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viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

lunes, 5 de enero de 2026

La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

 


La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

1 Juan 3,11-21; Salmo 99; Juan 1,43-51

Una mirada nos habla, una mirada puede decirnos muchas cosas; puede sorprendernos en el hecho de que alguien se fije en nosotros, puede ser una señal de oferta de amistad, de decirnos que sus puertas están abiertas, pudiera ser de reprobación o simplemente decirnos que no se está de acuerdo con nosotros o nuestra manera de actuar; algunas veces rehuimos la mirada aunque también hay quien mantiene la mirada en cierto modo desafiante porque no queremos sentirnos mirados, nos puede parecer que se están entrometiendo en nuestras cosas y queremos mantener nuestra reserva o porque la rechazamos sin más; siempre sin embargo habitualmente queremos mirar a los ojos de aquel con quien hablamos, porque más que sus palabras sus ojos pueden llegar a decirnos muchas cosas; muchas mas cosas podríamos decir y ya hemos recordado en estos días la mirada de Dios sobre nosotros que es siempre bendición.

Me ha surgido esta reflexión introductoria desde lo que ahora hemos escuchado en el evangelio. Son aquellos primeros momentos en el evangelio de Juan en que van surgiendo los primeros seguidores de Jesús que van a ser sus primeros discípulos. Tras aquella búsqueda de Andrés y Juan después de señalarles el Bautista a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pronto será Simón al que Jesús ya desde el principio llamará Pedro el que por la invitación de su hermano Andrés se acercará a Jesús.

Será Felipe el que es invitado por Jesús a seguirle pero que pronto se convierte en apóstol porque al encontrarse con Natanael hará todo lo posible por llevarlo también a Jesús. Hemos encontrado al Mesías, le decía Andrés a su hermano y ahora Felipe le dirá a Natanael que han encontrado aquel de quien hablan Moisés y los profetas. Aun con la resistencia de Natanael por ser de un pueblo vecino a Nazaret, llegará a los pies de Jesús. ‘Aquí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ le dirá Jesús y se sorprenderá porque sin conocerle – eso al menos piensa – hace esa afirmación de su rectitud. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’, le replicará Jesús y surgirá una hermosa confesión de fe que a todos nos sorprende. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Mayores cosas veréis termina diciéndole Jesús.

‘Cuando estabas debajo de la higuera, te vi’, muchas son las elucubraciones y las explicaciones que hemos querido darle a estas palabras de Jesús. Yo me quedo con esa mirada de Jesús. ‘Te vi’. La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros. Muchos serán los momentos del evangelio que nos hablen de esa mirada de Jesús. Siempre, como es la mirada de Dios, será una mirada de amor. Mirada que nos ve en lo más hondo de nosotros mismos, que se hace comprensión y regala perdón, que se convierte en aliento y en estímulo para el confiar y seguir caminando, que es mano tendida que nos levanta y nos invita a reiniciar una y otra vez el camino a pesar de los tropiezos e incluso de las caídas, es silencio que derrama lágrimas a nuestro lado mezclándose con nuestras lágrimas, pero es paño de consuelo que alivia nuestras angustias y desazones. Nos sentimos mirados porque nos sentimos amados y quien así nos mira querrá siempre lo mejor para nosotros.

¿Aprenderemos a que sean así también nuestras miradas? ¿Desterraremos para siempre las miradas airadas y con resentimientos? ¿Arrancaremos de cuajo las miradas envidiosas y las que siembran la cizaña de la desconfianza? ¿Pondremos colirio en nuestros ojos para que nuestras miradas sean siempre límpidas y sepamos siempre resaltar lo bueno de los demás? ¿Purificaremos las miradas de la pasión y de la ambición para caminar siempre con un corazón henchido de amor en nuestras manos?


miércoles, 31 de enero de 2024

No son las cosas extraordinarias lo que nos tiene que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas lo que nos llevará a encontrarnos con Dios

 


No son las cosas extraordinarias lo que nos tiene que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas lo que nos llevará a encontrarnos con Dios

2 Samuel 24, 2. 9-17; Sal 31; Marcos 6, 1-6

‘¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’ Así se preguntaba la gente de Nazaret cuando le escucharon el sábado en la Sinagoga.

Hay reacciones que parecen contradictorias, pero que de alguna manera siguen la misma línea, que nos encontramos muchas veces en nuestros pueblos. Por una parte sentirse llenos de orgullo cuando ven que alguien salido de en medio de ellos destaca por alguna cosa. Está ese orgullo de pueblo, pero en el que siempre parece que ponemos un pero, una anotación que puede tener muchos significados también. Ese lo conozco yo de siempre, íbamos juntos a la escuela, jugábamos juntos… decimos por una parte, mientras inmediatamente sacamos a relucir quien es su familia y comenzamos a hacer rebajas en aquellas primeras exaltaciones llenas de orgullo.

Pero también puede aparecer inmediatamente el quitar valor a lo que ha salido de entre nosotros, porque lo que viene de fuera siempre nos parece mejor. Y lo nuestro, porque parte quizás de lo que nos parece pequeño y sencillo, como algo de todos los días, ya no le damos tanto valor. Se entremezclan muchos sentimientos con lo que al final nos cuesta aceptar lo que está a nuestro lado porque nos parece muy sencillo, muy poca cosa. Por medio pueden estar viejos resentimientos familiares, desconfianzas y celos que nos llenan de envidias el corazón.

¿Sería mucho de eso lo que estaba sucediendo aquel día en la Sinagoga de Nazaret? El evangelista Lucas, cuando nos narra esta escena, es mucho más explicito, porque nos dará incluso el texto de profeta que fue proclamado en aquella ocasión. Pero las reacciones de la gente son semejantes. Nos dirá el evangelista que allí Jesús no hizo milagros por la falta de fe. Y terminará diciéndonos que Jesús marcha por otros lugares a hacer el anuncio del Reino de Dios. Lo mismo que Jesús recomendará a sus discípulos que hagan cuando en algún lugar no los reciban, como escucharemos en otro momento del evangelio.

Todo esto que estamos comentando lo podemos ver en relación también a muchas situaciones que vivimos, a muchas posturas que nosotros tomamos en diversos momentos y en relación con los demás. Buscamos muchas veces cosas asombrosas y extraordinarias y no sabemos leer con ojos de creyente esas pequeñas cosas que nos van sucediendo cada día. Parece que lo extraordinario es lo que nos llama la atención y nos convence, pero bien sabemos que cuando aquel primer fervor y entusiasmo por esas cosas extraordinarias pronto bajaremos la guardia y volveremos a la rutina de todos los días.

Yo diría que no son las cosas extraordinarias las que nos tienen que llamar la atención, sino la manera extraordinaria de mirar las cosas pequeñas las que nos llevarán a encontrarnos con Dios y con su Palabra. Es nuestra mirada capaz de sorprendernos ante lo pequeño, ante lo ordinario del cada día, del cada momento la que nos podrá hacer descubrir las cosas verdaderamente grandes. Jesús para la gente de Nazaret no era sino el hijo del carpintero, que allí habían visto crecer desde niño, pero no supieron tener la mirada de fe, la apertura del corazón y de los ojos y oídos del alma para sentir a Dios, para descubrir a Dios, para escuchar a Dios.

Esto nos tiene que llevar a preguntarnos cómo es la mirada con que nosotros vamos caminando por la vida, con la que nosotros miramos nuestro entorno, con la que aceptamos y valoramos lo que vamos descubriendo en los demás. Seamos capaces de detenernos ante lo que nos parece humilde y pequeño, que parece que no puede despertar nuestro interés, porque ahí Dios también querrá estar diciéndonos algo, pero solo si tenemos un corazón humilde podremos sentir esa presencia y esa palabra de Dios que llega a nuestra vida.

Seguramente podremos descubrir muchas señales de Dios, seguramente podremos descubrir a esos santos de la puerta de al lago, como decía el Papa Francisco, que pueden ayudarnos a descubrir a Dios, a caminar los caminos del Señor.

sábado, 28 de mayo de 2022

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

 


Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Muchas fórmulas de mediación se utilizan en la vida en el ámbito de lo social, en el ámbito de lo político, donde sea necesario algún tipo de negociación, o incluso como medios de súplica, por así decirlo, intercesora donde pedimos o suplicamos a favor de otro. El mediador no va por sí mismo, pero sí con la autoridad que se le ha confiado para lograr un acuerdo, el embajador representa a quien le ha confiado una misión para hablar en el nombre y representación de quien le ha enviado, el que suplica a favor de otro quizás lo hace con la autoridad del prestigio que de alguna forma se ha ganado.

De Jesús solemos decir que es el Mediador y el Pontífice, porque media e intercede por nosotros y porque de alguna manera hace de puente, por darle el significado más elemental a la palabra; se ha convertido así en el gran intercesor nuestro ante el Padre en el cielo. Ya diríamos que ejercía esa función cuando nos decía que venía enviado del Padre y que no nos habla sino lo que el Padre le ha confiado. Lo hemos venido escuchando en estos últimos días en las palabras de Jesús en la Última Cena.

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá. Es bien significativo, porque la petición, la oración la vamos a hacer nosotros, pero vamos a apoyarnos en la autoridad del Hijo. Pero nos dirá más, que si eso hacemos es porque le amamos y entonces el Padre también nos ama. Ya nos había dicho que si le amábamos y guardábamos sus mandamientos el Padre nos amará, y El también nos amará, pero además el Padre y El vienen a nosotros para habitar en nosotros, para poner su tienda en nosotros.

Es por eso porqué en las fórmulas litúrgicas de la Iglesia siempre las oraciones acabarán como con esa muletilla ‘por nuestro Señor Jesucristo’. En el momento cumbre de la Eucaristía, cuando queremos completar la ofrenda que le hacemos al Padre lo haremos siempre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Queremos dar gloria a Dios y será así con esa fórmula como lo expresaremos.

Cristo es el Pontífice que hace la ofrenda, a la que nosotros nos unimos; Cristo es el Mediador que intercede por nosotros al Padre, porque esa oración que nosotros queremos hacer siempre tendrá un nuevo sentido; amamos a Cristo y con El queremos configurarnos, hacernos uno, porque en nosotros no queremos vivir otra cosa sino a Cristo. ¿Y qué significa eso? Que todo aquello que hacemos, que todo aquello que pedimos, que todo aquello que quiere ser nuestra vida lo pasamos por el tamiz de Cristo. No pediremos nada, entonces, que no tenga el sentido de Cristo; no pediremos nada que no esté impregnado del espíritu del Evangelio de Jesús.

Cuando hacemos nuestra oración no vamos simplemente a sacar el listado de aquellas cosas que queremos pedir, sino que con Cristo vamos a ir rumiando todo eso que es nuestra vida, todo eso que son también nuestros deseos o nuestras necesidades y lo vamos a mirar con la mirada de Cristo, lo vamos a pasar por el tamiz de Cristo y del evangelio. Es rumiar en nuestro interior esa presencia de Jesús en nuestra vida y así vamos confrontando nuestra vida con el sentido de Cristo, con los valores de Cristo. Es ese llenarnos de Cristo, es ese empaparnos de su Espíritu, es ese transformar nuestra vida en la vida de Cristo, o mejor, dejarnos transformar por Cristo.

Eso nos pedirá una actitud nueva de oración, una nueva humildad para dejarnos conducir, una apertura de los oídos de nuestro corazón para escuchar de verdad la voz del Señor en nuestra vida. Nos sentiremos transformados, sentiremos como algo nuevo se va apoderando de nosotros, iremos descubriendo caminos nuevos y horizontes nuevos y podrán salir de nuestros labios y de nuestro corazón muchas cosas hermosas con las que nos sentimos enriquecidos pero con las que enriquecemos a los demás.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

 


Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Hoy es habitual en la mayoría de la casas andar muy preocupados y ocupados en los preparativos para la nochevieja, para el fin de año. Es un hecho social. En el calendario cae una hoja, pero con el cambio de año no parece una hoja cualquiera. Son momentos de fiesta en la despedida del año que termina y en el recibimiento del año nuevo. Todo son buenos deseos para el año que comienza.

Pero también hay que decir que para algunos – y nos tendríamos que preguntar si no sería así para todos – es un momento de un parón, aunque sea momentáneo para mirar hacia atrás y contemplar el año que termina. Sería una cosa muy necesaria y conveniente. Me atrevo a pensar que en medio de todas esas preocupaciones y ocupaciones en que hoy estamos liados tendríamos que sacar unos momentos para hacer esa mirada.

Socialmente ha sido un año muy complejo porque la pandemia sigue y no terminamos de ver previsiones de un próximo cambio, sino que más bien parece que en estos momentos las cosas se ponen un tanto graves; la crisis social y económica que acompaña cuanto sucede sigue afectando a muchas personas y es algo que tendría que preocuparnos seriamente; en una de nuestras islas se han vivido unos especiales momentos de angustia, donde en cierto modo todos los canarios nos hemos visto afectados, con el volcán de Cumbre Vieja que asoló en parte la isla de La Palma. Así podríamos seguir pensando en muchas más cosas de este calibre que ya los medios de comunicación social en algún momento nos están recordando.

Pero creo que ese detenernos, aunque existen estas preocupaciones graves, tendría que ir en lo personal por caminos de mayor hondura. ¿Qué ha significado en mi vida personal este año que termina? ¿Qué provecho ha tenido para mi vida? Lo que he ido viviendo a través del año ¿ha contribuido a mi crecimiento personal, a mi maduración como persona? Muchas cosas tendríamos que saber analizar con detalle; cada uno conoce su vida con sus limitaciones y carencias y con el progreso personal que va realizando, y la mirada tiene que ser muy personal de cada uno a sí mismo, a su interior, y al mismo tiempo en consecuencia a todo lo que ha significado mi relación con las personas de las que me rodeo.


Es momento, sí, de hacer balances, pero no de resultados económicos sino de ese enriquecimiento como persona en el cultivo de los mejores valores. Y es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida. Vamos a decir que es tratar de descubrir cómo me ven los ojos de Jesús, los ojos de Dios. Es en Cristo donde tenemos que centrar lo más hondo de nuestra vida, pero ¿ha sido así como realmente he vivido este año?

Hoy he querido en este último día del año dejar esta reflexión, aunque nos pareciera que no es un comentario al evangelio del día. No perdamos de vista, por otra parte, que seguimos dentro de la octava de la Navidad y ese espíritu navideño tenemos que seguir viviéndolo, aunque ya para el mundo que nos rodea les pueda parecer que quedó atrás y muy lejos, aunque aún sigan los mismos adornos en nuestras casas y en nuestras calles.

Hoy precisamente en el evangelio se nos recuerda que ‘el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Es el misterio de Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Pero también se nos dice que ‘la luz brilló en la tiniebla y la tiniebla no quiso recibirla’. Cuidado le demos la espalda a esa luz preocupados como andamos por tantas cosas. Que seamos en verdad aquellos que la recibimos y que ‘a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. Es lo que somos y es lo que hemos de vivir.

jueves, 23 de diciembre de 2021

En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

 


En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Tenemos el peligro hoy de perder la capacidad de sorpresa. El ritmo de la vida o el ritmo con que todo progresa, de manera que ahora podemos contemplar cosas que ni podíamos imaginar hace muy poquitos años, puede hacernos perder esa sensibilidad, nada nos sorprende, damos casi por sentado que las cosas cambian de un momento a otro y nos iremos encontrando cosas nuevas a cada instante.

Aceptando incluso ese ritmo vertiginoso de la vida no podemos perder la capacidad de la sorpresa, porque en cosas que nos pueden parecer normales y sencillas sin embargo podemos descubrir grandes maravillas, o podemos describir cosas que nos pueden engrandecer, nos puede ayudar en nuestro camino como personas en medio del mundo, para no ser unos autómatas. Y nos sorprenden no solo las cosas que nos asustan o llenan de temor, sino que nos hemos dejar sorprender por algo sencillo que sin embargo puede llenar de alegría nuestro corazón.

El nacimiento de Juan en casa de Zacarías e Isabel allá en las montañas de Judá aunque en una cierta cercanía de Jerusalén estuvo lleno de sorpresas no solo para la propia familia, sino también para sus vecinos y los habitantes de aquel lugar. El mismo hecho del embarazo de Isabel siendo ya una mujer mayor causó admiración entre sus vecinos y ya nos dice el evangelista en su relato que la felicitaban porque Dios había obrado con misericordia con ella. Ya también era algo que no entendían por qué Zacarías se había quedado mudo desde que nueve meses antes había regresado de su servicio en el templo.

Pero las sorpresas aún con la alegría del nacimiento de un niño fueron grandes en los siguientes momentos. A la hora de la circuncisión era el momento de la imposición del nombre al recién nacido; lo normal para todos ellos era que se llamara Zacarías como su padre, pero la madre insistía en que había de llamarse Juan; no era un nombre que llevara ninguno de sus familiares pero sorprendía la insistencia de Isabel. Preguntan por señas al padre cómo había de llamarse y escribiendo en una tablilla – estaba aún mudo – señaló que había de llamarse Juan.

‘¿Qué va a ser de este niño?’, se preguntaban todos asombrados; el nombre tiene también su significado y Juan viene a significar ‘Dios ha tenido misericordia con él’, que se correspondería como dicen algunos analistas de significados como el hombre que es respuesta a esa misericordia se mantiene fiel a Dios por encima de todo. Ya los mismos vecinos habían felicitado a Isabel porque Dios había tenido misericordia con ella al concederle el don de la maternidad, algo que era muy apreciado en Israel. No ha de extrañar, pues, el nombre que se le quiere imponer. Pero las gentes se sorprenden y se admiran porque están viendo que la mano del Señor se está allí haciendo presente.

¿Seremos capaces de ver nosotros la mano de Dios que también se hace presente de mil maneras en nuestra vida? A todo hoy queremos darle explicaciones naturales y racionales, pero sigue habiendo misterio en la vida del hombre, se sigue haciendo presente el misterio de Dios en nuestra vida. Es lo que el corazón de un creyente ha de saber intuir y descubrir, es precisamente la base que nos hace creyentes. Dejémonos sorprender por Dios, incluso en aquellas cosas que nos suceden que nos puedan resultar o incomprensibles o duras. Dios nos está queriendo decir algo, Dios quiere manifestarse en nuestra vida, dejemos actuar a Dios.

¿Nos hará falta esa capacidad de sorpresa y admiración ante la cercana navidad en las circunstancias concretas en que tendremos que vivirla en este año? ¿Qué nos estará queriendo decir el Señor cuando así de esa manera se hace, se sigue haciendo Emmanuel, Dios con nosotros?

jueves, 13 de mayo de 2021

No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

 


No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

Tenemos que saber interpretar la vida. Hacer una buena lectura de la vida. Si somos reflexivos, la vida nos enseña; claro que hay que masticar muchas veces lo que la vida nos ofrece, las cosas que nos suceden, no podemos ir siempre a la carrera sin detenernos para saber mirar y para saber escuchar; en aquello que nos acontece siempre podemos encontrar un mensaje, siempre podemos encontrar un estimulo para seguir nuestro camino y siempre con actitud constructiva positiva. A veces no es fácil, pero desde nuestra interioridad podemos entresacar las enseñanzas.

Claro que el creyente le añade una visión distinta. No somos creyentes por unas afirmaciones que hagamos en un momento determinado, que también tenemos que hacerlo, sino porque añadimos a toda esa mirada reflexiva que nos hacemos de la vida el aceite y el perfume de la fe. Así podremos en aquello que ahora nos sucede la transparencia de lo que un día el Señor nos prometió o nos enseñó y todo aquello que ha sido para el creyente la historia de la salvación la va a ver plasmada en su vida y sentirá como en su vida Dios igualmente le habla.

Hoy Jesús pronuncia unas palabras en el evangelio – estamos en la cena de despedida, la última cena – que a los discípulos les cuesta comprender; les parecen poco menos que un trabalenguas aunque después que se desarrollaron todos aquellos acontecimientos de la Pascua llegarían a comprender bien el sentido de sus palabras. ‘Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver’, les dice Jesús y ellos se preguntan qué pueden significar estas palabras. Con lo que Jesús a continuación les dice terminará por afirmarles ‘en verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Como decíamos después de los acontecimientos de la pascua vinieron a comprenderlo. Desde el prendimiento de Jesús en el huerto todo fue tristeza y sensación de abandono en los discípulos. Con miedo encerrados estaban en el cenáculo aun aquel primer día de semana, y veremos a los discípulos de Emaús tristes y cariacontecidos mientras marchaban con sensación de fracaso a su pueblo. Pero ¿qué sucedió en aquel primer día de la semana? El Señor resucitado se les manifiesta y ellos se llenan de alegría. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les había dicho. Entendieron y entendemos las palabras de Jesús.

Pero eso lo leemos en nuestra historia y en nuestra vida. Cuántos momentos de oscuridad se han tenido a lo largo de la historia como fueron los momentos de las persecuciones o han sido momentos de verdadera crisis que se han sucedido muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Momentos de confusión, momentos de soledad, momentos que parecían de fracaso para los cristianos y para la Iglesia. Pero la Iglesia siempre ha salido fortalecida de esos momentos, con vitalidad siempre nueva, porque además siempre tenemos la certeza de la presencia del Espíritu del Señor con nosotros.

¿Serán distintos los tiempos que vivimos? Oscuridades de todo tipo afectan a la humanidad en estos momentos y también por qué no a la Iglesia y a nosotros los cristianos. La misma situación social en que nos encontramos son momentos de agobio, de tristeza ante tanto sufrimiento, de desconcierto pero hemos de saber encontrar una luz que nos haga mirar todo esto con una mirada nueva, con una mirada distinta.

No podemos perder la esperanza, no nos podemos hundir con lo que está sucediendo, algo tenemos que descubrir, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo. Nos puede parecer que poco menos que estamos abandonados de Dios, tan duro es lo que se está pasando. Muchos hablan incluso de castigos divinos. Pero nos cuesta entender, nos cuesta encontrar esa lectura nueva, las repuestas locas que vemos muchas veces alrededor aún nos desconciertan más.

Pero Jesús nos está diciendo que todo esto pasará y que recobraremos la alegría, que habrá una nueva alegría son sabores de plenitud. Hay momentos en que nos parece que no vemos la presencia de Dios, pero sabemos bien que ahí está. Es importante que no perdamos la esperanza. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

viernes, 23 de octubre de 2020

Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de f

 


Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de fe

Efesios 4, 1-6; Sal 23; Lucas 12, 54-59

Hoy todos somos meteorólogos (?) pero quizá no sabemos interpretar el tiempo de la vida; en los medios de comunicación se nos ofrecen las previsiones del tiempo, nos presentan las cartas de isobaras, nos muestran gráficos con las altas o las bajas presiones y sabemos, o creemos saber, si mañana va a llover o no va a llover. Yo soy ya un poco mayor y recuerdo más bien las previsiones que hacían nuestros padres o nuestros abuelos, que no tenían esas cartas de isobaras, pero según las nubes, las corrientes de aire y una serie de señales que observaban en la naturaleza eran capaces de decirnos el tiempo que iba a hacer.

En nuestras islas canarias unas señales que nos hablaban de la cercana lluvia era cuando se veía el Teide coronado de nubes, como sombrillas sobre él o en forma de bufanda arropándolo. Estos días pasados tuvimos unas imágenes espectaculares en este sentido y ya nuestros mayores o los que recordaban lo que decían nuestros mayores nos estaban anunciando por encima de lo que dijeran los meteorólogos que iba a llover, como así fue. Claro que si nos anuncian la lluvia tendríamos que prepararnos para que no nos hagan daño o se sepan aprovechar esos caudales que nos bajan de los cielos.

Interpretamos los signos o señales de la naturaleza y nos confiamos a esas interpretaciones, pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio, que empleó esta misma imagen, no sabemos interpretar los signos de los tiempos. En la historia, en los acontecimientos, en lo que sucede en nuestro hoy tenemos que saber hacer una interpretación de la vida. ¿Por qué no podemos pensar que Dios nos habla también a través de los acontecimientos? Es lo que hacían los profetas, leían su propia historia, lo que les estaba aconteciendo con ojos de fe, intentando descubrir la mirada de Dios y en ello lo que Dios quería decirles para su momento presente. No eran simplemente unos visionarios que se creían inventar el futuro, sino que en una honda reflexión sacaban conclusiones de lo que acontecía.

Somos reflexivos para algunas cosas; quizás en nuestros estudios nos hacemos nuestras elucubraciones y hasta nos vamos haciendo una filosofía de la vida desde las experiencias que hayamos vivido. ¿Por qué eso no lo podemos hacer también desde una mirada de fe? Los hechos, incluso, que nos narran los evangelios o nos narra la Biblia pueden tener una transposición también en lo que ahora nos sucede. Tenemos que aprender a mirar la vida desde ese llamémosle filtro de la fe, desde ese filtro del evangelio y tratemos con el evangelio de responder a lo que ahora nos va sucediendo, encontrarle un significado o un sentido, descubrir un camino que hemos de recorrer.

El creyente no es el que simplemente dice que cree en Dios pero lo pone como bien guardado en un armario dejándolo allá en la quietud de los cielos, sino que el creyente saber descubrir a Dios en el caminar de la historia, en nuestro caminar de cada día, descubriendo así lo que Dios quiere de nosotros, lo que ha de ser nuestra vida. Y esa mirada nueva que desde la fe se nos abre tenemos que saber llevarla a los demás, aplicarla a los aconteceres de nuestra vida, iluminar también la vida de los demás abriéndoles los ojos y el corazón a esa trascendencia que desde la fe somos capaces de descubrir.

Muchas veces en nuestros diálogos con personas cercanas a nosotros, o con personas que tienen una sensibilidad semejante a la nuestra reflexionamos sobre la situación de nuestro mundo, nos damos cuenta de la carencia de valores que hay en muchos o de la superficialidad con que viven sus vida, del materialismo que les cerca y de la falta de una espiritualidad que dé profundidad a la vida. Pero quizá nos quedamos ahí, que es lo que no debemos hacer. Esa reflexión que hacemos y que quizá con algunos compartimos sintamos que es esa fuerza de la Palabra de Dios que llega a nosotros y que nos está pidiendo que la llevemos a los demás.

No podemos cruzarnos de brazos, no podemos quedarnos en unas reflexiones muy bonitas que nos hagamos para nosotros mismos, sino que tenemos que salir al encuentro de los demás con un anuncio, con un testimonio, con una palabra que despierte esperaza y que aliente a una búsqueda de algo nuevo y superior. En todo eso nos está hablando el Señor, está poniendo señales que no podemos obviar.

Sepamos leer esas señales de Dios que nos abren caminos nuevos, que nos llevan a un impulso nuevo del anuncio del evangelio, aunque nos cueste. Son señales que nos hacen despejar caminos nuevos, como cuando vemos señales de lluvia y nos preparamos bien para no mojarnos o bien para que las aguas de lluvia aunque sean torrenciales no hagan ningún daño sino que se sepan aprovechar.

miércoles, 25 de marzo de 2020

La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos


La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
¿Habremos perdido la capacidad de asombro, de ser capaces de dejarse sorprender? Malo es acostumbrarse a todo, verlo todo como tan natural, no descubrir que hay cosas maravillosas con las que nos tenemos que dejarnos sorprender. Quizá buscamos cosas extraordinarias y grandiosas y no somos capaces de admirar algo tan pequeño y tan sencillo como una flor. Y es que quien no sabe dejarse sorprender por la belleza de una flor que quizá hasta puede pasar desapercibido en la orilla del camino, no será capaz de admirar las cosas grandes.
Hoy es un día para dejarse sorprender. Aparentemente no hay algo más normal que una mujer quede embarazada y espere un hijo en sus entrañas. Es algo maravilloso el misterio de la vida que así se desarrolla y crece en el seno de una mujer. Pero lo que hoy contemplamos además es que va lleno de misterio de tal manera que nos manifiesta la grandeza y maravilla de Dios y de su amor por nosotros.
Una sencilla muchachita en una pequeña aldea, aunque luego la llamemos ciudad, una pequeña aldea de la que nunca se había hablado ni en ella se había desarrollado ningún acontecimiento importante en la historia del pueblo, que recibe la visita de un ángel que le anuncia que va a ser la Madre de Dios. Sí, es el misterio de la vida engendrada en el seno de aquella mujer, pero que nos descubre la maravilla de Dios que quiere tomar nuestra carne para hacerse hombre y nacer entre nosotros. Cuidado que nos hemos acostumbrado a hablar de Anunciación o de Encarnación y no nos dejemos sorprender por el misterio de Dios que ahí se hace presente.
Ya conocemos el relato que nos hace san Lucas que tantas veces habremos leído y escuchado, tantas veces hemos meditado. Pero dejémonos sorprender por cuanto allí se nos relata. Algo nuevo e inesperado va a suceder y de lo que se trata ahora es descubrir lo que Dios quiere transmitir. Sorprendida María por la visita del ángel, todo en ella es oído abierto para escuchar lo que el ángel tiene que decirle.
Y es que desde los primeros renglones de ese relato ya se nos habla de asombro y de sorpresa. Es el asombro de María, es la sorpresa de María al recibir la visita del ángel. La contemplamos anonada balbuceando sus palabras que tímidamente expresan lo que siente y sorprendida por cuanto en ella va a suceder. Pone sus objeciones y dificultades pero el ángel la va convenciendo porque le hace ver la presencia de Dios, lo que es la voluntad de Dios y ella está siempre para hacer su voluntad.
Escuchando al ángel y dejándose llevar y llenar por el misterio al final le parece fácil o al menos en ella está la disponibilidad de un corazón puro y generoso. Si para Dios nada es imposible y hasta su prima allá en la montaña va a ser madre, ¿qué es lo que puede decir María, qué objeciones más podrá poner? Ella está disponible para Dios y parece que se siente fortalecida en su generosidad con la presencia del ángel.  Aquí está la que está disponible para Dios, aquí está la que es la servidora de Dios, aquí está la humilde esclava del Señor. Que se cumpla, que se realice, que se haga su voluntad, que sea en ella tal como le anuncia la Palabra que viene de Dios en la boca del ángel.
Un nuevo camino lleno de misterio, del misterio inescrutable de Dios, se abre ante María. Sorprendida se encuentra ante todo lo que se le revelado y manifestado. Ha sido el impulso generoso de corazón joven lo que le ha llevado a dar el Sí, pero ahora se encuentra sola ante ese misterio que en ella comienza a realizar y que no va a ser precisamente un camino de rosas. O camino de rosas si en la belleza de sus pétalos, pero también de espinas que siempre acompañarán a la fragancia y belleza de la flor. No hay rosa sin espinas. Y ese va a ser el camino de María.
Ahora en cierto modo parece que sentía arropada por la presencia del ángel, pero cuando todo ese misterio se le ha revelado y cuando ha brotado el sí generoso de su corazón el ángel la dejó, que nos dice el evangelista. No volverá a aparecer la fortaleza de Gabriel para acompañarla en su camino, sino que ha de ser un camino que ha de hacer María manteniéndose en la confianza que tiene en Dios. Ni estará el ángel en el duro camino hasta Belén, ni en el destierro de Egipto, ni en tantos y tantos otros momentos en que la duda y la angustia dolorosa podrán aparecer en el alma de María.
No estará el ángel cuando tenga que buscarle hasta hallarle en el templo, ni cuando Jesús abandone Nazaret para ir a anunciar el Reino de Dios. Soledades de María, pero soledades vividas en un corazón lleno de amor, de fe y de generosidad. Será la soledad de la calle de la amargura, donde no vendrá ningún ángel del cielo para limpiarle su sudor de sangre en el dolor de su corazón, ni al pie de la cruz donde estará sola acompañada por aquel pequeño resto de los que aun creen y esperan en Jesús.
Pero María en todo momento seguirá con los ojos del alma abiertos ante la sorpresa de cuanto Dios le va pidiendo pero con el corazón lleno de fe y de confianza porque nunca decaerá en la generosidad de su amor. La sorpresa de Dios que no era solo para Maria sino que era y es la sorpresa de Dios para nosotros a quienes quiere manifestarse y a quienes nos quiere señalar caminos que también con generosidad nosotros hemos de recorrer.
¿En qué podemos pensar? ¿Qué tenemos que aprender a descubrir? Todo el misterio que hoy celebramos es el misterio del Dios que se encarna y se hace hombre y camina entre nosotros los hombres. Es lo que tenemos que aprender a descubrir en los propios acontecimientos que se van sucediendo en el hoy de nuestra vida que en cierto modo nos sorprenden y hasta nos asustan porque no vislumbramos hasta donde vamos a llegar.
Pero ¿por qué, aunque se nos haga difícil, no vemos el rostro de Dios de todo eso que nos sucede? No es un rostro severo y de castigo, como algunos quizá quieran interpretar, sino que es la mirada de Dios que nos hace mirar a nosotros con mirada nueva y ver como entre todas esas espinas de sufrimiento va surgiendo, va brotando la fragancia de solidaridad, de amor, de cercanía y nueva preocupación de los unos por los otros, de parón en nuestras carreras para descubrir las cosas que son verdaderamente importantes, esas cosas que nos parecían invisibles pero con un corazón nuevo se están haciendo visibles y palpables en tantos hombres y mujeres a nuestro lado.
Intentemos tener una mirada nueva hacia cuanto nos sucede; abramos los oídos y dejémonos sorprender por la voz de Dios que nos habla a través de esos acontecimientos y demos respuesta generosa a su llamada siendo capaces de ponernos en camino aunque nos parezca que vamos solos, pero sabemos muy bien que Dios está con nosotros.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.

viernes, 25 de octubre de 2019

Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos



Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos

Romanos 7,18-25ª; Sal 118; Lucas 12,54-59
Es necesario en la vida tener gran lucidez para ir sabiendo hacer una lectura de la misma vida que vamos viviendo, de los acontecimientos que nos envuelven, tener los ojos abiertos para saber leer e interpretar lo que vemos alrededor y de ahí saber sacar conclusiones que nos ayuden en la vida.
Eso nos dará nuevas perspectivas de la vida misma para tener también una visión de futuro vislumbrando los caminos que se pueden ir abriendo ante nosotros. Eso es salirnos de la superficialidad de simplemente ir viviendo el día a día sin mayores preocupaciones a lo que salga, pero que nos hará perdernos muchas posibilidades para nosotros mismos o para la misma sociedad en la que vivimos; necesitamos darle profundidad a la vida desde esa honda reflexión que nos podamos ir haciendo.
Es lo que tendrán que ir haciendo aquellos líderes de la sociedad que han de preocuparse de abrir caminos, pero también de afrontar los problemas que se pueden ver venir; cuánto nos quejamos cuando los políticos no tienen esa visión de futuro, o tratan de ocultarla desde sus partidistas intereses, y nos llevan por derroteros que nos pueden hundir en profundas crisis.
Pero no solo es el político o el dirigente de la sociedad, sino que todos, cada uno en su parcela, hemos de saber dar esa profundidad haciendo esa necesaria lectura de cuanto nos sucede. Diríamos que eso es un punto importante a nuestro favor en ese camino de madurez que hemos de ir recorriendo y nos viene a indicar la profundidad que le queremos dar a la vida.
Hemos venido hablando todo esto desde ese aspecto humano de la vida, en que cada uno hemos de ir creciendo y madurando más y más pero también hemos de referirlo a todo lo que atañe a nuestra madurez cristiana. Es lo que también llamamos tener la mirada de la fe porque también esos acontecimientos de la vida Dios se nos manifiesta y nos habla; es la lectura que hemos de hacer de cuanto nos rodea desde nuestros valores cristianos, desde todo lo que informa nuestra vida desde la fe. Es la mirada creyente de la vida para saber descubrir a Dios y escucharle como nos habla allá en lo hondo del corazón. Es ese rumiar cuanto nos sucede confrontándolo con lo que nos dice el Evangelio para descubrir lo bueno, pero también para sembrar esa semilla de los valores cristianos en ese mundo en el que vivimos.
Quizás en otros momentos de la historia los creyentes en cada momento nos han dejado su impronta, su espiritualidad expresada quizá en el arte que si ha ido variando su expresión con los tiempos sin embargo en cada momento nos dejaron señales de su fe y espiritualidad en esas distintas expresiones artísticas. No es de menor importancia que en unos momentos nos dejaran un estilo de catedrales determinados según la época pero que expresaban quizá esa manera de entender su relación con Dios y expresaban su propia espiritualidad. Que no solo ha sido a través del arte sino que ha sido toda una cultura, todo un humanismo fundamento de las relaciones entre gentes, pueblos y naciones.
Nosotros, de nuestra época, ¿cuál es la huella que vamos a dejar para el futuro? ¿Un mundo de indiferencia, de atonía religiosa, de pérdida de los valores cristianos quizás? Tendría que hacernos pensar a los cristianos.
Hoy Jesús en el evangelio echa en cara a las gentes de su época que no supieron leer los signos de los tiempos, no supieron muchos leer aquellos acontecimientos de su historia, o de cuanto rodeaba a Jesús y no supieron entonces reconocerle. Como les dice saben más cuando va a llover o hacer calor o viento por las señales de las nubes, y no saben leer lo que está delante de sus ojos para reconocer en verdad quién era Jesús. Lo decía Jesús en general para todos los que le escuchaban, para aquellos dirigentes del pueblo de Israel, e incluso para sus mismos discípulos más cercanos, que ni siquiera en su entrega en la cruz supieron reconocerle, sino más bien se echaron para atrás y se escondieron.
¿Nos estará sucediendo algo así a nosotros? No nos damos cuenta del momento presente y lo importante que dejemos huella de nuestro sentido cristiano en nuestra sociedad. ¿Cuál es la semilla que vamos sembrando hoy en el campo de la vida, en el campo de nuestra sociedad?

sábado, 29 de diciembre de 2018

Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor


Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Hay sabidurías que no siempre se aprenden en libros. Extiéndanme bien que por supuesto en lo que otros nos trasmiten a través de lo escrito nos están trasmitiendo de su saber y de su sabiduría. Pero hay cosas que aprendemos de otra manera, cuando en la vida sabemos tener una mirada honda sobre lo que nos va sucediendo; la vida misma y cuanto nos sucede es un hermoso libro que tenemos en nosotros mismos cuando rumiamos, repensamos una y otra vez cuanto nos sucede.
Así solemos hablar de la sabiduría de los mayores, porque la experiencia reflexionada de los años va dejando ese poso de sabiduría, no ya solo en su mente sino en su corazón, que luego quizás nos trasmitirán, sí, con una palabra, un gesto, o es su vida misma. Encontraremos esa reflexión, ese comentario acertado que tanto nos puede ayudar si sabemos escucharlo allá en lo hondo del corazón. Cuántas personas encontramos así en nuestro entorno.
Y cuando esta vida la vamos viviendo desde la fe sabemos muy bien que el Espíritu divino, el Espíritu de Sabiduría va actuando en nuestro interior, y así en esa nueva sabiduría de la vida va descubriendo el sentido de Dios y también lo que el Señor nos va señalando para nuestro camino. Es ya una mirada de fe que nos llena de la sabiduría de Dios.
Hoy en el texto del evangelio nos encontramos a unas personas llenas de esa sabiduría de Dios, llenas del Espíritu del Señor, que en sus palabras y en sus gestos reflejaran esa sabiduría que llevan en su corazón. Fue en el episodio de la presentación de Jesús, como primogénito, en el templo al Señor y la purificación de María, como prescribía la ley de Moisés. Cuando llegan María y José con el Niño para hacer las ofrendas rituales les sale al paso el anciano Simeón.
Allí está aquel anciano lleno de la Sabiduría del Espíritu para descubrir en aquel niño entre tantos que quizá en aquel momento fueran también presentado al Señor, al Salvador anunciado por los profetas y esperado con ansia por el pueblo de Israel. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’, y canta bendiciones para Dios. Estaba lleno de la Sabiduría de Dios; aquello que por sus años podíamos descubrir en él, pero que había crecido y crecido en su interior por su fe y su esperanza puesta en el Señor.
Desearíamos nosotros ver con nuestros ojos, como lo vio el anciano Simeón o como Jesús les decía a los discípulos que eran dichosos porque podían ver lo que tanto ansiaron los patriarcas y profetas y no pudieron ver. Quizá nosotros podamos sentir la nostalgia de no haber estado en aquel momento en el templo o haber sido testigos de tantos hechos de la vida de Jesús.
Pero nosotros sí podemos ver; abramos los ojos de la fe que nos llena de la sabiduría de Dios y podemos descubrir cómo El también se nos manifiesta a nosotros. Abramos lo ojos de la vida para ver con distintos ojos, con distinta mirada a los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado, para ver con una mirada distinta cuando nos sucede o sucede en nuestro entorno y podremos tener esa sabiduría del Espíritu para descubrir cuantas cosas el Señor nos revela y manifiesta y como se  nos manifiesta también a nosotros hablándonos al corazón.
Por allí estaba también aquella piadosa anciana, Ana, que también canta la alabanza del Señor por lo que sus ojos pudieron ver al mismo tiempo que habla y comunica a cuantos quieran escucharla los anuncios de la misericordia del Señor que se hace presente, Emmanuel, entre ellos.
Que aprendamos a tener esa mirada de Dios, a llenarnos de su Espíritu, a tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir en cuanto  nos suceda o en cuantos están a nuestro alrededor. Aprendamos a tener esa sabiduría de Dios a dejarnos infundir por el Espíritu del Señor.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones



Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Ojalá todos tuviéramos la clarividencia suficiente para saber hacer una buena lectura de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o que acaecen en nuestro entorno. Admiramos a esas personas que saben discernir claramente y con objetividad cuanto sucede. Suelen ser personas reflexivas que saben rumiar lo que ven o lo que escuchan, personas en las que encontramos una profundidad y madurez elogiables en sus pensamientos, en su decirnos las cosas y que nos ayudan a que podamos comprender el por qué de cuanto sucede y de alguna manera nos están previniendo ante lo que pueda suceder para ayudarnos a estar preparados para que seamos capaces de actuar con madurez.
Ojalá fuéramos todos así, pero ojalá al menos no nos falten a nuestro lado esas personas que nos puedan ayudar a abrir nuestros ojos, a darle un contenido profundo a nuestra vida y a que aprendamos a actuar siempre con rectitud y madurez.
Desde una lectura creyente de la vida y de cuanto nos sucede o podemos contemplar esas personas podemos decir que están llenos del Espíritu divino, están empapados de la sabiduría de Dios. Esa fue la misión de los profetas. Algunas veces nos quedamos con la idea que el profeta es el que es capaz de predecir el futuro, pero profeta es mucho más que eso. Es el que sabe tener la mirada de Dios, es la persona que se ha dejado inundar por el Espíritu divino sabiendo, pues, tener en su vida esos ojos de Dios para mirar y para comprender la vida y cuanto nos sucede.
Así los profetas antiguos leían la historia que estaban viviendo con esos ojos y sabiduría de Dios para saber interpretar en esos acontecimientos el querer de Dios, la rectitud con que habían de vivir sus vidas, los caminos por los que habían de transcurrir los pasos que en la historia había de dar el pueblo de Dios en su fidelidad a la Alianza con el Señor. Desde esa mirada llena de Dios les hacían anuncios de lo que habían de ser esos tiempos nuevos por los que habían de luchar en su fidelidad a los caminos que el Señor trazaba para sus vidas.
El episodio que nos narra la primera lectura de hoy se nos habla de aquellos a los que Moisés infundió ese espíritu de Dios, pero no era para que fueran profetas simplemente anunciadores de futuro, sino para que fueran esos hombres llenos del Espíritu ayudaran a Moisés en el gobierno, por así decirlo, del pueblo que peregrinaba por el desierto y al que Moisés por si solo no podía atender en sus reclamaciones de justicia.
Iban a ser esos hombres llenos de rectitud y justicia, en quienes se había infundido el Espíritu que ayudarían al pueblo a vivir en esa rectitud y justicia. ‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, le dice Moisés a Josué cuando viene a decirle que dos que no estaban en el grupo cuando ritualmente Moisés les había infundido el Espíritu, sin embargo andaban profetizando por el campamento.
Es el sentido también del episodio del evangelio cuando Juan viene diciéndole a Jesús que en sus andanzas se habían encontrado a algunos que sin ser del grupo de los discípulos sin embargo andaban expulsando los demonios en el nombre de Jesús y ellos se lo habían querido impedir. ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, había dicho Moisés. Pero sus palabras sí podemos decir que son proféticas. Con Jesús eso es posible, a partir de Jesús esto se hace realidad en nuestra vida. El cristiano es el que está lleno del Espíritu del Señor. Como un don se nos ha dado en el Bautismo y sobre todo en el sacramento de la confirmación. ‘Por esta señal recibe el don del Espíritu Santo’, no dijo el Obispo al imponernos sus manos y ungirnos con el crisma santo. Desde esa unción del Espíritu todo cristiano se ha convertido también en profeta en medio del pueblo de Dios. Somos un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes.
Es nuestra identidad, es nuestra misión, es el ser de nuestra vida. Si al principio hablamos de cómo admiramos a esas personas que saben tener esa mirada especial con el que saben descubrir el sentido de las cosas, el valor de lo que vivimos y con clarividencia saben encontrar esos caminos de rectitud y justicia para nuestras vidas, tendríamos que decir que en eso habríamos todos de resplandecer. Es la espiritualidad de la que tendría que estar impregnado todo cristiano, es ese sentido de la fe con que hemos de vivir nuestra vida, es esa nueva mirada que hemos de saber tener sobre las cosas y cuanto sucede para descubrir el sentido de Dios, ese nuevo sentido con que hemos de vivir cada cosas y cada momento.
De esas personas que saben tener ese sentido decimos que son espirituales, porque miran con los ojos del Espíritu, saben mirar desde el corazón y saben descubrir la cara más hermosa de las cosas y de la vida. Tendríamos que ser todos así de espirituales, hombres del Espíritu, personas llenas de Dios. Es un don de Dios que como semilla está sembrada en nuestro corazón, pero que hemos de saber cultivar. No basta solo echar la semilla en la tierra, sino que hemos de realizar todas las tareas del cultivo para poder obtener el mejor fruto.
Es lo que muchas veces nos falta a nosotros los cristianos, que no siempre somos los hombres reflexivos y de oración que tendríamos que hacer, no siempre saber rumiar en nuestro interior cuanto a nosotros llegar para sacar lo mejor de cuanto recibimos, como lo mejor de nosotros mismos. En nosotros tiene que haber esa clarividencia, en nosotros ha de haber esa mirada nueva, en nosotros tiene que haber esa profundidad de vida, en nosotros ha de resplandecer esa espiritualidad que nace de Cristo que habita en nuestros corazones.