Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta perdonar pecados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta perdonar pecados. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


viernes, 17 de enero de 2025

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

 


Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

Hebreos 4,1-5.11; Salmo 77; Marcos 2,1-12

Con que facilidad nos cegamos y no somos capaces de ver lo que con claridad tenemos ante nuestros ojos; cuántas discusiones y enfrentamientos sostenemos, ya sea de una forma dialéctica, pero que en ocasiones caemos en posturas violentas por no ser capaces de ceder para comprender el razonamiento que se nos ofrece; es esa postura que mantenemos, muchas veces excesivamente marcada por nuestro amor propio que nos impide dar el brazo a torcer, como se suele decir, para entender algo nuevo que se nos presenta, un nuevo plan sobre lo que estemos proyectando, una nueva vía que se puede abrir en la vida para la solución de muchas cosas. Andamos con prevención ante lo que se nos pueda ofrecer porque tenemos nuestras ideas muy cerradas, pensando que nuestra postura es la única buena y ya no seremos capaces de ver algo distinto. Son también los prejuicios que nos hacemos o que tenemos ante las otras personas que nos llevan como por sistema a rechazar todo lo que resulte novedoso. Tendría que hacernos pensar y reflexionar.

Sucedía con Jesús. Había algunos que andaban prevenidos contra aquel profeta – la gente sencilla así lo consideraba ya – que había surgido en las tierras de Galilea. Pronto incluso bajarán escribas o personajes de ciertas tendencias desde Jerusalén para observar lo que está sucediendo porque la fama de Jesús está llegando a todas partes. Había sucedido también con Juan Bautista allá en el Jordán en el desierto a donde también habían enviado una embajada para indagar qué sentido tenía aquella predicación y aquellos signos que realizaba el Bautista.

De alguna manera es lo que hoy contemplamos también en este momento en el evangelio con Jesús. Su fama se había ido extendiendo que cuando regresa de nuevo a Cafarnaún la gente se agolpa a la puerta de la casa donde Jesús está enseñando. Por allá se habían logrado introducir también los de esa embajada, llamémosla así, para observar lo que hacía Jesús.

Y llegan unos hombres de buena voluntad que traen un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure; es imposible atravesar la puerta a causa de la gente aglomerada y deciden descolgarlo desde el techo. Quieren la salud para aquel hombre y hacen de su mano todo lo posible. Es la fe, de la que Jesús incluso se maravilla y Jesús que ofrece la salud a aquel hombre, pero no ha dicho que se levante de la camilla, sino que sus pecados están perdonados. Estupor, sorpresa en los presentes ante las palabras de Jesús, que pasa a ser juicio condenatorio en el interior de aquellos que estaban allí con sus prevenciones para juzgar. ‘Este hombre blasfema’, es todo lo que se les ocurre decir. ¿No habían traído a este paralítico para que lo curara? Sus prejuicios iban por delante de todo razonamiento.

Vemos cómo Jesús pacientemente les hace ver de verdad quién es el que puede decir esas palabras. ¿No tendríamos que recordar aquel texto del profeta que escuchamos en la sinagoga de Nazaret que habla del que venía lleno del Espíritu para proclamar el año de gracia del Señor?

Los ciegos que recobran la vista, los leprosos que son curados, los sordomudos que recuperan el habla y el oído, los paralíticos que comienzan a caminar, los muertos que son devueltos a la vida son signos y señales de que el Reino de Dios ha llegado, y con el Reino de Dios llega la gracia y el perdón, con el Reino de Dios llega de nuevo el amor y la paz, con el Reino de Dios llega el que los hombres de verdad nos podamos amar los unos a los otros, con el Reino de Dios llegan nuestras actitudes y posturas, nuevos valores que enriquecen de verdad al hombre por dentro. Es lo que Jesús anuncia y proclama, es el Evangelio, la buena noticia que viene a anunciarnos.

Más importante es la paz que sintamos en el corazón porque nos veamos liberados desde lo más hondo de las peores esclavitudes que el hecho de recobrar la vista o el movimiento de nuestros miembros. Importante es esa transformación que sentimos por dentro cuando comenzamos a ver de forma distinta al que camina a nuestro lado; importantes son esos nuevos pasos que podamos dar para construir la paz buscando la reconciliación entre todos; importante es esa mano tendida para ayudar y para compartir porque nuestro corazón está lleno de amor y de generosidad. Son muchas las camillas de las que tenemos que desprendernos, esas actitudes negativas que tantas veces nos paralizan, nos enfrentan, nos hacen dejarnos arrastrar por las pasiones.

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad.  Y aquí tendríamos que pensar también en todos esos prejuicios que nos ciegan y esas prevenciones que nos llevan a juicios condenatorios, a resentimientos, a orgullos que nos hacen creernos superiores o mejores.

 

jueves, 4 de julio de 2024

Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

 


Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué es lo que nos paraliza en la vida? Al pensar en ello nuestra mirada se vuelve espontánea hacia esa persona que un día tuvo un accidente y quedó traumatizada de tal forma que sus miembros perdieron movilidad y no puede valerse totalmente por si misma, o pensamos en las consecuencias de alguna enfermedad que paralizó sus miembros, que debilitó y traumatizó su vida que le creo invalidez y dependencia, o quizá en quien ya nación con esas deficiencias físicas y le impiden desarrollar lo que llamamos una vida normal.

Pensamos habitualmente en esas deficiencias físicas o corporales, pero ¿solo hemos de referirnos a eso? En nuestro lenguaje coloquial incluso decimos que nos quedamos paralizados cuando algo nos impresiona, algo sucedido de improviso, algo extraordinario en su manifestación, algo que nos impresiona y nos asusta; o nos vemos paralizados por nuestros miedos, y aquí entrarían miedos de todo tipo, desde aquello que tememos que nos pueda suceder, o desde las presiones que de una forma o de otra recibamos en la vida.

Pero no nos podemos quedar ahí; porque hay cosas que desde dentro nos paralizan, nos coaccionan, los quitan libertad y nos atan; está desde nuestro carácter o manera de ser, pero están también las costumbres adquiridas de las que no nos podemos liberar, o están nuestras pasiones que se nos descontrolan y no tenemos el suficiente dominio de nosotros mismos y la necesario fuerza de voluntad para tomar las riendas de nuestra vida, o está la desgana y atonía en la que tantas veces caemos y nos quita voluntad y buenos deseos, y nos vamos como arrastrando por la vida. Son muchas las parálisis que podemos encontrar dentro de nosotros mismos y no es ya solo lo que desde el exterior podamos recibir.

¿Tenemos que seguir atados a la camilla de nuestras parálisis? ¿Qué o quién nos podrá liberar de verdad? El evangelio de hoy nos ilumina; nos habla de un hombre paralítico que traen, porque él no se puede valer y en este caso hemos de valorar la buena voluntad de aquellos portadores de la camilla, y lo presentan delante de Jesús. En los otros evangelistas se nos hablará de la imposibilidad de entrar por el gentío, de la audacia de levantar las tejas del techo para bajarlo por allí, y eso nos puede dar pie en otros momentos para otras consideraciones.

Nos quedamos hoy con el hecho escueto; un paralítico que portan hasta Jesús para que lo cure. Lo que esperan es poder ver cómo aquel hombre se levanta de la camilla y comienza a valerse por sí mismo. Pero Jesus quiere decirnos algo más; valerse por sí mismo no es tener el dominio de sus miembros para caminar y hacer las cosas, hay algo más que nos puede paralizar, y de hecho nos está paralizando continuamente en la vida.

No todos lo comprenderán, y veremos luego los comentarios, pero lo que Jesús le dice es que sus pecados están perdonados. Ya puede levantarse aquel hombre de su postración. Pero aquí son todos los que están alrededor - ¿quizás también el paralítico que esperaba otra cosa? – los que se quedan paralizados y comienzan los comentarios, ‘este hombre blasfema’. Qué fácil nos es condenar aunque esté viendo el bien delante de nuestros ojos, porque es fácil el juicio y ya desde nuestros prejuicios tenemos la condena hecha.

¿Quién puede liberarnos de la peor esclavitud que podamos sufrir? No es que estemos buscando el poder de Dios para que nuestros miembros retornen a la movilidad, sino que tenemos que buscar el poder de Dios para que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad. Y para eso hay que quitar el mal, que es el que nos paraliza, nos ata, nos esclaviza. Es el perdón que Jesus viene a ofrecernos, es la verdadera salvación que va a transformar de verdad nuestro mundo.

Queremos hacer muchas cosas para hacer que nuestro mundo sea mejor, nos queremos buscar las mejores leyes y normas para lograr esa mejoría de la humanidad. No hay más ley que la del amor que nos transforma. Son nuestros corazones los que tienen que sentirse transformados; es de nuestros corazones de donde tenemos que arrancar toda malicia, es un color nuevo el que tenemos que darle a nuestras mutuas relaciones con las que lograremos un mundo de hermandad, un mundo de armonía y de paz.

Quitemos la aridez con la que estamos llenando el mundo; desterremos esas violencias y desconfianzas que nos estamos haciendo los unos a los otros; no permitamos de ninguna manera que la acritud se establezca poco menos que como norma de nuestra vida, entremos en el camino de una nueva humanidad donde prevalezca la comprensión y la misericordia, coloreemos nuestro mundo con el bello y rico colorido del amor. 


domingo, 4 de diciembre de 2022

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

 


Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos,  con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

El amor siempre sorprende. Por amor seremos capaces de hacer aun aquello que no haríamos por todo el oro del mundo. Siempre seremos capaces de tener un nuevo gesto amor. Nos hace creativos. Nos hace que cuando por cualquier otro motivo no nos ofreceríamos para ser los primeros, por amor siempre estaremos dispuestos. Y el amor nos sorprende, lo que no imaginamos allí lo vamos a encontrar. Nos deja descolocados, porque aquello que no esperábamos lo vamos a encontrar.

Por eso siempre nos sorprende Dios, por eso Jesús continuamente nos estará sorprendiendo con nuevos gestos, con nueva cercanía, ofreciéndonos lo que nadie podría ofrecernos. Continuamente nos está dando muestras de lo que es su amor, de lo que es el amor de Dios, del que es la mejor imagen. 

Igual le vemos con la gente más sencilla rodeado de pescadores, o no le importa sentarse a la mesa tanto del fariseo que lo invita como del publicano que ofrecerá un banquete porque se ve honrado con la amistad de Jesús que lo admite a formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, igual lo veremos que la mujer pública se acerca para lavarle los pies con sus lágrimas y ofrecerle el ungüento que no recibirá en su sepultura como se deja tocar el manto por aquella mujer impura por sus hemorragias.

Pero  hoy la sorpresa será mayor. Cuando está rodeado de tanta gente que ya ni por la puerta pueden entrar, se van a descorrer las tejas de la azotea para bajar hasta él a un paralítico para que lo cure. Pero la sorpresa va más allá de la audacia de aquellos hombres que no temen romper el tejado para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús, sino que sus primeras palabras no serán para curar lo que tanto ansían, la invalidez de aquellas piernas, sino para ofrecerle el perdón de sus pecados.

El estupor y la sorpresa fueron grandes, sobre todo para aquellos que estaban allí para acechar sus gestos y sus palabras, porque ya comenzaban a desconfiar del mensaje nuevo que Jesús está propagando. Por allá estaban sentado unos escribas y unos fariseos, no porque tuvieran interés de escuchar a Jesús en provecho de sus vidas, sino para acecharlo en aquello que pudiera parecer un desliz y tener con qué acusarlo. Ahora tienen motivos porque aquellas palabras de Jesús parecen blasfemas porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. No han terminado de entender quien realmente es Jesús.

Este hombre blasfema. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’, fue la reacción de los que estaban allí al acecho. Parecía que no tenían capacidad en su corazón para ver más allá de este gesto y estas palabras de Jesús que les sorprenden por lo que parece un atrevimiento de Jesús.

Solo Dios puede perdonar pecados, pero solo Dios es el que da la vida y nos puede liberar de la enfermedad, solo en Dios podemos alcanzar la salvación, les viene a decir Jesús. ‘¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?’. Y tomó de la mano al paralítico, ‘levántate y anda’. Podía hacerlo Jesús. Podía perdonarnos Jesús. Es que en Jesús estaba la salvación. Y el paralítico ‘tomó su camilla donde había estado tendido y marchó a su casa dando gloria a Dios’. Todos quedaron admirados y sorprendidos. ‘Hoy hemos visto maravillas’, no les quedó más remedio que reconocer a todos los allí presentes.  Allí se había manifestado el amor de Dios que nos sana y nos da vida porque nos da su perdón, que nos levanta de nuestras camillas pero llena de gracia nuestro corazón.

¿Nos dejaremos sorprender nosotros igualmente por el amor de Dios? ¿Qué necesitamos nosotros más? ¿Seremos el paralítico tendido en la camilla o seremos aquellos que aunque sorprendidos seguimos desconfiados de la salvación de Dios? 

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, allí con nuestras parálisis que son algo más que unos miembros que no se pueden mover, o unos corazones endurecidos que muchas veces no sabemos sintonizar con el amor.

viernes, 14 de enero de 2022

Jesús es el que nos sana y el que nos salva, el que nos perdona y el que nos llena de vida, el que nos libera y el que nos pone en camino, dejémonos conducir hasta Jesús

 


Jesús es el que nos sana y el que nos salva, el que nos perdona y el que nos llena de vida, el que nos libera y el que nos pone en camino, dejémonos conducir hasta Jesús

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Marcos 2, 1-12

La constancia y la perseverancia, sobre todo cuando encontramos dificultades en la vida, es algo que nos suele fallar. Queremos las cosas fáciles, queremos las cosas a nuestra comodidad; cuánto nos cuesta, por ejemplo, hacer una cola, en una oficina, en un comercio, en algo a lo que vamos a asistir; enseguida estamos queriendo que se den soluciones prontas, que todo sea fácil, rehuimos esos momentos que nos parecen perdidos, pero que entran en el ritmo de la vida que nos hemos impuesto.

El otro día me decía un amigo que no soportaba las aglomeraciones y las colas incluso para entrar en las tiendas, en estos días de compras de regalos que quizá en nuestro consumismo nos hemos impuesto; se marchó, me decía, para otro lado aunque sabía que lo que buscaba solo allí lo podía encontrar.

Pero, ¿seremos así en la búsqueda de las cosas verdaderamente importantes de la vida? Según lo que nos importen las cosas son nuestras prisas o tenemos la constancia de perseverar para conseguirlo.

Hoy vemos que la gente hace cola por ver y escuchar a Jesús, vamos a decirlo así. La gente se aglomeraba a la puerta de la entrada de la casa donde estaba Jesús y no había manera de poder entrar hasta los pies de Jesús como querían aquellos que llevaban en la camilla a un paralítico para que lo curara. En su deseo, en este caso, por estar cerca de Jesús, se atreven a romper el techo de la casa quitando algunas baldosas o tejas, para por allí descolgar al paralítico hasta los pies de Jesús. ¿Justificamos en este caso las prisas de estos hombres? No se trata ahora de justificar, pero sí de contemplar la fe de aquellos hombres. Es lo que se resalta en la actitud incluso de Jesús. Ojalá nuestras prisas fueran siempre para algo tan importante como estar a los pies de Jesús.

Lo primero que se resaltará será la de fe aquellos hombres que fueron capaces de saltar por encima de dificultades para lograr su deseo de llevar a los pies de Jesús al paralítico. Pero cuántas trabas tenemos tantas veces en nuestro corazón; serán nuestras ambiciones o serán nuestros orgullos, los que nos van a motivar o los que nos van a retrasar o incluso paralizar; estará la indolencia con que tantas veces nos tomamos la vida o nuestros apegos a la comodidad y a los deseos de que todo nos salga siempre fácil; será el egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y nos vuelve tantas veces insolidarios, o será la vanidad por la que nos movemos en la vida. Muchas cosas de las que tenemos que liberar el corazón, la lista sería grande quizás; muchas cosas que nos mantienen postrados en la vida sin iniciativas y sin ganas de nada que signifique esfuerzo. Así no avanzamos, así vamos arrastrándonos.

Jesús viene a decirnos que para levantarnos tenemos que tener un corazón liberado de ataduras, un corazón que se sienta liviano porque no hay cadenas que pesen sobre él. De cuántas cadenas nos envolvemos en la vida, de cuántas cosas tenemos que liberarnos. El ya anunció en la sinagoga de Nazaret que venía a traer la libertad a todos los que se vieran oprimidos. ¿Qué opresión hay mayor que el pecado que pesa sobre nuestra conciencia? El anuncia la amnistía y el perdón.

Por eso cuando Jesús quiere liberar a aquel hombre de su camilla, lo primero que hace es perdonarle sus pecados. No lo entenderán, como también a veces a nosotros nos cuesta entender. Ya vemos la reacción de algunos de los que rodeaban a Jesús aquel día. Como tantas pegas que nos ponemos en nuestro interior para no ir a buscar el perdón. Pero Jesús es el que nos sana y el que nos salva, el que nos perdona y el que nos llena de vida, el que nos libera y el que nos pone en camino. Es lo que estamos contemplando hoy en el evangelio. Aquel hombre del evangelio tuvo la suerte de que alguien lo condujera hasta Jesús. ¿Nos dejamos conducir, nos dejamos llevar?

¿Será en verdad eso lo que buscamos en Jesús? ¿Saltaremos un día por encima de todos esos obstáculos que llevamos en el corazón para poder acercarnos a Jesús y llenarnos de liberación y de su gracia? ¿Qué es de verdad lo importante que nosotros buscamos? ¿Qué es lo que hay de interés en nosotros y en nuestra vida?  Sintamos esa palabra de luz y de vida que Jesús tiene para nosotros y gocemos de su salvación.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios

 


Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Dios se mete en medio de nosotros aunque a veces no sepamos descubrir su presencia o lo que quiere decirnos a través de lo que nos sucede. Sí, Dios está caminando en medio de nosotros y tendríamos que tener una buena sintonía de Dios, una mirada verdaderamente creyente para cuanto nos sucede. No para que estemos viendo siempre castigos, porque cuando suceden desgracias tenemos esa tentación fácil. Aquello que inocentemente decíamos de niños, ‘Dios castiga sin piedra ni palo’, cuando nos sucedía algo que no entendíamos después de quizás haber metido la mata en alguna cosa. Yo hoy no lo diría así, sino que el amor de Dios se hace presente no para castigarnos, sino para llamarnos y no son piedras ni palos sino muchos gestos bonitos que podemos ver en los demás y que son señales de ese amor de Dios.

Hoy contemplamos en el evangelio un pasaje que en su mismo desarrollo fue desconcertante para algunos, sin embargo al final nos dirá el evangelista que la gente daba gloria a Dios porque había visto maravillas. Unos hombres – bien anónimos porque poco se dice de quienes eran pero que son muy importantes en este relato – vienen trayendo en una camilla a un paralítico que quieren hacer llegar hasta los pies de Jesús. Ante las dificultades por la afluencia de gente a la entrada de la puerta se las ingenias para descubrir el tejado y por allí bajar al hombre en su camilla hasta los pies de Jesús.

¿Sorpresa por la osadía de aquellos hombres? El dueño de la casa ya estaría pensando quien iba a arreglar todo aquel destrozo. Pero la sorpresa fue mayor en la reacción de Jesús. ‘Viendo la fe que tenían le dice: Hombre, tus pecados están perdonados’. ¿No venían para que Jesús curase a aquel hombre? pero esa quizá fue la reacción menor, porque por allí andaban unos fariseos y maestros de la ley que comienzan a hablar de blasfemia. Y eso era muy grave, pues aplicando al pie de la letra la ley de Moisés al blasfema habría que apedrearle. A tanto quizá no llegan, pero su reacción es notable de manera que encontrará respuesta en Jesús.

‘¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Y aquel  hombre quedo curado, tomó su camilla y fue a su casa.

Dios estaba allí presente y lo que se estaba manifestando era la misericordia infinita de Dios. Aquellos fariseos y maestros de la ley no la supieron ver; la gente sencilla – es a los pequeños y a los sencillos a los que se manifiesta mejor el rostro de Dios – supieron reconocerlo y daban gloria a Dios. ‘Hoy hemos visto maravillas’, exclaman todos.

Es en cada uno de los pequeños detalles donde se está manifestando la gloria de Dios. Nos han pasado desapercibidos aunque somos conscientes de su fe y su valentía para llegar a descolgar por el techo al paralítico. ¿Pero no tendríamos que ver ahí también los caminos de Dios?

Eran unos voluntarios, como ahora los llamaríamos, pero estaban haciendo la obra de Dios. Eran unos voluntarios que estaban caminando, quizá sin saberlo o ser conscientes del todo, los caminos de Dios. Los caminos de Dios que también se están abriendo para nosotros. Grande es el campo donde podemos recorrerlo, porque muchas cosas semejantes podemos ir haciendo en la vida. Ayudaron al paralítico a llegar hasta Jesús, ayudar…

Cuántas manos podemos tender, cuántos brazos podemos ofrecer para que sirvan de apoyo, cuantos hombros podemos poner junto al abatido para que descanse allí su pena y su dolor, cuántos oídos tenemos que abrir para escuchar aunque nos lo repitan cansinamente una y otra vez las penas y las angustias de tantos que sufren, cuánto tenemos que abrir nuestros ojos para ver, para darnos cuenta, para captar la necesidad o ver esa mirada suplicante… cuántas camillas podemos nosotros portar de tantos a los que les cuesta caminar por la vida.

Los caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer; los caminos de Dios que en nosotros han de ser signos para los demás. Que todos puedan ver las maravillas de Dios.

jueves, 1 de julio de 2021

También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

 


También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

‘Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’. ¿Era lo que esperaban? Cuando Jesús llega a Cafarnaún lo primero que se va a encontrar es aquel grupo de hombres que portando una camilla ponen ante El a un paralítico para que lo cure.  Ya ha corrido la noticia de las obras y signos que realiza Jesús, por eso vendrán por si mismos aquellos enfermos que aun pueden valerse, otros serán traídos de la mano quizá como los ciegos que por sí solos no se pueden valer en medio de aquellas muchedumbres que se agolpan en torno a Jesús, ahora será un paralítico en una camilla el que llevan hasta los pies de Jesús. En el texto paralelo de los otros evangelistas se nos dirá incluso que por el gentío no podían entrar por la puerta y lo descolgaron del techo abriendo un boquete. De una forma o de otra Jesús se fija, admira y valora la fe de aquellos hombres.

Era lo que esperaban, que aquel hombre se pueda poner en pie, valerse por sí mismo e incluso regresar a su casa. Pero Jesús quiere levantarlo de algo más. La enfermedad y la invalidez pueden ser un signo de nuestro pecado, que no significa que tengamos que verlo como un castigo divino por nuestros pecados y Jesús quiere que el signo sea lo suficientemente significativo. Por eso sus primeras palabras serán ‘ten confianza, hijo, tus pecados están perdonados’. Ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en abundancia; va a derramar su sangre en la cruz para establecer una nueva alianza para el perdón de nuestros pecados. Nos va dando señales ya.

No nos podemos quedar hundidos en nuestra parálisis ni tumbados sobre la camilla que sea signo de nuestra invalidez y nuestro pecado. ‘Ponte en pie…’ le dice. Ya no son necesarias esas muletas o esas camillas que sostengan nuestra invalidez porque para nosotros hay vida nueva. Tenemos que ponernos en pie y echarnos a andar porque se abren caminos nuevos delante de nosotros. Aquello que nos parecía imposible alcanzar ahora ya está a nuestra mano, pero no nos podemos quedar quietos, como si todavía estuviéramos paralizados.

Vete a tu casa, vuelve a tu vida, vete al encuentro con los tuyos y al encuentro con los demás, vete a ese mundo donde siguen habiendo tantos que viven paralizados para que seas un signo de que es posible un mundo nuevo, que también todos pueden levantarse y echarse a caminar. No dejes aquí tu camilla que ya no la necesitamos, ahora podemos caminar con la seguridad del hombre nuevo, del hombre libre, del hombre que se ha liberado de todas las ataduras posibles, que ya nada lo detiene.

‘Tus pecados están perdonados’. ¿Cuáles son las peores ataduras de nuestra vida? miremos desde nuestra experiencia aquellas pasiones que no nos han dejado ser nosotros mismos, miremos desde nuestra experiencia aquellas rutinas que nos hacían torpes en nuestro caminar, miremos desde nuestra experiencia aquellos orgullos o aquellos recelos que ponían trabas al verdadero entendimiento o nos endiosaban de tal manera que nos apartaban del encuentro verdadero con los demás, miremos desde nuestra experiencia ese egoísmo que nos volvía insolidarios con los otros porque solo nos hacía pensar en nosotros mismos, y así podemos seguir mirando muchas cosas en nuestra vida que necesitan esa liberación, ese romper ataduras, ese borrar tantas sombras que ennegrecían nuestra vida. ‘Tus pecados están perdonados’, nos dice también a nosotros Jesús.

Y aquel hombre se levantó de su camilla, como le decía Jesús, la tomó y la cargó sobre sus hombros y marchó a su casa. ¿Será acaso un signo del cargar con la cruz que Jesús nos pide para seguirle de verdad?

viernes, 15 de enero de 2021

Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

 


Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cómo hemos llenado la vida de barreras? Y no estoy pensando en las fronteras que separan las naciones y los estados cuando pensábamos que algunas se habían superado pero otras han vuelto a reaparecer; no pienso solo en la vallas que dividen los territorios y separan las propiedades donde ya no podemos decir que ancho y libre es el campo; no quiero pensar solo en las prohibiciones de todo tipo de nuestras leyes, de los decretos que acompañan y que también de alguna manera merman las libertades de las personas. Y así podríamos seguir poniendo muchos ejemplos, porque son muchas y bien diversas las barreras que dividen nuestro mundo.

Hay otras barreras que nos imponemos los unos a los otros en nuestras relaciones cuando no somos capaces de aceptarnos y de respetarnos, cuando aparecen tantas discriminaciones desde diferentes latitudes vamos a decirlo así por hacerlo de una manera suave, cuando de alguna manera ponemos impedimentos para nuestros encuentros, porque terminamos por no dejar entrar en nuestro corazón a muchas personas ni nosotros podemos traspasar ciertas fronteras que se han levantado para poder entrar en el corazón de los otros.

Ya mencionábamos la aceptación mutua y el respeto, pero que nos tiene que hacer pensar en esos candados que ponemos en nuestro corazón para impedir que entre la comprensión en nuestro corazón y seamos al final ser compasivos los unos con los otros. Un candado terrible que ponemos en el corazón es la incapacidad de perdonar de la que algunas veces nos dotamos. Es una de las peores exclusiones que hacemos de los demás, pero que en el mundo en que vivimos vemos como tan normal los resentimientos y los rencores que hasta nos puede parecer una gloria el mantener esa dureza de corazón para no perdonar a los demás.

Me ha hecho pensar en todo esto el evangelio que hoy se nos propone. Aquellos hombres que traen un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús y todo son trabas para que pueda llegar hasta El. La misma gente que buscaba a Jesús y quería estar cerca de El se lo impedía. No podían entrar por la puerta por la gente que se agolpaba y no los dejaban pasar. Pero hay gente valiente que se quiere saltar las barreras y aquellos hombres son capaces de abrir un boquete en el techo de la casa para descolgar por allí al paralítico hasta los pies de Jesús.

Pero es que allí se va a encontrar también otras barreras. Cuando Jesús quiere ofrecerle la sanación más profunda que no solo será curar sus miembros paralizados, sino ofrecerle el regalo del perdón de los pecados, aparecen los fariseos y escribas que están al acecho y dicen que eso no se puede hacer, que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder de Dios. Barreras como las que nos seguimos poniendo nosotros en la vida con nuestros corazones llenos de candados para mantener por tiempo sin fin rencores y resentimientos. Qué duros somos de corazón.

¿Seremos capaces de romper algún día esas barreras que nos estamos interponiendo los unos contra los otros? ¿Llegaremos a tener un corazón compasivo y misericordioso como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio para abrir nuestros corazones al perdón y ser nosotros los primeros que sintamos la verdadera paz en nuestro corazón? ¿Se nos habrá ocurrido pensar que cuando somos capaces de perdonar estamos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso?

Si fuéramos capaces de romper esta barrera para abrirnos al perdón seguro que otras muchas barreras que nos hemos interpuesto en la vida, como hacíamos mención al principio, también irán desapareciendo de nosotros y de nuestra sociedad. Seguro que esa acritud con que se está hoy viviendo la vida y las mutuas relaciones a todos los niveles desaparecerá y comenzaremos a tener un mundo de mucha paz.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘¿Qué estáis pesando en vuestros corazones?’ pregunta Jesús, aunque El bien conocía el corazón del hombre y todo cuanto nos sucede o pensamos en nuestro interior. Pero quizá sea una buena pregunta que nos hagamos a nosotros mismos. ¿Qué es lo que realmente estamos pensando en nuestro interior?
Claramente no siempre lo manifestamos con palabras, pero sí se nos refleja en ocasiones sin querer en nuestras posturas y actitudes. Sospechamos tantas veces en nuestro interior y vienen las desconfianzas, las posturas distantes, distanciamientos o también enfrentamientos, encerrarnos en nosotros mismos o comenzar a hacer la guerra. Cuántas veces por eso sospecha que tenemos en nuestro interior ya calificamos o descalificamos a la otra persona, lo que dice o lo que hace, lo que nosotros sospechamos son sus intenciones sin saber lo que verdaderamente piensa, sino solo quizás desde nuestra malicia.
Qué bueno sería que hubiera sinceridad en nuestra vida y no estuviéramos con esas sospechas y desconfianzas. Pero quizás haya mucha malicia en nuestro corazón que tratamos de disimular endulzándole esa malicia a la otra persona. Y nosotros queremos aparecer como los buenos o los que poseemos toda la verdad.
Muchas mas cosas podríamos seguir analizando desde esa pregunta que nos hagamos si la hacemos y queremos responder a ella con sinceridad. Tratemos de quitar todos esos pensamientos turbios que  nos empequeñecen, que nos llenan de negatividad; tratemos de ser positivos, de ver las cosas con claridad y tratando de llenar de luz la vida, nuestra vida y la manera de mirar a los demás para ser capaces de pensar y de ver siempre cosas buenos en los otros. Es una manera de aceptarlos, de facilitar la relación y la convivencia, de crear armonía entre todos, de hacer de verdad un mundo mejor con sinceridad, con espíritu de colaboración, con búsqueda siempre de la paz.
Jesús quiere poner paz en nuestros corazones. Un signo de ello es el milagro que hoy contemplamos en el evangelio, que tan mal interpretado fue por aquellos fariseos llenos de desconfianzas y sospechas. Quiere Jesús valorar todo lo bueno de los demás y por eso alaba la fe y el espíritu solidario de aquellos hombres que traen el paralítico hasta Jesús y hacen todo lo posible porque llegue a sus pies a pesar de las dificultades que encuentran.
No quiere Jesús, por otra parte, que nunca nosotros seamos obstáculos para los demás, sino todo lo contrario, siempre cauces de amor y de cosas buenas, puertas abiertas para que todos por otra parte puedan llegar siempre hasta él. Qué terrible que seamos puertas cerradas para los demás que no solo no les dejemos llegar a nuestra vida, sino que seamos obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús.
Jesús no solo cura de su invalidez corporal al hombre que llevan hasta El sino que le ofrece la salud más hondo y que todos tendríamos que desear. Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida. Acojamos su perdón queriendo ofrecérselo a los demás; dejémonos regalar por su amor y empapemos nuestra vida en el amor de Dios, y todo será paz, armonía, buena convivencia alejando de todos tantas esas cosas turbias que nos invalidan y nos hacen morir por dentro.