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martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


martes, 20 de agosto de 2024

Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

 


Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30 

En la lógica de lo humano que vivimos entra el que deseemos ver el fruto del trabajo de nuestras manos y que contribuya además a una vida digna y mejor cada día; justo es que con el rendimiento del fruto de lo que hacemos podamos ir agenciándonos unos medios que de alguna manera enriquezcan nuestra vida, porque nos dan posibilidades de algo mejor para nosotros pero el poder dedicar nuestra vida sin agobios a una tarea verdaderamente humana.

No está lejos de lo que nos enseña Jesús, pues el mensaje del evangelio no lo hemos de ver solo por partes sino hacer una mirada y una escucha en todo su conjunto; ya nos dirá Jesús que hemos de darle rendimiento a los talentos que poseemos y precisamente condena a quien no supo o no quiso hacerlo, o quizás por medio escondió aquel talento; no era cuestión solo de no perderlo sino de negociarlo, incluso con sus riesgos, para obtener un beneficio mayor.

Una cosa que realmente es necesaria es saber valorar en su punto esos medios materiales y darles un uso que no está lejos de la humanidad con que hemos de vivir la vida no solo en relación a nosotros mismos sino a los demás. Nunca pueden ser un apego de corazón que nos limite o nos esclavice, que cierre nuestra mente con unas ambiciones materiales, o nos haga actuar con avaricia pensando solo en tener por tener sin en verdad disfrutarlo y colaborar también al disfrute de los demás.

Sin embargo nos puede resultar fuerte el texto del evangelio de hoy, pero que sin embargo hemos de saber leer en su conjunto. Fue después del episodio del joven rico que venía con grandes aspiraciones en su corazón, pero que sin embargo su corazón no era totalmente libre porque se sentía muy apegado a lo que poseía. Contemplamos la tristeza de quien no fue capaz de dar el paso, pero contemplamos la mirada de Jesús ante la vuelta atrás de aquel joven que por sus apegos, pudiendo llegar muy lejos, sin embargo se alejaba de Jesús.

Y es la sentencia con que se abre, por así decirlo, el pasaje de hoy del evangelio. ‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’.

¿Imposible? Se preguntan los discípulos. Difícilmente, es lo que dice Jesús. Las jorobas de nuestra vida cargadas de tantas riquezas materiales de las que no queremos desprendernos, no harán nada fácil el paso por la puerta estrecha de las murallas del Reino de los cielos. Ya sabemos que los pesos muertos no nos dejarán caminar, si queremos ascender ligeros a ese monte de Dios, ligeros tenemos que ir de alforjas que siempre lo que harán es entorpecernos el camino.

Es el desprendimiento del que nos habla Jesús; es el buscar el verdadero tesoro, porque el que seremos capaces de abandonar todas las otras riquezas; es ese encontrar el tesoro escondido y hacer todo lo posible por hacernos con El. Es el descubrir esa belleza del evangelio, esa belleza del mensaje de Jesús, aunque al mismo tiempo se nos presente exigente, pero lo que quiere Jesús es que caminemos caminos de plenitud, no caminos de raquitismo.

Ante todas estas consideraciones que les va haciendo Jesús, por allá andan los discípulos más cercanos a Jesús que un día lo dejaron todo por seguirle y estar con El también con sus ambiciones y deseos normales y muy humanos. A nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué nos tocará? Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, será siempre mucho más lo que El nos ofrezca y nos regale. Pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados.

lunes, 27 de mayo de 2024

Pensemos cuales serán todas esas cosas que cargamos sobre las chepas del camello que nos impedirán entrar por las puertas estrechas de la ciudad de la vida eterna

 


Pensemos cuales serán todas esas cosas que cargamos sobre las chepas del camello que nos impedirán entrar por las puertas estrechas de la ciudad de la vida eterna

1Pedro 1, 3-9; Salmo 110; Marcos 10, 17-27

Una página del evangelio llena de matices y de detalles, de gestos y de exigencias, porque los matices no son como suele suceder quizás en algunos cuadros para suavizar lo que se nos quiere mostrar, sino todo lo contrario para mostrarlos la radicalidad del mensaje.

Nos habla de carreras entusiastas, nos habla de miradas que se entrecruzan, nos habla de situaciones en cierto modo de frustración, nos habla de imágenes que parecen imposibles como el camello pasando por el ojo de una aguja; seguramente más de uno habrá recordado lo que le ha costado enhebrar una aguja cuando quería coser un roto y se ha visto a si mismo en ese intento de atravesar el ojo de la aguja.

Un joven que se acerca entusiasmado porque le parece que ha encontrado lo que ha sido el sueño de su vida; en su piedad y en su vida religiosa habrá escuchado algo referente a lo que es la salvación y ahora Jesús le da la oportunidad de poder saber cual es el camino para alcanzarla. Y aparece una primera mirada, en este caso de Jesús, de acogida y satisfacción por los deseos de aquel joven que quieren expresar que la semilla que ha ido sembrando puede haber encontrado buena tierra. Pero las metas de Jesús nunca son cortas; no se trata solo de los cumplimientos elementales de lo que son los mandamientos de Dios; el que quiere aspirar algo, como lo parece aquel joven, tiene que extender su mirada más allá, y eso ha de pasar por un desprendimiento radical. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Los ánimos y entusiasmos del principio parecen que han encontrado una pared enfrente, porque todo se desinfla y cae como un globo que no tiene aire. Ahora es el joven el que ‘se marcha pesaroso porque, como dice el evangelista, era muy rico’.

Es cuando sentencia Jesús, para que sus discípulos comprendan. ‘¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!’Será algo que los discípulos no van a entender, como, reconozcámoslo, a nosotros también nos cuesta entender cuando todo lo pretendemos comprar con dinero. Muchos errores hemos tenido en la historia de la Iglesia en este sentido, cuando quizás pensábamos que por pagar unas limosnas ya estábamos exentos de la penitencia que habíamos de hacer por nuestros pecados; la intención de la Iglesia quizás era promover el compartir, pero la imagen que quedó era que comprando una bula podíamos comer carne los viernes.

Quizás eso puede sonar a anécdota de otros tiempos y quizás así tendríamos que tomárnoslo, pero sí seguimos pensando que porque regalemos cosas hermosas que adornen nuestros templos ya tenemos abiertas las puertas del cielo, mientras no somos capaces de compartir con el que está a nuestro lado con necesidad. Y de esto mucho tendríamos que contar.

Los apegos no nos dejan pasar por las puertas estrechas y ya nos dice el evangelio en otra ocasión que estrecha es la puerta que nos conduce a la vida eterna, ancha la que nos conduce a la perdición. Analicemos y pensemos como tantos apegos que podamos tener en nuestra vida crean un vacío a nuestro alrededor que nos impiden acercarnos de verdad a los hermanos que están a nuestro lado; cómo vamos llenando nuestra vida de cosas y de caprichos que no dejan entrar a nadie en nuestro corazón, esas cosas de los que somos esclavos casi sin darnos cuenta que lo somos, pero pensemos de cuantas cosas no seríamos capaces de desprendernos nunca.

Ahí tenemos toda esa serie de cachivaches electrónicos de los que vamos rodeando nuestra vida y sin los que nos parece que no podemos vivir. Creo que todos entendemos sin necesidad de mencionar más. Cosas es cierto que pueden tener buena utilidad pero que las llenamos de vicio cuando las convertimos en insustituibles de nuestra vida, y preferimos estar hablando con alguien que está a miles de kilómetros de distancia, pero no somos capaces de dejar el móvil a un lado para hablar con quien tenemos delante de nosotros.

¿No serán todas esas cosas que cargamos sobre las chepas del camello que le impedirán entrar por las puertas estrechas de la ciudad?


miércoles, 26 de octubre de 2022

A la pregunta si son muchos o pocos los que se salven Jesús nos dirá cómo vamos a ser reconocidos por El cuando pongamos amor en la vida

 


A la pregunta si son muchos o pocos los que se salven Jesús nos dirá cómo vamos a ser reconocidos por El cuando pongamos amor en la vida

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

‘¿Son pocos los que se salvan?’ siempre hemos tenido esa preocupación, pero de una forma concreta saber si yo me voy a salvar o no. Y por eso nos hacemos preguntas, ¿qué tenemos que hacer? ¿Qué mandamientos hay que cumplir? Repetidamente lo vemos en el evangelio; será el joven rico, o será el maestro de la ley que poco menos que viene a hacerle un examen a Jesús. La pregunta que está en la mente de todos, ¿cuál es el mandamiento principal? Y los discípulos que con El están también se preguntan qué es lo que les va a tocar a ellos que un día lo dejaron todo por seguirlo.

Pero Jesús no da cantidades de los que se salvan o no, tampoco ofrece recetas, está pidiendo generosidad en el corazón. Cuando uno vino a decirle que estaba dispuesto a seguirle a donde sea, le dice que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza, y que si entonces entiende eso de seguirle como una seguridades que nos lo van a dar todo hecho, no está entendiendo lo que es el Reino de Dios que El nos ofrece. Tiene que haber una nueva generosidad en el corazón, una disponibilidad grande sin estar esperando recompensas ni pagos, porque no son tantas cosas que hacer sino forma de vivir.

Por eso ahora habla de camino estrecho. ¿Significa que es una carrera de obstáculos la que hemos de correr? El camino es estrecho, la puerta es estrecha porque no podemos ir cargados con cosas innecesarias, que se van a convertir en un peso muerto que nos impedirá el poder actuar con total libertad, sin pesos que nos opriman. En otra ocasión hablará del camello que tiene que pasar por la puerta estrecha de la muralla, llamada aguja, pero que si va con excesivas cargas entre las jorobas y las angarillas por allí no podrá pasar.

Nos hablará de negarse a si mismo. ¿Qué significa ese negarse a si mismo? ¿Voy a negar mi identidad y mis valores? Significa escoger lo que son los verdaderos valores, lo que verdaderamente es importante, significa arrancarnos de tantas vanidades con que llenamos nuestra vida, no dejándonos encandilar por las apariencias, buscar lo que verdaderamente me hará grande; es dejar de pensar en mi yo que son mis brillos, que son mis ganancias, que con esas cosas con las que quiero relumbrar para que vean lo que valgo, lo que me encierra en mi mismo porque me lleva a pensar solo en mi mismo y me hace insolidario.

Será el cuidar que tenga suficiente aceite en la alcuza para que se puedan mantener encendida la luz de Cristo en mi vida. Entonces sí seremos reconocidos y podremos entrar al banquete de bodas, porque con esa luz de Cristo va a resplandecer el amor. Es lo que necesitamos. Porque Jesús nos va a reconocer porque un día compartimos nuestro pan con el hambriento, porque un día abrimos las puertas de nuestra casa y de nuestra vida para acoger al caminante, al peregrino, al que pasaba a nuestro lado aunque no lo reconociéramos, porque un día nos detuvimos junto a aquel que nos tendía la mano pidiéndonos una limosna y no paramos a hablar con él, a interesarnos por sus cosas y sus problemas, porque llevamos nuestra sonrisa a aquel que estaba triste en un rincón porque nadie se fijaba en él.

‘Cuando lo hicisteis con uno de esos, conmigo lo hicisteis, venid, benditos de mi Padre’, nos dirá Jesús. ¿Serán muchos o pocos los que se salven? Ya sabemos cual es el sentido de estas palabras o el sentido de nuestra vida.

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.

martes, 20 de agosto de 2019

Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios




Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Es una apetencia que todos llevamos en nuestro interior; quizá desde el mismo instinto de supervivencia todos ansiamos tener unos bienes que nos faciliten la vida e incluso desearíamos estar sobrados de bienes para que nunca nos falta nada de lo necesario y podamos atender debidamente a los nuestros respondiendo a nuestras responsabilidades.
Podemos pensar en bienes materiales, lo que llamamos riquezas, pero al mismo tiempo va acompañado de un deseo de prestigio, de incluso poder ocupar una situación en la vida donde podamos manifestar nuestro poder o nuestras influencias; queremos tener esa aureola de influencias y prestigios porque así quizá podamos hacer que aquellas forma que tenemos de plantearnos la vida sea de alguna manera como se construya nuestra sociedad.
Deseos que pueden ser buenos en cuanto desarrollo de nuestras posibilidades y capacidades deseando esa vida mejor para nosotros y para los nuestros. Pero todo lo que significa cotas de poder, ya sea de la posesión de unas riquezas, desde esos lugares de prestigio o influencia que podamos ocupar tienen el peligro de ser un terreno muy resbaladizo, porque esas riquezas que nos pueden valer para vivir una vida digna pueden pronto convertirse en una avaricia por acaparar y por poseer cada vez más, aunque al final ni siquiera disfrutemos del beneficio de esas mismas posesiones.
Pronto nos podemos endiosar, caer por pendientes de vanidad e incluso llenarse nuestro corazón de ambiciones desmedidas y de orgullos que nos puedan llevar a quitar de en medio lo que pudiera obstaculizar esa posesión egoísta de las cosas. Al final terminamos que más que poseer nosotros las cosas, las riquezas nos poseen a nosotros creándonos apegos del corazón que terminar por encerrarlo en el egoísmo.
Terminamos poniéndonos nosotros como centro de todo porque el orgullo nos endiosará y nos creeremos llenos de poder de manera que nada ni nadie pudiera estar por encima de nosotros. Se nos cierran los ojos para ver mas allá de nosotros mismos, para descubrir un verdadero sentido de vida y para darle una autentica trascendencia a nuestra vida. No vemos más allá de lo que poseemos, endiosamos nuestro yo o terminamos convirtiendo en dioses de nuestra vida esas cosas que poseemos.
Fue el impacto que produjo en el corazón de los discípulos la escena que ayer contemplábamos. Un joven que parece venir con ansias de vida pero que ante el planteamiento que le hace Jesús da la vuelta y se marcha de nuevo a lo suyo, a sus cosas. Era rico. Y hoy escuchamos la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro, les dice, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios’.
Termina Jesús poniéndoles un ejemplo muy gráfico. Aquellas puertas estrechas de las ciudades que eran llamadas agujas, precisamente por lo estrechas que eran, por las que nunca podría pasar un camello que viniera con todas su cargas. Y Jesús les dice la paradoja de que le es más fácil entrar un camello cargado con sus mercancías por aquellas puertas estrechas que un rico entrar en el reino de los cielos.
Y tenemos que pensar cuales son esos apegos que nosotros tenemos en nuestra vida. Necesitamos un examen serio. Con los apegos de nuestras riquezas, de nuestros orgullos y de nuestro yo, de nuestros prestigios y aires de grandeza, de nuestros endiosamientos y de nuestras vanidades no podemos alcanzar el Reino de Dios, porque son esas cosas a las que hemos convertido en dioses de nuestra vida. Y Dios es único.
Así podemos entender el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, en que tenemos que reconocer de una forma hecha vida que Dios es el único Señor de nuestra vida; por eso lo llamamos Reino de Dios. Por eso desde el principio nos está pidiendo conversión, dar la vuelta a nuestra vida, desprendernos de todo eso que llevamos apegado a nuestro corazón. Al joven rico Jesús le había pedido que lo vendiera todo, lo compartiera con los pobres y así tendría un tesoro en el cielo.

martes, 21 de agosto de 2018

Contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón para vivir la plenitud del Reino




Contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón para vivir la plenitud del Reino

Ezequiel 28,1-10; Sal. Dt 32; Mateo 19,23-30

‘¿Quién puede salvarse?’ se preguntan los discípulos más cercanos a Jesús tras el episodio del joven rico que aspiraba a la vida eterna, pero que ante las exigencias de Jesús da marcha atrás y se vuelve sin decidirse por seguir a Jesús. Era rico, nos dice el evangelista y Jesús continua apostillando cuán difícil le es a los ricos entrar en el Reino de los cielos. Y les propone la imagen del camello pasando por el ojo de una aguja. Por las puertas estrechas de las murallas de la ciudad donde les era difícil pasar con toda la carga que llevaban sobre sus gibas.
Por ahí anda la clave de las palabras de Jesús que tanto les cuesta entender a los discípulos y que tanto nos cuesta entender nosotros dándonos mil explicaciones como solemos hacer no cuando no entendemos, sino cuando nos parece que no nos interesa entender. Porque una cosa es que entendamos y otra cosa es que queramos entender. Cuantas veces nos hacemos oídos sordos a las explicaciones que nos quieren dar, cuantas veces nos hacemos oídos sordos cuando nos tocan en la herida de nuestra vida que no queremos curar.
Ahí están nuestros apegos, que pueden ser las riquezas como literalmente nos habla hoy el evangelio, pero que pueden ser tantas cosas que llevamos apegadas al corazón y de lo que no queremos desprendernos; y damos rodeos y rodeos sin decidirnos, sin dar valientemente el paso hacia delante para liberarnos de esas ataduras.
Serán cosas o serán actitudes, serán malas costumbres que hemos adquirido o esas rutinas que marcan el día a día de nuestra vida y que no queremos cambiar, serán unas posturas de comodidad con aquello de que siempre se ha hecho así y que no queremos ni siquiera pensar en que se puede renovar o serán esas pasiones que nos desbordan y que porque nos dan un momento de placer no pensamos en la trascendencia de nuestros actos que podríamos hacer mejor.
No podemos andar con vanidades en la vida donde todo se nos quede en apariencias; no podemos contentarnos y sentirnos tan a gusto con el orgullo de haber quedado por encima de los demás cuando sabemos bien que somos mezquinos y que los otros son mucho mejores que nosotros; no podemos dejarnos arrastrar por esos impulsos violentos de nuestros amor propio malherido, sino que hemos de saber reconocer nuestros errores porque no somos perfectos y las cosas se pueden hacer de mejor manera; no podemos dejarnos llevar por esas envidias y malquerencias que surgen en nuestro interior cuando descubrimos todo lo bueno que hay en el otro y que hasta incluso nos puede dar ejemplo.
Muchas cargas vamos echando sobre las gibas de nuestra vida que nos impiden caminar con libertad y en nuestro acaparar para nosotros mismos, terminamos acaparando también malos vicios, malos orgullos, malas actitudes y posturas que tomamos ante los otros y ante la vida y que sí es cierto que no nos dejaran entrar por la puerta del Reino de los cielos.
Por nosotros mismos no va a ser difícil muchas veces porque nos cegamos de tal manera que ni siquiera nos damos cuenta de esas oscuridades de nuestra vida; somos como aquellos ciegos de cataratas que poco a poco van perdiendo el brillo de la luz y de los colores en sus ojos y hasta que no se desprenden de esa catarata no se dan cuenta de cuanto habían perdido en la vida. De cuantas cosas, actitudes, posturas tenemos que desprendernos en la vida; solo así nos daremos cuenta de dónde está el verdadero tesoro que tendría que llenar nuestro corazón.
Para Dios no hay nada imposible, contando con la gracia del Señor tampoco será imposible para nosotros desprendernos de cuanto hemos de arrancar de nuestro corazón.

martes, 19 de agosto de 2014

Desprendidos de apegos y riquezas con corazón generoso haciéndonos los últimos podremos entrar en el Reino de los cielos

Desprendidos de apegos y riquezas con corazón generoso haciéndonos los últimos podremos entrar en el Reino de los cielos

Ez. 28, 1-10; Sal.:Deut. 32,26-36; Mt. 19, 23-30
‘Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Jesús utiliza esta frase proverbial de la dificultad de pasar un camello por el ojo de una aguja, que era una hipérbole para expresar que algo era irrealizable o muy difícil, para hablarnos de esa dificultad de los ricos para entender y vivir con todo sentido y profundidad los valores del Reino de Dios.
Ya sabemos cómo se hace con ello referencia a esas puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de las ciudades y que de alguna manera querían controlar lo que por ellas había de pasar. Claro un camello con sus jorobas, pero sobre todo un camello, que se utilizaba como animal de carga, con todas las cosas que podría llevar sobre él haría imposible su paso por esas puertas llamadas agujas precisamente.
El rico acaparador de riquezas y que en su avaricia y desconfianza no quiere dejar nada atrás está bien reflejado en esa imagen del camello cargado en su dificultad de paso por dichas puertas. Clara referencia a todos esos apegos del corazón que lastran nuestra vida, que nos esclavizan a las cosas, que crean ataduras y dependencias de las que nos cuesta arrancarnos en contraposición a esa libertad de espíritu de quien de todo se desprende para vivir con un corazón limpio y verdaderamente libre que lo que quiere es glorificar a Dios con su vida. Ojalá aprendiéramos a guardar nuestros tesoros no donde la polilla los corroen o los ladrones nos los pueden robar, sino en el cielo porque vivamos desprendidos de todo y compartiendo todo con los que menos tienen.
Todo parte como un comentario de lo que anteriormente ha sucedido - lo escuchábamos y comentábamos ayer - del joven rico que ante lo que Jesús le indicaba de vender cuanto tenía para darlo a los pobres y seguirle se había marchado muy triste porque era muy rico. Algún evangelista al narrarnos este hecho nos dice que Jesús se le quedó mirando. Y está también la reacción de los que estaban alrededor, en especial los discípulos más cercanos, ante el hecho y los comentarios de Jesús, de manera que exclamarán, porque se quedaron pasmados nos dice el evangelista, ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’.
La salvación es obra de Dios en nosotros; no son solo nuestros méritos, porque el único que ha podido merecer la salvación para nosotros es Jesús. El les dirá que ‘para los hombres por sí mismos imposible, pero Dios lo puede todo’. Y es que la respuesta que nosotros hemos de dar a la oferta de salvación que Jesús nos hace la podremos dar siempre con la ayuda de la gracia de Dios. No es imposible, sino que tenemos que dejarnos guiar por el impulso y la fuerza de la gracia divina.
Por allá sale Pedro siempre con sus impulsos espontáneos un poco menos que queriendo hacer lista de lo que ellos han hecho que un día lo dejaron todo por seguir a su maestro. Recordamos cómo al paso de Jesús por la orilla del lago cuando los invita a ser pescadores de hombres, dejaron las redes y la barca para irse con Jesús. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ Una pregunta espontánea como lo era el corazón de Pedro que era un corazón abierto y lo que sentía inmediatamente lo manifestaba.
Les habla Jesús del lugar importante que van a tener en el Reino de Dios; ‘los que me habéis seguido os sentareis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’. Palabras que pueden tener un claro sentido escatológico para hablarnos del final de los tiempos, pero pueden ser una referencia al lugar de los apóstoles y en ellos sus sucesores en lo que fue la trasmisión de la fe y lo que fue y sigue siendo la vida de la Iglesia, con esa característica tan propia de ser Iglesia apostólica.

Pero terminará hablando de la herencia de la vida eterna. ‘El que por mi deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna’. Pero concluye con algo muy importante que ya nos ha dicho para quien quiere ser principal y primero, que es necesario que se haga el último. ‘Muchos primeros serán los últimos y muchos últimos serán primeros’. Hagámonos los últimos y servidores porque así seremos en verdad los primeros en el Reino de los cielos.

martes, 20 de agosto de 2013

Con el Señor de nuestra parte es posible la salvación

Jueces, 6, 11-24; Sal. 84; Mt. 19, 23-30
‘¿Quién puede salvarse?’ Es la pregunta que se hacen los discípulos después de algunos comentarios que hace Jesús. Fue tras el episodio del joven rico que ante la invitación de Jesús de venderlo todo para dar el dinero a los pobres y luego seguir con toda radicalidad, y extrañados por esa reacción Jesús comenta que ‘difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos’ Y Jesús para que quedara clara la dificultad de la que hablaba, añadió: ‘Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’.
De ahí surgió la reacción y la pregunta: ‘¿Quién puede salvarse?’ Pero inmediatamente Jesús nos da la respuesta. La salvación no es solo cosa nuestra o simplemente por méritos que hayamos adquirido. Es cosa de Dios, pero a lo que nosotros hemos de dar ciertamente una respuesta, porque nunca el Señor nos salvará si nosotros no queremos la salvación que El nos ofrece.
La salvación es obra de Dios. ‘Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo’, afirma rotundamente Jesús. No obramos nosotros la salvación; no sería salvación sino que tendríamos que decirlo de otra forma. Es el Señor el que nos salva; es El quien ha ofrecido su vida para darnos la salvación; es Jesús quien nos ha redimido, porque por mucho que nosotros quisiéramos hacer nunca podríamos merecer la salvación. Es un don de Dios, un regalo de Dios.
Pero a ese regalo de Dios nosotros respondemos con actitudes y posturas nuevas en nuestra vida, con un nuevo actuar. Es Jesús quien con su muerte nos ha ganado la salvación, a lo que nosotros queremos decir sí; sí a ese amor infinito de Dios correspondiendo con nuestro amor; sí a esa salvación que nos ofrece, y cuando en esa salvación vemos nuestra vida transformada ahora queremos ya para siempre vivir en ese nuevo vivir, en esa nueva vida; le damos nuestro sí, y nos arrancamos de todo lo que nos ata; El nos ofrece el perdón de nuestros pecados porque solo El es quien puede perdonarnos, pero en nosotros está ese arrancarnos de nuestra vieja condición de pecadores para vivir la vida del hombre nuevo de la gracia.
Pero a lo que Jesús nos decía de la dificultad de los ricos para entrar en el reino de los cielos está el que mientras no seamos capaces de arrancarnos de todo lo que nos ata y nos esclaviza nos será imposible vivir en ese estilo nuevo del Reino de Dios, en ese estilo nuevo de los que viven la salvación de Jesús. Ya sabemos de las ambiciones de nuestro corazón y de las ataduras que nos creamos desde la posesión de las cosas materiales o la posesión de las riquezas. Se convierten para nosotros en dioses de nuestra vida, ídolos a los que terminamos adorando.
De ahí, la dificultad con el ejemplo que nos pone Jesús. Por las puertas estrechas de las murallas antiguas un camello con sus jorobas y las cargas que llevaban les era difícil entrar. Sin embargo nos dice Jesús que más fácil entra el camello a pesar de sus jorobas por esas puertas estrechas, que eran llamadas agujas, que quien tiene su corazón apegado a las riquezas pueda entrar en el Reino nuevo de Dios.

Vivamos con corazón desprendido; no apeguemos nuestro corazón a las cosas que terminarán esclavizándonos. Atesoremos los tesoros que bien merecen la pena cuando ponemos amor verdadero en nuestro corazón. Es lo que le pedía Jesús a aquel joven que venía con la ilusión de la vida eterna y es lo que continua pidiéndonos Jesús a nosotros. Que no haya jorobas ni apegos en nuestra vida que nos impidan ir con un corazón limpio y libre al encuentro del Señor. Con la fuerza y la gracia del Señor podemos conseguirlo. El está siempre con nosotros; que nosotros tengamos siempre nuestro corazón libre para Dios. Con el Señor de nuestra parte podremos alcanzar la salvación.