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domingo, 23 de agosto de 2026

A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

 




A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

Isaías 22, 19-23; Salmo 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

No siempre es fácil definirnos en la vida, porque las cosas son más complejas que lo que aparentemente se nos pueden ofrecer y nos entran nuestros miedos, nuestras personales consideraciones si lo que vamos a decir cae bien a todos, las influencias que recibimos de lo que nos rodea o de quienes dirigirnos en una dirección determinada según los intereses de cada uno. Decimos, es verdad, que somos libres y que cada uno tiene su opinión y se expresa como quiere, pero quizás no siempre actúa con esa auténtica libertad porque son muchas las presiones que puede también recibir en un sentido o en otro; también está nuestra propia debilidad o nuestra poca madurez para tener ideas claras, para hacer opciones que puedan comprometer nuestra vida. Definirnos sobre algo es bastante complejo en muchas ocasiones.

¿Será eso lo que de alguna manera les está planteando Jesús? Ya llevan un tiempo con él en una cercanía que otros no tienen, un día habían optado por seguir a Jesús, tras la invitación del propio Jesús o desde inquietudes que sentían en su corazón. Algo podían ellos ir sintiendo ya dentro de sí sobre lo que Jesús estaba significando en medio del pueblo y para sus propias vidas; veían también las respuestas diversas que se iban dando al mensaje de Jesús, desde quienes se entusiasmaban con sus palabras o con los signos que realizaba hasta lo que hacían oposición frontal al mensaje de Jesús desde sus distintas posiciones, en algunos casos muy interesadas. Y entonces surge la pregunta de Jesús.

Están ya un poco fuera del territorio palestino porque están en la región de Cesarea de Filipo, muy al norte, en el nacimiento del Jordán y en las fronteras con Fenicia. A Jesús les gustaba llevar a los discípulos más cercanos a lugares apartados donde no hubiera tanta presión de la gente que los seguía y no les daba tiempo ni para comer, como en algún momento se dice, y es ahí donde los cuestiona.

Primero que manifiesten lo que ellos escuchan que la gente piensa de Jesús. Una pregunta más fácil de responder porque se trata de hacer como se dice ahora una lluvia de ideas recogiendo las opiniones que conocían de la gente. ‘¿Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Un profeta como no lo ha habido nunca igual, vienen a decirle, porque recuerdan a los antiguos profetas, o recuerdan a Juan que recientemente había aparecido en las orillas del Jordán, del que algunos de ellos habían sido también discípulos.

Pero Jesús no se quiere quedar en esas generalidades y la pregunta va directa a lo que ellos puedan pensar. ‘Y vosotros, ¿quien pensáis que soy yo?’ La respuesta no surge ahora tan espontánea; podemos imaginar como se miran los unos a los otros a ver quien es el primero que se atreve a hablar. Y será Simón Pedro el que se adelantó tomando la iniciativa y poco menos que la representación del pensamiento de todos. ‘Tú eres el Mesías, el ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Una profunda afirmación de fe que incluso Jesús le dirá que no lo está diciendo por si mismo, sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Una profunda afirmación de fe que va a provocar una promesa de Jesús, porque ahí está la roca sobre la que se va a fundamentar la Iglesia, esa nueva familia de los hijos de Dios que se está constituyendo en la medida en que se va haciendo más presente el Reino de Dios. ‘Eres la roca sobre la que edificaré mi Iglesia y el poder del maligno no podrá contra ella… en tus manos están las llaves del Reino, en torno a esta roca se va a formar, se va a entrelazar una nueva unión, una nueva comunión…’

Son cosas muy importantes las que aquí escuchamos, es el comienzo de algo nuevo como nueva tiene que ser nuestra vida desde ese encuentro vivo con Jesús. Aquí estamos proclamando lo que es nuestra fe, pero también lo que tiene que ser nuestro camino de ahora en adelante. Aquí al proclamar nuestra fe nos estamos manifestando también con humildad porque solo desde la fuerza del Espíritu de Dios en nuestro corazón. podremos proclamarla y podremos vivirla.

Cambien tenemos nuestros miedos y nuestras dudas, también rebrotarán muchas veces nuestras cobardías y nuestros tropiezos, como Pedro a quien vemos hoy haciendo esta hermosa confesión de fe; pero es el Pedro que quería quitarle de la cabeza a Jesús la idea de su subida a Jerusalén con todo lo que allí podría suceder; es el Pedro que se siente pequeño y pecador cuando ve las maravillas de Dios que se realizan en Jesús como cuando la pesca milagrosa; es el Pedro que en un momento querrá utilizar las mismas armas del mundo para defender a Jesús como cuando sacó la espada de la violencia en el Huerto de los Olivos; el Pedro que se había quedado dormido cuando Jesús los invitaba a la vigilancia; el Pedro que se quedaba extasiado en los momentos de gloria, pero que recularía cuando alguien le dijera que él también era de los que estaban con Jesús.

Son también nuestros miedos y nuestras dudas, nuestras debilidades y nuestras tibiezas, pero los que tenemos que tenemos que seguir confiando en Jesús, dejándonos conducir por su Espíritu, poniendo todo nuestro empeño en seguir sembrando en los surcos de la vida esa nueva semilla del amor. Jesús quiere seguir confiando en nosotros, ¿qué respuesta le damos? ¿Llegaremos nosotros a definirnos por Jesús y por el evangelio?


lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?


viernes, 22 de mayo de 2026

Cuando nos dejamos llevar por la disponibilidad del amor descubriremos las maravillas de Dios porque llegaremos a sentir su presencia

 


Cuando nos dejamos llevar por la disponibilidad del amor descubriremos las maravillas de Dios porque llegaremos a sentir su presencia

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

Ahora en estas diversas manifestaciones de Cristo resucitado va haciéndoles sentir su presencia de una manera especial porque así han de dejarse envolver por su Espíritu para ser sus testigos hasta los confines del mundo. Son momentos de sentir algo especial, son momentos que nos preparan para el anuncio, momentos que hacen rebrotar la esperanza y ese compromiso de llevar ese anuncio de la buena nueva de Jesús hasta el último rincón.

No nos pide Jesús otra cosa que amor. Es ese dialogo tan tierno entre Jesús y Pedro. Ya habíamos como tantas veces se había adelantado Simón para ir por delante en esas promesas de amor, para dejar bien sentado cuanto lo amaba y que estaría incluso dispuesto a dar la vida por Jesús. Así eran los impulsos del corazón que no podía permitir que nada le pasara. Cómo se ponía de pesado queriendo convencer a Cristo que nada de aquello que anunciaba le podía pasar de manera que Jesús quiere quitárselo de delante porque está síendo una tentación para El. Palabras duras serán las que pronunciará en ese momento.

Jesús ahora le pregunta por su amor, no uno, sino dos, hasta tres veces. Quiere Jesús que pastoree sus ovejas. Un  día se lo había anunciado Aquel de quien hablaban Moisés y los profetas. En otra ocasión ante el aturdimiento de Pedro por la pesca tan grande que habían recogido en el lago porque se había dejado confiar en la palabra de Jesús, se le había anunciado que sería pescador de hombres. Ahora se había repetido aquella pesca y allí en medio estaba Jesús. También ahora había confiado en la Palabra de Jesús que le señalaba por donde había que echar la red. Es la disponibilidad del amor.

Jesús confía en el amor, y cuando ponemos amor de verdad todo es posible. Nosotros tenemos que confiar en el amor que Dios nos tiene, de cuántas maneras maravillosas nos lo va manifestando en el día a día de nuestra vida. Y ahí tiene que estar nuestra respuesta de amor, aunque nos sintamos débiles, aunque muchas veces no hemos sabido estar a la altura de ese amor. Como Pedro tenemos que decirle, que la amamos y el conoce las medidas de nuestro amor – ‘tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’ -. ¿Estaremos dispuestos como Pedro a dejarnos ceñir para ser capaces de dar la vida también por el Maestro?

 

jueves, 9 de abril de 2026

No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

 


No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Salmo 117; Juan 21, 1-14

‘Me voy’, dijo poco menos que dando un grito, dio un portazo y se marchó. No es que sea una escena habitual pero sucede muchas veces en la vida; lo hacemos o tenemos ganas de hacerlo; nos sentimos incomprendidos quizás, estamos cansados de tantos líos y conflictos, las cosas parece que van de mal en peor y no vemos soluciones por ningún lado, de aquellos que esperábamos alguna ayuda o comprensión su presencia era ausencia… tantas veces que las cosas parece que se nos vuelven todas en contra y nos da gana, como decimos también, de tirar la toalla, de dar el portazo.

Parece como si fuera una cosa así lo que  nos quiere decir el evangelista cuando en un momento dado, ya han vuelto a Galilea otra vez porque el mensaje que Jesús les había enviado a través de aquellas mujeres a las que, decían, se le había aparecido eran que fueran a Galilea y allí lo verían. Pero no habían visto nada, no sabemos cuanto tiempo llevaban ya por Galilea, porque los días pasaban inexorablemente, hay que contar lo que tardaron en regresar desde Jerusalén a Galilea, y allí está aquel grupo de los discípulos esperando y sin saber que hacer. Es a Pedro al que se le ocurre volver de nuevo a lo que eran antes sus tareas; me voy a pescar, dice, y el resto de compañeros dicen que se irán con él. Ya el evangelista nos detalla sus nombres.

Pero hay veces que parece que las noches oscuras se prolongan sin saber por qué. Se habían pasado bregando toda la noche y no han podido coger nada. Ahora desde la orilla cuando comienza a despuntar el sol alguien les pregunta si han cogido algo y al recibir el no por respuesta les indica que lancen la red por el otro lado de la barca. ¿Desde la orilla podía vislumbrar un cardume que ellos no vieran desde la barca? Podría parecer imposible porque ellos apenas distinguen quien es el que les habla desde la orilla.

Pero las noches oscuras pueden terminar en una mañana luminosa y es lo que sucedió entonces. No tenían ni fuerzas para sacar la red del agua, porque eran tantos los peces. Están sobrecogidos, pero alguien de entre ellos ha estado mirando con el corazón y el corazón le descubrió quien estaba en la orilla. Es lo que le dice a Pedro en un aparte. ‘Es el Señor’. No hizo falta más, porque Pedro quizás también estaba intuyendo algo, porque se lanzó al agua tal como estaba medio desnudo en la barca como se ponían en traje de faena.

Quería ser el primero en llegar a los pies de Jesús; los demás llegarán más tarde porque tienen que venir arrastrando la red y Pedro ha nadado bravo para llegar a los pies de Jesús. Ahora sí se estaba cumpliendo el mensaje recibido a través de las mujeres. En Galilea lo verían, y allí estaba Jesús que ya les tiene preparado el pan sobre las brasas y algunos peces, aunque les pide que traigan de los que acaban de coger. Nadie se atreve ahora a hacer preguntas. Atrás quedaron los momentos oscuros y de incertidumbre, era una experiencia nueva la que estaban viviendo. ‘Vamos, almorzad’, les dice Jesús.

Un nuevo encuentro con Cristo resucitado; ahora en torno también a una comida que es Jesús quien la ha preparado para quienes estaban cansados del trabajo de la noche, o cansados de tantas oscuridades. Se ha renovado su fe, vuelve a florecer la esperanza. Continuarán sucediendo cosas maravillosas que ya escucharemos y meditaremos también. Hay de nuevo Pascua, porque allí está el paso del Señor.

¿Necesitaremos también nosotros unas experiencias así? Nuestros cansancios también a veces nos desaniman, volvemos pronto quizás a nuestras rutinas de cada día olvidando las pasadas experiencias que un día nos pusieron en camino, sentimos como el camino de cada día y el camino de la fe a veces se nos oscurece, en nuestros desánimos nos sentimos desorientados y sin saber que hacer, nuestros ojos se nos ciegan y no terminamos de descubrir las maravillas que el Señor sigue realizando en su vida, y Jesús viene a nuestro encuentro, nos abre nuevos horizontes, nos señala donde está la pesca que tenemos que realizar, nos recuerda la mision tan importante que nos ha encomendado.

‘Es el Señor’, escuchamos que se nos dice al oído de nuestro corazón. Sepamos escuchar esa palabra que nos alienta y sepamos descubrir la presencia del Señor que siempre está con nosotros.


martes, 31 de marzo de 2026

Fáciles para la promesa entusiasmada pero pronto también para con nuestros miedos y cobardías querer salvar nuestros intereses aunque tengamos que negar lo más sagrado

 


Fáciles para la promesa entusiasmada pero pronto también para con nuestros miedos y cobardías querer salvar nuestros intereses aunque tengamos que negar lo más sagrado

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Qué fáciles somos para las promesas en los momentos de entusiasmo. A veces las cosas nos parece que marchan bien y en nuestra mente nos creamos castillos en el aire, que pronto veremos quizás que se nos caen como un castillo de naipes que al menor movimiento de alguna de las fichas se viene abajo. Así nos entusiasmamos en muchos momentos de la vida, momentos de euforia y de felicidad y ya pensamos que todo siempre va a marchar sobre ruedas, momentos de fervor espiritual y nos hacemos mil propósitos, y nos decimos que las cosas ya no van a ser como antes pero pronto nos damos cuenta que la vida es más difícil y más dura, y nos faltan las fuerzas, o nos volvemos a encantar con las cosas de antes y todo se vuelve como una pendiente en que todo va resbalando y termina en una perdición.

Así Vivian momentos de entusiasmo los discípulos con Jesús sobre todo cuando veían que la gente le seguía y acudían a El de todas partes y parecía que aquello se convertía en un camino de triunfo; de ahí sus sueños, porque ya estaban aspirando a ver qué puesto les iba a tocar en ese reino que con el Mesías se iba a instaurar. ¿No recordamos el entusiasmo de Pedro en el Tabor que ya estaba allí montando tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías, olvidándose incluso de que ellos también estaban allí en el descampado y quizás las pudieran necesitar?

Son las emociones de la cena pascual lo que nos trasmite hoy el evangelio. Hoy se nos sitúa un pequeño marco de aquella cena donde se van a pronunciar palabras muy solemnes y de mucha trascendencia. Porque Jesús comienza anunciando una traición; y todos se revuelven porque les parece algo incomprensible, Juan en la cercanía de Jesús alrededor de la mesa se atreve a preguntar como en secreto a Jesús. Y Jesús untando un trozo de pan lo entrega a Judas indicándole que lo que ha de hacer que lo haga pronto. El resto no entiende, porque pensaban que era algún preparativo que Jesús le había encargado para la fiesta. Y Judas sale del Cenáculo, diciéndonos el evangelista que era de noche. De la luz se fue a la oscuridad, un tremendo y trágico signo por cuanto había de suceder. Un tremendo y trágico signo en el que tantas veces quizás nosotros también nos vemos envueltos.

Y Jesús presintiendo ya la pasión que iba a vivir a partir de ese momento sin embargo habla de glorificación. En un sentido muy a ras de tierra parecen palabras incomprensibles como les está resultado a los que quedan alrededor de la mesa. Jesús habla en cierto modo de su soledad, porque ellos no podrán seguirle, ¿o no serán capaces de seguirle?, tendríamos que preguntarnos porque quizás es también la misma debilidad que nosotros tenemos en la que no terminamos de mantener nuestra fidelidad. Cuántos tropiezos y caídas, cuántas marchas atrás y traiciones, cuántas veces nos quedamos por camino con nuestros cansancios o con nuestras desilusiones.

Pero allí está Pedro como siempre dispuesto a todo, aunque un día cuando Jesús anunciaba su pasión decía que eso no podía pasarle y trataba de disuadir a Jesús; pero ahora parece que está firme en su voluntad, ‘aunque todos te abandonen, yo no’, es la porfía con la que Pedro quiere presentar su disponibilidad. Bueno, llegaría a buscarse una espada que llevar consigo, como aparecerá en el huerto de Getsemaní.

Pero para él también tiene Jesús un anuncio. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Ya sabemos lo que sucedió más tarde. Pedro como todos cuando llegó la hora del prendimiento lo habían abandonado y se habían dispersado. Más tarde se atrevió a acercarse por el patio del Pontífice y había caído en la trampa porque hasta su hablar lo delataba como galilea y entonces amigo del Galileo que estaban juzgando y condenando; alguno incluso lo reconocería por haberlo visto en el huerto. Y vienen las negaciones, el recular y el querer esconderse, el no reconocer que conocía a Jesús quien tantas veces le había manifestado su cariño y su amor, quien había dicho las más bellas palabras sobre Jesús, aunque inspirado por el Padre del cielo.

¿No es también el camino que nosotros tantas veces hacemos? Pedro también se metió en las sombras de la noche, como tantas veces nos sucede a nosotros. Las tinieblas prefirieron la oscuridad a la luz, como nos decía el evangelio de san Juan. ‘Vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron’, y seguimos tantas veces sin reconocerle, o sin dar la cara por El. ¿Esta Pascua que vamos a vivir significará ya ese cambio definitivo porque vamos siempre a preferir la luz?

jueves, 7 de agosto de 2025

Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

 


Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

Números 20, 1-13; Salmo 94; Mateo 16, 13-23

Tener claro quienes somos y a dónde vamos es algo que consideramos fundamental como persona, pero también como pueblo, como miembro de una comunidad, para manifestar claramente cuál es nuestra identidad, manifiesta nuestra madurez humana y también la grandeza que como pueblo tengamos, pero es algo que poco a poco vamos desarrollando, vamos haciendo crecer en nosotros, de tal manera que marcaremos nuestro sello personal, o como pueblo.

Quien anda por la vida sin saber bien quién es, y no se trata de nombre o identificaciones externas, camina como desorientado y sin rumbo, le faltarán metas en su vida, no encontrará valor a su existir, y así vemos a muchos desencantados, aburridos de la vida, sin saber qué rumbo tomar. Y lo vemos también como pueblo o miembros de una sociedad; hay pueblos que tiene muy clara su identidad, quizás se basan mucho en sus tradiciones que tratan de conservar, pero se nota en ellos una unidad en ese camino que quieren realizar; como también nos encontramos con pueblos que son como un aglomerado de personas, venidas quizás de acá o de allá, o quienes aunque nacidos en ese pueblo por diferencias y distanciamientos entre unos y otros no llegan a tener esa identidad.

Pueden parecer unas reflexiones meramente humanas o sociales, pero me las hago también desde lo que hoy nos aparece en el evangelio. Primero están las preguntas que Jesús les hace a los discípulos. ¿Qué piensa la gente o qué piensan ellos mismos de quién es Jesús? No es que Jesús no tenga clara cuál es su identidad y su misión, como vemos palpablemente a través de todo el evangelio, pero era necesario que quienes querían seguirle también tuvieran clara esa identidad de Jesús. No es lo mismo pensar que Jesús es un personaje histórico que tuvo su importancia y su influencia en un momento determinado, que descubrirlo como verdadero salvador, como Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

Claro que a los seguidores de Jesús, sus discípulos y cuantos se acercaban a Él para escucharle atraído por sus palabras pero también por los signos que manifestaba de algo nuevo, no lo tenían tan claro. Para algunos como Herodes era como una reencarnación de Juan a quien Herodes había mandado matar; mucha gente lo veía como un gran profeta, como aquellos grandes profetas que se mencionaban en las Escrituras, pero aún no habían dado el paso, no habían llegado a reconocer de verdad quién era Jesús.

Los propios discípulos, los apóstoles que formaban ya su grupo más cercano, se quedan perplejos con la pregunta de Jesús sobre todo cuando es dirigida directamente a ellos. Será Pedro el que se adelante a dar la respuesta. Merecerá incluso la alabanza de Jesús; pero también Jesús les dirá que aquello no es solo fruto de un descubrimiento propio, sino que allí estaba actuando el Espíritu de Dios, era el Padre quien lo había revelado en el corazón de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Vienen luego las promesas de Jesús, la misión que le va a confiar a Pedro. Serás piedra – y está junto con la palabra y el nombre – sobre el que edificaré mi Iglesia. ¿Es solo una persona, por así decirlo, lo que va a ser el fundamento de esa Iglesia que nace?  Todo arranca desde esa fe de Pedro que ha confesado a Jesús como el Hijo de Dios. Nuestra identidad como Iglesia no es pensar en una organización social con sus líderes o sus dirigentes desde unos planes o desde unas organizaciones. Cuando miramos a la Iglesia así, cuando trabajamos solo así desde la Iglesia nos quedamos en un pobre concepto de Iglesia. Es por lo que tantos hoy en nuestro mundo no terminan de entender el sentido y el valor de la Iglesia.

Cuando escuchábamos en meses pasados con motivo de la muerte del Papa y la elección del nuevo Papa los comentarios que se hacían desde muchos medios de comunicación social era para echarse a temblar, era para llorar por el pobre concepto que se tiene de la Iglesia. Claro que tenemos que plantearnos seriamente si es esa la imagen como iglesia damos los cristianos o el actuar de la misma Iglesia.

La Iglesia no la podemos entender sin relación a nuestra fe en Jesús. Esa es la piedra, ese es el fundamento sobre el que está fundada la Iglesia, aquella fe que proclamó tan acertadamente Pedro y que precisamente será luego su misión. ‘Cuando te recobres, le dirá Jesús, va a tener que alentar la fe de tus hermanos’.

Es lo que nos identifica como Iglesia que luego expresaremos en esa comunión que entre nosotros tiene que haber y que tenemos que saber mantener, la manifestaremos con nuestro compromiso por hacer un mundo mejor, la manifestaremos en todos esos gestos que tenemos que ir realizando desde nuestro amor para que el mundo crea. Pero no es solo hacer cosas, no es solo que digamos que tenemos que estar unidos y amarnos, no es solo que trabajemos por la paz y la justicia, es sobre todo la fe en Jesús que profesamos que será el fundamento, que será el motor de todo lo que luego tenemos que vivir.

¿A los que decimos que pertenecemos a la Iglesia, por decirlo de alguna manera, nos reconocerán en el mundo por nuestra fe en Jesús? ¿Es la buena nueva de Jesús que nos lleva a la fe lo que en verdad predica y transmite la Iglesia y los que en ella estamos?


domingo, 29 de junio de 2025

Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

 


Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Todos queremos tener un piso firme bajo nuestros pies mientras caminamos; si es inestable, si se mueve o fluctúa parece que no nos da seguridad y nos entra el miedo y la desconfianza. Valgan esos puentes flotantes para un juego como vemos muchas veces en actividades recreativas, nosotros queremos pisar firmes y no nos falle bajo nuestros pies. Ya sabemos quienes no se sienten seguros en un barco y se marean con el balanceo del barco como consecuencia del movimiento de las aguas; hay quien no se siente seguro en las alturas en que vuela un avión porque nos parece que hay mucho vacío bajo nuestros pies.

¿Será así como queremos andar en la vida? Las fluctuaciones en la vida social parece que crean inestabilidad, y de ahí surge toda una lucha política porque siempre el adversario ve inseguridad que crea inestabilidad en lo que propone el gobernante y de ahí ya sabemos las consecuencias para toda la sociedad. Pero queremos estabilidad en las familias, queremos estabilidad allí donde realizamos la vida, queremos estabilidad en nuestros trabajos porque eso nos da seguridad y nos puede hacer pensar en un posible futuro mejor.

Aunque tenemos en cuenta estos aspectos de la vida, porque también son cosas que nos preocupan, hoy desde la Palabra de Dios en esta solemnidad que estamos celebrando de los Apóstoles san Pedro y san Pablo se nos está hablando de la seguridad sobre la que queremos fundamentar nuestra vida de fe, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. El evangelio nos habla de piedra y de fundamento de nuestra fe y de la Iglesia de manera que el poder del enemigo no la derrotará.

No puede ser una piedra inestable. Todo ha partido de una confesión de fe de Pedro; más bien con la pregunta que hace Jesús tomando el pulso de lo que le gente opinaba de él, pero fundamentalmente de lo que ellos, los discípulos más cercanos, sentían sobre Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Era necesaria aquella clarividencia de los que le seguían más de cerca, aquellos que un día había escogido, no solo los había ido llamando por los caminos, sino que en un momento determinado los había llamado por su nombre para que estuvieran con El, porque iban a ser como el principio de aquella Iglesia. De ahí la importancia de la fe de los apóstoles.

Es Pedro el que se ha adelantado para confesar su fe. ¿Era consciente totalmente de lo que estaba diciendo? Como le dirá Jesús no lo dice por si mismo, sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Por eso les dice que ese va a ser el fundamento de la Iglesia, la piedra sobre la que se edificará la Iglesia, en la que va a tener seguridad, que no se mueva bajo los pies, como hemos comenzado diciendo. La imagen de ello va a ser Pedro, le ha cambiado el nombre de Simón por piedra, por Pedro, que es lo que viene a significar la palabra. En otro momento le dirá a Pedro que cuando pasen los momentos de zozobra, él tendrá que mantenerse firme para que confirme en la fe a los hermanos.

Este es el sentido bonito que tiene la fiesta de este día; decimos normalmente de san Pedro y san Pablo y así es, pero tenemos que decir que es la fiesta de la Iglesia, de la proclamación del fundamento de la Iglesia. Qué bonito es lo que hemos vivido recientemente con la muerte del Papa Francisco, con la expectativa de quien iba a ser el nuevo Papa, y la elección de León XIV.

En estos momentos hemos visto de forma palpable de lo que nos ha hablado hoy la primera lectura. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad entera oraba al Señor por Pedro; es lo que hemos visto en aquellos momentos de oración intensa en la enfermedad del Papa y en su muerte, pero luego pidiendo por la elección del nuevo Pontífice. Los medios de comunicación hacían sus cábalas, quien tenía más probabilidades y quien no, pero la Iglesia oraba con esperanza, aunque de eso no hablaban los medios ni les interesaba.

Y Dios nos ha dado el Papa que necesita hoy la Iglesia; no podemos hablar ni de continuidades ni de rupturas, porque esas no son las formas del actuar de Dios y ese no puede ser el verdadero sentimiento de los cristianos. Es lo que Dios quiere hoy para su Iglesia, con sus matices y con peculiaridades, porque no tiene que haber mimetismos que son monstruosos. 

Son los caminos de Dios que con fe nosotros hemos de caminar. Son los caminos en los que nos sentimos seguros porque Jesús nos prometió que estaría siempre con nosotros, y la fuerza de su Espíritu se manifestando en cada momento según lo que la Iglesia va necesitando. Es la seguridad de esa piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro sintiendo la comunión de toda la Iglesia.

sábado, 10 de mayo de 2025

Encrucijadas, dudas, momentos oscuros, dificultades para entender y aceptar ¿seremos capaces de decir Tú tienes palabras de vida eterna?

 


Encrucijadas, dudas, momentos oscuros, dificultades para entender y aceptar ¿seremos capaces de decir Tú tienes palabras de vida eterna?

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Salmo 115; Juan 6, 60-69

En la vida andamos demasiadas veces con la mente cerrada; solo vemos lo que nos interesa, solo vemos desde nuestros particulares criterios, siempre nos creemos como en un estadio superior y no somos capaces de abrir nuestra mente para comprender lo que el otro pueda decirnos, pero lo hacemos desde nuestro complejo de superioridad; así andamos por la vida no siendo capaces de entendernos, de al menos dar la posibilidad de que el otro se manifieste y nos exprese su manera de pensar y por nuestra parte tratar de entender o comprender lo que el otro quiere decirnos; podremos estar o no de acuerdo, seremos capaces de entrar en un diálogo constructivo, no significa que siempre tengamos que creer lo que el otro nos dice, pero al menos no nos cerramos al diálogo y al entendimiento. Pero qué difícil es.

Les estaba pasando aquel día en Cafarnaún como pasaba también con tantos que no terminaban de aceptar el mensaje de Jesús. Todo ha partido en esta ocasión de aquel signo que Jesús había hecho y que no habían sabido entender. Se habían alimentado en el desierto y todo se quedaba ahí; bueno, habían querido hacerlo rey, porque con gente tan buena y generosa que así lo alimentaba era fácil entender que era el Mesías que estaban esperando para la liberación de Israel. Pero les costaba entender los signos que Jesús hacía y ellos les daban sus interpretaciones desde sus prevenciones y sus prejuicios.

Cuando ahora Jesús les ha hablado de un sentido nuevo, los odres nuevos son costosos de conseguir porque preferimos mantenernos con los odres viejos aunque se nos derrame y se nos pierda el vino; pero no entendían aquel alimento que Jesús les ofrecía, no entendían lo que Jesús les hablaba de comerle para tener vida para siempre, no entendían lo de poner toda su fe en Jesús para alcanzar la resurrección definitiva para sus vidas. Seguían pensando en el mana que comieron sus padres en el desierto, pero no entendían de ese verdadero pan bajado del cielo que les daría vida para siempre.

Más difícil se lo ponía Jesús cuando les habla que ese Pan es su Carne para dar vida al mundo, cuando les dice que hay que comer su carne y beber su sangre. Era el no va más. ‘Ese modo de hablar es duro, ¿Quién puede hacerle caso?’ Y Jesús les habla de dejarse conducir por el Espíritu de Dios porque es así como conseguimos vida, pero muchos no están dispuestos a seguir escuchando y le abandonan.

Es cuando surge la pregunta que Jesús les hace a sus discípulos más cercanos, aquellos que siempre han estado con El y hasta ahora aun con sus debilidades y ambiciones habían dado muestras de fidelidad. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ ¿Llegará el momento en que todo se viene abajo y Jesús se va a quedar solo? Siempre nos encontramos en la vida con momentos que son cruciales, una encrucijada en la que hay que tomar una decisión. ¿Estarían dispuestos a seguir con Jesús? ¿Estarían ellos entendiendo bien estas palabras de Jesús o habría una muestra de confianza para seguir con Jesús fuera lo que fuera que sucediera?

Allí está Pedro como siempre. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Una carta en blanco para seguir a Jesús. ‘¿A quién vamos a acudir?’ En Jesús habían puesto todas sus esperanzas, aunque aún tuvieran dudas en su corazón y en algún momento volvieran los momentos de debilidad. Pero ahora estaban decididos. ‘Tú tienes palabras de vida eterna… sabemos que eres el Santo de Dios’.

¿Seremos capaces de una confesión de fe así? también nos encontramos muchas veces en encrucijadas y tenemos que hacer una opción, también dudamos y no siempre vemos las cosas claras, hay cosas que a veces nos pueden escandalizar, vemos errores a nuestro alrededor pero nosotros también cometemos errores. ‘Señor, tú tienes palabras de vida eterna’.


miércoles, 30 de abril de 2025

El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

 


El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21

El camino de las relaciones de los hijos con los padres nunca puede ser el del temor sino el del amor; cuando nos metemos de verdad en el carril del amor nuestro rostro es el de la felicidad porque nos sentimos amados, porque descubrimos que todo aquello que nos diga o nos haga nuestro padre estará guiado siempre por el amor; por eso ante el padre que nos ama no nos escondemos, aunque a veces podamos equivocarnos y cometer errores, porque sabemos que nuestro madre no tiene la pesa o el metro en sus manos para medir cuanto hacemos y si nos pasamos o no llegamos a la medida porque El está ahí para animarnos y alentarnos, para guiarnos pero también para ser luz para que nosotros podamos también ver con claridad cuales han de ser nuestros caminos; con el padre no andamos tampoco con mezquindades si lo amamos de verdad midiendo hasta donde llegamos, pesando como para llevar una contabilidad de lo que hacemos, ni exigiendo porque nos sintamos con derechos a recompensas; la mas hermosa recompensa es la de amar y sentirnos amados.

Algunas veces, es cierto, esto no lo vemos con total claridad ni lo realizamos así, porque manchamos de miserias nuestro amor y ya no es tan autentico, pero aunque no lo veamos sabemos que el padre siempre estará esperando para darnos el abrazo de su amor. Y esto que estamos diciendo tiene también su reflejo en lo que es nuestra relación con Dios. Es el Padre que nos ama y nos ama con un amor tan infinito que es eterno, un amor tan fiel que por muchas que sean nuestras infidelidades siempre nos estará ofreciendo ese abrazo de perdón, siempre estará saliendo a nuestro paso para buscarnos y hacer que retornemos a esos caminos del amor.

Es el mensaje tan bonito que nos ofrece hoy el evangelio. Con toda rotundidad y con toda también solemnidad nos está hablando de ese amor de Dios. Lo hemos escuchado muchas veces pero no terminamos de saborearlo en toda su riqueza. Hay palabras ante las que no es necesario comenzar a hacer muchos comentarios, sino simplemente contemplarlas desde el corazón, rumiarlas repitiéndonoslas una y mil veces para hacerlas en verdad vida de nuestra vida.

Tanto amo Dios al mundo, tanto nos amó Dios porque es un amor muy personal y muy concreto donde también tendríamos que decir, tanto me amó Dios, que entregó a su Hijo Unigénito, no paraba de buscar lo mejor que podía ofrecernos, nos había regalado la vida, nos había puesto en este mundo que había puesto en nuestras manos, nos había acompañado en nuestra historia y nuestro camino, pero no se quedó ahí, desde toda la eternidad había decidido entregarnos a su Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga vida eterna. ¿Podíamos esperar más? En ese pensamiento nos podríamos quedar, ante ese amor tenemos que responder, desde ese amor hemos de emprender el camino, camino que tiene que ser igualmente de amor.

Pero el Hijo viene con amor. Enviado del Padre por amor es para nosotros la muestra más hermosa del amor. Y será amor lo que nos enseña, será amor lo que es su vida, será amor que nos llena de vida. No para la muerte sino para la vida, no para hacernos perecer aunque muchas veces no nos merezcamos tanto amor, sino para seguir ofreciendo siempre vida, y no una vida cualquiera, vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

El juicio de Dios será siempre el del amor, el de la compasión, el de la misericordia. No viene para pillarnos en nuestros errores y en nuestras infidelidades sino para siempre ofrecernos su corazón compasivo y misericordioso. Estoy pensando en la mirada de amor de Jesús a Pedro momentos después de su negación. Pedro, es cierto, lloraría amargas lágrimas de dolor pero Pedro aprendió a seguir ofreciendo amor, porque en aquella mirada estaba la comprensión y la misericordia de Dios. Por eso no podrá responder de otra manera en aquel examen de amor a orillas del Tiberíades. ¡Tú, Señor, lo sabes todo, tú sabes que te amo!

 

martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

jueves, 5 de septiembre de 2024

Dejémonos sorprender como Pedro en la pesca milagrosa porque algo quiere confiarnos el Señor como tarea nueva para nuestra vida

 

Dejémonos sorprender como Pedro en la pesca milagrosa porque algo quiere confiarnos el Señor como tarea nueva para nuestra vida

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23;  Lucas 5, 1-11

Hay ocasiones en que nos sentimos sorprendidos hasta de nosotros mismos viendo lo que somos capaces de hacer; habíamos pensado quizás que no valíamos, que no éramos capaces de cosas así, quizás incluso habíamos intentado algo y por más que habíamos luchado no habíamos podido sacar nada en limpio, pero mantuvimos nuestro tesón, seguimos intentándolo poniendo confianza en nosotros mismos y pudimos lograrlo. En muchas cosas podemos pensar.

Hace unos días un amigo mío me lo reconocía; él pensaba que no era capaz, pero hubo algo en su interior que lo motivó y comenzó a intentarlo; me decía que no se sentía capaz de escribir ni dos renglones seguidos queriendo expresar un pensamiento; pero se había sentido motivo por algo que veía hacer a otras personas, y lo intentó, y yo que conozco lo que escribe, os puedo decir que hace cosas preciosas. Se sintió motivado y lo consiguió, no sin esfuerzo, pero sí con voluntad. Así son muchas cosas en la vida.

Pedro le había dicho a Jesús que allí no merecía echar las redes porque no eran días propicios quizá para ello, se había pasado la noche entera bregando y no había conseguido nada. Jesús había estado enseñando a la gente; precisamente se había subido a la barca de Pedro, para alejándola un poco de la orilla poder hacer que todos los que estaban en la playa le escuchasen, y así lo había hecho; ellos mientras tanto habían estado haciendo los necesarios arreglos de las redes que había utilizado inútilmente.

Pero cuando Jesús terminó de enseñar a la gente, le pide que reme mar adentro en el lago y eche de nuevo las redes. ¿Qué había estado hablado Jesús en aquella predicación? El evangelista en este caso no nos dice nada en concreto, pero las palabras de Jesús siempre eran motivadoras de algo nuevo, de algo distinto para la vida; eran palabras que sembraban esperanza, eran palabras que querían construir un mundo nuevo que El llamaba el Reino de Dios; eran palabras que ponían luz en los corazones, y por eso vemos que son tantos los que entusiasmados le siguen.

¿Qué habría escuchado Pedro en su corazón? A pesar de decir que allí era imposible porque se habían pasado toda la noche sin coger nada, ahora pone su confianza en la Palabra de Jesús y echa las redes. ‘Por tu palabra las echaré’. Y grande fue la redada de peces de tal manera que tuvieron que llamar a otras barcas para que les echaran una mano para recoger las redes.

Pero Pedro se había sentido tocado por dentro. No sabemos lo que pasa en el corazón del hombre, pero ahora Pedro se siente indigno y pecador, le viene a decir a Jesús que no se siente digno de estar en su presencia y le pide que se aparte de él. Su humildad le hacia que no pudiera estar al lado de Jesús porque se consideraba indigno. Nos recuerda otros momentos del evangelio, también hay alguien que no se siente digno de que Jesús vaya a su casa, pero confía en la Palabra de Jesús y le dice que solo una palabra bastará para que su criado sea curado.

Pedro no se siente digno de estar con Jesús, pero Jesús le va a pedir que esté siempre con El. Aquel signo que había sucedido en aquella mañana en medio de lago de Galilea iba a ser señal de algo más que había que realizar. No se trataba ya solo de recoger unos peces que pudieran necesitar para comer y para ganarse la vida, quizás había que renunciar a esas ganancias o a esas redadas en lo material, porque Jesús les ofrecía una nueva profesión, serían pescadores pero no de aquellos mares, serían pescadores de hombres. Y parece que entendieron el mensaje de Jesús porque dejándolo todo aquellos se fueron con Jesús para buscar otra pesca mejor. Habían confiado en Jesús y seguían confiando en Jesús.

Hablamos al principio de motivaciones o de tener confianza en nosotros mismos, contemplamos a Pedro que supo poner su confianza en el Señor, pero ¿eso que nos estará diciendo? Por supuesto que en la vida tenemos que tener más confianza en nosotros mismos y muchas maravillas podríamos hacer, pero desde nuestra fe en Jesús tenemos que dar un paso adelante, un paso más. Nos sentimos algunas veces siervos inútiles que no sabemos qué hacer, nos encerramos quizás en nuestros lagos o en nuestros mares y no somos capaces de ir más allá; caemos también espiritualmente en la rutina y en la modorra de la vida y no sabemos avanzar, ¿no tendríamos que dejar que Jesús nos removiera el corazón, nos removiera la vida para despertarnos y abrirnos a otros horizontes, a otras perspectivas, a otras tareas donde podríamos ser capaces de hacer también muy bien?

Dejemos que Jesús nos toque el corazón. Escuchemos esa Palabra que El quiere decirnos, y a la que muchas veces no le prestamos demasiada atención porque estamos demasiado metidos en nuestras cosas. Seguro que el Señor también quiere sorprendernos con algo y confiarnos algo más. Dejemos actuar a Dios en nuestra vida.

domingo, 25 de agosto de 2024

Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

 


Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Hay momentos en la vida en que nos sentimos como en una encrucijada, que es algo más que escoger si vamos para el mar o para el momento, en que tenemos que decantarnos y escoger aunque muchas veces sea costoso o doloroso; pueden ser circunstancias de la vida que nos obligan a tomar estas decisiones, son situaciones en las que nos encontramos quizás revueltos interiormente sin saber lo que nos pasa, son momentos de tensión que nos pueden abocar poco menos que a una crisis existencial porque podríamos estar al borde del estrés que no sabemos a donde nos puede llevar, o son interrogantes profundos sobre la vida, sobre nuestra propia persona, sobre qué es lo que hacemos o pintamos en este estado. Y nos cuesta ver con claridad, todo se nos confunde en nuestro interior, no tenemos claro por donde hemos de decidir, necesitamos quizás una paz interior que no tenemos.

Entre los que seguían a Jesús muchas veces sentían esta incomodidad interior; había cosas en Jesús que les entusiasmaban, que despertaban esperanzas en sus corazones y les hacía soñar, pero también había cosas que no terminaban de entender. Jesús les habla con sencillez, les habla con parábolas, que incluso a los más cercanos se las explica con mayor detalle cuando llegan a casa, pero les habla también con claridad de las exigencias que significaba seguirle y emprender ese camino del Reino de Dios que les estaba anunciando.

Ya sabemos que algunos abiertamente lo rechazaban, algunos quizás porque veían en peligro sus privilegios y los posicionamientos que habían ido adquiriendo en aquella sociedad. Son fuertes las palabras de Jesús en ocasiones, como con aquel signo de purificar el templo de todos aquellos vendedores y negociantes que lo habían convertido en una plaza de mercado. Era todo un signo de la transformación que Jesús quería realizar en el corazón de los hombres para que en verdad naciese una nueva sociedad.

Ahora les ha venido hablando de cómo seguirle es tener una nueva vida, y les habla de comer un pan de vida que será el que les va a dar verdadera plenitud a su existencia, porque quien lo come tendrá vida eterna. Pero les ha costado entenderlo sobre todo cuando les ha dicho que es necesario comerle a El, porque su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida y que quien le come resucitará en el ultimo día. Y su afirmación es rotunda, ‘yo soy el pan de vida y el que me come vivirá por mí’.

Se les hace difícil entender aquellas palabras, porque hacen unas interpretaciones demasiado a lo literal, como literalmente hubieran querido que siempre estuviera alimentándolos con pan milagrosamente como allá en el desierto, sin querer ni saber entender el valor de signo que todo aquello tenía. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’, se dicen unos a otros y a partir de entonces ya muchos no quisieron seguir con Jesús.

‘El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen’, les dice Jesús. Pero creer en Jesús y aceptar sus palabras, que es aceptarle y vivirle a El será algo que no podremos vivir solo por nosotros mismos, entramos en el misterio de algo nuevo, porque estamos entrando en el misterio de Dios. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.

Por allá andan revolviéndose también en sus dudas los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que un día había llamado y escogido de modo especial porque iban a ser el cimiento de aquella Iglesia naciente. Y es a ellos a quienes ahora se dirige directamente: ‘También vosotros, ¿queréis marcharos?’ Una pregunta que quizás también les sobrecoge porque se han visto sorprendidos en sus dudas y también en sus miedos. ¿Hasta dónde llegará su valentía?

Será Pedro el que se adelante, como tantas veces. También él andaba revuelto en su interior en muchas ocasiones, recordamos que le había querido quitar de la cabeza a Jesús el que tuviera que subir a Jerusalén donde habían de prenderle y juzgarle. Pero ahora parece que siente una fuerza interior, como cuando fue capaz de hacer aquella confesión de fe en Cesarea de Filipo que Jesús le diría que no había sido por si mismo por lo que había pronunciado aquellas palabras sino porque el Padre se las había revelado en el corazón. Ahora se adelante también. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Seremos nosotros capaces de reconocer que Jesús lo es todo para nosotros, que queremos comer también de ese Pan de Vida porque en El queremos vivir? Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, unas señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él. ¿Nos encontraremos también en una encrucijada cada vez que comulgamos?

Pensemos, pues, lo que significa ir a comulgar, ir a comer a Cristo. Es comulgar a Cristo porque es hacer que en nosotros no haya otra vida que la de Cristo; es comulgar con su evangelio, con todo su evangelio, con su entrega, con su morir con Cristo para poder en verdad renacer en El. Es comenzar a ver la vida, el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado con una nueva mirada, con una nueva comprensión de las cosas y del camino que tenemos que realizar; es comenzar a subir a Jerusalén con El aunque sepamos que haya calvario, pero con la certeza de la vida nueva de la resurrección.