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domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


miércoles, 8 de octubre de 2025

 

Sepamos quitar esa ‘chinita’ de la incapacidad de perdonar de nuestro zapato y comenzaras a sentirte más dichoso y feliz, con más ganas de amar con un amor generoso

Jonás 4,1-11; Salmo 85; Lucas 11,1-4

Queremos tener zapatos cómodos en nuestros pies y nos gastamos lo que sea necesario para conseguir unos zapatos bonitos cómodos y poder caminar sin ningún tipo de molestia; pero a veces nos sucede que se nos mete una ‘chinita’ en el zapato que nos hace amargo nuestro caminar, nos molesta, no sabemos a veces como quitarla porque parece que va corriendo por toda la planta del zapato y se nos hace insoportable nuestro caminar.

Hoy sale a relucir esa ‘chinita’ del zapato de nuestra vida que no nos deja tranquilos, que no terminamos de comprender ni saber qué hacer terminar de liberarnos de eso que muchas veces va amargando nuestra existencia, aunque tratemos de disimularlo. Está incluido en una de las peticiones que hacemos en la oración que Jesús nos enseñó.

El evangelio nos habla de la petición que le hacen los discípulos a Jesús, ‘enséñanos a orar’. Repetidamente vemos la oración de Jesús en el evangelio, como participa en la oración de la comunidad en la sinagoga o en las fiestas pascuales en el templo de Jerusalén, pero también le vemos en diversos momentos que se retira a orar a lugares apartados o expresa su oración y acción de gracias al Padre en medio de los mismos acontecimientos que se van sucediendo. En muchas ocasiones por otra parte nos hablará de la insistencia, perseverancia y confianza con que hemos de orar al Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá…’ porque el Padre siempre atiende a la oración de los hijos.

Ahora Jesús nos deja plasmado en unas palabras concretas lo que ha de ser el sentido de nuestra oración. Hemos grabado esas palabras de Jesús en el corazón de nuestra vida y nos las hemos aprendido de memoria para repetirlas una y otra vez en nuestra oración. No voy ahora a extenderme en cada uno de esos como apartados con los que traza lo que ha de ser nuestra oración; quiero más bien ir a subrayar lo que más nos cuesta decir con todo sentido y en toda su amplitud en esa formula de oración y que de alguna manera es esa ‘chinita’, esa piedrecilla que se ha metido en nuestro zapato y que no terminamos de resolver.

Pedirle perdón a Dios parece ser fácil en cuanto pedimos ese perdón para nosotros, y ya hasta de alguna manera nos hemos acostumbrado a decir que somos pecadores y como que parece que Dios ya tiene en su misericordia la obligación de perdonarnos. 

Vayamos por partes, ¿sabremos nosotros disfrutar de ese perdón? ¿Será en verdad motivo para sentir gozo en el alma, pero de tal manera que no nos queremos ver de nuevo envueltos en aquellas negruras del pecado? ¿No nos estará sucediendo que no terminamos de unir este perdón que le pedimos a Dios con aquella forma de llamarle tal como lo hacemos cuando comenzamos a llamarle Padre en nuestra oración? Quizás no hemos sabido saborear del todo esa palabra, ese llamar a Dios Padre, ese sentir que Dios es para nosotros un Padre que nos ama y nos ama de una forma incondicional y en su amor nos regala su perdón.

Pero la ‘piedrecita’ la encontramos cuando llegamos a las consecuencias de ese perdón, el perdonar nosotros a los demás, a los que nos han ofendido, con quienes tenemos la deuda de esa ofensa y de ese consiguiente perdón. Ahí es cuando nos sentimos cojear en ese perdón de Dios también, porque si no somos capaces nosotros de perdonar, de ofrecer ese regalo de amor de nuestro perdón, ¿cómo seremos capaces de pedir ese perdón de Dios?

Por ahí comenzamos a cojear, a querer hacer nuestras interpretaciones favorables a ver como quedamos bien, pero algo está flaqueando en nuestra vida y en nuestras actitudes porque parece que ya el amor no es tan amplio como tendría que ser. Es lo que tenemos que aprender a disfrutar, es cuando tenemos que sacar todas las consecuencias de aquel amor con queremos llamar a Dios Padre y sentirnos amados por El.

Es por donde tenemos que empezar, es lo que tenemos que saber saborear, disfrutar. Podremos entender las palabras de Jesús en la cruz cuando no solo pide perdón por los que le crucifican sino que aun los disculpa porque no saben lo que hacen. ¿No sería eso lo que movería el corazón de aquel ladrón que estaba en el mismo sufrimiento de Jesús para tener la confianza y la osadía de pedir a Jesús que se acordara de él cuando llegara a su Reino?

Y es que el perdón generoso no solo nos dará más felicidad a nuestro corazón sino que también moverá el corazón más endurecido para querer entrar también en esa órbita del amor. El contemplar esa capacidad de perdón de alguien a nuestro lado es un aliciente y un estimulante para movernos a nuestro propio arrepentimiento y a la confianza de obtener ese perdón como también ofrecerlo generosamente.

Sepamos quitar, pues, esa ‘chinita’ de nuestro zapato, porque vas a comenzar a sentirte más dichoso, más feliz, con más ganas de amar con un amor totalmente generoso.  

domingo, 13 de abril de 2025

Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

 


Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 – 23, 56

¿Podríamos decir que estamos contemplando un mosaico? Aunque de forma ordinaria y popular llamamos mosaicos a las piezas con que adornamos o alicatamos nuestros pisos y paredes, sabemos bien que un mosaico esta formado por diferentes piezas de variados colores con los que realizamos la composición de una imagen con sus luces y con sus sombras de una forma, diríamos, artística y de gran belleza. Pues bien, así quiero pesar cuando escuchamos este relato que hoy nos ofrece la liturgia en este domingo de Ramos en la pasión, pero un mosaico donde podemos entremezclar, vamos intercalando las piezas de nuestra vida con esos momentos de la pasión que en este texto del evangelio de san Lucas se nos relata.

Hay como una serie de contraposiciones en este texto que bien van reflejando lo que es el camino de nuestra vida en contraste con el evangelio de Jesús. Momentos de tragedia como momentos de entusiasmo y euforia, momentos grandiosos de luz que contrastan con otros momentos de sombra como lo es la vida misma, una solemnidad por el momento trascendental que se vive contrapuesto con esos pasos renqueantes que vamos dando tanta veces cuando nos dejamos adormilar por la vida o cuando no somos valientes para afrontar con decisión el momento en que hemos de dar la cara, testimonio que nos ofrecen los que menos podrían parecer proclives a estar en el lado de Jesús, mientras los que nos decimos que seriamos capaces de dar la vida por Jesús nos escondemos o negamos que estamos del lado de Jesús.

Comienza el relato diciéndonos Jesús cuanto ha deseado llegar a este momento de la Pascua que es como una primera invitación que nos hace para que nos dispongamos en este comienzo de la semana de pasión a desear vivir y celebrar también con intensidad esta Pascua, en concreto la de nuestra vida y en este año. Y es Jesús quien nos deja la forma de vivirla y celebrarla, en su Cuerpo entregado que se hace Pan de vida para nosotros y en su Sangre derramada como signo de esa entrega que nosotros hemos de vivir. Es el estilo del servicio que Jesús nos ofrece como sentido de vida, de la suya y de la nuestra. ‘Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’. Por eso nos dirá que ‘el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve’, como tantas veces nos había enseñado a lo largo del evangelio.

Es fácil en un momento de fervor hacer propósitos y promesas. Tras lo que iban viviendo en aquella cena pascual y los anuncios y las palabras de Jesús estamos prontos para los buenos propósitos. ‘Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte’, son las palabras de Pedro, pero pronto será el primero que se duerme en Getsemaní en los momentos de la oración de Jesús - ¿no le había sucedido algo así también en el Tabor cuando Jesús los llevó para orar en lo alto de la montaña? – y cuando llegue el momento de dar la cara negará incluso el conocer a Jesús. ¿No nos dice nada de nuestros altos y bajos, de los momentos de entusiasmo cuando parece que todas las cosas marchan bien y de los momentos de decaimiento y zozobra cuando aparece la oscuridad del sufrimiento?

Podríamos seguir haciendo así una lectura detallada en confrontación con nuestra vida de cada uno de los momentos de la pasión de Jesús. Nos daría para abundantes y profundas reflexiones. Vamos a fijarnos brevemente en algunos de los momentos de Jesús en la cruz y en sus palabras. Quien cuando había proclamado en las Bienaventuranzas la meta ideal del que es su discípulo y le sigue señalándonos que los misericordiosos alcanzarán misericordia y casi como una primera consecuencia el que tenemos que ser misericordiosos con los demás amando incluso a los enemigos, ahora mientras lo crucifican pide al Padre perdón y misericordia para quienes lo están clavando al madero ‘porque no saben lo que hacen’. Es la piedra preciosa del mosaico que nos manifiesta lo que es el rostro misericordioso de Dios frente a nuestro corazón endurecido que de tantos abismos de rencores y resentimientos vamos llenando la vida.

Otra pieza brillante de ese mosaico aunque nos pueda parecer contradictorio la encontramos en uno de aquellos malhechores que eran crucificados junto a Jesús. Aquel corazón que podríamos contemplar endurecido por la maldad que le había llevado a aquella condena ¿qué pudo contemplar en quien con ellos estaba crucificado incongruentemente como rey de los judíos para pedir estar con El en su Reino? Los caminos de Dios son inescrutables hemos escuchado muchas veces y los caminos de la gracia estaban regando el corazón de aquel malhechor. ¿No había dicho Jesús que el médico no era para los que se creían sanos sino para los que sentían enfermos? ‘Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, porque así de pronta es la misericordia del Señor. Y nosotros que le damos tantas vueltas al paso de perdonar y de restablecer el amor y la amistad.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, fueron las últimas palabras de Jesús. Un día había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Nos había enseñado para nuestra oración que fuéramos capaces de pedir que se hiciera siempre la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Aunque había pedido en Getsemaní que pasara de El aquel cáliz había permanecido en su deseo de que por encima de todo estuviera siempre lo que era la voluntad de Dios. Quien se pone en las manos de Dios sabe que nunca se podrá sentir abandonado porque Dios es siempre nuestra fortaleza y nuestro refugio. ¿Qué podía decir Jesús en este momento supremo de su muerte? Encomendarse a las manos del Padre.

El claroscuro de nuestra vida está en nuestras angustias y desesperanzas cuando nos llegan de una manera u otra los momentos oscuros de la vida donde todo lo vemos turbio, donde nos parece que el túnel al final se queda sin luz, donde no somos capaces de ver más allá de ese momento de tormento esa luz que pone paz en el corazón, ser capaces de ver los resplandores de bien y de bondad que podemos encontrar en los que están a nuestro lado. En aquella tarde de tormento el centurión supo descubrir el actuar de Dios porque confesaría ante la muerte de Jesús que era un justo.

Dejémonos invitar, como decíamos antes, por Jesús para comer esta Pascua con El. Ha de ser una Pascua especial, en ese mosaico tenemos que saber descubrir el verdadero colorido de la vida que solo en Jesús podemos encontrar. Estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua.

lunes, 28 de octubre de 2024

En Jesús encontramos la verdadera salud y salvación porque en El encontramos el amor verdadero, el perdón y la paz

 


En Jesús encontramos la verdadera salud y salvación porque en El encontramos el amor verdadero, el perdón y la paz

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Sufrimos, porque tenemos algún dolor; pensamos en algo somático, algo de nuestro cuerpo que no funciona bien, tenemos alguna lesión, una enfermedad aqueja alguno de nuestros miembros o de nuestros órganos; pero podemos pensar algo más, algo que no está en orden en nuestra mente, aparecen desequilibrios en la vida que también nos llenan de sufrimiento y son ya algo más allá de nuestro cuerpo, aunque nuestro cuerpo también puede verse afectado; pero también hay sufrimientos más hondos, que ni son consecuencia de esos desequilibrios mentales, ni provienen de enfermedades corporales, pero hay algo que nos hace perder la paz, algo que nos hace no sentirnos bien, algo que nos perturba interiormente porque tenemos la conciencia de que no hemos obrado bien, no hemos sido justos en lo que hemos hecho, y será algo que nos afecta a nuestra paz espiritual y también sufrimos.

Encontramos médicos que nos curen, psicólogos o psiquiatras que traten nuestra psiquis, nuestra mente, pero, ¿quién nos puede hacer encontrar esa paz interior que hemos perdido y que no encontramos con ningún recurso psicológico? ¿Quién nos libera de ese pesar del corazón por aquello que pudimos hacer y no hicimos y perjudicó a alguien, o que hicimos mal y no solo hizo daño a alguien sino que nos ha hecho daño por dentro?

No soy técnico en estas materias y cualquiera bien entendido me puede dar muchas lecciones, pero sí sé una cosa que esa paz interior no la podemos curar por nosotros mismos y será siempre algo que nos supera. Y desde mi fe yo quiero encontrarme ahí con ese actuar de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Hoy nos dice el evangelio cuando escogió a aquellos doce apóstoles los envió por el mundo a curar de todo tipo o clase de enfermedad.

Es cierto que el evangelio fue escrito en un tiempo determinado y nos hablará en principio de aquellos sufrimientos o enfermedades que eran más conocidas en su tiempo; nos habla de cegueras o de lepras, de invalidez o de muerte, pero nos habla también de endemoniados y siempre buenamente hemos querido ver ahí muchos tipos de enfermedades epilépticas; pero creo que hay más.

En otro momento cuando Jesús habla del envío que hace de sus discípulos con la fuerza de su Espíritu nos hablará también de la paz y del perdón de los pecados. Recordamos su aparición a los discípulos en el Cenáculo después de la resurrección. La Pascua de Jesús ha venido a sanar al hombre desde lo más hondo de si mismo, para que encuentre la verdadera paz; por eso nos hablará de perdón, como en otra ocasión nos pondrá la exigencia del perdón como camino necesario para la reconciliación y para el amor. ¿No serán esos los peores sufrimientos que podemos padecer en nuestro interior? Jesús, tenemos que decir, viene a curarnos. Solo cuando seamos capaces de hacer el regalo del perdón, de la misma manera que Dios también nos ha regalado su perdón, seremos capaces de sanarnos a nosotros mismos allá en lo más hondo de nosotros.

Algunos dicen ante algo que alguien le haya podido hacer, yo a ese no le perdono jamás; y pensamos que estamos castigando a aquel que nos haya hecho ese daño que no queremos perdonar, pero ¿sabemos realmente a quien le estamos haciendo ese daño? A nosotros mismos porque ese rencor que guardamos por dentro será una herida sin sanar dentro de nosotros, una cicatriz que siempre nos estará molestando porque a la mas mínima cosa volverá a revivirse todo aquello de lo que no nos hemos curado.

Quiere Jesús que encontremos la verdadera paz, quiere Jesús sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos, solo entonces dejará de dolernos la vida, solo entonces encontraremos esa serenidad del espíritu que tanto necesitamos. ¿Queremos de verdad permanecer en esa angustia y en ese dolor?

jueves, 12 de septiembre de 2024

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

 


La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138; Lucas 6, 27-38

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor. Sin el amor no lo entenderíamos, porque aflorarían otras tensiones y pasiones que nos obnubilarían de tal manera que no lo llegaríamos a entender ni poder vivir.

Claro que cuando comenzamos hablando del perdón enseguida nos vienen a la mente experiencias dolorosas que hayamos tenido alguna vez en la vida y en lo primero que pensamos es el perdón que tendríamos que otorgar a los demás; y claro, eso se nos atraganta y no siempre es fácil de asumir, tenemos que reconocer.

Pero cuando ahora estamos hablando de perdón ¿por qué no empezamos por otro camino? ¿Por qué no pensamos en la experiencia que hayamos tenido nosotros de ser perdonados? Porque todos alguna vez en la vida hemos necesitado de ser perdonados, porque sabemos que cometemos errores, hacemos algo que puede molestar o dañar a los demás, podemos ofender aunque tengamos las mejores intenciones del mundo en lo que hacemos. 

Alguna vez nos hemos visto apesadumbrados por algo que hemos hecho, y casi nos sentimos incapaces de acercarnos a aquel a quien hemos molestado con algo; y quizás cuando por fin nos hemos acercado nos encontramos que aquella persona llena de generosidad nos dice que todo eso para ella está cancelado, en una palabra que nos ha perdonado y quizás sin exigirnos nada. ¿Cómo nos hemos sentido? Seguro que habremos sentido una liberación interior difícil de explicar.

En mi reflexión he querido ir dando estos pasos, pero creo que el paso primero que hemos de dar es en nuestra relación con Dios; y experimentar en nosotros todo lo que es el amor de Dios que se derrama en nuestra vida y que también se hace perdón para nosotros. Nos sentimos amados, y porque nos sentimos amados sabemos que somos perdonados, y somos perdonados con la generosidad del  amor de Dios que siempre va a superar la mejor generosidad que nosotros podamos ofrecer.

Es desde esa experiencia de la que tenemos que partir y obrar en consecuencia. Si Dios así me ama y me perdona, ¿Quién soy yo para negar ese amor y ese perdón a quien me haya ofendido? ¿No es precisamente el mandamiento del amor lo que se nos ha puesto como distintivo a los que seguimos a Jesús, a los que nos llamamos cristianos? Y nos dice que nos amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. ¿Y si nos amamos no queremos que sean también buenos con nosotros, que sean misericordiosos con nosotros? De la misma manera tenemos que ser misericordiosos con los demás. Es que estamos entrando en la dinámica del amor. Y ese perdonar, porque también nosotros nos sentimos perdonados, como decíamos, es una experiencia insuperable, es una experiencia de amor.

Hoy nos habla Jesús del amor a los enemigos, del amor también a los que no nos aman, porque nuestro amor tiene que ser siempre generoso y universal. ¿En que nos vamos a distinguir si somos seguidores de Jesús? ¿En hacer lo que hace todo el mundo? Como nos dice Jesús saludar a los que nos saludan eso lo hacen también los que no creen en Jesús, como ayudar solo a los que los ayudan. Entonces no habría nada diferente en nuestra vida desde esa fe que tenemos en Jesús y desde esa experiencia del amor de Dios que experimentamos en nuestra vida.

Es el camino que nos distingue a los seguidores de Jesús.

martes, 30 de abril de 2024

Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz, porque la misericordia y el perdón son el verdadero camino para encontrar la paz

 


Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz, porque la misericordia y el perdón son el verdadero camino para encontrar la paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

Sin misericordia nunca llegaremos a entender ni a obtener la paz. No es simplemente la victoria de uno contra otro cuando hay dos contendientes; si hay una victoria, habrá habido algún derrotado; ¿cómo puede sentirse si desde esa fuerza violenta que dado la victoria a una de las partes se le quiere imponer la paz? La paz no se impone como no se impone el silencio, tampoco se conquista por la violencia de ninguna de las armas que tengamos en nuestras manos para decir que somos vencedores, porque siempre habrá daños, siempre habrá quien se siente herido, siempre habrá quien quiere otra cosa, otra libertad que se le ha arrebatado, como la paz no es tampoco un clima de sosiego exterior. Por eso, otro tiene que ser el camino de la paz.

Es un tema candente hoy, en la historia de nuestro hoy, como ha sido candente en la historia de todos los tiempos, y aun no hemos terminado de aprender la lección. No terminamos de aprender para la paz, no terminamos cada uno de nosotros buscar esos caminos de paz en nosotros mismos. Cuando todos la busquemos con sinceridad y tratemos de mantenerlo dentro de nosotros mismos comenzaremos de verdad a crear ese clima de paz que se irá contagiando de los unos a los otros.

Comencemos por aceptarnos a nosotros mismos, también con nuestros errores, también con las violencias que a veces afloran en nuestras vidas, comencemos a darnos cuenta de nuestra realidad y al aceptarnos nos perdonamos esos errores y esos tropiezos, para arrancar amarguras del corazón; quien no ha sabido perdonarse mantiene siempre una llama encendida, que aunque nos parezca pequeña en cualquier momento se puede convertir en un incendio devorador, por eso personar es comenzar por apagar ese pequeño rescoldo que pueda quedar en nosotros, de lo que hemos hecho o de lo que nos han hecho; no podemos dejar rescoldos que a la menor brisa se conviertan en llamaradas destructoras.

Y eso es el caldo de cultivo que tenemos que hacer con los demás, mostrando que sabemos perdonar, mostrando que sabemos ser misericordiosos porque nuestro corazón a pesar de las miserias tiene siempre una lado de compasión que elimina aristas, que lima asperezas, que busca siempre la conjunción con los demás evitando chispas y haciendo una buena rodadura. Es el aceite de la misericordia que sirve de colchón, que crea engranajes de amor, que busca siempre el encuentro, que nunca echará en cara ni querrá imponerse, que saber estar siempre de buena manera al lado de todos.

Cuando todos comencemos a contagiarnos los unos a los otros de esa misericordia estaremos definitivamente emprendiendo el camino de la paz. Por eso cuando pedimos por la paz, estamos pidiendo por esos pequeños detalles que seamos capaces de tener los unos con los otros, pero estamos pidiendo que los corazones de los que tiene en sus manos esos ejes de violencia y que están robando la paz a nuestro mundo, cambien porque se vean envueltos en ese aceite de misericordia. No todos estarán dispuestos y así vemos la carrera por la que va nuestro mundo, pero desde abajo tener que hacer hervir ese aceite de la misericordia para que todos nos veamos envueltos en él y comencemos a sentir distinto, y en consecuencia poco a poco a actuar distinto.

Hoy nos ha dicho Jesús en el Evangelio que nos da su paz. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. Pero también nos dice que no nos acobardemos por lo difícil que podemos encontrarlo. Fue también su saludo pascual en las distintas apariciones a los discípulos, pero también hoy nos dice que su paz es distinta, que no nos la da como la da el mundo. Recordemos que cuando saluda con la paz a los discípulos en el cenáculo aquel primer día de la semana los envió al mundo con el mensaje del perdón y del amor. No puede estar lejos la paz del perdón y de la misericordia; es el camino para encontrar la verdadera paz.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Quien saborea la misericordia en su corazón necesariamente se ve impulsado a obrar con la misma misericordia con los demás

 


Quien saborea la misericordia en su corazón necesariamente se ve impulsado a obrar con la misma misericordia con los demás

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7; Sal 102; Romanos 14, 7-9;  Mateo 18, 21-35

Sería mezquino que a un amigo al que queremos y apreciamos mucho le estuviéramos llevando la cuenta de las veces que lo he visitado, de los favores que le he hecho, de las veces que lo he ayudado, de lo que le hemos tenido que aguantar en sus jaquecas, porque si somos amigos, esas cosas no se cuentan, se hacen y ya está, ayudamos cuando haga falta, le aguantamos la jaqueca como él nos aguanta a nosotros, le hacemos un favor las veces que sea necesario, como solemos decir, para eso están los amigos. lo otro sería mezquindad, sería pobreza de miras, sería raquitismo. 

Sin embargo en la vida vamos muchas veces con ese raquitismo de nuestro espíritu; porque vamos haciendo distinciones y discriminaciones; porque este me cae bien pero aquel otro no hay quien lo aguante. Claro que somos distintos, que tenemos nuestros defectos y limitaciones, como también todos tenemos nuestras virtudes, nuestras cosas buenas, pero parece que hay cosas en las que no queremos transigir. 

Y aquí llegamos a nuestros resentimientos y rencores, a nuestras desconfianzas, y a seguir teniendo en cuenta algo que alguien nos hizo un día, en un mal momento, en alguna situación en la que no nos entendimos, pero parece que eso tenemos que estarlo guardando siempre, no lo podemos olvidar, ya le ponemos peros a esa persona, y no digamos cuantas guerras nos vamos creando en consecuencia, porque nunca llegamos a liberarnos interiormente de esos tormentos, porque peor que aquello que un día nos hicieron está ese tormento del rencor del que no hemos sabido liberarnos.

¡Cuánto cuesta perdonar! ¡Cuánto cuesta encontrar esa paz en el corazón! Porque, aunque queremos decir lo contrario y nos pongamos orgullosos por encima de todo, en el fondo hemos perdido la paz del corazón y no la hemos sabido reencontrar. Y solo es una cosa tan sencilla como perdonar para sentirnos en verdad liberados de esos pesos muertos que seguimos manteniendo dentro de nosotros con esos resentimientos y rencores, con ese no saber tener la valentía de perdonar.

Y así andamos con nuestros raquitismos en la vida que a la larga nos hacen daño a nosotros mismos.  Prueba a perdonar y sentirás una liberación en tu interior que no sabrás agradecer lo suficiente. Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. Pedro también andaba como todos nosotros echando cuentas. Había oído hablar a Jesus del amor a todos y del amor a los enemigos. Había escuchado incluso a Jesus decir que había que rezar por aquellos que nos habían hecho mal y que frente a una injuria en lugar de responder con la misma moneda habíamos de saber incluso poner la otra mejilla cuando nos pegaran en la cara. 

Pero costaba entenderlo. Porque eso de rezar por el que nos había ofendido significaba poner en el corazón a aquella persona que nos hizo daño, y eso no es fácil, pero bueno, se podría intentar al menos formalmente rezar 'un padrenuestro' por aquella persona a ver si cambiaba. Pero ese no era el sentido de lo que Jesús nos estaba planteando. era algo mucho más hondo lo que Jesus nos estaba pidiendo.

Por eso Pedro viene haciendo cuentas, podré perdonarle una, dos veces, bueno hasta siete. Y es lo que le pregunta a Jesus. '¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? hasta siete veces?' Ya le parecía una cuenta bastante generosa. No esperaba lo que le iba a decir Jesús. 'No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete'. Aquí ya podría perder la cuenta con esas multiplicaciones. Y entendemos lo que quería decir Jesús.

Y propone Jesús un ejemplo, una parábola. El rey que perdonó la deuda de su servidor al que le había pedido cuentas y era muy grande la cantidad que le debía; pero a sus súplicas tuvo generosidad en el corazón para perdonarle toda su deuda. Pero aquí viene el contraste. Quien ha sido perdonado por su amo, ahora no supo quedar como un rey con su compañero que le debía una minucia, al que le exigió que le pagara y como no tenía con qué lo metió en la cárcel. ¿Qué le pasaba a aquel hombre? ¿Había sabido valorar la generosidad y la misericordia que con él habían tenido para ser capaz él mismo de tener compasión de su hermano? A todos nos parece incomprensible una actitud así, y pensamos que algo le estaba fallando a aquel hombre en su interior. 

Pero cuidado no entremos nosotros en juicios fáciles, porque tenemos que analizarnos si nosotros no andamos también muchas veces con esa misma mezquindad en la vida. Somos muy fáciles para pedir perdón a Dios en nuestras oraciones - no sé si seremos tan fáciles para pedir perdón a los demás cuando por alguna cosa les hayamos molestado -, pero cuánto nos cuesta regalar también ese perdón a los demás. No sé si nos sucederá que entramos en una como rutina en eso de pedir perdón a Dios, que luego no terminamos de saborear esa misericordia que Dios tiene con nosotros. 

Quien saborea la misericordia en su corazón necesariamente se ve impulsado a obrar con la misma misericordia con los demás. Quien ha disfrutado al sentirse perdonado, ha sentido esa liberación en su corazón de esa culpa por lo que hayamos hecho mal, desde esa misma liberación del corazón ofrecerá generosamente su perdón a los demás. 

Si sentimos paz en el corazón cuando nos han perdonado, de la misma manera sentiremos paz en el corazón cuando nos portamos como reyes y somos generosos en el perdón para los demás. Leamos de nuevo ese texto tan hermoso del Eclesiástico que se nos ha ofrecido hoy. Es lo que nos está enseñando Jesús. Es lo que nos pide el Evangelio.


martes, 14 de marzo de 2023

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

 

limpiemos el cristal del corazón perdonando

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Cuando dejará de darme la lata, ya está bien, una y otra vez con lo mismo, pensamos algunas veces impacientes ante las molestas que estamos recibiendo de alguien. Ya le ha aguantado bastante, argumentamos, le he perdonado tantas veces, pero parece que esto no se acaba, y ya comenzamos a tenerle inquina en nuestro interior, perdemos la paciencia fácilmente, y terminamos rechazándolo.

Aquí estamos entrando en el tema del perdón, de las molestias u ofensas que recibimos de los demás, y nos preguntamos hasta donde tenemos que aguantar, hasta donde tenemos que seguir teniendo paciencia, cuantas veces tengo que perdonarle. Nos sucede tantas veces. Lo vemos tantas veces en la vida a nuestro alrededor; gente que se las guarda en su interior – y cuanto daño se están haciendo a si mismos – y están buscando no ya el cómo perdonarle, sino como encontrar medio para la venganza. Cosas así las tenemos muy cerca de nosotros, cuando no nos sucede a nosotros lo mismo.

Es lo que Pedro le está planteando al Maestro. Lo ha escuchado en el sermón del monte que nos manda amar también a aquellos que nos resultan indiferentes, que tenemos que hacer el bien también a aquellos de los que nunca hemos recibido un favor, que tenemos que amar a los enemigos y a los que nos hacen daño, que tenemos incluso que rezar por aquellos que nos han ofendido, que el padre tiene que recibir de nuevo en su casa al hijo que se ha malgastado todo lo que su padre le dio viviendo de mala manera...

Y Pedro no termina de entenderlo. Porque uno tiene también su orgullo y su amor propio, como tantas veces pensamos. Y ha escuchado a Jesús que hay que perdonar, porque además así nos ha enseñado a rezar, pero hay cosas que no le cuadran en su cabeza. ¿Cuántas veces? ¿Será ya suficiente para cumplir un poco con lo que dice Jesús, que le perdonemos hasta siete veces?

Ya conocemos la respuesta de Jesús, que seguramente les dejaría desconcertados. No es para menos. Porque Jesús parece que nos está pidiendo imposibles. Y Jesús propone una parábola. Una parábola en la que tenemos que aprender a valorar lo que es sentirse perdonado, para que yo pueda comenzar a tener esa actitud también para con los demás. El hombre que le pide cuenta a sus servidores, sobre todo uno que tiene grandes deudas con él; después de suplicarle ante las exigencias de su amo, pero sobre todo después que finalmente le han perdonado todo lo que debía, no fue capaz de tener entrañas de misericordia con un compañero que le debía una minucia en comparación.

No había disfrutado con el perdón que le habían concedido. Es el gran problema que seguimos teniendo. Parece que no le damos importancia cuando nos perdonan a nosotros, pero sí le damos importancia a lo que el otro pueda deberme. Nos olvidamos fácilmente de que nos han perdonado, de lo que nos han perdonado. Algo que tenemos que aprender a saborear para que entonces nosotros aprendamos a tener buenas actitudes con los demás.

Es regla universal que Jesús nos está trazando, es cierto, pero quiero centrarme en nosotros los cristianos, que seguimos siendo rencorosos tantas veces en la vida, y que nos cuesta tanto perdonar. Y a lo mejor somos de los que vamos a confesarnos mucho, porque es cierto que nos sentimos pecadores, para que el Señor nos perdone. Pero algo nos está fallando cuando nos confesamos, algo nos está fallando cuando estamos celebrando el sacramento de la penitencia para recibir el perdón de Dios por nuestros pecados, pero no terminamos de saborear ese regalo de Dios que nos perdona.

Y así no queremos dejar que otros puedan saborear el perdón que nosotros hemos de ofrecerle, no sabemos nosotros gozarnos regalando el perdón a los que nos hayan ofendido, porque es regalarles amor, porque es disfrutar de verdad de lo que es el amor de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y ahora nosotros queremos serlo con los demás.

Es un intercambio de amor y de misericordia, es un aprender a gozarnos de verdad en todo lo que es el amor de Dios, es disfrutar cuando amamos a los demás y nos mostramos comprensivos y compasivos, porque sabemos lo que son nuestras debilidades, pero porque hemos disfrutado cuando Dios nos ha perdonado.

lunes, 28 de noviembre de 2022

No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar, una palabra tuya puede sanarnos, humildes ponemos nuestra confianza en ti

 


No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar, una palabra tuya puede sanarnos, humildes ponemos nuestra confianza en ti

Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

‘Voy yo a curarlo’, es la pronta respuesta de Jesús cuando vienen a decirle que el criado del centurión romano está muy enfermo. Creo que esta prontitud de Jesús y esta respuesta que Jesús aunque luego las cosas discurran, por así decirlo, por otros cauces, ante aquella situación nos puede ser bien significativa en este tiempo de Adviento que estamos iniciando.

¿No será en verdad significativo este hecho en lo que ahora estamos celebrando? Decimos siempre es el tiempo de la esperanza, por decirlo de una forma muy simple, el tiempo en que nos preparamos para la celebración de la Navidad aunque comprendemos otras connotaciones que le darán verdadero sentido a este tiempo de Adviento. Viene el Señor, y pensamos siempre mucho, y tenemos que hacerlo también, en cómo nosotros nos preparamos para esa venida, no solo en el recuerdo o conmemoración de la venida del Señor en el tiempo para realizar su obra de salvación, sino pensamos en la venida final, pero pensamos en la venida en el hoy de nuestra vida del Señor saliéndonos al encuentro.

El centro de todo lo que hemos de vivir, es la venida del Señor. ¿A qué viene el Señor? Con facilidad decimos, para salvarnos. ¿Quién toma la iniciativa en esa venida? Ya nos dirá el evangelio en otro momento que ‘tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo único’. Es Dios el que nos envía a su Hijo único. Es Dios el que se adelanta para decirnos ‘voy yo a curarlo’.

Hay una promesa de Dios desde el primer momento del pecado del hombre, de la ruptura de la amistad con Dios por parte del hombre, en que nos promete un Salvador. Recordemos aquellas primeras páginas de la Biblia. Y toda la historia del Antiguo Testamento, del antiguo pueblo de Dios se convierte así en ese deseo de que Dios venga para redimir a la humanidad; es lo que nos van repitiendo continuamente los profetas y lo que es la historia de la salvación. Y como nos dirá san Pablo, en el momento culminante viene Dios a nosotros, nacido de una mujer, para liberarnos de la esclavitud del pecado y marcarnos con la dignidad nueva de los hijos de Dios.

Ahí contemplamos a Jesús en el evangelio que se pone en camino al encuentro del hombre, se pone en camino a nuestro encuentro. ‘Voy yo a curarlo’. ¿Lo buscamos nosotros?  De alguna manera, unas veces de una forma otras veces de otra, pero buscamos a Dios. Como aquel centurión, que tiene un criado al que mira casi como un hijo que está enfermo. De alguna manera a él ha llegado la fama de Jesús; ha curado a otros enfermos, ha liberado de la lepra a muchos leprosos, ha dado la vista a los ciegos, a los paralíticos los ha hecho caminar, y aquel hombre desde su angustia y su necesidad acude a Jesús.

Pero es Jesús el que ahora viene a su encuentro. En el centurión romano hay una fe grande, no solo porque cree que Jesús pueda curarlo y por eso envía una legación para hacerle saber a Jesús que tiene un criado enfermo, sino que ahora veremos aparecer su humildad que hará resplandecer aun más la fe de aquel hombre. Cuando se entera de que Jesús viene a su casa le sale al encuentro para manifestar su indignidad.

No se siente digno de recibirlo en su casa. ¿Sabía acaso él que los judíos rehuían entrar en casa de paganos porque eso podía ser considerado como una impureza legal? Claro que tendría conocimiento por cuanto como autoridad en aquellas tierras tenía que saber de sus costumbres y leyes particulares. Pero creo que las palabras del evangelio nos manifiestan algo más. Reconoce la autoridad y el poder de Jesús. No necesitaría Jesús llegar al lado del enfermo para curarlo porque con solo su palabra podía hacerlo. No sería una indignidad para Jesús entrar en la casa del pagano, sino que es su propia indignidad la que está como una barrera en su corazón para poder sentir la presencia de Jesús en su hogar. ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, una sola palabra tuya bastará para sanarme’, repetiremos nosotros también cuando sentimos que también Jesús llega a nuestras vidas.

Porque es la visita de Dios a nuestra vida, - esa visita de Dios la vamos a escuchar repetidamente a lo largo de este tiempo de Adviento - es Jesús que viene hasta donde está el hombre enfermo, allí donde estamos nosotros con nuestra indignidad. ¿No le vemos en el evangelio comer con los publicanos y los pecadores? Es el médico que viene a traernos la salud, la salvación.

¿Con que actitud nos ponemos nosotros ante Dios que llega a nuestras vidas? Creo que muchas veces en este adviento tenemos que repetir esa plegaria que hemos tomada prestada de las palabras del centurión. No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar; sácanos de nuestros sepulcros de muerte, pon luz en nuestros ojos. Una palabra tuya puede sanarnos. En ti ponemos toda nuestra confianza desde la humildad de nuestro corazón que se siente pecador.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

 


Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay momentos en la vida en que nos parece que todo se nos vuelve cuesta arriba, la situación se nos complica y no sabemos ya cómo hacer o como actuar; sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, abandonar los esfuerzos porque nos parece imposible. Serán los problemas que se nos van presentando en la vida en nuestras tareas o responsabilidades, en algo que nos han confiado, la problemática familiar que algunas veces se nos complica, la convivencia con aquellas personas que queremos o los amigos que están a nuestro lado, problemas que vemos en nuestro entorno y que nos afectan y nos hacen daño, muchas situaciones complicadas, difíciles de resolver, que parece que nos hacen imposible el caminar.

Algo así les estaba pasando a los discípulos de Jesús. Venía hablando Jesús de las exigencias de su seguimiento, y de los planteamientos que teníamos que hacernos en nuestras relaciones con los demás, ahí estaba el tema del perdón siempre tan controvertido porque nos cuesta curar nuestros orgullos heridos, o situaciones escandalosas ante las que había que actuar de forma drástica. ¿Qué hacer? Algunas cosas parecían poco menos que un imposible, pero ellos querían seguir con Jesús, les convencía por otra parte todo el ideal de vida que les proponía, pero había por medio como algunos callos con los que parecía que era difícil caminar.

Y surge la petición a Jesús. Es como un grito pidiendo ayuda, es un decir queremos seguirte pero nos cuesta, parece que nos falta fe. ‘Señor, auméntanos la fe’, le piden. Hay que tener mucha fe pensaban para poder superar muchas de aquellas cosas con las que tenían que enfrentarse, hay que tener mucha fe porque el camino parece que se hace exigente. ‘Auméntanos la fe’.

Como pedimos nosotros también, porque nos parece que no creemos lo suficiente para aceptar todo el evangelio de Jesús; como pedimos porque el camino se nos hace duro, porque parece que hay muchas cosas en contra o que el mal lleva por adelantada su victoria. Pedimos fe cuando vemos cosas también en nuestro entorno que no nos gusta o que nos hacen daño; pedimos fe cuando tan difícil se nos hace la convivencia como para sentirnos de verdad hermanos, porque se nos hace tan difícil mirar a los demás con una mirada limpia. Pedimos fe cuando nos cuesta perdonar y el fuego del resquemor, de la intolerancia, de los resentimientos, de los deseos de venganza quizá que sentimos dentro de nosotros, parece que nada ni nadie lo puede apagar.  Pedimos fe, tendríamos que pedir mucha fe, pero no solo con los labios.

Y nos habla Jesús de la fe como un granito de mostaza, capaz de mover montañas o de arrancar una morera para que se plante en el mar. Es que quizás la fe la hemos convertido en una rutina, en un adorno externo, en una medalla que llevamos al cuello igual que podríamos llevar otra cosa, porque lo que necesitamos es que le demos autenticidad a nuestras palabras de fe. Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida. No nos vale simplemente que el domingo cuando llegue ese momento en la celebración recitemos el credo, pero sin ser conscientes de las palabras que vamos pronunciando en ese momento.

Es la autenticidad de una profesión de fe recitando el credo como tiene que ser la autenticidad de nuestras oraciones. No son cosas que simplemente recitamos de memoria o vamos quizás repitiendo mentalmente mientras el sacerdote en la misa va pronunciándolas. Son cosas que más que decir tenemos que sentir; más que unas palabras que recitamos tiene que ser algo que vamos sintiendo de verdad en el corazón. Decimos quizás ‘te rogamos, óyenos’, porque ahora toca decir eso, pero nuestra mente está en otra cosa muy lejos incluso del lugar en el que estamos. Nos hace falta más autenticidad en la vida, en nuestras oraciones, en la proclamación de nuestra fe.

 

jueves, 11 de agosto de 2022

Disfrutemos del perdón que es también liberación para nuestro corazón y encuentro de la paz interior

 


Disfrutemos del perdón que es también liberación para nuestro corazón y encuentro de la paz interior

Ezequiel 12, 1-12; Sal 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

En el Reino nuevo que Jesús nos anuncia hay preguntas que ni siquiera tendría uno que planteárselas ni hacerlas. ¿Por qué digo esto? Decir que aceptamos el Reino de Dios es reconocer que es el único Señor de nuestra vida porque en verdad hemos experimentado en nosotros su amor y su misericordia. Una experiencia que transforma, una experiencia que nos da un nuevo sentido de vivir, una experiencia que nos hace mirar a los demás con ojos distintos, una experiencia que nos hace entrar en la órbita del amor. Quienes viven esta experiencia ¿cómo se van a preguntar hasta cuántas veces tenemos que perdonarnos? El que ama, ama para siempre, nunca podrá ver mermado su amor, hagan lo que le hagan.

Podríamos decir que ahí está la clave, aunque luego bien sabemos cuanto nos cuesta ponerla en práctica. No siempre saboreamos el amor de Dios como tendríamos que saborearlo. No siempre somos capaces de disfrutar de la experiencia del perdón. Y cuando digo disfrutar de la experiencia del perdón no me refiero al perdón que nosotros podemos o tenemos que ofrecer, sino a la experiencia del perdón recibido. Porque de ahí tenemos que partir.

Los discípulos iban captando poco a poco los planteamientos nuevos que Jesús les iba haciendo, aunque les costara asumirlos totalmente. Ya habían escuchado repetidas veces cómo Jesús hablaba del perdón, y así nos había incluso enseñado a rezar, a pedirle perdón a Dios, pero con la conciencia de que hemos sido perdonados y así generosamente ofrecemos el perdón a los demás. Nos había hablado en el sermón del monte incluso del amor a los enemigos y nos planteaba lo diferente que hemos de hacer nosotros, porque no vamos a hacer simplemente lo que hace toda la gente; algo nuevo tiene que diferenciarnos. Los gentiles también prestan a los que le prestan, como saludan a los que los saludan, pero al seguidor de Jesús se le pide un paso más adelante, también rezamos y perdonamos a los que nos hacen daño.

De ahí la pregunta de Pedro. ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?’ Y está clara la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’, o sea siempre, porque en este caso no caben las contabilidades. Pero ante la cara de estupor que pondría Pedro y que pondrían los que le estaban escuchando, les propone una parábola, los dos deudores con las diferentes actitudes.

¿De qué nos estará hablando Jesús con el ejemplo de la parábola? Que nos fijemos en lo inmenso que es el amor de Dios que nos perdona por mucha que sea la deuda, frente a la mezquindad con que andamos nosotros preguntándonos cuántas veces tenemos que perdonar. Aquel criado de la parábola que no supo luego perdonar su compañero después de todo lo que le había perdonado a él, no había sabido saborear el perdón que le habían regalado.

Es la clave para el perdón. Ese perdón que nos ha dignificado cuando lo hemos recibido, luego nos engrandece también cuando somos capaces de ofrecerlo generosamente. Ese perdón que es liberación para nosotros mismos, no solo porque cuando Dios nos perdona ha roto las cadenas de muerte que oprimían nuestra vida, sino que cuando somos capaces de perdonar estamos también liberándonos a nosotros mismos de esas cadenas del resentimiento y de la venganza que buscar resarcir lo que nos hayan hecho. Quien perdona de verdad se siente profundamente liberado dentro de sí mismo.

Ya sabemos bien, aunque le demos la vuelta para no quererlo reconocer, que cuando con nuestro resentimiento no queremos perdonar y lo hacemos como queriendo hacerle daño a quien nos ha ofendido, realmente a quien nos estamos haciendo daño es a nosotros mismos, porque ese resentimiento es dolor que estamos guardando dentro de nosotros sin necesidad.

Aprendamos a disfrutar de la generosidad del perdón, no porque nos sintamos como en un estadio superior sobre aquel que nos ha ofendido, sino porque nos estamos liberando interiormente a nosotros mismos. El perdón no será solamente darle una nueva oportunidad a aquel que hemos perdonado para recomenzar su vida, sino que es a nosotros mismos a quienes nos estamos dando la oportunidad de recomenzar nuestra vida sintiendo verdadera paz en el corazón.

Por eso como comenzábamos diciendo ni siquiera tenemos que preguntarnos cuántas veces tengo que perdonar, porque siempre nosotros queremos también alcanzar esa paz interior.

martes, 22 de marzo de 2022

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

 


Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Solo una medicina puede curarnos de verdad, el amor. Es la venda que envuelve nuestra alma herida y la puede curar de todos sus males. Cuántas medicinas vamos buscando por la vida. No son remedios ni son remiendos los que nos curan. Cuando estamos enfermos algunas veces no queremos ir al medico para que nos recete la medicina que pueda curarnos; nos queremos valer muchas veces de nuestros remedios, porque nos dijeron que si haciendo eso se nos quita la tos, que si con aquella otra infusión se nos pueden calmar algunos dolores, pero la enfermedad sigue ahí, no hemos ido a lo más profundo que nos cure de verdad. Pero nos quedamos solo en eso, en remedios, pero no medicinas que nos curan la enfermedad desde lo más hondo, desde su raíz.

Hoy Pedro le plantea a Jesús una cuestión que es muy fácil que se nos dé en nuestras relaciones humanas, nos ofendemos, nos hacemos daño, o sentimos el daño por dentro cuando conservamos en nosotros el resentimiento, el recuerdo de aquello que nos hicieron, nos sentimos ofendidos y no sabemos cómo curarnos. Pedro que ha escuchado a Jesús hablar muchas veces de la misericordia y del perdón, que le oyó decir allá en el sermón del monte que había que perdonar, que había que ser compasivo y misericordia, que incluso tendríamos que rezar por aquellos que nos han ofendido, sin embargo se está planteando cómo puede arrancar ese daño de su corazón, si hay que perdonar al hermano, cuantas veces tengo que perdonarlo. Y se pregunta y pregunta a Jesús ‘¿Hasta siete veces?’

Porque el tema está ahí también, cuando nos sentimos ofendidos y mantenemos el resentimiento dentro de nosotros, es que estamos manteniendo ese mal dentro de nosotros, estamos manteniendo esa alma herida que no sabemos cómo curar. Porque además cuesta entender aquello que Jesús había dicho en el sermón del monte, de que tenemos que saludar también al que no nos saluda y amar al que no nos ama. Cuesta poner amor en nuestro corazón. Y resulta que ese amor que seamos capaces de poner en nuestro corazón es el que nos salva, el que nos cura de verdad.

Pero eso Jesús le responde a Pedro que no solo siete veces, sino setenta veces siete, para hablarnos de esa universalidad del perdón. ¿Cómo será eso posible? Nos lo explica con la parábola. Cuando en verdad nosotros nos dejemos envolver por el amor de Dios. Porque acercarnos a Dios para pedirle perdón es algo más que reconocer que hemos hecho mal, que tenemos una deuda. Esa deuda por nosotros mismos no la podremos nunca saldar. Jesús ha venido para saldarla, Jesús ha venido para traernos aquello que nos dará la verdadera paz, que nos sanará profundamente, después de la herida de ese pecado. Es el amor de Jesús que es capaz de dar la vida por nosotros el que nos salva.

Es en ese amor en el que tenemos que envolver nuestra vida. Y hay que decir una cosa, no siempre que vamos a pedirle perdón a Dios nos dejamos envolver por ese amor. Vamos, podríamos decir que ritualmente; vamos y nos confesamos porque decimos que somos pecadores y es en ese medio donde vamos a recibir el perdón, pero no nos dejamos envolver por ese amor de Dios; no terminamos de gozarnos en ese amor de Dios que nos perdona; no llegamos a experimentar dentro de nosotros ese gozo y esa paz de ese amor que Dios nos regala.

Por eso nos sucede tantas veces como en la parábola; salimos del confesionario, salimos del sacramento de la Penitencia y cuando nos encontramos con el hermano que nos haya podido hacer algo, seguimos manteniendo nuestras diferencias, seguimos manteniendo nuestras distancias, seguimos con esa herida en el corazón sin haberla curado de verdad y le negamos la palabra, no volvemos a él rehaciendo nuestra amistad, llegamos a decir eso tan incongruente que perdonamos pero no olvidamos y cosas así.

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad. Dejémonos envolver por el amor de Dios para que se impregne nuestra vida de ese amor y comencemos a amar con un amor semejante. Así en verdad llegaremos a ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo.