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miércoles, 9 de septiembre de 2026

No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

 


No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44;  Lucas 6, 20-26

Claro que todos queremos vivir una vida llena de armonía, donde tengamos una buena convivencia entre unos y otros, que nada nos haga sufrir y que las cosas vayan marchando bien, que podamos ser bien considerados y que también lleguemos a tener una buena sensibilidad como para sentir como nuestros los problemas de los que nos rodean y nos esforcemos por ayudarnos unos a otros a ser más felices encontrando solución a los problemas que vayamos encontrando.

Decía que todos queremos eso, y lo podríamos decir pensando en la buena voluntad de todos porque todos realmente ansiáramos siempre lo más justo. Pero sabemos bien que esa no es la realidad de la vida porque sigue reinando la injusticia y la insolidaridad, no todos tienen esos buenos sentimiento hacia los demás y mucho solo piensan en sí mismos, no siempre hay esa sensibilidad para buscar soluciones a los problemas y sufrimientos de los demás e incluso habrá quien no comprenda que nosotros podamos hacer las cosas desinteresadamente simplemente por el gozo de hacer bien a los demás.

Mientras vamos haciendo el bien y gastándonos los unos por los otros sentiremos un gozo en el alma que nadie nos podrá arrebatar, pero quizás llegará un momento que lo que hagamos moleste a los demás, nos vamos a encontrar quien vaya detrás de nosotros tratando de destruir y derruir aquello que nosotros hemos intentado construir. Son los que se sienten satisfechos en sí mismos, no por el bien que hacen, sino por el egoísmo en que viven que les hace creerse los reyes del mundo, pero que un día se van a encontrar que no hay nadie que seque sus lágrimas o dé consuelo a aquellas situaciones dolorosas con las que sin duda un día se encontrarán.

Es eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en esta página del evangelio. Son las bienaventuranzas tal como nos las relata el evangelista san Lucas, que en cosas fundamentales tienen una coincidencia con las que nos propone el evangelista san Mateo, pero que aquí nos da unos matices porque contrapone a la bienaventuranza lo que podríamos llamar la maldición de los que se han encerrado en sí mismos, rehusando a hacer el bien desinteresadamente y a obrar siempre desde unos intereses egoístas que manifiestan además la superficialidad de sus vidas.

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis… y seréis dichosos cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre… vuestra recompensa será grande en el cielo…’

Por contra nos dirá también ‘¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’

¿Queremos quizás que hablen bien de nosotros? Decíamos al principio que entre todas aquellas cosas que ansiábamos y deseábamos era el ser bien considerado por los demás. No es mal deseo. Pero, ¿por qué cosas queremos ser bien considerados por los demás? A los ojos del mundo parece que lo importante o lo que nos hace importantes son todas esas vanidades de las que nos rodeamos para aparentar algo que realmente no somos. Buscamos prestigios y buena consideración de aquellos que nos parecen importantes y poderosos, nos arrimamos decimos tantas veces a quienes nos den buena sombra porque se manifiestan muy exultantes en su arrogancia y rodeados de los lujos de la vida, de esos que parece que siempre están saciados en sus fantasías que a la larga nos manifiestan la pobreza de sus vidas aunque sean muchas las riquezas de las que dispongan.

Quienes queremos vivir según los parámetros del Reino de Dios vamos a resultar incómodos porque en la opinión de esos que se creen poderosos nosotros estaríamos fuera de lugar. Pero al final, ¿quién será feliz de verdad? No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios, ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida.


martes, 27 de junio de 2023

Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

 


Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Nos habrá pasado en alguna ocasión; estábamos realizando algo que estábamos haciendo con mucho gusto e ilusión, las cosas nos iban saliendo bien y estábamos viendo el resultado bello y bueno de lo que estábamos realizando, pero por un descuido, por una distracción, por querer quizás probar algo nuevo con lo que pensábamos que nos podría salir mejor, bajo la influencia de alguien que quiso atraernos a su idea o lo que él pensaba a su manera que podría ser mejor, y de pronto todo se nos echó a perder.

¿Circunstancias adversas? ¿Egolatría que íbamos alimentando con aquello que estábamos realizando? ¿Influencias externas que nos distrajeron de lo que era la idea original? ¿Tentaciones de vanidad? ¿Superficialismo que nos separó de lo que haciéndolo con profundidad nos hubiera llevado a cosas hermosas? Muchas cosas podríamos pensar, pero al final echamos a la basura algo que podía ser realmente hermoso.

¿No nos sucederá algo así, no en cosas externas o materiales que podamos hacer, sino más bien en lo mejor del yo profundo de nuestra vida que malogramos por un capricho, por una mala influencia? Podríamos pensar en muchas cosas; esa lucha interior de superación que vamos realizando en nuestra vida con la que vamos avanzando como personas, vamos dándole una profundidad y madurez a nuestra vida, pero que en un momento determinado lo echamos todo a perder, cuando perdemos la tensión del crecimiento, nos dejamos arrastrar por superficialidades y vanidades, cuando nos entran las modorras y los cansancios y ya no tenemos ganas de luchar, cuando contemplamos lo que hay a nuestro alrededor y nos parecen felices los que viven en la superficialidad de la vida y nos decimos que para qué tanto esfuerzo y tanta lucha.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio, por un nada, tiramos a los pies de los cerdos la perla preciosa que con tanto esfuerzo habíamos ido cultivando. Nos quiere precaver Jesús, que tengamos cuidado, que no nos dejemos engatusar por caminos que nos pueden parece fáciles, porque no queremos seguir en la misma lucha de superación. Equivocamos el camino, nos queremos ir por la senda espaciosa y que nos parece fácil pero que no nos va a llevar a alcanzar esas metas altas que de la otra manera hubiéramos alcanzado.

No es que tengamos que resignarnos a hacer esas cosas que nos cuestan esfuerzo, porque pensamos que no nos queda otro remedio. No es precisamente la resignación un valor demasiado evangélico, aunque tantas veces nos hayan aconsejado la resignación cuando nos llegan los momentos de sacrificio. Cuando tenemos una meta grande en la vida, cuando queremos alcanzar algo que en verdad merece la pena y sabemos que es lo que nos va a dar la verdadera felicidad, aquellas cosas que tenemos que hacer y que nos cuestan esfuerzo y sacrificio las realizamos con ganas, con ilusión, con entusiasmo porque lo que estamos deseando es alcanzar aquella meta.

Y en ese esfuerzo e incluso sacrificio sabemos ser felices, porque estamos pregustando la gloria de la victoria final. El deportista que se entrena duramente preparándose para una competición no lo hace de mala gana sino poniendo toda su ilusión en aquel esfuerzo de entrenamiento, de superación que está realizando. Somos felices en el camino de nuestra vida cristiana, no tenemos el esfuerzo, el sacrificio, no rehuimos el camino estrecho, sabemos a donde vamos, que es lo que queremos vivir, tenemos ya de antemano el gozo de la presencia del Señor que es nuestro premio.

Es el camino que nos conduce a la vida, es lo que da sentido al camino que vamos realizando, es el gozo que sentimos en el espíritu que nos hace vivir la mejor felicidad. No tiremos a los cerdos las perlas preciosas que Dios ha puesto en nuestra vida.

jueves, 11 de mayo de 2023

Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

 


Vayamos siempre por la vida con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor para disipar las sombras que podrían llenarlo de oscuridad

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Por favor, cambia esa cara, pon cara de alegría, nos habrá dicho alguien en alguna ocasión que íbamos por la calle con cara adusta, de seriedad, y dando incluso la expresión de amargura. Demasiadas caras tensas nos encontramos en nuestro caminar por la vida, aunque alguno quizás nos puede decir que sin con los tiempos que corren podemos poner de verdad cara de alegría. Y pensamos lo más pronto y lo más fácil en cómo sube la cesta de la compra, o escuchamos hablar de cambio climático que todo nos lo va cambiando y que a larga nos puede afectar en tantas cosas, y seguimos pensando en las guerras de las que todos los días nos dan noticias, y podemos seguir pensando en tantas y tantas según sea también la sensibilidad con que vivamos.

Pero nos pueden decir que no sabemos cómo están por dentro pasándolo mal, en tan diversas situaciones adversas con que podemos vernos afectados, desde problemas familiares, desde tensiones que podemos vivir con los que están cerca de nosotros, o en nuestro trabajo o en el circulo de amigos o vecinos, desde preocupaciones y sombras que todos llevamos dentro. ¿Podemos realmente poner cara de alegría? ¿O acaso solo ponemos cara por fuera mientras por dentro siguen las preocupaciones y las angustias?

Claro que queremos alegría y queremos ser felices. Todos lo deseamos y todos lo buscamos de alguna manera, aunque muchas veces pueda quedarse en una apariencia exterior. Suena la música y los cánticos muchas veces incluso de forma estridente y queremos dar apariencia de alegría y de felicidad. Vayamos por donde vayamos queremos llevar la música metida en nuestros oídos que hoy con los medios técnicos de que disponemos pudiera ser muy fácil hacerlo. Pero, ¿llevaremos esa alegría en el corazón? ¿Podremos encontrarla?

Tenemos que buscar lo que nos llene de verdadera alegría el corazón para que no se quede ni en ruidos ni en apariencias. ¿Será una tarea fácil? Hoy nos está hablando Jesús de encontrar esa alegría, de llenarnos de esa alegría. Y de alguna manera nos está diciendo que para eso El está con nosotros y que en El podremos encontrar los motivos más profundos para encontrar y para vivir esa alegría. Es un fruto de su Espíritu y es una característica fundamental del Reino de Dios que Jesús quiere para nosotros.

Vayamos simplemente a algo muy humano que fundamente y crea nuestras relaciones. Todos ansiamos sentirnos queridos. Son muchas las soledades que quiebran la paz de nuestros espíritus y nos hacen sentirnos como sin rumbo sin sentido en la vida. Y es importante el sentirse amados, empezando por los que tenemos más cerca. Qué clima más bonito se crea en una familia donde todos desde el más pequeño al mayor en todo momento se sienten amados por esos seres que tienen junto a sí.

Fijémonos en el rostro de un niño que se siente amado por sus padres y en ese caldo de cultivo va creciendo y va modelando su personalidad; lo veremos siempre con una sonrisa en su semblante, lo veremos con una mirada luminosa y limpia porque ha aprendido que desde ese amor que recibe está hecho para amar. Ahí sonará fuerte la risa porque siempre está sonando la música del amor. Qué terrible sería el momento en que llegara a gritar ‘tú no me quieres’, porque grande y terrible sería la ruptura interior que se produjera en su vida.

Lo hemos puesto como ejemplo para considerar entonces lo que Jesús nos está ofreciendo hoy en el evangelio. Nos habla Jesús de permanecer en su amor, pero es que antes nos ha hablado del amor del Padre y de su propio amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos sigue diciendo cómo vamos a permanecer en su amor si guardamos los mandamientos.

Es el camino. Y empezamos por disfrutar del amor que Dios nos tiene que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega por nosotros, porque nadie ha amado tanto como aquel que dio su vida por aquellos a los que amaba. Y esto no es cosa solo de saberlo sino de disfrutarlo, gustarlo allá en lo más íntimo y profundo de nosotros. Si así supiéramos disfrutarlo qué distinta sería nuestra vida. ¿Recordáis lo que hace un momento decíamos del niño que se siente amado y se siente feliz? No nos faltará alegría en el corazón.

Por eso termina diciéndonos que nos ha  hablado de esto para que su alegría esté en nosotros, y nuestra alegría llegue a plenitud. Cuando lleguemos a vivir una cosa así todo va a cambiar en nuestra vida, afrontaremos la vida, los problemas, las preocupaciones de una forma distinta; no nos faltará la esperanza, no perderemos la fuerza y la ilusión por hacer nuestro mundo mejor contagiando esa alegría, contagiando ese amor. Los problemas seguirán estando presentes, pero nuestra forma de afrontarlos será distinta; no perderemos la paz, iremos siempre con el corazón cantando de alegría y contagiaremos al mundo de nuestro amor. No solo vamos a poner cara de alegría sino que inundaremos nuestro mundo de felicidad.

 

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.

viernes, 24 de junio de 2022

Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

 


Contemplar el Corazón de Jesús es aprender la lección del amor que llena de ternura nuestros corazones y le da una nueva sintonía a nuestro mundo

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

Todos necesitamos amor; el mundo está ansiando amor, es un camino de plenitud que todos deseamos encontrar. Sin el amor sentiremos el vacío más hondo que no sabemos dónde llenar.

Aunque sea la palabra más repetida, aunque hablemos de tantas formas de amor que la lista parecería interminable, los poetas de mil maneras nos hablen románticamente del amor, terminemos incluso llamando amor a cualquier cosa que suscite pasión, pero siguen habiendo corazones rotos y con tantas heridas producidas por las confusiones del amor, siguen apareciendo hambrientos de amor que no terminan de encontrarlo, las miradas siguen frías porque no han encontrado esa chispa que las encienda en un nuevo calor y seguiremos encontrando caminantes desorientados que lo buscan y no lo encuentran, que dan vueltas y vueltas en su búsqueda pero siguen sufriendo la soledad del amor. Muestra un poquito de ternura y pronto encontrarás a tantos que se pegarán a ti en búsqueda de esa ternura.

¿Dónde encontraremos esa ternura y ese amor verdadero que nos llene de plenitud y de felicidad? ¿Dónde podemos encontrar ese amor que no solo llene nuestros vacíos existenciales sino que nos conduzca a lo que nos pueda hacer sentir la mayor grandeza del ser humano? Porque estamos hechos para el amor. La creación de la vida nació del amor más profundo de Dios que nos transmite y hace partícipes de su misma esencia.

Hoy estamos los cristianos celebrando una gran fiesta del amor simbolizado en el corazón de Cristo, en el corazón de Jesús. Su presencia entre nosotros siendo Emmanuel es la prueba más grande del amor que Dios nos tiene, nos dio y nos entregó a su propio Hijo. Por eso siempre contemplar a Jesús es contemplar el amor de Dios. Se manifiesta en cada gesto y en cada instante de su vida, lo vemos significado en su presencia en medio del pueblo elegido con su cercanía y con sus signos de amor.

El profeta nos había anunciado, como hoy se nos presenta en las lecturas de la liturgia, como el pastor que viene a apacentar a su rebaño en los mejores pastos escogidos. ‘Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré… Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré… Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia…’

Y nos habla Jesús en la parábola del evangelio del pastor que busca a la oveja perdida y hará fiesta cuando la ha encontrado. Es Jesús ese Buen Pastor, como nos dirá repetidamente en otro momento. Así es el amor que Dios nos tiene. Como nos decía el apóstol, ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado… Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’.

Contemplar a Jesús es aprender de El lo que es el amor verdadero, es comenzar a llenar también nuestro corazón de amor para que encontremos esos caminos de felicidad y de plenitud. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, nos dirá en otro momento, aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’. Esa mansedumbre y esa humildad que es el gran signo de que hemos llenado el corazón del amor verdadero.

Es la verdadera ternura que hemos de poner en nuestro corazón para que aprendamos a ir de manera nueva al encuentro con los demás. Vayamos con esa ternura, vayamos con esa sencillez y humildad de manifestarnos como somos incluso con nuestras debilidades, vayamos con esa mansedumbre de espíritu y veremos cómo iremos sintonizando de verdad con los corazones de los demás y estableciendo una nueva sintonía para nuestro mundo. ¿No decíamos antes que si manifestamos un poco de ternura pronto encontraremos cómo muchos quieren apegarse a nuestro corazón para disfrutar de ella?

Muchos corazones rotos se van a ver curados, muchos ojos se llenarán de un nuevo brillo, muchos corazones vacíos comenzarán de nuevo a tener vida, muchos van a encontrar ese rumbo que les lleve a ellos también de plenitud y de felicidad. Muchos aprenderán también lo que es el amor que va más allá de unas palabras bonitas o de un momento de pasión y comenzarán a darle a la mutua relación un nuevo sentido y valor. Porque cuando nosotros nos llenamos de amor verdadero nunca lo guardaremos para nosotros mismos sino que iremos repartiendo esa nueva vida a cuantos hambrientos deambulan a nuestro alrededor.

Aprendamos del corazón de Cristo que hoy estamos contemplando y celebrando.

viernes, 18 de febrero de 2022

Las palabras de Jesús impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida, nos proponen exigencias de renovación y autenticidad

 


Las palabras de Jesús impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida, nos proponen exigencias de renovación y autenticidad

Santiago 2, 14-24. 26; Sal 111; Marcos 8, 34 – 9, 1

Nos gusta contentarnos a nosotros mismos. ¿Quién no se permite un capricho en más de alguna ocasión? Queremos lo mejor, ambicionamos todo, cuando vemos algo que nos gusta y nos llama la atención nos sentimos atraídos y ya estamos pensando a ver cómo lo consigo. ¿Aspiraciones de felicidad? Claro que todos queremos ser felices y queremos en ocasiones llenarnos de cosas pensando que ahí está la felicidad. Pero puede llegar un momento en que nos sentimos hastiados de todo; aquellas cosas que antes anhelábamos tanto, ahora parece que no nos llaman la atención y nada nos dicen. Tenemos de todo y pudiera ser que nos sintiéramos vacíos, ¿qué nos falta?

Son preguntas que algunas veces nos hacemos, porque incluso la posesión de todas aquellas cosas que anhelamos y por las que luchamos para conseguirlas ahora nos pueden producir vacío, hastío, insatisfacción, agobios y preocupaciones. ¿Para qué? nos preguntamos. ¿Es que en verdad necesito tanto para ser feliz? Y contemplamos a nuestro lado a quienes nada tienen pero reflejan en su rostro una sonrisa que brota de la felicidad de su alma. Por eso nos preguntamos, tenemos que hacernos muchas preguntas, no hemos de tener miedo a esas preguntas que nos pueden horadar el alma, pero que nos harán mirar de una forma distinta los bolsillos.

Y algunas veces nos dan miedo esas preguntas. ¿Será que no nos gusta que nos hagan pensar? Pero lo necesitamos. Lo hace Jesús con sus discípulos. Sus palabras impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida. Claro que a los que siempre quieren estar en lo mismo, no les gustan las palabras de Jesús. Ya sabemos lo que pasa con los fariseos y los maestros de la ley. Plantea exigencias de renovación, quiere autenticidad en la vida, que busquemos lo que es verdaderamente principal para que no nos quedemos en superficialidades, nos hace tomar caminos nuevos.

Es lo que se nos plantea en el evangelio de hoy. Si decíamos al principio que nos gusta regalarnos a nosotros mismos, hoy nos dice Jesús que tenemos que negarnos a nosotros mismos. No porque de una forma masoquista tengamos que buscar el sufrimiento, sino porque tenemos que aceptar la realidad de la vida que muchas veces está llena de sufrimientos, pero sobre todo porque cuando tenemos que superarnos para buscar cosas mejores, tendremos que dejar a un lado algunos gustos o algunas apetencias aunque eso nos haga sufrir por dentro.

Jesús plantea que vivir con intensidad la vida es amar, y amar significa entregarse siendo capaz de olvidarse uno de si mismo porque busca siempre el bien del otro. Es el camino de la autentica felicidad frente a lo que muchas veces nosotros pensamos que la felicidad está en las cosas; la verdadera felicidad tenemos que buscarla dentro de nosotros mismos por nuestra capacidad de amar, por nuestra capacidad de darnos. ¿De qué nos vale tener todo,  nos viene a decir, si no alcanzamos la verdadera felicidad desde la intensidad de nuestra entrega y de nuestro amor?

‘Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?’, nos dice hoy Jesús. Por eso habla de ser capaces de perder la vida para ganarla. Algo muy distinto a los criterios del mundo a los que estamos tan acostumbrados. ‘Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará’. 

En otro momento nos dirá Jesús que tenemos que ser luz y que vean nuestras buenas obras para que todos den gloria al Padre del cielo. Hoy nos viene a decir que tenemos que ser testigos siempre, dar testimonio de lo que es nuestra fe, mostrar sin temor al mundo el camino y los valores por los que hemos optado. Es importante dar la cara, no ocultarnos. De una forma que nos pudiera parecer dura nos dice: ‘Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles’. Es la valentía del testimonio ante el que nunca nos podemos acobardar.

Son cuestiones que nos hacen pensar. Son planteamientos nuevos que hemos de hacernos buscando siempre lo que es verdaderamente importante. Es un sentido de autenticidad, de verdad que hemos de darle a la vida. Es un camino que hemos de recorrer que aunque en algún momento pudiera parecer cruz, siempre tenemos los ojos puestos en la resurrección y en la vida.

domingo, 13 de febrero de 2022

Que florezcan en nosotros las flores de la generosidad y del amor con nuestras raíces hundidas en el Señor y por nuestra ternura estaremos haciendo un mundo más feliz para todos

 


Que florezcan en nosotros las flores de la generosidad y del amor con nuestras raíces hundidas en el Señor y por nuestra ternura estaremos haciendo un mundo más feliz para todos

Jeremías 17, 5-8; Sal 1; 1 Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

Seguro que en ciertos ambientes, en ciertos sectores de la sociedad en la que vivimos estas palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio les podrían producir risa; lo que por otra parte avalaría con mayor valor la certeza de las palabras de Jesús y su cumplimiento.

Escuchar que son dichosos y felices los pobres, los que nada tienen o tienen hambre, los que lloran en la vida a causa de sus sufrimientos o de los problemas que los envuelven produce, es cierto, una paradoja. Nos pueden resultar incomprensibles, difíciles de entender. ¿Cómo entender estas palabras de Jesús? Entre las cosas que habitualmente valoramos está el alcanzar una vida digna, tener unos medios que no nos hagan pasar estrecheces y vivir en la pobreza, alejar todo lo que sea sufrimiento ya sea físico o moral de nuestra vida, porque nos gustaría ser valorados y tenidos en cuenta. Está bien, es justo que deseemos todo esto y entre en las preocupaciones e intereses de nuestra vida. Por eso, nos chocan estas palabras de Jesús.

¿Es una promesa que nos hace Jesús? ¿Es un anuncio de algo que podemos alcanzar? ¿Es una esperanza que se suscita en nuestro corazón? Ciertamente que allí en la llanura, donde Jesús pronunció estas palabras había gente de todo tipo y de toda condición; en un pueblo pobre como era Israel y más en la situación en la que se encontraban la mayoría de los que allí estaban eran esos pobres y esos que pasaban dificultades, esos que nada tenían y que pasarían muchos momentos de escasez y de hambre también, mucha gente que sufría porque siempre traían a Jesús a sus enfermos para que los curase pero estaban también los que tenían muchas amarguras en el alma. Y seguro que estas palabras desconcertantes de Jesús comenzaron a llenar de esperanza sus corazones.

Jesús anunciaba un reino nuevo, donde todo habría de cambiar, precisamente sus palabras como había dicho en la sinagoga de Nazaret eran evangelio, buena noticia, para los pobres; si todo había de cambiar cambiaría la situación en la que vivían, eran su esperanza, pero cuando fueran comprendiendo todo lo que significaba el reino de Dios que Jesús anunciaba descubrirán como el cambio profundo había de producirse en los corazones y en las actitudes nuevas con que habían de enfrentarse a la vida y a la realidad.

Un mundo nuevo, un reino nuevo donde imperase la justicia, donde tendrían que brillar por la autenticidad de sus vidas, donde comienzan a resplandecer unas actitudes y unos valores nuevos dándole mayor aprecio a la solidaridad, a la generosidad y al amor, donde comenzarán a ser distintas también las relaciones entre unos y otros. ¿No era ese el camino de dicha y de felicidad? ¿No tenían sentido entonces las palabras de Jesús?

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.

La confianza que comenzaría a nacer en los corazones no era fiarse de sí mismo y de sus posibilidades y poderes que pudieran alcanzarse a nivel humano, sino que la confianza se ponía totalmente en el Señor. Ya el profeta había anunciado que ‘el que confía en el Señor y pone su confianza en el Señor será como un árbol plantado junto al agua que alarga a la corriente sus raíces’.

Entonces ¡ay! de aquellos que ponían toda su confianza en sí mismos o en las cosas que poseyeran; no eran esos los caminos que les llevaran a una verdadera felicidad. ‘Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’ Son las lamentaciones de Jesús por aquellos que se sienten saciados de sí mismos. Como ‘quien confía en el hombre y busca su apoyo en las criaturas será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia y habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita’.

Que nuestro corazón no sea como el áspero cardo en que lo convertimos cuando nos falta ese grado de humanidad, de solidaridad, de ternura. Que florezcan en nuestra vida las flores de la generosidad y del amor y así estaremos haciendo un mundo más feliz para todos.


martes, 21 de diciembre de 2021

Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

 


Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Solemos hacer analogías y comparaciones entre el camino y la vida; y señal de esa vida es el ponerse en camino, el estar en camino. La vida no se detiene, avanza, queremos que camine hacia delante, no nos gustan los retrocesos; queremos salir e ir al encuentro de la vida misma, al encuentro del mundo que nos rodea, atravesar esos senderos haciendo camino y sabiendo ir también al encuentro con los demás.

Nos ponemos en camino porque buscamos, nos ponemos en camino porque queremos ir al encuentro del otro, nos ponemos en camino porque también tenemos algo que comunicar, una alegría que compartir, o un pesar del alma para el que queremos encontrar consuelo. Ojalá nuestros caminos sean siempre de alegría, no nos falte la esperanza, nos sintamos siempre fuertes y seguros en el rumbo que tomamos, o también seamos humildes para pedir ayuda en ese camino; no nos queremos quedar pasivamente al borde del camino.

¿Nos estará enseñando algo de todo eso María de Nazaret a quien vemos hoy que se pone en camino para ir al encuentro de Isabel en la montaña? Era un camino en que no se detuvo, fue aprisa dice el evangelio, la alegría que llevaba en su corazón le daba alas porque quería ir allí donde ella sabía que debía de estar en aquel momento. Era la alegría de la fe que resplandecía en su corazón de manera que merece la alabanza de su prima desde el primer momento que llegue a su encuentro, era la alegría de lo que llevaba en sí misma porque llevaba a Dios, era la agraciada del Señor, y era la alegría del amor y del servicio que podía prestar a su prima en las circunstancias de la maternidad en que se encontraba.

No olvidaba María lo que llevaba en su corazón porque su vida era un puro cántico de alabanza al Poderoso que en ella estaba realizando cosas admirables. Era consciente del misterio de Dios en que se veía implicada, y por eso mismo ya comenzaba a realizar su misión cuando con su presencia va derramando gracias, porque solo por el sonido de su voz reconocería el niño que se gestaba en las entrañas de Isabel quien llegaba hasta aquel hogar y con sus brincos en el seno de su madre se unía a la fiesta y al cántico de alabanza al Creador.

María, sí, nos está enseñando a ponernos en camino porque también son muchas las cosas que nosotros podemos llevar a los demás. Aprendamos a ir siempre con la alegría de María, porque no nos falte esperanza, porque seamos conscientes de la misión que nosotros también tenemos con nuestro mundo donde siempre tenemos que ser portadores de evangelio.

Como María hagámonos nosotros también buena noticia, evangelio para los que están a nuestro lado porque de igual manera resplandezca en nosotros la fe, porque vayamos con el testimonio de nuestra esperanza aunque el mundo y los caminos del mundo se nos llenen tantas veces de sombras, porque vayamos con el testimonio del amor y del servicio porque siempre tenemos alguien a quien servir, alguien a quien mostrarle toda la ternura de nuestro corazón.

Es el testimonio de luz que tenemos que dar en medio de nuestro mundo; son demasiadas las oscuridades pero en nosotros siempre hay una esperanza. Y podemos levantarnos, y podemos ayudar a los demás a levantarse también y a ponerse en camino de algo nuevo, de algo bueno que siempre puede suceder en sus vidas. Como creyentes en Jesús somos los caminantes optimistas que siempre seremos capaces de ver la luz, siempre estaremos comprometidos a llevar la luz, siempre tenemos que ser sembradores de ilusión y de esperanza en aquellos que caminan, algunas veces arrastrándose, a nuestro lado en los caminos de la vida. Seamos siempre con nuestras palabras y con nuestro testimonio sembradores de vida y portadores de luz.

martes, 22 de junio de 2021

Un camino de superación y de crecimiento que me planteará las exigencias del amor para tomar la iniciativa de hacer el bien aunque me cueste sacrificio

 


Un camino de superación y de crecimiento que me planteará las exigencias del amor para tomar la iniciativa de hacer el bien aunque me cueste sacrificio

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Tenemos carreteras, autovías, autopistas por donde podemos circular con comodidad pero aún nos quejamos y queremos todavía que sean mejores. Nos olvidamos de los caminos estrechos, de las veredas de las montañas, de las carreteras llenas de curvas que teníamos en otros tiempos. Pero es que en la vida queremos que todo sea cómodo, no queremos nada que sea un tropiezo ni tener nosotros que hacer el esfuerzo.

Pero creo que entendemos que no se trata de las vías de comunicación que tengamos que utilizar, sino que estamos hablando de la vida misma que nos exige un esfuerzo, se trata de nuestras relaciones con los demás que tenemos que cuidar, se trata de nuestro propio vivir donde siempre tiene que haber crecimiento como señal de que hay vida y eso nos obligará a ponernos en camino de superación, se trata de nuestras propias responsabilidades, familiares o en nuestra relación con la sociedad en la que vivimos, que tenemos que saber asumir.

Y el camino se nos puede volver angosto y estrecho porque parece que quisiéramos hacer siempre solamente lo que nos apetezca en el momento y el pensar que estamos rodeados de otras personas con las que convivimos o porque tenemos unas responsabilidades nos obligará a hacernos como una escala de valores para darnos cuenta lo que es más importante en cada momento y eso me puede exigir una renuncia a un capricho, un sacrificio de algo que nos gustaría placenteramente, o desprendernos de algo a lo que nos sentimos muy apegados.

Muchas veces nos confundimos y pensamos que el camino de la felicidad pasa por la satisfacción de esos caprichos personales o por la posesión de muchas cosas a las que finalmente nos sentimos tan apegados que nos convertimos en esclavos de ellas. Es hermosa la imagen que nos está proponiendo Jesús. Nos habla de una puerta estrecha, como las que había en las murallas que rodeaban las ciudades antiguas. Por esa puerta no podríamos pasar cargados con muchas pertenencias; necesitaríamos liberarnos de aquellas cosas que no nos son esenciales para poder pasar con lo justo, con lo que realmente es importante para nuestra vida.

Por eso tenemos que saber ir a lo esencial, quedarnos con lo esencial. Y claro desprendernos de muchas cosas en las que habíamos puesto toda nuestra vida como si fueran lo que nos daría la verdadera felicidad, cuesta, son desgarros del corazón, son caminos estrechos por los que en algún momento tenemos que transitar.

De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos recuerda una regla importante para nuestra relación con los demás y para el trato que hemos de tener con los otros. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’. Pedimos, sí, y exigimos que nos traten bien como si fuera una obligación que tienen los otros de atendernos y de hacer por nosotros, pero, ¿qué somos capaces de hacer por los demás? El amor no se impone, pero quien ama de verdad tiene que saber ser el primero que toma la iniciativa del bien por aquel a quien ama.

Y nos habla de esa exigencia que hemos de tener con nosotros mismos, como hemos venido diciendo para buscar siempre lo que es lo fundamental. No nos podemos confundir pensando que por el camino ancho de nuestras vanidades y superficialidades, de nuestro endiosamiento y de nuestra búsqueda de pedestales, de nuestro encerrarnos para pensar solo en nosotros mismos, vamos a ser más felices. No se trata de buscar de forma masoquista lo que es lo más duro de la vida, sino de un camino de superación que nos llevará a la mayor plenitud de la persona.

‘Entrad por la puerta estrecha, nos dice. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos’. ¿Encontraremos el verdadero camino? ¿Sabremos pasar por esa puerta estrecha? ¿Seremos capaces de desprendernos de nuestros apegos y de la superficialidad con que a veces vivimos la vida?

 

miércoles, 9 de junio de 2021

El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

 


El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

Algunas veces tenemos el peligro de simplificar tanto las cosas que le hacemos perder toda la amplitud y profundidad. Una simplificación muchas veces superficial y en ocasiones interesada cuando nos queremos quitar algo de encima

Cuántas veces escuchamos decir a la gente que ellos no tienen pecado porque ni matan ni roban; han simplificado tanto los mandamientos que al final han terminado por cargarse la mayoría de los mandamientos, pero nos indica también una superficialidad cuando no llegamos a comprender toda la amplitud y toda la profundidad que ha de tener el mandamiento de amor a los demás. Nos quedamos en la letra, en sus formas más elementales, pero no profundizamos en el espíritu que ha de animar nuestra vida y el cumplimiento del mandamiento del amor.

Hoy Jesús, en el sermón del monte, respondiendo quizás a actitudes y posturas de ese tipo que siempre pueden aparecer en el corazón de todos, nos viene a decir que El no ha venido a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. Quizás entre aquellos oyentes de Jesús se había podido producir el hastío de tantas normas, reglamentos y preceptos con que habían rodeado la ley de Moisés y estaban esperando un Mesías que les liberara de tantos preceptos que reglamentaban tanto la vida que el cumplimiento de la ley era un agobio.

Ya escucharemos en otra ocasión decir a Jesús que vayamos a El todos los que nos sentimos agobiados porque en El encontraríamos nuestro descanso, porque su yugo era llevadero y su carga ligera. La palabra yugo venía a hacer referencia a ese peso de la ley tan meticulosamente reglamentada que resultaba algo muy duro de cumplir. Pero Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y es que quien sigue a Jesús ha encontrado de verdad el sentido de todo, el sentido de su vida y de lo que ha de hacer y ya el mandamiento del Señor no es algo que haya que cumplir como algo pesado y duro en la vida, sino que venía a tener un sentido de liberación interior para buscar y hacer siempre lo que era la voluntad del Señor pero llenos de mucha paz.

Y es que quien se siente amado de Dios ya no lo verá todo como algo que hay que cumplir sin remedio, sino como una respuesta de amor a tanto amor como por otra parte recibimos. El enamorado está dispuesto a todo por mantener su amor, por agradar y complacer a la persona amada, por manifestarle con mil gestos y detalles todo lo que es el amor que le ofrece, el amor con que responde a ese sentirse amado; quien ama de verdad llega a olvidarse de sí mismo por ese amor del que se siente cautivado y que llena en plenitud su vida.

Por ese camino tenemos que entender las palabras de Jesús que hoy escuchamos. Pudiera parecerle a algunos que estas palabras podrían resultar duras y como un jarro de agua fría para quienes soñaban con verse liberados de mandamientos y preceptos, pero entendiendo bien las palabras de Jesús nos daremos cuenta que encontraremos la verdadera libertad, la que nace del amor y la que nos lleva a la mayor plenitud de nuestra vida. Será así, descubriendo lo que es la verdadera voluntad del Señor cómo nos sentiremos más plenamente realizados y cómo alcanzaremos el mejor camino de felicidad para todos.

¿Sentiremos de verdad que el cumplimiento de lo que es la voluntad del Señor, expresada y manifestada en los mandamientos, nos hace alcanzar la mejor realización de nuestra vida? ¿Nos sentiremos en verdad liberados en el Señor cuando aprendemos a hacer las cosas desde el sentido del amor? ¿Nos daremos cuenta que ese es el mejor camino para la felicidad de todos?