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lunes, 31 de agosto de 2026

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

 

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Cuando nos cambian el ritmo de aquello a lo que estábamos acostumbrados y que hacíamos casi como una rutina se nos vienen abajo nuestros ritmos, nos sentimos desconcertados y nos cuesta entrar en la nueva dinámica. Son las pruebas psicotécnicas que se emplean en muchas ocasiones para, precisamente eso, ponernos a prueba en nuestra capacidad de respuesta, nuestra posible reacción y si somos capaces de asumir el nuevo ritmo, por ejemplo, que se nos presenta. Pero sin entrar en esas pruebas técnicas son muchas veces las pruebas que la misma vida nos presenta y ante lo que tenemos que saber reaccionar con madurez por una parte, pero también estando abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer y que mejoraría nuestra vida. Algunas veces nos cuesta aceptar esos cambios, nos ponemos incómodos y tenemos la tentación de ponernos en una actitud interna de rechazo ya sin saber bien por qué.

¿Será algo así lo que estamos viendo en este comienzo de la vida pública de Jesús en su presentación en Nazaret en el evangelio de san Lucas que ahora comenzamos a leer de forma continuada? Ya fue una sorpresa que al acudir Jesús aquel sábado a la sinagoga después de los primeros recorridos que ya había hecho por otros pueblos y aldeas de Galilea se haya ofrecido a hacer la lectura del profeta y su comentario. Era tarea del encargado de la sinagoga pero que él podía ofrecer a quien por allí se acercase y tuviera esa disponibilidad. Se ha escogido un texto del profeta Isaías; habla de la manifestación del Espíritu del Señor en aquel que había de venir en una clara referencia al Mesías esperado.

Ya conocemos el texto que hemos escuchado muchas veces. Habla de quien con la fuerza del Espíritu del Señor viene a iniciar un tiempo nuevo de liberación; habla de los enfermos e impedidos que recobraran vida y salud, pero habla también de otra liberación más profunda de todos aquellos que se sienten oprimidos y sin libertad; habla del tiempo nuevo del año de gracia del Señor. Claras referencias a los tiempos mesiánicos que todos estaban anhelando. Y es tajante el comentario de Jesús. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

¿Sorpresa? ¿Alegría y esperanza renovada? ¿Admiración por quien había pronunciado tales palabras? Ellos lo conocían bien, allí se había criado, era el hijo de José el carpintero, por allá andaban aun sus parientes… ¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ‘Todos expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca’.

Jesús no se queda en esas palabras porque El está hablando de un tiempo nuevo, de algo nuevo que no era lo de siempre. Ellos habían oído de las cosas maravillosas que Jesús había hecho en otros lugares, bien sabemos cómo vuelan las noticias y eso que entonces no había las redes sociales que hoy tenemos, pero ya estaban pensando en sentirse los primeros beneficiarios de aquel poder que parece que se manifestaba en uno que era de su pueblo. Pero Jesús viene a decir otra cosa, busca a aquellos que tienen que ser liberados de sus esclavitudes y de sus males, pero no tiene que ser en lo de siempre, en los de siempre, en los lugares de siempre. Les recuerda que el profeta Elías atendió a una viuda que precisamente no era judía, y que el profeta Eliseo curó de la lepra precisamente a quien se podía considerar un enemigo porque era sirio.

Aquí se cambian los ritmos y los esquemas. Un día alabará Jesús la fe de un centurión romano que era gentil y del que dice que no ha encontrado en nadie en Israel con tanta fe como él; curará a la hija de la mujer de Fenicia, a quienes los judíos consideraban como los perritos y lo hará precisamente por su fe; se dejará tocar por los leprosos o por quienes eran considerados impuros como la mujer de las hemorragias que toca la orla de su manto. Algo nuevo va a suceder, algo nuevo quiere realizar Jesús. La gente de Nazaret no lo soporta porque lo considera como un desplante y terminarán porque quieren arrojar a Jesús por un barranco.

Pero esto que estamos viendo en el evangelio ahora me hace pensar en situaciones que podemos estar pasando en estos días. Cuando hablamos de necesidades, de problemas o de carencias ¿en quienes estamos pensando habitualmente? ¿En los pobres de siempre, esos que aparecen todas las semanas por Cáritas, en esa gente de nuestro entorno que sabemos también que tienen problemas para llegar a final de mes, solo en esas personas cercanas a nosotros?

Creo que nuestra mirada tiene que ir más allá. ¿No habremos escuchado alguna vez que ahora los emigrantes que de una forma o de otra están llegando junto a nosotros nos van a quitar el trabajo o los beneficios sociales que necesitan los que son de aquí? Nos quejamos de que esos recursos tengamos que gastarlos en esos que nos han aparecido de la noche a la mañana y que no son precisamente de los nuestros porque además nos parece una invasión y aquí ponemos no sé cuantas características.

El evangelio que hoy hemos escuchado ¿no nos estará pidiendo o planteando ese cambio de chip, ese cambio de ritmo, esa mirada distinta porque es también una exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano? Son cosas que tenemos que pensar, que analizar, ante las que tenemos que abrirnos viendo nuevas perspectivas.

‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.


viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

viernes, 14 de noviembre de 2025

Aprendamos a detenernos, a no dejarnos arrastrar por la loca carrera de la vida, a saber leer cuanto nos sucede desde una mirada creyente, a darle un sentido a nuestro caminar

 


Aprendamos a detenernos, a no dejarnos arrastrar por la loca carrera de la vida, a saber leer cuanto nos sucede desde una mirada creyente, a darle un sentido a nuestro caminar

Sabiduría 13,1-9; Salmo 18; Lucas 17,26-37

La vida de cada día con sus afanes y preocupaciones, con el agobio de todo lo que tenemos que hacer, esas cosas ordinarias que hacemos como modo de vivir o como medios de subsistencia, los acontecimientos que se suceden ya en el ámbito cercano nuestro de la familia o de nuestro trabajo, el caudal inmenso de noticias que nos llegan por todos los medios y más teniendo hoy como tenemos a manos tantas redes sociales, nos hacen entrar en un ritmo tan vertiginoso que nos parece que no tenemos tiempo para vivir, muchas cosas se convierten como en rutinas de la vida que andamos y desandamos algunas veces ni siendo conscientes del todo de lo que hacemos y no somos capaces de detenernos a reflexionar o dar hondura, sentido y valor a lo que hacemos.

Nos sentimos absorbidos por la vida y hay el peligro de entrar en la superficialidad de hacer las cosas porque tenemos que hacerlas pero sin llegar a saborearlas y disfrutarlas, de sentir que en eso está nuestra vida y que tendríamos que buscar como otro forma para darle otra intensidad a nuestro vivir. Qué peligroso convertir en una rutina nuestro vivir.

¿Llegaremos a descubrir en cuanto nos sucede o hacemos señales de algo más? ¿Seremos capaces de leer esa vida que vivimos para escuchar una voz que nos pudiera estar hablando o llamándonos desde esas mismas cosas o desde nuestro interior? ¿Seremos capaces de darle una mayor trascendencia a lo que hacemos o vivimos o simplemente estamos cumpliendo con una función porque eso es lo que nos ha tocado vivir? ¿Podrá haber algo más que nos llene interiormente y nos haga crecer en humanidad como personas? Porque tenemos el peligro de que en esa carrera de la vida vayamos perdiendo humanidad, incluso para nosotros mismos que nos convertimos en máquinas.

Creo que esto nos quiere hacer pensar hoy Jesús. Toda la conversación  de Jesús parte desde aquellas preguntas que le hacían de si ya era la hora en que se iba a manifestar el Reino de Dios y con qué signos lo conoceríamos. Jesús nos invita a estar atentos a nuestra vida, que sepamos leer nuestra vida y cuanto nos acontece; podríamos encontrar señales hermosas que nos va dejando Dios de cómo se manifiesta y se hace presente junto a nosotros.

Habla de los tiempos de Noé en que la mayoría no supo ver las señales del cielo y solo se salvaron unos pocos que habían construido aquel arca; o nos habla de los tiempos de Lot donde parecía que la vida circulaba con toda normalidad, pero hubo un momento de transformación con lo que llamaban aquel fuego venido del cielo. Nos habla del que está en el campo o del que está en su casa con sus quehaceres; podemos sentir, tenemos que saber sentir esa presencia de Dios, esos signos que Dios va poniendo a nuestro lado en el camino de la vida y que nos llaman a algo distinto y mejor. Es lo que nos habla de la venida del Hijo del Hombre.

Es lo que tenemos que saber discernir en nuestra vida de cada día y ver esa acción de Dios en nosotros; pero nuestra fe se nos va enfriando, vivimos sin sentir esa presencia de Dios, no escuchamos la voz de Dios que de tantas maneras va a hablándonos al corazón. Vivimos en nuestra loca carrera de la vida pero ¿Dónde hemos puesto la fe? ¿En qué se nota en nuestra manera de vivir que somos unos creyentes, que queremos vivir un evangelio, que sentimos ese amor de Dios en nosotros y que tenemos que ser mensajeros de vida y salvación para el mundo que nos rodea? ¿No podemos dar la impresión de que vivimos sin Dios, sin necesitar a Dios, sin gozarnos de su presencia en nuestra vida?

¿Tendremos que aprender a detenernos, a hacer una parada, a ponernos a reflexionar, a saber leer la vida de manera diferente?