamos con su bendición y nos llenamos de una alegría que nadie nos podrá jamás quitar.

Como nos quiere explicar el evangelio, se asomó Dios al mundo y vio a aquellos pastores de Belén que pasaban la noche al raso cuidando de sus rebaños, y les envió el ángel de Dios que les anunciara que en los campos de Belén había nacido una flor, que iban a encontrar a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre y era su Salvador. Y cuando los pastores sintieron sobre sí esa mirada de Dios en los ángeles que cantaban la gloria de Dios, en el ángel que les anunciaba lo ocurrido en Belén, se pusieron camino y encontraron tal como se les había anunciado.

Tenemos que aprender que hemos de ponernos en camino cuando sentimos esa mirada de Dios sobre nosotros. Son tantos los momentos en que Dios vuelve su rostro sobre nosotros, pero aunque andemos angustiados estamos distraídos y no sabemos leer las señales de Dios. Hemos de estar atentos para descubrir ese semblante que tanto nos puede decir. Nos está dando muchas señales el Señor y andamos preocupados de otras cosas y olvidamos lo principal. Queremos pasarlo bien y hacemos todo lo posible, pero nos olvidamos de la paz que hemos de llevar en el corazón. Podremos poner muchas pantallas de risas y de cánticos, de banderas que hablen de fiesta y de felicidad, pero nuestro corazón se ha adormecido y no terminamos de captar esas señales de Dios.

Despertemos y no dejemos de soñar, aunque nos parezca como un contrasentido. Despertemos de todas esos sucedáneos que nos adormecen para que no nos enteremos de lo que realmente nos pasa  - cuántos sucedáneos como drogas vamos metiendo en la vida para entretenernos – pero soñemos al mismo tiempo en algo bonito y hermoso, soñemos en lo maravilloso que podríamos hacer nuestro mundo si cambiaran un poquito esas actitudes negativas y de pasividad que nos envuelven en la vida, soñemos en esa felicidad y hermandad para todos porque eso no es un imposible, soñemos en que las sombras y las angustias no nos vencerán, porque detrás de todo estamos contemplando una mirada que nos levanta el ánimo, una mirada que se convierte en mano tendida, una mirada que nos hace sonreír en el alma, una mirada que nos está diciendo que Dios sigue confiando en el hombre, sigue confiando en nosotros para que hagamos que las cosas cambien.

Y nos ponemos en camino como los pastores de Belén, y confesaremos que Jesús es el Señor porque es el Salvador, el único salvador de nuestra vida y de nuestro mundo; nos ponemos en camino e iremos dando señales de ese mundo nuevo, de ese Reino de Dios porque Jesús es nuestro único Señor, la vida de nuestra vida. y nos ponemos camino para nosotros comenzar a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, para comenzar a mirar con mirada nueva a los que caminan en medio del dolor a nuestro lado, y en nuestra vida mirada sentirán el estímulo para ellos levantarse también, para ellos comenzar a caminar también. 

En esa mirada descubrirán la mirada y la bendición de Dios. Seamos para los demás esa mirada de Dios.