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jueves, 4 de junio de 2026

El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

 


El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12, 28b-34

Siempre nos estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas, pero para la que nunca tenemos tiempo.

Cuidado que en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.

Hoy se ha acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Solamente recuerda Jesús, repito, lo que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Es importante esta coletilla, porque nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer. No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor de verdad en nuestra vida.

Pero el amor no se manifiesta con cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días a quien sale a mi lado?

¿Qué es lo que tengo que vivir si me quiero llamar cristiano?

jueves, 30 de abril de 2026

Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

 


Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

¿Seremos solo personas de palabras bonitas pero que luego no se ven corroboradas con las obras que hacemos? Somos muy fáciles para decir cosas bonitas, para dar un consejo, para criticar lo que nos parece mal, para ir diciéndole a todo el mundo lo que tienen que hacer, pero llevar esos consejos a la práctica de nuestra vida, no caer en esas cosas que juzgamos mal y que criticamos, hacer nosotros primero eso que le decimos a la gente es cosa que no nos resulta tan fácil. La veracidad y autenticidad de las palabras se las dan las obras que hacemos. Es cierto que somos débiles, que no somos perfectos, pero un deseo de superación tiene que haber en nuestra vida. Una capacidad de comprensión ha de acompañar todo esto.

En el evangelio hemos escuchado hoy algo que Jesús nos dice y que casi pasa desapercibido. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Tenemos que situarnos en el momento en que Jesús les dice estas palabras a los discípulos, fue en la cena pascual. Jesús había comenzado remangándose, podríamos decir, porque se había quitado el manto y se había ceñido una toalla y se había puesto a lavar los pies de los discípulos, a todos, sin diferencia ni distinción, sabiendo incluso como ahora les recuerda que uno lo iba a traicionar, incluso a Pedro que ahora se mostraba reticente ante el gesto de Jesús pero sabiendo Jesús que horas más tarde le iba a negar.  Y había terminado diciéndoles, como tantas veces hemos reflexionado, que si El, el Maestro y el Señor,  les había lavado los pies también ellos debían lavarse lo pies los unos a los otros.

‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, escuchamos ahora decir a Jesús. Nos emocionamos quizás ante el gesto de Jesús, pero ahí no nos podemos quedar. Es la actitud de vida que nosotros hemos de mantener, el espíritu de servicio, pero a todos sin distinción, como lo había hecho Jesús. Y eso nos cuesta, porque amar a nuestros amigos, amar a aquellos que nos hacen el bien parece como una correspondencia natural, pero ahí no nos podemos quedar los discípulos de Jesús.

Y esas son las piedras de tropezar que vamos encontrando en los caminos de la vida, porque no todos nos caen bien de la misma manera, y tenemos nuestras reticencias y queremos medir lo que hacemos y a quien lo hacemos; porque nos parece que no todos son merecedores de nuestro amor. No son los merecimientos por lo que nos hayan hecho lo que nos tiene que motivar al amor, es podemos decir por una parte la dignidad de toda persona que nos merece respeto, pero es el considerar que todos son hijos amados de Dios; y si Dios los ama, ¿quién soy yo para enmendarle la plana a Dios y decir que esos no son merecedores de su amor?

Y ya no son solo los que nos pueden caer bien o más o menos regular, sino que Jesús nos ha enseñado a amar también a los que no nos aman, a los que nos hacen daño. Tendríamos que recordar muchas veces aquellas palabras de Jesús en el sermón del monte. Tenemos que recomenzar de nuevo a contemplar esta escena del principio de la cena pascual donde Jesús lava los pies de sus discípulos, también de aquel que le iba a negar a pesar de tantas porfías de amor, pero también a aquel que le traicionaba y con un beso, pero por treinta monedas, iba a entregar al Hijo del hombre.

Qué el Señor nos conceda aprender a amar. Que el Señor sane nuestros corazones y seamos capaces de sentir la paz que nos da el amor. Pero amar con todo lo que en sí significa la palabra, porque el que ama se da, el que ama se entrega, el que ama es capaz de dar la vida por el amado. Lo contemplamos en Jesús. ¿Seremos capaces de hacerlo? Que no seamos personas de palabras bonitas, sino que las obras de nuestro amor auténtico pongan la firma a las palabras hermosas que decimos.

miércoles, 12 de junio de 2024

Amar no es una cosa cualquiera, es algo profundo que nos transforma desde dentro, no es simplemente hacer cosas buenas, en el amor encontraremos la plenitud de nuestro ser

 


Amar no es una cosa cualquiera, es algo profundo que nos transforma desde dentro, no es simplemente hacer cosas buenas, en el amor encontraremos la plenitud de nuestro ser

1 Reyes 18, 20-39; Salmo 15; Mateo 5, 17-19

Bueno, yo trato de ser bueno con todo el mundo, intento no molestar ni ofender a nadie, soy amigo de mis amigos y ayudo a los que me ayudan, pero que no se metan conmigo, que yo tampoco me meto con nadie, no necesita más, ni tanto rezo, ni tanta Iglesia, que para ser bueno no necesita más.

Así piensan algunos y actúan en consecuencia y por supuesto respetamos y valoramos la congruencia que pueda haber en sus vidas, así sentimos en ocasiones la tentación de pensar y de actuar nosotros también, porque quizás la vida nos haya quemado mucho, porque no hemos encontrado las satisfacciones que nosotros queríamos, porque quizá un día recibimos un palo de donde menos esperábamos y nos sentimos defraudados, pero ¿realmente nos podemos quedar satisfechos de un actuar así, de esa manera?

Algunas veces nos volvemos medio anarquistas y quisiéramos quitar todo lo que suene a mandato, que cada uno actúe, decimos, según su conciencia, que no necesitamos mandamientos ni reglas, y estaríamos incluso dispuestos a hacer una revolución en ese sentido. Nos sucede hoy, pero han sido cosas que han sucedido en todos los tiempos. En cierto modo añoramos revoluciones que todo lo cambien, que eliminen todo lo del pasado y que comencemos de nuevo y de cero. ¿No será algo de esto también lo que estamos viendo en nuestra sociedad hoy con movimientos que decimos nuevos que surgen, pero que son tan antiguos como toda la historia de la humanidad?

Algunos también cuando Jesús comenzó a predicar por Galilea y hablaba de algo nuevo cuando hablaba del Reino de Dios, quizás de alguna manera estaban pensando en una revoluciona si. Había entonces también ciertos movimientos de resistencia, de renovación, de deseos de cambio, que en cierto modo lo concretaban algunos sectores en una liberación de Israel de yugos extranjeros que consideraban opresores. ¿Se habrían imaginado que Jesús iba por esos caminos? Algunas inquietudes en ciertos sectores iban apareciendo en quienes de entrada rechazaban a Jesús.

Pero hoy vemos que Jesús habla claro. Estamos en lo que llamamos el sermón del monte, por el lugar en que sitúa Mateo estas palabras de Jesús que vienen a ser como un resumen de lo que El venía a enseñarnos lo que era el Reino de Dios que anunciaba. Era la Buena Noticia que había que aceptar y creer en ella, y para lo que se necesitaba también una renovación profunda del corazón; por eso hablaba Jesús de conversión.

Y Jesús nos habla de que El no viene a anular la ley, sino a darle plenitud. Como decíamos antes queremos quitar de en medio todo lo que signifique mandato, mandamiento, reglas de vida, porque pensamos que todo eso coarta nuestra libertad; claro consideramos que libertad es hacer lo que a cada uno le de la gana. Pero Jesús viene a decirnos que lo que tenemos que hacer es encontrar el sentido de esos mandamientos; como nos dice El, que le demos plenitud, que le demos sentido, que le demos hondura a la vida.

No se trata de que vayamos como corderitos cumpliendo a la letra lo que son las normas, si para nosotros no tienen sentido; entonces sí que estaríamos siendo de alguna manera esclavos de la letra. Jesús quiere que le demos plenitud, que encontremos de verdad el sentido de todas las cosas. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley’.

Es el verdadero camino que hemos de hacer. Y Jesús vendrá a decirnos a lo largo de todo este sermón de la montaña que será el amor en lo que encontremos esa plenitud, pero eso nos dirá al final que es su único mandamiento. Pero amar no es una cosa cualquiera; amar es algo profundo que nos transforma desde dentro; amar no es simplemente hacer cosas buenas, sino que Jesús nos irá hablando de la amplitud de todo lo que significa ese amar. Ya lo iremos escuchando.

¿Cuál es la postura que allá en lo más hondo de nosotros mismos tenemos ante los mandamientos del Señor?

jueves, 6 de junio de 2024

Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

 


Ojalá podamos escuchar de labios de Jesús, por la calidad de nuestro amor, que tampoco nosotros estamos lejos del Reino de Dios

2Timoteo 2, 8-15; Sal. 24; Marcos 12, 28b-34

Hay preguntas que en ocasiones se hacen y vienen cargadas, como alguna vez hemos reflexionado sobre ello, de malas intenciones, de querer poner en un aprieto al que es preguntado, o también sucede que estamos buscando una respuesta que coincida con nuestros intereses, se va no por conocer la verdad, sino por querer afirmarnos en nuestro orgullo o en nuestras cosas.

Pero hay preguntas, aunque nos parezcan muy sencillas y muy elementales, que están hechas con rectitud y sinceridad; preguntas que nacen del deseo de conocer y de profundizar; preguntas en las que realmente buscamos crecer, porque en la respuesta queremos encontrar una ayuda en ese camino de ascensión que tiene que ser siempre nuestra vida. 

Nos pueden parecer cosas muy elementales y que nosotros damos por sabidas, pero quien hace la pregunta tiene una inquietud y un deseo de dar un paso más, de avanzar, de comprender mejor, de encontrar una luz que pudiera estar faltando a su vida. Tenemos que ser acogedores con esas personas e incluso agradecerles que nos hagan esas preguntas, porque seguramente nos van a ayudar a avanzar también nosotros en ese conocimiento y en esa vida.

Es lo que nos cuenta hoy el evangelio. Cuidado nosotros no vayamos de entrada con nuestros prejuicios, por otros escribas que acudían a Jesús con preguntas pero para ver cómo podían cogerle. En el texto que con toda sencillez nos ofrece hoy el evangelista no encontramos eso, sino una pregunta, sencilla y elemental, pero que en la respuesta de Jesús precisamente nos va a ayudar a ver con toda amplitud lo que significa el amor a Dios.

‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ es la pregunta con la que viene aquel escriba. Ya sé lo que tantas veces hemos dicho que como escriba él tenía que saber muy bien cual era ese primer mandamiento, porque así tenía que enseñarlo al pueblo en su misión de escriba, y en la Escritura estaba bien claro. Pero dejemos que Jesús nos responda y lo haga precisamente recordando lo que nos dice la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’.

Jesús no hace otra cosa que recordarnos lo que estaba en la Escritura Santa y que era algo que todo buen judío sabía y repetía cada día muchas veces porque venía a ser algo así como una oración y como una profesión de fe.

Pero Jesús como vemos no se queda en responder a cual es primer mandamiento, sino que utilizando también la Escritura concluirá. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Nos a poner Jesús en un mismo nivel el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas con el amor que hemos de tener al prójimo. Y nos dice ‘no hay mandamiento mayor que estos’. Ahí lo tenemos, no hay otra forma de expresar lo que es el amor que le tenemos a Dios que amando al prójimo. Y no de cualquier manera. Nos dice ‘como a ti mismo’. Sí, tenemos que amarnos a nosotros mismos, y lo tenemos que hacer porque estamos reconociendo la grandeza que Dios nos da cuando nos ama; y si nos ama Dios, también nosotros tenemos que amarnos, porque desde ese amor de Dios tenemos que cuidar nuestra vida.

Y el escriba en consecuencia se hace una reflexión. Sigue ahondando en todo lo que significa ese amor de Dios y ese amor al prójimo que Jesús le está señalando – ha sido un paso adelante que Jesús está dando y al que está invitando a aquel escriba, como nos está invitando a nosotros también – y el escriba concluirá que ese amor, así como nos lo ha señalado Jesús, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Esto nos daría pie para pensar en muchas más cosas. Y es eso fácil que hacemos muchas veces que es ofrecer cosas pero no ofrecer amor. Nos vale pensarlo en todo lo que significa un auténtico amor que hemos de tener a los demás – hacemos regalos pero no amamos -, pero nos lleva también a lo que es el amor que le tenemos a Dios, hacemos ofrendas, cuantas cosas preciosas y costosas somos capaces de regalar a la Iglesia - ¿será para que quede allí el nombre para siempre en una plaquita? – pero nos olvidamos del amor verdadero.

Jesús le dice a aquel escriba porque se ha hecho una reflexión muy sensata, ‘no estás lejos del Reino de Dios’. ¿Podremos escuchar nosotros también esa alabanza de Jesús? ¡Ojalá!

viernes, 8 de marzo de 2024

Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

 


Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

Tenemos que comenzar por escuchar. Eso que nos cuesta tanto. Somos muy charlatanes, en todos los sentidos. Y quizás lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos. Si por la vida fuéramos con oído más atento, con nuestros sentidos más abiertos para captar y sentir lo que palpita a nuestro alrededor, otras seguramente serían nuestras actitudes, las posturas que tomamos ante los demás, las razones que encontramos para darle un nuevo sentido a la vida.  Pero nos hemos creado nuestro castillo de sueños y de ilusiones y algunas veces está en el aire. Nos hemos hecho nuestras ideas y según nuestro yo queremos siempre actuar, y hay algo distinto, hay otra cosa, hay otra forma de mirar. ¿Por qué no nos ponemos a escuchar, por qué no nos ponemos a escuchar a Dios?

Fijémonos en el texto del evangelio que hoy se nos propone, e incluso fijémonos también en la lectura profética. Un escriba se acerca a Jesús para preguntarle cuál es el primer mandamiento, cuál es lo primero que tenemos que cumplir. Y Jesús responde con literalmente con un texto de la Escritura, texto por otra parte que todo buen judío conocía y repetía muchas veces al día, porque era siempre su manera de orar a Dios y hacerle presente en su vida, aunque muchas veces se quedar en un repetir formalmente unas palabras sin fijarse en su verdadero contenido.

Y Jesús, en esta ocasión, comienza repitiendo textualmente lo que decía la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Fijémonos cómo comienza el texto, primero que nada tenemos que escuchar y según lo escuchado actuaremos en consecuencia con ese amor a Dios sobre todas las cosas.

‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Escuchar y reconocer es mucho lo que implica. Sí, es un acto de fe, para reconocer que nuestro Dios es nuestro único Señor. ¿Qué significa esto? ¿Por qué es el único Señor? Con una palabra tenemos que responder, por su amor. Es una manera de recordar y reconocer todo lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo a través de toda su historia. Cuando Moisés transmite estas palabras al pueblo tienen aún reciente como se han visto liberados de Egipto, cómo con la acción de Dios pudieron atravesar el mar Rojo abriéndose sus caminos ya para siempre para la libertad; como Dios se ha hecho presente en su travesía por el desierto, costosa es cierto, pero allí ha estado el Señor como una columna luminosa y como un nube que les daba sombra para suavizar el camino. Ahí recuerdan toda la historia de la salvación, que es toda una historia de amor, y Dios es el único Señor, al que adorar y al que amar con el todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo su ser.

Escuchemos nosotros también. Escuchemos toda esa historia de amor de Dios en nuestra vida. Si nos detenemos y nos ponemos a escuchar será mucho lo que tenemos que reconocer. Cada uno tiene su historia, sus luchas, sus fracasos, sus esfuerzos, sus trabajos, sus tropiezos, sus momentos de sombras pero también sus momentos de luz. Recordemos con sinceridad, escuchemos lo que sentimos en el corazón. Es mucho lo que hay en lo que se ha manifestado ese amor de Dios. ¿Cómo no le vamos a amar también sobre todas las cosas?

Pero escuchemos también que esa voz que resuena fuerte en nuestro interior nos hace mirar algo más; tenemos que mirar en nuestro entorno, tenemos que mirar a los que caminan a nuestro lado, tenemos que mirar a nuestro prójimo. Y no los podemos dejar fuera de ese amor. Es que no sería verdadero el amor que le tuviéramos a Dios si no amamos a los hermanos que son también sus hijos, si no somos capaces de amarnos como nos amamos a nosotros mismos. Es con lo que concluye la respuesta de Jesús.

Ojalá escuchemos también desde esa voz de Dios que por nuestro amor a nosotros nos dice también ‘no estás lejos del Reino de Dios’.


domingo, 7 de mayo de 2023

Camino seguro y sin error que nos conduce al Padre, sigamos las huellas de Jesús, Camino, Verdad y Vida

 


Camino seguro y sin error que nos conduce al Padre, sigamos las huellas de Jesús, Camino, Verdad y Vida

Hechos 6, 1-7; Sal 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

Vaya lío nos armamos a veces con los caminos; que si para llegar a un determinado lugar es mejor coger este camino que no aquel otro, porque nos lleva más lejos, porque tarda más, porque es un engorro ir por ese camino; discusiones entre amigos o entre vecinos en muchas ocasiones porque cada uno tiene su punto de vista, cada uno tiene su experiencia o sus fobias y eso le hace coger distinto camino.

Pero ahora no se trata de coger esos caminos geográficos o esas determinadas rutas sino que se nos está planteando algo más hondo en lo que nos va la vida. Hay caminos que son malos, que son peligrosos, que son un señuelo y entonces son engañosos. Y no se trata, venimos diciendo, de esos caminos geográficos sino del sentido y del rumbo que le queremos dar a la vida, de la meta a la que queremos llegar, del ideal que nos va a dar una mayor plenitud de vida.

Y aquí es donde entra el evangelio de Jesús. Ahí entran los planteamientos de vida que nos hacemos, donde vamos a encontrar el sentido de nuestra vida, importe lo que importe, pero clara ahí vienen los engaños con las rebajas. Cuando queremos hacer una opción de vida nos creemos que estamos en unos grandes almacenes en la hora de las rebajas, vamos a ver cuanto nos rebajan aquí, vamos a ver qué es lo que nos ponen más fácil, vamos a ver si nos quitan o ponen de perfil ciertas cosas, porque de eso no me quiero desprender, y total tan malo no es porque son cosas de la vida y la vida la tenemos para disfrutarla. Cuántas cosas nos decimos muchas veces en este sentido, cuántas rebajas queremos hacernos. Vamos a ver si tenemos una bula por la que demos unos dineritos y ya nos ahorramos aquellos sacrificios, aquellas cosas que nos pueden costar tanto.

Las palabras que hoy le escuchamos a Jesús forman parte de aquel discurso de Jesús como despedida en la última cena. Jesús nos está revelando el misterio más profundo de su misma vida porque nos está abriendo toda la ternura de su corazón. Habla de su marcha, pero de su vuelta, nos dice que no andemos preocupados ni agobiados, que no perdamos la calma ni la paz sino que pongamos toda nuestra fe en El. Nos prepara sitio, quiere tenernos junto a si. Es la plenitud de vida que nos ofrece.

Pero los discípulos parece que andan en otra onda, no terminan de entender todo aquello que Jesús les ha anunciado y va a suceder por eso comienzan a hacer preguntas. Benditas preguntas las de los discípulos porque así se nos aclaran también muchas dudas.  Ojalá supiéramos hacer preguntas en lugar de quedarnos con nuestras dudas o nuestros miedos dentro de nosotros. Hacer preguntas, pero hacérnoslas a nosotros mismos para ver realmente hasta donde llega nuestra fe y nuestro compromiso.

Y es cuando Jesús nos dice que no hay otro camino que El mismo. ‘Nadie va al Padre sino por mí’. No solo es la revelación de Dios, la Palabra de Dios que ha plantado su tienda en nosotros y entre nosotros, sino que es la única verdad que nos conduce hasta Dios. No hay otro camino. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’, nos dirá con toda radicalidad.

Y ya sabemos como es el camino de Jesús. Aunque no hemos de tener miedo. En otro momento nos dirá que desde nuestros agobios y nuestros miedos vayamos a El, porque El es nuestro descanso, que aprendamos de El porque El es manso y humilde de corazón y en eso es en lo que tenemos que imitarlo, parecernos a El, hacernos una sola cosa con El. Aunque nos dirá que sin El nada podemos hacer, aunque nos dirá que estamos con El o estamos contra El, que tenemos que decantarnos, sin embargo nos dirá que su yugo es llevadero y su carga ligera.

De esperanza se llena nuestro corazón. Escuchándole nos dan ganas de amarle y amarle cada día más porque con El nos sentimos tan seguros.  Nos entra una ilusión grande en nuestro corazón por conocerle más y más, por empaparnos de su vida, por llenarnos de su sabiduría de Dios. Deseos de escucharle más, deseos de vivirle, deseos de amarle tanto que nos lo queremos comer, como lo hacen los enamorados, los que se quieren de verdad.

Tenemos camino seguro y sin error. Tenemos a Jesús. Tenemos que empaparnos de su evangelio. Ahí tenemos todas las rutas marcadas, mejor, la única ruta, porque tenemos a Jesús que nos revela al Padre, que nos lleva al Padre, que nos quiere hacer vivir con El en el Padre.

martes, 14 de junio de 2022

Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

 


Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Aunque habitualmente cuando escuchaban hablar a Jesús la gente sentía como les ardía de nuevo el corazón porque se despertaban muchas esperanzas en el mundo nuevo que les anunciaba Jesús, también es cierto que en ocasiones salían perplejos y confundidos porque de alguna manera les parecía muy sublime lo que Jesús les anunciaba y les podía parecer una utopía irrealizable su mensaje. En más de una ocasión salían diciendo que era dura aquella doctrina, algunos incluso no querían escucharle más.

Siempre recuerdo las palabras proféticas del anciano Simeón que hablaba de un signo de contradicción y que aquel niño iba a significar que se decantasen clara y valientemente ante su figura y su mensaje. Esa perplejidad se les producía cuando Jesús les hablaba de aquel estilo nuevo de amar que habían de tener lo que le siguieran y quisieran llamarse sus discípulos. Porque bueno, eso de amar está bien, y ya amamos a los que están cercanos a nosotros, ya amamos a la familia, a los que son nuestros amigos o a aquellos que han hecho algo en algún momento por nosotros. Pero ¿amar también a los enemigos? Si ya nos cuesta amar a los amigos, porque siempre estamos tentados a mirar primero las sombras que lo que podría ser objeto de amor en ellos, ¿Cómo vamos a amar a los que nos hayan hecho mal, nos hayan hecho daño?

La perplejidad no fue solo de los que entonces le escuchaban en aquel sermón del monte, porque esa perplejidad la seguimos teniendo hoy los que vivimos en el siglo XXI. Pero ahí está precisamente la sublimidad de lo que es el amor verdadero, el amor en el sentido de Cristo. Porque no son puros sentimientos de afecto lo que se nos pide, que pueda surgir fácil de nosotros cuando de alguna manera queremos corresponder a algo bueno que nos han hecho. No son simples palabras que nos sirvan de base para una bonita poesía o para ponerle música en una hermosa canción. No son emociones momentáneas que pueden aparecer en un momento determinado pero que luego pronto se borran como se secan las lágrimas de nuestros ojos.

Y es que lo sublime que Jesús nos está proponiendo es un amor como el suyo, un amor como el que Dios nos tiene. Nos dirá que amemos al prójimo, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Es que tenemos que comenzar por poner a ese que tiene que ser objeto de nuestro amor como prójimo nuestro. No lo miramos en la lejanía, a la distancia, lo ponemos a nuestro lado, lo hacemos nuestro prójimo, y al final nos terminará diciendo que lo miremos como un hermano.

No es cualquier cosa. Es una nueva mirada. Es un nuevo lugar que ha de ocupar en nuestra vida, porque tenemos que ponerlo cerca de nuestro corazón para que sea nuestro prójimo. Entonces ha de surgir una nueva comunión de amor; entonces sabremos hacer como lo hizo El desde la cruz amar disculpando, perdonar porque está amando a quien disculpa incluso de aquello que haya hecho mal.

Claro que esto no se puede hacer de cualquier manera, ni lo puede hacer cualquiera; lo podemos hacer quienes sabemos llenarnos de Dios, quienes sabemos dejarnos conducir por su Espíritu, quienes ponemos a Dios en el iris de nuestros ojos para tener una mirada nueva, una mirada luminosa, una mirada de amor. Hoy nos dirá que recemos por aquellos que nos han hecho mal. ¿Qué significa rezar así? No es recitar una fórmula, no es una buena voluntad de decir mira Señor a aquel que me hizo mal para que cambien sus actitudes o sus posturas, es decirle al Señor dame tu fuerza para que pueda amarlo con tu amor, dame tu luz para que pueda mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para que yo sea capaz de ponerlo en el mío.

Es un amor nuevo, es un amor más sublime, es un amor divino con el que comenzaremos a amar desde lo más hondo del corazón.


viernes, 7 de mayo de 2021

Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

 


Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Cuando buscamos la importancia de una persona en la vida podemos tener la tentación de buscar grandezas humanas bajo el epígrafe del poder, del prestigio, de la riqueza, de los títulos que hayamos conseguido y cuando no somos capaces de alcanzarlo por ahí porque otros se nos han adelantado podríamos sentirnos frustrados, amargados o como seres inútiles. Ya sabemos como colocamos en nuestros despachos o en aquellos lugares de honor de nuestras casas los títulos que hayamos conseguido para recordarnos a nosotros mismos quizás, pero para restregárselo por las narices a quienes los vean, lo importante que nosotros somos.

En el ámbito en que probablemente se lea esta reflexión quizá me podéis llamar exagerado, o incluso decirme que esos no son nuestros estilos habitualmente. Pero me vais a permitir que mantenga esta consideración inicial, porque en el fondo hemos de reconocer que son tentaciones por las que pasamos y que es muy fácil dejarnos arrastrar por la corriente.

¿Dónde está verdaderamente esa grandeza del ser humano? Directamente tenemos que decir en nuestra capacidad de darnos hasta ser capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos. El que se da y es capaz de darse sin medida – lo que no siempre es fácil – ha comprendido la verdadera grandeza de su vida, está mostrándonos la madurez a la que ha llegado y ha descubierto lo que da verdadero sentido a su vida.

Es cierto que trabajamos y nos afanamos en la vida porque también queremos tener unos rendimientos que mejoren nuestra propia vida y la de aquellos que están bajo nuestra responsabilidad; así desarrollamos de la mejor manera todas nuestras posibilidades y capacidades, sacamos a relucir los mejores valores y cualidades, pero lo hacemos no encerrándonos en nosotros mismos y solo en unos intereses particulares sino que además estamos viendo todo lo que podemos contribuir con esa riqueza de nuestra vida al bien de los demás, a la mejora de nuestra sociedad.

La grandeza mayor de nuestra vida es amar. Y cuando amamos aunque alcanzamos un grado de felicidad insuperable no estamos pensando solo en nosotros mismos sino que estamos queriendo enriquecer y hacer felices a aquellos a los que amamos. Por eso Jesús nos dirá hoy que lo mayor que podemos hacer es amar hasta ser capaz de dar la vida por aquellos a los que amamos.

La verdad que es sublime lo que Jesús nos propone. Y es que ese será el verdadero sentido de nuestra vida; como nos dice hoy, su único mandamiento. Pero cuando Jesús nos está hablando aquí de mandamiento no nos está hablando de una imposición, de algo que tenemos que hacer simplemente porque está mandado, sino que nos está hablado de un sentido de nuestro existir. Amar no se puede por obligación.

Tendríamos que escuchar de nuevo con detenimiento las propias palabras de Jesús. Rumiarlas en nuestro corazón porque será la manera de hacerlas vida nuestra. ‘Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’.

¿Y de donde arranca todo esto?, podríamos preguntarnos. Como escuchábamos ayer, de que somos amados de Dios, de que Dios nos ama. Y como nos dice Jesús El nos ha elegido. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros’. Si nos ha elegido es porque nos ha amado; elegimos a los que amamos. Por eso nos llama amigos. Por eso nos dice que así nos ha revelado todo lo que es el corazón de Dios. Nos eligió para regalarnos su amor, pero nos eligió para que viviéramos en ese amor, para que así amáramos también a los demás.

Es nuestra verdadera grandeza. Es lo más hermoso que podemos hacer. Es lo que nos hace felices y con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean haciendo un mundo mejor.

martes, 14 de mayo de 2019

Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también


Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
Amor y amistad, elección y alegría, revelación de Dios y cumplimiento de los mandamientos son ideas, pensamientos que se entremezclan en el texto del evangelio que acabamos de escuchar. Forma parte de aquel diálogo intenso de Jesús con sus discípulos en la despedida de la última cena. Como a borbotones van saliendo las cosas del corazón de Cristo y aunque parezca que se entremezclan las ideas y los pensamientos, es que Jesús va derramando cuanto desborda de su corazón lleno de amor por sus discípulos en aquellas horas en que era inminente la entrega para el comienzo de la pascua de Cristo.
Hay momento en la vida en los que llenos de emoción por los acontecimientos que vivimos y sobrepasados por la inmensidad de sentimientos que brotan de nuestro corazón parece que balbucimos las cosas pero es que estamos dejando que broten de nosotros como un torrente toda aquello que en nuestro amor queremos expresar. Nos puede surgir a nosotros ante la emoción de lo inesperado o también ante el nerviosismo de lo que se nos viene encima que sabemos que es grande y que nos embarca en acontecimientos o aventuras que sabemos que van a tener especial trascendencia para nosotros o para aquellos a los que amamos.
Insiste Jesús una y otra vez en que tenemos que amarnos y  nos manifiesta como el gran motivo el amor que nos tiene el Padre. Es que hay como una cadena de amor que no podemos, no debemos romper. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos lo dice una y otra vez, nos lo repite. Y quiere que vivamos en alegría, una alegría que no puede faltar en nuestra vida desde que sabemos que somos amados de Dios. Qué gozo el sentirse amado.
Que expresión nueva y bonita vamos a encontrar en aquel que sintiéndose quizá poca cosa en la vida y que piensa que nadie le tiene en cuenta, un día descubre o alguien le ayuda a que pueda descubrirlo que él es amado, que hay alguien importante que quiere contar con El, que le ama y que de alguna manera le elige para que emprenda una inmensa tarea. La alegría llenará su corazón y desbordará en mil señales que le hacen como sentirse un hombre nuevo.
Pues a nosotros nos dice que somos sus amigos, primero porque ha sido El quien nos ha elegido en su amor y luego porque también nos revela los grandes misterios de Dios allá en lo más profundo de nuestro corazón. Y nos pide entonces que correspondamos a esa amistad que nos regala, y no lo podemos hacer sino haciendo lo que es la voluntad de Dios. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos dice.
Y continúa diciéndonos: ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Y nos manifiesta cómo El nos ha elegido; y ser elegido es por así decirlo que El ha pensado en nosotros con su amor. No elegimos a quien no amamos, y amar es poner no solo en nuestro pensamiento sino en nuestro corazón a aquel a quien amamos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
¿No tenemos motivos más que suficientes para vivir siempre con una alegría grande en nuestro corazón? Y la alegría no la podemos encerrar, la alegría se desborda, se trasmite, se contagia. ¡Qué triste cuando vemos cristianos que van por la vida siempre con el ceño fruncido! Quitemos de nuestros rostros esas señales de tristeza y amargura que parece que siempre fuéramos por la vida con dolor de estómago. Quitemos esas colgaduras oscuras de la tristeza porque siempre tendría que resplandecer la alegría de sentirnos amados de Dios. Y cuando así nos sentimos amados necesariamente tendremos que ponernos a amar con el mismo amor

martes, 8 de octubre de 2013

Donde aprendemos lo que es el servicio poniéndonos a los pies de Jesús

Jonás, 3, 1-10; Sal. 129; Lc. 10, 38-42
Jesús iba subiendo a Jerusalén y ya sabemos por otros comentarios que nos hemos hecho todo lo que significaba aquella subida. Muchas cosas han de ir sucediendo y grande será el mensaje que nos va dejando. Hoy se nos habla de hospitalidad y de acogida, de servicio y de apertura a la Palabra de Dios.
Allí en una aldea junto al camino que conduce a Jerusalén cuando ya está cercana la ciudad una familia acoge a Jesús y a los discípulos. La hospitalidad del semita les hace tener siempre abiertas las puertas para quien pasa junto a ellos, y tras la larga subida desde el valle del Jordán y desde la lejana Galilea el lugar era propicio para el descanso y el recuperar fuerzas antes de superar el monte de los olivos para entrar en Jerusalén.
Era quizá, sin embargo, un lugar habitual de parada de Jesús, por cuanto en otro lugar se hablará de la amistad especial que tienen aquellos hermanos con Jesús. Y allá está María sentada a los pies de Jesús escuchándole mientras Marta está afanada en el servicio preparando todo para acoger de la mejor manera y como se merecen en las normas habituales de la hospitalidad a quienes han llegado a aquel hogar.
Ya hemos escuchado el diálogo en cierto modo quejumbroso que se entabla entre Marta y Jesús porque preocupada como está por tenerlo todo preparado juzga, sin embargo, que su hermana no está prestando la colaboración que juzgaba necesaria. ¿Reproches?, ¿quejas nacidas de un corazón lleno de amor? ¿ansias del mejor servicio de hospitalidad? respuesta de Jesús para que nos hagamos una buena escala de valores y no falte el servicio, como tantas veces nos ha enseñado, pero no nos falte nunca nuestra acogida a Dios y a su Palabra.
No dice Jesús que no tenga importancia y valor lo que Marta está haciendo. Ella desea lo mejor y en su hospitalidad está queriendo responder de la mejor manera a lo que Jesús tantas veces había pedido que es el espíritu de servicio para darse y gastarse por los demás buscando siempre lo bueno. Claro que la respuesta de Jesús nos podrá hacer pensar y valorar cuál es el mejor servicio que podemos prestar a los demás.
Pero también hay que tener como primordial la actitud de María que también es acogida y un querer predisponer el corazón para el mejor servicio. ¿Cómo podremos llegar a esa donación de nosotros mismos que es el servicio a los demás si no es desde la fuerza que en el Señor encontramos? Necesitamos como María sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su Palabra en lo hondo del corazón. Solo cuando nos sentamos de verdad a los pies de Jesús podremos aprender lo que es el amor, lo que es el servicio verdadero.
Sentados a los pies de Jesús podremos sentir el calor de su corazón, de su amor para contagiarnos de él hasta impregnarnos en lo más íntimo y profundo de nosotros. Sentados a los pies de Jesús recibiremos su gracia que nos ayudará a superar momentos de decaimiento, a no dejar que entre la frialdad en nuestro corazón.
No podemos quedarnos lejos de Jesús; tenemos que aprender a estar cerca de El. Como Marta y María acogieron a Jesús en su hogar de Betania, nuestro corazón, nuestra vida tiene que tener siempre las puertas abiertas para recibir a Jesús. Y acogemos y recibimos a Jesús cuando escuchamos su Palabra, cuando celebramos los sacramentos, cuando intensificamos nuestra oración, cuando acudimos a las puertas del Sagrario, sabiendo que El está ahí verdaderamente presente para escucharnos y para hablarnos allá en lo más intimo de nosotros mismos.
Pero sabemos también cómo El quiere llegar hasta nosotros en el prójimo, en el hermano que está a nuestro lado; ya sabemos lo que Jesús mismo nos repetía muchas veces de que cuanto le hiciéramos al prójimo que está a nuestro lado a El se lo hacíamos. Ahí tenemos que abrir nuestro corazón al amor, al servicio. Cuántas oportunidades tenemos de encontrarnos con Jesús y servirle en los hermanos.

Repitamos esa escena de Betania en la vida nuestra de cada día y recibamos a Jesús. 

viernes, 8 de marzo de 2013


Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz

Oseas, 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz’, hemos repetido en el salmo rumiando en nuestro interior esta palabra del Señor que nos ama y nos invita a escucharle y a seguirle.
‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos, seré rocío para Israel… brotarán sus vástagos…’ Es hermosa esta descripción que nos hace el profeta Oseas del amor del Señor para con nosotros; un amor que no se acaba, nos llena de bendiciones expresadas en esas imágenes llenas de poesía y encanto que vienen como a rememorar lo que era aquel jardín en que Dios colocó al hombre cuando lo creó, como nos describen las primeras páginas del Génesis.
Un amor que el Señor nos ofrece cuando volvemos nuestro corazón a El, olvidando para siempre nuestros errores y pecados; nos corrige y olvida para siempre nuestros pecados. Nos ama y cuando nos convertimos a El nos llena de bendiciones.
¿Cómo no amar nosotros al Señor y amarlo sobre todas las cosas? En el evangelio hemos escuchado que un escriba se acercó a Jesús preguntándole: ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Si reconocemos que Dios es nuestro Señor, que Dios es un Padre bueno que nos ama, no puede haber otro mandamiento, no puede haber otra respuesta que el amor.
Jesús respondió citando textualmente el texto del Deuteronomio que todo judío se sabía muy bien porque era una proclamación de su fe en Yahvé como el único Señor y en consecuencia todo lo que había de ser su vida. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús continuó: ‘El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.
Ese amor a Dios con todo nuestro ser, con toda nuestra vida, sobre todas las cosas y ese amor al prójimo, como diría luego el escriba, ‘vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. No son cosas las que tenemos que ofrecer al Señor. Es nuestro corazón. Nuestro corazón todo para el Señor. No importan las cosas sino lo que importa es la vida. Importan las ofrendas que podamos hacer si no somos capaces de ofrecer nuestro corazón al Señor amándole sobre todas las cosas.
Y amar al Señor así, con un amor total, no significa que nos tengamos que olvidar de los demás. Todo lo contrario. Desde ese amor que le tenemos así al Señor con toda la radicalidad de nuestra vida es cuando aprendemos a amar y amar de verdad a los demás porque ya al prójimo comenzaremos a verlo como un hermano.
Por eso, a la réplica que le hace el escriba Jesús le dirá que no está lejos del Reino de los cielos, del Reino de Dios. Vivir el Reino de Dios es sentir que Dios es nuestro único Rey y Señor y para El todo nuestro amor; por eso cuando queremos comenzar a vivir el Reino de Dios de verdad comenzaremos a amar también de verdad a nuestros hermanos y comenzaremos a hacer ese mundo nuevo del amor, de la paz, de la comunión, de la justicia, de la alegría honda y verdadera. Será nuestro compromiso. Será la consecuencia del amor de Dios. Será la forma de proclamar que Dios es nuestro único Señor.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, comenzamos recordando lo que habíamos repetido en el salmo y recordábamos esa hermosa página de Oseas que nos hablaba del amor que el Señor nos tiene que nos colma de bendiciones. Escuchamos, pues, la voz del Señor y queremos amarle y amarle con todo el corazón, sobre todas las cosas. Escuchamos la voz del Señor y comenzamos a amar también al prójimo como a nosotros mismos. Escuchamos la voz del Señor y queremos vivir en el Reino de Dios con todas sus consecuencias.

lunes, 8 de agosto de 2011

Teme al Señor tu Dios y sigue sus caminos…


Deut. 10, 12-22;

Sal. 147;

Mt. 17, 21-26

‘Ahora Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y le ames…’ Así nos comenzaba a decir el texto que hemos escuchado del Deuteronomio hoy en la primera lectura.

Comentar que hemos ido escuchando los primeros libros de la Biblia, el Génesis, el Exodo, el Lévitico, Números en diversos textos de la historia de los patriarcas, de la salida de Egipto y su camino por el desierto hacia la Tierra Prometida.

El texto que hoy hemos escuchado es del Deuteronomio que es el quinto libro de ese conjunto que se llama el Pentateuco, los libros de la ley, la Torá, como dicen los judíos. Este libro está redactado como si fueran grandes discursos de Moisés al pueblo recordándoles la ley del Señor y cómo han de vivir al establecerse en la tierra que el Señor les va a dar. Sólo vamos leyendo textos escogidos en la imposibilidad de leer capítulo a capítulo todos y cada uno de los libros. En pocos días veremos ya la entrada del pueblo peregrino en Palestina.

El texto hoy proclamado tiene un hermoso mensaje. Como recordábamos Moisés se pregunta ‘¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios?’ ¿Cuál es lo fundamental, el principal mandamiento? ‘Que temas al Señor tu Dios, sigas sus caminos y le ames…’ Servir al Señor con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo los mandamientos del Señor.

Mandamientos del Señor, como nos dice, que son para nuestro bien. Sí, quizá alguno podría preguntarse, ¿y qué gano yo con cumplir los mandamientos del Señor? Pues como nos dice son para nuestro bien, son el camino de la mayor dicha y felicidad del hombre. Es nuestro gozo sentirnos amados del Señor y corresponderle con nuestro amor.

Como nos dice, es nuestro orgullo servir y amar al Señor. Por eso nos pide que no endurezcamos el corazón. ‘Circuncidad vuestro corazón, no endurezcais vuestra cerviz…’ La circuncición no puede ser un rito externo, corporal solamente, sino que tiene que ser desde el corazón. De cuántas cosas tenemos que purificar nuestro corazón, cuántas actitudes egoistas, insolidarias y orgullosas tenemos que arrancar de él. Será algo que luego van a repetir continuamente los profetas.

Pero hay algo importante que se nos resalta en este texto. Ese servir y amor al Señor tiene que pasar por el amor y la misericordia que tengamos con los demás. Dios ‘hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido’. Por eso nos dice: ‘Amaréis al forastero, porque forastero fuiste en Egipto…’ y el Señor hizo maravillas en vuestro favor. Pues de la misma manera tenemos que actuar. Será lo que luego Jesús nos enseñará en el evangelio, el amor a todos.

Creo que todo esto tiene que ayudarnos a reflexionar. Reconocemos las maravillas que el Señor hace a favor nuestro y le amamos, pero ya sabemos cómo y donde tenemos que manifestarle nuestro amor.

martes, 29 de diciembre de 2009

Las profecías se realizan, las promesas de Dios se cumplen también en el hoy de nuestra vida

1Jn. 2, 3-11
Sal. 95
Lc. 2, 22-35


Las profecías anunciadas tienen se realización segura y las esperanzas su cumplimiento. Es algo que podemos afirmar con pleno convencimiento sobre todo con lo que estamos celebrando en estos días, el nacimiento del Señor, la Navidad del Señor. No sólo como la celebración de un recuerdo histórico sino en el pleno sentido que tiene la celebración cristiana donde hacemos vida, vivimos en el hoy de nuestra vida lo que celebramos.
En las lecturas que vamos escuchando estos días del tiempo de la Navidad, aparte las grandes celebraciones, iremos escuchando por una parte en la primera lectura la carta primera de san Juan y en el Evangelio completaremos todo lo que san Lucas nos narra de los hechos de la infancia de Jesús.
Hoy en el evangelio escuchamos el relato de la presentación de Jesús en el templo. Vamos a fijarnos en algunos aspectos. Nos habla de Simeón. ‘Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel…’ Es la imagen de la esperanza, de la esperanza cierta y de la esperanza que se ve cumplida. El Espíritu del Señor le había hecho sentir en su interior ‘que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor’.
Esas promesas de Dios se cumplen. ‘Impulsado por el Espíritu Santo fue al templo’. Allí lo que se va a encontrar le va a llenar de alegría y de gozo. Con los ojos del que sabe descubrir los misterios de Dios, con los ojos de la fe profunda y de la esperanza que anima su vida, va a descubrir en aquel niño que aquel joven matrimonio está presentando al Señor al Mesías de Dios.
Ya puede morir. Las profecías se han realizado. Las promesas que el Señor le hizo se han cumplido. ‘Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel’.
Allí está el Mesías de Dios, el Enviado, el Ungido, el Salvador, la luz y la gloria. Allí está Jesús, de quien el ángel dijo que se llamaría así porque salvaría a su pueblo de sus pecados. ‘¡Puedes dejar a tu siervo irse en paz…!’
¿No es eso lo que estamos celebrando? ¿No es eso lo que estamos viviendo en estos días? Ha llegado la salvación, para nosotros todo es luz y es vida, todo es gracia y salvación. Ya nuestra vida es distinta, tenemos que estar llenos de luz; lejos de nosotros las tinieblas del pecado y de la muerte. ¿No hemos comenzado a amarnos más en estos días? Es lo que en verdad tenemos que estar realizando porque estamos viviendo la Navidad.
Si no fuera así, como nos dice san Juan hoy en su carta, seríamos unos mentirosos, unos embusteros. ‘Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano, permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos’.
Tendría que hacernos pensar. Es para leerlo una y otra vez y mirar su vida para saber si está en las tinieblas o está en la luz. Pidámosle al Señor que seamos capaces de estar en la luz, que nos dé capacidad para amar y amar de verdad a nuestros hermanos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Tendremos que conocer la meta antes de emprender el camino

Rom. 13, 8-10
Sal. 111
Lc. 14, 25-33


‘¿Quién de vosotros si quiere construir una torre no se sienta primera a calcular los gastos a ver si puede terminarla?’ El evangelio dice que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. Siguen a Jesús, pero ¿por qué le siguen? ¿hasta donde están dispuestos a llegar? Y a la hora de plantear el interrogante no sólo les habla de construir la torre sino también del rey que va a hacer la guerra.
¿Qué nos quiere decir Jesús? Creo que nos quiere hacer pensar. Tendríamos que conocer la meta antes de emprender el camino. Tendremos que conocer los planes antes de iniciar una obra. Tendremos que conocer las exigencias antes de hacer una opción de vida. Tendremos que conocer cuál es el sentido de Cristo antes de decir que nos llamamos cristiano.
La cosa es seria. Si queremos seguir a Jesús necesariamente tenemos que querer conocerle, buscarle a fondo, como aquellos primeros discípulos que preguntaban ‘Maestro, ¿dónde vives?’ y es que nos encontramos con muchas carencias en el conocimiento de Cristo y su evangelio, lo que es su plan de vida y salvación. ‘¿Dónde vives?’ es algo más que saber un lugar. Alegremente nos llamamos cristianos sin haber profundizado lo suficiente en lo que es el meollo de nuestra fe.
Nos decimos cristianos y nos contentamos con vivir como todos, sin diferenciarnos mucho de los que no tienen fe o tienen otros planteamientos distintos en la vida y distantes de lo que son los principios cristianos o lo que nos dice el evangelio. Muchas veces por ignorancia, vamos a decir.
Hemos de tener claro que cuando hacemos una opción por Jesús, o sea, nos decidimos a ser cristianos de verdad, porque queremos seguirle y ser sus discípulos, hemos de saber bien qué camino emprendemos, cuál es el sentido que quiero darle a la vida, cuál el planteamiento que me hago en mi relación con Dios, conmigo mismo, con los demás o con la sociedad y el mundo en el que vivo. Eso nos exigirá ese conocimiento de Jesús, de su evangelio, de lo que es la doctrina cristiana, o sea, en qué consiste la fe que tengo en Jesús.
Hoy Jesús nos habla en el evangelio de renuncias, de tomar la cruz para seguirle, de qué es lo que tengo que poner en primer lugar en mi vida. Precisamente por esto último, por cuál es la cosa que va a tener lugar preferencial en mi vida, es por lo que Jesús nos habla de esa renuncia y de esa cruz, de ese valor relativo que tengo que darle a las cosas materiales, etc…
Quitar esos apegos del corazón suele ser algo doloroso. Ir a la contra de lo que es el sentido del mundo para poner a Dios y su amor en el primer lugar y en el centro de mi vida, es algo que nos tiene que costar. Decir no a cosas que nos pueden encantar puede ser algo costoso y difícil en ocasiones. Muchas son las cosas, e incluso las personas y uno mismo que tengo que posponer para en verdad llamarme su discípulo.
Vivir en un estilo de amor generoso hasta el límite de lo infinito algunas veces nos puede costar porque bien sabemos que se nos mete el egoísmo, el orgullo y tanta pasión por medio que nos hace tambalearnos.
‘Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío… quien no renuncia todos sus bienes…’, que le atrapan y le esclavizan, ‘no puede ser discípulo mío’.
‘A nadie debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley’,
que nos decía san Pablo en la carta a los Romanos. ‘Amar es cumplir la ley entera’. Es lo que nos pide Jesús.