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jueves, 10 de septiembre de 2026

El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

 


El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138;  Lucas 6, 27-38

¿Qué podemos decir para dar una explicación que sea más clara que las propias palabras del evangelio que hoy escuchamos? Creo que si nos pusiéramos a dar muchas explicaciones al final terminamos mancillando esta página y quizás haciéndole decir lo que no dice. Jesús nos habla con toda claridad. Pero la claridad está no sólo en sus palabras, porque de alguna manera tiene que expresarse sino en lo que es su propia vida. No nos enseña ni nos pide ninguna cosa que Él no haya vivido.

Por eso decimos siempre que el evangelio es Jesús; El mismo es esa buena noticia para nosotros porque en Él está reflejado todo lo que nosotros hemos de vivir cuando aceptamos su evangelio. No es aceptar palabras sino aceptarlo a Él. No podemos ver otra cosa, otro razonamiento sino su amor y nos toca entonces amar como Él nos ha amado. No olvidemos que es el modelo y el límite – pero no por abajo, sino por arriba – que nos pone cuando nos dice que tenemos que amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado. Y ahí se acabaron las medidas y los límites.

En el evangelio de Lucas estas palabras que hoy hemos escuchado vienen inmediatamente después de que nos propusiera las bienaventuranzas. Y quiero fijarme en una; cuando nos dice que seremos dichosos y bienaventurados cuando nos odien y nos insulten. Podríamos pensar que eso es algo bien difícil de hacer, porque encima de que estamos recibiendo odios e insultos, calumnias y acusaciones, violencias que nos dañan no solo por el maltrato físico que podamos recibir sino por la indignidad a la que nos someten, tengamos incluso entonces que sentirnos felices, decir que somos bienaventurados por eso, cuando parece que la reacción más espontánea sería otra.

Y ahí está la clave, no vamos a reaccionar como parece que espontáneamente tendríamos que hacerlo sino que como nos dirá hoy tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, tenemos que ser capaces de despojarnos de nuestro manto para compartirlo con aquel que nos lo quiere quitar, tenemos que ser capaces de prestar no porque luego nos lo vayan a devolver y con intereses sino sabiendo que no podrán nunca hacerlo porque no tienen con qué, tenemos que ser capaces no solo de poner buena cara cuando nos insulten sino también de rezar por esas personas pidiendo a Dios lo mejor para ellas. No es tarea fácil porque no es lo que espontáneamente haríamos, porque el cuerpo nos lo pide como solemos decir. Seremos dichosos y felices, nos decía la bienaventuranza cuando seamos así maltratados.

Es que la honda en la que nosotros entramos es otra. Nuestra sintonía tiene que ser la del amor; y cuando suena la sintonía del amor de Dios sonará para todos, porque en ese amor nadie se puede sentir excluido. Veamos el camino de Jesús porque es el rostro misericordioso de Dios nuestro Padre que ha sido ha querido encarnarse para estar en medio de nosotros.

¿Quiénes lo rodean porque realmente están comenzando a sentirse amados de verdad? Los pobres y los humildes, los que son sencillos y quieren ser limpios de corazón, los que sienten por otra parte los peores tormentos del corazón porque no solo por si mismos se sienten pecadores sino porque además son los despreciados de todos los que se consideran puros; acoge a la mujer pecadora y se siente a la mesa con los pecadores; le echarán en cara que acoge y come con los publicanos, pero también se ha sentado a la mesa de los fariseos que tienen aun más duro el corazón; en el camino de la cruz se dejará consolar hasta dejarse limpiar el rostro como un día en camino a la casa de Jairo dejará que una mujer impura toque su manto para ser curada; permitirá que lo crucifiquen entre dos ladrones porque está dispuesto a abrirle las puertas del paraíso aquella misma tarde tan pronto sienta el arrepentimiento en su corazón; mientras lo están cosiendo al madero todavía tendrá una súplica de perdón para quienes lo están haciendo disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen.

¿Nos extraña, pues, que nos pida que amemos a nuestros enemigos y recemos por quienes nos afligen? El sol que brilla en lo alto y que a partir de su muerte en la cruz va a tener un nuevo resplandor lo hace sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, ¿quiénes somos nosotros para ir poniendo sombrillas a nuestro paso para que no llegue nuestro amor también a todos? No es necesario decir mucho más sino escuchar directamente las palabras del evangelio.


martes, 16 de junio de 2026

Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

 


Nuestro modelo ha de ser siempre el amor de Dios del que nosotros con nuestras nuevas actitudes hemos de ser un reflejo

1Reyes 21, 17-29; Salmo 50; Mateo 5, 43-48

Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir, claro que con la misma lógica tendríamos que decir, cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí las lógicas se quiebran y es cuando entramos nosotros y comenzamos a acaparar para nosotros mismos, olvidándonos de los demás, o pensando que cada uno se las arregle como pueda.

Pero Jesús nos ha traído a cuento esa sentencia o ese dicho de la lluvia queriendo decirnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciéndonos distingos, buscando preferencias, o actuando simplemente dando respuesta solo desde nuestros instintos más primarios, como si siempre tuviéramos que estar a la defensiva frente a los que nos hayan podido hace daño o a partir de cómo nos hayan tratado.

Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese pan del amor no ha de tener exclusividades ni tenemos que negarlo a partir de los criterios de cómo nos hayan tratado a nosotros.

Jesús nos está proponiendo algo que rompe muchos esquemas, nos está pidiendo una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal, un pan que a nadie podemos negar. Viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. ¿Se convertirá así el amor en un intercambio, y aquí podríamos decir que interesado, como si le estuviéramos poniendo precio al amor que damos según sea el amor que recibimos? La regla económica de la oferta y la demanda, como en nuestras transacciones materiales.

Es claro Jesús. No podemos seguir actuando según esos parámetros antiguos. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…’ y es aquí cuando nos dice que así seremos hijos del Padre Celestial ‘que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Esos son los parámetros de Dios que tendrán que ser a partir de ahora nuestros parámetros. No caben otras medidas interesadas. No caben esos precios que le ponemos a lo bueno que nosotros podamos hacer. Y es que algo nuevo tiene que distinguirnos a aquellos que queremos vivir el Reino de Dios. Como tantas veces hemos recordado, por eso nos pedía Jesús que teníamos que darle la vuelta totalmente a nuestra vida, conversión en una palabra, para poder aceptar el Reino de Dios, para poder vivir el Reino de Dios. Porque es una vida nueva la que tenemos que vivir. Y claro que será algo que nos cueste, pero es el paso necesario que hemos de dar.

Como nos dirá a continuación, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Y es cuando nos está planteando el modelo ideal de altas miras. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. No nos podemos andar con posturas y actitudes raquíticas, no podemos andar con medidas interesadas, no podemos seguir manteniendo el corazón cerrado, podíamos decir, por partes, porque comenzamos a hacer distinciones y rebajas. Nuestro modelo será siempre el amor de Dios., del que nosotros hemos de ser un reflejo.

sábado, 15 de marzo de 2025

No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

 


No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

El que anda con mediocridades en la vida manifiesta la pobreza de su espíritu. Con esto es suficiente, nos decimos muchas veces, para que dar más si con eso tiene para sus necesidades elementales. Así andamos muchas veces con nuestras medidas; claro las medidas con las que damos a los demás, porque bien distintas son las medidas que queremos usar cuando se trata de nosotros recibir.

Bueno y no se trata solo de lo que demos o de lo que recibamos, que esa mediocridad la damos también muchas veces en nuestros trabajos lo mismo que en nuestras metas. Para qué voy a esforzarme más sin ya con eso apruebo dice muchas veces el estudiante eludiendo el esfuerzo, contentándose con lo fácil, habiendo perdido la ilusión de lo mejor y quizás mañana nos damos cuenta si hubiéramos estudiado bien aquello, si nos hubiéramos esforzado más en aquella materia que nos parecía menos importante, y nos encontramos con lagunas en la vida, en la formación, en la preparación con lo que luego no podemos responder a la altura que se nos pide.

Para qué esforzarnos, nos dijimos un día y ahora nos damos cuenta de nuestras carencias. Ya estudié lo que era necesario en mis tiempos de estudiante, ahora los libros, la actualización de la vida lo dejamos aparte, y nos encontramos con tantos vacíos, pero aun, nos encontramos con tanto vacío en nuestro espíritu. Es la peor pobreza, la de nuestro espíritu.

La madurez de nuestra existencia nos está pidiendo que demos un paso más, que vayamos más allá y más arriba, que no nos quedemos en la mediocridad, que tengamos siempre deseos de crecer, que lleguemos a ser capaces de dar lo mejor, lo más profundo de nosotros mismos. Serán nuestras responsabilidades, será lo que podemos contribuir a hacer nuestra sociedad mejor, serán las motivaciones hondas que tengamos en nuestro corazón, será la medida de nuestro amor.

Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos pone el listón del amor bien alto. Nos contentamos a amar a los que nos aman, somos amigos de nuestros amigos, ayudamos al que a mi me ayuda, hoy me toca a mi pero ya sabes que mañana te toca a ti. Seguramente nos suenan estas palabras. Porque son las medidas que usamos habitualmente, suele ser hasta donde pensamos que tiene que llegar la medida del amor.

Dar un paso más para ayudarle a aquel que nunca ayuda a nadie, eso nos parece un heroísmo; ser capaces de ser amables con aquellos que quizás pasan serios a nuestro lado y ni nos miran a la cara, eso nos parece impensable; tener paciencia con aquel que siempre nos está molestando y llegar incluso a ayudarle cuando le vemos muy apurado en su necesidad, bueno, eso sería un milagro por nuestra parte que llegáramos a hacerlo.

Nuestras mediocridades, encerrados en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos y más valiosos del mundo. Así vamos tantas veces arrastrándonos por la vida. Por eso nos cuesta tanto entender el mensaje de Jesús. Porque cuando Jesús nos dice que también tenemos que amar a nuestros enemigos y hasta rezar por los que nos han hecho mal o nos han hecho daño, eso ya nos parece imposible y a eso no somos capaces de llegar.

Pues ese es el listón que nos está poniendo Jesús. Porque si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Si saludamos solo a los que nos saludan, como dice Jesús, eso hasta los que no tienen fe lo hacen. En nosotros tiene que haber algo especial cuando hemos recibido la buena nueva del evangelio diciéndonos todo lo que nos ama Dios. ¿Nos podemos quedar encerrados en lo mismo?

Es tajante Jesús. Claro, El ha ido por delante en ese amor. Lo ha hecho, así ha amado, así nos ama a nosotros que aunque nos creemos que nos lo merecemos todo, bien que somos pecadores. Pues, quien ha experimentado en su vida ese amor de Dios, no puede menos que amar y amar con un amor semejante. Por eso tajantemente terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre del cielo lo es, tenemos que ser misericordiosos como lo ha sido Dios con nosotros.

¿No tenemos la muestra de lo que es ese amor de Dios en Jesús que por nosotros se dio y llegó a morir en una cruz? Y no hay amor mayor que el de quien da su vida por aquel a quien ama. Y Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que amemos con un amor como el suyo. Será el mandamiento del amor.

¿Seremos capaces de intentar ponernos en nuestro amor a esa altura? ¿Llegaremos de verdad a entender lo que es un amor verdadero? Ya seguirá mostrándonos este camino de Cuaresma lo que tenemos que entender por amor.

martes, 24 de septiembre de 2024

Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

 


Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Nada que tenga que ver con el amor podrá jamás encerrarnos en nosotros mismos. Dejaría de ser amor. El amor siempre es expansivo, el amor abre horizontes, nunca puede ser un circulo cerrado, nunca convierte a nadie en el centro de si mismo, amarse a si mismo para excluir a los demás no tiene sentido, nunca puede ser excluyente. Es algo de la esencia de la persona. En nombre del amor nunca podremos excluir a nadie. Cuando vamos por la vida excluyendo a personas no hemos entendido la esencia de nuestro ser y podríamos decir que nos estamos traicionando a nosotros mismos.

Sería lo que en verdad nos haría felices y crearía una humanidad de felicidad, pero sabemos que nos cuesta. No todos lo entienden ni lo viven y pueden parecer tan felices. Pero hay un vacío. Sin embargo nos confundimos y nos dejamos contagiar por esos brotes de insolidaridad y de un amor propio que no es verdadero amor y que nos llevan a la guerra. Nos hemos inventado muchas maneras de hacernos la guerra cuando dejamos meter las sombras del egoísmo y de la insolidaridad en nuestro corazón. Tenemos que estar atentos y vigilantes para encontrar lo que de verdad va a llenar nuestra vida.

Es lo que ha venido a enseñarnos Jesús. Estando con El nuestros horizontes tienen que ampliarse porque nos pone en un camino nuevo que nos lleva a la plenitud de nuestro ser. No quiere Jesús que en nombre de ningún amor entremos en esas dinámicas de exclusivismos y de exclusiones.

Hoy en el relato del evangelio se nos habla de una visita de María y sus parientes a Jesús en medio de su predicación. ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’, le dicen. Siempre en una primera impresión nos ha sorprendido la respuesta de Jesús. Se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Nos podría parecer sorprendente esa pregunta que se hace Jesús y la respuesta que les da. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’, viene a decirles Jesús.

Nos podría parecer que Jesús niega la importancia de aquella visita y de la presencia de María y su familia junto a El, pero no es así. Jesús nos está abriendo horizontes, por así decirlo. Amamos a los padres, amamos a la familia, amamos a aquellos por quienes nos sentimos queridos y amados, pero nuestro amor nunca se puede quedar ahí. El sentido de vida que Jesús nos está dando es que tenemos que ampliar esos horizontes del amor y nuestro amor tiene que ser más universal; no es un amor exclusivo, sino siempre un amor abierto. Porque quienes le escuchan, quienes escuchan la Palabra de Dios están entrando en otra órbita de la vida porque nos sentimos obligados a amar, y amar a todos sin exclusión.

Por eso como hemos venido reflexionando se acaban los exclusivismos. Como nos dirá en otro momento no solo saludamos a los que nos saludan, no solo amamos a los que nos aman, entramos en otra dinámica con un amor que tiene que ser siempre universal. Nos salimos de nosotros mismos pero no hacemos círculos que nos encierren sino que siempre tienen que estar las puertas abiertas, al horizonte de esos campos de la vida en que entramos ya no podremos poner barreras.

Qué lástima que no lo terminemos de entender; pero no solo hemos de saberlo en la cabeza – como tantas veces decimos, ‘eso lo sé yo’ – sino que tenemos que comenzarlo a sentir desde lo más hondo de nuestro corazón. Es una nueva humanidad que nace desde el amor cuando así nos sentimos amados de Dios. Porque ‘el amor consiste’, como nos dirá san Juan en sus cartas, ‘no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero’. Es una nueva dinámica para nuestra vida que tenemos que traducirla en muchas nuevas actitudes para cuantos nos rodean.

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Porque nos sentimos amados, nos vemos impulsados a amar también entrando en una órbita que nos lleva por caminos de plenitud como perfecto es el Padre Dios que nos ama

 


Porque nos sentimos amados, nos vemos impulsados a amar también entrando en una órbita que nos lleva por caminos de plenitud como perfecto es el Padre Dios que nos ama

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48

El que se siente amado se ve impulsado a amar también. Es una experiencia maravillosa el sentirse amado. Sabes que tú le importas a alguien. Sabes que se te valora y se te tiene en cuenta. Sabes que tú eres importante para alguien cuando te considera digno de su amor. Por eso las experiencias negativas son tan traumatizantes. En todos los sentidos, en todos los seres que tienen sentimientos. Quien no ha experimentado en si mismo lo que es el recibir el amor de alguien se siente incapaz de amar, podríamos decir que aunque es algo innato en la persona sin embargo no ha aprendido a amar.

Lo necesitamos en todos los caminos de la vida; lo necesitamos para nuestras relaciones con los demás; lo necesitamos para tener amigos; lo necesitamos en el seno familiar que tendría que ser la mejor cuna y escuela del amor; lo necesitamos para comprender el sentido de la vida; lo necesitamos para aprender a valorar la vida misma y para comprender el mundo en el que vivimos y nuestro lugar en él. Es importante sentirnos amados.

Es la base y el fundamento que da sentido a nuestra vida, es la base y el fundamento de nuestra fe. Porque es el amor de Dios el que nos llama, Es el amor que se nos descubre y que nos hace buscar y responder. Es el amor de Dios el que nos abre caminos para ir no solo al encuentro con el Dios que nos ama, sentirnos gozosamente amados por El, sino que nos llevará necesariamente al encuentro con los demás porque nos pone en el camino del amor verdadero.

Cuando nos sentimos amados de Dios nuestros ojos, nuestra vida se abre a una nueva visión. Es una claridad que llega a nuestra vida y disipa las sombras; es una claridad que nos hace mirar con una visión nueva y distinta cuanto nos rodea, que nos hace mirar con una visión y nueva y distinta a los demás. Ellos también son amados de Dios y eso nos hace amar nosotros también.

Y Dios nos ama no porque nosotros hagamos merecimientos, sino que es una muestra de su generosidad, es iniciativa de Dios, es el mismo ser de Dios que es amor que nos ama y nos hace sus hijos. Daremos o no daremos respuesta, pero Dios sigue amándonos, Dios sigue llamándonos con sus señales de amor, Dios quiere tenernos junto a sí. ¿No tendremos, pues, que dar esas mismas señales de amor para con los demás?

Por eso nuestro amor tiene que hacerse generosamente ilimitado; no caben ni límites ni excepciones; no tienen sentido las discriminaciones; romperá siempre fronteras porque se hace universal como lo es el amor de Dios. Hoy nos habla Jesús del amor a los enemigos, porque cuando comenzamos a amar de verdad se tuvieron que acabar para siempre los enemigos; cuando comenzamos a amar de verdad se curaron las heridas y se borraron las cicatrices que pudieran quedar. Por eso nos dirá Jesús que incluso tenemos que rezar por aquellos que pudieran habernos hecho daño. Y todo ¿por qué? Porque queremos sentirnos de verdad hijos de Dios.

Por eso nos da esos detalles tan bonitos Jesús. ‘Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Algo distinto tiene que ser nuestra vida cuando nos sentimos amados de Dios. Con un amor distinto comenzaremos a amar. Y es que estamos entrando en una órbita que nos lleva a la plenitud, una órbita en crecimiento continuo porque termina diciéndonos ‘sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.

¿Queremos algo más hermoso?

domingo, 9 de mayo de 2021

El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 


El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Para que llegue hasta nosotros la energía, llamémosla energía eléctrica, necesitamos unos conductores que desde la central, donde se produzca o esté concentrada, sin interrupción llegue a ese instrumento, por ejemplo, en el que la vamos a utilizar. Ya conocemos las consecuencias cuando, por ejemplo, a causa de un temporal se cortan esas líneas de alta tensión, o cuando se produce alguna avería seria en alguno de sus transformadores, por ejemplo.

Podríamos decir que el amor es esa energía de Dios y hemos de reconocer en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener hacia los demás parte de Dios. Ya se nos ha dicho claramente hoy en la carta de san Juan. ‘Dios es amor’. Y el amor no parte de nosotros sino que parte de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’.

Es la gran revelación que nos hace Jesús. Aunque si hacemos una buena lectura nos damos cuenta de que toda la historia de la salvación es una historia de amor – la historia del pueblo elegido es una historia de amor de Dios para con su pueblo -, en Jesús alcanzamos la plenitud de esa revelación de lo que es el amor de Dios. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor…’ y terminará diciéndonos, ‘pues así amaos los unos a los otros como yo os he amado’.

No es un amor cualquiera ni con cualquier medida. Es el amor de la entrega total. No es amar solo a aquellos que me aman, no solo es el amor de amistad, aún con todo lo bello que puede ser. Es el amor que se hace ‘ágape’, se hace comida, como comida se hizo Cristo mismo para que nosotros lo comiéramos; es el amor que llega a la entrega más sublime porque es capaz de darse hasta la muerte para dar vida, para que haya fruto en nosotros. Y podemos recordar al grano de trigo que es enterrado para que muera al germinar y producir una nueva vida. Es el amor supremo del que da la vida por el amado, como lo hizo Jesús. ‘Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado’.

Ahí estamos contemplando ese hilo conductor del amor de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo y que tendrá que irse reflejando luego en nuestra vida, amando con el mismo amor, amando con la misma medida del amor, ‘como yo os he amado’. No nos podemos permitir ninguna ruptura, por eso nos dice, ‘permaneced en mi amor’. Pero además recordemos que ha venido hablándonos con muchas imágenes como la de la viña en que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar frutos. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, nos dice.

Es el amor que tiene una característica especial, porque es un amor muy concreto; no es un amor genérico con el que decimos que amamos a todos, no es un amor interesado porque solo amamos a los que nos han amado antes a nosotros, no es un amor en el que ponemos unas condiciones de correspondencia, sino que es un amor generoso y total pero muy personal y concreto a cada uno. Así es el amor que el Señor nos tiene, porque El nos ha elegido, luego, podríamos decir, nos está amando con nuestro nombre. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Es un gozo sentirnos amados así; es un gozo poder hacernos participes de un amor así. Disfrutemos de ese amor que el Señor nos tiene pero disfrutemos nosotros amando de la misma manera. Jesús nos está diciendo que todo esto nos lo revela para que nuestra alegría sea completa, nuestra alegría llegue a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Qué felices somos cuando nos sentimos amados, por eso la fe que tenemos en el Señor es el motivo de la mayor alegría. Los cristianos que nos sabemos amados de Dios tendríamos que ser las personas más felices del mundo, tendríamos que ir repartiendo alegría y felicidad por doquier. Y es que amando así de esa manera los demás tenemos que sentirnos las personas más dichosas, porque estamos haciendo felices a los que nos rodean. Es una lástima que los cristianos no contagiemos esa alegría; tristes cristianos que aunque se dicen muy creyentes van con caras de amargados y caras de circunstancias allá por donde van.

Tendríamos que tomar la temperatura de nuestro amor, tomando como referencia todo esto que nos ha hecho reflexionar hoy la Palabra de Dios. quizás el mercurio de nuestro amor no nos da la medida de la temperatura porque aun seguimos amando con medidas raquíticas, escogiendo a quien amamos o quienes queremos ser buenos, sopesando primero lo que hayamos podido recibir de los otros para entonces llegar a amarlos.

Quizá los hilos conductores que nos hacen llegar ese amor de Dios a nosotros los hemos roto e interrumpido, o puesto muchos obstáculos o averías en el camino. ¿Seremos el sarmiento unido a la vid que tiene vida o nuestra vida es un sarmiento reseco que no da fruto y solo sirve para arrojarlo al fuego? Mucho tendríamos que analizar.

‘Esto os mando, nos dice Jesús, que os améis los unos a los otros’. Ya sabemos cómo.

lunes, 22 de febrero de 2021

Necesitamos momentos para reafirmar nuestro más profundo sentido eclesial proclamando la misma fe y sintiéndonos en comunión con toda la Iglesia única y universal

 


Necesitamos momentos para reafirmar nuestro más profundo sentido eclesial proclamando la misma fe y sintiéndonos en comunión con toda la Iglesia única y universal

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19

Sin romper del todo el ritmo del camino cuaresmal que estamos haciendo hay días que tienen especiales celebraciones que son importantes para la vivencia de la fe sobre todo con un fuerte sentido eclesial como es hoy el caso. En este día celebramos la Cátedra de san Pedro en Roma, que viene a ser algo así como una afirmación  de nuestra fe hincando sus raíces en ese sentido eclesial por nuestra comunión con el Obispo de Roma y sus sucesores manteniendo así nuestra comunión con Pedro, nuestra comunión de la Iglesia toda considerando el primado que Cristo le confió en la fe y en el amor para mantener una unidad y comunión de toda la Iglesia

Sabido es que como Iglesia nos sentimos unidos y en comunión con nuestro Obispo, nuestro Pastor constituyendo así verdadera Iglesia de Cristo. Cuando decimos Diócesis de Tenerife, por ejemplo para mencionar la diócesis a la que pertenezco, estamos diciendo con ese mismo sentido Iglesia de Tenerife. Pero la Iglesia toda católica y universal no es simplemente una federación de Iglesias, sino que es la comunión de todas las Iglesias en una única Iglesia presidida por el que en nombre de Cristo es Pontífice para toda la Iglesia. No somos iglesias por si solos sino en esa comunión que con toda la Iglesia vivimos, con esa comunión con la Iglesia de Roma donde su Obispo es el sucesor de Pedro a quien Cristo le confió esa misión universal de mantener en comunión de fe y amor a todos los que creemos en El.

Y es lo que hoy celebramos. La cátedra de Pedro, nuestra comunión con Pedro y con toda la Iglesia. Cosas que tenemos que recordar, pues las damos por sabidas pero tenemos el peligro de ir haciéndonos tan autónomos que hay el peligro de que rompamos esa comunión de toda la Iglesia. Os confieso que es hermoso cuando uno tiene oportunidad de participar en una celebración, ya sea en Roma, ya sea en grandes Santuarios como los hay repartidos por todo el mundo, donde en esa misma celebración sentimos que a nuestro lado hay cristianos de otros lugares, de otros pueblos y razas, pero que estamos allí proclamando una misma fe, que estamos allí sintiéndonos una única Iglesia e Iglesia universal, verdaderamente católica.

En Roma en torno al Papa allí al pie y en torno del altar llamado así de la Cátedra de san Pedro, en Fátima o en Lourdes en celebraciones marianas con gentes que oímos rezar a nuestro lado en distintas lenguas procedentes de las más diversas naciones, en Santiago de Compostela en un año santo jacobeo en diversas ocasiones con peregrinos que han atravesado media Europa para llegar hasta la tumba del Apóstol, en Jerusalén o cualquiera de los santuarios de los Santos Lugares, he tenido esa oportunidad y ha sido grande el gozo que he sentido en mi corazón, grande la emoción que me ha embargado en esos momentos haciendo que afloren los mejores sentimientos y sentido de comunión eclesial.

Son momentos en que se reafirma nuestro sentido eclesial y universal, de ser esa Iglesia única de Cristo que así proclama su fe en cualquier rincón del mundo. Porque eso es además lo que tendríamos que sentir y vivir cada vez que celebramos la Eucaristía, que nos reunimos en comunión con todos los santos pero en comunión con toda la Iglesia.

Tras la hermosa confesión de fe de Pedro hoy hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús confiando a Pedro esa misión de pastor universal de su Iglesia. No vamos a entrar en muchos comentarios, sino tratemos de escucharlas abriendo en verdad nuestro corazón para hacer crecer nuestra fe y nuestra comunión.

‘¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

jueves, 12 de septiembre de 2019

El amor del cristiano tiene otra sublimidad mayor que amar solamente a los que me aman porque tiene que ser tan generoso y universal como es el amor de Dios


El amor del cristiano tiene otra sublimidad mayor que amar solamente a los que me aman porque tiene que ser tan generoso y universal como es el amor de Dios

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas 6,27-38
Soy bueno con los que son buenos conmigo, soy amigo de mis amigos son expresiones que escuchamos con frecuencia y que sustentan la mayoría de las relaciones con mantenemos con los demás. En principio una buena base, ya que si actuáramos al menos así nos estamos rodeando de un buen clima al menos con aquellos con los que nos sentimos más cercanos. Si ese es un tacaño que nunca ayuda a nadie, por qué voy a ayudarle, que se las arregle ya que él no cuenta con nadie, alguna vez nos aparece una reacción así en nuestro interior o en nuestra manera de reaccionar en nuestras relaciones con los demás. Y creamos abismos que se nos hacen intransitables, y que evitamos quizá en muchas ocasiones.
Son complejas las relaciones humanas que en alguna ocasión pueden caer por una pendiente de inhumanidad porque nos hacemos separaciones poniendo barreras, encerrándonos en nuestros círculos donde nos sentimos a gusto y no queremos complicarlos la vida. Por qué voy a mezclarme con esas personas que buscan su aislamiento, nos decimos sin darnos cuenta que nosotros estamos haciendo también esos círculos que nos aíslan.
Humanamente hablando, si pertenecemos a una misma humanidad, que es decir como a una misma familia, no tendría que ser otra relación más generosa la que tengamos. Pero el estilo que impera se nos impone y comenzamos a entrar en esos círculos cerrados. ¿No tendríamos que romper esa inercia?
¿Cuál ha de ser nuestro estilo como cristianos? Hoy Jesús nos lo propone de manera sublime si lo queremos entender. Hemos de reconocer que por más que escuchemos el evangelio se nos resisten las palabras de Jesús. Tan influenciados estamos por el estilo del mundo que hasta pensamos que haciendo así como veníamos diciendo hasta somos buenos cristianos.  Pero ¿no tendría que haber una diferencia?
Jesús nos lo dice claramente, si saludamos solo a los que nos saluda qué hacemos de especial. Si prestamos solo a los que nos prestan, ayudamos solo a los que nos ayunan, eso, nos dice Jesús, lo hacen también los paganos, los que no tienen a Dios como centro de sus vidas. Por eso, tenemos que pensar seriamente qué hacemos de especial si hacemos lo que todos hacen.
Hoy Jesús directa y claramente nos habla del amor a los enemigos. Sí, a los que tenemos enfrentados con nosotros, a los que  nos han hecho mal, a los que nos han ofendido, a los que nunca nos prestan nada, a los que piensan de manera distinta, a los que tienen otro sentido de la vida. Jesús es tajante y radical y con oídos bien abiertos tenemos que escuchar sus palabras.
Y nos pone la referencia de que tenemos que diferenciarnos de lo que hacen todos, porque el estilo del amor que nos propone es más sublime. No podemos llamar amor de verdad cuando lo que hacemos es como una compraventa, porque tú me ayudas y yo te ayudo. Y es que si nos trataran así no nos quedaríamos contentos, por eso nos dice Jesús que tratemos a los demás como queremos que ellos nos traten.
Pero nos pone otra referencia aun más sublime, y es el amor que Dios nos tiene y que es el que tenemos que copiar en nuestra vida. ‘Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo’, nos dice tajantemente. El modelo del nuestro amor tiene que ser el amor que Dios nos tiene. Y de ahí tiene que arrancar todo. Y entonces porque amamos con un amor como el que Dios nos tiene seremos compasivos, seremos misericordiosos, estaremos siempre dispuestos a perdonar, no juzgaremos ni condenaremos a nadie, sino que siempre prevalecerá en nuestro corazón la comprensión y el perdón.
Y esto claro no lo hace todo el mundo; el amor cristiano es algo más que tenemos unos sentimientos recíprocos en que correspondemos a lo que nos hacen. Es algo más a lo que estamos llamados y que con la fuerza del Espíritu de Jesús es como podremos realizar. Ahí sí tenemos que diferenciarnos y es que tenemos otra motivación más sublime para el amor.

lunes, 1 de abril de 2019

Aprendamos a dar cabida en nuestro corazón a los sufrimientos y problemas de todos los hombres que son nuestros hermanos


Aprendamos a dar cabida en nuestro corazón a los sufrimientos y problemas de todos los hombres que son nuestros hermanos

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54
Sentimos preocupación cuando tenemos enfermo un ser querido; siente preocupación una madre cuando enferma un hijo, nos preocupamos cuando  nos padres se van haciendo mayores y con sus limitaciones físicas cada día se han más dependientes de los demás; pero sentimos preocupación cuando esas personas que llevamos en el corazón tienen problemas y buscamos, aunque muchas veces no sabemos, cómo ayudarles. Queremos que salgan de esa situación, que se curen de enfermedad, que tengan una vida normal y feliz.
Aunque en la distancia vemos también las situaciones problemáticas de otras personas, la situación de miseria y pobreza, por ejemplo, que puede haber en ciertos sectores de la población o acaso pensamos también en otros países con sus guerras, su hambre y su miseria, las situaciones inestables que viven en su sociedad, sentimos algo dentro de nosotros, pero lo miramos en la distancia, y parece como que no nos duele tanto.
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos solidarizarnos no solo de palabra sino de una forma efectiva? Tenemos también el peligro de que nos acostumbremos y hasta lleguemos a olvidarnos pensado solo en nuestras preocupaciones más cercanas, en las problemáticas que tengamos a nuestro lado o en los seres que amamos.
Me surge este pensamiento y esta reflexión viendo la angustia de aquel padre que tiene un hijo enfermo y en peligro de muerte quizá por la gravedad de sus fiebres y acude a Jesús, va en busca de Jesús, aunque tenga que trasladarse en este caso desde Cafarnaún hasta Caná de Galilea. En repetidas ocasiones vemos situaciones similares en el evangelio, el centurión que busca la salud de su criado, Jairo que acude a Jesús porque su hija está en las últimas.
Valora Jesús la fe de aquellos hombres o de cuantos acuden a él en busca de ayuda en su enfermedad o en sus limitaciones, pero también vemos que Jesús quiere llegar más allá de esa preocupación de la salud del cuerpo, quiere despertar una verdadera fe en aquellos que le siguen y nos hace descubrir que hay otros males dentro de nosotros o en el corazón de los demás de los que tenemos que preocuparnos también de encontrar solución o salvación. Recordemos cómo Jesús al despedir a los enfermos curados o aquellos con los que ha tenido una acción especial siempre les desea la paz. ‘Vete en paz’, les dice.
Esto me lleva en esta reflexión a pensar en algo más que ha de motivar nuestras oraciones, por nosotros mismos o por los demás. Pedimos normalmente con insistencia al Señor la salud, y decimos quien tiene salud lo tiene todo. ¿Pero qué salud estamos pidiendo? ¿Solo que se nos quite el dolor de nuestro cuerpo o que se remedie cualquier limitación física que podamos tener? ¿No habrá otros dolores en nuestra vida que no se quedan en el cuerpo? ¿No habrá otras preocupaciones u otros problemas en nosotros o en los demás que nos pueden llenar de angustia, de inestabilidad, de pérdida de la paz interior?
Pero también me hace pensar en la actitud, en cierto modo, egoísta que podamos tener en nuestras oraciones, porque o solo pedimos por nosotros mismos, o cuando más por aquellos seres que queremos o a quienes podamos tener algún aprecio. Pedimos por los demás, pero que creo que tenemos que aprender a romper el círculo de solo quedarnos en los que podríamos llamar los nuestros. La amplitud de nuestra oración tendría que ser más universal, para dar cabida en nuestro corazón a tantos sufrimientos de todo tipo que padecen tantos aunque no los conozcamos y por quienes tendríamos que convertirnos también en intercesores.
¿No decimos que el amor que nos enseña y nos pide Jesús tiene que ser universal? Si a todos hemos de amar, porque de todos tenemos que sentirnos hermanos, a todos démosle un sitio en nuestro corazón, y pongámoslos también en nuestra oración en la presencia del Señor.

domingo, 24 de febrero de 2019

Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor



Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 54-58;  Lucas 6, 27-38

Página sublime sobre el amor la que nos ofrece hoy el evangelio. Muchas veces cuando buscamos una página de la Escritura que nos hable de la sublimidad del amor acudimos todos al capítulo 13 de la primera carta a los Corintios, y por supuesto que no hacemos mal, porque san Pablo elocuentemente y hasta de forma poética nos hace allí una bello cántico del amor. Pero no es menos sublime, sino que me atrevo a decir que tiene una profundidad mayor en la forma concreta de cómo nos habla del nuevo sentido del amor, esta página del evangelio que hoy se  nos propone en la liturgia de este domingo.
Es una página rompedora, porque de alguna manera nos trastoca los conceptos y la manera que tenemos de ver el sentido del amor. Porque pensemos, por ejemplo, cómo amamos nosotros y a quien amamos de forma casi espontánea y natural. Nuestra forma natural de entender el amor es entrar en la órbita donde nos sentimos amados y convertimos nuestro amor como en un intercambio; me amas, te amo, haces algo por mí yo lo haré por ti también, hoy te presto un servicio y hasta soy capaz de sacrificarme pero ya tú me corresponderás cuando yo lo necesite. Pero pensemos seriamente, ¿no se nos quedará algo cojo un amor así tan interesado y tan de búsqueda de correspondencias?
Y ¿qué nos dice Jesús hoy? Eso lo hace cualquiera, no viene a decir. Hasta los paganos lo hacen, hasta los que no tienen ningún sentido de Dios hacen lo mismo también con los suyos. Decimos un amor solidario, porque nos sentimos hermanos e iguales, y eso está bien, pero es que el amor tiene que ser algo más; también a los que no se consideran iguales – y bien que nos hacemos esas distinciones, aunque digamos lo contrario, en la sociedad en la que vivimos – tenemos que mostrar amor; también al que pueda sentir como un contrincante, porque tiene opiniones distintas, porque plantea las cosas de otra manera – y miremos como en la normalidad de la sociedad en la que vivimos a los contrincantes parece que hasta los consideramos enemigos – pues también a esos tenemos que amar.
La altitud de miras que nos propone Jesús, el ideal de amor que nos ofrece – y que veremos en El primero que nada – es muy distinto, porque nos está diciendo que no solo a los que no piensan como nosotros sino incluso a aquellos que nos hayan podido hacer mal, a esos también tenemos que amar.
No es un amor cualquiera, no es un amor vivido con cualquier medida a lo humano que siempre se nos quedará raquítica, es un amor generoso, un amor amplio, un amor con miras universales lo que nos está proponiendo Jesús. No es un amor fácil porque aunque estamos hechos para el amor sin embargo pesan en nosotros muchas debilidades humanas; y fijaos que digo humanas, porque entran en las características de la persona; que no son simplemente meros instintos animales, en cosas que nos pueden deshumanizar; es que el amor que nos enseña Jesús, como decíamos antes, es un amor sublime, que nos eleva y nos pone por encima de los mejores deseos humanos que podamos tener; es un amor que de alguna manera nos diviniza, nos hace entrar en el ámbito de lo sobrenatural.
Pero eso no significa que no lo podamos alcanzar, que no lo podamos vivir. Delante de nosotros va Jesús con ese amor, como ejemplo y como estímulo señalándonos el camino, pero es además que con nosotros va Jesús que nos acompaña con su gracia, que nos fortalece con su vida divina en nosotros. El nos regala su Espíritu, su Espíritu de amor. Y es que Jesús nos está señalando un nuevo sentido de vivir.
Al entrar en esa nueva órbita del amor estamos entrando un nuevo sentido de vivir. Es cuando aparece en nosotros la compasión verdadera y el verdadero espíritu de la misericordia. Es cuando en la generosidad de nuestro amor entraremos en los caminos del perdón, y ya sabemos cuánto en este sentido luego a lo largo del evangelio nos irá diciendo Jesús.
No terminamos de entenderlo en toda su amplitud y por eso nos cuesta luego tanto el vivirlo. Porque seguimos juzgando y condenando, seguimos haciéndonos nuestras reservas para quien un día falló o para quien en una ocasión quizá nos ofendió; porque aunque digamos lo contrario y hablemos de manera sublime del amor y de la misericordia, seguimos marcando como con un sambenito a quien un día cometió un grave error o un grave pecado y aunque decimos que perdonamos quizá todavía seguimos queriendo ponerlo en manos de la justicia o querríamos hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.
Tenemos que pensarnos muy mucho eso que decimos que la Iglesia es la casa de la misericordia cuando quizá seguimos dejándonos arrastrar por criterios del mundo donde no cabe el perdón y puede que no aparezcan tan claras esas actitudes y valores evangélicos porque ciertas influencias mediáticas siguen cargando sobre la misma Iglesia y podríamos quizá comenzar a actuar como nos pide el mundo. Triste sería que la Iglesia no se mostrara siempre como la madre de la misericordia para todo el género humano, y digo, para todos.
Por encima de todas esas consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor.



domingo, 4 de noviembre de 2018

No es un amor cualquiera el que Jesús nos pide sino que hemos de entrar en una nueva dimensión divina del amor para no estar lejos del Reino de Dios



No es un amor cualquiera el que Jesús nos pide sino que hemos de entrar en una nueva dimensión divina del amor para no estar lejos del Reino de Dios

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Qué hermoso y reconfortante es encontrarnos con un grupo de amigos que se quieren de verdad, que son muy amigos, que se buscan porque desean estar juntos, que comparten cosas, que viven con alegría su amistad y son capaces de hacer cualquier cosa por su amigo. Lo mismo podemos decir que nos gozamos cuando vemos familias unidas, que se quieren y se sienten comprometidos los unos con los otros, padres que se sacrifican por la familia, hijos que contribuyen cada uno desde sus valores al bien común de la familia, que se desviven los unos por los otros y siempre encuentran ocasión de hacer por sus familiares. Es hermoso y nos sentimos crecer por dentro cuando somos de ese grupo de amigos o pertenecemos a ese clan familiar.
Pero podríamos preguntarnos quizás ¿es suficiente con eso? ¿No nos quedaremos cortos, aun con lo bueno que es, cuando solo somos amigos de nuestros amigos y solo por los amigos nos desvivimos así los unos por los otros? Es maravilloso que tengamos familias así como lo que muy escuetamente hemos tratado de describir, pero luego fuera de ese ámbito familiar quizás somos unos lobos los unos contra los otros. ¿Es suficiente esto y podemos pensar que ya con solo hacer esto estamos viviendo el reino de dios que Jesús nos propone?
Cuando alguien le pregunta a Jesús qué es lo principal que tiene que hacer, cuál es el mandamiento primero y principal, resumiéndolo muy rápidamente, podríamos decir que Jesús lo que está pidiendo es amor, que sepamos amar. Repite Jesús, extendiéndose quizá un poco, con aquellas palabras de Deuteronomio – la Shemá por su primera palabra en hebreo ‘escucha’ – que incluso todo buen judío sabia de memoria y hasta repetía muchas veces al día, porque eran palabras que había que tener muy presente y muy gravadas en el corazón.
‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Amor a Dios en una palabra con todas sus fuerzas y sobre todas las cosas.
Vemos que Jesús añade algo más, que ya venía señalado en el libro del Levítico. ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Y Jesús los está poniendo en pie de igualdad porque no hay nada mayor que esto. En una palabra amor.
Alguna podría decirme, pues lo que hablábamos al principio. Ahí está el amor de los amigos que tanto bien hace a los propios amigos y que puede ser un primer principio de ese amor que nos pide el Señor. Y lo mismo podríamos decir del amor familiar; ya estaremos cumpliendo lo que nos dice Jesús. ¿No será suficiente?
Si nos fijamos bien en el sentido de las palabras de Jesús y lo que a lo largo nos va diciendo en el evangelio, podríamos decir que con aquel amor de amistad,  con aquel amor familiar no estamos quedando cortos. No nos pide Jesús solo un amor de amigos. No nos pide Jesús que encerremos nuestro amor en el círculo familia y de ahí a fuera no queremos saber nada porque ya nos amamos en familia. Es algo más que ese amor de amistad en que solo amamos a los amigos es algo más que el amor familiar que se queda encerrado en el círculo de nuestros seres queridos, como los solemos llamar. ¿Y los demás? ¿Se quedarán fuera de esa órbita de amor?
El amor que nos pide Jesús es un amor universal en que nadie pueda quedar excluido, abarcará a amigos y a enemigos, abarcará a los que nos hacen bien pero también a los que pasan indiferentes ante nosotros, o aquellos que nos hayan hecho daño y nos hayan hecho mal, abarcará también al desconocido o aquel que no nos cae simpático, a aquel que es justo y es bueno pero también al que pueda quizá llevar la maldad en su corazón, a aquel que no facilita las cosas y también al que pueda ser un estorbo para nosotros en la vida porque nos haga perder el tiempo o quizá pueda trastocar todos nuestros planes, a aquel que nos quiere y a aquel que nos odia.
Esto es otra altitud, otra forma nueva de mirar y de medir, esto  nos da una nueva amplitud a nuestra vida y nos dará también un nuevo sentido a nuestro amor. Esto será algo que no podemos hacer solo con nuestras fuerzas ni podemos encontrar ningún modelo humano para ese estilo y sentido del amor.
Ya nos dirá Jesús que amemos como El nos ha amado; ya nos dirá Jesús que recemos por aquellos a los que nos cuesta amar, ya nos dirá Jesús que el modelo de ese amor es el amor de Dios que siempre es compasivo y misericordioso con todos.  No caben distinciones, no caben separaciones ni discriminaciones, no nos valen excusas ni disculpas, no nos vale que ese amor lo acomodemos a nuestros amores humanos.
Es que estamos entrando en una dimensión divina del amor. Será entonces cuando comencemos a estar cerca del Reino de Dios. ¿Será así nuestro amor? ¿Estaremos entendiendo bien esa nueva dimensión del amor o todavía estaremos queriendo hacernos rebajas?

jueves, 13 de septiembre de 2018

Queremos amar con un amor auténtico para hacer entrar a nuestro mundo en la nueva dimensión del amor que nos enseña Jesús


Queremos amar con un amor auténtico para hacer entrar a nuestro mundo en la nueva dimensión del amor que nos enseña Jesús

1Corintios 8, lb -7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Alguna vez lo he comentado. En los perfiles que ponemos en las redes sociales para darnos a conocer queriendo hablar bien de uno mismo hay una particularidad que aparece con mucha frecuencia para definirnos a nosotros mismos, ‘soy amigo de mis amigos’. Y yo me pregunto y ¿qué tiene eso de particular? Mal amigo serías que no fueras amigo de tus amigos. De alguna manera quizás lo que estas queriendo decir es que te encierras en el circulo de tus amigos y de ahí no quieres salir.
Hago referencia a esto que, repito, es hoy hay común en las redes sociales porque de alguna manera determina las actitudes que tenemos ante la vida aunque vayamos pregonando mucho de amistad y utilicemos como una cantinela la palabra amor. Se nos puede volver en un amor egoísta, que ya no sería amor; seria un amor interesado porque amo a alguien por es bueno conmigo o me reporta algún beneficio, pero a la larga vamos poniendo barreras, nos encerramos en exclusivismos, discriminamos a quien no nos puede caer bien, y apartamos de un plumazo a quien en algún momento consciente o inconscientemente nos haya podido molestar.
El amor del que nos habla Cristo tiene otra dimensión, tiene que ser un amor más universal, no puede ser un amor que discrimine, tiene que ir rompiendo murallas para lograr que todos podamos acercarnos los unos a los otros. Es difícil. Cuesta. Tenemos nuestro orgullo y nuestro amor propio. Nos cuesta mucho aceptar al otro. Pero es que lo otro lo hace cualquiera. Nuestro distintivo tiene sus exigencias.
Por eso nos habla hoy Jesús del amor a los enemigos, a los que nos hayan podido hacer daño o nos hayan ofendido porque siempre tiene que estar presente el perdón para que haya verdadero amor. Si amamos a los que nos aman, qué merito tenemos nos viene a preguntar Jesús. Eso lo hace cualquiera.
Pero este mandato de Jesús no olvida que es algo que nos pueda costar, porque nos está diciendo que solo lo podemos hacer con la fuerza y la gracia que El nos da. Por eso  no pide que recemos por los que nos hayan ofendido, porque cuando somos capaces de orar por alguien es porque de alguna manera nos estamos poniendo en la orbita del amor y en esa orbita estamos poniendo a aquel por quien rezamos.
Por eso nos dice tajantemente: ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos’. ¿Qué razones tenemos para amar? Simplemente amar. Amamos porque nos damos, amamos porque hay generosidad en nuestro corazón, amamos porque queremos hacer el bien. No buscamos premios ni recompensas, no amamos por interés, no amamos simplemente buscando ser correspondidos, no amamos porque nos amen. Simplemente amamos.
Y amamos porque somos hijos de Dios; amamos porque nos sentimos amados de Dios. Amamos porque queremos imitar en el amor de Dios. Por eso nos dice: ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’.
El modelo lo tenemos en Dios y no juzgamos, y no condenamos, y siempre perdonamos, y somos generosos porque así es el amor. No es, pues, solo soy amigo de mis amigos, sino que mi corazón siempre está abierto con generosidad universal porque estamos dispuestos a aceptar y a perdonar, porque estamos dispuestos a perdonar para hacer entrar en nuestro mundo en esa nueva dimensión del amor.