Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta si de Dios encarnaciòn. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta si de Dios encarnaciòn. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de marzo de 2023

Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

 


Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-1; Lucas 1, 26-38

Era la esperanza de la humanidad desde su génesis. Una esperanza mantenida a través de la historia. Una historia que había sido de pecado pero que era en la esperanza al mismo tiempo historia de salvación. La salvación estaba anunciada desde el principio, desde el primer pecado con el que la humanidad rompió con Dios. Pero Dios no rompió con la humanidad; a pesar de su infidelidad Dios había salido a pasear por el jardín en búsqueda del hombre, y aunque ese jardín se volvió escarioso Dios siguió saliendo en búsqueda del hombre, en búsqueda de la humanidad. Por eso es historia no solo de pecado, sino que de parte de Dios es historia de esperanza, es historia de salvación.

Llegamos al momento cumbre. Llega la hora de la salvación. Lo prometido por Dios es deuda de amor de Dios por el hombre. Y Dios sigue amándonos, sigue buscándonos, sigue ofreciéndonos su amor, nos regala a su Hijo. Es la hora en que el Hijo de Dios se hace carne, se hace hombre como nosotros para levantarnos, para elevarnos, para hacernos disfrutar de ese amor de Dios que nunca había fallado, aunque la respuesta del hombre seguía siendo tantas veces de infidelidad, como su prefiriera la muerte a la vida. Y para eso y por eso Dios se hace hombre, para que llegáramos a terminar de comprender lo que es el amor y comenzáramos ya definitivamente un camino de vida.

Dios envía su ángel a Nazaret, porque es que Dios quiere contar con la humanidad. Ha escogido a una mujer, una virgen humilde y sencilla, una mujer que representa lo mejor de la humanidad, una mujer a la que ya anticipadamente en virtud de los méritos del que había de venir, ha liberado de pecado y de muerte, la ha inundado de amor y de gracia. Será la llena de gracia del Señor, porque Dios en ella se complace. Pero Dios quiere contar con su consentimiento.

El Señor está contigo, le dice el ángel. Has encontrado gracia ante Dios y vas a ser madre y el hijo que nacerá de tus entrañas será el Hijo de Dios. Es mucho lo que el ángel le está comunicando y María rumia en su interior aquellos anuncios, aquellas palabras que la sobrepasan. Se llamará el Hijo del Altísimo, el que va a nacer será llamado el Hijo de Dios.

Y allí está el Espíritu Santo actuando en el corazón de aquella pequeña mujer que se ve sobrepasada en su humildad cuando siente que Dios quiere hacer obras grandes en su pequeñez. No sabe qué responder, pero ella ha estado siempre disponible para Dios, porque hacer su voluntad ha sido siempre el lema de su vida. ¿Qué puede responder entonces? Que allí está la esclava del Señor, que se haga, que se cumpla esa Palabra de Dios en ella, y en ella se encarnó el Verbo de Dios para plantar su tienda entre nosotros.

Es el Sí de María que hace entrar a la humanidad en otra nueva etapa de su historia. Es la hora, es la plenitud de los tiempos en la que Dios envió a su Hijo nacido de una mujer, para que fuera nuestra salvación. Se cumplen las esperanzas. Se realiza todo lo que estaba anunciado. Es la virgen que concebirá y dará a luz un hijo que será Emmanuel, que será Dios con nosotros. La historia de la salvación llega a su plenitud, porque de ahora en adelante ha de ser la hora de la gracia, la hora del regalo de Dios.

Es lo que en este día que pasa desapercibido para muchos sin embargo estamos celebrando. Es momento de adoración, es momento de postrarnos ante Dios, es momento de sentir la admiración y el agradecimiento por ese misterio de Dios que se nos revela, por ese misterio de Dios que se hace presente en nosotros. Lo llamamos el día de la Encarnación. Es el momento eje de la historia. Se ha realizado el encuentro definitivo de Dios con el hombre, del hombre con Dios.


jueves, 25 de marzo de 2021

Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

 


Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hoy es un día que pasa desapercibido para la mayoría de los cristianos y sin embargo es de gran importancia y podríamos decir que fundamental en nuestra fe cristiana. Hoy es el día de la Encarnación de Dios en las entrañas virginales de María para hacerse hombre y ser así nuestro Salvador. El momento en que el Hijo de Dios se hace hijo del hombre, en que sin dejar de ser Dios, el Hijo de Dios desde toda la eternidad, se hace verdaderamente hombre tomando nuestra naturaleza carnal.

‘Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros’, nos dice el evangelio de san Juan, como tantas veces hemos confesado en el credo de nuestra fe. Y por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen y se hizo hombre, como confesamos en el credo. Un momento inolvidable, un momento grandioso, un momento en que se manifiesta todo el misterio de Dios para nuestra salvación.

He contado muchas veces la experiencia y no me importa repetirla, que fue lo que viví en el lugar donde se realizó este misterio de Dios en el seno de María. Me refiero a Nazaret, como nos ha contado hoy el evangelio de Lucas y en el lugar concreto de la Basílica de la Anunciación estando enfrente del lugar que llaman la casita de la Virgen en unas ruinas que sobresalen de la roca en el ábside de la Basílica magníficamente conservadas. Fue en mi segunda visita a Israel; estaba con el grupo en silencio rumiando el pasaje del evangelio y era algo que me repetía y repetía una y otra vez por lo bajo pero para que le sirviera de meditación a los que allí estábamos. Aquí, aquí se realizó el misterio de la Encarnación, aquí Dios se hizo hombre encarnándose en las entrañas de María y no podía dejar de repetir esa palabra, aquí, fue aquí.

Lo recuerdo y aunque han pasado ya muchos años es algo que sigo sintiendo muy hondo dentro de mí y con gran emoción. El silencio en el que solo se escuchaban las pisadas de otros peregrinos en otro lugar de la basílica era penetrante y a todos creo que nos llenaba de la presencia de Dios.

Creo que hoy es un día para hacer silencio y escuchar ese susurro de Dios contemplando su misterio de amor. Es un día para tomar de nuevo ese evangelio en nuestras manos y más allá de las palabras de la Virgen podamos quizá sentir algo de la emoción de llenarse de Dios que María pudo haber sentido en aquel instante. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra… Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios… Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin…’

Contemplemos y escuchemos en silencio. Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios. Contemplamos y nos lo repetimos en el corazón una y otra vez. Contemplamos y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón; un sí como el de María para dejar que a nosotros nos alcance también ese misterio de Dios; un sí como el de María para llenarnos de la presencia de Dios que cuando quiere hacerse como nosotros quiere estar con nosotros, quiere asentarse en nuestro corazón. Contemplamos y nos abrimos al misterio de Dios.

miércoles, 25 de marzo de 2020

La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos


La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
¿Habremos perdido la capacidad de asombro, de ser capaces de dejarse sorprender? Malo es acostumbrarse a todo, verlo todo como tan natural, no descubrir que hay cosas maravillosas con las que nos tenemos que dejarnos sorprender. Quizá buscamos cosas extraordinarias y grandiosas y no somos capaces de admirar algo tan pequeño y tan sencillo como una flor. Y es que quien no sabe dejarse sorprender por la belleza de una flor que quizá hasta puede pasar desapercibido en la orilla del camino, no será capaz de admirar las cosas grandes.
Hoy es un día para dejarse sorprender. Aparentemente no hay algo más normal que una mujer quede embarazada y espere un hijo en sus entrañas. Es algo maravilloso el misterio de la vida que así se desarrolla y crece en el seno de una mujer. Pero lo que hoy contemplamos además es que va lleno de misterio de tal manera que nos manifiesta la grandeza y maravilla de Dios y de su amor por nosotros.
Una sencilla muchachita en una pequeña aldea, aunque luego la llamemos ciudad, una pequeña aldea de la que nunca se había hablado ni en ella se había desarrollado ningún acontecimiento importante en la historia del pueblo, que recibe la visita de un ángel que le anuncia que va a ser la Madre de Dios. Sí, es el misterio de la vida engendrada en el seno de aquella mujer, pero que nos descubre la maravilla de Dios que quiere tomar nuestra carne para hacerse hombre y nacer entre nosotros. Cuidado que nos hemos acostumbrado a hablar de Anunciación o de Encarnación y no nos dejemos sorprender por el misterio de Dios que ahí se hace presente.
Ya conocemos el relato que nos hace san Lucas que tantas veces habremos leído y escuchado, tantas veces hemos meditado. Pero dejémonos sorprender por cuanto allí se nos relata. Algo nuevo e inesperado va a suceder y de lo que se trata ahora es descubrir lo que Dios quiere transmitir. Sorprendida María por la visita del ángel, todo en ella es oído abierto para escuchar lo que el ángel tiene que decirle.
Y es que desde los primeros renglones de ese relato ya se nos habla de asombro y de sorpresa. Es el asombro de María, es la sorpresa de María al recibir la visita del ángel. La contemplamos anonada balbuceando sus palabras que tímidamente expresan lo que siente y sorprendida por cuanto en ella va a suceder. Pone sus objeciones y dificultades pero el ángel la va convenciendo porque le hace ver la presencia de Dios, lo que es la voluntad de Dios y ella está siempre para hacer su voluntad.
Escuchando al ángel y dejándose llevar y llenar por el misterio al final le parece fácil o al menos en ella está la disponibilidad de un corazón puro y generoso. Si para Dios nada es imposible y hasta su prima allá en la montaña va a ser madre, ¿qué es lo que puede decir María, qué objeciones más podrá poner? Ella está disponible para Dios y parece que se siente fortalecida en su generosidad con la presencia del ángel.  Aquí está la que está disponible para Dios, aquí está la que es la servidora de Dios, aquí está la humilde esclava del Señor. Que se cumpla, que se realice, que se haga su voluntad, que sea en ella tal como le anuncia la Palabra que viene de Dios en la boca del ángel.
Un nuevo camino lleno de misterio, del misterio inescrutable de Dios, se abre ante María. Sorprendida se encuentra ante todo lo que se le revelado y manifestado. Ha sido el impulso generoso de corazón joven lo que le ha llevado a dar el Sí, pero ahora se encuentra sola ante ese misterio que en ella comienza a realizar y que no va a ser precisamente un camino de rosas. O camino de rosas si en la belleza de sus pétalos, pero también de espinas que siempre acompañarán a la fragancia y belleza de la flor. No hay rosa sin espinas. Y ese va a ser el camino de María.
Ahora en cierto modo parece que sentía arropada por la presencia del ángel, pero cuando todo ese misterio se le ha revelado y cuando ha brotado el sí generoso de su corazón el ángel la dejó, que nos dice el evangelista. No volverá a aparecer la fortaleza de Gabriel para acompañarla en su camino, sino que ha de ser un camino que ha de hacer María manteniéndose en la confianza que tiene en Dios. Ni estará el ángel en el duro camino hasta Belén, ni en el destierro de Egipto, ni en tantos y tantos otros momentos en que la duda y la angustia dolorosa podrán aparecer en el alma de María.
No estará el ángel cuando tenga que buscarle hasta hallarle en el templo, ni cuando Jesús abandone Nazaret para ir a anunciar el Reino de Dios. Soledades de María, pero soledades vividas en un corazón lleno de amor, de fe y de generosidad. Será la soledad de la calle de la amargura, donde no vendrá ningún ángel del cielo para limpiarle su sudor de sangre en el dolor de su corazón, ni al pie de la cruz donde estará sola acompañada por aquel pequeño resto de los que aun creen y esperan en Jesús.
Pero María en todo momento seguirá con los ojos del alma abiertos ante la sorpresa de cuanto Dios le va pidiendo pero con el corazón lleno de fe y de confianza porque nunca decaerá en la generosidad de su amor. La sorpresa de Dios que no era solo para Maria sino que era y es la sorpresa de Dios para nosotros a quienes quiere manifestarse y a quienes nos quiere señalar caminos que también con generosidad nosotros hemos de recorrer.
¿En qué podemos pensar? ¿Qué tenemos que aprender a descubrir? Todo el misterio que hoy celebramos es el misterio del Dios que se encarna y se hace hombre y camina entre nosotros los hombres. Es lo que tenemos que aprender a descubrir en los propios acontecimientos que se van sucediendo en el hoy de nuestra vida que en cierto modo nos sorprenden y hasta nos asustan porque no vislumbramos hasta donde vamos a llegar.
Pero ¿por qué, aunque se nos haga difícil, no vemos el rostro de Dios de todo eso que nos sucede? No es un rostro severo y de castigo, como algunos quizá quieran interpretar, sino que es la mirada de Dios que nos hace mirar a nosotros con mirada nueva y ver como entre todas esas espinas de sufrimiento va surgiendo, va brotando la fragancia de solidaridad, de amor, de cercanía y nueva preocupación de los unos por los otros, de parón en nuestras carreras para descubrir las cosas que son verdaderamente importantes, esas cosas que nos parecían invisibles pero con un corazón nuevo se están haciendo visibles y palpables en tantos hombres y mujeres a nuestro lado.
Intentemos tener una mirada nueva hacia cuanto nos sucede; abramos los oídos y dejémonos sorprender por la voz de Dios que nos habla a través de esos acontecimientos y demos respuesta generosa a su llamada siendo capaces de ponernos en camino aunque nos parezca que vamos solos, pero sabemos muy bien que Dios está con nosotros.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Recapitulemos el año que termina y descubramos dónde y como hemos visto la gloria del Señor y cómo nosotros hemos sido reflejo de la gloria del Señor para los demás


Recapitulemos el año que termina y descubramos dónde y como hemos visto la gloria del Señor y cómo nosotros hemos sido reflejo de la gloria del Señor para los demás

1Juan 2,18-21; Sal 95; Juan 1,1-18

‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así se nos dice hoy en el principio del evangelio de san Juan que se nos ofrece en este día en este texto que podemos considerar central en todo el evangelio. Podemos decir, es el evangelio, es la buena nueva que se  nos anuncia, la gran noticia de nuestra salvación.
‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’. Con esta manera de hablar tan llena de imágenes bien significativas se nos está desvelando todo el misterio de nuestra salvación. La Palabra que era Dios y estaba junto a Dios, nos había dicho, esa Palabra, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios que ha tomado nuestra carne, que planta su tienda, su vida entre nosotros. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se ha encarnado en el seno de María, que le hemos visto nacer en Belén – como seguimos celebrándolo estos días – que le contemplamos hombre como nosotros caminando a nuestro lado, viviendo nuestra vida, para que nosotros lleguemos a vivir su vida, a vivir en El.
‘Y hemos contemplado su gloria...’ Los resplandores del cielo se hicieron presentes en Belén para hacer el anuncio a los pastores. ‘Gloria a Dios en el cielo’ cantaban los ángeles. Pero esa gloria de Dios que les envolvió a todos con su resplandor iluminó con una vida nueva a los hombres. ‘Paz a los hombres…’ siguieron cantando los ángeles. Y es que con Jesús llegaba la paz, llegaba y se manifestaba la gloria del Señor.
Le veremos también resplandeciente de gloria en el Tabor, pero estaremos contemplando la gloria del Señor en sus obras, en su vida, cuando nos estaba manifestando el amor de Dios que tanto nos amó que nos hizo partícipes de su gloria, que nos iba derramando su amor y su misericordia; ‘pasó haciendo el bien’, diría un día Pedro tratando de definir la vida y la persona de Jesús. En su amor se iba manifestando la gloria del Señor.
Nosotros seguimos celebrándolo. No se acaba la Navidad. Seguimos en su octava y lo celebramos con la misma intensidad. Pero cada día ha de ser navidad, porque cada día hemos de saber apreciar esa presencia de Dios entre nosotros. Cada día hemos de hacer navidad, porque cada día con nuestro amor, con nuestras obras, con nuestra vida tenemos que manifestar ante el mundo cuánto es el amor que Dios nos tiene.
Tenemos que ser signos de su amor. Tenemos que ser signos de su gloria. Que los hombres puedan ver la gloria del Señor. Y esto está en nuestras manos, eso depende de nosotros, de nuestra vida, de nuestras obras, de nuestro testimonio. Es nuestra tarea, es nuestro compromiso, ha de ser el sentido y valor de nuestra vida.
Cuando estamos dando por terminado el año tenemos que hacer como una recapitulación de lo que ha sido nuestra vida; recordar en cuantas cosas hemos visto a lo largo de este año la gloria del Señor. ¿Serán nuestras celebraciones? ¿Será lo que hemos escuchado y descubierto en la Palabra de Dios que ha sido nuestro vademécum cada día? ¿Será en lo que Dios nos ha manifestado a través de los acontecimientos? ¿Será en el amor que nosotros hemos vivido, hemos recibido de los demás y hemos sido capaces de ofrecer?
¿Podremos decir de verdad que hemos visto la gloria del Señor?

lunes, 9 de abril de 2018

No terminamos de meditar lo suficiente el misterio del amor de Dios que se encarna y se hace hombre en el seno de María para hacernos hijos de Dios



No terminamos de meditar lo suficiente el misterio del amor de Dios que se encarna y se hace hombre en el seno de María para hacernos hijos de Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lc. 1, 26-38

Hoy es una fiesta que aparentemente está fuera de su lugar en el tiempo por razones de la importancia de la liturgia. Hoy estamos celebrando lo que teníamos que haber celebrado el 25 de Marzo pero que al ser Domingo de Ramos este año la liturgia no lo permitió. Pero al ser esta una fiesta o solemnidad de especial importancia no podía dejar de celebrarse y se ha trasladado a este primer día libre después de la octava de Pascua. Nos está indicando la importancia que la celebración de la Pascua tiene en la vida de la Iglesia, ha de tener en la vida del cristiano, pero también lo importante que es esta fiesta.
Hoy estamos celebrando el misterio de la Encarnación de Dios en el seno de María. Dios se hizo hombre, se encarnó en el seno de María. Si importante es el día de su nacimiento y con gran alegría lo celebramos en la Navidad, nueve meses antes – la duración de un embarazo – la liturgia de la Iglesia nos está invitando a ese primer instante en el que el Hijo de Dios se encarna en el seno de María para hacer hecho hombre por nuestra salvación.
‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra’, le dice el ángel a María. Y con el Si de María – ‘Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tú dices’ – se realiza el milagro de la Encarnación. Maravillas de Dios que se realizan en María. Es la manifestación de la gloria del Señor. El Emmanuel comienza a estar entre nosotros. Es la Virgen que concebirá y dará a luz un hijo que será el Emmanuel, Dios con nosotros, como anunciaba el profeta.
Siempre recordaré – y lo repetiré muchas veces en mi vida – el gozo que pude experimentar un día al estar en aquel lugar de Nazaret donde se realizó este misterio de la Encarnación. Allí estaba enfrente de la casita de María en el templo de la Anunciación de Nazaret y recordaré siempre la emoción de aquel momento por tener la dicha de estar en el lugar donde el ángel vino a María, donde María respondió con su Si a la voluntad de Dios, y donde se realizó el misterio de la Encarnación. Aquí se realizó la Encarnación de Dios para hacerse hombre, recuerdo que repetía una y otra vez. Un silencio grande y lleno de emoción se hizo en todo el grupo que estábamos allí escuchando el relato evangélico que allí mismo se había realizado. De una forma misteriosa y maravillosa a la vez nos sentíamos inundados de la presencia del Señor.
Creo que no terminamos de meditar lo suficiente este misterio del amor de Dios. Hemos leído quizá tantas veces este relato evangélico que casi nos lo pasamos por algo porque nos parece que es algo que ya sabemos. Creo que tendríamos que detenernos con espíritu de verdadera adoración para vislumbrar en la medida en que seamos capaces y Dios nos lo conceda toda esa maravilla de Dios, toda la grandeza de su amor, toda la humildad de quien se anonadó tomando nuestra condición humana y hacerse hombre como nosotros pero para darnos vida, para que nos llenáramos de Dios.
El toma nuestra naturaleza humana y al mismo tiempo nos está elevando a nosotros porque quiere hacernos participes de su vida divina, cuando nosotros nos quiere también hijos de Dios. No terminamos de dar gracias lo suficiente a Dios por tanto amor.

lunes, 4 de abril de 2016

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

El veinticinco de marzo la Iglesia celebra una solemnidad muy especial. Es la fiesta grande de la Encarnación de Dios. El misterio admirable de Dios que se hace hombre en el seno de Maria. Pero este año de 2016 no pudimos celebrar esta solemnidad en su propio día porque coincidió con la celebración del Viernes Santo. Por eso la liturgia traslada esta solemnidad precisamente a este día, lunes de la segunda semana de pascua. ¿Por qué a este día, podría preguntarse alguien, y no al lunes siguiente al día de pascua? Por la sencilla razón de que la semana de pascua es una solemnidad especial, la octava de pascua que ayer concluíamos, en la que se prolonga la fiesta grande de la resurrección del Señor durante los ocho días que siguen.
Hoy, pues, celebramos este admirable misterio de la Encarnación. Por eso escuchamos en el evangelio una vez más – cuántas a través del año en su liturgia – del anuncio del ángel a Maria en Nazaret del nacimiento del Hijo de Dios encarnado en sus entrañas. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.
El hijo de María va a ser el Hijo de Dios. ‘Se llamará el Hijo del Altísimo’, le dice el ángel. No es fruto del amor humano, es una concepción misteriosa, porque es obra de Dios, obra que solo Dios puede realizar. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’.
Es el Emmanuel anunciado por el profeta, Dios con nosotros. Es el misterio de Dios ante el que nos postramos. Es el misterio de Dios que con toda humildad reconocemos. Es el misterio de Dios que se nos revela para manifestarnos la grandeza del amor de Dios. Así nos ama Dios que quiere tomar nuestra naturaleza humana, hacerse hombre como nosotros porque por nosotros se entrega, para a nosotros darnos vida.
Creo que solamente podemos decir ‘Sí’, como María, porque nuestras palabras se quedan cortas, nuestra lengua se queda muda y sin palabras, nuestra mente se queda obnubilado ante tanto misterio, nuestro corazón se siente sobrecogido ante tanto amor.
Muchos no lo entenderán porque quieren emplear sus raciocinios humanos para comprenderlo. Muchos lo considerarán como una locura o una insensatez. Pero nosotros confesamos nuestra fe, nosotros reconocemos el amor de Dios, nosotros nos sentimos agradecidos y alabamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida. Como María decimos: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra’. Como el Hijo de Dios al entrar en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Y como nos dice el evangelio de san Juan: ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.

miércoles, 25 de marzo de 2015

La Encarnación es el momento del Sí, de buscar y hacer lo que es la voluntad de Dios


La Encarnación es el momento del Sí, de buscar y hacer lo que es la voluntad de Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
¿Habremos caído en la cuenta los cristianos de la importancia y trascendencia de este día que hoy celebramos? Aunque en la liturgia de la Iglesia se celebra con la categoría de solemnidad, que es la máxima, sin embargo para la mayoría del pueblo cristiano pasa totalmente desapercibida. Celebramos, por ejemplo con grandes solemnidades y fiestas el día del Nacimiento del Señor, la Navidad, pero tendríamos que reconocer que la presencia de Dios que se hace hombre no se realizó aquel día, sino hoy, nueve meses antes, porque es el momento de la Encarnación, del comienzo de la presencia del Emmanuel, del Dios con nosotros, como había anunciado el profeta, en el seno de María.
Leía el comentario que hacia alguien al cuadro de la Anunciación de Fra Angélico en el que se ve al ángel de la anunciación con una actitud reverente de adoración ante María después del anuncio celestial. Se preguntaba el comentarista por qué y ante quien esa actitud reverente y nos decía que más que ante María era ante el Misterio de Dios que ya María llevaba en sus entrañas. María solamente era el sagrario de Dios, porque ya Dios desde el mismo instante del Sí de María estaba habitando en su seno, se había encarnado en su seno.
Hermosa consideración que nos hacemos en este día de la Anunciación o si queremos de la Encarnación de Dios en el seno de María. Dios encarnado que comienza a habitar ya entre nosotros. Nuestra actitud de fe y de adoración ante el misterio de la presencia de Dios.
Aparte de ello creo que podríamos sacar una lección más para nuestra vida. Al contemplar y meditar este evangelio entre otras muchas cosas admiramos la disponibilidad y la generosidad del corazón de María que se pone totalmente en las manos de Dios. ¿Se le está manifestando lo que es la voluntad de Dios y cómo Dios quiere contar con ella para ese misterio de salvación para nosotros? Y María dice Sí, ‘aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra’, como le responde al ángel.
Pero hay otro Sí detrás de todo eso. No es solo el sí de María sino que está el Sí del Hijo de Dios a la voluntad del Padre. Como nos ha dicho la carta a los Hebreos ‘cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Como diría más tarde en el evangelio ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’. Ahora nos dice: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y en Getsemaní dirá, como meditaremos próximamente en la semana de pasión: ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’, para terminar diciendo en la cruz ‘en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es el momento del Sí, de buscar y hacer lo que es la voluntad de Dios. Algunas veces no entendemos, nos cuesta, se nos hace difícil y duro, pero en las manos del Señor hemos de saber ponernos, para hacer esa ofrenda de nuestra vida. No son sacrificios, ofrendas de cosas, holocaustos ni víctimas expiatorias, es el Sí que ha de nacer desde lo más hondo del corazón, es la ofrenda de nuestra vida. Cuando hacemos una ofrenda arrancamos algo de nosotros mismos, de nuestro yo, para entregarlo al Señor. ¿A qué tendremos que renunciar? ¿Qué nos pide el Señor? Ese arrancar nos dolerá, nos costará, pero sobre todo hemos de buscar lo que es la voluntad del Señor y que todo, toda mi vida sea siempre para la gloria del Señor.
¿Qué nos estará pidiendo el Señor en el día de su Encarnación?

lunes, 26 de marzo de 2012

Encarnado en el seno de María para hacerse hombre por salvar a los hombres


Is. 7, 10-14; Sal. 39; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 26-38
‘Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres…’
Había llegado el tiempo de la plenitud; las promesas hechas a través de los tiempos por los profetas iban a cumplirse plenamente; la esperanza de todos los pueblos se iba a ver colmada de manera insospechada. Llega la salvación. Es la plenitud de los tiempos.
Desde las primeras páginas de la Biblia estaba anunciado; en los albores de la creación tras la desobediencia de Adán y el pecado del hombre estaba hecho el anuncio del Salvador que iba a venir porque el linaje de la mujer iba a aplastar la cabeza de la serpiente maligna. Dios se haría presente entre los hombres de modo admirable para volvernos a su amor y a su amistad.
A través de toda la historia de la salvación Dios se iba haciendo presente entre los hombres. No todos llegarían a ver y sentir la presencia de Dios y muchas veces los hombres le darían la espalda, pero el amor de Dios mantenía su promesa de salvación y quería hacerse presente entre los hombres. Recordamos de manera especial el anuncio del profeta Isaías que anunciaba que una virgen daría a luz un hijo que sería Emmanuel, Dios con nosotros. El profeta le insistía a aquel rey que no quería ver la señal de la presencia de Dios a su lado y por eso anunciaría ese signo maravilloso que tendría su pleno cumplimiento en María y en el Hijo de la Virgen María que sería en verdad para siempre Emmanuel, Dios con nosotros.
Hemos escuchado hoy en el evangelio el anuncio del ángel y la fe de María. Llega la plenitud de los tiempos, llega el Emmanuel, llega la salvación. Dios quiso contar con el concurso de María, la Virgen fiel, la Virgen que diría Sí a Dios para que se realizase tan admirable misterio que hoy estamos celebrando. Hoy escuchamos el anuncio del ángel y celebramos el Misterio de la Encarnación de Dios en el seno de María.
Nosotros queremos decir sí también, el Sí de nuestra fe y el Sí agradecido de nuestro amor. Cuánto nos ama el Señor; qué generoso es Dios en su amor para con nosotros. Quiere ser Dios con nosotros para siempre. Se encarna en el seno de María y se hace hombre para ser nuestro Redentor y Salvador. Y de María aprendemos a decir Sí, Amén. Queremos acoger a Dios; queremos hacernos partícipes de su Redención, queremos sentir en nosotros toda la gracia de la salvación que nos perdona y nos llena de nueva vida. Le damos el Sí de nuestra fe.
Se nos unen en cierto modo por la cercanía de las fechas que nos ofrece la liturgia esta fiesta del Misterio de la Encarnación de Dios con el Misterio de la Redención de Cristo que pronto vamos a celebrar en la Pascua. Es todo el misterio de Cristo que es la manifestación de todo el Misterio del amor de Dios. Y decimos misterio de amor, porque en nuestra cabeza humana no nos cabe tanto amor como Dios nos está manifestando. No  nos cabe en la cabeza que Dios así nos busque y hasta nos entregue a su Hijo que va a morir por nosotros para llenarnos de su gracia y de su vida, para ofrecernos su perdón.
Nosotros, los hombres, somos mezquinos en nuestro amor y siempre buscamos disculpas para poner límites. Pero el amor de Dios es infinitamente generoso. Dios es un misterio de amor, porque aun cuando hemos sido nosotros los hombres los que hemos roto nuestra amistad con Dios a causa de nuestro pecado, Dios sigue buscándonos, llamándonos, haciéndose presente junto a nosotros, queriendo ser Emmanuel para levantarnos de nuestra miseria y llevarnos a estar con El.
Le pedíamos en la oración que nos concediera a quienes confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a El en su naturaleza divina. Ahí está la maravilla. Dios ha querido tomar nuestra naturaleza humana para hacerse hombre como nosotros, pero para levantarnos y hacernos semejantes a El, hacernos partícipes de su naturaleza divina. ¿No tenemos que hacer en consecuencia la ofrenda de nuestra fe y la acción de gracias de nuestro amor agradecido?
Cuando Dios ha querido acercarse de esa manera a nosotros y levantarnos a esa nueva dignidad que nos concede de ser hijos de Dios vivamos en consecuencia conforme a esa dignidad con una vida santa. Necesariamente tenemos que ser santos. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’, hemos de decir también.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El ‘si’ de Dios al hombre en la Encarnación

Is. 7, 10-14
Sal. 39
Hebreos 10, 5-10
Lc. 1, 26-38





Me atrevo a llamar, y no por querer ser original, la fiesta que celebramos en este día la fiesta del ‘si’.
Primero y lo más importante es el ‘si’ de Dios al hombre, al que ama y al que ofrece su salvación. ‘Si’ del amor de Dios que se nos revela y manifiesta en Jesús y que es correspondido por el ‘si’ de la humanidad, cuyo primer ejemplo tenemos en María, la que se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor.
Vayamos por partes para ordenar mejor nuestra reflexión. El ‘si’ más importante y más grandioso es el de Dios. Dios sigue amando al hombre a pesar de nuestra infidelidad y pecado. Dios quiere seguir contando con el hombre y le ofrece la salvación, un Salvador. De tal manera es este ‘si’ de Dios que nos envía a su Hijo para que se encarne y se haga hombre para así llenarnos de su salvación, con ese amor total de Dios con nosotros.
‘Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo’, le dijo a Acaz. ‘No, no la pido, respondió Acaz, no quiero tentar al Señor’. Pero el profeta de parte de Dios le anuncia que la señal se dará y será una señal salvadora. ‘Escucha, casa de David… pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)’. Es el ‘si’ de Dios que quiere acercarse al hombre y nos está anunciando al Salvador.
Y ahí contemplamos el ‘si’ de Jesús: el ‘si’ de Jesús, Dios verdadero; el ‘si’ de Jesús verdadero hombre. ‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; pero me has preparado un cuerpo… entonces yo dije… Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad… y conforme a su voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre’.
Al ‘si’ de Dios se corresponde el ‘si’ del hombre. El primer 'si' enlo humano fue el de María y que es como modelo y ejemplo de todo nuestro ‘si’. Lo hemos escuchado en el evangelio. ‘Fiat… hágase en mí según tu palabra…’
‘Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió su mensaje a la tierra y la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo encarnado en su seno por obra del Espíritu Santo iba a hacerse hombre por salvar a los hombres’.
Así diremos en el prefacio.
Es el misterio de la Encarnación de Dios que hoy celebramos. Hemos escuchado el anuncio del ángel a María en el Evangelio y en ese momento del ‘si’ de María Dios se encarnó en sus entrañas. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Admirable misterio el que hoy celebramos.
Un misterio de amor de Dios, que reconocemos, que adoramos. Un misterio de amor de Dios que nos impulsa a la alabanza y a la acción de gracias. Un misterio de amor de Dios que nos está invitando a dar también nuestro ‘si’.
Como María nos postramos ante la voluntad de Dios. Como María abrimos nuestro corazón a Dios para dejar que su amor actúe en nosotros, nos llene y nos inunde. Como María plantamos la Palabra de Dios en nuestra vida y nuestro corazón.
‘Concédenos en tu bondad que cuantos confesamos a nuestro Redentor como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a El en su naturaleza divina’. Así rezamos y pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta.
El ‘si’ que damos como respuesta al plan de Dios sobre nuestra vida nos eleva y engrandece, nos hace semejantes a Dios, porque nos hace partícipes de su vida divina. Por ese ‘si’ de nuestra respuesta en el Hijo nos hacemos hijos. Con ese ‘si’ de nuestra respuesta emprendemos un camino de gracia y santidad al que estamos llamados.
Que María nos alcanza esa gracia de aprender a decir ‘si’, a no reservarnos más para nosotros sino estar siempre disponibles para Dios como lo estuvo María.