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sábado, 21 de febrero de 2026

Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas

 


Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

Parece como si algunas veces olvidáramos las palabras que nos dice Jesús en el evangelio, o quizás olvidamos el verdadero sentido de esa palabra, evangelio; es una nueva noticia y una noticia buena, pero una noticia transformadora, que nos inquieta, que nos lleva a descubrir algo siempre nuevo; nos hemos acostumbrado a decir evangelio y ya no gustamos de su sentido, de lo que nos ofrece, de aquello a que nos llama.

Por algo Jesús desde el principio nos pide un cambio profundo dentro de nosotros para poder creer en esa buena noticia que nos ofrece y que nos está hablando del Reino de Dios; la palabra que se emplea y que medio hemos endulzado es conversión; y conversión es una vuelta total del corazón. De lo contrario no podríamos llegar a entender páginas como las que se nos ofrecen hoy, y me refiero tanto al evangelio como también al profeta.

Parece que se sale de todos los limites el que Jesús llame precisamente para que le siga como discípulo a un publicano; eran personas muy minusvaloradas en la sociedad judía de entonces, en consecuencia no tendría el prestigio – cuanto hablamos hoy también de los prestigios incluso dentro de la Iglesia – para formar parte de aquellos más cercanos a Jesús que El un día constituiría como el grupo de los apóstoles, el fundamento, podríamos decir, de aquella nueva comunidad.

Pero otra cosa que podría parecer discordante para aquella sociedad es que precisamente Jesús se siente a la mesa con todas esas personas que son despreciadas por su entorno, publicanos y pecadores. ¿Podría quitar eso el brillo de la santidad y rectitud de quien se presentaba como profeta en medio de ellos? Pero esa es la voz del profeta que solo quiere transmitir lo que es el mensaje de Dios, es la garantía precisamente de que Jesús es aquel que había anunciado el profeta como lleno del Espíritu de Dios que venía a traer una buena noticia a los pobres, a los oprimidos, como se había proclamado un día allá en la sinagoga de Nazaret. Es el estilo de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. En ese sentido iban las palabras del profeta.

Hermosas las palabras del profeta. ‘Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’. Así Jesús se convierte en luz de nuestra vida en medio de tantas tinieblas y oscuridad. Claro que como nos dice el evangelio de Juan al principio la luz vino a iluminar las tinieblas pero las tinieblas rechazaron la luz.

Pero la palabra del profeta es aliento para nuestra vida, un impulso para que seamos siempre luz con la luz de Jesús. ‘Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”, para hacer habitable el país’. ¿No será eso lo que nosotros también tenemos que ser? Como dice el  profeta ‘reparador de brechas… restaurador de senderos…’ Cuántos corazones rotos hemos de sanar, cuántas soledades que acompañar, cuántas manos que tender, cuántos caminos de hacer junto a los demás. ‘Brillará tu luz en las tinieblas…’ No olvidemos lo que dice Jesús que ‘no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es el camino que se abre ante nosotros en esta cuaresma que estamos comenzando a vivir. Es el ayuno y la penitencia que el Señor nos pide. Son esas actitudes nuevas que han de brillar en nuestra vida. Son los signos de vida nueva que han de ser evangelio también para los demás. Es la misión que Jesús a nosotros también nos ha confiado.

 

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

viernes, 21 de febrero de 2025

En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

 


En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

Génesis 11, 1-9; Salmo 32; Marcos 8, 34 – 9, 1

Todos queremos ganar, nadie quiere perder; y hablamos de ganar y pensamos en poseer más, más cosas, más posesiones, más riquezas, más poder, más prestigio, más influencias, no nos queremos quedar atrás; queremos ser tenidos en cuenta, queremos brillar aunque sea con oropeles, queremos estar por delante, queremos reverencias y reconocimientos… y vamos intentando medrar en la vida, ir alcanzando mejores puestos, poder pasarlo bien sin ninguna preocupación, disfrutar de la vida, decimos en una palabra. Y decimos que cada momento es importante, que tenemos que saber aprovechar la ocasión, que no estamos hechos para el sufrimiento y vamos a ver como conseguimos las cosas con el menor esfuerzo…

¿Serán esos también nuestros criterios? Sabemos que son el criterio normal de la gente que está a nuestro alrededor, pero ¿nos quedamos en esos valores que podemos cuantificar en lo material, en lo económico, en los placeres de la vida? ¿No hay otras metas, otras ansias en nuestra vida como si ahí lo tuviéramos todo?

Escuchando el evangelio de hoy con criterios como estos que hemos mencionado de alguna manera nos sentimos desconcertados con las palabras de Jesús. Nos habla de perder la vida para poderla ganar. ¿Será que tenemos que sacrificar algunas ganancias, hacer algunas inversiones para poder tenerlas luego de forma superior?

Sí que tenemos que hacer inversiones en la vida, pero que no van por esos caminos de lo material o de los prestigios y honores que este mundo podamos recibir. Hay algo distinto que nos da un sentido superior a la vida, algo que nunca nos dejará vacíos por dentro. Son esos valores que elevan nuestro espíritu, que nos hacen mirar la vida de forma distinta, que crean verdadera humanidad en nuestras relaciones de los unos con los otros, las que nos van a dar verdadera paz interior que será fuente de la verdadera alegría, no de alegrías efímeras para las que necesitamos algunos alicientes que cuando nos fallan todo se nos queda en nada.

Tenemos que buscar en donde vamos a encontrar la verdadera grandeza del hombre, de la persona. Por eso no nos podemos dejar arrastrar por esos criterios mundanos, por esas vanidades que serán como humo que pronto se disipa y se queda en nada. Tenemos que buscar lo que da verdadera profundidad a la vida; y para eso tenemos que aprender a decir no porque buscamos lo mejor y no nos queremos quedar en lo mediocre.

Claro que queremos crecer, que queremos tener una vida digna, claro que tenemos que aprender a disfrutar de la vida, claro que tenemos que darle importancia a cada momento porque le damos una trascendencia a la vida, porque buscamos algo que nos lleve más allá y más arriba, porque nos queremos dejar impregnar por los valores que nos va enseñando el evangelio, porque queremos mirar a los demás no como unos contrincantes sino con alguien con quien voy a colaborar para hacer un mundo mejor y que nos llene de felicidad a todos.

No es que no queramos ganar, sino que buscamos lo que nos va a dar una ganancia perpetua. Y tenemos que invertir nuestro esfuerzo por la superación, por la búsqueda de la verdad, por la construcción de la verdadera paz que nace del corazón, por construir unas relaciones más amistosas y más fraternas, por ser capaces de poner comprensión y misericordia en el corazón, porque vamos a querer compartir porque será la manera en que sienta las más hondas satisfacciones. No buscamos ganarnos el mundo entero, sino hacer que nuestro mundo sea mejor porque yo voy a ser mejor y porque voy a ayudar a los demás a que sean también mejores.

Y lo vamos a hacer desde una fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu. Y lo hacemos porque creemos en Jesús y queremos seguirle y no nos avergonzaremos nunca de esa motivación trascendental para nuestra vida. Es un mar inmenso el que tenemos delante y en el que en el nombre de Jesús vamos a echar nuestras redes.

viernes, 17 de febrero de 2023

Frente a un mundo de ganancias, prestigios y vanidades, Jesús nos ofrece un camino de generosidad y de desprendimiento para ganar la vida de verdad

 


Frente a un mundo de ganancias, prestigios y vanidades, Jesús nos ofrece un camino de generosidad y de desprendimiento para ganar la vida de verdad

Génesis 11, 1-9; Sal 32; Marcos 8, 34 – 9, 1

Vivimos en una sociedad en la que parece que lo que prevalece son las ganancias. ¿Qué voy a ganar con esto? Escuchamos muchas veces a alguien cuando se le propone una acción o una actividad con un sentido muy altruista. Ganancias en lo material, ganancias en el prestigio, ganancias en el poder con que me puedo manifestar, ganancias en las influencias que pueda tener desde donde controlar, manipular, dominar… son las tantas las riquezas de ese estilo que muchas veces nos buscamos. De algo tiene que servirme lo que estoy haciendo, pensamos.

Y ¿qué nos dice Jesús a todo esto? Hoy nos habla claramente ¿de qué nos vale ganarnos todo el mundo si al final perdemos el alma? Y se emplea esa expresión del alma, hablando es cierto en un sentido espiritual, hablando en el sentido de la vida, hablándonos de lo que realmente nos hace más personas. Cuando rodeamos la vida de vanidades no es mi persona lo que realmente importa sino esas vanidades de las que nos rodeamos ocultando quizás así el vacío y la superficialidad que llevamos por dentro.

Tenemos el peligro y la tentación de vivir una vida vacía, una vida sin sentido, una vida sin valores profundos quedándonos en la apariencia. Nos cuesta muchas veces, nos cuesta reflexionar y ahondar en el sentido de la vida, nos cuesta descubrir el verdadero lugar que ocupamos en este mundo y como no podemos aislarnos de los demás, despreocuparnos de los problemas de los demás, los problemas de la sociedad y cada uno queremos más bien ir a lo nuestro. Y nacen los egoísmos, y nacen las ambiciones, y nacen las envidias y las desconfianzas, y nace un mundo de guerra que no hace falta que nos tiremos bombas para sutilmente ver como podemos destruir al otro, descalificar, queremos nosotros quizás ocupar su puesto.

Nos preocupan los graves problemas que vive nuestro mundo, nos duelen las guerras, nos sentimos dañados dentro de nosotros mismos con las desigualdades de nuestro mundo que crean barreras y fronteras que no hacen falta que sean las nacionales, porque las tenemos con el que está al lado de casa, enfrente de la calle, o en aquel barrio al que no queremos pisar por la fama que tiene.

Sabemos todo eso, pero poco hacemos, porque eso nos comprometería, y nos obligaría a cambiar muchas actitudes, muchas posturas, muchas de las cosas que hacemos como una rutina más de la vida; sabemos todo eso y de alguna manera lo vamos creando en nuestro entorno cuando seguimos dejando que se nos metan desconfianzas y miedos en el corazón, cuando no sabemos superar esos brotes de insolidaridad que nos van apareciendo dentro de nosotros mismos, cuando no corregimos nuestras palabras ni nuestra manera de hablar y de tratar a los que están a nuestro lado y seguimos dejándonos arrastrar por tantas violencias.

Por eso nos dice Jesús hoy que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos si en verdad queremos ser sus seguidores; si seguimos pensando solo en nosotros, en nuestras ganancias o en nuestros prestigios, no estamos siguiendo el camino de Jesús. Para seguirle tenemos que despojarnos de muchas cosas, aunque eso nos obligue a hacer un camino sin comodidades. El nos habla de Cruz, porque nos estás hablando de entrega, porque nos está hablando de amor, porque nos está hablando de buscar lo que en verdad es ganar la vida. ¿Qué respuesta le damos?

viernes, 3 de febrero de 2023

Cuidado con las motivaciones interesadas que pueden aparecer por debajo de lo que hacemos y nos pueden apartar de los caminos de rectitud y justicia

 


Cuidado con las motivaciones interesadas que pueden aparecer por debajo de lo que hacemos y nos pueden apartar de los caminos de rectitud y justicia

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29

Nos movemos según sean los intereses que tengamos. Se suele decir que para hacer las cosas tenemos que estar motivados, sobre todo cuando las cosas nos superan, se nos exige mucho esfuerzo y dedicación, o cuando tenemos que emprender algo novedoso. Pero el tema está en cual es la motivación que podamos tener detrás; es donde se va a manifestar nuestra madurez o el sentido que nosotros queremos darle a la vida, lo que hacemos y lo que vivimos.

¿Será la ambición lo que nos mueva? ¿Serán nuestros prestigios personales? ¿Será la vanidad que me puede llevar a buscar cosas de brillo y donde pueda yo sobresalir? ¿Serán unas ganancias que se pueden traducir en riquezas o poder económico, o la influencia que yo pueda tener sobre los demás? ¿Será un espíritu de servicio generoso y altruista que me quiere en verdad hacer solidario con mi mundo, con los que me rodean, con los que sufren?

Muchas cosas podríamos ir agregando a esta lista. Mucho tenemos que mirarnos a nosotros mismos con sinceridad, porque se nos pueden meter unos intereses en aquello que hacemos incluso hasta en lo más bueno que podamos hacer. Cuidado que siempre andemos buscando unas ganancias, unos réditos incluso hasta de nuestra propia religiosidad.

Ya Jesús cuando alguien se ofrece a seguirle y dice que quiere hacerlo de una manera incondicional, les recuerda que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza, a pesar de que incluso las fieras del campo tienen sus madrigueras. Y muchas veces nos encontramos también en los propios discípulos cercanos a él unos intereses y ambiciones por los primeros puestos de poder o de influencia, o como le dirá Pedro un día y a ellos que lo dejaron todo por seguirle qué es lo que les va a tocar.

La presencia de aquel profeta de Nazaret por aquellos pueblos y caminos de Galilea, con las multitudes de gentes que se sentían atraídos por El, va suscitando inquietudes en muchos. Ya hemos visto que sus propios conciudadanos de Nazaret al final terminan poniéndose en contra de Jesús, porque no consiguieron lo que ellos pretendían; hemos visto que los principales del pueblo andan al acecho con lo que hace y con lo que dice Jesús, porque se temen que la gente se vuelva contra ellos y pierdan su prestigio, por eso intentarán de todas formas de oscurecer el prestigio de Jesús.

En el evangelio de hoy vemos que es Herodes quien se pregunta quien es ese Jesús del que tanto estás oyendo hablar; en otro momento vendrán a decirle a Jesús que Herodes quiere conocerlo. Ahora Herodes se pregunta si este Jesús es un profeta, como los antiguos, o acaso es Juan el Bautista el que mandó decapitar que ha vuelto en la figura de Jesús.

El evangelista nos relata el episodio. Un episodio donde vemos ese juego de intereses, esas motivaciones que están detrás de cuanto está sucediendo. Nos habla de la admiración de Herodes por el Bautista, pero lo tiene metido en la cárcel por las instigaciones de la mujer con la que convive, que el profeta le dice que no es justo ni correcto lo que está haciendo; está la vanidad de las fiestas de Herodes rodeado de todos sus cortesanos buscando la adulación y la manipulación; está el orgullo de un prestigio que no se quiere perder, pero la pasión que ciega y hace prometer incluso lo que no se podría cumplir; los respetos humanos, la cobardía y el dejarse manipular incluso para conseguir mantenerse en su puesto de poder. Y al final la que cae es la cabeza del Bautista. No es necesario después de haber escuchado el relato del evangelio, volver a incidir en los detalles.

¿Qué buscamos en la vida? ¿En qué lugar queremos mantenernos? ¿Qué llegamos a hacer para conseguir lo que anhelamos sobre todo si vamos por los caminos de las glorias y vanidades de este mundo? Aquí, aunque el relato nos pueda parecer negativo, tenemos la gran lección. ¿Dónde está la rectitud de nuestra vida? ¿Qué es lo que nos hace ser maduros de verdad en las decisiones que hemos de tomar para obrar siempre con rectitud? ¿Nos dejaremos manipular por esos intereses que nos aparecen casi sin darnos cuenta por debajo de nuestras acciones?

jueves, 13 de octubre de 2022

No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría y sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida

 


No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría y sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida

 Efesios 1,1-10; Sal 97; Lucas 11,47-54

Nos molesta la verdad, queremos ocultarla; la verdad denuncia nuestra mentira, nos descubre las oscuridades que nos envuelven, nos hace ser conscientes de la maldad que puede haber en nuestro corazón, pone al descubierto las vanidades con las que queremos ocultar el vacío de nuestra vida. Queremos acallarla, porque nos pone el dedo en la llaga al enfrentarnos con las incongruencias con que vivimos la vida.

El que tiene la habitación desordenada cierra las ventanas y apaga la luz para que no se vea el desorden, utiliza pantallas que oculten en las esquinas todo lo que no está en su sitio; así queremos que no se sepa el desorden que hay en nuestro interior, ponemos pantallas de apariencias que traten de disimular las incongruencias en las que muchas veces andamos metidos, manipulamos lo que sea necesario para que no se descubra la falsedad en que vivimos. Que no se encienda la luz, que no de descubra la verdad, que podamos mantener las apariencias que nos pueden dar un prestigio o un poder.

Ha sucedido siempre y sigue sucediendo, pero eso no nos disculpa de nuestro miedo la verdad. Necesitamos de una vez por todas ser sinceros y ser congruentes, aunque tengamos que reconocer que hay sombras en nuestra vida que tenemos que iluminar.

Por eso rechazaban a Jesús, porque les hacía encontrarse con su propia realidad, porque la verdad de su palabra era una denuncia para tantas vanidades y para tantas incongruencias, porque la rectitud de su vida y su presencia de alguna manera los dejaba desnudos de esas apariencias que querían ocultar sus manipulaciones y afanes de dominio y de poder. Como hemos escuchado hoy en el evangelio trataban de quitarlo de en medio, buscaban la manera de acabar con El, hacían todo lo posible por desprestigiarlo y buscaban y buscaban preguntas capciosas con las que confundirlo o confundir también a la gente para que no creyera la palabra de Jesús, pero la verdad de Jesús se afianzaba más y más. Era la lucha de las tinieblas contra la luz que los llenaba de odio y de violencia.

Ante nosotros tenemos este pasaje del evangelio que en algún momento nos puede parecer duro por la forma clara que tiene Jesús de hablarles y de denunciarles lo que no estaba bien en sus vidas. Pero esto tendría que hacernos pensar en cómo nosotros escuchamos y aceptamos la palabra de Jesús y nos dejamos iluminar por su luz.

Somos débiles y muchas veces nos pueden envolver también las tinieblas, nos podremos llenar de dudas, o habrá momentos en que nos costará aceptar con humildad que no somos todo lo congruentes que tendríamos que ser con la fe que decimos que profesamos. Podemos tener también la tentación de llenarnos de vanidades y apariencias, mientras nuestro corazón maleado por muchas cosas puede estar muy distinto de ese evangelio en el que decimos que creemos.

Seamos, pues, humildes y sepámonos siempre buscadores de la verdad que solo vamos a encontrar en Jesús. Esa verdad, es cierto, que muchas veces se puede volver exigente con nuestra vida para que no andemos solamente con remiendos sino que en verdad lleguemos a vestir ese traje nuevo de la gracia, nos convirtamos en ese odre nuevo que pueda contener ese vino nuevo.

Nos exigirá en muchos momentos radicalidad en el cambio que tenemos que realizar en nuestra vida, no tengamos miedo, no volvamos la vista atrás porque quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no será capaz de seguir el surco de Cristo, porque eso nos dirá que no seríamos dignos de El. Desprendámonos de esos ropajes viejos del hombre viejo para que en verdad podamos ser ese hombre nuevo. No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad, no temamos enfrentarnos a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría, podremos entonces sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida.

miércoles, 25 de agosto de 2021

El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

 


El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

1Tesalonicenses 2, 9-13; Sal 138; Mateo 23, 27-32

Todos queremos conservar intacta nuestra imagen; bueno, la imagen que nos hemos creado de nosotros mismos, donde siempre queremos presentar el lado bonito, pero que no se vean los claroscuros que pudiera haber. Como anécdota recuerdo siempre a un hombre, que no era muy agraciado en su cara hay que reconocerlo, pero que él decía de sí mismo que era bonito y cuando se hacía una fotografía se ponía de perfil de tal forma que no se vieran las partes de su rostro que no eran tan agraciadas.

Pues un poco así somos aunque no lo queramos decir en voz alta. Quizás lo que más nos duele de algún error que hayamos cometido en la vida, no es el error en sí, sino lo que los otros podrán pensar de él cuando se enteren, la desilusión que se van a llevar porque siempre nos tuvieron por buenos y nosotros nos aprovechamos de ello presentando solo ese lado bueno y de evitar esos otros lados oscuros de la propia vida. Es lo que llamamos el prestigio que tenemos que salvar, el buen nombre que podríamos tener y por eso quizás damos una apariencia que no refleja lo que en verdad somos.

Así vamos por la vida llenos de vanidades, con muchas apariencias que no reflejan la auténtica realidad. Nos manifestamos grandilocuentes cuando no sabemos decir dos palabras seguidas, por decirlo de alguna manera; nos queremos presentar fuertes y poderosos, cuando sentimos tanta debilidad en nuestro interior y tantos miedos que en el fondo vamos acobardados; ocultamos la timidez que llevamos dentro dando apariencias de seguridades que no tenemos pero con nuestra prepotencia y con nuestra autosuficiencia tratamos de disimularlo; queremos presentarnos como personas muy religiosas y haciendo muchas recomendaciones a los demás de cómo tiene que ser su religiosidad, cuando nosotros estamos vacíos por dentro y sin ninguna espiritualidad que merezca la pena.

Y de esto nos encontramos en todas las facetas de la vida y de la sociedad; y es triste reconocerlo, pero muchas veces nos encontramos así entre gentes de iglesia y hasta en quienes tienen que ser dirigentes o formadores de la comunidad cristiana. Cuanto vacío nos encontramos tantas veces, cuanta palabrería, cuanta fanfarria, cuantas suntuosidades, pero donde falta algo profundo. Y no nos queremos dar cuenta o tratamos de buscar disimulos o disculpas.

Hoy Jesús llama sepulcros blanqueados a aquellos fariseos y maestros de la ley que se quedaban en las apariencias y en la hipocresía y nada tenían en su interior. Cuando leemos este evangelio nos damos gusto cargando contra aquellos y hasta nos frotamos las manos, pero no somos valientes para hacer una lectura donde nosotros nos veamos reflejados en aquellos personajes y aquellas actitudes que Jesús denuncia en el evangelio. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos que nos vemos bien reflejados en esas páginas del evangelio y en esas palabras de Jesús.

Tenemos que examinar la autenticidad de nuestras vidas y la sinceridad de nuestro vivir. No nos cueste reconocer nuestras debilidades, nuestras inseguridades, nuestra superficialidad, porque puede ser el punto de arranque para que siendo conscientes de nuestra condición nos pongamos en serio a cambiar, a buscar la manera de encontrar esa espiritualidad profunda que dé sentido a nuestras vidas.

El evangelio tiene que ser un interrogante para nosotros al que no hemos de tenerle miedo. Con la sinceridad reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nuestra vida nos haremos más creíbles para los demás, seremos más auténticos.

viernes, 7 de mayo de 2021

Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

 


Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Cuando buscamos la importancia de una persona en la vida podemos tener la tentación de buscar grandezas humanas bajo el epígrafe del poder, del prestigio, de la riqueza, de los títulos que hayamos conseguido y cuando no somos capaces de alcanzarlo por ahí porque otros se nos han adelantado podríamos sentirnos frustrados, amargados o como seres inútiles. Ya sabemos como colocamos en nuestros despachos o en aquellos lugares de honor de nuestras casas los títulos que hayamos conseguido para recordarnos a nosotros mismos quizás, pero para restregárselo por las narices a quienes los vean, lo importante que nosotros somos.

En el ámbito en que probablemente se lea esta reflexión quizá me podéis llamar exagerado, o incluso decirme que esos no son nuestros estilos habitualmente. Pero me vais a permitir que mantenga esta consideración inicial, porque en el fondo hemos de reconocer que son tentaciones por las que pasamos y que es muy fácil dejarnos arrastrar por la corriente.

¿Dónde está verdaderamente esa grandeza del ser humano? Directamente tenemos que decir en nuestra capacidad de darnos hasta ser capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos. El que se da y es capaz de darse sin medida – lo que no siempre es fácil – ha comprendido la verdadera grandeza de su vida, está mostrándonos la madurez a la que ha llegado y ha descubierto lo que da verdadero sentido a su vida.

Es cierto que trabajamos y nos afanamos en la vida porque también queremos tener unos rendimientos que mejoren nuestra propia vida y la de aquellos que están bajo nuestra responsabilidad; así desarrollamos de la mejor manera todas nuestras posibilidades y capacidades, sacamos a relucir los mejores valores y cualidades, pero lo hacemos no encerrándonos en nosotros mismos y solo en unos intereses particulares sino que además estamos viendo todo lo que podemos contribuir con esa riqueza de nuestra vida al bien de los demás, a la mejora de nuestra sociedad.

La grandeza mayor de nuestra vida es amar. Y cuando amamos aunque alcanzamos un grado de felicidad insuperable no estamos pensando solo en nosotros mismos sino que estamos queriendo enriquecer y hacer felices a aquellos a los que amamos. Por eso Jesús nos dirá hoy que lo mayor que podemos hacer es amar hasta ser capaz de dar la vida por aquellos a los que amamos.

La verdad que es sublime lo que Jesús nos propone. Y es que ese será el verdadero sentido de nuestra vida; como nos dice hoy, su único mandamiento. Pero cuando Jesús nos está hablando aquí de mandamiento no nos está hablando de una imposición, de algo que tenemos que hacer simplemente porque está mandado, sino que nos está hablado de un sentido de nuestro existir. Amar no se puede por obligación.

Tendríamos que escuchar de nuevo con detenimiento las propias palabras de Jesús. Rumiarlas en nuestro corazón porque será la manera de hacerlas vida nuestra. ‘Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’.

¿Y de donde arranca todo esto?, podríamos preguntarnos. Como escuchábamos ayer, de que somos amados de Dios, de que Dios nos ama. Y como nos dice Jesús El nos ha elegido. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros’. Si nos ha elegido es porque nos ha amado; elegimos a los que amamos. Por eso nos llama amigos. Por eso nos dice que así nos ha revelado todo lo que es el corazón de Dios. Nos eligió para regalarnos su amor, pero nos eligió para que viviéramos en ese amor, para que así amáramos también a los demás.

Es nuestra verdadera grandeza. Es lo más hermoso que podemos hacer. Es lo que nos hace felices y con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean haciendo un mundo mejor.

sábado, 2 de enero de 2021

Asumir nuestro lugar, vivir en la verdad y la humildad, abrir caminos para que otros avancen y crezcan no temer sentirnos los últimos porque nuestra grandeza está en el servir

 


Asumir nuestro lugar, vivir en la verdad y la humildad, abrir caminos para que otros avancen y crezcan no temer sentirnos los últimos porque nuestra grandeza está en el servir

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28

Si damos el tirón de que la gente tiene ya un buen concepto de nosotros, procuramos aprovechar la ocasión para tratar de mantener ese prestigio aunque no nos lo hubiésemos ganado por nuestros merecimientos. Si algo nos duele en una acusación que hagan contra nosotros es que la cosa llegue a saberse y la gente llegue a enterarse de nuestra realidad; haremos todo lo posible por mantener ese buen nombre y nos aprovechamos de ello para intentar caminar tranquilo por la vida. Si dicen de nosotros que somos buenos y generosos, que se lo crean y trataré de mantener esa imagen aunque yo sepa allá en lo más hondo de mí mismo que soy un tremendo egoísta que solo mira por sus intereses o en este caso por sus prestigios.

Juan Bautista se pudo haber aprovechado; allá llegaron hasta él en embajada enviada desde Jerusalén para preguntarle que decía de si mismo; es una pregunta que se repite insistentemente. ¿Qué la gente pensaba que él era un profeta? Pues que se lo crean que como tal me voy a presentar. ¿Qué la gente puede intuir que yo soy el Mesías? Y con aquel concepto de Mesías que tenían entonces como un hombre poderoso y que iba a liberar a Israel de la opresión de pueblos extranjeros, pues vamos a armar una revolución. Así hubiera podido pensar Juan, pero Juan no era así.

No se consideraba profeta, bien sabía que no era el Mesías que estaba por llegar y que ya mismo entre ellos estaba aunque no lo conocieran, él solo se presentaba como ese predicador de desierto que venía a preparar los caminos del Señor. Su bautismo sabía que no tenía mayor valor porque solo era un signo de conversión, un bautismo de agua, un signo penitencial, porque ya en medio de ellos estaba el que los iba a bautizar con Espíritu Santo y fuego.

El sabía ponerse en su sitio, reconocer cual era su misión, y solo era la voz que grita en el desierto para allanar los caminos del Señor. El conocía bien la verdad de su vida. Su mismo tiempo de desierto le había hecho asumir su realidad, que seguramente como en esta ocasión tentaciones no le faltarían. Pero asumía su lugar y sabía que él había de mermar para que el que había de venir creciera. Por eso deja paso, deja incluso que sus discípulos se vayan con Jesús, o él mismo los enviará cuando esté en la cárcel para que ellos por sí mismos lleguen a reconocer al Mesías.

Ponernos en nuestro sitio, es reconocer cuáles son nuestros verdaderos valores; es asumir la misión que se nos ha confiado porque hemos descubierto de verdad cuál es nuestra vocación; es vivir en la verdad y en la humildad sabiendo hacer lo que tenemos que hacer, pero sabiendo reconocer cuál es la misión de los demás y dejándole paso a los otros; es vivir sin afán de protagonismos sino siendo capaces de abrir caminos a los otros para que asuman sus funciones y no pensar que todo lo tengo que hacer yo porque soy el que sabe hacer las cosas.

Son muchas las tentaciones que podemos tener en la vida de vivir de las apariencias, de hacernos una imagen y crearnos un prestigio pero para halagar nuestro ego, para vivir la vanidad del orgullo y del amor propio; muchas son las tentaciones a la envidia que corroe cuando quizás vemos que los demás avanzan y progresan y nosotros no logramos dar verdaderos pasos en nuestro crecimiento personal o lograr el éxito en lo que realizamos.

¿Qué es lo que estamos viendo en estos días de Navidad? Al que siendo de categoría de Dios se humilló para hacerse como uno de nosotros, siendo capaz de ponerse en el último lugar, porque su misión y su obra es la del servicio del amor. Pobre e ignorado le vemos nacer en Belén entre los más pobres no siendo ni siquiera admitido en una posada para su nacimiento, como pobre le veremos crecer en aquella olvidada y perdida aldea de Nazaret, donde solamente era el hijo del carpintero. ¿Esa humildad de Jesús no nos moverá de verdad a vivir nuestra vida en la verdad y en la humildad? ¿Descubriremos cuál es nuestra verdadera grandeza para hacernos los últimos y los servidores de los demás?

viernes, 12 de junio de 2020

Si queremos vivir un auténtico seguimiento de Jesús tenemos que arrancar de nosotros tantas cosas que se nos pegan del mundo y manchan el camino de la Iglesia


Si queremos vivir un auténtico seguimiento de Jesús tenemos que arrancar de nosotros tantas cosas que se nos pegan del mundo y manchan el camino de la Iglesia

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32
Siempre nos han parecido fuertes las palabras de Jesús en el evangelio. Habla de una radicalidad fuerte a la hora de su seguimiento y como nos parecen palabras tan fuertes siempre estamos prontos para hacernos nuestras interpretaciones, por una parte desde quienes se toman en serio esa radicalidad y son capaces de mutilarse físicamente o por otra parte de quienes nos hacemos nuestras rebajas que al final terminamos descafeinando el evangelio; queramos o no queramos un café descafeinado no es café aunque mantenga sus ‘sabores’, pero se le ha quitado su elemento más esencial. Es lo que muchas veces hacemos al final con el evangelio.
Como hemos venido reflexionando en estos días en que se nos está ofreciendo en el evangelio el llamado Sermón del Monte es cuestión de un amor que se ha derrochado sobre nosotros, que hemos experimentado en nuestra vida, y de la respuesta de amor que en consecuencia queremos dar. Nada, pues, nos puede distraer de ese amor. Como diría san Pablo nada podrá apartarme del amor de Cristo Jesús. Es lo que tenemos que hacer con nuestra vida, es el camino que nos pide el evangelio, es lo que tiene que ser el verdadero seguimiento de Jesús.
Ya escuchamos en distintos momentos del evangelio como Jesús se muestra radical y exigente con aquellos que quieren seguirlo o que han sentido la llamada del Señor. No se puede estar volviendo la vista atrás cuando hemos puesto la mano en el arado en la tarea del seguimiento de Jesús. Y a quienes quieren seguirle recordemos que les dice que los zorros tienen sus guaridas o los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza, y si vamos a seguirle buscando unas facilidades para nuestra vida, no es ese el camino del seguidor del evangelio.
No nos valen prebendas, no nos vale el beneficio que podamos sacar con nuestros prestigios o nuestras ganancias, no nos valen las apariencias ni las vanidades, no nos vale el querer situarnos en lugares de poder porque así podamos influir o dominar sobre los demás, sino que el camino es el del servicio y el de hacerse el ultimo y el servidor de todos. Y así podríamos recordar muchos pasajes más del evangelio.
Cuanto tendríamos que revisar en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en las carreras que algunas veces vemos hasta dentro de nuestras comunidades, en nuestra propia Iglesia. Da la impresión que puede más en nosotros y hasta en nuestra propia iglesia el espíritu del mundo, lo que son esas luchas de poder o de prestigio que vemos en tantos en la vida pública, o en los que tendrían que vivir su vida como una vocación de servicio a los demás.
Nos dejamos contagiar fácilmente y tenemos el peligro de montarnos nuestros escaparates de vanidades, de grandezas, de títulos honoríficos y tantas veces no tan honoríficos sino que pueden significar poder. Algunas veces incluso pueden aparecer actuaciones influenciadas por esos miedos a las pérdidas de prestigio o de poder. Tendríamos que vivir una Iglesia más sencilla, más pobre, más humilde, más en consonancia con el espíritu del Evangelio.
Hay algo, entonces, que sea un obstáculo para la vivencia de ese amor, tenemos que apartarlo radicalmente de nuestra vida. En nosotros, en el seguidor de Jesús, tiene que brillar una rectitud que sea ejemplar para los demás; en el seguidor de Jesús ha de resplandecer todo lo que sea el servicio y el amor, nada lo puede oscurecer; el que quiere seguir el camino del evangelio ha de buscar primero y por encima de todo lo que es el Reino de Dios y su justicia, que lo demás será un regalo del Señor.
Por eso todo aquello que nos hace pecar, que nos desvía del camino del seguimiento de Jesús tenemos que apartarlo radicalmente de nuestra vida; no podemos consentir con la tentación y la debilidad, es la lucha que cada día hemos de mantener; tenemos que alejar de nosotros todas esas vanidades de las que tantas veces nos rodeamos. Pero tenemos que hacer prevalecer por encima de todo lo que es el amor verdadero y la misericordia, que recibimos del Señor y con la que nosotros tenemos que saber acercarnos a los demás.

sábado, 23 de noviembre de 2019

No por el afán de prestigio o de seguridades, de la vanidad del poder o del orgullo, sino fundamentémonos en unos nuevos valores, camino vida en plenitud



No por el afán de prestigio o de seguridades, de la vanidad del poder o del orgullo, sino fundamentémonos en unos nuevos valores, camino vida en plenitud

1Macabeos 6,1-13; Sal 9; Lucas 20,27-40
Hay una reacción, yo diría sicológica y no soy psicólogo, que cuando alguien no nos complace en aquello que deseamos y quizá nos sentíamos muy seguros en lo que queríamos o nos presenta un plan de vida que viene a echar por tierra aquellas cosas en las que habíamos puesto nuestras seguridades, no solo mostramos nuestro desacuerdo – lo que podría parecer normal pues cada uno tiene su opinión o manera de pensar y plantearse las cosas – sino que quizá lo que queremos es destruir a nuestro adversario.
Utilizamos quizá mil formas de maldad desprestigiando, queriendo hacer quedar en ridículo, formando un circulo ardedor que pueda anularlo en su prestigio y en consecuencia en sus planteamientos. Aparece con facilidad la maldad del corazón que nos lleva muchas veces a cosas que ignoráramos que pudiéramos hacer. Cuántas guerras nos creamos los unos contra los otros simplemente porque nosotros no hemos logrado – o tenemos el peligro de perderlo – mantenernos quizá en lo que pudiéramos considerar nuestros privilegios. Odios que surgen como volcanes que todo lo quieren destruir. Sufrimientos y amarguras que nos hacen perder la paz.
En algo así se vio envuelto Jesús. El reino nuevo que anunciaba Jesús venia a trastocar muchos planteamientos exigiendo nuevas actitudes, nuevos valores, un estilo de vida totalmente distinto. Y como fácilmente nos acomodamos a nuestras rutinas y también a los privilegios y honores de los que nos hemos rodeado, así surgió en muchos esa oposición fuerte a Jesús. Algo nuevo tenía que comenzar con el Reino nuevo que anunciaba Jesús y muchos que se consideraban peligros veían poner en peligro sus privilegios de poder y de manipulación. Distintos grupos se iban oponiendo a Jesús y querían socavar el mensaje que Jesús trataba de anunciar para crear ese mundo nuevo del Reino de Dios.
Hoy son los saduceos los que quieren socavar toda la credibilidad de Jesús; lo saduceos, un partido político religioso de gente acomodada y que ansiaba mantenerse en cuotas de poder, negaban la resurrección y no creían en la vida eterna. No les cabía en la cabeza lo que Jesús enseñaba de la vida eterna y de la esperanza de vida y resurrección junto a Dios para siempre. Vienen con sus pegas queriendo oponer la enseñanza de Jesús con lo que ellos enseñaban como tradición basada en la Escritura. Ya conocemos los detalles de la pregunta que terminaba planteando y negando algo que ellos consideraban ridículo, pues quien seria el verdadero marido de aquella mujer en la vida eterna.
Pero Jesús habla del Dios de la vida y de que nos ofrece vida para siempre. Pero ese sentido de vida no lo hemos de considerar de una vida a la manera de lo que es una vida humana con sus pasiones y sus deseos. Lo que Jesús viene a decirnos es algo más sublime y que lleva a la persona a una plenitud de verdad. Y con la misma Escritura les rebate diciéndoles que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que era la base de toda su religiosidad y fundamento de su fe, es un Dios de vivos, no un Dios de muertos.
De este texto del evangelio que comentamos podemos sacar muchas consecuencias. Primero que nada viene a animar nuestra esperanza y dar sentido de trascendencia a lo que hacemos y vivimos ahora porque un día lo vamos a tener en una plenitud mucho más maravillosa. Quitemos imaginaciones a lo humano y alejemos de nosotros lo que sean solo deseos sensuales, porque la dicha y la felicidad que Dios nos promete es otra cosa que es vivir en Dios en plenitud.
Pero también tendríamos que sacar consecuencias para poner unas nuevas actitudes en nuestros corazones en esas luchas que humanamente sostenemos tantas veces los unos contra los otros buscando prestigios, buscando honores, buscando seguridades, dejándonos arrastrar por vanidades y deseos de poder. Otro ha de ser el sentido de nuestra vida, otras tienen que ser nuestras actitudes y nuestros valores.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, pareciéndonos una paradoja y seguimos corriendo detrás de risas vacías y de vanidades


Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, pareciéndonos una paradoja y seguimos corriendo detrás de risas vacías y de vanidades

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26
Queremos vivir en un mundo de risas. Entendámonos. Soy de los que dicen que una sonrisa en el semblante hace agradable la vida de aquellos con los que te encuentras en el camino aunque su camino sea costoso y duro. Ojalá sepamos ir con una agradable sonrisa en nuestros labios aunque nos llore el corazón, pero porque queremos hacer felices a los demás. Pero ahora estamos queriendo decir otra cosa.
Un mundo de risas, decíamos. La risa, es cierto, es expresión de alegría pero tanto una como no siempre tiene la verdad de lo autentico. Reímos porque nos sentimos satisfechos y llenos quizás de nosotros mismos, de nuestros orgullos o de esas cosas en que decimos que vencemos porque nos parece tenerlo todo; nos sentimos llenos pero con una riqueza, podríamos decir, externa y muchas veces vacía, porque simplemente nos apoyamos en nuestros tesoros, en nuestros poderes, en esos ‘prestigios’ con los que queremos estar por encima de los demás. No queremos ni aceptamos ningún tipo de sufrimiento o de lagrimas y quizá queremos ocultarnos con esos sucedáneos que se nos puedan ofrecer desde el poder del dinero, por ejemplo.
Y ocultamos ese vació interior con una carcajada, con una ostentación, con mucha vanidad porque nos creemos estar por encima de todo, de sufrimientos, de carencias y no endiosamos con esos poderes que creemos que tenemos. Es por eso por lo que diferencio una sonrisa de una risa, aunque quizá cueste entenderlo o nos parezca contradictorio lo que estoy diciendo.
Hablando de contradicciones es lo que parece decirnos Jesús hoy en el evangelio. Las palabras de Jesús forman parte de lo que solemos llamar el sermón del monte, aunque en este caso nos las ofrece Lucas, con sus características especiales. Por eso digo que las palabras de Jesús pueden sonarnos contradictorias porque llama felices a los pobres, los que lloran, los que nada tienen, los que están hambrientos o los que son perseguidos. Por el contrario dice que no pueden ser felices ni los ricos ni los que se sienten satisfechos en si mismos porque se sienten saciados de todo, ni los que convierten su vida en una risa superficial y vacía.
Son las paradojas del evangelio. Unas palabras que cuando las pronunció Jesús en medio de aquella multitud que le seguía y quería escucharle en medio de tantos sufrimientos pero también de aquellos que en la orilla estaban al acecho y en actitud distante porque no se iban a mezclar con toda clase de gentes, tenían que haber sonado como un aldabonazo muy fuerte, una campanada que restallaba en sus oídos pero sobre todo en sus corazones.
Todos se verían sorprendidos aunque no todos lo escucharan de la misma manera. Sorpresa en cierto modo llena de dudas en principio, con esperanza después al ir asimilando el mensaje la gran mayoría de los que allí estaban; estupor por otro lado en quienes allí estaban satisfechos de si mismos que no comprendían lo que Jesús les quería decir o que rompía todos sus esquemas y maneras de entender la vida y las cosas.
Ahí estaba el mensaje de Jesús. Era la novedad del Reino de Dios para el que había que convertirse para creer en él. Porque si Dios es en verdad el Rey y Señor las cosas tienen que cambiar; Dios no se hace sordo al gemido de los que sufren y de los que lloran, son los preferidos del Señor y para ellos Jesús tiene una palabra de vida, que no son solo palabras sino que es en verdad salvación, salir de ese estado de sufrimiento para ofrecerles una dicha y una alegría verdadera.
Claro que esas palabras de Jesús lo cambian todo, porque quienes creemos en El, quienes queremos pertenecer a su Reino otras tienen que ser ya para siempre sus actitudes, su manera de ver la vida y de ver a los demás, la manera de actuar. También nosotros tenemos que estar al lado de los pobres y de los que sufren, también nosotros vamos a transformar todo en esa alegría nueva; también nosotros tenemos que comenzar por despojarnos de esas grandezas y de esas vanidades con que tantas veces queremos llenar la vida, tenemos que vaciarnos de nosotros mismos y de esos orgullos nuestros para sentirnos pobres ante de Dios y dejar que solo sea El quien llene nuestro corazón.
Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, siguen pareciéndonos una paradoja y todavía seguimos corriendo detrás de esas risas vacías y de esos orgullos nuestros. ¿Cuándo cambiaremos para vivir todo el sentido del evangelio de Jesús?

martes, 20 de agosto de 2019

Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios




Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Es una apetencia que todos llevamos en nuestro interior; quizá desde el mismo instinto de supervivencia todos ansiamos tener unos bienes que nos faciliten la vida e incluso desearíamos estar sobrados de bienes para que nunca nos falta nada de lo necesario y podamos atender debidamente a los nuestros respondiendo a nuestras responsabilidades.
Podemos pensar en bienes materiales, lo que llamamos riquezas, pero al mismo tiempo va acompañado de un deseo de prestigio, de incluso poder ocupar una situación en la vida donde podamos manifestar nuestro poder o nuestras influencias; queremos tener esa aureola de influencias y prestigios porque así quizá podamos hacer que aquellas forma que tenemos de plantearnos la vida sea de alguna manera como se construya nuestra sociedad.
Deseos que pueden ser buenos en cuanto desarrollo de nuestras posibilidades y capacidades deseando esa vida mejor para nosotros y para los nuestros. Pero todo lo que significa cotas de poder, ya sea de la posesión de unas riquezas, desde esos lugares de prestigio o influencia que podamos ocupar tienen el peligro de ser un terreno muy resbaladizo, porque esas riquezas que nos pueden valer para vivir una vida digna pueden pronto convertirse en una avaricia por acaparar y por poseer cada vez más, aunque al final ni siquiera disfrutemos del beneficio de esas mismas posesiones.
Pronto nos podemos endiosar, caer por pendientes de vanidad e incluso llenarse nuestro corazón de ambiciones desmedidas y de orgullos que nos puedan llevar a quitar de en medio lo que pudiera obstaculizar esa posesión egoísta de las cosas. Al final terminamos que más que poseer nosotros las cosas, las riquezas nos poseen a nosotros creándonos apegos del corazón que terminar por encerrarlo en el egoísmo.
Terminamos poniéndonos nosotros como centro de todo porque el orgullo nos endiosará y nos creeremos llenos de poder de manera que nada ni nadie pudiera estar por encima de nosotros. Se nos cierran los ojos para ver mas allá de nosotros mismos, para descubrir un verdadero sentido de vida y para darle una autentica trascendencia a nuestra vida. No vemos más allá de lo que poseemos, endiosamos nuestro yo o terminamos convirtiendo en dioses de nuestra vida esas cosas que poseemos.
Fue el impacto que produjo en el corazón de los discípulos la escena que ayer contemplábamos. Un joven que parece venir con ansias de vida pero que ante el planteamiento que le hace Jesús da la vuelta y se marcha de nuevo a lo suyo, a sus cosas. Era rico. Y hoy escuchamos la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro, les dice, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios’.
Termina Jesús poniéndoles un ejemplo muy gráfico. Aquellas puertas estrechas de las ciudades que eran llamadas agujas, precisamente por lo estrechas que eran, por las que nunca podría pasar un camello que viniera con todas su cargas. Y Jesús les dice la paradoja de que le es más fácil entrar un camello cargado con sus mercancías por aquellas puertas estrechas que un rico entrar en el reino de los cielos.
Y tenemos que pensar cuales son esos apegos que nosotros tenemos en nuestra vida. Necesitamos un examen serio. Con los apegos de nuestras riquezas, de nuestros orgullos y de nuestro yo, de nuestros prestigios y aires de grandeza, de nuestros endiosamientos y de nuestras vanidades no podemos alcanzar el Reino de Dios, porque son esas cosas a las que hemos convertido en dioses de nuestra vida. Y Dios es único.
Así podemos entender el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, en que tenemos que reconocer de una forma hecha vida que Dios es el único Señor de nuestra vida; por eso lo llamamos Reino de Dios. Por eso desde el principio nos está pidiendo conversión, dar la vuelta a nuestra vida, desprendernos de todo eso que llevamos apegado a nuestro corazón. Al joven rico Jesús le había pedido que lo vendiera todo, lo compartiera con los pobres y así tendría un tesoro en el cielo.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos


Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos

1Corintios 12,31–13,13; Sal 32; Lucas 7,31-35

Bien sabemos que no todos miramos con los mismos ojos a las otras personas. Y también es cierto con que facilidad en ocasiones cambiamos de la opinión o el aprecio que le tengamos a los demás ya sea porque no nos guste un determinado gesto que haya realizado en algún momento, ya sea porque no le vemos actuar como a nosotros nos gustaría, porque en determinadas circunstancias haya tenido que tomar determinaciones en asuntos que nosotros resolveríamos de otro modo, o también por las influencias que recibamos de los demás porque siempre hay alguien cerca de nosotros que trata de desprestigiar a aquellos de los que nosotros teníamos buena opinión.
Somos muy volubles en nuestras apreciaciones, lo que puede determinar una pobre personalidad por nuestra parte que fácilmente nos dejamos influir por la opinión de los otros, y aparecen también nuestros orgullos heridos, nuestro amor propio y el egoísmo que nos quiere convertir en el centro de todo y que cuando no lo conseguimos aparecen las descalificaciones, los rumores que se filtran, y hasta las falsedades que se pueden ir infundiendo en la opinión publica con tal de quitarnos de en medio a quien no nos gusta o no nos convence.
Lo estamos viendo cada día en la vida social, lo estamos viendo demasiado en la vida publica donde ya parece que lo que importe de verdad es el servicio del ciudadano sino nuestras propias grandezas, prestigios o ganancias. Así desgraciadamente vamos construyendo nuestra sociedad, por no decir que así la vamos destruyendo.
En cierto modo de algo de esto nos habla hoy el evangelio. Vemos como no todos tienen la misma opinión de Jesús. Lo vamos viendo progresivamente en el evangelio, porque mientras muchos se admiran de sus signos y alaban a Dios porque ha suscitado u profeta en medio de ellos, otros sin embargo tratan de desprestigiarlo de la forma que sea.
‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: Tocarnos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Volubles como los niños en sus juegos que no terminan de ponerse de acuerdo. Así les sucedía con la visión que tenían del Bautista y con la visión que ahora muchos se iban haciendo de Jesús.  ‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores’.
Pero ¿no seremos así de alguna manera nosotros también de cara a la Iglesia, de cara a la figura del Papa, de cara a sus enseñanzas? Tanto nos sentimos entusiasmados en un momento determinado, como al momento siguiente juzgamos y criticamos, ya no  nos parecen tan buenas las cosas que se hacen, o la imagen que nos hacemos de la Iglesia. Y cuando nos toca algo que nos afecte personalmente, porque toque heridas o cicatrices mal curadas de nuestra vida, enseguida saltamos, nos hacemos nuestras prevenciones, comenzamos a poner nuestros ‘peros’.
Por no decir como hay en la sociedad sectores deseosos de destruir la Iglesia y se valdrán de lo que sea para tratar de socavar la apreciación que tengamos de ella. Cuantas campañas de forma dicta o de forma soterrada, cuanto abundar en errores o pecados que se hayan podido cometer y cuanto cerrar los ojos a todo el bien que hayamos podido recibir. Nos gozamos en un día porque se proclama un año de la misericordia, pero luego vienen los rigorismos de nuestros juicios y condenas tan lejanos de aquella misericordia anteriormente proclamada. Y cuidado, que eso no es solo desde el exterior, sino muchas veces desde el mismo interior de la Iglesia.
Que el señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos.