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domingo, 27 de julio de 2025

Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

 


Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

Génesis 18, 20-32. Salmo 137. Colosenses 2, 12-14.  Lucas 11, 1-13

Cuando nos dirigimos a alguien porque tenemos que tratar algún asunto con esa persona, seguramente hacia ella según nosotros la veamos, o según el concepto que nosotros tengamos de esa persona. Me explico, aunque digamos que todos nos tratamos igual, sin embargo no es lo mismo si nos dirigimos a una persona que nosotros consideramos muy importante, sea por su situación social, la representatividad política o de autoridad que ejerza, no es lo mismo que si nos dirigimos al vecino de la casa de al lado, al amigo con el que siempre hemos convivido, o a un familiar; en unos y en otros tenemos en cuenta quizás también su forma de ser o de relacionarse con los demás; todo eso son condicionantes, y en el caso familiar no es lo mismo quizás a un hermano que a nuestro padre o nuestra madre. Seguro que con estos nos sentimos más a gusto por esa relación de amor que existe entre un padre y sus hijos.

Yo diría que es lo que nos quiere hoy decir Jesús cuando nos enseña a hablar con Dios nuestro Padre. Los discípulos que ven continuamente como Jesús siempre está encontrando momentos para su oración con el Padre, como El llama a Dios le piden que les enseñe a orar. Ellos habían visto cómo Juan el Bautista allá en el desierto – algunos de ellos también habían sido discípulos de Juan – enseñaba a sus discípulos a orar; los fariseos en su manera de entender a Dios y la religión también enseñaban a sus discípulos a orar; podríamos decir que de alguna manera estas maneras de orar que unos y otros enseñaban viene a ser como una señal de su identidad como creyentes.

Jesús anuncia del Reino de Dios, es el eje de su predicación, sus discípulos le siguen porque en ese Reino de Dios anunciado por Jesús se están despertando sus esperanzas y están encontrando un sentido para sus vidas. Ellos quieren, podíamos decir, tener también su oración, su manera de orar como distintivo; es la forma de orar que les enseña Jesús. Más que formulas a repetir Jesús enseña un sentido nuevo de oración.

Pero la primera palabra con la que Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios tiene su gran importancia, porque es lo que va a dar un sentido distinto a nuestra oración, a nuestro encuentro con Dios. Recordemos lo que decíamos antes.

No le da nombres a Dios, como un día Moisés había pedido en el Horeb. ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién les voy a decir a los israelitas que me manda a ellos para liberarlos de la esclavitud de Egipto? Jesús nos dice algo mucho más tierno, no recuerda aquella palabra que muchas veces se queda casi en unas mínimas letras que musitamos como los niños llaman a su papá, ‘paaa’, ‘papaito’, porque simplemente es la ternura de un niño con su padre, pero es la ternura de un padre con su niño. Y así nos dice que nosotros le digamos a Dios, es la actitud con la que nosotros vamos a la oración.

En nuestro encuentro con Dios vayamos siempre con esa ternura del niño que se encuentra con su padre; y esa ternura da confianza, y esa ternura nos llena de amor y queremos manifestar ese amor de mil maneras, y esa ternura va a mover nuestro corazón, y esa ternura buscara siempre la manera de hacernos agradables para nuestro Dios, y en esa ternura nos sentimos seguros y fuertes frente a las cosas adversas con las que nos podemos encontrar, esa ternura nos hará buscar siempre  por encima de todo lo bueno, el bien, lo que es justo.

Que es realmente lo que Jesús nos enseña a decir en el Padrenuestro. Ese tiene que ser en verdad el sentido de nuestra oración. Una oración que aprenderemos a decir porque hemos aprendido a escuchar a Jesús y nos hemos impregnado del Espíritu de Jesús. Como nos ha dicho alguien  sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús. Y sólo sabrá rezarlo quien sepa escuchar primeramente la predicación de Jesús.

Será en verdad una oración que nos llena interiormente porque nos hace sentirnos llenos de Dios, una oración de la que saldremos siempre rebosantes de paz, una oración que siempre pone esperanza en el corazón, una oración que no nos deja adormecidos en la rutina, una oración que nos pone siempre en camino de vida, una oración en la que sintiendo como Pedro en el Tabor que bien se esta aquí sabemos que tenemos que salir, que bajar de la montana a la llanura para ponernos en camino, una oración con la que sintiendo a Dios en el centro de nuestro corazón nos hará comprender de verdad lo que es vivir ese Reino de Dios.

Y todo porque hemos comenzado sintiendo que a quien vamos a dirigirnos es a un Dios que nos ama y que es nuestro padre, al que podemos llamar papaíto.

viernes, 27 de junio de 2025

Se nos manifiesta la mansedumbre del Corazón de Jesús, pero para que aprendamos llenar también de esa misma ternura y mansedumbre nuestro corazón

 


Se nos manifiesta la mansedumbre del Corazón de Jesús, pero para que aprendamos llenar también de esa misma ternura y mansedumbre nuestro corazón

Ezequiel 34, 11-16; Salmo 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Se sintió enormemente sorprendido. No lo esperaba. Aquello parecía salido de lo normal. Reconocía que el recorrido de su vida no había sido nada ejemplar, es más había cometido muchos errores que no admitían disculpa, sentía el remordimiento en su corazón  por el mal que había hecho, él mismo se había alejado de los suyos y daba la impresión que vivía como si los hubiera olvidado para siempre. Y cuando no esperaba ser bien recibido a su vuelta, se había encontrado poco menos que una fiesta, no solo estaban las puertas abiertas sino que a su encuentro salían los suyos, aquellos a los que había de alguna manera olvidado y dañado con su manera de vivir. Era una mano tendida la que se le estaba ofreciendo para hacerle entrar, era un abrazo que todo lo perdonaba. Allí estaba comenzando a palpar lo que era el amor verdadero.

Nos pueden recordar estas palabras alguna parábola del evangelio, pero son cosas que también nos encontramos en la vida; personas dispuestas a seguir amando, personas dispuestas a perdonar, personas dispuestas incluso a olvidar para siempre lo que les hayan hecho sufrir; parecen imposibles, y así lo ven algunos, pero son realidades que también nos encontramos en la vida. Hay quien sabe lo que es tener un amor auténtico que está por encima de todas las posibles ofensas y llega más allá. Hay también quien lo ha experimentado en su corazón y nunca lo olvidará. Repito, no son sueños o imaginaciones, sino son realidades.

Pero si he querido comenzar mi reflexión con estas hermosas experiencias humanas es simplemente para recordar que es una experiencia que está por encima de todo eso que todos podemos experimentar y vivir. De eso nos está hablando la fiesta litúrgica que hoy celebramos y de eso nos está hablando la palabra de Dios. Podemos comenzar recordando lo que nos dice san Pablo para hablarnos del amor que Dios nos tiene; nos ama, no porque nosotros lo merezcamos, sino que a pesar de que somos pecadores, Dios nos amó. Cuantas veces nosotros decimos que solo amamos a aquellos que nos aman, que somos amigos de los que saben ser amigos con nosotros, ‘amigo de mis amigos’ decimos tantas veces. Pero mira lo que es el amor, mira cómo es Dios como nos diría san Juan ‘es amor’, y el amor no está en que nosotros hayamos amado sino en que ‘Dios nos amó primero’. La iniciativa siempre parte de Dios.

Pero es también lo que nos decía el profeta Ezequiel. ‘Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia’. Será también en lo que abundará el evangelio. El Pastor no se contenta con las ovejas que tiene en el redil, va a buscar a la perdida allá donde quiera que esté. Una cosa tan sencilla pero al mismo tiempo tan hermosa, una cosa que nosotros no siempre sabemos hacer, porque cuantas veces pasamos de largo ante las ovejas perdidas y descarriadas. ¿No es de alguna manera lo que muchas veces pensamos cuando vemos a muchos a nuestro alrededor que han echado a perder sus vidas y para los que decimos que ya no tienen remedio y nada hacemos por ellos?

No sé si os dais cuenta que cuando estamos contemplando todo lo que es el amor que Dios nos tiene, ahí están las palabras de Pablo, ahí están esas imágenes del pastor y de las ovejas descarriadas que el buen pastor siempre buscará, nos está haciendo pensar en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestra forma de reaccionar ante el mal que podemos ver en nuestro mundo; cuantas reticencias seguimos poniendo, cuantas lamentaciones que se quedan, eso si, en muchas palabras quizás hasta llenas de lágrimas, pero que no se traducen en actitudes nuevas, en acercamiento por nuestra parte a los otros para decirles que el amor es posible y nosotros se lo manifestemos con nuestros gestos, cuando nuestra nueva manera de actuar.

Hoy estamos celebrando la fiesta grande del Sagrado Corazón de Jesús, que es de alguna manera celebrar la fiesta del amor que Dios nos tiene, la fiesta del amor que experimentamos en nuestra vida, pero la fiesta del amor nuevo que nosotros hemos de vivir.

Nos acercamos a Jesús porque nos manifiesta la mansedumbre de su corazón. Pero Jesús nos está diciendo ‘aprended de mi’, tenemos que tener también esa mansedumbre y esa humildad, esa ternura y ese amor que se hace cercanía para todos. Nos gozamos en el amor de Dios, pero nos tenemos que poner en camino de ese mismo amor.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

 


Qué distintas hacemos las cosas cuando caminamos desde el amor, vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar por El, otra será nuestra alegría

Isaías 40, 15-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, no puedo más. ¿Lo habremos dicho alguna vez? ¿Lo habremos escuchado a gente a nuestro alrededor? Cansados porque mucho es el trabajo y duras sus condiciones, muchas las cosas que hacer y no sabemos de donde sacar el tiempo, nos sentimos presionados porque hay que sacar las cosas a tiempo porque la vida es una loca carrera, porque nos sentimos débiles, porque estamos enfermos y nos sentimos sin fuerzas.

Pero ese cansancio puede venir de más allá, de otras situaciones, del ambiente que nos rodea o de las desganas que sentimos en nuestro espíritu; porque hemos perdido la ilusión o ya no tenemos metas por las que luchar y entonces el trabajo se hace cansino, sin sentido; porque nos hemos ido quemando en la vida con fracasos, contratiempos, incomprensiones, desmotivación porque no se valora lo que hacemos o no se nos tiene en cuenta; porque los problemas se nos amontonan y hasta hemos perdido la esperanza, porque hay en nosotros cosas que nos desestabilizan y quitan claridad a nuestra mente para saber por donde vamos ni por qué hacemos las cosas; porque la sociedad en la que vivimos parece en ocasiones que va sin norte y todo es confusión…

Cuando Jesús nos dice hoy en el evangelio que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados está saliéndonos al encuentro, saliendo al encuentro de esta sociedad nuestra, en aquel momento de la historia de su presencia allí en los caminos de Galilea y Palestina, pero también en el hoy de nuestra historia, de nuestra vida concreta donde también se manifiesta ese cansancio, ese agobio y esa desesperanza.

No podemos tomarnos estas palabras de Jesús como unas palabras bonitas como si fueran solamente una hermosa página literaria. Su Evangelio, su buena noticia nos quiere alcanzar hoy ahí donde estamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios; cada uno sabemos cómo nos encontramos, cada uno hemos de escucharlas directamente dichas para nosotros.

Y es que Jesús ha venido para poner luz en nuestra vida, Jesús ha venido para responder a esas situaciones concretas que cada uno vivimos, Jesús ha venido para ser nuestra salvación, y salvarnos es sacarnos de esas situaciones donde nos sentimos hundidos, donde hemos perdido la ilusión y la esperanza, donde nos encontramos con nuestros problemas, donde estamos con nuestros cansancios concretos.

Por eso escuchar el evangelio, escuchar el mensaje de Jesús es pensar en nuestra vida, en nuestra situación, en las cosas que hacemos o que tenemos ganas de hacer, en las cosas que nos cansan y que nos aburren y ver qué quiere Dios de nosotros, qué nos quiere decir en concreto la Palabra de Dios, de qué en concreto necesitamos sentirnos salvados. No es algo etéreo que veamos tan espiritual y sobrenatural que le hagamos perder el sentido nuevo de humanidad que Dios quiere dar a nuestra vida.

Cuando Jesús nos está diciendo que vayamos a El, que aprendamos de El, que en El encontraremos nuestro descanso no es simplemente para que nos encerremos en nuestras iglesias con nuestros rezos y con nuestros cantos – que también tenemos que hacerlo – sino para que empecemos a caminar un camino nuevo, el que nos va trazando con su Evangelio, que será una nueva manera de mirar y de ver las cosas, ver nuestro trabajo, ver nuestra familia, ver las cosas que hacemos, ver esa sociedad en la que estamos y comencemos a sembrarla de nuevos valores, comencemos a empaparla de un nuevo sabor y sentido, a encontrar nuevas motivaciones para nuestras luchas y para nuestros esfuerzos, a llenar de una nueva alegría, entusiasmo e ilusión nuestra vida y lo que hacemos, a tener una nueva y trascendente esperanza.

Es la mansedumbre de su corazón, es la ternura que aprendemos de El, es la nueva paz que sentimos en nuestro espíritu, es ese sentido de sencillez y de humildad con que hacemos las cosas. Qué distintas hacemos las cosas cuando las hacemos con amor y por amor; qué fortaleza interior sentimos para superar cansancios, desilusiones, fracasos, contratiempos, rutinas. Es otra nuestra vida. Vayamos hasta Jesús y su evangelio y dejémonos encontrar con El.

viernes, 7 de junio de 2024

No nos extrañe que alguien derrame de mil manera su ternura con los demás, somos nosotros, a imagen del corazón traspasado de Cristo, los que hemos desparramarnos en amor

 




No nos extrañe que alguien derrame de mil maneras su ternura con los demás, somos nosotros, a imagen del corazón traspasado de Cristo, los que hemos desparramarnos en amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37

En este mundo nuestro tan insensible para muchas cosas encontrarse con alguien en quien todo son muestras de ternura es algo que nos sorprende; alguien que siempre nos habla con suma delicadeza, comedido y parco en sus palabras, pero que sin embargo muestra cercanía por sus gestos, que se detiene a hablar contigo y con delicadeza muestra la preocupación por lo que son tus problemas, que sabe detenerse y abajarse para poner a su altura ante cualquier persona para escucharle, para tener siempre palabras de comprensión, para nunca recriminar, pero para sentirte levantado  porque parece que su mano puesta sencillamente sobre nuestro hombro nos da fuerza para sentirnos nuevos o para emprender algo nuevo, que mira a los ojos de un niño y le hace sonreír, que despierta en nosotros buenos sentimientos incluso cuando lo estamos pasando mal porque su presencia nos estimula. 

¡Qué hermoso encontrarnos algo así en la vida! Es una joya preciosa que no podemos dejar marchar, que no podemos perder. ¿Podremos encontrarnos alguien semejante?

He querido pensar en ello y detenerme a hacer esta descripción que quizás a alguien le parezca imposible, porque creo que es un camino que hemos de saber tomar para de una vez por todas romper esa espiritual de insensibilidad en donde tenemos el peligro y la tentación de meternos, porque es además lo que hoy podemos contemplar en Jesús, verdadero rostro de la misericordia y de la compasión de Dios.

Hoy, sobre todo el evangelio, terminará hablándonos de un corazón roto y traspasado del que ya parece imposible que pueda fluir más sangre y por eso contemplamos que se derrama también agua. Médicamente algunos nos explican que fue como una ruptura de los órganos internos del pecho y es de la pleura del pulmón de donde sale esa agua mezclada con la sangre. Dejamos a un lado esas humanas explicaciones para entrar en otros rasgos de humanidad que podemos ver en un corazón traspasado como el de Cristo, tal como nos narra hoy el evangelio.

Jesús se ha dado con todo el corazón, como solemos decir de quien ama y se entrega hasta dar todo de sí. Es lo que contemplamos en Cristo. ‘A mi nadie me arrebata la vida’, diría en otro momento, ‘sino que yo la entrega libremente’. Más allá de toda esa confubalación de escribas y fariseos y de todos los dirigentes de Israel que querían quitar de en medio a Jesús – que es cierta y no podemos negar porque ahí están también los datos históricos del evangelio – es Jesús el que ha subido libremente a Jerusalén sabiendo lo que eso iba a significar. ‘Yo soy’, dirá saliéndoles al encuentro cuando van a prenderle en Getsemaní y es Jesús quien se adelanta.

‘El Hijo del Hombre será entregado en manos de los gentiles’ había El mismo anunciado, pero por encima de todo eso estaba el amor infinito del Padre que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo único. Y no venía Jesús a otra cosa sino como enviado del Padre para hacer su voluntad. No nos trasmite otra cosa sino lo que ha recibido del Padre, no es otro su alimento sino hacer la voluntad del Padre.

Será el momento supremo de la entrega y de su muerte en Cruz, tras la cual le veremos con el corazón traspasado, pero es el camino que Jesús ha ido recorriendo por los pueblos y aldeas de Galilea, de Palestina y más allá porque se acercará a donde curar a la hija de la cananea, o liberará al poseso en la región de los gerasenos. Pero es que le hemos visto derramando esa ternura de un corazón lleno de misericordia cuando cura a los enfermos y perdona a los pecadores, cuando levanta de la camilla al paralítico y pondrá luz en los ojos del ciego para decirnos que nos quiere llenos de luz, que no nos quiere paralíticos y anquilosados sino que nos quiere siempre en camino porque a todos hemos de anunciar su amor y su paz. Podríamos recorrer una a una las páginas del evangelio para contemplar esa ternura de Dios que nos viene a poner en caminos de una nueva humanidad.

Nos quiere levantar para hacernos hijos inundándonos de su vida divina, pero nos quiere hombres nuevos llenos de auténtica humanidad porque esas han de ser las señales del Reino de Dios que hemos de mostrar. Hemos de dejar también que nuestro corazón se traspase por esa lanza del amor para que de la misma manera se diluya en ternura y en verdadera humanidad con los demás.

Es lo que hoy estamos contemplando cuando estamos celebrando esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Tenemos que dejarnos traspasar por esa llama del amor divino, porque como nos dirá Jesús en otro momento ‘fuego ha venido a traer a la tierra y no quiere sino que arda’. Es el incendio de amor con que hemos prender a toda la humanidad para que en verdad surja algo nuevo. Que no nos extrañe que alguien derrame de mil manera su ternura con los demás, como decíamos al principio, porque somos nosotros los que a imagen del corazón de Cristo hemos derramarnos en amor por los demás.


viernes, 22 de diciembre de 2023

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás


 

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8;  Lucas 1,46-56

‘¡Me está mirando!’, es la reacción de sorpresa de aquella persona humilde y sencilla que salió con sus convecinos al paso de alguien importante de paso por aquel lugar. Alegría, gozo, fiesta en aquellas gentes por el hecho de que aquel personaje pasara en medio de ellos, pero alguien le sucedió algo especial en su interior al paso de aquel personaje, se sintió mirada, no con una mirada cualquiera, una mirada que podríamos decir de corrida y de forma general como estaba mirando a todos, sino se dio cuenta que su mirada se posaba en ella. Algo sintió por dentro, ¿sorpresa? ¿Miedo quizás por lo que podría significar porque hay miradas que son aterradoras? ¿Alegría porque era como una mirada de predilección que iba a tener un significado posterior especial?

Así se sintió María. Desde que el ángel la había sorprendido en su casa de Nazaret, desde que escuchó el saludo del ángel que además la llamaba la agraciada ante de Dios – la llena de gracia, que dice el evangelio – Ella estaba sintiendo en todo momento esa mirada de Dios que se posaba en su corazón. No puede menos que desbordar de gozo su corazón y cantar los mejores cánticos de alegría y alabanza a su Creador. Como saltando por los montes, brincando entre las colinas, como decía el Cantar de los Cantares ella había hecho aquel recorrido de Nazaret a las montañas de Judea dejando oír su voz y su alegría por los caminos de Samaría y por las montañas de Judea.

Y si la música la llevaba en el corazón resonando como en un eco por la alegría que recorría aquellos caminos y solo la escuchaban los ángeles de Dios que la acompañaban, ahora en la confianza donde se siente querida y amada ese cántico salta a gritos en perfecta entonación que se convierten en la más hermosa melodía y que van a resonar fuerte entre los valles y las montañas con prolongación de los siglos hasta nuestros días para alabar y para bendecir al Señor. Es el cántico del Magnificat que hoy se nos ofrece en el evangelio y que se ha convertido también en el cántico de la Iglesia con el que cada tarde se bendice y se alaba también al Señor.

Alaba y bendice al Señor María porque ha mirado, se ha fijado en la humildad de su esclava y el poderoso ha hecho obras grandes en ella. Y recuerda María todo el camino de la misericordia del Señor que se ha ido manifestando siglo tras siglo con su pueblo cumpliéndose todas las promesas hechas por los antiguos profetas y que Dios un día hiciera a Abrahán, su siervo. Todo va a cambiar, un mundo nuevo va a resurgir, las promesas de Dios siempre se cumplen. No puede menos María que cantar al Señor. Dios había puesto sus ojos en ella adueñándose de su corazón.

¿No será eso lo que nosotros también hemos de sentir? La mirada de Dios ha estado siempre sobre nosotros, la mirada del Señor nos ha acompañado y ha sido nuestra fuerza y nuestra guía. Quizás sintiéndonos indignos quisiéramos ocultarnos de esa mirada de Dios, como le sucedió a Adán y Eva en el paraíso después de su pecado, pero Dios nos ha seguido buscando. ¿Se quería esconder Pedro cuando se sintió mirado por Jesús  en el patio del pontífice después de su triple negación? Lloraría Pedro su pecado – la tradición nos habla de los surcos que cruzaban su rostro marcado por el río de sus lágrimas -, pero tendría ánimos para porfiarle su amor y decirle que Jesús lo sabía todo y sabía que a pesar de todo él le amaba.

Recorramos la historia de nuestra vida que ha sido la historia de una mirada de amor de Dios sobre nosotros. Cuántas veces se manifestado una y otra vez la misericordia de Dios sobre nuestra vida en su mirada de amor. Podemos así levantarnos y dejarnos encontrar por Dios, por su gracia, sentir la ternura de su mirada, ver cómo se derrama una y otra vez la misericordia sobre nuestro corazón.

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, pero tan palpable también sobre la historia de nuestra vida, hemos de aprender a volver nuestra mirada hacia los demás. Que a través de nuestra mirada se siga derramando esa ternura de Dios sobre el corazón de cuantos nos rodean, porque el Señor también en nosotros quiere realizar obras grandes.

domingo, 4 de junio de 2023

Saboreando lo que hay de divino en nuestra humanidad descubriremos a Dios que con su amor y ternura nos inunda de su propia vida y nos hace sus hijos

 


Saboreando lo que hay de divino en nuestra humanidad descubriremos a Dios que con su amor y ternura nos inunda de su propia vida y nos hace sus hijos

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal.: Dn. 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

Hay preguntas e interrogantes que siempre nos andan rondando en nuestro interior porque todos en el fondo siempre nos andamos preguntando por la vida, por el sentido de la vida, por el valor de la vida, que es preguntarnos por lo que somos y por lo que hacemos en esta vida. Nuestro pensamiento y nuestras experiencias puede ser que no a todos lleven por el mismo camino, pero nos damos cuenta que la vida es algo más que los latidos del corazón, que vivir es algo más que dejar que la máquina siga funcionando por sí misma y ya nos cuidamos de no perjudicarla en ese aspecto.

Pero el vivir está en el sentir allá en lo más hondo de nosotros mismos y buscaremos aquello que nos dé como más estabilidad, más paz en nuestro interior o nos produzca las satisfacciones más hondas. Es cuando nos damos cuenta que amando, y amar es como derramar nuestra propia vida queriendo llevarla más allá, queriendo transmitirla, queriendo hacer partícipes de eso que vivimos y sentimos a cuanto nos rodea. Es, podíamos decir, que nos da vida porque nos hace vivir, pero que nos lleva a engendrar vida, generación que no solo está en los hijos que nos prolongan, sino en cuanto de vida damos a los demás. Por eso decimos que ahí encontramos el sentido de nuestra vida. Y yo diría que es cuando vivimos lo divino en nuestra propia humanidad.

En nuestra fe y en nuestra antropología cristiana decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, utilizando así expresión que encontramos en las primeras páginas de la Biblia. Conociendo así, podríamos decir, la esencia de nuestro ser nos sentimos transcendidos para intentar meternos en el misterio de Dios. ¿Qué es lo más hermoso que llevamos a descubrir en toda la inmensidad de Dios? Su amor y su ternura. Es lo que mejor saboreamos de Dios.

Cuando hoy en la primera lectura hemos escuchado como Dios quiere hacer partícipe a Moisés del misterio de su ser al ser llevado a lo alto de la montaña, igual que en otro momento el profeta Elías se siente inmerso en la presencia de Dios, pero no es la fuerza del huracán y del terremoto que hace temblar las montañas donde encuentra a Dios sino en el leve susurro de la brisa que le hace escuchar en lo más hondo de si mismo ese paso de Dios lleno de ternura y de misericordia, que es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad. Es ese amor de Dios el que con su ternura nos llena de su presencia. ¿No nos va a enseñar Jesús entonces que Dios es Padre bueno que nos ama?

Es el Dios que engendra vida, que nos llena de vida, que nos da a su Hijo Jesús, como el mejor rostro de Dios cuando viene a traernos la salvación y a llenarnos de vida. Es ese misterio de Dios que tanto nos ama que nos da a su Hijo, como nos dice el evangelio, para que tengamos vida, que no viene a juzgar ni condenar al mundo sino a salvarlo, a llenarlo de vida.

Es el Dios que nos inunda con su presencia, que nos hace sentir la fuerza de su Espíritu, que abre nuestra mente y nuestro corazón no solo para que conozcamos a Dios y entendamos el misterio de Dios, sino para revelarnos el misterio y la grandeza del hombre.

Y esto es lo que hoy estamos celebrando. Lo llamamos el misterio de la Trinidad de Dios, lo sentimos en esa vida de Dios que con su amor nos envuelve y a nosotros también al hacernos partícipes de su vida, como siempre sucede cuando hay amor de verdad, nos hace también hijos.

‘El Señor bajó de la nube y se quedó allí con él’, con Moisés, nos decía la primera lectura. Sí, Dios que baja de la nube y se queda con nosotros, el Señor que nos hace sentir su ternura y su misericordia, aunque seamos un pueblo de dura cerviz, aunque mucho sea nuestro desamor y nuestro pecado. ‘El Dios de la paz y del amor estará con nosotros’, nos decía también san Pablo hoy en la segunda lectura.

Vivamos, pues, esta experiencia de Dios. Sintamos así a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida, nos ama y derrocha todo su amor sobre nosotros. Dejémonos inundar por su presencia. Recordemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y eso de divino que hay en nuestra vida que se refleje en nuestra humanidad, se refleje en la humanidad con que nos acercamos a los demás transmitiéndoles lo mejor de la vida que hay en nosotros.


viernes, 12 de mayo de 2023

Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

 


Repasemos nuestra vida y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, somos sus amigos

Hechos 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay cosas que nos llegan al alma. Agradecemos y valoramos a los demás y lo que los otros hacen por ti, somos capaces de admirar las cosas buenas que vemos en los demás, mantenemos una relación amistosa y de respeto con los que nos vamos encontrando en la vida o tenemos que hacer algún tipo de convivencia, pero hay momentos en que suena una palabra en nuestros oídos que rebota con un gozo inmenso en el corazón. ‘Tú eres mi amigo, te considero un amigo del alma’, escuchamos de alguien por quien sentimos cierto aprecio pero cuando escuchamos de sus labios una palabra así es algo que nos llega al alma.

Ya sé que utilizamos la palabra amigo de forma muy genérica; ¿qué quiero decir? A todos llamamos amigos, simplemente por el hecho de que nos conocemos, tenemos que compartir, por ejemplo, unas relaciones de trabajo, o viven en una cierta cercanía de nuestra vida, ya los llamamos amigos. Pero aún así, sabemos distinguir, esos que de una forma genérica, como decíamos, llamamos amigos, de aquellos por los que sentimos algo más, cuyas palabras nos suenan a música en el alma, por quienes tenemos un verdadero y hondo aprecio, en quienes nos confiamos totalmente y de la misma manera ellos confían en nosotros, a quien no guardamos un secreto porque siempre sabemos que podemos contar con ellos. Son, como comenzábamos diciendo, los que nos llegan al alma.

Pues hoy esa palabra la escuchamos en labios de Jesús y refiriéndose a nosotros. ‘A vosotros os llamo amigos…’ nos dice Jesús como les decía a los discípulos en la noche de la última cena. Aquella noche se había desbordado el corazón de Cristo. Los signos y señales se habían multiplicado desde el momento que comenzaron la cena, con el gesto de lavarles los pies. ‘Si no te lavo no tienes parte conmigo’, le había dicho a Pedro a consecuencia de sus reticencias. Jesús quería que tuvieran parte con El. Y les había dejado un signo nuevo de su presencia y de su pascua, en el pan y vino que les había repartido que era para ellos ya para siempre el cuerpo entregado y la sangre derramada en el cáliz de la nueva Alianza.

Pero en las palabras que les había ido diciendo en aquella noche se había ido derramando toda su ternura y su amor. Por eso les pide que lo que tienen ahora que hacer es amar con un amor como el que El les tiene. ‘Amaos, como yo os he amado’, les dice. Y es que ‘sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’. Necesariamente sintiendo cómo se ha derramado el amor de Dios en nosotros no podemos menos que amar de la misma manera. Si nos sentimos así amados por Jesús, que nos llama amigos, es el amor que nosotros también hemos de vivir. Es su mandamiento.

Jesús nos está tocando el corazón con su amor. Se ha entregado por nosotros en la mayor prueba de amor que se nos pueda ofrecer. Es su entrega hasta la muerte y la muerte en cruz, pero es la entrega que le vemos realizar cada día con su cercanía, con su presencia, con sus múltiples gestos de amor. Recorramos las páginas del evangelio y estaremos contemplando esa entrega de Jesús.

Repasemos nuestra vida con ojos de fe y veremos de cuantas maneras se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida, ha tocado la fibra de nuestro corazón con su amor, por eso nos llama amigos. Es el día a día de nuestra vida tocado por el amor de Dios que nos ha mantenido en pie, que nos ha mantenido en la lucha cuando nos parecía que estábamos vencidos, que nos ha hecho superarnos en tantas cosas cuando nos parecía que no éramos capaces, que nos ha hecho sentir de nuevo la luz cuando tantas sombras nos iban envolviendo, que ha mantenido la paz en nuestro corazón a pesar de las turbulencias por las que hemos pasado. Tenemos tanto que agradecer al amor de Dios, que no nos queda otra que responder con un amor igual.

 

jueves, 29 de diciembre de 2022

En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

 


En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Cuántos pensamientos y cuantos sentimientos se suscitan en nuestro interior cuando tomamos en nuestros brazos un niño pequeño, cuántas emociones se despiertan pero también cuántos interrogantes se plantean; la ternura de un niño pequeño no nos deja insensibles y aparece casi sin querer toda la ternura de nuestro corazón, no nos podemos resistir, se nos derrite el corazón.

Aquella mañana desfilarían muchos niños recién nacidos en brazos de sus padres por el templo de Jerusalén para hacer sus ofrendas al Señor. Por allá había unos ancianos de ojos cansados por el paso de los años, pero muy vivos y atentos por otra parte por lo que sentían que el Señor les decía en su corazón, que sentirían, sí, por todos aquellos niños ese despertar de su ternura tan sensible a sus años, pero sería un niño especial el que llamaría su atención y al que inmediatamente se dirigieron.

El anciano había sentido el impulso del Espíritu del Señor que le señalaba que allí estaba el elegido y el esperado. Un día había sentido en su corazón la divina inspiración de que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin haberse encontrado con el que era la luz verdadera. Ahora ya sus ojos pueden cerrarse en paz porque ha podido contemplar al deseado de las naciones y aquel por quien tanto suspiraba su llegada porque era el Ungido del Señor. No era para él un niño cualquiera el que ahora tenía en sus brazos porque contemplaba al Salvador aquel que era presentado ante todos los pueblos como la luz que ilumina las naciones.

Aquella flor que comenzaba a florecer para perfumar al mundo con su presencia sin embargo tenía una espina de sufrimiento. Era el Ungido del Señor que viviría su amor hasta el extremo, hasta dar su vida y de una forma cruenta para que nosotros tuviéramos vida. Por eso para aquella madre que se gozaba en cuanto escuchaba en relación al hijo de sus entrañas había una espada que le atravesaría el alma. A María no le importaba, porque su sí había sido total, en ella estaba la total disponibilidad de su corazón y podría entender lo que sería enseñanza de su propio hijo de que no hay amor más grande que el de quien es capaz de dar su vida por los que ama. Es lo que haría Jesús y para ella sería una espada que le atravesara el alma, pero era lo que abarcaba también su sí al ángel de la anunciación.

Dejemos despertar en nosotros esas emociones del alma. No endurezcamos el corazón queriéndonos hacernos los fuertes y los valientes. Dejemos que la ternura de un niño nos envuelva el alma y se derrita también nuestro corazón en esa misma ternura. Sigamos emocionándonos cuando contemplamos la mirada y la sonrisa de un niño, dejémonos sorprender por la mirada de los que vamos encontrando por el camino.

Dejemos de agachar la cabeza, desviar nuestra mirada, acallar una lágrima y una emoción que puedan aparecer en nuestros ojos, no nos importe que el corazón comience a latir con fuerza, dejémonos sorprender por esas cosas sencillas que nos puedan suceder todos los días, pero descubramos detrás de todo eso mucho más, podemos descubrir la sonrisa y la ternura de Dios que nos está diciendo que nos ama y que esas cosas que nos están sucediendo en el alma son también signos de su presencia y de su amor.

No rehuyas esa mirada de Dios que nos llega tras la mirada de un niño, o las palabras torpes de un anciano que nos recuerda muchas cosas sencillas de la vida que tantas veces damos por sabidas, pero que tantas veces olvidamos. Dios tiene muchas formas de hablarnos.

viernes, 24 de junio de 2022

Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

 


Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Todos necesitamos amor; el mundo está ansiando amor, es un camino de plenitud que todos deseamos encontrar. Sin el amor sentiremos el vacío más hondo que no sabemos dónde llenar.

Aunque sea la palabra más repetida, aunque hablemos de tantas formas de amor que la lista parecería interminable, los poetas de mil maneras nos hablen románticamente del amor, terminemos incluso llamando amor a cualquier cosa que suscite pasión, pero siguen habiendo corazones rotos y con tantas heridas producidas por las confusiones del amor, siguen apareciendo hambrientos de amor que no terminan de encontrarlo, las miradas siguen frías porque no han encontrado esa chispa que las encienda en un nuevo calor y seguiremos encontrando caminantes desorientados que lo buscan y no lo encuentran, que dan vueltas y vueltas en su búsqueda pero siguen sufriendo la soledad del amor. Muestra un poquito de ternura y pronto encontrarás a tantos que se pegarán a ti en búsqueda de esa ternura.

¿Dónde encontraremos esa ternura y ese amor verdadero que nos llene de plenitud y de felicidad? ¿Dónde podemos encontrar ese amor que no solo llene nuestros vacíos existenciales sino que nos conduzca a lo que nos pueda hacer sentir la mayor grandeza del ser humano? Porque estamos hechos para el amor. La creación de la vida nació del amor más profundo de Dios que nos transmite y hace partícipes de su misma esencia.

Hoy estamos los cristianos celebrando una gran fiesta del amor simbolizado en el corazón de Cristo, en el corazón de Jesús. Su presencia entre nosotros siendo Emmanuel es la prueba más grande del amor que Dios nos tiene, nos dio y nos entregó a su propio Hijo. Por eso siempre contemplar a Jesús es contemplar el amor de Dios. Se manifiesta en cada gesto y en cada instante de su vida, lo vemos significado en su presencia en medio del pueblo elegido con su cercanía y con sus signos de amor.

El profeta nos había anunciado, como hoy se nos presenta en las lecturas de la liturgia, como el pastor que viene a apacentar a su rebaño en los mejores pastos escogidos. ‘Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré… Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré… Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia…’

Y nos habla Jesús en la parábola del evangelio del pastor que busca a la oveja perdida y hará fiesta cuando la ha encontrado. Es Jesús ese Buen Pastor, como nos dirá repetidamente en otro momento. Así es el amor que Dios nos tiene. Como nos decía el apóstol, ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado… Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’.

Contemplar a Jesús es aprender de El lo que es el amor verdadero, es comenzar a llenar también nuestro corazón de amor para que encontremos esos caminos de felicidad y de plenitud. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, nos dirá en otro momento, aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’. Esa mansedumbre y esa humildad que es el gran signo de que hemos llenado el corazón del amor verdadero.

Es la verdadera ternura que hemos de poner en nuestro corazón para que aprendamos a ir de manera nueva al encuentro con los demás. Vayamos con esa ternura, vayamos con esa sencillez y humildad de manifestarnos como somos incluso con nuestras debilidades, vayamos con esa mansedumbre de espíritu y veremos cómo iremos sintonizando de verdad con los corazones de los demás y estableciendo una nueva sintonía para nuestro mundo. ¿No decíamos antes que si manifestamos un poco de ternura pronto encontraremos cómo muchos quieren apegarse a nuestro corazón para disfrutar de ella?

Muchos corazones rotos se van a ver curados, muchos ojos se llenarán de un nuevo brillo, muchos corazones vacíos comenzarán de nuevo a tener vida, muchos van a encontrar ese rumbo que les lleve a ellos también de plenitud y de felicidad. Muchos aprenderán también lo que es el amor que va más allá de unas palabras bonitas o de un momento de pasión y comenzarán a darle a la mutua relación un nuevo sentido y valor. Porque cuando nosotros nos llenamos de amor verdadero nunca lo guardaremos para nosotros mismos sino que iremos repartiendo esa nueva vida a cuantos hambrientos deambulan a nuestro alrededor.

Aprendamos del corazón de Cristo que hoy estamos contemplando y celebrando.

viernes, 20 de mayo de 2022

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

 

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay momentos en que parece que son más propicios a una mayor confidencialidad, donde afloran los sentimientos más hondos de la persona, en que todo son recomendaciones y advertencias, últimos consejos porque de alguna manera todo suena a despedida. Se quiere dejar las cosas claras pero también se advierte de cosas que se han de tener en cuenta para siempre.

Podemos pensar, como es de suponer, en última despedida de la vida, pero sucede de alguna forma cuando por ejemplo el padre o madre de familia tiene que ausentarse y deja todo en manos de los hijos, o de igual manera son las recomendaciones del padre o de la madre para el hijo que marcha a emprender una nueva vida con nuevos horizontes, o la despedida del amigo querido por las circunstancias que sean. Salen a flote todos los sentimientos del corazón sin ningún tipo de pudor, o se tiene la valentía de advertirte en lo que no debes hacer, conociéndote como te conocen. 

¿Era lo que sucedía en aquellos momentos de la cena pascual? Muchas veces hemos comentado el ambiente especial que allí se vivía en aquellos momentos; las palabras de Jesús también suenan a despedida y a últimas recomendaciones; pero sobre todo se derrama la ternura del corazón sobre aquellos a los que ama de manera especial. ‘Hijitos míos’, dirá en algún momento, ahora les dice que no les llama siervos sino que los llama amigos. Es El quien se ha puesto en el lugar del siervo que está para servir cuando desde el principio de la cena se ha postrado delante de ellos para lavarles sus pies. Ahora les dice que les ama y les ama de manera que está dispuesto a dar la vida por sus amigos como realmente va a significar su entrega.

‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos
. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’
.

Fijémonos en sus palabras que habla del amor más grande que es capaz de dar la vida por sus amigos; y a continuación les dice ‘vosotros sois mis amigos… a vosotros os llamo amigos…’  ¿Puede haber un derroche de ternura más grande? Con ellos ha tenido las confidencias mayores. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’, les dice. Y ahora termina soltando todo lo secreto que lleva en su corazón.

Por eso les recomienda e insiste porque lo dice de una forma y de otra. Tenéis que amaros. Eso es lo importante. Eso es lo que hay que hacer. Ese es el testimonio que tenéis que dar. Esa es la Buena Noticia que tenéis que transmitir. Que no son solo palabras las que tenéis que pronunciar, que es una vida que hay que pronunciar, transmitir, testimoniar con el amor. Y como si pareciera poco, lo deja como mandamiento. ‘Esto os mando: que os améis unos a otros’.

Los hijos se quedan con las últimas palabras del padre o de la madre que saben que tienen que cumplir, es su última voluntad; el amigo guardará en su corazón esa última recomendación o ese último desahogo del alma que le ha hecho el que marcha. Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos, y es lo que tenemos que estar dispuestos a poner por obra.

sábado, 1 de enero de 2022

No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

 


No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

No podía faltar la presencia de una madre, no nos puede faltar. Qué necesaria es. No solo en el hecho de que en su vientre se gesta una vida, de su vientre nace un hijo, porque ahí no se acaba la función de la madre. Es la ternura de la naturaleza misma. Lo observamos hasta en los animalitos más elementales, como la madre cuida y alimenta, protege y se hace presente, da calor y cubre con sus alas como vemos tiernamente hasta en las aves.

Pero en el ser humano es mucho más, nos ha dado la vida y sigue siendo vida para sus hijos, porque sabe estar presente, porque cuida y porque protege, porque escucha y siempre está atenta no solo con los ojos de la cara sino con el corazón para entender y para saber más allá de las palabras que nosotros podamos decir o de los sentimientos que podamos expresar. Es la ternura de la vida, es la ternura del amor, es la ternura de Dios que El ha querido derramar de manera especial en la madre para que teniéndola a ella nunca sintamos el frío de la soledad, o el desgarro de la maldad que de otras partes nos pudiera llegar.

Y Dios quiso tener una madre, quiso nacer del seno de una madre, quiso sentir en sí mismo el calor del corazón de una madre. Por eso aunque siempre en todo el misterio del nacimiento de Jesús hemos visto la presencia de Maria, con la que Dios quiso contar, antes de concluir toda la solemnidad grande de la Navidad, en su octava, hoy celebramos a María, la Madre de Dios. Sabiamente tras la reforma litúrgica conciliar se recuperó para este día esta solemnidad de la Madre de Dios, que ya se venía celebrando el 11 de octubre, como conmemoración y recuerdo de aquel concilio que así la proclamó. Este es su lugar. Y es importante que así ahora la contemplemos y la celebremos en el mayor misterio y don de María, su maternidad divina.

Aunque los ángeles sólo le habían hablado a los pastores de un niño recién nacido envuelto en pañales, es allí junto a María donde encuentran a ese Niño que se les había anunciado como el Salvador. No podía faltar la presencia de la Madre, no podía faltar la presencia de María, como no nos puede faltar a nosotros en nuestro propio itinerario de fe.

Con María siempre iremos al encuentro con Jesús, siempre iremos a escuchar y a hacer lo que nos diga Jesús. Con María aprendemos a acoger la Palabra y a acoger a Dios, con María aprenderemos a saborear la ternura de Dios. Con María sentiremos el calor del amor y la intensidad de la vida porque de la ternura de su corazón de Madre aprenderemos a encontrar esas señales de amor que Dios va poniendo a nuestra vera en el camino de la vida. Pero con María aprenderemos también a ponernos en camino porque a todos hemos de saber comunicar las maravillas de Dios.

En esta fecha del primero de enero tenemos la coincidencia de varios hitos muy importantes en el camino de nuestra vida. Por una parte Navidad y la presencia de María como ya venimos comentando, pero al mismo tiempo en el ritmo de vida es el momento de cambio de hoja en el calendario que rige la vida de nuestra sociedad.

Es primero de año, lo que nos está hablando de un año que ya hemos dejado atrás con su propia historia, pero de un nuevo año que se abre camino ante nosotros y en el que tenemos que construir la historia de nuestro hoy. Momentos de recuerdos y recuentos del camino recorrido con lecciones aprendidas, con momentos con intensidad vividos y con todo eso que ha contribuido en el crecimiento y desarrollo de nuestra vida. Será momento de gratitudes, como de cosas a tomar nota y tener en cuenta para no cometer los mismos errores, como momentos para aprender de lo vivido ya fuera negativo o positivo.

Pero es momento de inicio de nuevas etapas y de buenos propósitos y deseos al tiempo que nos vamos trazando metas. Todos nos deseamos lo mejor, pero no nos podemos quedar en la buena voluntad ni en los buenos deseos, sino que tendrá que ser momento de compromiso y de poner cada uno de nuestra parte nuestro grano de arena o nuestra buena semilla porque será la manera de que nuestro año sea mejor. El año será lo que nosotros construyamos, con las circunstancias con que nos encontremos, y con el esfuerzo en que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos para que sea el resultado mejor. No es tarea fácil, porque son muchas las cosas que se conjuntan, pero eso no nos disculpa de nuestro esfuerzo y de nuestra tarea.

Y queremos un mundo de paz. Fue el cántico de los Ángeles de Belén, la paz para los hombres porque Dios los ama, y son los deseos que todos nos manifestamos cuando queremos que todos seamos muy felices. Sin esa paz, se vería realmente mermada nuestra felicidad y la felicidad de nuestro mundo. Una paz que construiremos desde la justicia, el amor y la verdad; una tarea de la paz en la que todos hemos de ser educados y todos hemos de prepararnos para construirla de la mejor manera.

A través del año habrá otras fechas en que la sociedad celebre el día de la paz y quiera expresar gestos de paz para manifestar su compromiso, pero sabiamente desde hace ya muchos año el Papa Pablo VI instituyó en la Iglesia esa Jornada de Oración por la paz en este primero de enero, comienzo del año. Es que la paz no es solo un deseo, sino un compromiso, pero también ha de ser un don que pidamos a Dios.

Que María, la madre y la reina de la paz, interceda por nosotros para que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Que esa mirada de Dios nos reconforte y nos haga sentirnos fuertes en su gracia para hacer de nuestro mundo un reino de paz.

lunes, 8 de febrero de 2021

Un fluir de ternura de amor entre Dios y nosotros que hace partícipes a los demás de la ternura que llevamos en el corazón haciéndonos signos del amor de Dios

 


Un fluir de ternura de amor entre Dios y nosotros que hace partícipes a los demás de la ternura que llevamos en el corazón haciéndonos signos del amor de Dios

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56

¿Quién no ha sentido alguna vez que un abrazo le curaba? Creo que me entendéis lo que quiero decir. No me ha quitado un dolor de la rodilla, ni me ha curado las cardiopatías que pudiera estar sufriendo. Pero seguro que sí hemos sentido una paz inmensa en nuestro corazón en medio de dificultades y problemas, de angustias y preocupaciones que hayamos podido estar pasando. Nos hemos sentido con nueva vida.

Hoy me lo contaba un amigo a través de estos nuevos medios que ahora tenemos para comunicarnos. Los que se han recuperado de esta pandemia que estamos atravesando, quienes han pasado aislados en las unidades de cuidados intensivos muchos días hasta lograr luego recuperarse cuando salen ya los hemos escuchado que nos dicen que por encima de todas las atenciones que los sanitarios pudieran prestarles por lo que más suspiraban era por la presencia de un familiar, por el calor de la mano de un ser querido apoyada sobre su mano o sobre su hombro y que esos días no pudieron recibir.


Tenemos que respetar todas las normas sanitarias que nos imponen para evitar los contagios, pero la falta de ese contacto humano, físico incluso de esa mano, de ese abrazo era lo que más les hacia sufrir la soledad. Algo así me comentaba mi amigo, que yo no sabía que lo había estado pasando muy mal a causa de la impuesta incomunicación y la distancia, y cuando hoy me despedía diciéndole que al menos un abrazo virtual desde la distancia le enviaba, me contaba y me decía cuánto lo había necesitado.

¿Por qué toda esta historia?, me preguntaréis. Bueno también estos aspectos humanos y dolorosos de la vida tenemos que contárnoslo porque además nos pueden dar pistas y cauces para cosas que podríamos hacer y que por cierta decorosa relación algunas veces evitamos. Pero es que además lo vemos reflejado en el texto del evangelio de hoy. Jesús se ha puesto en camino por los distintos pueblos y aldeas de Galilea, hoy le vemos incluso atravesar el lago, y allá por todas partes por donde va le sacan los enfermos a su paso para que El los cure.  ‘En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban’.

‘Tocar al menos la orla de su manto’, nos dice el evangelista; en otros momentos nos va diciendo cómo Jesús va imponiendo su mano sobre aquellos enfermos que se curan. Ya recordamos el caso de aquella mujer que a escondidas, podríamos decir, por detrás le toca la orla de su manto y se ve curada de sus hemorragias. Pone la manos sobre los ojos de los ciegos, o toca la lengua y los oídos de los sordomudos, e incluso hasta los leprosos llega la mano de Jesús, son otros momentos que iremos viendo en el evangelio.

No nos quedamos en lo taumatúrgico ni en contemplar a Jesús como un curandero, pero bien sabemos cuanto se transmite con la cercanía. Un abrazo de amistad o un abrazo de amor transmite lo que llevamos en las fibras más íntimas de nuestro ser y recibir un abrazo nos hace vibrar como si nos sintiéramos llenos de vida. La cercanía de Jesús con los enfermos, como estamos en este caso, pero como lo vemos con los pecadores y con todos va haciendo que cambien los corazones. La presencia de Jesús les hace sentir el amor de Dios y es el amor el que nos cura y el que nos salva.

Así lo hemos de sentir nosotros de la presencia de Dios en nuestra vida. Que sepamos entrar en esa sintonía de amor y que fluya ese amor de Dios hacia nosotros de la misma manera que nosotros correspondamos despertando toda la ternura de la que seamos capaces. Ese fluir esa ternura de amor entre Dios y nosotros va a repercutir también en quienes nos rodean porque necesariamente van a ser partícipes de esa ternura que llevamos en el corazón y con ello de alguna manera nos estaremos haciendo signos del amor de Dios.

miércoles, 27 de mayo de 2020

En medio de un mundo de mentira y falsedad los cristianos somos santificados en el Espíritu de la Verdad para que demos testimonio de la verdad ante el mundo


En medio de un mundo de mentira y falsedad los cristianos somos santificados en el Espíritu de la Verdad para que demos testimonio de la verdad ante el mundo

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Cuando amamos a alguien de verdad, sobre todo si es alguien que está a nuestro cuidado o sobre quien tenemos alguna responsabilidad, no solo nos preocupamos del momento presente, ayudándole a que viva lo mejor y de la mejor manera, o que desempeñe rectamente sus responsabilidades, sino que de alguna manera sentimos preocupación por su futuro; como solemos decir le deseamos lo mejor, y contribuimos en la medida de lo posible a ese futuro mejor de aquellos a quienes tanto amamos.
Si vislumbramos que las cosas no se les pueden presentar bien, que van a tener momentos difíciles o fuertes contratiempos con ellos ya sufrimos previamente y de alguna manera los prevenimos y preparamos para que sepan enfrentarse de la mejor manera posible a esos momentos difíciles del futuro. Pensemos en unos padres que vislumbran un futuro incierto para sus hijos, por ejemplo. La ternura de nuestro corazón se desborda y el amor que sentimos manifiesta también ese sufrimiento que ya llevamos con nosotros.
Es lo que estamos contemplando en la noche de la cena pascual, la ternura del corazón de Cristo por sus discípulos se desborda y se manifiesta de mil maneras. Son momentos de emoción, que quizá los discípulos palpan sin casi darse cuenta del alcance de las palabras de Jesús, pero allí se está derrochando esa ternura de Jesús por los discípulos que le han seguido y que están con El. Se manifiesta en la oración que Jesús hace al Padre en esos momentos, como decíamos de la ofrenda del ofertorio de su sacrificio, y quiere para sus discípulos lo mejor, los ha cuidado, ha estado al tanto de todo lo que les pasaba, allí estaban sus palabras, sus enseñanzas y sus gestos, pero ahora podrían los discípulos sentir el dolor de la ausencia de Jesús, pero quiere Jesús garantizar que nada las faltará y tendrán para siempre su presencia. De ahí la promesa del Espíritu Santo.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida’.
Vislumbra Jesús lo difícil que lo van a tener. Parecería que la mejor manera de hacer que no tuvieran que sufrir es liberarlos de ese mundo. Pero en ese mundo han de estar, aunque su sentido y su estilo van a ser bien diferentes. Por eso se van a encontrar con el odio del mundo, el rechazo, lo que ha sido la historia a través de los siglos de las fuerzas del mal en contra de la Iglesia, en contra de los discípulos de Jesús que se ha manifestado de diferentes maneras, pero que ahí ha estado siempre presente la persecución y el rechazo. Como lo tenemos hoy.
No es tarea fácil. Pero el discípulo de Jesús ha de dar testimonio de la verdad. ‘Santifícalos en la verdad’, pide Jesús al Padre. Y es que en el testimonio de la verdad han de ser santificados. No es necesario que digamos muchas cosas pero reconocemos que vivimos en un mundo de mentiras, de falsedades, de hipocresías y vanidades. Se oculta la verdad y se maneja todo a nuestros intereses. Últimamente se nos ha metido en el lenguaje esa expresión del ‘fake news’ que manifiesta muy bien esa mentira en que se quiere vivir en el mundo y se difunden cosas falsas como si fueran verdades y de manera incauta caemos en ello y nos lo creemos entrando en ese mundo de mentira que así nos manipula. Como suelen decir, ‘miente que algo queda’, que muchos tienen como lema y motor de vida.
Y ahí en medio estamos nosotros los cristianos que tenemos que dar testimonio de la verdad, que hemos de ser santificados, como dice Jesús, en la verdad. Pero en medio de ese mundo turbio y de tanta confusión sabemos que no nos sentimos solos, porque con nosotros está el Espíritu de la Verdad, el Espíritu de Jesús que El nos envía y será nuestra fuerza y nuestra sabiduría. Preparémonos con intensidad para la fiesta del Espíritu Santo que celebraremos el próximo domingo con Pentecostés.