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domingo, 15 de febrero de 2026

La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

 


La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor

Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37

Los caminos, por supuesto, pretenden llevarnos a alguna parte, pero bien sabemos que algunos caminos se nos  hacen pesados, parece que estuvieran llenos de dificultades, detrás de cada curva pareciera que se nos presenta un nuevo obstáculo o dificultad; claro que si pensamos en caminos antiguos por una parte no estaban pensados para los vehículos o los medios de los que hoy podemos disponer, y también hay que tener en cuenta las circunstancias que podían tenerse en el momento de su construcción que de alguna manera condiciona trazados y no solventa siempre las dificultades que podamos encontrar. La visión de lo que ha de ser el trazado hoy de una vía nos da nuevas perspectivas y busca de alguna manera aliviar nuestro camino.

¿Estaremos esperando un ingeniera que echara abajo todo lo hecho para inventarse algo totalmente nuevo? Claro que en la materialidad de las vías y caminos para nuestro transito eso es posible, pero ahora cuando estamos hablando de caminos estamos refiriéndonos a algo más que una senda que cruza una geografía. Queremos ir a algo más hondo que la materialidad de un camino porque estamos queriendo hablar de la vida, de nuestra vida.

¿Era Jesús ese ingeniero esperado, y válganos la imagen y el ejemplo, que venía a echar abajo todo como si nada de lo vivido hasta entonces hubiera valido o no tuviera un sentido? La aparición de un profeta abría siempre la esperanza a nuevas perspectivas, y más en aquel pueblo que se sentía oprimido, y no era ya solo la opresión que pudiera ejercer sobre ellos un pueblo extranjero, los romanos, que dominaban aquellos territorios; eran también muchas las influencias que iban recibiendo de las culturas de los pueblos vecinos, y aquí podríamos pensar en todo lo relacionado con la filosofía griega referencia para la cultura de aquellos pueblos; pero era otra opresión o manipulación interior en las mismas corrientes que iban surgiendo en el judaísmo, cada uno en su momento pretendía imponer sus criterios y de ahí había surgido una cantidad de normas y preceptos que de alguna manera enturbiaban la autenticidad de la ley de Moisés y la predicación de los profetas.

¿Pensaban quizás que con la novedad que Jesús anunciaba como buena noticia del Reino de Dios todo aquello había de cambiar? Es por lo que Jesús es tan tajante en el Sermón del Monte. El no ha venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud. Lo que Jesús querrá purificar es la hojarasca en la que hemos envuelto la Ley de Dios y que de alguna manera en lugar de ayudarnos nos ha puesto más difícil el camino, para que vayamos a lo que es lo fundamental, lo esencial que tiene que estar en el amor y en consecuencia en el respeto y la valoración de la persona, de toda persona por encima de cualquier condición con que queramos revestirla. Jesús quiere ayudarnos a reencontrar el camino verdadero y auténtico que es lo que nos viene a ofrecer la novedad del evangelio.

Es lo que nos irá desgranando en toda esa seria de sentencias o principios que nos va proponiendo a lo largo del Sermón del Monte y que ha comenzado con la proclamación de las Bienaventuranzas. Se había congregado en su entorno una gran multitud nos detalla el evangelista con gente venida de todas partes. Quiero poner un poco de imaginación en mi mente y en mis palabras para ver cómo Jesús va desparramando su mirada sobre toda aquella gente y El que conoce bien el corazón de todos e irá viendo tras aquellos rostros esas diversas situaciones por las que cada uno está pasando y la palabra de Jesús va dando respuesta a esas angustias que van surgiendo de aquellos corazones.

Corazones desbordados en esperanzas fallidas, en violencias y contrariedades de todo tipo, por los mil problemas de la vida en las relaciones entre unos y otros, por las tormentas que van surgiendo en el interior de las personas cuando los conflictos no se resuelven y se van creando abismos de incomprensión y acaso muchas veces de odio, corazones heridos porque se sienten oprimidos y tratados injustamente y a los que les falta paz porque quizás no tienen seguridad para sus vidas, corazones envueltos quizás muchas veces por la vanidad y por la falta de autenticidad y de verdad en sus vidas… y la palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre cada una de aquellas personas porque va despertando nuevas esperanzas, porque es posible que se vayan abriendo caminos, porque sienten que es posible una nueva armonía si en verdad comenzamos a amarnos más los unos a los otros.

Es la Buena Nueva de Jesús, que no solo fue para aquella gente de su tiempo, sino que es Buena Nueva de Jesús para nosotros hoy que también estamos envueltos en nuestros problemas y en nuestros desencantos, que también nos vemos arrastrados por un materialismo que nos ahoga cada vez más y por una sensualidad de la vida que le hace perder la perspectiva de cosas grandes y más nobles. Entremos en la sensibilidad del Evangelio que es entrar en la sensibilidad del amor, pero un amor que nos eleva y que al mismo tiempo nos hace más espirituales. Escuchemos en lo hondo de nosotros mismos el verdadero sentido de las palabras de Jesús.

miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

miércoles, 12 de junio de 2024

Amar no es una cosa cualquiera, es algo profundo que nos transforma desde dentro, no es simplemente hacer cosas buenas, en el amor encontraremos la plenitud de nuestro ser

 


Amar no es una cosa cualquiera, es algo profundo que nos transforma desde dentro, no es simplemente hacer cosas buenas, en el amor encontraremos la plenitud de nuestro ser

1 Reyes 18, 20-39; Salmo 15; Mateo 5, 17-19

Bueno, yo trato de ser bueno con todo el mundo, intento no molestar ni ofender a nadie, soy amigo de mis amigos y ayudo a los que me ayudan, pero que no se metan conmigo, que yo tampoco me meto con nadie, no necesita más, ni tanto rezo, ni tanta Iglesia, que para ser bueno no necesita más.

Así piensan algunos y actúan en consecuencia y por supuesto respetamos y valoramos la congruencia que pueda haber en sus vidas, así sentimos en ocasiones la tentación de pensar y de actuar nosotros también, porque quizás la vida nos haya quemado mucho, porque no hemos encontrado las satisfacciones que nosotros queríamos, porque quizá un día recibimos un palo de donde menos esperábamos y nos sentimos defraudados, pero ¿realmente nos podemos quedar satisfechos de un actuar así, de esa manera?

Algunas veces nos volvemos medio anarquistas y quisiéramos quitar todo lo que suene a mandato, que cada uno actúe, decimos, según su conciencia, que no necesitamos mandamientos ni reglas, y estaríamos incluso dispuestos a hacer una revolución en ese sentido. Nos sucede hoy, pero han sido cosas que han sucedido en todos los tiempos. En cierto modo añoramos revoluciones que todo lo cambien, que eliminen todo lo del pasado y que comencemos de nuevo y de cero. ¿No será algo de esto también lo que estamos viendo en nuestra sociedad hoy con movimientos que decimos nuevos que surgen, pero que son tan antiguos como toda la historia de la humanidad?

Algunos también cuando Jesús comenzó a predicar por Galilea y hablaba de algo nuevo cuando hablaba del Reino de Dios, quizás de alguna manera estaban pensando en una revoluciona si. Había entonces también ciertos movimientos de resistencia, de renovación, de deseos de cambio, que en cierto modo lo concretaban algunos sectores en una liberación de Israel de yugos extranjeros que consideraban opresores. ¿Se habrían imaginado que Jesús iba por esos caminos? Algunas inquietudes en ciertos sectores iban apareciendo en quienes de entrada rechazaban a Jesús.

Pero hoy vemos que Jesús habla claro. Estamos en lo que llamamos el sermón del monte, por el lugar en que sitúa Mateo estas palabras de Jesús que vienen a ser como un resumen de lo que El venía a enseñarnos lo que era el Reino de Dios que anunciaba. Era la Buena Noticia que había que aceptar y creer en ella, y para lo que se necesitaba también una renovación profunda del corazón; por eso hablaba Jesús de conversión.

Y Jesús nos habla de que El no viene a anular la ley, sino a darle plenitud. Como decíamos antes queremos quitar de en medio todo lo que signifique mandato, mandamiento, reglas de vida, porque pensamos que todo eso coarta nuestra libertad; claro consideramos que libertad es hacer lo que a cada uno le de la gana. Pero Jesús viene a decirnos que lo que tenemos que hacer es encontrar el sentido de esos mandamientos; como nos dice El, que le demos plenitud, que le demos sentido, que le demos hondura a la vida.

No se trata de que vayamos como corderitos cumpliendo a la letra lo que son las normas, si para nosotros no tienen sentido; entonces sí que estaríamos siendo de alguna manera esclavos de la letra. Jesús quiere que le demos plenitud, que encontremos de verdad el sentido de todas las cosas. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley’.

Es el verdadero camino que hemos de hacer. Y Jesús vendrá a decirnos a lo largo de todo este sermón de la montaña que será el amor en lo que encontremos esa plenitud, pero eso nos dirá al final que es su único mandamiento. Pero amar no es una cosa cualquiera; amar es algo profundo que nos transforma desde dentro; amar no es simplemente hacer cosas buenas, sino que Jesús nos irá hablando de la amplitud de todo lo que significa ese amar. Ya lo iremos escuchando.

¿Cuál es la postura que allá en lo más hondo de nosotros mismos tenemos ante los mandamientos del Señor?

miércoles, 15 de marzo de 2023

El mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor porque siempre nos llevará por caminos de justicia, de amor y de paz

 


El mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor porque siempre nos llevará por caminos de justicia, de amor y de paz

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147; Mateo 5, 17-19

Tenemos una fácil tendencia, no sé si nacida de nuestros orgullos y autosuficiencias, de que nos creemos que nosotros podemos hacer siempre las cosas mejor que los demás; parece que nunca fuera válido lo que otros hacen, lo que está establecido con la autoridad de los siglos o de la experiencia, y como tengamos oportunidad echamos abajo lo que otros han edificado, porque para nuestro entender, no vale y nosotros somos capaces de hacerlo mejor.

Es resultado muchas veces también de unas ideologías, que aun hablando mucho de democracia, se convierten en absolutismos, porque todo hay que hacerlo desde aquella ideología y de lo contrario no valdría para nada lo hecho anteriormente. Son los cambios constantes que vemos en la sociedad según sea el dirigente de turno, digámoslo así, y la destrucción que realmente poco nos hace avanzar, si negamos siempre la fortaleza de lo que siempre nos ha servido de cimiento. No es conservadurismo a ultranza, es sensatez y valentía para descubrir también lo bueno que han hecho otros. ¿Aprenderemos alguna vez?

Pero esto no es nuevo, es algo que ha estado en la aspiración de muchos a través de todos los tiempos; origen de revoluciones, de cambios y transformaciones, y que ha sido realmente el camino que a lo lago de los siglos hemos repetido una y otra vez, porque al final todos estamos repitiendo esas mismas cosas de no respetar ni valorar lo que los contrarios hacen o han hecho.

¿Qué estaba sucediendo en el entorno de Jesús? En su predicación veían algo nuevo, se despertaban muchas esperanzas también para una situación social que vivían con dureza en aquellos tiempos. Fácilmente el mensaje de Jesús podía tergiversarse también, por eso la idea que tenían de lo que había de ser y de hacer el Mesías. Es cierto que Jesús estaba pidiendo un cambio, pero que no era un cambio externo, sino que tenía que partir del corazón. La palabra conversión que Jesús proclamaba no era una revolución en que todo cambiase. Para algunos quizás incluso la ley Mosaica que era el fundamento del pueblo judío en todos los aspectos, podía parecer anticuada, mientras otros la recargaban con normas y preceptos que quizás podían hacerle perder su sentido más profundo. En las palabras de Jesús aventuraban un cambio.

Plantea, es cierto, un nuevo estilo y sentido de vida, una nueva forma de entender la relación con Dios pero también la relación con los demás. ¿Eso podría significar que habría que cambiar la ley de Moisés? Jesús tajantemente en el sermón del monte, donde precisamente nos está ofreciendo esa nueva visión, nos dice que El no ha venido a abolir la ley ni los profetas, El ha venido para llevarlo todo a la plenitud; y les habla de la importancia también de lo que nos parece pequeño, pero que será lo que en verdad nos hará grandes en el Reino de los cielos.

¿Podrían llevar a confusión estas palabras de Jesús? ¿Podrían llevarnos a confusión también a nosotros, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan dados como somos a cambios así porque sí de las cosas? Jesús nos habla de plenitud, Jesús nos habla de encontrar el hondo sentido que tiene que tener todo; nos lo da la nueva visión que nos da de Dios, pero nos lo da también la visión que nos está dando de la persona, de toda persona, que siempre tiene que ser la importante y donde el respeto y el amor tiene que estar por encima de todo.

No es cumplir la ley como quien tiene un yugo atado sobre si y no le queda más remedio que caminar por donde le llevan; tiene que ser algo nuevo y distinto, es comprender el lugar que tiene que ocupar Dios en la vida de la persona, de toda persona, para comprender también el lugar del hombre, el lugar de la persona, de toda persona en mi vida. es mirarlo de otra manera, es descubrir su dignidad y su grandeza, es la valoración que hacemos siempre del otro, es el respeto que le tenemos, es la mano tendida para caminar juntos, es el sentir esos nuevos lazos de amor que nos acercan los unos a los otros y nos mantienen en una nueva comunión.

Y desde ahí nos daremos cuenta que el mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor. En nombre de ese mandamiento del Señor nunca podremos humillar a nadie, nunca podremos cerrar nuestro corazón a su necesidad, nunca crearemos fosos y abismos que nos distancien, siempre estaremos tendiendo lazos y puentes que nos acerquen, siempre estaremos busco lo bueno, el bien, la verdad que nos llevará por caminos de justicia y de paz.

Y todo eso no tiene que estar cambiando a cada nuevo viento que nos llegue, todo eso va a ser el carril por donde siempre haré circular mi vida. Todo eso hará que en verdad estemos construyendo un mundo mejor. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que viene a realizar.

domingo, 12 de febrero de 2023

Camino de superación y de crecimiento interior, de plenitud en el amor es a dónde nos quiere conducir el Evangelio

 


Camino de superación y de crecimiento interior, de plenitud en el amor es a dónde nos quiere conducir el Evangelio

Eclesiástico 15, 15-20; Sal 118; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37

¿Queremos ser perfectos? Todos soñamos, todos queremos hacer las cosas bien, de la mejor manera, con la mayor perfección posible; podemos poner ejemplo en nuestras responsabilidades y trabajos, o podemos pensar en aquellas cosas que nos gustan de manera especial, nuestras aficiones, nuestros entretenimientos artísticos o de lo que sea; lo trabajamos una y otra vez, le damos muchas vueltas, lo recomenzamos no sé cuantas veces, queremos que nos quede perfecto. Esas perfecciones son a veces muy subjetivas, porque es lo que me gusta a mí, lo que me parece a mí, pero podemos pensar en algo más allá de todo esto.

Importante es que nos superemos, que vayamos haciéndolo cada vez mejor, que seamos capaces de corregirnos en nuestros errores, o ser capaces de dar siempre un paso más delante de emulación, de superación, de ir subiendo esos peldaños que nos lleven a lo mejor.

Y es que en esos comportamientos nuestros de todos los días, en nuestras relaciones con los demás, siempre hay algo que podemos hacer mejor, en lo que nos podemos superar. Y podríamos decir que se abre ante nosotros un extenso abanico, desde lo más negativo que hemos de evitar, no hacer daño, no matar como dice el mandamiento, a una serie de matices, por así decirlo, que podemos ir añadiendo, dando pasos de superación para ya no contentarnos con no herirle, no dañarle, no ofenderle sino que iremos mejorando nuestro trato, nuestro amor, nuestra delicadeza, la mejora a cada paso de eso que hemos venido haciendo ya de bueno. Es el camino del que nos habla hoy Jesús en el evangelio.

Quienes le escuchaban predicar, hacer el anuncio del nuevo Reino de Dios, quienes le veían como un profeta en cierto modo revolucionario porque era grande el cambio que pedía en los corazones de todos, podían pensar que todo lo dicho hasta entonces quedaba ya obsoleto, no había que pensar en nada de todo aquello, porque todo iba a ser radicalmente nuevo.

Había muchos también insatisfechos con lo que hasta entonces habían ido viviendo, insatisfechos quizás también con toda aquella menudencia de preceptos que los maestros de la ley, en muchos casos con el radicalismo tan severo de los fariseos, habían ido imponiendo. Justo es que pensaran de alguna manera que iban a quedar abolidos la ley y los profetas, que habían sido los pilares de toda la revelación de Dios a su pueblo y lo que había marcado su camino.

Pero Jesús nos dice que no viene a abolir la ley y los profetas. El viene a dar plenitud. Allí estaba lo que había sido revelación de Dios a través de toda su historia de salvación, y lo que era la revelación de Dios era inmutable, porque inmutable es la Palabra de Dios en sí misma. Por eso Jesús nos dice que no viene a abolir, sino a dar plenitud.

Hoy nos habla de unas cosas concretas, que se complementarán en lo que escuchemos el próximo domingo y que forma parte todo de ese llamado sermón de la montaña, tal como nos lo presenta el evangelio de san Mateo. ¿Qué significa ese dar plenitud sino ese camino de superación, de crecimiento interior, de camino de perfección que hemos de ir recorriendo paso a paso? Nos contrapone, por ejemplo, el no matar tal como escuetamente está expuesto en los diez mandamientos, a esa delicadeza de quien trata con verdadero amor a los demás. Ahí tendremos que ir poniendo no solo el evitar palabras o gestos ofensivos hacia los demás, pero tendremos que poner nuestra disponibilidad para el servicio, la delicadeza de nuestro trato, como también nuestra capacidad de comprensión y de perdón.

Cuando hay amor de verdad no le podemos poner puertas a todo eso bueno que nos sale del corazón y que buscará siempre el encuentro, la cercanía, el buen trato, la reconciliación y la búsqueda de la armonía y de la paz. ¿No son esos caminos de plenitud?

En ese mismo sentido nos hablará del adulterio y del divorcio, rupturas del amor que siempre tenemos que saber reconstruir, como nos hablará de la sinceridad de nuestras palabras y de la autenticidad de nuestra vida, que nos hará creíbles sin necesidad de juramentos porque siempre estaremos reflejando la verdad de nuestra vida.

Os invito a que leamos de nuevo este texto del evangelio que se nos propone en este domingo pero con una apertura grande de nuestro corazón para dejarnos conducir por el Espíritu del Señor y descubriremos de verdad ese camino de plenitud del que nos habla hoy Jesús, que terminará diciéndonos en otro momento del evangelio que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

miércoles, 9 de junio de 2021

El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

 


El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

Algunas veces tenemos el peligro de simplificar tanto las cosas que le hacemos perder toda la amplitud y profundidad. Una simplificación muchas veces superficial y en ocasiones interesada cuando nos queremos quitar algo de encima

Cuántas veces escuchamos decir a la gente que ellos no tienen pecado porque ni matan ni roban; han simplificado tanto los mandamientos que al final han terminado por cargarse la mayoría de los mandamientos, pero nos indica también una superficialidad cuando no llegamos a comprender toda la amplitud y toda la profundidad que ha de tener el mandamiento de amor a los demás. Nos quedamos en la letra, en sus formas más elementales, pero no profundizamos en el espíritu que ha de animar nuestra vida y el cumplimiento del mandamiento del amor.

Hoy Jesús, en el sermón del monte, respondiendo quizás a actitudes y posturas de ese tipo que siempre pueden aparecer en el corazón de todos, nos viene a decir que El no ha venido a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. Quizás entre aquellos oyentes de Jesús se había podido producir el hastío de tantas normas, reglamentos y preceptos con que habían rodeado la ley de Moisés y estaban esperando un Mesías que les liberara de tantos preceptos que reglamentaban tanto la vida que el cumplimiento de la ley era un agobio.

Ya escucharemos en otra ocasión decir a Jesús que vayamos a El todos los que nos sentimos agobiados porque en El encontraríamos nuestro descanso, porque su yugo era llevadero y su carga ligera. La palabra yugo venía a hacer referencia a ese peso de la ley tan meticulosamente reglamentada que resultaba algo muy duro de cumplir. Pero Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y es que quien sigue a Jesús ha encontrado de verdad el sentido de todo, el sentido de su vida y de lo que ha de hacer y ya el mandamiento del Señor no es algo que haya que cumplir como algo pesado y duro en la vida, sino que venía a tener un sentido de liberación interior para buscar y hacer siempre lo que era la voluntad del Señor pero llenos de mucha paz.

Y es que quien se siente amado de Dios ya no lo verá todo como algo que hay que cumplir sin remedio, sino como una respuesta de amor a tanto amor como por otra parte recibimos. El enamorado está dispuesto a todo por mantener su amor, por agradar y complacer a la persona amada, por manifestarle con mil gestos y detalles todo lo que es el amor que le ofrece, el amor con que responde a ese sentirse amado; quien ama de verdad llega a olvidarse de sí mismo por ese amor del que se siente cautivado y que llena en plenitud su vida.

Por ese camino tenemos que entender las palabras de Jesús que hoy escuchamos. Pudiera parecerle a algunos que estas palabras podrían resultar duras y como un jarro de agua fría para quienes soñaban con verse liberados de mandamientos y preceptos, pero entendiendo bien las palabras de Jesús nos daremos cuenta que encontraremos la verdadera libertad, la que nace del amor y la que nos lleva a la mayor plenitud de nuestra vida. Será así, descubriendo lo que es la verdadera voluntad del Señor cómo nos sentiremos más plenamente realizados y cómo alcanzaremos el mejor camino de felicidad para todos.

¿Sentiremos de verdad que el cumplimiento de lo que es la voluntad del Señor, expresada y manifestada en los mandamientos, nos hace alcanzar la mejor realización de nuestra vida? ¿Nos sentiremos en verdad liberados en el Señor cuando aprendemos a hacer las cosas desde el sentido del amor? ¿Nos daremos cuenta que ese es el mejor camino para la felicidad de todos?