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martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


lunes, 3 de marzo de 2025

Buscamos la felicidad o buscamos la vida eterna, una senda que hemos de emprender por el camino de las bienaventuranzas para saber lo que buscamos

 


Buscamos la felicidad o buscamos la vida eterna, una senda que hemos de emprender por el camino de las bienaventuranzas para saber lo que buscamos

Eclesiástico 17, 24-29; Salmo 31; Marcos 10, 17-27

¿Qué tendría que hacer para ser feliz? Me pueden decir que estoy cambiando la pregunta que le hace aquel joven a Jesús, según nos cuenta el evangelio. Me atrevo a decir que en  cierto modo no, porque tendríamos que preguntarnos ¿qué significaría realmente para aquel joven lo de la vida eterna? ¿Qué podemos entender con una pregunta así en este mundo en que vivimos, que podrá entender la gente que nos rodea?

Realmente tendríamos que decir que esa es una prioridad muy importante en nosotros y en los que nos rodean; queremos ser felices y daríamos lo que fuera por ser felices. ¿En qué ponemos esa felicidad? Normalmente soñamos con tener, con tener de todo, sentirnos así fuertes y poderosos para hacer lo que nos apetezca, rodearnos de comodidades, sentirnos quizás por encima de los demás desde esa posición de poder que nos pueda dar la riqueza o el dinero; poder divertirme y que nada nuble esa diversión, aunque no siempre sea alegría en el fondo; porque todo parece que lo hacemos desde el exterior y la vanidad de lo que luce externamente pareciera que nos diera mucha satisfacciones.

¿Es esa nuestra manera de pensar? Cuidado que aunque digamos que no todo ni siempre lo ponemos en esas cosas, sin embargo nos sentimos tentados por esos sueños y ambiciones. Por eso nos cuesta entender el evangelio de Jesús. Reconozcámoslo. Hay cosas que a veces no entendemos, aunque no digamos nada; y todavía el mensaje de las bienaventuranzas no termina de calar en nosotros, en nuestra forma de entender la vida, en lo que hacemos o en lo que son nuestras prioridades.

Comentando este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, con esa petición de aquel joven la respuesta y el diálogo con Jesús y lo que Jesús le propone con el abandono de quien primero había venido tan entusiasmado, lo que tendríamos que comenzar a hacer es escuchar aquella primera bienaventuranza del monte en la que Jesús dice que son dichosos los pobres y de ellos es el Reino de los cielos. Claro que siempre le damos muchas vueltas a esas palabras de Jesús para hacer nuestra interpretación y nuestras rebajas.

Aquel joven que se acercó a Jesús con tan buenos deseos y voluntad era una persona buena y cumplidora. Cuando Jesús le habla de cumplir los mandamientos, él responde que eso lo ha cumplido desde siempre. Pero Jesús propone algo más, algo que está en consonancia con aquella primera bienaventuranza. ‘Una cosa te falta, le dice Jesús: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme’.

Solo quien es capaz de desprenderse de todo podrá entender lo que es el Reino de Dios. Quien es pobre quitando todo apego de su vida podrá tener un corazón libre y liviano para emprender ese camino del Reino de Dios. Es tener abiertas las puertas a otras riquezas que sí van a dar plenitud a nuestra vida; es tener la libertad de emprender el camino de otros valores que van a llenar la vida de sentido; es arrancar esos velos que oscurecen los ojos del corazón para ver lo que verdaderamente es importante en nuestra vida; es saber distinguir lo que es caduco y efímero para centrarnos en lo que nos llene de plenitud y nos dé la verdadera felicidad; es no quedarnos en esas cosas que nos entretienen y nos divierten, pero que no nos están dando verdadera felicidad, porque como un fuego fatuo cuando se apagan se quedan en nada.

Aquel joven se marchó muy triste porque aun no había entendido verdaderamente lo que era la autentica felicidad, era muy rico y su corazón tenía muchos apegos en cosas que se gastan y se quedan en nada. Ya vemos las palabras que siguen de Jesús y la extrañeza de los discípulos cercanos a Jesús. ‘Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios’.

Podrá parecer imposible, como comentarán los discípulos, pero son cosas que no hemos de hacer a lo humano, solo con nuestros parámetros y medidas humanas, sino que tenemos que hacerlo desde Dios, desde el sentido de Dios. ‘Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo’. Con Dios todo es posible, por eso nuestra mirada tiene que ser distinta, lo que por ese camino buscamos nos llevará a la más plena felicidad.

domingo, 13 de octubre de 2024

Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría, verdadera riqueza de la vida, que se verá llena de alegría y júbilo

 


Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría, verdadera riqueza de la vida, que se verá llena de alegría y júbilo

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30

Saber discernir en el momento oportuno la decisión que se debe tomar es un valor importante en la vida, es haber descubierto la verdadera sabiduría de la vida; algo que no siempre logramos con la facilidad deseada, algo que iremos consiguiendo desde un aprendizaje de la misma vida que nos va haciendo madurar, encontrarnos con nosotros mismos y lo que verdaderamente nos va a engrandecer; algo que vamos recibiendo, como decíamos, desde esa experiencia de la vida que también nos hace aprender de los que están a nuestro lado; algo que es lo que realmente nos da profundidad y al mismo tiempo nos eleva a una cota del espíritu por encima de lo material, por encima de otras ambiciones como el poder o la vanidad que pudieran irnos apareciendo en la vida; algo, decimos en nuestra fe, que nos acerca a Dios, nos hace participar de ese espíritu y sabiduría de Dios.

¿Buscamos o anhelamos esa sabiduría como la mejor riqueza que podamos alcanzar? Me atrevo a considerar que de alguna manera es lo que aquel joven – casi siempre al comentar este texto del evangelio pensamos en un joven, aunque podríamos decir que es quien tiene un espíritu joven a pesar de los años – estaba buscando con aquella pregunta que le hace a Jesús.

Dice el evangelista que ‘cuando Jesús salía al camino se le acercó uno corriendo, que se postró y le pregunto: ¿Qué haré para heredar la vida eterna?’ ¿Qué haré para encontrar esa sabiduría de la vida?, nos atrevemos a traducir de alguna manera. Podíamos decir que en la respuesta Jesús le está dando la pauta de esos pasos que hemos de ir dando. Sé fiel a ti mismo y a lo que son los principios fundamentales de la vida, ‘cumple los mandamientos’, le dice Jesús.

Es como vamos aprendiendo, desde esos pequeños pasos, que podríamos decir, porque los mandamientos no son otra cosa que la pauta que nos ha trazado Dios para que encontremos y le demos el mejor sentido a nuestra vida. ¿Qué nos piden sino el buscar lo que verdaderamente es importante en la vida? ¿Qué nos piden sino ese respeto y valoración de los demás a los que siempre hemos de hacer el bien y nunca el mal? Fijémonos en el sentido de cada uno de los preceptos y lo entenderemos, no viéndolo como unas prohibiciones sino como un camino que nos lleva siempre recto a lo mejor. Aquel joven había hecho ese camino, cumplía los mandamientos.

Jesús propone un paso más tratando de descubrir el verdadero valor de lo que somos y de lo que tenemos. No podemos encerrarnos en nosotros ni poner como centro de nuestra vida eso que tenemos en las manos. Es necesario romper ese circulo que nos encierra para abrir con generosidad a los demás y así nos sentiremos liberados en lo más hondo de nosotros mismos. Y nos habla Jesús de desprendimiento y de generosidad en el compartir y en el ser para los demás. Descubriremos el verdadero valor de nuestro yo y nuestra vida, como de todo lo que tenemos, estaremos encontrando esa verdadera sabiduría de la vida.

Eso es lo que verdaderamente nos hace grandes. ¿A quienes son los que nosotros en la vida más valoramos? ¿A los que se presentan ante nosotros con toda la prepotencia de sus riquezas o de su poder? Es cierto que a veces nos aparecen esas tentaciones de prepotencia y de poder en nuestro corazón, pero cuando nos sentimos mejor a gusto con alguien es con quien es sencillo y humilde, con quien es generoso y sabe acercarse con el corazón en la mano a los demás. Es el desprendimiento que nos está pidiendo Jesús. Ese es nuestro verdadero tesoro para el cielo; ahí está nuestra verdadera sabiduría.

Por eso seguirá diciendo Jesús ante el estupor de los discípulos que no siempre terminan de entenderlo bien lo difícil que le es a los ricos entrar en el reino de los cielos. Más fácil entrar un camello por el ojo de una aguja, y ya sabemos cómo tenemos que interpretarlo. Con los apegos del corazón engordando nuestra vida no se nos hará fácil el camino sino que todo van a ser a la larga obstáculos y dificultades, como el camello excesivamente cargado que no podía entrar por las puertas estrechas de la muralla de la ciudad que precisamente llamaban agujas.

Y ante el comentario que se hacen los apóstoles que ellos ya un día lo habían dejado todo para seguir a Jesús, les viene a decir que el bien que vamos haciendo siempre se multiplica sobre si mismo. Como dice, nada quedará sin recompensa. Sé generoso y despréndete de eso que tienes porque lo compartes con los demás, y nunca te va a faltar.

Esa generosidad que derrochas con tu vida un día se va a multiplicar en bendiciones sobre ti, y con esa misma generosidad vas a recibir también del amor de los demás. El bien es expansivo y contagioso, siempre nos vamos a encontrar quien contagiado de esa bondad lo va a ser igualmente contigo. Y Dios además no se deja ganar en generosidad, El que siempre es compasivo y misericordioso.

martes, 20 de agosto de 2024

Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

 


Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30 

En la lógica de lo humano que vivimos entra el que deseemos ver el fruto del trabajo de nuestras manos y que contribuya además a una vida digna y mejor cada día; justo es que con el rendimiento del fruto de lo que hacemos podamos ir agenciándonos unos medios que de alguna manera enriquezcan nuestra vida, porque nos dan posibilidades de algo mejor para nosotros pero el poder dedicar nuestra vida sin agobios a una tarea verdaderamente humana.

No está lejos de lo que nos enseña Jesús, pues el mensaje del evangelio no lo hemos de ver solo por partes sino hacer una mirada y una escucha en todo su conjunto; ya nos dirá Jesús que hemos de darle rendimiento a los talentos que poseemos y precisamente condena a quien no supo o no quiso hacerlo, o quizás por medio escondió aquel talento; no era cuestión solo de no perderlo sino de negociarlo, incluso con sus riesgos, para obtener un beneficio mayor.

Una cosa que realmente es necesaria es saber valorar en su punto esos medios materiales y darles un uso que no está lejos de la humanidad con que hemos de vivir la vida no solo en relación a nosotros mismos sino a los demás. Nunca pueden ser un apego de corazón que nos limite o nos esclavice, que cierre nuestra mente con unas ambiciones materiales, o nos haga actuar con avaricia pensando solo en tener por tener sin en verdad disfrutarlo y colaborar también al disfrute de los demás.

Sin embargo nos puede resultar fuerte el texto del evangelio de hoy, pero que sin embargo hemos de saber leer en su conjunto. Fue después del episodio del joven rico que venía con grandes aspiraciones en su corazón, pero que sin embargo su corazón no era totalmente libre porque se sentía muy apegado a lo que poseía. Contemplamos la tristeza de quien no fue capaz de dar el paso, pero contemplamos la mirada de Jesús ante la vuelta atrás de aquel joven que por sus apegos, pudiendo llegar muy lejos, sin embargo se alejaba de Jesús.

Y es la sentencia con que se abre, por así decirlo, el pasaje de hoy del evangelio. ‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’.

¿Imposible? Se preguntan los discípulos. Difícilmente, es lo que dice Jesús. Las jorobas de nuestra vida cargadas de tantas riquezas materiales de las que no queremos desprendernos, no harán nada fácil el paso por la puerta estrecha de las murallas del Reino de los cielos. Ya sabemos que los pesos muertos no nos dejarán caminar, si queremos ascender ligeros a ese monte de Dios, ligeros tenemos que ir de alforjas que siempre lo que harán es entorpecernos el camino.

Es el desprendimiento del que nos habla Jesús; es el buscar el verdadero tesoro, porque el que seremos capaces de abandonar todas las otras riquezas; es ese encontrar el tesoro escondido y hacer todo lo posible por hacernos con El. Es el descubrir esa belleza del evangelio, esa belleza del mensaje de Jesús, aunque al mismo tiempo se nos presente exigente, pero lo que quiere Jesús es que caminemos caminos de plenitud, no caminos de raquitismo.

Ante todas estas consideraciones que les va haciendo Jesús, por allá andan los discípulos más cercanos a Jesús que un día lo dejaron todo por seguirle y estar con El también con sus ambiciones y deseos normales y muy humanos. A nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué nos tocará? Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, será siempre mucho más lo que El nos ofrezca y nos regale. Pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados.

lunes, 19 de agosto de 2024

A nosotros nos toca seguirle, liberados de pesos muertos, porque así es la ascensión de nuestra vida cristiana

 


A nosotros nos toca seguirle, liberados de pesos muertos, porque así es la ascensión de nuestra vida cristiana

Ezequiel 24, 15-24; Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

Nos la damos de generosos pero siempre andamos buscando reglas y medidas para ver hasta donde tengo que llegar, pero sin sobrepasarme, para dar por cumplidos esos protocolos que me pondrían ya en la lista de las personas buenas. Sí, porque no necesitamos hacer más de lo mínimo que se me exige, porque yo tampoco quiero ir de ‘superhombre’, con que me quede dentro de los límites me contento. Porque, bueno, yo ya cumplo.

¿Serán esos los raquitismos con que andamos por la vida? Aunque nos demos de generosos y cumplidores. ¿Es esa la medida de la intensidad con que vivimos nuestra vida cristiana? Cuántas veces habremos estado contando los rosarios que hemos rezado, o las veces que hemos venido a la Iglesia, quizás aun sigamos sintiendo pesar en el corazón porque un día nos propasamos a la hora de dar una limosna. No estoy exagerando, porque son pensamientos y tentaciones que nos asaltan, son cosas que también he escuchado muchas veces. Es lo que realmente le está planteando aquel joven a Jesús.

Parecía venir con buenas intenciones y no lo dudamos; parecía ser una persona buena y con inquietud, y ahí estaban esos deseos de vida eterna; no era de los que habían vivido una vida desordenada, porque había sido muy cumplidor, nos dice que él desde su niñez siempre ha cumplido los mandamientos. Y podemos ver la mirada de Jesús hacia aquel joven que prometía luchar por altas metas en su vida.

Pero el camino es una ascensión continua que no puede detenerse. Jesús ve en aquel joven posibilidades de cosas grandes. Tras ese primer diálogo donde se va viendo esa buena actitud en principio de aquel joven, Jesús propone algo más. La ascensión no se debería detener. Las reglas y medidas han de romperse y saltar por los aires cuando hay algo mejor. Nosotros también tenemos miedo muchas veces, si acaso el paso siguiente que vamos a dar nos va a comprometer mucho, y ya nos ponemos a ver hasta donde podemos llegar, cuanto podemos dar de nosotros mismos. Porque, claro, siempre habría que reservarse algo para uno mismo, por si acaso un día faltara, por si acaso se pueden volver las tornas y al final nos vamos a quedar ‘compuestos y sin novia’, como dice el refrán.

‘¿Qué me falta?’ se sigue preguntando el joven. ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme’, le dice Jesús.

Así en directo, como quiere hablarnos Jesús al corazón. Ya no es ver hasta donde llego, cuanto me queda para mí, lo de ser previsor por lo que pueda pasar. Ahora se trata de todo. Ya no son cumplimientos, ya no son cosas que vamos acumulando para irnos haciendo una reserva allá en el cielo. ‘Vende tus bienes, da el dinero a los pobres y luego ven y sígueme’.

Ya nos dirá en otro momento que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza, ya nos dice que no podemos andar mirando atrás lo que hemos dejado dejando que salgan a flote de nuevo las añoranzas de lo que tuvimos o de lo que vivimos, ya nos dice que su camino es un camino de vida y no de muerte, aunque tengamos que morir a nosotros mismos, ya nos dirá que no vamos buscando prebendas como los poderosos de este mundo para sentarnos por encima de todos, ya nos dirá que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos. Y aquí no caben reglas, ni medidas, ni protocolos que cumplir; aquí se trata de una vida que dar, como lo hizo El que va delante de nosotros.

A nosotros nos toca seguirle, pero liberados de pesos muertos, porque con esos apegos que nos arrastran no podemos hacer camino de ascensión. Para subir a la montaña de la Pascua tenemos que estar liberados de todo. ‘Tú, ven y sígueme’. Es el camino que nos hace cristianos de verdad identificándonos del todo con Cristo.

 

lunes, 27 de mayo de 2024

Pensemos cuales serán todas esas cosas que cargamos sobre las chepas del camello que nos impedirán entrar por las puertas estrechas de la ciudad de la vida eterna

 


Pensemos cuales serán todas esas cosas que cargamos sobre las chepas del camello que nos impedirán entrar por las puertas estrechas de la ciudad de la vida eterna

1Pedro 1, 3-9; Salmo 110; Marcos 10, 17-27

Una página del evangelio llena de matices y de detalles, de gestos y de exigencias, porque los matices no son como suele suceder quizás en algunos cuadros para suavizar lo que se nos quiere mostrar, sino todo lo contrario para mostrarlos la radicalidad del mensaje.

Nos habla de carreras entusiastas, nos habla de miradas que se entrecruzan, nos habla de situaciones en cierto modo de frustración, nos habla de imágenes que parecen imposibles como el camello pasando por el ojo de una aguja; seguramente más de uno habrá recordado lo que le ha costado enhebrar una aguja cuando quería coser un roto y se ha visto a si mismo en ese intento de atravesar el ojo de la aguja.

Un joven que se acerca entusiasmado porque le parece que ha encontrado lo que ha sido el sueño de su vida; en su piedad y en su vida religiosa habrá escuchado algo referente a lo que es la salvación y ahora Jesús le da la oportunidad de poder saber cual es el camino para alcanzarla. Y aparece una primera mirada, en este caso de Jesús, de acogida y satisfacción por los deseos de aquel joven que quieren expresar que la semilla que ha ido sembrando puede haber encontrado buena tierra. Pero las metas de Jesús nunca son cortas; no se trata solo de los cumplimientos elementales de lo que son los mandamientos de Dios; el que quiere aspirar algo, como lo parece aquel joven, tiene que extender su mirada más allá, y eso ha de pasar por un desprendimiento radical. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Los ánimos y entusiasmos del principio parecen que han encontrado una pared enfrente, porque todo se desinfla y cae como un globo que no tiene aire. Ahora es el joven el que ‘se marcha pesaroso porque, como dice el evangelista, era muy rico’.

Es cuando sentencia Jesús, para que sus discípulos comprendan. ‘¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!’Será algo que los discípulos no van a entender, como, reconozcámoslo, a nosotros también nos cuesta entender cuando todo lo pretendemos comprar con dinero. Muchos errores hemos tenido en la historia de la Iglesia en este sentido, cuando quizás pensábamos que por pagar unas limosnas ya estábamos exentos de la penitencia que habíamos de hacer por nuestros pecados; la intención de la Iglesia quizás era promover el compartir, pero la imagen que quedó era que comprando una bula podíamos comer carne los viernes.

Quizás eso puede sonar a anécdota de otros tiempos y quizás así tendríamos que tomárnoslo, pero sí seguimos pensando que porque regalemos cosas hermosas que adornen nuestros templos ya tenemos abiertas las puertas del cielo, mientras no somos capaces de compartir con el que está a nuestro lado con necesidad. Y de esto mucho tendríamos que contar.

Los apegos no nos dejan pasar por las puertas estrechas y ya nos dice el evangelio en otra ocasión que estrecha es la puerta que nos conduce a la vida eterna, ancha la que nos conduce a la perdición. Analicemos y pensemos como tantos apegos que podamos tener en nuestra vida crean un vacío a nuestro alrededor que nos impiden acercarnos de verdad a los hermanos que están a nuestro lado; cómo vamos llenando nuestra vida de cosas y de caprichos que no dejan entrar a nadie en nuestro corazón, esas cosas de los que somos esclavos casi sin darnos cuenta que lo somos, pero pensemos de cuantas cosas no seríamos capaces de desprendernos nunca.

Ahí tenemos toda esa serie de cachivaches electrónicos de los que vamos rodeando nuestra vida y sin los que nos parece que no podemos vivir. Creo que todos entendemos sin necesidad de mencionar más. Cosas es cierto que pueden tener buena utilidad pero que las llenamos de vicio cuando las convertimos en insustituibles de nuestra vida, y preferimos estar hablando con alguien que está a miles de kilómetros de distancia, pero no somos capaces de dejar el móvil a un lado para hablar con quien tenemos delante de nosotros.

¿No serán todas esas cosas que cargamos sobre las chepas del camello que le impedirán entrar por las puertas estrechas de la ciudad?


martes, 1 de marzo de 2022

Nos desconcierta Jesús porque trastoca muchas aspiraciones, nos promete vida eterna para quienes le seguimos, pero nos habla de los últimos que serán los primeros

 


Nos desconcierta Jesús porque trastoca muchas aspiraciones, nos promete vida eterna para quienes le seguimos, pero nos habla de los últimos que serán los primeros

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

En el sentido habitual de nuestro vivir nos parece justo que se tengan en cuenta los méritos de la persona, porque desde su capacidad, pero también del desarrollo responsable de las cualidades y valores de su vida, pueda ir como ascendiendo en esos escalones de responsabilidades y pueda ver un fruto de su trabajo, esfuerzo y responsabilidad en esa asunción de nuevas funciones en bien de la misma sociedad.

Nos quejamos muchas veces cuando no son los méritos sino los amiguismos los que llevan a algunos a ascender en esa escala social de responsabilidades  y por supuesto de las retribuciones que pueda obtener. Justo es, repito, la valoración de los méritos de una persona en función del desarrollo de sus responsabilidades. Medidas humanas tenemos que tener en nuestras relaciones y siempre lo hemos de hacer desde la mayor rectitud.

Sin embargo, aunque esas cosas puedan ser buenos alicientes, una persona madura y responsable de sí misma no se mueve solo desde esos intereses que se puedan convertir en ganancias; diríamos que la responsabilidad comienza con uno mismo y si es poseedor de unos valores o de unas cualidades, ha de buscar, es cierto su crecimiento personal en el desarrollo de esos valores que posee, pero también piensa en esa sociedad en la que vive y de la que se siente de alguna manera deudora y responsable; aquello que posee tiene también esa función social de enriquecer a la misma sociedad. Ahí manifiesta su madurez y su grandeza.

Es la respuesta que va dando a esos valores de los que Dios le dotó que van a ser una riqueza no solo en lo material para ese mundo en el que vive. Nos sentimos responsables no solo de nuestra vida personal sino de ese mundo en el que vivimos; nos sentimos llamados a desarrollar también una función en medio de esa sociedad.  Y aquí tendríamos que recordar aquello de que no podemos enterrar el talento que se nos ha dado, sino que hemos de saberlo negociar en bien no solo de uno mismo sino de la sociedad en la que vive.

Los méritos de esa persona no son las ganancias que en el orden material pueda recibir, sino que será la satisfacción que sentirá en lo más hondo de sí mismo por el bien que realiza, por la función que está llamado a realizar en medio de ese mundo, de esa sociedad. No nos movemos entonces solamente buscando unas satisfacciones materiales o unas ganancias sino que es esa respuesta responsable que nosotros estamos dando a la vida misma con todo lo que en la misma vida hemos recibido.

¿Búsqueda de méritos de interés? Tiene que ser algo distinto. ¿Búsqueda de reconocimientos de eso que hacemos? Parecería que fuera algo normal, pero no hacemos las cosas para que nos den las gracias, hacemos las cosas como responsabilidad y como respuesta a una llamada que sentimos en lo hondo de nosotros mismos. Desde la fe sentimos que esa llamada viene de Dios, y el dar gloria a Dios con lo que hacemos es nuestra mayor gloria.

Sin embargo todos sentimos la tentación de esa búsqueda de méritos y de reconocimientos. Pero como quien pone toda su confianza en Dios, en manos de Dios dejamos cuanto hacemos porque lo que buscamos es la gloria de Dios. En el evangelio vemos que los discípulos que han seguido a Jesús y han dejado muchas cosas por estar con El también tienen esa tentación de reconocimientos. En algún momento los veremos interesados en la búsqueda de primeros puestos, de influencias que pudieran tener por una cosa o por otra para ocupar lugares principales en ese Reino que Jesús anuncia. Ya vemos como Jesús va formando sus conciencias, va haciéndoles aspirar a cosas más grandes.

Ahora como consecuencia de lo que están aprendiendo con aquel episodio del joven rico, que era muy cumplidor, que deseaba en verdad alcanzar la vida eterna, y Jesús le pide el desprendimiento de todo para tener ese tesoro en el cielo, surge en ellos también la duda y el interrogante. ¿Y ellos que lo han dejado todo que van a recibir? ¿Jesús les va a pedir algo más aún?

‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.


Es la respuesta de Jesús. Nadie le va a ganar en generosidad. Se han dado por El, por el Evangelio…
‘en la edad futura, vida eterna’, les dice. Pero un día, cuando alababa a Juan, el mayor de los nacidos de mujer, decía también que el más pequeño podía adelantársele en el Reino de los cielos. Hoy nos ha terminado diciendo ‘muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. ¿Qué nos querrá decir? Recordemos que cuando discutían por los primeros puestos les decía, que había que hacerse el último y el servidor de todos. ¿Entenderemos el camino de Jesús? Algunas veces parece que nos desconcierta

lunes, 28 de febrero de 2022

Queremos y buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

 

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades. Cuando nos prometen algo, cuando nos dicen que vamos a conseguir algo, cuando nos dicen que ese camino nos lleva a alguna parte y nos señalan algo concreto, cuando nos ofrecen metas, ideales, cosas que nos pueden dar la seguridad, queremos estar seguros, que no nos engañen, que lo podamos conseguir fácil, poco menos que una operación matemática, dos y dos son cuatro, aquello que nos prometen o nos plantean que nos den seguridad.

Y algunos pretenden comprar esas seguridades, piensan que todo tendrá su precio y estamos dispuestos a pagar, y si es una cosa que nos apetece mucho pagaremos lo que sea por alcanzarlo. Pero, ¿todo se puede comprar? ¿Todo lo podemos cuantificar de esa manera? ¿A todo le podemos poner un precio material? ¿No habrá algo que se nos escapa de las manos? Algunas veces parece que esas certezas no son tan seguras. O nos damos cuenta que todo no se puede cuantificar desde lo material o lo económico. No nos valen esas medidas con las que estamos acostumbrados a cuantificar las cosas.

Parece como muy lógico y muy humano que andemos en esas búsquedas de seguridades en lo que hacemos o en lo que buscamos, porque ahí entra también nuestra capacidad de razonamiento y de decisión, pero quizás alguna vez nos sorprendemos que haya cosas o aspectos de la vida en la que no caben quizás esos planteamientos que nos pueden parecer tan razonables. Hay medidas que nos superan, o hay cosas que no alcanzamos desde esas medidas a lo humano, lo terreno o incluso al estilo económico. Y es cuando entramos en los ámbitos de la salvación, en los planteamientos que nos hace Jesús en el evangelio para que logremos lo que es verdadera riqueza para nuestra vida.

Una cosa que surge fácil en este sentido de nuestras búsquedas es el tema de la salvación. Hoy se presenta un muchacho joven, un buen muchacho y muy cumplidor, a Jesús preguntando qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. Por ahí andan metidas esas cuantificaciones, o esas cosas que queremos hacer a la manera de compra, por así decirlo, para alcanzar el vivir en Dios. Jesús le habla de los mandamientos, que son ese camino que nos ha trazado Dios para vivir una vida recta, y el muchacho dice que eso para él es nada, porque eso lo ha hecho siempre.

Y es cuando Jesús ofrece otros parámetros, otras medidas. ‘Una cosa te falta, pues: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Aquí ya es algo más que cumplir con unas reglas o unas medidas, aquí es necesario algo que tiene que salir del corazón para tener esa capacidad de desprendimiento, para ser capaz de vaciarse de sí mismo, de desprenderse de apegos, de olvidarse de sí mismo. Y ya esto no son medidas que podamos cuantificar con un peso o con una regla. Es otra cosa, otra generosidad, otra disponibilidad, otra capacidad de amar y de amar hasta lo extremo. Es una órbita y un sentido distinto de la vida. Ahora son seguridades que nacerán de la confianza en la Palabra que nos viene de Dios.

Aquel joven no fue capaz. Se marchó triste y pesaroso porque no era eso lo que él pensaba, lo que eran sus planteamientos. Era rico, dice el evangelista. Y Jesús se le quedará mirando también como se marchaba. Ya conocemos los comentarios posteriores de Jesús que de alguna manera escandalizan a los discípulos, porque habían sido generosos para seguir a Jesús y muchas cosas habían dejado atrás, todavía en su corazón andaban con sus cuantificaciones. Algún día preguntarán qué es lo que ellos van a alcanzar que lo habían dejado todo por seguir al maestro. Ahora piensan que eso de salvarse es imposible, porque es imposible tener esas nuevas actitudes que pide Jesús. ‘Para lo hombres parecerá imposible, les dice Jesús, pero no es imposible para Dios’.

Y es que en ese tema de la salvación, de lo que es el seguimiento de Jesús no es cosa que solo hagamos por nosotros mismos; es algo que tenemos que hacer con la gracia del Señor; y es necesario dejarse conducir por esa gracia, por esa llamada del Señor, por eso sentir de verdad a Dios en su vida porque seamos capaces de desprendernos de nosotros mismos y comenzar a confiar en Dios por encima de todo. La certeza para nosotros es Jesús, nuestra única seguridad y nuestra única certeza. El es el Camino y la Verdad y la Vida.

domingo, 10 de octubre de 2021

Sepamos valorar lo que somos para discernir la verdadera sabiduría arriesgándonos por el camino de vida que nos ofrece Jesús que nos lleva a la plenitud

 


Sepamos valorar lo que somos para discernir la verdadera sabiduría arriesgándonos por el camino de vida que nos ofrece Jesús que nos lleva a la plenitud

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30

Saber valorar lo que somos o lo que tenemos es una gran sabiduría. No es cuestión solamente de cuantificar lo que tenemos como quien está contando una y otra vez las riquezas materiales que tiene, sino que es sobre todo ver lo que somos pero no por las cosas materiales que poseamos sino por el espíritu con el que vivimos sabiendo valorar lo que verdaderamente tiene importancia en la vida. 

La sabiduría, como la verdadera riqueza no está en las cosas que poseemos sino en ese yo profundo que saber encontrar un sentido y un camino para ser en plenitud y para darle el valor que en verdad tiene todo aquello que poseemos. No se mide la grandeza del hombre por los codos o centímetros que mida en altura, ni se mide su sabiduría por el peso de sus bolsillos. Serán otras las medidas y será otra cosa lo que se ha de pesar porque será lo que se lleva en el corazón lo verdaderamente importante.

Se postró ante Jesús alguien que es cierto llevaba una inquietud en su corazón aunque no sabía qué respuesta darle o cómo resolver los planteamientos que se hacía dentro de sí. ¿Cómo conseguir la vida eterna? fue la pregunta que de alguna manera le estaba haciendo a Jesús. Cuando hablamos de conseguir algunas veces hablamos de comprar o también podemos pensar qué tenemos que hacer o qué tenemos que gastar para conseguir eso que ansiamos. La pregunta y la petición podía tener, es cierto, algunos matices según se mirara.

Jesús le plantea un sentido de vida. Le señala los mandamientos que son un cauce de vida. El hombre era bueno, cumplía los mandamientos. Como le responde, eso se lo habían enseñado de niño y de niño siempre había tratado de cumplirlos. Jesús sigue señalando un camino de vida, mira a ver lo que tienes y qué es lo que vas a hacer con ello; mira lo que tienes y trata de discernir cuál es el verdadero tesoro que tienes; mira si eres capaz de despojarte de lo que tienes para que pueda tener un tesoro en el cielo; mira lo que tienes y piensa en cuánto puedes hacer con todo eso y beneficiarás a los demás, a los pobres, a los que tienen menos que tú, a los que no tienen nada.

Llegaba el momento del discernimiento, llegaba el momento de encontrar la verdadera sabiduría, llegaba el momento de descubrir cuál era la verdadera riqueza que tenía en su interior, no solo lo que podía pesar en sus bolsillos. Algunas veces las decisiones se hacen difíciles, nos cuesta discernir lo que es verdaderamente importante; y aparecen los apegos del corazón, las búsquedas de seguridades en la vida y la incertidumbre de lo que sería un nuevo estilo y sentido de vida, el miedo a entrar por caminos de valentía que en este caso tendrían que pasar por el desprendimiento, la inseguridad de cual es la verdadera riqueza que hace grande al hombre.

En este caso la decisión fue muy dura. Era un hombre rico, pero no alcanzó a descubrir la verdadera sabiduría de su vida. Lo nuevo que se le planteaba humanamente no le daba seguridades, porque si se desprendía de todo le parecía que el mundo se quedaba vacío bajo sus pies. No supo mirar más allá de lo que tenía, no supo mirarse profundamente dentro de sí mismo para descubrir lo que era lo verdaderamente importante, no supo discernir de que no iba a perder si a tener unas ganancias más estables porque eran ganancias de eternidad, no supo descubrir que había una riqueza que podría generar mucho más en él y en los demás si lo que tenía era capaz de ponerlo al servicio de los otros.

‘¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!’ sentenciará Jesús. No dice Jesús que las riquezas sean malas ni sean malos los que las poseen. Pero pueden convertirse en un obstáculo. Cuando no sabemos qué hacer con lo que tenemos, cuando solo pensamos en acumular para que nos pesen los bolsillos o nos brillen los oropeles, cuando no sabemos darle una utilidad a la vida y a lo que somos dando rendimiento a nuestros valores porque eso es lo más importante, cuando seguimos con nuestros apegos porque creemos que en ellos es donde tenemos la seguridad de nuestra vida, cuando tenemos miedo de lanzarnos a un sentido nuevo y a un camino nuevo que se abre delante de nosotros por las dudas e incertidumbres que agobian el corazón.

Los que en la vida arriesgan son los que tienen posibilidades de ganar, de alcanzar metas, de abrirse a algo nuevo, de encontrar las más grandes satisfacciones. Hay gente que es timorata en los negocios y nunca llegará a nada sino que tienen el peligro de hundirse más en la pobreza; pero en este camino de la vida, en este camino de la vida cristiana es donde no tenemos que ser timoratos sino arriesgarnos porque sabemos de quién nos fiamos y quien va delante de nosotros.

Queremos seguir el camino de Jesús y El nos hará alcanzar la verdadera sabiduría. Dejémonos envolver por la acción de su Espíritu.


lunes, 16 de agosto de 2021

Aspiremos a lo mejor aunque nos cueste mucho superarnos, desterremos tantos miedos que se nos meten en la vida y no nos quedemos en el entusiasmo de un momento

 


Aspiremos a lo mejor aunque nos cueste mucho superarnos, desterremos tantos miedos que se nos meten en la vida y no nos quedemos en el entusiasmo de un  momento

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22

El entusiasmo a veces nos traiciona. Cuantas veces habremos visto a alguien tan ilusionado con los proyectos que tiene, con sus sueños, que parece que se va a tragar el mundo. Está dispuesto a hacer maravillas, en sus sueños ve las soluciones fáciles para los problemas que se le puedan presentar, se siente fuerte y entusiasmado y trata de arrastrarnos a nosotros también con su entusiasmo. Quizás podemos ser más pesimistas, vamos de cansados por la vida, tenemos el peso de sueños que no logramos, de fracasos que hemos tenido y nos hieren en lo más hondo, y nos ponemos quizás a la expectativa de lo que pudiera suceder, de ver cómo le van a salir las cosas a nuestro amigo con sus sueños.

¿Tendríamos que alentarlo? ¿Tendríamos que hacerle ver la realidad? ¿Tendríamos que creer en él y que es posible la realización de todo lo que lleva en su cabeza? Algunas veces no sabemos bien qué hacer. También nos creemos buenos y más o menos hemos querido ir haciendo las cosas con cierta madurez y sensatez, pero cuando nos pidieron un paso más adelante cogimos miedo, no fuimos capaces de lanzarnos, nos quedamos cortos en la diana a la que tendríamos que haber aspirado conseguir.

Hoy se acerca alguien a Jesús que viene con entusiasmo atraído quizás por las palabras y los signos que Jesús va realizando. ‘¿Qué tengo que hacer de bueno para heredar la vida eterna?’ es la pregunta que le plantea a Jesús. Hay buena voluntad, hay buenos deseos. Quiere alcanzar aquello que Jesús les está proponiendo cuando les anuncia el Reino de Dios. Tiene además un corazón bueno. Cuando Jesús le dice que cumpla con los mandamientos, ahí está lo que es la voluntad de Dios, aquel joven dirá que eso lo ha cumplido desde siempre. Un joven que ha sido bien educado en su fe y en su religiosidad, un joven con una rectitud admirable en su vida pues el cumplimiento de los mandamientos ha sido el pan nuestro de cada día.

Es ahora cuando Jesús le lanza a metas más altas. Ha de pasar por el desprendimiento de todo, un vaciarse totalmente de si mismo desde su yo hasta todas aquellas cosas que posee que pueden ser apegos en el corazón. ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo - y luego ven y sígueme’. Y es aquí donde se desinfló.

Aquello que posee no es que sean cosas malas; son los bienes obtenidos fruto de su trabajo, es lo que haya podido recibir de sus padres, son las cosas que posee para su uso y disfrute en su vida normal de cada día. No es malo. Pero a un corazón grande como Jesús vislumbra en aquel joven se le puede pedir dar un salta adelante. Hay inquietud en su corazón, tiene deseos también de seguir a Jesús, ha vivido una vida de fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos del Señor, pero aquel joven está llamado a algo más, a algo grande. Ese tesoro no se puede quedar apegado a su corazón sino que tiene que ser un tesoro que ha de saber guardar en el cielo. Para eso ha de desprenderse de todo para compartir todo.

¿Podremos dar ese paso adelante que se nos pide? Cuantas veces nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior cuando vemos la posibilidad de hacer algo mejor y distinto. Siendo incluso buenos y haciendo las cosas bien podemos tener la tentación de acomodarnos, de caer en la rutina, de no intentar buscar algo nuevo y distinto, de mejorar incluso aquello que ya tenemos.

Nos sucede en muchos aspectos de la vida en que preferimos la comodidad de lo que ya estábamos acostumbrados a hacer, que intentar algo nuevo y que puede ser mejor. Nos sucede desgraciadamente en el camino de nuestra vida cristiana en que ya no aspiramos a la perfección sino a hacer las cosas como siempre las hemos hecho.

Y quizá hay unos tesoros escondidos en nuestro interior que no somos capaces de sacar a flote y ponerlos a producir. No enterremos los talentos. Aspiremos a lo mejor, a la perfección aunque nos cueste mucho superarnos en tantas cosas. Desterremos de nosotros tantos miedos que se nos meten en la vida. No nos quedemos en el entusiasmo de un  momento que se puede apagar sino que tengamos verdaderas ansias de crecimiento.

lunes, 17 de agosto de 2020

No es cosa solamente de lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna sino si en verdad mi vivir es el vivir de Cristo

 

No es cosa solamente de lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna sino si en verdad mi vivir es el vivir de Cristo

Ezequiel 24, 15-24; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

‘¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?’ ¿Qué tengo que hacer para…? Fue la pregunta de aquel joven que con buenos deseos y buena voluntad se acercó a Jesús. Pero ¿no será también la pregunta que nos hacemos muchas veces en la vida? Qué tengo que hacer para… y pensamos en lo que vamos a conseguir, pensamos en el rendimiento efectivo que podemos tener de nuestras acciones y aquí pueden entrar muchas cosas de orden material e incluso del orden económico, de nuestras ganancias, pensamos en que me sirve lo que ahora hacemos para un mañana, pensamos en lo que estudiamos para qué me sirve, pensamos en qué voy a ganar o qué voy a tener de más en aquel lugar que visitamos.

Parece que se trata siempre de hacer cosas, pero de hacer cosas para… y buscamos rendimientos y efectividades. Pero ¿no tendríamos que más en pensar qué cosas hacemos, qué podemos añadir por aquí o por allá, en lo que vivimos? Porque hacemos cosas, quizá porque son una exigencia, porque es un mandato, porque es un requisito, pero son como pegotes que añadimos por acá o por allá, pero nuestro vivir es otro, aunque sea difícil esa dualidad de vivir con un sentido pero luego hacer cosas porque son unas exigencias. Creo que en este sentido tendríamos mucho que reflexionar sobre lo que hacemos y lo que vivimos, sobre el sentido que le damos a la vida, o si es que simplemente nos vamos dejando arrastrar por lo que salga en cada momento.

Aquel joven del que nos habla el evangelio hoy hacía muchas cosas, cumplía, ahora buscaba que más tendría que hacer, pero no estaba del todo satisfecho de su vida. ¿En verdad habría encontrado un sentido para su vida? Se quedaba solo en ir recolectando merecimientos por las cosas que hacia a ver si al final todo sumaba algo para la vida eterna. Pero parece que la suma no le salía.

Aunque parezca que lo que ahora le propone Jesús es simplemente añadir unas cosas de más a su vida, realmente lo que Jesús le está ofreciendo es otro sentido de vivir. No se puede vivir solo para si mismo, otro horizonte hay que darle a la existencia y eso me tiene que hacer pensar en los que están a mi lado, al resto del mundo con el que convivo.

Pero eso Jesús le hablará de un desprendimiento total, un vaciarse de cosas, un vaciarse incluso del orgullo de sí mismo él que se creía tan cumplidor. Era mucho más que hacer algo vendiendo todas sus cosas, porque en lo que Jesús le estaba proponiendo le iba la vida. Y ese sentido de vivir ahora sí que no le satisfacía, porque seguía pensando en sí mismo, en hacer algunas cositas como méritos para sumar, pero no era capaz de darle la vuelta a la vida para un nuevo sentido de vivir.

Y eso sí que cuesta. Por eso nosotros seguimos igual. Cumpliendo. Añadiendo méritos. Pero nuestro sentido de vivir ¿habrá cambiado? ¡Cuántas veces habremos escuchado o habremos dicho nosotros mismos ‘yo ya hoy cumplí’! Y ya nos quedamos tranquilos porque cumplimos y el resto de cosas que sigan igual. Salimos de misa el domingo y decimos ya hoy cumplimos, pero ¿aquella eucaristía no me ha movido a un nuevo vivir? ¿En aquella eucaristía no he sentido esa buena nueva de Jesús que me anunciaba algo nuevo, que me pedía una nueva forma de vivir? Claro, no escuchamos porque solo habíamos ido a cumplir, a hacer cosas para quedarnos tranquilos.

¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? ¿Cómo ha de ser mi vida para que tenga trascendencia de vida eterna? ¿Mi vivir es en verdad el vivir de Cristo?

martes, 20 de agosto de 2019

Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios




Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Es una apetencia que todos llevamos en nuestro interior; quizá desde el mismo instinto de supervivencia todos ansiamos tener unos bienes que nos faciliten la vida e incluso desearíamos estar sobrados de bienes para que nunca nos falta nada de lo necesario y podamos atender debidamente a los nuestros respondiendo a nuestras responsabilidades.
Podemos pensar en bienes materiales, lo que llamamos riquezas, pero al mismo tiempo va acompañado de un deseo de prestigio, de incluso poder ocupar una situación en la vida donde podamos manifestar nuestro poder o nuestras influencias; queremos tener esa aureola de influencias y prestigios porque así quizá podamos hacer que aquellas forma que tenemos de plantearnos la vida sea de alguna manera como se construya nuestra sociedad.
Deseos que pueden ser buenos en cuanto desarrollo de nuestras posibilidades y capacidades deseando esa vida mejor para nosotros y para los nuestros. Pero todo lo que significa cotas de poder, ya sea de la posesión de unas riquezas, desde esos lugares de prestigio o influencia que podamos ocupar tienen el peligro de ser un terreno muy resbaladizo, porque esas riquezas que nos pueden valer para vivir una vida digna pueden pronto convertirse en una avaricia por acaparar y por poseer cada vez más, aunque al final ni siquiera disfrutemos del beneficio de esas mismas posesiones.
Pronto nos podemos endiosar, caer por pendientes de vanidad e incluso llenarse nuestro corazón de ambiciones desmedidas y de orgullos que nos puedan llevar a quitar de en medio lo que pudiera obstaculizar esa posesión egoísta de las cosas. Al final terminamos que más que poseer nosotros las cosas, las riquezas nos poseen a nosotros creándonos apegos del corazón que terminar por encerrarlo en el egoísmo.
Terminamos poniéndonos nosotros como centro de todo porque el orgullo nos endiosará y nos creeremos llenos de poder de manera que nada ni nadie pudiera estar por encima de nosotros. Se nos cierran los ojos para ver mas allá de nosotros mismos, para descubrir un verdadero sentido de vida y para darle una autentica trascendencia a nuestra vida. No vemos más allá de lo que poseemos, endiosamos nuestro yo o terminamos convirtiendo en dioses de nuestra vida esas cosas que poseemos.
Fue el impacto que produjo en el corazón de los discípulos la escena que ayer contemplábamos. Un joven que parece venir con ansias de vida pero que ante el planteamiento que le hace Jesús da la vuelta y se marcha de nuevo a lo suyo, a sus cosas. Era rico. Y hoy escuchamos la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro, les dice, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios’.
Termina Jesús poniéndoles un ejemplo muy gráfico. Aquellas puertas estrechas de las ciudades que eran llamadas agujas, precisamente por lo estrechas que eran, por las que nunca podría pasar un camello que viniera con todas su cargas. Y Jesús les dice la paradoja de que le es más fácil entrar un camello cargado con sus mercancías por aquellas puertas estrechas que un rico entrar en el reino de los cielos.
Y tenemos que pensar cuales son esos apegos que nosotros tenemos en nuestra vida. Necesitamos un examen serio. Con los apegos de nuestras riquezas, de nuestros orgullos y de nuestro yo, de nuestros prestigios y aires de grandeza, de nuestros endiosamientos y de nuestras vanidades no podemos alcanzar el Reino de Dios, porque son esas cosas a las que hemos convertido en dioses de nuestra vida. Y Dios es único.
Así podemos entender el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, en que tenemos que reconocer de una forma hecha vida que Dios es el único Señor de nuestra vida; por eso lo llamamos Reino de Dios. Por eso desde el principio nos está pidiendo conversión, dar la vuelta a nuestra vida, desprendernos de todo eso que llevamos apegado a nuestro corazón. Al joven rico Jesús le había pedido que lo vendiera todo, lo compartiera con los pobres y así tendría un tesoro en el cielo.

lunes, 19 de agosto de 2019

Un plan de vida en el que hemos de dar pasos día a día para llegar a la meta final con desprendimiento y generosidad


Un plan de vida en el que hemos de dar pasos día a día para llegar a la meta final con desprendimiento y generosidad

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
En la vida a veces queremos alcanzarlo todo por así decirlo de un golpe. Queremos alcanzar una cosa, y ya. Como si todo fuera como nos sucede con las nuevas tecnologías, que tocamos un botón y automáticamente nos aparece en pantalla aquello que queríamos. Nos sucede que la tecnología algunas veces nos falla y las cosas no son tan automáticas como deseamos, y nos desesperamos en la espera, aunque solo unos cuentos segundos más.
Pero esa vida nuestra, que queremos que sea vivir de verdad y no de formas automáticas o virtuales, sabemos que las cosas llevan su curso, que hemos de tener la paciencia de ir por partes, de ir poniéndonos metas – aunque la meta final la tengamos en mente y no la olvidemos – pero metas cercanas, metas que vamos consiguiendo en el día a día. Será así como en verdad nos superamos, iremos limando esas asperezas de la vida que son nuestras debilidades y las cosas – las piedras – en las que tropezamos una y otra vez para ir superándonos y creciendo con sólidos fundamentos.
No podemos pretender un titulo universitario si previamente no hemos ido superando las enseñanzas medias que nos van capacitando para poder llegar a la profundidad de unos estudios universitarios.  Quien dice esto, hemos de pensarlo en ese día a día de nuestra vida en donde tenemos que ir dando los pasos necesarios para nuestro crecimiento humano y espiritual que dé madurez a nuestra vida. Esos pasos intermedios, esos pasos del día a día algunas veces nos resultan más costosos de lo que pensábamos, pero necesitamos darlos.
Hoy vemos en el evangelio que llega hasta Jesús un joven que está buscando el camino de una meta final. En su corazón hay inquietud y deseos de algo grande. Realmente es alguien que quiere darle trascendencia a su vida y no se contenta con metas de aquí abajo. Busca la vida eterna. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Claro que algunas veces buscamos recetas o soluciones rápidas o automáticas, como si haciendo o cumpliendo con algunas cosas buenas ya podemos conseguirlo. ¿Qué de hacer de bueno...?’ le pregunta a Jesús. Y Jesús le irá haciendo ver que hay que ir dando pasos.
La respuesta de Jesús nos señala el camino de buscar y realizar en nuestra vida lo que es la voluntad de Dios para nosotros. No es cuestión de ir haciendo cositas sin conformar nuestra vida con lo que es el plan de Dios. Un plan de Dios para nosotros que buscar siempre el bien del hombre y en consecuencia así conseguiremos la gloria del señor. No es simplemente que cumplamos con unas reglas que nos prohíben algo poniendo como limitaciones a nuestra vida, sino que sepamos buscar siempre lo que es el bien del hombre y de todo hombre porque así logramos, como decía, la gloria de Dios. No son prohibiciones así porque si, sino metas que se proponen a la vida. Todo cuanto hizo Dios lo hizo bueno y lo hizo para poner en el centro de su creación al hombre, como se nos dice ya en la primera página de la Biblia.
‘Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos’ le dice Jesús y ante la insistencia del joven Jesús se los detalla. Pero aquel joven es un hombre bueno que eso ha tenido por norma en su vida desde siempre. ‘Todo eso lo he cumplido desde mi niñez’, le responde. Y es ahora cuando Jesús le pide dar un paso más. Había posibilidades en aquel corazón bueno, sin embargo veremos luego que hay unos apegos de los que es difícil desprenderse. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo’.
Fue un paso que no fue capaz de superar. Era rico. Había muchos apegos en su corazón. Se fue muy triste y Jesús se le quedó mirándolo. Llegar hasta el final estaba exigiéndole algo en lo que le iba a sangrar el corazón y ya no fue capaz. No son recetas mágicas, son plan de vida que envuelve toda nuestra vida, lo que somos y lo que tenemos. Es un plan de vida que da profundo sentido a lo que somos y a lo que tenemos. Es un plan de vida de generosidad y de amor, de desprendimiento y despego de las cosas, de búsqueda de lo que es esencial y de liberación de ataduras. Es un plan de vida que nos conduce hasta el final. Y no podemos llegar al final si no damos esos pasos intermedios.
¿Seremos nosotros capaces de ir dando esos pasos que día a día nos pide el Señor? ¿Tenemos un corazón abierto y un corazón libre de ataduras para poder correr hasta la meta? Si queremos correr hasta alcanzar una meta que nos lleve al triunfo – vida eterna – tenemos que correr sin ataduras, sin pesos muertos que nos limiten y nos resten fuerzas para poder llegar hasta el final. ¿No vemos a los corredores en el estadio?