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domingo, 25 de agosto de 2024

Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

 


Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Hay momentos en la vida en que nos sentimos como en una encrucijada, que es algo más que escoger si vamos para el mar o para el momento, en que tenemos que decantarnos y escoger aunque muchas veces sea costoso o doloroso; pueden ser circunstancias de la vida que nos obligan a tomar estas decisiones, son situaciones en las que nos encontramos quizás revueltos interiormente sin saber lo que nos pasa, son momentos de tensión que nos pueden abocar poco menos que a una crisis existencial porque podríamos estar al borde del estrés que no sabemos a donde nos puede llevar, o son interrogantes profundos sobre la vida, sobre nuestra propia persona, sobre qué es lo que hacemos o pintamos en este estado. Y nos cuesta ver con claridad, todo se nos confunde en nuestro interior, no tenemos claro por donde hemos de decidir, necesitamos quizás una paz interior que no tenemos.

Entre los que seguían a Jesús muchas veces sentían esta incomodidad interior; había cosas en Jesús que les entusiasmaban, que despertaban esperanzas en sus corazones y les hacía soñar, pero también había cosas que no terminaban de entender. Jesús les habla con sencillez, les habla con parábolas, que incluso a los más cercanos se las explica con mayor detalle cuando llegan a casa, pero les habla también con claridad de las exigencias que significaba seguirle y emprender ese camino del Reino de Dios que les estaba anunciando.

Ya sabemos que algunos abiertamente lo rechazaban, algunos quizás porque veían en peligro sus privilegios y los posicionamientos que habían ido adquiriendo en aquella sociedad. Son fuertes las palabras de Jesús en ocasiones, como con aquel signo de purificar el templo de todos aquellos vendedores y negociantes que lo habían convertido en una plaza de mercado. Era todo un signo de la transformación que Jesús quería realizar en el corazón de los hombres para que en verdad naciese una nueva sociedad.

Ahora les ha venido hablando de cómo seguirle es tener una nueva vida, y les habla de comer un pan de vida que será el que les va a dar verdadera plenitud a su existencia, porque quien lo come tendrá vida eterna. Pero les ha costado entenderlo sobre todo cuando les ha dicho que es necesario comerle a El, porque su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida y que quien le come resucitará en el ultimo día. Y su afirmación es rotunda, ‘yo soy el pan de vida y el que me come vivirá por mí’.

Se les hace difícil entender aquellas palabras, porque hacen unas interpretaciones demasiado a lo literal, como literalmente hubieran querido que siempre estuviera alimentándolos con pan milagrosamente como allá en el desierto, sin querer ni saber entender el valor de signo que todo aquello tenía. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’, se dicen unos a otros y a partir de entonces ya muchos no quisieron seguir con Jesús.

‘El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen’, les dice Jesús. Pero creer en Jesús y aceptar sus palabras, que es aceptarle y vivirle a El será algo que no podremos vivir solo por nosotros mismos, entramos en el misterio de algo nuevo, porque estamos entrando en el misterio de Dios. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.

Por allá andan revolviéndose también en sus dudas los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que un día había llamado y escogido de modo especial porque iban a ser el cimiento de aquella Iglesia naciente. Y es a ellos a quienes ahora se dirige directamente: ‘También vosotros, ¿queréis marcharos?’ Una pregunta que quizás también les sobrecoge porque se han visto sorprendidos en sus dudas y también en sus miedos. ¿Hasta dónde llegará su valentía?

Será Pedro el que se adelante, como tantas veces. También él andaba revuelto en su interior en muchas ocasiones, recordamos que le había querido quitar de la cabeza a Jesús el que tuviera que subir a Jerusalén donde habían de prenderle y juzgarle. Pero ahora parece que siente una fuerza interior, como cuando fue capaz de hacer aquella confesión de fe en Cesarea de Filipo que Jesús le diría que no había sido por si mismo por lo que había pronunciado aquellas palabras sino porque el Padre se las había revelado en el corazón. Ahora se adelante también. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Seremos nosotros capaces de reconocer que Jesús lo es todo para nosotros, que queremos comer también de ese Pan de Vida porque en El queremos vivir? Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, unas señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él. ¿Nos encontraremos también en una encrucijada cada vez que comulgamos?

Pensemos, pues, lo que significa ir a comulgar, ir a comer a Cristo. Es comulgar a Cristo porque es hacer que en nosotros no haya otra vida que la de Cristo; es comulgar con su evangelio, con todo su evangelio, con su entrega, con su morir con Cristo para poder en verdad renacer en El. Es comenzar a ver la vida, el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado con una nueva mirada, con una nueva comprensión de las cosas y del camino que tenemos que realizar; es comenzar a subir a Jerusalén con El aunque sepamos que haya calvario, pero con la certeza de la vida nueva de la resurrección.

 

viernes, 19 de abril de 2024

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

 


Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En la vida escuchamos todo tipo de mensajes o contemplamos en los demás o en lo que nos rodea cosas que nos llaman la atención, cosas que nos pueden parecer interesantes y que en cierto modo nos gustaría a nosotros hacer algo semejante, mientras yo siga mi vida sin complicaciones en mis costumbres, en mis rutinas, en las cosas que hago de siempre porque así quizás me lo enseñaron y aprendí. 

Pero quizás dar otros pasos, donde nos comprometemos y complicamos nuestra vida con nuevas cosas que nos harían cambiar mucho de lo que hacemos, o quizás llegar hasta tal punto que tenemos que renunciar a mucho de lo que tenemos o  hemos conseguido, ya es como para pensárselo; querer ser amigo de una persona, porque me parece interesante, está bien, pero dar el paso a entrar en una comunión de vida que además me exige algo muy diferente, ya nos lo pensamos más. Son pasos que cuestan.

Por eso ante el evangelio de Jesús con todo lo que radicalmente nos plantea para nuestra vida, muchas veces queremos andar con tantos pies de tiento, que no terminamos de comprometernos por el evangelio. Y es que el evangelio nos pide una nueva y vital comunión con Jesús que nos hace entrar en un nuevo sentido y estilo de vida. Y por mucho que digamos que amamos y queremos amar, nos pesa mucho en nuestro interior nuestro individualismo que nos lleva por un lado a una autosuficiencia de querer bastarnos siempre por nosotros mismos, y a una insolidaridad que nos impide lazos de auténtica comunión.

De eso nos está hablando Jesús, lo hemos venido escuchando estos días pasados en todo este capítulo seis del evangelio de Juan, cuando nos ha hablado del pan de vida, de comerle para tener vida para siempre, y cuando termina diciéndonos que hemos de comer su carne y beber su sangre para tener vida en nosotros. Ante estas palabras de Jesús nos cabe una interpretación tan literal de lo de comer su carne que nos parece que no queremos ser o parecer antropófagos; pero si entendemos lo de comer a Cristo como una señal de la comunión en la que hemos de entrar con El, nos vienen también nuestras pegas desde esa tentación que decíamos que tenemos al individualismo.

Por eso vemos el rechazo con que se manifiesta aquella gente de Cafarnaún al escuchar las palabras de Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Y dice que discutían entre ellos, porque no todos lo entenderían de la misma manera, y porque las exigencias de Jesús les pareciera que eran difíciles de cumplir. Como veremos, muchos ya no quisieron seguir con Jesús.

Pero Jesús sigue insistiéndonos en lo mismo. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. Habitar en Jesús, entrar en comunión con El, dejar que Cristo en verdad sea mi vida. Es algo que no se puede hacer de cualquier manera. Algo que tenemos que pensarlo bien antes de decidirnos a seguirle, a estar con El y hacernos uno con El. Porque además desde esa unión con Jesús vamos tener que entrar en comunión también con todos los que están en comunión con Jesús.

Y el campo entonces se amplía y se hace más universal. Y esta es una de las cosas que nos cuesta aceptar en nuestra vida cristiana. Porque bueno, como decimos, comulgar eso está bien, sentirme unido a Cristo porque me siento amado es algo que es cierto nos llena de dicha, sentirme unido a Dios y rezar está bien porque necesitamos de Dios, pero salirnos de ahí, para entrar en comunión con los demás, nos lo pensamos. 

Somos tan raquíticos en nuestras miradas que siempre estaremos viendo defectos en los otros, claro que los nuestros nunca los vemos, siempre sentiremos que aquel o aquella se nos atraviesan y no los podemos tragar pero no pensamos en lo antipáticos que nosotros nos ponemos a veces con los demás, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas.

‘El que me come vivirá por mi’, nos dice Jesús. O sea que ya no es nuestra vida, sino la de Jesús, pero también tenemos que decir, ya no es solo con nuestras fuerzas sino con la vida de Jesús. ‘El que come de este pan vivirá para siempre’. ¿Queremos tener para siempre esa vida de Jesús?

viernes, 23 de abril de 2021

Comulgar no es solo lo material de comer un pan, sino realmente algo místico porque solo desde la mística de la unión con Dios podremos comprenderlo en toda su plenitud

 


Comulgar no es solo lo material de comer un pan, sino realmente algo místico porque solo desde la mística de la unión con Dios podremos comprenderlo en toda su plenitud

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

¡Esto es de locura! Reaccionamos en alguna ocasión cuando lo que nos cuentan parece  imposible, cuando la noticia que nos están dando se salta todas las normalidades, cuando aquello que hace o que dice aquella persona no nos cabe en nuestra cabeza y decimos que quien dice eso o quien hace cosas semejantes no está en sus cabales. ¿Cómo reaccionar? Si no nos queremos complicar la vida tratamos de olvidarlo, darle la espalda a aquel hecho que nos parece de locura o no mezclarnos con personas que demos actuar así.

Pues eso les pareció aquella mañana a las gentes que estaban en la sinagoga de Cafarnaún lo que les estaba diciendo Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ se preguntan y no hay manera de entender lo que Jesús les está diciendo porque se sale de lo normal. ¿Cómo vamos a comer la carne de una persona? El les había dicho: ‘En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida’.

Bueno, fueron las gentes de Cafarnaún aquel día, pero también han sido muchos a través de los tiempos, como sigue sucediendo hoy mismo, que no entienden, a los que no les caben en la cabeza estas palabras de Jesús. Fue motivo de rechazo entonces como sigue siéndolo hoy cuando no intentamos entrar en la órbita y en el sentido de Jesús para entender sus palabras. Algunas veces parece que somos medio infantiles para hacernos unas interpretaciones tan literales que poco menos – perdonen la expresión – que nos vemos chorreando sangre desde nuestros labios.

Tampoco hemos de irnos a hacernos interpretaciones tan melifluas que lleguemos a desvirtuar y hacer que pierdan sentido las palabras de Jesús. Tenemos que entrar en una órbita de la fe para fiarnos de la palabra de Jesús, pero para sentir tanto deseo de vivir unidos a El que lleguemos a entender la comunión de vida y amor que podemos llegar a tener en Jesús. Fijémonos en lo que termina diciéndonos hoy Jesús. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. No es una unión cualquiera, se trata de que comemos a Jesús de tal manera que habita en nosotros y que nosotros terminamos habitando en El.

Ya hemos comentado que estas palabras de Jesús llegarán a tener plena comprensión para nosotros cuando llegue la noche del Jueves Santo, cuando Jesús nos dé el signo de su cuerpo, de su carne, de su sangre en el pan y el vino que se hacen eucaristía. No vamos a comer un pan cualquiera sino que vamos a comer a Cristo mismo, su cuerpo y su Sangre que se hacen vida en nosotros. Por eso tan tajantemente nos dice que si no comemos su carne y no bebemos su sangre no tenemos vida en nosotros, porque el que come su carne y bebe su sangre tendrá vida eterna y El nos resucitará en el último día.

Como decíamos, no es una unión cualquiera; no son simplemente como unas personas que se juntan porque tienen un proyecto común; no es simplemente como el hecho de estar junto al otro porque su compañía se hace agradable para mí; no es acercarme a alguien porque simplemente lo necesito y vengo a pedir ayuda en mi necesidad; no es la compañía de unos amigos que porque se quieren comparten muchas cosas en lo material y también en lo espiritual. Todo esto puede ser muy hermoso pero la unión que llegamos a vivir con Jesús es mucho más. Como nos dice habita en nosotros y nosotros en El.

Comulgar no es simplemente recibir algo hermoso, un regalo que nos hacen porque nos quieren. Comulgar es entrar en comunión, en esa unión tan profunda en que llegaremos a sentir en nosotros todo el misterio de Dios, todo el misterio de su amor. Comulgar no es un rito ni una rutina, comulgar significa una vida porque es entrar en comunión de vida desde el amor que Dios nos tiene y al que correspondo con mi pobre amor. Comulgar no es solo una cosa material que hacemos de comer un pan, sino que es realmente algo místico porque solo desde la mística de la unión con Dios podremos comprenderlo en toda su plenitud.

Mucho tendríamos que preguntarnos cómo son nuestras comuniones, qué hay de todo esto cada vez que nos acercamos a la comunión del Cuerpo de Cristo. A la larga sí tenemos que decirnos que es una locura, una locura de amor de Dios.

 

jueves, 30 de abril de 2020

Como un torrente brota de labios de Jesús el mensaje del pan de vida que es su carne para la vida del mundo y nos entusiasma en el deseo de comerle para tener vida eterna


Como un torrente brota de labios de Jesús el mensaje del pan de vida que es su carne para la vida del mundo y nos entusiasma en el deseo de comerle para tener vida eterna

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51
Hoy momentos en que queremos decir tantas que parece que las palabras y las ideas se chocan las unas con las otras queriendo como brotar todo al mismo tiempo y da la impresión que salen de nosotros como a borbotones, entremezclándose ideas y pensamientos que luego tenemos que de alguna manera poner en orden para llegar a su mejor comprensión. Nos sucede cuando estamos escribiendo y aquello de lo que hablamos nos gusta y nos satisface por dentro y parece como que nos entusiasmamos y surge todo como un torrente; le sucede al orador entusiasmado con las ideas de su discurso que por querer decir tanto hasta hay el peligro de que en el mismo, en sus palabras surja la confusión y desorden que luego habrá que ordenar.
Así es hoy Jesús en aquel discurso que llamamos así de la sinagoga de Cafarnaún, el discurso del pan de vida. Es hermosa y entusiasmante la revelación que Jesús nos está haciendo, nos habla de creer en El y de vida eterna, nos habla del regalo del Padre que nos envía y que a nosotros también nos llama; nos habla de la vida eterna y de la resurrección, nos habla del pan de vida que El nos da, porque El mismo es el Pan de Vida y que lo que quiere es que lo comamos para que podamos tener vida eterna. Como decíamos, son muchas las cosas que en un momento Jesús quiere revelarnos.
Ha venido diciéndonos que tenemos que comerle y comerle es aceptarle y creer desde lo más profundo en su Palabra y entonces todo aquello que El nos dice, que nos plantea como sentido de vida hemos de comerlo, asimilarlo profundamente en nosotros para hacerlo nuestro, para hacerlo vida nuestra. Hoy nos dice que El mismo es ese Pan de vida que hemos de comer; ya nos dirá luego que es su carne y que es su sangre que tenemos que comer y que beber para que podamos tener vida eterna.
Así Jesús que es nuestra luz, el sentido profundo de nuestra existencia, se convierte también en comida. Se contrapone aquí de alguna manera aquel maná que sus antepasados comieron en el desierto, porque aunque lo llamaban pan del cielo, su finalidad era solo alimentar los cuerpos para el camino de peregrinación que hacían por el desierto; que no solo era ese como pan que alimentaba sus cuerpos, sino que en él estaban viendo el poder y la acción de Dios que les alentaba en su caminar.
Pero ahora cuando nos habla del pan de vida que es su carne para vida del mundo está queriendo decirnos algo más. no vamos a comer ese pan de vida como un alimento corporal, sino como ese alimento profundo que hemos de sentir dentro de nosotros y que nos llena de la verdadera vida, que nos hace sentirnos unidos desde lo más profundo a Cristo para así sentirnos llenos de su Espíritu. Es Dios mismo que nos inunda nuestra vida y nos llena de vida nueva, porque nos llena de la vida de Dios. Es Dios mismo que va a habitar en nosotros y que nos conducirá a la vida eterna. Por eso nos dice Jesús que a quien cree en El lo va a resucitar en el último día.
Una unión real y verdadera con Dios porque real y verdaderamente está Dios en el pan de la Eucaristía pero que es mucho más porque es una unión mística y profundamente espiritual de la única manera como podemos llenarnos de Dios. Cuánto tenemos que reflexionar sobre el pan de vida, sobre la Eucaristía y no terminaremos nunca de llegar a comprender todo ese misterio del amor de Dios que así en Cristo Jesús se nos da.

martes, 28 de abril de 2020

Comer a Cristo es algo más que un rito porque es entrar en profunda comunión con El, su vida es nuestra vida, sus valores del Reino son nuestros valores


Comer a Cristo es algo más que un rito porque es entrar en profunda comunión con El, su vida es nuestra vida, sus valores del Reino son nuestros valores

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Sal 30; Juan 6, 30-35
Yo no comulgo con ruedas de molino es una expresión que solemos emplear cuando queremos decir que no nos tragamos lo que nos están diciendo. Fijémonos que empleamos esa expresión de comulgar en el sentido de comer pero no en referencia a comidas sino más en referencia a ideas. No tragamos a alguien decimos cuando una persona no nos gusta, se nos hace insoportable, la rechazamos por su manera de ser o de actuar; no queremos tener parte con esa persona, no queremos incluso que ni nos vean en su compañía tan rechazable se nos hace esa persona.
Algunas veces tenemos expresiones en la vida, en nuestras palabras o nuestra manera de pensar que las utilizamos para unas cosas pero cuando de manera similar se nos presentan para decirnos otra cosa ya no solemos emplearlas o les damos otro sentido. Creo que esto que venimos diciendo nos puede ayudar a comprender en todo su sentido lo que Jesús quiere hoy trasmitirnos.
Ha comenzado Jesús haciéndoles recapacitar sobre el por qué le buscan y ahora quiere dar un paso más y nos dice que El es el pan venido del cielo y que el que le coma tendrá vida para siempre. Al oír hablar del pan bajado del cielo los judíos recuerdan episodios de su historia como fue su peregrinar por el desierto y aquel maná, pan del cielo, que Moisés les ofrecía para alimentarse en el duro camino que iban haciendo. En contraposición a lo que Jesús les está diciendo ellos le recuerdan que fue Moisés el que les dio pan del cielo en el desierto, el maná. Pero Jesús les dice que no, que es Dios el que les da el verdadero pan del cielo cuando ha enviado a su Hijo y que hemos de comerle para que tengamos vida para siempre.
Así como de inmediato pensamos en la Eucaristía, y es cierto que todo este discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún es un anuncio de la Eucaristía. Pero ahora Jesús quiere decirles algo distinto, algo más. Tenemos que comerle a El, ¿y qué significa que tenemos que comerle a El si queremos tener vida? Pues pensémoslo en el sentido de lo que hemos dicho cuando hemos comenzado esta reflexión.
Comerle a El es aceptarle, es decirle Sí con toda la vida, es sentirnos en comunión con El porque sus palabras, su vida queremos hacerla vida nuestra. No es solo, pues, la materialidad de ir a la comunión, a comer el pan eucarístico para decir que estamos unidos a El, sino que antes hemos de aceptarle, hacer de su palabra y de su vida nuestra vida, es comerle a El.
Para nosotros no tiene que haber otro criterio que el sentido y los valores de Jesús; para nosotros no hay otro vivir sino tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús como nos dirá el apóstol en sus cartas; para nosotros no hay otra forma de vivir si no es en el mismo amor, en el mismo sentido de entrega que vivió Jesús; para nosotros no hay otra forma de vivir con los demás sino viendo en ellos a Jesús, por aquello que nos dice de que cuando hagamos al hermano se lo estamos haciendo a El.
Es así como tenemos que comer a Cristo. Y esto no es simplemente un rito. Comer a Cristo es una postura, una exigencia, un nuevo estilo y sentido de vivir. Comer a Cristo es meternos en lo más hondo de Cristo y de su evangelio para hacerlo vida nuestra. Comer a Cristo es hacernos nosotros otro Cristo que para eso hemos sido ungidos para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes.
Esa es la verdadera comunión que luego la expresaremos de forma sacramental cuando comiendo el pan Eucarístico decimos que es el mismo Cristo el que comemos, que es su Cuerpo y que es su Sangre. Pero esta comunión eucarística no tendría verdadero sentido si no hay antes esa otra comunión profunda con Cristo comiendo a Cristo en nuestra vida. Eso es comulgar, comer a Cristo.


domingo, 26 de agosto de 2018

También queremos poder decir que no nos vamos con ningún otro porque solo Jesús es para nosotros Palabra de vida eterna


También queremos poder decir que no nos vamos con ningún otro porque solo Jesús es para nosotros Palabra de vida eterna

 Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 61-70

Nadar entre dos aguas sin que nos arrastre la corriente no es tarea fácil; habrá que ser quizá un experto nadador cuando de corrientes marinas o corrientes entre ríos se trate, pero cuando es en la vida donde queremos nadar entre dos aguas o también como se suele decir nadar y guardar la ropa se nos puede hacer más complicado. Hay que tomar decisiones, hay que aclarar las ideas, no podemos permanecer siempre en la confusión, tenemos que decantarnos por algo; aunque algunas veces parece que nos encontramos con expertos en escurrir el bulto.
Pero ahora queremos hablar del evangelio, de la buena noticia que nos anuncia Jesús donde se nos plantea un sentido de la vida, una opción fundamental de la que puede depender la felicidad o la plenitud de la persona. Y ahí tenemos que aclararnos, aunque algunas veces parece que preferimos permanecer en un conformismo que nos mantenga en la sombra, o al menos que no nos comprometa a mucho. Pero el planteamiento de Jesús no es un juego, tiene su radicalidad, que no podemos rehuir sin es que en verdad tenemos una fe cierta y clara en Jesús y en el Reino de Dios que El nos anuncia.
Nos da motivo para este planteamiento o esta reflexión que nos estamos haciendo este texto del evangelio del Pan de vida que hemos venido escuchando en los últimos domingos y donde vemos que llega el momento de tomar decisiones. Pero esto nos vale para cualquier pasaje del evangelio con el que nos enfrentemos, páginas que demasiadas veces maquillamos a nuestro favor para no afrontar las decisiones y posturas valientes que se suponen en un seguidor de Jesús.
Queremos tantas veces nadar, sí, entre dos aguas, nos queremos llamar cristianos y al mismo tiempo andamos con conformismos sin querer entrar en la radicalidad que para nuestra vida siempre ha de significar el evangelio. No olvidemos que el primer anuncio que nos hace Jesús es que nos convirtamos para poder creer en esa Buena Noticia que se nos anuncia, y convertirnos es darle un cambio radical a nuestra vida.
Lo que Jesús ha venido planteando en la sinagoga de Cafarnaún era algo serio. Comer ese Pan de vida que Jesús nos ofrece es mucho más que comer un simple pan. Era radicalmente decidirnos por seguir a Jesús para vivir su vida, creer en su Palabra sabiendo que para nosotros es Palabra de vida eterna, ponernos en una sintonía total con Jesús de manera que ya solo viviéramos su misma vida, optar por el camino de Jesús para solo seguir sus pasos, vivir sus actitudes y sentimientos, hacernos uno con El. Como el alimento que comemos para alimentarnos y que se hace vida en nosotros, transformándose en vida para nosotros.
Quizá las palabras de comer su carne y beber su sangre pudieran asustar. Por eso se preguntaban como iban a comer su carne porque no llegaban a entender bien el significado que Jesús estaba dando a sus palabras. Muchos desde entonces dejarán de ir con Jesús, lo abandonarán. Pero Jesús sigue diciéndonos que El es el verdadero pan bajado del cielo y que da vida al mundo y que su carne será verdadera comida y su sangre verdadera bebida.
Es cuando le pregunta a sus discípulos más cercanos, a aquellos que ya había escogido para estar con El y enviarlos en su nombre a anunciar el Reino, si ellos también quieren marcharse. En sus corazones también anidaban las dudas; aunque tenían una cercanía, una sintonía muy especial con Jesús a ellos también les costaría entender y no terminaban de saber a donde conduciría todo aquello en que se habían metido cuando habían dejado todo para seguir a Jesús.
Pero allí está quien ama intensamente a Jesús, a pesar de sus debilidades. ‘¿A quién vamos a ir, con quién no vamos a ir? Solo tú tienes Palabras de vida eterna’. Es una confesión de fe muy rotunda, como ya haría en otra ocasión el mismo Pedro. Ciegamente, casi podríamos decir, pero con la ceguera del amor estaban decididos a estar con Jesús, a seguir a Jesús. no terminarían de comprender ahora sus palabras, pero ya llegaría el momento en la cena pascual, donde Jesús les ofrecería aquel pan y aquella copa diciéndoles que aquello era su cuerpo, que aquella copa era la copa de su sangre, de la alianza nueva eterna.
Seguirían aun sus luchas y sus dudas, sus temores y la aparición de sus debilidades, porque incluso le abandonaría a su suerte, pero ahora estaban dispuestos a decir que no se podían ir con otro porque nadie más tenia palabras de vida eterna como El tenía.
Claro que aquí esté que pensemos en nosotros y en el sentido y significado con que nosotros también comemos la Eucaristía, su Cuerpo y su Sangre sacramentalmente presentes para darnos vida. Es de lo que de verdad tenemos que ser conscientes. Acercarnos a comulgar no es ir porque todos lo hacen; acercarnos a comer a Cristo tenemos que darnos cuenta todo lo que significa en cuanto estamos poniendo toda nuestra fe en El, en cuanto queremos en verdad vivir su misma vida, en cuanto tenemos que impregnarnos de sus sentimientos, de su actitudes, de su vida para que para siempre las de Jesús sean las nuestras, en cuanto que queremos vivir su vida para siempre y para siempre hemos de arrancar de nosotros todo lo que sea muerte, todo lo que sea pecado.
Decimos que no podemos ir a comulgar en pecado; es que seria una incongruencia, porque mientras seguimos dejando reinar el pecado y la muerte en nuestro corazón, vamos a comulgar, decimos, porque hemos optado por la vida de Jesús.
Acercarnos a comulgar nos compromete, aunque sabemos de nuestras debilidades, nuestras dudas y nuestros miedos. Queremos tener la seguridad y la certeza de la Verdad de Jesús. Queremos sentirnos fortalecidos con ese alimento de vida eterna, para que ya se acaben de una vez para siempre nuestros miedos y para que ya en El nos sintamos fortalecidos frente a todas las adversidades que nos pueden aparecer en la vida. Queremos alimentarnos de su amor para que nuestro amor sea también total amando con su mismo amor. Se acabaron las dudas y las indecisiones, el nadar entre dos aguas, ha de comenzar la radicalidad del seguimiento de Jesús.
¿A quién vamos a acudir? ¿Con quién nos vamos a sentir mejor? ¿Quién va a ser nuestra mejor fortaleza? ¿Quién tiene para nosotros palabras de vida eterna? Solo tú tienes palabras de vida eterna, también nosotros queremos confesar queriendo comer totalmente a Cristo para que sea vida de nuestra vida.

domingo, 19 de agosto de 2018

Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros



Que no nos suceda que aunque deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58

¿Cómo dar de comer a quienes no tienen hambre? ¿Están saciados ya quizá? Podría parecer un contrasentido. Quien se ha saciado con lo primero que ha encontrado cuando le ofrecemos los más deliciosos manjares ya quizá no se los pueden comer.
¿Nos pasará de alguna manera? Y entendemos que no hablamos solo de comidas que llenen nuestro estómago y sacien nuestro apetito físico. Ya hay gente a la que no le interesa escuchar, se sienten satisfechos, autosuficientes con sus ‘saberes’. Hay gente que quizá ya no aspira a algo mejor, a algo más noble, a algo más espiritual, se contentan con lo que tienen, con sensualidades baratas, con satisfacciones prontas que no exijan demasiado, pensando solo en lo material como única fuente de felicidad.
Nos cegamos y no somos capaces de ver lo más bello, nos cegamos en nuestras ideas y pensamientos y no somos capaces de abrirnos a algo nuevo, nos cegamos con sabidurías baratas que no van a elevar nunca nuestro espíritu y hacerlo trascender, quedándonos en superficialidades que pronto nos van a cansar.
Sin embargo, queremos pan aunque muchas veces andamos desorientados y no sabemos ni lo que pedimos. Cuando los judíos en la sinagoga de Cafarnaún le pidieron a Jesús ‘danos de ese pan’, pudo haberles respondido como un día les dijera a los Zebedeos cuando pedían primeros puestos, ‘no sabéis lo que pedís’.  Igual que entonces los hermanos Zebedeos andaban un tanto despistados sobre lo que significaba beber el mismo cáliz de pasión o bautizarse en su mismo bautismo, igual que la samaritana solo pedía que Jesús le diera agua para no tener que ir todos los días al pozo a sacarla, así andaban ahora las gentes de Cafarnaún porque en la tarde anterior habían comido pan hasta saciarse y gratis allá en el desierto.
Jesús rotundamente les dice ahora que El es el verdadero pan bajado del cielo y el que le coma vivirá para siempre. ‘Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo’, les dice Jesús. Un pan para la vida, un pan que da vida eterna, un pan que es la vida del mundo. Tiene que ser algo mucho más que un pan normal que sacie nuestros estómagos.
Estamos ante la página más sublime sobre la Eucaristía. Es el gran anuncio que nos hace Jesús. En el Evangelio de Juan no se nos hace el relato de la institución de la Eucaristía en la última cena, pero aquí en esta página tenemos lo más sublime que podemos escuchar de la Eucaristía. Claramente nos lo dirá Jesús. ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.
Comer su cuerpo y beber su sangre, comer a Cristo va mucho más allá de una comida material que comamos. Comer a alguien es querer entrar en comunión plena y total con él; no podemos decir que comemos a Cristo si no entramos en esa comunión total con Cristo, de manera que ya sea aquello que nos dirá san Pablo que no vivimos nosotros sino que es Cristo quien vive en nosotros. Nos lo dice hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él… el que me come, vivirá por mí’.
Si Cristo habita en nosotros y nosotros en El, si vivimos ya para siempre por Cristo estamos asumiendo mucho, estamos asumiendo su vivir. No es nuestro vivir sino el de Cristo, no es nuestro pensar sino el de Cristo, no es el actuar a nuestra manera sino a la manera de Cristo, es dejar que ya para siempre Cristo actúe en nosotros.
Comulgar entonces no es entrar en momento de fervor casi místico de mucha devoción en un momento determinado sino es vivir ya en un compromiso nuevo y distinto para actuar a la manera de Cristo. Comulgar no es el hecho material de acercarnos a un comulgatorio en la Misa sino es entrar en una dimensión nueva de la vida que tendrá que reflejarse en nuestro compromiso, en nuestro testimonio, en nuestra manera de vivir. Como nos dirá un sabio predicador, el termómetro para saber si el pan que comemos y compartimos es el mismo que ofrece Jesús, tal vez sea el tomar el pulso a nuestro compromiso personal y comunitario en la construcción de una sociedad más justa, humana y solidaria, semilla del Reino.
Y no tengamos miedo de que por comer a Cristo de verdad nos podamos convertir en problemáticos en medio de los que nos rodean. En cierto modo comer a Cristo tiene que hacernos revolucionarios porque el testimonio que demos sea en verdad comprometido con nuestro mundo, con los que sufren, con los que se sienten abandonados o con los que son maltratados, con los que padecen violencias e injusticias o con los que sienten verdadera hambre e inquietud por la paz y por hacer que nuestro mundo sea mejor. En ello tenemos que estar verdaderamente comprometidos si nos dejamos habitar por Jesús.
¿Sabemos lo que pedimos cuando nosotros queremos decirle a Jesús que nos dé a nosotros también de ese pan? ¿Seremos conscientes de verdad cuando vamos a comulgar  todo lo que eso tiene que representar en nuestra vida? ¿No nos sucederá que aunque decimos que deseamos comulgar en el fondo no tenemos hambre de ese pan que Cristo quiere darnos cuando se hace pan de vida para nosotros? Busquemos la Sabiduría de Jesús. No podemos dar de comer a quien no tiene hambre, decíamos al principio. Cuidado nos pase a nosotros.

viernes, 20 de abril de 2018

Sentir que Jesús vive en mí porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús es vivir la comunión con Jesús para comulgar con todo sentido


Sentir que Jesús vive en mí porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús es vivir la comunión con Jesús para comulgar con todo sentido

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. 
¿Qué significa comulgar? ¿Qué significa comer a Cristo, comer su Cuerpo y beber su Sangre? Creo que es algo en lo que tenemos que pararnos a pensar para hacernos una buena reflexión. Tenemos el peligro de las rutinas. Y las rutinas son malas ayudas porque cuando no vivimos algo con toda la intensidad que deberíamos vivirlo nos enfriamos, perdemos el gusto y todo se nos puede quedar en nada, en un puro rito que hagamos.
Es el peligro que tenemos con la Eucaristía. La convertimos en un acto social. En un fervor quizá mal entendido por esa superficialidad en la que podemos caer en la vida incluso en lo más sagrado, casi como un comodín para todo hacemos una Misa, como decimos, y en cualquier lugar o para cualquier cosa. Y desvirtuamos el misterio de la Eucaristía, y no llegamos a vivirla con la intensidad que tendríamos que vivirla y con las repercusiones que tendría que tener siempre para nuestra vida.
Pensemos, por ejemplo, en las palabras que escuchamos en el evangelio y en concreto las que hemos subrayado para comenzar esta reflexión. Habla de habitar en Jesús y Jesús habitar en nosotros; nos habla de que de la misma manera que Jesús vive por el Padre, quien comulga, quien come su carne y bebe su sangre, quien participa de la Eucaristía vive por Jesús. ¿Nos damos cuenta bien de lo que significan esas palabras?
Vivir por Jesús, vivir en Jesús y que Jesús viva en mi no es una cosa baladí, no es cualquier cosa. Sentir que Jesús vive en mi, es porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús; decir que habito en Jesús viene a decir que yo no sé hacer las cosas sino a la manera de Jesús. Mi pensamiento, mis sentimientos, mis actitudes, mi manera de actuar no podrían estar en contradicción con lo que hace, dice, siente, vive Jesús. ¿Y es de verdad el estilo y sentido del evangelio lo que impregna toda mi vida?
Cuando en la vida para justificarnos en lo que hacemos queremos darnos nuestras particulares explicaciones del evangelio, cuando decimos que no tenemos que tomarnos al pie de la letra lo que Jesús nos enseña en el evangelio, del amor, del perdón, del sentido y valor de la paz, del entendimiento que he de vivir con los demás, no podemos decir entonces que estamos viviendo en comunión con Jesús y su evangelio. ¿Qué sentido tiene comulgar si luego vamos a hacer las cosas de manera distinta a como Jesús nos enseña en el evangelio?
Es cierto que somos débiles, que tenemos tentaciones, que nos cuesta superarnos en muchas cosas y somos pecadores, pero tendríamos que tener el propósito y el deseo de querer vivirlo como Jesús nos dice. Así El es nuestra fuerza, nuestro alimento, nuestra vida. Así comiéndole a El sentiremos también su fuerza y su gracia que nos ayuda.
Por eso nos dice Jesús: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Entendamos bien, entonces, lo que significa comulgar, comer a Cristo para vivir en El, tener vida eterna, estar llamados a la resurrección.

miércoles, 18 de abril de 2018

Creer en Cristo y comer a Cristo no lo podemos hacer de cualquier forma porque tiene que llevarnos a asimilar en nosotros todo el sentido de Cristo


Creer en Cristo y comer a Cristo no lo podemos hacer de cualquier forma porque tiene que llevarnos a asimilar en nosotros todo el sentido de Cristo

Hechos de los apóstoles 8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Lo tenia muy presente Jesús. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, nos dice la carta a los Hebreos recogiendo el sentido de los salmos para expresar el sentido y el sentimiento de Jesús al hacer su entrada en el mundo. Ya no los dice en otro momento también el evangelio que la voluntad de Dios era el amor al  hombre, al amor al mundo, a su criatura y por eso y para eso nos envió a su Hijo, nos entregó a su Hijo.
Hoy nos lo dice Jesús en el evangelio. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. La vida y la resurrección del hombre, nuestra salvación, el hacernos participes por Jesús de su vida divina. Por eso hoy nos pide que creamos en El, porque creyendo en El tendremos vida; creyendo en Jesús caminaremos por caminos de vida y de plenitud.
Se hace nuestra vida, nuestro alimento para que no tengamos hambre, para que no tengamos sed. En Jesús seremos saciados plenamente allá en lo más hondo de nosotros mismos y en lo que verdaderamente es importante. Es lo que no revela Jesús del misterio de Dios; es lo que nos revela Jesús del sentido del hombre, del sentido de la vida; es el camino que traza ante nuestros ojos para que lo sigamos; es ese sentido nuevo de vida que en Jesús descubrimos.
Seguirle es como comerle, porque cuando nos alimentamos con la comida es que estamos asimilando todos sus nutrientes para que se hagan vida en nosotros. Seguimos a Cristo, comemos a Cristo porque El se hace alimento nuestro y es asimilar su vida, es hacer que todo lo que es y significa su vida se introduzca en nosotros, por así decirlo, para que fluya por nuestro interior, para que sea el alimento y el sentido de nuestra vida, para convertirse en nuestra fuerza, para sentirnos así transformados por El.
Creer en Jesús no es cualquier cosa; comer a Jesús no lo podemos hacer de cualquier manera; comulgar a Jesús es asimilar en nosotros todo lo que es su vida, su sentido, su amor, su entrega, su gracia. Quien cree en Jesús, quien come a Cristo, quien comulga necesariamente tiene que sentirse transformado, tiene que sentirse otro. Triste es que comulguemos sin comulgar, porque nos quedemos en la materialidad de la comunión pero no comulguemos a Cristo por dentro de nosotros para sentirnos distintos, para sentirnos con nueva vida.
Comer a Cristo no es un acto formal o ritual que realicemos; tenemos que ser en verdad conscientes de lo que vamos a hacer, de lo que en verdad significa ese comulgar a Cristo. Vamos demasiado inconscientemente muchas veces a la comunión. Comer a Cristo y permanecer en el pecado es una incongruencia, algo que no cabe, que no tiene ningún sentido. Por eso siempre la Iglesia nos ha enseñado que para poder comulgar estemos en gracia de Dios, que significa estar sin pecado; previamente tenemos que realizar esa conversión de nuestra vida, ese arrepentimiento buscando su perdón y su gracia para que arrancados de todo pecado podamos en verdad llenarnos de Cristo.
Tenemos que pensarnos muy bien lo que significa comer a Cristo y estar dispuestos entonces a que habiéndole comido todo el existir de nuestra vida sea siempre para Cristo, sea siempre según el sentido de Cristo, nos haga sentirnos transformados por Cristo para ser necesariamente esos hombre nuevos que tenemos que ser. Por eso Jesús nos ha hablado hoy de resurrección. Es la Pascua que tenemos que dejar que se realice en nosotros.

jueves, 4 de mayo de 2017

Comulgar a Cristo en la Eucaristía es comulgarle en nuestra vida porque llenos de El encontramos el sentido y la fuerza para nuestro existir

Comulgar a Cristo en la Eucaristía es comulgarle en nuestra vida porque llenos de El encontramos el sentido y la fuerza para nuestro existir

Hechos, 8, 26_40; Sal. 65; Jn. 6, 44-51
El pan es el mejor signo y la mejor expresión para significar el alimento que necesitamos. Cuando hablamos del pan de cada día estamos refiriéndonos a todo el alimento que necesitamos para subsistir. Nos referimos a esa comida con que nos alimentamos, es cierto, pero seguramente que estaremos queriendo decir mucho mas.
Alimento de la vida son los pensamientos y las ideas que marcan la razón y el sentido de nuestro existir; incluimos en ello nuestra cultura que nos recrea y nos alimenta espiritualmente y en ello va el sentido de la vida, el por que de las cosas o de nuestro vivir, las motivaciones mas profundas que podamos tener en nosotros o que en la apertura de nuestro espíritu seremos capaces de recibir de los demás.
Creo que algo de todo esto, aunque quizás lo haya expresado un poco espontáneamente y de una forma un tanto El es el pan de vida. Ya nos descarta que el quiera darnos solamente un pan material que alimente nuestros cuerpos, aun con lo importante que es. Compara el pan del cielo, el mana que les dio Moisés a sus padres en el desierto, con el pan que El quiere darnos. Quienes comieron aquel pan, murieron; El nos ofrece un pan que nos dacha vida para siempre.
Y es que en Jesús, en su palabra vamos a encontrar esa luz que de sentido a nuestra vida; es su evangelio, es su buena nueva, su buena noticia que alegra nuestro corazón porque nos da un sentido para nuestro vivir. Es la palabra que va iluminando lo que hacemos y loo que vivimos. Ahí encontramos ese alimento, esas razones y esa fuerza para esa nueva existencia, para ese nuevo vivir. Por eso nos dirá que alimentándonos de El tendremos vida eterna, tendremos vida en plenitud, porque encontraremos la realización mas honda de nuestra existencia.
Es pan de vida porque además nos dirá que comiendo ese pan, le estamos comiendo a El, comiendo su vida, su sentir, su ser, su espíritu que nos llenara de plenitud.  Por eso El se hace Eucaristía y nos dirá que comamos su carne, que comamos su cuerpo, que es comerle a El, que es llenarnos de su vida para siempre.
Tenemos mucho que reflexionar sobre el sentido de la Eucaristía, sobre el comer a Cristo para tener vida para siempre. Lo hemos convertido demasiado en un rito que al final si no lo vivimos con hondura hará que le perdamos su sentido y su fuerza.
No es comer por comer, comulgar porque ahora toca o porque todos los hacen; si queremos comulgar a Cristo en la Eucaristía es porque antes le hemos comulgado en nuestra vida; y eso significara que nos hemos llenado tanto del sentido de Cristo que ya para nosotros no hay otro existir; llenarnos del sentido de Cristo que es ver las cosas como las ve Cristo, amar con el amor de Cristo, vivir una entrega a la manera de Cristo, llegar a trasparentar de verdad en nuestra vida a Cristo mismo de manera que quien nos vea, llegue a descubrir a Cristo en nosotros.
Hoy nos dice Jesús: ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo’. Que así comamos a Cristo, su pan, su vida. Que así encontremos ese sentido y esa fuerza para nuestro existir.

viernes, 15 de abril de 2016

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Hechos  9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’,  se preguntaban los judíos. No entendían las palabras de Jesús. Como dirán luego esta doctrina es dura y difícil. Pero de alguna manera es la pregunta que se pueden hacer tantos en nuestro entorno. Seamos sinceros con nosotros mismos. ¿De verdad todos los que a nuestro alrededor se llaman incluso cristianos y católicos creen que comemos a Cristo cuando comulgamos, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía? Reconozcamos que para muchos es simplemente un rito pero no es nunca esa presencia real y verdadera del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Pero vayamos a las palabras de Jesús y del evangelio. Jesús les había hablado de que El era el verdadero Pan bajado del cielo y que quien lo coma tendrá vida para siempre. Había terminado diciéndoles ‘y el pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo’. Fue entonces la reacción de los que le escuchaban.
Es algo que tenemos que comprender muy bien. Hemos venido diciendo con las palabras de Jesús que El es nuestra verdadera vida, la verdad que da sentido a nuestro ser y nuestro vivir y cómo hemos de poner toda nuestra fe en El. Y poner nuestra fe en Jesús no es algo teórico o meramente intelectual, sino que tiene que hacerse verdaderamente vital en nosotros. Es asumir su vida, llenarnos de su verdad para que sea nuestra única verdad. Su camino es nuestro el único camino que nos conducirá a la plenitud. Por eso nos dice que así tendremos vida para siempre.
Cuando nos alimentamos ese alimento que comemos se transforma en nosotros en esa energía que nos da vida, que nos mantiene la vida; es el alimento el que se transforma para nuestro vivir. Pero cuando comemos a Cristo, nos alimentamos de Cristo, Pan de Vida, quienes se transforman somos nosotros. Comemos a Cristo y nos transformamos en Cristo para vivir su misma vida.
Por eso nos dirá Jesús hoy, ‘el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él’. Vivimos en Cristo porque es su vida la que ya vivimos. ‘El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’.
Son hermosas estas palabras de Jesús. No creemos en El y le mantenemos aparte de nuestra vida; cuando creemos en El y le comemos, El viene a habitar en nosotros, nosotros habitamos en El. ¿Queremos más hermosa comunión? Y quien vive en Dios, quien vive en Cristo ya no sabe lo que es morir, porque Cristo vive para siempre y nosotros estamos participando de su vida.
Unión maravillosa la que podemos vivir en Cristo. Así tenemos que pensar que sentido más hondo tenemos que darle a nuestras comuniones. Comulgar, comer a Cristo no es cualquier cosa, porque es vivir su vida, es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre. De ahí entonces la fuerza que recibimos, la gracia como decimos, que nos hará mantenernos fieles en nuestras luchas, que nos hará seguir fielmente su camino, que nos ayudará a superar el mal para vivir siempre en su gracia, en su amistad, en su vida.
Qué lástima que no vivamos siempre así nuestras comuniones, todo el misterio de la Eucaristía. Qué lástima que haya tantos que no hayan llegado a comprender plenamente, como reconocíamos al principio, todo el misterio de amor que es la Eucaristía.

miércoles, 13 de abril de 2016

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Hechos 8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Hay panes que por mucho que comamos no nos sentimos saciados nunca. Claro que podemos entender esto que estoy diciendo y no refiriéndonos simplemente al pan o la comida material. Hablar aquí y ahora de pan es referirnos a tantas propuestas que se nos ofrecen de un lado y de otro, tantos caminos que nos dicen que nos conducen a la felicidad, tantas ideas o pensamientos que se nos ofrecen como la ultima solución a todos los problemas. No todo nos satisface por muy adornado que se nos presente. Tantas cosas que son efímeras y caducas cuando en el fondo de nosotros mismos ansiamos algo que nos llene de plenitud. ¿Dónde podemos encontrarlo? ¿Quién nos puede ofrecer realmente algo que dé plenitud a nuestra vida?
Hoy Jesús en el evangelio nos dice que El sí puede darnos un pan que nos sacie plenamente. Los judíos que le escuchaban y que había comido en la tarde anterior aquel pan multiplicado milagrosamente allá en el descampado, como se habían visto sin panes, estaban pidiéndole que les diera siempre de ese pan. ¿Así no tendrían que trabajar porque ya tenían resuelto el tema de la comida para siempre? Pero no era eso precisamente lo que Jesús quería ofrecerles.
Aquello sucedido en el desierto era una señal, un signo de lo nuevo que Jesús quería ofrecernos para su vida. En verdad Jesús sí quiere llenar nuestra vida de plenitud. Para eso se nos ofrece El mismo, comerle a El era en verdad aceptarle y creer en El, comerle a El era en verdad llenarnos del sentido de su vida que nos introduciría por caminos nuevos de resurrección y de vida para siempre, comerle a El era llenarnos de su vida.
Solemos decir que comulgamos con alguien cuando estamos totalmente de acuerdo con él, con sus ideas y su pensamiento, con su manera de actuar y de hacer las cosas, con el sentido que él le da a su vida. Cristo nos invita a que le comamos porque para eso El se hace pan de vida, para que comiéndole no tengamos hambre nunca más, para que comiéndole y llenándonos de su vida tengamos vida para siempre, para que comiéndole ya para siempre nuestro vivir sea el de Cristo, nuestro pensamiento, nuestro actuar, nuestra manera de ser esté ya para siempre empapado del sentido de Cristo.
Escuchemos directamente las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘o soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed…’ Nos pide Jesús que creamos en El, que pongamos toda nuestra fe El, nos confiemos de su Palabra y actuemos en consecuencia. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’, nos viene a decir.
Busquemos a Jesús porque en verdad queremos vivirle; busquemos a Jesús y que cada día lo conozcamos más, nos impregnemos de su palabra; busquemos a Jesús para caminar a su paso, para realizar sus mismas obras, para tener la certeza de que en El tendremos vida para siempre. En El nunca nos sentiremos defraudados. Comiendo de su pan nos sentiremos en verdad saciados para siempre porque nos llenamos de vida eterna. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Hacemos Eucaristía sentándonos para compartir pero para llenarnos de su vida aprendiendo a comulgar también a los demás

Hacemos Eucaristía sentándonos para compartir pero para llenarnos de su vida aprendiendo a comulgar también a los demás

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58
Sentarnos alrededor de una mesa para compartir una comida entraña mucho más que el hecho material de compartir unos alimentos que necesitemos para nutrirnos. Se sienta la familia alrededor de la mesa para compartir lo que son, una familia con sus alegrías y sus problemas, con sus luchas y también con sus fracasos, con lo que se va logrando en la vida y con lo que significa ver crecer y madurar a los hijos que comparten, que se alegran juntos, que se esfuerzan por hacer un camino.
Decimos que vamos a celebrar algún acontecimiento de la vida y nos reunimos a comer juntos compartiendo los hechos buenos o malos de aquel acontecimiento; comidas de agasajo, comidas de despedidas, comidas de recibimiento y acogida, comidas, en una palabra, que nos van haciendo compartir la vida. Necesitamos, tendríamos que decir, reunirnos en torno a una mesa porque es una manera de ir compartiendo la vida en todas sus circunstancias.
Parto de esta experiencia humana del sentarnos junto a una mesa para compartir y creo que todos entendemos que quiero hablar de Eucaristía. Esto es eucaristía, pero al mismo tiempo tenemos que decir que Eucaristía es aún mucho más. No nos quedamos en ese compartir humano con todo lo bello y hermoso que es.
Cristo quiso hacer Eucaristía y se reunión con los doce en torno a una mesa; en aquella ocasión era la cena pascual con todo su significado que se vería trascendido por la cena pascual de Jesús; como tantas veces le vemos a lo largo del evangelio sentarse a la mesa ya fuera con los publicanos y pecadores aunque esto no gustara a muchos, como cuando lo invitaban también los fariseos o como después de la resurrección de Lázaro lo veremos también sentado a la mesa en Betania.
Hacemos Eucaristía y nos sentamos alrededor de la mesa eucarística los que creemos y seguimos a Jesús y compartimos nuestro camino, nuestros dolores y nuestras luchas, nuestras alegrías y nuestras esperanzas, y sabemos que cuando así estamos reunidos y lo hacemos en el nombre de Jesús El está en medio de nosotros como nos había prometido.
Pero cuando hacemos Eucaristía es porque queremos comulgar con Cristo, porque queremos comulgar con su evangelio, comulgar con el Reino de Dios con el que nos sentimos comprometidos a construir; queremos comulgar con el sentido de Cristo, con su verdad, con su vida y ya lo que queremos es hacer que nuestra vida no sea nuestra vida, sino que a quien queremos vivir es a Cristo, hacerlo vida en nosotros.
Por eso cuando hacemos Eucaristía no vamos a comer un pan cualquiera, sino que a quien queremos comer es a Cristo. ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo, nos ha dicho, y el que coma de este pan vivirá eternamente’. Ese pan de la Eucaristía, repito, ya no es pan cualquiera, sino que es Cristo mismo que así quiere hacerse pan, quiere hacerse alimento de nuestra vida, para que comiéndole tengamos vida para siempre.
Y es que la Eucaristía es banquete pero también es Sacrificio. Cuando hacemos Eucaristía estamos comulgando con la entrega de Cristo; El se da, se entregó en sacrificio para que pudiéramos tener vida. ‘El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’, nos dice. Podemos tener vida porque El se ha entregado en sacrificio por nosotros. Por eso, también, cuando hacemos Eucaristía estamos comulgando con el sacrificio de Cristo, con la vida de Cristo en nosotros también nosotros queremos entregarnos, darnos porque queremos amar con un amor como el de El.
Qué hermoso es hacer Eucaristía, porque estamos poniéndonos en el camino de Cristo para vivir su vida; y podemos hacerlo porque El se nos da, porque El se hace alimento y vida nuestra, porque es tal la unión que llegamos a tener con El que habita en nosotros y nosotros en El. ‘El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mi’.
Pero esto entraña aún algo más, porque cuando comulgamos a Cristo estamos queriendo comulgar también con los hermanos, comulgar con los demás; en nombre de ese Cristo con quien comulgamos significa que tenemos que comulgar con los demás de manera que su vida sea nuestra vida, sus preocupaciones sean nuestras preocupaciones, sus luchas, sus dolores, sus ilusiones y esperanzas las hacemos nuestras; ya lo demás porque vivimos unidos a Cristo no serán nunca ajenos a nuestra vida, ya tendrán que formar parte de nuestra vida y no nos podemos desentender de ellos. Y el amor y la vida de Cristo nos tendrán que llevar a amar, a vivir intensamente nuestro compromiso por los demás, a darnos por ellos como Cristo se nos da.
Hagamos de verdad Eucaristía porque queremos compartir y queremos caminar juntos; hagamos de verdad Eucaristía sintiendo que Cristo es nuestra fuerza y nuestro alimento; hagamos de verdad Eucaristía poniendo toda nuestra fe en su presencia sacramental, pero que nos ha de llevar también al sacramento de los hermanos a los que tenemos que acoger y amar.
‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, que así nos llena de su vida que nos hace vivir su misma vida y su mismo amor.

jueves, 23 de abril de 2015

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Hechos,  8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51
 ‘Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna’. Para eso ha venido Jesús, para que tengamos vida y vida en abundancia, para que tengamos vida eterna. Es necesario, pues, poner toda nuestra fe en El.
Y Cristo se nos ofrece como pan de vida, como alimento de nuestra vida. Recuerda una vez más lo que ya antes le habían dicho los judíos, que en el desierto Moisés les dio pan del cielo, el maná, pero Jesús nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Comiéndole a El tendremos vida para siempre.
Por eso terminará diciéndonos: ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Cuando comemos el pan de la Eucaristía no estamos comiendo simplemente pan, estamos comiendo a Cristo; es su Cuerpo, es su Carne, es Cristo mismo que se nos da y se nos entrega. Es lo que hizo Jesús en la última cena y que nosotros repetimos en cada Eucaristía; tomando el pan les dijo ‘esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros’.
Es su Cuerpo entregado, sacrificado para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia, porque por su muerte tenemos el perdón de los pecados, pero tenemos más, porque tenemos la vida eterna, tenemos la vida divina, la vida de Dios de la que nos hacemos partícipes. Por eso, como nos enseñaría san Pablo, cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Es lo que hacemos, lo que tenemos que vivir con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía, cada vez que participamos de la comunión de Cristo.
Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida, pero para vivir también su misma entrega. Cuando comemos a Cristo, cuando comulgamos nos hacemos partícipes del Sacrificio de Cristo, pero uniéndonos nosotros también con nuestra propia vida a su misma sacrificio. Comer a Cristo es entregarnos también nosotros viviendo el sacrificio de Cristo con nuestra propia vida; ahí unimos nuestros sacrificios, nuestras luchas, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías, unimos toda nuestra vida. Nada puede ser ajeno al sacrificio de Cristo.
De la misma manera que no vamos a la Eucaristía para abstraernos de lo que es nuestra vida con sus luchas y con sus sufrimientos, con sus problemas o sus alegrías, sino para en la Eucaristía encontrar fuerza para vivir esa vida en plenitud. Y lo mejor que podemos hacer es nuestra entrega, nuestra ofrenda hecha con amor porque en el ponemos toda nuestra fe. Y el que cree en El tiene la vida eterna, como nos decía.
Nuestra vida toda tiene que estar siempre unida a Cristo y esto es lo que queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía; esto es lo que tenemos que hacer cada vez que comulgamos a Cristo.