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martes, 16 de junio de 2026

Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

 


Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir, claro que con la misma lógica tendríamos que decir, cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí las lógicas se quiebran y es cuando entramos nosotros y comenzamos a acaparar para nosotros mismos, olvidándonos de los demás, o pensando que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesús nos ha traído a cuento esa sentencia o ese dicho de la lluvia queriendo decirnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciéndonos distingos, buscando preferencias, o actuando simplemente dando respuesta solo desde nuestros instintos más primarios, como si siempre tuviéramos que estar a la defensiva frente a los que nos hayan podido hace daño o a partir de cómo nos hayan tratado.

Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese pan del amor no ha de tener exclusividades ni tenemos que negarlo a partir de los criterios de cómo nos hayan tratado a nosotros.

Jesús nos está proponiendo algo que rompe muchos esquemas, nos está pidiendo una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal, un pan que a nadie podemos negar. Viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. ¿Se convertirá así el amor en un intercambio, y aquí podríamos decir que interesado, como si le estuviéramos poniendo precio al amor que damos según sea el amor que recibimos? La regla económica de la oferta y la demanda, como en nuestras transacciones materiales.

Es claro Jesús. No podemos seguir actuando según esos parámetros antiguos. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…’ y es aquí cuando nos dice que así seremos hijos del Padre Celestial ‘que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Esos son los parámetros de Dios que tendrán que ser a partir de ahora nuestros parámetros. No caben otras medidas interesadas. No caben esos precios que le ponemos a lo bueno que nosotros podamos hacer. Y es que algo nuevo tiene que distinguirnos a aquellos que queremos vivir el Reino de Dios. Como tantas veces hemos recordado, por eso nos pedía Jesús que teníamos que darle la vuelta totalmente a nuestra vida, conversión en una palabra, para poder aceptar el Reino de Dios, para poder vivir el Reino de Dios. Porque es una vida nueva la que tenemos que vivir. Y claro que será algo que nos cueste, pero es el paso necesario que hemos de dar.

Como nos dirá a continuación, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Y es cuando nos está planteando el modelo ideal de altas miras. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. No nos podemos andar con posturas y actitudes raquíticas, no podemos andar con medidas interesadas, no podemos seguir manteniendo el corazón cerrado, podíamos decir, por partes, porque comenzamos a hacer distinciones y rebajas. Nuestro modelo será siempre el amor de Dios., del que nosotros hemos de ser un reflejo.

miércoles, 22 de enero de 2025

No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

 


No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

Hebreos 7,1-3.15-17; Salmo 109; Marcos 3,1-6

¿Necesitamos también unas medidas, unos pesos, unas reglas para contabilizar el bien que vamos haciendo? Ante esta pregunta seguro que todos responderán con aquello de ‘haz bien y no mires a quien’, que cuando hacemos una cosa buena es porque nos sale del corazón y ponemos todo nuestro amor en lo que hacemos. Es cierto, no lo niego, pero tras esos pensamientos siempre pueden aparecer algunas sombras, no somos tan generosos como decimos, y en más de una ocasión habremos echado en cara a alguien todo lo que hemos hecho por él y siempre no encontramos correspondencia.

Me viene a la mente el recuerdo de cuando con la más buena voluntad del mundo nos insistían mucho en los actos piadosos que pudiéramos hacer y que serían como punto en el carné de nuestra vida cristiana, las misas a las que asistimos, las novenas en las que participamos, las procesiones a las que íbamos ya fuera en la fiesta ya en semana santa, las cofradías a las que nos habíamos apuntado, los primeros viernes de mes que ya nos valían para tener una salvación segura.

Quizás fueron momentos de fervor y religiosidad y se pretendía que tuviéramos como muy importante todo lo que fuera el culto que le diéramos a Dios, pero en nuestra manera de hacer cuentas ya estábamos haciendo la lista de todo lo que habíamos hecho. Pero ¿nos podemos quedar solo en eso? ¿La vivencia del Reino de Dios no tendría que manifestarse en muchas mas cosas? Porque además no se trata de sustituir una religión por otra. Algo más hondo tiene que ser el seguimiento de Jesús.

Me han venido a la mente todas estas consideraciones desde el hecho que se nos relata hoy en el evangelio. Hemos venido viendo últimamente las cuestiones que le planteaban a Jesús en relación a lo del descanso sabático. Hoy nos aparece otra situación similar. Jesús va a la sinagoga y allí hay un hombre con una mano paralizada. Ya todos conocían la reacción de Jesús ante el dolor y el sufrimiento. Además Jesús quería mostrar con lo que hacía las señales del Reino de Dios que se estaba haciendo presente entre ellos. Pero como siempre hay alguien al acecho porque es sábado y curar a alguien era considerado como un trabajo.

Jesús tiene claro cual es su misión y lo que tiene que realizar. Nada le acobarda. De ahí la pregunta que Jesús les hace: ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. El bien de la persona tiene que estar siempre por encima de todo. Y es lo que Jesús realiza. ‘Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida’.

¿Estaremos nosotros por esa labor? Cuántas veces pasamos de largo en los caminos de la vida volviendo nuestro rostro para otro lado para no enfrentarnos a esos que nos miran desde su necesidad. No nos gustan esas miradas, decimos muchas veces, pero no nos gustan porque nos llegan al alma, allí donde tendríamos que tomar una decisión y no la tomamos. Prueba a ver en esa mirada los ojos de Jesús que te están mirando. Recordemos lo que El nos dice que cuando hagamos al otro a El se lo hacemos. Si comenzáramos a hacerlo así, otro sería el mundo que estamos construyendo.

 

lunes, 26 de febrero de 2024

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas porque nuestro modelo e ideal es el amor compasivo y misericordioso de Dios

 


La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas porque nuestro modelo e ideal es el amor compasivo y misericordioso de Dios

Daniel 9, 4b-10; Salmo 78; Lucas 6, 36-38

Todo tiene un precio, todo tiene una medida, parece que la gratuidad ha perdido la moda.

Es cierto que nos gusta que nos regalen; pero eso, que nos regalen, recibir nosotros; a lo más tratamos de corresponder con la misma moneda, con la misma medida; estamos viendo hasta donde llegó el otro, para ver hasta donde tenemos que llegar para no quedar mal; andamos con muchos convencionalismos; hasta algunas veces nos invitan a una boda y el convencionalismo exige que yo tenga que llevar un determinado regalo, de lo contrario quedaría mal; y así andamos de cabeza buscando con qué contentar a los demás; o sea que no lo hacemos por nuestra generosidad, sino por esos protocolos que nos hemos impuesto como normas de nuestra sociedad.

Vamos a ver hasta donde llega de generoso el otro, pero a mi que no me midan. Muchas cosas más podríamos decir en este sentido, en cómo nos hemos construido nuestra sociedad, y en el fondo al final lo raquíticos que somos con nuestro amor.

No son esas las medidas de las que nos habla Jesús en el evangelio. El sentido del amor que tiene que dar sentido a nuestra vida y que de ninguna manera puede ser mezquino. Y es que Jesús el modelo que nos propone es la generosidad de Dios. Es lo que nos muestra Jesús con su vida, con su actuar. Por eso decimos que Jesús es el rostro misericordioso de Dios. ¿Hasta dónde llegó con su amor?

Hoy nos dice clara y tajantemente Jesús. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Y desde ahí tenemos que sacar las consecuencias. Y la medida es la misericordia de Dios que es infinita. ¿No decían los salmos que diéramos gracias a Dios porque es eterna su misericordia? Creo que si experimentamos en nuestra vida lo que es la misericordia de Dios con nosotros, realmente otra sería nuestra manera de actuar con los demás. Y entenderíamos todas las cosas que Jesús nos propone en el evangelio de cómo tiene que ser nuestro trato con los otros.  Tenemos que comenzar por aprender a disfrutar de lo que es la misericordia de Dios, poniéndonos con humildad ante El para reconocer nuestro pecado y para reconocer la grandeza de su amor y de su perdón. Ya decía el profeta que ‘nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él’. No lo olvidemos.

Decíamos que de ahí tenemos que sacar todas las consecuencias. Y hoy nos habla Jesús como no podemos ir por la vida juzgando y condenando, nos habla de la autenticidad de nuestro perdón, de la generosidad con que tenemos que darnos y compartir no sólo nuestras cosas sino nosotros mismos con los demás; por eso nos habla de una medida colmada, generosa, rebosante, que se desborda. Y nos asegura que nuestra generosidad va a encontrar generosidad en los demás.

Algunos desconfían y no quieren ser los primeros que comiencen con esa nueva forma de actuar y siempre estarán esperando que sean los otros los que comiencen; pero eso nos está indicando la pobreza de un amor así; diríamos que eso no es amor, sino interés y el amor nunca puede ser interesado. Vayamos, pues, haciendo el bien, como se suele decir sin mirar a quien.

Alto nos pone el listón que hemos de saltar. Pero ese es el estado de superación que tiene que vivir el que aspira a cosas altas, el que quiere llenarse del amor de Dios y amar con un amor igual.


lunes, 26 de junio de 2023

Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

 


Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5

Con qué facilidad acomodamos las varas de medir, acrecentándolas o disminuyéndolas según sea lo que presuntuosamente pensamos de nosotros o el juicio que queremos hacer de los demás. Siempre nos consideraremos que valemos más o somos más importantes que lo que los demás puedan ver en nosotros, y siempre usaremos una vara raquítica para valorar, y este caso siempre por las mínimas, la importancia o el valor que puedan tener las cosas que hacen los otros. Nos molesta que hablen de nosotros, que valoren o no lo que hacemos, pero no nos importa ser duros en el juicio en contra siempre de los que están a nuestro lado, porque no podemos permitir que nos hagan sombra.

Así es nuestra miseria humana, así es en muchas ocasiones la mezquindad de nuestro corazón, así es nuestro orgullo y amor propio con el que nos endiosamos y nos subimos por encima de todos los pedestales, así son esas malas raíces que parece que todo lo enredan y en todo queremos hacer sombra, así es la soberbia de la vida que terminará por arrasar cuanto de bueno pueda surgir en nuestro entorno, así andamos por la vida revestidos de vanidad para aparentar unos brillos que no tenemos.

Desde que la serpiente maligna inoculó en nosotros el veneno de la maldad, de la desconfianza, del orgullo no seremos capaces de ver nuestros errores, pero entramos a saco en el juicio que nos hacemos de los demás viendo por todos lados defectos e irregularidades.

¿Por qué no seremos capaces de reconocer lo bueno que tienen o que puedan hacer los demás? ¿Por qué andaremos por la vida siempre como contrincantes dándonos la batalla, queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás, queriendo echar nubes de sombras y de cenizas sobre las obras de los otros para dar por inservible todo lo que puedan hacer los otros? Es normal que haya disparidad de criterios y de opiniones en todos los ámbitos y aspectos de la vida, ¿Por qué no podemos ver lo bueno que tiene todo proyecto aunque no sea el nuestro, para sumar y para aunar esfuerzos, ofreciendo cada uno lo bueno que tenemos en nuestras ideas o en nuestra manera de hacer para lograr entre todos algo mejor que a todos a la larga nos beneficie?

En nuestros egoísmos insolidarios, en nuestros orgullos y ambiciones de querer quedar siempre por encima del otro, nos destruimos, no somos capaces de ver las limitaciones y lagunas que puedan tener nuestros proyectos y nuestras ideas, y siempre estaremos echando la culpa a los demás del fracaso de la vida misma porque consideramos incapaces a los otros poder hacer algo bueno.

Y esto lo estamos viendo todos los días en nosotros mismos con nuestros juicios y nuestra falta de respeto a lo que hacen los demás, esto lo estamos viendo en el desarrollo de nuestra vida social en que todo lo convertimos en una lucha parece sin cuartel contra todo lo que no salga de nuestras ideas, esto lo estamos viendo en la construcción y desarrollo de nuestra sociedad donde nunca terminamos de colaborar porque nos parecería que nos quitarían nuestros méritos de ser los únicos y los mejores.

Hoy Jesús nos habla de que cuidemos nuestros juicios, porque esa medida que usamos contra los demás también la usarán contra nosotros. Qué bonito sería un mundo sin prejuicios y sin condenas a los que no piensan como nosotros. Nos dice Jesús que nos miremos a nosotros mismos, que seamos reconocer la realidad de nuestra vida también tan llena de limitaciones, tan llena de lagunas. Que no estemos mirando con terror la pequeña mota que puede haber en el ojo del otro, mientras nuestros ojos están atravesados por tantas vigas de maldad.

Que seamos capaces de tener limpio el cristal de nuestros ojos para tener una mirada luminosa para que podamos disfrutar de la belleza de la vida de los demás; pensemos si cuando estamos viendo tanta maldad en los otros, acaso sea la suciedad y maldad de nuestro corazón la que empaña nuestra vida para estar viendo siempre maldad a nuestro alrededor. ‘Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’. Qué distinta sería nuestra mirada.

 

sábado, 10 de junio de 2023

Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

 


Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra  vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

Tobías 12, 1.5-15.20; Sal.: Tb 13; Marcos 12,38-44

¿Dónde podemos encontrar la verdadera medida del hombre? ¿Cuál es la verdadera altura de la persona? No tenemos que ir dándonos codazos en la vida para hacer aparentar que mido un centímetro más de altura que el otro. No son las medidas de un cuerpo esbelto lo que nos va a dar esa altura; no son los ropajes con que nos revistamos porque al final seremos como fantoches a los que han puesto unas bonitas vestimentas pero realmente están desnudos y vacíos por dentro; no es el sillón más alto y más lujoso que podamos colocar en los lugares que llamamos sitios de honor porque al final la fila no va a comenzar en ese orden que en nuestro interés habíamos predispuesto.

Recordemos que Jesús cambia el orden de los que van a ser llamados porque los últimos serán primeros y los primeros van a quedar para los últimos. Y en ese sentido podríamos seguir recordando muchas recomendaciones de Jesús. Cuando los discípulos discutían por los primeros puestos les decía que habían de hacerse los últimos y los servidores de todos.

Pero quizás seguimos preguntándonos por la verdadera medida del hombre. Y ya sabemos que no está ni en las fantasías ni en las vanidades, ni en el tamaño de nuestro bolsillo, ni en las palabrerías que encandilan y aturrullan pero que al final no dejan ningún mensaje ni ninguna huella que merezca la pena. Cuántas palabras vacías escuchamos a lo largo del día, cuantas promesas que se vuelan como el humo en una mañana de viento, cuantas palabras encantadoras, pero que son eso encantadoras que solo las necesitan los que no quieren escuchar nada con fundamento. La medida tenemos que irla comenzando a buscar por nuestro corazón.

Será el corazón generoso el que nos da la verdadera medida de la persona. Podrá ser alguien que para la mayoría de la gente pase desapercibida porque no hace ruido ni llama la atención. Como aquella anciana del evangelio que tras el bullicioso cortejo de los que van haciendo alarde de sus vanidades, ella calladamente, sin que nadie sea capaz de notar su presencia, pareciera que furtivamente porque ningún ruido se escucha, deja caer sus dos monedas en el arca de las ofrendas.

El bullicio de la vanidad no nos dejará escuchar el murmullo que como el susurro de una suave brisa para junto a nosotros pero que puede ser que el que nos deje profunda huella. No sintió el profeta, como hemos comentado más de una vez, la presencia de Dios en el fragor del terremoto que partía las montañas, ni en el huracán que parecía arrebatar de su sitio árboles y edificaciones; en el susurro de la suave brisa sentirá el paso del Señor compasivo y misericordioso que iba derramando vida con su amor en todos los que sentían su presencia.

Aquella anciana que Jesús estaba observando echar sus monedas en el arca de las ofrendas fue ese susurro de Dios que nos venía a descubrir la grandeza de aquella humilde persona. Será, pues, la generosidad del corazón la que nos dará la verdadera medida de la persona. Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que nos dejará verdadera huella en nosotros, de quienes somos generosos de corazón, pero también de quienes tengamos la suerte de descubrir esa generosidad de tantos a nuestro lado.

Es el camino del Reino que nosotros hemos de vivir; son las señales que tenemos que dar de esa presencia del Reino de Dios en nuestra vida y con lo que lo queremos hacer presente en nuestro mundo.

lunes, 14 de marzo de 2022

Aprendamos a usar las medidas de Dios que son siempre colmadas y rebosantes porque su amor es infinitamente misericordioso

 


Aprendamos a usar las medidas de Dios que son siempre colmadas y rebosantes porque su amor es infinitamente misericordioso

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Dios siempre nos gana. Aunque algunas veces nosotros andamos cuantificando cuanto hacemos, el amor de Dios va por delante. Ya nos dirá sabiamente san Juan en sus cartas que ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’; y ¡con qué amor!, tenemos que reconocer nosotros.

Cuando nos parece que no somos escuchados por Dios o que no nos concede todo lo que le pedimos y tal como nosotros lo pedimos, queremos hacer nuestras listas de todas las cosas buenas que hemos hecho y siempre nos parecerá que la lista es grande. Pero no somos capaces de terminar de ver todo lo que es el amor que Dios nos tiene, y que siempre será un amor infinito. Mientras que nosotros andamos con nuestras mezquindades, raquíticos y tacaños. No nos trata Dios como merecen nuestros pecados, sino que siempre nos veremos envueltos por la compasión y por la misericordia.

Y hoy nos habla Jesús de la misericordia con que nosotros tenemos que actuar, pero cuya medida y modelo es la misericordia de Dios. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. La medida es la medida de Dios, ‘como vuestro Padre es misericordioso’.

Ya sabemos lo raquíticas que son nuestras medidas, siempre estamos viendo hasta dónde llegamos, o los límites que les ponemos según hayan sido con nosotros, o la mayor o menos simpatía que podamos sentir por esas personas, o los prejuicios con los que andamos porque según quien sea o de donde proceda, o la cantidad de cosas que en otras ocasiones haya podido hacer con nosotros que vamos acumulando; cuántas veces decimos ‘estoy hasta el gorro’ porque quizás una y otra vez han vuelto a repetir aquello que nos desagrada, o aquello que se preguntaba Pedro ‘¿hasta cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces?’ Y ya nos parece una cantidad demasiado elevada.

La medida de la misericordia de Dios es bien distinta. Dios no acumula para otras ocasiones ni nos está echando en cara siempre lo que un día le hicimos, Dios siempre olvida; la mirada de Dios sobre nuestro corazón herido es tan restauradora que es renovarnos de tal manera que es como hacernos nuevos. Ya nos hablará de un nuevo nacimiento; no son remiendos que hace sobre nuestros rotos, sino que nos hará una vasija nueva, un vaso nuevo, un hombre nuevo.

Pero lo de la misericordia es mucho más que una palabra bonita, es una realidad que se va a traducir en muchas nuevas actitudes, en nuevos comportamientos hacia los demás, en nueva forma de mirar a los otros, aunque nos hayan ofendido. Por eso tenemos que borrar el juicio y la condena, siempre hemos de llevar por delante la carta del perdón, y encima tenemos que desbordar generosidad en todo momento para con todos.

Y termina diciéndonos: ‘dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’. La medida de Dios para con nosotros siempre será colmada, rebosante. Por eso como decíamos, Dios siempre va por delante, Dios siempre nos gana.

¿Cuándo aprenderemos a usar las medidas de Dios? ¿Cuándo se llenará nuestro corazón de misericordia? ¿Cuándo aprenderemos a tener esa nueva mirada, esa nueva medida para con los demás?

Hemos venido repitiendo y recordando continuamente en este cuaresma que Dios nos ama, que nos sentimos profundamente amados de Dios. Comencemos a amar de la misma manera.

 

lunes, 28 de febrero de 2022

Queremos y buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

 

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades. Cuando nos prometen algo, cuando nos dicen que vamos a conseguir algo, cuando nos dicen que ese camino nos lleva a alguna parte y nos señalan algo concreto, cuando nos ofrecen metas, ideales, cosas que nos pueden dar la seguridad, queremos estar seguros, que no nos engañen, que lo podamos conseguir fácil, poco menos que una operación matemática, dos y dos son cuatro, aquello que nos prometen o nos plantean que nos den seguridad.

Y algunos pretenden comprar esas seguridades, piensan que todo tendrá su precio y estamos dispuestos a pagar, y si es una cosa que nos apetece mucho pagaremos lo que sea por alcanzarlo. Pero, ¿todo se puede comprar? ¿Todo lo podemos cuantificar de esa manera? ¿A todo le podemos poner un precio material? ¿No habrá algo que se nos escapa de las manos? Algunas veces parece que esas certezas no son tan seguras. O nos damos cuenta que todo no se puede cuantificar desde lo material o lo económico. No nos valen esas medidas con las que estamos acostumbrados a cuantificar las cosas.

Parece como muy lógico y muy humano que andemos en esas búsquedas de seguridades en lo que hacemos o en lo que buscamos, porque ahí entra también nuestra capacidad de razonamiento y de decisión, pero quizás alguna vez nos sorprendemos que haya cosas o aspectos de la vida en la que no caben quizás esos planteamientos que nos pueden parecer tan razonables. Hay medidas que nos superan, o hay cosas que no alcanzamos desde esas medidas a lo humano, lo terreno o incluso al estilo económico. Y es cuando entramos en los ámbitos de la salvación, en los planteamientos que nos hace Jesús en el evangelio para que logremos lo que es verdadera riqueza para nuestra vida.

Una cosa que surge fácil en este sentido de nuestras búsquedas es el tema de la salvación. Hoy se presenta un muchacho joven, un buen muchacho y muy cumplidor, a Jesús preguntando qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. Por ahí andan metidas esas cuantificaciones, o esas cosas que queremos hacer a la manera de compra, por así decirlo, para alcanzar el vivir en Dios. Jesús le habla de los mandamientos, que son ese camino que nos ha trazado Dios para vivir una vida recta, y el muchacho dice que eso para él es nada, porque eso lo ha hecho siempre.

Y es cuando Jesús ofrece otros parámetros, otras medidas. ‘Una cosa te falta, pues: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Aquí ya es algo más que cumplir con unas reglas o unas medidas, aquí es necesario algo que tiene que salir del corazón para tener esa capacidad de desprendimiento, para ser capaz de vaciarse de sí mismo, de desprenderse de apegos, de olvidarse de sí mismo. Y ya esto no son medidas que podamos cuantificar con un peso o con una regla. Es otra cosa, otra generosidad, otra disponibilidad, otra capacidad de amar y de amar hasta lo extremo. Es una órbita y un sentido distinto de la vida. Ahora son seguridades que nacerán de la confianza en la Palabra que nos viene de Dios.

Aquel joven no fue capaz. Se marchó triste y pesaroso porque no era eso lo que él pensaba, lo que eran sus planteamientos. Era rico, dice el evangelista. Y Jesús se le quedará mirando también como se marchaba. Ya conocemos los comentarios posteriores de Jesús que de alguna manera escandalizan a los discípulos, porque habían sido generosos para seguir a Jesús y muchas cosas habían dejado atrás, todavía en su corazón andaban con sus cuantificaciones. Algún día preguntarán qué es lo que ellos van a alcanzar que lo habían dejado todo por seguir al maestro. Ahora piensan que eso de salvarse es imposible, porque es imposible tener esas nuevas actitudes que pide Jesús. ‘Para lo hombres parecerá imposible, les dice Jesús, pero no es imposible para Dios’.

Y es que en ese tema de la salvación, de lo que es el seguimiento de Jesús no es cosa que solo hagamos por nosotros mismos; es algo que tenemos que hacer con la gracia del Señor; y es necesario dejarse conducir por esa gracia, por esa llamada del Señor, por eso sentir de verdad a Dios en su vida porque seamos capaces de desprendernos de nosotros mismos y comenzar a confiar en Dios por encima de todo. La certeza para nosotros es Jesús, nuestra única seguridad y nuestra única certeza. El es el Camino y la Verdad y la Vida.

lunes, 15 de junio de 2020

Miremos el termómetro de la medida del amor para ver hasta donde llega o tiene que llegar la intensidad de su temperatura


Miremos el termómetro de la medida del amor para ver hasta donde llega o tiene que llegar la intensidad de su temperatura

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42
‘La medida del amor es el amor sin medida’, decía san Agustín. Estamos de acuerdo. ¿O no? así a bote pronto nos parece muy hermoso, una frase lapidaria que se puede convertir en un hermoso lema de vida. Pero seguramente cuando tratamos de llevarlo a la vida, de hacer que en verdad sea la manera de ser y de actuar comenzaremos a hacer rebajas.
Que si uno no es correspondido… que si la gente no se lo merece que los amemos así… que a unas personas que son buenas y te manifiestan su cariño es fácil hacerlo, pero que a otros nos cuesta más… que si aquella persona un día hizo no sé qué cosa que no me gustó… que no vamos a ser nosotros los 'bobos' que siempre estemos dándonos y sin recibir nada a cambio… que tenemos que comenzar por amarnos a nosotros mismos porque todo no va a ser darse por los demás… cuantas pegas aparecen, cuantas excepciones queremos hacer. Total que al final no será un amor sin medida, sino que estaremos poniéndole unos corsés al amor. En el fondo, cuidado que no se salga de unos límites.
Todo esto viene a cuento de lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de cómo siempre tenemos que perdonar y que nunca ni nos busquemos la justicia por nuestra mano, ni respondamos de forma vengativa a lo que los demás puedan hacernos. Nos habla de la delicadeza de nuestro trato con los demás de manera que nunca nuestras palabras ni nuestros gestos puedan herir o molestar a los demás. Nos habla de la generosidad con que hemos de dar, sin esperar nada a cambio, aunque los demás no respondan a nuestros gestos de amor, o en ocasiones pudieran respondernos negativamente. Nos habla de cómo hemos de saber estar al lado del otro en todo momento sin poner límites ni cortapisas a la acogida generosa de nuestro corazón.
Eso nos cuesta. De alguna manera la frase de san Agustín con que hemos comenzado esta reflexión es respuesta a esa pregunta que siempre nos hacemos ¿hasta dónde tenemos que amar? Como preguntaría Pedro un día a Jesús ¿hasta cuánto tengo que perdonar? ¿Habrá un límite? ¿No será ya suficiente que le perdone hasta siete veces? Y ya sabemos la respuesta de Jesús ‘no siete, sino setenta veces siete’.
Por algo Jesús nos deja como principal mandamiento el amor. Partiendo siempre del amor que Dios nos tiene y que hemos de saber saborear en nuestra vida – quizá ese sea el gran fallo nuestro, no haber sabido saborear el amor de Dios – le amamos con la totalidad de nuestro ser. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Amarás al prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los Profetas’. El amor a Dios sobre todas las cosas, como resumimos muy bien en los mandamientos aprendidos desde nuestra niñez, pero unido inseparablemente a ese amor a Dios tiene que estar el amor al prójimo. No hay mandamiento mayor ni más principal.
Pero hemos de tener cuidado, porque lo damos por sabido y por cumplido. Hemos de detenernos a examinar nuestro amor, a fijarnos en los detalles con que expresamos nuestro amor. No son solo palabras, tiene que ser vida, una vida que se traduce en esos gestos de cercanía de cada día, esos gestos que se traducen en el buen trato, en la generosidad que tenemos con los demás, en la paciencia que tenemos ante las flaquezas del prójimo porque nos damos cuenta lo débiles que nosotros somos también, esos gestos que son el compartir o el saber caminar al lado del otro quizá muchas veces en silencio pero haciéndole saber que tú estás ahí en todo momento para lo que haga falta.
Es la delicadeza y la intensidad de la medida del amor verdadero. Miremos el termómetro de nuestro amor para ver hasta donde llega la intensidad de su temperatura que por muy fuerte que sea nunca se quemará ni se pasará.

viernes, 19 de mayo de 2017

Nuestros criterios racionalistas para encontrar amigos u ofrecer la amistad y la medida del amor que Jesús nos ofrece que es no tener medidas


Nuestros criterios racionalistas para encontrar amigos u ofrecer la amistad y la medida del amor que Jesús nos ofrece que es no tener medidas

Hechos 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17
Normalmente en la vida vamos escogiendo a quien ofrecer nuestra confianza y nuestra amistad; gustos, circunstancias, experiencias vividas juntos, encuentros quizás fortuitos pero que hicieron quizás mella en nosotros, una cierta atracción según le vemos como es descubriendo cosas en las que sintonizamos, cosas comunes que hayamos vivido en la vida, nuestro lugar de origen o las familias de las que procedemos, pueden ser algunos criterios que vayamos teniendo a la hora de escoger nuestros amigos.
Quizás pueda producir impacto en nosotros el hecho de que alguien nos ofrezca incondicionalmente su amistad sin que aparentemente nos conozca o nosotros le conozcamos; sentirse elegido y si además percibimos que quien nos elige, por la razón que sea, nosotros lo consideramos un personaje importante puede producir un buen impacto en nosotros que nos haga plantearnos que amigos escogemos o por que los escogemos. Criterios humanos, muy reales y que de alguna manera marcan nuestras relaciones, nuestro trato común con los que nos rodean.
Con lo que nos dice Jesús en el evangelio se nos rompen todos esos esquemas. Nuestro amor y nuestra amistad no pueden estar regidos por unos límites que escojan y discriminen. La medida del amor, los presupuestos de la amistad son otros. Ya no podemos ir desde simpatías o sintonías, desde lo bueno que nos pueda parecer o desde lo que nos hayan hecho en un sentido o en otro, desde unas cercanías geográficas o familiares ni solo desde las experiencias vividas en común. Bueno, tendríamos que decirlo de otra manera, como lo decía san Agustín. ‘La medida del amor es que no tiene medida’.
Y mira por donde Jesús no nos llama siervos, sino amigos. Y nos dice que es El quien nos ha escogido. Nosotros que creíamos que éramos nosotros los que habíamos hecho la elección porque habíamos visto como su vida nos convencían. Fue El quien nos eligió y nos dice que somos su amigos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure…’ nos dice. Pero antes ya nos había dicho ‘Vosotros sois mis amigos… Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’.
Entramos en un camino nuevo en el que lo que tiene que predominar sobre todo es el amor. Claro que no será un amor cualquiera. En su medida, que como nos decía san Agustín, no tiene medida, porque El nos ha dicho que ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’.
No es cualquier cosa lo que nos esta pidiendo Jesús. Un amor a su medida, un amor que se entrega hasta el final, y ese será su mandamiento, el estilo y valor de nuestra vida. ‘Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’.
Y esto tenemos que traducirlo al día a día de nuestra vida, a nuestro encuentro con los demás, al ofrecimiento de nuestro amor y nuestra amistad. En cuantos detalles se ha de manifestar, en cuantos gestos tenemos que traducirlo, en cuantas obras que hemos de realizar porque ya no cabe la omisión ni el desentendernos de los demás. Es algo nuevo lo que tenemos que vivir. Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que encontremos ese camino del verdadero amor.