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jueves, 4 de julio de 2024

Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

 


Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué es lo que nos paraliza en la vida? Al pensar en ello nuestra mirada se vuelve espontánea hacia esa persona que un día tuvo un accidente y quedó traumatizada de tal forma que sus miembros perdieron movilidad y no puede valerse totalmente por si misma, o pensamos en las consecuencias de alguna enfermedad que paralizó sus miembros, que debilitó y traumatizó su vida que le creo invalidez y dependencia, o quizá en quien ya nación con esas deficiencias físicas y le impiden desarrollar lo que llamamos una vida normal.

Pensamos habitualmente en esas deficiencias físicas o corporales, pero ¿solo hemos de referirnos a eso? En nuestro lenguaje coloquial incluso decimos que nos quedamos paralizados cuando algo nos impresiona, algo sucedido de improviso, algo extraordinario en su manifestación, algo que nos impresiona y nos asusta; o nos vemos paralizados por nuestros miedos, y aquí entrarían miedos de todo tipo, desde aquello que tememos que nos pueda suceder, o desde las presiones que de una forma o de otra recibamos en la vida.

Pero no nos podemos quedar ahí; porque hay cosas que desde dentro nos paralizan, nos coaccionan, los quitan libertad y nos atan; está desde nuestro carácter o manera de ser, pero están también las costumbres adquiridas de las que no nos podemos liberar, o están nuestras pasiones que se nos descontrolan y no tenemos el suficiente dominio de nosotros mismos y la necesario fuerza de voluntad para tomar las riendas de nuestra vida, o está la desgana y atonía en la que tantas veces caemos y nos quita voluntad y buenos deseos, y nos vamos como arrastrando por la vida. Son muchas las parálisis que podemos encontrar dentro de nosotros mismos y no es ya solo lo que desde el exterior podamos recibir.

¿Tenemos que seguir atados a la camilla de nuestras parálisis? ¿Qué o quién nos podrá liberar de verdad? El evangelio de hoy nos ilumina; nos habla de un hombre paralítico que traen, porque él no se puede valer y en este caso hemos de valorar la buena voluntad de aquellos portadores de la camilla, y lo presentan delante de Jesús. En los otros evangelistas se nos hablará de la imposibilidad de entrar por el gentío, de la audacia de levantar las tejas del techo para bajarlo por allí, y eso nos puede dar pie en otros momentos para otras consideraciones.

Nos quedamos hoy con el hecho escueto; un paralítico que portan hasta Jesús para que lo cure. Lo que esperan es poder ver cómo aquel hombre se levanta de la camilla y comienza a valerse por sí mismo. Pero Jesus quiere decirnos algo más; valerse por sí mismo no es tener el dominio de sus miembros para caminar y hacer las cosas, hay algo más que nos puede paralizar, y de hecho nos está paralizando continuamente en la vida.

No todos lo comprenderán, y veremos luego los comentarios, pero lo que Jesús le dice es que sus pecados están perdonados. Ya puede levantarse aquel hombre de su postración. Pero aquí son todos los que están alrededor - ¿quizás también el paralítico que esperaba otra cosa? – los que se quedan paralizados y comienzan los comentarios, ‘este hombre blasfema’. Qué fácil nos es condenar aunque esté viendo el bien delante de nuestros ojos, porque es fácil el juicio y ya desde nuestros prejuicios tenemos la condena hecha.

¿Quién puede liberarnos de la peor esclavitud que podamos sufrir? No es que estemos buscando el poder de Dios para que nuestros miembros retornen a la movilidad, sino que tenemos que buscar el poder de Dios para que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad. Y para eso hay que quitar el mal, que es el que nos paraliza, nos ata, nos esclaviza. Es el perdón que Jesus viene a ofrecernos, es la verdadera salvación que va a transformar de verdad nuestro mundo.

Queremos hacer muchas cosas para hacer que nuestro mundo sea mejor, nos queremos buscar las mejores leyes y normas para lograr esa mejoría de la humanidad. No hay más ley que la del amor que nos transforma. Son nuestros corazones los que tienen que sentirse transformados; es de nuestros corazones de donde tenemos que arrancar toda malicia, es un color nuevo el que tenemos que darle a nuestras mutuas relaciones con las que lograremos un mundo de hermandad, un mundo de armonía y de paz.

Quitemos la aridez con la que estamos llenando el mundo; desterremos esas violencias y desconfianzas que nos estamos haciendo los unos a los otros; no permitamos de ninguna manera que la acritud se establezca poco menos que como norma de nuestra vida, entremos en el camino de una nueva humanidad donde prevalezca la comprensión y la misericordia, coloreemos nuestro mundo con el bello y rico colorido del amor. 


sábado, 28 de noviembre de 2020

Se nos echa encima el día del Señor y no estamos preparados, bien porque vivimos embotados en todo lo que nos esclaviza o no le hemos dado una profunda espiritualidad a la vida

 


Se nos echa encima el día del Señor y no estamos preparados, bien porque vivimos embotados en todo lo que nos esclaviza o no le hemos dado una profunda espiritualidad a la vida

 Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

Algunas veces pasamos noches de insomnio; no podemos dormir, parece que el sueño se fue de paseo y nos dejó abandonados. Pero la imaginación no nos abandona, mientras no dormimos, pensamos, imaginamos… cuántas cosas pasan por nuestra cabeza. Nos vienen los recuerdos pero también se reavivan parece las responsabilidades de lo que tenemos que hacer, y parece que pasan en fila todas por delante de nosotros en nuestra mente. Muchas pueden ser las causas del insomnio y dejo a los expertos y a los sicólogos que nos digan que nos pasa por dentro, el por qué de esos insomnios, las causas que pueden tener o lo que nos pueden quizás anunciar de futuro, pero todos tenemos experiencias concretas. Cuántas cosas hemos revisado una y otra vez en nuestras noches de insomnio, o cuántas cosas habremos programado en esos sueños medio despiertos de nuestro duermevela.

Pero mira por donde hoy Jesús nos dice en el evangelio que no nos durmamos, que estemos despiertos y atentos a lo que nos puede suceder. No son esos resortes sicológicos de una noche de insomnio como veníamos diciendo, pero si nos quiere hablar de una vigilancia que hemos de mantener en la vida. Vigilancia porque hemos de vivirla con todo sentido y también vivirla en la mayor plenitud que podamos. Claro que todo tenemos que entenderlo.

Porque también hemos de disfrutar de la vida, de sus cosas buenas, de eso bello y armonioso que nosotros hacemos, de esos momentos placenteros y de felicidad que vamos alcanzando en el disfrute de muchas cosas buenas. Cuando Dios fue creando las cosas nos dice la Biblia que iba viendo que cuando creaba era bueno y Dios disfrutaba con su creación, como disfrutó al crear al hombre como rey de toda aquella creación. No tenemos que mirar la vida con tintes oscuros como si todo fuera malo o pecaminoso. Ni mucho menos, Dios quiere que disfrutemos de la vida cuando vamos dándole la mayor plenitud a todo aquello que vamos haciendo.

Y disfrutamos de aquello que sale de nuestras manos creativas, como disfrutamos de la belleza de nuestro entorno; disfrutamos de la amistad y del amor de la familia, como tenemos que aprender a disfrutar del encuentro con los demás, porque la convivencia es un gozo, porque la armonía entre todos son caminos de felicidad. Y para eso nos ha creado Dios cuando nos ha regalado tantas docilidades.

Pero bien sabemos también que muchas veces podemos hacernos esclavos de las cosas y que dejándonos poseer por esas cosas – porque a la larga no somos nosotros los que las poseemos – al final terminamos siendo esclavos y siendo infelices. Cuando nos es nuestra voluntad la que está por encima de la posesión de esas cosas y parece que la hemos perdido para decirnos no en un momento determinado, aunque digamos que es entonces cuando somos felices, realmente no lo somos y quedará un pozo amargo dentro de nosotros en esa perdida de dominio que entonces padecemos.

Hoy Jesús nos señala algunas cosas. ‘Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra’. Tened cuidado, nos alerta, y nos señala que ‘no se nos emboten los corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida’. El que vive embotado realmente no es libre ni puede ser feliz porque mucho que ría o que cante.

No es una carcajada estentórea lo que nos hace felices, porque esa carcajada se nos queda por fuera, no es alegría nacida del corazón; y nos habla de juergas, borracheras e inquietudes. Cuántas veces buscamos sustitutos de la verdadera alegría y de la verdadera responsabilidad de la vida. Bien sabemos cuanto nos esclavizan esas cosas; qué lástima sentimos en el corazón cuando vemos ese desfile demasiado grande cada vez más de los que van por la vida buscando esos sustitutivos, y miras sus rostros y no ves ni alegría ni paz, aunque digan disfrutar de la vida con esas cosas, llámense drogas o como queremos llamarlas porque sus muchas cosas las que en ese sentido buscamos.

Se nos echa encima del día del Señor y no estamos preparados. Y aquí tenemos que pensar en esa profundidad que tendríamos que darle a la vida, esa espiritualidad que nos enriquezca por dentro, esos ideales y esas metas que nos levanten la mente y el corazón, esos valores que tendrían que resplandecer en nosotros. Mucho no daría para hablar y reflexionar.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sentimos la ternura de Jesús que nos previene para que nos mantengamos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza

Sentimos la ternura de Jesús que nos previene para que nos mantengamos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza

Apoc. 22, 1-7; Sal. 94; Lc. 21, 34-36
Tened cuidado…’ les dice Jesús. Es una palabra llena de ternura. Ten cuidado le dice la madre o el padre al hijo cuando va a salir o cuando va a emprender una tarea; ten cuidado le dice un amigo a otro cuando se despiden o cuando uno le cuenta algo que va a hacer; ten cuidado le decimos a aquella persona que apreciamos previniéndola frente a cualquier situación peligrosa en la que se pueda encontrar; ten cuidado es una buena recomendación que nos hacemos los unos a los otros.
Ahora nos dice Jesús ‘tened cuidado…’ y nos previene de muchas cosas que nos pueden ir sucediendo en la vida, situaciones por las que podemos pasar o simplemente para que seamos fieles. Mucho nos quiere decir Jesús porque es mucho el amor que nos tiene; mucho nos quiere decir Jesús porque nos lleva gravados en lo más hondo de su corazón; es la ternura de Dios, es la ternura del amor. Porque tener ternura para alguien es llevarlo allí muy cerquita del corazón, o muy dentro del corazón.
Y nos dice tres cosas: ‘no se os embote la mente… estad siempre despiertos… y manteneos en pie…’ Nos quiere decir mucho.
Cuando nos enfrascamos en lo que son las tareas de la vida de cada día algunas veces nos vemos tan absorbidos por las cosas de la vida, por los trabajos y responsabilidades, por las cosas que tenemos que hacer que tenemos el peligro de olvidar cosas que son también importantes, o no vemos o atendemos quizá a los que tenemos más cerca, perdiendo de vista quizá valores que tendrían que ser esenciales en nuestra manera de ser y de actuar o de estar con los demás. Nos podemos materializar tanto con las cosas que cada día tenemos que hacer, que al final podemos caer en las redes de ser esclavos de esas cosas, o perder la trascendencia de nuestra vida pensando solo en lo de ahora y aquí; más peligro aún cuando contagiados por lo que hay a nuestro alrededor podemos caer en las redes del vicio. ‘No se os embote la mente con el vicio, la bebida o la preocupación del dinero’.
Pero nos dice también: ‘Estad siempre despiertos…’ Ayer escuchábamos las recomendaciones que nos hacia a la vigilancia. No nos podemos dormir. No nos podemos embelezar quizá mirándonos a nosotros mismos y pensamos que por nosotros mismos somos capaces de todo. La vigilancia significa también oración. Como Pedro cuando no  había podido coger nada de pesca por si mismo, ‘en tu nombre echaré las redes’; en el nombre del Señor, contando con el Señor, abriéndonos a Dios en nuestra oración para sentir su fuerza pero para también dejarnos iluminar por su luz.
Y una tercera cosa que nos recomienda: ‘manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’. Mantenernos en pie significa sentirnos seguros, seguros en nuestra fe y en nuestra esperanza. Nos apoyamos en el Señor y nuestra fe no puede decaer. Nos mantenemos en pie porque es también el testimonio que hemos de dar ante los que nos rodean. Nos mantenemos en pie porque tenemos que ser signos para cuantos nos rodean de ese amor del Señor con nuestro amor. Nos mantenemos en pie porque no nos dejamos confundir por el mundo que nos rodea ofreciéndonos otras cosas u otros caminos. Nos mantenemos en pie porque estamos seguros de que el Señor viene, llega a nuestra vida, y así nos tiene que encontrar vigilantes y preparados.
Escuchemos la ternura del corazón de Cristo que nos habla al corazón, porque también nos quiere tener junto a su corazón. Así es su amor. Así tendrá que ser nuestra fe y nuestro amor para dejarnos inundar por esa ternura de Dios.
Con las palabras del Apocalipsis que repetimos en el salmo una vez más le decimos: ‘¡Marana tha! Ven, Señor Jesús’.

lunes, 1 de febrero de 2010

El Señor nos libera de las esclavitudes que nos oprimen y esclavizan

2Sam. 15, 13-14.30; 16, 5-13
Sal. 3
Mc. 5, 1-20


Cuando Jesús proclamó en la Sinagoga de Nazaret el texto de Isaías señalaba que el Espíritu del Señor le enviaba ‘a proclamar la liberación de los cautivos y a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor’.
Le vemos en el evangelio realizando signos y milagros que nos anuncian y señalan cómo el Reino de Dios se va construyendo, cuando nos va liberando del mal para que así Dios sea en verdad el único Señor y Rey de nuestra vida. Hoy le contemplamos en el evangelio manifestándonos ese señorío de Dios sobre el hombre para que nunca más el hombre se vea sometido, esclavizado bajo las garras del mal. Es lo que contemplamos que Jesús realiza con aquel hombre poseído por un espíritu inmundo en Gerasa en la otra orilla del lago.
‘Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó le salió al encuentro un hombre poseído de espíritu inmundo’, un endemoniado como decimos también. Un hombre tan poseído del mal que ninguna fuerza humana podía sujetar, pero que eso nos indica cómo se sentía esclavizado por el mal.
Ya conocemos el diálogo con Jesús, desde su reconocimiento de quién es Jesús, ‘el hijo del Altísimo’, como lo llama, hasta pedirle que si le manda salir de aquel hombre le deje introducirse en la piara de cerdos que hoza por los alrededores. Los demás detalles ya los hemos escuchado en el relato evangélico.
Jesús libera a aquel hombre del mal. Jesús quiere arrancar el mal de nuestro corazón. No vamos a hablar ahora de posesiones diabólicas ni de exorcismos, que necesitarían más amplias explicaciones, pero sí podemos hablar como el mal y el pecado se va introduciendo tantas veces en nuestro corazón. Cuánto nos cuesta muchas veces superar la tentación; cuánto nos cuesta arrancarnos del mal cuando se introduce en nuestra vida como una mala costumbre o un vicio. Todos nos damos cuenta cómo, por ejemplo, la persona que está enviciada por la droga o la bebida u otra fuerte pasión se siente atado y arrastrado por ese vicio que le quita hasta la libertad.
Podemos pensar en esos, llamémoslos así, vicios mayores, pero podemos pensar en esas pequeñas malas costumbres, esas rutinas que atan nuestra vida en nuestro trato diario con los demás; en esas pequeñas o grandes ataduras que aparecen en nuestra vida y de las que no nos podemos desprender: cosas a las que tenemos apegado el corazón y sin las cuales parece que no pudiéramos vivir, muletillas en nuestras palabras que pudieran ser ofensivas para los demás y que parece que no podemos dejar de decirlas, rutinas en nuestras conversaciones que nos llevan al juicio fácil contra los demás para murmurar, para criticar, para jugar al otro.
Son cosas que nos pueden muchas veces parecer minucias pero que tienen su importancia, porque quizá cuando nos dejamos llevar por ellas nuestro amor, por ejemplo, no es todo lo delicado que tendría que ser. Muchas veces queremos superarnos, dejar de actuar así, pero nos vemos como atados a esas malas costumbres y nos cuesta corregirnos y mejorar en nuestra vida.
Un cristiano que se toma en serio su vida tratará de examinarse y ver siempre lo que tiene que mejorar. Vigilancia, deseos de superación, crecimiento en lo humano y en lo espiritual, son tareas que hemos de saber realizar. Pero en ese crecimiento de nuestra vida, lo mismo que en esa purificación interior que hemos de ir realizando, tenemos que darnos cuenta que no es una tarea que hagamos sólo por nosotros mismos. Cristo, el Señor, está a nuestro lado, nos concede la gracia y la fuerza de su Espíritu para que podamos realizarlo. Es el Señor el que en verdad nos liberará de ese mal que se ha ido introduciendo en nosotros. Es el perdón generoso que nos concede cuando humildemente vamos a El reconociendo nuestro pecado, pero es también la fuerza de su gracia para esa purificación y ese crecimiento en la vida de la gracia.
Dejemos que el Seños nos libere. Dejemos que la gracia de Dios actúa en nosotros, que muchas veces esos pequeños defectos, fallos o debilidades se pueden convertir en una legión dentro de nosotros.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Peregrinos vigilantes y despiertos para llegar a la patria del cielo

Dan. 7, 15-27
Sal. Dan. 3, 82-87
Lc. 21, 34-36


El camino que vamos haciendo por la vida es como una peregrinación. Recorremos un camino no exento de peligros y tentaciones, pero tenemos una meta a la que aspiramos llegar. No nos es fácil en muchas ocasiones a causa de nuestra debilidad y de los cansancios que nos producen ese caminar y esas luchas que tenemos que mantener. Pero queremos llegar a la meta y nuestra meta está en la patria del cielo. Sabemos que vamos al encuentro del Señor que viene hasta nosotros.
De esa meta, de ese camino y de la vigilancia que hemos de mantener nos está hablando de manera especial la liturgia en estos día del final del ciclo litúrgico. Pero no es para pensarlo solo en algunas ocasiones, sino que es algo que tiene que estar muy presente en el día a día de nuestra vida si queremos caminar en fidelidad al Señor.
Y es que en ese peregrinar de nuestra vida se nos pide vigilancia y atención para no perder el rumbo de nuestro camino, teniendo siempre claro cuál es nuestra meta, quién viene a nosotros y lo grande y maravilloso que es el amor que Dios nos tiene. Por eso en esa vigilancia no podemos dejarnos arrastrar por tantas cosas que nos quieren llamar la atención, tantas cosas que pueden ser tentación para nosotros que nos haga abandonar el camino.
Hay muchos lugares del evangelio donde Jesús nos habla de esa vigilancia. Una vigilancia atenta y activa. Como las doncellas que han de tener encendidas las lámparas, pero con aceite suficiente para que no se apaguen; como el amo de casa que tiene que estar vigilante porque no sabe cuando viene el ladrón; como el servidor fiel que tiene que estar atento para cuando venga su señor, abrirle apenas venga y llame.
Necesitamos vigilancia y ser fuertes frente a la tentación. ‘Tened cuidado, nos dice Jesús: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida…’ Ahí tendríamos que poner tantas cosas que nosotros sabemos muy bien que son tentación para nuestra vida y que nos hacen daño.
Cosas que embotan nuestra mente y encierran en sí mismo de forma egoísta nuestro corazón; tantas cosas que nos ciegan y son obstáculo fuerte para poder seguir el camino libremente; cosas que nos hacen perder nuestra dignidad y grandeza y nos quitan la libertad esclavizándonos. Nos ofrecen libertad pero lo que hacen es esclavizarnos. Nos ofrecen felicidad pero nos hacen más desgraciados aunque algunas veces confundidos pensemos lo contrario.
Por eso el camino no lo hacemos solos ni son solas nuestras fuerzas. No es cosa sólo de voluntarismo por nuestra parte, sino que tenemos que saber contar y confiar en la ayuda del Señor. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’. ¡Qué necesaria es la oración en nuestra vida! Necesitamos orar para alcanzar de Dios el don de la fe; orar para que podamos dar respuesta al amor que Dios nos tiene; orar para discernir bien el camino y seguirlo con toda fidelidad.
Que cuando venga el Señor nos encuentre así vigilantes, con las lámparas de aceite encendidas en nuestras manos, y con nuestras vestiduras de fiesta blancas y relucientes para pasar al banquete del Reino eterno de los cielos.