Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta ofrenda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ofrenda. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de febrero de 2026

El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 


El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 Malaquías 3,1-41; Salmo 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando… el mensajero de la alianza… mirad que está llegado, dice el Señor del universo’. Así nos hablaba el profeta. ‘¿Quien resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?’. Pero el salmo íbamos encontrando respuesta. ‘¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el rey de la gloria’.

Nos llenamos de solemnidad porque el momento es importante. Es importante lo que  hoy estamos celebrando que es algo más que el cumplimiento ritual de una ofrenda, en la que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Efectivamente para aquel cumplimiento ritual de la ley de Moisés aquel matrimonio joven cruzó los umbrales del templo con un niño en brazos. Podría parecer uno de tantos entre otras familias que venían también para ese ofrecimiento ritual.

Y así nos lo va narrando el evangelista, la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Pero allí había un anciano lleno del Espíritu del Señor que aguardaba ese momento. Había recibido un oráculo del Señor de que no vería la muerte sin haber contemplado sus ojos al Salvador esperado. Por eso, sin ser sacerdote encargado de recibir aquellas ofrendas se adelanta tomando al niño en sus brazos para sorpresa de todos y prorrumpe en un cántico de alabanza al Señor. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por el profeta aunque pareciera que el momento no tenía la solemnidad de los anunciado por el profeta y cantado por los salmos.

Allí está aquel anciano que guiado por el Espíritu del Señor viene todos los días al templo para prorrumpir en ese cántico de alabanza al Señor. Es la entrada del mensajero de la nueva alianza; tienen que abrirse y agrandarse los umbrales y los dinteles de las puertas porque allí, en aquel niño, está ‘el Señor de la gloria, es el Señor, Dios del Universo, es el Rey de la gloria’. Los hombres tendemos a poner toda la solemnidad y hasta pomposidad de nuestros gestos y de nuestros ritos, pero la manera de actuar de Dios es de otra manera. Había querido nacer pobre, tan pobre que ni en la posada había sitio para su nacimiento, teniendo que refugiarse María y José en un establo y ser recostado entre las pajas de un pesebre todo un Dios que nacía haciéndose hombre. Ahora esa entrada que tendría que ser triunfal en el templo pasa casi desapercibida en la presencia de un niño en brazos de sus padres que por pobres harán la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Pero el Anciano Simeón está cantando la gloria del Señor y siendo profeta que recibía a Dios en su templo pero que anunciaba el signo de contradicción que significaba para ser nuestro Salvador. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

El Salvador que ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel. Es el momento solemne que hoy nosotros celebramos en la entrada de Jesús en el templo. Pero algo nuevo y distinto va a suceder porque desde ahora el verdadero templo de Dios es Jesús, en quien Dios se nos manifiesta, y por quien nos viene la salvación. Pero va a comenzar a haber un nuevo templo en la medida en que aceptamos por la fe en Jesús y nos unimos a El, para con El ser también sacerdotes, profetas y reyes.

Vamos nosotros a ser ungidos también por el Espíritu del Señor para convertirnos en templos de Dios. Así tenemos que ser esa señal de Dios en medio de los que nos rodean, en signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo. Si un día veremos a Jesús purificando aquel templo de Jerusalén que en lugar de casa de oración parecía más una cueva de ladrones, es la purificación con que hemos de vivir nuestra vida, la santidad que ha de brillar en nuestra vida para que demos esas señales de Dios en medio del mundo.

El anciano Simeón nos está enseñando a descubrir esas señales de Dios en lo pequeño y en lo sencillo, como supo encontrar al Mesías de Dios en aquel niño hijo de aquellos humildes padres. ¿Sabremos serlo nosotros para los demás?

Detrás de toda esta escena que contemplamos en el evangelio vemos la figura de María que parece pasar desaperciba aunque el anciano profetiza también el lugar de María, a quien una espada atravesará su alma porque así la veremos siempre a la sombra de Jesús y finalmente a la sombra de la cruz en el Calvario. Es la madre del Sacerdote  a quien se une para ella también hacer su ofrenda, pero va a ser también la misionera que vendrá a caminar a nuestro lado para ayudarnos a ir al encuentro de Jesús.

Nosotros los canarios en este día tenemos un lugar especial para María, porque la contemplamos y la celebramos como quien nos señala el camino de la luz. En un brazo su imagen porta a Jesús pero en su otra mano porta una luz para ser señal en el camino que nos conduzca hasta Jesús, para enseñarnos como no solo hemos de dejarnos iluminar por esa luz de Jesús sino que tenemos que ser señales de luz en nuestra vida para que todos vayan al encuentro de Jesús. Por eso la llamamos Candelaria, la portadora de la candela, de la luz, y de alguna manera todos tenemos que ser ‘Candelaria’, como María, portadores de la luz de Jesús para nuestro mundo.

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

 


Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

Daniel 1, 1-6. 8-20; Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Perdona es que no tengo monedas sueltas en el bolsillo, otra vez será, decimos mientras hacemos el amago de estar rebuscando en el fondo del bolsillo y no encontramos nada. Quizás sea la respuesta que más de una vez hemos dado al muchacho que nos ayudó a llevar el carro de la compra a nuestro coche. Pero quizás no hemos mirado las cosas superfluas que llevamos en nuestro carro de compra, pero como fue pagado con VISA sí teníamos dinero.

Esto puede reflejar mucho de nuestro sentido de vida. No se trata ya solamente de lo mezquinos que somos en ocasiones cuando se trata de dar – pensemos también en lo que rebuscamos en nuestros bolsillos cuando en la iglesia nos pasan la bandeja de las ofrendas – sino que puede significar la mezquindad con que andamos también en muchos aspectos de la vida.

Puede significarnos los mezquinos que andamos a la hora de compartir con las personas que nos rodean, y no se trata ya del compartir cosas materiales en las necesidades que puedan pasar las personas de nuestro entorno sino en las reservas que nos ponemos en la hora de la amistad. Tenemos nuestras líneas rojas para saber a quien aceptamos y a quien queremos tener lejos de nosotros; son las desconfianzas y la falta de sinceridad en nuestras relaciones; las barreras que vamos poniendo o los abismos que creamos porque no nos caen bien, porque un día tuvimos un tropiezo, porque… porque… porque y ya sabemos como somos en nuestras mutuas relaciones.

Una mezquindad en no querernos dar, abrir nuestro corazón, saber caminar juntos, ser comprensivos con los demás, no juzgar ni condenar, pero que puede ser señal también de la superficialidad con que vivimos muchas veces solo desde la apariencia; queremos aparecer como buenos, pero dentro de nosotros no hemos borrado aun la malicia para sospechar siempre de los demás.

Cuando hay vacío dentro de nosotros porque no hemos buscado lo que da verdadera profundidad a la vida, ponemos una mascarilla por fuera para disimular y para aparentar. Necesitamos vientos que nos hagan caer esas mascarillas, para que a nosotros mismos nos descubramos cuál es nuestra realidad; decimos que somos buenos porque un día encontramos esa calderilla, pero ni a nosotros mismos nos conocemos.

Nos da mucho que pensar este episodio que parece sencillo e insignificante que nos narra hoy el evangelista. Están a la entrada del templo, aquel espacioso y amplio templo de Jerusalén con muchos pórticos en los que se arremolinaba la gente a la hora de las ofrendas, o escuchaban a los maestros de la ley que enseñaban al pueblo tras la proclamación de la Ley y los Profetas, como era tradicional. Por otros momentos del evangelio conocemos el bullicio que allí se forma con los que venían de distintos lugares a aquel lugar que tenía que ser casa de oración y de encuentro con Dios.

Jesús está observando a los que van entrando. Con mucha solemnidad y aspaviento aquellos que se consideraban los poderosos dejaban caer de manera sonora sus monedas en el arca de las ofrendas. Muchos también silenciosamente dejaban su ofrenda grande o pequeña porque era también una forma de pagar sus diezmos y primicias como estaba regulado en la ley de Moisés. Las ofrendas eran también una muestra del corazón agradecido a Dios de quien todo habían recibido. No es un regalo sino una respuesta, no es una imposición sino una forma de decir gracias. ¿Lo habremos pensado así nosotros de nuestras ofrendas?

Pero Jesús se fija en algo especial porque parece que solo El se ha dado cuenta de la ofrenda de aquella pobre viuda. Y Jesús comentará que aquella mujer aunque solo ha puesto unos cuartos, la moneda más pequeña, ha dado sin embargo mucho más que los habían hecho ofrendas cuantiosas. Como dice Jesús aquella mujer ha dado todo lo que tenía, mientras los otros daban de lo que les sobraba.

Es todo un interrogante para nuestra conciencia, es preguntarnos donde está la generosidad de nuestro corazón, es analizar la profundidad que le damos a nuestra vida y a lo que hacemos, es la manifestación de un corazón agradecido que quiere así cantar la alabanza del Señor. ¿Seremos también mezquinos en eso?

jueves, 12 de junio de 2025

Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

 


Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

Isaías 6, 1-4.8; Salmo 22;  Juan 17, 1-2.9. 14-26

¿Hay algún voluntario que se ofrezca? Quizás habremos escuchado en más de una ocasión quedándonos a la expectativa de quien se va a presentar, quedándonos nosotros con la pregunta por dentro para ver si seríamos capaces de ofrecernos voluntariamente; quizás entre aquellos entre los que se lanza la pregunta ya quien tiene la misión, vamos a decirlo así, de formar ese grupo se ha ido insinuando a algunos en quienes ve esas cualidades necesarias para desarrollar esa misión que se les va a confiar; no se sentirán obligados, si son voluntarios, pero de alguna manera se sienten en cierto modo elegidos como preferentes para que se ofrezcan voluntariamente.

Estoy planteando algo que quizás les parezca demasiado imaginario, pero estoy realmente pensando en lo que fue haciendo Jesús con aquel grupo, en especial los doce a los que llamaría de manera especial que con su presencia y su palabra era una invitación a seguirle, no sólo como discípulos que aceptaran su camino y quisieran vivir esos valores del reino de Dios que iba proponiendo, sino de manera especial a aquellos que quería tener más cerca de sí porque a ellos en especial les confiaba la continuidad del anuncio del Reino de Dios por el mundo, aunque fuera tarea de todos los que creyeran en Él.

Es un camino de entrega en que Jesús va por delante. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, había dicho en su entrada en el mundo como se nos menciona en la carta a los Hebreos. Era quien iba a ofrecerse por nosotros para hacer de su vida ese sacrificio acepto a Dios y en el que nos invitaba también a nosotros a participar. Hoy estamos celebrando a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como nos recuerda la liturgia de este día. Su muerte en la cruz no era simplemente un destino o una condenación que recibiera de aquellos que no querían aceptarle y seguirle. Él se entregaba libremente, libremente había subido a Jerusalén cuando entendía muy bien lo que significaba aquella pascua para El. Así se lo había ido anunciando a sus discípulos.

Su voz resuena fuerte cuando en la angustia de Getsemaní, sabiendo que comenzaba su pasión, pedía al Padre que pasara de Él aquel cáliz, pero que allí estaba Él sin embargo en esa disposición de que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, que tanto nos cuesta a nosotros tantas veces pronunciar. Aquel cáliz de su sacrificio está sobre el Altar y Él hará su ofrenda de amor como Sacerdote, como Víctima y al mismo tiempo como Altar.

Pero Jesús quiere hacernos partícipes de su sacerdocio en esa ofrenda que tenemos que saber hacer de nuestra vida a la manera de Jesús. Cuando hemos sido ungidos y consagrados en nuestro Bautismo ha sido para hacernos a nosotros con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes. Lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es un verdadero y auténtico sacerdocio. Cada cristiano está haciendo ofrenda de su vida al Señor. Lo expresamos en el padrenuestro cuando queremos santificar siempre con nuestra vida el nombre santo de Dios queriendo que se realice en nosotros el Reino de Dios porque siempre y por encima de todo queremos hacer su voluntad. Qué rápido rezamos tantas veces el padrenuestro sin saborear todo lo que queremos expresar con esas palabras que nos enseñó Jesús.

Estaremos respondiendo así a esa invitación, como reflexionábamos al principio, de hacernos voluntarios por el Reino de Dios. Dios no nos obliga a aceptar su oferta de amor; Él nos ofrece su amor y nosotros respondemos sabiendo todo lo que implica decir que seguimos a Jesús, que somos cristianos. Por ese camino del servicio y del amor ha de transcurrir nuestra vida. Y con ello estamos haciendo esa ofrenda a Dios cada uno desde nuestro lugar, cada uno en la situación de su vida, cada uno con sus valores y cualidades, cada uno en las responsabilidades que va asumiendo en su vida, allí donde estemos.

Pero la petición de voluntarios siempre queda en el aire porque algunos serán llamados para ejercer ese sacerdocio como un ministerio especial. Entre todos, como vemos en el evangelio, Jesús escogió a algunos para que estuvieran más cerca de Él porque a ellos les iba a confiar una misión especial, un servicio especial, un ministerio dentro de la comunidad para lograr construir ese Reino de Dios. Son los llamados al sacerdocio ministerial, como diáconos, como presbíteros, como pastores en medio de la Iglesia en el nombre de Cristo, Buen Pastor.

Hoy en el texto del evangelio que ya hemos meditado en otras ocasiones recientemente Jesús dice que ruega de manera especial por aquellos discípulos más cercanos que tendrán que vivir una misión especial. En medio del mundo están pero no son del mundo, no han de hacer las cosas de la manera como las hace el mundo. Tienen una misión y un testimonio que no es fácil, pero Jesús que cuenta siempre con nuestra libertad también nos acompaña de manera especial en ese camino de su sacerdocio, signos de Cristo Sacerdote en medio de la comunidad.

Hace pensar todo esto a quienes han recibido ese ministerio, esa llamada especial, pero ha de hacer pensar también a toda la comunidad, valorando el ministerio de sus sacerdotes, que son tan humanos y pecadores como todos, pero que tienen esa misión especial. Hoy es un momento muy especial de oración de la Iglesia por sus Sacerdotes, para que sean en verdad imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 


miércoles, 15 de mayo de 2024

Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 


Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Seguramente habremos escuchado más de una vez de parte de una persona que nos tenía en gran aprecio que nos decía, ‘yo rezo por ti’. Cualesquiera que fuera la circunstancia por la que estuviéramos pasando o el momento en que nos dijeran tal cosa, seguramente sentimos una hermosa emoción interior, al ser consciente de que alguien pensara en ti y te tuviera presente en su oración delante del Señor. Es un gozo grande el que sentimos en nosotros, una gratitud espontánea se desprende del alma, nos sentimos unidos de una manera especial con personas así y seguramente será un impulso espiritual grande el que sentimos dentro de nosotros, sea cuales fuera, como decíamos, la situación o el estado de nuestro animo en esos momentos. Y si además sentíamos que se avecinaban momentos difíciles más profundo sería la esperanza que se despertaba dentro de nosotros y grande sería la fuerza espiritual que sentiríamos.

Es lo que contemplamos y escuchamos en estos textos del evangelio de Juan que se nos van a proclamar en estos días. Fue al final de la cena pascual, después de todas las emociones vividas, después de las palabras de recomendación y despedida de Jesús, tras los anuncios que se habían ido haciendo que barruntaban momentos difíciles. Y Jesús les dice que ora por ellos al Padre, es más, le contemplamos y escuchamos en esa oración que Jesús dirige al Padre.

La llamamos oración sacerdotal, porque era de alguna manera el momento en que el Pontífice estaba haciendo su ofrenda en el comienzo y consumación del sacrificio; comenzará ahora está oración que se prolongará a través de toda la pasión y entrega que se va a desarrollar y culminará con aquel ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

En esa oración ofrenda no podían estar ausentes aquellos que con El habían estado y cuya misión de El habían de recibir. Es consciente Jesús del momento supremo y solemne que van a vivir, pero es consciente también de lo difícil de aquel momento. La cruz y la pasión siempre asustan y aunque pongamos todo nuestro amor lágrimas no nos faltarán. Es inmensa la tarea que han de realizar y es importante la unidad que han de manifestar. No va a ser fácil.

El mismo Jesús querrá que pase de él aquel dolor y aquella pasión aunque llegará el momento de la obediencia filial y final donde todo lo deja en las manos del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, como enseñándonos a decir nosotros aquello que ya nos había enseñado para nuestra oración, ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’.

Podemos tener la tentación de la huida y del escondernos, como incluso les pasaría a aquellos discípulos más fieles. Tantas veces en la vida frente a las dificultades con que tenemos que enfrentarnos queremos escondernos, queremos irnos a otra parte, pensamos que en otro lugar lo tendríamos mejor; nos sucede en muchas circunstancias de la vida.

Pero tenemos que saber cuál es nuestro momento y cual el lugar que hemos de ocupar en ese momento; aunque sea duro y doloroso, aunque nos parezca difícil superarlo. Pero con nosotros está la oración de Jesús que estamos escuchando y contemplando. Y con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, porque Dios está con nosotros. Seamos también signo para los demás.

Y a pesar de todos los pesares queremos seguir adelante, asumimos en nuestras manos y en nuestro corazón la tarea que se nos va a confiar. Queremos caminar al paso de Jesús. Y de Jesús aprenderemos también a rezar por los demás.


viernes, 2 de febrero de 2024

Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

 


Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy en la vida todo lo queremos racionalizar, buscamos explicaciones desde la ciencia y desde la técnica a cuanto sucede, materializamos la vida como si solo fuera el producto de unos elementos químicos que, por decirlo de alguna manera, engendran así la existencia de la vida de manera que tenemos la pretensión de querer ser los creadores de la materia y de la vida misma; por eso hemos ido desterrando todo lo que suene a espiritual y en consecuencia queremos eliminar a Dios de nuestra existencia.

No digo que no tengamos que progresar en el conocimiento científico de las cosas y del mundo, porque es desarrollo de una inteligencia que hay en nosotros y que precisamente nos eleva de ese materialismo en el que podamos caer. El lugar de Dios en el origen de la vida no lo podemos negar porque solo en El encontraremos el sentido que vaya a dar plenitud a nuestra existencia. Desgraciadamente vamos eliminando esos elementos religiosos de nuestra vida que nos hacen reconocer esa presencia de Dios en nuestra existencia y si algunos elementos se tratan de conservar se hace muchas veces como un costumbrismo que nos pueda recordar otros tiempos y que se nos pueden quedar solamente como una expresión o fiesta folclórica. Es lo que nos pretenden imponer muchas instancias de nuestra sociedad de hoy. No podemos estar de acuerdo ni dejarnos engullir por esos planteamientos.

La fiesta litúrgica que celebramos en este día 2 de febrero se hunde en ese sentimiento hondo del creyente que reconoce la vida como un don de Dios y al que tenemos que darle gracias por ese don que de El recibimos. Litúrgicamente este día, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, nos recuerda la presentación y consagración a Dios de todo primogénito varón. Era ese reconocimiento del don de Dios en la vida engendrada en una familia y era la ofrenda de esa primicia para el Señor. Y es lo que ritualmente José y María están queriendo realizar en el templo al hacer la presentación de su hijo primogénito al Señor. Era una resonancia también de aquella ofrenda de diezmos y primicias de todas las cosas que todo creyente tenía que realizar para el Señor.

Aquel gesto que parecía que se podía quedar en lo ritual de la ofrenda sin embargo en aquel momento en el templo de Jerusalén se convirtió en gesto profético de algo más grande que venía a anunciar la llegada de la salvación y el cumplimiento de las promesas con que a través de los siglos los profetas habían mantenido la fe y la esperanza del pueblo de Israel.

Es la intervención de aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que manteniendo encendida la esperanza en su corazón supieron descubrir en aquel niño al esperado Mesías del Señor. Nos dice el evangelio que cada día aquellos ancianos acudían al templo manteniendo esa esperanza. Simeón sentía en su corazón la inspiración del Señor para saber que un día sus ojos habrían de ver al esperado Salvador tantas veces anunciado por los profetas. Y es lo que descubren sus ojos creyentes en aquella pareja que aquel día estaba haciendo la ofrenda de su primogénito a Dios.

No era una ofrenda cualquiera la que en aquellos momentos se estaba realizando. ‘Aquí estoy, oh, Dios para hacer tu voluntad’ era la ofrenda de aquel niño que un día diría que su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo y que, aunque el cáliz fuera duro de beber y pedía verse liberado de ese cáliz sin embargo por encima siempre estaría la voluntad del Padre y que finalmente culminaría la ofrenda de su vida cuando desde la Cruz pondría su espíritu en las manos del Padre.

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’. Fue el cántico de acción de gracias que en aquel momento el anciano Simeón cantaba desde su corazón a Dios. ‘Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción… para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Es el anuncio profético de la misión de aquel niño que iba a ser luz de las naciones y gloria de su pueblo. Mientras aquella buena anciana no paraba de hablar de aquel niño ‘a cuantos aguardaban la futura liberación de Israel’.

No faltaban los ojos de fe en aquellos ancianos. No tendrían que faltarnos esos ojos de fe en nuestra vida. Bien que lo necesitamos para no dejarnos envolver por ese materialismo de la vida que puede ir destruyendo dentro de nosotros los valores más espirituales y trascendentes de la existencia. Somos algo más que una materia.

Un hondo sentido tenemos que saber darle a nuestro caminar que nos haga encontrar la verdadera grandeza y dignidad de toda persona, nuestra verdadera grandeza y dignidad que desde nuestra fe en Dios podemos encontrar. No son simplemente unos días que vivimos en este mundo donde más o menos podamos ir realizando algunas cosas de provecho porque queremos ser felices – es buena ansia y buen deseo – pero donde todo se quede en pasarlo bien y de la mejor manera posible sin darle mayor trascendencia a la vida. Algo más hondo tenemos que saber buscar y en nuestra fe en Jesús encontraremos esos verdaderos caminos de plenitud. Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios.

Finalmente no puedo terminar esta reflexión que me ha sugerido el evangelio de hoy sin recordar a María, que nos aparece también hoy en el evangelio como la madre que ha presentado a su hijo a Dios en el templo. Aquella mujer, de la que diría el anciano Simeón, que una espada le traspasaría el alma sobre todo cuando le contemplara en la ofrenda de la cruz en el Calvario, porque su hijo iba a ser en medio del mundo un signo de contradicción.

Pero es que nosotros los canarios celebramos hoy a María en su Advocación de Candelaria, la portadora de la luz, porque ella fue la primera misionera de nuestra tierra canaria en su imagen aparecida en las playas de Chimisay. Así la recordamos y así la celebramos hoy y es para nosotros un motivo de fiesta y alegría y un estímulo para mantener viva nuestra fe y convertirnos también como ella en candelas misioneras que lleven la luz de la fe a ese mundo que nos rodea.


lunes, 27 de noviembre de 2023

Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

 


Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn. 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Cuántas vueltas damos cuando tenemos que desprendernos de algo; como se suele decir dar más vueltas que un perro para echarse. Nos lo pensamos una y otra, esto en otra ocasión nos va hacer falta, ya siempre puedo sacarle alguna utilidad y vete a saber qué es lo que van a hacer con ello, mil imaginaciones, mil vueltas, mil preguntas llenas de dudas; somos recelosos, nos volvemos mezquinos. Es como si solamente pudiéramos dar cuando ya nos sobra y no lo necesitamos para nosotros. Y dar de lo que sobra no es generosidad.

Sin embargo qué grande es la satisfacción que sentimos en nuestro interior cuando damos el paso de la generosidad y del desprendimiento; hasta parece que nos hemos quitado un peso de encima; es que nos sentimos cómo más livianos, más ligeros, más libres. El egoísmo nos ata y nos esclaviza, porque nos esclaviza a las cosas, porque parece que sin ellas nada somos y por eso no queremos desprendernos de lo que consideramos nuestro, y nos esclaviza a nuestro propio yo que nos encierra en nosotros mismos. Cuando somos generosos y damos nos sentimos más libres.

Es la lección que Jesús nos da hoy en el evangelio. Y la da fijándose, precisamente, en las actitudes de los demás. Estaba a la entrada del templo, frente al cepillo de las limosnas. Era el lugar de las ofrendas. Algo que cuando se hace de verdad nos hace humildes, lo tenemos que hacer con humildad para que adquiera todo su valor. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Y ya llama la atención de los que poco menos que van tocando campanillas por delante cuando van a hacer algo bueno para que la gente se vuelva hacia ellos y vean lo que hacen. Son distintos momentos del evangelio en los que Jesús nos habla de esto.

Allí iban entrando en el templo los que se consideraban importantes y con mucha ostentación y mucho ruido iban depositando sus monedas en el arca de las ofrendas. El ruido de los que se creen importantes hará que pasan más desapercibidos los que actúan con sencillez y humildad. Es en lo que se fija Jesús. Una pobre viuda deposita también su ofrenda. No hace ruido, nadie sabrá lo que allí ella ha depositado, nadie es consciente del sacrificio que le habrá costado a aquella pobre mujer el depositar religiosamente allí su ofrenda. Es un pobre de Yahvé, de los que habían hablado los profetas. Son las personas humildes que de verdad agradan al corazón de Dios.

Es Jesús el que se ha fijado y resalta ante sus discípulos el valor de lo que hecho aquella mujer. Ha echado todo lo que tenía para vivir. Sus pequeñas monedas sí que son valiosas a los ojos de Dios. Como dice Jesús en su pobreza ha echado más que aquellos que han puesto en el cepillo de lo que les sobra. Aquella mujer nunca se sentirá abandonada de Dios. Podemos recordar ejemplos del antiguo testamento como el caso del profeta Elías con la mujer sunamita, a la que solo le quedaba un poco de harina y unas lágrimas de aceite para hacerse para ella y su hijo y luego esperar la muerte. Pero allí está el profeta que recuerda que la generosidad de Dios es más grande, y no va a mermar el aceite en la alcuza ni la harina en el cajón.

Es lo que ahora nos está enseñando Jesús. No le demos vueltas. No nos lo pensemos tanto. Pongamos generosidad en la vida. Seamos capaces de ser desprendidos. No miremos lo que a nosotros nos puede faltar, sino el regalo de vida que nosotros podemos compartir. Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo.

viernes, 24 de noviembre de 2023

Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

 


Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10.11abc.11d-12a.12bed; Lucas 19,45-48

Todos alguna vez habremos tenido la experiencia de estrenar casa o de estrenar piso; una viviendo nueva que hemos adquirido, un piso que hemos alquilado, una mudanza que hemos tenido que realizar quizás por un cambio de domicilio o de lugar de trabajo, diversas circunstancias; seguramente recordaremos los primeros momentos o los primeros tiempos de vivencia en aquel nuevo lugar; todo lo teníamos muy ordenado, cada cosa tenía su sitio, en las habitaciones, en el cuarto de estar, en la cocina, en cualquiera de los rincones de la casa no veíamos nada desordenado.

Pero fue pasando el tiempo, adquirimos quizás nuevas cosas, las prisas y carreras entre trabajo, tiempo libre o tiempo de estar en casa, y ya nos encontramos que no todo estaba en su sitio, por aquí se amontonan unas cosas, por allá fuimos dejando cosas con la intención de ponerlas luego en su sitio, pero ya no todo está como lo habíamos planeado al principio. ¿Necesitaremos un tiempo para organizarnos, para ordenar, para desprendernos de lo que no tiene utilidad? Seguramente queremos hacerlo, pero lo vamos dejando para otro momento.

¿Será imagen esto de muchas cosas de nuestra vida? Nos da qué pensar. En nuestra vida personal, en nuestro propio interior, en nuestro trabajo de crecimiento espiritual, en lo que tienen que ser las vivencias fundamentales de la vida, lo que puede ser incluso nuestra vida familiar o las relaciones con los que nos rodean, en la vida de nuestras comunidades, muchas cosas que tenemos que poner en su sitio.

Hoy el evangelio nos presenta una imagen bien significativa. Jesús se puso a ordenar el templo. Se había convertido en un mercado. Por razones prácticas quizás, por allá andaban los prestamistas o los cambiadores de monedas, porque las limosnas al templo no se podían hacer sino en lo que era la moneda propiamente judía y también las arcas de las ofrendas; pero por otra parte estaban quienes ofrecían los animales para las ofrendas y los sacrificios, las palomas o las tórtolas, u otros animales que se sacrificaban en el culto propio del templo cada día. El bullicio de la gente que paseaba entre los soportales, los maestros de la ley que la explicaban a los grupos que se formaban a su alrededor. ¿Dónde podía estar el silencio y el recogimiento para la oración y la maduración de la palabra en el corazón de cada uno?

El evangelista Lucas, que hoy escuchamos no es tan descriptivo como los otros evangelistas que nos narran este episodio, pero lo suficiente para ver la actitud de Jesús ante lo que allí sucedía. ‘Escrito está: Mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’. Mientras expulsaba a los vendedores del templo.

¿No tendríamos que preguntarnos que cosas habremos metido en el templo de nuestra vida, como si fuéramos también unos vendedores que acumulamos cosas? Antes, como introducción hablábamos de ese desorden que con el paso del tiempo acumulamos en nuestras viviendas de manera que algunas veces no sabemos ni por donde entrar o cuales son en verdad las cosas importantes que tendríamos que guardar. ¿No será así en la vida de nuestro espíritu? ¿Cómo andamos de ese materialismo del que nos hemos dejado impregnar? ¿Cómo andamos de esos resentimientos y recelos que nos atormentan, de esos celos y envidias que nos envenenan, de esos orgullos o de ese amor propio que quiere endiosarnos? Podríamos seguir haciéndonos muchas preguntas. Nos conocemos, cada uno sabe donde están sus flaquezas, sus piedras de tropezar, nuestras reincidencias, la tibieza y frialdad que nos hiela nuestros sentimientos y amarga nuestras vidas.

¿No tendremos que dejar que Jesús pase entre nosotros, por el centro de nuestra vida que hemos llenado de tantas mezquindades para que sea El quien nos limpie y nos purifique, ponga orden en nuestro corazón?

lunes, 19 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por la presencia de Dios que nos envuelve con la obediencia de la fe y podremos descubrir las maravillas que Dios nos tiene reservadas

 


Dejémonos sorprender por la presencia de Dios que nos envuelve con la obediencia de la fe y podremos descubrir las maravillas que Dios nos tiene reservadas

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

¿Nos creemos todo lo que nos dicen? Aunque hay gente muy crédula que todo se lo traga, sin embargo antes de dar crédito a aquello que nos cuentan, aunque algunas veces lo hagamos casi de forma automática, tratamos de sopesar la credibilidad de quien nos está contando esa historia, la veracidad que pudiera tener de una forma objetiva analizando posibilidades, discerniendo bien lo que nos cuentan para restar lo que pudiera introducirse de una forma imaginativa como suele suceder cuando nos quieren sorprender con algo. No nos lo creemos todo, ponemos en duda muchas cosas, podríamos decir que no nos queremos dejar sorprender porque ya nos creemos mayorcitos para creer cualquier cuento que nos parezca de hadas.

¿Es lo que debemos hacer siempre? ¿No le damos crédito a nadie en aquellas cosas que nos cuentan? ¿Dónde está la confianza mutua que tendríamos que tenernos los unos con los otros? ¿No terminamos de creer que pudiera haber cosas que nos sorprendieran y nos llamaran la atención dándole credibilidad? Aquí ponemos nuestros criterios, aquí ponemos la madurez que queremos manifestar, aquí tendríamos que poner también la confianza.

Zacarías estaba impresionado por lo que estaba viendo y oyendo aquella mañana cuando le tocó el turno de oficiar en el templo. Mientras hacia la ofrenda del incienso algo sobrenatural lo envolvió; no era el humo del incienso que envolvía aquel lugar santo del templo y que pudiera producirle alguna perturbación mental. Contemplaba al ángel del Señor que le hablaba; se sentía sorprendido; el temor le embargaba porque tenían la creencia que quien viera a Dios cara a cara moriría.

Pero las palabras del ángel estaban respondiendo a sus anhelos más profundos y a las oraciones que tanto él como su mujer Isabel elevaban todos los días a Dios. Le anunciaba el nacimiento del hijo que tanto habían deseado pero que la esterilidad de su mujer y ya sus años bien entrados, pues eran ya ancianos, les había impedido tener. Lo que se le estaba ofreciendo ya le podía parecer imposible, olvidando a pesar de su fe que para Dios nada hay imposible. Y se hace preguntas en su interior, quiere creer pero todo le parece un sueño que se puede quedar en eso, en un sueño. Por eso surge la duda y la pregunta. ‘¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada’.

Parece como que el ángel se enfada porque duda de su credibilidad y trata de reafirma quien es, Gabriel, el ángel que está en la presencia del Señor, que ha sido enviado por Dios para comunicarle esa buena noticia. La prueba de su credibilidad va a ser que Zacarías se quedará mudo hasta que sucedan todas estas cosas que le acaba de anunciar.

Aquel niño que va a hacer será grande a los ojos del Señor y viene con una misión muy concreta. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. Es el anunciado por los profetas como el que había de venir a preparar los caminos del Señor. ‘Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos hijos de Israel al Señor, su Dios’.

Son las sorpresas de Dios ante las que tenemos que rendirnos con la obediencia de la fe. Efectivamente para Dios nada hay imposible como le dirá el ángel a María, y tenemos que dejarnos sorprender por el misterio de Dios que se nos revela.  Lo queremos racionalizar todo según nuestros parámetros humanos pero Dios nos supera, por algo diremos en referencia a las cosas de Dios que son cosas sobrenaturales.

Pero tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que se nos manifiesta y nos envuelve con su sabiduría. Es la obediencia de la fe. Esa sabiduría de Dios que le da un sabor nuevo a todo, a lo que nos revela y a la vida misma. Dejémonos sorprender porque las cosas de Dios son distintas, pero cuando nos dejamos envolver por Dios nos sentiremos elevados, nos sentiremos como un plano distinto, que es esa presencia de Dios que nos envuelve y nos lleva a la plenitud de nuestro ser.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 


La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Aunque por razones laborales la visita a nuestros cementerios y el recuerdo de los difuntos se queda más reducida al día primero por ser festivo, no podemos olvidar el sentido de cada celebración y que verdaderamente la conmemoración de los fieles difuntos litúrgicamente la celebramos en este día 2 de noviembre.

¿Qué significa esta conmemoración? ¿Es solamente un recuerdo? Si escuchamos lo que los medios de comunicación nos expresan de lo que hacemos en este día pareciera que todo se queda en eso, en un recuerdo; vamos allí junto a sus tumbas, como queriendo decir que no olvidamos a los seres queridos que han muerto y como quien hace un regalo a la madre cuando la va a visitar, le lleva un ramo de flores para adornar su tumba.

Seguro que para quienes han perdido la trascendencia de la vida, no tienen esperanza de otra vida, claro que se ha de quedar en un recuerdo de algo que fue y de lo que intentamos recordar lo mejor; es precisamente lo que se dice como consuelo en esos momentos que nos llenan de cierta tristeza, que recordemos las mejores cosas de la vida que nos dejaron los que ya se marcharon. Claro que el corazón tira y empuja por algo más que un recuerdo frío o emocionado, porque de alguna manera no queremos separarnos de aquellos a los que amamos y queremos sentir vivas ya no solo en nuestro recuerdo sino en nuestro corazón a nuestros seres queridos difuntos.

Y es que en el fondo aunque queramos hacer un mundo donde vamos queriendo evitar esos sentimientos religiosos, donde se ha perdido un sentido creyente de la vida y una esperanza de algo más, de una vida sin fin, en el fondo del corazón siempre hay un ansia de algo más, de algo superior, de algo que verdaderamente eleve nuestra vida dándole un nuevo sentido y una nueva trascendencia. En el fondo, queramos o no, somos unos seres espirituales, que ansiamos lo espiritual, que buscamos lo sobrenatural, porque en el fondo buscamos a Dios. Solo en El podemos encontrar la verdadera plenitud de nuestra existencia.

Por eso para el cristiano esta conmemoración que hoy hacemos no se queda en un mero recuerdo ni en una ofrenda de flores que hagamos para adornar la tumba de nuestros seres queridos. Es sentir que está viva una unión espiritual con aquellos seres que amamos aunque la muerte nos los haya arrancado de nuestro lado.

Es de alguna manera sentir su presencia espiritual porque sabemos que viven, porque nosotros tenemos esperanza de vida eterna. Por eso nuestra conmemoración se convierte también en oración, porque es una manera de sentirnos unidos espiritualmente a ellos, pero también es la oración confiada al Padre en cuyas manos hemos puesto a nuestros seres queridos confiando en su misericordia.

Es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, porque tenemos la confianza y la esperanza de que ellos ya vivan en Dios para siempre. Nuestra oración quiere ser intercesión para obtener la misericordia de Dios, pero al tiempo es acción de gracias por el regalo que en vida tuvimos en aquellos seres que nos amaron y a quien nosotros amamos, y acción de gracias por la fuerza que en el Señor recibimos para vivir el dolor de la separación.

Lo hacemos confiados en la Palabra de Jesús que promete vida eterna para quienes en El ponemos toda nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Quien cree en mí aunque haya muerto vivirá… y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Sentimos al mismo tiempo como Jesús viene a nosotros como se acercó aquel día a aquel hogar de Betania donde había fallecido Lázaro, para llenarnos a nosotros también de paz y para poner fortaleza en nuestro corazón.

jueves, 10 de junio de 2021

Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

 


Que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad, haciendo que la ternura y la delicadeza nos hagan más humanos y más hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Si uno se pone a pensar un poquito y observa lo que vemos alrededor, pero en lo que caemos nosotros también con tanta facilidad, tenemos que reconocer la certeza de aquel aforismo antiguo, latino, que nos hablaba de que el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Es la acritud con que vamos por la vida, reconozco que me pasa muchas veces, la facilidad con que levantamos la voz cuando queremos imponernos, pero son también las expresiones hirientes que empleamos frecuentemente en nuestro trato con los demás.

Hago mención a estos aspectos porque es algo que tenemos muy claramente delante de los ojos, pero reconozcamos también cuántos distanciamientos se producen entre familiares o entre vecinos, cuánto cuesta el entendimiento cuando nos encontramos con opiniones enfrentadas y en nuestro orgullo perdemos la serenidad para el diálogo, y cuántas violencias se provocan en el día a día de nuestras relaciones con los demás.

Desgraciadamente entre los que están ahí como espejos en que mirarnos, en los dirigentes de la sociedad, contemplamos demasiada acritud, con unos partidismos que encierran a cada uno en su castillo y no es poco lo que escuchamos en la manera de tratarse los adversarios con descalificaciones tantas veces insultantes. Por aquello de la libertad de expresión parece que todo está permitido y la verdad tenemos que reconocer que poco contribuye a una educación para la paz en las generaciones más jóvenes.

Muchas veces nos atrevemos a hacer manifestaciones que decimos a favor de la paz pero llenas de violencia y acritud en sus gritos o en las expresiones con las que se trata de descalificar a los que no piensan igual. ¿Ese es el mundo que queremos? ¿Esa es la sociedad que pretendemos construir?

Hoy Jesús en el evangelio nos da la pauta de cómo han de ser nuestras relaciones en ese mundo de fraternidad que pretendemos construir. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y en el que se nos piden unas actitudes nuevas y nuevos gestos de cercanía, fraternidad y amor. Decir Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor y cuando reconocemos que Dios es nuestro único Señor necesariamente hemos de entrar en un estilo de relaciones mutuas donde han de prevalecer esos valores del Reino de Dios.

Dios es el único Señor de nuestra vida, pero es un Dios de amor que se nos manifiesta y se nos presenta como Padre. Así nos lo enseñó a llamar Jesús. Siendo, pues, hijos de Dios entraña que todos hemos de sentirnos hermanos, de ahí entonces esos gestos de amor que hemos de tenernos los unos con los otros porque somos hermanos. Y es lo que nos está señalando hoy Jesús en el evangelio subrayando algunos aspectos.

Un mundo de armonía y de paz manifestado en gestos de cercanía y comprensión y en palabras llenas de ternura y de respeto para con los otros; nunca nuestras palabras pueden herir u ofender al hermano; un mundo en que sepamos aceptarnos y respetarnos tal como somos pero buscando siempre el encuentro que rompa las distancias o nos abaje de los pedestales del orgullo. Por eso nos dirá Jesús es tan importante la reconciliación y el perdón de manera que no tendría sentido que quisiéramos hacer ofrenda de amor a Dios mientras estamos distanciados del hermano.

Qué distinto sería nuestro mundo y que hermosas serían las relaciones que tendríamos los unos con los otros. Que la ternura y la delicadeza nos haga más humanos; que sepamos escuchar y cantar con nuestra vida la sintonía del amor y de la fraternidad.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

martes, 2 de febrero de 2021

Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

 


Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’.

Pueden ser perfectamente ecos de la entrada del Arca de la Alianza en el Santuario, en el templo de Jerusalén que tenemos en los salmos y que hoy recoge la liturgia en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Todo hoy nos está hablando de entrada; una primera referencia el salmo, como decíamos, a la entrada del Arca de la Alianza en el templo de Jerusalén, pero especialmente hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, es su primera entrada en el templo de Jerusalén con amplios sones pascuales.

Hubiera sido una entrada desapercibida, como realmente en parte fue a pesar de la importancia del momento, si no hubiera sido por aquellos ancianos que en el templo habían envejecido esperando el cumplimiento de las promesas del Señor. son ellos los que movidos por la acción del Espíritu Santo en sus corazones los que descubrieron en aquel niño llevado en brazos por aquel matrimonio joven de Galilea al que era la salvación del mundo y la luz para todos los hombres.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio; cómo el anciano Simeón coge en brazos a aquel niño para cantar las alabanzas del Señor. Su corazón se ha llenado de gozo porque sus ojos han visto al Salvador como así había sentido inspirado por el Espíritu Santo y ahora ya puede poner totalmente su vida en las manos del Señor. ‘Ya puedes dejar morir a tu siervo en paz, Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Aunque los oídos humanos en aquel momento no lo pudieran escuchar seguro que el coro de los ángeles en el cielo estaría cantando aquel cántico de alabanza al Señor que hoy la liturgia nos ha ofrecido en el salmo responsorial, como ya hicimos mención al principio. Creo que nosotros en nuestra celebración tendríamos que hacernos de verdad eco con todo sentido de dicho cántico de alabanza. ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’. Nosotros podemos confesar, repito con todo sentido, esa confesión de fe, allí está, sí, ‘el Señor, Dios de los Ejércitos, el Rey de la gloria’, y más si lo vivimos en todo su sentido pascual.

Decíamos todo nos habla de subida y tiene sentido de pascua y es que en aquellas palabras que luego Simeón dedicara a María llevaban incluido ese sentido pascual. Jesús, es cierto, iba a ser ese signo de contradicción, ante El habrían de decantarse los hombres y los pueblos de todos los tiempos, como lo fue en aquella otra subida a Jerusalén de Jesús para su pascua. Su templo y altar iba a ser la cruz, porque el sacrificio que se iba a ofrecer no era un sacrificio cualquiera. Ahora sus padres, en su pobreza, habían ofrecido un par de tórtolas, pero Jesús sería el que se ofrecería a sí mismo en el altar de la cruz siendo sacerdote, victima y altar. Su sangre derramada, signo grande del que nos ama hasta entregar su vida por nosotros, iba a ser la señal de aquel gran sacrificio e iba a ser la sangre de la nueva Alianza, de la eterna Alianza que sería ya para siempre una Alianza de Amor y de salvación.

Y allí en aquella primera subida de Jesús al templo estaba la madre, cuya alma iba a ser atravesada por una espada de dolor, que ella también al pie de la cruz convertirá en una espada de amor cuando con el Hijo ella también se entrega para ser como madre corredentora de aquellos hijos que de Jesús recibía en aquel momento supremo de la entrega y de la muerte.

Por eso podemos decir que también es la subida y entrada de la madre, de María, que ya sería para siempre la madre de todos los hombres. Esta celebración lleva unida a la presentación de Jesús en el templo aquel rito de purificación de la madre a los cuarenta días del parto. Para María no fue solo una purificación ritual, sino que podríamos decir que el comienzo de su ofrenda de amor.

A María siempre la tenemos delante de nuestros ojos como el mejor modelo y ejemplo de lo que ha de ser también nuestro amor; muchas imágenes de María llevan en sí la impronta de su vivencia de la Pascua cuando la queremos llamar Madre de los Dolores o Madre de la Esperanza con el reflejo de su presencia al pie de la cruz, que fue para ella también la culminación de esa ofrenda de amor.

Y aquí es donde hoy yo quiero ver otra entrada, en este caso de manos de María. María fue la primera que nos trajo a Jesús, fue primer evangelio de Jesús. Hoy, nosotros, los canarios la celebramos con al Advocación de la Virgen de Candelaria y recordamos y celebramos como su bendita imagen estuvo en nuestra tierra antes incluso que llegara el conquistador o el misionero.


Aquella imagen aparecida en las playas de Chimisay antes de la conquista de nuestras Islas fue el primer evangelio que llegó a nuestra tierra. Nuestros antepasados los guanches en aquella imagen querían ver a la que ellos llamaban la madre del sol, Chaxiraxi, la madre de la luz podríamos traducir nosotros y en aquella imagen de María estaba también Jesús. Por eso la llamamos nosotros la Candelaria, la que trae para nosotros en sus manos la luz, una candela en una mano y a Jesús en su otro brazo. Fue como la presentación que María hace de Jesús a nuestros antepasados los guanches, por eso digo que podemos hablar de entrada de Jesús de manos de María en nuestra tierra.

Que de manos de María entre Jesús en nuestra vida, como de manos de María y con Jesús reinando en nuestro corazón entremos nosotros en la gloria del Señor. Que se alcen las antiguas compuertas que va a entrar el Rey de la gloria. Sí, muchas antiguas y viejas barreras tenemos que levantar en nuestro corazón para dar paso al Señor y Rey de la gloria a nuestra vida. Queremos hacer ofrenda y ofrenda de amor nosotros hoy en esta fiesta en que también de manera especial celebramos a María. Que ella prenda esa luz en nuestro corazón y nunca se apague, que vivamos siempre en la claridad de la luz para que así resplandezcan las obras de nuestro amor.