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martes, 12 de febrero de 2019

Ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con el Señor ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con los demás, la generosidad del amor es lo que tiene que imperar



Ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con el Señor ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con los demás, la generosidad del amor es lo que tiene que imperar

Génesis 1,20–2,4a; Sal 8; Marcos 7,1-13

Seguramente que todos nos habremos encontrado en la vida con personas de escrupulosa conciencia que viven en una continua angustia porque andan midiendo poco menos que con una lupa todo lo que hacen porque en todo parece que están viendo pecado y no solo se atormentan ellos sino que además atormentan a cuantos les rodean porque siempre se están preguntando si esto se puede o no se puede hacer, si ya me pasé de la raya y fui más allá de lo permitido y así viven en una continua angustia. Aunque también por contra nos encontramos a aquellos que miden pero en otro sentido, a ver cuánto se puede permitir, hasta donde pueden llegar y van alargando y alargando lo que se permiten porque viven quizá en un espíritu leguleyo y simplemente cumplen de una forma ritual por cumplir pero sin darle hondura a aquello que hacen.
Recuerdo aquellos, por ejemplo, que se preguntaban hasta qué momento podían llega tarde a Misa pero que cumplian con la obligación de la misa dominical, si ya el sacerdote había leído o no el evangelio, o llegó y estaba todavía a medias y ya con eso cumplía. Y no digamos nada con aquello de pagar la bula para así librarse de unos ayunos y abstinencias penitenciales; cuántas trampas se trataba de hacer para ver de pagar menos, porque todo era según las posibilidades o bienes de las personas, y así con unos duros nos librabamos de la penitencia cuaresmal.
Escrúpulos, conciencias laxas, cumplimientos ritualista o legalistas, pero que en ningún caso quizá había una vivencia profunda sino unos miedos o unos legalismos para quedar bien con el cumplimiento. En referencia, por ejemplo, al culto, ¿es ese el culto que el Señor quiere? ¿Una cosas realizadas así simplemente de una forma ritual es lo que agrada al Señor si es que nuestro corazón está bien lejos de Él? Qué lástima que a eso hayamos reducido muchas veces todo lo que es nuestra práctica de vida cristiana.
El camino de la vida cristiana ha de pasar necesariamente por el amor; es un reconocimiento del amor que Dios nos tiene, porque primero fue el amor de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El primero nos amó y entregó a su Hijo por nosotros’, como nos enseña el apóstol. Es una respuesta al amor de Dios, pero una respuesta de amor que ha de envolver toda nuestra vida, todo lo que hacemos y vivimos, nuestras relaciones con Dios y las relaciones que hemos de mantener con los demás a quienes siempre vamos a mirar como hermanos.
No se trata de hacer cosas por cumplimiento, no se trata de poner medidas para ver hasta dónde podemos llegar o las líneas que no hemos de traspasar; eso son servilismos y los servilismos no tienen nada que ver con el amor. Porque no amamos con medidas, no amamos poniendo límites, no amamos haciéndonos reservas, no amamos con mezquindad. Ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con el Señor ni podrá haber mezquindad en nuestra relación con los demás.
Hoy en el evangelio vemos que vienen los fariseos con sus múltiples leyes y preceptos y con sus formalismos sin darle hondura incluso a lo bueno que pudieran realizar. El problema parte de que los discípulos de Jesús no se lavan siempre las manos antes de comer; por ahi podrian entrar impurezas a sus vidas, cuando la impureza nos dirá Jesús que no nos entra por la boca, sino que muchas veces con nuestra malicia la tenemos metida en el corazón, y de ahí con un corazón malicia saldrán muchas maldades que si manchan al hombre. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está bien lejos de mi’, les recuerda Jesús con palabras del profeta.
¿Por dónde andamos nosotros? ¿cuáles son nuestras actitudes y nuestras posturas? ¿Tenemos en verdad una generosidad sin límites en nuestro corazón?





martes, 6 de febrero de 2018

No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo

No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo

1Reyes 8,22-23.27-30; Sal 83; Marcos 7,1-13

Qué malos son los escrúpulos; andar siempre obsesionados porque en todo nos parece que nos equivocamos, que hacemos mal, que la gente pueda estar pendiente de lo que hacemos si lo hacemos bien o lo hacemos mal. Reglamentamos la vida con tantas normas que al final no sabemos a qué atenernos y estamos con la inquietud de que lo hicimos mal, que nos pasamos aunque solo fuera en lo mínimo en lo que hicimos, y atormentamos nuestra conciencia, no tenemos paz interior y así no encontramos la manera de ser felices.
Necesitamos una madurez en la vida, que no consiste en imponernos normas y mas normas sino en tratar de tener unos principios justos por los que guiarnos en nuestro actuar y tratar de no perder la paz del espíritu realizando lo que es lo fundamental y lo que da verdadera rectitud interior a lo que hacemos. El escrupuloso quiere tener como reglamentado toda su vida en los más mínimos detalles, pero eso se hace insoportable porque andamos como un corsé que nos aprieta por todos lados. Sin esas reglas parece no saber actuar y al final vive esclavizado y sin libertad.
Acuden hoy en el evangelio a Jesús unos fariseos pidiéndole explicaciones a Jesús por las actitudes o las costumbres de sus discípulos. Los fariseos eran muy puritanos y parecía que todo lo que tocaran podía hacerlos impuros, por eso andaban continuamente haciendo abluciones para purificarse. No era la simple higiene que tendríamos que haber en nuestra vida para evitar un contagio que pudiera dañarnos, sino que eso lo habían convertido en normas muy estrictas pero pensando más bien en impurezas legales, que en la propia pureza de su corazón.
Como comenta el propio evangelista en el episodio que hoy nos narra cuando volvían de la plaza se lavaban bien las manos restregando bien antes de comer, pero evitar esas impurezas. Ven a los discípulos de Jesús que no tiene esas exigencias tan a rajatabla en sus costumbres y se lo echan en cara a Jesús. ‘¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?’
Jesús quiere hacerles entender que no nos podemos quedar en cosas meramente exteriores que son simples apariencias, sino que lo que tenemos que cuidar es la rectitud que tengamos en el corazón. Y les recuerda palabras de los profetas. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’, les dice Jesús. Nos olvidamos del verdadero mandamiento de Dios imponiéndonos preceptos humanos, viene a decirles; nos cargamos de normas y reglamentaciones y nos olvidamos del amor y de la misericordia.
Cuidado que a nosotros nos pase lo mismo; cuidado que entre nosotros los cristianos nos preocupemos más de reglamentos y preceptos que de la misericordia, la solidaridad, el amor con el que hemos de brillar en nuestra vida. Cuantas veces decimos yo ya he cumplido, porque hemos cumplido algunos preceptos, porque quizás venimos a misa todos los domingos o cumplimos las promesas que hacemos en nuestra devoción a una determinada imagen religiosa; hemos cumplido decimos pero luego no somos capaces de ser compasivos con el hermano y no tenemos misericordia en el corazón para comprender y para perdonar, para compadecernos y ser capaces de compartir con el necesitado.
No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo. Vivamos la misericordia y la compasión porque sentimos como Dios es misericordioso con nosotros, pero seamos igualmente nosotros misericordiosos con el hermano. Cuánto no cuesta perdonar, cómo discriminamos fácilmente al otro porque ha cometido un error en la vida, cómo apartamos de nuestro lado y hasta quizá de la vida de la Iglesia alguien porque no nos parece tan bueno como  nosotros juzgamos. El juicio es de Dios, pero Dios es siempre misericordioso; de la misma manera en nuestro juicio seamos siempre misericordiosos con nuestro hermano. Atención, que no siempre lo somos.

martes, 16 de enero de 2018

Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir

Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir

1Samuel 16,1-13; Sal 88; Marcos 2,23-28

Todos conocemos personas minuciosas que siempre se están fijando en los detalles más mínimos y que muchas veces incluso nos atormentan porque parece que lo único que son capaces de ver en esas pequeñeces son las cosas oscuras. Personas escrupulosas que se atormentan a si mismas, pero que de alguna manera atormentan a quien esté a su lado.
Cuando entran en el ámbito de la conciencia, queriendo calibrar lo que hacen bien o de lo que hacen mal el tormento es insufrible, en todo les parece estar viendo pecado; necesitan una liberación interior porque el mandamiento del Señor para esas personas más que un cauce de amor por donde debe circular nuestra vida se convierte en una obsesión y en un tormento llenando de mucha negatividad sus vidas.
No es eso lo que Dios quiere para nosotros. La grandeza de nuestro espíritu es que seamos capaces de discernir bien es cierto pero no para buscar el tormento, sino para vivir en la libertad del que ama de verdad y con un amor que se olvida de si para darse con generosidad de corazón.
Hoy hemos visto en el evangelio que se nos habla de cómo por allá andaban los sesudos fariseos con sus reglamentaciones al limite que se fijan ahora si los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado cogen unas espigas y las estrujan con sus manos para comer sus granos. Es sábado y eso lo consideran ellos como si estuvieran en el trabajo de la siega; y los sábados no se puede trabajar, reglamentado estaba hasta la distancia que podían recorrer. Reglamentaciones que no liberan sino que atormentan, ponen trabas a la vida de las personas y atormentan nuestra conciencia por si acaso hayamos pasado aunque fuera lo mínimo el límite de lo permitido.
‘El sábado se hizo para el hombre y el Hijo del Hombre es señor del sábado’, les dice Jesús. No podemos vivir en ese sentido de esclavitud. La ley de Dios lo que busca es trazarnos los cauces para que el hombre sea verdaderamente feliz y realice en armonía su vida. Pudiera parecernos un lenguaje negativo el de los mandamientos porque parece que todo son prohibiciones, pero mirémoslo desde el lado positivo de quien ama y por ama nunca querrá buscar el daño del otro.
No es no matar sino amar, no es no robar, sino ser justo y compartir, no es no mentir o calumniar sino ser veraz y sincero en la vida… y así podríamos ir pensando en cada uno de los mandamientos del Señor. Por eso Jesús nos vendrá a decir que su único mandamiento es el del amor. Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir. Es así como buscaremos la gloria del Señor.
Tenemos que dejarnos iluminar por el evangelio, escuchar esa buena noticia que nos viene a traer Jesús en que quiere un mundo nuevo – el Reino de Dios – en el que todos podamos ser felices de verdad porque siempre queremos hacer felices a los otros. No habrá llanto, ni luto ni dolor, porque el amor transformará nuestras vidas, porque la esperanza llena de un sentido nuevo la vida aunque aparecieran en algún momento las sombras, porque teniendo a Dios en el centro de nuestro corazón toda nuestra vida caminará siempre hacia la plenitud.