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jueves, 9 de abril de 2026

No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

 


No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Salmo 117; Juan 21, 1-14

‘Me voy’, dijo poco menos que dando un grito, dio un portazo y se marchó. No es que sea una escena habitual pero sucede muchas veces en la vida; lo hacemos o tenemos ganas de hacerlo; nos sentimos incomprendidos quizás, estamos cansados de tantos líos y conflictos, las cosas parece que van de mal en peor y no vemos soluciones por ningún lado, de aquellos que esperábamos alguna ayuda o comprensión su presencia era ausencia… tantas veces que las cosas parece que se nos vuelven todas en contra y nos da gana, como decimos también, de tirar la toalla, de dar el portazo.

Parece como si fuera una cosa así lo que  nos quiere decir el evangelista cuando en un momento dado, ya han vuelto a Galilea otra vez porque el mensaje que Jesús les había enviado a través de aquellas mujeres a las que, decían, se le había aparecido eran que fueran a Galilea y allí lo verían. Pero no habían visto nada, no sabemos cuanto tiempo llevaban ya por Galilea, porque los días pasaban inexorablemente, hay que contar lo que tardaron en regresar desde Jerusalén a Galilea, y allí está aquel grupo de los discípulos esperando y sin saber que hacer. Es a Pedro al que se le ocurre volver de nuevo a lo que eran antes sus tareas; me voy a pescar, dice, y el resto de compañeros dicen que se irán con él. Ya el evangelista nos detalla sus nombres.

Pero hay veces que parece que las noches oscuras se prolongan sin saber por qué. Se habían pasado bregando toda la noche y no han podido coger nada. Ahora desde la orilla cuando comienza a despuntar el sol alguien les pregunta si han cogido algo y al recibir el no por respuesta les indica que lancen la red por el otro lado de la barca. ¿Desde la orilla podía vislumbrar un cardume que ellos no vieran desde la barca? Podría parecer imposible porque ellos apenas distinguen quien es el que les habla desde la orilla.

Pero las noches oscuras pueden terminar en una mañana luminosa y es lo que sucedió entonces. No tenían ni fuerzas para sacar la red del agua, porque eran tantos los peces. Están sobrecogidos, pero alguien de entre ellos ha estado mirando con el corazón y el corazón le descubrió quien estaba en la orilla. Es lo que le dice a Pedro en un aparte. ‘Es el Señor’. No hizo falta más, porque Pedro quizás también estaba intuyendo algo, porque se lanzó al agua tal como estaba medio desnudo en la barca como se ponían en traje de faena.

Quería ser el primero en llegar a los pies de Jesús; los demás llegarán más tarde porque tienen que venir arrastrando la red y Pedro ha nadado bravo para llegar a los pies de Jesús. Ahora sí se estaba cumpliendo el mensaje recibido a través de las mujeres. En Galilea lo verían, y allí estaba Jesús que ya les tiene preparado el pan sobre las brasas y algunos peces, aunque les pide que traigan de los que acaban de coger. Nadie se atreve ahora a hacer preguntas. Atrás quedaron los momentos oscuros y de incertidumbre, era una experiencia nueva la que estaban viviendo. ‘Vamos, almorzad’, les dice Jesús.

Un nuevo encuentro con Cristo resucitado; ahora en torno también a una comida que es Jesús quien la ha preparado para quienes estaban cansados del trabajo de la noche, o cansados de tantas oscuridades. Se ha renovado su fe, vuelve a florecer la esperanza. Continuarán sucediendo cosas maravillosas que ya escucharemos y meditaremos también. Hay de nuevo Pascua, porque allí está el paso del Señor.

¿Necesitaremos también nosotros unas experiencias así? Nuestros cansancios también a veces nos desaniman, volvemos pronto quizás a nuestras rutinas de cada día olvidando las pasadas experiencias que un día nos pusieron en camino, sentimos como el camino de cada día y el camino de la fe a veces se nos oscurece, en nuestros desánimos nos sentimos desorientados y sin saber que hacer, nuestros ojos se nos ciegan y no terminamos de descubrir las maravillas que el Señor sigue realizando en su vida, y Jesús viene a nuestro encuentro, nos abre nuevos horizontes, nos señala donde está la pesca que tenemos que realizar, nos recuerda la mision tan importante que nos ha encomendado.

‘Es el Señor’, escuchamos que se nos dice al oído de nuestro corazón. Sepamos escuchar esa palabra que nos alienta y sepamos descubrir la presencia del Señor que siempre está con nosotros.


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