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viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


martes, 28 de julio de 2026

Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

 




Espíritu de búsqueda y deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos la novedad de la gracia a nuestra vida

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

Preguntamos cuando no sabemos. Tendría que ser lo normal, porque no siempre lo entendemos todo, hay cosas que nos cuesta entender; no es solo lo que nos dicen o enseñan, sino lo que va sucediendo en la vida, lo que vamos contemplando, las situaciones en que nos encontramos. Tendríamos que estar siempre en actitud receptiva, de querer aprender. No siempre entendemos el por qué de las cosas, nos cuesta, se nos hace difícil. Pero también hemos de reconocer que en ocasiones el orgullo nos puede más y parece que si nos mostramos débiles porque no entendemos y preguntamos bajamos en el nivel de apreciación que quisiéramos tener; pero quizás sea ese orgullo el que realmente nos hace bajar de escala. Ojalá no nos dominara tanto el amor propio y fuéramos más humildes.

Los discípulos de Jesús, aun con sus ambiciones y sus sueños y con la carga que podía pesar sobre ellos de sus costumbres y tradiciones ademas con la cierta manipulación que sufrían por parte de sus dirigentes, tienen deseos de aprender y con el amor que sentían por Jesús les hacía tener confianza para manifestarse tal como eran, en ocasiones también ambiciosos con sus sueños, y para hacer preguntas cuando no entendían, aunque a veces les gustara más algunas cosas a su manera.

De alguna manera iban sintiendo el impacto de lo nuevo que les estaba ofreciendo Jesús, y la buena noticia del Evangelio cuando queremos escucharla con sinceridad nos impacta y nos deja en cierta manera descolocados por los cambios que tenemos que hacer en nuestra mente y en nuestro corazón. Ya vemos como en ocasiones se resisten a lo que les anuncia Jesús y entre ellos siguen apareciendo sus apetencias y en cierto modo sus enfrentamientos por el lugar que fueran a ocupar en ese futuro Reino de Dios que Jesús anunciaba.

Ya en otro momento le preguntarán a Jesús por qué siempre les habla en parábolas a la gente, ahora cuando llegan a casa le preguntan directamente por el sentido de la parábola. Cambien ellos quizás cuando iban escuchándola tuvieran la misma reacción que los servidores de aquel propietario que querían arrancar ya de raíz aquella mala planta que iba apareciendo; les costaría entender la decisión de aquel dueño del terreno de dejar que crecieran juntos el trigo y la cizaña; ellos quizás también lo vieran como un peligro, como nosotros, sobre todo cuando nos vemos afectados por el mal que nos rodea y que en ocasiones nos hace daño, que quisiéramos hacer desaparecer del mundo a esos que nos están haciendo daño. ¿No habrá sido en ocasiones también la oración que nosotros hemos hecho?

Jesús en breves pinceladas les da la clave para entender la parábola. Los ciudadanos del Reino, los partidarios del maligno, el juicio final donde aquellos que se han mantenido como ciudadanos del Reino, los justos, brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Pero es necesario mantenerse en la integridad del camino, lo que no siempre es fácil; terminamos muchas veces dejándonos deslizar por esas rampas o pendientes que nos parecen más fáciles; somos conscientes cómo fácilmente caemos en la tibieza que es la mejor pendiente para que al final terminemos hundiéndonos.

Es necesario mantener una vigilancia, fortalecernos interiormente, que nuestra espiritualidad no decaiga, que nos mantengamos bien arraigados como el sarmiento a la cepa para que podamos dar fruto, que alimentemos nuestro espíritu con la gracia del Señor y nos dejemos iluminar continuamente por la Palabra de Dios, que haya ese espíritu de búsqueda y esos deseos de crecimiento no contentándonos con nuestras rutinas, sino que cada día le demos esa novedad de la gracia a nuestra vida, que nos abramos interiormente a esa gracia del Señor y crezcamos en nuestro espíritu de oración.

¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Tendremos la humildad del reconocimiento de nuestra debilidad? ¿Nos dejaremos enseñar?


jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


viernes, 5 de junio de 2026

En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

 


En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37

No temamos hacernos preguntas que nos cuestionen por dentro; es un deseo de avanzar, de encontrar razones, de abrirnos a nuevos horizontes, de fundamentar bien lo que ya llevamos por dentro. En la medida en que vamos avanzando por la vida seguramente nos aparecerán nuevas cuestiones que antes no nos habíamos planteado, pero eso significa el crecimiento que vamos experimentando y eso nos conduce a una madurez que nos hará sentirnos más seguros. No somos ciegos que simplemente ven por los ojos de los otros, sino que hemos de tener nuestra propia mirada, que se siente enriquecida por lo nuevo que va encontrando, pero también de lo que va recibiendo de los demás. No es una búsqueda que nos haga mirarnos solo a nosotros mismos, sino que nos hará rumiar y reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra vida para ir ahondando más y más.

Hoy es Jesús en el evangelio el que le hace preguntas a sus contrincantes; muchos habían ido planteándole cuestiones no siempre en una búsqueda sincera de algo mejor que Jesús pudiera ofrecerles, sino como muchas veces hemos visto querían cogerle en sus palabras para manifestar así su rechazo a lo que Jesús estaba significando. Ayer mismo escuchábamos al escriba que le preguntaba por el mandamiento principal de la ley, una pregunta que no tendría sentido en quien la hacía puesto que era un maestro de la Ley. Pero hoy es Jesús el que los cuestiona y los deja sin palabras. Si el Mesías era hijo de David, de la descendencia de David, ¿cómo es que le llame su Señor? No tienen respuesta; pero Jesús les está haciendo ver cual es su verdadero mesianismo y que El está por encima de la misma Ley, si es el Hijo de Dios como se está manifestando Jesús. El pueblo sencillo sí sabe reconocer la veracidad y autenticidad con que Jesús se manifiesta.

Lo de menos en nuestra reflexión en este caso es ese cuestionamiento. Hemos más bien saber responder a esos interrogantes que en nuestro interior se nos presentan también en el campo de nuestra fe y de la manera de expresar no solo nuestra religiosidad sino todo lo que significa el seguimiento de Jesús, es decir, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. ¿Dónde hemos de ir encontrando esas respuestas?

Hermoso el texto que se nos ofrece de la segunda carta de san Pablo a su discípulo Timoteo. Está recordando el apóstol lo que ha sido el recorrido de su vida que no siempre ha sido fácil. ‘¡Qué persecuciones soporté!’, recuerda el apóstol, ‘pero de todas me libró el Señor… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos’, nos viene a decir. Por eso nos invita a vivir en la fidelidad. Como le dice a su discípulo ‘tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús’.

Ahí tenemos nuestra sabiduría que nos hará saborear todo el sentido y el valor de la vida; es lo que nos hará crecer y madurar, es lo que nos va a dar verdadera profundidad a nuestra vida, es donde vamos a encontrar la fuerza para mantenernos en esa fidelidad, sintiendo que es el Señor nuestra fortaleza. Por eso concluye diciéndonos algo hermoso. ‘Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena’.

¿Qué valor le damos a la Biblia? ¿La saboreamos como lo que es, la Sabiduría de la Palabra de Dios? En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas ¿acudimos a la Sagrada Escritura para encontrar esa Sabiduría de Dios para nuestra vida?

viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

miércoles, 13 de mayo de 2026

No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

 


No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

En la vida no nos podemos estancar, puede ser signo de una vejez caduca el decir que ya nada podemos aprender ni nada nuevo podemos ofrecer; el agua estancada se vuelve putrefacta e inservible porque las materias orgánicas que hay en ellas terminan por malearse y volverse putrefactas, o lo que podíamos decir también, llenas de muerte, necesita renovarse, darle movimiento, hacer que el oxigeno de vida la mantenga viva y pueda cumplir su función.

Así podemos decir que es la vida, ha de ser la vida de toda persona, siempre ha de estar en crecimiento, y no es solo el crecimiento orgánico en que las células que conforman el organismo humano se van renovando continuamente, sino fundamentalmente su mente; hay quien ha perdido todo deseo de aprender, o lo que es lo mismo, de crecer, bien porque dicen que ya todo se lo saben y a estas alturas de la vida qué es lo que les pueden enseñar, o porque no quieren hacer el esfuerzo que les llenaría de vida en esa curiosidad y deseo por saber más, por crecer interiormente, por seguir en ese proceso de maduración tan necesario. Hay gente que se avejenta con pocos años por falta de esa inquietud, pero también nos encontramos con gente con muchos años que aun se sienten jóvenes porque siempre quieren estar aprendiendo más, queriendo avanzar en la vida; su mente se mantiene despierta.

Podría parecer que esta reflexión que estoy haciendo poco pueda tener que ver con el evangelio porque parece que nos quedáramos sólo en unos aspectos humanos, pero sin embargo es algo que podemos aplicar con toda verdad a lo que es nuestra vida espiritual y a nuestros compromisos cristianos.

Jesús les dice que aún le quedan muchas cosas por decirles, pero que cuando venga el Espíritu de la verdad nos lo revelará todo. Es con la fuerza del Espíritu cómo se va a reavivar en sus corazones todo lo que han recibido de Jesús; solo con la fuerza del Espíritu es cómo podrán en verdad confesar que Jesús es el Señor. Han ido conociendo a Jesús pues con Él han convivido y El a ellos de manera especial les ha enseñado. Recordemos aquellos momentos en que de manera particular en casa les explicaba lo que a todos había enseñado en parábolas; recordemos cómo los tomaba aparte mientras iban caminando de un lado para otro para hablarles de cosas concretas, o los llevaba a lugares apartados para estar a solas con ellos marchando incluso en ocasiones para poder tener esa oportunidad a regiones limítrofes fuera ya del territorio propiamente judío. Pero aun así vemos como les costaba entender, como les estaba costando toda aquella conversación de sobremesa en la cena pascual. Así les veremos dudando y huyendo de miedo tras el prendimiento, o encerrados en el cenáculo por miedo a lo que a ellos también les podía pasar.

Será a partir de Pentecostés, al recibir la fuerza del Espíritu cuando se abran las puertas y con valentía hablen de Jesús al que Dios había resucitado de entre los muertos. Es la fuerza del Espíritu que les hará estar alegres y contentos cuando han tenido que sufrir por el nombre de Jesús; llenos del Espíritu replicarán cuando les quieren impedir hablar del nombre de Jesús que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Es el Espíritu de Dios que se les ha revelado en sus corazones, que les ha hecho crecer en su fe y tener la fortaleza para dar el testimonio ante todos. En la profundización que se ha producido en sus vidas en la medida en que se han dejado llevar por el Espíritu de Jesús.

¿Y nosotros seremos conscientes de esa fuerza del Espíritu que está también en nosotros? ¿Nos dejamos guiar para ir creciendo en nuestra fe, para llegar a esa madurez de nuestra vida cristiana? ¿Nos preocuparemos de ese crecimiento en la fe, de ese rumiar una y otra vez el Evangelio de Jesús para dejarnos impregnar por lo que el Espíritu va suscitando en nuestros corazones? 

Hemos de preocuparnos más de esa permanente formación en nuestra vida cristiana, que nos haga crecer, que nos haga madurar, que nos haga de verdad empaparnos del espíritu del Evangelio. No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, eso ya lo conozco, eso ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones.


lunes, 16 de febrero de 2026

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

 


Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Siempre queremos una prueba más. ¿Es inconformismo o es ceguera? Cierto inconformismo nos es necesario para salir de nuestras rutinas, para buscar algo nuevo y mejor, para ir avanzando por la vida, para no quedarnos satisfechos con lo que ya hacemos si podemos hacer algo más, para no caer bajo el peso del derrotismo cuando las cosas se nos ponen difíciles, para descubrir que hay más, que puede haber otros caminos y otras perspectivas, para crecer. Es que yo soy así, decimos cuando no queremos cambiar; es que las cosas son así, cuando no queremos poner esfuerzo y sacrificio; de eso nos sobra en la vida.

Me ha surgido esta primera reflexión preguntándome cual era realmente la actitud de aquellos fariseos y maestros de la ley que siempre le estaban pidiendo nuevos signos a Jesús para poder creer en El. Por eso me preguntaba si era simplemente el inconformismo con que hemos de andar en la vida, pero en este caso creo que era algo distinto, era ceguera. Muchos eran los signos que Jesús iba realizando y que manifestaban que Dios estaba con El, que expresaban su misión mesiánica, que nos ofrecían el camino de algo nuevo para nuestras vidas. Muchos eran los milagros tal como nos va relatando el evangelio, señales de esa transformación que Dios quería realizar en nuestros corazones, señales verdaderas del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba.

Pero no querían ver la obra de Dios en la presencia de Jesús y lo que realizaba. Por eso siempre estaban pidiendo nuevos signos, nuevas señales, y todo eran discusiones con Jesús y acusaciones porque llegaron a decir que si Jesús realizaba aquellos milagros era por obra y por el poder de Satanás. Incongruencias de la ceguera en que vivían. Como en alguna ocasión Jesús les dice es que Satanás va a luchar contra sí mismo; un reino dividido no puede subsistir, les dice Jesús.

En esta ocasión Jesús se niega ya a darle más signos y como nos dice el evangelista se montó de nuevo en la barca y se fue para otro lado. No hay peor sordo que el que no quiere oír, es lo que estaba sucediendo.

Pero no nos quedamos en el hecho que nos narra el evangelio y lo que entonces sucedía, sino que cuando escuchamos la Palabra de Dios siempre tenemos que escucharla leyéndola en nuestra vida. Es fácil decir de los otros pero nos cuesta verlo reflejado en nuestra vida. Ahí andamos nosotros también con nuestros vaivenes, con nuestros altos y bajos, con nuestras reincidencias, con nuestros tropiezos en la misma piedra porque no aprendemos la lección. Es la realidad llena de rutina de nuestras vidas, es la tibieza espiritual con que vivimos tantas veces, es la pendiente por la que nos dejamos resbalar.

Creo que cada uno de nosotros analizando bien su propia vida tiene bellos momentos de fe y de espiritualidad que en alguna ocasión hemos vivido; recordamos cuantos propósitos nos hemos hecho cuando hemos hecho un buen examen de conciencia y con humildad nos hemos acercado al sacramento de la Penitencia. No volveremos a tropezar en la misma piedra, no volveremos hacer las mismas cosas, cuantas veces nos hemos prometido. Pero qué pronto lo hemos olvidado, qué pronto nos hemos enfriado y caído en una tibieza espiritual que nos ha precipitado de nuevo en el mismo pecado.

Y tenemos con nosotros la gracia que el Señor nos ofrece continuamente en los sacramentos, tenemos el alimento de la Eucaristía en que comemos al mismo Cristo que se hace alimento y vida nuestra, tenemos ante nuestros ojos el milagro de la Eucaristía cada vez que vamos a misa, pero no despertamos de nuestro letargo, seguimos con nuestra frialdad, seguimos quizás pidiendo milagros para nuestra vida que nos hagan ver con claridad y decimos que entonces sí cambiaríamos. Esperemos que el Señor no nos abandone por su infinita misericordia y nos llegue ese momento de gracia que nos haga despertar.

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras para descubrir de una vez para siempre la Luz que Jesús nos ofrece.

viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.

viernes, 24 de octubre de 2025

Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

 


Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

Romanos 7, 18-24; Salmo 118; Lucas 12,54-59

La vida nos va enseñando, de la vida vamos aprendiendo. Las experiencias que vivimos nos enseñan, si somos capaces de ser reflexivos, de masticar y rumiar en nuestro interior lo que nos va sucediendo para sacar lecciones. Así vamos mostrando nuestra madurez. Son los mismos acontecimientos, las señales de la naturaleza, las cosas que vemos hacer a los demás en lo que vamos aprendiendo. Pero es necesario ir acumulando esa sabiduría en nuestro interior, guardándolos en la biblioteca de nuestro corazón para cuando lleguen semejantes circunstancias recordemos lo que hicimos, lo que nos salió mal, lo que nos fue productivo y ahora haciendo un juicio de valor de lo que nos sucede saber interpretar, saber actuar.

Lecciones que no siempre nos dan los libros, pero tenemos el libro de la vida de donde aprender. Claro que también lo que hemos estudiado tiene que servirnos para esa formación, para alcanzar esa madurez, porque también con esas mismas técnicas de estudio que hemos seguido, las empleamos para analizar la vida conjuntando todos esos conocimientos.

Triste los que en la vida siguen siendo niños, no por esa ingenuidad maravillosa para no ver malicias, sino porque no hemos crecido, porque no hemos madurado, porque no hemos aprendido de esas lecciones de la vida. Son cosas en las que tenemos que pararnos a pensar muchas veces analizando esa madurez que hemos ido alcanzando, no para llenarnos de orgullo y sentirnos por encima de los demás, sino para tener esa sabiduría de la vida.

Podemos estar pensando en el lado de los conocimientos humanos, pero también en lo que son nuestras relaciones con los demás, como también en ese sentido hemos de pensar en ese compromiso que tenemos con la vida y con el mundo que nos rodea, del que no podemos sentirnos ajenos o alejados sino ver esa seriedad de la vida y lo que a la mejora de ese mundo tenemos que contribuir.

Pero además es algo que arranca también de nuestra fe que tiene que llevarnos a ese compromiso con nosotros mismos, pero también a ese compromiso con la sociedad que nos rodea o con esas personas con las que hacemos camino en común.

Hoy en el evangelio Jesús quiere hacernos pensar, precisamente partiendo de esa lectura humana que hacemos de la vida y los acontecimientos, para que seamos capaces de ver las señales de Dios. No vemos a Dios decimos a veces, o dicen tantos a nuestro lado. Hay que abrir los ojos, hay que descubrir las señales, hemos de aprender a entrar en una sintonía espiritual, hemos de saber elevarnos de esa materialidad de la vida que algunas veces nos vuelve insensibles a las cosas del espíritu. Nos entorpecemos para lo espiritual cuando vivimos demasiado obsesionados con lo material, con lo económico, con la riqueza que deseamos tener, o con el poder que queremos alcanzar. ¿Estará ahí lo que en verdad va a dar más plenitud a nuestra vida? ¿Será esa nuestra verdadera riqueza y nuestra auténtica sabiduría?

La gente en muchas ocasiones le pedía a Jesús signos de que en verdad era el enviado del Señor, y no sabían leer los signos que Jesús continuamente realizaba en medio de ellos. Incluso en los milagros que Jesús hacía no sabían ver esas señales de Dios; recordemos como algunos incluso se los quieren atribuir al poder del espíritu del mal. Quizás la multiplicación de los panes les valía solamente para llenar sus estómagos sin caer en la cuenta del signo del alimento mejor que Jesús estaba ofreciéndoles; la curación de un enfermo, un paralítico, un ciego o un leproso, solo lo veían como el beneficio de estar sanos en su cuerpo o en sus sentidos, pero no caían en la cuenta de la salud más honda que Jesús en verdad nos viene a traer con su salvación.

Sepamos descubrir en el mundo de hoy esas señales de Dios, sepamos leer la historia de cada día con ojos de fe, en la bondad de tantos a nuestro alrededor que ofrecen con generosidad sus vidas para hacer el bien, veamos una presencia de Dios que nos habla, que nos llama, que nos da una nueva visión, que nos hace tener una mejor sabiduría de la vida.

¿Aprenderemos a rumiar cuanto nos sucede para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación?

jueves, 9 de octubre de 2025

Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

 


Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Salmo 1; Lucas 11,5-13

¿A dónde voy a llamar si parece que nadie me va a responder? Quizás en alguna ocasión habrá tenido la experiencia de llamar y al final desistir porque nadie le respondía tan pronto como hacía su llamada. ¿Le faltaría insistencia, quizás?

Alguna vez nos habremos encontrado a alguien que venía buscando una determinada persona, le habían dicho que por aquel lugar vivía, pero ahora no sabía donde ir a llamar porque todas las puertas estaban cerradas y podría parecer que allí no había nadie. Demasiadas puertas y ventanas cerradas nos vamos encontrando hoy a nuestro paso por calles y caminos; quizás los mayores añoramos aquellos tiempos en que las cancelas y las puertas siempre estaban abiertas o podíamos abrirlas sin necesidad de llamar mucho. ¿Nos habrán invadido los miedos y las desconfianzas? Pero quizá aquella persona que buscaba se encontró con alguien que la animó a llamar sin miedo e insistir en la llamada, asegurándole que alguien le iba a responder.

La invitación hoy del evangelio es a que perseveremos en nuestras búsquedas y llamadas, que no temamos pedir aquello que necesitamos porque vamos a tener respuesta, vamos a encontrar lo que buscamos, van a responder a nuestra llamada. Aunque este pasaje del evangelio muchas en nuestros comentarios hagamos alusión a la oración, a nuestra relación con Dios, creo que está queriéndonos decir mucho de esas búsquedas profundas que tenemos que hacernos en la vida, de ese deseos de conocer y de saber, de ese deseo de crecer, de ese deseo de buscar hondamente sentido a la vida o de búsqueda de respuestas a muchos interrogantes que tenemos en nuestro interior.

El que quiere crecer tiene que buscar, tiene que llamar. Muchas veces somos nosotros mismos los que nos estamos cerrando puertas en nuestro conformismo o con nuestros miedos; nos contentamos con lo que somos o con el estado en que estamos y no buscamos algo nuevo, algo mejor, algo que de verdad nos haga crecer. Esas búsquedas muchas veces son costosas y son arriesgadas; si las vamos haciendo con sinceridad abiertos a lo que nos vamos a encontrar, podría ser que se volvieran exigentes con nosotros mismos porque nos obligan a salir de nuestras rutinas, o arrancar las hierbas que nos parezcan externamente bonitas de nuestras malas costumbres que nos encierran en nosotros mismos.

Hay que ser valiente para ponerse en camino de búsqueda, porque el que se pone en camino no se refugia en lo que ya tiene ni se contenta con ello, y para poder ponerse en camino a buscar seguramente tendrá que desprenderse de muchas cosas que podrían ralentizar su avance por el camino nuevo. Se volverá una exigencia para nosotros. Necesitaremos abrir puertas en nosotros mismos.

Apertura de puertas para salir nosotros, pero también para dejar entrar. Alguien a nuestro lado podría estar queriendo llamar, pero, como decíamos antes, le parece que porque las puertas y ventanas están cerradas no hay nadie que les pueda responder. Nos toca, pues, a nosotros abrir puertas para que sepan que pueden contar con nosotros porque estamos dispuestos a responder.

Nos toca quitar miedos y desconfianzas, porque seguimos con muchos miedos y desconfianzas ante quienes nos parecen desconocidos, nos parecen extraños porque no son los que hemos visto siempre, porque somos muy prontos a poner etiquetas y hacer discriminaciones solo dejándonos llevar por apariencias que puedan ser distintas. Pensemos cuál es la acogida que hacemos a quienes emigrantes llegan a nuestras costas o a nuestras tierras. Creo que hay que pensar y decir en este sentido.

Estamos aplicando estas palabras de Jesús a este lado humano de la vida para el cual son también buena noticia de salvación, porque es un invitación a unas actitudes nuevas y a unos valores nuevos en los que tenemos que profundizar, pero no olvidemos cuanto nos quiere decir en lo que es nuestra relación con Dios, esa oración en la que necesitamos ser tan perseverantes, porque aquí no puede haber desconfianzas porque sabemos que estamos queriendo relacionarnos con un Dios que es nuestro padre y nos ama. No olvidemos sin embargo que Jesús nos habla de esa acogida de Dios, en la medida en que nosotros sepamos ser acogedores con nuestros hermanos, sean quienes sean.

jueves, 2 de octubre de 2025

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

 

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Salmo 18; Mateo 18, 1-5. 10

Nadie quiere aparecer como pequeño e insignificante. Es una tentación que sentimos, aunque al final tengamos que reconocer que no somos tan importantes, al menos entre los que nos rodean queremos hacernos notar; nos puede suceder a todos, buscamos influir, que se nos tenga en cuenta, no queremos quedarnos atrás, nuestro deseo es sobresalir. Y sucede en todos los ámbitos, muchas veces nos quedamos relegados a un ámbito más cercano, pero vemos que en esa escala ascendente de los que se sienten poderosos continuamente andamos en esa carrera por ostentar el poder, por creernos superiores o mejores que los demás; cuántas vanidades de ese tipo contemplamos en la vida social, en la política o en los círculos de influencia en nuestra sociedad; verdadera guerras sordas por conseguir esos lugares de apariencia o de poder.

Frente a esa experiencia de la vida cada vez más frecuente, aunque siempre ha habido quien se ha andado con esas insuflas de grandeza, hoy nos habla Jesús en el evangelio de que en su reino hemos de hacernos como niños. Palabras de Jesús que en el tiempo y momento en que fueron pronunciadas tenían como una connotación especial, por la poca importancia que en aquella sociedad se les daba a los niños. Hasta que no llegaran a una cierta edad en que ya se consideraran mayores no se les tenia en cuenta, se les dejaba a un lado.

Y ahí en medio de esa connotación de la sociedad Jesús nos viene a decir que seamos como niños; ¿con su inocencia? ¿Con su ingenuidad? ¿Con esa falta de malicia? ¿Con esa curiosidad de su espíritu que les hace preguntar y preguntar porque quieren saber, porque quieren entender? ¿Con esa simplicidad del niño que corre libremente de una lado para otro parece que es ajeno a todas las preocupaciones? ¿Con esa espontaneidad que se convertía en una generosidad natural siempre dispuestos a ser los primeros en hacer las cosas?

Podrían parecer valores muy infantiles, cosas de niños que nos decimos. Pero ¿realmente son valores infantiles o pueden convertirse en valores muy fundamentales para entender lo que ha de significar el Reino de Dios para nosotros?

Ojalá tuviéramos esa inocencia para quitar la malicia y desconfianza a nuestros actos, a lo que hacemos, a lo que son nuestras relaciones con los demás. Ojalá tuviéramos siempre esa hambre de aprender y de crecer, supiéramos acelerar ese motor de búsqueda interior que nos hace encontrarnos con nosotros mismos o con lo que es la verdad de la vida y de las cosas que vivimos. Ojalá tuviéramos esa disponibilidad que nos hace generosos haciendo que pensemos menos en nosotros mismos que en el bien que podemos hacer a los demás. Ojalá supiéramos entrar en esa órbita en la solo buscamos poner nuestra parte, nuestro granito de arena, sin buscar coronas de oropeles, sin querer estar imponiéndonos sino sabiendo colaborar poniendo cada uno su saber y su capacidad de actuar.

No son cosas tan infantiles, sino que serán cosas que nos harán profundizar más en nuestra vida para buscar lo que verdaderamente es fundamental y así abandonáramos esas ínfulas de vanidad que tantas veces nos envuelven para hacernos un mundo de fantasías y de superficialidad.

El evangelio de hoy nos ha querido hablar de esa sencillez con que hemos de tomarnos la vida, de esa alegría de vivir simplemente porque somos generosos, porque somos capaces de compartir con los demás lo que somos, porque estamos deseando estar siempre en esa actitud de servicio.

Claro que si hoy se nos ofrece este evangelio, en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios, es por aquello que se nos dice al final de que tengamos ‘cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.

Nos quiere recordar este texto el sentido de la celebración de este día y es el pensar en esos Ángeles de Dios que están a nuestro lado, que serán inspiración celestial para nosotros y signos de esa presencia de Dios en nuestras vidas para insuflar en nosotros también esa fortaleza de gracia para el camino de nuestra vida. No nos sentiremos nunca abandonados de Dios que nos hace sentir su presencia en el signo de los ángeles del cielo y que son también una invitación para que nos unamos siempre, como decimos en la liturgia, al coro de los ángeles que canta la gloria del Señor.


sábado, 30 de agosto de 2025

No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

 


No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

1Tesalonicenses 4, 9-11; Salmo 97; Mateo 25, 14-30

No todos somos iguales ni tenemos que ser iguales, porque seríamos como una estampa repetida. Es la variedad y al mismo tiempo la riqueza de la vida. Cada uno con nuestros valores y nuestras cualidades y así mutuamente nos enriquecemos y enriquecemos la vida. El desarrollo de cada uno no es querer ser igual al otro, es hacer que eso que yo soy se enriquezca y llegue a su plenitud; no es copiar ni simplemente imitar, aunque lo que veamos en los demás nos estimule, nos impulse a ser nosotros mismos, no una copia, no una repetición; no es sentirnos clonados de los demás sino alcanzar la plenitud de mi propio ser, en lo que soy y en lo que valgo por mi mismo. Esa variedad será, como decíamos, la riqueza de la vida, la riqueza del mundo en el que vivimos.

En esto me hace pensar la parábola que nos propone hoy el evangelio. El rey que al marchar de viaje confía sus bienes a sus servidores, dando a cada uno según su capacidad, como incluso nos dice la parábola. Cada uno según su capacidad ha de negociar aquellos talentos que se les han confiado, un día han de rendir cuentas. Pero como nos dice la parábola uno no fue capaz de negociar nada, le parecía tan poca cosa lo que había recibido que simplemente optó por no perderla. Así se presentó ante su señor a la hora de rendir cuentas, y reconoce que no ha hecho nada, no había sido capaz de realizar la función que le habían encomendado, porque aquellos les fueron confiados para que les sacaran rendimiento. No era solo cuestión de guardarlos.

Creo que nos puede ayudar a reflexionar sobre muchas cosas, empezando por la valoración que hemos de hacer de nosotros mismos, sin comparaciones y sin envidias, reconociendo lo que somos y valemos aunque nos creamos pequeños, pero aunque pequeños tenemos nuestra función, tenemos nuestro lugar, tenemos nuestra responsabilidad de la que no nos podemos escaquear. Y aquello que somos o que tenemos hemos de saberlo cultivar. 

No nos valen las falsas humildades, no nos valen los recelos ante lo que los demás tienen, han recibido o han conseguido con su esfuerzo y su trabajo. Nos entretenemos mirando a los demás y no nos miramos a nosotros mismos, no somos capaces de ponernos a trabajar en lo nuestro para obtener su fruto.

Ya nos decía san Pablo hoy en la carta a los tesalonicenses que no dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y alejando de nosotros toda clase de agobios para mantener siempre la paz. Las comparaciones, las envidias y las desconfianzas nos paralizan, no nos dejan pensar ni en lo que nosotros somos por nosotros mismos y menos nos ayudarán a desarrollar con responsabilidad nuestra tarea. 

No podemos estar pensando que los talentos de los otros son más valiosos o importantes. Nadie es más importante que los demás, todos tenemos el mismo valor y la misma dignidad y así  no hemos de temer presentarnos ante los demás, no haciendo alardes ni poniéndonos condecoración, con la verdad de lo que somos, pero también con la humildad de los que queremos poner nuestro grano de arena y queremos caminar con los demás. La hondonada de la pereza en la que caemos nos hará olvidarnos o dejar de lado lo que son nuestras propias responsabilidades.

Se nos está ofreciendo, con este texto de la Palabra de Dios hoy, un momento propicio para examinar nuestra vida y reconocer nuestros valores, pero un momento también para ver hasta donde hemos cultivado nuestra vida, hasta donde hemos hecho crecer nuestra vida y lo que somos, hasta donde somos conscientes también que nuestros valores enriquecen a los demás, estamos haciendo florecer ese jardín de la vida donde todos podamos sentirnos de forma más agradable porque estaremos construyendo y haciendo florecer ese hermoso jardín de la vida. 

Que resplandezcan en consecuencia esos valores del Reino de Dios, que tiene que ser nuestra tarea y compromiso desde la escucha y el seguimiento de Jesús.

miércoles, 30 de julio de 2025

Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

 


Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

Éxodo 34,29-35; Salmo 98; Mateo 13,44-46

¿Qué es lo que verdaderamente consideramos importante? ¿Qué es lo que para nosotros tiene mayor valor? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a dar para conseguirlo? Son unas primeras preguntas que nos hacemos para ver por donde anda nuestra onda. Porque también nos puede suceder que nos contentamos con lo que somos o lo que tenemos, que nos parece lo suficientemente bueno y para que vamos a estar volviéndonos locos por conseguir algo distinto, posturas conformistas en las que podemos caer; que también podemos pensar si ya lo que tengo es más o menos válido, para que voy a desprenderme de algo que ahora me está sirviendo ante el interrogante que pueda representar lo nuevo, es quizás la mediocridad en la que me muevo  que no me impulsa a una superación, y sobre todo cuando quizás eso me exija sacrificar algo.

Bueno esto que estamos diciendo nos vale para pensar en muchas cosas que forman parte de nuestra vida. Muchas cosas diferente podemos considerar importantes y por ellas hemos de ser capaces de sacrificarnos. Quien piensa en sus negocios y en sus ganancias, quien puede pensar en lo que son sus posesiones  con las que pretende tener una buena vida sin sobresaltos, quien puede pensar en unas conocimientos y unos estudios que le ayudarán a cultivarse como personas y le puede ayudar a encontrar una sabiduría de la vida, quien puede pensar en la familia y todo lo que entrañan unas relaciones familiares por lo que somos capaces de sacrificarnos porque queremos el bien de la familia o pensamos en el futuro de nuestros hijos con lo que le podamos ofrecer para lograr un puesto en la vida, quien puede pensar en esa sociedad en la que vive y que quiere mejor y que se quiere ser capaz de trabajar por una transformación de esa sociedad.

En cada una de esas facetas podemos o tener que pensar en qué es lo mejor, por lo que merece la pena sacrificarse y luchar, en ese necesario espíritu de superación que tiene que haber en nuestra vida, aunque eso algunas veces nos signifique renuncias y sacrificios en la búsqueda de lo mejor. Forma parte de ese crecimiento humano como personas que todos hemos de anhelar, aunque muchas veces andamos un poco cegados por aquello de la inmediatez y no siempre tenemos la paciencia de esperar para conseguir eso mejor que busquemos.

¿Es el sentido de estas parábolas que hoy Jesús nos propone en el Evangelio? Nos habla de un tesoro escondido que alguien encuentra y que porque no está en su campo buscará todos los recursos que sea para poder adquirir aquel campo y tener derecho a ese tesoro. Como nos habla también de una perla preciosa de gran valor que queremos tener y que somos capaces de desprendernos de todo lo que tenemos para tener los medios necesarios para poder conseguirla.

¿Cuál es ese tesoro que hemos de conseguir o esa perla preciosa que queremos adquirir? Es aquí donde tenemos que hacer nuestra escala de valores. No es que sean malas aquellas cosas que antes mencionábamos y que quisiéramos conseguir en la vida. Pero ahora con la parábola Jesús quiere plantearnos algo mucho más hondo. ¿Cuál es esa verdadera sabiduría de la vida? ¿Le daremos a nuestra fe ese valor de la perla preciosa por la que hemos de saber despojarnos de muchas cosas para poder alcanzarla?

Aquí tiene que entrar en juego también ese sentido espiritual de la vida, porque no todo se puede quedar en lo material, en unas ganancias o en unas riquezas que nos hagan poseer cosas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. Es bueno que sintamos toda esa alegría y satisfacción por esas cosas conseguidas para lograr ese nuestro crecimiento humano como personas y de aquellos que están a nuestro lado.

Pero hemos de saber encontrar esa luz de la fe que nos va a dar una visión nueva y distinta de la vida, una mayor trascendencia a nuestro ser y a cuanto hagamos, que va a ser motor de nuestro camino, de nuestras luchas y deseos de superación, que nos ayudará a encontrar esos valores que nos ofrece el evangelio para que lleguemos a vivir ese sentido del Reino de Dios, que va a elevar nuestro espíritu para entrar en esa sintonía de Dios en quien encontramos todo el sentido de nuestra vida y nuestra existencia.

¿Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe para nuestra vida, esa luz de la fe que va a ser la verdadera sabiduría de nuestra vida, esa luz de la fe que nos hará encontrar la verdadera riqueza espiritual de nuestra existencia?