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lunes, 24 de noviembre de 2025

Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

 


Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

Daniel 1, 1-6. 8-20; Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Perdona es que no tengo monedas sueltas en el bolsillo, otra vez será, decimos mientras hacemos el amago de estar rebuscando en el fondo del bolsillo y no encontramos nada. Quizás sea la respuesta que más de una vez hemos dado al muchacho que nos ayudó a llevar el carro de la compra a nuestro coche. Pero quizás no hemos mirado las cosas superfluas que llevamos en nuestro carro de compra, pero como fue pagado con VISA sí teníamos dinero.

Esto puede reflejar mucho de nuestro sentido de vida. No se trata ya solamente de lo mezquinos que somos en ocasiones cuando se trata de dar – pensemos también en lo que rebuscamos en nuestros bolsillos cuando en la iglesia nos pasan la bandeja de las ofrendas – sino que puede significar la mezquindad con que andamos también en muchos aspectos de la vida.

Puede significarnos los mezquinos que andamos a la hora de compartir con las personas que nos rodean, y no se trata ya del compartir cosas materiales en las necesidades que puedan pasar las personas de nuestro entorno sino en las reservas que nos ponemos en la hora de la amistad. Tenemos nuestras líneas rojas para saber a quien aceptamos y a quien queremos tener lejos de nosotros; son las desconfianzas y la falta de sinceridad en nuestras relaciones; las barreras que vamos poniendo o los abismos que creamos porque no nos caen bien, porque un día tuvimos un tropiezo, porque… porque… porque y ya sabemos como somos en nuestras mutuas relaciones.

Una mezquindad en no querernos dar, abrir nuestro corazón, saber caminar juntos, ser comprensivos con los demás, no juzgar ni condenar, pero que puede ser señal también de la superficialidad con que vivimos muchas veces solo desde la apariencia; queremos aparecer como buenos, pero dentro de nosotros no hemos borrado aun la malicia para sospechar siempre de los demás.

Cuando hay vacío dentro de nosotros porque no hemos buscado lo que da verdadera profundidad a la vida, ponemos una mascarilla por fuera para disimular y para aparentar. Necesitamos vientos que nos hagan caer esas mascarillas, para que a nosotros mismos nos descubramos cuál es nuestra realidad; decimos que somos buenos porque un día encontramos esa calderilla, pero ni a nosotros mismos nos conocemos.

Nos da mucho que pensar este episodio que parece sencillo e insignificante que nos narra hoy el evangelista. Están a la entrada del templo, aquel espacioso y amplio templo de Jerusalén con muchos pórticos en los que se arremolinaba la gente a la hora de las ofrendas, o escuchaban a los maestros de la ley que enseñaban al pueblo tras la proclamación de la Ley y los Profetas, como era tradicional. Por otros momentos del evangelio conocemos el bullicio que allí se forma con los que venían de distintos lugares a aquel lugar que tenía que ser casa de oración y de encuentro con Dios.

Jesús está observando a los que van entrando. Con mucha solemnidad y aspaviento aquellos que se consideraban los poderosos dejaban caer de manera sonora sus monedas en el arca de las ofrendas. Muchos también silenciosamente dejaban su ofrenda grande o pequeña porque era también una forma de pagar sus diezmos y primicias como estaba regulado en la ley de Moisés. Las ofrendas eran también una muestra del corazón agradecido a Dios de quien todo habían recibido. No es un regalo sino una respuesta, no es una imposición sino una forma de decir gracias. ¿Lo habremos pensado así nosotros de nuestras ofrendas?

Pero Jesús se fija en algo especial porque parece que solo El se ha dado cuenta de la ofrenda de aquella pobre viuda. Y Jesús comentará que aquella mujer aunque solo ha puesto unos cuartos, la moneda más pequeña, ha dado sin embargo mucho más que los habían hecho ofrendas cuantiosas. Como dice Jesús aquella mujer ha dado todo lo que tenía, mientras los otros daban de lo que les sobraba.

Es todo un interrogante para nuestra conciencia, es preguntarnos donde está la generosidad de nuestro corazón, es analizar la profundidad que le damos a nuestra vida y a lo que hacemos, es la manifestación de un corazón agradecido que quiere así cantar la alabanza del Señor. ¿Seremos también mezquinos en eso?

lunes, 27 de noviembre de 2023

Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

 


Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal.: Dn. 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Cuántas vueltas damos cuando tenemos que desprendernos de algo; como se suele decir dar más vueltas que un perro para echarse. Nos lo pensamos una y otra, esto en otra ocasión nos va hacer falta, ya siempre puedo sacarle alguna utilidad y vete a saber qué es lo que van a hacer con ello, mil imaginaciones, mil vueltas, mil preguntas llenas de dudas; somos recelosos, nos volvemos mezquinos. Es como si solamente pudiéramos dar cuando ya nos sobra y no lo necesitamos para nosotros. Y dar de lo que sobra no es generosidad.

Sin embargo qué grande es la satisfacción que sentimos en nuestro interior cuando damos el paso de la generosidad y del desprendimiento; hasta parece que nos hemos quitado un peso de encima; es que nos sentimos cómo más livianos, más ligeros, más libres. El egoísmo nos ata y nos esclaviza, porque nos esclaviza a las cosas, porque parece que sin ellas nada somos y por eso no queremos desprendernos de lo que consideramos nuestro, y nos esclaviza a nuestro propio yo que nos encierra en nosotros mismos. Cuando somos generosos y damos nos sentimos más libres.

Es la lección que Jesús nos da hoy en el evangelio. Y la da fijándose, precisamente, en las actitudes de los demás. Estaba a la entrada del templo, frente al cepillo de las limosnas. Era el lugar de las ofrendas. Algo que cuando se hace de verdad nos hace humildes, lo tenemos que hacer con humildad para que adquiera todo su valor. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Y ya llama la atención de los que poco menos que van tocando campanillas por delante cuando van a hacer algo bueno para que la gente se vuelva hacia ellos y vean lo que hacen. Son distintos momentos del evangelio en los que Jesús nos habla de esto.

Allí iban entrando en el templo los que se consideraban importantes y con mucha ostentación y mucho ruido iban depositando sus monedas en el arca de las ofrendas. El ruido de los que se creen importantes hará que pasan más desapercibidos los que actúan con sencillez y humildad. Es en lo que se fija Jesús. Una pobre viuda deposita también su ofrenda. No hace ruido, nadie sabrá lo que allí ella ha depositado, nadie es consciente del sacrificio que le habrá costado a aquella pobre mujer el depositar religiosamente allí su ofrenda. Es un pobre de Yahvé, de los que habían hablado los profetas. Son las personas humildes que de verdad agradan al corazón de Dios.

Es Jesús el que se ha fijado y resalta ante sus discípulos el valor de lo que hecho aquella mujer. Ha echado todo lo que tenía para vivir. Sus pequeñas monedas sí que son valiosas a los ojos de Dios. Como dice Jesús en su pobreza ha echado más que aquellos que han puesto en el cepillo de lo que les sobra. Aquella mujer nunca se sentirá abandonada de Dios. Podemos recordar ejemplos del antiguo testamento como el caso del profeta Elías con la mujer sunamita, a la que solo le quedaba un poco de harina y unas lágrimas de aceite para hacerse para ella y su hijo y luego esperar la muerte. Pero allí está el profeta que recuerda que la generosidad de Dios es más grande, y no va a mermar el aceite en la alcuza ni la harina en el cajón.

Es lo que ahora nos está enseñando Jesús. No le demos vueltas. No nos lo pensemos tanto. Pongamos generosidad en la vida. Seamos capaces de ser desprendidos. No miremos lo que a nosotros nos puede faltar, sino el regalo de vida que nosotros podemos compartir. Nuestros tesoros no pueden estar en las alforjas, nuestros tesoros tenemos que guardarlos en el cielo.

martes, 9 de marzo de 2021

La sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón y el sabor de la misericordia experimenta que nos hace abrir los ojos con mirada nueva

 


La sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón y el sabor de la misericordia experimenta que nos hace abrir los ojos con mirada nueva

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Qué difícil es aprender la lección. Se suele decir que aprendamos en cabeza ajena o que cuando veamos las barbas de nuestro vecino pelar, pongamos las nuestras a remojar, pero ni aun en cabeza propia muchas veces terminamos de aprender.

Nuestra propia debilidad tendría que hacernos ver la realidad de las cosas y cuando constatamos nuestros propios errores tendríamos que saber tener la sabiduría de la humildad para reconociendo nuestros propios errores y caídas ser capaces de ser comprensivos con los demás. La humildad a la que tendría que llevarnos nuestro propio pecado tendría que darnos la grandeza de la comprensión y del perdón. Pero ya vemos cómo sucede, nos endurecemos más.

Es la pregunta que le surge a Pedro, pero que no es solo la pregunta de Pedro, que es la actitud que nosotros tenemos ante los errores o los fallos de los demás. ¿Cuántas veces tengo que perdonar si mi hermano me ofende? Repito, que no es solo Pedro el que se hace esa pregunta, que nos la hemos hecho mil veces. ¿Pero es que soy yo el que tengo que seguir aguantándolo una y otra vez? Ya está bien de hacer el tonto, nos decimos, ya verá la próxima vez lo que yo voy a hacer.

Y claro, nos creemos con todos los derechos del mundo. Es lo que nos cuenta la parábola que propone Jesús y con lo que nos viene a dar respuesta. El hombre poderoso cuando al arreglar cuentas se encontró aquel siervo con todas aquellas deudas, quiso meterlo en la cárcel hasta que pagara, hacerle pagar a él o a su esposa o sus hijos toda la deuda contraída, pero al final se conmovió su corazón y perdonó todas las deudas.

 Ahora este siervo que ha sido perdonado que se encuentra con un compañero de trabajo que le debe unas pocas pesetas, pretende hacer lo mismo que su amo había intentado con él, aunque luego arrepentido le perdonara. Pero este ahora va a saber, yo no perdono, tú tienes que pagarme hasta el último real y metió en la cárcel a su compañero. ¿Pero no has aprendido con tu amo a ser generoso y ser capaz de perdonar que vienes ahora a exigir a tu compañero de esa manera?

No terminamos de saborear el regalo de la misericordia y el perdón; no terminamos de tener la sabiduría de la humildad para reconocer que así como tú recibiste el perdón de tu deuda tendrías que ser comprensivo con tu compañero para poner misericordia también en tu corazón. Sí, la sabiduría de la humildad que llena de misericordia el corazón; o si queremos decirlo de otra manera, saboreemos la misericordia que nosotros recibimos y aprenderemos a tener un mirada de comprensión y misericordia con los demás. Es la actitud que pongamos en el corazón.

No seamos mezquinos frente a todo el amor que el Señor nos ofrece. En nuestra mezquindad nos cegamos y endurecemos el corazón y perdemos el sabor maravilloso de la misericordia cuando nos sentimos perdonados, cuando nos sentimos amados. Porque todo es cuestión de sentirse amado.

Que hermosa es la oración de Daniel. Cuando le parece sentirse abandonado de todo y de todos, porque nada tienen en tiempos de destierro y ni pueden ofrecerle un culto digno al Señor en un templo digno, simplemente le ofrecen un corazón contrito y un espíritu humilde al Señor con la confianza de que serán escuchados y el Señor nunca los abandonará.

‘Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos, y buscamos tu rostro…’

¿Nos presentaremos así ante el Señor con corazón contrito y espíritu humilde?

jueves, 13 de agosto de 2020

Un amor que dignifica y un perdón que reconstruye es la experiencia de sentirse perdonados que nos lleva a perdonar con generosidad a los demás

 

Un amor que dignifica y un perdón que reconstruye es la experiencia de sentirse perdonados que nos lleva a perdonar con generosidad a los demás

Ezequiel 12, 1-12; Sal 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

Hemos de reconocer que muchas veces no damos la medida; vamos en la vida de mezquinos y raquíticos en las medidas de humanidad que ponemos en el trato con los demás. Lo queremos todo para nosotros pero no somos capaces de compartir; y no me refiero tanto en este momento de aquellas cosas materiales que poseemos, que hemos conseguido o que se nos han dado que no somos capaces de compartirlas con los demás, sino de las actitudes que tenemos con los otros.

Queremos que sean generosos con nosotros, queremos que nos valoren o nos ofrezcan sus respetos, queremos que nos tengan en cuenta y mejor que sea en grado superlativo la valoración que hacen de nosotros, queremos ser bien tratados y que sean comprensivos con aquellas sombras negativas que pudieran aparecer en nosotros, pero no es la misma medida que tenemos con los demás, porque estamos prontos al juicio y a la condena, estamos prontos para descalificar o para marginar, estamos prontos para apartar de nosotros a quienes no nos caen bien sin darnos cuenta de que por nuestra manera de ser tampoco nosotros caemos bien a los demás.

Esto nos lo está planteando Jesús en el evangelio que hoy hemos escuchado. No sabemos valorar el amor que nosotros recibimos para ser igualmente comprensivos con los demás y amar con una medida igual. No sé si nos sentimos agradecidos cuando nos han ofrecido el perdón, al menos quizá nos habremos sentido liberados del peso de la culpa – bueno siempre estaremos buscando razones para disculparnos o para disimular – pero de la misma manera no somos capaces de perdonar a los demás. Y queremos imponer nuestras medidas, queremos que haya unos límites porque no siempre vamos a estar perdonando.

Es lo que le están planteando los discípulos a Jesús – Pedro siempre hace de portavoz – pero es lo que en el fondo nosotros llevamos también en nuestro corazón. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ Habría escuchado las palabras de Jesús por ejemplo en el sermón del monte cuando nos hablaba del amor a los enemigos y hasta rezar por aquellos que nos hayan hecho mal, pero todavía no han terminado de digerir las palabras de Jesús. ‘¿Hasta siete veces?’, preguntará Pedro.

Y Jesús nos pone un ejemplo, una parábola, para reflejarnos la mezquindad con que nosotros vamos por la vida a la hora del perdón, pero para que comprendamos la generosidad sin límites del amor del Padre. Ya conocemos la parábola; el hombre que tenía una gran deuda con su amo y señor y que cuando le piden cuentas ruega y suplica para que le condonen la deuda o al menos aplacen el pago, pero aquel amor generoso le perdona cuanto debía y era buena cantidad. Pero no actúa este hombre de la misma manera con quienes tienen deudas con él, porque al que no le paga lo mete en la cárcel y ya sabemos todas las consecuencias. Había sido perdonado de una gran deuda, pero no es capaz de perdonar la pequeñez que le debe su compañero. El raquitismo del egoísta y del insolidario, la mezquindad de quien no ha sabido apreciar lo que es el amor que ha recibido.

Cómo nos falta con tanta frecuencia la generosidad del amor en nuestro corazón. Decimos que amamos pero ponemos límites y medidas; decimos que amamos y vamos con mezquindades a la hora de repartir amor para con los demás; decimos que amamos y no terminamos de valorar y dignificar a aquellos a los que decimos que amamos. El amor no es simplemente lástima, es mucho más; el amor me tiene que llevar a engrandecer a la persona, comenzando por tratarla con toda dignidad, con toda la dignidad que toda persona se merece.

Y desde un amor que así dignifica surgirá de forma espontánea el perdón que reconstruye; con nuestro perdón no solo vamos a sentir lástima por aquella persona sino que vamos a ayudarla a que rehaga su vida, se reconstruya a sí mismo, comience a darse cuenta de su dignidad y que merece la valoración de toda persona; con el perdón va a sentir que lo amamos de verdad porque seguimos confiando en la persona y no tememos caminar a su lado sino que le tenderemos nuestras manos para aprender a caminar juntos; con un perdón así la persona se va a sentir curada desde lo más hondo de sí misma y se va a sentir llena de vida.

¿No es eso de alguna manera lo que nosotros hemos sentido cuando hemos recibido el perdón del Señor? Creo que tenemos que aprender a disfrutar del amor que Dios nos tiene cuando nos regala su perdón, y vamos a saber sentir esa alegría profunda en el alma. Seguro que si lo sentimos así, eso le ofreceremos generosamente a los demás cuando le regalamos también el perdón.

martes, 12 de febrero de 2019

Ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con el Señor ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con los demás, la generosidad del amor es lo que tiene que imperar



Ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con el Señor ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con los demás, la generosidad del amor es lo que tiene que imperar

Génesis 1,20–2,4a; Sal 8; Marcos 7,1-13

Seguramente que todos nos habremos encontrado en la vida con personas de escrupulosa conciencia que viven en una continua angustia porque andan midiendo poco menos que con una lupa todo lo que hacen porque en todo parece que están viendo pecado y no solo se atormentan ellos sino que además atormentan a cuantos les rodean porque siempre se están preguntando si esto se puede o no se puede hacer, si ya me pasé de la raya y fui más allá de lo permitido y así viven en una continua angustia. Aunque también por contra nos encontramos a aquellos que miden pero en otro sentido, a ver cuánto se puede permitir, hasta donde pueden llegar y van alargando y alargando lo que se permiten porque viven quizá en un espíritu leguleyo y simplemente cumplen de una forma ritual por cumplir pero sin darle hondura a aquello que hacen.
Recuerdo aquellos, por ejemplo, que se preguntaban hasta qué momento podían llega tarde a Misa pero que cumplian con la obligación de la misa dominical, si ya el sacerdote había leído o no el evangelio, o llegó y estaba todavía a medias y ya con eso cumplía. Y no digamos nada con aquello de pagar la bula para así librarse de unos ayunos y abstinencias penitenciales; cuántas trampas se trataba de hacer para ver de pagar menos, porque todo era según las posibilidades o bienes de las personas, y así con unos duros nos librabamos de la penitencia cuaresmal.
Escrúpulos, conciencias laxas, cumplimientos ritualista o legalistas, pero que en ningún caso quizá había una vivencia profunda sino unos miedos o unos legalismos para quedar bien con el cumplimiento. En referencia, por ejemplo, al culto, ¿es ese el culto que el Señor quiere? ¿Una cosas realizadas así simplemente de una forma ritual es lo que agrada al Señor si es que nuestro corazón está bien lejos de Él? Qué lástima que a eso hayamos reducido muchas veces todo lo que es nuestra práctica de vida cristiana.
El camino de la vida cristiana ha de pasar necesariamente por el amor; es un reconocimiento del amor que Dios nos tiene, porque primero fue el amor de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El primero nos amó y entregó a su Hijo por nosotros’, como nos enseña el apóstol. Es una respuesta al amor de Dios, pero una respuesta de amor que ha de envolver toda nuestra vida, todo lo que hacemos y vivimos, nuestras relaciones con Dios y las relaciones que hemos de mantener con los demás a quienes siempre vamos a mirar como hermanos.
No se trata de hacer cosas por cumplimiento, no se trata de poner medidas para ver hasta dónde podemos llegar o las líneas que no hemos de traspasar; eso son servilismos y los servilismos no tienen nada que ver con el amor. Porque no amamos con medidas, no amamos poniendo límites, no amamos haciéndonos reservas, no amamos con mezquindad. Ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con el Señor ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con los demás.
Hoy en el evangelio vemos que vienen los fariseos con sus múltiples leyes y preceptos y con sus formalismos sin darle hondura incluso a lo bueno que pudieran realizar. El problema parte de que los discípulos de Jesús no se lavan siempre las manos antes de comer; por ahi podrian entrar impurezas a sus vidas, cuando la impureza nos dirá Jesús que no nos entra por la boca, sino que muchas veces con nuestra malicia la tenemos metida en el corazón, y de ahí con un corazón malicia saldrán muchas maldades que si manchan al hombre. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está bien lejos de mi’, les recuerda Jesús con palabras del profeta.
¿Por dónde andamos nosotros? ¿cuáles son nuestras actitudes y nuestras posturas? ¿Tenemos en verdad una generosidad sin límites en nuestro corazón?